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  • La última boleta de Quiroga

    A las dos y cuarenta de la madrugada, Bernabé Quiroga cruzó la calle de tierra de Coquimbito con la linterna apagada, porque conocía de memoria cada pozo y porque la luna, medio gorda, alcanzaba para ver el brillo de la acequia. Llevaba la pala al hombro, el termo bajo el brazo y en el bolsillo de la campera una boleta de turno doblada en cuatro. Era la última que le tocaba repartir. El 28 de noviembre, el Día del Tomero, se jubilaba, y ya había decidido que no iba a hacer ninguna fiesta.

    Treinta y ocho años abriendo y cerrando compuertas en la zona de Maipú. Sabía de quién era cada hijuela, cuántas horas de agua le correspondían a cada finca según las hectáreas empadronadas, y quién se enojaba si el turno caía de madrugada. Los que se enojaban eran siempre los mismos y siempre terminaban convidándolo con un vaso de vino de la casa.

    La boleta era para la finca de Elvira Lucero: dos hectáreas de malbec viejo, parral bajo, con álamos en el borde que ya habían perdido la cuenta de los vientos zonda. Elvira había vendido en septiembre. Una inmobiliaria iba a hacer un loteo, con calles de cemento y nombres de pájaros. Pero el derecho de agua seguía anotado a nombre de ella hasta que se terminara el trámite, y el cuadro de turnos no sabía de escrituras: decía que de las tres a las cinco y media de ese viernes le tocaba a la hijuela Lucero.

    Bernabé llegó a la toma y se quedó escuchando. El canal pasaba pesado, con ese ruido de pasto mojado que hace el agua de deshielo cuando baja del Mendoza, y le llegaba el olor frío a piedra y a barro. Apoyó la mano en el hierro de la compuerta. Estaba helado y húmedo, y se le pegó la pintura descascarada a la palma.

    —¿Va a abrir o va a rezar? —dijo una voz desde el alambrado.

    Elvira estaba parada en el borde de la finca, con un poncho de lana gris y botas de goma de hombre. Al lado, un chico de unos doce años con una gorra de Independiente Rivadavia y cara de dormido.

    —Elvira, qué hace acá a esta hora.

    —Qué voy a hacer. Me toca regar.

    —Usted vendió.

    —Vendí la tierra. El agua me la dieron a mí en el 71, cuando mi viejo me puso la boleta en la mano. Dejame terminar mi turno, Bernabé.

    Él sacó el termo y se tomó su tiempo para servirse. Pensó en el papel que traía en el bolsillo. Pensó en que la inmobiliaria ya había mandado un ingeniero a medir, y en que ese ingeniero seguramente tenía un plano donde las vides eran rayitas grises que se podían borrar. Pensó, sobre todo, en su padre, que también fue tomero y que le había enseñado a no preguntar por qué cada uno quería su agua, sino a dársela en hora.

    —Le abro. Pero me ayudan a limpiar el cupo, que está lleno de hojas.

    Limpiaron entre los tres con la pala y las manos, el chico sacando las ramitas que se habían enredado en la reja, Elvira alisando el barro con el canto de la bota. Cuando Bernabé giró la manija, la compuerta cedió con un quejido largo y el agua empezó a entrar a la hijuela, primero con un chorro grueso y turbio, después más clara, más ancha, resbalando por el cauce hacia el fondo del cuartel.

    Caminaron al costado del agua, siguiéndola. Ese es el trabajo que nadie ve: ir al lado del agua para que no se atore, para que no rebalse, para que llegue entera al último surco. Bernabé iba adelante, con la pala, tapando una grieta, abriendo un desvío. Elvira iba detrás con las manos en los bolsillos del poncho.

    —Esta cepa la plantó mi abuelo —dijo ella, tocando un tronco retorcido, grueso como una pierna—. Dicen que los loteos tienen que sacarlas.

    —Dicen.

    —El nene me pidió venir. Quiere ver cómo se riega, porque en el colegio le dijeron que el agua viene de la montaña y no les creyó.

    El chico se agachó junto al surco y metió el dedo. Sacó la mano rápido y se rio.

    —Está helada. ¿De verdad viene de la nieve?

    —Esa que ves venía el invierno pasado en forma de nieve por arriba de Uspallata —dijo Bernabé—. Se derritió en octubre, bajó por el río hasta el dique, entró al Cacique Guaymallén, y hoy a las tres de la mañana te toca a vos.

    —¿Y mañana a quién le toca?

    —Al vecino de acá al lado. Después a otro. Si no se turnan, nadie riega bien.

    El chico se quedó mirando el agua que avanzaba despacio entre las hileras, tanteando la tierra seca, oscureciéndola a su paso, con un ruido finito, como una tela que se rasga muy despacio. Elvira no dijo nada. A las cuatro y diez ya habían llegado al fondo del cuartel y el agua empezó a llenar la melga. Bernabé miró el reloj, miró el cielo que se ponía gris detrás de la cordillera, y se sentó en el borde de la acequia con el termo entre las rodillas.

    —Elvira, yo traía esto —dijo, y le dio la boleta doblada—. Es la del turno de hoy. Ya no se usa mucho, ahora mandan todo por mensaje, pero a mí me gusta dejarla en mano.

    Ella la desplegó y la leyó a la luz que ya alcanzaba. Después la volvió a doblar con cuidado y se la guardó adentro del corpiño.

    —La última, ¿no?

    —La última mía.

    Esperaron hasta las cinco y media, cuando el agua dejó de ser un acontecimiento y se volvió simplemente parte del suelo. Bernabé cerró la compuerta con las dos manos. El canal siguió pasando por su lado, sin enterarse, camino de la próxima toma.

    Al irse, miró para atrás una sola vez. En el fondo del cuartel el chico corría por el borde de la melga con la gorra en la mano, y la tierra, entera, brillaba toda mojada bajo el primer sol, y las cepas viejas parecían, por esa mañana, más firmes que cualquier plano.

  • Tres minutos en el aire

    Dalmiro Zárate dejó la bicicleta contra el poste de la parada de la Isla Maciel y le sacudió el polvo de carbón al asiento con la gorra, como si fuera a sentarse alguien importante. Eran las siete y media de la tarde de un martes de invierno, a fines de los cincuenta, y el Riachuelo olía a curtiembre, a aceite de barco y a la sopa de alguna cocina que nadie veía.

    Marita, su nieta, tenía siete años y una trenza que la madre le había hecho con tanta fuerza que le tiraba las cejas para arriba. Se agarraba de dos dedos del abuelo y miraba hacia arriba, hacia las vigas negras, hacia las torres que se perdían en la oscuridad.

    —¿Esto es lo que te llevaba al trabajo? —preguntó.

    —Esto. Treinta y un años. Dos veces por día, de ida y de vuelta.

    —¿Y por qué hoy no vamos por el puente nuevo?

    —Porque hoy vamos a cruzar por acá. Vos te portás bien y no te soltás de mí.

