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  • Un œuf, deux œufs

    A las seis y cuarto de la mañana del primer domingo de diciembre, con el rocío todavía colgado del césped del Parque Municipal de Pigüé, Marta Vernet apoyó la primera bandeja de huevos sobre la mesa larga y se miró las manos. Setenta y un años, cuarenta de maestra de francés en la escuela 4, y los dedos ya no le cerraban como antes. La artrosis le había tomado primero el pulgar derecho, después el índice. Rompía un huevo y le temblaba la cáscara.

    Alrededor, el parque se iba llenando de ruidos de domingo: el gas de las garrafas, las cajones de plástico arrastrados por el pasto, alguien probando un micrófono con un «uno, dos, uno, dos» que se perdía entre los eucaliptos. En el centro, sobre su trípode de hierro, la sartén de cuatro metros y medio brillaba con el aceite recién pasado. Parecía una pileta de plaza con mango.

    —Marta, ¿vos rompés? —le preguntó Graciela, la capitana del equipo, con un chaleco amarillo y una lista en la mano—. Mirá que tenemos pibes de sobra.

    —Rompo —dijo Marta—. Rompo mis cuatro bandejas, como todos los años.

    Era mentira a medias. Hacía veintiséis años, desde la primera omelette, que rompía huevos para el equipo de la Alianza, y siempre había empezado por el mismo gesto: un golpecito seco contra el borde del tazón, el pulgar abriendo la cáscara, el huevo cayendo entero. Su abuela Odile, que había llegado de Aveyron en brazos de su propia madre, le había enseñado que un huevo roto con apuro se nota en el gusto. Y que en esa tortilla no va queso. «Ni lo pienses», decía, en un castellano con las erres arrastradas.

    Rompió el primero. La cáscara se aplastó y le dejó pedacitos en la clara. Rompió el segundo, y el tercero cayó torcido, con la yema chorreando por el borde. Las bandejas eran de treinta y no se vaciaban. Miró el reloj del puesto de al lado: siete menos diez. La sartén se prendía a las nueve. En toda la mañana iban a necesitar más de quince mil huevos, y a ese paso ella no llegaba ni a la mitad de su parte.

    —Señorita —dijo una voz a la altura de su cintura.

    Todavía la llamaban así, aunque estaba jubilada desde hacía cinco años. Era Bautista Moyano, nueve años, que había sido su alumno hasta el año pasado, con la remera del club y una gorra de papel que le habían dado para la fiesta. Bautista era el que nunca levantaba la mano en clase. Sabía las respuestas, pero se le trababa la lengua en cada palabra con erre, y prefería que lo creyeran distraído.

    —Mi mamá dice que usted necesita ayuda —dijo, mirando el piso.

    —Tu mamá dice muchas cosas.

    —Yo rompo bien. En casa rompo todos los domingos.

    Marta lo miró. Después miró los huevos, y la lista de Graciela, y la sartén en el medio del parque. Se sacó el delantal, se lo ató al nene con dos vueltas a la cintura y le acercó un banquito.

    —Un golpe seco —dijo—. No fuerte, seco. Después los dos pulgares y abrís como un libro.

    El primero de Bautista cayó entero, la yema redonda y amarilla flotando en el tazón. El segundo también. Marta se quedó parada al lado, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y entonces, sin pensarlo, empezó a contar en voz baja, como cuando les enseñaba los números en el aula:

    —Un œuf. Deux œufs. Trois.

    —Un œuf —repitió el chico, con el acento duro, y rompió otro—. Deux œufs.

    La erre no apareció. No había ninguna erre en esos números. Bautista siguió contando, un huevo por vez, la voz cada vez más firme. Pasó Graciela y no dijo nada. Pasó un señor con una caja de perejil y se detuvo. Del tazón de al lado, dos nenas de otro equipo levantaron la cabeza y se pusieron a contar con él, trece, catorce, quinze, seize, mezclando el castellano y el francés como en los recreos.

    A las ocho y media había una fila de chicos ante la mesa, esperando turno con las manos limpias. Marta repartía tazones, corregía pulgares, atajaba cáscaras. A Bautista se le habían cansado los dedos y le sangraba un poco la uña del índice, pero no quiso soltar el último huevo de su bandeja hasta romperlo entero.

    A las nueve menos cinco, los hombres del equipo vinieron con los baldes. Vaciaron los tazones en la sartén gigante, donde ya chisporroteaba el aceite caliente con el jamón picado y el perejil, y el olor subió hacia los eucaliptos, espeso y dulce. Marta no tomó cámara ni foto. Se sentó en un banco, con las manos abiertas sobre las rodillas.

    Con los remos de madera, doce voluntarios empezaron a darle vuelta a la masa, y el parque entero se calló un segundo, como se calla un pueblo cuando algo grande se da vuelta. Bautista se sentó a su lado, con el delantal todavía atado.

    —Señorita —dijo—. Conté hasta ciento veinte.

    —Te oí.

    —¿Mañana puedo contar en clase?

    Marta se rió, por primera vez en toda la mañana, con la risa que le quedaba del lado derecho, donde la mano todavía la acompañaba.

    —Mañana es lunes, Bautista. Pero el lunes que viene, sí.

    La omelette se dio vuelta con un sonido sordo, como una puerta que se cierra bien. Del medio de la gente, un chico gritó «¡Un œuf!», y otro le contestó «¡Deux!», y el parque se fue llenando de números hasta que ninguno supo cuándo habían dejado de contar huevos para contar otra cosa.

  • El nudo de don Aníbal

    A las siete y cuarenta, con el vapor del primer café todavía pegado a los vidrios de la Estación Fluvial de Tigre, Aníbal Cuello ató el bichero con dos vueltas de piolín al pasamanos de la lancha y se quedó mirándolo. Era una caña de eucalipto de tres metros, con un gancho de bronce en la punta que cuarenta y un años de manos le habían dejado lustroso como una moneda. Ese martes era su último recorrido como marinero de la colectiva.

    No se lo había contado a nadie, salvo al patrón, que prometió no hacer ruido. Aníbal quería terminar el viaje como todos los días: atar, soltar, contar chicos, no decir nada.

    —Hay sudestada —avisó el patrón, Ramiro, desde la timonera, con la radio crepitando—. El río viene alto. Vamos a tener que tirar despacio.

    Salieron a las ocho y cuarenta, cargados de guardapolvos blancos, mochilas y bolsas de pan. El Sarmiento llevaba el agua color té con leche, y los sauces del costado chorreaban sobre las barandas de los muelles. Aníbal iba y venía por la cubierta con la soga al hombro. En cada parada tiraba la gaza sobre la cornamusa, esperaba que el chico saltara, y soltaba. Veinte paradas. Las sabía de memoria, como un rezo: el Recreo Alcázar, la entrada del Curubica, el muelle de la señora de las hortensias, el de los perros.

    —Don Aníbal, ¿usted viene mañana? —le preguntó una nena en el arroyo, con el pelo todavía mojado.

    —Mañana viene otro, mi vida. Pero ata igual de bien.

