Blog

  • El re ronco del Hohner

    Eusebio Villalba aflojó el último tornillo del teclado con la uña del meñique, porque el destornillador se le había perdido entre las virutas el martes, y levantó el acordeón a la altura de la ventana para ver si pasaba luz por el fuelle. Pasaba. Una línea fina, como un hilo de hilvanar, justo en el tercer pliegue.

    Eran las once de la mañana del quince de enero y en Corrientes el aire ya tenía ese espesor de sopa. En el taller, a dos cuadras de la plaza Vera, el ventilador de pie giraba hacia la pared porque el cuello se le había trabado en el noventa y ocho y nadie se lo había arreglado. Un zapatero que no calza a los hijos, decía Eusebio. Un afinador que no afina el ventilador.

    —Abuelo, ¿lo terminás o no lo terminás? —preguntó Brisa desde el banquito, sin levantar la vista del celular.

    —Lo termino cuando termina de terminarse. Andá a ponerle agua a la yerba.

    La nieta se levantó con un suspiro de quince años y fue a la cocina. Eusebio volvió a mirar el fuelle. Era un Hohner de botones, de tres hileras, que había sido de su padre, el finado Cirilo, y antes de un contrabandista del lado paraguayo del río que lo había cambiado por una damajuana de caña y dos gallinas. Esa era la versión de Cirilo. Eusebio nunca la había podido confirmar y le gustaba así.

    Hacía cuarenta años que Eusebio arreglaba fuelles ajenos. Pegaba cartón nuevo, cambiaba los refuerzos de cuero de las esquinas, quitaba la humedad de las lengüetas con un pincel de pelo de marta que le mandaban de Buenos Aires. Ese acordeón, en cambio, lo había dejado dormir en el ropero desde 2011, con naftalina y un trapo de piqué encima, porque el día que lo sacó por última vez le salió un sonido como de gato pisado, y él, que tenía oído para detectar un cuarto de tono torcido a cuatro cuadras, se asustó de no tener ganas de repararlo.

    Ahora tenía una fecha. El Desfile Internacional de Fuelles salía a las ocho de la noche de la plaza Vera y terminaba en la plaza Cabral, y todos los años, desde que se había empezado a hacer, Eusebio lo miraba desde la vereda de la farmacia con las manos en los bolsillos. Cientos de acordeones en fila, tocando cada uno lo suyo, nenes de diez años con instrumentos que les quedaban grandes como un chaleco, viejos con la camisa pegada a la espalda, gringos que venían a aprender. Este año no quería mirar.

    Brisa volvió con el termo y el mate de guampa.

    —Tomá. Y atendé el teléfono, que suena hace rato.

    Era Nilda, del Instituto. Le dijo que a la gurisa Yamila, la de la escuela de acordeón, se le había roto el fuelle del instrumento prestado en pleno ensayo, y que no había nada para reemplazarlo, y que la chica estaba llorando en el patio. Que si él no tendría algo, aunque fuera para esta noche.

    Eusebio no contestó enseguida. Escuchó el motor de un colectivo que pasaba, las cigarras de los paraísos de la calle, el zumbido eléctrico de la heladera de la vecina.

    —Tengo uno —dijo—. Pero está en obra.

    —¿Para cuándo?

    —Para cuando esté.

    Cortó. Brisa lo miraba con la bombilla en la boca.

    —Ese era el tuyo, ¿no? El del bisabuelo.

    —Ese era el mío.

    —Y vos lo ibas a tocar esta noche.

    —Iba. Iba a tocar una zamba y un chamamé, y capaz se me trababa la mano derecha, que me viene haciendo una cosa. Tengo setenta y un años, Brisa. No me voy a pasear por la ciudad haciendo papelones con el acordeón de mi padre.

    —Entonces dáselo a la chica.

    Lo dijo sin drama, como quien pide que le alcancen la sal. Eusebio se quedó con el mate a medio camino. Tomó. Estaba lavado, había que cambiar la yerba.

    Se puso a trabajar a las doce y diez. Cortó una tira de cartón forrado con el cuchillo de punta redonda, lo pegó con cola vinílica a lo largo del tercer pliegue, apretó con las pinzas de madera, y mientras esperaba que secara limpió botón por botón con un hisopo, como se limpia la oreja de un chico. Brisa le fue pasando las herramientas sin que se las pidiera. A las tres comieron chipá frío y se tomaron una Coca de litro entre los dos. A las cuatro y media probó el aire con la boca cerrada y el fuelle aguantó. No silbaba. Abrió, cerró, abrió. Sonó un acorde de re, redondo, un poco ronco de tanta noche en el ropero.

    Eusebio apoyó la frente en el costado del instrumento. Olía a naftalina y a madera de cedro, y por debajo, muy lejos, a tabaco negro.

    La chica llegó a las seis con la madre, las dos con la cara lavada para tapar el llanto. Yamila no tenía más de trece. Eusebio le tendió el Hohner sin hacer discurso.

    —Probalo.

    Ella se lo calzó, con las correas bajas, y tocó una escala. Después, un poco más rápido de lo que su cuerpo se animaba, las primeras frases de un chamamé que Eusebio reconoció a la tercera nota, aunque no se lo dijo. Un cuarto de tono torcido en el si, pero no era el instrumento, era la mano. Se lo marcó con el dedo en el aire.

    —Ahí. Abrí un poquito más con el codo y dejá que el fuelle respire por vos. No lo empujes, que se ofende.

    Ella lo hizo. Salió limpio.

    —Cuídelo —dijo la madre, buscando la billetera.

    —No se cobra. Me lo devuelve el domingo, con una factura de la panadería de la esquina y listo.

    A las siete y media Eusebio caminó hacia la plaza Vera con Brisa del brazo, sin instrumento, con las manos en los bolsillos, como todos los años. Pero esta vez no se quedó en la vereda de la farmacia. Se metió entre la gente, hasta la fila, hasta ver de cerca la espalda de Yamila con la correa marcándole la remera.

    Cuando arrancó la columna y el primer fuelle abrió el aire, y después otro, y otros quinientos, cada uno con su música, Eusebio cerró los ojos. Encontró entre todos el re ronco del Hohner. Era imposible, con tanto ruido. Lo encontró igual.

  • La libreta del puesto de Córdoba y Balcarce

    Atilio Rossi abrió la persiana del puesto a las siete y cuarto, con quince minutos de atraso, y el ruido de la chapa en la esquina de Córdoba y Balcarce le sonó más largo que otros días. Hacía cuarenta y un años que levantaba esa persiana. Los primeros, con diecinueve, la levantaba con un solo brazo y silbando. Ahora usaba los dos y respiraba por la boca.

    Acomodó los diarios en el orden de siempre: La Capital adelante, los de Buenos Aires atrás, las revistas de crucigramas en el costado, donde les daba el sol de la tarde y se ondulaban. Después puso el termo sobre el estante de abajo, al lado de la lata de galletitas donde guardaba el cambio. Esa lata había sido de Canale en el setenta y pico y todavía conservaba, en la tapa, un dibujo de unos nenes con trineo que nadie en Rosario había visto jamás en la vida real.

