A las seis y cuarto de la mañana del primer domingo de diciembre, con el rocío todavía colgado del césped del Parque Municipal de Pigüé, Marta Vernet apoyó la primera bandeja de huevos sobre la mesa larga y se miró las manos. Setenta y un años, cuarenta de maestra de francés en la escuela 4, y los dedos ya no le cerraban como antes. La artrosis le había tomado primero el pulgar derecho, después el índice. Rompía un huevo y le temblaba la cáscara.
Alrededor, el parque se iba llenando de ruidos de domingo: el gas de las garrafas, las cajones de plástico arrastrados por el pasto, alguien probando un micrófono con un «uno, dos, uno, dos» que se perdía entre los eucaliptos. En el centro, sobre su trípode de hierro, la sartén de cuatro metros y medio brillaba con el aceite recién pasado. Parecía una pileta de plaza con mango.
—Marta, ¿vos rompés? —le preguntó Graciela, la capitana del equipo, con un chaleco amarillo y una lista en la mano—. Mirá que tenemos pibes de sobra.
—Rompo —dijo Marta—. Rompo mis cuatro bandejas, como todos los años.
Era mentira a medias. Hacía veintiséis años, desde la primera omelette, que rompía huevos para el equipo de la Alianza, y siempre había empezado por el mismo gesto: un golpecito seco contra el borde del tazón, el pulgar abriendo la cáscara, el huevo cayendo entero. Su abuela Odile, que había llegado de Aveyron en brazos de su propia madre, le había enseñado que un huevo roto con apuro se nota en el gusto. Y que en esa tortilla no va queso. «Ni lo pienses», decía, en un castellano con las erres arrastradas.
Rompió el primero. La cáscara se aplastó y le dejó pedacitos en la clara. Rompió el segundo, y el tercero cayó torcido, con la yema chorreando por el borde. Las bandejas eran de treinta y no se vaciaban. Miró el reloj del puesto de al lado: siete menos diez. La sartén se prendía a las nueve. En toda la mañana iban a necesitar más de quince mil huevos, y a ese paso ella no llegaba ni a la mitad de su parte.
—Señorita —dijo una voz a la altura de su cintura.
Todavía la llamaban así, aunque estaba jubilada desde hacía cinco años. Era Bautista Moyano, nueve años, que había sido su alumno hasta el año pasado, con la remera del club y una gorra de papel que le habían dado para la fiesta. Bautista era el que nunca levantaba la mano en clase. Sabía las respuestas, pero se le trababa la lengua en cada palabra con erre, y prefería que lo creyeran distraído.
—Mi mamá dice que usted necesita ayuda —dijo, mirando el piso.
—Tu mamá dice muchas cosas.
—Yo rompo bien. En casa rompo todos los domingos.
Marta lo miró. Después miró los huevos, y la lista de Graciela, y la sartén en el medio del parque. Se sacó el delantal, se lo ató al nene con dos vueltas a la cintura y le acercó un banquito.
—Un golpe seco —dijo—. No fuerte, seco. Después los dos pulgares y abrís como un libro.
El primero de Bautista cayó entero, la yema redonda y amarilla flotando en el tazón. El segundo también. Marta se quedó parada al lado, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y entonces, sin pensarlo, empezó a contar en voz baja, como cuando les enseñaba los números en el aula:
—Un œuf. Deux œufs. Trois.
—Un œuf —repitió el chico, con el acento duro, y rompió otro—. Deux œufs.
La erre no apareció. No había ninguna erre en esos números. Bautista siguió contando, un huevo por vez, la voz cada vez más firme. Pasó Graciela y no dijo nada. Pasó un señor con una caja de perejil y se detuvo. Del tazón de al lado, dos nenas de otro equipo levantaron la cabeza y se pusieron a contar con él, trece, catorce, quinze, seize, mezclando el castellano y el francés como en los recreos.
A las ocho y media había una fila de chicos ante la mesa, esperando turno con las manos limpias. Marta repartía tazones, corregía pulgares, atajaba cáscaras. A Bautista se le habían cansado los dedos y le sangraba un poco la uña del índice, pero no quiso soltar el último huevo de su bandeja hasta romperlo entero.
A las nueve menos cinco, los hombres del equipo vinieron con los baldes. Vaciaron los tazones en la sartén gigante, donde ya chisporroteaba el aceite caliente con el jamón picado y el perejil, y el olor subió hacia los eucaliptos, espeso y dulce. Marta no tomó cámara ni foto. Se sentó en un banco, con las manos abiertas sobre las rodillas.
Con los remos de madera, doce voluntarios empezaron a darle vuelta a la masa, y el parque entero se calló un segundo, como se calla un pueblo cuando algo grande se da vuelta. Bautista se sentó a su lado, con el delantal todavía atado.
—Señorita —dijo—. Conté hasta ciento veinte.
—Te oí.
—¿Mañana puedo contar en clase?
Marta se rió, por primera vez en toda la mañana, con la risa que le quedaba del lado derecho, donde la mano todavía la acompañaba.
—Mañana es lunes, Bautista. Pero el lunes que viene, sí.
La omelette se dio vuelta con un sonido sordo, como una puerta que se cierra bien. Del medio de la gente, un chico gritó «¡Un œuf!», y otro le contestó «¡Deux!», y el parque se fue llenando de números hasta que ninguno supo cuándo habían dejado de contar huevos para contar otra cosa.