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  • El aserrín de Cirilo

    A las seis y diez de la mañana ya hacían veintiocho grados en Resistencia, y las chicharras de los lapachos de la plaza habían empezado el trabajo antes que la Municipalidad. Cirilo Maidana llegó a la esquina con la carretilla, la escoba de mijo y un balde con agua y detergente. El camión de los restauradores venía a las ocho.

    La escultura estaba donde la habían dejado treinta y ocho años atrás, sobre un pedestal de ladrillo revocado, a dos cuadras de la plaza 25 de Mayo: un tronco de quebracho de casi tres metros, tallado en forma de hombre que carga algo en los hombros. Nadie se ponía de acuerdo en qué cargaba. Para unos era una red, para otros una mujer dormida, y una vecina del frente, doña Bernarda, juraba que era un sol.

    Cirilo la rodeó despacio. Había un cartel de la Municipalidad pegado con cinta en el pedestal: Obra en proceso de restauración. Disculpe las molestias. Alguien le había dibujado un bigote a la palabra molestias.

    Se agachó y empezó por la base. Cepilló la tierra colorada, sacó una cápsula de gaseosa, un cabo de cigarrillo, un caracol seco. Después subió al banquito de plástico y lavó las piernas del hombre, que estaban agrietadas como el barro de la laguna en una bajante. Por esas grietas entraba la humedad, y por la humedad llegaban las termitas. Eso había dicho el técnico la semana anterior, con el casco bajo el brazo, mientras Cirilo asentía y pensaba en otra cosa.

    Pensaba en la tercera grieta, la que corría detrás de la rodilla izquierda, a la altura de un chico de catorce años.

    En 1988 Cirilo era ese chico. Su tío Anselmo lo había llevado a la plaza central, donde los escultores trabajaban a cielo abierto, y le habían dado un trabajo de cinco pesos por día: barrer el aserrín. Lo barría de la sombra de un toldo azul, junto a un correntino flaco que hablaba poco, tenía las manos blancas de polvo hasta los codos y le soplaba las virutas del hombro al tronco como quien le saca una miga a un hijo. Nunca le dijo su nombre completo. Cirilo lo llamaba el Maestro y el Maestro lo llamaba pibe.

    Un mediodía de esa semana, con un calor igual al de hoy, el Maestro le dijo:

    —Pibe, vení. Poné lo que quieras en esa rajadura. Después la tapo y no lo sabe nadie.

    Cirilo no tenía nada de valor. Tenía un lápiz de carpintero que le había regalado su tío, ancho y chato, de los que no ruedan. Arrancó un cuadradito del papel de la bolsa del pan, escribió con letra de imprenta y lo enrolló alrededor del lápiz. El Maestro lo metió en la grieta con un palito, lo tapó con una cuña de la misma madera y la alisó con el pulgar.

    Treinta y ocho años después, Cirilo trabajaba en Espacios Verdes. Se había jubilado a medias, porque la Municipalidad lo había dejado quedarse tres días por semana en el cuidado de las esculturas del centro. Cuando se enteró de que el hombre de quebracho se iba a restaurar, supo que alguien iba a abrir esa cuña. Lo que había adentro era suyo, y no quería que lo encontrara un extraño.

    A las siete menos veinte, la cuña seguía ahí. Estaba hinchada, oscura. La probó con la uña y no cedió. Sacó del bolsillo la navaja, la que usaba para podar rosas, y trabajó alrededor despacio, sin apalancar, como le había visto hacer al Maestro. Una hormiga colorada le subió por la muñeca. Doña Bernarda abrió la persiana de enfrente con un golpe de chapa y lo miró sin decir nada.

    La cuña salió de golpe, con un ruido seco. Adentro había un olor a humedad y a madera dulce, y algo claro al fondo.

    El papel estaba amarillo, blando como una hoja de tabaco, y se había pegado al lápiz. Cirilo lo desenrolló con la punta de los dedos. La letra de imprenta de un chico de catorce años decía: CIRILO MAIDANA. BARRI EL ASERRIN. 5 PESOS X DIA. QUE NO SE CAIGA.

    Se sentó en el banquito. El lápiz estaba intacto, con la punta negra y la marca del cuchillo de su tío en el costado. Pensó en el Maestro, que a esa altura ya no estaría, o estaría muy viejo en alguna casa de Corrientes, y que no se había reído de él ni una vez.

    —¿Eso es suyo? —preguntó doña Bernarda desde la reja.

    —Era —dijo Cirilo—. Lo puse yo cuando era pibe.

    —Ah. —La mujer se acomodó el repasador en el hombro—. Yo siempre dije que era un sol.

    A las siete y media llegó el camión, con una grúa chica y dos muchachos de chaleco naranja. Cirilo se paró y se limpió las manos en el pantalón. Uno de los restauradores, joven, con un barbijo colgado al cuello, se acercó con una planilla.

    —Don Cirilo, ¿está todo listo?

    —Casi. Una cosa nomás. Tengan cuidado con la rodilla de atrás. Ahí hay una cuña que acabo de sacar. Cuando la vuelvan a poner, que la pongan igual.

    El muchacho miró la grieta, miró el papel que Cirilo tenía en la mano, y no preguntó nada.

    —Si quiere, la dejamos tapada con lo que usted traiga —dijo.

    Cirilo sacó del bolsillo el lápiz de carpintero y le pidió prestado un bolígrafo. Escribió abajo, con la misma letra de imprenta, en el espacio que había quedado: VOLVI. 2026. SIGUE SIN CAERSE. Enrolló el papel alrededor del lápiz, lo metió en la grieta con el palito de la poda y se lo entregó a los muchachos con la cuña en la otra mano.

    La grúa levantó al hombre de quebracho despacio, con las correas pasadas por debajo de los brazos. Se balanceó un poco sobre el pedestal vacío, con la luz de la mañana entrándole por las rajaduras, y Cirilo lo siguió con los ojos hasta que lo acostaron en la caja del camión. Después agarró la escoba y barrió la tierra colorada que había dejado la base.

    Había un poco de aserrín en el ladrillo. Lo barrió igual, hasta el último grano.

  • El paquete verde de Genaro

    El camión de reparto había dejado la yerba el lunes, y recién el jueves, con la estufa a leña ya prendida y la escarcha todavía pegada a los vidrios, Genaro Ibáñez se animó a abrir la caja.

    Los paquetes eran azules. Azul eléctrico, con letras blancas y una guarda amarilla. El de siempre había sido verde oscuro, con un gaucho medio borrado por los años que todo Aluminé reconocía a diez metros.

    —Cambiaron el diseño, Genaro —le había dicho el chofer, encogiéndose de hombros—. Es la misma yerba.

    La misma yerba. Genaro apoyó un paquete sobre el mostrador del almacén, bajo el cartel de chapa que había heredado de su padre. Ramos Generales, decía, y debajo, en letra más chica, Se compra lana, cuero y piñón. Eran los últimos días de abril, o casi. La temporada de recolección cerraba el sábado 20, y desde marzo el almacén olía a tierra mojada, a bolsas de arpillera y a ese dulzor áspero que dejan los piñones cuando se los junta por kilos en el piso.