    —Ninguno ata como usted —dijo ella, muy segura, y se acomodó junto a la ventanilla.

    Sobre el canal Arias el agua subió un poco más. El viento del sudeste empujaba desde el Río de la Plata y los troncos flotaban en la corriente como animales dormidos. Ramiro redujo el motor. En la parada once, el muelle de los Bogado ya tenía las tablas bajo una mano de agua, y los dos hermanitos esperaban en el borde, con las zapatillas colgadas del cuello y los guardapolvos arremangados hasta las rodillas.

    —No se puede arrimar —gritó Ramiro—. La corriente nos tira contra los pilotes.

    Aníbal midió la distancia con el ojo. Dos metros de agua oscura, el muelle casi hundido, un pilote mocho que asomaba del lado de afuera. Si la lancha tocaba, rompía la madera. Si no arrimaba, los chicos se quedaban en la isla, y las clases de ese día se perdían, y quizás las de mañana.

    Desató el bichero del pasamanos. Se lo pasó por detrás de la espalda como había hecho mil veces y enganchó el pilote mocho de un solo golpe. Ahí estaba: la lancha quedó de costado, firme, balanceándose, y el agua dejó de tirarla.

    —¡Ahora, de a uno! —dijo.

    La más grande, Luciana, saltó con la mochila apretada contra el pecho. Aníbal la agarró de la muñeca, fuerte. Después el chiquito, Joaquín, que tenía ocho años y no había dicho una palabra. Joaquín miró el agua, miró el bichero y miró a Aníbal.

    —Dale, que yo te tengo —dijo Aníbal.

    El nene saltó. Aterrizó en cubierta con las dos rodillas, y el mismo golpe lo puso a reír de puro susto. Aníbal sintió que le temblaban los brazos. Tenía sesenta y tres años y la espalda le cobraba cada vuelta de soga, pero no soltó el bichero hasta que Ramiro dio marcha atrás y la lancha se separó del pilote como quien despega un esparadrapo.

    El resto del recorrido fue una sola mañana mojada y larga. Llegaron a la escuela de pilotes con un cuarto de hora de atraso, y la directora esperaba en la escalera con el grabador en la mano. Los chicos formaron bajo el edificio, entre los charcos y el olor a madera húmeda, y cantaron la canción de la isla con las voces un poco desparejas.

    A las cinco de la tarde, en el regreso, Aníbal ató la lancha en la Estación Fluvial por última vez. No hubo discurso. Ramiro le dio la mano, le dio un abrazo, le dijo que no se perdiera. Aníbal juntó su termo, su gorra y la campera. Se quedó con el bichero un rato largo en las manos.

    Al día siguiente, a las siete y media, un vecino de los Bogado subió al muelle de la lancha de apuro, buscando a Ramiro, y le dejó un paquete envuelto en una bolsa de arpillera. Adentro había un nudo, el más grande y prolijo que se había visto en el arroyo, hecho con piolín celeste. Un nudo de marinero, trabajado con dedos chicos, con una nota atada: «Para don Aníbal, que ata mejor que todos. Joaquín».

    Ramiro lo sostuvo un momento. Después lo colgó del gancho de bronce, junto al bichero que Aníbal había dejado en la timonera, y lo dejó oscilar con el movimiento del río.

  • El golpe que llegó a la legua

    Fortunata Ledesma bajó el bombo de arriba del ropero a las cuatro de la tarde, cuando el patio de tierra de Suncho Corral ya largaba el calor de la siesta y las chicharras se habían cansado de gritar. Lo apoyó sobre la mesa de la cocina, encima del hule de flores, y lo miró como se mira a un pariente que llegó sin avisar.

    Hacía once años que nadie lo tocaba. Desde que Nicanor se quedó dormido en la reposera y no se despertó, el bombo había vivido envuelto en una frazada, entre los frascos de dulce de cayote y una caja de zapatos con boletas viejas. El parche de arriba se había aflojado hasta quedar como una hoja de cuaderno mojada. El de abajo tenía una rajadura del largo de un dedo.

    —Abuela, ¿qué hacés con eso? —preguntó Milagros, que había vuelto de la escuela con la mochila colgando de un solo hombro.

    —Lo voy a arreglar.

    —El sábado toco en el club con la guitarra de la profe. No necesito bombo, abuela.

    —Una chacarera sin bombo es una persona sin sombra —dijo Fortunata, y fue a buscar el termo.

    Milagros tenía catorce años y una forma de encogerse de hombros que a Fortunata le recordaba a su marido. Se quedó mirando cómo la abuela, que había sido maestra rural cuarenta años y nunca había tocado nada más fuerte que una campanita, sacaba del cajón las tijeras de podar, un ovillo de tiento y una aguja larga de coser bolsas.

    Lo que Fortunata quería era chico y concreto. Quería que el bombo de Nicanor sonara una vez más, un solo golpe, el sábado, antes de que empezara el baile. No había hecho ese pacto con nadie, ni con Dios ni con el muerto. Lo había decidido sola una mañana, mientras barría, y desde entonces lo cargaba como una piedra en el bolsillo.

    El vecino de enfrente, don Segundo Herrera, criaba cabras en un corral de palo a pique y ramas de quebracho. A las cinco ella cruzó el camino con un frasco de membrillo y volvió con un cuero de chivo, crudo, duro como una tabla, con un olor fuerte a sal y a monte. Don Segundo no preguntó para qué. Solo dijo:

    —Hay que remojarlo toda la noche. Y no lo apures, que el cuero se enoja.

    Fortunata lo dejó en la palangana de lata, bajo la canilla del patio. Esa noche no durmió bien. Soñó que el bombo sonaba solo, adentro del ropero, y se despertó con el corazón golpeando el mismo compás.

    Al otro día, antes de que aclarara, cortó el cuero con las tijeras, siguiendo el contorno del aro con un lápiz de carpintero. Le temblaban las manos. Milagros se levantó en piyama, la miró un rato desde la puerta y se sentó a su lado sin decir nada. Le alcanzó el tiento, le sostuvo el aro cuando hizo falta.

    —Tiene que quedar parejo —murmuró Fortunata—. Si tironeás de un lado, suena torcido.

    —¿Y vos cómo sabés?

    —Lo escuché cuarenta años. Nicanor se pasaba una hora tensando antes de cada fiesta, y yo planchando en la pieza de al lado, oyéndolo apretar y soltar, apretar y soltar. Aprendí por las orejas.

    Tardaron dos tardes en pasar los tientos por los agujeros del cuero nuevo, uno por uno, tirando con todo el cuerpo, con las manos ampolladas y el olor a chivo metido en la ropa. La rajadura del parche de abajo la cosieron con una tira fina, como quien cierra la herida de un animal. Cuando terminaron, el bombo parecía otro: más oscuro, más pesado, con un parche pálido arriba que brillaba como un hueso.

    El viernes por la noche Fortunata lo golpeó por primera vez, con el palillo de palo blanco que Nicanor guardaba atado con un piolín. Sonó un golpe sordo, hueco, sin vuelo. Un golpe de cajón de madera.

