A las nueve y veinte, con el cielo recién rendido sobre el Monte Olivia y el viento del oeste sacudiendo las banderas de la costanera, Walter Ibáñez dejó el mate en el escalón de la casa y se dio cuenta de lo que faltaba. Era una ausencia chica, como la de un diente. Miró la bahía y estaba la luz de la grúa del puerto, estaban las del muelle, estaban las ventanas de los barcos amarrados. Pero en el negro de afuera, donde tenía que venir el destello largo y después el silencio, no venía nada.
Hacía cuarenta y un años que Walter vivía mirando esa luz. Había trabajado de lanchero hasta que las rodillas dijeron basta, y en todo ese tiempo nunca había entrado a la bahía de noche sin buscarla primero. El faro de Les Éclaireurs no era lindo ni lo necesitaba: una torre roja y blanca sobre un peñón, sola en el canal. Servía. Eso era todo. Servía como sirve una escalera.
Se puso el gorro de lana, agarró la linterna grande, la de cuatro pilas que guardaba en el mueble de los zapatos, y bajó por San Martín hasta la Prefectura con el paso corto de quien camina sobre hielo, aunque no había hielo.
—Sí, don Ibáñez, ya lo sabemos —dijo el joven de guardia, sin mala onda, con la birome apoyada en un cuaderno—. Se rompió el equipo solar. Hidrografía manda gente el lunes.
—Hoy es viernes.
—Lo sé.
—¿Y mientras?
—Mientras hay carta náutica, GPS y radar. Nadie navega de memoria hoy en día.
Walter asintió. No iba a discutir con un chico que tenía razón en todo menos en lo importante. Pero en la puerta se dio vuelta.
—¿Salió alguien de Almanza hoy?
El chico revisó una planilla y tardó un poco.
—Salió el Don Chaca. Con dos tripulantes. Tendría que estar entrando.
—¿Con GPS?
—Con GPS.
—¿Y con ganas de entrar por el paso derecho, sin mirar nada, como entra siempre?
El guardia no contestó. Walter salió.
Chaca Villafañe tenía sesenta y tres años y la costumbre, que Walter le conocía de sobra, de apagar la pantalla del GPS cuando el mar estaba tranquilo, porque decía que le ensuciaba la vista. Entraba por Paso Chico guiado por el faro, igual que todos los viejos, a ojo y con el pucho en la boca. Esa noche el mar no estaba tranquilo.
Walter caminó hasta la punta del muelle turístico, donde el viento lo agarró por las solapas, y se paró de cara al canal. A lo lejos, hacia el este, entre las luces de Almanza que no se veían y las de Puerto Williams que sí, se movía una lucecita verde. Era chica y se corría de a ratos detrás de las olas.
—Dale, Chaca —dijo—. No me hagas esto.
Prendió la linterna. Tenía un haz ancho, amarillo, que se perdía a los cien metros. Lo apuntó hacia el peñón, donde tendría que haber estado la torre, y lo tapó con la palma, y lo destapó. Contó hasta ocho en voz baja, como había contado tantas noches desde la proa. Volvió a tapar, volvió a destapar.
Un destello largo. Un silencio que se mide con la respiración.
Pasó media hora. Los dedos se le pusieron duros. Una pareja de turistas que volvía de cenar centolla en alguna parrilla de la avenida Maipú se detuvo a mirarlo y siguió de largo, porque un viejo con una linterna en la punta de un muelle no era un asunto en el que nadie quisiera meterse. Walter siguió. Cambió de mano. Cuando la izquierda se le durmió, se la metió en el bolsillo y usó la derecha. Cuando las pilas empezaron a ponerse amarillentas, hizo el cálculo y bajó la intensidad apuntando un poco más alto, para gastar menos.
A las once menos diez se le acercó alguien por detrás. Era el chico de la Prefectura, sin gorra, con las manos en la campera.
—Mi sargento me dijo que le trajera esto —dijo, y le tendió un termo.
Walter lo recibió sin dejar de mirar el agua. Era té con mucho azúcar. Se lo tomó de a sorbos, con la linterna sujeta bajo el brazo.
—¿Sabe lo que hace? —preguntó el chico.
—Lo que hacía el faro. Le doy a uno de esos barcos una cosa fija. Algo que no se mueva.
—Pero el Don Chaca tiene radar.
—Tiene radar. Y tiene a Chaca, que está más cansado que yo. Cuando uno viene cansado no mira la pantalla. Mira para adelante, a ver si hay algo que lo espere.
El chico no dijo nada. Se quedó parado al lado, en el viento, con la boca medio abierta, y después hizo algo que Walter no esperaba: sacó el celular, prendió la linterna del teléfono y la apuntó hacia el canal junto a la suya.
—Así no —dijo Walter—. Tiene que ser al compás. Mire. Yo destapo y usted cuenta.
Contaron juntos. Ocho. Nueve. Destello. Silencio.
A las once y cuarto, la lucecita verde dejó de correrse detrás de las olas. Se quedó quieta un momento, como un animal que olfatea. Después viró apenas hacia la izquierda, cerrando la curva del paso, y a Walter se le soltó algo en el pecho que llevaba atado desde las nueve y veinte.
—Ahí viene —dijo.
—Viene derecho —dijo el chico, y se rió, nervioso.
La luz creció, se hizo verde y roja, apareció la silueta del casco y el humo del escape peinado por el viento. Cuando estuvo a trescientos metros, en el puente del Don Chaca se prendió y se apagó, dos veces, un foco blanco. Dos destellos cortos. Era la respuesta de siempre, la que los lancheros se dan entre sí desde que existen los lancheros.
Walter bajó la linterna despacio. Tenía el brazo derecho hecho una piedra y las pilas casi en las últimas, y no le importó. Respondió con un destello largo, y se quedó mirando cómo el barco pasaba frente al muelle, apenas lento, con Chaca asomado a la ventana de la timonera levantando una mano abierta.
—¿Lo conoce? —preguntó el chico.
—Hace cuarenta años que le debo plata.
Esperó a que el barco amarrara. Después apagó la linterna, se la dio al chico para que se la guardara un rato, y se sentó en el borde del muelle a estirar las rodillas. Hacia el canal, en el lugar donde el lunes volvería la luz, la noche seguía entera, sin una sola marca. Pero ya no era el mismo negro. Era un negro donde alguien había estado esperando, y eso, para quien entra de noche, se nota.
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