    Hacía más de treinta años que Genaro cambiaba piñón por mercadería. Venían las familias de los parajes con las bolsas al hombro, él las ponía en la balanza de platillo y después apuntaba en un cuaderno cuánto traía cada uno. Harina, azúcar, aceite, yerba, fideos. Algunos sabían leer la lista que colgaba de un clavo. Otros no, y para ellos su padre había inventado algo mejor: un pizarrón con dibujos. Una espiga para la harina, un terrón para el azúcar, una botella para el aceite. Y para la yerba, un paquete verde con un gaucho, pintado con esmalte sintético, que Genaro retocaba cada otoño con el pincel finito.

    Ese paquete ya no existía.

    La campanilla de la puerta sonó a media mañana. Entró Eusebia Antileo envuelta en un poncho gris, con una bolsa de piñones que le llegaba casi a la cintura y el paso lento de quien conoce el camino de memoria. Detrás venía su nieta, de unos doce años, con el celular en la mano y la cabeza gacha.

    —Buen día, Genaro.

    —Buen día, doña Eusebia. ¿Cómo viene el bosque?

    —Generoso, este año. Las piñas cayeron todas juntas.

    Genaro levantó la bolsa con las dos manos y la acomodó en el platillo. Dieciocho kilos y medio. Eusebia se quedó mirando el pizarrón, como todos los años, con las manos cruzadas sobre el poncho.

    —Ponele harina —dijo—. Dos bolsas. Un aceite. Fideos, los que son como moñitos. Y la yerba, la de siempre.

    Genaro tragó saliva. Buscó la caja bajo el mostrador y sacó un paquete azul.

    —Doña Eusebia, hay un cambio. Es la misma yerba, pero vino en otro envase. Mire.

    Ella lo tomó con las dos manos, lo dio vuelta y lo olió a través del plástico. Lo sostuvo lejos, después cerca, igual que alguien que busca una cara en una foto vieja.

    —Este no es —dijo.

    —Es el mismo, abuela —intervino la nieta, sin levantar la vista—. Dice la marca acá, mirá.

    —Yo no sé qué dice. —Eusebia lo dejó sobre el mostrador con cuidado—. Yo sé que la yerba es verde. Cuarenta años llevo el paquete verde. Si me llevo uno azul, capaz que mañana me traen otra cosa y no me doy cuenta.

    No lo dijo con enojo. Lo dijo como se dice una cosa simple, de las que sostienen una vida. Genaro sintió que algo se le acomodaba en el pecho, un peso viejo y conocido. Miró la caja, miró el pizarrón, miró el gaucho descascarado del clavo.

    —Tiene razón —dijo—. Tiene toda la razón.

    Fue a la trastienda y volvió con el frasco de esmalte azul y el pincel finito. Despejó una esquina del pizarrón, justo al lado de la botella de aceite. Con el pulso que le daban treinta años de rótulos y de letras torcidas, empezó a pintar un paquete nuevo. Azul eléctrico, la guarda amarilla, un rectángulo blanco donde su padre hubiera puesto el gaucho. La nieta dejó el celular. Se acercó para ver cómo salía.

    —¿Qué le ponés ahí, en lo blanco? —preguntó.

    —Algo que ella conozca.

    Genaro dudó un momento. Después dibujó, con tres trazos, una pehuén chiquita, con sus ramas abiertas como paraguas. Los pehuenes que Eusebia había visto caer de piñas cada marzo de su vida.

    —Ahora este paquete es la yerba —dijo, soplando la pintura para que secara—. Cuando venga el año que viene, va a estar en el mismo lugar, con el mismo dibujo. Aunque cambien el envase mil veces.

    Eusebia se acercó, apoyó un dedo en el aire sin llegar a tocar el esmalte y estudió el árbol minúsculo. Sus ojos se achicaron hasta casi cerrarse.

    —Este sí —dijo por fin.

    La nieta guardó las cosas en la bolsa mientras Genaro anotaba en el cuaderno: dieciocho kilos y medio, dos harinas, un aceite, fideos, una yerba. Cuando salieron, el frío entró un instante por la puerta abierta y movió las hojas sueltas del almanaque.

    Esa noche, después de cerrar, Genaro se quedó un rato más con la estufa. Sacó del cajón el gaucho original, el que había recortado del primer paquete verde que llegó a Aluminé cuando él era chico, y lo pegó con una chinche al costado del pizarrón. Bajo el cartel de chapa, entre las bolsas de arpillera, el pehuén azul brillaba todavía húmedo, y hasta la mañana el almacén olió a esmalte y a piñón.

  • El ojo torcido de Ceferino

    El telar de la galería tenía la urdimbre tirante como una cuerda de guitarra, y Ceferino Aybar la tocó con el dorso de los dedos antes de sentarse. Eran las diez de la noche de un miércoles de julio, en Belén, y hacía tanto frío que la lana se le pegaba a las uñas. Le faltaban dos palmos de trama. La camioneta de la cooperativa salía el viernes a las cinco de la mañana hacia la Fiesta del Poncho, y el poncho tenía que subir con los demás.

    Era el primero que tejía en ojo de perdiz. Tenía diecisiete años y había empezado con caminos de mesa, después chalinas, después un año entero de rayas y guardas simples, mientras su tía Nélida le repetía que el ojo de perdiz no se enseña, se descubre. Él había hilado la oveja en el huso hasta tener callos nuevos. Había teñido con cáscara de cebolla, que da un marrón dorado, y con cáscara de nuez para el oscuro. Había urdido solo, contando hilo por hilo, y cuando terminó se paró en la galería con las manos en la cintura, como había visto hacer a los hombres con un camión recién cargado.

    Pasó la lanzadera, golpeó con el peine, cambió los lizos, y a la luz del foco miró lo tejido. Después se quedó quieto.

    Cuatro dedos más arriba, en la tercera fila de rombos, uno estaba torcido. No mucho. Pero el pequeño punto de color del centro, que debía quedar justo en medio, se había corrido hacia la izquierda, y el rombo entero parecía mirar de reojo. Se había equivocado en un cruce de hilos hacía tres días, y recién ahora lo veía, con dos palmos de tela por encima que ya lo habían encerrado.

    Se levantó, dio una vuelta por la galería y volvió. El perro de la casa levantó la cabeza y la volvió a poner entre las patas. Del patio llegaba olor a leña húmeda y a nueces secas, de las que su abuela guardaba en una lata.

    Sabía lo que tenía que hacer. Destejer era posible: sacar trama fila por fila, hasta llegar al error, y empezar otra vez. Tres días de trabajo. Le quedaban dos noches.

    —¿Qué hacés despierto?

    Su abuela Casilda estaba en la puerta de la cocina, con el chal sobre la cabeza y una taza en cada mano. Le alcanzó una. Era té de poleo, y estaba tan caliente que le dolió.

    —Se me torció un ojo —dijo Ceferino, y señaló sin mirar.

    Casilda se acercó, bajó los anteojos y estudió la tela un rato largo, con la cabeza inclinada. Tocó el rombo con la uña del pulgar.

    —Ah, sí. Mirá vos. Se te escapó la perdiz.

    —Lo voy a destejer.

    —¿Hasta ahí?

    —Hasta ahí.

    —No llegás.

    —Llego si no duermo.

