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  • Seis mulas hasta Ñuñorco

    Prudencio Lazarte ató la última mula al yugo a las cuatro y media de la mañana, con el aliento haciéndole una nube delante de la cara, y le dijo al oído lo que le decía siempre: que hoy no era un día para hacerse el zonzo. La Colorada resopló. Era la más vieja de las seis y la única que entendía el castellano completo.

    Afuera, en Yonopongo, todavía no había luz. Se oía el ladrido de un perro lejano y el crujido de las llantas de hierro del carro sobre la tierra helada del patio. Ese carro lo había armado su padre en el cincuenta y tantos, con ruedas casi tan altas como un hombre, y Prudencio lo había herrado, remendado y pintado de verde cada dos zafras, hasta que el verde quedó más en las uniones que en las tablas.

    —¿Seguro que va a ir, tata? —preguntó Mariela desde la puerta de la cocina, con un mate en cada mano y el abrigo del marido puesto encima del camisón.

    —Seguro. Alcanzame el termo.

    —Mirá que el Rubén dijo que a las siete empiezan a hacer cola los camiones en la báscula. Con los acoplados y todo.

    —Por eso salgo a las cinco.

    Mariela le puso el mate en la mano y no insistió. Lo conocía. Era su suegro, pero hacía veinte años que hablaba más con ella que con el hijo, y sabía que cuando Prudencio miraba el carro de esa manera no se lo discutía nadie.

    La carga la habían terminado el día anterior, entre él, un sobrino y dos peones que cortaban entre el rocío y el humo de la quema de la finca vecina. Eran unas diez toneladas de caña pelada y despuntada, atadas en manojos y acomodadas con una geometría que solo él entendía. Ya no quedaba ningún otro que cargara así. El año anterior, en agosto, había pasado una chica con una cámara y le había sacado fotos a las mulas durante una hora, y él, para no hacerse el desentendido, le había explicado cómo se reparte el peso para que el yugo no lastime. Ella anotaba. Después se fue y no volvió.

    Salieron con el cielo apenas gris sobre los cerros. El camino de tierra hasta la ruta tenía charcos con una costra finita de hielo, que las mulas pisaban con cuidado, sacando chispas de las herraduras. Prudencio iba parado adelante, con las riendas flojas. No hacía falta tirarlas. La Colorada marcaba el paso y las otras seguían, y el carro avanzaba con ese quejido grave de la madera cargada, que a los cinco minutos ya no se escucha, como un reloj en una pieza.

    Había olor a ceniza y a dulce. En agosto, en Monteros, todo huele a caña quemada y a melaza de ingenio, y el que nace ahí deja de sentirlo hasta que se va. Prudencio se había ido una sola vez, a los veintidós, a Buenos Aires, a una fábrica de Barracas. Aguantó once meses. Volvió con una valija nueva y con un olor a cuarto cerrado que tardó semanas en sacarse.

    En la ruta 38 empezaron a cruzarlo los primeros camiones. Pasaban con las luces altas, a pocos metros, y el viento del acoplado le movía el sombrero. Un chofer le tocó bocina, no se sabía si en saludo o en reproche. Otro le sacó la mano por la ventanilla. Prudencio levantó el mentón, nada más.

    —Tranquilas, mis reinas —dijo, cuando la mula del medio se asustó con un cambio de luces.

    Llegaron a la entrada del ingenio con el sol recién asomado, naranja y bajo, detrás de las chimeneas. Ya había fila de camiones, pero eran las seis y veinte, y no tantos como temía. Se puso al final, entre un camión viejo con carrocería de madera y un tractor con tres acoplados, y esperó.

    Un muchacho de campera amarilla se le acercó caminando despacio, con una planilla en la mano. Lo miró al carro, a las mulas, a él.

    —Don, ¿usted va a pesar eso?

    —Pa’ eso vine.

    —Es que la báscula… —El muchacho se rascó la nuca—. Hace rato que no entra nada con tracción a sangre. Hay que fijarse que las ruedas apoyen bien en la plataforma.

    —Las ruedas apoyan, hijo. Pesan más que las de tu camión, ya vas a ver.

    El muchacho sonrió, medio avergonzado, y fue a hablar por radio. Mientras tanto Prudencio bajó, le pasó la mano a cada una de las mulas por el cuello, y le habló un rato a la Colorada, en voz baja, sobre la cuesta de Yonopongo y sobre cómo en un año o dos él ya no iba a estar en condiciones de cargar a ese ritmo, y sobre cómo ella, claro, ya llevaba más años en el yugo que cualquier peón de la zona.

    Cuando le tocó el turno, la fila se había quedado en silencio de una forma rara. Dos choferes habían bajado de las cabinas y se habían apoyado contra los guardabarros con los brazos cruzados, mirando. La plataforma de la báscula, de chapa acanalada, tenía el borde gastado por décadas de ruedas. Prudencio tomó las riendas, chasqueó la lengua y dijo:

    —Vamos, Colorada.

    Las seis mulas avanzaron juntas. Las llantas de hierro sonaron sobre la chapa como una campana grande y sorda, y el carro entró en la báscula con su carga, y se detuvo. Sobre la ventanilla de la garita, el número verde parpadeó y se quedó quieto.

    La mujer de la ventanilla, con un chaleco de lana sobre el uniforme, asomó la cabeza y leyó en voz alta, para nadie y para todos:

    —Diez mil cuatrocientos ochenta.

    —Falta el barro —dijo Prudencio—. Pero pasable.

    Alguien se rio desde la fila. Después alguien aplaudió, flojito, y se sumaron otros dos, y Prudencio hizo como que no escuchaba y le acomodó la correa a la mula de la derecha.

    La mujer le pasó el ticket por la ventanilla, un papelito azul con el peso, la fecha y la hora, y Prudencio lo leyó con los ojos entrecerrados antes de guardarlo en el bolsillo de la camisa, junto al pecho. Lo había hecho cuarenta zafras seguidas. Era siempre el mismo papel, y nunca era el mismo.

    Volvió a subirse al carro. Detrás de él, el ingenio empezó a largar su vapor blanco hacia el cielo limpio, y las mulas, que ya sabían que se terminaba el trabajo, tiraron hacia la salida sin que él les dijera nada. En la ruta, el primer sol le dio de lleno en la cara. Se tocó el bolsillo, donde el ticket hacía un poco de bulto, y pensó que a Mariela le iba a gustar verlo, aunque jamás se lo fuera a decir.

  • El último tren de leña de Ushuaia

    Baltasar Oyarzo le dio vuelta a la llave del depósito de la locomotora con la mano izquierda, porque la derecha la tenía ocupada con el termo, y el frío de Ushuaia le entró por la manga antes de que terminara de abrir. Era una mañana de julio de 1951, oscura todavía a las ocho, con la bahía del color del plomo y el Monte Susana tapado de nubes hasta la cintura.

    La máquina lo esperaba en el galpón, negra y chica, como un perro que sabe que lo van a sacar. Quedaba una sola en servicio. Las otras se habían ido oxidando de a una desde que habían cerrado el presidio, y el trencito de trocha angosta, el que había llevado presos al bosque durante casi cuarenta años, ahora llevaba leña para los aserraderos cuando le daba el cuero.

    —¿Hoy sí sube, don Baltasar? —preguntó el muchacho que le ayudaba a encender, un pibe flaco de apellido Gómez que se había ofrecido de foguista para no estar en la casa.

    —Hoy sube. Echá carbón.

