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  • El cepillo de Walter

    Hilda Brunner encontró el cepillo de carpintero en el fondo del galpón, envuelto en un trapo de piso que se deshizo en sus dedos como un papel mojado. Era un cepillo de madera de lapacho, con la suela gastada y una inicial grabada a fuego en la cabeza: una R, de trazo prolijo.

    —Esa R no es de Walter —dijo en voz alta, y la voz le rebotó contra la chapa—. Walter era W.

    Se sentó en el banquito de las semillas con el cepillo sobre las rodillas. Afuera, en Esperanza, ya se oían los parlantes probando sonido para el desfile de las colectividades. Era sábado, la mañana en que la Plaza San Martín se llena de banderas, de olor a strudel y a salchicha parrillera, y de abuelos con la camisa mejor planchada.

    Hilda lo supo de golpe, como se sabe un nombre que estaba en la punta de la lengua. En el invierno de 1986, su marido había vuelto de la carpintería de los Rey con ese cepillo debajo del brazo. «Me lo prestó Armand, para terminar la mesa del comedor», había dicho. Después vino la mesa, y después vino la pelea. Ninguna de las dos familias se acordaba bien de qué había sido. Algo con una medianera, con un reclamo de plata, con una frase dicha en alemán que alguien entendió en francés. Walter murió hace nueve años sin devolver el cepillo, y Armand Rey nunca lo reclamó.

    Cruzar la calle ancha, en Esperanza, es una costumbre más que un acto. Los fundadores la trazaron a mediados del siglo XIX como una franja que separaba a los colonos de lengua francesa, al este, de los de lengua alemana, al oeste. Hoy es la plaza, con su monumento a la agricultura en el medio y los bancos a la sombra de los árboles. Hilda había nacido del lado oeste, y en ochenta años había cruzado esa plaza miles de veces. Pero nunca con un cepillo ajeno en la cartera.

    Lo envolvió en un repasador limpio y salió.

    En la plaza, la gente armaba los puestos por colectividad: los suizos con sus manteles a cuadros, los italianos con las ollas enormes, los franceses con una mesa larga de quesos y panes. Hilda buscó entre las sillas hasta ver a Armand Rey, sentado en un banco al lado del mástil, con un pañuelo de seda en el cuello y un bastón apoyado en la rodilla. Había encogido. Ella también.

    —Armand.

    Él levantó la cabeza despacio. Los ojos seguían claros, de un celeste de lavandería.

    —Hilda Brunner —dijo, y la pronunció a la francesa, con la r arrastrada—. Cuánto tiempo.

    —Treinta y ocho años —dijo ella—. Ahora que lo pienso, justo.

    Sacó el cepillo del repasador y se lo puso sobre las piernas. Armand lo miró un rato largo sin tocarlo. Después pasó el pulgar por la R.

    —Pensé que se había perdido en la mudanza del taller.

    —Estaba en el galpón de mi marido. Perdón. No lo devolvió.

    —No. —Él sonrió de costado—. Walter era capaz de tener algo prestado treinta años solo para no darme la razón.

    —Y vos de no reclamarlo para no dársela a él.

    Se quedaron callados. Del otro lado de la plaza, un chico probaba una trompeta y erraba siempre la misma nota. Armand levantó el cepillo hasta la altura de los ojos y entornó uno, como se hace con una tabla para ver si viene derecha.

    —¿Sabés para qué lo necesito justo hoy? —dijo.

    Y le contó. El mástil donde cada año se izaba la bandera de los franceses estaba mal de la base: la humedad había hinchado la madera y ya no entraba en el soporte de hierro que la municipalidad había puesto en la plaza. Hacía dos horas que los nietos de Armand lo golpeaban con una maza y nada. La bandera iba a quedar acostada sobre una mesa, y él, a los ochenta y dos años, iba a ver el desfile con el bastón y sin su bandera.

    —Tenés doscientas herramientas en el taller —dijo Hilda.

    —Todas con una mano de más. Ese cepillo lo afilé yo hace cuarenta años. Está en la hoja, hay que sentirlo.

    Hilda lo miró. Después miró el mástil, tirado sobre dos caballetes, con tres muchachos alrededor. Se arremangó la manga del vestido.

    —Mostrame cómo.

    No fue elegante. Armand no podía agacharse, así que Hilda se arrodilló en el pasto y apoyó el mástil sobre sus muslos. Él le dirigía el movimiento desde el banco: «Más largo. Sin apurarte. Dejá que la madera te diga». El primer pasaje salió trabado. En el segundo, la hoja agarró y de la boca del cepillo empezó a salir una cinta fina, dorada, que se enroscaba sobre el pasto con olor a resina dulce. Hilda sintió que algo en el pecho se le aflojaba también, el mismo nudo que Walter había anudado y ella había heredado sin querer.

    Los muchachos callaron. Una mujer de la mesa de los alemanes se acercó con un pañuelo y se quedó parada, sin saber si interrumpir.

    Al cuarto pasaje, el mástil entró en el soporte con un ruido seco, bien encajado, y ni siquiera hizo falta la maza. Los nietos lo levantaron entre aplausos desparejos. Subió la bandera, la brisa la abrió, y quedó flameando frente a la plaza, a veinte metros de la mesa de los suizos y a cuarenta de la casa donde Hilda había vivido toda su vida.

    Armand le extendió el cepillo.

    —Quedátelo.

    —Es tuyo.

    —Entonces te lo presto —dijo él—. Para que me lo devuelvas.

    —¿Cuándo?

    —El año que viene. En la plaza. A esta hora.

    Hilda guardó el cepillo en el repasador. Se sacudió las rodillas, y en el pasto quedó la viruta, una cinta rubia que el viento levantó, la llevó un poco hacia el oeste y la dejó caer en el medio de la calle ancha.

  • La olla del mojón

    Don Cecilio Tolaba se había torcido la rodilla bajando del colectivo, y por eso fue Nahuel el que subió al cerro con la pala al hombro. Era el sábado anterior al carnaval. En Humahuaca el aire olía a albahaca recién cortada, y desde las casas bajas del barrio Calvario se oía el ensayo de una caja, siempre el mismo golpe, como alguien que busca la puerta en la oscuridad.

    —Vas a ir callado —le había dicho el abuelo desde la cama, con la pierna sobre dos almohadas—. En el mojón no se habla hasta que sale la olla. Después hacés lo que te digan los grandes.

    —¿Y si no la encuentro?

    —La enterré yo hace un año, a tres palmos y medio. Vas a encontrarla.

    Subieron veintitrés personas de la comparsa Flor de Cardón, con los trajes de diablo envueltos en bolsas de arpillera, los músicos con los erkenchos y los bombos colgados a la espalda, y una señora con una damajuana de chicha que cargaba como si fuera un bebé. Nadie hablaba. Se oían las zapatillas contra las piedras sueltas y la respiración de los más viejos. Arriba, en un recodo detrás de un cardón, estaba el mojón: un montoncito de piedras planas, con una cruz de ramitas atada con lana roja que el sol del año entero había dejado casi blanca.

