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  • Bandera amarilla y negra en Playa Grande

    A las siete y cuarenta del domingo 1 de noviembre, Tamara Quiroga subió a la torre del puesto con la llave del candado entre los dientes y los dos mástiles todavía vacíos. Abajo, la arena estaba oscura de humedad y salpicada de algas pegadas como pelo. Había llovido de madrugada y el viento del sur seguía empujando el mar contra la costa, en filas de espuma sucia que rompían lejos y volvían a romper más cerca.

    Tenía veintitrés años y era su primera temporada entera en Playa Grande. El operativo arrancaba ese día en todo el frente costero, de ocho a veinte, y a ella le había tocado abrir. En la mochila llevaba el termo, dos mandarinas y el silbato que usaba su padre, con la cuerda cambiada.

    Los trapos estaban en el cajón de abajo del banco, doblados como los había dejado en marzo. Celeste, amarilla y negra, roja y negra. Su padre, treinta años de guardavidas en La Perla, le había dicho una sola cosa antes de que rindiera el examen: «La primera bandera del año es la que más se mira. Ahí la gente decide si te cree o no».

    Se sentó con los binoculares y no tocó ningún trapo. Miró veinte minutos. Las olas venían en series de cuatro o cinco, con un respiro entre una y otra. Entre la rompiente y la orilla, a unos cuarenta metros de la escollera, había una franja de agua más lisa y más oscura, como una calle. Todo lo que el mar traía por un lado se iba por ahí. Un cartón de leche pasó rápido, derecho, sin dar vueltas. Esa calle era lo que importaba.

    A las nueve llegaron las primeras carpas armadas y, con ellas, Néstor, el concesionario del balneario, con un café en cada mano. Le dejó uno en la baranda de la torre.

    —Buen día, Tami. ¿Qué bandera ponemos?

    —Todavía no puse ninguna.

    —Qué raro, con este sol. —Miró el cielo, que se había abierto del todo—. Hoy es el primer domingo con todo habilitado. Tengo doscientas reservas. Subí la celeste y listo.

    —Hay una correntada al lado de la escollera.

    —Hay una correntada todos los años.

    —Esta es nueva. Se abrió con la lluvia. Mirá el color del agua, ahí, donde no rompe.

    Néstor miró. Tardó en ver lo que ella veía, y después ya no pudo dejar de verlo, que es lo que le pasa a todo el mundo cuando alguien le señala una correntada.

    —La gente mira la bandera y mira el mar —dijo—. Si ven la amarilla, piensan que está feo y se van a la pileta.

    —Si ven la celeste y se mete uno, el que lo saca soy yo.

    —Es una forma de decirlo.

    —Es la forma.

    Néstor se tomó su café en silencio. Después bajó los escalones de la torre con mucho cuidado, como si estuvieran flojos, y no volvió a mencionar el tema.

    Tamara abrió el cajón y sacó la amarilla y negra. Todavía tenía el olor del depósito, a lona y a naftalina. La ató al cabo, la izó y esperó a que el viento la abriera. Cuando se estiró del todo, bajo un cielo azul y limpio, le pareció una exageración. Lo supo por las caras que se dieron vuelta a mirarla.

    A media mañana, un hombre con la camiseta de Aldosivi se acercó a la torre con un chico de seis años en brazos.

    —¿Está malo el mar? Mire cómo brilla.

    —Se puede entrar, pero ahí no. —Señaló con el brazo hacia la escollera—. Y no más arriba de la rodilla. Mejor acá enfrente, que está el puesto.

    —Ah. ¿Y por qué ahí no?

    —Porque ahí el agua se va para afuera.

    El hombre dijo «ah» otra vez, ahora distinto, y llevó al chico hacia el lado del puesto. Se quedaron en la orilla, con el agua a los tobillos, a salvo y levemente fastidiados.

    A las doce, en la zona de Biología, unos pibes en traje de neopreno remaban hacia afuera con tablas cortas, y un lobo marino sacó la cabeza entre dos de ellos, curioso, como hacen. Alguien gritó. Tamara se paró y pitó una sola vez, larga. Los pibes giraron, se vieron entre ellos y se rieron, y el lobo se hundió sin apuro. Ninguno se acercó a la calle de agua oscura. Ni siquiera los surfistas, que son los que mejor la leen.

    A las dos de la tarde, un nene de doce años pasó corriendo por la orilla, directo hacia la escollera, detrás de una pelota de plástico que se le había ido. Tamara bajó los escalones de a tres. No necesitó el torpedo. Lo agarró de la capucha del buzo a diez metros de la correntada, lo dio vuelta y lo devolvió a la arena. La pelota quedó trabada en la espuma, y el chico estaba más asustado de ella que del mar.

    —Perdón —dijo.

    —No pasa nada. Pero esa parte no se pisa.

    A la tarde el viento aflojó. A las seis, el agua de la calle ya no se distinguía tanto, pero seguía ahí, más sutil, como un camino que nadie barre. La gente fue juntando las cosas. Néstor pasó por abajo de la torre, la miró, miró el trapo amarillo y negro, y levantó dos dedos hacia la frente, un saludo mínimo con el que ya había dicho todo.

    A las ocho en punto Tamara bajó la bandera. La lona estaba pesada de humedad y de sal. No la dobló. La colgó del barral de la torre para que se secara con el viento de la noche y estuviera lista a la mañana.

    El celular vibró en el bolsillo de la mochila. Era su padre, un mensaje sin saludo, como siempre.

    «¿Cuál subiste?»

    Ella miró el trapo que se movía despacio, medio abierto, contra el último color del cielo.

    «La que era», escribió.

  • La última vuelta del 60 por Fleming

    Rubén Cardozo apoyó el termo sobre el tablero y acomodó el espejo, que después de treinta y un años ya sabía de memoria dónde quedaba. Eran las once y cuarto de la noche en la cabecera de Barrancas de Belgrano. En el cartel de arriba, con letras naranjas, decía 60 E TIGRE POR FLEMING.

    Era su último turno. Nadie lo sabía, salvo el inspector, que le había palmeado el hombro en la cabecera sin decir nada, y Mabel, la de la ventanilla de los choferes, que le había dejado un alfajor sobre la planilla.

    Rubén se había hecho una sola promesa para esa noche: ninguna parada salteada. En tres décadas había pasado de largo por apuro, por bronca, por una frenada que no daba, y había aprendido que cada parada vacía es una persona que se queda mirando la luz trasera. Esa noche iba a frenar en todas, aunque no hubiera nadie.

    Subió la gente de siempre. Un muchacho con la mochila de delivery colgada del pecho, dormido antes de pagar. Dos chicas con olor a perfume dulce y cansancio de boliche. Una señora con una bolsa de verduras que apoyó entre los pies como quien cuida a un perro. Cabildo pasó despacio, con los toldos bajos y los kioscos de rejas cerradas. Cruzaron General Paz y las luces se hicieron más espaciadas, más amarillas.

    En la primera parada de Fleming no había nadie. Rubén frenó igual, abrió la puerta, contó hasta cinco y la cerró. La señora de las verduras lo miró por el espejo.

    —¿Se le perdió algo, chofer?

    —Una costumbre —dijo él—. Hoy me la estoy sacando.

