Blog

  • Papel sulfito

    El delantal le quedaba corto de mangas. Norma Epulef se lo había puesto en el baño del galpón, frente al espejo con la mancha de humedad, y se lo había mirado como se mira un sobretodo prestado para un velorio. Era de tela azul, con un bolsillo grande adelante y las iniciales B. A. bordadas en hilo blanco, medio comidas por el lavado. Beatriz Aguilera. Treinta años de enemistad con esas dos letras.

    Afuera, en el predio de la Ruta 22, ya sonaba el parlante. Era el sábado de la Fiesta de la Pera, enero, y el aire de Allen olía a chacinado a la parrilla, a fritura y, por debajo, a la fruta de la cosecha recién empezada, ese olor verde y apretado que se les queda a las mujeres del empaque en el pelo hasta el invierno.

    —¿Estás segura? —le preguntó el flaco de la mesa de inscripción, con la planilla en la mano—. Hace cinco años que no te anotás, Norma.

    —Seis. Anotame.

    —¿Y el nombre de la compañera? Es una sola categoría mixta, pero igual me lo piden para el micrófono.

    —No hay compañera. Voy yo.

    Se sentó en el banco de madera con los demás. Había pibes de veinte con muñequeras deportivas, un par de hombres de su edad que la saludaron con la cabeza, y una chica nueva, de las que entran por temporada, que se miraba las manos como si no fueran suyas. Norma no miró a nadie. Metió la mano en el bolsillo del delantal y encontró lo que sabía que iba a encontrar: tres hojas de papel sulfito dobladas en cuatro, blandas de tanto uso, que Beatriz guardaba para la suerte. El papel de verdad se usa una sola vez. Ese lo habían usado cien.

    Se habían conocido en un empaque de la calle Roca, en el noventa y cuatro, las dos al lado en la cinta. Beatriz envolvía con una vuelta de muñeca corta y seca, la pera casi no la tocaba. Norma envolvía con dos, más a la manera de la madre, que había empacado en las ramadas de las chacras cuando el embalaje se hacía a la sombra, sin sellos ni auditorías. Desde el primer verano se contaron los bultos una a otra, a escondidas, y desde el segundo dejaron de hablarse para no dar el gusto. Cada enero, en la fiesta, se anotaban. Cada enero ganaba una de las dos por un segundo, y la otra decía que el cronómetro estaba mal.

    La última vez que se anotaron juntas fue la que Beatriz perdió por primera vez en tres años. Se le cayó una pera. Nada más. Una Williams que rodó por la mesa y se golpeó contra el borde, y Beatriz se quedó mirándola con una cara que Norma nunca le había visto. Esa noche, en la cantina, Norma le quiso decir algo y le salió un chiste. Beatriz no se rio.

    Después vino la mano, que le temblaba. Después la jubilación, la hija en Neuquén, la casa de la calle Mitre con las persianas bajas. Norma pasó por la vereda dos veces ese invierno y las dos veces siguió de largo. En marzo, la hija llamó al galpón.

    —Llamen a los de la lista —dijo la voz del parlante—. Mesa uno, mesa dos.

    Norma se paró. Le crujió una rodilla. Delante de cada puesto, el cajón con las peras, la pila de papel, la caja vacía, el cronómetro en una banqueta. Le tocó la mesa del medio. La chica nueva quedó a su derecha y le dijo bajito, sin mirarla:

    —Yo nunca hice esto delante de gente.

    —Mirá la pera, no a la gente. La pera no se pone nerviosa.

    —Ahora —dijo el parlante.

    La primera pera le salió bien, por costumbre de la mano. La segunda también. Al tercer envoltorio hizo algo que no pensaba hacer: cortó la vuelta larga y dio la vuelta corta, seca, la de Beatriz. La muñeca le fue sola. Se acordó de mirarla de costado, años atrás, a la luz del tubo fluorescente, cuando le robaba el movimiento sin saberlo, y se le puso un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con la competencia. Siguió. Una vuelta, la caja, la cuña de papel, otra. Sintió la fruta fría y pesada, con ese pelo finísimo que tiene la cáscara cuando todavía no la tocó el mercado. El público aplaudía a lo lejos, como llovizna.

    Al llegar al último cajón, ya no oía nada. Metió la mano al fondo del bolsillo, sacó una de las hojas viejas de Beatriz y envolvió la última pera con ella. Las otras dos las dejó donde estaban. Cerró la tapa justo cuando alguien gritó tiempo.

    No ganó. Quedó tercera, detrás de un pibe de veinticuatro que envolvía como si lo persiguieran y de un hombre de Cipolletti. La chica nueva terminó última y la abrazó igual, sorprendida de sí misma. El flaco de la planilla le acercó el sobre del tercer puesto y ella lo guardó sin mirarlo.

    Esa tarde fue hasta la calle Mitre con la caja bajo el brazo. Tocó timbre. Tardó en abrir la hija, que la reconoció de golpe y se corrió de la puerta sin decir nada. Al fondo, en el comedor, Beatriz estaba sentada con la tele apagada y las manos sobre la mesa, una arriba de la otra.

    Norma apoyó la caja frente a ella. Levantó la tapa. Adentro había una sola pera, envuelta en un papel gastado que las dos conocían, con la punta torcida de una manera que nadie más en el valle sabía torcer.

    —Estaba corta de tiempo —dijo Norma—. Pero la cerré con tu vuelta.

    Beatriz la miró un rato largo. Después estiró la mano buena, la que no temblaba, y la apoyó sobre el papel sin abrirlo.

    —Vos siempre te acordás mal el nudo —dijo.

    Y se rio. La risa la agarró de sorpresa, y Norma, parada en la puerta del comedor con el delantal prestado todavía puesto, entendió que ese era el segundo que había ganado.

  • El bombo de la ferretería

    La víspera de la Marcha de los Bombos, a las cinco de la tarde, Brisa Carabajal entró a la ferretería con un sobre de ahorros en la mano y la frase ensayada desde la esquina. La campanita de la puerta sonó dos veces porque ella la dejó rebotar. Adentro olía a aceite de máquina, a cal y a yerba recién cebada.

    Don Alcides Herrera estaba detrás del mostrador, pesando clavos en una balanza de platillos. No levantó la vista hasta terminar.

    —Dos kilos de clavo de dos pulgadas —dijo, y le alcanzó la bolsa a un hombre de casco—. Y vos, nena, ¿qué buscás?

    —Eso —dijo Brisa, y señaló la pared del fondo.

    Entre los rollos de alambre y las cajas de bisagras colgaba un bombo legüero. La caja de ceibo había oscurecido con los años, los tientos de cuero crudo estaban tiesos como cuerdas de guitarra vieja, y encima del aro de arriba alguien había apoyado una lata de pintura y un cuaderno de pedidos. Era el bombo de su abuelo Tito. Ella conocía la mancha clara que tenía en el costado, donde él apoyaba el codo.

    —Ese no se vende —dijo don Alcides.

    —Lo vendieron en marzo, cuando mi abuelo se murió. Mi tío necesitaba plata para el sepelio y usted lo compró.

    —Lo pagué bien.

    —Ya sé. Yo vengo a pedírselo prestado. Mañana a la noche marchan todos los bombos y yo quiero ir con ese.