    —Es el cuero nuevo —dijo Milagros—. Todavía está duro.

    —No es el cuero. Es que está frío.

    Fue la única explicación que se le ocurrió, pero la sabía cierta. Nicanor lo arrimaba siempre al fuego antes de tocar, de a poquito, dándolo vuelta como a un asado, hasta que el cuero se ponía tirante y respondía. Esa noche Fortunata prendió unas astillas en el brasero del patio. Sostuvo el bombo a media distancia, con los brazos cansados, y esperó. Milagros le cebaba mate y le cambiaba las astillas. En algún momento se hizo muy tarde y el aire olía a leña, a tierra seca, a algo que no tenía nombre.

    Golpeó otra vez. Ahora el sonido salió ancho, profundo, con un temblor largo que se quedó colgado en la oscuridad. A Fortunata se le llenaron los ojos, y lo disimuló limpiándose con la manga.

    —Ahí está —dijo Milagros, bajito.

    El sábado, en el club, antes de que se apagaran las luces de la cancha de bochas y empezara el baile, Fortunata se paró en la puerta con el bombo colgado del hombro. Le dio un solo golpe, uno solo, hacia la noche abierta. Después se lo pasó a la nieta, que se acomodó la correa con la seriedad de quien recibe una bandera.

    Lejos, del lado de los algarrobos, cuando el eco ya se había apagado, alguien contestó con otro golpe. Después otro más, desde más lejos todavía, hasta donde terminaba la legua.

    Fortunata se quedó escuchando. Y por primera vez en once años no sintió el silencio como una falta, sino como el hueco que queda entre dos golpes.

  • Diez panes de sal

    A las siete menos cuarto, con la escarcha todavía crujiendo sobre la costra y el sol recién apoyado en la sierra de Chañi, Evaristo Colque clavó la trenchadora en la sal y sintió, antes de que cediera, el golpe seco que le subía por los brazos hasta los dientes. Era abril. Hacía cuatro años que no cortaba un pan a mano.

    —Tata, ¿en serio no preferís la pala? —preguntó Wilson, desde atrás, con la capucha puesta y el celular guardado por pura obediencia.

    —La pala es para la sal de la cooperativa. Esto es otra cosa.

    Evaristo tenía setenta y un años, la rodilla izquierda hinchada como un pomelo y una camioneta prestada. Había manejado desde San Miguel de Colorados por la ruta 52 con el nieto de acompañante, entre los cerros pelados y el viento que levantaba polvo blanco sobre el asfalto. El salar se abría a 3.400 metros, plano, tan parejo que la vista se resbalaba.

    Lo que quería era chico. Quería cortar diez panes de sal con las hachas de su padre, la trenchadora para abrir el surco y la cuadradora para sacar el bloque, y llevárselos a Dominga Quispe, que bajaba de Susques cada otoño con charqui de llama y siempre preguntaba, sin esperanza, si todavía quedaba alguien que supiera hacer sal en pan. Hasta hacía unos años se trocaba así: sal por maíz, por harina, por papas de la Quebrada. Después llegó el camión, el precio por tonelada, la bolsa con marca. Nadie se había enojado. Simplemente se fue dejando.

    —Mirá —dijo Evaristo, y señaló el surco con la punta del hacha—. Tiene que salir parejo. Si te vas torcido, el pan se parte al cargarlo.

    Wilson agarró la cuadradora. Era más pesada de lo que parecía y la hoja tenía un filo gastado, de tanto afilarla con la piedra del patio. Golpeó. La sal saltó en astillas.

    —Más abajo. Dejá que el hacha trabaje. Vos no empujás, acompañás.

    El chico lo intentó de nuevo. Después otra vez. Tenía las manos coloradas y la nariz mojada por el frío, y por primera vez en toda la mañana no hablaba. Se oía solo el golpe, un golpe sordo y limpio, y el viento que arrastraba granitos contra las botas.

    A las diez ya habían sacado cuatro panes. Los apoyaron sobre una lona, cada uno del largo de un antebrazo, con las caras lisas brillando, un blanco que dolía en los ojos. Evaristo se sentó en el cajón de la camioneta, se frotó la rodilla y sacó de la bolsa un termo, tortillas y un trozo de queso duro.

    —Mi viejo decía que la sal se cría —dijo—. Que llueve en el verano, se llena el salar de agua, y la sal florece cuando el sol y el viento la trabajan. Después en abril se corta lo que quedó. Nunca la tratábamos como una cosa. Era más bien un animal que nos dejaba llevarnos un poco.

    —¿Y la cooperativa?

    —La cooperativa hace piletas, y está bien. De ahí sale la sal para comer, la que va a las fábricas. Yo trabajé veinte años en eso. Pero esto —y tocó el pan con la bota—, esto es lo que hacía mi viejo, y cuando él se fue me quedó la mano que sabe, y nadie a quien dársela.

    Wilson no dijo nada. Masticaba despacio. Miraba el pan.

    —Dale otra vez —dijo al rato, y se limpió las manos en el pantalón.

    A las tres de la tarde tenían diez. Evaristo contó dos veces, por costumbre. Los envolvieron en mantas, uno por uno, y los acomodaron en la caja de la camioneta con paja. Wilson tenía una ampolla en la palma. La miró, se la mostró al abuelo con cierto orgullo, y Evaristo asintió sin sonreír, porque esas cosas se respetan.

    Dominga los esperaba en el parador de la ruta, junto al cartel de las visitas guiadas, con el poncho gris y dos bolsas de arpillera apoyadas contra la pared. Tenía la cara cuarteada como el suelo del salar en febrero. Cuando vio las mantas, no preguntó nada. Levantó una punta, pasó el dedo por la cara del pan y se lo llevó a la boca.

    —Es de la de antes —dijo.

    —Es de ahora —contestó Evaristo—. Lo cortó el chico, casi todos.

    Dominga miró a Wilson. Lo miró lo bastante como para que el chico bajara los ojos.

    —Entonces tiene mano.

    Hicieron el trueque en el mismo parador, sin apuro, sin balanza. Dos bolsas de charqui por los diez panes, más un queso de cabra que ella le puso encima a Wilson «para que no se le pierda la costumbre». Evaristo cargó el charqui en la camioneta. La rodilla le dolía como nunca y no le importaba.

    Volvieron con el sol bajo, el salar teñido de un rosa que duraba poco. En la ruta, Wilson iba callado, con la mano de la ampolla abierta sobre la pierna.

    —Tata.

    —Qué.

    —El año que viene, ¿cortamos veinte?

    Evaristo siguió mirando el camino. Un camión pasó en sentido contrario y la camioneta tembló en el aire. Más allá, sobre la costra blanca, quedaban los surcos de la mañana, finos y derechos, como una firma.

    —Veinte —dijo—. Y yo me siento y mando.

