A las dos y cuarenta de la madrugada, Bernabé Quiroga cruzó la calle de tierra de Coquimbito con la linterna apagada, porque conocía de memoria cada pozo y porque la luna, medio gorda, alcanzaba para ver el brillo de la acequia. Llevaba la pala al hombro, el termo bajo el brazo y en el bolsillo de la campera una boleta de turno doblada en cuatro. Era la última que le tocaba repartir. El 28 de noviembre, el Día del Tomero, se jubilaba, y ya había decidido que no iba a hacer ninguna fiesta.
Treinta y ocho años abriendo y cerrando compuertas en la zona de Maipú. Sabía de quién era cada hijuela, cuántas horas de agua le correspondían a cada finca según las hectáreas empadronadas, y quién se enojaba si el turno caía de madrugada. Los que se enojaban eran siempre los mismos y siempre terminaban convidándolo con un vaso de vino de la casa.
La boleta era para la finca de Elvira Lucero: dos hectáreas de malbec viejo, parral bajo, con álamos en el borde que ya habían perdido la cuenta de los vientos zonda. Elvira había vendido en septiembre. Una inmobiliaria iba a hacer un loteo, con calles de cemento y nombres de pájaros. Pero el derecho de agua seguía anotado a nombre de ella hasta que se terminara el trámite, y el cuadro de turnos no sabía de escrituras: decía que de las tres a las cinco y media de ese viernes le tocaba a la hijuela Lucero.
Bernabé llegó a la toma y se quedó escuchando. El canal pasaba pesado, con ese ruido de pasto mojado que hace el agua de deshielo cuando baja del Mendoza, y le llegaba el olor frío a piedra y a barro. Apoyó la mano en el hierro de la compuerta. Estaba helado y húmedo, y se le pegó la pintura descascarada a la palma.
—¿Va a abrir o va a rezar? —dijo una voz desde el alambrado.
Elvira estaba parada en el borde de la finca, con un poncho de lana gris y botas de goma de hombre. Al lado, un chico de unos doce años con una gorra de Independiente Rivadavia y cara de dormido.
—Elvira, qué hace acá a esta hora.
—Qué voy a hacer. Me toca regar.
—Usted vendió.
—Vendí la tierra. El agua me la dieron a mí en el 71, cuando mi viejo me puso la boleta en la mano. Dejame terminar mi turno, Bernabé.
Él sacó el termo y se tomó su tiempo para servirse. Pensó en el papel que traía en el bolsillo. Pensó en que la inmobiliaria ya había mandado un ingeniero a medir, y en que ese ingeniero seguramente tenía un plano donde las vides eran rayitas grises que se podían borrar. Pensó, sobre todo, en su padre, que también fue tomero y que le había enseñado a no preguntar por qué cada uno quería su agua, sino a dársela en hora.
—Le abro. Pero me ayudan a limpiar el cupo, que está lleno de hojas.
Limpiaron entre los tres con la pala y las manos, el chico sacando las ramitas que se habían enredado en la reja, Elvira alisando el barro con el canto de la bota. Cuando Bernabé giró la manija, la compuerta cedió con un quejido largo y el agua empezó a entrar a la hijuela, primero con un chorro grueso y turbio, después más clara, más ancha, resbalando por el cauce hacia el fondo del cuartel.
Caminaron al costado del agua, siguiéndola. Ese es el trabajo que nadie ve: ir al lado del agua para que no se atore, para que no rebalse, para que llegue entera al último surco. Bernabé iba adelante, con la pala, tapando una grieta, abriendo un desvío. Elvira iba detrás con las manos en los bolsillos del poncho.
—Esta cepa la plantó mi abuelo —dijo ella, tocando un tronco retorcido, grueso como una pierna—. Dicen que los loteos tienen que sacarlas.
—Dicen.
—El nene me pidió venir. Quiere ver cómo se riega, porque en el colegio le dijeron que el agua viene de la montaña y no les creyó.
El chico se agachó junto al surco y metió el dedo. Sacó la mano rápido y se rio.
—Está helada. ¿De verdad viene de la nieve?
—Esa que ves venía el invierno pasado en forma de nieve por arriba de Uspallata —dijo Bernabé—. Se derritió en octubre, bajó por el río hasta el dique, entró al Cacique Guaymallén, y hoy a las tres de la mañana te toca a vos.
—¿Y mañana a quién le toca?
—Al vecino de acá al lado. Después a otro. Si no se turnan, nadie riega bien.
El chico se quedó mirando el agua que avanzaba despacio entre las hileras, tanteando la tierra seca, oscureciéndola a su paso, con un ruido finito, como una tela que se rasga muy despacio. Elvira no dijo nada. A las cuatro y diez ya habían llegado al fondo del cuartel y el agua empezó a llenar la melga. Bernabé miró el reloj, miró el cielo que se ponía gris detrás de la cordillera, y se sentó en el borde de la acequia con el termo entre las rodillas.
—Elvira, yo traía esto —dijo, y le dio la boleta doblada—. Es la del turno de hoy. Ya no se usa mucho, ahora mandan todo por mensaje, pero a mí me gusta dejarla en mano.
Ella la desplegó y la leyó a la luz que ya alcanzaba. Después la volvió a doblar con cuidado y se la guardó adentro del corpiño.
—La última, ¿no?
—La última mía.
Esperaron hasta las cinco y media, cuando el agua dejó de ser un acontecimiento y se volvió simplemente parte del suelo. Bernabé cerró la compuerta con las dos manos. El canal siguió pasando por su lado, sin enterarse, camino de la próxima toma.
Al irse, miró para atrás una sola vez. En el fondo del cuartel el chico corría por el borde de la melga con la gorra en la mano, y la tierra, entera, brillaba toda mojada bajo el primer sol, y las cepas viejas parecían, por esa mañana, más firmes que cualquier plano.