    Faltaban nueve días para que lo cerraran. No lo cerraban, en realidad: lo transformaban. Así había dicho la chica de la Municipalidad, con una carpeta celeste en la mano y una sonrisa de dentista. Iban a sacarle la estructura vieja, le iban a pasar agua y luz, le iban a poner una máquina de café y un horno chiquito. Los diarios se quedaban. Lo repitió tres veces, los diarios se quedan, don Rossi, y él dijo que sí, que cómo no, porque a los sesenta y ocho años uno ya sabe cuándo una frase se dice para que el otro se quede tranquilo.

    A las ocho llegó el doctor Benvenuto, el de la escribanía de enfrente, que compraba La Capital y nunca pedía el vuelto.

    —¿Y, Atilio? ¿Se lo van a llevar mucho tiempo?

    —Tres semanas. Dicen.

    —Tres semanas son tres meses.

    —Y sí.

    —Yo igual vengo a tomarme el café, eh. Me dijeron que va a haber cortado y lágrima.

    —Lágrima —dijo Atilio, como quien repite un nombre de enfermedad.

    Benvenuto se rio, se llevó el diario bajo el brazo y se fue por la peatonal, esquivando a los que venían de a tres en fondo con la vista en el celular. Atilio los miraba pasar. Antes la peatonal a esa hora era un río de cuellos de camisa y diarios abiertos al medio. Ahora era un río igual, pero de nucas.

    Hacia las diez se acercó una piba de unos veinte años con un guardapolvo de enfermera debajo de la campera. Tardó en hablar. Miraba las tapas sin tocar nada.

    —Disculpe. ¿Usted tiene el diario de hoy de Buenos Aires? Me mandaron mis viejos a preguntar. Que es por un aviso.

    —Tengo. Y el de ayer, y el de anteayer, si es por un aviso.

    —¿Usted guarda los viejos?

    —Los guardo ocho días. Después los devuelvo, o los vendo para envolver. Sobre todo para envolver.

    Ella se quedó pensando. Dijo que su abuela había muerto el martes y que no habían alcanzado a publicar la participación en el diario, que lo quería hacer pero que ahora ya no sabía si servía, y que el abuelo, que estaba en casa, le había dicho: andá a lo de Atilio, el del puesto, que él sabe de estas cosas. Atilio no sabía de esas cosas. Pero sacó de abajo el ejemplar del martes, lo abrió en la página de esquelas y se lo mostró.

    —Mirá. Ahí están todos. A tu abuela la conocía. Doña Elsa, ¿no? La de la calle Entre Ríos. Venía los sábados por las revistas de tejido.

    La piba abrió los ojos.

    —Sí. Elsa Ferrari.

    —Se llevaba el Burda y una cajita de chicles de menta. Pagaba justo. Siempre me decía que el chicle no era para ella, que era para el abuelo.

    Ella se tapó la boca con la mano. No lloró, pero se quedó un rato con la mano ahí, mirando la página, como si Elsa estuviera en alguna parte del papel, pegada entre las otras.

    —Mirá —dijo Atilio, sin saber bien por qué—. Esto no sale en ningún lado, pero yo en la libreta de atrás anoto los nombres de los que compran siempre algo. Hace cuarenta años. No es para nada, es manía. Tengo a Elsa desde el ochenta y siete.

    Fue a buscarla. La libreta era una Gloria de tapas negras, la décima o undécima, con el lomo remendado con cinta. Pasó las hojas con el dedo húmedo hasta que la encontró: Ferrari, Elsa (Entre Ríos). Burda. Chicles menta. Y al costado, en lapicera azul, una cruz chiquita que él mismo había dibujado el martes a la tarde, cuando el doctor Benvenuto le contó.

    Se la mostró. La piba la leyó dos veces.

    —¿Puedo sacarle una foto? Al abuelo le va a gustar.

    —Sacale.

    Mientras ella apuntaba con el celular, Atilio entendió algo que llevaba una semana dándole vueltas sin poder agarrar. No tenía miedo del café ni de la máquina ni de la chica de la carpeta. Tenía miedo de que, cuando levantaran el puesto, la libreta se quedara sin esquina. De que fuera un cuaderno de nombres sin lugar donde alguien viniera a pronunciarlos.

    La piba se llevó el diario del martes, que Atilio no quiso cobrarle. Antes de irse le dijo gracias dos veces. Después lo pensó mejor y le compró unos chicles de menta.

    Esa tarde, a las siete y media, cuando bajó la persiana, no la bajó del todo. La dejó a medio metro, como a veces hacía en verano. Se quedó sentado en el banquito con el termo entre las rodillas, mirando cómo la luz se iba por la calle Córdoba, naranja primero y después gris, y cómo se prendían de a una las vidrieras.

    El jueves de la semana siguiente vinieron los operarios con una camioneta blanca y le sacaron las revistas de crucigramas, los trineos de la lata y la repisa de abajo. Él les alcanzó la libreta antes de que cargaran el resto.

    —Esto no se toca —dijo—. Esto va conmigo.

    Tres semanas después, cuando el puesto reabrió con un toldo verde y olor a medialunas, Atilio llegó a las siete y media en punto, con el pantalón planchado, y pidió un cortado. La chica de atrás, la nueva dueña, le preguntó si quería el diario para leer ahí.

    —Dejá —dijo él—. Primero sentame un minuto.

    Puso la libreta sobre el mostrador, abierta en una hoja nueva, y escribió con la lapicera azul, abajo de la última cruz: Esquina de Córdoba y Balcarce. Abierto de nuevo. Después se la dejó al lado de la máquina de café, con la tapa hacia arriba, para que la próxima persona que preguntara por alguien supiera dónde buscar.

  • El pito de las cuatro y cuarenta

    Olegario Ledesma subió los noventa y dos escalones de la sala de calderas con la mano izquierda pegada a la baranda, porque a los sesenta y cuatro años la derecha ya no le alcanzaba para sostenerse y para llevar el termo. Eran las cuatro y diez de la tarde de un sábado de noviembre y en el ingenio, a las afueras de Bella Vista, el aire olía a melaza quemada y a bagazo mojado, ese olor dulzón y espeso que se le pegaba a la ropa y que su mujer, en cuarenta años, nunca había logrado sacarle del todo con el jabón.

    Ese día se apagaban los trapiches. La zafra había empezado en mayo con la escarcha sobre los camiones y terminaba ahora, con los jacarandás sueltos y las chicharras afuera, y los obreros ya andaban por el patio de maniobras en grupitos, hablando bajo, como en un velorio donde nadie quiere decir que el muerto estaba mal hacía rato.

