Ramón Gauna cargó el último esqueje en el cajón de la camioneta municipal y lo tapó con una bolsa de arpillera mojada. Eran las cinco y media de la mañana de un lunes de marzo y la vieja Federación todavía no tenía luz de día, solo el naranja de las lámparas de la CTM sobre la barranca, donde las topadoras dormían con las palas hundidas en los escombros.
Veintiocho años había cuidado la plaza. Los paraísos, los dos ceibos de la esquina del correo, el jazmín del país que trepaba por la glorieta. Ahora la glorieta era un montón de hierros y el agua del embalse venía subiendo por la calle del puerto, barro adentro, sin apuro.
—Gauna, tenés que salir —le gritó desde la ruta un capataz con casco blanco—. A las siete cierran el acceso.
—Dos viajes más.
—Es el último de verdad.
—Entonces uno.
El capataz se encogió de hombros. Ya nadie le discutía a Ramón. Desde el año anterior lo veían caminar entre las casas sin techo con su pala corta y su balde, como quien visita enfermos.
Lo del vivero había sido idea suya y de nadie más. En la Nueva Federación, a cinco kilómetros, las casas estaban paradas en fila, con sus tejas rojas y sus veredas de cemento limpio, y no había un solo árbol. Ni uno. Su hija Nilda le había mandado una foto con la Kodak: la calle principal, el cielo enorme, una nena sentada en el cordón con la mano de visera. «Papá, acá el sol te pega desde que sale hasta que se va», le había escrito detrás.
Él había pedido permiso para llevarse plantas de la plaza vieja. Primero le dijeron que sí. Después que había que esperar. Después que la plaza nueva iba a diseñarse con especies elegidas por los arquitectos de Buenos Aires. Ramón no contestó nada. Empezó a ir de madrugada.
Ahora le quedaba el ceibo.
No uno de los grandes, que no se mudan. Uno chico, nacido al pie del mayor, de un metro veinte, que él mismo había visto salir de una semilla caída en el invierno del setenta y siete. Lo había cuidado sin decirle a nadie, porque en la plaza no se les cuida a los hijos de los árboles: se los saca con la pala. Pero ese lo había dejado crecer entre las baldosas rotas, con una lata de tomate alrededor para que no lo pisaran.
Bajó de la camioneta con la pala y el balde. La plaza olía a tierra revuelta y a río, un olor frío y de fondo, como de sótano abierto. Los paraísos grandes ya estaban en el suelo, con las raíces al aire, enormes, como manos. Ramón no los miró.
Clavó la pala a un palmo del tronco chico, a un palmo más, y fue cavando en redondo, despacio, con el cuidado de quien saca una muela. La tierra salía oscura. A los veinte minutos tocó la raíz principal, que bajaba derecha, más larga de lo que había imaginado.
—Aguantame —le dijo al árbol, o a sí mismo.
Se arrodilló. Metió las manos hasta el codo. Cuando levantó el pan de tierra con las dos manos, un tirón le cruzó la espalda y tuvo que quedarse así, inmóvil, con el ceibo en brazos y la frente casi en el suelo, hasta que el dolor aflojó.
Entonces escuchó pasos en los escombros. Era el capataz, sin el casco.
—Dame eso —dijo.
—No hace falta.
—Dame, Gauna.
Lo cargaron entre los dos. El capataz lo apoyó en el cajón sobre la arpillera y, sin preguntar, alcanzó el balde de agua y lo regó. Después se quedó mirando la plaza, las mesas sin gente, el banco de hierro que alguien había arrancado y dejado de costado.
—Mi vieja nació frente a esa glorieta —dijo—. No se lo digas a nadie.
—No se lo digo.
Subieron. Ramón manejó despacio por el camino de tierra, con la ventanilla baja y el aire de la mañana entrando mojado de rocío. A su derecha, entre los eucaliptos, el agua empezaba a brillar donde antes había chacras. En el espejo retrovisor, el ceibo chico se sacudía con cada pozo del camino, con las hojas apenas torcidas, como saludando.
Llegó a la Nueva Federación a las ocho. Había banderas de papel en los postes, un escenario de madera en la plaza todavía pelada y un camión de los que traían el pasto en panes. Nilda lo estaba esperando en la puerta de la casa, con el delantal puesto, y no preguntó qué traía. Vio la arpillera y agarró la pala del cajón.
Lo plantaron en el medio del patio de atrás, donde no daba la sombra de nada, a veinte pasos de la ventana de la cocina. Ramón lo afirmó con tierra de la plaza vieja, que había traído en dos bolsas, y apisonó con la bota. Nilda regó con el jarro hasta que la tierra dejó de beber.
—Capaz no prende —dijo él.
—Capaz.
—Es chico, todavía.
—Todos fuimos chicos en algún lado, papá.
Ramón se sacó la gorra. El viento le movió el pelo gris. El ceibo apenas se inclinó, derecho en su metro veinte, con la lata de tomate todavía clavada al pie, y proyectó sobre el cemento una sombra tan delgada que cabía en una baldosa.
Se quedaron mirándola un rato, los dos, sin decir nada, hasta que el sol la fue estirando y alcanzó el borde del patio.