    Casilda sopló su té. En la calle pasó una moto, y después nada, solo el viento que venía del cerro y movía las hojas de la parra pelada.

    —Tu abuelo tejió cuarenta años —dijo—. Y yo le conté, una vez, en un poncho de los buenos, ocho errores. Los encontraba como quien cuenta cabras. Los veía todos, y los ponía a la vista de cualquiera. Nadie compraba el poncho por eso. Pero tampoco lo dejaban de comprar.

    —Es mi primer ojo de perdiz, abuela. En la Fiesta va a haber gente que sabe.

    —Va a haber gente que sabe —repitió ella—. Entonces te van a mirar el poncho mejor que vos.

    Se fue a acostar. Ceferino se quedó con la taza en las manos hasta que dejó de quemar. Después se sentó, agarró la tijera, y cortó la primera hebra de trama.

    Destejió toda la noche. Desenhebraba, enrollaba el hilo sobrante en un ovillo flojo, y bajaba una fila, y otra. A las tres le dolían los hombros. A las cuatro empezó a tener la certeza de que el rombo torcido era lo único que su poncho tenía de verdad suyo, y se enojó consigo mismo por pensarlo. A las cinco se fue a lavar la cara con el agua helada de la canilla del patio.

    Los dos días siguientes fueron un solo día largo. Rehizo las filas con una atención que le dio miedo, porque no podía dejar de contar. Cada cruce, cada golpe de peine. Su tía Nélida apareció el jueves a la tarde con empanadas de la cooperativa y no dijo nada, pero se quedó un rato parada detrás de él, y después se fue sin tocar el telar.

    A las dos de la madrugada del viernes pasó la última pasada de trama y cortó la tela del telar con un solo tijeretazo limpio. Quedó un hueco al fondo de la galería, y el poncho en su falda, pesado y tibio como un animal dormido. Los rombos subían parejos, uno tras otro, con su punto justo en el medio. Los miró despacio. El rombo de la tercera fila estaba derecho. Lo cubrió con las dos manos para ver si el corazón se le calmaba, y no se le calmó.

    Hizo los flecos a la luz del foco, retorciendo de a cuatro hilos con los dedos fríos. Cuando terminó, afuera ya se oía el motor de la camioneta frenando en la esquina, y el aire olía a nafta y a pan.

    Plegó el poncho con cuidado y salió. Casilda lo esperaba en el portón, vestida, con la lata de nueces bajo el brazo para el viaje.

    —¿Lo destejiste?

    —Hasta el final.

    —¿Y quedó perfecto?

    Ceferino abrió la boca para decir que sí. Después desdobló una punta del poncho bajo la luz del farol y buscó con los ojos la fila de rombos, sin apuro. Y entonces lo vio, a la derecha, en la octava fila, casi en el borde donde nadie mira: un rombo apenas más ancho que los otros, con el punto del centro corrido un hilo hacia arriba.

    No se había equivocado en el cruce. Se había cansado.

    Casilda se rió bajito, con la risa de las que ya se saben el final, y le puso la lata en la mano.

    —Ahí está —dijo—. Ya tenés un ojo tuyo.

    Ceferino cerró el poncho, lo abrazó contra el pecho, y subió a la camioneta bajo las estrellas. En la caja, entre los fardos de los otros tejedores, hizo un lugarcito para el suyo y lo acomodó con el rombo chueco para arriba, mirando de reojo el camino a Catamarca.

  • Veinticinco segundos

    La carta llegó un martes de agosto, entre un sobre del Banco Nación para el jefe del faro y un paquete de hilos para la señora del ayudante. Eulalia Bustos la reconoció antes de abrirla por la letra: redonda, apretada, de alguien que escribe con la lengua entre los dientes. Decía en el frente: Al señor que cuida la luz de Punta Delgada, Chubut. Atrás, en lápiz: Tomás Giordano, 4.º B, Lanús.

    La estafeta del faro era un mostrador de madera en un rincón de la casa, con un sello, un tintero y una balanza para cartas. Eulalia la atendía desde que se casó con Gregorio, que subía a la torre en el turno de la noche. Hacía dos años que no abría una carta que no fuera para alguien del lugar.

    Adentro, una hoja de cuaderno rayado. Estimado farero: En la escuela nos dieron de tarea escribirle a alguien que trabaje solo. Yo elegí a usted. Quiero saber si la luz se aburre. Y si usted se aburre. Y qué hace cuando se apaga. Lo saluda, Tomás. P. D.: la maestra dice que hay que contestar con sello, así que le mando uno.

    El sello estaba pegado en una esquina, un poco torcido. Eulalia lo despegó con la uña y lo pasó al sobre de vuelta.

    —No es para vos —dijo Gregorio esa noche, mientras se calzaba el pulóver grueso—. Es para el farero. Le contesta el jefe.

    —El jefe tiene que hacer el parte del tiempo y el libro de novedades. A un chico no le contesta.

    —Entonces contestale vos.

    —¿Yo, qué le voy a decir?

    Gregorio se encogió de hombros. Afuera el viento del sudoeste pegaba contra la pared de la casa como alguien que pide entrar. Se fue a la torre con la linterna, y ella se quedó con la hoja de cuaderno sobre la mesa y la certeza de que el carro del proveedor salía a las cinco con la correspondencia hacia Puerto Pirámides. Después de eso, la carta de Tomás iba a esperar otra semana o la respuesta iba a llegar con el pibe ya en vacaciones.

    Empezó tres veces. La primera salió oficial: Se le informa que el servicio de señalización marítima funciona con normalidad. La rompió. La segunda salió simpática y falsa: La luz nunca se aburre, es muy alegre. La rompió también, porque sabía que no era cierto y porque un chico que pregunta si la luz se aburre ya sospecha la respuesta.

    Salió al patio con un abrigo sobre los hombros. La torre se levantaba ocre contra un cielo que todavía no había terminado de oscurecerse, y desde la playa de abajo subía un ruido largo, como de fuelle roto. Eran los elefantes marinos. Los machos habían llegado ese mes, enormes, y se tiraban en la arena a pelear por lugares que nadie más veía. Gregorio decía que de noche sonaban como un tren de carga que nunca terminaba de pasar.

    Arriba, la luz giró. Eulalia empezó a contar sin proponérselo, como lo hacía desde el primer invierno: uno, dos, tres… El haz blanco barrió el campo, pasó por encima de ella y se fue hacia el mar. Después, oscuridad. Siguió contando. A los veinticinco segundos justos, el haz volvió.

    Entró y se sentó. Escribió despacio.

    Querido Tomás: Soy Eulalia, la mujer del ayudante. El farero está arriba y yo te contesto porque tu carta me la dieron a mí. Te cuento lo que pasa acá. La luz no se aburre, porque no se queda quieta: da una vuelta y vuelve, y cada vuelta dura veinticinco segundos. Yo las cuento desde la cocina, a veces desde el patio. Con el tiempo uno aprende que la parte importante no es cuando la luz pasa, sino la oscuridad del medio. Es corta, pero es la que le da sentido a todo lo demás. Un barco que está lejos y no ve nada espera ese segundo veinticinco para saber que alguien sigue ahí.