    Así fue parada tras parada. Frenaba, esperaba, seguía. Bajó el muchacho del delivery frente a una estación de servicio, con el casco ya en la mano. Bajaron las chicas en una esquina donde las esperaba un auto con las balizas puestas. El micro se fue vaciando y el motor se escuchaba más, como pasa con las casas cuando se van los invitados.

    A las dos y media quedaba una sola pasajera. Una mujer de unos setenta años, con un tapado gris pese al calor de noviembre y un bolso de mano apretado contra la falda. Había subido en Barrancas y no había dicho una palabra. Rubén la miraba de vez en cuando. Viajaba derecha, con la vista en la ventanilla, como si leyera algo escrito en la oscuridad.

    Pasaron la avenida Rolón. Pasaron una remisería con la luz prendida. Entonces ella se levantó y caminó por el pasillo agarrándose de los caños, con el equilibrio de quien se subió a miles de colectivos.

    —Perdone, joven. ¿Usted me puede dejar en la esquina de la panadería?

    —Señora, tiene que ser en parada. Es el reglamento.

    —Ya sé. Es a mitad de cuadra, antes de la parada. La panadería de los Ferrari. Ahora es un local de celulares, pero para mí es la panadería.

    Rubén miró el reloj. Miró la calle vacía. Se acordó de la promesa: ninguna parada salteada. Nadie había dicho nada de agregar una.

    —¿Qué hay ahí a esta hora?

    —Nada —dijo ella—. Hace cuarenta años mi marido bajaba del 60 en esa esquina, volviendo del turno de la fábrica. Yo lo esperaba en la vereda con un pan caliente. Se murió en marzo. Hoy hubiera cumplido setenta y ocho, y quise hacer el viaje otra vez. Nada más.

    No le pidió que se conmoviera, y por eso mismo se conmovió.

    Rubén avanzó hasta la mitad de la cuadra. Puso las balizas, abrió la puerta delantera y bajó el escalón, que suspiró con un ruido largo y gastado. La mujer bajó con cuidado, un pie y después el otro. En la vereda se quedó parada un momento, con el bolso contra el pecho, mirando una persiana metálica pintada de un verde descascarado.

    Él esperó. Cinco segundos, diez, un minuto. Un perro cruzó la calle trotando. Adentro, el termo seguía tibio sobre el tablero.

    Ella se dio vuelta y levantó una mano, sin sonreír, sin agradecer. Un saludo de colega. Rubén tocó la bocina, un toque corto, y ella asintió.

    Después apagó las balizas y siguió hasta el centro de Tigre con el micro vacío, frenando en todas las paradas. En la última, junto al río, firmó la planilla y le dejó la llave a la gente del turno mañana.

    Antes de irse, volvió al coche. Se sentó en el asiento del chofer por última vez, con el motor frío, y miró el cartel apagado.

    En el tablero, entre las boletas y el termo, estaba el alfajor de Mabel. Lo abrió y le dio un bocado. Estaba rancio, como todos, pero a él le supo a pan caliente.

  • El yetapá de Anselmo

    Anselmo Verón sacó la canoa del cobertizo a las cinco y diez, cuando en Colonia Carlos Pellegrini todavía mandaban los grillos y el único farol prendido era el del puente. Yamila, su nieta, caminaba detrás con las zapatillas en la mano, porque le habían dicho que en la orilla el barro se come los cordones.

    —Abuelo, ¿y si no aparece?

    —Aparece o no aparece. El pájaro no tiene agenda.

    Había prometido llevarla a ver el yetapá de collar desde la semana anterior, cuando ella llegó de Mercedes con una libreta de tapas rojas y una lista de aves que quería tachar. Ya había tachado el carpincho, el jabirú y la garza mora. Quedaba el yetapá, ese pájaro blanco y gris de cola larga y partida en dos, que se para en la punta de una caña como quien se sube a un escenario. Anselmo lo había visto mil veces en cuarenta años de guiar turistas por la laguna. Hacía dos que no guiaba. Las rodillas le habían avisado primero con un crujido y después con un aullido, y la posada le había dado una jubilación de palabra y un termo de regalo.

    Cargó el mate, la bolsa con chipá todavía tibio que había hecho su mujer, y el remo largo. No el de aluminio, el de madera, que tenía la pala gastada de un lado.

    —¿No vamos con motor?

    —El motor asusta. Con el remo se llega más despacio, pero se llega.

    Bajaron al agua. La laguna Iberá a esa hora no tiene orillas: tiene un gris parejo con jirones de niebla que se levantan y se vuelven a acostar. Anselmo empujó con el remo y la canoa se deslizó entre los camalotes con un ruido de tela que se rasga. Yamila se acomodó en la proa con la libreta sobre las rodillas y no dijo nada durante un rato largo, lo cual en ella era una forma de respeto.

    Pasaron junto a un yacaré que flotaba como un tronco con ojos. Pasaron junto a una familia de carpinchos que los miró con la boca llena y siguió masticando. Anselmo contaba sin hablar los golpes de remo, como había aprendido de su padre, que fue quien le enseñó a leer los canales: por dónde el agua tiene corriente aunque parezca quieta, dónde la tierra negra del embalsado está firme y dónde apenas es una promesa de pasto.

    Ahí estuvo el error. Lo supo recién cuando la proa chocó contra algo blando.

    —Abuelo, esto no estaba.

    Tenía razón. En el lugar donde debía abrirse el canal angosto que lleva al juncal grande había una isla flotante entera, una manta de raíces y pasto con tres palmeras chicas encima, que el viento del este había empujado durante la noche hasta taparle la salida. Los embalsados se mueven. Anselmo lo sabía de memoria y igual se le había olvidado, porque hacía dos años que no los veía moverse.

    —Bueno —dijo, y se pasó la mano por la cara—. Vamos a tener que dar la vuelta.

    —¿Cuánto tarda?

    —Mucho. El sol ya sale.

    Miró el reloj, que tenía la correa floja. Las cinco y cuarenta. El yetapá se deja ver temprano, cuando el aire todavía es fresco y los insectos recién se levantan. Con la vuelta larga llegarían tarde, con el sol en la cara de la gente y las cañas vacías.

    Yamila no protestó. Miró el embalsado, miró a su abuelo, miró la libreta.

    —¿Y si lo empujamos?

    —¿Qué cosa?

    —La isla. Con el remo.

    Anselmo se rió, una risa corta y seca. Después se quedó mirando. Un embalsado entero pesa más que diez canoas, pero esa isla había viajado toda la noche empujada por un viento flojo. No estaba clavada. Solo estaba apoyada.

    Se paró despacio, con la rodilla gritando, y metió la pala de madera entre el borde de las raíces y el agua. Yamila agarró el remo corto de repuesto y lo hundió a su lado. Empujaron al mismo tiempo, contando en voz baja como en la escuela. Uno, dos. Uno, dos. La isla gimió, soltó burbujas, y se movió un palmo. Otro. Una libélula se despegó de una de las palmeras. Cuando el canal se abrió, angosto como un pasillo, los dos estaban empapados hasta los codos y Anselmo tenía la pierna temblando.

    —Listo —dijo ella, y anotó algo en la libreta.

    —¿Qué anotaste?

    —”Hay que empujar”.