  • Doce justo

    A las seis menos cuarto, con el termómetro del muelle marcando dos grados y la bahía todavía negra, Nilda Cárdenas ya tenía el motor de la Marisol en marcha y las manos metidas en guantes de goma que no calentaban nada. Era julio. Era la última salida del año con las trampas de centolla, y la última de su vida, aunque eso todavía no se lo había dicho a nadie en voz alta.

    Tobías subió por la escalerita del muelle con la mochila del colegio colgada de un solo hombro. Tenía quince años, la campera nueva de las vacaciones de invierno y cara de no haber dormido.

    —¿Seguro que no vomito? —preguntó.

    —Seguro no. Si vomitás, vomitás para sotavento. Eso te lo enseño gratis.

    Soltaron amarras. La ciudad quedó atrás, apilada en la ladera, con las luces de los barrios altos todavía prendidas y el humo de las chimeneas subiendo derecho porque no había viento. Nilda lo notó y desconfió. En el Beagle, la calma a esa hora era un préstamo.

    Salieron de la bahía y doblaron hacia el este. El agua hacía un ruido blando contra la proa, como de alguien que traga. Tobías se sentó sobre un cajón de plástico y miró las montañas, que ya tenían un borde rosado arriba, con la nieve nueva.

    —Mi abuelo me dijo una vez que vos eras mejor patrona que él —dijo.

    —Tu abuelo decía muchas cosas. La mayoría para no tocar el motor.

    Tobías se rio solo. Nilda no. Hacía tres años que Ismael no estaba, y todavía le pasaba que una frase suya la agarraba en la boca del estómago, entre el café y la primera luz.

    Llegaron a la primera línea cuando el cielo ya era gris claro. La boya era anaranjada, con una marca pintada a mano: una N y una C. Nilda enganchó el cabo con la pértiga, lo pasó por el halador y la maquinita empezó a chillar. De a poco subió la nasa, goteando, un aro grande de hierro forrado en red, con la carnada de pescado hecha jirones.

    —Ahí viene —dijo Nilda.

    Adentro había tres centollas. Una era enorme, de patas largas y rojizas, con el caparazón espinoso lleno de mejillones chiquitos pegados. Tobías se quedó parado con la boca abierta, sin saber si tocar.

    —No la agarres de las patas. Del caparazón, desde atrás. Así.

    Se la puso en las manos. Pesaba más de lo que parecía. La centolla movió una pata despacio, como quien se despereza.

    —Ahora el calibre.

    Nilda sacó del bolsillo del mameluco una regla de metal con dos topes, gastada, con la pintura del mango casi borrada. Doce centímetros de ancho de caparazón, ni uno menos. Lo que no llegaba volvía al agua, estuviera como estuviera. Era la ley, y además era la costumbre de quien quiere seguir pescando en el mismo lugar el año que viene.

    Midieron la primera: catorce. La segunda: trece. La tercera, once y ocho.

    —Esa va de vuelta —dijo Nilda.

    —Pero le faltan nada. Dos milímetros.

    —Dos milímetros es la ley.

    Tobías la dejó con cuidado sobre la borda y la soltó. La centolla se perdió en el agua verde en un segundo.

    Siguieron con la segunda línea y con la tercera. Hacia las nueve salió el sol por encima del canal y el agua se puso de color estaño. Tobías ya sabía abrir las trampas, cebar de nuevo, esquivar el cabo cuando corría. Hablaba menos. Estaba concentrado, y eso a Nilda le gustó.

    Quedaba una sola línea, la que más le importaba. La había calado a fines de mayo, antes del último temporal, con la boya vieja de Ismael: una botella de plástico azul cortada y una cinta roja de tela que ella había atado sin pensar. El viento del oeste había soplado cuatro días seguidos esa semana. Podía haberse cortado el cabo. Podía haberla arrastrado cualquier cosa.

    —¿Qué estamos buscando? —preguntó Tobías.

    —Una cinta roja.

    Buscaron un buen rato. Dieron vueltas en cuadrado, con los binoculares, con la mano sobre los ojos por el reflejo. Tobías la vio primero, a estribor, una mancha roja chiquita que subía y bajaba entre las olas.

    —¡Ahí! ¡Ahí está!

    La cinta estaba desteñida casi hasta el blanco, pero estaba. Nilda acercó la lancha despacio, enganchó, y el cabo se tensó con un peso distinto, más hondo. Se quedó mirando la maquinita un rato antes de accionarla.

    La nasa subió llena de algas. Adentro había una sola centolla, un macho viejo de caparazón oscuro y áspero, con una pata más corta que las otras, regenerada. Tobías la sacó con las dos manos. Nilda le pasó el calibre.

    Esta vez midió él solo, con la lengua entre los dientes. Miró dos veces.

    —Doce justo.

    —Mostrá.

    Era doce justo. Nilda lo comprobó tres veces, por costumbre, y a la tercera ya no necesitaba comprobar nada. Un milímetro menos y volvía al mar. Así, justa, se quedaba en el cajón. Ismael habría dicho que era un regalo. Ella pensó que era una broma de él.

    —Quedátela vos —dijo Tobías—. Es tu última.

    —No —dijo Nilda—. Es la última de la Marisol. De mí no sé nada todavía.

    Guardaron la centolla en el cajón con hielo. Tobías cerró la tapa y se quedó con la mano encima un momento, como si estuviera tibia.

    Volvieron al puerto con el sol alto y una brisa del oeste que empezaba a levantar cresta. En el muelle los esperaba el inspector, con la planilla y el lapicero. Nilda le entregó las cajas, él midió, anotó, firmó. Después se quedó mirando a Tobías.

    —¿Es el nieto?

    —Es el nieto.

    —Se le nota en cómo se para.

    Cuando el inspector se fue, Nilda se sacó los guantes y le dio el calibre a Tobías, de mano a mano, sin decir nada. Él lo miró, le pasó el pulgar por el mango gastado y se lo guardó en el bolsillo de la campera nueva, donde quedó pesando como una piedra tibia.

    —Mañana a las seis menos cuarto —dijo Nilda—. Y traé gorro, que hace frío.

  • La poda de la parcela siete

    Ofelia Maldonado llegó a la finca de Lunlunta a las siete y media, con el termo bajo el brazo y las manos ya metidas en los guantes de cuero. Era la tercera semana de julio y la helada todavía blanqueaba el pasto entre las hileras. Atrás, la cordillera tenía nieve hasta la mitad, y el aire olía a leña y a tierra mojada.

    Julieta la esperaba en la cabecera del cuartel con una tablet y un chaleco nuevo, de esos que todavía tienen los dobleces de la bolsa.

    —Buen día, Ofelia. Mire, le quería comentar una cosa de la parcela siete.

    —La del Malbec viejo.

    —Esa. Está muy enmaderada. Los brazos se alargaron un metro más de lo que deberían y casi no brota abajo. Pensé en una poda de rejuvenecimiento. Cortar fuerte, a la altura del tronco, y reformar la planta.

    Ofelia se sirvió un poco de té del termo y no dijo nada. Julieta tenía veintiséis años, era ingeniera agrónoma, y hablaba bien. Eso a Ofelia no le molestaba. Le molestaba que dijera «la planta» como si fueran todas la misma.