    Lo que no le dijo es que ese viaje no figuraba en ninguna planilla. La orden era traer un cargamento de troncos de lenga del lado del río Pipo, pero Baltasar tenía en la cabeza otro encargo, uno chico, de esos que uno se hace solo. En la escuela número 18, la de la calle Maipú, la maestra había escrito en el pizarrón, con su letra redonda, que los alumnos tenían que traer un leño cada uno porque la salamandra se había quedado sin reserva y las nevadas de julio no avisaban. Él había leído el pizarrón desde la puerta, porque su nieta Elvira iba a segundo grado y se la quedaba esperando en la vereda. Elvira le había contado en voz baja que no tenían leña en la casa para mandarle, que la mamá cobraba el jueves.

    —Una carga de lenga seca alcanza para todo el invierno —pensó Baltasar, y no lo dijo.

    Salieron con el resuello de la caldera empañando el vidrio. El tren fue costeando la bahía, entre casas de chapa pintadas de verde y de rojo desteñido, con los techos ya blancos de escarcha. Un hombre que tiraba de un caballo levantó la mano. Después empezaron las pendientes suaves, el bosque de ñires con las ramas peladas, y el olor cambió: dejó de ser sal y se volvió resina y barro frío.

    Cerca del Pipo, Baltasar frenó. Bajó, se metió entre los troncos caídos y los fue mirando uno por uno, con la mano abierta sobre la corteza, como quien toma el pulso. Había aprendido ese oficio de un recluso, un tal Cabral, que cortaba leña en el invierno del treinta y pico y le había dicho una cosa que no se le olvidó: la madera que suena a hueso está lista, la que suena a esponja todavía llora.

    —Esta no, esta tampoco —murmuraba, golpeando con los nudillos.

    —¿Y cómo sabe? —preguntó Gómez, que lo había seguido con el hacha.

    —Por el sonido. Probá.

    El pibe golpeó un tronco. Sonó apagado, pesado, sin vida.

    —Ese llora.

    —Ese llora —confirmó Baltasar, y siguió.

    Encontraron una tala vieja, de la época del penal, con los troncos ya sin agua, apilados bajo una lona podrida. Cargaron durante tres horas. Dos veces tuvieron que parar para soplarse las manos. A las once empezó a caer una nieve fina, de la que se pega a las pestañas, y Baltasar miró el cielo y calculó que si se demoraban una hora más, la vía iba a quedar blanca y las ruedas no iban a agarrar.

    —Vamos —dijo.

    La vuelta fue más lenta. La máquina resoplaba cuesta abajo con el peso de la leña, y los vagones planos crujían en las uniones. En la curva del arroyo se les atravesó un caballo suelto, y Baltasar tuvo que tirar de la palanca con las dos manos, y el tren patinó, soltó un chillido largo de hierro contra hierro, y se detuvo a un metro del animal, que ni se inmutó.

    —¿Usted ya la dejó andando muchas veces así? —preguntó Gómez, con la cara blanca.

    —Cuarenta años. Y todavía no pasó nada.

    —Todavía.

    —Todavía —repitió Baltasar, y se rió, y después le tembló un poco la mano en la palanca y no se rió más.

    Cuando entraron al pueblo ya eran las dos de la tarde y la nieve cubría los techos de chapa como una sábana. No pasó por el aserradero. Dobló antes, por la calle de abajo, y detuvo la máquina todo lo cerca de la escuela que la vía permitía, que era a tres cuadras. Bajó el primer tronco, se lo cargó al hombro y empezó a caminar.

    Gómez lo miró un segundo, escupió en la nieve y bajó otro.

    En la puerta de la escuela los esperaba la maestra, con el chal de lana cruzado sobre el pecho y una cara de no entender. Detrás de ella, apretados en la entrada, había una docena de chicos con las narices coloradas, y entre ellos Elvira, que lo vio llegar con el tronco al hombro y no dijo nada, pero abrió los ojos de una manera que Baltasar iba a recordar hasta el último día.

    —Es leña seca —dijo él, sin saber qué más decir—. Lenga. No larga humo.

    —Don Oyarzo, la escuela no tiene con qué pagarle esto.

    —Se lo debo a un tal Cabral. Después le explico.

    Hicieron falta once viajes entre los dos. Los chicos ayudaron con los leños chicos, solemnes, uno por uno, y los fueron apilando contra la pared del patio, bajo el alero, hasta que la pila les llegó a la cintura. La maestra prendió la salamandra a las cuatro. Baltasar se quedó un rato en el umbral, con las manos extendidas hacia el calor y los dedos todavía duros, mirando cómo el fuego agarraba la lenga y la hacía chasquear, un sonido seco y limpio, sin llanto.

    Esa noche sonó el pito de la máquina desde el galpón, un silbido corto, y en la escuela número 18 una chica de segundo grado levantó la cabeza de su cuaderno, en la cocina de su casa, y sonrió porque sabía de quién era.

    Al año siguiente el servicio se cerró y la locomotora quedó sin dueño en el galpón. Pero la pila de leña de la calle Maipú duró todo ese invierno, y todavía cuarenta años después, cuando la salamandra ya era un adorno y Elvira tenía el pelo blanco, alguien en la escuela señalaba la pared del patio y decía que ahí, justo ahí, una vez había llegado un tren.

  • La Josefina vuelve a la ría

    Rosario Mazzeo abrió el portón del galpón a las seis de la mañana y la lancha lo miró desde el tinglado, panza arriba sobre los tacos de madera, con la pintura amarilla descascarada como piel de lagartija. Hacía doce años que no tocaba el agua. Doce años y cinco meses, para ser exactos, que era como contaban los pescadores de Ingeniero White: con los meses incluidos.

    —¿Es esa? —preguntó Julia, que tenía quince años, el termo bajo el brazo y cara de no haber dormido.

    —Esa es. La Josefina. La armó tu bisabuelo en el treinta y pico, y yo le cambié las cuadernas en el setenta y ocho.

    —Está llena de agujeros.

    —Está llena de costuras viejas. Es distinto.

    El domingo era la procesión de San Silverio, y Rosario había tomado una decisión que no le había consultado a nadie, ni a su hija, ni a la rodilla. Quería que la Josefina saliera por la ría con el santo y las flores, como en los años en que él llevaba el timón y su mujer, Lucía, iba parada en la proa con el ramo atado con una cinta. Lucía ya no estaba. La lancha sí, y a Rosario le parecía que dejarla seca era una forma de decirle que se había terminado.

    Había cuatro días. Un carpintero de ribera de veinte años lo habría hecho en dos. Rosario tenía setenta y nueve y las manos con un temblor fino que aparecía cuando agarraba algo pesado y desaparecía, por algún motivo, cuando agarraba algo delicado.

    —Vos vas a ser mis manos —le dijo a la nieta.

    —Yo tengo fútbol el sábado.

    —Y yo tengo una lancha.

    Empezaron raspando. El casco soltaba escamas de pintura, y abajo asomaba la madera gris, con ese olor a sal y a humedad guardada que a Rosario le aflojaba algo en el pecho. Julia raspaba con la espátula y estornudaba. A media mañana, él le mostró el hierro de calafatear, una cuña chata con el mango gastado por tres generaciones, y la maza de madera.

    —Se mete el algodón en la junta, así, de a poco, y se golpea sin apuro. No tiene que quedar ni flojo ni apretado a la fuerza. Tiene que quedar firme.

    —¿Cómo sé cuándo está firme?

    —Por el sonido. Probá.

    Julia golpeó. El hierro devolvió un tac seco y hueco.

    —Ese no.

    Golpeó otra vez. Tac. Tac. Y de pronto, en una junta, el sonido cambió, se hizo más grave y redondo, un toc con cuerpo.

    —Ese —dijo Rosario, y se le quebró un poco la voz—. Ese es.