    Nahuel sacó las piedras una por una y las fue apilando a un costado. Después clavó la pala. La tierra estaba seca arriba y húmeda abajo, con olor a lluvia vieja. A la altura del primer palmo apareció una hoja de coca aplastada. A los dos, un pedazo de serpentina descolorida. A los tres, la pala hizo un ruido hueco, de cerámica, y todos los que estaban mirando respiraron al mismo tiempo.

    Pero el ruido no era el de una olla entera. Nahuel se agachó, apartó la tierra con las manos y vio la boca de barro partida en dos, y un hilo de raíz fino, pálido, que había entrado por la grieta y se había enroscado adentro como una mano cerrada. Sacó los pedazos con cuidado. Adentro estaba el Pujllay.

    O lo que quedaba. El muñeco, que don Cecilio cosía cada año con retazos de tela, tenía la cara comida por la humedad y un brazo suelto. El gorro de lana había desaparecido. Solo la cola puntiaguda, roja, seguía entera.

    Alguien murmuró algo. Una mujer se tapó la boca. El que tocaba el bombo bajó los ojos como si se hubiera equivocado él. Nahuel sostenía el muñeco con las dos manos, y le temblaba el codo. Quería decir que no había sido su culpa, pero tenía prohibido hablar, y además era verdad que nadie lo había acusado.

    Fue doña Eulogia, la más vieja, la que rompió la regla. Se acercó apoyada en un palo de tuna y miró el muñeco un rato largo.

    —Mal año para la olla —dijo—. Pero la tierra lo guardó. Fijate: está todo.

    —Está roto —dijo Nahuel, y la voz le salió finita.

    —Está todo —repitió ella—. El Pujllay no es la tela. Es lo que se desentierra.

    Entonces la señora de la damajuana destapó la chicha y empezó la corpachada. Nahuel hizo lo que había visto hacer toda la vida desde abajo, mirando entre las piernas de los mayores: vertió un poco de chicha en el hoyo, la boca de la Pachamama, y tiró adentro cigarrillos, hojas de coca, un puñado de papel picado. Cada uno fue pasando. Algunos dejaron una moneda. Un hombre dejó una foto chiquita y no dijo de quién.

    Mientras tanto los diablos se vestían contra el viento, ayudándose con las máscaras, con los cascabeles y las cintas. Alguien prendió un churqui, y el cardón seco ardió con un resplandor rojo sobre las caras. Nahuel miró el muñeco, miró la cola entera, y de pronto se sacó el pañuelo de la cabeza, un pañuelo verde que le había regalado el abuelo para el Día del Niño.

    —¿Puedo? —preguntó.

    Doña Eulogia asintió. Entre dos mujeres le ataron el brazo suelto con un hilo de la lana roja del mojón, y Nahuel envolvió con el pañuelo lo que había sido la cabeza del muñeco, anudándolo atrás, apretado. No quedó lindo. Quedó un Pujllay con turbante, tuerto de tierra, con un brazo atado como un herido. Pero se sostenía.

    Explotó el primer petardo, abajo, en el pueblo. Después el segundo. Los diablos se pusieron en fila. Con el tercero, la montaña entera pareció respirar hacia adentro, y los bombos arrancaron a la vez, con ese golpe que a Nahuel le entraba por los zapatos y le subía hasta los dientes. Lo levantaron en alto, al muñeco, entre aplausos secos, y empezaron a bajar.

    Abajo, en la plaza, la gente esperaba con talco en las manos. Nahuel iba al frente de la comparsa, cargando el Pujllay sobre la cabeza, y sentía en los hombros el peso de nada, de un poco de tela mojada, de una cosa que dos horas antes parecía una desgracia. La harina le pegó en la cara. Alguien le gritó su nombre y él no se dio vuelta.

    Esa noche, cuando entró a la casa con los cascabeles todavía sonando en los bolsillos, don Cecilio lo esperaba sentado en la cama, con el termo y la pierna en alto. Miró primero las manos de su nieto, llenas de tierra, y después el muñeco con el pañuelo verde.

    —¿Sin gorro? —preguntó.

    —Se lo comió la tierra.

    El abuelo estiró los dedos, lo agarró por la cola y lo dio vuelta, despacio, como se da vuelta un pan.

    —El año que viene —dijo— lo vas a coser vos.

  • Zapatos blancos para Rosalía

    Eusebia Corbalán contó los billetes sobre el cajón de la pieza, a la luz de la ventana, y los volvió a contar. Cuatro mil trescientos. Afuera, entre las casas de chapa de la colonia del ingenio La Florida, ya se oían los camiones de la última semana de zafra, y el humo de la maloja quemada bajaba del cañaveral y se metía por las rendijas con olor a azúcar quemada.

    —¿Alcanza, mamá? —preguntó Rosalía, que tenía nueve años y estaba sentada en la cama con los pies colgando.

    —Alcanza para el pasaje y para lo que prometí.

    Lo que había prometido era un par de zapatos blancos. En marzo, antes de salir de Pellegrini, en Santiago del Estero, Rosalía le había mostrado a la madre una estampita de la Virgen del Valle y había dicho que para la primera comunión, en diciembre, quería ir toda de blanco, hasta los pies. Eusebia dijo que sí, como se dicen muchas cosas en marzo. Después vinieron seis meses de cocinar para treinta cortadores en el fondo del galpón, con la olla grande de guiso, el fuego de leña y las manos siempre secas de lavar. Cada sábado se anotaba lo ganado en un cuaderno de escuela, con letra de maestra que le había enseñado Rosalía.

    La tarde del jueves bajaron juntas hasta el pueblo, caminando por la avenida de eucaliptus que lleva a la estación. Los carros con caña pasaban lentos y levantaban un polvo dulce que se pegaba a la ropa. Rosalía iba con un vestido de otro verano, demasiado corto, y llevaba en la mano un papel doblado donde había dibujado el pie izquierdo, con lápiz, apoyándolo en la hoja.

    —Medí bien —dijo—. Pero me crecieron los dedos.

    —Los pies no crecen en una semana.

    —Los míos sí.

    La zapatería quedaba frente a la plaza, una puerta alta con una cortina de tiras de plástico. Adentro olía a cuero y a pegamento. El dueño, un hombre grande con el delantal gris, estaba acomodando cajas con una escalera, y no se dio vuelta enseguida.

    —Buenas tardes. Queríamos unos zapatos blancos, de nena, número treinta y cuatro.

    —Treinta y cuatro blanco… —Bajó los escalones con calma, miró a Rosalía de arriba abajo y después los billetes que Eusebia todavía no había sacado, pero que él parecía ver igual—. Blancos tengo uno solo. Los de charol. Salieron para un casamiento y los devolvieron.

    Trajo la caja. Los zapatos eran perfectos: una hebilla chiquita, la suela clara, el brillo como de loza. Rosalía los miró sin tocarlos, con las manos pegadas a las costillas.

    —¿Cuánto?

    —Tres mil ochocientos.

    Eusebia hizo la cuenta sin querer. Con eso se iban el pasaje, el pan del viaje y el alquiler del mes que debía a la señora de la colonia. Apretó el bolso contra el vientre.

    —Tengo tres mil para esto. El resto es del pasaje.

    —Entonces no llegamos —dijo el zapatero, sin mala intención, y empezó a cerrar la caja.

    —Esperá —dijo Rosalía.

