Blog

  • La parra de Quiroga

    El engrudo todavía estaba tibio cuando golpearon las manos en el portón. Lucrecia Videla dejó el cúter clavado en el cartón, se limpió los dedos en el repasador y salió al patio de tierra, donde a esa hora de noviembre el calor ya le pegaba en la nuca como una mano abierta.

    Del otro lado de la reja había un hombre de cincuenta y pico, con la camisa de manga corta abotonada hasta arriba y una bolsa de supermercado apretada contra el pecho. En la calle, una camioneta con patente de otra provincia esperaba con el motor andando.

    —¿Usted es la que hace las casitas para Vallecito?

    —Las hago. Pase, que acá afuera se cocina.

    Hacía quince años que Lucrecia armaba maquetas para los promesantes: casas de dos aguas, ranchos, un taller mecánico con el cartel pintado a pincel, hasta una pollería con jaulas de alambre del tamaño de un dedal. Le llegaban pedidos de Caucete, de la ciudad de San Juan, de Jáchal, y todos pedían lo mismo con distintas palabras: que se pareciera. Ella había aprendido pronto que no hacía falta que fuera exacta. Hacía falta que el dueño, parado en la capilla entre cientos de casitas ajenas, reconociera la suya sin leer la placa.

    El hombre se sentó en la cocina sin que se lo ofrecieran y vació la bolsa sobre el hule: una chapa patente oxidada, una foto cortada con tijera y un frasco de mayonesa lleno de tierra.

    —Ramiro Quiroga. Esta era la casa de mis viejos, en Media Agua. La tiraron hace diez años, ahora hay un lavadero de autos. Yo le prometí a la Difunta que, si salía vivo de una ruta en Neuquén, le llevaba la casa. Salí vivo en 2009. Hace quince años que le debo la casa.

    —Quince años es mucho crédito —dijo Lucrecia, y él se rio sin ganas.

    Ella agarró la foto. Era un pedazo de pared, el borde de un delantal y, arriba, un entramado de hojas que tapaba medio cielo. Nada más. Ni techo, ni puerta, ni ventanas.

    —¿Cuántas ventanas tenía?

    —Dos. Una a cada lado de la puerta.

    —¿De qué color la puerta?

    —Azul. Un azul fuerte.

    —¿Para qué lado abría?

    Quiroga abrió la boca y la cerró. Miró la ventana de la cocina, el patio, el tanque de agua sobre el techo del vecino. Lucrecia esperó. Lo había visto muchas veces: el que llega con la casa entera en la cabeza y se encuentra, frente a una desconocida con un lápiz, con que la casa se deshace por los bordes.

    —No sé —dijo al final—. Yo me fui a los once. A veces la puerta es azul y a veces es verde, depende de cuándo me acuerdo. Pero la parra sí. De la parra me acuerdo de todo.

    Se la describió sin que ella preguntara. Un tronco grueso como un muslo, retorcido hacia la izquierda, con una horqueta donde su madre colgaba el balde del agua de los platos. Uva negra que no se podía comer hasta fin de febrero y que igual él comía en enero, con los dientes apretados. Una sombra tan densa a la siesta que en el piso de tierra regada se formaba un círculo más fresco, donde dormía el perro. Hablaba con los ojos en la mesa, y Lucrecia se dio cuenta de que ya no le hablaba a ella.

    —¿Y la casa? —preguntó igual, suave.

    —La casa que sea la que usted quiera. Mientras tenga la parra.

    Ella desenroscó la tapa del frasco. Olía a tierra seca y, muy abajo, a algo dulce y viejo que no supo nombrar.

    —¿Esto de dónde es?

    —Del patio. Antes de que pasaran la máquina fui y llené el frasco. Lo tuve quince años en la alacena y nunca supe qué hacer.

    —Ahora sabe.

    Trabajó cuatro noches. De día había que atender el negocio de su hermana y dar de comer a las gallinas, así que armaba después de la cena, con la radio baja y el ventilador de pie girando para ningún lado. Hizo un rancho de adobe de dos aguas, con las paredes un poco panzonas, porque ninguna casa de ese pueblo había tenido nunca una pared derecha. Dejó la puerta sin pintar. Dos ventanas, una a cada lado, y la puerta entreabierta, para que cada vez que alguien se acordara pudiera ponerle el color que quisiera.

    La parra le llevó más que todo lo demás. Retorció alambre de cobre hasta darle la horqueta, lo envolvió en tiras de papel de diario embebido en cola y lo pintó de marrón rojizo. Para las hojas no quiso usar plástico. Salió al fondo, donde ella misma tenía una parra flaca contra el tapial, y juntó las hojas más chicas, las que ya se iban poniendo amarillas en los bordes. Las secó entre dos libros, las barnizó una por una y las pegó con pinzas de depilar.

    El piso lo cubrió con la tierra del frasco, mezclada con un poco de agua, alisada con el dorso de una cuchara hasta dejar un círculo más oscuro bajo la copa.

    El viernes a la mañana Quiroga llegó con la misma camisa. Había rutas cortadas por los camiones que iban llegando para la fiesta de los camioneros, y se había demorado. Miró la maqueta sobre la mesa sin tocarla, con las manos pegadas a los costados, durante un rato que a Lucrecia le pareció largo.

    —La puerta está abierta —dijo.

    —No supe de qué color. Usted me dijo que a veces azul, a veces verde.

    —Es que era azul —dijo él, despacio, como si lo descubriera—. Era azul cuando llovía, nada más. Con el agua se oscurecía. El resto del año era verde.

    Fueron juntos en la camioneta, con la maqueta en una caja sobre las rodillas de ella y las dos ventanillas bajas. La ruta olía a gomas calientes y a asado de la banquina. Cuando llegaron a Vallecito, la capilla de las casitas estaba llena de gente que se movía despacio entre los techos de cartón, de lata, de madera, de ladrillos chiquitos pegados con cemento de verdad. Había casas con cartelitos, casas con fotos, casas con una sola velita adentro.

    Quiroga buscó un lugar en un estante bajo, entre un chalet de dos pisos y un galpón con una camioneta de juguete en la puerta. Apoyó la caja, apartó con cuidado la tapa y puso la casa. No dijo nada. Se sacó la chapa oxidada del bolsillo y la apoyó contra la pared de adobe, en el lugar donde habría estado el ropero.

    Lucrecia se quedó atrás, junto a la puerta. Desde ahí vio cómo la luz que entraba por el portón alto se partía sobre la casita y caía, entre las hojas barnizadas, sobre el círculo de tierra regada. Una de las hojas, la más chica, se había levantado un poco con el calor de la sala, y la sombra que dejaba en el piso se movió apenas, como si alguien hubiera pasado por debajo.

  • Diez horas bajo las piedras

    Cecilio Choque llegó al mojón a las siete de la mañana, con el diablo al hombro envuelto en un lienzo blanco y la pala de punta cuadrada que usó cuarenta años para mezclar mezcla. En Tilcara el sol todavía no había pasado el cerro, pero la piedra ya tenía ese frío húmedo de las cosas que pasaron la noche solas. Alrededor del montículo había serpentinas viejas, una botella de cerveza partida al medio y un reguero de talco pisado.

    Algo estaba mal. Las piedras de arriba, que él mismo había acomodado en cono el año pasado, estaban sueltas y puestas al revés, con el lado musgoso para abajo.