    Pasaron la tarde así, con el sol entrando en rayos largos por el portón y el ruido de las sirenas de los buques cerealeros que se acomodaban en el muelle. Julia aprendió a torcer la estopa entre las palmas. Aprendió a hacer una pasta con brea y a no tocarse la cara. A las cuatro empezó a ponerse buena, y a las cinco se aburrió, y a las seis volvió a engancharse porque encontró una tabla que, según ella, estaba mal puesta.

    —Esa estuvo mal puesta toda la vida —admitió Rosario.

    —¿Y por qué nadie la arregló?

    —Porque la puso mi viejo.

    El jueves y el viernes siguieron con la brea y la pintura. Rosario descubrió que lo difícil no era el trabajo sino quedarse quieto mientras otra persona lo hacía. Se mordía la lengua cuando Julia manchaba. Se sentó en un cajón de manzanas y dio indicaciones, y la nieta le contestó que parecía el director técnico de un equipo que va perdiendo.

    El sábado a la mañana lo llevaron a la rampa entre tres vecinos y el tractor de un conocido de Julia. Hubo que esperar la marea. Rosario no habló, y cuando la Josefina tocó el agua de la ría, color té con leche bajo el cielo bajo, hubo un silencio largo, el de las cosas que no saben si van a flotar.

    Flotó. Cabeceó un poco, como un animal que vuelve a una casa vieja y huele todo. Después, despacio, empezó a entrar agua por la unión de la quilla.

    —Abuelo.

    —Ya veo.

    —Se hunde.

    —No se hunde. Se está hinchando la madera. Es como cuando uno vuelve de vacaciones, hay que dejar que el cuerpo se acomode. Traé un balde.

    No era un balde. Era una lata grande de dulce de membrillo, vacía, con la que Julia achicó durante dos horas, sentada en el fondo, mientras la madera seca bebía y se cerraba sobre sí misma. A las dos de la tarde el agua dejó de subir. A las tres, Rosario metió la mano en la sentina y la sacó seca hasta el codo, salvo un hilo finito que no era nada.

    El domingo la ría amaneció con las lanchas pintadas de rojo, de amarillo y de celeste, atadas bordo con bordo frente al muelle, y con un rumor de motores que se calentaban. Había gente en la costa desde temprano, mujeres con ramos, chicos con palomas en una caja, un hombre con un acordeón. La imagen del santo bajó en andas, a paso lento, desde la parroquia de la Santa Cruz, y la subieron a una embarcación con ayuda de un guinche. Después sonaron las sirenas, todas, de lanchas, de remolcadores, de buques lejanos, un solo bramido ancho que le hizo vibrar los dientes a Rosario.

    La Josefina fue la última en soltar amarras, un poco atrás, con el motor viejo que Julia había limpiado con nafta y un cepillo de dientes. Rosario iba al timón. La nieta, en la proa, con el ramo que habían comprado entre los dos y una cinta que Rosario había sacado de un cajón y no explicó.

    —¿Qué hago con las flores?

    —Cuando la primera lancha tire las suyas, vos tirás las tuyas. Y no mires para atrás.

    —¿Por qué?

    —Porque da mala suerte —mintió él. En verdad no quería que ella lo viera la cara.

    Se acercaron al lugar de la ofrenda. Las flores de las primeras lanchas cayeron al agua y flotaron girando, unas con los pétalos al cielo, otras al revés. Los viejos de la costa las miraban con atención profesional, porque de eso se hablaría todo el verano. Julia levantó el ramo con las dos manos, lo soltó, y el ramo de la Josefina cayó de costado, vaciló un instante y se dio vuelta con las flores para abajo.

    Julia se dio vuelta de golpe.

    —Abuelo, quedó al revés.

    Rosario miró el ramo, que se alejaba con la cinta flotando detrás. Miró la ría, la lancha, el hilo de agua en la sentina que ya ni siquiera era un hilo. Se rió, una risa corta, sorprendida, que no le salía hacía un año.

    —Entonces este año pescamos otra cosa.

    —¿Qué cosa?

    —Ya veremos. Achicá, que entra agua.

    Julia se agachó, agarró la lata de dulce de membrillo y empezó a achicar, riéndose también, mientras sobre sus cabezas las palomas salían de la caja y se abrían en el aire gris, y La Josefina daba la vuelta lenta por la ría con el motor tosiendo, hacia el muelle, hacia la casa, hacia la vida que le quedaba por delante.

  • El queso ahumado de Eulogio

    Nahuel Aybar subió al banco de la cocina con el repasador en la mano y rozó con los dedos el cuajo que colgaba del tirante, un trapo oscuro del tamaño de una palma, duro como cuero de zapato. Olía a humo viejo y a leche agria. Hacía cuatro años que nadie lo tocaba.

    —Bajá de ahí, que te vas a matar —dijo la abuela Pastora desde la puerta, con el poncho echado sobre los hombros—. Y no lo sacudas, que se desarma.

    —Tengo que ver si todavía sirve.

    —¿Para qué?

    —Para la Fiesta. Falta una semana.

    Pastora se quedó mirándolo. Afuera la neblina cubría el valle de Tafí y el cerro era apenas una sombra sobre las chapas del galpón. Eran las seis y diez de la mañana de un febrero que en Tucumán se vestía de otoño.

    —Tu abuelo hacía quesos de a kilo —dijo ella—. Ahumados. Con el cuajo de este tirante, que él mismo curó. Ahora se hace con el cuajo de bolsita que traen de la ciudad, y salen bien, y se venden. No hay que meterse en líos.

    —Salen bien —admitió Nahuel—, pero no saben a nada.

    Era verdad, y los dos lo sabían. Don Eulogio se había ido en otoño de hace cuatro años, y con él se fue el gusto: en la mesa quedaron hormas pálidas, prolijas, de buena textura, que los turistas compraban sin chistar. El año anterior, en el puesto de la Fiesta, una señora de Rosario había probado una rodaja, había masticado, y había dicho con cortesía: «Muy rico, qué lindo queso». Nahuel conocía esa frase. Era la que se dice cuando algo no emociona.

    Bajó del banco con el cuajo en las manos. Pastora suspiró, se sacó el poncho y puso la leña.

    Ordeñaron a las siete, con el frío mordiéndoles los dedos, y colaron la leche en la cocina con un lienzo blanco. Nahuel cortó un cuadradito del cuajo seco, lo remojó en un jarro con suero tibio y lo estrujó hasta que el agua se puso turbia y amarillenta. Pastora lo miraba revolver sin ayudarlo, con los brazos cruzados.

    —Más despacio. Eso no es batido de chocolate.

    —Ya sé.

    —No sabés. Pero vas bien.

    Calentaron la leche en la olla grande hasta el punto justo, el que Pastora medía metiendo el codo, como se mide la mamadera de un bebé. Nahuel echó el cuajo y revolvió una vez, de abajo hacia arriba, y después tapó. Esperar era lo más difícil. Treinta minutos mirando una olla.

    —¿Y si no cuaja? —preguntó.

    —Entonces tomamos la leche con mate cocido y hacemos otro intento.

    —Abuela.

    —Cuaja, hijo. Este cuajo es de los tuyos.

    Cuajó. Cuando Nahuel levantó la tapa, la leche se había vuelto una masa blanca y temblona que se partía limpia contra la cuchara. Metió las manos hasta las muñecas. La cuajada estaba tibia y firme, y sintió que algo se acomodaba adentro de él, algo que no tenía nombre.

    La desmenuzaron entre los dos, la salaron, la fueron llenando en los moldes de caño agujereado y le pusieron arriba una piedra del río, la misma que usaba don Eulogio. El suero salió a hilos y corrió sobre la mesa.