    Olegario llegó al descanso del último tramo y se quedó parado frente a la válvula. Era un volante de bronce del tamaño de una rueda de bicicleta, con la pintura verde saltada en los lugares donde generaciones de manos la habían tocado. Arriba, en el techo de chapa, estaba el pito de vapor. Treinta y un años lo había abierto él, tres veces por día: a las seis, a las catorce, a las veintidós. Cambio de turno. Se oía hasta Los Nogales, decían, con viento norte.

    Hacía cuatro años que el pito era un botón. Una sirena eléctrica, de esas que parecen una alarma de auto grande, había reemplazado al vapor porque la caldera vieja gastaba demasiado y la nueva no tenía la presión justa. Nadie se lo dijo de mala manera. El ingeniero joven, un muchacho de Yerba Buena con zapatos de seguridad todavía duros, le había puesto la mano en el hombro y le había hablado de eficiencia. Olegario había dicho que sí, que cómo no, y desde entonces se dedicaba a revisar manómetros que no hacía falta revisar.

    —Don Olegario.

    Se dio vuelta. Era Yamila Sosa, la de laboratorio, con el guardapolvo manchado y una carpeta contra el pecho.

    —¿Qué hace acá arriba? Lo buscan abajo. Van a sacar la foto de la última caña.

    —Que la saquen sin mí.

    —Todos preguntan por usted.

    —Qué van a preguntar. Si soy un señor con un termo.

    Yamila miró la válvula y después lo miró a él, y como era una chica lista no dijo nada. Se apoyó en la baranda. Desde ahí, por la ventana sin vidrio, se veía el cañaveral de al lado, ya cosechado, con los rastrojos tendidos en hileras como peinados, y más allá la sierra de San Javier, azul y ancha.

    —Mi abuelo contaba que se tomaba el pito para saber cuándo volver del surco —dijo ella—. Que no hacía falta reloj.

    —Tu abuelo tenía razón.

    —Mi mamá dice que cuando era chica, los sábados a las dos, la casa entera paraba.

    Olegario destapó el termo y se sirvió un poco de mate cocido, que ya estaba tibio. No ofreció. No era de ofrecer en el trabajo.

    —Esa caldera no tiene presión —dijo al rato—. La vieja la dejaron conectada nomás por si falla la nueva. Con la última molienda queda un resto de vapor en la línea. Un resto chico. Tres, cuatro segundos de pito, si abro bien despacio.

    —¿Y no le dijeron que no?

    —No me dijeron nada. Yo no pregunté.

    Yamila se mordió el labio, pero le brillaba algo en los ojos.

    —Yo no vi nada —dijo—. Yo vine a buscar una muestra.

    —Sí. Una muestra.

    Se quedaron en silencio. Abajo se oía el último rodar de la cadena de caña, que iba espaciándose, y el ruido de las masas girando a menos revoluciones, esa respiración larga de una máquina que se queda sin comida. Olegario puso la mano en el volante. El bronce estaba frío. Tanto tiempo y todavía le sorprendía eso: que algo que hacía tanto ruido pudiera estar frío.

    —Cuando era pibe —dijo— mi viejo me traía los domingos. Yo me paraba ahí, donde estás vos, y esperaba que abriera el pito. Le miraba la espalda. No hablaba nunca, mi viejo. Abría el pito y se quedaba un rato con la mano en el volante, escuchando cómo se iba el sonido por el valle. Una vez le pregunté qué escuchaba. Dijo: “A ver si contestan”.

    —¿Contestaban?

    —Nunca supe. Eso no se lo pregunté.

    A las cuatro y cuarenta, desde abajo, alguien gritó que ya estaba, que paraban. Un silencio raro cayó sobre todo el predio, primero en la molienda, después en el patio, después en el cañaveral vecino, donde hasta las chicharras parecieron pensarlo. Olegario sintió que se le aflojaba algo en el pecho. Giró el volante un cuarto de vuelta. Después otro, despacio, muy despacio, como se destapa una botella que no se quiere que explote.

    Hubo un silbido finito primero, casi tímido. Después un graznido ronco, de garganta vieja. Y después, sí, el pito: un solo tono largo, bajo y redondo, que salió del techo de chapa y bajó por el valle empujando el aire como una mano abierta. Duró cuatro segundos. Olegario los contó. Yamila se tapó la boca con la carpeta.

    Abajo, en el patio, todos levantaron la cabeza. Un camionero que fumaba contra la reja tiró el cigarrillo. Alguien aplaudió, solo, y enseguida se sumaron otros, sin saber bien a qué aplaudían, y el aplauso quedó flotando bajo ese resto de sonido que se deshacía sobre los cañaverales.

    Olegario cerró la válvula. Se secó las manos en el pantalón.

    —¿Contestaron? —preguntó Yamila, bajito.

    Él se quedó mirando la sierra. Muy lejos, tan lejos que pudo haberlo imaginado, un perro empezó a ladrar en alguna finca de Los Nogales, y después otro.

    —Dos —dijo—. Contestaron dos.

    Levantó el termo, lo miró, y esta vez le ofreció.

  • Mejilla con mejilla

    A las siete de la tarde el asfalto de la calle Junín todavía largaba el calor del día, y Nelly Benítez se miró en el espejo del pasillo con un peine en una mano y una horquilla entre los dientes. Treinta y seis grados, había dicho la radio. Las cigarras de los jacarandás de la vereda gritaban como si les pagaran por hora.

    —¿Vamos a ir? —preguntó Ramón desde la silla del comedor, con el tereré en la mano buena.

    —Vamos a ir.

    —Nelly. Yo no puedo bailar.

    —Nadie te pidió que bailes. Te pedí que vengas.

    Ramón no contestó. Hacía ocho meses que el lado izquierdo del cuerpo se le había quedado dormido una mañana de abril, mientras se afeitaba, y desde entonces caminaba con un bastón de cuatro patas y una dignidad que a ella le dolía más que la pierna. Antes bailaba. Habían bailado cuarenta y cuatro años, en clubes de barrio, en bailantas de la ruta 12, en casamientos de gente que ya ni recordaban. Ella era la que seguía y él era el que llevaba, con ese estilo de pegarse pecho con pecho y entrelazar las cabezas hasta que el sombrero de uno tapaba la cara del otro.

    Esa noche, el jueves quince de enero, empezaba la fiesta grande. A las ocho salía de la Plaza Vera el Desfile Internacional de Fuelles: acordeonistas de Corrientes, de Paraguay, de Misiones, de Brasil, tocando mientras caminaban hasta la Plaza Cabral. Nelly lo había visto desde la vereda treinta años seguidos. Este año quería verlo desde adentro.

    Metieron el bastón en el baúl del remís. El chofer, un muchacho flaco, les puso el aire al máximo sin que se lo pidieran. En la costanera se veía el Paraná marrón, ancho como una promesa, con un barco de arena que cruzaba despacio. Ramón miró por la ventanilla y dijo, bajito, que antes el río se sentía distinto.