    La barquilla colgaba de los cables, pegada a la orilla, con la luz amarilla de un farol de querosén balanceándose adentro. Ya no iba casi nadie. Dalmiro se acordaba de otras épocas: a las cinco y media de la madrugada, la fila de hombres con el jarro de lata y el pan envuelto en un diario, los de la usina, los del frigorífico, los de las carboneras, empujándose en silencio, trescientos o cuatrocientos esperando su turno, y el barquillero gritando «¡Dos más y cerramos!» cuando ya no entraba ni un alfiler. Se decía que cruzaban diecisiete mil por día. Dalmiro nunca había contado. Contar era cosa de los que no tenían apuro.

    Esa noche en la barquilla iban ellos dos, una señora con una bolsa de verdura y un muchacho flaco que miraba el piso. Dalmiro pagó con una moneda que había guardado en el bolsillo del chaleco desde la mañana, y el barquillero, un tipo grandote al que le faltaba un dedo, la miró, la sopesó y se rio.

    —Don Zárate. Hace una semana que no lo veo.

    —Me jubilé, Teodoro. Ahora soy turista.

    —Qué turista va a ser, usted.

    El motor arrancó con un temblor que subió por los zapatos. La barquilla se despegó de la orilla sin ruido, así de simple, como si la hubieran soltado, y de golpe no hubo suelo. Marita apretó los dedos. Abajo, el agua era una cosa lisa y negra con manchas de aceite que brillaban como charcos de arcoíris sucio. Un remolcador pasó despacio con una lamparita verde en la proa y la estela le meció el vientre a la barquilla.

    —Abuelo —dijo ella, bajito—. Estamos en el aire.

    —Estamos en el aire.

    —¿Y no se cae?

    —Hace cuarenta y seis años que no se cae.

    Del otro lado, La Boca se prendía de a poco. Las chapas pintadas de verde y de naranja, los balcones de madera, la torre de una iglesia, el humo flaco de alguna parrilla en la calle Almirante Brown. Dalmiro respiró hondo. Desde ese punto, justo a la mitad, a veinte o treinta metros del agua, lo había visto cada día de su vida laboral: primero a oscuras, después con el sol pegándole en el costado de las casas, después otra vez a oscuras, y nunca le había dicho a nadie que era el mejor momento de su día. Eran tres minutos. Tres minutos en los que no le debía nada a nadie. Ni al capataz, ni a la fábrica, ni a su mujer, que en paz descanse. Eran suyos, flotando.

    Por eso había ido a buscar a la nena. Ella no sabía qué era eso, pero algún día iba a saber que existía.

    —Mirá —le dijo, y le soltó la mano para levantarla en brazos—. Mirá las luces.

    Marita miró. Primero con la boca abierta, y después, despacio, con esa cara que ponen los chicos cuando entienden que algo es grande y que van a tener que cargarlo solos. La señora de la verdura miraba para otro lado, discreta. El muchacho flaco levantó la cabeza por primera vez.

    —Es lindo —dijo Marita.

    —Es lindo.

    La barquilla frenó contra la orilla de La Boca con un golpecito suave, y el barquillero abrió la reja. Bajaron la señora, el muchacho, el abuelo con la nena en brazos. Teodoro se quedó parado junto a la palanca, con el dedo que le faltaba apoyado en el metal.

    —¿Vuelven? —preguntó.

    —Vamos a volver. Una vuelta más, que a la nena le gustó.

    —Se lo cobro igual.

    —Faltaba más.

    Subieron de nuevo. La barquilla se soltó otra vez y en el medio del río Marita dijo, con la cabeza apoyada en el hombro del abuelo:

    —¿Algún día va a volver a andar, cuando ya no ande?

    Dalmiro pensó en los hombres de la fila, en la usina, en los diecisiete mil, en el puente nuevo de hormigón que se llevaba a todos con sus camiones y sus apuros. Pensó en los años que pueden pasar sobre un fierro grande que nadie toca.

    —Capaz que sí —dijo—. Cuando alguien se acuerde de que hay un lugar para quedarse un rato en el medio.

    Marita no preguntó nada más. Abajo, el Riachuelo seguía su camino sin apurarse, y sobre el agua negra la luz amarilla del farol iba y venía, iba y venía, como una cuna.

  • Categoría B, ruta 26

    A las cuatro y diez de la mañana, Dayana Millalonco apagó el motor de la Fiorino al borde de la ruta 26, porque el viento había empezado a empujarle el auto de costado como quien te corre en una fila. Tenía diecisiete años, una licencia de conducir con la tinta todavía fresca y un termo de mate en el asiento de al lado, acostado y sujeto con el cinturón de seguridad.

    Delante, en la oscuridad, las cigüeñas del yacimiento subían y bajaban la cabeza, una detrás de otra, sin apuro, como si el viento fuera un asunto de los vivos. Olía a gasoil, a tierra mojada de ninguna lluvia y a las tortas fritas que su mamá había hecho a las diez de la noche, «por si acaso», sin preguntar para qué.

    Esperó a que la ráfaga pasara. Contó hasta cuarenta. Arrancó de nuevo.

    Esa tarde había aprobado el examen en el Centro de Comodoro, con un inspector que no le dijo una palabra en todo el circuito, salvo «estacioná ahí» y «bajá». Había salido con el papel en la mano y había querido llamar a su papá. Pero Ramón trabajaba de noche en el yacimiento, en el turno de las diez a las seis, y en el pozo donde lo habían mandado esa semana no había señal. «Ya se va a enterar», dijo la mamá. Dayana pensó que no. Que había cosas que no se podían contar por interpuesta persona.

    Así que esperó a que su madre se durmiera, agarró las llaves de la Fiorino, llenó el termo y salió con las luces bajas, como un ladrón de su propia casa.

    El camino era largo y derecho, y el viento lo volvía más largo todavía. Pasó por Diadema con las calles vacías y la cancha de fútbol a oscuras, y siguió por la ruta hasta el desvío de tierra. Ahí la entrada tenía una barrera de caño pintado de rojo y blanco, y un container con una luz amarilla adentro.

    Del container salió una mujer con campera reflectiva y un handy colgando del cuello. Se agachó junto a la ventanilla con una mano sosteniéndose el casco.

    —Acá no se puede pasar —dijo—. ¿Quién sos?

    —Dayana. La hija de Ramón Millalonco.

    —¿Pasó algo?

    —No. —Dayana tragó saliva—. Vine a verlo.

    La mujer la miró un rato largo. Tenía la cara quemada de viento, de esas caras que no hace falta preguntarles de dónde son.

    —Son las cuatro y media, nena. La barrera no se abre sin orden. Si es una emergencia, llamo. Si no, es el reglamento.

    —No es una emergencia.

    —Entonces es el reglamento.

    Dayana apoyó la frente en el volante. Pensó en dar la vuelta y se dio cuenta de que no podía: el tanque estaba justo para llegar, no para volver. La mujer, que se llamaba Silvia, según el cartelito, suspiró y señaló el container con la barbilla.