    Remaron por el canal. Del juncal subía un olor dulce de pasto mojado y barro tibio. El cielo se había puesto color durazno, y la niebla se iba corriendo hacia el centro de la laguna como una sábana que alguien estira. Anselmo ya no miraba el reloj.

    —Ahí —dijo en voz muy baja.

    Al fondo, sobre una caña seca que se erguía sola contra el cielo, había un pájaro. Blanco y gris, con una franja oscura en el cuello como una corbata de luto, y la cola larga y dividida que colgaba en la brisa como dos cintas. Giraba la cabeza despacio, mirando algo que ellos no veían. Después abrió las alas, saltó al aire, atrapó un insecto, y volvió a la caña, exacto, al mismo lugar.

    Yamila no dibujó. No escribió. Tenía la libreta cerrada sobre las rodillas y la boca apenas abierta.

    Anselmo dejó de remar. La canoa siguió un metro más por la inercia y se detuvo contra los juncos con un golpecito suave. Sacó el termo, cebó un mate, y lo sostuvo en el aire sin tomarlo, para no hacer ruido con la bombilla.

    —Es ese —susurró ella.

    —Es ese.

    —¿Cuántas veces lo viste?

    —Mil. Pero hoy cuenta como una nueva.

    El sol terminó de salir. El pájaro se quedó un rato más, brillando en la punta de la caña, y después se fue hacia el este sin apuro, como alguien que ya hizo lo que tenía que hacer.

    Yamila abrió la libreta. Tachó el renglón. Debajo, con letra apretada, escribió: “Con mi abuelo, en canoa, sin motor”. Anselmo vio la frase de reojo y se hizo el distraído, pero cuando bajó el mate lo tenía frío, y se lo tomó igual.

  • La tetera verde de Gaiman

    Ailín Jones tenía las manos frías y un poema de dieciséis versos que se le iba soltando como un hilo de la manga. Eran las doce y media de un sábado de septiembre, en Gaiman, y el viento del río Chubut empujaba las hojas de los álamos contra los vidrios de la casa de té de la calle Abraham Mathews, donde su abuela llevaba cuarenta años sirviendo scons.

    —Otra vez, cariad —dijo la abuela Elvira, sin darse vuelta, mientras acomodaba las teteras en la bandeja.

    Ailín cerró los ojos y empezó. Las palabras galesas le salían duras, con la ll que se pronuncia soplando el costado de la lengua, y a la mitad del tercer verso se trabó. Abrió los ojos. La abuela seguía de espaldas, con los hombros quietos.

    —Me olvido siempre en el mismo lugar —dijo Ailín.

    —Es el lugar donde el poema cambia de idea. Ahí se olvida todo el mundo.

    Elvira tenía ochenta y cuatro años, el pelo blanco recogido con dos broches y las manos manchadas de harina y de edad. Había nacido en una chacra de Dolavon, hija de gente que rezaba en galés y juraba en galés, y sin embargo en esa cocina hablaba en castellano, siempre. Ailín lo había notado hacía mucho. El galés lo tenía ella de la escuela, de las clases de los jueves, de una maestra con una voz de campana. La abuela, en cambio, lo escuchaba con una cara rara, como quien oye pasar un tren por un pueblo donde ya no para.

    Nadie le había explicado por qué. La mamá de Ailín decía que a Nain se le había apagado el idioma cuando se murió el abuelo Griffith, porque con él se hablaba, y que después ya no había con quién. Ailín lo había anotado en su cabeza igual que se anota una cuenta que no cierra.

    Por eso quería ganar. No la medalla, que tampoco le importaba mucho, sino ese minuto sobre el escenario del Eisteddfod de los jóvenes, con la abuela en la mesa de adelante, para que alguien le hablara en galés en voz alta, delante de todos, y ella no pudiera hacer de cuenta que no lo escuchaba.

    Esa tarde la casa de té se llenó. Llegó un micro de turistas de Rosario y otro de Neuquén, y durante dos horas Ailín fue y vino con jarras de agua caliente y con platos de torta negra, esa oscura y densa, con frutas secas y coñac, que la abuela cortaba en rebanadas finas como libros. Cada tetera salía vestida con su cubretetera de lana tejida, para que el té no se enfriara. La preferida de Ailín era la verde, con un pompón torcido que ella misma había cosido a los siete años.

    A las seis, cuando se fue el último grupo, la abuela se sentó por primera vez en todo el día. Se sacó los zapatos debajo de la mesa y miró el mantel con migas.

    —Mañana no voy —dijo.

    Ailín dejó la bandeja.

    —¿Cómo que no venís?

    —Me duelen las piernas, y el salón es frío. Vas a estar bien. Mamá te saca fotos.

    —Nain, es el poema el que te quiero…

    Se mordió la lengua. La abuela la miró, y hubo un silencio largo, de esos donde se oye la heladera.

    —Lo sé —dijo Elvira, bajito—. Sé lo que querés. Y no es que no pueda escucharlo, nena. Es que me hace falta, y me da miedo lo que me hace.

    No dijo más. Se levantó, puso la pava a calentar y le sirvió un té en la taza de siempre, la de borde dorado, y le empujó el plato con el último trozo de torta negra. Ailín comió despacio. Afuera ya se había ido la luz del río.

    El domingo, el salón olía a café, a lana mojada y a polvo de tiza. Había chicos de toda la zona con camisas planchadas, y padres que filmaban con el celular en alto, y una señora con una tablilla que gritaba nombres. Ailín esperó su turno en una silla de plástico, repitiendo en silencio, con la lengua contra los dientes, y no miró hacia las mesas de adelante hasta que dijeron su nombre.

    La mesa de la abuela estaba vacía.

    Subió igual. El escenario era de madera, y crujió. Se paró en el lugar marcado con cinta, miró al jurado, tres personas con papeles, y empezó. El primer verso salió. El segundo salió. El tercero, el del lugar donde el poema cambia de idea, se le fue de la cabeza como un pájaro que sale por una ventana.

    Se quedó muda. Contó hasta cuatro, que era la cuenta que le había enseñado la maestra, y no volvió nada.

    Entonces vio que la puerta del fondo se abría. Entró una mujer de pelo blanco, con un abrigo mal abotonado y los zapatos de salir, sin aliento, y se quedó parada contra la pared, al lado de la mesa de las tortas. Ailín no podía creerlo. No se había peinado. Tenía los dos broches torcidos.

    La abuela no hizo nada. No le sopló nada ni le hizo ninguna seña. Solo movió los labios. Despacio, muy despacio, con una boca que se acordaba de algo antes de acordarse del todo, empezó a decir las palabras del tercer verso. Sin sonido. Ailín las leyó en esa boca como se lee un cartel conocido en la ruta, y la voz le volvió entera.

    Siguió hasta el final. Los últimos cuatro versos los dijo mirando a la pared del fondo, donde la abuela ya no movía los labios y apretaba la cartera contra el pecho, con los ojos muy abiertos y brillantes.

    No ganó. Quedó tercera, y le dieron un diploma con un dragón rojo. Pero a la salida, en la vereda, con el sol bajo entre los álamos y el olor del horno de la casa de té de al lado, la abuela le agarró la cara con las dos manos frías.

    —Diolch, cariad —dijo.