    —Antes vos tenías cuarenta años —dijo ella.

    —Y vos también.

    —Yo todavía tengo.

    Se rió. Fue la primera risa de la semana.

    En la Plaza Vera ya había gente a montones: familias con sillitas plegables, nenes con helado derretido hasta los codos, una señora vendiendo chipá caliente en una canasta tapada con un repasador. Nelly compró seis. Ramón mordió uno y cerró los ojos, y ella supo que por un momento había vuelto a un patio de tierra, con una vihuela y un tío que tocaba el violín mal pero con ganas.

    A las ocho en punto empezaron los fuelles. Primero uno solo, lejos, un acordeón de botones que abrió una polca con ese temblor de aire que tiene el instrumento cuando respira. Después otro, y otro más, hasta que la calle entera fue una sola cosa que avanzaba. Los músicos pasaban con la correa al hombro y el sudor corriéndoles por las patillas. Había una chica de doce años, con trenzas, que tocaba un acordeón casi más grande que ella y miraba fijo hacia adelante para no perder el compás.

    Nelly agarró la mano buena de Ramón.

    —Levantate.

    —No.

    —Te ayudo yo.

    —Nelly, la gente…

    —La gente está mirando a los acordeones.

    Lo paró despacio. Primero el bastón, después la cadera, después ese hombro izquierdo que colgaba como una percha. Ella se le puso enfrente y buscó el abrazo de siempre, pero el brazo de él no subió, y el brazo de ella sola no alcanzaba para sostener a los dos. Se quedaron así un segundo largo, sin música, aunque la música sonaba por todos lados.

    —¿Ves? —dijo Ramón.

    Nelly no lo vio. Hizo otra cosa. Le apoyó la frente contra la sien, mejilla con mejilla, como si estuvieran por bailar y no tuvieran apuro. Le puso la mano derecha en la nuca, entre el pelo ralo y el cuello de la camisa, y con la izquierda le agarró el codo muerto y lo acomodó contra su espalda, para que hiciera de peso y no de brazo.

    —Ahora movete —susurró—. Nada más. Un poquito, como cuando mecías a la Silvia.

    Ramón dudó. Después, muy chiquito, empezó a transferir el peso de una pierna a la otra. El bastón se quedó clavado en el suelo, mirándolos. Ella lo siguió. Eran dos cuerpos viejos balanceándose en medio de la Plaza Vera, mientras pasaba una polca, después un chamamé lento, de esos que se tocan para los que se fueron, con un fuelle largo que subía y bajaba como una persona que llora de a poco.

    Nadie los miró. O los miraron todos y nadie dijo nada. Una mujer con una bandera paraguaya pintada en la mejilla se hizo a un lado para dejarles lugar. El chico de las trenzas pasó a un metro, concentradísimo, y Nelly sintió que le temblaba el aire del instrumento en el pecho.

    —Tenía razón mi mamá —dijo Ramón, con la boca pegada a su oreja.

    —¿En qué?

    —En que bailar no es con los pies.

    Ella no contestó porque tenía algo en la garganta, algo que subía de mucho más abajo de lo que ella recordaba. Había un grito que venía de ahí desde hacía ocho meses, un sapukay que no se animaba a salir en la cocina de su casa ni en la sala de espera del neurólogo ni a las tres de la mañana, cuando lo escuchaba respirar. Abrió la boca. Salió el grito, largo y agudo, hacia arriba, hacia las ramas del jacarandá y las luces que recién se prendían.

    Alrededor, algunos giraron la cabeza. Un hombre mayor, de sombrero de paja, contestó con otro desde el otro lado de la plaza, y después un tercero. Los fuelles siguieron avanzando hacia la Plaza Cabral con su aire caliente de calle.

    Ramón no soltó el abrazo. Tenía los ojos cerrados y la cara mojada, y a ella le pareció que se parecía otra vez al hombre que la había sacado a bailar en el club Sargento Cabral, en el setenta y ocho, con una camisa celeste prestada.

    —¿Otra? —dijo él.

    Nelly apoyó de nuevo la mejilla contra la suya y sintió cómo el bastón, atrás, seguía esperando solo.

    —Las que quieras.

  • Ocho centímetros de sal

    Aurelio Tolaba clavó la pala carbonera en la costra blanca y sintió que la hoja cedía un poco, como siempre, a los diez centímetros. Debajo, la tierra salada era gris y húmeda. Marcó con el pie el rectángulo que ya había trazado con estacas y cordel: cuatro metros por dos y medio. Faltaba cavar cuarenta centímetros de profundidad, y eran las once de la mañana de un jueves de noviembre en las Salinas Grandes.

    Hacia el oeste, sobre la Puna, había una nube con la panza oscura. Todavía no hacía ruido, pero él la miraba cada vez que se enderezaba a descansar la espalda. Las lluvias de diciembre no esperan a nadie. Si la pileta no estaba cavada y llena de salmuera antes, se perdía la siembra de este año y, con ella, la sal de abril.

    La pala era de su padre. El mango tenía una curva donde antes había una mano, y la hoja, de tanto roce con la sal, estaba afilada como cuchillo de cocina. Aurelio la usaba desde hacía treinta años y nunca la había cambiado. En el parador, a cuarenta metros, se escuchaba el motor de una camioneta y la voz de su sobrino Brian explicándole algo a unos turistas, en ese tono alegre y un poco cantado que usaba para las visitas.

    Primero sacó la capa de arriba, la dura, la que parece vidrio opaco. La apiló a un costado. Después vino el barro salado, que pesaba el doble. A las doce y media tenía dos tercios de la profundidad y las manos blancas hasta las muñecas. Se le agrietaban los dedos, pero no le molestaba. Lo que le molestaba era la altura. A tres mil cuatrocientos metros, cada palada se pagaba con un respiro de más.

    Se sentó en una bolsa vacía, sacó la bolsita de coca del bolsillo de la campera y se puso un puñado en el cachete. Después abrió la botella de alcohol y derramó un chorrito en la esquina de la pileta, despacio, en el lugar donde siempre lo había hecho, donde lo hacía su padre.

    —Con permiso, Pachamama —dijo—. Perdoná que vaya tan lento este año.

    El viento le llevó la frase hacia la sierra de Chañi. Aurelio se quedó escuchando. No esperaba respuesta, pero cada vez le parecía que el silencio se acomodaba un poco, como cuando alguien en una casa deja de hacer ruido para que otro hable.

    Brian apareció a las dos de la tarde, caminando por la costra con las zapatillas blancas manchadas de sal. Traía una botella de agua y dos empanadas de carne envueltas en servilleta.

    —Tío, ¿vos comiste?

    —Estoy trabajando.

    —Eso no es contestar.

    Aurelio agarró una empanada. Brian miró la pileta, la nube del oeste, la pala del abuelo, y se quedó callado un rato. Tenía diecinueve años y la costumbre de llevar el celular en la mano como si fuera una brújula.

