El engrudo todavía estaba tibio cuando golpearon las manos en el portón. Lucrecia Videla dejó el cúter clavado en el cartón, se limpió los dedos en el repasador y salió al patio de tierra, donde a esa hora de noviembre el calor ya le pegaba en la nuca como una mano abierta.
Del otro lado de la reja había un hombre de cincuenta y pico, con la camisa de manga corta abotonada hasta arriba y una bolsa de supermercado apretada contra el pecho. En la calle, una camioneta con patente de otra provincia esperaba con el motor andando.
—¿Usted es la que hace las casitas para Vallecito?
—Las hago. Pase, que acá afuera se cocina.
Hacía quince años que Lucrecia armaba maquetas para los promesantes: casas de dos aguas, ranchos, un taller mecánico con el cartel pintado a pincel, hasta una pollería con jaulas de alambre del tamaño de un dedal. Le llegaban pedidos de Caucete, de la ciudad de San Juan, de Jáchal, y todos pedían lo mismo con distintas palabras: que se pareciera. Ella había aprendido pronto que no hacía falta que fuera exacta. Hacía falta que el dueño, parado en la capilla entre cientos de casitas ajenas, reconociera la suya sin leer la placa.
El hombre se sentó en la cocina sin que se lo ofrecieran y vació la bolsa sobre el hule: una chapa patente oxidada, una foto cortada con tijera y un frasco de mayonesa lleno de tierra.
—Ramiro Quiroga. Esta era la casa de mis viejos, en Media Agua. La tiraron hace diez años, ahora hay un lavadero de autos. Yo le prometí a la Difunta que, si salía vivo de una ruta en Neuquén, le llevaba la casa. Salí vivo en 2009. Hace quince años que le debo la casa.
—Quince años es mucho crédito —dijo Lucrecia, y él se rio sin ganas.
Ella agarró la foto. Era un pedazo de pared, el borde de un delantal y, arriba, un entramado de hojas que tapaba medio cielo. Nada más. Ni techo, ni puerta, ni ventanas.
—¿Cuántas ventanas tenía?
—Dos. Una a cada lado de la puerta.
—¿De qué color la puerta?
—Azul. Un azul fuerte.
—¿Para qué lado abría?
Quiroga abrió la boca y la cerró. Miró la ventana de la cocina, el patio, el tanque de agua sobre el techo del vecino. Lucrecia esperó. Lo había visto muchas veces: el que llega con la casa entera en la cabeza y se encuentra, frente a una desconocida con un lápiz, con que la casa se deshace por los bordes.
—No sé —dijo al final—. Yo me fui a los once. A veces la puerta es azul y a veces es verde, depende de cuándo me acuerdo. Pero la parra sí. De la parra me acuerdo de todo.
Se la describió sin que ella preguntara. Un tronco grueso como un muslo, retorcido hacia la izquierda, con una horqueta donde su madre colgaba el balde del agua de los platos. Uva negra que no se podía comer hasta fin de febrero y que igual él comía en enero, con los dientes apretados. Una sombra tan densa a la siesta que en el piso de tierra regada se formaba un círculo más fresco, donde dormía el perro. Hablaba con los ojos en la mesa, y Lucrecia se dio cuenta de que ya no le hablaba a ella.
—¿Y la casa? —preguntó igual, suave.
—La casa que sea la que usted quiera. Mientras tenga la parra.
Ella desenroscó la tapa del frasco. Olía a tierra seca y, muy abajo, a algo dulce y viejo que no supo nombrar.
—¿Esto de dónde es?
—Del patio. Antes de que pasaran la máquina fui y llené el frasco. Lo tuve quince años en la alacena y nunca supe qué hacer.
—Ahora sabe.
Trabajó cuatro noches. De día había que atender el negocio de su hermana y dar de comer a las gallinas, así que armaba después de la cena, con la radio baja y el ventilador de pie girando para ningún lado. Hizo un rancho de adobe de dos aguas, con las paredes un poco panzonas, porque ninguna casa de ese pueblo había tenido nunca una pared derecha. Dejó la puerta sin pintar. Dos ventanas, una a cada lado, y la puerta entreabierta, para que cada vez que alguien se acordara pudiera ponerle el color que quisiera.
La parra le llevó más que todo lo demás. Retorció alambre de cobre hasta darle la horqueta, lo envolvió en tiras de papel de diario embebido en cola y lo pintó de marrón rojizo. Para las hojas no quiso usar plástico. Salió al fondo, donde ella misma tenía una parra flaca contra el tapial, y juntó las hojas más chicas, las que ya se iban poniendo amarillas en los bordes. Las secó entre dos libros, las barnizó una por una y las pegó con pinzas de depilar.
El piso lo cubrió con la tierra del frasco, mezclada con un poco de agua, alisada con el dorso de una cuchara hasta dejar un círculo más oscuro bajo la copa.
El viernes a la mañana Quiroga llegó con la misma camisa. Había rutas cortadas por los camiones que iban llegando para la fiesta de los camioneros, y se había demorado. Miró la maqueta sobre la mesa sin tocarla, con las manos pegadas a los costados, durante un rato que a Lucrecia le pareció largo.
—La puerta está abierta —dijo.
—No supe de qué color. Usted me dijo que a veces azul, a veces verde.
—Es que era azul —dijo él, despacio, como si lo descubriera—. Era azul cuando llovía, nada más. Con el agua se oscurecía. El resto del año era verde.
Fueron juntos en la camioneta, con la maqueta en una caja sobre las rodillas de ella y las dos ventanillas bajas. La ruta olía a gomas calientes y a asado de la banquina. Cuando llegaron a Vallecito, la capilla de las casitas estaba llena de gente que se movía despacio entre los techos de cartón, de lata, de madera, de ladrillos chiquitos pegados con cemento de verdad. Había casas con cartelitos, casas con fotos, casas con una sola velita adentro.
Quiroga buscó un lugar en un estante bajo, entre un chalet de dos pisos y un galpón con una camioneta de juguete en la puerta. Apoyó la caja, apartó con cuidado la tapa y puso la casa. No dijo nada. Se sacó la chapa oxidada del bolsillo y la apoyó contra la pared de adobe, en el lugar donde habría estado el ropero.
Lucrecia se quedó atrás, junto a la puerta. Desde ahí vio cómo la luz que entraba por el portón alto se partía sobre la casita y caía, entre las hojas barnizadas, sobre el círculo de tierra regada. Una de las hojas, la más chica, se había levantado un poco con el calor de la sala, y la sombra que dejaba en el piso se movió apenas, como si alguien hubiera pasado por debajo.