Blog

  • La línea de Lalo

    Lalo Benegas clavó el último palito de la esquina a las cinco y media de la mañana, con la niebla todavía pegada al pasto y el ruido del primer tren del Roca llegando desde Lanús Este, lejos, como una persiana que se baja. En el bolsillo del guardapolvo tenía un ovillo de hilo sisal, una cinta métrica de lona y un pucho apagado que no pensaba prender. En el carrito, la bolsa de cal, abierta, largaba ese polvo blanco que le dejaba los nudillos como de yeso.

    Hacía veintidós años que era el canchero del Club Unión Vecinal, a siete cuadras de la avenida Hipólito Yrigoyen. La cancha era de baby, de tierra y pasto ralo, con arcos de caño pintados tantas veces que ya tenían forma de hueso. El lunes llegaba el césped sintético. Lo había decidido la comisión en una asamblea de la que él se enteró por el cartel de la puerta. Las líneas del nuevo piso venían cosidas de fábrica, sin cal y sin hilo.

    Por eso quería hacer esas, las de este sábado, bien. Las últimas.

    Estiró el hilo de palito a palito y lo tensó con dos dedos, como le había enseñado su viejo en el potrero de Valentín Alsina. Lo hacía sonar. Si el hilo no suena, decía el viejo, está flojo, y si está flojo la línea sale con panza.

    —Don Lalo.

    Se dio vuelta. En el portón, con la mochila del colegio y las canilleras puestas sobre el pantalón de jogging, estaba Camila, once años, la capitana de la categoría 2014. Tenía el pelo mojado.

    —Falta una hora y media para la final, pibita. Andá a tomar la leche.

    —No puedo. Estoy nerviosa. ¿Puedo ayudarlo?

    Lalo la miró un rato. Después le tiró la punta del hilo.

    —Agarrá ahí. Fuerte. Y no te muevas.

    Camila se agachó en la raya del medio, con las dos manos en el sisal, y puso cara de estar sosteniendo un barrilete en plena tormenta. Lalo cargó la marcadora, un carrito de chapa con una ruedita que había soldado él mismo en el ochenta y nueve, y empezó a empujarla despacio. La cal caía en un hilo parejo, blanca sobre el verde oscuro.

    —¿Y por qué no usan un aparato nuevo? —preguntó ella.

    —Porque el aparato nuevo no sabe dónde está la loma. Esta cancha tiene una lomita cerca del córner izquierdo, ¿viste? Si pasás la máquina así nomás, la línea se te va. Hay que empujar con el hombro, un poquito más.

    Se la mostró. La rueda subió la lomita, dobló apenas, y la línea siguió derecha, sin un temblor. Camila se quedó callada, mirando.

    —Está re linda.

    —Es cal y un hilo, nena.

    —Igual está linda.

    Hicieron el área grande, el círculo del medio con el compás de soga y un clavo, los puntos del penal. Él marcaba, ella corría el hilo. A las siete y diez la niebla se levantó y se vio el cielo de ese color gris amarillento de noviembre, con el aire oliendo a pasto húmedo y a gomería cercana. Del buffet llegó el ruido de la cafetera. Alguien prendió la radio, y sonó una cumbia floja.

    Cuando terminaron, Lalo se paró en el córner y miró la cancha entera, con un ojo cerrado, como hacía siempre. Las líneas se cruzaban prolijas. Había una torcedura de dos dedos en el lateral de la derecha, y la dejó. Era de Camila, y le pareció que ahí tenía que quedar.

    —Don Lalo —dijo ella, bajito—. ¿Es verdad que el lunes la cambian?

    —Es verdad.

    —¿Y usted qué va a hacer?

    —Voy a seguir viniendo. Alguien tiene que barrer las hojas.

    Ella se rió, pero se le notó que no le había gustado la respuesta. Se sacó una canillera, se la volvió a poner. Después sacó algo del bolsillo del jogging y se lo dio: un caramelo de dulce de leche, medio derretido.

    —Para después del partido.

    Los padres empezaron a llegar a las ocho, con las termos y las banquetas plegables. Los chicos entraron en fila, haciendo los ejercicios de estiramiento que les marcaba el profe. Lalo se sentó en su cajón de manzanas detrás del arco norte, donde se sentaba siempre, y vio el partido con los brazos cruzados. Perdieron dos a uno. Camila metió el gol de ellos de cabeza, de córner, justo desde la lomita, y salió corriendo hacia él con los brazos abiertos antes de acordarse de que no se podía.

    Al final, cuando la cancha quedó vacía y el sol ya calentaba la tierra, Lalo se acercó a la raya del medio y se agachó. Pasó el pulgar por la cal. Se le quedó marcado el dedo, blanco, y un poco de polvo voló y se apoyó sobre el pasto.

    Enrolló el hilo despacio, vuelta por vuelta, en un palito. Lo guardó en el bolsillo del guardapolvo, al lado del caramelo.

    El lunes, a las siete, cuando llegaron los camiones, él ya estaba en el portón con la escoba. Pasaron los rollos verdes. Pasaron los obreros con sus cuchillas. Y en la cabecera, en el rincón del córner izquierdo, bajo la lomita, alcanzó a ver una última raya de cal blanca, que nadie había barrido todavía.

  • La palanca de Hipólito

    Hipólito Sosa se sentó en el cordón de la calle Lamadrid a las siete y veinte de la tarde, con el pañuelo en el cuello y un termo de agua caliente que no pensaba usar. Desde ahí se veía la chimenea del Ñuñorco, y de la chimenea salía un humo flaco, casi transparente. Era señal de que estaban moliendo los últimos camiones.

    Olía a caña quemada y a melaza vieja. Llevaba treinta y ocho años respirando ese olor y ya no lo notaba, hasta esa noche. Las motos pasaban despacio, con los chicos de atrás agarrados de la campera, y en los patios las mujeres levantaban la ropa antes de que cayera la ceniza fina del bagazo, que en septiembre te dejaba las sábanas con pecas negras.

    —Don Hipólito, ¿otra vez acá? —gritó el kiosquero de enfrente.

    —Esperando la sirena, Nene.

    —Va a sonar, tranquilo. Siempre suena.

    Pero a Hipólito no le preocupaba que sonara. Le preocupaba cómo. Se había jubilado hacía cuatro años, y desde entonces cada final de zafra se había quedado en su casa, escuchando la sirena por la ventana como cualquier vecino. Este año quería otra cosa. Quería estar en la fábrica cuando se tirara de la palanca, y se lo había pedido a su nieta.

    Brenda tenía veintiséis años y era la que ahora estaba en la sala de máquinas, con el casco blanco y el cuaderno de novedades bajo el brazo. Cuando él se lo planteó, ella se rascó la nuca, como hacía de chica.

    —Abuelo, no puedo meterte. Hay seguro, hay una persona en la puerta, hay papeles.

    —No te pido que toques nada. Te pido pararme al lado.

    —Dejame ver.