    Se agachó y se sacó una alpargata gastada, la izquierda, y después la derecha, y las puso lado a lado sobre las baldosas. Metió la mano en el bolsillo del vestido, sacó el papel con el dibujo del pie y lo apoyó al lado de las alpargatas.

    —Yo se los pago con trabajo. Sé barrer. Sé ordenar por número. Mi mamá me enseñó.

    El zapatero miró el papel, miró las alpargatas, miró a Eusebia. Se sacó los anteojos y los limpió con la punta del delantal, despacio.

    —Señora, ¿usted es la que cocina en el galpón del fondo?

    —Soy.

    —Mi cuñado le compra el pan a la panadera que le vende a usted. Dice que el guiso de la Corbalán hace llorar a los hombres de gusto. —Dejó los anteojos sobre el mostrador—. Mañana me casa una sobrina. Cuarenta personas, en el patio de mi casa, y mi mujer se quiebra la cintura con la cocina. ¿Usted podría hacerme la comida?

    Eusebia no contestó enseguida. Le faltaban tres días para volver a Pellegrini, el colectivo salía el domingo a las seis, y tenía la olla grande lavada y colgada de un clavo en el galpón.

    —Para cuarenta necesito carne desde temprano. Y leña seca.

    —Eso corre por mi cuenta.

    —Y ayudante.

    —Yo —dijo Rosalía, con un pie ya adentro de la alpargata.

    Cocinaron desde las cinco de la mañana del viernes, en un patio de tierra con un parral y una mesa larga prestada por los vecinos. Eusebia pelaba papas con el cuchillo chico mientras Rosalía revolvía la olla con una cuchara de madera casi tan alta como ella. Al mediodía los invitados se sirvieron dos veces. Un tío del novio quiso saber de dónde era la receta y Eusebia le dijo que de ningún lado, que eran las manos, y él se rió y le pidió el nombre. Se lo dijo despacio, como lo escribía en el cuaderno.

    A la tarde, cuando se fueron los últimos, el zapatero salió al patio con la caja bajo el brazo y un sobre en la otra mano.

    —Los zapatos son suyos. Y esto por la comida. Después hablamos de si me debe algo.

    —No le debo —dijo Eusebia—. Estamos a mano.

    —Entonces la comida sale más barata que los zapatos. Hacemos así: los zapatos por el trabajo, y el sobre por el guiso.

    Rosalía abrió la caja ahí mismo, sobre la mesa larga, sin esperar. Se sentó en el banco, se sacó las alpargatas y se calzó el zapato izquierdo, después el derecho. Abrochó las dos hebillas. Se paró. Caminó hasta el parral y volvió, haciendo sonar la suela contra la tierra seca, y cada paso dejó una marca clara en el polvo.

    —Quedan justos —dijo.

    —Te van a quedar chicos para diciembre —dijo Eusebia.

    —No importa. Me los pongo una sola vez.

    El domingo, a las seis, esperaron el colectivo en la ruta. Detrás, entre las casas bajas de la colonia, la chimenea del ingenio largaba un hilo blanco contra el cielo que se ponía rosa. Rosalía llevaba la caja abrazada contra el pecho y las alpargatas colgadas del cuello, atadas por los cordones. Cuando el colectivo frenó y abrió la puerta, subió primero, con cuidado, mirando el piso del escalón, para no ensuciar nada que todavía fuera blanco.

  • El cuaderno verde del fondo

    A las cuatro y cuarenta, con la garúa pegada al parabrisas y el olor a gasoil tibio subiendo desde el motor, Dora Ibarra acomodó el espejo interno por última vez. Era jueves. Le quedaban tres vueltas, y después de la tercera iba a entregar la tarjeta de fichar, el termo y el almohadón que usaba para la espalda desde 1994.

    En la mesada de la cabina, al lado del teléfono, había un cuaderno de tapas verdes con el lomo reforzado con cinta aisladora. Lo había encontrado tres semanas atrás, en el último asiento del fondo, entre un caramelo pegado y una tarjeta de la obra social. Lo abrió esa noche en la cabecera de Isidro Casanova, solo para buscar un nombre. No encontró ninguno. Encontró columnas.

    «Beto, 3 pan, 2 leche. Debe 1.870.» «Doña Nelly, un queso, pagó la mitad.» «Los de la esquina del hospital, cigarrillos sueltos, anoto el viernes.» Las fechas llegaban hasta el 9 de octubre. Después, nada.

    —Alguien fía —le había dicho a Marcelo, el inspector, mostrándoselo.

    —Alguien fiaba —dijo Marcelo—. Dejalo en objetos perdidos, Dora. Te vas a jubilar con un cuaderno ajeno en la mano.

    Objetos perdidos era un cajón de la oficina de González Catán con un paraguas, tres mochilas y una muleta. Dora no lo dejó. Lo llevó en la cabina, vuelta tras vuelta, y cada vez que subía alguien con aspecto de comerciante (bolsa grande, changuito, delantal debajo del abrigo) le preguntaba en voz alta, sin mirarlo, por el espejo:

    —¿Perdió un cuaderno verde?

    Nadie. Una señora le contestó que ella había perdido un marido, pero hacía quince años y no volvía.

    La primera vuelta de esa mañana fue como todas. Subieron las enfermeras del Paroissien que entraban a las seis, tres albañiles con la mezcla de ayer todavía en las zapatillas, un chico con el uniforme de una pizzería. Por la avenida Rosas, con las luces del Metrobús dibujando en el asfalto mojado dos carriles que no eran para ella, Dora pensó en todo lo que ya no iba a ver desde ese asiento: la rotonda de San Justo a las cinco y media, cuando los puestos de diarios todavía bajan los fardos; el puente sobre las vías en Catán; la cola en la parada frente al hospital, gente que se conoce y no se saluda. Treinta y cuatro años manejando la misma línea, con tres micros distintos, dos sindicatos y una sola costumbre: no arrancar hasta que el último pasajero estuviera sentado.

    —Hoy es tu último día, ¿no? —le dijo una de las enfermeras al bajar, con un bolso de tela bordado—. Me dijeron.

    —Hoy.

    —Qué cosa. —Se quedó con un pie en el escalón—. Vas a extrañar esto.

    —Voy a extrañar el café de la panadería de Crovara. Esto —y golpeó el volante con la palma— me lo voy a llevar en las manos un tiempo.

    Volvió por la avenida con el cuaderno rebotando en la mesada. En la segunda vuelta, a las siete menos diez, ya con el cielo del color de una taza lavada, subieron dos viejos con bolsas de verdura. La tercera era la de las ocho y cuarto, la de los estudiantes de la universidad, y Dora la empezó con una especie de apuro que no le conocía, como si el reloj de la oficina le hubiera cambiado la velocidad.

    En la parada de la estación de Isidro Casanova, justo cuando cerraba las puertas, golpearon el vidrio. Un hombre de unos sesenta, flaco, con campera de gabardina y una gorra de la cooperadora, corría con una mano en alto. Dora abrió.

    —Perdoná, perdoná —dijo él, jadeando, y pasó la tarjeta por la máquina. La máquina hizo el sonido corto de saldo insuficiente.

    —No, no —dijo el hombre—. Si ayer le cargué. Ayer, no. Antes de ayer.