    —¿Cuánto tiempo lleva sin fruta si corta así?

    —Un año flojo, quizás dos. Después recupera.

    —Quizás.

    —Ofelia, son plantas de más de cien años. Algo hay que hacer.

    —Hacemos lo que se viene haciendo. Podamos, atamos y esperamos.

    Julieta suspiró, pero no discutió. Fueron juntas hasta la parcela siete. Las cepas eran troncos gruesos y retorcidos, con la corteza suelta en tiras, y cada una tenía una forma distinta, como si hubieran crecido mirando para lados diferentes a propósito. Ofelia conocía casi todas. Había empezado a podar ahí a los diecinueve años, con su padre, que le enseñó a mirar el sarmiento antes de cortar. «Primero se mira, después se corta», le decía. «Lo contrario es carnicería.»

    Se puso a trabajar. Julieta se quedó un rato mirándola, con la tablet contra el pecho. Ofelia elegía un cargador, dejaba un pitón con dos yemas, sacaba lo demás con un solo gesto. El corte sonaba seco, limpio. En una hora hizo doce plantas. Julieta, ya sin tablet, ató con rafia lo que Ofelia iba dejando.

    Alrededor de las diez se levantó el viento. Primero fue una tibieza rara en la nuca, después un silbido en los alambres, y la nieve de la cordillera se puso borrosa detrás de una nube de polvo marrón.

    —Zonda —dijo Julieta.

    —En julio también viene. Te seca las manos y te revuelve la cabeza. Hay que podar rápido, antes de que me ponga de mal humor.

    Trabajaron media hora más con el viento empujándolas. Al llegar a la planta catorce, Ofelia se detuvo. Era la más vieja de la fila, con un tronco como una pierna doblada y una cicatriz larga de un lado, donde un rayo o una helada le había quitado una rama hacía décadas. Lo que quedaba de la rama era un muñón gris, y arriba, medio escondido, un solo sarmiento fino y derecho.

    —Esta —dijo Ofelia.

    —¿Qué tiene?

    —Mi viejo la salvó de una helada en el setenta y nueve. Le tiró encima todo el humo que pudo, con llantas, con lo que había. Perdió la mitad de la finca y esta se quedó. Después me dijo: «a esta, nunca le saques de más».

    Julieta miró la planta. Después miró a Ofelia, que tenía los ojos entrecerrados por el viento.

    —¿Y qué hace con ella?

    —Todos los años le dejo un pitón. Uno solo. No da casi fruta, tres o cuatro racimos. Pero brota. Todos los años brota.

    —Ofelia, yo no iba a tocarla.

    —Ya sé. Pero vos querías cortar el cuartel entero.

    Se quedaron paradas con el zonda en la cara. Julieta se acomodó el pelo detrás de la oreja.

    —Mire, tiene razón en que hay plantas que no conviene tocar. Pero otras están muy cargadas. Si me enseña cuáles, quizás podemos hacer una cosa mixta: reformar las que aguantan y dejar las otras como están.

    —¿Y cómo sabés cuáles aguantan?

    —No sé. Por eso se lo pregunto.

    Ofelia sonrió por primera vez en el día, con la boca cerrada, para que no le entrara polvo.

    —Mirando. Primero se mira, después se corta.

    Pasaron la tarde recorriendo la parcela de punta a punta. Ofelia iba señalando con la tijera, la ancha, la fuerte, la que se cuida, la que ya dio todo, y Julieta anotaba con letra chiquita en un cuaderno que sacó del chaleco, porque con el viento la tablet no se podía ni sostener. Cerca de las cinco, cuando el zonda bajó y el sol quedó rojo sobre los álamos, habían marcado con cinta amarilla once plantas para reformar, y con cinta azul la catorce y otras ocho que no se tocaban.

    Julieta guardó el cuaderno. Le temblaban un poco las manos de frío.

    —¿Le cuento algo? Mi abuelo también tenía una finca, en San Martín. Nunca me dejó podar. Decía que las manos de las mujeres… bueno. Una cosa de época.

    —Tu abuelo era un tonto.

    —Un poco.

    —Tomá —dijo Ofelia. Sacó del bolsillo una tijera chica, de mango rojo desteñido, y se la puso en la mano—. Era la de mi padre. Es liviana, para plantas flacas. A mí ya no me entra bien.

    Julieta la sostuvo como si pudiera romperse. Era más pesada de lo que parecía.

    —Vamos a empezar mañana —dijo Ofelia—. Con las de cinta amarilla. Yo marco el primer corte y vos hacés el resto.

    Se fueron por la hilera, con el viento ya en calma y las sombras largas de las cepas cruzándoles los pies. Atrás, la planta catorce quedó con su cinta azul moviéndose apenas, y el sarmiento fino apuntando hacia el oeste, hacia la nieve, sin que nadie se lo pidiera.

  • El cuarto de los ventanales

    Nancy Zalazar dejó la camioneta donde terminaba el pavimento y siguió a pie, con la botella de agua en la mano y las zapatillas viejas que usaba para los días de lluvia. Eran las siete de la mañana de un martes de bajante. El lago de Salto Grande se había corrido tanto que dejaba una orilla de barro agrietado, ancha como una cancha, con palos blancos y caracoles vacíos tirados al sol.

    Su nieto Thiago, de once años, iba adelante con el celular en alto, filmando todo.

    —Abuela, ¿esto era un pueblo?

    —Esto era Federación. La de verdad. La que tenía plaza.

    —Pero la de ahora también se llama Federación.

    —Y sí. Es la misma gente, pero otra ciudad. Más prolijita.

    Nancy tenía sesenta y un años, treinta y cuatro de enfermera en el hospital de la ciudad nueva, y nunca había pisado la vieja desde que la taparon. Tenía quince cuando la demolieron. Se acordaba de las mazas, del polvo rojo que se metía en las cortinas y de su madre, Eulalia, con un pañuelo en la boca, repitiendo que a ella nadie le iba a explicar cómo se desarma una casa.

    Eulalia había muerto hacía dos inviernos. Antes de morir le dijo una sola vez, mientras Nancy le cambiaba el suero: «Vos naciste en la sala del fondo, la de los ventanales que daban al río. Te dejé ahí un dedito de mi alianza, de lo flaca que me puse». Nancy se rio, creyendo que era un delirio. Después averiguó. Era cierto lo de la sala, no lo de la alianza.

    Por eso estaba ahí.

    Habían visto en las noticias que la bajante había dejado al descubierto las bases del hospital viejo y de la capilla San Miguel. Nancy anotó en un papel: capilla, hospital, ventanales al río. No sabía qué iba a hacer con eso.

    Caminaron media hora entre ladrillos pelados y trozos de vereda que todavía conservaban el borde. De golpe Thiago frenó.

    —Mirá. Esto parece una calle.

    Era una calle. Se veía la traza, un rectángulo largo de cemento con el lomo partido, y a los costados los cimientos de las casas, uno al lado del otro, como dientes. Había un árbol talado de raíz, con las raíces al aire, retorcidas y grises, que parecían una mano abierta. Un hombre de gorra, sentado en un balde dado vuelta, tomaba mate al lado de la raíz.