    Fueron dos palabras, nada más, pero las dijo con una voz oxidada, de puerta que no se abría hace años y que cedió a la primera.

    Esa noche, en la cocina, Elvira puso la tetera verde sobre la mesa, con su pompón torcido, y sirvió dos tazas. Se sentó enfrente. Tardó en empezar, y cuando lo hizo fue en galés, tropezando, con las vocales abiertas. Le preguntó si quería más azúcar.

    Ailín dijo que sí, y se lo pidió como pudo, en el mismo idioma.

  • La nota del peine en La Porfiada

    Amadeo Quintral calibró el disco con la yema del pulgar, sin tocarlo, nada más para sentir la corriente de aire que levantaba, y después puso el primer peine sobre el plato. Eran las cinco y diez de la mañana. Afuera, en el galpón de la estancia La Porfiada, a cuarenta kilómetros de Gobernador Gregores, el viento del oeste ya sacudía la chapa como si quisiera cobrar algo.

    Llevaba treinta y un años de mecánico en la comparsa de Ledesma. Afilaba peines y cortantes en un banco al fondo, bajo una bombita desnuda, con un trapo de lana al cuello y una lata de pasta de esmeril que ya tenía forma de su mano. Los esquiladores le dejaban los juegos gastados en una caja de huevos de madera, y él se los devolvía antes del turno de las siete, con el filo parejo y el dibujo de las puntas intacto.

    Lo que nadie sabía era que desde marzo no oía del oído izquierdo. Se había dado cuenta en la cocina de su casa de Río Gallegos, cuando la pava empezó a silbar de un solo lado.

    Hasta ahora lo había arreglado con el derecho y con las manos. Pero el afilado no se hace con las manos. Se hace con la nota: el disco, al morder el acero, canta una cosa; cuando el peine está justo, la nota se afina y se queda quieta un segundo, y ahí hay que levantar. Amadeo llevaba tres días levantando tarde.

    —Don Amadeo —dijo Tomás, que se había parado al lado con dos mates y los ojos pegados de sueño—. Cacho dice que el peine del martes le tironeó en la paleta de una capona.

    Tomás tenía diecinueve años y era el playero. Barría el vellón del piso, lo llevaba a la mesa, y al final del turno contaba las latas de cada esquilador y las anotaba en una libreta de tapa verde, con una letra redonda de cuaderno de escuela. Era el más callado de la comparsa y el único al que Amadeo dejaba tocar el banco.

    —¿Eso dijo?

    —Y que no se enoje, que se lo dijo bien.

    Amadeo recibió el mate y no lo tomó. Cacho Aravena esquilaba con la misma comparsa desde antes de que Tomás naciera y no se quejaba nunca; si decía que el peine tironeaba, tironeaba. Eso quería decir que había levantado tarde. Que había dejado el filo con una rebaba finita, de las que no se ven y se sienten como un alambre en la lana.

    —Ponele la mano acá —dijo.

    Tomás apoyó la palma sobre la madera del banco. Amadeo bajó el peine sobre el disco. El esmeril arrancó una cola de chispas anaranjadas, y se oyó el rumor parejo del plato, un ruido grueso y de fondo, como una olla grande hirviendo en otra pieza.

    —¿Qué sentís?

    —Que tiembla.

    —Va a temblar distinto. Cuando cambie, avisame.

    Esperaron. El peine mordía y largaba. Amadeo escuchaba con el oído sano inclinado hacia el disco, y no había nada. Un zumbido ancho, sin escalones. Pasaron diez segundos, quince. Le dolía el cuello.

    —Ahora —dijo Tomás.

    Amadeo levantó. Miró el filo contra la bombita: una línea limpia, sin brillo de más. Pasó la uña de costado. Nada. Estaba bien.

    —¿Cómo supiste?

    —No sé. Se puso más finito. Como cuando el Cacho silba bajito en el turno de la tarde.

    Amadeo lo miró un rato largo. Afuera, la comparsa empezaba a llegar al galpón con ruido de botas y de termos. Alguien encendió la máquina central y las correas arrancaron con un chillido.

    —Vení mañana a las cinco —dijo.

    —Tengo que barrer.

    —Barrés después. A las cinco.

    Esa semana le enseñó lo que sabía. No lo dijo así, porque nunca había dado una clase: dejó que Tomás pusiera las manos donde las ponía él, que apoyara el peine con el pulgar abajo y los otros dedos arriba, que midiera la presión con el antebrazo y no con la muñeca. Le enseñó a oler el acero, que cuando se calienta de más toma un olor a moneda. Le enseñó a escuchar la nota y le enseñó a no confiar en la nota, a mirar igual.

    —Y si un día no oís nada —dijo el jueves, sin levantar la vista de la pasta—, apoyás el peine en los dientes. Así.

    Se llevó la punta sana del cortante al borde del colmillo, apenas, sin morder, con el disco girando a un palmo. El metal le zumbó en la cara entera, hasta la sien, hasta el oído que no andaba. Y ahí estaba, finita, quieta, la nota que hacía rato no escuchaba por el aire.

    Tomás no dijo nada. Se quedó mirándolo con la libreta verde abierta en una mano, la lapicera sin tapa.

    El sábado terminaron la majada del último potrero. A la tarde la comparsa se subió al camión, con los fardos atados y las máquinas envueltas en lonas, y Cacho Aravena pasó por el banco y le dejó sobre la madera una lata vacía de durazno con la tapa torcida, que era lo más parecido a un agradecimiento que se podía esperar de él.

    Amadeo se quedó solo un momento en el galpón. Había barrido Tomás: el piso estaba limpio, con un resto de lana pegado a las tablas, como nieve vieja. Sobre el banco, en la caja de huevos, había un último juego de peine y cortantes, sin dueño, de los que se dejan para la temporada siguiente.

    Lo agarró, lo acercó al disco apagado y se lo llevó al diente. Sintió el frío del metal y nada más. Después, desde la puerta, oyó el motor del camión que arrancaba y la voz de Tomás gritando algo que el viento se llevó.

    Levantó la mano, sin darse vuelta, y dejó el peine en su lugar.

  • El azul que sobraba en Gualeguaychú

    Hilda Gorosito metió el brazo en la batea hasta el codo y sacó un manojo de plumas que goteaba un agua color uva. Era el tercer lunes de marzo y el galpón de la calle Rocamora, a dos cuadras del corsódromo, olía a jabón blanco, a pegamento y a ese perfume dulzón de pluma mojada que no se parece a nada, salvo a una gallina bajo la lluvia.

    —Esas ya no dan más, Hilda —dijo Raúl, que desarmaba espaldares en la mesa de al lado con una pinza de depilar—. Tienen quince años.

    —Dieciséis. Las puse yo por primera vez.

    —Y están flacas. Mirá.

    Tenía razón. Las barbas se le habían ido pelando de tanto teñir, secar y volver a teñir. Pero la regla del taller era clara y la repetía la tesorera cada vez que se hablaba de plata: lo que sirve se guarda, lo que no sirve se descarta, y lo que se descarta no se regala, porque una pluma suelta afuera del galpón es una pluma que alguien va a mostrar como si fuera de ellos.

