A las cuatro y veinte, con el viento ya empujando la chapa del galpón y el cielo todavía color pizarra, Elvira Cárdenas metió el brazo hasta el codo en el horno de barro y tanteó la bóveda con la palma abierta. Estaba tibio. Tibio no servía. Para el pan de las seis tenía que quemarle la mano en tres segundos.
Hacía once años que cocinaba para la comparsa del Rubén Soto, y en once años había horneado en ese horno cada diciembre, en la estancia a la que la camioneta llegaba después de dos horas de ripio desde el pueblo, con la ruta quedando atrás como una raya de lápiz. Veintidós hombres y tres mujeres, tres días de esquila, ochocientos kilos de harina en la despensa que le dejaba la administración. Y ese año, sobre la mesada de la cocina, una cocina industrial a gas, todavía con el nylon en las perillas.
—Es por higiene, Elvira —le había dicho el administrador, un muchacho de Río Gallegos con campera nueva—. Y es más rápido.
—Más rápido —había repetido ella, y no dijo más.
Ahora juntaba leña de calafate, la que quedaba en el fondo del leñero, ramas retorcidas que ardían con un olor dulce y seco, y las acomodaba en pirámide dentro del horno. Prendió el papel con un fósforo que el viento le apagó dos veces. A la tercera agarró.
—¿Necesita una mano?
Era Matías, el vellonero más joven, diecinueve años, que se levantaba antes que los demás porque no podía dormir en el galpón con tanto ronquido. Venía envuelto en una frazada, con las zapatillas sin atar.
—Necesito que me tapes el viento —dijo Elvira—. Parate ahí. No, más al costado. Así.
El chico se paró de barrera y la llama se enderezó. Del galpón venía el ruido de siempre a esa hora, antes del mate: una tos, un resorte de catre, alguien que escupía afuera. Y debajo de todo, el viento, ese que en Santa Cruz no es clima sino un vecino que nunca se va.
Amasar le llevó cuarenta minutos. Lo hizo en la artesa de su madre, que viajaba con ella enrollada en una manta, y a las cinco menos diez los bollos descansaban bajo los paños, hinchándose despacio. Elvira barrió las brasas con la pala larga hacia el costado, pasó el trapo húmedo sobre el piso del horno y escuchó el chisporroteo.
—¿Y si no se calienta? —preguntó Matías.
—Se calienta.
Pero no se calentaba. La bóveda estaba más fría en el lado de afuera, donde el barro había rajado en la helada de julio, y cada vez que ella abría la boca del horno el viento le entraba como a una casa sin puerta. Por la rajadura salía un hilito de humo gris. Elvira lo miró un rato largo. Detrás, en la cocina, el nylon de las perillas brillaba bajo el tubo de luz.
Entonces apareció Rubén Soto, el capataz, con la boina calada y la lista de las fichas en el bolsillo de la camisa. Tenía sesenta y pico y la espalda de quien pasó la vida inclinado sobre un animal que patea.
—Elvira. Son las cinco y cuarto. Arrancamos a las seis y media y los muchachos quieren pan.
—Hay pan a las seis.
—El administrador dice que prendamos la cocina nueva.
—Que la prenda él.
Rubén se acercó, se agachó frente al horno, olió el humo, metió dos dedos en la rajadura.
—Esto lo reparé yo en el noventa y ocho —dijo—. Con barro de la barranca y bosta de caballo. Dos días tardó en secar.
—No tenemos dos días.
—No. Tenemos una hora.
Se quedaron mirando. Matías, que no entendía bien, movió un pie. Y fue ahí que a Elvira se le ocurrió, o más bien se acordó, como cuando uno encuentra una llave en un saco viejo.
—Matías. Andá al galpón y traeme los bolsones vacíos de lana. Los más ásperos. Y un balde de agua.
Mojaron los bolsones y los apoyaron como cortina contra el costado rajado, clavados con dos estacas de alambrado. El viento ahora pegaba en la arpillera húmeda y se quedaba ahí, hinchándola, sin llegar al barro. Rubén taponó la rajadura con una pasta de ceniza y agua. Elvira volvió a meter el brazo.
Un segundo. Dos. Tres. Sacó la mano con un gesto corto.
—Ahora sí.
Palearon las brasas, y el pan entró de a seis, con la corteza todavía pálida y la harina marcada por los dedos. Elvira cerró la boca del horno con la chapa y se sentó sobre un cajón de manzanas, con los codos en las rodillas. Matías se sentó a su lado sin que se lo pidiera. Rubén armó un cigarrillo y no lo prendió.
A las seis, el cielo se abrió hacia el este en una franja de color damasco, y por el camino del galpón empezó a llegar la gente: los esquiladores con las botas de lona y las camisetas cortadas, los prenseros, las escoberas con el pelo bajo el pañuelo. Hacían fila sin hablar, todavía dormidos. Elvira sacó la primera tanda con la pala larga. Cuando la corteza crujió al aire frío, se oyó el sonido más lindo del campo: el de veinte personas que se callan.
—Pan de horno —dijo alguien atrás—. Pan de verdad.
Al final de la fila, el administrador de la campera nueva esperaba con las manos en los bolsillos. Elvira le cortó un pedazo grande, todavía humeante, y se lo puso en la mano sin decir nada. El muchacho lo mordió, masticó despacio, miró la cocina a gas por la ventana, y después el horno con su cortina de arpillera mojada.
—Dejemos la nueva para las empanadas —dijo.
—Para las empanadas —dijo Elvira, y se limpió las manos en el delantal, y volvió a la artesa.
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