    —Ramiro —dijo, en voz baja, aunque no había nadie.

    Ramiro era su sobrino y el presidente de la comparsa desde marzo. Tenía treinta y dos años, una camioneta con calcomanías de todos los carnavales de la Quebrada y la costumbre de resolver las cosas por teléfono. Llegó a las siete y diez, con el pelo mojado y dos tamales en una bolsa.

    —Tío, no te enojes.

    —¿Qué hay abajo?

    —Uno nuevo. Lo mandaron de Jujuy, de un taller. Tiene los ojos con espejitos de verdad, y la lana es sintética, no se apolilla. Lo enterramos anoche con los muchachos. Pensé que…

    —¿Lana sintética?

    —Es mejor. Se saca limpio, no huele.

    Cecilio no contestó. Apoyó el bulto sobre una piedra grande y desató el lienzo. El diablo salió con la cara torcida para un costado, como si lo hubieran despertado. Tenía el cuerpo de tela colorada que Cecilio le había comprado a una vecina que cerró la mercería, los cuernos de arpillera tiesos de almidón de papa y la panza llena de lana de oveja que él había lavado en el Huasamayo, cuatro veces, hasta que el agua salió sin color. Olía a albahaca, porque entre la lana había metido una ramita seca. Le faltaba la boca. La había dejado para el final, como se le deja el último ladrillo a la pared que más importa.

    —Ayer a la noche iba a terminarlo —dijo—. Se me cortó la luz.

    Ramiro miró el muñeco un rato largo. Después se agachó, acomodó un mechón de lana que se salía y no dijo nada, que era su manera de dar la razón.

    —Mirá —dijo por fin—. Hoy a las seis bajan los diablos del otro lado del río. Viene gente de Buenos Aires, viene la tele. El que sale de las piedras tiene que verse bien desde lejos.

    —El que sale de las piedras tiene que haber estado en las piedras —dijo Cecilio—. Una noche, siquiera. Tu abuelo decía que el diablo no se desentierra si la tierra no lo conoció.

    —Una noche ya no hay, tío.

    —Diez horas, entonces.

    Se miraron. Del otro lado de la calle una mujer abrió la persiana de un almacén y puso la radio con una cumbia floja. Cecilio sacó de la campera una aguja capotera y un carretel de hilo negro, y se sentó en la piedra sin pedir permiso a nadie. Cosió la boca ahí mismo, con puntadas cortas y parejas, subiendo en curva en las comisuras. Cuando terminó, el diablo tenía una sonrisa de costado, de quien sabe algo que uno no.

    —Ayudame —dijo.

    Sacaron las piedras de a una. Debajo, a un palmo, apareció el otro diablo, envuelto en bolsa de consorcio, con los espejitos tapados de tierra. Era liviano. Cecilio lo levantó con dos dedos, como se levanta a un gato que no es de uno, y lo dejó sobre el lienzo.

    —No lo tires —dijo Ramiro, rápido.

    —No lo voy a tirar. Está bien hecho.

    Lo guardó en el hueco de la camioneta, entre una rueda de auxilio y un cajón de cerveza. Su diablo ocupó el lugar del otro. Cecilio le puso encima un puñado de coca, un chorro de chicha de la botella que traía en el bolsillo y un poco de talco, que le temblaba entre los dedos. Después tapó el pozo, piedra por piedra, con el lado musgoso para arriba.

    —Ahora a esperar —dijo.

    Esperaron el día entero, que en Tilcara es un día largo. A las doce la calle se llenó de gente con espuma en el pelo. A las tres empezaron los tamales y las empanadas fritas en ollas negras, y alguien trajo un tonel de saratoga adornado con flores de papel. Cecilio comió parado, sin sacarle el ojo al mojón. Dos veces se acercó un turista a sacarse una foto sentado en las piedras, y las dos veces Ramiro lo corrió con una sonrisa que parecía una disculpa.

    A las seis menos cuarto los anateros afinaron las anatas y el ruido de la multitud se cortó de golpe, como si hubieran cerrado una puerta. Del otro lado del Huasamayo, sobre la ladera seca, aparecieron los diablos: máscaras con cuernos y espejos, trajes que tiraban destellos de todos los colores, saltos cortos y pesados que levantaban polvo. Bajaron cruzando el río con el agua a los tobillos y la gente les tiró espuma, talco, serpentinas, y gritaba sus nombres.

    Uno de ellos, el más alto, se arrodilló en el mojón. Ramiro dijo unas palabras que nadie escuchó. Los muchachos sacaron las piedras y el diablo metió los brazos hasta los hombros.

    Lo que salió estaba tibio de tierra, apelmazado, con una hebra de albahaca pegada a la frente. El diablo de trapo de Cecilio abrió su boca cosida de costado frente a mil personas, y alguien en el fondo dijo, con una voz de asombro verdadero: “Ese sí que está vivo”.

    Cecilio, pegado a la pared de una casa, se sacó el sombrero. Nadie lo vio. A sus pies, en la polvareda, pasó rodando una serpentina violeta que se enredó en el cordón de su zapato, y él la dejó estar.

  • El nudo de Casimira

    Hilaria Palavecino tenía la alezna clavada en la palma de la mano izquierda cuando el hombre se paró frente a su puesto, en la vereda de Caseros, entre Rivadavia y Sarmiento. No era la herida, que ya conocía de memoria. Era el canasto que él traía contra el pecho, abrazado como si alguien pudiera sacárselo.

    —¿Se puede arreglar? —preguntó—. El fondo se me abrió en el micro.

    Era martes de noviembre, de esos sin turistas, con las termas medio vacías y el calor pegado a la chapa de los toldos. Hilaria dejó la alezna sobre el mostrador, entre los haces de paja brava y los rollos de junquillo, y estiró las manos. El canasto pesaba poco. Estaba tejido en espiral, con la chala teñida de ocre y de un marrón de té fuerte, y tenía la boca ancha, un poco combada de un lado, de tanto apoyarlo en la cadera.

    Lo dio vuelta. El fondo se había aflojado en el centro, donde la espiral arranca. Y ahí, a dos vueltas del arranque, había un nudo fuera de lugar. Un solo nudo, apenas torcido, como una letra que alguien escribió con otra mano.

    A Hilaria se le secó la boca.

    —¿De dónde lo sacó?

    —Era de mi mamá. Lo compró acá, en el ochenta y siete, cuando vinimos a las termas por la artrosis de ella. —El hombre se pasó la mano por la nuca—. Yo vivo en Quilmes. Mi hija se casa en diciembre y quiere llevar el canasto con las cintas. Si se rompe el fondo, se rompe todo.

    —Vuelva a las seis —dijo Hilaria—. Si pierde el micro, hay otro a las ocho.

    —Sale a las seis y diez.

    —Entonces vuelva a las seis menos cuarto.

    Cuando el hombre se fue, ella se quedó mirando el nudo. Su madre, Casimira, había tejido así toda la vida: parejo, parejo, parejo, y en algún lugar de la pieza, uno que no. “Para que el canasto no se crea perfecto”, decía, “y se ponga a mirar de arriba a la gente”. Hilaria, de chica, lo había tomado por una superstición. A los quince, por una vergüenza: si ella no alcanzaba a ser pareja, ¿por qué su madre lo hacía a propósito? Recién a los cuarenta entendió que era una firma. En esa cuadra de Caseros, hace treinta y ocho años, su madre había tenido el primer puesto. Hilaria heredó el lugar, el banquito y la costumbre de no hablar de eso.