    Hilda llevaba treinta y un años en el taller de vestuario. Había empezado cosiendo lentejuelas de a una, con aguja fina y una lupa colgada del cuello, y de ahí había pasado al teñido, que era el trabajo de nadie: hacía frío en la pileta, las manos terminaban de colores y no había aplausos. Su lugar en el carnaval era un fondo de baldes y ollas enormes, con una radio de AM que a las once siempre pasaba chamamé.

    A las cuatro de la tarde se abrió la puerta chica y entró su nieta. Candela, nueve años, con el guardapolvo todavía puesto y la mochila de ruedas arrastrando un ruido de piedritas.

    —Abuela, el viernes es el acto de los Pueblos Originarios y la seño dijo que cada uno traiga algo para el disfraz. Yo quiero una pluma.

    —¿Una pluma?

    —Una de las tuyas. Pero que sea azul.

    Hilda se secó las manos en el delantal despacio, como se hace cuando se gana tiempo.

    —Candela, esas plumas son de la comparsa.

    —Una sola.

    —Es que no es mía.

    —Pero vos las tenés todo el día.

    La nena no discutía: dejaba caer las frases y esperaba. Hilda la conocía de memoria. Le sirvió un vaso de jugo, le puso un paquete de galletitas Express sobre la mesa y se quedó mirando las plumas de la batea, que flotaban como algas cansadas.

    Después, cuando Candela se fue a dibujar al fondo con los lápices de Raúl, Hilda hizo algo que no había hecho nunca. Separó del descarte una pluma de avestruz, la más ruinosa de todas, de barba rala y raquis torcido, y la dejó aparte, en una bolsa de nylon. Tampoco se la guardaba, pero tampoco la tiraba.

    Esa noche cerraron a las ocho. Raúl se fue en la moto y Hilda se quedó sola con la radio apagada. Encendió la hornalla grande, puso agua a calentar en la olla de aluminio y buscó en el estante de abajo los frascos de anilina que sobraban de la temporada: restos de rojo, de verde manzana, de amarillo huevo, un fondo de turquesa. De azul de verdad quedaba una cucharada, pegada al vidrio como una costra.

    La disolvió con vinagre, probó el calor con el dorso del dedo, y metió la pluma. La sacó a los diez minutos. Había quedado de un celeste desparejo, con una veta verdosa a lo largo del raquis, como un pedazo de río visto desde un puente.

    —Cualquier cosa —dijo en voz alta, a nadie.

    La colgó a secar con una broche de ropa en el alambre del fondo, entre dos espaldares tan grandes que parecían velas, y se fue a su casa a cenar un guiso de fideos recalentado.

    A la mañana siguiente Raúl llegó primero. Cuando Hilda abrió la puerta, lo encontró parado frente al alambre, con las manos en la cintura.

    —Esto no estaba ayer.

    —No.

    —Hilda, ese color no lo tiene ninguna comparsa.

    —Ya sé.

    —Es el del río a las seis de la mañana, cuando todavía no sale el sol.

    Hilda no contestó. Descolgó la pluma. Ya estaba seca, liviana, y al darla vuelta contra la luz de la ventana largaba un brillo extraño, de agua quieta.

    —Es un descarte —dijo—. La tesorera misma lo anotó en la planilla. Quince años de lavado, no da para otra cosa.

    Raúl se rascó la cabeza, miró la puerta chica, miró el reloj de pared que atrasaba cinco minutos, y volvió a su mesa sin decir nada. Tomó la pinza, abrió el espaldar que tenía delante y empezó a contar plumas en voz baja, con una paciencia que parecía hecha a propósito para no ver.

    El viernes, Hilda fue al acto con la pluma envuelta en una servilleta de papel. En el patio de la escuela hacía un sol de otoño tibio, olía a pasto cortado y a pochoclo de la cooperadora. Candela salió con una vincha de cartulina y un vestido de morley verde, y la abuela, en la fila de sillas plásticas, le ató la pluma al costado con un hilo de coser, dos puntadas rápidas y un nudo de costurera.

    —¿Es de las del carnaval? —preguntó la nena, con la voz bajita.

    —Fue.

    —¿Y ahora?

    Hilda lo pensó. En el patio una maestra pedía silencio con un silbato, y las madres levantaban los celulares.

    —Ahora es tuya. Cuidala, que es la única de ese color que existe.

    Candela asintió con toda la seriedad de sus nueve años y se fue al escenario. Cuando le tocó el turno, giró en el lugar, y la pluma dibujó en el aire una línea celeste con una veta verde, un río chiquito que le daba la vuelta a la cabeza.

    Hilda aplaudió con las manos todavía manchadas de anilina. En el galpón, el lunes, iba a anotar en la planilla una pluma menos. Después, a la hora del mate, pensaría si no convenía guardar los restos de azul en un frasco aparte.

  • El último pan en Puente del Inca

    Zulema Páez amasó a las cuatro de la mañana, como todos los días desde hacía veintidós años, con las manos metidas hasta las muñecas en una harina que a esa altura se endurecía antes de tiempo. Afuera la nieve había dejado de caer, pero el viento seguía arrastrándola de un lado a otro de las vías, y por la ventana de la cocina se veía el puente natural, esa costra de color óxido y mostaza que el agua termal le había ido pintando a la piedra durante siglos.

    Puente del Inca estaba a dos mil setecientos metros, y el pan allá arriba tardaba más en subir, pero subía igual. Zulema lo sabía de memoria: cuarenta minutos de levadura en la cocina tibia, otros cuarenta junto a la salamandra, y después el horno de barro del fondo, que alimentaba con leña de jarilla que le traía un primo desde Uspallata.

    Esa mañana hizo setenta panes en vez de cuarenta.

    —¿Para quién tanto? —le preguntó Olmedo, el changarín, que había entrado a calentarse las manos en la puerta del horno.

    —Para el tren.

    —Zulema, el tren de hoy lleva cuatro pasajeros.

    —Cuatro pasajeros y la tripulación. Y los que vengan a mirar.

    Olmedo se rascó la nuca debajo del gorro. Sabía a qué se refería, aunque nadie lo decía en voz alta. Era 1984, y se murmuraba que ese viaje iba a ser de los últimos. No de los últimos del día ni de la semana: de los últimos del todo. Hacía rato que las conexiones con Chile estaban frenadas y que el mantenimiento de la vía se hacía con desgano. En la estación ya se hablaba del Trasandino en el mismo tono con que se habla de un tío internado.

    Zulema había vendido pan en ese andén desde que enviudó. Al principio, a los escaladores que bajaban del tren con las mochilas cargadas y las caras quemadas por el sol de altura; después, a los soldados, a los camioneros varados por la nevada, a los maquinistas que paraban a cargar agua. Tenía una canasta de mimbre con una tela a cuadros, y una regla simple: el primer pan del día era para el que llegaba con más frío.

    A las once menos diez, el silbato se oyó desde la curva, río abajo. Zulema se acomodó el pañuelo, levantó la canasta y salió. El aire la golpeó en la cara como una puerta que se abre de repente. Sobre el andén ya había diez o doce personas, más de las esperables: dos mujeres de Punta de Vacas con sus hijos, un gendarme, un hombre de campera naranja que sacaba fotos y alguien que lloraba despacio, sin mover la cara.

