Nilda Aguilef puso la oreja contra el molde de arena antes de verter, como hacía siempre, aunque a esa altura del año el taller de El Maitén ya no le decía nada nuevo. Eran las siete y diez de la mañana de un viernes de noviembre. Afuera el viento bajaba del oeste con olor a pasto seco, y adentro el galpón de los Talleres de Reparaciones Generales olía a arena húmeda, a aceite quemado y a la yerba que alguien había dejado enfriarse en el yunque.
Faltaba una pieza. Una sola, del tamaño de una mano: la bisagra de la puerta de la salamandra del coche que salía al día siguiente. Los coches belgas del ramal, de 1922, seguían calefaccionándose con esas estufitas de hierro, y la del coche que le tocaba al sábado se había quedado con la puerta colgando de un solo gozne. Nadie en el mundo fabricaba ya esa bisagra. En El Maitén la hacían a mano.
Nilda tenía el modelo de madera sobre la mesa. Lo había tallado ella misma durante la semana, con un cuchillo de punta y una lija vieja, sacándole la forma a una bisagra rota que Fermín, el jefe de taller, le había puesto adelante el lunes con un «fijate si podés, nena», aunque Nilda tenía cincuenta y ocho años y hacía treinta y uno que trabajaba ahí.
—¿Ya está? —preguntó Fermín desde la puerta, con el termo bajo el brazo.
—Falta el bronce.
—El bronce está en el crisol desde las seis.
—Entonces falta que se porte bien.
Fermín se rió bajito y no dijo más. Sabía que a Nilda no se la apuraba.
El molde estaba hecho en dos mitades de arena apisonada, con el hueco de la bisagra en el medio y el bebedero abierto como una boca chica. Nilda lo había compactado la tarde anterior, con la paciencia de quien amasa, y lo había dejado secar toda la noche junto a la estufa del fondo. Ahora lo cerró, lo ajustó con dos grampas y se secó las manos en el delantal de cuero.
Había una cosa que Nilda no le había contado a nadie del taller. La bisagra que ella copiaba no era una bisagra cualquiera. Era la que su padre, Evaristo, había cambiado por última vez en el cuarenta y tantos, cuando el tren recién llegaba a Esquel y él era un peón joven con las manos todavía limpias. Lo sabía porque en el reverso del gozne, apenas visible bajo la herrumbre, alguien había raspado con un clavo una E y una A. No era una marca oficial. Era una firma de contrabando, de esas que los ferroviarios se dejaban unos a otros dentro de las máquinas para que el tren los siguiera nombrando después de que ellos se hubieran ido.
Nilda había visto las iniciales el lunes, cuando Fermín le puso la pieza rota en la mano. Se quedó un rato sin decir nada, con la bisagra en la palma, y después preguntó nomás qué coche era.
Ahora, frente al crisol, se acordó de eso y le tembló la mano un segundo. El bronce estaba naranja, casi blanco en el centro, con esa piel de escoria que había que correr con la espumadera. Lo levantó con la cuchara larga. Pesaba.
—Despacio —se dijo en voz alta.
Vertió. El metal entró por el bebedero con un siseo corto, un hilo brillante que desapareció dentro de la arena. Se oyó, apenas, el aire saliendo por los venteos. Nilda contó hasta quince, que era lo que su padre le había enseñado a contar, aunque nunca le había explicado por qué quince y no veinte. Dejó la cuchara en el soporte y se sentó en un cajón de madera a esperar.
Esperar era la parte difícil. Fermín se fue a atender a un muchacho nuevo que no sabía distinguir una lima de una escofina. Desde el otro lado del galpón llegaba el golpeteo de un martillo sobre chapa, regular como un reloj. Por la ventana alta entraba un rayo de sol cargado de polvo, y en el rayo flotaba la arena fina que levantaban las botas.
A las nueve, Nilda abrió el molde.
La pieza salió con una rebaba larga en el costado y un grano áspero en la superficie, el bronce todavía caliente como pan sacado del horno. Con la lima y la escofina le sacó la rebaba. Con el papel de lija fue alisándole el lomo, primero grueso y después fino, hasta que el color dorado asomó bajo la capa negra. Después agarró el calibre y midió el agujero del pasador. Dos veces. Coincidía con la pieza vieja al milímetro.
Faltaba el último paso, el que nadie le había pedido. Dio vuelta la bisagra, buscó en el cajón de herramientas el clavo de cabeza chica que guardaba desde hacía años, y con la punta, sin apurarse, rayó en el reverso del gozne una E y una A. Al lado, más chico, una N.
—¿Eso es lo que creo que es? —preguntó Fermín, que había vuelto sin que ella lo oyera y miraba por encima de su hombro.
—Es una marca de taller.
—Esa no es marca de taller, Nilda.
Ella no contestó. Sopló sobre la pieza para sacarle el polvo y la apoyó en la mesa.
—Si el sábado alguien la encuentra —dijo Fermín despacio—, va a pensar que las bisagras de 1922 traían tres letras.
—Cuando la encuentre ya va a ser dentro de cien años.
Fermín se quedó mirándola un rato. Después sacó la yerba, cebó dos mates y le pasó el primero.
Esa tarde montaron la puerta en el coche. Nilda mismo ajustó el pasador, y la puerta de la salamandra, que llevaba meses torcida, se cerró con un golpe corto y limpio, un golpe de hierro contra hierro que ella conocía de memoria, el mismo que oía de chica cuando su padre volvía de trabajar y cerraba la puerta de la cocina de la casa.
Al otro día, a las diez, el tren partió con el humo subiendo recto en el aire frío. Nilda lo vio irse desde el portón del taller, con las manos en los bolsillos del delantal. En alguna parte del tercer coche, junto a la ventanilla, una bisagra nueva sostenía una puerta vieja, y en el reverso, donde nadie iba a mirar, tres letras seguían tibias de bronce nuevo.
Leave a Reply