    Eso había sido el jueves. El sábado a la noche no le contestó, y el domingo a la mañana le mandó un mensaje de una sola línea: “Venite a las ocho menos cuarto por la entrada de los camiones. Preguntá por Cacho.”

    Por eso estaba ahora en el cordón, mirando el reloj. Eran las siete y media. Se puso de pie con una mano en la rodilla, que le crujió, y caminó las cuatro cuadras hasta el portón. Los camiones salían vacíos, con las jaulas abiertas y la paja de caña colgando de los costados, y uno de los choferes le tocó bocina dos veces, saludándolo sin saber quién era.

    Cacho lo esperaba con el chaleco naranja puesto.

    —Sosa. Firmá acá. Y te ponés esto.

    Le dio un casco que le quedaba un poco grande. Hipólito firmó con la letra torcida de los que escriben poco, y entró.

    Adentro todo era más chico de lo que recordaba, y más ruidoso. Pasó junto a las cintas, que sonaban como lluvia sobre chapa, y subió dos tramos de escalera de hierro agarrándose del pasamanos tibio. Arriba, detrás de un vidrio con una mancha de aceite, estaba Brenda, hablando por radio con un tono que él nunca le había escuchado.

    —Entendido. Último camión en balanza. Avisame cuando descargue.

    Cortó, lo vio, y le señaló un banquito de metal contra la pared.

    —Sentate ahí y no toques nada, ¿sí?

    —Ni respiro.

    Esperaron. Abajo, una cinta se detuvo y volvió a arrancar. Hipólito miró la palanca roja, de las gruesas, con el mango envuelto en cinta aisladora gris. Era nueva, o al menos no era la suya. La suya tenía el mango de madera, pulido por tantas manos que parecía vidrio. Había pensado en eso toda la tarde: que le iba a faltar su palanca.

    —Abuelo —dijo Brenda, sin mirarlo—. ¿Vos te acordás de la primera vez que la tocaste?

    —Mil novecientos ochenta y seis. Me mandó el jefe de turno porque el otro se había cortado un dedo. Yo era un pibe de veinte años, flaquito, y tiré tan fuerte que la sirena sonó un minuto entero. Me gané un reto y un sándwich de milanesa.

    —¿Y cuánto tiene que sonar?

    —Lo que dure el último camión en pasar por la puerta, más un poco. Para que se entere el que está lejos.

    La radio crepitó. Una voz de hombre dijo que el último camión ya había volcado la carga, y que quedaba lo que quedaba en la cinta. Brenda anotó la hora en el cuaderno, 19:56, y se puso de pie.

    —Falta poco. Cuatro minutos.

    Hipólito se levantó también, sin darse cuenta. Se quedó parado a su lado, a un metro de la palanca, con las manos pegadas a los costados como en el colegio.

    —¿Sabés qué pasa? —dijo ella, en voz baja—. Esta noche me da miedo.

    —¿De qué?

    —De que no suene lo suficiente. De que suene y nadie salga a escucharla.

    Él quiso decirle algo sabio y no le salió. Se acordó, en cambio, del año del cierre de la planta de Santa Lucía, del que le había hablado su padre, cuando la gente salía a la calle a escuchar la sirena aunque supieran que era la última, y se quedaban quietos hasta que se apagaba. Se lo contó así, mal y a medias. Ella lo escuchó mirando los números del tablero.

    —Entonces salen —dijo.

    —Salen. Siempre salen.

    A las ocho menos un minuto la cinta de abajo se quedó callada. Fue un silencio raro, de fábrica, que no era silencio de verdad porque seguían las bombas y el zumbido de la caldera, pero sí lo era para él. Brenda tomó la palanca con las dos manos. Después, sin soltarla, lo miró.

    —Ponele la tuya.

    —Brenda…

    —Dale, abuelo. La mía. Yo hago la fuerza, vos ponés la mano.

    Hipólito apoyó su palma sobre la cinta aisladora, encima de los dedos de su nieta, que estaban fríos. Sintió la goma áspera y el metal debajo. Ella contó en voz baja, tres, dos, y los dos tiraron.

    La sirena arrancó grave, subió, y se quedó. Entró por el vidrio, por las escaleras, por los huesos. Hipólito cerró los ojos. Pensó en el kiosquero cruzando la vereda, en las mujeres con los repasadores en la mano, en un nene que preguntaba qué era eso y alguien que le contestaba que era el final de algo.

    Duró un minuto y medio. Cuando Brenda soltó la palanca, el eco siguió un rato rebotando contra el cerro.

    —Anotá la hora —dijo él, con la voz rota.

    Ella agarró el cuaderno y escribió, 19:59, y al lado, en letra chica, una sola palabra que él no alcanzó a leer. Después lo acompañó hasta la escalera.

    Afuera, en la calle, la gente seguía parada. Nadie hablaba. Una mujer sostenía una sábana a medio doblar contra el pecho, y sobre la sábana, despacito, empezaba a posarse la primera ceniza de la noche.

  • El número que no quiso Gastón

    Noemí Benítez enhebró la aguja a la tercera, con la luz de la ventana entrándole de costado y el olor a ropa mojada subiendo desde el patio. Abajo, alguien golpeaba una chapa para acomodarla. En la Isla Maciel siempre había alguien golpeando algo.

    Sobre la mesa de fórmica, entre el mate y la lata de botones, estaba la camiseta. Era vieja, de algodón grueso, lavada tantas veces que el escudo parecía dibujado con agua. En la espalda faltaba el número. Hacía veintidós años que faltaba. Se lo había arrancado ella misma, el día del velorio de Aníbal, sin saber bien por qué, y lo había guardado en un sobre de la farmacia.

    El sobre estaba ahora al lado de la taza. Adentro, un nueve de tela blanca, con los bordes deshilachados.

    Esa tarde iban a venir los chicos de la séptima división del club. Nada más que para que ella les arreglara los dobladillos de los pantalones, porque la comisión no tenía plata para un sastre. Pero uno de ellos, Gastón, el nieto de la Cuca, la había parado en la puerta de la cancha el domingo.

    —Doña Noemí, ¿es verdad que usted tiene la camiseta del Aníbal?

    —Tengo la camiseta. El nueve no, el nueve lo tengo guardado.

    —Yo juego de nueve —dijo el pibe, y se rascó la nuca—. Bueno, juego de lo que me pongan. Pero me gustaría.

    Ella no contestó. Dijo que lo iba a pensar, que pasara el jueves.

    Ahora era jueves. A las cinco y diez sonaron los pasos en la escalera de madera, esos pasos de zapatillas que rebotan, y Gastón entró con la bolsa del club colgada del hombro, saludando a la pared antes que a ella.

    —Sentate.

    —Vine por lo del pantalón, nomás.

    —Vos viniste por lo otro. Sentate.

    Le acercó la camiseta. El chico la tomó con las dos manos, como se agarra algo que puede romperse, y la dio vuelta. Pasó el dedo por la tela lisa de la espalda, donde el número había dejado un rectángulo apenas más claro.

