Eusebio Villalba aflojó el último tornillo del teclado con la uña del meñique, porque el destornillador se le había perdido entre las virutas el martes, y levantó el acordeón a la altura de la ventana para ver si pasaba luz por el fuelle. Pasaba. Una línea fina, como un hilo de hilvanar, justo en el tercer pliegue.
Eran las once de la mañana del quince de enero y en Corrientes el aire ya tenía ese espesor de sopa. En el taller, a dos cuadras de la plaza Vera, el ventilador de pie giraba hacia la pared porque el cuello se le había trabado en el noventa y ocho y nadie se lo había arreglado. Un zapatero que no calza a los hijos, decía Eusebio. Un afinador que no afina el ventilador.
—Abuelo, ¿lo terminás o no lo terminás? —preguntó Brisa desde el banquito, sin levantar la vista del celular.
—Lo termino cuando termina de terminarse. Andá a ponerle agua a la yerba.
La nieta se levantó con un suspiro de quince años y fue a la cocina. Eusebio volvió a mirar el fuelle. Era un Hohner de botones, de tres hileras, que había sido de su padre, el finado Cirilo, y antes de un contrabandista del lado paraguayo del río que lo había cambiado por una damajuana de caña y dos gallinas. Esa era la versión de Cirilo. Eusebio nunca la había podido confirmar y le gustaba así.
Hacía cuarenta años que Eusebio arreglaba fuelles ajenos. Pegaba cartón nuevo, cambiaba los refuerzos de cuero de las esquinas, quitaba la humedad de las lengüetas con un pincel de pelo de marta que le mandaban de Buenos Aires. Ese acordeón, en cambio, lo había dejado dormir en el ropero desde 2011, con naftalina y un trapo de piqué encima, porque el día que lo sacó por última vez le salió un sonido como de gato pisado, y él, que tenía oído para detectar un cuarto de tono torcido a cuatro cuadras, se asustó de no tener ganas de repararlo.
Ahora tenía una fecha. El Desfile Internacional de Fuelles salía a las ocho de la noche de la plaza Vera y terminaba en la plaza Cabral, y todos los años, desde que se había empezado a hacer, Eusebio lo miraba desde la vereda de la farmacia con las manos en los bolsillos. Cientos de acordeones en fila, tocando cada uno lo suyo, nenes de diez años con instrumentos que les quedaban grandes como un chaleco, viejos con la camisa pegada a la espalda, gringos que venían a aprender. Este año no quería mirar.
Brisa volvió con el termo y el mate de guampa.
—Tomá. Y atendé el teléfono, que suena hace rato.
Era Nilda, del Instituto. Le dijo que a la gurisa Yamila, la de la escuela de acordeón, se le había roto el fuelle del instrumento prestado en pleno ensayo, y que no había nada para reemplazarlo, y que la chica estaba llorando en el patio. Que si él no tendría algo, aunque fuera para esta noche.
Eusebio no contestó enseguida. Escuchó el motor de un colectivo que pasaba, las cigarras de los paraísos de la calle, el zumbido eléctrico de la heladera de la vecina.
—Tengo uno —dijo—. Pero está en obra.
—¿Para cuándo?
—Para cuando esté.
Cortó. Brisa lo miraba con la bombilla en la boca.
—Ese era el tuyo, ¿no? El del bisabuelo.
—Ese era el mío.
—Y vos lo ibas a tocar esta noche.
—Iba. Iba a tocar una zamba y un chamamé, y capaz se me trababa la mano derecha, que me viene haciendo una cosa. Tengo setenta y un años, Brisa. No me voy a pasear por la ciudad haciendo papelones con el acordeón de mi padre.
—Entonces dáselo a la chica.
Lo dijo sin drama, como quien pide que le alcancen la sal. Eusebio se quedó con el mate a medio camino. Tomó. Estaba lavado, había que cambiar la yerba.
Se puso a trabajar a las doce y diez. Cortó una tira de cartón forrado con el cuchillo de punta redonda, lo pegó con cola vinílica a lo largo del tercer pliegue, apretó con las pinzas de madera, y mientras esperaba que secara limpió botón por botón con un hisopo, como se limpia la oreja de un chico. Brisa le fue pasando las herramientas sin que se las pidiera. A las tres comieron chipá frío y se tomaron una Coca de litro entre los dos. A las cuatro y media probó el aire con la boca cerrada y el fuelle aguantó. No silbaba. Abrió, cerró, abrió. Sonó un acorde de re, redondo, un poco ronco de tanta noche en el ropero.
Eusebio apoyó la frente en el costado del instrumento. Olía a naftalina y a madera de cedro, y por debajo, muy lejos, a tabaco negro.
La chica llegó a las seis con la madre, las dos con la cara lavada para tapar el llanto. Yamila no tenía más de trece. Eusebio le tendió el Hohner sin hacer discurso.
—Probalo.
Ella se lo calzó, con las correas bajas, y tocó una escala. Después, un poco más rápido de lo que su cuerpo se animaba, las primeras frases de un chamamé que Eusebio reconoció a la tercera nota, aunque no se lo dijo. Un cuarto de tono torcido en el si, pero no era el instrumento, era la mano. Se lo marcó con el dedo en el aire.
—Ahí. Abrí un poquito más con el codo y dejá que el fuelle respire por vos. No lo empujes, que se ofende.
Ella lo hizo. Salió limpio.
—Cuídelo —dijo la madre, buscando la billetera.
—No se cobra. Me lo devuelve el domingo, con una factura de la panadería de la esquina y listo.
A las siete y media Eusebio caminó hacia la plaza Vera con Brisa del brazo, sin instrumento, con las manos en los bolsillos, como todos los años. Pero esta vez no se quedó en la vereda de la farmacia. Se metió entre la gente, hasta la fila, hasta ver de cerca la espalda de Yamila con la correa marcándole la remera.
Cuando arrancó la columna y el primer fuelle abrió el aire, y después otro, y otros quinientos, cada uno con su música, Eusebio cerró los ojos. Encontró entre todos el re ronco del Hohner. Era imposible, con tanto ruido. Lo encontró igual.