    Al mediodía, mientras las hormas escurrían, Pastora hizo algo que Nahuel no esperaba. Sacó de la alacena una bolsita de cuajada fresca, la puso a calentar con agua casi hirviendo y empezó a estirarla y a plegarla con las manos desnudas, sin quejarse del calor, hasta que la masa se volvió una cinta lustrosa y elástica.

    —Quesillo —dijo—. Hace cuarenta años que no lo hago para otra cosa que para mí. Probá.

    Nahuel arrancó un pedazo y lo masticó. Era suave, salado, un poco ahumado también, porque la cocina entera estaba ahumada.

    —Esto sí sabe —dijo.

    —Es la leña —dijo Pastora—. Suncho y aliso. Tu abuelo no usaba otra.

    —¿Y si vendemos esto en la Fiesta?

    —Nadie se acuerda del quesillo.

    —Yo me acuerdo ahora.

    Se quedaron en silencio. Afuera la neblina empezaba a levantarse de a pedazos, y por la ventana se vio un cacho de cerro verde, mojado, con una vaca marrón parada quieta en la ladera.

    Durante seis días Nahuel durmió poco. Hizo quesos de a kilo, los puso a estacionar en el zarzo sobre la cocina, bajo una tela mosquitera, y cada tanto subía a olerlos como quien visita a un enfermo. Pastora le enseñó a hilar el quesillo sin quemarse, y a reconocer con el dedo cuándo la masa estaba lista. Una tarde se le pasó de punto y la masa se le cortó. Tiró todo, se sentó en el escalón de la cocina y se quedó mirando el patio.

    —Se me arruinó —dijo.

    —Así se aprende. —Pastora se sentó al lado—. Tu abuelo tiró más quesos de los que vendió.

    —No me lo habías dicho.

    —No te lo iba a decir. Los viejos contamos las cosas cuando ya no hay peligro.

    El día de la Fiesta se levantaron a las cuatro. Cargaron en la camioneta de un vecino las hormas envueltas en lienzo, el balde con el quesillo todavía tibio y una balanza que pesaba de menos. En el puesto, entre los toldos blancos y los parlantes que probaban sonido, Nahuel acomodó los quesos en una tabla y puso un cartelito escrito a mano: «Queso ahumado de cocina. Como lo hacía Eulogio Aybar».

    A las once llegó la primera gente. Una pareja, un hombre con un sombrero de paja, dos chicos que querían quesillo para el sánguche. Nahuel cortaba pedacitos con la navaja y los ofrecía en la punta, sin decir nada, porque Pastora le había enseñado que un buen queso se presenta solo.

    Hacia la tarde se acercó un señor mayor, de campera azul y boina, que se quedó parado mucho tiempo frente a la tabla. Agarró un trocito, lo olió, lo dejó un segundo sobre la lengua.

    —¿Y esto quién lo hizo? —preguntó.

    —Yo —dijo Nahuel—. Con el cuajo de mi abuelo.

    El hombre cerró los ojos. Masticó despacio. Cuando los abrió, los tenía húmedos, y se rio un poco, medio avergonzado.

    —Hacía cuarenta años que no comía este queso —dijo—. En casa de mi tío, allá por Los Nogales. Se me había olvidado el humo.

    No dijo más. Compró dos hormas y un pedazo de quesillo, pagó, y se fue caminando entre los toldos con el paquete contra el pecho.

    Nahuel lo siguió con la vista hasta que lo perdió. Atrás suyo, Pastora, que no había dicho una palabra en toda la tarde, se acomodó el poncho y le alcanzó un mate.

    —Cebalo vos —dijo—. Hoy te toca.

  • Una moneda para la barquilla

    Beba Lencina tenía diez años y una moneda atada en la punta del pañuelo, y ya llevaba tres cuadras repitiendo para adentro lo que le iba a decir al hombre de la barquilla.

    —Caminá derecha, que te van a ver —dijo la abuela, sin darse vuelta. Llevaba contra el pecho un paquete de papel madera atado con hilo sisal, y lo agarraba como si adentro hubiera un pájaro.

    Era un sábado de 1960, a la tardecita, y la isla Maciel olía a brea, a fritura y a río. Desde la calle se veía el puente, enorme, de hierro negro, con las dos torres paradas a cada lado del Riachuelo y la viga larga arriba, y colgando de la viga, quieta, la barquilla.

    Todo el mundo en la isla sabía que al transbordador le quedaba poco. Desde que habían abierto el otro puente, el de las rampas, casi nadie lo usaba. Antes, contaba la abuela, a las seis de la mañana se hacía cola hasta la esquina: obreros de los frigoríficos, de los astilleros, de las fábricas de La Boca, todos con el tarro del almuerzo. Ahora la barquilla iba medio vacía, y el viejo Godoy, el que la manejaba, se pasaba las horas sentado en un cajón con la gorra sobre las rodillas.

    —Buenas tardes, don Godoy —dijo la abuela.

    —Doña Ramona. ¿Cruzamos?

    —Cruzamos. Con la nena.

    Beba dio un paso y estiró el pañuelo. Había ensayado la frase, pero le salió otra.

    —Yo pago mi pasaje. Con mi plata.

    Godoy la miró de arriba abajo, serio, y después miró la moneda como si fuera un billete de los grandes.

    —Es lo correcto —dijo—. Que pague la señorita.

    La barquilla era una plataforma de chapa con una baranda baja y un techito, colgada de unos cables gruesos, y cuando subieron crujió y se movió apenas, como un colectivo que arranca. Beba se agarró de la baranda. Abajo, entre las tablas, se veía el agua marrón, con manchas de aceite que hacían colores.

    —No mires para abajo —dijo la abuela.

    —Todavía no estamos en el aire.

    —Justamente.

    Godoy tiró de una palanca. Hubo un golpe sordo, un tirón, y la orilla empezó a irse hacia atrás, despacio. No hacía ruido de motor sino un ronroneo largo de rueda y cable, y de repente estaban a mitad de camino, colgados sobre el río, con una lancha cargada de arena que pasaba por debajo y un gallo de veleta en un techo, mucho más lejos de lo que Beba alcanzaba a entender.

    Se le fue el miedo. Le quedó la cara de asombro.

    —Se ve el Dock Sud —dijo—. Se ve toda la costanera. Abuela, se ve la cancha.

    —Eso no es la cancha, es un tanque de agua.

    —Parece la cancha.

    La abuela no contestó. Apretaba el paquete y miraba hacia La Boca, donde empezaban a prenderse las luces de las casas de chapa pintadas de azul, de verde y de rojo, con la pintura sobrante de los barcos.

    —¿Qué hay en el paquete? —se animó Beba.

    —Una camisa.

    —¿Para quién?

    —Para un señor que se la encargó a tu tía antes de que se fuera a Rosario. La planchó ella, la dejó lista, y no pudo entregarla. Así que la entrego yo.

    —¿Y tenemos que ir hasta La Boca por una camisa?

    —Un trabajo es un trabajo —dijo la abuela—. Si dijiste que lo hacías, lo hacés. Aunque sea el último.

    Godoy, desde la palanca, hizo como que no escuchaba.

    Llegaron a la otra orilla con un golpecito suave. Beba, que había esperado algo más grande, se sintió estafada y feliz a la vez. Bajaron por la avenida Almirante Brown, entre un cartonero con su carro y dos pibes que pateaban una pelota de trapo, y la abuela buscó una dirección en un papelito y tocó el timbre de una casa baja, con rejas verdes. Salió un hombre en camiseta, con un diario doblado bajo el brazo, que agarró el paquete, lo desató, sacó la camisa blanca y la miró a contraluz.

    —Impecable —dijo—. ¿Cuánto es?

    —Ya está pagado —dijo la abuela—. Lo dejó pago, señor.

    —Entonces tome esto por las molestias.