    —Pesa —dijo.

    —Es algodón de antes. Ahora todo es poliéster y sudás como en una olla.

    Noemí sacó el nueve del sobre y lo apoyó sobre la mesa, alisándolo con la palma. Se quedó mirándolo un rato. Del patio subió el ruido de una pelota contra un portón, tac, tac, tac, y la voz de una madre gritando que bajaran el volumen.

    —Tu abuelo era un nueve de los que no corren —dijo, sin levantar los ojos—. Mi marido, digo. Se plantaba en el área y esperaba. Los defensores se cansaban de marcarlo. Un día me dijo: Noemí, el secreto es que la pelota termina viniendo sola.

    —¿Y venía?

    —Casi siempre. Cuando no venía, se volvía caminando por la calle del frigorífico, con las canilleras en la mano, y yo le calentaba la sopa igual.

    Gastón sonrió, y después dejó de sonreír.

    —Doña Noemí, yo no sé si soy de esos.

    —¿De cuáles?

    —De los que esperan. Yo corro todo el partido. Me tiran un pase largo y salgo como loco. El profe dice que soy más un cinco que otra cosa, pero no sé, me gusta llegar.

    Ella aprobó con un movimiento corto de cabeza, como quien confirma un precio. Agarró la aguja otra vez.

    —¿Y el cinco?

    —Lo tiene el Mauro, pero se va a mudar a Sarandí en diciembre.

    —Entonces en diciembre vas a necesitar un cinco.

    Se miraron. En la pared, el reloj de cocina con forma de tetera marcó las cinco y veinte, con ese zumbido finito que ya nadie escuchaba.

    —No quiero que se enoje usted —dijo el chico.

    —Yo no me enojo. Me ocupo.

    Se levantó con la mano en la cintura, fue hasta el aparador y abrió el cajón de abajo, el de las cosas sin nombre. Revolvió entre carreteles, cintas métricas y un dedal sin fondo. Volvió con otro sobre, más chico, que no había tocado nunca.

    —Lo hice en el noventa y ocho —dijo, y le pasó el sobre—. Para el hijo de una vecina que jugaba de cinco. El pibe se fue a trabajar al sur y nunca vino a buscarlo.

    Gastón abrió el sobre. Un cinco blanco, algo amarillento, con las puntadas parejas, apretadas, de quien cose sin mirar.

    —Es de los que esperan —dijo ella—. Pero de los que esperan corriendo.

    El pibe soltó una risa que le salió por la nariz.

    —¿Y el nueve?

    —El nueve queda en la camiseta de tu abuelo. Digo, de mi marido. En la mía. Se la pongo y la cuelgo atrás de la puerta, donde estaba antes de todo esto.

    Cosió. Gastón la miró coser, y cuando ella terminó el primer lado del nueve, le preguntó si podía quedarse un rato a mirar. Noemí dijo que sí, que cerrara la ventana porque venía viento. Afuera, entre los techos de chapa, se veía el hierro anaranjado del puente, con sus remaches grandes como puños, y más allá el brillo gris del Riachuelo que no iba a ningún lado.

    A las seis menos cuarto el nueve estaba firme en la espalda de la camiseta vieja. Ella cortó el hilo con los dientes, como siempre, aunque la hija le hubiera dicho mil veces que no.

    Colgó la camiseta de un clavo, detrás de la puerta. Después tomó el cinco amarillento, le pasó un poco de agua con una esponja para quitarle el olor a cajón, y lo puso a secar sobre el respaldo de la silla.

    —El sábado te lo coso —dijo—. Traeme la camiseta nueva, la que te dieron.

    Gastón juntó la bolsa y se la colgó otra vez. En la puerta se detuvo y miró la camiseta del clavo, el nueve recién cosido, con el rectángulo claro detrás que ahora, por fin, tenía algo adentro.

    —Chau, doña Noemí.

    —Chau, Gastón. Corré, pero fijate adónde.

  • La N de Lautaro

    Tiburcio Reynoso apoyó la taza de mate cocido sobre el borde del telar y se miró las manos. Las puso sobre la urdimbre, abiertas, como quien pide permiso. Temblaban. No mucho, un temblor finito, de hilo tenso cuando pasa el viento, pero en la guarda atada no se perdona ni un milímetro.

    Era junio en Belén y las mañanas llegaban con escarcha sobre las chapas del patio. En el fondo de la casa, bajo la parra pelada, la olla de cáscara de nuez llevaba dos horas al fuego y soltaba un olor amargo y tibio, a cajón de abuela. Setenta y dos años de oficio. El poncho tenía que estar listo para el festival de julio, y faltaba lo único difícil: la lista atada, esa franja donde el hilo se ata en tramos antes del tinte para que el color no entre y quede dibujada la palabra.

    —¿Y qué le vas a poner? —preguntó Lautaro desde la puerta, con el celular en una mano y un pan con grasa en la otra.

    —Belén. Con la B grande, como la de mi padre.

    —¿Y por qué no la atás ya?

    —Porque hoy el pulso no me da.

    El chico se quedó callado. Tenía quince años, las zapatillas sin cordones y un modo de mirar el telar como si fuera un aparato que se hubiera quedado sin señal. Había venido de Londres, el pueblo de al lado, a pasar las vacaciones de invierno con el abuelo, por pedido de la madre. Nunca le habían dejado tocar nada.

    Tiburcio fue hasta el ropero y volvió con una madeja de hilo de algodón crudo.

    —Sentate acá.

    —Abuelo, yo no sé.

    —Nadie sabe. Mirá.

    Le mostró cómo se toma un manojo de hebras de alpaca, cuántas, cómo se da la vuelta con el hilo de algodón y se aprieta con el nudo que no se corre. Lo hizo una vez, despacio, con el pulgar derecho temblándole contra el índice. Después le puso la madeja en la mano.

    —Cada nudo es un pedacito de letra. Si te equivocás en uno, la letra sale chueca y no hay manera de arreglarla después. El tinte no perdona.

    —Qué presión.

    —Es lo que hay.

    Trabajaron toda la mañana. Lautaro ataba con la lengua entre los dientes, y cada tanto Tiburcio le tocaba el codo con dos dedos: más abajo, más arriba, no tires tanto. En la radio de la cocina sonaba una chacarera con el volumen bajo. A mediodía comieron locro recalentado parados junto a la ventana, sin hablar. A la tarde, cuando la luz de la montaña se puso anaranjada y cruzó la urdimbre en diagonal, el chico dio la vuelta final a la última letra.

    —Listo.

    Tiburcio se agachó con trabajo, sosteniéndose de la rodilla. Pasó la yema del dedo por cada tramo. La B estaba bien. La E, bien. La L era más ancha de lo debido. La E segunda se apretaba contra la N como dos vecinos en un colectivo. Y en la N, justo en la diagonal, había un nudo flojo que dejaba un hilo suelto.