    Mojó la paja en la palangana para que se ablandara. Aflojó con cuidado cada vuelta del fondo, una por una, con la punta de la alezna, y las fue apoyando sobre el mostrador en el orden en que salían, como quien desarma un reloj. Del mate de la mañana quedaba un resto frío y se lo tomó igual. Dos puestos más allá, don Medina cortaba cogollo de palma sin levantar la vista, y de la radio de alguien se colaba una chacarera.

    Le dolían los dedos, pero no era eso lo que le pesaba. Había tejido miles de canastos y nunca había tenido que reparar uno de su madre. Cada vuelta que aflojaba traía la mano de Casimira: el apriete justo, el mismo tirón corto hacia la izquierda. Era como corregir una carta ajena sin saber qué pensaba el que la escribió.

    A las cuatro llegó al nudo torcido. Podía enderezarlo. Era lo más fácil y lo más correcto, porque el hombre había pedido un canasto arreglado, no uno con una falla. Lo tuvo un rato entre los dedos, con la paja húmeda oliendo a pasto y a patio mojado.

    Lo dejó donde estaba.

    Rehízo el fondo desde el centro, vuelta tras vuelta, igualando el apriete al de su madre hasta que la espiral volvió a cerrar. Después, sin apurarse, buscó un lugar a la altura del último cuarto de la tapa. Ahí, en la vuelta once, hizo un solo nudo de más. Uno apenas torcido, que no se viera si no se buscaba. Lo ajustó y cortó la punta con los dientes, como siempre.

    A las seis menos cuarto el hombre volvió casi corriendo, con la mochila al hombro. Hilaria le dio vuelta el canasto para mostrarle el fondo. Él lo apoyó sobre el mostrador y lo golpeó con los nudillos, y sonó firme, como un tambor chico.

    —Está igual —dijo—. No se nota que lo arreglaron.

    —Algo se nota —contestó ella—, pero hay que saber mirar.

    No quiso cobrarle más que la paja. El hombre insistió y dejó unos billetes junto a la palangana, y se fue por Caseros apurado, con el canasto contra el pecho. Hilaria lo miró hasta la esquina de Sarmiento. Después se sentó en el banquito, se sacó la espina de la palma con la uña, y se tomó el último sorbo del mate, que a esa hora ya estaba tibio.

    En diciembre, en un salón de Quilmes, una chica iba a llevar ese canasto con cintas blancas, y en el fondo iban a quedar dos nudos torcidos, uno al lado del otro, de dos manos que nadie le iba a explicar.

  • La muesca de Teodoro

    Veinte años vendiendo sándwiches de miga en las lanchas, y Ramona Aguirre nunca se había sentado a mirar el río. Siempre iba de pie, con la canasta contra la cadera y el termo en la otra mano, esquivando valijas y gallinas, gritando «¡miga, miga fresca, mate cocido caliente!» hasta que el cuerpo le aprendía el vaivén sin que ella lo pidiera.

    Ese jueves de diciembre de 1969 no llevaba canasta. Llevaba una cartera marrón, un vestido planchado y, adentro, un mate de madera de lapacho con la boca gastada de un solo lado.

    El puerto de Paraná olía a gasoil, a barro tibio y a la grasa de la cadena que arrastraba la balsa de orilla a orilla. En el diario de la mañana, doblado sobre el cajón de un estibador, se leía en letras grandes que el sábado se inauguraba el túnel. Nadie hablaba de otra cosa. Los changarines apostaban cuánto tardaría el primer camión en cruzar por abajo. Una señora decía que ella no pensaba meterse debajo del agua ni muerta.

    Ramona hizo la cola de los autos a pie, sin que nadie la mirara. Conocía a todos. El Pocho, el de la boletería, le pasó el pasaje por la ventanilla y le dijo:

    —Ramona, hoy invita la casa. Vos nos diste de comer veinte años.

    —Pagá lo tuyo y dejame pagar lo mío —dijo ella, y puso los pesos sobre el mostrador.

    La balsa tardó en llenarse. Subieron dos camionetas con cajones de tomate, un Rastrojero, un colectivo vacío y una chata con cuatro vacas que miraban todo con fastidio. Ramona esperó a que el balsero mayor terminara de gritar las órdenes y se le acercó. Era un hombre flaco, curtido, con una gorra de la que colgaba un hilo.

    —Don Cándido, busco una marca en la baranda. Una T y una A, hechas con navaja. Mi marido era cadenero con usted, hace años.

    Cándido se sacó la gorra. Se rascó la cabeza con el mismo dedo con el que había señalado a mil autos.

    —Teodoro Aguirre. Cómo no me voy a acordar. Pero la baranda se cambió en el cincuenta y ocho, Ramona. Se pudrió toda con el agua. Lo que había ya no está.

    Ella asintió despacio, como cuando un cliente le decía que se había quedado sin vuelto.

    —Igual voy a mirar.

    —Mirá nomás.

    La balsa soltó amarras. Se oyó el golpe seco de la cadena tomando tensión, y el río empezó a moverse por debajo, ancho y color té con leche. Ramona recorrió la baranda de punta a punta con la yema de los dedos. Hierro pintado, hierro pintado, un remache, hierro pintado. Los pasajeros la miraban de reojo, a la vendedora que ahora viajaba de señora.

    Teodoro había sido de pocas palabras. Se levantaba a las cuatro, se llevaba un pan y una botella de agua, y volvía de noche con las manos negras de aceite y el mate preparado de antemano en el bolsillo. «El río es el único camino que no hay que arreglar», decía. Y cuando ella le preguntaba por qué entonces se lo pasaba reparando la balsa, él contestaba: «Porque el camino anda solo, pero la balsa no.» Se murió en el cincuenta y nueve, un invierno de neblina espesa. Ella siguió subiendo a las lanchas con la canasta, porque había que comer, y con los años dejó de contar los cruces.

    En el medio del río, donde la orilla ya no es de nadie, Ramona se detuvo. Había recorrido toda la baranda de babor sin encontrar nada. Se apoyó, mareada de repente, y miró hacia abajo. Entonces vio el banco largo de madera donde se sentaban los pasajeros sin auto, atornillado a la cubierta. Estaba gastado por años de pantalones. Se agachó con trabajo, con una mano en la rodilla, y pasó los dedos por debajo del asiento, por esa tabla que nadie ve.

    Había una línea. Dos líneas cruzadas, una T. Al lado, medio comida por el barniz, una A.

    No gritó. Se quedó un rato así, con la mejilla casi contra la madera, hasta que el balsero mayor se acercó por detrás.

    —Ese banco lo pasé de la vieja balsa a esta —dijo Cándido, sin mirarla—. Me dio no sé qué tirarlo. Teodoro lo hizo en una noche de guardia, con la navaja de cortar el pan. Cuando me dijo que se lo dejaba a los que viajan sentados, me reí.

    Ramona se sentó donde estaba la marca. Abrió la cartera y sacó el mate de lapacho. Del termo que había traído, sin saber para qué, llenó el mate hasta el borde y lo cebó como se lo había visto cebar mil veces, con la bombilla torcida hacia la izquierda.