    Le puso en la mano de Beba una moneda más grande que la que ella había llevado. Beba la apretó. Pensó que le iba a durar toda la vida.

    Volvieron hacia el río. Ya era de noche. La barquilla esperaba en la orilla de La Boca, con una lamparita prendida, y don Godoy sentado en el cajón.

    —¿Una vuelta más? —preguntó.

    —La última del día —dijo la abuela, y subió.

    Esta vez Beba no se agarró de la baranda. Se paró en el medio, con los pies separados, como había visto hacer a los marineros, y cuando la plataforma empezó a deslizarse, se puso a mirar la isla desde arriba: los techos de chapa, las lucecitas, la panadería con la puerta abierta, el humo de una parrilla, un perro flaco en el medio de la calle.

    —Don Godoy —dijo—. ¿Y cuando cierren, usted qué va a hacer?

    El viejo tardó en contestar. La barquilla seguía su camino, despacio, con el agua negra abajo y las estrellas pocas de la ciudad arriba.

    —Voy a seguir viniendo —dijo al fin—. A sentarme en el cajón. Alguien tiene que cuidar que no se lo lleven.

    —¿Adónde se lo van a llevar?

    —Adonde se llevan las cosas que ya no sirven.

    Beba pensó en eso. Pensó en la camisa, en la tía que se había ido a Rosario, en la abuela con el paquete.

    —Pero sirve —dijo—. Nosotras cruzamos.

    Godoy sonrió con media boca, y no contestó. Cuando llegaron a la isla frenó la barquilla con cuidado, como quien baja a un chico dormido.

    —Que pague otra vez la señorita —dijo.

    Beba sacó la moneda grande, la que le habían dado en La Boca, y la apoyó en la palma áspera del hombre. Pero Godoy la devolvió, y le cerró los dedos.

    —Esta guardala. La anterior alcanzaba.

    Caminaron hacia la casa. Atrás, en la oscuridad, el puente quedó colgando sobre el río con su barquilla vacía, tan grande y tan quieto que parecía un edificio que alguien había dado vuelta. Beba iba a mirarlo hasta que dobló la esquina, y después, ya en la cama, siguió viéndolo con los ojos cerrados: la plataforma meciéndose despacito, el cable largo, la luz.

  • El crujido de la hoja en Oberá

    Wenceslao Petrenko le sacó la tijera de podar de las manos al nieto y se la devolvió al revés, con el mango para adelante.

    —Así. Si la agarrás por la hoja, la planta se da cuenta.

    —Las plantas no se dan cuenta de nada, abuelo.

    —Esta sí.

    Eran las siete de la mañana de un enero pesado, en un yerbal de las afueras de Oberá, y el calor ya se pegaba a la espalda como una camisa mojada. Era zafriña, la cosecha chica del verano, la que se hace cuando falta yerba y sobran deudas. Wenceslao tenía setenta y un años, las rodillas gastadas y un sombrero de paja que alguna vez fue blanco. Hacía once años que no tarefeaba. Esa mañana había aparecido en el camino de tierra colorada, detrás del camión del contratista, con el termo bajo el brazo, y nadie se animó a decirle que no.

    Joaquín, su nieto, tenía dieciséis años y las manos blandas de quien pasa el día con el celular. Lo habían anotado en la cuadrilla porque el padre estaba sin changas y la plata no alcanzaba para la cuota de la moto. Cuatro días llevaba, y cuatro días había vuelto a la casa con los dedos llenos de ampollas y un promedio de cuarenta kilos por jornada. Los otros pasaban los noventa.

    —Mirá —dijo Wenceslao, y se metió bajo la planta.

    Cortó una rama gruesa con el serrucho, dos pasadas secas, y la apoyó sobre la ponchada, que era una tela de arpillera tendida en el suelo. Después se agachó con un quejido y empezó a quebrar. Las manos le trabajaban solas: separaba las hojas de los cambitos, esos tallos duros que se tiran, y las hojas iban cayendo sobre la tela con un crujido corto, seco, como papel de seda arrugado.

    —¿Escuchás?

    —Escucho que me duele la espalda.

    —Escuchá el crujido. Si suena a hoja, está bien. Si suena a palo, estás llevando peso al pedo y te pagan lo mismo que cobrás, pero te cansás el doble. —Alzó una rama y la dobló entre los dedos—. Tiene que quebrar limpio. Si se dobla, es cambito. Si saltan, es hoja.

    Joaquín probó. Se dobló. Probó de nuevo. Saltó.

    —Eso —dijo Wenceslao, sin mirarlo, para no avergonzarlo.

    Trabajaron hasta que el sol quedó alto y los mosquitos cambiaron de turno con las moscas. A un costado, los demás de la cuadrilla se movían entre las plantas con una prisa tranquila, sin hablar. Una mujer que le decían la Mona cantaba bajito una polca paraguaya. Cada tanto se oía el golpe seco de un raído cayendo en el suelo del camino.

    A las once, Wenceslao se sentó en un tocón y se tomó el pulso con dos dedos en el cuello, disimulando. Joaquín lo vio.

    —Abuelo, volvete a casa. Yo me arreglo.

    —No me voy a ningún lado.

    —¿Para qué viniste, entonces?

    El viejo tardó en contestar. Destapó el termo, cebó un mate y se lo pasó. El agua estaba tibia y la yerba tenía el gusto ahumado del secadero, ese sabor que Joaquín conocía desde chico sin saber de dónde venía.

    —Porque tu padre dice que vos no servís para esto —dijo por fin—. Y yo digo que sí. Y los dos no podemos tener razón.

    —¿Y vos qué sabés?

    —Sé que a los dieciséis yo pesaba cuarenta kilos por día, igual que vos. Y a los dieciocho, noventa. Nadie nace con el crujido en los dedos.

    Se quedaron callados. En algún lugar de la ladera un tractor tosía. Joaquín se miró las ampollas, abiertas y rojas, y después miró la planta que tenía enfrente, que le llegaba al pecho, cargada de hojas lustrosas.

    —Enseñame lo del nudo —dijo.

    El resto de la mañana fue de otro tipo. Wenceslao ya no corregía; solo estaba ahí, sentado en el tocón o apoyado en un poste, con el sombrero sobre los ojos. Joaquín cortaba, quebraba, escuchaba. Alguna vez se equivocaba y tiraba hoja buena junto con el cambito, y se mordía el labio, y seguía. Hacia el mediodía ya no miraba la tela: miraba la planta, y las manos hacían lo suyo.

    Cuando la ponchada estuvo colmada, la hojarasca verde le llegaba a las rodillas. Joaquín juntó las cuatro puntas de la arpillera con las dos manos y no supo cómo seguir.

    —Cruzá las de adelante —dijo Wenceslao desde el poste—. Ahora las de atrás por encima. Tirá fuerte. Más.

    El nudo quedó torcido, feo, pero aguantó. Joaquín se agachó, pasó el hombro por debajo del bulto y empujó con las piernas. Le tembló todo el cuerpo. Se levantó con un gruñido, el raído sobre la espalda, el olor a hoja verde y a savia metido en la nariz, y dio tres pasos hasta el camino.

    La balanza de pilón colgaba de una rama del camión. El capataz, un hombre flaco con una libreta de tapas rotas, enganchó el bulto y miró la aguja.

    —Noventa y dos —dijo, y anotó.

    Joaquín no dijo nada. Giró la cabeza buscando al abuelo.

    Wenceslao seguía sentado en el tocón, con el mate en una mano. No había oído, o fingía no haber oído. Tenía los ojos cerrados y la cara vuelta hacia el sol, y en la otra mano, sin darse cuenta, abría y cerraba los dedos, quebrando hojas que ya no estaban.