    Mi marido dice que el trabajo no es aburrido si sabés para quién lo hacés. Yo no sé si es cierto, pero me gusta cómo suena. Lo que sí sé es que de noche hay animales enormes en la playa que gritan como máquinas, y que al lado de ellos la luz parece una cosa muy chica y muy terca. Me gusta eso.

    Cuando se apaga, no se apaga. Se queda una lámpara de reserva y hay alguien despierto. Si alguna vez te toca estar solo en algún lado, acordate de contar hasta veinticinco. Siempre vuelve algo.

    Te mando el sello que me mandaste, porque no es de buena educación quedarse con el de otro. Tu amiga, Eulalia Bustos.

    Lo leyó una vez. Tachó muy terca, lo pensó, y lo volvió a escribir arriba con letra más clara. Metió la hoja en un sobre, pegó el sello torcido donde estaba y escribió: Tomás Giordano, 4.º B, Lanús, Buenos Aires.

    A las cuatro y media Gregorio bajó de la torre con la cara roja de frío. Encontró el sobre sobre el mostrador, con el sello de la estafeta estampado a un costado, todavía húmedo.

    —¿Qué le pusiste?

    —Lo que cuenta uno cuando cuenta.

    Él esperó, pero ella no dijo más. Se sentó a tomar el mate que ella le había dejado y miró por la ventana. Desde la cocina se veía el haz entrar por el vidrio, cruzar la pared, el hule de la mesa, la cara de los dos, y desaparecer. Eulalia volvió a contar en voz baja. Gregorio, sin mirarla, contó con ella.

    A las cinco, el carro del proveedor arrancó con la bolsa del correo bien atada. Del otro lado del cristal, la luz giró una vez más, y después de veinticinco segundos volvió.

  • Agua de madrugada

    A las dos y diez el celular vibró contra la mesa de luz y Norma Sandoval ya estaba despierta. En la pantalla, la alerta del Servicio Meteorológico: mínima de menos dos y medio para la zona de Allen, entre las cuatro y las ocho. Se sentó en el borde de la cama, buscó las medias de lana con los pies y escuchó la casa. Afuera no había viento. Esa quietud era mala señal: el aire frío, cuando no se mueve, se asienta en las chacras bajas como agua en un pozo.

    Tenía cuatro hectáreas de perales Williams, plantados por Aldo hacía treinta y ocho años, y los frutitos recién cuajados, del tamaño de una arveja. Sin aspersores, sin ventiladores, sin malla. Lo único que tenía era el agua del canal y la manera vieja de usarla: inundar los cuadros por manto para que la tierra mojada suelte el calor que guardó de día. Con menos dos y medio, eso alcanzaba. Pero había que regar esa misma noche, y el turno del canal no era suyo.

    Se puso el pantalón de trabajo, la campera de Aldo, las botas de goma. Llenó el termo, cargó la yerba en el mate y agarró la linterna y la pala de regador, que tenía el cabo gastado justo donde apoyaba la mano. En el patio, el olor a tierra fría le pegó en la cara. Las estrellas se veían nítidas, y eso también era mala señal.

    El turno de esa semana, de dos a seis, era de Gustavo Ferreyra, el vecino de al lado. Norma y Gustavo no se hablaban desde hacía once años, desde que él corrió el alambrado treinta centímetros y ella, en lugar de discutir, lo hizo medir por un agrimensor. El agrimensor le dio la razón. Gustavo nunca se lo perdonó, y ella nunca le perdonó que no se lo perdonara. Se cruzaban en la tranquera con un movimiento de cabeza y nada más.

    Caminó por la acequia con el haz de la linterna rebotando en los álamos de la cortina. Se oía el agua corriendo despacio, con ese ruido blando de las noches de riego. En la compuerta de Gustavo, la de fierro con el volante oxidado, el agua pasaba entera para su lado. Más adelante, la de ella, la de madera con los tablones hinchados, estaba cerrada.

    Norma se quedó parada con la pala en la mano. Podía esperar a las seis y regar con el amanecer encima, cuando la helada ya hubiera hecho el daño. Podía golpearle la puerta a las dos y media de la mañana a un hombre de setenta y cinco años para pedirle algo, y no sabía hacerlo. Aldo siempre fue el que pedía. Ella era la que contaba los favores.

    Prendió el mate, se sentó en el borde de la acequia y pensó en las cuentas: cuatro hectáreas, tres mil kilos por hectárea en un año flojo, la cooperativa que ya había atrasado el pago de la campaña anterior. Cuando terminó de pensarlas, el mate estaba lavado. Se paró.

    Fue hasta la casa de Gustavo por el camino de tierra, con la linterna apuntando al suelo para no encandilar a los perros. Había luz en la cocina. A esa hora. Golpeó dos veces con los nudillos y esperó con las manos en los bolsillos.

    Gustavo abrió con la camisa de franela mal abotonada y un termo bajo el brazo. Tenía las botas puestas.

    —Necesito el agua —dijo Norma, sin saludar, porque si saludaba no seguía—. Me dan menos dos y medio y no tengo con qué defender. Te la devuelvo mañana entera, y el sábado también si querés.

    Gustavo la miró un rato largo. Detrás de él, el reloj de la cocina marcaba las dos y cuarenta.

    —Estoy regando para vos desde las dos —dijo—. Abrí tu compuerta de arriba y la de abajo. Falta la del cuadro del fondo, que se traba.

    —¿Cómo que para mí?

    —Vi la alerta. —Se encogió de hombros—. Mi cuadro es más alto y no se hiela. El tuyo es el pozo de la zona, ya lo sabés. Siempre lo fue.

    —La de madera estaba cerrada.

    —La de madera no la toco. Es tuya. —Hizo una pausa—. Desde lo del alambrado que no toco nada tuyo.

    Norma no supo qué contestar. Sintió que la garganta le trabajaba mal y miró hacia el cielo, que seguía lleno de estrellas.

    —Vení —dijo Gustavo, y se puso la gorra—. Entre dos se abre antes.

    Caminaron juntos hasta el cuadro del fondo, sin hablar. La compuerta de madera, hinchada de humedad, se resistió. Gustavo metió la pala por abajo y Norma tiró del tablón con las dos manos, hasta que cedió con un crujido y el agua entró por el surco, oscura y lenta, brillando bajo la linterna. Se extendió de a poco entre las hileras, tocó las raíces, empezó a cubrir el suelo hasta formar un espejo bajo los perales.

    Se sentaron en el borde de la acequia. Norma sirvió el mate y se lo pasó sin preguntar. Gustavo lo tomó, hizo un gesto con la cabeza que podía ser un agradecimiento o una crítica a la yerba, y lo devolvió.

    Hacia las cuatro y media el termómetro que Aldo había clavado en un poste marcaba menos uno. A las cinco, cero. La helada pasó por encima de las chacras como una mano fría sobre un mantel, y las ramas, mojadas desde abajo, soltaron un vapor finito que subía en el aire quieto.

    A las seis, cuando empezó a aclarar por el lado del río, Norma se levantó y fue hasta la primera hilera. Dio vuelta una hojita con la linterna apagada. Debajo, el frutito, del tamaño de una arveja, estaba verde y entero.

    —Mañana la devuelvo —dijo.