    La locomotora llegó resoplando, con el costado cubierto de escarcha. El maquinista, un hombre flaco de bigote ralo al que ella conocía de vista, bajó a estirar las piernas y se quedó parado frente a Zulema con los guantes colgando.

    —Doña —dijo—. Hoy no vengo a comprar. Vengo a decirle que me llevo el recuerdo de su pan hasta Mendoza.

    —Entonces se lo lleva caliente.

    Le dio uno, y después otro para el foguista, y después empezó a repartir por todo el andén sin cobrar. Al gendarme le tocó uno con chicharrón. A las mujeres de Punta de Vacas, dos por cabeza. Al hombre de la cámara le dijo que si iba a sacar fotos, que sacara del pan y no de ella, y él se rió y le hizo caso.

    Cuando la canasta quedó casi vacía, Zulema se dio cuenta de que le temblaban las manos, y no era del frío.

    —¿Y ahora qué va a hacer, doña? —preguntó el foguista, masticando.

    —Seguir. Hay escaladores en enero, hay camiones todo el año. El pan no necesita tren.

    —Pero el tren le traía la gente.

    Zulema lo miró un momento, con el vapor de la locomotora subiéndole por el costado.

    —Me traía la gente —dijo—. Pero la gente también tiene piernas.

    El silbato sonó una vez, largo. Los pasajeros subieron. Alguien le gritó desde una ventanilla un gracias que se perdió en el viento. Zulema levantó la mano, sin saber si la veían, y se quedó ahí, quieta, hasta que el último vagón dobló en la curva y el ruido de las ruedas se fue haciendo más fino, más lejano, hasta que lo tapó el río.

    Volvió a la cocina con la canasta liviana. Dejó la tela a cuadros sobre la mesa, avivó el fuego y se sentó a tomar un mate lavado, de esos que se toman para que pase el rato. Olmedo se había ido. La casa olía a levadura y a humo de jarilla.

    A las cuatro de la tarde, alguien golpeó la puerta. Era un camionero con la cabina llena de escarcha, que venía de cruzar el paso y no encontraba dónde comer.

    —¿Todavía le queda algo, señora?

    Zulema fue hasta el horno, abrió la boca de hierro y sacó la última tanda, la que había hecho de más sin decirle a nadie por qué. Quince panes, dorados, con la corteza todavía cantando.

    —Pase —dijo—. Hace frío.

    Y mientras el hombre se sentaba a la mesa, afuera la nieve volvió a caer sobre las vías, despacio, tapando de a poco el lugar donde había estado el tren.

  • Una cuerda más fina que las otras

    Aníbal Williams llegó al Salón Cincuentenario a las doce y diez de la noche del sábado, con el maletín de cuero bajo el brazo y los zapatos todavía húmedos de la llovizna. Adentro quedaban las sillas desparramadas, un olor a café recalentado y, sobre el escenario, el piano vertical con la tapa abierta, como una boca que esperaba el dentista.

    —Lo dejaron para vos —dijo Eluned, la tesorera, que apagaba las luces de la cocina una por una—. Mañana a las once es la Cymanfa Ganu. Doscientas voces, Aníbal. Y el piano está medio tonto.

    —Todos los pianos están medio tontos después de un Eisteddfod —dijo él.

    —Este más.

    Eluned le dejó una llave y un termo, y se fue. La puerta cerró con un golpe sordo y el salón se quedó con el zumbido de la heladera de la cocina.

    Aníbal era afinador desde los diecinueve años. Había aprendido con su padre, que había aprendido con un inglés de Puerto Madryn que cobraba en corderos. Tenía sesenta y ocho, las manos grandes y lentas, y una regla que no le contaba a nadie: el piano se afina de noche, cuando el pueblo deja de hacer ruido y el metal se acomoda.

    Sacó la llave de afinar, el fieltro, las cuñas de goma. Tocó el la central. Salió bajo, cansado, medio tono caído contra el diapasón que llevaba desde hacía cuarenta años en el bolsillo de la camisa. Lo golpeó contra la rodilla y lo apoyó en la madera. El diapasón cantó limpio, agudo. El piano contestó con un quejido.

    —Bueno —dijo Aníbal—. Empecemos.

    Trabajó dos horas sin mirar el reloj. Las cuerdas del medio, de a tres por nota, las fue apagando con el fieltro para afinar de a una, y cada vez que la llave giraba un cuarto de vuelta sentía la tensión subir por el antebrazo. Afuera el viento del oeste empujaba la chapa del techo. Se acordó de que su padre decía que en el valle el viento afinaba mejor que cualquier hombre, pero después se llevaba todo.

    Pasadas las dos, llegó a las notas altas, y ahí se detuvo. El fa sostenido de la última octava no sonaba. Apretaba la tecla y el martillo caía con un clac seco, sin resonancia. Abrió el frente, metió la linterna y vio el problema: una cuerda cortada, enroscada sobre sí misma como un pelo.

    Aníbal se sentó en el banquito y se pasó la mano por la cara.

    No tenía repuesto de esa medida. Lo sabía sin revisar el maletín. A esa hora no había dónde conseguir cuerda de piano en todo Trelew, y a las once la iban a pedir doscientas voces.

    Se quedó mirando el escenario vacío. En la pared del fondo colgaba una foto grande de la comisión de 1965, el Centenario de la Colonia, hombres de traje oscuro y mujeres con el pelo recogido, todos serios, todos con apellidos que él había tenido que aprender a pronunciar de chico: Jones, Evans, Hughes, Rhys. Su propio abuelo estaba en la tercera fila. Williams. Con una W que en esa época todavía se pronunciaba con la boca redonda.

    Se acordó entonces de la caja de galletitas.

    La guardaba en la camioneta desde hacía años, abajo del asiento, con todo lo que no se tira: tornillos, fieltros viejos, unos metros de alambre que había salvado de un piano de la capilla de Dolavon cuando lo desarmaron. Cuerda de acero, de la de antes, de esas que no se compraban ya.

    Salió bajo la llovizna, abrió la camioneta, encontró la caja. Adentro había un rollito enrollado en papel de diario. Lo midió con los dedos, a ojo. Era más fino. Seguramente más fino.

    —Más fino, pero sirve —se dijo—. Eso es lo que decía el viejo.

    Volvió a entrar con el rollo y lo cortó con la pinza, y durante cuarenta minutos fue una pelea chica y muy concentrada, de las que no se ven. Enganchó la cuerda en el clavijero, la pasó por el puente, la tensó de a poco. Le temblaban un poco las manos, y no por el frío. Cuando la llevó a la altura del diapasón, el fa sostenido sonó. Era más delgado que sus vecinos, con algo de metal en el borde.

    Lo tocó cuatro veces. Cinco.

    —Va a pasar —murmuró—. Nadie va a notar.

    Pero él lo notaba. A las cuatro de la mañana, con el salón helado y la linterna pegada al hombro, todavía lo notaba. Terminó el resto de las notas. Cerró el frente. Bajó la tapa. Guardó las herramientas en orden, como se las había enseñado su padre, y se acostó un rato en dos sillas juntas, con el abrigo encima.

    Lo despertó el ruido de las puertas.