  • Once minutos de granizo en San Martín

    A las cuatro de la tarde el cielo sobre San Martín tenía el color de un moretón viejo, y Eladio Guzmán supo que le tocaba trabajar.

    Estaba en la galería del puesto de lanzamiento, con el mate lavado en la mano y la radio prendida sobre el cajón de herramientas. Era febrero de 1991, faltaban dos semanas para que arrancara la cosecha de la uva criolla, y hacía seis años que Eladio vigilaba el oeste desde ese potrero de tierra pelada, entre una acequia y un álamo que le hacía de sombra al Fiat 600 de su hermano. Los cohetes dormían en el cobertizo, apilados como caños de estufa. Los rusos los habían mandado con instrucciones en un castellano torcido que Eladio todavía guardaba en un cajón, doblado en cuatro.

    La radio carraspeó.

    —Puesto cuatro, puesto cuatro. Radar San Martín. Tenemos eco nuevo al sudoeste, creciendo rápido. Prepare.

    —Puesto cuatro, enterado —dijo Eladio, y dejó el mate.

    Del otro lado de la acequia, Pura Quiroga levantaba la vista desde su parral. Tenía setenta y un años, un pañuelo celeste en la cabeza y siete hectáreas de criolla que su marido había plantado cuando Perón todavía era un nombre prohibido. Eladio la conocía desde siempre. También sabía que Pura no había pagado la tasa antigranizo en tres años, porque decía que a ella nunca le había pegado una piedra y que no iba a pagar por una tormenta que no existía. Esa tarde el sudoeste le pareció a Eladio una respuesta bastante clara.

    —¿Qué dice la radio? —gritó ella, con las manos en la cintura.

    —Que se viene, doña Pura —dijo él, y no hizo falta más.

    Pura miró el cielo y no contestó. Sacó del bolsillo del delantal un cuchillito de podar y se quedó dándole vueltas, como si pudiera cortar algo con él.

    Eladio abrió el cobertizo. Olía a metal frío y a aceite. Sacó el primer cohete con las dos manos, lo apoyó en la rampa y le ajustó el ángulo con la manivela que la humedad había dejado dura. Hacía cinco años que le habían dicho que su trabajo era “contribuir a la modificación artificial del tiempo”, y todavía no le había encontrado la gracia a la frase. Él lo explicaba de otra manera: tiraba piedras al aire para que el aire no las tirara a ellos.

    —Puesto cuatro, autorizado a lanzar —dijo la radio—. Una cada treinta segundos. Hasta que le digamos.

    El primer disparo le sacudió el pecho. Una línea blanca subió torcida hacia el nubarrón, y detrás quedó un olor a pólvora que se mezcló con el olor a tierra mojada que ya venía desde lejos. Después el segundo. Después el tercero. Eladio contaba en voz baja, igual que en la escuela, y entre uno y otro miraba hacia el parral.

    Pura ya no estaba afuera. La buscó con los ojos. La vio por fin al fondo, cerca de los postes, ocupada en algo que no entendía. Estaba atando.

    —¿Qué hace? —murmuró.

    Llevaba un rollo de rafia al hombro y sujetaba los racimos más bajos con un nudo corto, de a uno, como si cada uno necesitara su propia promesa. Era un trabajo de una semana. Lo hacía en diez minutos, apurada, con las manos manchadas de verde.

    —Cuarto, cuarto, cuarto —dijo Eladio, y largó el sexto cohete.

    El viento cambió de golpe. Se acostó el álamo, se levantó la tierra, y la acequia empezó a llevar hojas como si corriera hacia otro lado. El cielo del oeste se puso de un negro con bordes amarillentos, el color que Eladio conocía mejor que el de sus propias manos. Cayeron las primeras gotas, gordas, separadas, golpeando el polvo con ruido de monedas.

    —Puesto cuatro, siga —dijo la radio, y por primera vez la voz del operador sonó cansada—. Todavía está activa.

    Siguió. El séptimo, el octavo. El noveno se trabó un segundo en la rampa y Eladio lo empujó con la palma, quemándose, hasta que salió. Gritó una puteada que no escuchó nadie. Después, el silencio entre disparos se llenó de otro sonido, uno seco, como arroz tirado sobre una chapa.

    Era granizo.

    Primero chico, del tamaño de un grano de pimienta, rebotando en la tierra y en el techo del cobertizo. Después una piedra del tamaño de una arveja le pegó a Eladio en el hombro. Se cubrió con el brazo y siguió cargando.

    —¡Doña Pura! —gritó—. ¡Métase en la casa!

    No lo oyó, o no quiso. La vio agachada bajo la parra, con el pañuelo celeste convertido en una mancha pequeña en medio del verde, y a su alrededor las hojas saltando como si alguien las estuviera picando desde arriba. Eladio disparó el último cohete que quedaba en el cajón. Después se quedó mirando el cielo con las manos vacías, que era lo único que no sabía hacer.

    La tormenta duró once minutos. Él los contó.

    Cuando paró, el aire quedó limpio y frío, y en el piso había una alfombra de hielo blanco que se derretía despacio. Un perro ladró a lo lejos. El álamo goteaba. Eladio cruzó la acequia saltando sobre la tablita, con el hombro hinchado, y entró al parral con miedo de lo que iba a ver.

    Las hojas estaban rotas. Muchas. Los sarmientos de arriba, deshechos. Pero abajo, en la altura donde Pura había atado, colgaban los racimos intactos, con las uvas brillantes como si las hubieran lavado. Y dos o tres hileras más allá, donde no había llegado la rafia, la fruta estaba golpeada, manchada de morado.

    Pura estaba sentada en un cajón de cosecha, empapada, con el cuchillito todavía en la mano.

    —Mirá —dijo, sin darse vuelta—. Mirá lo que se salvó.

    —Se salvó lo que usted ató.

    —Se salvó lo que vos tiraste, Eladio. Yo ataba lo de abajo nomás. El granizo vino chico. Yo sé lo que es el granizo grande.

    Él no contestó. No sabía cuál de las dos cosas era la verdadera, y le pareció que ninguna de las dos le hacía falta. Se sentó en otro cajón, a su lado, y los dos miraron el parral roto un rato largo. El sol salió por debajo de la nube, bajo y anaranjado, y todo el hielo del suelo se prendió como si alguien hubiera encendido mil velas chiquitas.

    —El mes que viene voy a pagar la tasa —dijo Pura al fin, medio de mala gana.

    Eladio sonrió. Se puso de pie con dificultad, se sacudió el barro de las rodillas, y antes de volver al puesto agarró del suelo una piedra de granizo que todavía no se había derretido. Era del tamaño de un garbanzo, con un centro opaco y un borde claro, como una cebolla de hielo. La sostuvo en la palma hasta que se hizo agua.

    Esa noche anotó en el cuaderno del puesto, con letra torcida: “Nueve cohetes. Once minutos. Pura Quiroga, siete hectáreas, tres hileras dañadas”. Después se sentó en la galería, abrió el cajón y sacó las instrucciones rusas, dobladas en cuatro. Las alisó contra la rodilla. Debajo de la última línea, donde decía “Registre los resultados de cada operación”, escribió con lápiz una frase que nadie le había pedido:

    “El resto lo hizo la señora.”

  • El turno de las nueve en Allen

    A las nueve menos diez de la noche, Edelmira Sosa ya estaba parada en la compuerta de su chacra, en Allen, con las botas de goma puestas y la linterna apagada para no gastar pilas. Había pedido el agua para las nueve. En el Alto Valle el riego tiene turno, y el turno no se discute: son tres horas, y si las perdés esperás la vuelta, que a veces es una semana.