    —Mañana hay sol —contestó Gustavo—. Que se seque la tierra.

    Ella asintió. Después, sin pensarlo, le alcanzó el termo con lo que quedaba de agua caliente. Él lo recibió con las dos manos, como se recibe algo frágil, y los dos se quedaron mirando cómo la luz subía despacio sobre el agua quieta entre los perales.

  • Las fichas de Joaquín

    A las seis y diez de la mañana el galpón ya olía a grasa de oveja y a yerba mojada, y Joaquín llevaba dos horas barriendo una playa que seguía limpia. Era su primera esquila. Lo habían puesto de playero porque era el más chico de la comparsa, y el playero hace todo lo que nadie quiere hacer: junta el vellón del piso, lo tira sobre la mesa, barre, vuelve a barrer y, sobre todo, paga la lata.

    Pagar la lata era simple. Cada vez que un esquilador soltaba una oveja, Joaquín tenía que dejar una ficha de chapa en el tarro que cada uno tenía clavado a un poste, al lado de la máquina. Al final de la jornada, el capataz contaba las fichas de cada tarro y de ahí salía la plata. Una ficha, una oveja. Joaquín tenía un tarro de dulce de batata para cada esquilador y una bolsa de fichas colgada del cinturón que pesaba como un puñado de monedas viejas.

    El galpón quedaba a cuarenta kilómetros de la ruta, en una estancia donde el viento del oeste empujaba la puerta corrediza día y noche. Afuera no había nada más que coirón y alambrados hasta donde se alcanzaba a ver. Adentro, catorce personas, ochocientas ovejas encerradas en los bretes y el ruido de las máquinas, que no paraba nunca, salvo en los cambios de cuarto, cada dos horas y cuarto.

    El tercer día, al terminar el último cuarto, Joaquín se sentó en un cajón de lana a tomar mate y vació la bolsa para contar lo que le quedaba. Contó dos veces. Después sacó cuenta de las ovejas que habían pasado por cada máquina, que anotaba con tiza en una tablita, y las cuentas no daban. Le faltaban once fichas en el tarro de Lucho Barría.

    Lucho era el mejor esquilador de la comparsa. Nadie lo decía, pero se notaba en cómo lo miraban los demás cuando daba vuelta una oveja: una sola pasada larga, el vellón entero, sin un tajo. Tenía cuarenta y pico, las manos partidas y una manera de callarse que ponía nervioso a Joaquín.

    Once ovejas eran once fichas. Y once fichas, a lo que pagaba el capataz por cabeza, eran más que lo que Joaquín iba a ganar en toda la tarde.

    Pensó en callarse. Pensó en que alguno de los otros tarros seguramente tenía fichas de más, que a todos les había pasado alguna vez, que a la noche el capataz iba a contar y nadie iba a protestar porque nadie sabe cuánto son once fichas cuando hay ochocientas ovejas. Después pensó en la cara que había puesto Lucho el primer día, cuando le dijo, sin que Joaquín preguntara nada: «Acá la lata es lo único que no se discute».

    Se levantó con la tablita en la mano y fue hasta el fondo del galpón, donde Lucho estaba afilando un peine en la piedra, de espaldas.

    —Me equivoqué —dijo Joaquín. Se le quebró la voz en la «m» y tuvo que empezar de nuevo—. Me equivoqué con tu tarro. Te faltan once.

    Lucho no se dio vuelta enseguida. Pasó el peine una vez más por la piedra, lo sopló y recién ahí lo miró.

    —¿Cómo sabés que once?

    —Por la tabla. —Joaquín le mostró las marcas de tiza—. Anoté cada oveja que te pasé. Faltan las del segundo cuarto de ayer. Creo que las puse en el tarro del Tano.

    —Creés.

    —Estoy casi seguro. Las puse ahí porque el Tano me llamó y me distraje.

    Lucho dejó el peine sobre el banco. Del bolsillo de la campera sacó un pedazo de carbón de asador, de esos que se usan para marcar las bolsas, y fue hasta el poste donde estaba su tarro. Dio vuelta el tarro sobre la mano y contó en voz baja. Después se agachó y dio vuelta uno más, el que había quedado en el piso de al lado.

    —Mirá —dijo.

    En la madera del poste, a la altura de la cintura, había rayitas de carbón, de cuatro en cuatro, con la quinta cruzada. Eran cientos. Cada tanda tenía al lado un número escrito con letra apretada.

    —Yo las cuento solo —dijo Lucho—. Desde que tengo diecinueve años. El que me paga me paga lo que dice el tarro, pero yo me llevo lo que dice el poste. No es por desconfiar de nadie. Es para saber qué hice.

    Joaquín miró las rayitas. Del segundo cuarto de ayer había una tanda de cuarenta y una. En el tarro había treinta.

    —Once —dijo.

    —Once —dijo Lucho—. Me faltaban desde ayer a la noche. Estaba esperando a ver si vos venías o si no.

    A Joaquín le subió el calor a la cara.

    —¿Y si no venía?

    —Le hubiera hablado al capataz, y a vos te hubiera mandado en el camión del jueves. —Lucho lo dijo sin enojo, como quien informa la hora de la comida—. Pero viniste.

    Fueron juntos hasta el tarro del Tano. Estaban las once fichas de más, brillando entre las otras. Joaquín las sacó una por una y las llevó en la palma de la mano hasta el poste de Lucho. Las dejó caer. Sonaron contra la chapa, una detrás de otra, y el galpón entero pareció oírlas.

    Esa noche, después del asado, mientras los demás jugaban a la escoba de quince con un mazo sin el cuatro de copas, Lucho se acercó con el carbón en la mano.

    —Tomá —dijo—. Hacete una marca vos también. En el tuyo no hay nada, pero igual hay algo.

    Joaquín se quedó mirando el trozo negro. Después fue hasta la pared del fondo, junto a la bolsa de las fichas, donde nadie iba a mirar, y dibujó cuatro rayitas con una quinta cruzada. Una por cada día de esquila. Todavía quedaban tres.

    Afuera el viento seguía empujando la puerta, y por la rendija se veía un pedazo de cielo con más estrellas de las que Joaquín había visto nunca. Apoyó la mano en la pared, todavía tibia del fogón, y sintió el carbón despellejarle un poco la yema del dedo.

  • La manguera de Ruarte

    El termo de Hilario Ruarte hacía rato que estaba vacío, pero él lo seguía apretando contra la panza como si todavía diera calor. Eran las seis y diez de la tarde de un martes de fines de octubre. Bajaba un viento finito desde la cordillera, el aire olía a gasoil y a álamos mojados, y su Scania era el número catorce de la fila del complejo de cargas de Uspallata.

    Llevaba cuarenta y un días de nieve esperando a que lo dejaran cruzar. Los había pasado entre San Juan, donde tenía la casa, y ese playón, durmiendo en la cucheta con una manta de la hija. Ahora el paso estaba abierto de doce a doce de la noche, pero la barrera de Uspallata cerraba a las diez, y la cuenta era justa: catorce camiones, un gendarme con una planilla, y cuatro horas por delante para que los dejaran ir de a uno.