    —Pasá, sentate.

    —No puedo, hermana, no tengo.

    Dora lo miró por el espejo. Tenía las manos cuarteadas de cargar cajones, y una forma de apretar los labios que le era conocida de alguna parte, aunque no sabía de dónde. Sacó su tarjeta de trabajo, la pasó dos veces, y la máquina dio dos pitidos largos.

    —Dora —dijo el hombre, leyendo la credencial—. Gracias, Dora. Se la devuelvo mañana.

    —Mañana no estoy.

    Él se quedó callado con el cuerpo medio girado hacia el pasillo. Era un hombre que no sabía deber sin explicarse.

    —Entonces la semana que viene. Soy Ernesto. Tengo un almacén chiquito atrás del hospital, la gente me compra a cuenta. Mi mujer estuvo internada en octubre, en el Paroissien, y perdí el cuaderno. El cuaderno donde anoto. —Se tocó el bolsillo vacío de la campera, como si todavía pudiera estar ahí—. Tres semanas que ando de memoria. Me deben como cuatro mil pesos entre todos y no me acuerdo ni de la mitad.

    Dora no dijo nada. Metió la mano debajo del tablero, sacó el cuaderno de tapas verdes con la cinta aisladora en el lomo y lo sostuvo en alto, a la altura del espejo, de modo que él lo viera.

    Ernesto se puso de pie en medio del pasillo, con el micro ya en marcha. Una mujer protestó. Otro le dijo que se sentara, que se iba a caer. Él avanzó agarrado de los pasamanos, como se avanza por un puente en la crecida, hasta quedar junto a la cabina.

    —Es ese —dijo—. Es ese, hermana. —Tocó la tapa con dos dedos, sin agarrarlo, igual que se toca una cosa que se creía perdida para siempre.

    —Estaba en el fondo —dijo Dora—. Entre un caramelo y una tarjeta de la obra social.

    —Del PAMI. De mi mujer.

    —Lo estuve llevando conmigo tres semanas. Preguntándole a todo el mundo.

    —¿A todo el mundo?

    —Todos los días. Hasta hoy.

    Ernesto abrió el cuaderno en cualquier página. Leyó un renglón moviendo los labios. Tenía los ojos mojados, pero no lloraba. Dora volvió a mirar la ruta y apretó el acelerador despacio, porque venía la curva del Paroissien, la cola de gente bajo el alero, la mano levantada de alguien que no iba a poder subir porque ella ya no estaba.

    —Doña Nelly me debe la mitad de un queso —dijo Ernesto, riéndose bajito, para nadie.

    —Cobrale —dijo Dora.

    Cuando llegó a la cabecera, a las nueve menos diez, los estudiantes bajaron de a uno. Ernesto bajó último, con el cuaderno apretado contra el pecho y la gorra en la mano. Se quedó en el cordón un segundo, como si esperara que ella dijera algo más, y después levantó la mano igual que se saluda a un micro que se va, aunque el micro estaba quieto.

    Dora apagó el motor. Marcelo la esperaba en la puerta de la oficina con una caja de facturas de la panadería de Crovara.

    —Tu café —dijo—. ¿Y el cuaderno?

    —Ya tiene dueño.

    Se sacó el almohadón de la espalda. Lo miró un momento, gastado, con el hueco de treinta años en el medio, y lo dejó sobre el asiento, para el que viniera.

  • Aviso para el puesto del Portugués

    A las seis y diez, con el cerro Muñoz todavía blanco de granizo y la estufa a gas silbando en un rincón, Elvira Gramajo acomodó el micrófono a la altura de la boca. A los sesenta y ocho años la voz se le afinaba sola con el frío. La cabina era un cuarto de tres por cuatro arriba de una casa de repuestos, frente a la plaza de Tafí del Valle, con cartón de huevera pegado en las paredes y un cartel escrito a mano: «Silencio, estamos al aire».

    Del otro lado del vidrio, Joaquín, diecinueve años, pasante, le hacía señas con tres dedos: tres minutos para el tema. Tenía el celular apoyado contra la consola y el termo de mate entre las rodillas.

    —Tía, llamó la Marisel —dijo cuando se corrió el auricular—. Desde la maternidad, en Tucumán. Nació la nena. Tres kilos cien. Las dos están bien.

    Elvira dejó el mate sobre el estante. Marisel Quipildor era la hija de Nicanor, y Nicanor vivía en un puesto de arriba, más allá de donde la ruta 325 deja de ser ruta y se vuelve huella, en la Quebrada del Portugués. Allá no entraba una barra de señal ni por favor. Entraba la radio. Todas las mañanas, a las seis y media, Nicanor prendía el transistor, que le colgaba del cinturón con un cuero de oveja, y escuchaba el tiempo, los precios del queso y los avisos.

    —Se lo mando por WhatsApp a la vecina de más abajo —dijo Joaquín—. Ella le sube el recado.

    —Le sube el recado dentro de dos días, cuando baje a la feria.

    —Y bueno. Pero hoy tenemos programación hasta las ocho. Y después, en diciembre, todo automático. Ya sabés lo que dijeron. —Se encogió de hombros, incómodo—. No va a haber nadie para leer avisos.

    Lo sabía. Treinta y un años de avisos. Había leído que internaron a don Ramón, que el camión de garrafas llegaba el martes, que a la señora de Los Cuartos le dejaron un sobre en el correo. Una vez dio el aviso de un casamiento y a la tarde el novio, que lo había escuchado a caballo, entró a la cabina con el sombrero en la mano para pedirle que repitiera la fecha. Después aparecieron los celulares, y los avisos se fueron achicando hasta quedar en uno por semana, dos como mucho. Esa mañana tenía este, el único que importaba.

    —Dame la tanda de las seis y media —dijo.

    —Tía, el programa dice…

    —Dámela, Joaquín.

    Escribió en el reverso de una factura de luz, con letra grande, porque a esa hora todavía no se ponía los lentes. Tachó dos veces. Un aviso no es una noticia, pensó. Es alguien que le habla a otro por encima de un cerro, y tiene que sonar como si el otro estuviera sentado enfrente, con las manos calientes alrededor de una taza.

    Se prendió la luz roja. Joaquín levantó el pulgar.

    —Buenos días, valle —dijo Elvira, y sintió que los hombros le bajaban dos centímetros—. Son las seis y treinta y dos en Tafí. Tenemos cuatro grados, viento del oeste y el Muñoz con su sombrero blanco, para el que quiera mirarlo. Ahora, un aviso. Aviso para Nicanor Quipildor, del puesto de arriba de la Quebrada del Portugués.

    Hizo una pausa. Del otro lado del vidrio, Joaquín dejó de tocar la consola.

    —Nicanor, le habla Elvira. Nació su nieta. Nació esta madrugada en Tucumán, pesó tres kilos cien, y las dos están bien. Marisel pregunta por usted. Si puede, baje. Ensille, tome el primer colectivo que encuentre en la plaza, haga lo que tenga que hacer, pero baje. La nena todavía no tiene nombre. Repito, para Nicanor Quipildor: nació su nieta, tres kilos cien, las dos están bien.