    —Pasá, que acá afuera te lleva el viento. Y traé eso, que algo de comer traés.

    Adentro había una estufa a gas que roncaba, un calendario de una gomería y una radio con un tango bajito. Silvia puso la pava. Dayana abrió el tupper de tortas fritas y la guardia, que decía que no comía de esas cosas, se comió tres. Tomaron mate en silencio, dos mujeres desconocidas a las que el mismo viento había juntado, mirando por la ventanita cómo la tierra se desprendía del suelo y cruzaba la luz del farol, en horizontal.

    —¿Y qué tiene de importante ese papel? —dijo Silvia, al rato.

    Dayana ni había notado que lo tenía apretado en la mano. Lo alisó contra la rodilla y lo puso sobre la mesa. Silvia lo leyó con los labios, despacio.

    —Categoría B —dijo—. Mirá vos. ¿Y te vino manejando?

    —Sí.

    —Con este viento.

    —Sí.

    Silvia se rio por la nariz, y no dijo más.

    A las seis menos diez el cielo se puso del color del acero. Se oyó el motor del colectivo del personal, que bajaba el camino de tierra con los faros bamboleándose, y Dayana salió al viento con el papel doblado en el bolsillo y el termo contra el pecho. El micro frenó junto a la barrera. Bajaron los hombres de a uno, con las caras sucias y los cascos en la mano, y entre ellos estaba el suyo: más flaco de lo que se acordaba, con la campera vieja, buscando con los ojos algo que no era ella.

    —Pa.

    Ramón se detuvo. Miró la Fiorino, miró a su hija, miró otra vez la Fiorino.

    —¿Quién te trajo?

    —Yo.

    —¿Cómo, vos?

    Ella sacó el papel. Él lo tomó con esas manos grandes y rajadas, que olían a grasa y a metal frío, y lo leyó dos veces, y después lo dobló en cuatro y se lo devolvió con mucho cuidado, como quien devuelve algo que podría romperse.

    —Hace falta que te lo firme alguien —dijo, serio.

    —No hace falta. Ya está firmado.

    —Ah. —Ramón se rascó la nuca—. Entonces me toca a mí invitarte con algo.

    —Tengo mate. Y tortas.

    —Tortas. —Los ojos le brillaron un poco—. Esa es tu madre.

    Se subieron los dos. Él quiso ir de acompañante, con el termo en la falda, y ella no dijo nada, pero puso la primera con las dos manos bien firmes. Salieron despacio hacia la ruta, con el sol naciendo a la izquierda, sobre la estepa, y el viento por fin empujando a favor.

    A los diez minutos Ramón ya dormía con la cabeza contra la ventanilla, el casco en el piso y la boca apenas abierta. Dayana manejó sin apuro hasta Comodoro, con el mate frío entre las rodillas y todas las cigüeñas del camino saludando a su paso, una detrás de otra, con la cabeza gacha, como si dijeran que sí.

  • El sol grave de Anselmo

    Ismael Gorosito sopló sobre la lengüeta como quien apaga una vela chica y la dejó caer en el platillo de latón, junto a las otras once. Eran las siete y diez de la tarde de un martes de abril, y desde el altillo de la avenida Boedo se oía el 24 frenando en la parada con ese suspiro de aire que a él le sonaba, desde hacía cuarenta años, a un fuelle viejo.

    En la mesa de trabajo, abierto como un pescado, estaba el bandoneón. Un Doble A del treinta y ocho, con las tapas de ébano un poco comidas en las esquinas y el nácar de los botones amarillo de tanta mano. Olía a cola caliente, a cuero de fuelle y a ese polvo dulce que sueltan los instrumentos cuando los abren después de mucho tiempo.

    —¿Y? —dijo Lucía, desde la silla del rincón, sin levantar los ojos del celular.

    —Y nada. Falta una.

    Lucía tenía quince años y los zapatillones de él. Es decir, de su abuelo, Anselmo Ferraris, que había tocado en orquestas de barrio, en bailes de club y en alguna que otra milonga de sótano, y que había dejado el bandoneón en un cajón de pino, con una nota escrita a lápiz sobre la tapa: «Que lo afine Gorosito. Nadie más.» Ismael la había leído de pie, con el sombrero en la mano, y había dicho que sí antes de pensarlo.

    Hacía tres semanas de eso. Había cambiado las vejigas del fuelle, repuesto las válvulas, reparado dos teclas que se quedaban pegadas. Había afinado ciento cincuenta y tres lengüetas, una por una, con la lima fina y la paciencia que se aprende solamente de viejo. Quedaba una sola, en el lado izquierdo, un bajo que sonaba apenas más abajo de donde tenía que sonar.

    —Tocalo así nomás, nena. Nadie se va a dar cuenta.

    —Se va a dar cuenta él —dijo Ismael.

    —El abuelo está muerto.

    —Ya sé.

    Lucía levantó la vista por primera vez. Ismael no la miró. Agarró la lengüeta rebelde con la pinza y la acercó a la lámpara. Estaba gastada en la punta, brillante, con una raya finita de óxido que la había ido alejando de su nota año tras año.

    —Cuando tu abuelo vino a verme por primera vez, en el setenta y nueve, me trajo este mismo bajo roto —dijo—. Se le había partido tocando un domingo en un casamiento de Parque Patricios. Yo tenía veinticuatro años y no sabía nada. Se la arreglé mal. Me hizo volver a hacerla. Se la arreglé mal otra vez. A la tercera salió, y me dijo: «Ahora sí, pibe. Pero fijate que es la nota de mi vieja.»

    —¿La nota de la bisabuela?

    —La tarareaba cuando lavaba los platos, decía él. Un sol grave. Siempre la misma.

    Afuera pasó una moto y el vidrio del altillo vibró. Ismael apoyó la lima sobre la lengüeta y dio tres pasadas cortas, casi sin presión. Probó con el soplido. Nada: seguía baja. Dos pasadas más. Volvió a soplar. Una vibración finita, temblona, que subía desde el fondo.

    —Falta un pelo —murmuró.

    —¿Un pelo de qué?

    —De metal. Si me paso, no hay vuelta atrás. La lengüeta se acorta y se acabó.

    Lucía bajó el celular. Se acercó a la mesa con las manos en los bolsillos de la campera, y por primera vez Ismael vio en ella algo de los hombros de Anselmo, esa manera de ladear la cabeza para escuchar mejor.

    —¿Y si no sale?

    —Se cambia por una nueva. Suena bien. Suena parecido.

    —Pero no igual.

    —No igual.

    Ismael cerró los ojos. Se acordó de la cocina de una casa de Boedo que nunca había pisado, de una mujer que lavaba platos y tarareaba, de un hijo que la escuchaba desde la mesa con los deberes sin hacer. Tal vez se lo había inventado él. Tal vez Anselmo se lo había contado mejor. No importaba: la nota estaba ahí, esperando, y lo único que tenía que hacer era no apurarse.