    —Está mal —dijo Lautaro, con la voz rota—. Lo vi mientras la hacía. Lo aflojé. Perdón.

    —Mm.

    —Lo desato. Tengo tiempo, ¿no? Hay tiempo hasta julio.

    —No.

    —¿Cómo que no?

    Tiburcio miró la N durante un rato largo. Pensó en su padre, que había atado la primera palabra de la familia en 1958, un “Catamarca” del que se acordaba la forma pero no el color, y en que de todos los ponchos que había hecho en su vida, el único que recordaba con claridad era uno en el que se le había cortado el hilo de la trama a mitad de camino, y había tenido que anudarlo a la vista. Ese lo había vendido primero.

    —El tinte va a entrar por el hilo flojo —dijo—. Va a quedar una mancha, una sombrita. No es un error. Es la firma.

    —¿De quién?

    —Tuya.

    El chico lo miró como si le hubiera hablado en otro idioma. Después se rió, primero por la nariz y enseguida con todo el cuerpo, y Tiburcio también, con la risa seca que no usaba desde que había enviudado.

    Esa tarde metieron la tela en la olla. El agua oscura tragó la lana y el vapor subió entre las ramas de la parra. Esperaron media hora, sacaron el poncho con un palo, lo escurrieron y lo colgaron del alambre bajo las primeras estrellas. Por la noche, ya seco, Tiburcio cortó los hilos de algodón de a uno. Fue desatando la palabra con las tijeras de su mujer.

    Primero apareció la B, blanca, firme sobre el marrón dorado de la nuez. Después la E, la L, la segunda E.

    La N salió con una sombra pálida en la diagonal, como una huella de mano en una pared recién pintada.

    Lautaro se quedó parado, con los brazos cruzados, esperando el reto.

    Tiburcio desplegó el poncho sobre sus propios hombros. Pesaba justo lo que tenía que pesar. Se acomodó la guarda a la altura del pecho, donde queda la palabra para el que mira de frente, y dijo, sin dar vuelta la cara:

    —Éste no se vende en el festival.

    —¿Y para qué es?

    —Para que lo use un tejedor nuevo, cuando se le enfríe la espalda.

    Afuera, en el alambre, una brisa movió los hilos sueltos de la olla y los hizo sonar, apenas, como un telar cuando todavía no empezó a trabajar.

  • La piedra de Villagra

    Rufina Villagra le dio vuelta al queso sobre la tabla de algarrobo y le pasó la palma de la mano, como se le pasa a un chico cuando se despierta con fiebre. Estaba parejo. La corteza tenía el color del pan cuando recién se enfría, y abajo, si apretaba con el pulgar, cedía un poco y volvía. Ismael le habría hecho ese mismo gesto durante cuarenta años. Ella nunca había tenido permiso para hacerlo.

    —Con la leche no te metas —le decía él—. Vos preparás el almuerzo y yo el queso.

    Había aprendido a mirar la leche de lejos, desde la puerta de la cocina, mientras él gritaba que no se acercara. Lo sabía todo: la temperatura en que el dedo ya no aguanta, el momento en que la cuajada se despega de la cuba, cuánto pesa la sal en la mano. Nunca se lo dijo. Era una forma de tener algo que fuera solo de ella.

    Ismael murió en agosto. En el galpón de piedra, al fondo del terreno, en Tafí del Valle, quedaron la cuba, las tablas de curado, un balde de sal gruesa y la piedra. Era una laja redonda, gris, del tamaño de una rueda de bicicleta, que su suegro había bajado del cerro en una carretilla. Con esa piedra se prensaban los quesos de la familia desde antes de que hubiera luz eléctrica en la ruta.

    En febrero se hacía la Fiesta Nacional del Queso, en el Complejo Democracia, sobre la ruta 307. Ismael se presentaba todos los años al concurso del queso tafinisto. Y todos los años quedaba segundo.

    —Nunca primero —contaba Rufina en la feria, con un poco de orgullo y otro poco de rabia—. Segundo, siempre. Nueve veces.

    Este año se anotó ella.

    —¿Vos? —dijo la chica de la mesa de inscripción, que era la hija de una vecina—. Ay, Rufi, perdón. No, digo, qué bueno. ¿Con qué nombre lo anoto?

    —Con el mío.

    Llevó el queso envuelto en un repasador, en el asiento de adelante de la camioneta, con el cinturón puesto por si acaso. La ruta subía entre cardones y vacas echadas en la sombra de los álamos. Los cerros estaban verdes de tanta lluvia. Cuando bajó, en el patio del complejo, ya sonaba un bombo y olía a carne en las brasas y a empanada frita. Había gente de poncho con la gorra en la mano, turistas con gorras de marca, caballos atados bajo los sauces.

    La mesa del jurado quedaba en una carpa con el piso de tierra regado para que no levantara polvo. Eran cuatro hombres y una mujer de guardapolvo blanco, con cuchillos chicos y vasos de agua. Cada queso tenía un número en lugar de nombre. El de Rufina era el diecisiete.

    Esperó afuera, sentada en un banquito de plástico, con las manos entre las rodillas. Un chico le ofreció una gaseosa y ella dijo que no. Pensó en Ismael probando su queso en el galpón, con los ojos cerrados, mascando despacio, y en lo que decía siempre, después de un rato largo:

    —Le falta.

    No decía qué. Rufina nunca supo si era una forma de cariño o de avaricia.

    A las seis de la tarde el parlante carraspeó. El locutor, un hombre con voz de radio de pueblo, fue leyendo desde el tercer puesto.

    —Tercer puesto, queso número nueve, de la familia Alancay, de La Ciénaga.

    Aplausos. Rufina sintió que se le aflojaba algo en la espalda.

    —Segundo puesto…

    Se quedó quieta. Tenía el repasador doblado en el regazo, y lo apretaba tanto que se le entumecieron los dedos.

    —…queso número diecisiete.

    Hubo un instante de silencio que no era de nadie. Después alguien gritó “¡Es de la viuda de Villagra!”, y la gente se dio vuelta a mirarla, y ella se puso de pie sin darse cuenta, como cuando llaman por el apellido en un hospital.

    En el escenario le dieron una cinta azul y un diploma con una orla de flores. La mujer del guardapolvo blanco se le acercó y le dijo al oído, sin micrófono:

    —Tiene el punto justo. Sal justa, curado justo. Le falta una sola cosa.

    —¿Qué cosa?

    —No sé, señora. Si lo supiera, lo haría yo.

    Rufina se rió. Se rió fuerte, con la cabeza echada para atrás, delante de todos, hasta que se le llenaron los ojos. Alguien pensó que lloraba de emoción, y la aplaudió más.

    Volvió a la casa con el sol ya bajo, cuando la sombra de los cerros se estira hasta el río. Entró al galpón sin prender la luz. Ahí estaba la piedra, redonda y fría, con la marca de los quesos viejos en el borde, como los anillos de un árbol.