    Don Alcides se sacó los anteojos y los limpió con la punta del delantal. Tenía las manos grandes, con un corte viejo en el pulgar.

    —Ese bombo está muerto —dijo—. Probalo, si querés. Ya lo probé yo.

    Brisa dejó el sobre sobre el mostrador. Bajó el bombo con las dos manos, sacó la lata y el cuaderno, y se lo colgó del hombro. Pesaba más de lo que recordaba. Agarró el palillo y el macillo que estaban atados al tiento y golpeó el parche. Sonó a caja de cartón. Un golpe seco, sin cuerpo, que se apagó antes de llegar al fondo del local.

    —¿Vio?

    —El cuero se aflojó —dijo ella—. Con el frío de la noche y la humedad de la pared. Mi abuelo lo calentaba antes de cada marcha.

    —¿Calentarlo con qué?

    —Con fuego. No mucho, un rato. El cuero se tensa y después se aprietan los tientos.

    Don Alcides miró hacia el fondo, donde tenía la garrafa chica con la pava. Se quedó un momento en silencio. Después levantó la tapa del mostrador y le hizo señal de que lo siguiera.

    Brisa apoyó el bombo cerca de la hornalla, con el parche a un palmo de la llama baja, y lo fue girando despacio para que el calor no se juntara en un solo punto. Pasó la palma por el cuero cada tanto, como se prueba una plancha. Don Alcides la miraba desde atrás con el mate en la mano.

    —Yo lo compré porque me lo pidió la señora de tu tío —dijo de pronto—. Me dijo que si no lo compraba yo se lo llevaba un coleccionista de Tucumán. Y tu abuelo tocó en mi casamiento, en el cuarenta y ocho de la calle Tucumán, hace treinta y cinco años. Tocó cuatro chacareras seguidas y no quiso cobrar. Yo no sé tocar nada. Lo colgué ahí para que no se fuera.

    —Pero no sonaba.

    —No. Y tampoco me animaba a decírselo a nadie.

    Brisa apretó los tientos uno por uno, tirando del cuero crudo hacia abajo con el cuerpo entero, de la presilla de un aro a la del otro. Las manos le temblaban un poco, así que lo hizo más despacio. Cuando terminó se paró derecha, se acomodó la correa y probó con el macillo.

    El golpe salió hondo. Una vibración que se sentía antes en el esternón que en los oídos. Detrás del mostrador, en los cajones, los tornillos se movieron con un ruido de arena. Don Alcides dejó el mate en la mesa.

    —Hacé la que tocaba él —dijo.

    Brisa tocó una chacarera, lenta al principio, con el palillo en el aro y el macillo en el parche, el golpe a contratiempo que su abuelo le había enseñado en el patio cuando tenía siete años y apenas alcanzaba el borde. La pava empezó a silbar en el fuego y ninguno de los dos la sacó. Un cliente abrió la puerta, escuchó desde el umbral y volvió a cerrarla despacio.

    Cuando terminó, don Alcides se frotó la cara con la mano abierta.

    —Llevátelo —dijo—. Me lo traés el lunes, si querés. O no me lo traés.

    —Se lo traigo para que lo escuche —dijo Brisa—. Pero es de mi familia.

    —Es de tu familia —repitió él, y le devolvió el sobre sin abrirlo.

    A la noche siguiente la ciudad se llenó de bombos. Salieron de todos los barrios, desde el centro hacia afuera, hombres y mujeres, chicos con bombos chicos, viejos con bombos que eran más grandes que ellos. El sonido subía desde el asfalto y se te metía por los zapatos. Brisa marchó en el medio, con la mancha clara del codo de su abuelo contra su costado y el cuero tenso, caliente todavía de la hornalla. En una esquina, apoyado en el cordón y con el delantal puesto por debajo de la campera, don Alcides la vio pasar y no dijo nada. Sólo se tocó el pecho con la mano abierta, a la altura del corazón, y la dejó ahí hasta que el último bombo dobló.

    El lunes por la mañana, al abrir la persiana, buscó con la vista la pared del fondo. Entre los rollos de alambre y las cajas de bisagras quedaba un círculo limpio en el revoque, del tamaño exacto de la caja, sin una pizca de polvo. Don Alcides agarró el trapo, lo miró un rato y lo dejó donde estaba.

  • El cable de Ramiro

    Ramiro Scaglione se puso la campera de la cooperativa a las tres de la tarde, aunque en el puerto de Ingeniero White hacían veintidós grados y el viento del sur todavía no se había decidido. Se la puso por costumbre, como se ponía el casco amarillo durante treinta y ocho años de puerto, y salió de la casa de la calle Cárrega con una caja de zapatos bajo el brazo.

    En la caja iba un cable de acero de un metro, con un ojal empalmado a mano y dos guardacabos de bronce. Lo había rehecho él en la cocina, el martes, con la morsa atornillada a la mesa y Nélida mirándolo de reojo, sin decir nada, que era la forma que ella tenía de decir todo.

    —Vas a hacer un papelón —había dicho al fin, el miércoles, mientras pelaba las papas.

    —Puede ser.

    —Tenés setenta y tres años, Ramiro. Los hombros no te dan.

    —Para esto no hacen falta los hombros.

    Era el último sábado de noviembre y a las cinco salía la procesión de San Silverio desde la parroquia de la Exaltación de la Santa Cruz. Ramiro la había seguido todos los años de su vida, primero de la mano de su padre, que había llegado de la isla de Ponza con un bolso de lona y un apellido que nadie sabía escribir, y después de su propia mano, con los hijos, con los nietos, con las rodillas cada vez peores. Siempre era igual: la banda, los bomberos adelante, los pescadores cargando las andas por las calles de tierra apisonada y de asfalto, el olor a fritura de las canzonettas que cantaban las señoras mayores, y al final la plazoleta del puerto, donde levantaban al santo con el guinche y lo ponían en la lancha para pasearlo por la ría.

    Ese trabajo, hasta hacía tres años, había sido de Ramiro. Treinta y ocho noviembres había subido al santo a la lancha con el guinche viejo, y nadie en el puerto hubiera permitido que lo hiciera otro. Después vino la jubilación, el guinche eléctrico nuevo que prestaba el Consorcio, y una chica de veintiocho años con auriculares en el cuello.

    La chica se llamaba Brenda Quiroga y estaba sentada sobre un cajón de plástico, junto al guinche, cuando Ramiro llegó a la plazoleta. Tenía un termo, una tablet y la cara de quien lleva tres horas probando algo que ya funciona.

    —Don Scaglione —dijo, y se paró—. ¿Vino a ver?

    —Vine a pedirte un favor.

    Le mostró la caja de zapatos. Brenda levantó la tapa, sacó el cable, lo pasó entre los dedos y le dio una vuelta al ojal con el pulgar. Tardó un rato largo en hablar.

    —Es un empalme de marinero.

    —Cuatro pasadas y una trenza, como me enseñó mi viejo. El ojal lo rehice yo.

    —Don Ramiro, yo tengo una eslinga homologada. Con certificado. Prefectura me la revisó esta mañana.

    —Ya sé.

    —Entonces no entiendo.

    Ramiro miró hacia la ría. El agua estaba de ese marrón liso de las tardes sin viento, y las lanchas, pintadas de celeste, de verde, de un rojo que se les iba pelando, cabeceaban contra los pilotes con las banderitas de papel colgadas de los mástiles. Una de ellas, la más chica, tenía la proa vacía, esperando.