    Una pasada. Una sola, más suave que una caricia.

    Sopló.

    El sol grave llenó el altillo, redondo y tibio, y se quedó vibrando unos segundos en el aire, entre las herramientas colgadas y el olor a cola. Lucía no se movió. Ismael abrió los ojos y vio que ella tenía la boca apenas abierta, como cuando uno está por decir un nombre y se arrepiente.

    —Es esa —dijo ella, bajito.

    —Es esa.

    Armó el lado izquierdo con cuidado, ajustó los tornillos de las tapas y le acercó el instrumento. Pesaba más de lo que Lucía esperaba; se le notó en los brazos. Ismael le acomodó las correas sobre las piernas, le abrió un poco los dedos sobre los botones.

    —No sé tocar —dijo ella.

    —Todavía no. Abrí.

    Lucía abrió el fuelle despacio. Cerró. Abrió. El instrumento respiró, crujió, largó un acorde disparejo que no era de ningún tango. Se rió, nerviosa, y Ismael también.

    Abajo, en la esquina, el subte escupía gente por la boca de la estación y las luces del bar se prendían una por una. Ismael juntó las doce lengüetas del platillo, las guardó en un sobre de papel madera y escribió con lápiz sobre la solapa: «Anselmo. Abril.»

    —¿Cuánto te debo? —preguntó Lucía.

    —Volvé el sábado con el instrumento. Te enseño a respirarlo.

    —¿Eso es todo?

    —Eso es todo.

    Ella bajó las escaleras con el cajón de pino contra el pecho, de a un escalón por vez, y desde la ventana Ismael la siguió con la vista hasta la esquina. La vio detenerse bajo el farol, apoyar el cajón en el cordón y abrirlo un poquito. Solo un poquito. Lo justo para que el fuelle largara, en plena avenida, entre los colectivos y el apuro de las siete y media, un solo sol grave, tibio, que se oyó hasta arriba.

  • La baldosa de Rosa

    Rosa Mainardi bajó de la camioneta de su nieto en el lugar donde terminaba el asfalto y se quedó mirando los eucaliptos. Eran troncos, mejor dicho: palos blancos, pelados, clavados en la costra de sal como si alguien hubiera dejado a medio plantar un bosque de huesos. Hacía un viento seco del sudoeste, y con el viento llegaba ese olor que no se parece a ningún otro, entre mineral y dulzón, a barro viejo que se secó al sol.

    —¿Es por acá, abuela? —preguntó Joaquín, que tenía veintidós años y había aceptado el viaje desde Carhué con la condición de volver antes del mediodía.

    —Es por la avenida Colón. Esperá, que me oriento.

    No se orientó enseguida. Hacía treinta y nueve años que no pisaba Villa Epecuén, y las últimas veces que la vio fue por televisión, bajo el agua, con un techo de chapa asomando como el lomo de un bicho. Ahora el lago se había retirado y había dejado el trazado de las calles dibujado en blanco. Se veían los cordones. Se veía una escalera que subía a ninguna parte. Se veía un Rastrojero oxidado, sin ruedas, con el capó abierto, y más allá, desparramadas, las paredes del viejo frigorífico sin techo y sin nada.

    Rosa caminó despacio, con el bastón de aluminio que odiaba y la bolsita de lona colgada del hombro. Adentro llevaba un termo, dos facturas y un clavo.

    —¿Para qué es el clavo? —dijo Joaquín.

    —Para nada. Lo traje por si acaso.

    En el verano de 1971 ella tenía diecinueve años y trabajaba en los baños de barro de un establecimiento de la avenida, a media cuadra de la estación. Ayudaba a las señoras que venían de Rosario, de Bahía Blanca, de Capital, a meterse en las tinas de agua salada y a salir de ellas, envueltas en toallas pesadas, entre risas y quejidos. Las curas eran de veintiún días. Muchas volvían todos los años y le llevaban de regalo un pañuelo o una caja de alfajores. Ella aprendió a tomarle el pulso al agua con el codo, como una madre, y a distinguir a las que venían por el reuma de las que venían por la pena.

    Un día de febrero, esperando que se enfriara una tina, se agachó en el cuarto del fondo y con un clavo rayó sus iniciales en una baldosa, la quinta contando desde la pared, la de debajo de la ventanita. R. M. Y abajo, más chico: 71. No supo por qué. Después pensó que había sido para dejar algo suyo en un lugar donde todo el mundo pasaba de paso.

    Eso quería ahora. Verla una vez, nada más. No sabía qué iba a hacer después.

    Pasaron la mañana buscando. Joaquín, que al principio miraba el celular, terminó caminando adelante y levantando la vista cada tanto, como quien aprende un idioma. Encontraron la estación, o lo que quedaba: un andén largo, de cemento agrietado, con las vías sepultadas de sal. Encontraron el hotel grande, los muros altos y rotos, las ventanas sin vidrios y sin marcos. En un rincón crecía un yuyo verde, uno solo, entre dos ladrillos, y Rosa lo señaló con el bastón.

    —Mirá. Eso sí que es terco.

    —Como vos.

    —Como yo.

    A las once y media ya no sabía bien dónde estaba. Los edificios del recuerdo no coincidían con los de la ruina; todo había cambiado de tamaño, de color, de lugar. Se sentó en un trozo de pared con el termo y le sirvió un mate a su nieto, que lo tomó con cara de no querer, y lo tomó entero.

    —Capaz que ya no está, abuela —dijo, bajito—. Veinte años bajo el agua.

    —Capaz.

    —¿Y entonces?

    Rosa miró hacia la costa del lago, donde el agua brillaba lejos, quieta, sin culpa. Pensó en las señoras, en las tinas, en el codo metido en el agua tibia. Pensó que había dejado de contar la edad que tenía el día que su marido murió, y que los que se quedan sin pueblo aprenden a tener la casa en la cabeza, entera, con el patio y la cocina, y a vivir en ella los domingos.

    —Entonces nada —dijo—. Entonces vine.

    Se levantó. Caminaron unos metros más, ya sin buscar, y fue Joaquín el que se detuvo junto a un cuadrado de paredes bajas, con un piso de baldosas grises cubierto de sal como de escarcha. Había una ventanita angosta, sin vidrio, mirando al lago.

    —Abuela.

    Ella contó desde la pared: una, dos, tres, cuatro, cinco. Se arrodilló, con un quejido, y pasó la mano abierta sobre la baldosa para barrer la sal. Abajo, finitas, torcidas, apenas hondas, aparecieron dos letras y dos números.

    Se quedó un rato así, con la palma apoyada. La baldosa estaba fría y áspera, y tenía un poco del sol de la mañana.

    —¿Querés que la saquemos? —dijo Joaquín—. Tengo una pala en la camioneta.

    Rosa sacó el clavo de la bolsa, lo miró, lo volvió a guardar.

    —No. Que se quede donde la puse.