    Eran las diez y media. Ya estaban llegando: señoras con tarteras tapadas con repasadores, chicos de saco y corbata, un coro de La Plata que había venido en micro y hablaba bajito, un hombre muy flaco con un bastón que tarareaba solo. El salón fue llenándose de abrigos y de voces. Eluned le puso un café en la mano.

    —¿Y?

    —Está —dijo Aníbal—. Con un detalle. Una nota. Una sola. En la octava de arriba.

    —¿Se nota?

    —Para mí sí.

    —Entonces nadie más.

    A las once en punto el director levantó los brazos. Hubo un silencio largo, de capilla, y la pianista dio el acorde inicial. Aníbal estaba parado contra la pared del fondo, con las manos en los bolsillos, y escuchó cómo el salón respiraba junto. Después las doscientas voces entraron en galés, graves y anchas, con esa manera de cantar que parecía venir de abajo del piso. Cantaban Calon Lân. Él entendía tres palabras.

    El piano acompañaba firme. En el estribillo la pianista subió por el teclado, y Aníbal cerró los ojos para esperar la nota, apretando el vaso de papel.

    Llegó. El fa sostenido, delgado, un poco raro, justo en el medio del acorde. Y en lugar de sobresalir, se perdió adentro de las voces como un hilo en un tejido, y de pronto el acorde entero sonó un poquito más claro.

    A su lado, el hombre del bastón dejó de tararear, lo miró de reojo y siguió cantando.

    Aníbal abrió los ojos. En la pared, su abuelo lo miraba desde la tercera fila de 1965, serio como todos, sin decir nada.

    Aníbal se puso a cantar la parte que sabía, bajito, en una lengua que no era la suya. Por una vez no la afinó.

  • El primer sábado de los cornalitos

    Graciela Funes tenía la harina en la bandeja, el aceite a punto de humear y un solo problema: no había cornalitos. Eran las once y diez de un sábado de noviembre, la costanera de Quilmes ya olía a brasas y a protector solar, y en el cajón de telgopor que Cacho le traía todos los sábados desde hacía veintidós años había tres hielos derretidos y nada más.

    Salió del quiosco con el repasador al hombro y miró hacia la rambla de los pescadores. Los otros ya estaban ahí, alineados contra la baranda, con las cañas apoyadas y los baldes entre los pies. Cacho no.

    —¿Vieron a Cacho? —preguntó.

    —Hoy no vino —dijo uno de gorra azul, sin dar vuelta la cabeza—. Ayer se quejaba de la rodilla.

    Graciela se quedó mirando el río. Era marrón, ancho, quieto como una mesa sucia, con un brillo de chapa al fondo donde terminaba y empezaba el cielo. Desde ahí nunca se veía la otra orilla. Su padre decía que del otro lado estaba Uruguay y que no se veía porque se hacía el distraído.

    Ese sábado importaba porque era el primero de calor de verdad. Todos los años, el primer sábado de calor, el quiosco servía la fuente grande de cornalitos fritos, con limón y sal gruesa, a precio de costo, y la gente de las cuadras de alrededor bajaba con los chicos, las sillas plegables y el termo. Lo había empezado su madre. Después ella. Esa tarde, además, venía su hija Luciana de La Plata, con el novio, a quien Graciela todavía no le conocía la voz.

    —Mamá, si no tenés pescado, hacé otra cosa —le había dicho Luciana por teléfono—. Papas, empanadas, lo que sea.

    —Los cornalitos no se reemplazan, nena.

    —Es un pescadito, ma.

    —Es el primer sábado.

    Había colgado con la garganta apretada, sin saber bien por qué.

    Ahora caminó hasta el final de la rambla, donde el cemento se terminaba y empezaban las piedras. Ahí encontró a Cacho. Estaba sentado en un banquito de plástico con la caña clavada entre dos rocas y la pierna derecha estirada, con una venda color piel que le asomaba bajo el short. Tenía el pelo blanco aplastado por la gorra y la cara quemada como un ladrillo.

    —Mirá vos —dijo Graciela.

    —Graciela —dijo Cacho, sin sorprenderse—. Perdoname. Se me hizo tarde.

    —Son las once y media.

    —Por eso, se me hizo tarde.

    Se miraron. Ella le vio el balde: vacío, con una pizca de agua en el fondo.

    —No pican —dijo él—. Desde las seis estoy. Anoche hubo viento del sudeste y el río quedó revuelto. Los chiquitos se fueron para adentro. Mañana o pasado vuelven. Hoy, nada.

    —Hoy es el primer sábado, Cacho.

    —Ya sé. Lo tengo anotado.

    —¿Anotado dónde?

    —En la cabeza. Donde anoto todo.

    Graciela quiso enojarse y no le salió. Se sentó en una piedra al lado, con las zapatillas colgando sobre el agua. El sol le pegaba en la nuca. Más allá, tres chicos corrían por la arena de la playa con una pelota desinflada, y desde el balneario de enfrente llegaba una cumbia con el bajo demasiado alto.

    —Mi mamá —dijo Graciela— hizo la primera fuente en el noventa y uno. Con lo que le dieron los pescadores de entonces. Había diecisiete personas. Yo era chica, me acuerdo de que no alcanzaba el limón.

    —Me acuerdo —dijo Cacho—. Yo era uno de los que trajo.

    —No me dijiste nunca.

    —No preguntaste.

    Quedaron un rato callados. Un barco lejano, un punto blanco sin tamaño, cruzaba despacio de izquierda a derecha.

    —Hay otra cosa —dijo Cacho, y señaló con el mentón hacia atrás—. Ahí en la rambla, a la altura del tercer poste, está el Rulo. Tiene la red de mano. Si le pedís que tire cerca de los pilotes, algo saca. No es de cornalitos de los buenos. Pero algo.

    —¿Y por qué no me dijiste antes?

    —Porque es el Rulo.

    Graciela suspiró, se levantó y volvió caminando por la baranda, entre los pescadores. El Rulo era un flaco de treinta y pico, con tatuajes de ancla en los dos antebrazos, que hablaba poco y cobraba mucho. Le explicó lo que necesitaba. Él la miró un momento y dijo un número. Ella dijo otro. Después de un silencio incómodo se pusieron de acuerdo.

    A las doce y cuarto tenía un balde de pescaditos plateados que se retorcían como cintas. No eran muchos. Los contó con la vista: alcanzaban para una fuente, no para dos.

    —Menos de la mitad —murmuró.

    Volvió al quiosco. Limpió, pasó por harina, sacudió. El aceite le saltó en el antebrazo y no lo sintió. Sacó la primera tanda dorada y chiquita, la puso sobre papel, la salpicó con sal gruesa. Probó una. Crocante, con gusto a río.

    A las dos llegó la gente. Primero dos vecinas con una sillita para el nene. Después un grupo de la cuadra de atrás, con una conservadora llena de gaseosas. Después una familia entera con un perro. Graciela sirvió la fuente grande, que quedó a medias, y la repartió en platitos de plástico, de a puñados.

    —Es poquito este año —dijo una señora.

    —El río estuvo revuelto —respondió Graciela—. Los trajo Cacho. Bueno, casi.

    Y entonces, desde el costado, vio venir a Luciana con un flaco alto que traía una bolsa de limones. Se saludaron con un abrazo apretado.

    —Mamá, él es Franco. Trajo limones, porque le dije que acá nunca alcanzan.