    —Mi viejo hizo ese cable en el cuarenta y siete —dijo—. Para levantar a San Silverio cuando todavía lo subían con una roldana y cuatro hombres tirando. Después se perdió en el mar. Se perdió una madrugada de agosto del setenta y uno, saliendo a la barra, y la Prefectura nos devolvió la lancha y no a él. El cable quedó en un cajón. Yo lo tuve guardado más de cincuenta años.

    Brenda no dijo nada. Del otro lado de la calle empezó a oírse la banda, lejos, un bombo y un clarinete que todavía no se ponían de acuerdo.

    —Yo no quiero manejar nada —siguió Ramiro—. Manejalo vos, como siempre. Lo único que te pido es que el santo suba colgado de ese cable. Que la última vuelta, la de la imagen, la dé mi viejo, aunque sea así, con un empalme.

    —Si se corta…

    —No se va a cortar. Yo lo probé con la camioneta de mi yerno. Aguantó el doble de lo que pesa San Silverio.

    —Pero la norma…

    —Lo ponés como respaldo, entonces. Debajo. La eslinga tuya arriba, la mía adentro, enroscada, que no se vea. Si el santo se cae, se cae por la tuya.

    Brenda soltó una risa corta, de nariz. Se rascó la cabeza con el borde de los auriculares. Después agarró el cable otra vez, lo sopesó, lo olió, hizo algo que Ramiro conocía muy bien: le pasó la uña por cada una de las trenzas, de punta a punta, buscando la que estuviera floja.

    —Está perfecto —dijo, de mala gana.

    —Ya sé.

    —No sea agrandado.

    A las seis menos veinte llegó la procesión. Primero los bomberos, con la autobomba lustrada y la sirena apagada. Después la banda, y detrás, entre una multitud de gorras, de pañuelos, de nenes con la cara pintada, las andas con el santo: un San Silverio de yeso, con su manto morado, su báculo y su mirada paciente, que se mecía sobre los hombros de ocho pescadores jóvenes y uno de ochenta. Ramiro conocía a todos. A los nueve les conocía los padres.

    Brenda dio la orden. Dos hombres de la Sociedad pasaron la eslinga por debajo del pedestal, y ella, sin que nadie lo notara, hizo que el cable de acero entrara en el lazo, enroscado, como se guarda una bufanda dentro de un abrigo. Ramiro, desde atrás de la valla, se agarró de un caño con la mano buena.

    Sonó el motor del guinche. La imagen se despegó de las andas muy despacio. Subió dos metros, tres, con el manto moviéndose apenas, y en ese momento, con el sol bajo pegándole de costado, el cable de acero brilló un segundo entre los dedos del santo, un hilo de luz finísimo, y Ramiro Scaglione, que no lloraba desde el velorio de la madre de Nélida, apretó el caño un poco más fuerte.

    —¿Y vos qué hacés ahí parado? —le gritó alguien desde la lancha chica, la de la proa vacía. Era su yerno, de gorra, con el brazo extendido—. ¡Subí, che, que te estamos esperando!

    Ramiro bajó la mirada. Nélida, a su lado, con la cartera apretada contra el pecho y los labios fruncidos, miraba el santo que bajaba hacia cubierta.

    —Papelón no fue —dijo ella.

    —No.

    —Andá, antes de que se vaya sin vos.

    La lancha tocó la bocina. El santo quedó sentado en la proa, entre los gladiolos y las banderas. Y mientras Ramiro caminaba hacia el muelle, con la caja de zapatos vacía bajo el brazo, la ría se llenó de motores, de cantos, de flores flotando sobre el agua marrón, y detrás de todo eso, muy fino, casi inaudible, el cable de acero chirrió contra la borda, una sola vez, como si alguien, desde el fondo de la bahía, hubiera dicho presente.

  • El bulto de las cuatro

    El frasco tenía que ir envuelto en un repasador, y el repasador, en diario, y todo junto en la caja de las botellas de soda, con la paja del colchón viejo apretada alrededor para que no sonara. Ofelia Duarte hacía eso desde las tres, sentada en el escalón del muelle, con los anteojos en la punta de la nariz y el olor del membrillo todavía pegado en las manos.

    Había sido un abril bueno. Las ramas del fondo del terreno se habían doblado de fruta, amarilla y peluda, y ella la había pelado toda una tarde con el cuchillo de punta redonda. El dulce salió oscuro, casi colorado, de los que se cortan con cuchillo y no se caen de la tostada. Llenó cuatro frascos. Tres ya tenían dueño: la vecina de enfrente, la maestra de la escuela de la isla, el patrón de la lancha. El cuarto no.

    Faltaba el nombre. Tenía la birome en la mano y el pedazo de cartón sobre la rodilla, y el cartón seguía en blanco.

    A las cuatro menos diez se oyó el motor. Primero lejos, grave, doblando el codo del Sarmiento, después más cerca, con ese ronquido ancho de las lanchas viejas de fondo chato. Ofelia se levantó, se acomodó el delantal y levantó la caja con los dos brazos. Pesaba menos de lo que parecía.

    La lancha arrimó despacio al muelle, con el agua marrón empujando contra los pilotes. En la proa, Tito, el marinero, ya tenía la soga lista. Era un flaco de cuarenta y pico, siempre con la misma gorra de la empresa, que había empezado a trabajar en esa lancha cuando todavía le sobraban los pantalones.

    —Buenas, doña. ¿Bulto?

    —Bulto. Para Tigre.

    Él lo agarró y lo puso arriba, sobre el techo, entre una garrafa y dos bolsas de pan. Ofelia le puso en la mano un billete doblado. Era lo de siempre: la propina del marinero por subir la carga.

    —¿Y a quién le va? —preguntó Tito, con el pie ya en la borda—. Para anotarle.

    Ofelia abrió la boca y la cerró. Del lado de adentro de la lancha, detrás de los vidrios rayados, había una fila de pasajeros que miraban para otro lado con esa cortesía de isleños que saben todo. Un hombre con una bolsa de alimento para pollos. Dos chicas con mochila. Una señora que tejía.

    —A Rogelio —dijo al fin—. Rogelio Duarte.

    —Ya sé quién es —dijo Tito, sin sorpresa.

    —¿Cómo que ya sabés?

    Tito se rascó la nuca debajo de la gorra. Miró el agua, después a ella.

    —Doña Ofelia, hace once años que su hermano pasa por este muelle el último jueves de cada mes. Viene en la lancha de las cuatro, sube en Tigre y baja en la parada de Tres Bocas, y vuelve en la de las seis y diez. No me pidió que no se lo cuente. Tampoco me pidió que se lo cuente.

    A Ofelia se le aflojaron las rodillas y se sentó otra vez en el escalón. Hacía once años que no le hablaba. Había sido por la casa de los padres, por el muelle, por unas palabras dichas en la cocina que ya ni recordaba bien, pero que seguían ahí, como el gusto a humo en una pava. Se acordaba sí de la última frase de él, en la puerta: “Cuando quieras, sabés dónde me encontrás”. Ella había contestado que no hacía falta.

    —Hoy es jueves —dijo.

    —Último de abril —confirmó Tito.