    Le pidió el brazo para pararse. Antes de irse volvió a cubrir la baldosa con un puñado de sal, despacio, como se tapa a un chico dormido, y el viento, que no había parado en toda la mañana, terminó el trabajo.

  • El lapacho debajo

    A las once de la noche el barbacuá todavía no había dicho nada, y Ezequiel Ayala, que tenía dieciséis años y llevaba cuatro horas sin sentarse, empezó a desconfiar del silencio. Un fuego bien llevado crepita. Este solo respiraba.

    El secadero quedaba a dos kilómetros de la ruta, entre yerbales y un monte de laurel que en enero chorreaba humedad. Adentro, el galpón de chapa guardaba el calor como una olla tapada. Arriba, sobre el entramado de tablas, estaba la hoja verde de la zafriña de verano, la que se corta cuando todo el mundo ya dejó de contar los raídos, y abajo, en la boca del horno, estaba él, con una pala, un balde de agua y la camisa pegada a la espalda.

    Su padre llevaba catorce años de foguista en ese secadero. Hasta el jueves. Un tronco mal apoyado, un tobillo torcido para el otro lado, un yeso hasta la rodilla. El capataz, don Aníbal Sena, había mirado al pibe de arriba abajo y había dicho: «Alguien tiene que cuidar el fuego. La hoja no espera.»

    No esperaba. Eso lo sabía todo el que había nacido en Misiones, aunque nadie lo explicara nunca: la hoja cortada se oxida si la dejás, se pone negra, se pierde. Entre el corte y el fuego no pasa un día. Por eso a las cuatro de la tarde había llegado el camión con las ponchadas, los raídos atados por las cuatro puntas, cien kilos cada uno, y por eso a las ocho, con el sapecado hecho, había empezado la noche larga.

    —¿Cómo va? —gritó Mabel desde arriba. Era la que repartía la hoja sobre las tablas con un rastrillo de madera, de pie sobre una pasarela angosta, con un pañuelo atado en la frente.

    —Bien.

    —Mentiroso. Se oye que está débil.

    Ezequiel miró la brasa. Tenía razón. Su padre, cuando el fuego se ponía así, no hacía nada que se viera: movía un leño, uno solo, a un lado, y el horno cambiaba de voz. Pero él había mirado ese gesto mil veces sin entenderlo. Ahora tenía el leño en la mano y no sabía cuál.

    Probó con el más grueso. El fuego se achicó y largó humo blanco, ese humo agrio que se mete en las yerbas y las arruina. Arriba, Mabel dejó de rastrillar.

    —Ezequiel.

    —Ya sé.

    —No me digas ya sé. Sacalo. Ese no.

    Lo sacó con la pala, con las manos quemadas por el borde de la chapa, y lo tiró afuera, donde se apagó en el barro con un chistido. Se quedó parado en la puerta del galpón, mirando la noche. Llovizna fina. Ranas. Un perro lejano. Dentro, la hoja seguía ahí, sin saber que dependía de él.

    Ahí pensó en llamar a su padre. Tenía el celular en el bolsillo, con una raya de señal que aparecía y desaparecía junto al tanque de agua. Sabía que si llamaba, el padre iba a venir cojeando, con el yeso y la cara de siempre, y se iba a sentar en el cajón y a decir tres palabras. Y la yerba se iba a salvar. Y Ezequiel iba a pasar el resto de la vida siendo el hijo que había llamado.

    Guardó el teléfono.

    Volvió adentro. Se acuclilló frente a la boca del horno y, por primera vez desde las ocho, dejó de mirar el fuego como un enemigo. Lo miró como lo miraba su padre, de costado, medio distraído, casi sin interés. Y entonces lo vio: en el fondo, a la izquierda, había un leño de lapacho que ardía parejo, y a su derecha dos eucaliptos que se habían apagado a la mitad y estaban sosteniendo la brasa sin aportar nada.

    Sacó uno de los eucaliptos y lo puso encima del lapacho.

    El horno cambió de voz. Fue un cambio mínimo, una especie de suspiro, y después un crujido seco, limpio, de leña que prende. El calor le subió por la cara. Arriba, en las tablas, se escuchó el rastrillo de nuevo.

    —Eso —dijo Mabel, sin gritar.

    A las tres de la mañana se quedó dormida contra un poste, sentada en un banquito, con el pañuelo caído sobre un ojo. A las cuatro llegó don Aníbal con un termo y una bolsa de bizcochitos, y no dijo nada, ni siquiera preguntó. Se agachó, miró el horno, metió la mano abierta en el aire a veinte centímetros de la brasa y la sacó enseguida.

    —¿Quién te enseñó a poner el lapacho abajo? —dijo.

    —Nadie.

    —Entonces tenés mano. —Le alcanzó el mate—. Tu viejo tardó dos temporadas.

    Ezequiel agarró el mate con las dos manos. Estaba amargo y hirviendo, como tenía que estar. Lo tomó mirando cómo el humo, ahora liviano, subía por entre las tablas y se perdía arriba, en la oscuridad del techo, llevándose el olor a hoja cruda y dejándole otro, más hondo, que ya conocía de la ropa de su padre, de la mesa de su casa, de todos los inviernos de su vida.

    Cuando amaneció, el aire del galpón olía a yerba. Recién entonces Ezequiel se dio cuenta de que no se había sentado en toda la noche, y que no le importaba, y que afuera, entre los árboles mojados, alguien venía cojeando por el camino de tierra con un bastón improvisado y una sonrisa que no quería mostrar.

    Se limpió las manos en el pantalón. Todavía le temblaban un poco. Puso un leño nuevo en el fuego, uno solo, a un costado, y el horno le contestó.

  • El hombro de Candela

    Mirta Oyarzábal soldó la última varilla del espaldar a las nueve y cuarto de la noche, con el galpón de la calle Estrada todavía tibio de todo el calor del día y el olor a flux y a silicona derretida pegado a las chapas. Era diciembre, la época en que los turnos de ocho horas se volvían una idea abstracta, y a su alrededor treinta personas pinchaban plumas, pegaban lentejuelas y discutían a los gritos por un tono de azul.

    Tenía sesenta y siete años. Hacía treinta y uno que soldaba espaldares, esas estructuras de hierro finísimo que los bailarines cargan sobre los hombros por el Corsódromo, y hacía dos que le habían dicho, con mucho cariño y ningún margen, que ya estaba grande para el galpón. Se había quedado de todos modos. Nadie se lo había prohibido. Barría, cebaba mate, miraba.

    —Mirta, ¿ese es el de la Cande? —preguntó Ramiro, el pibe nuevo, señalando la estructura que había quedado apoyada en el caballete.

    —Es el de mi nieta. Y no lo toques.

    —Si ya lo hizo Gustavo. Ayer lo terminó.

    —Lo hizo Gustavo —dijo Mirta—. Y lo voy a rehacer yo.

    Ramiro abrió la boca para decir algo y la cerró. Había aprendido que con Mirta convenía contar hasta tres.