    —Se viene el agua —dijo al final.

    —Se viene.

    —Te faltan, ¿cuánto? ¿Diez centímetros?

    —Ocho. Y después hay que traer la salmuera del ojo. Son como cuarenta baldes.

    Brian dio una vuelta alrededor de la pileta, midiendo con los ojos. Después se sacó la campera y la dejó sobre una pila de sal. Fue hasta el parador, habló un minuto con la mujer del mostrador, y volvió con otra pala, una de las que usan los chicos para mostrarles a los visitantes cómo se saca la sal.

    —Esa no sirve —dijo Aurelio.

    —Sirve para esto.

    Cavaron los dos. El ritmo de Brian era desparejo, de arranques fuertes y pausas largas, pero la tierra salía. Aurelio le fue marcando dónde apoyar el pie y cómo dejar caer el peso en lugar de empujar con los brazos. Al rato el chico ya no hablaba. Cada tanto levantaba la vista hacia la camioneta de los turistas, que seguía parada en la ruta 52 con las puertas abiertas, y volvía a bajarla.

    —¿No te están esperando? —preguntó Aurelio.

    —Les dije que hoy se las arreglaban solos.

    —Te van a descontar.

    —Que me descuenten.

    A las cuatro la pileta estaba pareja. Aurelio pasó la palma de la mano por las paredes, buscando los huecos, y los alisó con el borde de la pala. Después fueron hasta el ojo de agua. Era una boca oscura rodeada de cristales, tan quieta que parecía de otro material. Llenaron los baldes uno por uno y los llevaron de a dos, haciendo veinte viajes cada uno por la costra que crujía bajo las suelas. La nube del oeste ya tapaba la mitad del cerro y tenía un borde amarillento. Se había levantado un viento frío que hacía llorar los ojos.

    En el último viaje a Brian le temblaban los brazos. Vació el balde en la pileta y se sentó directamente sobre la sal, con las piernas estiradas.

    —No sabía que pesaba tanto —dijo.

    —Es que no es agua. Es sal que todavía no se acordó de serlo.

    —Ay, tío.

    —Es verdad, así dicen los viejos.

    Aurelio se arrodilló junto a la pileta. El agua ya había dejado de moverse y reflejaba lo que quedaba del cielo, un pedazo celeste con la nube encima y, abajo, los dos, achicados. Volvió a abrir la botella, derramó el último chorrito en las cuatro esquinas, y le pasó la bolsita de coca a su sobrino. Brian dudó un segundo, agarró unas hojas y se las puso en el cachete, haciendo una mueca.

    —Ahora no hay que hacer nada —dijo Aurelio—. El sol y el viento hacen el resto. En abril volvemos y sacamos lo que haya.

    —¿Y si no llueve bien?

    —Siempre llueve algo.

    A lo lejos, la camioneta de los turistas arrancó y se perdió hacia Purmamarca. Cayeron las primeras gotas, gordas, tibias, una en la frente de Brian, otra sobre la pala del abuelo. Aurelio no se movió. En la pileta, cada gota abría un círculo pequeño que se iba ensanchando hasta tocar la pared de sal, y allí se quedaba, esperando.

  • Penal en Moctezuma

    Brisa Antúnez llegó a Moctezuma a las dos menos veinte, en el asiento de atrás del Gol de su tío, con el bolso del árbitro entre las rodillas y el estómago hecho un nudo de piolín. Había hecho el curso en Casares durante el verano, martes y jueves en el salón de la Liga, con otros nueve aspirantes que ya habían abandonado casi todos. Tenía diecisiete años, un silbato nuevo que todavía olía a plástico y dos tarjetas que no había usado nunca fuera de una cancha de cinco.

    —Si te dicen algo, no contestes —dijo el tío, sin sacar las manos del volante—. Ni los mires.

    —Ya sé.

    —Yo me quedo en el auto. Si me ven en el alambrado, te hacen más difícil.

    La ruta 5 quedaba atrás, recta como una regla, con los girasoles de ambos lados ya doblados y negros, listos para la cosecha. El campo de juego del Atlético Moctezuma estaba pegado a las vías, con un tinglado de chapa, cuatro filas de cemento y una cantina donde una mujer con delantal de cuadros freía empanadas en una olla enorme. Brisa pasó por al lado con la cabeza baja. El aire olía a aceite caliente y a pasto recién cortado.

    Los dos socios que iban a hacer de jueces de línea, uno de cada club, le dieron la mano sin mirarla bien. El de Smith tenía una camperita celeste, el de Moctezuma una gorra de la cooperativa. Le preguntaron si sabía qué era el orsay. Ella dijo que sí. Dijeron “bueno” y se fueron a sus banderas, como quien acepta un trámite.

    El primer tiempo fue de tierra y patadas. Brisa corría con las piernas duras, cuidando de no quedar nunca detrás de la jugada, repitiendo en la cabeza la frase del instructor: “El árbitro bueno es el que no se acuerda de sí mismo”. Pitó una falta, pitó otra. Desde el alambrado, un hombre de bigote, bufanda roja y un termo bajo el brazo empezó a nombrarla. Primero “señorita”, después “nena”, después “andá a jugar a las muñecas”.

    Al final de la primera parte iba Smith uno a cero, con un gol de cabeza en un córner, bien dado. Brisa se tomó el agua del bidón de pie, sola, en la esquina más lejana del banco de suplentes, y se miró los cordones. Tenía las manos mojadas de sudor. Pensó en pedirle a su tío que la llevara de vuelta. Pensó en el certificado que había pagado con tres meses de ahorros del lavadero de autos.

    En el complemento, Moctezuma salió a empatar con todo, y a los veinte minutos una pelota larga cayó en el área de Smith, entre un delantero flaco y un zaguero grandote, de camiseta celeste. Brisa venía corriendo en diagonal, a ocho metros, con el sol de costado. Vio la mano del zaguero estirarse y agarrar la camiseta roja, no un roce, un tirón de verdad, de esos que dejan a un chico sentado de culo en el área. El delantero cayó. Nadie dijo nada durante un segundo.

    Después se vino el mundo abajo. El alambrado entero gritó “¡penal!”. El zaguero levantó las dos palmas y dijo “no lo toqué, no lo toqué, señorita”. El de la gorra de la cooperativa levantó la bandera, mirándola, esperando. El de la camperita celeste, no.

    Brisa sintió que el estómago le bajaba hasta las rodillas. Si pitaba, le daba el penal al equipo local, en su cancha, delante de su gente, y nadie iba a decir que lo pitó por justicia. Si no pitaba, nadie iba a decir nada. Era lo cómodo. El tío en el auto, el hombre de la bufanda, todos.

    Pero había visto el tirón. Lo había visto con los dos ojos, a ocho metros.

    Se puso el silbato entre los labios y sopló fuerte, un pitido largo y limpio que cortó el ruido. Señaló el punto del penal con el brazo estirado, sin apuro, como le habían enseñado.