    —¿Y está en la lancha?

    Tito no contestó. Hizo un movimiento mínimo con la cabeza hacia la toldilla de atrás, donde los asientos de madera daban a la ventanilla del lado del muelle. Ofelia se paró y lo vio. Un hombre flaco, de campera azul gastada y boina, sentado con las manos entre las rodillas. Miraba fijo hacia adelante, hacia el respaldo del asiento de enfrente, con la espalda tiesa de quien se ha puesto a esperar algo sin saber qué.

    Once años mirando el muelle por la ventanilla de una lancha que no paraba. Once años, y el hermano nunca bajó.

    —Tito —dijo ella, con una voz que le salió de más abajo de lo que esperaba—. La lancha para a requerimiento, ¿no?

    —Siempre, doña.

    —Entonces pare un rato. Necesito que alguien me ayude a bajar un bulto.

    Tito sonrió por primera vez en la tarde. Fue hasta el techo, bajó la caja con las dos manos y la dejó sobre el muelle. Después le gritó algo al patrón, adelante, y el motor bajó de ronquido hasta un ronroneo de ralentí. El hombre de la bolsa de alimento sacó el celular para no mirar. La señora que tejía siguió tejiendo, un poco más despacio.

    Ofelia agarró el cartón, la birome, y escribió de una sola vez, con letra grande: Para Rogelio. Dulce de membrillo. Abril. Lo metió bajo el cordel de la caja. Dudó. Sacó el cartón y le agregó una línea más: Cuando quieras, bajá.

    Levantó la caja y caminó hasta el borde del muelle, donde la lancha esperaba, pegada al pilote, moviéndose con el agua. Arriba, en la ventanilla de la toldilla, el hombre de la boina se había dado vuelta. No sonreía. Tenía los ojos muy abiertos, como un chico al que acaban de llamar por el nombre completo.

    La puerta lateral se abrió desde adentro. Ofelia sintió el olor a gasoil y a agua del río, y le pareció que olía a otra cosa también, a la cocina de su madre, a un lunes cualquiera de cuando eran chicos.

    Puso un pie en el borde. Tito le tendió la mano.

    —Despacito, doña —dijo—. La lancha espera.

    Y esperó. El sol caía sobre el Sarmiento, el motor seguía su ronroneo, y en el muelle del Arroyo Santa Rosa quedó, durante unos minutos que nadie contó, la caja de las botellas de soda con el diario arrugado y el cordel bien atado, esperando que alguien la levantara.

  • La piedra de Efraín

    El viento del oeste le había metido arena a la lata de las fichas, y Rocío Catrileo la sacudió contra la rodilla antes de contar. Ciento doce fichas de chapa. Eso era lo que le quedaba en el galpón de la estancia, a dos horas de ripio de Gobernador Gregores, el último día de la esquila, con el camión de los fardos citado para las cuatro de la tarde.

    Tenía veintiséis años y era la afiladora de la comparsa. No esquilaba, no ataba vellones, no cocinaba. Su lugar era una mesa de caballetes junto a la puerta, con un esmeril, un frasco de aceite y una caja de peines y cuchillas ordenados por número. Cada esquilador pasaba, dejaba la cuchilla gastada y se llevaba otra con el filo recién sacado. Ella conocía las manos de todos por lo que le entregaban: el que apretaba de más, el que golpeaba contra el piso, el que dejaba el aceite sucio.

    Al único que no conocía era a Efraín Millalonco.

    Efraín tenía sesenta y tantos y esquilaba desde antes de que hubiera máquinas eléctricas en la zona. Llegaba cada mañana con su propio juego guardado en un trapo de lana, lo armaba solo en la punta de la playa y no lo soltaba para nada. Rocío le había ofrecido afilárselo el primer día, y él había dicho «no, m’hija, gracias» con una cortesía que cerraba la puerta.

    Esa mañana, mientras ella levantaba un vellón de la tabla, escuchó el cambio. La máquina de Efraín ya no zumbaba parejo. Tironeaba. Una oveja salió del brete con dos tajitos en la panza y el capataz, desde afuera, no dijo nada, que en el galpón era peor que gritar.

    A las once Efraín llevaba nueve ovejas menos que el resto. A las doce hacía las cuentas con los labios, sentado en un cajón de manzanas, mirando la cuchilla a contraluz.

    Rocío se acercó con el mate. Lo cebó despacio, pasó la bombilla para el lado del viento.

    —Está mellada —dijo, sin mirar la cuchilla—. Se nota por el ruido.

    —Se nota por el ruido —repitió él.

    —Yo te la saco en diez minutos.

    —Este juego me lo dejó mi viejo. Bueno, no todo. El peine es de él.

    —¿Y la cuchilla?

    —La cuchilla se gasta. —Efraín sacó el trapo y lo desplegó sobre la rodilla. El peine estaba pulido de tantos años de aceite, con un dibujito grabado a punta de clavo en el costado: tres rayas y un círculo—. Se la di a afilar a un tipo en Puerto San Julián hace treinta años y me la devolvió más corta. Desde entonces la afilo yo. Con la piedra, a mano.

    —¿Y hoy qué pasó?

    Efraín movió los dedos. Dos de ellos no cerraban del todo.

    —Hoy no me alcanza la mano.

    Rocío no dijo nada. Del otro lado del galpón, un playero gritó «¡lata!» y la ficha cayó en el tarro con ese sonido chico y seco que a ella le servía de reloj.

    —Mirá —dijo por fin—. Mi esmeril no lo toca nadie, ni vos. Pero la piedra es tuya. Ponela en mi mesa. Vos afilás la cuchilla con tu piedra y yo te sostengo el peine. Eso es todo lo que hago.

    —Eso no es afilar.

    —Es afilar con las manos de los dos.

    Efraín tardó. Miró el trapo, miró la mesa, miró el cielo blanco por el portón. Después se levantó con un crujido de rodillas y caminó hasta los caballetes. Sacó la piedra del bolsillo, escupió en ella y la apoyó en el borde de la cuchilla con un ángulo que Rocío habría jurado que era el mismo que usaba ella.

    Trabajaron en silencio. Ella sujetaba el peine con las dos manos, firme, sin interferir. Él pasaba la piedra con movimientos cortos, de abajo hacia arriba, y en cada pasada soltaba un aire por la nariz. Cuando terminó, pasó el pulgar a lo largo del filo y lo miró.

    —Faltó un toque —dijo.

    —Es el filo —dijo Rocío—. Probalo.

    Armó la máquina ahí mismo. La encendió. Zumbó parejo, bajo, sin tirones. Efraín apagó, la volvió a encender, y a la cara le asomó algo que no era alegría sino alivio, como cuando por fin deja de doler una muela.

    —Dame una oveja —le gritó al agarrador.

    Esquiló esa tarde catorce más. A las cuatro menos diez el camión ya estaba con el motor andando, y los fardos de lana, atados con alambre, subieron uno por uno a la caja mientras el viento les arrancaba hebras sueltas que quedaban flotando sobre el corral vacío.

    Rocío juntó los peines, las cuchillas, el frasco de aceite. Efraín se acercó cuando estaba cerrando la caja y dejó sobre la mesa su trapo de lana, abierto, con el juego adentro.

    —Para la zafra que viene —dijo—. Si querés. Pero el dibujito del peine no lo toques.