    El problema era simple y nadie lo veía. Candela, catorce años, iba a salir por primera vez entre los bailarines de la comparsa, y el espaldar que le habían armado estaba bien calculado en papel: veintiocho kilos, el límite de lo razonable, distribuidos sobre una cintura de arnés. Pero Mirta la había visto probárselo el domingo y había notado que la nena, al girar, apretaba el hombro izquierdo contra la correa. Medio centímetro. Una cosa de nada. Pero con veinte minutos de desfile y tres vueltas de pasarela, medio centímetro era un moretón, y después una llaga, y después una nena que sonreía con los dientes apretados.

    Tomó la amoladora, se puso los lentes y cortó la varilla del lado izquierdo por la base.

    Las chispas salieron en abanico. En el otro extremo del galpón alguien silbó. Mirta no levantó la cabeza. Con las pinzas sacó la pieza, la dejó enfriar sobre el yunque y la miró como se mira un diente que hay que reemplazar. Ahí estaba lo que sabía y no podía explicar: el hierro fino, de ese espesor, no se dobla con una máquina. Se dobla con la mano, con la rodilla, con el peso del cuerpo, escuchando. Cuando cede, hace un ruido sordo, casi un suspiro, y ese es el ángulo.

    Gustavo apareció a las diez menos diez, con el casco colgado del brazo, y se quedó parado detrás de ella.

    —Me dijeron que desarmaste el espaldar.

    —Un poquito.

    —Mirta, falta una semana para el ensayo general.

    —Falta una semana para que ensaye ella, y yo todavía no sé cómo le queda. —Se dio vuelta con el hierro en la mano—. Mirá. Vos lo calculaste perfecto. Pero la nena no es un cálculo. Tiene un hombro más caído que el otro, igual que su abuelo.

    Gustavo, que era hijo de un compañero suyo de los primeros años y la conocía desde que usaba pantalones cortos, no discutió. Agarró un banquito, se sentó y dijo:

    —Enseñame.

    Mirta lo miró un buen rato. Después le alcanzó los guantes.

    Trabajaron hasta pasadas las once. Ella le mostraba cómo apoyar el hierro contra el borde del banco, cuánta fuerza dejar para el final, cómo escuchar el momento justo. Gustavo se equivocó dos veces y la tercera acertó, y el hierro hizo el ruido que tenía que hacer. Mirta no dijo nada. Hizo un gesto con el mentón, de los que valen más que un discurso.

    Soldaron la pieza juntos. Ella marcó los puntos, él sostuvo, ella dio el arco. Cuando terminaron, el espaldar tenía una curva apenas distinta de la del plano, que solo se notaba si uno sabía dónde mirar.

    El sábado, el primero de la temporada, Mirta no se quedó en el galpón. Compró la entrada como cualquiera y se sentó en la tribuna, entre desconocidos que comían choripán y se abanicaban con el programa, con la noche de enero cayendo pesada sobre el Corsódromo y las luces recortando la vieja estación de trenes que había sido todo eso antes de ser pasarela.

    Cuando salió la comparsa, tardó en encontrarla. Los trajes se confundían, las plumas se movían como una sola cosa. Pero en la segunda vuelta, en la curva, vio a una piba que giraba con el brazo extendido y la espalda cargada de plumas azules, y el hombro izquierdo no se le iba a ningún lado. Giraba entera, sin apretarse, sin medir, como si el peso no existiera.

    Mirta se quedó mirando. El de al lado le ofreció un pedazo de chorizo y ella lo aceptó sin darse cuenta.

    Abajo, en la pasarela, Candela pasó frente a la tribuna y levantó la cabeza como buscando a alguien. No la encontró. No importaba. Siguió bailando.

    Mirta se tocó el hombro izquierdo con la mano derecha, despacio, como se toca algo que ya no duele.

  • El pito de las seis

    A las cinco y diez de la tarde, con el humo dulce de la chimenea del ingenio bajando sobre los techos de chapa de Famaillá, Teófilo Roldán se sentó en el cordón de la vereda de la calle Lavalle y se puso el sombrero sobre las rodillas. Tenía setenta y ocho años. Durante treinta y uno había tirado de la cuerda del silbato del ingenio tres veces por día: a las seis, a las dos y a las diez. Hacía nueve años que se había jubilado y todavía se despertaba a las cinco y cuarenta, con las manos cerradas sobre una soga que no estaba.

    Desde hacía unos años el pito sonaba solo. Lo habían conectado a una llave eléctrica con un reloj, y el sonido salía más parejo, más fino, sin el temblor que le daba el vapor cuando la presión estaba baja. A Teófilo no le molestaba. Lo que le molestaba era que nadie le hubiera preguntado qué iba a hacer con el brazo.

    —Abuelo, ¿por qué te sentás en el suelo? —dijo Luciana, que tenía nueve años, que había llegado de San Miguel con la mochila rosa y que miraba la cuadra con la desconfianza de quien visita un pueblo por obligación.

    —Para escuchar mejor.

    —¿Qué?

    —Esperá.

    Faltaban veinte minutos para el cierre de la molienda de ese día. Era el último fin de semana de octubre y la zafra se estaba terminando: los camiones con los acoplados cargados de caña ya no hacían fila frente a la báscula, los peladores que habían llegado de Santiago del Estero y de Catamarca habían empezado a juntar sus cosas en las piezas de la colonia, y en el aire flotaba ese cansancio liviano de los pueblos que trabajan seis meses a un solo ritmo. Teófilo conocía cada capa de olor: la caña quemada en los surcos, la melaza tibia, el aceite de las turbinas, el pan que Doña Aurelia sacaba del horno de barro de la esquina.

    —¿Y para qué querés que escuche?

    —Para que sepas cómo era.

    —Ya sé cómo es. Suena fuerte.

    —No es lo mismo —dijo Teófilo, y no supo explicarlo. Lo habían operado de la cadera dos veces. No estaba para explicar.

    Se levantó con una mano en la rodilla y la otra en el hombro de la nena y caminó con ella hasta el portón lateral de la fábrica, el que daba al galpón de las calderas. Ahí seguía Nolasco, el sereno, con el mate en la mano y la radio baja, contando los camiones que salían.

    —Don Teófilo. ¿Qué hace por acá?

    —Vengo a mostrarle algo a la nena. Diez minutos nada más, Nolasco.

    Nolasco lo miró, miró a la nena, miró el reloj de la garita. Después se acomodó la gorra.

    —Si pasa algo, yo no lo vi.

    El silbato original seguía en el techo de la sala de máquinas, tapado por una lona, al lado del tubo nuevo. Se subía por una escalera de hierro de catorce escalones que Teófilo conocía de memoria. Subió despacio, con Luciana adelante, y a mitad de camino tuvo que parar y apoyar la frente contra el pasamanos. El metal estaba frío. Abajo se veía la playa de carga, los últimos acoplados, un perro durmiendo sobre un pallet.

    —Abuelo, ¿estás bien?