    —¿Busca algo? —preguntó él, sin darse vuelta.

    —El hospital.

    —Siga derecho hasta la palmera. Hay una base de palmera, una redonda. De ahí a la izquierda.

    —¿Usted vivía acá?

    —Hasta los diecisiete. —Levantó el mate—. Venga cuando quiera. Yo vengo todos los días que hay bajante a ver si se me aparece mi cuarto. Todavía no apareció.

    Nancy le agradeció y siguió. La base de la palmera estaba donde él dijo, un círculo de cemento del diámetro de una mesa grande. A la izquierda había una explanada de cimientos más gruesos, con tabiques bajos que dividían el espacio en habitaciones que ya no tenían techo ni nombre. Un pasillo central, ancho. Una escalera que no subía a ninguna parte.

    —Esto es —dijo Nancy, y se le quebró la voz en la mitad de la palabra.

    Contó los cuartos del lado del río. Uno, dos, tres, cuatro. En el último, el más grande, el piso conservaba un pedazo de mosaico calcáreo, blanco y gris, con el dibujo salvado entre el barro seco. Se agachó. Pasó la mano por encima. Estaba áspero, tibio de sol.

    —¿Acá naciste?

    —Eso dicen.

    Thiago dejó de filmar. Bajó el celular y se quedó mirando el cuarto vacío, con esa seriedad de los chicos cuando entienden algo que no pueden explicar. Después dijo, bajito:

    —¿Y la alianza?

    Nancy se rio. Se le cayeron dos lágrimas y se las limpió con la muñeca.

    —No hay alianza, Thiago. Era una cosa de tu bisabuela.

    —Igual busquemos.

    Se pusieron de rodillas los dos, en el barro, y revisaron el mosaico con los dedos, junta por junta. Encontraron un clavo oxidado, una tapita de gaseosa y una canica verde, entera, sin una sola raspadura, que Thiago levantó contra el sol como si fuera una piedra preciosa.

    —Quedátela —dijo Nancy.

    —¿Y vos?

    Ella miró la sala. Ahí, calculó, había estado la cama. Ahí, contra la pared del río, el ventanal. Eulalia flaca, con los pies hacia donde ahora estaba parada ella, con cuarenta grados de calor y una partera que le decía respirá, respirá. Era cierto: eso lo recordaba sin haberlo vivido, porque la madre se lo había contado cien veces mientras pelaba mandarinas.

    —Yo ya me llevé lo mío —dijo.

    Se quedaron un rato más. Antes de irse, Nancy sacó del bolsillo un hilo rojo, de los que usaba para atar los frascos de la sala de pediatría, y lo ató a un fierro que sobresalía en el rincón. Un nudo doble, de los que no se aflojan.

    Al volver pasaron por el hombre del mate. Seguía mirando la raíz.

    —¿La encontró?

    —La encontré.

    —Qué suerte —dijo él, y sonrió con la boca cerrada.

    Subieron a la camioneta. Thiago iba con la canica apretada en el puño. Nancy encendió el motor, miró por el espejo la orilla ancha, el barro brillando, y mucho más atrás, apenas, el agua del lago, esperando su turno con la paciencia de siempre.

    Esa noche llovió en la cuenca. A la semana siguiente la cota subió, y el cuarto de los ventanales quedó otra vez bajo el agua, con un hilo rojo atado en el rincón, moviéndose despacio hacia donde fuera la corriente.

  • El banco de Leonor

    Leonor Spadavecchia llegó al taller de Polvorín a las cinco y media de la mañana, con el calor de enero ya pegado a la chapa y el mate recién cebado en un termo que tenía más abolladuras que ella misma. Era viernes, 11 de enero de 2013, y en el pizarrón de la entrada alguien había escrito con tiza, sin firmar: “Hoy salen los belgas por última vez”.

    Treinta y ocho años de carpintera en ese galpón. Había empezado a los veintidós, cuando todavía se cepillaba el roble a mano porque la máquina siempre estaba rota, y había visto pasar a los jefes, a los gremialistas, a los ingenieros que prometían coches nuevos cada cuatro años. Los coches de madera seguían ahí. Los de 1913, los celestes grisáceos, los que todo el mundo llamaba las brujas o los belgas, según de qué lado de Bruselas, o de Brujas, se quisiera hablar.

    —¿Vas a ir a despedirlos? —le preguntó Rubén, el soldador, mientras se ataba los cordones de los borceguíes.

    —Voy a trabajar.

    —Hoy no hay nada para arreglar, Leo. Los sacan a la tarde y se acabó.

    —Hay un banco.

    —¿Qué banco?

    Leonor no contestó. Se puso el delantal, agarró el termo y se fue hacia el fondo del taller, donde el olor a barniz viejo y a grasa era tan espeso que se podía apoyar la mano.

    El banco era del coche 27. Hacía seis años, en una reparación de rutina, había encontrado un listón del asiento partido a lo largo, con la veta abierta como una boca. No había repuesto. No había roble de la medida. Había un tirante de lenga que un sobrino de ella traía de Esquel para hacer una mesa, y ella lo cepilló tres semanas, de a ratos, entre un trabajo y otro, hasta que la tabla quedó igual de ancha, igual de curva, con el mismo borde redondeado donde se apoyan las piernas. Lo lijó con la lija de grano fino hasta que no hubo diferencia al tacto. Lo barnizó con tres manos. Y después lo atornilló en su lugar y no le dijo nada a nadie.

    La lenga es más clara que el roble. Se nota si uno sabe mirar. Desde entonces, cada vez que pasaba un 27 por el taller, Leonor se agachaba un segundo y lo miraba. Era una manía que no le había confesado ni a su marido.

    Esa tarde, a las tres, se sacó el delantal. Rubén la miró desde la soldadora, con la máscara levantada.

    —Me voy un rato.

    —Dale.

    Caminó hasta Primera Junta con la mochila al hombro y la remera pegada a la espalda. El andén estaba lleno. Había gente con cámaras, una chica con un cartel hecho a mano, dos hombres mayores discutiendo en voz alta sobre cuál había sido la mejor época del subte. Un chico de unos diez años le preguntaba a su padre por qué las puertas se abrían con la mano.

    —Porque son de otro tiempo —decía el padre.

    El tren entró con un chirrido largo que a Leonor le recorrió la columna como una corriente. Las ventanillas bajas, la madera barnizada, los faroles de bronce. Vio el número en la frente del coche cuando frenó: 27.

    Se quedó un instante quieta. Después subió.

    Adentro olía a lo que siempre había olido: a madera, a cuero viejo, a la humedad dulzona del túnel. Se sentó en el tercer asiento de la izquierda, el que tenía el listón de lenga, y puso las palmas abiertas sobre la tabla. Estaba tibia. Alguien la había tocado antes, miles de piernas, miles de cuerpos cansados que volvían del trabajo, y la lenga se había oscurecido apenas, lo justo para no distinguirse del roble.