    —No lo toco.

    —Y la cuchilla, la afilás con la piedra.

    —Con la piedra. Y vos me la sostenés.

    Efraín sonrió por primera vez en toda la semana. Se calzó la gorra y subió a la caja del camión junto a los fardos. Rocío se quedó sola en el galpón, poniendo las fichas en la lata de a una, contándolas otra vez, ciento doce, ciento trece, ciento catorce, hasta que el camión se perdió en el ripio y lo único que quedó fue el viento golpeando la chapa.

  • La barquilla de las cinco

    A las cinco menos diez, Ismael Ferreyra ya había contado la gente dos veces. Dieciocho, el máximo. Nueve turistas con mochilas, una pareja de Avellaneda que cruzaba para tomar un café del otro lado porque sí, tres chicos de guardapolvo con la merienda en la mano, un fotógrafo con el trípode al hombro, y tres vecinos de la Isla Maciel que volvían de hacer trámites en La Boca.

    Desde la cabina, un cubículo vidriado en lo alto de la estructura de hierro, se veía el Riachuelo del color del mate cocido y, abajo, el humo de una parrilla de la avenida Almirante Brown. El olor llegaba hasta ahí arriba: grasa, río, un poco de pintura nueva. Ismael llevaba once años en el puesto. Le gustaban las tardes de noviembre, cuando el sol bajaba por el lado de Dock Sud y pintaba de naranja los cables.

    —Falta una —dijo por radio el chico de la boletería de abajo.

    —Ya cerré, Lucho. Dieciocho.

    —Es una señora. Dice que te conoce.

    Ismael bajó la escalerita de metal con las rodillas quejándose. En la entrada de la barquilla, apoyada en un bastón con la empuñadura de plástico marrón, esperaba una mujer muy chiquita, con campera de lana y una bolsa de feria colgada del antebrazo. Tenía setenta y pico, quizás ochenta. No la había visto nunca.

    —No me conoce —dijo ella antes de que él abriera la boca—. Le dije eso al muchacho para que me dejara pasar a hablar con usted. Aída Ocampo. Nací en la calle Pinzón, del otro lado.

    —Señora, está completo. Salgo en cinco minutos. Si quiere, el próximo es a las cinco y cuarto.

    —No quiero el de las cinco y cuarto. Quiero este. Mi papá cruzaba a esta hora, a las cinco de la tarde, cuando salía del frigorífico. Yo lo esperaba acá abajo con la vianda vacía de la mañana para llevármela. Venía con los otros, todos en fila, con el olor a lavandina y a sebo pegado en la ropa.

    Ismael miró la barquilla. Dieciocho personas. El reglamento no era una sugerencia.

    —Mire —dijo ella, bajando la voz—. Yo no vengo a pasear. Vine a ver si suena.

    —¿Si suena qué?

    —El puente. Mi papá decía que cantaba. Que cuando la barquilla arrancaba, el hierro hacía una nota, así, larga, y que él la sabía de memoria y por eso nunca llegaba tarde a ningún lado: sabía cuánto faltaba por cómo bajaba el sonido. Yo era chica y no lo entendía. Cuando lo cerraron, en el sesenta, tenía diez años. Hace poco me dijeron que lo habían arreglado y que andaba de nuevo. Y quiero saber si todavía hace esa nota. No quiero que me lo cuenten. Quiero oírlo yo.

    Ismael se rascó la nuca. Podía explicarle que el mecanismo era otro, que lo habían restaurado entero durante años, que a lo mejor la nota ya no estaba. Pero ella lo miraba con una paciencia de quien espera hace tiempo.

    Se dio vuelta hacia la barquilla.

    —A ver —dijo, y levantó la voz—. Alguien que quiera esperar al próximo cruce, que se lo regalo, es un cuarto de hora.

    Los turistas se miraron. El fotógrafo, que justamente quería esperar a que bajara más el sol para sacar la estructura contra el cielo, levantó la mano sin hacerse rogar.

    —Yo me bajo. Pero ella va a mi lugar.

    La señora Aída subió con cuidado, tanteando el piso con el bastón, y se sentó en el banco de madera, al lado de uno de los chicos de guardapolvo, que le ofreció una galletita sin preguntar nada.

    Ismael volvió a la cabina. Revisó las luces, el freno, la cerradura de la reja. Dieciocho. Respiró.

    —Salimos —dijo por radio, y empujó la palanca.

    La barquilla se despegó del muelle con un tirón suave. Se oyó el roce de las ruedas contra el riel de arriba, un rumor grave y parejo que Ismael ya no escuchaba de tanto escucharlo. Lo único que cambiaba, cruce tras cruce, era el viento. Hoy venía del este, con olor a mar sucio, y hacía vibrar los tensores.

    Desde la cabina vio la cabeza blanca de Aída Ocampo, inmóvil, las manos juntas sobre el bastón. No miraba el agua. Miraba para arriba, hacia las vigas, con los ojos entrecerrados, como quien trata de acordarse de un nombre.

    A mitad del río, justo cuando la barquilla quedó pareja con el eje del Riachuelo, un remolcador que subía hacia la Vuelta de Rocha soltó un bocinazo largo. El sonido rebotó en el casco de un barco herrumbrado amarrado en la orilla y volvió, más grave. Y entonces el hierro respondió. Ismael lo sintió en las manos antes de oírlo: una vibración baja que subió por la palanca, por el piso, por los tobillos, y se quedó flotando en el aire de la cabina como una nota de órgano.

    Nunca se había dado cuenta. Once años y nunca.

    La nota duró lo que dura una bocina. Después se fue apagando, hacia abajo, y la barquilla tocó el muelle de la Isla con un golpecito.

    Cuando Ismael bajó, los pasajeros ya se habían ido, salvo la señora, que seguía sentada en el banco con la bolsa de feria en la falda.

    —Ahí está —dijo ella sin mirarlo—. Es esa. Pensé que me la iba a acordar distinta.

    —Yo nunca la había escuchado —admitió Ismael.

    —Hace falta un barco. Papá siempre lo decía y yo creía que era una de sus cosas.

    Se levantó despacio, con ayuda del bastón y del brazo de Ismael, y bajó al muelle. Del lado de la Isla, en la avenida La Plata, ya se encendían las luces de los kioscos y alguien afinaba un bombo en una esquina.

    —¿Vuelve? —preguntó él—. El último sale a las seis.

    —Vuelvo mañana a las cinco —dijo ella—. Si me deja. Que no me regale el lugar nadie. Me saco el pasaje como todo el mundo.

    Ismael la vio alejarse por la vereda, chiquita, derecha, con la bolsa golpeándole la cadera. Después subió otra vez a la cabina, apagó la radio y se quedó un rato mirando el río, esperando el próximo bocinazo.

  • Los zapatos del cajón

    Nilda Rojas abrió la persiana del buffet a las nueve y diez, cuando el gimnasio todavía olía a kerosene y a zapatillas de básquet. Hasta las ocho de la noche, en el Sunderland de Villa Urquiza, la cancha había sido de los pibes de la categoría 2012. Ahora los bancos estaban contra la pared, alguien había trapeado las líneas pintadas del piso y las mesas con mantel de papel esperaban a la gente de las diez.

