Osvaldo Peralta bajó el último cajón de la chata a las siete y diez de la mañana, en Camargo al seiscientos, con el aire de Villa Crespo todavía oliendo a pan caliente de la panadería de la esquina y a agua de vereda recién tirada. Eran seis sifones de plástico, el pico gris, el cuello apretado. Los apoyó en el palier del edificio y se quedó un rato mirando la fila de cajones vacíos que iban a volver a la fábrica. Era viernes. El lunes ya no iba a ser sodero.
Cuarenta y un años de recorrido. Había empezado con su tío, cuando la chata todavía era un Ford F-100 con la caja de madera y se cargaban a mano ciento veinte cajones por jornada. Ahora cargaba sesenta, y la mitad eran bidones de agua. La soda había aguantado, pero ya no era lo que había sido.
—Osvaldo —le dijo el portero, Genaro, que le abría siempre sin preguntar—. La señora Dora te dejó una nota.
La nota estaba pegada con cinta sobre el último sifón de la fila, en una letra de maestra, redonda y firme: «Osvaldo, cuando termine la ronda suba, por favor. Es un asunto personal.»
Subió al tercero por la escalera, porque el ascensor tenía un cartel desde marzo. Dora Ledesma lo esperaba en la puerta con el delantal puesto y el pelo blanco recogido con dos peinetas. Tenía noventa y un años y vivía sola desde que se había muerto Aníbal, su marido, hacía nueve. Pidió siempre dos sifones por semana, y siempre los devolvía vacíos y enjuagados, con el pico seco.
—Pasá, no te quedes en el pasillo.
Adentro olía a cera para pisos y a naranja. En el aparador, entre una virgen de yeso y una foto de casamiento en blanco y negro, había un sifón de vidrio azul con el cabezal de plomo opaco y una malla de alambre alrededor del cuerpo. Estaba limpio, sin una marca.
—Era de Aníbal —dijo Dora—. Lo compró en el cincuenta y ocho, en una casa de la calle Triunvirato que ya no existe. Todos los sábados, a las doce, preparaba el vermut con una rodaja de naranja y un chorrito de soda de este sifón. Nunca de otro. Decía que tenía la burbuja más fina.
—Señora, ese cabezal es de plomo —dijo Osvaldo, con cuidado—. Los prohibieron en el setenta y cinco. Si se carga con gas y se cae, estalla. Además, en la fábrica ya no tenemos la máquina para esos.
—Ya sé. Por eso te lo pido a vos.
Se quedó callado. Dora le sirvió un vaso de agua de la canilla, porque sabía que él no tomaba otra cosa mientras trabajaba, y se sentó enfrente con las manos juntas.
—Mañana es sábado, y mañana hace nueve años y tres meses. Yo no quiero llenarlo para tomar. Quiero que suene una vez más. Nada más que eso.
Osvaldo miró el sifón. Sintió, como nunca le había pasado con ningún cliente, que el oficio se le había achicado y agrandado a la vez. Pensó en la sodería de Villa Crespo, en las cámaras frías, en el gas carbónico que se compraba por tubo. Pensó en las reglas, que existían porque alguna vez un sifón de esos se había roto en una cocina y había dejado a alguien sin un ojo.
—No lo puedo cargar yo —dijo al fin—. Pero hay otra forma. ¿Me deja que lo lleve hasta la fábrica?
—No sale de esta casa.
—Entonces espéreme acá.
Bajó, buscó en la chata el sifón nuevo de la ronda, uno de los de pico gris que traía bien frío, y volvió a subir de a dos escalones. Dora lo estaba esperando con el sifón azul ya sobre la mesa de la cocina, apoyado en un repasador doblado.
—El de plástico viene con el gas adentro, a presión —explicó él—. El de vidrio no lo puedo someter a eso. Pero si lo enfrío y le paso el agua despacio, con la soda ya hecha… va a quedar agua con gas, no una soda de sifón. Va a ser un poco más mansa.
—Más mansa me va bien. Yo también.
Osvaldo sacó el pico gris del sifón de plástico y lo inclinó apenas sobre el cuello del azul, sosteniendo el vidrio con la otra mano, como se sostiene la cabeza de un chico que toma. El agua cayó con un ruido finito. Se llenó hasta tres cuartos. Dora cerró el cabezal con los dedos, despacio, como quien cierra un cuaderno.
—Ahora apriete la palanca —dijo Osvaldo—. Poquito.
Ella apretó. De la boquilla salió un hilo corto, apenas un susurro de burbujas, y cayó sobre el vaso. Dora lo miró subir con el dedo contra la boca. Después hizo algo que Osvaldo no esperaba: se rio, una risa de nena, y dijo en voz baja:
—Ahí está. Es la misma.
No era la misma y los dos lo sabían, pero ninguno dijo nada.
Él aceptó una rodaja de naranja y un chorrito de vermut, porque ya no había con qué negarse, y se quedaron los dos parados en la cocina con el vaso en la mano mientras abajo Genaro tocaba el timbre de la chata, dos veces, tres.
—Voy a estar un rato más —dijo Osvaldo.
—Quedate lo que quieras.
Cuando bajó, media hora más tarde, la ronda estaba atrasada y la chata tenía una multa de estacionamiento pegada en el parabrisas. La arrancó, la dobló en cuatro y se la guardó en el bolsillo. Cargó los cajones vacíos y manejó hasta la fábrica sin radio.
El lunes, mientras otro sodero distinto recorría las cuadras de Camargo, Osvaldo se despertó a las cinco y diez, como siempre, y se quedó escuchando el departamento. Del otro lado de la ventana, un sifón soltaba su última burbuja sobre el borde de un vaso, y alguien en algún piso, a la hora de nadie, brindaba por ella.
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