    Del otro lado de la cordillera, en Los Andes, lo esperaba un tipo con un galpón vacío y una cámara de frío encendida. Más allá de eso, Hilario no necesitaba mucho. Quería cruzar esa noche, nada más. Quería subir por la Ruta 7, pasar Puente del Inca con las luces bajas, entrar al túnel y salir del otro lado en otro país, aunque fuera solamente por la sensación de haber salido.

    A las siete y veinte, el camión de adelante hizo un ruido como de suspiro largo y se quedó sin aire.

    Era un Mercedes viejo, con la chapa de la cabina repintada en tres colores distintos. Del lado del conductor bajó un pibe flaco, de veintipico, con campera de la Selección y las manos metidas hasta las muñecas en la rueda de atrás. Hilario lo había visto durante toda la tarde caminando de un lado a otro, mirando el celular, mirando el cielo.

    —¿Qué le pasa? —preguntó Hilario, bajando.

    —Se me rompió la manguera del freno —dijo el pibe sin darse vuelta—. Se rajó. Se me soltó nomás, así de golpe.

    Hilario se agachó. La manguera, una de goma reforzada con la rosca oxidada, tenía un tajo de dos dedos en el codo. Silbaba despacito, como si se estuviera riendo de ellos.

    —Tiene que cambiarla. Sin eso no te dejan pasar.

    —Ya sé. Llamé a tres gomerías. Una está en Mendoza, la otra en Potrerillos y la tercera no atiende. Me dicen mañana.

    Mañana, a esa altura, quería decir otra cosa. Mañana podía ser otro cierre, otro temporal, otra semana. Hilario miró el reloj del tablero del Mercedes, que marcaba las siete y veintisiete. Después miró hacia atrás, al coletazo de camiones que se perdía en la curva, con las luces de posición prendidas como un collar de naranjas.

    En el cajón de herramientas de su Scania tenía una manguera exactamente igual. La había comprado en San Juan hacía tres años, con la mitad del aguinaldo, para tener de repuesto. Nunca la había usado. La guardaba envuelta en un trapo, junto a una llave inglesa de su padre, y cada tanto abría el cajón nada más para verla, como quien chequea que el dinero siga en el sobre.

    Se quedó parado un rato largo, con las manos en los bolsillos. El gendarme había empezado a recorrer la fila con la planilla y una linterna. Había dos opciones y las dos eran cortas: si le daba la manguera, perdía la repuesta y probablemente su lugar, porque el arreglo llevaba una hora y la fila no se detenía. Si no se la daba, el pibe se quedaba otro día, otra semana, quién sabía cuánto, durmiendo en un playón con viento.

    —¿Cómo te llamás? —dijo.

    —Nahuel.

    —Nahuel, ¿tenés llave del veintidós?

    El pibe lo miró como si le hubieran hablado en otro idioma.

    —Sí. Creo que sí.

    —Buscala.

    Fue al Scania, sacó el trapo, y el pedazo de goma negra le pesó en la mano más de lo que recordaba. Trabajaron juntos, uno de cada lado, con la linterna de Hilario sujeta con los dientes. La rosca vieja no quería salir. Hubo que darle con un golpe de llave, y después con otro, y Nahuel se raspó los nudillos sin decir nada. A las ocho y cinco, Hilario apretó la última tuerca con la llave de su padre, y el Mercedes soltó un resoplido corto y se llenó de aire.

    —Probá el pedal —dijo Hilario.

    Nahuel probó. El pedal respondió firme, sin esponja. El pibe se quedó mirando el volante con los ojos brillosos.

    —No sé cuánto le debo —dijo.

    —Nada. Después me traés una igual y estamos en paz.

    —Pero usted perdió el lugar.

    Hilario se encogió de hombros. Era cierto. Durante esa hora, la fila se había movido: cinco camiones habían pasado delante del Mercedes, y el Scania ya no era el catorce, sino el último de los que quedaban. Eran las ocho y cuarto. Quedaban ciento cinco minutos hasta la barrera.

    —Andá, que te toca —dijo, y le dio una palmada en el hombro.

    Nahuel subió a la cabina, arrancó, y el Mercedes se fue arrastrando con su chapa de tres colores hacia el control, donde el gendarme levantó la linterna y le hizo seña de que avanzara. Hilario volvió a su camión y se sentó con la puerta abierta, mirando cómo se alejaban los pilotos rojos entre los álamos.

    El viento seguía soplando. Por la ventanilla entró el olor de la tierra fría y, más lejos, un poquito de nieve vieja. Hilario destapó el termo, lo dio vuelta, y no cayó nada. Se rió solo.

    A las nueve y cuarenta, el gendarme llegó a su ventanilla.

    —Ruarte. Pase.

    —¿Todavía?

    —Los dos de adelante se quedaron con el papeleo. Si apura, entra.

    Hilario puso primera. La barrera subió despacio, y por delante, en la subida, vio las luces del Mercedes que lo esperaban en la banquina, con las balizas prendidas. Nahuel sacó el brazo por la ventanilla y le mostró una mano abierta, y después, sin que nadie se lo pidiera, cerró el puño y levantó el pulgar.

    Hilario no devolvió el saludo. Apretó el volante, miró hacia arriba, hacia la cordillera que ya era una sombra más negra que el cielo, y subió.

  • La nota que no cierra

    El martes a las cinco de la tarde, Elvira Kaplán tenía la lima entre los dientes y la caja de botones abierta sobre la mesa, como una radio desarmada. El taller era el fondo de un galpón de la calle Murillo, donde antes se guardaban hormas de zapato. Los días de humedad todavía olía a cuero, y ese olor no se iba con nada.

    —Es un re —dijo el pibe—. El re del cierre. Suena como si tuviera dos voces peleándose.

    Se llamaba Joaquín, tenía dieciséis años, zapatillas gastadas y el bandoneón de su abuelo en un estuche de cartón reforzado con cinta de embalar. Lo había traído en colectivo, con el estuche sobre las rodillas, y lo apoyó en la mesa como se apoya a un bebé dormido.

    —¿Para cuándo lo necesitás?

    —Mañana. En el Fulgor, la milonga de los miércoles. Los amigos de mi abuelo le hacen un homenaje y me dijeron que toque, aunque sea un tango. Uno. —Se rascó la nuca—. Pero con ese re no puedo. Se nota en todos lados.

    Elvira abrió el fuelle con las dos manos y apretó el botón. Salió la nota, y en efecto salió doble: una voz firme y otra apenas por debajo, que temblaba como un vaso en una mesa floja. Había afinado bandoneones durante cuarenta y tres años. Un instrumento así, con sus lengüetas de acero, se toca una vez cada diez años, y se toca despacio, de oído, porque el aparato electrónico te dice dónde está la nota pero no cómo tiene que sonar.

    —Dejámelo —dijo—. Volvé a la noche.

    —¿A la noche?

    —A las nueve. Traé algo de comer, que acá se trabaja con hambre pero no con mucha.

    Joaquín se fue. Elvira prendió el velador, sacó la tapa del peine y buscó la lengüeta del re de cierre. Esperaba encontrar una grieta, un resto de cera vieja, una pelusa. Encontró una lengüeta sana, limpia, sin una mancha de óxido.

    Eso era raro. Una voz sana que suena mal tiene dueño. Alguien la había tocado.