    —Estoy contando.

    —¿Qué contás?

    —Los escalones. Siempre eran catorce. Hoy me parece que son más.

    Arriba el viento levantaba las puntas de la lona. Teófilo la corrió. El silbato estaba ahí, de bronce, ennegrecido, con una cadena que colgaba de una palanca y una válvula de vapor que alguien había engrasado hacía poco. Se dio cuenta de que lo mantenían. Que en ese pueblo nadie lo había tirado, aunque ya no lo usaran.

    —Esto era mío —dijo, y le dio vergüenza lo bajo que lo dijo—. No mío. Quiero decir que lo manejaba yo.

    —¿Y suena?

    —Si le sacás el aire de adentro, sí.

    Sacó del bolsillo del pantalón un trapo viejo y limpió la palanca. Eran las cinco y cuarenta y cinco. En la sala de máquinas, la presión de la caldera estaba lo bastante alta, como siempre a esa hora, como si el pueblo esperara.

    —Mirá. Yo no soy de hablar. Pero cuando tu abuela estaba en el hospital, el año que se enfermó, yo estaba acá arriba a las seis de la mañana. Y a las seis tiraba. Y ella lo oía desde la cama, porque la ventana daba para este lado. Me lo dijo después. Dijo que cuando oía el pito sabía que yo estaba vivo y que ella también.

    Luciana no dijo nada. Miró el silbato, después a él.

    —¿Lo vas a tocar?

    —No sé si puedo. Hace nueve años que no.

    —Yo te ayudo.

    La nena puso las dos manos sobre las de él en la cadena. Eran manos chicas, con una pulsera de hilo en la muñeca y restos de esmalte verde en una uña. Teófilo sintió el peso de la palanca, la resistencia justa, el momento exacto en que el metal se afloja y deja pasar. Tiró.

    El pito salió ronco, largo, con un temblor al final que no tenía ninguna máquina eléctrica. Sonó sobre los techos, sobre los cañaverales ya pelados, sobre la estación de tren y el almacén de Don Quiroga, sobre las piezas de la colonia donde los hombres levantaron la cabeza. Un perro ladró. Alguien, en algún patio, aplaudió dos veces, como se aplaude un buen gol de potrero.

    Nolasco los esperaba al pie de la escalera con los brazos cruzados y una expresión que no era de reto.

    —Dos minutos antes de hora —dijo—. Voy a decir que se adelantó el reloj.

    A la noche, Luciana se quedó dormida en el sillón con la mochila rosa todavía en las piernas. Teófilo apagó la luz de la cocina y se asomó a la ventana, la que daba para el lado de la fábrica. El pueblo estaba callado. A las diez en punto, el pito eléctrico sonó parejo y fino, sin temblor. Teófilo lo escuchó entero, hasta el final. Después abrió y cerró las manos, una vez, como quien suelta una soga, y se fue a dormir.

  • Cuatro pasos en la quinta baldosa

    Aldo Pereyra pasó la mopa por la línea de tres puntos a las ocho y diez de la noche, con la persiana del buffet todavía a medio bajar y el olor a kerosén de la estufa mezclado con el de las empanadas de carne que Mabel de la cocina sacaba de la bandeja. Era sábado. En el gimnasio del Club Social y Deportivo Quesada, en Villa Urquiza, los tableros seguían colgados en las puntas y las líneas blancas del básquet seguían ahí, bajo las baldosas, como los renglones de un cuaderno viejo. Dentro de dos horas esa cancha iba a ser una pista.

    Hacía veintidós años que Aldo preparaba el piso. Barría, pasaba el trapo húmedo, después el seco, y acomodaba las sillas de fierro alrededor de las mesas con los manteles de papel. Sabía qué baldosa estaba floja, la quinta desde el arco norte, y qué parte de la pista se ponía resbaladiza cuando llovía y la gente entraba con los zapatos mojados. Sabía quién se sentaba dónde. Nunca había bailado un tango.

    —Aldo, el piso está como un espejo —le dijo Mabel desde la barra, limpiándose las manos en el delantal—. Dejá de pasarle la mopa, que se lo vas a gastar.

    —Falta ahí, en el medio.

    —No falta nada. Vení a comer algo.

    Se sentó en la punta de la barra con una empanada y un vaso de soda. Por la puerta del pasillo empezaban a entrar los primeros: un señor de traje oscuro con el pañuelo de seda en el bolsillo, dos señoras con el pelo recién hecho y las bolsas de los zapatos en la mano, un muchacho que había bajado del 110 y todavía no se había sacado las zapatillas. Se saludaban con un beso y con el nombre de pila, como en un patio.

    Entre los últimos llegó Elena Suárez, con el abrigo gris y los zapatos de taco bajo envueltos en un repasador. Siempre se sentaba en la mesa de la columna, la tercera desde la entrada, y siempre pedía un agua sin gas. Había enviudado hacía dos años. Antes venía con el marido, un hombre alto y calvo que bailaba con los ojos cerrados y que, cuando terminaba la tanda, le acomodaba la silla antes de sentarse él.

    Aldo la miró pasar. Lo hacía todos los sábados, sin que nadie se diera cuenta, y esa noche se dio cuenta de que ya no quería mirar nada más.

    Quería sacarla a bailar una sola vez. No una tanda, una sola pieza, la que fuera. Y no tenía idea de cómo se empezaba.

    A las once y diez, cuando la orquesta grabada soltó los primeros compases de una de Di Sarli y la pista se llenó de a poco, de parejas que se acomodaban sin apuro, Aldo estaba parado junto a la puerta con las manos en los bolsillos del jardinero. Elena seguía sentada. Un caballero se le acercó, ella lo miró, negó con la cabeza, sonrió. Hacía dos años que decía que no.

    Aldo cruzó el borde de la pista como se cruza una calle con tránsito. Llegó a la mesa de la columna y se le trabó la voz.

    —Señora. Yo no sé bailar.

    Elena levantó la vista. Tenía los ojos claros, cansados, atentos.

    —Aldo. El del piso.

    —Sí.

    —¿Y entonces?

    —Y entonces nada. Quería… —se miró los zapatos de trabajo, con los cordones gastados— quería saber cómo es.

    Ella lo estudió un segundo largo. Después se levantó, se puso los zapatos que traía en el repasador y le tendió la mano.

    —Venga. Pero acá no, que acá se choca. Venga al fondo.

    Lo llevó hasta el costado de la cancha, donde terminaba la pista y empezaba la línea de lateral, a la sombra del tablero. Desde ahí se veía todo el salón: los pies que se deslizaban sin ruido, las polleras que giraban un cuarto de vuelta, las espaldas rectas de los hombres.

    —Primero se camina —dijo Elena—. Eso es todo el secreto y es lo más difícil. Ponga la mano acá. No, no apriete, que no me lleva de una soga. Yo apoyo, usted piensa que va a ir para adelante, y voy yo con usted.

    —¿Y si me equivoco?