    Dieciocho años atendía ese mostrador. Vendía sándwiches de miga, empanadas de carne cortada a cuchillo, gaseosa de litro y medio y vino con soda para los que se animaban a pedirlo. Veía todo desde ahí: cómo entraban las parejas con el calzado en una bolsa de supermercado, cómo se cambiaban en las sillas, cómo los hombres de más de ochenta se miraban el nudo de la corbata en el vidrio de la heladera. Los sábados bailaban otros. Ella cobraba.

    —Abuela, ¿me das plata para la máquina? —dijo Thiago, que tenía once años y ya había descubierto que el sábado a la noche en el club era un lugar donde se podía comer papas fritas sin límite de horario.

    —Después. Primero poné las servilletas.

    —Siempre decís después.

    Nilda no contestó. En el cajón de abajo de la caja, junto a las lapiceras secas y la libreta de fiados, tenía la caja de cartón que el club llamaba «los perdidos». Ahí iban a parar las cosas que la gente se olvidaba: un paraguas, una bufanda de lana, tres peines, una dentadura postiza que nadie reclamó nunca. Y un par de zapatos de baile, de taco bajo, número treinta y siete, con la correa de la hebilla bien cosida. Los había dejado alguien en 1998. Nilda los limpiaba cada tanto con un trapo y betún neutro, sin saber para qué.

    Lo que sí sabía era para qué. Lo sabía desde marzo, cuando Aurelio, su marido, dejó de levantarse del sillón de la cocina y ella entendió que la última vez que habían bailado fue en el casamiento de una sobrina, en el 2009, y que ni siquiera se acordaba de la canción.

    A las diez empezó la música. Primero una tanda de tangos de Di Sarli, cuatro temas, y después la cortina, un pedazo de bolero para que la gente volviera a sentarse. Nilda sirvió dos vinos con soda y un fernet sin hielo, y mientras tanto miró la pista. Los hombres de un lado, las mujeres del otro, y en el medio ese idioma de cejas y mentones que ella conocía de memoria: nadie decía «¿bailamos?». Alguien levantaba la cabeza apenas, la otra bajaba los ojos, y era que sí.

    Nilda se secó las manos en el delantal. Sacó los zapatos del cajón. Los miró. Todavía tenían la suela clara, casi sin uso.

    —Thiago, ¿te animás a atender diez minutos?

    —¿Yo? Si no sé cobrar.

    —Es fácil. Todo lo que ves tiene el precio en la tarjetita. Si alguien te da un billete grande, me mirás. Yo voy a estar ahí.

    —¿Dónde?

    —Ahí —dijo ella, y señaló con la barbilla un punto cualquiera de la pista. Era el primer cabeceo de su vida en dieciocho años, y fue para su nieto.

    Se cambió en la silla de plástico que estaba detrás del mostrador, entre las cajas de gaseosa. Las alpargatas negras quedaron debajo de la silla, una al lado de la otra, como las de alguien que ya vuelve. Los zapatos le quedaron justos, apenas apretados en el empeine. Caminó hasta el borde de la pista con la espalda más derecha de lo que la tenía hace años.

    Sonó la segunda tanda. Un hombre alto, flaco, de saco gris y pañuelo en el bolsillo, estaba parado a tres metros, de espaldas a ella, mirando a otra mesa. Nilda no lo conocía. Se quedó quieta. Se acordó de que esa gente se pasaba semanas esperando una mirada, que se podía esperar una tanda entera, dos, la noche entera. Pensó en el buffet, en su nieto con las servilletas, en el vino con soda. Pensó que ya había esperado demasiado en el mostrador de al lado.

    El hombre se dio vuelta. Le miró los zapatos primero, que era lo que siempre se miraba, y después la cara. Inclinó la cabeza un centímetro.

    Nilda dijo que sí con los ojos.

    —Hace mucho que no bailo —le avisó cuando él le tendió el brazo.

    —Entonces vamos despacio —dijo el hombre—. Yo tampoco estoy para correr.

    El primer tango fue puro miedo. Contó pasos en voz baja, sintió el piso, esa madera vieja y encerada que se movía un poco bajo los pies, y las líneas de la cancha de básquet que pasaban debajo de los zapatos: el aro, el área, el semicírculo del triple. En el segundo tema, sin darse cuenta, dejó de contar. En el tercero ya no miraba el suelo. En el cuarto cerró los ojos y fue lo único que hizo falta.

    Cuando terminó la tanda, el hombre la acompañó hasta el borde de la pista, hizo un gesto con la cabeza y se fue. No preguntó el nombre, no pidió otra. Así era la costumbre, y Nilda se lo agradeció.

    Volvió al buffet caminando sobre los talones, porque el empeine le ardía. Thiago estaba parado sobre un cajón de gaseosa para llegar a la caja, con un billete de veinte en la mano y la cara de quien ha salvado un barco.

    —Me dieron veinte y no sabía el vuelto. Le dije que esperara a que viniera mi abuela.

    —Hiciste bien.

    —Estabas bailando.

    —Sí.

    —¿Se puede hacer eso?

    —Parece que sí —dijo Nilda, y contó el vuelto despacio, billete por billete, mientras afuera, sobre la calle Lugones, pasaba el último colectivo y adentro empezaba otra tanda.

    A las doce y media, cuando juntó los manteles de papel, se llevó los zapatos en la bolsa de las servilletas. Los perdidos, pensó, a veces los encuentra alguien. Los dejó en la mesa de luz, al lado del sillón de Aurelio, donde él los viera apenas abriera los ojos.

  • El timbre del 21

    A las cuatro y diez de la mañana, el 21 salió de la terminal de Lomas de Zamora con seis pasajeros, la calefacción apagada y la radio en un volumen que solo Dalila Cardozo podía oír. Era viernes, era noviembre, y era el último viernes de sus treinta y un años al volante. El lunes se jubilaba.

    Tenía la costumbre de mirar el espejo más que el camino. El camino ya se lo sabía de memoria: las lomas de burro, el bache que hacía saltar el matafuegos, el cruce donde siempre había un perro dormido y nunca era el mismo perro. Lo que le faltaba resolver era a Gonzalo.

    Gonzalo subía en Villa Fiorito, siempre a las cuatro y cuarenta, con una gorra azul y una mochila chica que olía a harina. Pagaba, saludaba con la cabeza y se sentaba en el segundo asiento de la derecha. Y siempre, siempre, tocaba el timbre una cuadra antes de su parada. Ella frenaba donde él pedía. Él bajaba, se quedaba un segundo quieto en la vereda, y caminaba de vuelta, media cuadra, hasta la puerta de la panadería. Desde hacía casi dos años.

    Dalila se lo había comentado a los compañeros en el comedor de la empresa.

    —Es un distraído —dijo Aníbal, mojando una factura en el café.

    —Se equivoca igual todos los días a la misma hora. Eso no es distracción.

    —Entonces es un cabeza dura.

    No era eso tampoco. Dalila lo sabía por cómo bajaba: sin apuro, con el pie buscando el cordón antes de apoyarse. Un cabeza dura se baja con bronca. Gonzalo bajaba con cuidado.

    Esa mañana lo esperó con la puerta ya abierta. Faltaba una semana para el calor fuerte y el aire de la madrugada todavía traía humedad. Cuando el 21 se arrimó a la parada de Fiorito, Gonzalo estaba solo, con la gorra y la mochila, y la mano un poco adelantada, como quien comprueba que hay una pared.