    Acercó la lupa. En la punta de la lengüeta había marcas de lima, finas, prolijas, de mano que sabía lo que hacía. Alguien le había sacado un poquito de acero a propósito, no el suficiente para arruinarla, sino el justo para dejarla caída. Cuarenta años de oficio le dijeron que eso no era un descuido ni una reparación hecha a las apuradas. Era una decisión.

    Dio vuelta la placa. En el borde de la madera, con un lápiz que ya casi no marcaba, alguien había escrito cuatro palabras: re de Lidia, no tocar.

    Elvira se quedó un rato mirando la letra. Después apagó el velador, se hizo un mate y miró por la ventana cómo se prendían las luces de Scalabrini Ortiz.

    A las nueve y diez Joaquín golpeó la persiana con una bolsa de empanadas.

    —¿Pudo?

    —Sentate. ¿Quién era Lidia?

    El pibe se quedó con la bolsa en el aire.

    —Mi abuela. Se murió hace seis años, antes que él. —Se sentó—. ¿Por?

    Elvira le mostró la lengüeta, la lupa y el lápiz. Joaquín leyó, y la cara se le fue aflojando de a poco.

    —Ella cantaba flojo —dijo al final—. Siempre. Planchaba los domingos con la radio puesta y tarareaba, y en una nota se caía. Siempre en la misma. Mi abuelo le decía que era el único re de Villa Crespo que no pedía permiso. —Se rió, y se le quebró la risa en el medio—. No puede ser.

    —Yo creo que sí. Le dejó la nota de ella adentro del instrumento. Se la puso donde la tocaba todos los días.

    Comieron las empanadas sin hablar. Elvira nunca había tenido que decirle a un cliente que lo que traía roto estaba entero. Casi siempre es al revés.

    —Puedo arreglarlo —dijo—. Es una hora de trabajo. Con eso tocás tranquilo mañana y nadie se da cuenta de nada. Le pongo la lengüeta como tiene que estar y listo.

    —¿Y si no lo arreglás?

    —Entonces suena como suena. Hay gente en el Fulgor que se va a dar cuenta. Los viejos tienen el oído entrenado, y no todos lo van a tomar bien.

    Joaquín agarró el bandoneón, lo abrió despacio y apretó el botón. La nota salió doble, temblorosa, y se quedó un momento flotando en el galpón sin hormas.

    —Dejalo así —dijo.

    Elvira asintió. Cerró la caja, ajustó los tornillos y le pasó un trapo al estuche de cartón.

    —No te cobro —dijo—. No hice nada.

    El miércoles, a las once menos cuarto, la pista del club estaba llena de parejas que no se miraban. Elvira se había quedado cerca de la barra, con un vaso de agua. Cuando el pibe empezó el tango, flaco, tieso, con los codos pegados al cuerpo, nadie levantó la vista. Pero en el segundo cierre llegó el re, y la nota salió partida en dos, con una voz que caía.

    Un hombre mayor, en la mitad de la pista, frenó. No dejó de abrazar a su compañera, pero frenó, con la cabeza levemente inclinada, como quien oye su nombre en la calle. Cerca de la barra, una mujer de pelo blanco empezó a tararear la misma línea, y se cayó exactamente donde se caía el instrumento.

    Elvira apoyó el vaso. Joaquín, con los ojos cerrados, abría y cerraba el fuelle, y el re de Lidia volvió a sonar otra vez, otra vez torcido, y entonces la sala entera lo acompañó.

  • El asiento de la ventanilla

    Nicasio Epulef llegó a la estación de Esquel a las nueve y cuarto, una hora y media antes de la salida, con el sobre de los pasajes en el bolsillo de adentro del saco, el que usaba para los casamientos.

    —Llegue una hora antes, abuelo, para el check in —le había dicho la chica de la boletería, y él había asentido como si no supiera que en esa estación se había hecho hombre.

    Treinta y ocho años en los talleres. Había limado bielas, cambiado tubos de caldera, aprendido de oído cuándo una Baldwin estaba cansada y cuándo estaba haciéndose la cansada. Había viajado en el tren cientos de veces, siempre en la cabina o debajo, o en el último vagón con una llave inglesa envuelta en un trapo. Nunca sentado en un asiento de pasajero, mirando por la ventanilla como un cristiano.

    Berta se lo pedía todos los inviernos. «Un día sacamos los dos pasajes, Nicasio, y vamos hasta Nahuelpan como la gente. Yo llevo el termo.» Él contestaba que tenía trabajo, después que tenía las rodillas, después que para qué, si conocía cada tornillo. En julio, a Berta se le cerraron los pulmones en una semana. En octubre, Nicasio fue a la boletería y compró dos.

    Recorrió el Paseo Ferroviario con las manos atrás. Las fotos en blanco y negro, los faroles, la campana. Una nena de unos diez años se paró a su lado frente a una vitrina con una llave de paso.

    —¿Eso para qué sirve?

    —Para dejar pasar el vapor justo cuando hace falta. Ni antes ni después.

    —¿Y cómo se sabe cuándo?

    —Se escucha —dijo Nicasio, y se arrepintió, porque la nena se quedó mirándolo con una seriedad que lo incomodó.

    A las diez y media se abrieron las puertas del andén. La formación esperaba con su humo finito subiendo recto en el aire frío de la mañana. Los coches eran los de siempre, con el techo curvo, la madera lustrada por tantas manos, las ventanillas chicas. Nicasio subió despacio, contó los escalones por costumbre y encontró el asiento que decía su pasaje: coche tres, ventanilla, mirando hacia adelante. Se sentó. Puso el termo de Berta en el lugar de al lado, con las dos manos, como se acomoda a una persona.

    Adentro olía a madera tibia y a café recién hecho del coche cafetería. En el medio del pasillo, la salamandra ya estaba prendida, redonda y negra, con ese tic tic del metal que se calienta. Nicasio se quedó escuchándola. Él había armado salamandras como esa, había aprendido a reconocer el tic parejo de la que tira bien.

    La nena de la vitrina se sentó dos asientos más atrás, con la madre y un hermano chico. Un hombre pasó con una guitarra y se paró a afinarla en la plataforma.

    La locomotora silbó. Nicasio sintió el tirón en la espalda, antes del movimiento, y levantó la cabeza por reflejo, como si alguien lo hubiera llamado por el apellido. Algo no sonaba bien. Una vibración fina, de la tercera rueda motriz, un golpecito que no estaba en su cabeza de hacía veinte años. «Es el contrapeso», pensó. «Hay que verlo.» Estuvo a punto de pararse.

    Se quedó donde estaba. Miró el termo, miró la ventanilla.

    —Es el contrapeso, ¿no? —dijo la nena, que había aparecido en el pasillo, agarrada del respaldo—. Mi mamá dice que no es nada, pero usted puso la misma cara que cuando escuchó lo de la llave.

    —Qué oído tenés vos.

    —Soy de acá. ¿Usted lo arregla?

    —No. Hoy no. Hoy voy de pasajero.

    La nena lo pensó con mucha atención y se sentó enfrente, sin pedir permiso. Afuera pasaban las chacras, un alambrado con un caballo parado, los álamos que ya soltaban las hojas. El tren tomaba las curvas con una paciencia de otro siglo, y en una de ellas Nicasio vio, por la ventana de enfrente, la cola de la formación doblando detrás de la máquina como un renglón torcido.

