A las seis y cuarto de la tarde, en la esquina de Pellegrini y Necochea, Hilario Peñalba apoyó el bastón contra la columna de la parada y sacó del bolsillo de la camisa un papelito doblado en cuatro. Tenía setenta y cuatro años, un saco beige que le quedaba grande desde la operación y una hora entera de colectivos encima, porque había venido desde Villa Gobernador Gálvez con dos trasbordos solo para estar ahí.
Desplegó el papel con cuidado. Era un boleto de cartón, color mostaza, gastado en los pliegues hasta casi cortarse. Decía línea K y una fecha: 3 de diciembre de 1961.
—Abuelo, ¿seguro que no querés que te acompañe? —había preguntado Julieta por teléfono, esa mañana.
—Seguro. Esto lo tengo que hacer solo.
No era del todo verdad. Pero había cosas que se hacían mejor sin testigos, y la más importante de todas era ponerse a escuchar.
Hilario tenía nueve años cuando inauguraron la K. Se acordaba del bar La Capilla con las mesas sacadas a la vereda, de un señor con moño que cortó una cinta en Bulevar Avellaneda y Mendoza, y de su padre, electricista de la empresa de transporte, levantándolo en brazos para que viera la lanza del primer trole enganchándose a los cables. Hubo un chasquido azul. Un olor a ozono, como de tormenta que todavía no llegó. Después el trole arrancó sin ruido de motor, casi flotando, y todos aplaudieron.
Su padre le compró el boleto ese día, el primero de la línea, y le dijo: «Guardalo, que esto va a durar para siempre».
No había durado para siempre. Hilario lo sabía mejor que nadie, porque había trabajado cuarenta y un años en la red aérea, primero de ayudante y después de capataz, subido a la torre del camión con los guantes de goma, viendo cómo los troles se achicaban de seis líneas a una. Se jubiló con la K todavía andando, flaca y renqueante, pero andando. Y ahora, después de la operación, el médico le había dicho que no se fuera a subir a ningún lado.
Por eso estaba ahí. Primero se lo había dicho a su hija, que no entendió. Después a Julieta, que sí, pero igual quiso venir. Él había contestado que no. Que él había sido el que estiraba el cable, y que para saber si un cable está bien tensado hay que ir arriba, en el coche, con la oreja abierta, y no en un recuerdo.
A las seis y media llegó el trole. Era uno de los Volvo con carrocería Marcopolo, viejo pero limpio, con las lanzas largas rozando el cable de seiscientos voltios y ese zumbido grave que Hilario habría reconocido entre mil.
Subió con esfuerzo, de a un escalón por vez. Apoyó la SUBE en la máquina, que pitó. Adelante, la conductora giró la cabeza: una chica de treinta y pocos, el pelo atado, un mate en el posavasos.
—Buenas tardes, don. Siéntese, no se vaya a caer.
—Gracias. Me quiero sentar acá adelante, si no molesto. Del lado de la ventana grande.
—Es el asiento de los que preguntan —dijo ella, y sonrió—. Dele.
Hilario se acomodó. El coche arrancó, y por un momento el mundo se redujo a eso: el empuje suave de la aceleración eléctrica, el cruce de las calles en el vidrio, un chasquido lejano y corto allá arriba, en una unión de cable.
—¿Usted trabajó en esto? —preguntó la chica, mirándolo por el espejo.
—En la red. Cuarenta y un años.
—Entonces tiene que decirme si estoy tomando bien el cruce de Mendoza. Me dijeron que ahí hay que bajar un poco.
—Eso depende del cable, m’hija. Si está flojo, bajás. Si está tenso, pasás como si nada.
—¿Y cómo sé si está tenso?
—Se escucha.
Siguieron por Mendoza. Un árbol de jacarandá había tirado flores violetas sobre el techo de un auto estacionado, y cada tanto el viento las levantaba. En una parada, una señora subió con tres bolsas de verdura. En otra, dos chicos con mochilas de colegio, que se sentaron atrás y empezaron a pelearse por un auricular.
Hilario no hablaba. Miraba el cable. Cada poste, cada columna que conocía de memoria: la de la farmacia que antes era una zapatería, la de la curva donde un camión chocó en el ochenta y siete, la que llevaba grabada con clavo, a la altura de la rodilla, una fecha que ya nadie entendía.
Cuando se acercaron al cruce con Bulevar Avellaneda, el coche aminoró. La conductora suspiró.
—Acá es.
—Bajá un poco más —dijo Hilario, sin pensarlo—. No mucho. Ahí.
Ella le hizo caso. El trole entró al cruce. Arriba, en los cables, algo hizo un ruido corto, limpio, un golpe seco de metal sobre metal, y después un destello azul que se reflejó un segundo en el parabrisas y en los ojos de la chica.
Hilario cerró los suyos.
Ahí estaba. El mismo chasquido. El mismo azul. El mismo olor a tormenta que todavía no llega, sesenta y cinco años después, sobre la misma esquina donde su padre lo había alzado en brazos.
—¿Estuvo bien? —preguntó la conductora.
—Estuvo perfecto —dijo él, con la voz rara—. Estuvo igual.
Ella no preguntó más. Bajó la velocidad en la parada siguiente, abrió la puerta, esperó. Hilario se paró despacio, se agarró del caño. Antes de bajar, sacó el boleto de cartón del bolsillo y lo apoyó un segundo contra el vidrio, donde el sol bajo lo atravesó y dejó ver, al revés, la palabra K.
—Quedátelo vos —dijo, y se lo extendió.
—¿Cómo, don? No, es suyo, es de…
—Es del que maneje. Para que se acuerde de bajar un poco en el cruce.
Ella lo agarró con las dos manos, como un pájaro. Hilario bajó a la vereda, se acomodó el saco, y se quedó parado mientras el trole se alejaba con las lanzas pegadas al cable, haciendo ese zumbido que ya no necesitaba memoria para existir.
Arriba, en el cruce, algo todavía chispeaba, apenas, y se apagó.
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