    —Penal —dijo, y le salió la voz más firme de lo que esperaba.

    El zaguero protestó. Brisa lo miró a la cara, a un metro, y le dijo despacio:

    —Le agarraste la camiseta. La viste vos también.

    El grandote bajó la vista. Se encogió de hombros. No dijo más.

    Moctezuma lo convirtió, un remate abajo, al palo derecho. El estadio chiquito se vino abajo en un grito. Brisa se quedó parada en el medio, con el corazón golpeándole en las costillas, sin saber si eso era alivio o terror. Empataron. A los treinta y cinco, en el último ataque, Smith se escapó por la derecha y metió el dos a uno. El hombre de la bufanda, en el alambrado, se agarró la cabeza con las dos manos, como si acabaran de venderle el campo.

    Cuando sonó el final, Brisa le dio la mano a los dos capitanes, firmó la planilla sobre el capot del auto del delegado y caminó hacia el Gol, con el bolso colgado de un hombro. Escuchó pasos que se acercaban por detrás, pasos de botines viejos sobre el pedregullo. Se le cerró la garganta.

    Era el hombre de la bufanda roja. Traía el termo y una bolsita de papel madera, de las que se usan en el almacén.

    —Tomá —dijo, sin mirarla del todo—. Es de la quinta de mi cuñado. Pipas de girasol, tostadas ayer.

    Brisa no entendió.

    —Ese penal era —dijo él—. Yo estaba atrás del arco. Lo vi clarito. Perdimos igual, pero era.

    —Gracias —dijo ella.

    —No me des las gracias. Hacelo mejor el domingo que viene, que van a venir a verte —y se fue rengueando hacia la cantina, murmurando algo contra el entrenador.

    Brisa subió al auto. Su tío arrancó sin preguntar. Pasaron las vías, la tosca, el cartel descolorido del club, y tomaron la ruta con el sol bajo pegándole de lleno a los girasoles negros. Ella abrió la bolsita, sacó una pipa, la partió con los dientes y escupió la cáscara por la ventanilla.

    En el bolsillo de la camiseta, el silbato todavía estaba tibio.

  • El tercer secado

    Marcelina Colque se despertó a las cuatro y media porque el aire había cambiado de sabor. No era frío todavía. Era ese filo seco que a fines de abril, en Cachi, se mete por la rendija de la puerta de adobe y le avisa a la gente de campo lo que el pronóstico de la radio no se anima a decir.

    Se puso el poncho encima del camisón, calzó las ojotas con medias de lana y salió al patio. Arriba, las estrellas estaban demasiado nítidas. Contra el cielo, el Nevado de Cachi era apenas un diente más oscuro que el resto.

    Fue hasta la cancha de secado con la linterna entre los dientes. Ahí estaban, tendidos sobre la malla que ella misma había atado a las estacas, a veinte centímetros del piso de piedra, los pimientos del tercer secado: los chiquitos, los últimos que dio la planta, los que quedan menos picantes y dejan menos polvo en la molienda. Once días de sol llevaban. Les faltaban cuatro, tal vez cinco, hasta que se desarmaran entre los dedos como papel quemado.

    Se agachó y agarró un puñado. Estaba húmedo de rocío y frío como un pescado. Si helaba esa noche, y ella sentía en las rodillas que iba a helar, la escarcha se los comía. Cinco kilos de fresco para hacer uno de seco, le había explicado su marido, que en paz descanse, cuando ella era una piba recién casada: cada kilo que se perdía era una semana de trabajo.

    Midió con los ojos la cancha. Treinta pasos de largo, doce de ancho. Tenía dos lonas de plástico en el galpón. Con una no alcanzaba, y la otra estaba rota en una punta.

    —Marcelina.

    Se dio vuelta con el corazón en la boca. En la tranquera, con una frazada sobre los hombros y la gorra de lana hasta las cejas, estaba Nolasco Burgos. Hacía siete años que no se hablaban. Todo por el turno del agua: un sábado de la sequía, él había abierto la compuerta de la acequia veinte minutos antes de la hora y le había dejado la hilera de pimientos de abajo con sed. Lo demás lo habían hecho los años y el orgullo.

    —¿Qué hacés acá a esta hora? —dijo ella.

    —Lo mismo que vos, supongo. Vi la luz de la linterna. Va a helar.

    —Ya sé que va a helar.

    Nolasco se quedó parado, con las manos metidas en las mangas. Miró la cancha, miró las lonas enrolladas junto a la pared del galpón.

    —Yo tengo tres lonas buenas. De las gruesas, de las del año pasado. Y a mi sobrino lo mando a buscar a la Tere, que tiene otra.

    —No necesito nada.

    —No te lo estoy ofreciendo. Te lo estoy diciendo.

    Hubo un silencio largo, con el ladrido de un perro lejano y el rumor finito del agua en la acequia de la calle. Marcelina apretó el puñado de pimientos hasta que le dolió la palma.

    —Traelas —dijo.

    Mientras él se iba, ella arrastró la lona rota hasta el borde de la malla. Con la aguja grande y el hilo encerado del canasto de coser le remendó la punta, a oscuras, con las manos ya entumecidas. A las cinco y media volvió Nolasco, empujando una carretilla con tres lonas dobladas, y detrás vino el sobrino, un flaco de diecisiete años que bostezaba con la boca abierta, cargando otra más. Después llegó la Tere con la suya, y detrás de la Tere, sin que nadie lo hubiera llamado, un vecino de más arriba que ella no conocía bien.

    Se pusieron en fila a los cuatro costados de la malla. Nadie hablaba. Marcelina desenrolló la primera lona y la tiraron entre todos sobre los pimientos, con cuidado de que no rozara la fruta, levantando los bordes sobre las estacas para que quedara un colchón de aire. Después la segunda, solapada con la primera. Después la tercera. Para clavar los bordes usaron las piedras de canto rodado que había juntado ella en el río hacía treinta años, para cercar el almácigo.

    Fue Nolasco el que se quedó con la última esquina, la que daba al cerro, donde el viento entraba más fuerte. Se arrodilló y acomodó la piedra con las dos manos, a la antigua, y cuando se levantó le crujieron las dos rodillas al mismo tiempo.

    —Todavía te acordás de hacerlo bien —dijo Marcelina.

    —Y vos todavía tenés la acequia sucia en la entrada —contestó él, y casi sonrió.

    A las seis ya clareaba. Entre los cerros se abrió una rendija color durazno y las lonas parecían un lago de nailon azul, quieto sobre el piso de piedra. La Tere se fue a su casa a hacer el pan. El sobrino se sentó contra el muro, con la cabeza gacha, a dormir de pie. Marcelina entró a la cocina, prendió el fuego, puso la pavita y sacó cuatro tazas del estante.

