Rufina Coronel metió el parche de cabra en el balde a las seis de la mañana, cuando el patio de tierra todavía conservaba el fresco de la noche y el algarrobo del fondo no había empezado a dar sombra. Tenía sesenta y tres años, las manos anchas de tanto tirar del cuero y un bombo a medio armar sobre dos caballetes: el cuerpo de pacará, ahuecado y seco al fuego, los aros de quebracho blanco ya doblados con agua hirviendo, los tientos de vaca colgando de un clavo como fideos largos.
Faltaban nueve días para la fiesta patronal y el bombo era un encargo de Don Ledesma, el del almacén, que quería uno para su nieto. Rufina lo sabía hacer con los ojos cerrados. Lo que no sabía hacer, desde hacía cuatro años, era probarlo.
Porque así se prueba un bombo legüero, y así lo había probado siempre con Cipriano: al caer la tarde, ella tocaba tres golpes en el patio y esperaba. Del otro lado del monte, del lado de los Juárez, a casi una legua en línea recta, Cipriano sacaba el suyo al camino y contestaba. Si la respuesta llegaba entera, con ese golpe hondo que se siente primero en el pecho y después en las orejas, el bombo estaba bien tensado. Si llegaba flaca o con eco, había que aflojar los tientos y volver a empezar.
Cipriano se había ido en un invierno seco, de esos de doce meses sin una gota. Rufina siguió haciendo bombos, porque el oficio también es una manera de seguir hablando. Pero los probaba a oscuras, sola, contra la pared de adobe, y no se fiaba.
A las diez ya tenía el parche tendido sobre el aro de molle, cosido con hilo grueso, y el calor empezaba a subirle por las piernas. A las doce hacía treinta y ocho grados en la sombra, y a la una el cuero se puso tan tenso que cantó solo al apoyarle la mano. Rufina sonrió con cansancio. Era el momento: con ese sol y ese aire seco, el parche iba a quedar duro como una chapa, y un parche duro suena a lata.
—Tenés que esperar la tarde, vieja —se dijo—. Siempre es la tarde.
A las cinco apareció Nahuel por el portón, con una bolsita de tela y las zapatillas blancas de polvo. Tenía doce años, era el hijo de la vecina de enfrente y venía todos los días a mirar, sin que nadie se lo hubiera pedido.
—¿Ya está, doña?
—Casi. Alcanzame el pirograbador.
Nahuel le pasó el hierro, que se calentaba en el brasero con unas brasas de algarrobo, y Rufina dibujó sobre el cuerpo del bombo una línea de rombos, como los del poncho de las tejedoras de acá, y una sola flor de quimil, chiquita, en el borde. El olor a madera quemada subió dulce.
—¿Por qué siempre probás a la tarde? —preguntó el chico.
—Porque a la tarde el aire se aquieta y el sonido camina. A mediodía se queda pegado al suelo, como la gente.
—¿Y a dónde camina?
Rufina lo miró un rato largo. Después tomó las dos mazas de palo blanco, de puntas redondeadas, y se sentó con el bombo entre las rodillas.
—Escuchá.
Pegó tres golpes. El primero salió pesado, de panza; el segundo, más seco, contra el aro; el tercero se quedó flotando sobre el patio y se fue alargando hacia el monte. Rufina cerró los ojos y esperó, con las mazas quietas, como quien mira un río.
No contestó nadie. Sonó un perro a lo lejos, la chicharra del último calor, un camión en la ruta nueve. Después, nada.
—Está bien —dijo Rufina, y le tembló la voz sin que ella lo quisiera—. Suena bien, pero no tengo con qué compararlo.
Nahuel se quedó callado. Fue hasta el portón, miró hacia donde se ponía el sol sobre los jumes y volvió.
—Doña, ¿en la casa de los Juárez todavía vive alguien?
—El hijo mayor se fue a Córdoba hace años. La casa está cerrada.
—Mi tío Gaspar tiene un bombo —dijo el chico, rascándose la cabeza—. Lo toca en la murga, en Loreto. Pero está en lo del abuelo, en las Lomitas. Eso es para el mismo lado.
Rufina no dijo nada. Nahuel salió corriendo con las zapatillas levantando humo de tierra, y ella se quedó con el bombo entre las rodillas viendo cómo el sol se achicaba. Pensó que era un disparate. Después pensó que a las ocho tampoco había mucho más que hacer.
A las siete y cuarto, con la luz ya anaranjada y el aire quieto como agua de aljibe, Rufina volvió a tocar. Tres golpes. El mismo pesado, el mismo seco, el mismo largo. Esperó con la espalda recta.
Pasó un minuto. Pasaron dos. Rufina ya estaba por soltar las mazas cuando, del lado del monte, muy lejos, llegó algo: un golpe sordo, apenas un temblor en la panza, tan tenue que podía ser el corazón de ella misma. Después otro. Después un tercero, más firme, más parejo, redondo como una piedra que cae en la salina.
Era un bombo. Era un bombo malo, con el parche flojo y la mano de un chico, pero era un bombo y estaba contestando.
Rufina se rió, con la cara mojada, y tocó otra vez, más fuerte, y el de allá volvió a responder, un poco más tarde, un poco más seguro. Hablaron así hasta que el cielo se puso color ceniza y se empezaron a ver las primeras estrellas sobre los algarrobos.
Cuando por fin dejó las mazas, el patio quedó en un silencio de adobe tibio. Rufina apoyó la mano abierta sobre el parche, que todavía vibraba, y con la otra buscó en el bolsillo del delantal un trozo de tiento.
Ya sabía qué iba a hacer a la mañana: otro bombo, más chico, de pacará y cabra, para alguien de doce años que supiera contestar desde lejos.
Leave a Reply