    Lo repitió una tercera vez, más despacio, y después puso la cumbia que venía en la lista, sin acordarse de cuál era.

    Hasta las ocho leyó los precios y el pronóstico, y atendió la llamada de una señora que pedía una zamba para su marido. Joaquín no dijo más nada del programa. A las ocho en punto, Elvira bajó por la escalera angosta con el termo, se paró en la vereda y miró hacia el cerro. Había salido el sol de montaña, ese que calienta la cara y deja fríos los pies. Pensó que era una tontería esperar. Nadie baja de la Quebrada del Portugués en hhora y media. Pensó que no importaba.

    Se sentó en el banco de la plaza, debajo del algarrobo pelado, y cebó un mate. Pasaron una camioneta con garrafas, dos chicos con guardapolvo, una vecina con un pan en la mano. Al rato, por la calle de tierra que viene del lado del puente, apareció un caballo bayo, muy despacio, con un hombre petiso arriba, de poncho colorado y sombrero gacho. Tenía la cara cuarteada por el viento y el transistor todavía colgado del cinturón, cantando bajito.

    Se detuvo frente al banco. Se sacó el sombrero.

    —Doña Elvira —dijo—. Escuché el aviso.

    —Lo leí tres veces.

    —Lo escuché las tres. —Tragó saliva, y al hablar se le quebró el final de la frase—. Salí a las siete. ¿Me lo puede leer otra vez? Para tenerlo bien.

    Elvira se paró. No tenía micrófono ni luz roja, solo la plaza, el frío en los tobillos y un hombre que había bajado una montaña para oír su voz en persona.

    —Nicanor —dijo, con la misma voz de las seis y treinta y dos—. Nació su nieta. Tres kilos cien. Las dos están bien.

    El hombre cerró los ojos. Después estiró la mano y apagó el transistor, y por primera vez en treinta años el valle se quedó sin radio en su cintura, pero con ella enfrente.

  • Un œuf, deux œufs

    A las seis y cuarto de la mañana del primer domingo de diciembre, con el rocío todavía colgado del césped del Parque Municipal de Pigüé, Marta Vernet apoyó la primera bandeja de huevos sobre la mesa larga y se miró las manos. Setenta y un años, cuarenta de maestra de francés en la escuela 4, y los dedos ya no le cerraban como antes. La artrosis le había tomado primero el pulgar derecho, después el índice. Rompía un huevo y le temblaba la cáscara.

    Alrededor, el parque se iba llenando de ruidos de domingo: el gas de las garrafas, las cajones de plástico arrastrados por el pasto, alguien probando un micrófono con un «uno, dos, uno, dos» que se perdía entre los eucaliptos. En el centro, sobre su trípode de hierro, la sartén de cuatro metros y medio brillaba con el aceite recién pasado. Parecía una pileta de plaza con mango.

    —Marta, ¿vos rompés? —le preguntó Graciela, la capitana del equipo, con un chaleco amarillo y una lista en la mano—. Mirá que tenemos pibes de sobra.

    —Rompo —dijo Marta—. Rompo mis cuatro bandejas, como todos los años.

    Era mentira a medias. Hacía veintiséis años, desde la primera omelette, que rompía huevos para el equipo de la Alianza, y siempre había empezado por el mismo gesto: un golpecito seco contra el borde del tazón, el pulgar abriendo la cáscara, el huevo cayendo entero. Su abuela Odile, que había llegado de Aveyron en brazos de su propia madre, le había enseñado que un huevo roto con apuro se nota en el gusto. Y que en esa tortilla no va queso. «Ni lo pienses», decía, en un castellano con las erres arrastradas.

    Rompió el primero. La cáscara se aplastó y le dejó pedacitos en la clara. Rompió el segundo, y el tercero cayó torcido, con la yema chorreando por el borde. Las bandejas eran de treinta y no se vaciaban. Miró el reloj del puesto de al lado: siete menos diez. La sartén se prendía a las nueve. En toda la mañana iban a necesitar más de quince mil huevos, y a ese paso ella no llegaba ni a la mitad de su parte.

    —Señorita —dijo una voz a la altura de su cintura.

    Todavía la llamaban así, aunque estaba jubilada desde hacía cinco años. Era Bautista Moyano, nueve años, que había sido su alumno hasta el año pasado, con la remera del club y una gorra de papel que le habían dado para la fiesta. Bautista era el que nunca levantaba la mano en clase. Sabía las respuestas, pero se le trababa la lengua en cada palabra con erre, y prefería que lo creyeran distraído.

    —Mi mamá dice que usted necesita ayuda —dijo, mirando el piso.

    —Tu mamá dice muchas cosas.

    —Yo rompo bien. En casa rompo todos los domingos.

    Marta lo miró. Después miró los huevos, y la lista de Graciela, y la sartén en el medio del parque. Se sacó el delantal, se lo ató al nene con dos vueltas a la cintura y le acercó un banquito.

    —Un golpe seco —dijo—. No fuerte, seco. Después los dos pulgares y abrís como un libro.

    El primero de Bautista cayó entero, la yema redonda y amarilla flotando en el tazón. El segundo también. Marta se quedó parada al lado, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y entonces, sin pensarlo, empezó a contar en voz baja, como cuando les enseñaba los números en el aula:

    —Un œuf. Deux œufs. Trois.

    —Un œuf —repitió el chico, con el acento duro, y rompió otro—. Deux œufs.

    La erre no apareció. No había ninguna erre en esos números. Bautista siguió contando, un huevo por vez, la voz cada vez más firme. Pasó Graciela y no dijo nada. Pasó un señor con una caja de perejil y se detuvo. Del tazón de al lado, dos nenas de otro equipo levantaron la cabeza y se pusieron a contar con él, trece, catorce, quinze, seize, mezclando el castellano y el francés como en los recreos.

    A las ocho y media había una fila de chicos ante la mesa, esperando turno con las manos limpias. Marta repartía tazones, corregía pulgares, atajaba cáscaras. A Bautista se le habían cansado los dedos y le sangraba un poco la uña del índice, pero no quiso soltar el último huevo de su bandeja hasta romperlo entero.

    A las nueve menos cinco, los hombres del equipo vinieron con los baldes. Vaciaron los tazones en la sartén gigante, donde ya chisporroteaba el aceite caliente con el jamón picado y el perejil, y el olor subió hacia los eucaliptos, espeso y dulce. Marta no tomó cámara ni foto. Se sentó en un banco, con las manos abiertas sobre las rodillas.

    Con los remos de madera, doce voluntarios empezaron a darle vuelta a la masa, y el parque entero se calló un segundo, como se calla un pueblo cuando algo grande se da vuelta. Bautista se sentó a su lado, con el delantal todavía atado.

    —Señorita —dijo—. Conté hasta ciento veinte.

    —Te oí.

    —¿Mañana puedo contar en clase?

    Marta se rió, por primera vez en toda la mañana, con la risa que le quedaba del lado derecho, donde la mano todavía la acompañaba.

    —Mañana es lunes, Bautista. Pero el lunes que viene, sí.

    La omelette se dio vuelta con un sonido sordo, como una puerta que se cierra bien. Del medio de la gente, un chico gritó «¡Un œuf!», y otro le contestó «¡Deux!», y el parque se fue llenando de números hasta que ninguno supo cuándo habían dejado de contar huevos para contar otra cosa.