    Primero tomó ella. Después se lo ofreció a Cándido, que dudó un segundo y aceptó. Después a una chica con un bebé, que dijo gracias en voz baja. El mate dio la vuelta por el banco mientras al fondo se perfilaba la isla, con el atracadero de los autos y el humo de un asado improvisado.

    El sábado, cuando el primer camión cruzara por abajo del agua, nadie iba a oír el golpe de la cadena. Pero ese jueves, a medio río, el mate de Teodoro volvió a su dueña con la yerba todavía caliente, y Ramona lo apoyó sobre la tabla, justo encima de las dos letras, para que se entibiara con el sol.

  • La torta de las diez menos diez

    El sábado a las dos de la tarde, Rosana Gentile ya tenía harina hasta los codos y la cocina del museo todavía olía a lavandina. Abrían a las tres. En la mesa larga, bajo la ventana de chapa, esperaban dos bandejas enteras de masitas, el chocolate en la olla grande y un espacio vacío en el medio, del tamaño de una fuente.

    La fuente era para Abelardo.

    Abelardo Sosa venía todos los sábados desde hacía once años. Se sentaba en la punta de la mesa, pedía un chocolate, lo tomaba despacio, y no probaba nada de lo que había para comer. Ni los bizcochuelos de las vecinas, ni las tortas fritas de la colectividad, ni la cassata de los domingos. Rosana se lo había tomado como una ofensa personal durante cuatro meses y después como un misterio.

    El sábado anterior, por fin, él había hablado.

    —Yo comía una torta —dijo, mirando el chocolate—. A las diez menos diez de la mañana, cuando sonaba la sirena y paraban las bodegas diez minutos. Nos la traían de la cantina en un papel de estraza. Nunca volví a probar una igual.

    —¿Y cómo era?

    Abelardo pensó con la cuchara en el aire. Tenía las manos grandes, hinchadas en las articulaciones, de cuarenta años de bolsas de sesenta kilos.

    —Tenía gusto a bolsa —dijo.

    Rosana esperó que agregara algo. No agregó nada.

    Esa semana había hecho lo que hacía siempre que algo se le metía en la cabeza: preguntar. Le preguntó a Dora, que cocinaba desde antes de que existiera el museo, y Dora dijo que de cantina de puerto había de todo, que cada una tenía su mano. Le preguntó a la hija de un estibador, que se acordaba de un pan dulce con grasa y chicharrones. Le preguntó a un chico del archivo, que buscó en las entrevistas viejas y encontró a una señora que decía “torta de bolsa” sin explicar a qué se refería. Rosana escuchó la grabación tres veces. Se oían gaviotas atrás, y una radio.

    Al final decidió hacerla de grasa y de azúcar morena, espesa, de miga cerrada, de las que pesan en el bolsillo del mameluco. Pero con eso no alcanzaba, y lo sabía. Lo que Abelardo extrañaba no estaba en ninguna receta.

    A las dos y veinte entró Dora con el delantal puesto al revés.

    —¿Probaste? —preguntó.

    —Todavía no. Está en el horno.

    —Te va a salir rica. Y él te va a decir que no es.

    —Ya sé.

    —Entonces, ¿para qué la hacés?

    Rosana abrió el horno. La torta había subido bien, con la costra oscura y el borde despegado de la lata. Olía a azúcar quemada y a algo más, un olor de panadería vieja que ella no había puesto a propósito. Se quedó mirándola.

    —Porque hace once años que viene y nunca le dimos nada que se pudiera comer.

    Dora no contestó. Se puso a acomodar tazas.

    A las tres menos cinco, por la ventana, Rosana vio venir a Abelardo por Guillermo Torres, con la gorra y el paso corto. Del otro lado de la calle, desde los silos, llegaba como todos los días el olor a cereal tostado, ese que se mete en la ropa y en el pelo y que los de afuera confunden con pan. Una gaviota cangrejera cruzó la vía sin apuro.

    Cortó la torta cuando todavía estaba tibia. La puso en un papel de estraza, porque había comprado un rollo para eso, y la llevó a la mesa justo cuando él se sentaba.

    —Chocolate —dijo Abelardo, como siempre.

    —Ya viene. Probá esto primero.

    Él miró el papel sin tocarlo. Rosana se quedó parada, con las manos en el delantal.

    —No me hice la ilusión —dijo ella—. Probala igual.

    Abelardo levantó el trozo, lo olió, lo mordió. Masticó mucho tiempo. En la cocina se había hecho un silencio raro, con Dora quieta junto a la olla.

    —No es —dijo al fin.

    —Ya sé.

    —Es mejor. Tiene más azúcar. La de la cantina era seca, se te pegaba al paladar.

    —Entonces, ¿qué le falta?

    Abelardo se miró las manos. Después miró hacia la ventana, hacia los silos, hacia el lugar donde ya no estaban las bodegas ni la sirena.

    —Diez minutos —dijo—. Le faltan diez minutos. Esa torta se comía rápido, parado, con el polvo del cereal pegado en los brazos, y con el Ramón al lado diciendo que los de arriba se iban a ir a la mierda. Y cuando terminaba de masticar, sonaba otra vez la sirena y había que bajar.

    Se quedó callado. Rosana pensó que ahí se terminaba, que había hecho mal.

    Pero Abelardo se comió el trozo entero. Después se limpió los dedos en la servilleta, pidió otro y lo comió más despacio, con el chocolate al lado, mirando cómo entraba la luz de la tarde por la chapa.

    A las cuatro, cuando la cocina ya estaba llena de chicos y de vecinas, Rosana lo vio sacar del bolsillo un reloj de pulsera sin correa. Le dio cuerda con el pulgar, lo apoyó sobre la mesa, boca arriba, entre la taza y el papel.

    Y lo dejó andar.

  • Leña de lenga

    A las cuatro y diez, con el termómetro de la puerta marcando cuatro bajo cero y ninguna estrella en el cielo, Olga Cárdenas giró la llave de la panadería y la luz no prendió.

    Probó el interruptor dos veces más, por costumbre. Afuera el viento del Beagle empujaba nieve fina contra la persiana y, hacia el fondo de la calle, en dirección a la Gobernador Paz, no se veía un solo farol. La ciudad entera estaba apagada, con el Martial encima, invisible, tapando el aire.

    Maxi llegó a las cuatro y veinte, con el gorro hasta las cejas y el celular haciendo de linterna.

    —No hay luz en ningún lado —dijo—. Ni en lo de la esquina ni en el semáforo. Dicen que se cayó la línea.

    —Ya sé.

    —El horno rotativo no arranca. El ventilador es eléctrico.

    —Ya sé, Maxi.

    Tenía diecisiete años, había llegado de Quilmes en marzo con una madre que trabajaba en una fábrica de televisores, y todavía se sorprendía de que a las nueve de la mañana siguiera oscuro. Olga lo había tomado para que doblara cajas y terminó enseñándole a estirar masa.

    En la cámara, bajo una tela, descansaban doscientas cuarenta medialunas armadas la noche anterior, más cuarenta panes para los sándwiches. Eran para el desayuno del acto del 9 de Julio en la escuela, ciento veinte chicos, mate cocido y bandejas. El acto empezaba a las ocho y media. Todavía iba a estar oscuro.

    —Llamá a la directora y decile que no hay —dijo Maxi—. Se entiende. Es un apagón.

    Olga no contestó. Miraba la puerta del fondo, la que daba al patio, la de la chapa pintada de verde que hacía años que no abría nadie.