    Tomaron mate cocido con pan de ayer, parados en el patio, mirando la cancha. El vecino de más arriba dijo que él se acordaba de una helada así en tiempos de su padre, y que se había perdido todo. Nolasco dijo que no, que había sido en otro año. Discutieron un rato, cada uno con su fecha. Marcelina no los escuchó: tenía los ojos en la esquina del cerro, donde la luz del sol empezaba a bajar por la ladera y a tocar el borde de las lonas.

    Esa noche, a las nueve, la escarcha cayó sobre el valle como una mano de cal. A la mañana siguiente las hojas de los álamos estaban duras y blancas, el agua de la acequia tenía una costra fina, y sobre las lonas había una capa de cristalitos que brillaban con el primer sol. Marcelina levantó una punta con cuidado. Abajo, tibios, secos, todavía rojos, estaban los pimientos.

    Agarró uno y lo apretó entre el pulgar y el índice. Se deshizo sin ruido, y una nube finita de polvo colorado se le quedó pegada en los dedos y en el puño del poncho.

    Se lo llevó a la nariz. Olía a tarde, a sol, a la cocina de su casa cuando había gente. Del otro lado de la tapia, alguien estaba abriendo la compuerta de la acequia, justo a la hora que correspondía.

  • La tibieza de la piedra

    Ceferino Ibarra se sentó en el escalón número ciento diez con la respiración de un fuelle viejo, y le dijo a su nieta que no, que siguiera ella, que él esperaba.

    —Abuelo, faltan ciento cincuenta y cuatro —dijo Lucía, que había leído el cartel de abajo y llevaba la cuenta como quien lleva el vuelto.

    —Y yo tengo setenta y nueve años. Hacé la resta.

    Era un martes de fin de verano en Tandil, y el cerro La Movediza olía a tomillo y a piedra recalentada. Abajo, la ciudad estaba chata y gris, con los techos de chapa brillando como escamas. Arriba, contra un cielo sin una nube, se veía la réplica: la misma roca de siempre, plantada en el mismo punto, pero quieta. Ceferino la miró un rato largo con los ojos entrecerrados.

    —No se mueve —dijo.

    —Nunca se movió, abuelo. La hicieron en dos meses con resina y fibras. La de verdad tampoco, o casi nada.

    —La de verdad se movía. Mi abuelo decía que se movía.

    Lucía se quedó callada. Esa frase ya la conocía. La había escuchado en cada asado de la familia, entre el chorizo y la ensalada de tomate: el abuelo de su abuelo, otro Ceferino, había sido barrenero en las canteras de la sierra, uno de esos hombres que perforaban el granito con una barra de acero y una maza, metían la pólvora y salían corriendo. Y el veintinueve de febrero de 1912, entre las cinco y las seis de la tarde, la Piedra Movediza se vino abajo sin que nadie la viera. Nadie. Trescientas toneladas, rodando por la barranca, y ni un testigo.

    Después vinieron los rumores. Que la tiraron los canteros, que estaban hartos de los turistas. Que fueron los barrenos de las canteras de al lado, que la golpeaban todos los días con sus explosiones hasta aflojarle el único punto donde se apoyaba. En el barrio de los canteros, la gente dejó de saludar a la familia Ibarra durante un par de años. Eso también lo contaban en los asados, pero más bajito.

    —Yo no vine a subir —dijo Ceferino de pronto, y sacó de la mochila un paquete envuelto en un repasador a cuadros.

    Adentro había una barra de acero corta, gastada en la punta, del largo de un antebrazo. Un barreno. Tenía el mango envuelto en una cinta de cuero que alguna vez fue marrón.

    —Era de él. Me lo dio mi viejo cuando yo tenía doce, y me hizo prometer que algún día lo traía acá. No me dijo para qué.

    —¿Y para qué lo trajiste?

    —Para ver si sabía.

    No explicó más. Se paró despacio, con una mano en la baranda y otra en la rodilla, y empezó a bajar. Lucía lo siguió sin entender, guardando la tentación de decirle que ya habían pagado el estacionamiento.

    Rodearon el cerro por abajo, por un sendero de tierra donde las piedras sueltas crujían bajo las zapatillas. El sol ya caía de costado y alargaba las sombras de los espinillos. Entre los yuyos, del lado donde la ladera se vuelve barranca, estaban los pedazos. Tres bloques enormes, grises, con costras de liquen anaranjado, hundidos en el pasto como animales dormidos. Ninguno tenía cartel.

    Ceferino se quedó parado frente al más grande. Lo miró de arriba abajo, despacio, como se mira a un pariente que no se ve hace mucho. Después apoyó la palma abierta contra el granito.

    —Está tibia —dijo, sorprendido.

    —Todo el día le dio el sol.

    —Claro. Claro que sí.

    Desenvolvió el barreno. Lo sostuvo un momento sin hacer nada, con los nudillos blancos. Lucía pensó que lo iba a clavar contra la roca, o que se lo iba a tirar, o que iba a decir algo largo y solemne. Pero Ceferino hizo lo más simple: apoyó la punta del barreno contra la piedra, en una grieta chica, y lo dejó ahí, parado, sostenido solo por su propio peso y por un par de dedos.

    —Mi abuelo contaba que ese día estaba en la cantera de arriba, del otro lado del cerro —dijo—. Que escuchó un ruido como de trueno sin nube y que dejó la maza en el suelo. Y que cuando bajó y vio lo que había pasado, se sentó acá mismo, donde estamos. Y se quedó hasta que oscureció.

    —¿Y la hizo caer?

    —Yo qué sé, Lucía. Los barrenos del cerro habían hecho temblar esa piedra durante años. Cada hombre que trabajó en esa sierra puso un poquito. No sé si él, no sé si todos. A lo mejor la piedra ya estaba cansada.

    Se quedaron un rato en silencio. Desde el otro lado del cerro llegaba el ruido lejano de una camioneta, y más cerca, el zumbido flaco de las abejas en el tomillo. Ceferino sacó el termo y el mate de la mochila, cebó uno, y se lo pasó a su nieta antes de tomar el suyo.

    —No vine a pedirle perdón a una piedra —dijo—. Vine a contarle que mi abuelo siguió viniendo a mirarla. Cuarenta años. Todos los veintinueve de febrero que le tocaron, y los demás también cuando se podía. Se sentaba y no decía nada.

    —¿Y vos? ¿Vas a venir?

    —Una vez más, capaz. Hasta que las piernas digan basta.

    Cuando el sol tocó el borde de la sierra, el granito empezó a soltar el calor del día en una bocanada tenue que se sentía en la cara. Ceferino retiró la mano de la piedra. El barreno se quedó donde estaba, derecho en su grieta, y lo dejaron ahí.

    La piedra, que durante siglos había latido sobre un solo punto, ahora solo guardaba la tibieza de la tarde. Ceferino le dio un golpecito con los nudillos, como se golpea una puerta de un amigo que ya sabe quién es, y se fue bajando por el sendero con su nieta del brazo.

