A las seis y diez de la mañana ya hacían veintiocho grados en Resistencia, y las chicharras de los lapachos de la plaza habían empezado el trabajo antes que la Municipalidad. Cirilo Maidana llegó a la esquina con la carretilla, la escoba de mijo y un balde con agua y detergente. El camión de los restauradores venía a las ocho.
La escultura estaba donde la habían dejado treinta y ocho años atrás, sobre un pedestal de ladrillo revocado, a dos cuadras de la plaza 25 de Mayo: un tronco de quebracho de casi tres metros, tallado en forma de hombre que carga algo en los hombros. Nadie se ponía de acuerdo en qué cargaba. Para unos era una red, para otros una mujer dormida, y una vecina del frente, doña Bernarda, juraba que era un sol.
Cirilo la rodeó despacio. Había un cartel de la Municipalidad pegado con cinta en el pedestal: Obra en proceso de restauración. Disculpe las molestias. Alguien le había dibujado un bigote a la palabra molestias.
Se agachó y empezó por la base. Cepilló la tierra colorada, sacó una cápsula de gaseosa, un cabo de cigarrillo, un caracol seco. Después subió al banquito de plástico y lavó las piernas del hombre, que estaban agrietadas como el barro de la laguna en una bajante. Por esas grietas entraba la humedad, y por la humedad llegaban las termitas. Eso había dicho el técnico la semana anterior, con el casco bajo el brazo, mientras Cirilo asentía y pensaba en otra cosa.
Pensaba en la tercera grieta, la que corría detrás de la rodilla izquierda, a la altura de un chico de catorce años.
En 1988 Cirilo era ese chico. Su tío Anselmo lo había llevado a la plaza central, donde los escultores trabajaban a cielo abierto, y le habían dado un trabajo de cinco pesos por día: barrer el aserrín. Lo barría de la sombra de un toldo azul, junto a un correntino flaco que hablaba poco, tenía las manos blancas de polvo hasta los codos y le soplaba las virutas del hombro al tronco como quien le saca una miga a un hijo. Nunca le dijo su nombre completo. Cirilo lo llamaba el Maestro y el Maestro lo llamaba pibe.
Un mediodía de esa semana, con un calor igual al de hoy, el Maestro le dijo:
—Pibe, vení. Poné lo que quieras en esa rajadura. Después la tapo y no lo sabe nadie.
Cirilo no tenía nada de valor. Tenía un lápiz de carpintero que le había regalado su tío, ancho y chato, de los que no ruedan. Arrancó un cuadradito del papel de la bolsa del pan, escribió con letra de imprenta y lo enrolló alrededor del lápiz. El Maestro lo metió en la grieta con un palito, lo tapó con una cuña de la misma madera y la alisó con el pulgar.
Treinta y ocho años después, Cirilo trabajaba en Espacios Verdes. Se había jubilado a medias, porque la Municipalidad lo había dejado quedarse tres días por semana en el cuidado de las esculturas del centro. Cuando se enteró de que el hombre de quebracho se iba a restaurar, supo que alguien iba a abrir esa cuña. Lo que había adentro era suyo, y no quería que lo encontrara un extraño.
A las siete menos veinte, la cuña seguía ahí. Estaba hinchada, oscura. La probó con la uña y no cedió. Sacó del bolsillo la navaja, la que usaba para podar rosas, y trabajó alrededor despacio, sin apalancar, como le había visto hacer al Maestro. Una hormiga colorada le subió por la muñeca. Doña Bernarda abrió la persiana de enfrente con un golpe de chapa y lo miró sin decir nada.
La cuña salió de golpe, con un ruido seco. Adentro había un olor a humedad y a madera dulce, y algo claro al fondo.
El papel estaba amarillo, blando como una hoja de tabaco, y se había pegado al lápiz. Cirilo lo desenrolló con la punta de los dedos. La letra de imprenta de un chico de catorce años decía: CIRILO MAIDANA. BARRI EL ASERRIN. 5 PESOS X DIA. QUE NO SE CAIGA.
Se sentó en el banquito. El lápiz estaba intacto, con la punta negra y la marca del cuchillo de su tío en el costado. Pensó en el Maestro, que a esa altura ya no estaría, o estaría muy viejo en alguna casa de Corrientes, y que no se había reído de él ni una vez.
—¿Eso es suyo? —preguntó doña Bernarda desde la reja.
—Era —dijo Cirilo—. Lo puse yo cuando era pibe.
—Ah. —La mujer se acomodó el repasador en el hombro—. Yo siempre dije que era un sol.
A las siete y media llegó el camión, con una grúa chica y dos muchachos de chaleco naranja. Cirilo se paró y se limpió las manos en el pantalón. Uno de los restauradores, joven, con un barbijo colgado al cuello, se acercó con una planilla.
—Don Cirilo, ¿está todo listo?
—Casi. Una cosa nomás. Tengan cuidado con la rodilla de atrás. Ahí hay una cuña que acabo de sacar. Cuando la vuelvan a poner, que la pongan igual.
El muchacho miró la grieta, miró el papel que Cirilo tenía en la mano, y no preguntó nada.
—Si quiere, la dejamos tapada con lo que usted traiga —dijo.
Cirilo sacó del bolsillo el lápiz de carpintero y le pidió prestado un bolígrafo. Escribió abajo, con la misma letra de imprenta, en el espacio que había quedado: VOLVI. 2026. SIGUE SIN CAERSE. Enrolló el papel alrededor del lápiz, lo metió en la grieta con el palito de la poda y se lo entregó a los muchachos con la cuña en la otra mano.
La grúa levantó al hombre de quebracho despacio, con las correas pasadas por debajo de los brazos. Se balanceó un poco sobre el pedestal vacío, con la luz de la mañana entrándole por las rajaduras, y Cirilo lo siguió con los ojos hasta que lo acostaron en la caja del camión. Después agarró la escoba y barrió la tierra colorada que había dejado la base.
Había un poco de aserrín en el ladrillo. Lo barrió igual, hasta el último grano.