    —Traé la linterna grande —dijo.

    Detrás de esa puerta, entre una pila de bandejas rotas y un cartel de «Se vende pan de campo» que ya nadie vendía, estaba el horno de leña. Ladrillo refractario, boca baja, un arco hollinado. Lo habían construido antes de que ella comprara el local, y cada vez que alguien le decía que lo sacara para ganar lugar, ella decía que el mes que viene. Hacía seis años que decía el mes que viene.

    —¿Eso anda? —preguntó Maxi.

    —Eso no necesita que nadie lo enchufe.

    La leña estaba en el patio, bajo un nylon, con una costra de nieve encima. Eran rajas de lenga y de ñire cortadas en otoño. Olga eligió una, la golpeó contra la pared y sonó seca, hueca, como una puerta.

    —Mezclá —le explicó, mientras armaban la pirámide adentro—. La lenga prende rápido y calienta enseguida. El ñire aguanta. Si ponés solo lenga, tenés fuego una hora y después frío.

    —¿Y cómo sé cuándo está a punto?

    —Metés la mano y contás.

    A las cinco menos diez el fuego ya tenía cuerpo, y la panadería, que había estado helada, empezó a oler a otra cosa: a resina, a humo dulce, a algo que Maxi, que nunca había vivido con leña, no supo nombrar. Las llamas le iluminaban la cara desde abajo. Se veía más chico y más atento.

    Esperaron a que la llama bajara y quedara la brasa. Olga barrió el piso del horno con un trapo mojado atado a un palo. Después acercó el antebrazo a la boca del horno.

    —Contá en voz alta.

    —Uno. Dos. Tres…

    A los seis retiró el brazo.

    —Está fuerte. Muy fuerte para las medialunas. Tiene que aguantar hasta diez.

    Esperaron doce minutos más. A los diez segundos, Olga asintió. Metieron la primera tanda con la pala larga, doce bandejas por vez, no más, porque el horno era chico y el resto del trabajo tenía que seguir bajando de la cámara a la mesada, de la mesada a la pala, de la pala al fuego, sin que se apagara el ritmo. Maxi sacaba, Olga acomodaba. A las seis, la primera tanda salió con el color justo, el dorado que a la luz de linterna parecía casi rojo, y el pan se oyó crujir sobre la rejilla como si hablara.

    La segunda se les quemó de un lado. Olga la miró un rato largo, sin decir nada. Maxi esperó el reto.

    —Así aprendés dónde está el calor —dijo ella, y le dio vuelta a la bandeja con la pala—. Esas son para nosotros.

    A las siete menos cuarto la calle empezó a oler. Se abrió una puerta enfrente y salió un hombre en pantuflas con una vela en un frasco. Después una mujer con un termo. Después dos pibes con mochila, que tendrían que estar durmiendo. Se juntaron en la vereda sin hablar de nada, mirando el humo que salía de la chimenea chata de la panadería y se perdía en la nevada, y nadie preguntó si había pan, porque era obvio.

    Olga vendió quince docenas sin cobrar ni una. Después le dijo a Maxi que se quedara con la última bandeja de la tanda quemada, y que la repartiera.

    A las ocho y diez, con los canastos cubiertos con repasadores, salieron para la escuela. Era noche cerrada todavía. Caminaron por el medio de la calle, porque no pasaba ningún auto, con el Beagle respirando abajo y los techos de chapa blancos. Cuando doblaron la esquina, dentro del edificio alguien había armado una hilera de velas sobre las ventanas, y se veían las banderitas colgadas, y se oía el ensayo del himno con una guitarra.

    La directora los esperaba en la puerta con un abrigo sobre el guardapolvo. Miró los canastos, miró a Olga, y no dijo nada. Se limitó a sacar un pan con la mano, partirlo, y soplarlo antes de probar.

    A la vuelta, ya con las manos vacías, Maxi caminaba con la ropa llena de humo y el pelo duro de harina.

    —Mañana tampoco va a haber luz, ¿no? —dijo.

    —Mañana va a haber luz.

    —Entonces no hace falta que venga a las cuatro.

    Olga se detuvo en la puerta de la panadería. Todavía salía una hebra de humo por la chimenea del fondo, fina, derecha, y se mezclaba con la nieve que no terminaba de caer.

    —Vení a las cuatro —dijo—. Aunque haya luz. Hay que aprender a prender el horno de leña antes de que me arrepienta de haberlo dejado.

  • Se repite el mensaje

    El generador de la radio arrancó a la tercera, con una tos de camión viejo, y Aníbal Cayupán esperó a que las agujas dejaran de temblar antes de sentarse. Afuera, en Ingeniero Jacobacci, la nieve venía de costado desde las seis de la mañana. Habían cortado la luz del pueblo a las once y diez. La ruta 23 estaba cerrada desde Comallo.

    Faltaban veinte minutos para el espacio de los avisos y mensajes al poblador rural. Treinta y un años lo hacía. Se leía lo que decía el papel, ni una palabra más ni una menos. Eso le había enseñado el locutor anterior, don Eliseo, que en el noventa y dos le dijo: “Vos no sos el que avisa, sos el que lleva. El que lleva no opina”.

    Sobre la consola estaban los papeles de la mañana, apilados bajo la taza de mate para que no volaran con la corriente que se colaba por el marco de la puerta. Que el camión de la leña llegaba el jueves si abría el camino. Que la escuela del paraje no tenía clases. Que la señora de Los Menucos avisaba que la tropilla estaba bien. Todo en birome azul, con letra de gente que escribe poco.

    A las doce menos cuarto golpearon la puerta del estudio. Era Hortensia Quilaqueo, la de la panadería de la avenida, con un pañuelo atado bajo la barbilla y la nieve derretida en los hombros.

    —Me lo dio un hombre que venía en una camioneta —dijo, y le tendió un papel doblado en cuatro—. Dice que es urgente y que lo lea tal cual.

    —Acá se lee todo tal cual, Hortensia.

    —Bueno. Leelo vos primero.

    Aníbal desplegó el papel. La letra era apretada, de lápiz de carpintero, con las eses al revés.

    Para Rubén Nahuelquir, paraje Clemente Onelli. Avisa tu padre que la camioneta ya tiene la correa nueva. Que no te quedes en Comallo con el temporal, que ahí no hay dónde dormir. Que vengas igual, aunque sea tarde. Que el fuego queda prendido.

    Lo leyó dos veces. La primera por costumbre, para chequear nombres y parajes. La segunda porque algo no cerraba, y tardó en darse cuenta qué. Rubén Nahuelquir no estaba en Comallo. Rubén Nahuelquir había pasado el sábado por la radio a dejar un aviso de su propio puño, de que salía para el pueblo con la camioneta del padre, y no había vuelto a aparecer. Y la camioneta del padre, Aníbal lo sabía porque el viejo Nahuelquir se lo había contado hacía un mes, con orgullo, tenía la correa nueva desde octubre.

    Ese mensaje no era para avisarle nada a Rubén. Era para que Rubén supiera que lo estaban esperando, y que la correa era una excusa que el padre había inventado para que el hijo pudiera volver sin tener que pedir perdón.

    —¿Lo vas a leer? —preguntó Hortensia.

    —Es mi trabajo.

    —No, digo si lo vas a leer bien.