    Sacó la cinta azul del bolsillo del delantal. La ató alrededor de la piedra, dos vueltas y un nudo de zapatos, y se quedó mirando cómo el último rayo del día entraba por la rendija de la chapa y le encendía el color.

    —Segundo —dijo en voz alta—. Igual que vos.

    Después fue a la cocina, puso la pava y pensó en la próxima leche.

  • Treinta y dos koulourakia

    Zoe Karagiannis puso los koulourakia en la lata de galletitas de su madre a las seis y diez de la mañana, todavía con el horno tibio. Eran treinta y dos, torcidos como ramitas, con semillas de sésamo que se le habían pegado en los dedos y en el delantal. Hacía cuarenta años que no los amasaba con esa receta: la de la lata, escrita a lápiz en el reverso de un almanaque del Banco Provincia.

    —Mamá, es un barco, no es un casamiento —dijo su hija por teléfono—. Nadie te va a dejar subir.

    —No quiero subir. Quiero entregar.

    Cortó. Se puso el abrigo azul y salió a la calle de chapa y madera donde había nacido, en Ingeniero White, con la lata contra el pecho. El aire olía a cereal tostado y a mar bajo. Al fondo, por encima de los techos, se veía la proa de un buque cerealero, negro y alto, que había atracado de madrugada. Lo sabía por el cuaderno del vecino de enfrente, Don Remo, que desde que se jubiló anota cada barco con su bandera, como otros anotan los números de la quiniela. Bandera griega. Puerto de origen: Pireo.

    Su madre, Katina, había tenido un cafetín sobre la avenida Guillermo Torres, con dos mesas de billar y un gramófono que andaba cuando quería. Cuando entraba un barco griego, mandaba a Zoe, de ocho años, a la planchada con un plato tapado con un repasador. Los marineros bajaban a la escalera, comían los koulourakia parados, sin hablar, y uno siempre terminaba llorando, o haciendo como que no. «Se acuerdan de la mesa», decía Katina. «Con eso alcanza.»

    Cuando Zoe llegó a la entrada del muelle, el sol recién se despegaba del agua. Había un portón, una garita y un hombre de campera fluorescente con una tablet.

    —Buen día. Vengo a dejarle algo a la tripulación del barco griego.

    —¿Tiene autorización?

    —Tengo una lata.

    El hombre la miró con cierta ternura, y con cierta firmeza.

    —Señora, no puedo dejarla pasar. Es zona restringida. Los tripulantes no bajan, tienen que cumplir la guardia y salir a las doce. Si quiere, puede dejarla acá y yo veo.

    Zoe apretó la lata. Pensó en la cara de su hija. Pensó en que nadie le había pedido nada, que Don Remo le diría que estaba vieja para esas cosas, y se sentó sobre un cajón de madera junto a la garita a esperar sin saber qué.

    Esperó dos horas. Pasaron camiones con cereal, un perro de la zona, una mujer con un termo. A las ocho y media, desde la cubierta del barco, un muchacho con un casco blanco la vio sentada. Zoe lo supo porque levantó la mano, despacio, como quien prueba. Ella levantó la lata. El muchacho se quedó un rato quieto. Después desapareció.

    —Ahí viene —dijo el hombre de la garita, sin mirarla.

    Bajó por la escalerilla de metal con un chaleco naranja, y caminó por el muelle hasta el portón, donde lo frenó una línea amarilla en el suelo. Del otro lado de la línea, a tres metros de la reja, estaba Zoe. Tendría veinticinco años. Era flaco, de manos grandes, y tenía una quemadura de sol en la nariz.

    —Kalimera —dijo ella, y fue lo único que le quedaba del griego, aparte de las malas palabras y los nombres de las comidas.

    —Kalimera —contestó él, y sonrió con asombro—. ¿Usted habla…?

    —No. Mi mamá hablaba. Yo traje esto.

    Abrió la lata. El muchacho se acercó hasta donde la línea se lo permitía, pero el brazo no llegaba. El hombre de la garita carraspeó, miró para otro lado, y dijo que iba a revisar un papel que justo tenía que revisar adentro de la garita. Tardó bastante.

    Zoe pasó la lata por entre los barrotes. El muchacho tomó uno, lo olió, lo mordió.

    No dijo nada. Masticó con los ojos fijos en algún punto del agua. Zoe le conocía el gesto: lo había visto en la escalera del cafetín, hacía cuarenta años, en hombres de bigote que no se dejaban ver.

    —Mi abuela los hacía iguales —dijo él por fin, en un castellano de manual, y se rió de sí mismo—. Con mucho sésamo. Yo no sabía que acá… que en el fin del mundo…

    —Acá hubo un cafetín. Era de mi madre. Se llamaba Katina.

    —Katina —repitió él, y lo repitió despacio, cuidando cada letra, como quien guarda algo en un bolsillo hondo.

    Compartieron los treinta y dos koulourakia por mitades, uno a uno, de lados distintos de la reja. Él le contó que se llamaba Yannis, que su madre vivía en una isla chica cerca de Quíos, que hacía nueve meses que no bajaba a tierra en un lugar donde alguien lo esperara. Ella le contó del almanaque, del gramófono, de la planchada. A las diez sonó una sirena corta. Yannis tuvo que volver.

    —¿Puedo quedarme con la lata? —preguntó, y enseguida—: No. No es mía. Perdón.

    —Quedátela.

    —¿Y su madre?

    —Mi madre tiene otra —mintió Zoe, y lo miró subir por la escalerilla con la lata bajo el brazo, hasta que fue un chaleco naranja chico contra el casco negro del buque.

    Volvió caminando por Guillermo Torres. Pasó frente a la puerta cerrada del cafetín, ahora una verdulería de chapa pintada de verde. Don Remo la esperaba en la vereda con el cuaderno abierto.

    —¿Cómo salió?

    —Entregué.

    —¿Y qué te dijeron?

    Zoe pensó un momento. A lo lejos, el barco soltaba una columna de humo gris, listo para zarpar hacia un puerto al que ella nunca iba a llegar.

    —Dijeron mi nombre —contestó—. Bueno, el de mi mamá. Con eso alcanza.

    Esa noche, antes de acostarse, anotó en el reverso del almanaque, debajo de la receta, con lápiz y letra torcida: «Pireo. Yannis. 32.»

  • Cuarenta pasos hasta la cocina

    —Contá hasta cuarenta, abuelo —dijo Julieta, parada sobre un bloque de hormigón con los brazos abiertos, como en equilibrio sobre una soga—. Yo voy atrás y anoto.

    Aldo Bertorello se sacó la gorra, se la volvió a poner y miró el suelo. Era un suelo raro: una costra blanca de sal, cuarteada como barro de tajo seco, que crujía bajo las zapatillas. Más allá, el agua de la laguna ya no llegaba. Hacía tres años que Mar Chiquita venía bajando, y en ese agosto de 2023 había dejado al aire cosas que nadie veía desde antes de que Julieta naciera, desde antes de que naciera su madre: columnas caídas todas para el mismo lado, bañaderas de cemento sin caño, una escalinata que subía hacia nada.