    —Se equivoca. Acá se equivocan todos, solo que los buenos se equivocan en el tiempo justo.

    Dieron un paso. Aldo pisó una baldosa, la quinta desde el arco norte, la floja, y sintió el leve hundimiento bajo la suela. Elena no dijo nada. Dieron otro. Era raro: durante veintidós años había recorrido ese piso de rodillas, con un trapo, y nunca lo había caminado así, mirando hacia arriba, con alguien que le respondía al peso del cuerpo como una balanza.

    Sonaba una milonga cuando consiguieron cuatro pasos seguidos sin tropezar. Elena se rió, una risa corta y sorprendida que él no le había oído nunca.

    —Eso. Eso es.

    —¿Eso es bailar?

    —Eso es caminar. Bailar viene después, si usted quiere. Pero cuatro pasos juntos ya son algo.

    No hubo aplausos ni nadie se dio vuelta. Un señor pasó rozándolos, saludó con un movimiento de cabeza y siguió su camino, y Aldo entendió que en ese lugar nadie miraba a nadie con otro propósito que el de no chocarlo, y que eso era una forma de respeto.

    Al final de la tanda Elena le soltó la mano, le agradeció con la inclinación de cabeza que se les da a los compañeros de pista y volvió a su mesa, a su agua sin gas. Aldo se quedó parado en la línea del lateral, con la cara caliente.

    Cuando el salón se vació, a las tres de la mañana, Mabel apagó las luces del buffet y él agarró la mopa. Recorrió la pista de punta a punta, despacio, y en la quinta baldosa desde el arco norte se detuvo. Apoyó el palo contra el tablero, tomó aire, levantó los brazos como quien sostiene a alguien que ya no está, y caminó el largo de la línea blanca, uno, dos, tres, cuatro pasos, hasta que terminó la cancha.

  • Papel de seda

    Amelia Quinteros desenrolló el papel de seda sobre la mesa de la ramada y lo alisó con el canto de la mano, como se alisa una sábana. Eran las siete y diez de la mañana de un jueves de enero, y bajo los sauces todavía había una sombra azul que olía a tierra mojada. Del canal llegaba el ruido corto del agua pasando por la compuerta, y más lejos, entre las filas de peras, el motor del tractor que arrastraba los bins vacíos.

    Hacía treinta y un años que embalaba en la chacra de los Zúñiga, en las afueras de Cipolletti, y hacía cuatro que no embalaba nada. Desde la temporada de la rodilla, el galpón de empaque de la ruta le quedó lejos, y la ramada, que antes era el lugar donde la fruta se vestía para salir, se volvió un depósito de escaleras y mangueras viejas.

    Esa mañana la había limpiado ella sola. Había barrido las hojas de sauce, había lavado la mesa con lavandina y había traído de su casa un rollo de papel de seda que guardaba desde la última vez, medio amarillo en las puntas.

    —¿Qué hacés acá, tía? —dijo una voz.

    Era Nicolás, el hijo de Zúñiga, de veintipico, con la gorra para atrás y una planilla en la mano. Venía de controlar la cosecha de Williams, que había empezado esa semana.

    —Embalo —dijo Amelia.

    —Pero si la fruta va toda al galpón. Hay una máquina que calibra, que clasifica, que…

    —Ya sé lo que hay. Traeme un cajón de la de adelante, la del monte viejo. Y una caja de cartón de las de antes, si queda alguna.

    Nicolás la miró un rato, se rascó la nuca y se fue. Volvió a los diez minutos con un cajón de peras recién cortadas, todavía frías, con ese verde apagado y la piel áspera de la Williams cuando recién sale del árbol. Atrás venía arrastrando una caja de cartón con la tapa doblada. Quedaba una, en el fondo de un estante, con la marca de una empacadora que ya no existía.

    —Es la última —dijo—. Mi viejo las guardaba para no sé qué.

    —Para esto —dijo Amelia.

    Se sentó. Agarró la primera pera con la mano izquierda y con la derecha tomó un cuadrado de papel de seda. Hizo lo que había hecho cien mil veces: la apoyó en el centro, levantó las cuatro puntas, las retorció con un giro de muñeca que ya no necesitaba pensamiento, y la acostó en la caja con el cuello hacia arriba. La pera quedó envuelta como un regalo. Agarró otra. Después otra.

    Las manos se acordaban. Eso era lo raro y lo bueno. La rodilla dolía, la espalda se quejaba, pero los dedos iban solos, y entre una pera y otra Amelia fue recuperando algo que no sabía que se le había ido: el ritmo. Uno, dos, tres. Papel, giro, caja. En el galpón ese ritmo se perdía entre el ruido de la cinta; acá, bajo los sauces, se oía entero.

    Nicolás no se había ido. Se había quedado de pie, con la planilla colgando.

    —¿Y para quién es esa caja?

    —Para nadie. Para que quede hecha.

    —¿Y si te ayudo?

    —Si me ayudás, la hacés mal.

    —Enseñame.

    Amelia levantó los ojos. Lo pensó. Después empujó el rollo de papel hacia el otro lado de la mesa.

    —Sentate. Tomá la pera del cuello, no del cuerpo. La piel se marca con el dedo y a los dos días ya tiene una mancha. Agarrala como si fuera un pajarito.

    Nicolás se sentó. La primera le salió torcida, con el papel arrugado de un costado. La segunda se le rompió. A la tercera se rió solo, y Amelia le corrigió el giro: más suave, más corto, como si cerraras una puerta que no querés que golpee.

    Pasó una hora. El sol corrió la sombra de los sauces hasta el borde de la mesa. El tractor se detuvo y volvió a arrancar. Un camión pasó por el camino de tierra dejando un polvo fino que quedó flotando en la luz. Del canal subía todavía el olor a agua de riego, ese olor a hierro y a barro tibio que Amelia reconocería en cualquier parte del mundo.

    Cuando la caja estuvo llena, con tres filas parejas y las peras apretadas sin apretarse, Nicolás se echó para atrás en el banco.

    —Qué lento es esto —dijo.

    —Muy lento.

    —¿Y por qué lo hacían así?

    —Porque cada pera iba a llegar a alguien. Y a esa gente no la veíamos nunca, pero sabíamos que la iba a agarrar con las dos manos.

    Nicolás miró la caja. Pasó el dedo por una de las puntas de papel retorcido, con cuidado.

    —Se la voy a llevar a mi mamá.

    —Llevásela —dijo Amelia—. Pero primero tapala bien.

    Doblaron las solapas juntos. Amelia pasó la palma por el cartón, de punta a punta, como cuando se alisa algo para dejarlo listo. Después se levantó, despacio, apoyándose en la mesa, y guardó el rollo de papel en la bolsa.

    —¿Te lo dejo? —preguntó.

    —Dejalo.

    Lo sacó otra vez, lo apoyó en el borde de la mesa, y lo dejó ahí, con la punta amarilla asomando, bajo los sauces, donde el agua seguía sonando.