    Aníbal no contestó. Mucho tiempo atrás había discutido con su propio hermano por una pavada de alambrados, y recordaba el silencio que vino después, que no fue de enojo sino de vergüenza. Un silencio que se va pareciendo a un mueble. Se acostumbra uno a esquivarlo.

    A las doce en punto prendió el micrófono. La luz roja del transmisor, alimentada por el generador, parpadeó una vez y se quedó fija. Leyó los avisos como siempre: el camión de la leña, la escuela, la tropilla. Su voz sonaba pareja, un poco grave, como la voz de una cosa que existe desde antes que uno.

    Al llegar al último papel se detuvo medio segundo. Después lo leyó. Cada palabra, tal como estaba escrita. No cambió una coma. Pero cuando llegó a “que vengas igual”, se quedó callado un instante más largo de lo que permite la radio, y en ese instante se oyó el viento golpeando la chapa del techo, la nieve rozando el vidrio, el generador respirando en el cuarto de al lado.

    —Que el fuego queda prendido —terminó.

    Apagó el micrófono. Hortensia, parada junto a la puerta, tenía los ojos húmedos y fingía mirar la nieve.

    —Don Eliseo decía que el que lleva no opina —dijo Aníbal.

    —Y vos no opinaste.

    —Hice una pausa.

    —Una pausa no es opinar. Es lo que se hace cuando algo pesa.

    Él se quedó mirando la perilla del micrófono. Después, sin pedir permiso a nadie, volvió a prender. Los avisos se repetían a las doce y media por si alguien se los había perdido, esa era la regla, y la regla no decía cuáles.

    —Se repite el último mensaje —dijo—. Para Rubén Nahuelquir, paraje Clemente Onelli.

    Leyó otra vez. Despacio, para quien estuviera en una cabina con el motor apagado y la nieve tapando el parabrisas. Para quien tuviera la mano en la llave sin decidirse a girarla.

    A las doce y cuarenta, mientras Hortensia calentaba agua en la pava eléctrica que ahora no andaba y terminaba usando el calentador a garrafa del fondo, Aníbal se acercó a la ventana. La nevada había aflojado un poco. Por la avenida, desde el lado de Comallo, venían dos faros amarillos, torcidos, avanzando muy despacio detrás de una máquina vial.

    No sabía de quién eran. No hacía falta. Se sentó de nuevo frente a la consola, juntó los papeles de la mañana y los puso otra vez bajo la taza, para que no se volaran.

    Los faros pasaron frente a la radio sin detenerse, y siguieron hacia el camino de Clemente Onelli, donde alguien, a esa hora, mantenía el fuego prendido.

  • El día sin diario

    Aníbal Ferreyra levantó la persiana del puesto a las seis y diez, como todos los días del año menos uno. El siete de noviembre no había diario. Los talleres descansaban, los camiones no pasaban por Sarmiento, y los atados de La Capital que él acomodaba cada madrugada contra el vidrio no estaban. Lo que había era el olor de siempre, a tinta vieja y a cartón mojado, que ya se le había metido en las paredes del puesto y en la campera.

    Puso el termo arriba del mostrador, el mate al lado, y se sentó en el banquito a mirar la calle. Los colectivos pasaban casi vacíos. Un chico en bicicleta le tocó el timbre al pasar, por costumbre. Aníbal levantó la mano.

    Tenía setenta y cuatro años y cincuenta y ocho de oficio. Había empezado a los dieciséis, voceando en la esquina con un cuaderno donde anotaba quién le debía. Ahora no vocea nadie, pensó, ni el diario sale a la calle como salía. Pero el puesto seguía, con sus revistas de crucigramas, sus figuritas, sus tarjetas del colectivo. Y debajo del mostrador, en el cajón ancho que le hizo su hermano, seguían las otras cosas.

    A las nueve y media apareció una mujer de pelo corto y saco gris, con una carpeta contra el pecho. Miró el puesto como quien confirma una dirección.

    —Buen día. ¿Tiene La Capital?

    —Hoy no, señora. Es el Día del Canillita, no sale.

    —Ah. —Se quedó quieta un segundo—. Qué tonta. Lo sabía, pero lo olvidé.

    —Mañana hay doble de pasatiempos, para compensar —dijo Aníbal, y se rió solo.

    La mujer no se rió. Apretó la carpeta.

    —Yo no busco el de hoy. Busco uno del tres de mayo de 1989. Me dijeron que usted guarda diarios viejos.

    Aníbal la miró un rato largo. Quién le había dicho, no preguntó. En el barrio todo se sabía, aunque no se dijera.

    —Guardo algunos. No los vendo.

    —No quiero comprarlo. Quiero verlo. Veinte minutos.

    —¿Para qué?

    La mujer abrió la carpeta y sacó una fotocopia gastada. Era un aviso chiquito, de los de clasificados, con un renglón subrayado a lápiz.

    —Mi mamá lo puso ese día. Buscaba una máquina de coser, una Singer a pedal. La vendió esa semana y con la plata me compró los zapatos del acto de la escuela. Yo tenía siete años. Ella murió en agosto y nunca me acordé de preguntarle cómo era el aviso. Ahora estoy armando algo para mi hija, y tengo esto, la fotocopia, pero está cortada. Quiero ver la página entera. Quiero ver qué había al lado.

    Aníbal no contestó. Se agachó, abrió el cajón ancho, y la mujer vio las pilas: atados con hilo sisal, uno por año, cada uno con un papelito pegado con cinta. Él pasó los dedos por los rótulos sin leerlos. Sabía dónde estaba cada uno.

    —Los guardo desde que murió mi viejo —dijo, sin darse vuelta—. Él decía que el diario del día es un pescado: se vende el mismo día o se tira. Yo no pude. Cada noche que me sobraba alguno, uno solo, lo apartaba. Treinta y pico años de sobrantes. Nunca pude venderlos después, ni regalarlos. Me parecía una traición, no sé a quién.

    Sacó un atado, cortó el hilo con las tijeras del crucigrama y fue pasando hojas amarillas, quebradizas, hasta que se detuvo.

    —Tres de mayo.

    Lo abrió sobre el mostrador, encima de las revistas, y alisó los pliegues con el canto de la mano. La mujer se inclinó. Buscó con el dedo, sin tocar el papel, hasta llegar a la columna de clasificados. Se quedó mirando un buen rato.

    —Acá está —dijo—. «Vendo Singer a pedal, funciona, tratar calle Mitre al ochocientos». —Se tapó la boca con la mano—. Puso su nombre abreviado. «Sra. de Ruiz». Nunca la vi escribir así.

    —Ahí al lado —dijo Aníbal, con suavidad— hay uno que ofrece clases de piano. Y otro que perdió un perro.

    —Qué cosa, un perro.

    —Los perros aparecían, en general. Venían a avisar.

    Ella se rió por fin, medio llorando, y sacó el celular para fotografiar la página. Le temblaba el pulso y tuvo que hacerlo tres veces. Aníbal sirvió un mate, le puso azúcar sin preguntar y se lo extendió.

    —Tome. Después le presto una lupa, si quiere leer lo chico.

    Se quedó casi una hora. Leyó el diario entero, de punta a punta, como si fuera el de ese día, mientras Aníbal atendía a un nene que quería una figurita y a un jubilado que preguntaba por el hipódromo. Cuando terminó, cerró el ejemplar con cuidado, lo dobló por los mismos pliegues y lo dejó sobre el mostrador.