    Subió. Pagó. Se sentó en el segundo asiento de la derecha.

    El colectivo arrancó. Dalila fue contando en voz baja, sin darse cuenta, lo que había contado siempre: la loma, el bache, el cruce del perro. Y entonces escuchó que él también movía los labios. Contaba, pero no paradas. Contaba golpes. El primer salto, el segundo, la vibración de la chapa suelta cerca de la ventanilla trasera.

    En el espejo lo vio inclinar la cabeza hacia la ventana entreabierta. Esperaba algo. El olor, entendió de golpe. La panadería de la esquina ya tenía el horno prendido; el aroma llegaba a la calle antes que la luz del local. Gonzalo no veía bien. Y el timbre lo tocaba cuando le llegaba el primer olor a pan, porque era lo único que no cambiaba de un día para otro. El problema era que el viento, o el horno, o el humo, lo adelantaban una cuadra.

    Dalila apretó el volante. Treinta y un años frenando donde le pedían.

    Desde Fiorito siguió, como siempre, hasta que el aire empezó a oler a pan. Entonces no esperó el timbre. Puso el guiño, bajó la velocidad y dijo, sin girar la cabeza, con la voz de quien anuncia una estación:

    —Gonzalo. Todavía falta una cuadra. Ahora te aviso yo.

    Hubo un silencio largo, de esos que el motor llena solo. En el espejo, ella vio que él se enderezaba, que se sacaba la gorra, y que la volvía a poner.

    —¿Usted sabe cómo me llamo?

    —Gonzalo. Me lo dijo tu mamá hace un año, en la parada. Yo me acordaba de ese nombre y no de la cara.

    —Entonces sabe que veo poco.

    —Sé que contás los baches. Yo los cuento hace treinta años y siempre me dio la misma cifra.

    Él se rió, bajito, por primera vez en dos años. Preguntó cuántos quedaban. Ella dijo: uno, el que tiembla la chapa. Pasaron por el bache. La chapa tembló, el matafuegos saltó contra el soporte.

    —Ahí —dijo Gonzalo, y se paró.

    —Todavía no. Cuarenta metros.

    Frenó pegada al cordón, justo frente a la puerta verde de la panadería, donde un pibe de delantal sacaba la primera tanda de bandejas. El vapor subía en la luz amarilla del local. Dalila abrió la puerta.

    Gonzalo bajó con el pie derecho adelantado, como siempre, pero esta vez el escalón estaba donde tenía que estar. Se quedó en la vereda. No caminó para atrás.

    —El lunes ya no manejo yo —dijo ella desde el asiento.

    —¿Y quién va a avisarme?

    —Voy a hablar con el que me reemplace. Y con tu mamá. Y le dejo escrito en el cuaderno del turno.

    Gonzalo no contestó. Sacó de la mochila un pan chico, todavía tibio, envuelto en un papel de estraza, y estiró el brazo hacia la puerta del colectivo. Dalila lo agarró con la punta de los dedos.

    —Para el mate —dijo él.

    El 21 siguió camino a Liniers con cinco pasajeros dormidos y la ventanilla del conductor abierta. En el cruce del perro había un perro. Dalila lo reconoció, aunque sabía que no era el mismo. Después, en la primera luz, arrancó el pan y comió la corteza despacio, como se come lo que va a quedar de recuerdo, mientras con la otra mano, sin mirar, tocaba una vez el timbre del chofer para avisarle a nadie que ya llegaba.

  • La cal del Fortín

    El viento norte llegó a las siete y media, justo cuando Marta Echeverría terminaba de cargar la máquina de marcar. Primero fue un soplido tibio que movió la manga de la camisa. Después fue una pared. Abrió la bolsa de cal y media bolsa se fue hacia la tribuna de cemento, una nube blanca que se deshizo contra los alambrados del Fortín.

    —Qué hija de puta —dijo, sin enojo, como quien saluda a una vecina.

    Hacía veintiséis años que era la canchera de Villa Mitre y once que marcaba sola. Antes marcaba con Evaristo, su marido, que murió en marzo. Él tenía un método: clavaba dos estacas con un hilo de albañil, tensaba, y caminaba pegado al hilo con la máquina empujada despacio, mirando siempre un punto lejano, el poste de luz de la calle Garibaldi. Decía que la línea recta no se hace mirando la línea, sino mirando adonde querés llegar.

    Esa tarde jugaba el clásico de la Liga del Sur, la liga más vieja del país fuera de la Capital, fundada en 1908, como recordaba el cartel que habían pintado en la sede. Iban a venir dos mil personas. Y la cancha estaba en blanco y verde, con el verde bien cortado, pero sin una sola raya.

    Probó una vez. La máquina largó un polvo blanco que el viento dobló en diagonal, y la línea de banda le quedó como un camino de hormigas. Pasó el rastrillo para borrarla. Probó otra vez, agachada, con el cuerpo de escudo. Salió mejor, pero apenas.

    —Señora —dijo una voz desde el alambrado.

    Era un pibe de doce o trece años, con la camiseta de Liniers, la blanca y negra, que en el Fortín era como entrar a un casamiento con la remera del ex. Tenía una bicicleta de rodado veinte apoyada contra el poste y una bolsa de panadería colgada del manubrio.

    —Estamos cerrados —dijo Marta.

    —Vengo a ver si necesita ayuda. Mi tío dice que usted es la mejor.

    —Tu tío es hincha de Liniers.

    —Sí. Pero dice que usted es la mejor.

    Marta lo miró. Tenía las zapatillas atadas con doble moño y la cara de quien ya sabe que lo van a echar y vino igual. Le dio pena, o le dio algo parecido y más práctico: necesitaba dos manos.

    —¿Cómo te llamás?

    —Thiago.

    —Thiago, vení. Pero si te veo festejar un gol en la tribuna de acá, te devuelvo por el alambrado.

    El pibe entró. Marta le dio una estaca y una maza de goma. Fueron hasta el córner con el hilo de albañil, ese mismo, amarillo, con la marca de los dedos de Evaristo gastada en un tramo del nudo. Marta clavó la primera estaca. Thiago clavó la otra en el córner opuesto, bastante torcido, y ella no dijo nada, la corrigió con el pie.

    —Vos tenés que sostener el hilo y no soltarlo por nada del mundo —le dijo—. Si el viento lo mueve, lo aguantás con el cuerpo.

    —¿Y usted?

    —Yo camino.

    Caminó. Empujó la máquina pegada al hilo, que vibraba como una cuerda de guitarra con el viento. En la primera cuadra de pasto, la cal salió limpia. En la segunda, se le voló un poco. Pero el hilo, tenso, hacía de pared, y la línea quedaba atrás, firme, blanca sobre el verde, con ese olor seco a piedra molida que le subía a la nariz y era el olor de cada sábado de su vida.

    Miró al fondo. No miró la línea. Miró el poste de luz de Garibaldi, el viejo, con el nido de cotorras en lo alto.

    Hicieron la banda de un lado, la de enfrente, las dos de fondo. A las diez se les acabó la cal, y Thiago pedaleó hasta el corralón de Rincón con la plata que ella le dio, y volvió con la bolsa en el manubrio, que le pesaba más que él. Marta lo vio cruzar la entrada con la bicicleta zigzagueando y se rió sola, por primera vez desde marzo.