    —Es por acá, creo —dijo él—. La escuela quedaba sobre la derecha. Salíamos y doblábamos en la esquina de la panadería, y de ahí a casa eran cuarenta pasos. Siempre cuarenta. Los contaba de chico para no pensar en el frío.

    —¿Y si ya no son cuarenta? Vos ahora tenés las piernas más largas… digo, más cortas.

    —Más lentas —corrigió Aldo, y se rió con la tos de fumador que dejó hace veinte años.

    Habían llegado a las diez en la lancha de un muchacho de Miramar que hacía excursiones y que, antes de dejarlos en la orilla, les señaló con el mentón las ruinas del hotel grande, el de los alemanes, y les dijo que volvía a buscarlos a las cuatro. Aldo asintió sin escuchar. Había nacido en una casa de la calle que ahora estaba a trescientos metros mar adentro, o laguna adentro, que para los que se criaron ahí era lo mismo. Su padre arreaba un carro con un barril y un caballo bayo: calentaba el agua de la laguna en una caldera a leña y la llevaba, tibia, a los hoteles, donde los señores de Buenos Aires y de Rosario se metían cuarenta días seguidos en bañaderas a curarse los huesos. Un oficio que hoy suena a invento. Aldo todavía se acordaba del humo de la leña de espinillo y del olor a yodo y a huevo podrido que se le quedaba en el pelo.

    Después vino el agua. No de golpe, eso era lo que nadie en el resto del país entendía. No fue una crecida de río que se lleva todo en una noche. Fue una laguna que subía un poco por semana, y el pueblo que levantaba paredones, y la laguna que los pasaba. Su madre sacó primero los muebles, después las puertas, y la última vez, las canillas.

    —Treinta y ocho —contó Aldo, y se detuvo.

    Julieta anotó en el celular. Frente a ellos había un rectángulo de baldosas, tres o cuatro metros de lado, cubierto por una película blanca de sal. Más allá, nada: el mismo suelo cuarteado de siempre.

    —Treinta y nueve, cuarenta —dijo ella—. Abuelo, acá no hay nada. Es piso.

    —Es la cocina.

    —¿Cómo sabés?

    Aldo se arrodilló con un trabajo que le tembló en las rodillas y pasó la manga de la campera por una baldosa. La sal salió en una nube fina y debajo apareció un dibujo: un rombo verde adentro de un cuadrado crema, repetido cuatro veces en las puntas. Se quedó mirándolo.

    —Mi vieja lo lavaba con lavandina los sábados. Decía que con un piso así nadie podía decir que éramos pobres. Yo me tiraba panza abajo en este rombo, mirá, justo este, porque era el único que estaba frío en verano.

    Julieta se arrodilló del otro lado. Con un pañuelo descartable limpió la baldosa de al lado, y de la de al lado. Fueron apareciendo los rombos, uno tras otro, verdes y cremas, tan prolijos que parecían puestos esa mañana.

    —Acá estaba la mesa —dijo Aldo, señalando con la mano—. Ahí la cocina económica, la que andaba con leña. Y ahí, en esa esquina, la pared donde mi viejo marcaba cuánto subía el agua con un lápiz de carpintero. Una rayita por semana. Las contaba cuando se sentaba a tomar mate. Nunca decía nada. Pasaba el dedo por las rayitas y tomaba mate.

    —¿Y cuántas rayitas hizo?

    —Muchas. Las dejó cuando nos fuimos. Dijo que a alguien le iba a servir saber hasta dónde había llegado.

    Se quedaron un rato sin hablar. Se oía un viento finito, y a lo lejos, hacia el este, un ruido seco de alas: una bandada de flamencos que se levantaba de la orilla, rosada contra el cielo blanco, y se iba en línea torcida hacia donde todavía había agua.

    Julieta se paró, fue hasta donde decía el abuelo que estaba la pared y miró al suelo. No encontró ninguna raya, claro. Encontró la sal, y el borde de la última baldosa, y una línea de cemento donde algún día hubo un zócalo.

    —No hay nada, abuelo.

    —Ya sé. —Aldo se sacó la gorra otra vez—. Por eso quería venir. Para que alguien más lo viera.

    Ella sacó el celular, le hizo una foto a las baldosas limpias y otra al abuelo arrodillado, con las manos apoyadas en el rombo verde, y se la mandó a su mamá sin escribir nada. Después se sentó en el piso, en el mismo lugar donde él había dicho que se tiraba de chico, y se quedó con la mejilla contra la cerámica fría, bajo el sol de la una de la tarde.

    —Tenías razón —dijo—. Es el único que está frío.

    Aldo no contestó. Le puso la mano en la espalda, y en la cocina que ya no tenía techo ni paredes, los dos se quedaron esperando a que volviera la lancha.

  • Dos letras en el durmiente

    A las nueve y diez, con la escarcha todavía crujiendo sobre los durmientes de la Estación del Fin del Mundo, Elsa Cárcamo se acomodó el silbato en el cordón y repasó la lista de pasajeros con el dedo, aunque ya la sabía de memoria. Era martes de abril. Las lengas del valle habían virado al rojo y los micros de las excursiones llegaban casi vacíos.

    —¿Última vez, Elsa? —le preguntó Joaquín, el pibe nuevo, que llevaba el chaleco de guarda un número más grande.

    —Última vez. Me jubilo el viernes. Hoy hago el viaje completo y listo.

    —¿Y no te da cosa?

    —Me da frío. Cosa me va a dar después.

    No le contó lo otro. Treinta y un años de guarda en el tren, y en todo ese tiempo nunca había bajado a buscar lo único que le había pedido su abuelo Telmo antes de morir.

    Telmo Cárcamo había llegado a Ushuaia en los años treinta, cuando el tren todavía era el de los presos y él era un muchacho de Chiloé que cortaba leña por jornal. Contaba que en el tramo de la Cañadón del Toro, después del Puente Quemado, había marcado sus iniciales con un hierro caliente en un durmiente de lenga que le tocó cambiar. «T.C. Para que algún día pase alguien y sepa que ahí hubo uno que laburó», decía, y se reía, porque sabía que nadie iba a pasar. El tren de los presos se cerró en 1952. El actual corre por el mismo trazado pero con otra trocha, más angosta, y la mitad de los rieles originales se pudrió en el barro.

    La locomotora silbó. Elsa subió al último coche y cerró la puerta con el pie.

    El viaje empezó como siempre: el traqueteo parejo, el olor a carbón y a café de termo, los turistas pegados a las ventanillas mientras el tren se metía en el cañadón. Cruzaron el Pipo por el Puente Quemado. Elsa fue pasando coche por coche, repitiendo lo que había repetido miles de veces: que acá los presos cortaban leña, que el frío no perdonaba, que la parada en Macarena era de quince minutos y que ella avisaba con el silbato.