  • El nudo de don Aníbal

    A las siete y cuarenta, con el vapor del primer café todavía pegado a los vidrios de la Estación Fluvial de Tigre, Aníbal Cuello ató el bichero con dos vueltas de piolín al pasamanos de la lancha y se quedó mirándolo. Era una caña de eucalipto de tres metros, con un gancho de bronce en la punta que cuarenta y un años de manos le habían dejado lustroso como una moneda. Ese martes era su último recorrido como marinero de la colectiva.

    No se lo había contado a nadie, salvo al patrón, que prometió no hacer ruido. Aníbal quería terminar el viaje como todos los días: atar, soltar, contar chicos, no decir nada.

    —Hay sudestada —avisó el patrón, Ramiro, desde la timonera, con la radio crepitando—. El río viene alto. Vamos a tener que tirar despacio.

    Salieron a las ocho y cuarenta, cargados de guardapolvos blancos, mochilas y bolsas de pan. El Sarmiento llevaba el agua color té con leche, y los sauces del costado chorreaban sobre las barandas de los muelles. Aníbal iba y venía por la cubierta con la soga al hombro. En cada parada tiraba la gaza sobre la cornamusa, esperaba que el chico saltara, y soltaba. Veinte paradas. Las sabía de memoria, como un rezo: el Recreo Alcázar, la entrada del Curubica, el muelle de la señora de las hortensias, el de los perros.

    —Don Aníbal, ¿usted viene mañana? —le preguntó una nena en el arroyo, con el pelo todavía mojado.

    —Mañana viene otro, mi vida. Pero ata igual de bien.

    —Ninguno ata como usted —dijo ella, muy segura, y se acomodó junto a la ventanilla.

    Sobre el canal Arias el agua subió un poco más. El viento del sudeste empujaba desde el Río de la Plata y los troncos flotaban en la corriente como animales dormidos. Ramiro redujo el motor. En la parada once, el muelle de los Bogado ya tenía las tablas bajo una mano de agua, y los dos hermanitos esperaban en el borde, con las zapatillas colgadas del cuello y los guardapolvos arremangados hasta las rodillas.

    —No se puede arrimar —gritó Ramiro—. La corriente nos tira contra los pilotes.

    Aníbal midió la distancia con el ojo. Dos metros de agua oscura, el muelle casi hundido, un pilote mocho que asomaba del lado de afuera. Si la lancha tocaba, rompía la madera. Si no arrimaba, los chicos se quedaban en la isla, y las clases de ese día se perdían, y quizás las de mañana.

    Desató el bichero del pasamanos. Se lo pasó por detrás de la espalda como había hecho mil veces y enganchó el pilote mocho de un solo golpe. Ahí estaba: la lancha quedó de costado, firme, balanceándose, y el agua dejó de tirarla.

    —¡Ahora, de a uno! —dijo.

    La más grande, Luciana, saltó con la mochila apretada contra el pecho. Aníbal la agarró de la muñeca, fuerte. Después el chiquito, Joaquín, que tenía ocho años y no había dicho una palabra. Joaquín miró el agua, miró el bichero y miró a Aníbal.

    —Dale, que yo te tengo —dijo Aníbal.

    El nene saltó. Aterrizó en cubierta con las dos rodillas, y el mismo golpe lo puso a reír de puro susto. Aníbal sintió que le temblaban los brazos. Tenía sesenta y tres años y la espalda le cobraba cada vuelta de soga, pero no soltó el bichero hasta que Ramiro dio marcha atrás y la lancha se separó del pilote como quien despega un esparadrapo.

    El resto del recorrido fue una sola mañana mojada y larga. Llegaron a la escuela de pilotes con un cuarto de hora de atraso, y la directora esperaba en la escalera con el grabador en la mano. Los chicos formaron bajo el edificio, entre los charcos y el olor a madera húmeda, y cantaron la canción de la isla con las voces un poco desparejas.

    A las cinco de la tarde, en el regreso, Aníbal ató la lancha en la Estación Fluvial por última vez. No hubo discurso. Ramiro le dio la mano, le dio un abrazo, le dijo que no se perdiera. Aníbal juntó su termo, su gorra y la campera. Se quedó con el bichero un rato largo en las manos.

    Al día siguiente, a las siete y media, un vecino de los Bogado subió al muelle de la lancha de apuro, buscando a Ramiro, y le dejó un paquete envuelto en una bolsa de arpillera. Adentro había un nudo, el más grande y prolijo que se había visto en el arroyo, hecho con piolín celeste. Un nudo de marinero, trabajado con dedos chicos, con una nota atada: «Para don Aníbal, que ata mejor que todos. Joaquín».

    Ramiro lo sostuvo un momento. Después lo colgó del gancho de bronce, junto al bichero que Aníbal había dejado en la timonera, y lo dejó oscilar con el movimiento del río.

  • El golpe que llegó a la legua

    Fortunata Ledesma bajó el bombo de arriba del ropero a las cuatro de la tarde, cuando el patio de tierra de Suncho Corral ya largaba el calor de la siesta y las chicharras se habían cansado de gritar. Lo apoyó sobre la mesa de la cocina, encima del hule de flores, y lo miró como se mira a un pariente que llegó sin avisar.

    Hacía once años que nadie lo tocaba. Desde que Nicanor se quedó dormido en la reposera y no se despertó, el bombo había vivido envuelto en una frazada, entre los frascos de dulce de cayote y una caja de zapatos con boletas viejas. El parche de arriba se había aflojado hasta quedar como una hoja de cuaderno mojada. El de abajo tenía una rajadura del largo de un dedo.

    —Abuela, ¿qué hacés con eso? —preguntó Milagros, que había vuelto de la escuela con la mochila colgando de un solo hombro.

    —Lo voy a arreglar.

    —El sábado toco en el club con la guitarra de la profe. No necesito bombo, abuela.

    —Una chacarera sin bombo es una persona sin sombra —dijo Fortunata, y fue a buscar el termo.

    Milagros tenía catorce años y una forma de encogerse de hombros que a Fortunata le recordaba a su marido. Se quedó mirando cómo la abuela, que había sido maestra rural cuarenta años y nunca había tocado nada más fuerte que una campanita, sacaba del cajón las tijeras de podar, un ovillo de tiento y una aguja larga de coser bolsas.

    Lo que Fortunata quería era chico y concreto. Quería que el bombo de Nicanor sonara una vez más, un solo golpe, el sábado, antes de que empezara el baile. No había hecho ese pacto con nadie, ni con Dios ni con el muerto. Lo había decidido sola una mañana, mientras barría, y desde entonces lo cargaba como una piedra en el bolsillo.

    El vecino de enfrente, don Segundo Herrera, criaba cabras en un corral de palo a pique y ramas de quebracho. A las cinco ella cruzó el camino con un frasco de membrillo y volvió con un cuero de chivo, crudo, duro como una tabla, con un olor fuerte a sal y a monte. Don Segundo no preguntó para qué. Solo dijo:

    —Hay que remojarlo toda la noche. Y no lo apures, que el cuero se enoja.