    Tuvo que mirar dos veces para encontrar la diferencia. Y la encontró, porque la conocía, pero ya no era evidente.

    —Disculpe, señora —dijo una voz.

    Era un hombre grande, de unos sesenta, con una campera de la línea y una credencial colgada del cuello.

    —¿Sí?

    —Está sentada ahí hace rato mirando el asiento. ¿Pasa algo?

    Leonor lo pensó. Pensó en decir que no, que estaba cansada, que le dolían las rodillas. Pero el tren arrancó con ese tirón que no se parecía a ningún otro, y las luces de la estación fueron quedando atrás como fósforos que se apagan, y le salió decirlo.

    —Este tablón lo hice yo. Hace seis años. Es de lenga.

    El hombre se agachó con un crujido, apoyó una mano en la rodilla y miró el listón. Pasó el pulgar por el borde.

    —No se nota —dijo.

    —No. Eso quería.

    —Treinta años manejo estos trenes —dijo él, todavía agachado—. Me senté en este asiento un montón de veces. Nunca me di cuenta.

    —Mejor.

    El hombre se rió bajito y se enderezó. Se quedó parado al lado, agarrado de la barra, mientras el coche bajaba la velocidad frente a Acoyte. Una mujer con un bebé subió por la puerta de atrás y la cerró con las dos manos, como se cierra una heladera vieja.

    —¿Y ahora qué pasa con los coches? —preguntó Leonor.

    —Dicen que algunos se van a conservar. Otros no sé.

    —Con el que se salve, ojalá se acuerden de que hay un banco con un secreto.

    —Se lo digo yo a quien haga falta.

    Leonor sonrió. Del bolsillo de la mochila sacó un lápiz de carpintero, de los gruesos, de punta plana, y se agachó. Debajo del asiento, en la madera sin barniz donde nadie mira, escribió con letra de molde, despacio: “Lenga, 2007. L. S.” Y debajo, después de pensarlo, una línea más: “Aguantó.”

    Cuando se enderezó, el tren entraba a Plaza Miserere con toda su estructura vibrando, y por las ventanillas altas entraba la luz amarilla del andén. Leonor se puso la mochila otra vez y se quedó sentada, con las manos sobre la tabla, hasta que el coche terminó de frenar y las puertas se abrieron a mano, una por una, con ese ruido de bisagra vieja que ya no volvería a escuchar así.

  • El nudo del medio

    A las cinco y cuarto de la tarde, con el viento del este metiendo olor a pescadilla y gasoil por la persiana del pañol, Facundo Ledesma terminó de coser el último rombo de la red y se la mostró a Don Vito sin decir nada. Tenía las yemas de los dedos cortadas por el nailon y la aguja de madera todavía tibia.

    Don Vito la miró desde la banqueta, con el mate en la mano y la radio baja, una cumbia que se cortaba cada tanto. Era un flaco largo de ochenta y un años, con las manos hinchadas y nudosas, como las raíces de un árbol que creció pegado a un muelle.

    —Dame —dijo.

    Tomó el borde del paño, lo estiró contra la luz de la puerta y fue pasando el pulgar por las mallas como quien cuenta rosarios. Facundo conocía ese gesto. Lo había visto durante cuatro meses, todos los martes y jueves, desde que se anotó en el curso de la UTN con la idea de conseguir un trabajo cualquiera y se quedó en el pañol de la Banquina Chica porque Vito necesitaba a alguien que le sostuviera la red mientras él cinchaba.

    —Está prolijo —dijo Vito.

    —¿Pero?

    —No dije “pero”.

    —Lo dijiste con la cara.

    El viejo sonrió con media boca. Dejó el mate en el cajón de fruta que hacía de mesa.

    —El Stella Maris sale a las tres de la mañana. Si esta red no aguanta, el patrón pierde el viaje. Cinco hombres pierden el viaje. Y la pescadilla no espera a nadie, ni a mí ni a vos.

    —Yo la cosí como me enseñaste.

    —Como te enseñé a coserla en el curso. Esto no es el curso.

    Facundo sintió que la cara se le ponía caliente. Afuera, sobre la banquina, alguien arrastraba un cajón de plástico contra el cemento con un chirrido que le erizó los dientes. Un grupo de gaviotas discutía arriba del techo de chapa.

    —Mostrame dónde está mal.

    —No está mal. Está flojo.

    Vito se agachó con un crujido de rodillas y señaló un nudo del medio, en la zona donde la red hace fuerza al cerrarse. Facundo se arrodilló a su lado. Tardó en ver la diferencia: el nudo era igual a los otros, pero tenía la vuelta final apenas más abierta, como una sonrisa que no llega a los ojos.

    —Ahí cede —dijo Vito—. No hoy. Cuando venga el cardumen y los muchachos tiren y la red se tense con todo el peso del agua. Ahí se abre, y se corre la malla de al lado, y la de al lado, y se hace un agujero del tamaño de una puerta.

    —No me di cuenta.

    —Porque lo hiciste a las apuradas. Y lo hiciste a las apuradas porque tenías miedo de que yo me enojara.

    Facundo no contestó. Era cierto, y las verdades dichas en voz baja pesan más.

    —Mi viejo —siguió Vito, mirando el nudo— me hizo deshacer una red entera en el cuarenta y nueve, en Bari, antes de embarcarme. Doce metros. Lloré de bronca. Después, en el barco, en una tormenta que no te cuento, la red que había cosido ese mismo día aguantó mientras la de al lado se abría como una bolsa de papel. Nunca me dijo que había tenido razón.

    —Entonces la deshago.

    —Vos decidí.

    —¿Cuánto me falta si la deshago?

    —Con suerte, hasta las doce.

    Facundo se quedó con la aguja en la mano. Tenía ganas de irse a su casa, de tirarse en la cama y dejar que el problema lo resolviera otro. Pensó en su madre, que le había dicho “otra vez ese trabajo de viejos”, y en la tarde de abril en que Vito le había puesto una aguja de madera en la mano, sin discurso, y le había dicho “empezá por el borde”.

    Cortó el hilo con el cuchillito. El primer nudo cedió con un chasquido seco. Después el segundo. Era raro: cada malla que desataba le devolvía, de golpe, el gesto de haberla hecho, una especie de arrepentimiento con textura.

    Vito encendió el calentador, puso la pava, volvió a su banqueta y no dijo nada más. Pasó una hora. Pasaron dos. La luz del pañol pasó del dorado al gris y después al amarillo de la lámpara. Afuera se oían los motores de los barcos que cargaban hielo, las voces mezcladas, alguien que silbaba un tango sin saber cómo seguirlo.

    A las diez, Facundo cosía otra vez. Despacio. Cada nudo, la vuelta completa, un tirón con el pulgar para asentarlo, y recién después el siguiente. Notó que ya no pensaba en Vito ni en su madre ni en nada, solo en el hilo y en la tensión justa entre los dedos, como si el cuerpo supiera algo que la cabeza todavía no.

