A las cinco de la tarde, cuando el calor de enero empezaba a aflojar en el patio de la calle Belgrano, Hilda Corvalán sacó el cuero de cabra del balde y lo estiró sobre la mesa de quebracho. El agua le chorreó hasta los codos. Olía a tierra mojada y a animal, un olor que ella conocía desde chica y que todavía la hacía respirar hondo.
Hacía once años que no tocaba un parche. Los parches los hacía Atilio, su marido, y ella lo ayudaba a lavar, a pelar, a cepillar. Pero el último paso, el de tensar y atar, siempre había sido de él. Después de su muerte, la caja de ceibo quedó colgada de las vigas del galpón, envuelta en una bolsa de arpillera, juntando el polvo fino de Santiago que se mete en todo.
—¿Y ese es el cuero? —preguntó Matías, parado en el portón con la bicicleta.
Tenía dieciséis años, los pies llenos de tierra colorada y una remera de la selección con el cuello deshilachado. Era el nieto de un compadre de Atilio, de Villa Atamisqui. Había venido en un colectivo de línea, tres horas, con un bulto envuelto en diario.
—Ese es. Chivo. Pasá, que se te va a secar el parche antes de que me cuentes qué querés.
Matías entró y puso el bulto sobre la mesa. Adentro había un aro de quebracho blanco, curvado a mano, con las marcas de la gubia todavía frescas.
—Lo hizo mi abuelo —dijo—. Me dijo que usted tenía una caja guardada y que sabía armar el bombo. Que no se lo iba a pedir a nadie más.
Hilda lo miró un buen rato. Después levantó los ojos hacia las vigas.
—Esa caja no está en venta.
—No vengo a comprarla. Vengo a aprender.
—Para la Marcha, supongo. Todos quieren el bombo para la Marcha.
—Para mí —dijo el chico, y se encogió de hombros—. Mi abuelo ya no oye bien. Dice que ahora el bombo lo tengo que escuchar yo.
Hilda no contestó. Se secó las manos en el delantal, buscó la escalera y subió. La bolsa pesaba menos de lo que recordaba. Cuando la bajó y la abrió, apareció el ceibo, claro, liso, con una veta que parecía agua quieta. Atilio lo había dejado estacionar seis años. Seis años de sol y sombra, de tormentas de tierra, de siestas.
—Seis años —murmuró—. Y yo sin animarme.
Trabajaron hasta que cayó la noche. Ella le enseñó a pelar el cuero con el filo de un cuchillo sin cortar la piel, a pasar el cepillo siempre en el mismo sentido, a doblar el borde sobre el aro de alambre y coserlo con hilo grueso. Matías tenía buenas manos, pero apuraba. Dos veces tuvo que deshacer la costura.
—No tires —le decía Hilda—. El cuero se da cuenta cuando tiras con bronca. Parejo, como si lo estuvieras acariciando.
A las ocho comieron un guiso de locro frío en la cocina, con el ventilador girando sobre las cabezas y un grillo adentro de la pared. Matías preguntó cómo era Atilio. Ella tardó en contestar.
—Hablaba poco. Antes de tensar un parche se quedaba con la mano apoyada en el cuero, así, quieto, un minuto entero. Yo le decía que se estaba despidiendo.
—¿Y de qué?
—Del chivo, supongo. De que ya no iba a ser chivo.
Volvieron al patio. Las luces de la calle ya estaban prendidas y la chicharra de los eucaliptos había parado. Pusieron el cuero sobre la boca de la caja, con el aro encima, y empezaron a pasar el tiento de vaca por los agujeros, en zigzag, de un parche al otro. Cada vuelta había que tirar y esperar. Cada vuelta el cuero se estiraba un poco más, hasta quedar tirante como el cielo antes de un chaparrón.
—Ahora vos —dijo Hilda.
Matías agarró el tiento. Le temblaban los dedos.
—Si lo arruino…
—Lo hacemos de nuevo. Ahí está el ceibo, que aguanta.
Tensó la última vuelta. Hilda puso la palma sobre el parche de arriba y notó la piel viva, tibia todavía del agua, que vibraba sola. Se quedó así, un minuto entero, sin decir nada. Matías no se movió.
—Despedite vos también —dijo ella, sin mirarlo—. Es lo único que hay que hacer.
A la mañana siguiente el parche había secado. Quedó duro, sonoro, con un color de miel vieja. Matías le dio el primer golpe con el palillo en el borde y el segundo con el mazo en el centro, y el bombo respondió con un trueno bajo, redondo, que le subió a Hilda por las piernas hasta el pecho.
Los perros del barrio se pusieron a ladrar todos juntos. Un vecino se asomó a la ventana. Desde el fondo, donde terminaba la calle de tierra y empezaba el monte, una voz lejana contestó con otro golpe, más chico, de otro bombo en otro patio.
Hilda cerró los ojos. Hacía once años que no sentía esa vibración en el pecho, ese latido que no era suyo y era de todos, y que, según decían los viejos, se oía a una legua.
—Otra vez —dijo.
Y Matías volvió a golpear.