    Graciela lo miró. Tenía cara de buena persona y las manos de quien no sabe qué hacer con ellas. Le dio un platito.

    —Probá.

    Franco probó. Masticó despacio, serio. Después levantó las cejas.

    —Son buenísimos.

    —Son pocos.

    —Entonces hay que comerlos despacio.

    Luciana se rio. Graciela, también, y se le aflojó algo atrás de las costillas.

    A las cinco, cuando la fuente se terminó y quedaron sólo las migas y el olor a limón, el sol bajaba detrás de los edificios del centro y el río se había puesto del color del té con leche. Cacho apareció renqueando por la rambla, con la caña al hombro. Se paró frente al quiosco.

    —Ya los vi —dijo—. Los del Rulo. Están flacos.

    —Alcanzaron.

    —¿Quedó alguno?

    Graciela abrió el cajón. En el fondo, sobre un papel grasiento, había un único cornalito, dorado, sin comer. Lo había guardado sin darse cuenta.

    Se lo alcanzó. Cacho lo tomó con dos dedos, lo miró contra la luz del río y lo comió entero.

    —Mañana vuelven —dijo.

    —Mañana vuelven —dijo Graciela.

  • Tres kilos de nada

    Lola Ibarra salió al lote a las cinco y diez, con el tereré en una mano y la bolsa de arpillera atada a la cintura, y antes de agacharse a mirar nada se quedó parada y olió. El aire de marzo en Tres Isletas venía espeso, dulzón, con un fondo de tierra que todavía no estaba mojada pero ya lo sabía. Hacía tres días que la radio de Sáenz Peña repetía lo mismo: frente inestable, lluvias desde el domingo a la tarde. Era jueves.

    Las tres hectáreas estaban blancas hasta el alambrado. El defoliante había dejado las plantas peladas, con las ramas negras y las bochas abiertas como puños que se sueltan de a poco. El contratista de la cosechadora le había prometido el sábado a primera hora, y ella le creía, porque los hombres que tienen una máquina sola y diez clientes siempre prometen el sábado. Pero esto no era para el sábado. Esto era para la cama de su madre.

    Doña Pura tenía ochenta y cuatro años y una regla: todo bebé de la familia dormía sobre algodón de la chacra. Se lo había rellenado a Lola, a sus hermanos, a los hijos de sus hermanos, con fibra levantada a mano, sin una hoja ni una cáscara, mullida a golpes de varilla en el patio. El domingo, en Resistencia, nacía el primer bisnieto. La almohada tenía que estar lista para llevarla el lunes.

    —Brian —dijo Lola, y golpeó la puerta de chapa del galpón—. Arriba, que se nos va la mañana.

    El sobrino salió a las seis menos veinte, con los ojos hinchados y el celular en la mano, como si fuera un órgano más. Tenía dieciséis años y había venido a pasar la semana porque en su casa de Barranqueras no había quién lo cuidara. Lola le dio una bolsa y le mostró el movimiento: dos dedos adentro de la bocha, un tirón corto hacia abajo, sin arrastrar la cáscara seca.

    —¿Todo esto a mano? —preguntó Brian—. Tía, hay máquinas.

    —Las máquinas se llevan la planta entera. Yo necesito la fibra limpia. Tres kilos. Con tres kilos me alcanza.

    —¿Tres kilos? Eso es una nada.

    —Probá levantar tres kilos de nada y después me contás.

    A las ocho ya hacía calor de verdad. Los surcos del bajo, los que Lola había elegido porque ahí la humedad del suelo mantenía la fibra más sedosa, olían a hierba quemada y a semilla. Las bochas pinchaban. Brian se pinchó el dedo índice a los diez minutos y se lo chupó con cara de ofendido; a los veinte ya había aprendido a abrir la mano sin mirar. A las nueve se sacó la remera de la escuela y la ató a la cintura. A las diez le dijo que había un curso de electricidad en Resistencia, en el centro de formación, que empezaba en abril, y que la madre no quería que fuera.

    —¿Y vos qué querés?

    —Irme. Ir y volver todos los días no, irme. Alquilar una pieza.

    —Ah.

    —No dijiste nada.

    —Estoy contando bochas.

    Era cierto, aunque no la mitad. Lola pensó en Fermín, su marido, que desde hacía dos años armaba encofrados en Resistencia y volvía los sábados con olor a cemento y a ciudad, y en cómo el chico lo miraba a él los sábados. Pensó que ella misma había querido irse a los dieciséis, a Corrientes, a la costanera del río, y que se había quedado porque un día la madre se enfermó, y después otro día. No se lo dijo. Siguió tirando de la fibra.

    Al mediodía comieron chipá duro con mate cocido bajo el algarrobo del alambrado. Después Lola pesó con la mano las dos bolsas: no llegaban al kilo y medio. El cielo, que a la mañana era una chapa limpia, tenía hacia el sudeste una pared gris con los bordes violáceos.

    —Eso no es para el domingo —dijo Brian, mirando—. Eso es para hoy.

    —Tiene que ser hoy a la noche —dijo Lola—. Mañana, a esta hora, la fibra del bajo va a estar manchada.

    Brian no preguntó nada más. Se puso la bolsa y se metió en el surco. Lola lo vio trabajar con la espalda quemada y el pelo pegado a la frente, sin celular, sin ruido, con esa concentración tonta y total de los que descubren que las manos saben algo antes que uno. A las cuatro llegó el primer viento fresco, ese que huele a lata mojada, y los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.

    —¿Cuánto tenemos? —preguntó él.

    —Dos kilos y algo.

    —Nos falta.

    —Nos falta.

    Las primeras gotas cayeron a las cinco y veinte, gordas, separadas, golpeando el polvo como monedas. Lola corrió con la bolsa abrazada al pecho hasta el galpón, y Brian detrás, y se quedaron los dos adentro viendo cómo el lote blanco se ponía gris, y después oscuro, y después de ninguna manera. Llovió dos horas. El agua bajaba por la chapa con un ruido de tren largo.

    Cuando paró, con el cielo todavía tapado, Brian puso su bolsa sobre la mesa de cortar leña y la abrió.

    —Pesala —dijo.

    Lola la pesó en la balanza de cocina de su madre, la vieja, la de platillo. Dos kilos seiscientos. Después la suya: ochocientos. Tres kilos cuatrocientos gramos de fibra seca y limpia, levantada antes de la primera gota.

    —Sobran cuatrocientos —dijo Brian, y sonrió con la cara llena de tierra.

    —Esos son del que se va a Resistencia a hacer el curso de electricidad —dijo Lola, sin mirarlo—. Para que lleve algo de acá.

    Brian no dijo nada. Se quedó mirando el algodón sobre la mesa, esa cosa tan liviana que había hecho doler dos espaldas, y asintió despacio, una sola vez.

    El lunes, en la casa de Doña Pura, la varilla golpeó la fibra sobre una lona hasta que se volvió nube. La almohada quedó chiquita, del tamaño de un pan. La vieja la sostuvo con las dos manos, la acercó a la cara y respiró hondo, con los ojos cerrados, como si adentro hubiera algo más que algodón. Y lo había: tres hectáreas, un jueves de calor, un chico que levantaba la cabeza cuando venía el viento.