    A las doce y diez cortó la última hebra. Vito se levantó, tomó el paño, lo estiró contra la luz y pasó el pulgar por las mallas. Esta vez tardó. Se detuvo en el nudo del medio, lo apretó entre dos dedos, tiró con fuerza y el nudo no se movió.

    No dijo nada. Dobló la red en cuatro, se la puso al hombro y salió del pañol.

    Facundo lo siguió hasta el muelle, bajo un cielo sin luna. El Stella Maris cabeceaba contra los neumáticos, con la luz de cubierta encendida y el patrón fumando en la proa. Vito entregó la red como quien entrega a un chico, con las dos manos. Después volvió, se sentó en un noray y sacó del bolsillo un paquete de facturas aplastado.

    —Comé —dijo.

    Facundo se sentó a su lado. Las facturas estaban frías y blandas y le parecieron las mejores de su vida. A las tres en punto el motor del barco tosió, se aclaró la garganta y empezó a alejarse. Vito siguió las luces con la vista hasta que se confundieron con las del horizonte.

    —Mañana a las seis —dijo, y se fue caminando, despacio, con las manos en los bolsillos.

    Facundo se quedó un rato más mirando el agua negra, con la sensación rara de que, en algún lugar del mar, un nudo suyo estaba sosteniendo algo.

  • El molino que no giraba

    Marcela llegó al campo de su padre a las siete de la mañana, con el pampero levantando tierra en el camino y un termo de mate en el asiento del acompañante. A las doce venía un comprador de Santa Rosa. Le quedaban cinco horas para hacer una sola cosa: que el molino girara.

    Estaba en el medio del potrero del fondo, cerca de Quehué, donde el campo se pone chato y color paja y no hay un árbol que corte el horizonte salvo algún caldén torcido hacia el norte. Era un multipala de torre alta, de esos que su padre había comprado usado en el ochenta y tantos y mantenido con una devoción que no le dedicaba a casi nada más. Hacía un año, desde el entierro, que la rueda estaba clavada mirando al sur, como una moneda de chapa que nadie quiere levantar.

    Dejó la camioneta junto al tanque australiano. Estaba seco. En el fondo, una costra de barro cuarteado dibujaba mapas chiquitos, y en el borde las vacas habían dejado la marca de los hocicos durante meses. Hoy las vacas no estaban: Segundo, el vecino, se las había llevado a su campo hasta que se definiera la venta.

    —Es el freno —dijo Segundo, que había aparecido a caballo sin que lo oyera, con el mate listo y la cara hecha de arrugas finas—. Tu viejo siempre decía que el freno se agarrota si lo dejás un invierno.
    —Yo no sé nada de molinos.
    —Nadie sabe nada hasta que lo necesita.

    Le alcanzó una llave inglesa vieja, un tarro de aceite y un trapo. Después se sentó sobre un poste caído a mirar, con esa paciencia de la pampa que no ofrece ayuda pero tampoco se va.

    La escalera de la torre empezaba a un metro del suelo, con peldaños de hierro redondo que quemaban de frío. Marcela subió despacio. A la mitad tuvo que parar: el viento le metía el pelo en la boca y la torre zumbaba apenas, una nota grave que le subía por las piernas. Había subido de chica, a los nueve, a escondidas, y su padre la había bajado de un grito que le dolió menos que la vergüenza. Ahora la torre le hablaba, y no decía nada de eso.

    Arriba, al lado de la caja del mecanismo, encontró lo que buscaba. El brazo del freno estaba trabado con una bolsa de nailon que el viento había metido ahí, y sobre la bolsa había un nido viejo de calandria, vacío, tejido con pasto seco y un hilo celeste que reconoció enseguida: era de las camperas de su padre.

    Se quedó mirando el hilo más de lo necesario.

    —¿Qué hay? —gritó Segundo desde abajo.
    —Un nido.
    —Sacalo con cuidado. Las calandrias vuelven.

    Lo guardó en el bolsillo de la campera. Tiró de la bolsa hasta que cedió, destrabó el brazo del freno con la llave, le dio dos vueltas a la tuerca que se resistía y echó aceite en la caja hasta que el nivel marcó donde tenía que marcar. Le temblaban las manos, y no por la altura. Cada gesto le salía como si ya lo supiera, como si lo hubiera visto de lejos mil veces sin darse cuenta: la forma de apoyar el pie en el travesaño, de soltar el aire antes de apretar.

    La rueda seguía quieta.

    —Falta la cola —dijo Segundo cuando bajó, con las rodillas flojas—. Tiene que apuntar al viento.
    —Está apuntando al viento.
    —Está apuntando al viento de ayer.

    La veleta, esa chapa grande con forma de timón, había quedado enganchada de costado contra el tope. Marcela volvió a subir. Esta vez no se detuvo a la mitad. Desde arriba, parada en la plataformita con una mano agarrada del caño, vio el campo entero: las líneas rectas de los alambrados, la mancha oscura del monte al sur, la ruta como un hilo gris con un camión diminuto, la casa con el techo de chapa que ya no era de nadie. Empujó la cola con el hombro. La chapa gimió, soltó el tope y se acomodó de frente al pampero con un golpe seco de bisagra que le recorrió el brazo.

    Y la rueda se movió.

    Primero un cuarto de vuelta, torpe. Después una vuelta entera, con un crujido largo de cosa que despierta. Las aspas empezaron a hacer ese ruido que ella conocía sin haberlo escuchado en años: el traqueteo de la varilla subiendo y bajando, la respiración metálica de la bomba, un pulso lento, un tum, un tum, un tum que venía de abajo de la tierra.

    Se agarró fuerte. Del caño del tanque, tosiendo, salió primero aire. Después un chorro marrón. Después un hilo de agua, y por fin el agua de verdad, clara, helada, golpeando contra el fondo de chapa con un sonido que ella creyó que no iba a volver a oír.

    Bajó con las piernas hechas de gelatina. Segundo ya estaba parado junto al tanque con el sombrero en la mano, mirando el agua subir como quien mira nacer a un ternero.

    —Tu viejo hubiera dicho que tardaste.
    —Mi viejo me habría bajado a los gritos de la torre.
    —También —admitió el vecino, y se rio por la nariz.

    A las doce menos diez, cuando llegó la camioneta blanca del comprador levantando una nube, Marcela estaba sentada en el borde del tanque con los pies colgando y el nido de calandria entre las manos. El hombre bajó, saludó, miró el potrero, miró el agua, miró la torre con la rueda girando a todo lo que daba contra el cielo sin nubes.

    —Funciona —dijo, con cierta sorpresa.
    —Hoy sí —contestó ella.

    Le hizo el recorrido sin apuro: el alambrado, la aguada, el monte. Cuando se fueron, a las dos, ya no hablaba de venta ni de números. Dejó el nido arriba, en la plataforma, al lado de la caja, donde el viento no lo alcanzara. Después se quedó un rato parada abajo, escuchando el tum, tum, tum de la bomba, hasta que a lo lejos, sobre el alambrado, una calandria se posó y empezó a cantar.