    Tenía setenta y un años y una sola cuadra de perales Williams que todavía daba fruta. El resto de la chacra lo había vendido para loteo hacía dos años, después del velorio de Anselmo, y ahora donde antes había manzanos había casas con rejas blancas y un cartel que decía Barrio Los Aromos. De los aromos no quedaba ninguno. Los álamos de la cortina, esos sí, seguían: los habían dejado en el límite porque nadie se animaba a talarlos.

    El viento del oeste movía las copas con un ruido de papel. Edelmira escuchó, debajo, el otro ruido, el que esperaba: el canal comunero entrando con su respiración ancha, a unos doscientos metros. Después, nada. Esperó un minuto más. Nada.

    —Se cortó —dijo en voz alta, y se sintió ridícula hablándole a la compuerta.

    Caminó por el costado de la acequia con la linterna ya prendida. La fruta de noviembre era todavía del tamaño de una nuez y los perales, recién raleados, parecían menos cargados de lo que estaban. Le dolía la rodilla derecha. Contó los pasos hasta la hijuela, como hacía Anselmo, y a los ciento cuarenta se topó con la alambrada nueva.

    Era una reja de las del barrio, con puntas, atravesada justo donde la hijuela cruzaba el terreno que ahora era de otros. Atrás, un tubo de cemento medio enterrado, con un tapón de chapa. Alguien había decidido que ese zanjón era un desagüe pluvial y lo había cerrado para que no entrara barro al fondo de las casas.

    Edelmira se agarró de la reja con las dos manos. Tenía olor a pintura fresca.

    —¿Señora? —dijo una voz.

    En la vereda del barrio, del otro lado, había un chico en bicicleta con una linterna de frente. Doce años, quizás trece. Tenía puesta una remera de Cipolletti y los auriculares colgando del cuello.

    —¿Está buscando algo?

    —El agua —dijo ella—. Tengo turno a las nueve y me la taparon.

    El chico miró el reloj del celular. Eran las nueve y cuatro.

    —Mi papá dice que eso es un desagüe.

    —Tu papá no vive acá desde hace mucho. Eso es la hijuela. Por ahí le llega el agua a seiscientos perales, a los míos y a los de don Bruno, que está más abajo. Si no pasa el agua esta noche, la fruta no llega a enero.

    —¿Y cuánto falta para enero?

    —Dos meses y pico. Pero se decide ahora.

    El chico se bajó de la bici y se quedó un rato callado, mirando la reja como si fuera un problema de matemática.

    —No tengo la llave del candado —dijo.

    —No hace falta la llave. —Edelmira le señaló el tapón de chapa, en el suelo, del otro lado—. Eso sale con las manos. Lo tendría que sacar yo, pero con la reja en el medio no llego, y a mí la rodilla no me da para trepar.

    —Eso es meterse en un terreno.

    —Eso es un zanjón. Mirá.

    Le pasó la linterna por entre los barrotes. El chico la atajó mal, la levantó del pasto y alumbró el tubo. Se agachó. Tiró de la chapa. No salió. Tiró de nuevo, y esta vez algo cedió con un sonido húmedo de barro seco que se despega.

    Entonces se oyó el agua.

    Primero fue un gorgoteo, después una cinta oscura que pasó por debajo de la reja y encontró el cauce viejo de la hijuela, ese que Anselmo había rastrillado cada otoño durante cuarenta años. El agua avanzó despacio por la tierra dura, probando el terreno, y después más rápido, empujada por todo el peso del canal que venía atrás.

    —Ay, mirá vos —dijo el chico, con la voz algo rota—. Va.

    —Va —dijo Edelmira.

    Se quedaron los dos mirando cómo el agua alumbraba el borde de las hojas. Venía con olor a barro y a hierro, a río de montaña derretido, un olor que ella habría reconocido con los ojos cerrados en cualquier parte del mundo.

    Desde una de las casas se prendió una luz y una mujer asomó a la puerta.

    —¡Tomás! ¿Qué hacés ahí?

    —¡Nada, má! ¡Estoy ayudando a la señora!

    La mujer bajó los escalones con el cuerpo duro de quien ya está enojada, pero a mitad de camino vio el agua. Se detuvo. No dijo nada. Edelmira esperó la pelea, que no llegó. La mujer solamente miró la cinta oscura que cruzaba el fondo de su lote.

    —Mañana vamos a hablar con el consorcio —dijo al final, a nadie en particular.

    —Hablen —dijo Edelmira—. Yo ya hablé, pero a mí no me escuchan. A ustedes sí.

    Volvió caminando hacia su cuadra con el agua al costado, a su paso, como un perro viejo que la acompañaba. En la compuerta levantó el tablón y el riego entró entre las hileras. Apagó la linterna.

    A las diez, con el turno a la mitad, el chico llegó en la bicicleta por el camino de tierra con un termo y dos mates. Se sentó en el borde del canal sin preguntar. Edelmira lo llevó hasta un peral y le mostró dónde se hundía el agua primero.

    —Eso es lo que hay que mirar —le dijo—. Si el agua llega al pie y se queda quieta, está bien. Si se escapa, es que hay un hueco.

    Tomás asintió. En el fondo, contra el cielo, las copas de los álamos hacían su ruido de papel. El agua seguía entrando, y a Edelmira, por primera vez en dos años, le pareció que el turno le alcanzaba.

  • Bandera amarilla y negra en Playa Grande

    A las siete y cuarenta del domingo 1 de noviembre, Tamara Quiroga subió a la torre del puesto con la llave del candado entre los dientes y los dos mástiles todavía vacíos. Abajo, la arena estaba oscura de humedad y salpicada de algas pegadas como pelo. Había llovido de madrugada y el viento del sur seguía empujando el mar contra la costa, en filas de espuma sucia que rompían lejos y volvían a romper más cerca.

    Tenía veintitrés años y era su primera temporada entera en Playa Grande. El operativo arrancaba ese día en todo el frente costero, de ocho a veinte, y a ella le había tocado abrir. En la mochila llevaba el termo, dos mandarinas y el silbato que usaba su padre, con la cuerda cambiada.

    Los trapos estaban en el cajón de abajo del banco, doblados como los había dejado en marzo. Celeste, amarilla y negra, roja y negra. Su padre, treinta años de guardavidas en La Perla, le había dicho una sola cosa antes de que rindiera el examen: «La primera bandera del año es la que más se mira. Ahí la gente decide si te cree o no».

    Se sentó con los binoculares y no tocó ningún trapo. Miró veinte minutos. Las olas venían en series de cuatro o cinco, con un respiro entre una y otra. Entre la rompiente y la orilla, a unos cuarenta metros de la escollera, había una franja de agua más lisa y más oscura, como una calle. Todo lo que el mar traía por un lado se iba por ahí. Un cartón de leche pasó rápido, derecho, sin dar vueltas. Esa calle era lo que importaba.

    A las nueve llegaron las primeras carpas armadas y, con ellas, Néstor, el concesionario del balneario, con un café en cada mano. Le dejó uno en la baranda de la torre.

    —Buen día, Tami. ¿Qué bandera ponemos?

    —Todavía no puse ninguna.

    —Qué raro, con este sol. —Miró el cielo, que se había abierto del todo—. Hoy es el primer domingo con todo habilitado. Tengo doscientas reservas. Subí la celeste y listo.

    —Hay una correntada al lado de la escollera.

    —Hay una correntada todos los años.

    —Esta es nueva. Se abrió con la lluvia. Mirá el color del agua, ahí, donde no rompe.

    Néstor miró. Tardó en ver lo que ella veía, y después ya no pudo dejar de verlo, que es lo que le pasa a todo el mundo cuando alguien le señala una correntada.

    —La gente mira la bandera y mira el mar —dijo—. Si ven la amarilla, piensan que está feo y se van a la pileta.