    —¿Cuántas curvas tiene? —preguntó la nena.

    —Hasta Nahuelpan, cuarenta y nueve. Hasta Jacobacci, más de seiscientas.

    —¿Usted las contó?

    —Mi señora las contaba. Yo trabajaba.

    No supo por qué lo dijo. La nena no preguntó más. Sacó del bolsillo una galletita, la partió al medio y le dejó la mitad sobre la rodilla, y él la comió despacio mirando el campo.

    En Nahuelpan bajaron todos. Había una feria de artesanías con puestos bajo las lonas, mantas tejidas, cuchillos, mate de calabaza, y una mujer mapuche sirviendo tortas fritas en una chapa. Nicasio no compró nada. Se quedó mirando cómo la locomotora hacía las maniobras para dar la vuelta, el maquinista parado en el estribo, el fogonero con la mano en la palanca. Reconoció la forma de apoyar el pie. La misma que le había enseñado a otros, hacía mucho.

    A la vuelta, en el tramo largo, la gente fue yendo hacia las ventanillas del lado izquierdo, porque se acercaba la curva donde el tren dibuja casi un huevo sobre la estepa y todos quieren la foto de la formación entera. Hubo un revuelo de celulares y de risas. El hombre de la guitarra empezó a tocar algo despacio.

    Nicasio no se movió. Tenía el termo en el asiento de al lado y una ventanilla chica con vidrio un poco ondulado, de esos que deforman el paisaje y lo vuelven más suave. El golpecito de la rueda seguía, parejo, y por primera vez no le dolió oírlo. Era un ruido que alguien más iba a arreglar.

    Abrió el termo y se sirvió un poco de mate cocido en la tapa. La salamandra hacía tic, tic, tic, y el tren iba doblando de a poco hacia Esquel, con una mujer sentada a su lado que nadie más podía ver, mirando también por la ventanilla, contando las curvas.

  • El último coche de Gumersindo

    El interno 114 salió de la cabecera de Constitución a las cinco y diez de la mañana, con el vidrio del parabrisas todavía empañado por dentro. Gumersindo Paz lo limpió con la manga del buzo antes de arrancar, como hacía desde hacía treinta y un años, y se quedó un segundo mirando la ciudad que se armaba despacio: los puestos de diarios levantando las persianas, un perro durmiendo sobre una rejilla caliente, el vapor del café que alguien sacaba por la ventana de un bar.

    Era un jueves de julio de 2010. El lunes, el coche pasaba a otras manos. Su padre lo había comprado en los años sesenta, cuando la línea todavía era una sociedad de socios componentes, gallegos y asturianos casi todos, cada uno con su unidad y su apellido pintado en la chapa. Gumersindo había heredado el número, la chapa y las deudas. Esa mañana había decidido hacer el recorrido entero, de punta a punta, sin saltearse una parada, por si algún día le preguntaban cómo era.

    —Buen día, Gume —dijo la primera pasajera, una mujer con una bolsa de tela llena de panes.

    —Buen día, Lidia.

    Lidia subía todos los jueves en Avenida Rivadavia y bajaba en Avenida Cabildo, donde cuidaba a una señora ciega. Pagaba siempre con monedas contadas y se sentaba en el segundo asiento de la derecha, el de la ventanilla rota que Gumersindo nunca terminó de arreglar porque a ella le gustaba el aire.

    Avenida de Mayo, Callao, las luces de Plaza Italia girando en la calzada circular. El micro se fue llenando de olor a pan, a lluvia vieja y a perfume barato. Un chico con guardapolvo se durmió contra el vidrio. Dos empleados de un banco discutían de fútbol sin levantar la voz. Gumersindo conocía el peso exacto del coche en cada curva, el rezongo de la caja de cambios en la subida de Avenida Santa Fe, el bache de Juramento que había que tomar con la rueda derecha para que el pasaje no se desparramara.

    En Avenida Cabildo, Lidia tocó el timbre y se paró con la bolsa contra el pecho. Antes de bajar se quedó un momento junto al asiento del conductor.

    —¿Es cierto lo que dicen?

    —Es cierto.

    —Y yo que pensaba que ibas a morirte en este volante.

    Gumersindo se rió, y le salió medio torcido. Lidia le dejó sobre el tablero uno de los panes, todavía tibio, envuelto en un papel de diario. Bajó sin mirar atrás.

    Después de General Paz el paisaje se abrió. Los semáforos se espaciaron, las casas bajaron de altura, aparecieron los talleres, las veterinarias, las estaciones de servicio con sus toldos desteñidos. Ya no quedaban pasajeros de pie. En Libertador, pasando Munro, el micro iba casi vacío y Gumersindo vio por el espejo un bulto en el último asiento que no había visto subir.

    Era un hombre mayor, de sombrero, con las manos sobre un bastón. Miraba hacia adelante con una atención extraña, como quien repasa algo que sabe de memoria.

    —Disculpe, ¿hasta dónde va?

    —Hasta donde llegue —contestó el hombre, sin sacar la vista del camino.

    Gumersindo no insistió. Conocía esa voz. No la oía desde 1987, pero la conocía: una voz de Orense, rasposa, que decía las cosas con un tono de orden. Tardó dos paradas en entender que no hacía falta darse vuelta para comprobar nada. Dejó el espejo donde estaba, para que su padre pudiera ver el camino, y manejó con más cuidado que nunca.

    —Acelerás poco, hijo —dijo la voz, desde atrás, a la altura de San Isidro.

    —Es que llevo pasaje, viejo.

    —Eso es lo que está bien.

    No hablaron mucho más. En Avenida Libertador, el sol subió por encima de los techos y entró por los vidrios laterales, y el polvo que flotaba en el aire se puso dorado. Pasaron frente a las quintas, las casas de ladrillo a la vista, un club de barrio con la cancha vacía. Gumersindo bajó un poco la ventanilla y el aire trajo olor a pasto y a humo de leña. Su padre hacía el mismo gesto con la cabeza que hacía cuando estaba conforme: un cabeceo corto, apenas una inclinación.

    En la rotonda de la estación de Tigre el colectivo giró despacio. Del otro lado de los árboles se veía el río, marrón, tranquilo, con una lancha cruzándolo. Gumersindo frenó en la última parada, apagó el motor y escuchó cómo el coche se iba enfriando con su tictac de metal.

    Esperó. Después se dio vuelta.

    El último asiento estaba vacío. Sobre el vinilo gastado había quedado un hueco tibio, como el de un cuerpo que acaba de levantarse, y en el piso, una gota de agua de lluvia que no era de esa mañana.

    Gumersindo bajó, caminó alrededor del coche con la mano apoyada en la chapa, y en el costado, abajo, junto a la rueda trasera, encontró lo que buscaba: el apellido de su padre, Paz, pintado a mano en 1964, apenas visible bajo tantas capas de pintura. Pasó el pulgar por las letras.

    Después sacó el pan de Lidia del bolsillo del buzo, lo partió en dos y comió la mitad sentado en el cordón, mirando el río, hasta que llegó la hora de volver a Constitución.