    Fortunata lo dejó en la palangana de lata, bajo la canilla del patio. Esa noche no durmió bien. Soñó que el bombo sonaba solo, adentro del ropero, y se despertó con el corazón golpeando el mismo compás.

    Al otro día, antes de que aclarara, cortó el cuero con las tijeras, siguiendo el contorno del aro con un lápiz de carpintero. Le temblaban las manos. Milagros se levantó en piyama, la miró un rato desde la puerta y se sentó a su lado sin decir nada. Le alcanzó el tiento, le sostuvo el aro cuando hizo falta.

    —Tiene que quedar parejo —murmuró Fortunata—. Si tironeás de un lado, suena torcido.

    —¿Y vos cómo sabés?

    —Lo escuché cuarenta años. Nicanor se pasaba una hora tensando antes de cada fiesta, y yo planchando en la pieza de al lado, oyéndolo apretar y soltar, apretar y soltar. Aprendí por las orejas.

    Tardaron dos tardes en pasar los tientos por los agujeros del cuero nuevo, uno por uno, tirando con todo el cuerpo, con las manos ampolladas y el olor a chivo metido en la ropa. La rajadura del parche de abajo la cosieron con una tira fina, como quien cierra la herida de un animal. Cuando terminaron, el bombo parecía otro: más oscuro, más pesado, con un parche pálido arriba que brillaba como un hueso.

    El viernes por la noche Fortunata lo golpeó por primera vez, con el palillo de palo blanco que Nicanor guardaba atado con un piolín. Sonó un golpe sordo, hueco, sin vuelo. Un golpe de cajón de madera.

    —Es el cuero nuevo —dijo Milagros—. Todavía está duro.

    —No es el cuero. Es que está frío.

    Fue la única explicación que se le ocurrió, pero la sabía cierta. Nicanor lo arrimaba siempre al fuego antes de tocar, de a poquito, dándolo vuelta como a un asado, hasta que el cuero se ponía tirante y respondía. Esa noche Fortunata prendió unas astillas en el brasero del patio. Sostuvo el bombo a media distancia, con los brazos cansados, y esperó. Milagros le cebaba mate y le cambiaba las astillas. En algún momento se hizo muy tarde y el aire olía a leña, a tierra seca, a algo que no tenía nombre.

    Golpeó otra vez. Ahora el sonido salió ancho, profundo, con un temblor largo que se quedó colgado en la oscuridad. A Fortunata se le llenaron los ojos, y lo disimuló limpiándose con la manga.

    —Ahí está —dijo Milagros, bajito.

    El sábado, en el club, antes de que se apagaran las luces de la cancha de bochas y empezara el baile, Fortunata se paró en la puerta con el bombo colgado del hombro. Le dio un solo golpe, uno solo, hacia la noche abierta. Después se lo pasó a la nieta, que se acomodó la correa con la seriedad de quien recibe una bandera.

    Lejos, del lado de los algarrobos, cuando el eco ya se había apagado, alguien contestó con otro golpe. Después otro más, desde más lejos todavía, hasta donde terminaba la legua.

    Fortunata se quedó escuchando. Y por primera vez en once años no sintió el silencio como una falta, sino como el hueco que queda entre dos golpes.

  • Diez panes de sal

    A las siete menos cuarto, con la escarcha todavía crujiendo sobre la costra y el sol recién apoyado en la sierra de Chañi, Evaristo Colque clavó la trenchadora en la sal y sintió, antes de que cediera, el golpe seco que le subía por los brazos hasta los dientes. Era abril. Hacía cuatro años que no cortaba un pan a mano.

    —Tata, ¿en serio no preferís la pala? —preguntó Wilson, desde atrás, con la capucha puesta y el celular guardado por pura obediencia.

    —La pala es para la sal de la cooperativa. Esto es otra cosa.

    Evaristo tenía setenta y un años, la rodilla izquierda hinchada como un pomelo y una camioneta prestada. Había manejado desde San Miguel de Colorados por la ruta 52 con el nieto de acompañante, entre los cerros pelados y el viento que levantaba polvo blanco sobre el asfalto. El salar se abría a 3.400 metros, plano, tan parejo que la vista se resbalaba.

    Lo que quería era chico. Quería cortar diez panes de sal con las hachas de su padre, la trenchadora para abrir el surco y la cuadradora para sacar el bloque, y llevárselos a Dominga Quispe, que bajaba de Susques cada otoño con charqui de llama y siempre preguntaba, sin esperanza, si todavía quedaba alguien que supiera hacer sal en pan. Hasta hacía unos años se trocaba así: sal por maíz, por harina, por papas de la Quebrada. Después llegó el camión, el precio por tonelada, la bolsa con marca. Nadie se había enojado. Simplemente se fue dejando.

    —Mirá —dijo Evaristo, y señaló el surco con la punta del hacha—. Tiene que salir parejo. Si te vas torcido, el pan se parte al cargarlo.

    Wilson agarró la cuadradora. Era más pesada de lo que parecía y la hoja tenía un filo gastado, de tanto afilarla con la piedra del patio. Golpeó. La sal saltó en astillas.

    —Más abajo. Dejá que el hacha trabaje. Vos no empujás, acompañás.

    El chico lo intentó de nuevo. Después otra vez. Tenía las manos coloradas y la nariz mojada por el frío, y por primera vez en toda la mañana no hablaba. Se oía solo el golpe, un golpe sordo y limpio, y el viento que arrastraba granitos contra las botas.

    A las diez ya habían sacado cuatro panes. Los apoyaron sobre una lona, cada uno del largo de un antebrazo, con las caras lisas brillando, un blanco que dolía en los ojos. Evaristo se sentó en el cajón de la camioneta, se frotó la rodilla y sacó de la bolsa un termo, tortillas y un trozo de queso duro.

    —Mi viejo decía que la sal se cría —dijo—. Que llueve en el verano, se llena el salar de agua, y la sal florece cuando el sol y el viento la trabajan. Después en abril se corta lo que quedó. Nunca la tratábamos como una cosa. Era más bien un animal que nos dejaba llevarnos un poco.

    —¿Y la cooperativa?

    —La cooperativa hace piletas, y está bien. De ahí sale la sal para comer, la que va a las fábricas. Yo trabajé veinte años en eso. Pero esto —y tocó el pan con la bota—, esto es lo que hacía mi viejo, y cuando él se fue me quedó la mano que sabe, y nadie a quien dársela.

    Wilson no dijo nada. Masticaba despacio. Miraba el pan.

    —Dale otra vez —dijo al rato, y se limpió las manos en el pantalón.

    A las tres de la tarde tenían diez. Evaristo contó dos veces, por costumbre. Los envolvieron en mantas, uno por uno, y los acomodaron en la caja de la camioneta con paja. Wilson tenía una ampolla en la palma. La miró, se la mostró al abuelo con cierto orgullo, y Evaristo asintió sin sonreír, porque esas cosas se respetan.

    Dominga los esperaba en el parador de la ruta, junto al cartel de las visitas guiadas, con el poncho gris y dos bolsas de arpillera apoyadas contra la pared. Tenía la cara cuarteada como el suelo del salar en febrero. Cuando vio las mantas, no preguntó nada. Levantó una punta, pasó el dedo por la cara del pan y se lo llevó a la boca.