    —Si ven la celeste y se mete uno, el que lo saca soy yo.

    —Es una forma de decirlo.

    —Es la forma.

    Néstor se tomó su café en silencio. Después bajó los escalones de la torre con mucho cuidado, como si estuvieran flojos, y no volvió a mencionar el tema.

    Tamara abrió el cajón y sacó la amarilla y negra. Todavía tenía el olor del depósito, a lona y a naftalina. La ató al cabo, la izó y esperó a que el viento la abriera. Cuando se estiró del todo, bajo un cielo azul y limpio, le pareció una exageración. Lo supo por las caras que se dieron vuelta a mirarla.

    A media mañana, un hombre con la camiseta de Aldosivi se acercó a la torre con un chico de seis años en brazos.

    —¿Está malo el mar? Mire cómo brilla.

    —Se puede entrar, pero ahí no. —Señaló con el brazo hacia la escollera—. Y no más arriba de la rodilla. Mejor acá enfrente, que está el puesto.

    —Ah. ¿Y por qué ahí no?

    —Porque ahí el agua se va para afuera.

    El hombre dijo «ah» otra vez, ahora distinto, y llevó al chico hacia el lado del puesto. Se quedaron en la orilla, con el agua a los tobillos, a salvo y levemente fastidiados.

    A las doce, en la zona de Biología, unos pibes en traje de neopreno remaban hacia afuera con tablas cortas, y un lobo marino sacó la cabeza entre dos de ellos, curioso, como hacen. Alguien gritó. Tamara se paró y pitó una sola vez, larga. Los pibes giraron, se vieron entre ellos y se rieron, y el lobo se hundió sin apuro. Ninguno se acercó a la calle de agua oscura. Ni siquiera los surfistas, que son los que mejor la leen.

    A las dos de la tarde, un nene de doce años pasó corriendo por la orilla, directo hacia la escollera, detrás de una pelota de plástico que se le había ido. Tamara bajó los escalones de a tres. No necesitó el torpedo. Lo agarró de la capucha del buzo a diez metros de la correntada, lo dio vuelta y lo devolvió a la arena. La pelota quedó trabada en la espuma, y el chico estaba más asustado de ella que del mar.

    —Perdón —dijo.

    —No pasa nada. Pero esa parte no se pisa.

    A la tarde el viento aflojó. A las seis, el agua de la calle ya no se distinguía tanto, pero seguía ahí, más sutil, como un camino que nadie barre. La gente fue juntando las cosas. Néstor pasó por abajo de la torre, la miró, miró el trapo amarillo y negro, y levantó dos dedos hacia la frente, un saludo mínimo con el que ya había dicho todo.

    A las ocho en punto Tamara bajó la bandera. La lona estaba pesada de humedad y de sal. No la dobló. La colgó del barral de la torre para que se secara con el viento de la noche y estuviera lista a la mañana.

    El celular vibró en el bolsillo de la mochila. Era su padre, un mensaje sin saludo, como siempre.

    «¿Cuál subiste?»

    Ella miró el trapo que se movía despacio, medio abierto, contra el último color del cielo.

    «La que era», escribió.

  • La última vuelta del 60 por Fleming

    Rubén Cardozo apoyó el termo sobre el tablero y acomodó el espejo, que después de treinta y un años ya sabía de memoria dónde quedaba. Eran las once y cuarto de la noche en la cabecera de Barrancas de Belgrano. En el cartel de arriba, con letras naranjas, decía 60 E TIGRE POR FLEMING.

    Era su último turno. Nadie lo sabía, salvo el inspector, que le había palmeado el hombro en la cabecera sin decir nada, y Mabel, la de la ventanilla de los choferes, que le había dejado un alfajor sobre la planilla.

    Rubén se había hecho una sola promesa para esa noche: ninguna parada salteada. En tres décadas había pasado de largo por apuro, por bronca, por una frenada que no daba, y había aprendido que cada parada vacía es una persona que se queda mirando la luz trasera. Esa noche iba a frenar en todas, aunque no hubiera nadie.

    Subió la gente de siempre. Un muchacho con la mochila de delivery colgada del pecho, dormido antes de pagar. Dos chicas con olor a perfume dulce y cansancio de boliche. Una señora con una bolsa de verduras que apoyó entre los pies como quien cuida a un perro. Cabildo pasó despacio, con los toldos bajos y los kioscos de rejas cerradas. Cruzaron General Paz y las luces se hicieron más espaciadas, más amarillas.

    En la primera parada de Fleming no había nadie. Rubén frenó igual, abrió la puerta, contó hasta cinco y la cerró. La señora de las verduras lo miró por el espejo.

    —¿Se le perdió algo, chofer?

    —Una costumbre —dijo él—. Hoy me la estoy sacando.

    Así fue parada tras parada. Frenaba, esperaba, seguía. Bajó el muchacho del delivery frente a una estación de servicio, con el casco ya en la mano. Bajaron las chicas en una esquina donde las esperaba un auto con las balizas puestas. El micro se fue vaciando y el motor se escuchaba más, como pasa con las casas cuando se van los invitados.

    A las dos y media quedaba una sola pasajera. Una mujer de unos setenta años, con un tapado gris pese al calor de noviembre y un bolso de mano apretado contra la falda. Había subido en Barrancas y no había dicho una palabra. Rubén la miraba de vez en cuando. Viajaba derecha, con la vista en la ventanilla, como si leyera algo escrito en la oscuridad.

    Pasaron la avenida Rolón. Pasaron una remisería con la luz prendida. Entonces ella se levantó y caminó por el pasillo agarrándose de los caños, con el equilibrio de quien se subió a miles de colectivos.

    —Perdone, joven. ¿Usted me puede dejar en la esquina de la panadería?

    —Señora, tiene que ser en parada. Es el reglamento.

    —Ya sé. Es a mitad de cuadra, antes de la parada. La panadería de los Ferrari. Ahora es un local de celulares, pero para mí es la panadería.

    Rubén miró el reloj. Miró la calle vacía. Se acordó de la promesa: ninguna parada salteada. Nadie había dicho nada de agregar una.

    —¿Qué hay ahí a esta hora?

    —Nada —dijo ella—. Hace cuarenta años mi marido bajaba del 60 en esa esquina, volviendo del turno de la fábrica. Yo lo esperaba en la vereda con un pan caliente. Se murió en marzo. Hoy hubiera cumplido setenta y ocho, y quise hacer el viaje otra vez. Nada más.

    No le pidió que se conmoviera, y por eso mismo se conmovió.

    Rubén avanzó hasta la mitad de la cuadra. Puso las balizas, abrió la puerta delantera y bajó el escalón, que suspiró con un ruido largo y gastado. La mujer bajó con cuidado, un pie y después el otro. En la vereda se quedó parada un momento, con el bolso contra el pecho, mirando una persiana metálica pintada de un verde descascarado.

    Él esperó. Cinco segundos, diez, un minuto. Un perro cruzó la calle trotando. Adentro, el termo seguía tibio sobre el tablero.

    Ella se dio vuelta y levantó una mano, sin sonreír, sin agradecer. Un saludo de colega. Rubén tocó la bocina, un toque corto, y ella asintió.

    Después apagó las balizas y siguió hasta el centro de Tigre con el micro vacío, frenando en todas las paradas. En la última, junto al río, firmó la planilla y le dejó la llave a la gente del turno mañana.

    Antes de irse, volvió al coche. Se sentó en el asiento del chofer por última vez, con el motor frío, y miró el cartel apagado.

    En el tablero, entre las boletas y el termo, estaba el alfajor de Mabel. Lo abrió y le dio un bocado. Estaba rancio, como todos, pero a él le supo a pan caliente.