    —¿Por qué viniste, en serio? —le preguntó mientras armaban el círculo central con una cuerda atada a un clavo.

    El pibe tardó en contestar. Dio una vuelta entera con la cuerda.

    —Mi abuelo marcaba la cancha de Liniers. Se murió el año pasado. Ahora la marca otro y la hace mal. Quise ver cómo se hace bien.

    Marta se quedó con la cal en la mano. Después le acomodó el clavo, que él había puesto un poco corrido.

    —Se hace así. Mirás adonde querés llegar.

    A las doce y media, el viento paró de golpe, como si alguien lo hubiera apagado. Quedó una calma rara sobre el Fortín, y las líneas ahí, derechas, nítidas, con los dos arcos y las dos áreas y el punto del penal marcado con la punta de la bota. Thiago se sacó la gorra y la dejó en el pasto. Marta le pasó un mate que tenía en el termo, y se lo tomaron parados en el medio de la cancha, mirando el rectángulo recién escrito.

    —Ahora andate —dijo ella—. A las tres esto se llena.

    —¿Puedo volver a ver el partido?

    —Por la tribuna de ellos. Y con esa camiseta, te van a querer mucho.

    El pibe agarró la bicicleta, subió, y desde el alambrado levantó la mano. Marta guardó el hilo amarillo en el bolsillo, con el nudo gastado hacia afuera, y se quedó un rato más. Cuando abrieron las puertas, la primera gente entró de a poco, con los termos, con los bombos, sin pisar todavía las líneas. Ella, desde la boca del túnel, vio el blanco recto brillando contra el pasto y el poste de luz al fondo, con las cotorras, y supo que en algún lugar Evaristo estaba mirando ese mismo punto.

  • La horma del miércoles

    Dolores Gerónimo puso las dos hormas sobre la mesa de la cocina a las seis de la tarde, con la luz de febrero entrando de costado por la ventana y el olor a leche cuajada todavía pegado a las paredes. Una era perfecta. La otra era suya.

    La perfecta había salido de la tina nueva, con termómetro, con planilla, con los números que le había anotado el técnico de la cooperativa en el cuaderno: treinta y dos grados, cuarenta minutos, tantas horas de prensa. Tenía la corteza pareja, el diámetro justo, la cara plana como un plato. La otra la había hecho el miércoles de noche, cuando se cortó la luz en el valle y se quedó sola en el galpón con una vela y la memoria de las manos de su madre. Sin termómetro. Metiendo el codo en la leche, como se hacía antes.

    Mañana, a las diez, había que llevar una sola al concurso del queso tafinisto, en el Complejo Democracia, sobre la ruta 307, donde empezaba la Fiesta Nacional. Una. Y no había nada más que decidir, pero ella llevaba tres días sin poder decidirlo.

    —Entrá la que gana —le dijo su hermano Ezequiel desde la puerta, con el mate en la mano y la camioneta ya cargada con las sillas—. La de los números.

    —Esa no tiene nada mío.

    —Tiene tu firma abajo. Vos la hiciste.

    —La hizo el cuaderno.

    Ezequiel sopló la yerba y no contestó. Afuera, en el corral, el ternero que le habían regalado a la nena de al lado berreaba contra el alambrado, y más allá, en el fondo del valle, el dique La Angostura se había puesto del color de una chapa vieja.

    Dolores agarró un cuchillo, de esos finos, de hoja larga, y lo apoyó sobre la perfecta. No la cortó. Lo dejó ahí un rato, sintiendo el filo contra la corteza, y pensó en el año anterior, cuando se había presentado con la receta de su madre al pie de la letra y había quedado séptima de nueve. Un jurado había escrito en una planilla, con letra apretada: “Carácter irregular”. Ella había vuelto a casa con esas dos palabras como si fueran una multa.

    Este año quería la cinta, cualquiera. Aunque fuera la tercera. Aunque se la dieran por pena.

    —Dolo —dijo Ezequiel—. Yo no entiendo nada de queso. Pero si me dan a elegir cuál me llevo a la casa, ya sé cuál.

    —Eso no es lo mismo.

    —No. Pero es lo único que sé decir.

    Se fue a bajar las sillas. Dolores se quedó sola con las dos hormas, y entonces hizo lo que no había hecho en tres días: las levantó, una en cada mano, y las pesó. La perfecta pesaba dos kilos doscientos, clavados. La otra, dos kilos trescientos. Cien gramos más. Cien gramos de leche que ella había dejado escurrir de más porque la vela titilaba y había perdido la cuenta de los minutos.

    Las acercó a la nariz, una después de la otra. La perfecta olía a limpio, a cava fría, a lo que tiene que oler. La otra olía a eso, y además a algo que Dolores no supo nombrar al principio y que después reconoció con una punzada en el pecho: olía a la cocina de su madre un domingo, cuando se amasaba el pan y se cuajaba la leche en la misma mañana y la casa quedaba tibia y agria y llena de gente que entraba sin golpear.

    Dejó la perfecta en la mesada. Envolvió la otra en un lienzo limpio, la acomodó en la caja de madera donde su madre llevaba los quesos al pueblo, y la puso en el asiento de la camioneta, con el cinturón de seguridad cruzado, como a una persona.

    —¿Esa? —dijo Ezequiel, subiendo.

    —Esa.

    —¿Y si pierde?

    —Pierde con mi firma.

    Al otro día, en el Complejo Democracia, había fila de mesas largas con manteles blancos, y gente de todas las edades haciendo cola con sus hormas en brazos, como quien lleva a un bebé a bautizar. Un jurado de cuatro personas caminaba despacio con tablitas en la mano. Dolores dejó su caja en la mesa, escribió su nombre, número diecisiete, y se fue a sentar bajo un toldo, lejos, para no ver cuando cortaran.

    Escuchó, igual. El cuchillo entrando. Un silencio largo. Alguien que decía algo bajito, y otro que contestaba más bajito todavía.

    No supo si ganó. A las doce empezaron a llamar a los premiados, pero justo en ese momento se armó la pialada en la cancha de al lado, con los jinetes levantando polvo y los chicos trepados al alambrado, y entre el griterío no se entendió ningún número. Dolores se paró para preguntar y en eso se le cruzó la nena del vecino, con el ternero atado a una soga, que le gritó que su mamá la estaba buscando.

    Cuando volvió a la mesa, la caja número diecisiete estaba vacía. Sobre el mantel había una tabla con migas, un cuchillo limpio, y una hojita doblada. Dolores la abrió con dos dedos.

    Decía, con letra apretada: “Carácter. Pedimos permiso para terminarlo”.

    Se quedó mirando el papel hasta que Ezequiel llegó con dos empanadas y le puso una en la mano. Al fondo, el jurado seguía comiendo, de pie, sin tablitas, y uno de ellos se limpiaba los dedos en el pantalón, sin disimular.

    Dolores se sentó en una silla de plástico, mordió la empanada, y se dio cuenta de que desde hacía tres días no tenía hambre. Tenía una caja de madera vacía sobre las rodillas, que olía todavía a la cocina de su madre, y el valle entero a la vista, verde y quieto, con una nube bajita enganchada en el cerro.