A las once y media del sábado, Marisa Cafiero ya llevaba dos horas en el Aula-Cocina del Museo del Puerto, con el delantal manchado de tomate y la olla grande al fuego. Afuera, sobre la calle Torres, soplaba el viento del sudoeste y traía desde las cerealeras ese olor a grano tostado que en Ingeniero White nadie nota, igual que nadie nota su propio apellido.
Probó la salsa con la cuchara de madera. Le faltaba algo. Le faltaba desde marzo.
Era la salsa de su abuela Nunzia, la que había llegado en barco con una valija de cartón y un frasco de conserva envuelto en una media. Marisa la hacía todos los sábados para la mesa de la colectividad, donde se juntaban unos cuarenta a comer fideos y a discutir de fútbol y de cuotas. Tenía la receta anotada en un cuaderno de tapas duras: tomate, cebolla, una hoja de laurel, una cucharada de azúcar, aceite del bueno, paciencia. Hacía todo lo que decía el cuaderno. Y el sábado anterior, don Aníbal, que tenía ochenta y nueve años y todavía iba al puerto a mirar los barcos, había comido tres platos sin decir una palabra. Eso, en él, era un velorio.
—¿Le pongo más sal? —preguntó una voz a su lado.
Era Nahuel, un chico de trece años que la escuela había mandado esa mañana con el grupo de la caminata al puerto. Los demás se habían quedado afuera tocando los pellets de plástico y mirando el cartel viejo del ferrocarril inglés. A él lo habían dejado en la cocina porque se había mareado con el olor del cereal, y ahora revolvía una olla de agua sin hervir con mucha seriedad.
—No, la sal está bien. Es otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Si lo supiera, ya estaría puesto.
Nahuel se encogió de hombros y se fue hasta la ventana grande que daba al muelle. Estaba cerrada, como siempre en invierno, con un trapo enrollado en la hendija para que no entrara el aire. Tocó el vidrio con un dedo.
—Acá afuera huele a cereal —dijo—. Y adentro huele a cebolla. Pero la cebolla es rica y el cereal no.
—El cereal es lo que huele a pueblo —dijo Marisa, sin darse vuelta—. Los viejos dicen que eso es olor a trabajo.
—¿Y a su abuela a qué le olía?
Marisa dejó de revolver. Nadie le había preguntado eso. Cerró los ojos y volvió a la cocina de la calle Rivadavia, la casa chata de chapa y ladrillo, el piso de portland, la mesa con hule de flores. Su abuela Nunzia cocinando de pie, con un pañuelo en la cabeza, y la ventana de la cocina abierta de par en par, hasta en pleno junio, aunque se les congelaran las manos. Siempre lo mismo: «Hay que dejar entrar el aire, que si no, la salsa no respira». Marisa de chica pensaba que era una manía de vieja. Su madre le decía que era por el humo del carbón. Nunca había visto a nadie probar si cambiaba algo.
—Olía a salsa —dijo por fin—. Y a lo otro. Al puerto, a la sal, a esto de acá. Todo mezclado.
—Entonces es eso.
—¿Es qué?
—Que a la salsa le falta la mezcla —dijo Nahuel, como si fuera de lo más obvio—. Si la tiene cerrada, le queda sólo cebolla.
Marisa lo miró un rato largo. El chico se puso colorado y volvió a su olla de agua. Ella apagó el fuego un segundo, se secó las manos en el delantal, fue hasta la ventana y sacó el trapo de la hendija. Costó trabajo: la madera estaba hinchada. Tuvo que empujar con el hombro. Cuando por fin cedió, el viento entró de golpe, levantó una servilleta de la mesa y le dio en la cara el olor entero: grano tostado, agua salada, gasoil de lancha, alguna fritura lejana.
Volvió a la olla con la ventana abierta, y se le erizaron los brazos. No dijo nada. Revolvió despacio, apoyó la cuchara contra el borde, la probó otra vez.
No había cambiado nada. Y sin embargo, parada ahí con el frío en la nuca y el calor de las hornallas en la cara, sintió que la salsa por fin estaba en el lugar donde tenía que estar.
A las doce y cuarto empezaron a llegar. Don Aníbal entró primero, con el bastón y la boina, y se sentó en su silla de siempre. Marisa le puso adelante el plato humeante, con el queso rallado por arriba, y volvió a la cocina sin mirarlo. Desde atrás de la barra lo vio levantar el tenedor, enroscar los fideos, llevárselos a la boca.
El viejo masticó con los ojos entrecerrados. Después giró la cabeza hacia la ventana abierta, hacia el muelle y el viento, como si alguien lo hubiera llamado por el nombre.
—Nunzia —dijo, bajito, para nadie.
Y siguió comiendo, sin apuro, hasta que no quedó nada en el plato.