    En el segundo coche, una mujer mayor con un gorro de lana tejido le agarró la manga.

    —Disculpe. ¿Usted es de acá?

    —De acá, sí.

    —Yo vine por mi marido. Siempre quiso hacer este viaje. —Le mostró el celular con una foto: un hombre flaco, sonriente, con las manos llenas de grasa—. Era maquinista en Río Gallegos. Me dijo: «Andá vos, y fijate cómo suena el silbato». Qué raro, ¿no? Un viaje entero por un silbato.

    Elsa miró la foto un rato.

    —No es raro —dijo—. Mire, cuando lleguemos a la parada, yo lo toco más largo.

    Llegaron a Macarena. Los pasajeros bajaron al mirador, al ruido de la cascada, a las fotos del asentamiento yámana. Elsa se quedó en el andén contando cabezas hasta que vio que Joaquín tenía todo bajo control. Entonces miró el reloj, quince minutos, y bajó por el sendero que bordea el río, el que nadie transita porque no tiene cartel.

    El barro estaba helado. Caminó con las botas resbalando entre raíces y troncos caídos, hasta una curva donde el Pipo se abría en un remanso. Ahí, medio tapados por el musgo, asomaban unos durmientes viejos, negros, deshechos como pan mojado. Se agachó y fue rascando con la uña, uno por uno, mientras el reloj corría.

    Al quinto, bajo una costra verde, encontró una marca quemada, profunda, con bordes redondeados por setenta años de humedad. Dos letras. Una T, una C.

    Se quedó con la mano apoyada encima, sin hacer nada. El agua pasaba despacio. Un chucao cantó en algún lado, ese canto que parece una burbuja que explota. Pensó en el abuelo con el hierro al rojo, en el olor a madera quemada, en el cuento que ella siempre tomó por una broma.

    —Acá estuvo uno que laburó —dijo en voz alta, y le salió una voz rara, finita.

    Sacó el celular, sacó una foto, y se dio cuenta de que le temblaban los dedos. Le quedaban cuatro minutos.

    Volvió trepando, enchastrada hasta las rodillas. En el andén, Joaquín la miró con la boca abierta.

    —Elsa, te falta poco, ¿dónde estabas?

    —Haciendo un trámite.

    Los pasajeros fueron subiendo. La mujer del gorro de lana se sentó junto a la ventanilla, con el celular apoyado en las rodillas, mirando para adelante. Elsa esperó a que subiera el último, un nene con el casco de bombero de plástico, y entonces se llevó el silbato a la boca.

    Sopló largo, mucho más largo que los otros treinta y un años. El sonido rebotó en las paredes de el cañadón, subió por la cascada, cruzó el valle y volvió, flaco y limpio, desde algún lugar donde alguien con un hierro al rojo había dejado dos letras en la madera.

    En el segundo coche, la mujer del gorro cerró los ojos.

    Elsa subió y le hizo una seña al maquinista. El tren arrancó despacio, con el vapor pegado al suelo, y ella se quedó en la plataforma de atrás, con el frío en la cara, mirando cómo el río se achicaba entre los árboles rojos hasta que ya no se veía.

  • Mbokás hasta las tres

    —Dos mbokás, Chela. Y que tengan queso hasta la punta.

    El que pedía era el sereno del estacionamiento, y Chela Barrios ya tenía el palito en la mano antes de que terminara la frase. Desde que los carritos dejaron la Costanera y se mudaron al Paseo Iberá, abajo del puente Belgrano, le habían quedado pocas costumbres, pero esa era una: la gente pedía los mbokás como se pide la hora, sin mirarla.

    Enrolló la masa de almidón de mandioca alrededor del palo, la apretó con la palma hasta que quedó parejita, y la apoyó sobre las brasas. Era sábado de fin de semana largo, catorce de febrero, y desde las ocho había fila. El calor húmedo no aflojaba ni de noche. Arriba, en el puente, los camiones pasaban despacio y hacían vibrar la chapa del techo del carrito.

    A la una menos diez le dolían los brazos y el pelo le olía a humo. El celular, apoyado contra el frasco de mostaza, vibró con un mensaje de su sobrina Yanina: «Salimos a las 3 y 10. Tía, te dejé la entrada en lo de mamá. Si no venís esta vez me enojo en serio.»

    Chela leyó el mensaje y dio vuelta el celular contra la mesada.

    Veintidós años de carnaval en Corrientes, y nunca había visto desfilar a nadie de su familia. Las noches de corsódromo eran las mejores del año: los comparseros salían con hambre, los turistas con ganas de probar «lo típico», y ella vendía hasta que se le acababa la mandioca. Con esas noches pagaba la garrafa de todo el invierno. Con esas noches había pagado, también, el curso de baile de Yanina cuando tenía nueve años y ensayaba en el patio con un cinturón de cascabeles de la feria.

    —¿Y esa cara? —dijo Atilio desde el carrito de al lado, dando vuelta una hamburguesa—. Mirás el reloj como si te debiera plata.

    —Mi sobrina sale en Sapucay a las tres y diez.

    —Andá.

    —¿Y quién me atiende esto?

    —Yo no, que ya tengo lo mío. Pero andá igual.

    —No se puede, Atilio. Es la mejor noche.

    —Es la mejor noche, sí —dijo él, sin darse vuelta—. Y la hija de tu hermana sale una vez por año.

    Chela no contestó. Atendió a una pareja de Resistencia que había cruzado el puente a propósito, a una señora con tres nenes disfrazados, a dos chicos de una batería que todavía tenían la remera de ensayo y le pidieron seis mbokás para repartir. Hacia las dos, la fila se afinó. A las dos y cuarto ya no quedaba nadie, solo un perro flaco sentado a la distancia justa de las brasas.

    Y entonces, de golpe, llegaron los otros.

    Eran como veinte, de entre dieciséis y veinte años, con remeras de comparsa, los ojos pintados de brillo corrido y los pies hinchados. Habían terminado su desfile y esperaban el micro que los llevaba de vuelta, y el olor a brasa los trajo hasta el carrito.

    —Señora, ¿le queda?

    Le quedaba masa para cuarenta. Chela miró el reloj. Eran las dos y veinte. El corsódromo no quedaba a la vuelta, y esa noche había tránsito.

    —Les queda —dijo—. Siéntense, que se les enfrían los pies.

    Los mbokás empezaron a salir de a cuatro, de a seis. Alguien trajo una caja de gaseosas de lo de Atilio, que ya no hacía hamburguesas y atendía de brazos cruzados, mirándola. Los chicos comían parados, de a mordiscos grandes, con el queso estirándose entre el palo y la boca. Uno se quemó la lengua y se rió. Otra, la más chiquita, se sacó una sandalia y puso el pie arriba de un banco, sin vergüenza.

    A las dos y cuarenta se fue el último. Chela miró la mesada vacía, las brasas bajas, la plata mezclada en la lata de galletitas. Había vendido en veinte minutos lo que otras noches le llevaba una hora.