    —Es de la de antes —dijo.

    —Es de ahora —contestó Evaristo—. Lo cortó el chico, casi todos.

    Dominga miró a Wilson. Lo miró lo bastante como para que el chico bajara los ojos.

    —Entonces tiene mano.

    Hicieron el trueque en el mismo parador, sin apuro, sin balanza. Dos bolsas de charqui por los diez panes, más un queso de cabra que ella le puso encima a Wilson «para que no se le pierda la costumbre». Evaristo cargó el charqui en la camioneta. La rodilla le dolía como nunca y no le importaba.

    Volvieron con el sol bajo, el salar teñido de un rosa que duraba poco. En la ruta, Wilson iba callado, con la mano de la ampolla abierta sobre la pierna.

    —Tata.

    —Qué.

    —El año que viene, ¿cortamos veinte?

    Evaristo siguió mirando el camino. Un camión pasó en sentido contrario y la camioneta tembló en el aire. Más allá, sobre la costra blanca, quedaban los surcos de la mañana, finos y derechos, como una firma.

    —Veinte —dijo—. Y yo me siento y mando.

  • Doce justo

    A las seis menos cuarto, con el termómetro del muelle marcando dos grados y la bahía todavía negra, Nilda Cárdenas ya tenía el motor de la Marisol en marcha y las manos metidas en guantes de goma que no calentaban nada. Era julio. Era la última salida del año con las trampas de centolla, y la última de su vida, aunque eso todavía no se lo había dicho a nadie en voz alta.

    Tobías subió por la escalerita del muelle con la mochila del colegio colgada de un solo hombro. Tenía quince años, la campera nueva de las vacaciones de invierno y cara de no haber dormido.

    —¿Seguro que no vomito? —preguntó.

    —Seguro no. Si vomitás, vomitás para sotavento. Eso te lo enseño gratis.

    Soltaron amarras. La ciudad quedó atrás, apilada en la ladera, con las luces de los barrios altos todavía prendidas y el humo de las chimeneas subiendo derecho porque no había viento. Nilda lo notó y desconfió. En el Beagle, la calma a esa hora era un préstamo.

    Salieron de la bahía y doblaron hacia el este. El agua hacía un ruido blando contra la proa, como de alguien que traga. Tobías se sentó sobre un cajón de plástico y miró las montañas, que ya tenían un borde rosado arriba, con la nieve nueva.

    —Mi abuelo me dijo una vez que vos eras mejor patrona que él —dijo.

    —Tu abuelo decía muchas cosas. La mayoría para no tocar el motor.

    Tobías se rio solo. Nilda no. Hacía tres años que Ismael no estaba, y todavía le pasaba que una frase suya la agarraba en la boca del estómago, entre el café y la primera luz.

    Llegaron a la primera línea cuando el cielo ya era gris claro. La boya era anaranjada, con una marca pintada a mano: una N y una C. Nilda enganchó el cabo con la pértiga, lo pasó por el halador y la maquinita empezó a chillar. De a poco subió la nasa, goteando, un aro grande de hierro forrado en red, con la carnada de pescado hecha jirones.

    —Ahí viene —dijo Nilda.

    Adentro había tres centollas. Una era enorme, de patas largas y rojizas, con el caparazón espinoso lleno de mejillones chiquitos pegados. Tobías se quedó parado con la boca abierta, sin saber si tocar.

    —No la agarres de las patas. Del caparazón, desde atrás. Así.

    Se la puso en las manos. Pesaba más de lo que parecía. La centolla movió una pata despacio, como quien se despereza.

    —Ahora el calibre.

    Nilda sacó del bolsillo del mameluco una regla de metal con dos topes, gastada, con la pintura del mango casi borrada. Doce centímetros de ancho de caparazón, ni uno menos. Lo que no llegaba volvía al agua, estuviera como estuviera. Era la ley, y además era la costumbre de quien quiere seguir pescando en el mismo lugar el año que viene.

    Midieron la primera: catorce. La segunda: trece. La tercera, once y ocho.

    —Esa va de vuelta —dijo Nilda.

    —Pero le faltan nada. Dos milímetros.

    —Dos milímetros es la ley.

    Tobías la dejó con cuidado sobre la borda y la soltó. La centolla se perdió en el agua verde en un segundo.

    Siguieron con la segunda línea y con la tercera. Hacia las nueve salió el sol por encima del canal y el agua se puso de color estaño. Tobías ya sabía abrir las trampas, cebar de nuevo, esquivar el cabo cuando corría. Hablaba menos. Estaba concentrado, y eso a Nilda le gustó.

    Quedaba una sola línea, la que más le importaba. La había calado a fines de mayo, antes del último temporal, con la boya vieja de Ismael: una botella de plástico azul cortada y una cinta roja de tela que ella había atado sin pensar. El viento del oeste había soplado cuatro días seguidos esa semana. Podía haberse cortado el cabo. Podía haberla arrastrado cualquier cosa.

    —¿Qué estamos buscando? —preguntó Tobías.

    —Una cinta roja.

    Buscaron un buen rato. Dieron vueltas en cuadrado, con los binoculares, con la mano sobre los ojos por el reflejo. Tobías la vio primero, a estribor, una mancha roja chiquita que subía y bajaba entre las olas.

    —¡Ahí! ¡Ahí está!

    La cinta estaba desteñida casi hasta el blanco, pero estaba. Nilda acercó la lancha despacio, enganchó, y el cabo se tensó con un peso distinto, más hondo. Se quedó mirando la maquinita un rato antes de accionarla.

    La nasa subió llena de algas. Adentro había una sola centolla, un macho viejo de caparazón oscuro y áspero, con una pata más corta que las otras, regenerada. Tobías la sacó con las dos manos. Nilda le pasó el calibre.

    Esta vez midió él solo, con la lengua entre los dientes. Miró dos veces.

    —Doce justo.

    —Mostrá.

    Era doce justo. Nilda lo comprobó tres veces, por costumbre, y a la tercera ya no necesitaba comprobar nada. Un milímetro menos y volvía al mar. Así, justa, se quedaba en el cajón. Ismael habría dicho que era un regalo. Ella pensó que era una broma de él.

    —Quedátela vos —dijo Tobías—. Es tu última.

    —No —dijo Nilda—. Es la última de la Marisol. De mí no sé nada todavía.

    Guardaron la centolla en el cajón con hielo. Tobías cerró la tapa y se quedó con la mano encima un momento, como si estuviera tibia.

    Volvieron al puerto con el sol alto y una brisa del oeste que empezaba a levantar cresta. En el muelle los esperaba el inspector, con la planilla y el lapicero. Nilda le entregó las cajas, él midió, anotó, firmó. Después se quedó mirando a Tobías.

    —¿Es el nieto?

    —Es el nieto.

    —Se le nota en cómo se para.

    Cuando el inspector se fue, Nilda se sacó los guantes y le dio el calibre a Tobías, de mano a mano, sin decir nada. Él lo miró, le pasó el pulgar por el mango gastado y se lo guardó en el bolsillo de la campera nueva, donde quedó pesando como una piedra tibia.

    —Mañana a las seis menos cuarto —dijo Nilda—. Y traé gorro, que hace frío.