    —Gracias. ¿Cuánto le debo?

    —Nada. Es el único día que no cobro.

    —¿Y si lo quiero comprar?

    Aníbal miró el diario. Después miró el cajón, con sus pilas atadas, sus treinta y pico años de pescados que no se tiraron.

    —Ese sí se lo vendo —dijo—. Cien pesos. A precio de la época no me da el cuerpo.

    La mujer le pagó con un billete nuevo y él lo guardó en la lata, junto a las monedas. Después la acompañó hasta la vereda y la vio alejarse por Sarmiento, con la carpeta bajo un brazo y el diario bajo el otro.

    Volvió al banquito. En el cajón ancho había quedado un hueco del tamaño de un atado, y Aníbal lo miró un rato, sorprendido de que no le doliera. Mañana llegarían los camiones. Esa noche, si le sobraba uno, lo apartaría igual. Pero ahora sabía qué hacer con los otros: esperar a que alguien viniera a buscarlos.

    Afuera, un colectivo frenó y arrancó. El chico de la bicicleta pasó de nuevo y tocó el timbre. Esta vez Aníbal gritó, con la voz gastada y entera de los dieciséis años:

    —¡La Capital! ¡Mañana, La Capital!

  • Debajo del amarillo

    La espátula se trabó en una veta y Rita Scarpati soltó una puteada corta, de las que se dicen sin ganas. Era la una y media de la mañana en la Banquina de Pescadores de Mar del Plata, y la lancha estaba apoyada en los tacos del varadero con el casco al aire, oliendo a pescado viejo, a kerosene y a madera que había aguantado más años de los que le tocaban.

    Del otro lado de la escollera, los lobos marinos hacían su ruido de siempre, un ronquido húmedo que subía y bajaba con la marea. Rita ya no lo escuchaba.

    —¿Cómo va eso? —preguntó Ezequiel desde la escalerita. Traía dos vasos de café de la máquina y la cara de no haber dormido desde el martes.

    —Va. La amarilla sale fácil. Lo que está abajo, no.

    Ezequiel tenía veintitrés años y una lancha que no había pedido. Su viejo se la dejó junto con una libreta de deudas y una frase que repetía en el almuerzo de los domingos: «Mientras flote, es tuya». Ahora quería ponerle nombre nuevo. El anterior, «Dos Hermanas», le parecía una condena. Su padre no tuvo hermanas ni hijas, y nadie en la familia sabía de dónde había salido.

    —Quiero algo corto —había dicho el lunes, en el taller de Rita, con un papel arrugado en la mano—. «Nueva Era». O «Maite», que es mi novia. Y que salga el jueves, que es la botadura.

    Rita pintaba nombres de barcos desde los diecinueve. Había aprendido con un tano de Playa Grande que usaba pincel de pelo de marta y escupía al costado antes de cada letra. Sabía que una lancha costera se pinta de amarillo con una guarda roja si va a las aguas más lejanas, y que el nombre va en la proa, en negro o en blanco, con una sombra del lado de la luz. Sabía también que a las lanchas las pintaron de amarillo para que se las viera desde lejos, porque antes eran blancas y la niebla se las tragaba junto con la gente que llevaban.

    Eso último se le vino a la cabeza cuando la espátula levantó, junto a la letra D vieja, una escama de amarillo y debajo apareció una línea blanca.

    Se quedó quieta. Pasó el dedo enguantado y la línea no se corrió. Era pintura al óleo, espesa, de la que se aplicaba con tiempo. Siguió raspando con más cuidado, con la punta, haciendo el trabajo de un dentista. Para las tres de la mañana tenía descubierta una sola palabra, de cuarenta centímetros, en letras de imprenta con pie, de esas que ya nadie hace.

    «ROSALÍA».

    —No dice «Dos Hermanas» —murmuró.

    Ezequiel subió de a dos escalones. Miró un rato largo, con los vasos vacíos en las manos.

    —Eso es de antes de mi viejo.

    —Es de antes de que la pintaran de amarillo. Mirá el borde de la R, está pintada sobre la madera pelada, sin base. —Rita apoyó la linterna en el travesaño—. Esta lancha salió blanca y con ese nombre. Después alguien la pintó encima, y alguien más le cambió el nombre otra vez. Con los años quedaron tres capas.

    —¿Y quién era Rosalía?

    —No sé. La que le puso el nombre se acordaba, seguro.

    Ezequiel se sentó en un cajón de pescado dado vuelta. Afuera pasó un camión con hielo y el piso tembló apenas. Estuvo callado tanto rato que Rita volvió a la espátula. Raspó el lado de la A y apareció, más chica, una fecha en la madera, grabada con gubia antes de pintar y casi invisible: un año de principios de los veinte y las iniciales «G. S.».

    —Mi viejo se llamaba Giuseppe —dijo Ezequiel, sin voltearse—. Giuseppe Scalise. Yo le decía Pepe.

    —¿Y el abuelo?

    —Gaetano. Gaetano Scalise. Vino de Molfetta, creo. Tenía las lanchas en la banquina cuando ya estaba el puerto, pero la familia no habla de eso. Se peleó con alguien, se quedó sin barcos, y después mi viejo volvió a empezar con ésta. Me dijo una vez que la compró a un precio de risa porque el dueño anterior no quería «ese nombre en el casco».

    —¿Entonces el nombre que figura en la libreta?

    —«Dos Hermanas». Lo cambió Pepe, supongo. O alguien antes que él. —Ezequiel se frotó la cara con las dos manos—. Yo no sabía que esto estaba abajo. Nadie sabía.

    Rita no dijo nada. Ella tampoco sabía qué se hacía en una situación así. El trabajo era claro: pasarle una mano de amarillo a todo, tapar la palabra, escribir encima «Maite» en negro con sombra, y tener la lancha lista para las nueve. Cobraba por eso. En el taller tenía una factura sin pagar y un tarro de bermellón que se estaba secando.

    A las cuatro cortó una tira de cinta de enmascarar y la pegó prolija arriba y abajo de la palabra blanca, como si fuera a pintarla. Después fue hasta el fondo del varadero, sacó el pincel de marta y lo mojó en blanco.

    —¿Qué hacés? —preguntó Ezequiel.

    —Lo que debí hacer desde el principio. Si la tapo, la tapo y listo. Pero a mí me pagás por pintar un nombre, y el nombre que tiene esta lancha es éste. —Se frotó los ojos con el dorso de la muñeca—. «Maite» lo ponemos del otro lado, en la aleta, chiquito, para que se lea cuando la veas de costado. Si querés.

    —Mi novia se va a calentar.

    —Tu novia va a querer saber quién era Rosalía. Todas quieren saber.

    Ezequiel se rió, por primera vez en dos días, una risa que se le cortó a la mitad. Se levantó y le sacó a Rita el pincel de las manos con cuidado, como quien agarra algo que se puede romper.

    —Dejame a mí la R —dijo—. Me parece que la tengo que hacer yo.

    Rita le mostró cómo se sostiene, cerca de la virola, con el meñique apoyado en la madera para no temblar. Le dijo que no tenía apuro. Él entró en el trazo del primer palo con la lengua entre los dientes, y la pintura nueva se montó sobre la vieja sin borrarla, igual de blanca, igual de espesa.