    —Andá —dijo Atilio, ya con la mano levantada hacia un remís que había parado sin que ella lo viera—. Yo cierro lo tuyo. Dejame la lata, te la guardo.

    —No te puedo…

    —Chela.

    Se sacó el delantal. Se lavó las manos con agua de la botella, se las secó en el pantalón, agarró la bolsa con los últimos tres mbokás que había dejado aparte, envueltos en papel, y se subió al auto con el pelo hecho un desastre y las zapatillas con ceniza.

    Llegó a la grada a las tres y cinco. Su cuñada le había dejado la entrada con una vecina, que le hizo lugar en el segundo escalón sin preguntar nada. Desde ahí se veía la pasarela larga, brillante de luces, y al fondo la masa oscura de la comparsa que esperaba. Se oyó la batería antes de verla, un trueno grave que le subió por las piernas hasta el pecho.

    Y salieron.

    Primero las banderas, después los tambores, después las alas gigantes con plumas azules y plateadas. Chela los buscó entre cientos de caras maquilladas hasta que la vio: Yanina, tercera fila, con un traje que pesaba más que ella, con la sonrisa de las nenas que ensayan en un patio. Pasó a diez metros. Miraba hacia las gradas con la cara de quien busca un número de colectivo.

    Chela se paró. No sabía qué hacer con las manos, que todavía olían a mandioca y brasa. Agarró uno de los palitos vacíos de la bolsa, sin pensarlo, y lo levantó bien alto, como una bandera chiquita.

    Yanina la vio. El brillo de los ojos se le corrió de golpe, la sonrisa se le rompió en risa, y sin dejar de bailar levantó una mano con los dedos abiertos.

    Chela agitó el palito hasta que la comparsa dobló la curva y la noche se la llevó, y siguió agitándolo un rato más, por las dudas, con el olor a mboká en las manos.

  • El zócalo de Cacho

    Beti Sandoval abrió el galponcito del fondo a las seis y diez, con el frío de la madrugada todavía pegado a la chapa. Olía a aguarrás, a portland viejo, a yerba húmeda. Desde la calle llegó el 35/9 haciendo temblar el vidrio de la ventana, y ella pensó lo mismo que pensaba todos los sábados de clásico: ya empezaron.

    El tapial del frente tenía las franjas de amarillo y azul levantadas en tiras, como piel después de una insolación. Cacho las había pintado cada año, la semana del partido, durante treinta y un años, con rodillo largo y la radio prendida. Este año no había pintado nada, porque en julio se había muerto de un día para el otro, entre un mate y otro, y Beti había dejado pasar el invierno y media primavera mirando la pared como quien mira una boleta que no quiere pagar.

    Ella era de Newell’s. Lo sabía todo Arroyito y lo había sabido Cacho desde el día del casamiento. A pocas cuadras del Gigante era una rareza que el barrio le perdonaba porque ella alquilaba el patio para dejar los autos en días de partido, a catorce autos por vez, ni uno más, y porque nunca había hecho un chiste de más. Los hinchas locales llegaban por Cordiviola y a la altura de su portón se fijaban siempre en lo mismo: la pared. «La de Cacho», decían. «Ahí se estaciona bien.»

    A las siete y media, con una lata de azul en cada mano, se le plantó adelante Joaquín, el nieto de los Ferreyra, catorce años, auriculares colgando del cuello.

    —¿Vos vas a pintar las franjas, Beti? ¿Vos?

    —Pintar es pintar. Sostenme la escalera.

    —Si querés te ayudo. Pero yo no sé de Central, eh. Soy de Boca.

    —Mejor. Así no te emocionás y pasás la cinta derecho.

    Trabajaron toda la mañana. Joaquín pegaba la cinta de enmascarar con la lengua afuera, ella pasaba el rodillo, y entre franja y franja el sol iba subiendo por la vereda y le calentaba la nuca. El amarillo tapaba bien. El azul se chupaba a la pared y pedía dos manos. A las diez ya tenían seis franjas, y la pared empezaba a parecerse a la que había sido.

    —Falta el zócalo —dijo Joaquín, y señaló con la barbilla la base del tapial, una faja de veinte centímetros descascarada hasta el ladrillo—. Ese es negro, ¿no? Siempre fue negro.

    Beti se quedó con el rodillo en el aire.

    Siempre había sido negro. Treinta y un años. Cacho decía que era por el barro de la calle, para que no se notara cuando llovía, y ella nunca había preguntado nada porque era una explicación razonable y porque en esa casa no se preguntaba lo que no hacía falta.

    —Buscame el negro en el galpón —dijo—. Estante de arriba, atrás de las bolsas.

    Joaquín volvió con una lata chica de esmalte sintético y una brocha envuelta en una bolsa de nailon. En la tapa, pegado con cinta de enmascarar ya amarillenta, había un cartelito con la letra de calle de Cacho, la de las facturas y los presupuestos:

    «Negro. Para abajo. Que haya algo tuyo sosteniendo lo mío.»

    Joaquín leyó por arriba del hombro y no dijo nada, cosa que Beti le agradeció más que cualquier frase. Se sentó en el cordón con la lata sobre las rodillas. Pasaron dos nenes en bicicleta, uno con la camiseta canalla, y la miraron como se mira a una señora que llora en la vereda un sábado a las diez de la mañana, es decir, rápido y con respeto.

    —Treinta y un años —dijo ella al rato—. Treinta y un años pintó mi color abajo de su pared y no abrió la boca.

    —Capaz que era de esos que lo dicen así —dijo Joaquín—. Con pintura.

    —Era de esos, sí.

    Se limpió la cara con el dorso del guante y se puso de rodillas frente a la base del tapial. Lijó la faja con un cacho de lija que encontró en el bolsillo del delantal, sacó el polvo con la mano, abrió la lata. El esmalte tenía una nata finita arriba, que Joaquín ayudó a sacar con un palito de helado. Pintó despacio, brochazo a brochazo, de la esquina del portón hasta el final de la medianera, sin salirse de la cinta, con la cuadra entera zumbando de bocinas y cantitos de ensayo.

    A las doce menos diez llegó el primer auto, una Partner gris con un hombre de Funes y dos hijos con la camiseta puesta desde el desayuno. Bajó la ventanilla, miró la pared y levantó el pulgar.

    —Qué linda quedó la de Cacho, ¿eh? Mejor que el año pasado.

    —Está firme —dijo Beti, y se sacó el pañuelo de la cabeza—. Tiene buen cimiento. Pasá, que hay lugar.

    El hombre entró marcha atrás por el portón. Joaquín guardó la cinta, los pinceles y la lata vacía, y se fue a su casa a comer sin despedirse, como hacen los chicos cuando entienden algo. Beti se quedó un rato en la vereda con las manos manchadas.

    Del amarillo para arriba el sol pegaba parejo. Abajo, a ras del piso, la franja negra todavía brillaba húmeda, bien pegada a la tierra, de las que no se despintan con la lluvia.