    A las seis y media aclaró sobre la escollera. Los lobos empezaron a moverse, uno resbaló de una piedra con un plaf largo, y en la banquina se oyeron los primeros motores. Ezequiel terminó la última letra y se quedó mirando el casco amarillo con una sola palabra blanca en la proa, tan nítida que parecía recién inventada.

    —Ya está —dijo.

    —Ya está. Ahora que se seque.

    Rita juntó los pinceles, tapó el tarro y bajó la escalerita con la luz del amanecer pegándole de costado. Desde abajo miró la lancha una vez más. La palabra se leía desde el fondo de la banquina, con toda la niebla encima, igual que cuando la lancha la llevaba puesta por primera vez.

  • El último viaje de las brujas

    Olga Sandoval llegó a Carabobo a las tres de la tarde con un termo, dos mates y una nieta que no quería bajar la escalera.

    —Hace calor, abuela.

    —Abajo hay menos.

    Era viernes 11 de enero de 2013 y el aire de la calle Rivadavia pesaba como una frazada mojada. Camila tenía nueve años, una remera de Violetta y la costumbre de tapar con las manos todo lo que sonaba fuerte. Olga la agarró de la muñeca, no de la mano, y bajaron juntas hasta el andén, donde olía a aceite caliente y a madera vieja, un olor dulzón que ella habría reconocido con los ojos vendados.

    Trabajó cuarenta y un años en un taller de corbatas de la Avenida de Mayo, cerca de la Casa de Gobierno, y todas las mañanas bajó en Carabobo para ir hasta Plaza de Mayo, y todas las tardes hizo el camino a la inversa. Durante cuatro décadas, ni una sola vez le había prestado atención al tren. Eso le pasó recién esa semana, cuando leyó en el diario que los coches belgas, los de madera, los que llamaban las brujas, hacían su último día de servicio.

    Del túnel salió un viento tibio, y atrás del viento el ruido: un rechinar largo, de bisagra, con un traqueteo adentro como de tazas en una bandeja. Camila se llevó las manos a las orejas.

    —Escuchá un poquito —dijo Olga—. Después te las tapás.

    La formación frenó con un suspiro. Era marrón y estaba rayada por tantos años de pintura encima de la pintura. Había gente con cámaras, un muchacho con un trípode, una pareja de turistas que se sacaban fotos con las puertas todavía cerradas. Un guarda de camisa celeste, con la frente brillante, iba de coche en coche abriendo a mano.

    —Tiren de la manija, señoras —dijo, con voz de haber repetido eso todo el día—. Son puertas de verdad.

    Olga tiró. La puerta cedió con un quejido y adentro estaba todo igual: los asientos de tablitas de madera, los bronces gastados en los pasamanos, las lámparas redondas con sus espejitos, el piso que cedía un poquito bajo el zapato. Eligió el tercer coche. El lado izquierdo, mirando hacia Plaza de Mayo, el cuarto asiento contando desde la puerta. Estaba libre. Se sentó y acomodó a Camila contra la ventanilla, con la bolsa de tela entre las dos.

    —¿Por qué justo este? —preguntó la nena.

    —Porque en el setenta y uno, el primer día que fui al taller, me senté acá. Tenía dieciséis años y llevaba un bolsito de plástico con un sándwich de milanesa adentro. Y una señora que no conocía me dijo: nena, sacá los pies del medio.

    —¿Y los sacaste?

    —Los saqué. Y los dejé afuera cuarenta años.

    Camila se rio por la nariz. El guarda silbó dos veces, alguien soltó las puertas a los empujones, y el tren arrancó con un tirón que le hizo chocar la cabeza contra el hombro de la abuela. Después empezó el bamboleo. No era un movimiento suave, era un vaivén con crujido, como si el coche entero hiciera fuerza para no desarmarse, y en cada curva la madera cantaba en una nota distinta.

    La nena apretó los dientes. Olga vio cómo le subían las manos hacia la cara y, antes de que llegaran, destapó el termo y le puso el mate en la palma.

    —Tomá. Con las dos manos. Está caliente.

    Camila agarró el mate. Ya no tenía manos libres para taparse nada.

    —Ahora contá —dijo Olga, bajito—. Contá las lámparas que tiemblan.

    —Una. Dos. Tres. —La nena miraba el techo—. Abuela, esa tiembla distinto.

    —Es la de la punta. Siempre tembló esa. Una vez le aposté a una compañera, a Nelly, que se apagaba antes de Loria. Y se apagó.

    —¿Ganaste?

    —Me pagó con una caja de botones.

    Pasaron Pasco, Congreso, Sáenz Peña. En cada parada subía gente con la cara de quien llega tarde a una despedida: un señor de traje con un maletín viejo, un chico con una guitarra, dos mujeres que se tomaban de las manos. Nadie hablaba fuerte. Una señora mayor, de pie, acariciaba el pasamanos con la punta de los dedos como se acaricia el lomo de un animal que ya no se va a ver más. El guarda recorría el pasillo diciendo gracias, gracias por venir, con la camisa pegada a la espalda.

    En Lima, Camila dejó de contar y empezó a escuchar. Olga se dio cuenta porque la nena ladeó la cabeza y se quedó quieta, con el mate ya tibio entre las manos. Detrás del rechinar se oía otra cosa: el roce de los zapatos sobre el piso de tablas, los arneses de las ventanillas, el chasquido de los bronces cuando el tren se inclinaba. Era como estar adentro de un instrumento.

    —Suena a casa vieja —dijo la nena.

    —Suena a tren —dijo Olga—. Pero casi.

    Al llegar a Piedras, el coche se vació de golpe y se llenó de nuevo. Un muchacho con una cámara se arrodilló en el pasillo para filmar el piso. Camila lo miró fastidiada, porque le tapaba la vista, y recién entonces Olga sintió algo raro en la garganta. Había imaginado muchas veces ese viaje, pero lo había imaginado sola. No había contado con tener que explicar nada.

    —Abuela, ¿mañana también viene este tren?

    —No.

    —¿Y adónde se va?

    —Lo van a llevar a un taller. En Primera Junta lo sacan a la calle por una rampa, como en las películas. —Se acomodó el pañuelo en la cabeza—. Y después se verá.

    La nena se quedó pensando.

    —¿Y si lo extrañás?

    —Vengo y me siento en el tren nuevo. En el mismo lugar.

    —Pero no es el mismo asiento.

    —No. Pero es el mismo lugar.

    Llegaron a Plaza de Mayo con la formación crujiendo en la última curva, con un grito de hierro que hizo que medio coche aplaudiera. Camila no se tapó los oídos. Se bajó de la mano de la abuela, y después de dar tres pasos en el andén se dio vuelta, soltó la mano y volvió a subir.

    —Nena —dijo el guarda, riéndose—, ya terminó el recorrido.

    —Es que me olvidé algo.

    Se agachó junto al cuarto asiento, apoyó la palma abierta sobre la madera y la dejó ahí un momento, quieta, como se hace con la frente de alguien que tiene fiebre. Después bajó corriendo, con el mate vacío en la otra mano, y le dijo a la abuela, antes de que Olga pudiera preguntarle nada:

    —Ya está. Ahora sí, vamos.

    Subieron las escaleras agarradas de la muñeca, las dos, hacia la luz de la Avenida de Mayo. Atrás, en el andén, la última brujita de la tarde esperaba con las puertas abiertas.