  • La bisagra de la salamandra

    Nilda Aguilef puso la oreja contra el molde de arena antes de verter, como hacía siempre, aunque a esa altura del año el taller de El Maitén ya no le decía nada nuevo. Eran las siete y diez de la mañana de un viernes de noviembre. Afuera el viento bajaba del oeste con olor a pasto seco, y adentro el galpón de los Talleres de Reparaciones Generales olía a arena húmeda, a aceite quemado y a la yerba que alguien había dejado enfriarse en el yunque.

    Faltaba una pieza. Una sola, del tamaño de una mano: la bisagra de la puerta de la salamandra del coche que salía al día siguiente. Los coches belgas del ramal, de 1922, seguían calefaccionándose con esas estufitas de hierro, y la del coche que le tocaba al sábado se había quedado con la puerta colgando de un solo gozne. Nadie en el mundo fabricaba ya esa bisagra. En El Maitén la hacían a mano.

    Nilda tenía el modelo de madera sobre la mesa. Lo había tallado ella misma durante la semana, con un cuchillo de punta y una lija vieja, sacándole la forma a una bisagra rota que Fermín, el jefe de taller, le había puesto adelante el lunes con un «fijate si podés, nena», aunque Nilda tenía cincuenta y ocho años y hacía treinta y uno que trabajaba ahí.

    —¿Ya está? —preguntó Fermín desde la puerta, con el termo bajo el brazo.

    —Falta el bronce.

    —El bronce está en el crisol desde las seis.

    —Entonces falta que se porte bien.

    Fermín se rió bajito y no dijo más. Sabía que a Nilda no se la apuraba.

    El molde estaba hecho en dos mitades de arena apisonada, con el hueco de la bisagra en el medio y el bebedero abierto como una boca chica. Nilda lo había compactado la tarde anterior, con la paciencia de quien amasa, y lo había dejado secar toda la noche junto a la estufa del fondo. Ahora lo cerró, lo ajustó con dos grampas y se secó las manos en el delantal de cuero.

    Había una cosa que Nilda no le había contado a nadie del taller. La bisagra que ella copiaba no era una bisagra cualquiera. Era la que su padre, Evaristo, había cambiado por última vez en el cuarenta y tantos, cuando el tren recién llegaba a Esquel y él era un peón joven con las manos todavía limpias. Lo sabía porque en el reverso del gozne, apenas visible bajo la herrumbre, alguien había raspado con un clavo una E y una A. No era una marca oficial. Era una firma de contrabando, de esas que los ferroviarios se dejaban unos a otros dentro de las máquinas para que el tren los siguiera nombrando después de que ellos se hubieran ido.

    Nilda había visto las iniciales el lunes, cuando Fermín le puso la pieza rota en la mano. Se quedó un rato sin decir nada, con la bisagra en la palma, y después preguntó nomás qué coche era.

    Ahora, frente al crisol, se acordó de eso y le tembló la mano un segundo. El bronce estaba naranja, casi blanco en el centro, con esa piel de escoria que había que correr con la espumadera. Lo levantó con la cuchara larga. Pesaba.

    —Despacio —se dijo en voz alta.

    Vertió. El metal entró por el bebedero con un siseo corto, un hilo brillante que desapareció dentro de la arena. Se oyó, apenas, el aire saliendo por los venteos. Nilda contó hasta quince, que era lo que su padre le había enseñado a contar, aunque nunca le había explicado por qué quince y no veinte. Dejó la cuchara en el soporte y se sentó en un cajón de madera a esperar.

    Esperar era la parte difícil. Fermín se fue a atender a un muchacho nuevo que no sabía distinguir una lima de una escofina. Desde el otro lado del galpón llegaba el golpeteo de un martillo sobre chapa, regular como un reloj. Por la ventana alta entraba un rayo de sol cargado de polvo, y en el rayo flotaba la arena fina que levantaban las botas.

    A las nueve, Nilda abrió el molde.

    La pieza salió con una rebaba larga en el costado y un grano áspero en la superficie, el bronce todavía caliente como pan sacado del horno. Con la lima y la escofina le sacó la rebaba. Con el papel de lija fue alisándole el lomo, primero grueso y después fino, hasta que el color dorado asomó bajo la capa negra. Después agarró el calibre y midió el agujero del pasador. Dos veces. Coincidía con la pieza vieja al milímetro.

    Faltaba el último paso, el que nadie le había pedido. Dio vuelta la bisagra, buscó en el cajón de herramientas el clavo de cabeza chica que guardaba desde hacía años, y con la punta, sin apurarse, rayó en el reverso del gozne una E y una A. Al lado, más chico, una N.

    —¿Eso es lo que creo que es? —preguntó Fermín, que había vuelto sin que ella lo oyera y miraba por encima de su hombro.

    —Es una marca de taller.

    —Esa no es marca de taller, Nilda.

    Ella no contestó. Sopló sobre la pieza para sacarle el polvo y la apoyó en la mesa.

    —Si el sábado alguien la encuentra —dijo Fermín despacio—, va a pensar que las bisagras de 1922 traían tres letras.

    —Cuando la encuentre ya va a ser dentro de cien años.

    Fermín se quedó mirándola un rato. Después sacó la yerba, cebó dos mates y le pasó el primero.

    Esa tarde montaron la puerta en el coche. Nilda mismo ajustó el pasador, y la puerta de la salamandra, que llevaba meses torcida, se cerró con un golpe corto y limpio, un golpe de hierro contra hierro que ella conocía de memoria, el mismo que oía de chica cuando su padre volvía de trabajar y cerraba la puerta de la cocina de la casa.

    Al otro día, a las diez, el tren partió con el humo subiendo recto en el aire frío. Nilda lo vio irse desde el portón del taller, con las manos en los bolsillos del delantal. En alguna parte del tercer coche, junto a la ventanilla, una bisagra nueva sostenía una puerta vieja, y en el reverso, donde nadie iba a mirar, tres letras seguían tibias de bronce nuevo.

  • El chasquido de la K

    A las seis y cuarto de la tarde, en la esquina de Pellegrini y Necochea, Hilario Peñalba apoyó el bastón contra la columna de la parada y sacó del bolsillo de la camisa un papelito doblado en cuatro. Tenía setenta y cuatro años, un saco beige que le quedaba grande desde la operación y una hora entera de colectivos encima, porque había venido desde Villa Gobernador Gálvez con dos trasbordos solo para estar ahí.

    Desplegó el papel con cuidado. Era un boleto de cartón, color mostaza, gastado en los pliegues hasta casi cortarse. Decía línea K y una fecha: 3 de diciembre de 1961.

    —Abuelo, ¿seguro que no querés que te acompañe? —había preguntado Julieta por teléfono, esa mañana.

    —Seguro. Esto lo tengo que hacer solo.

    No era del todo verdad. Pero había cosas que se hacían mejor sin testigos, y la más importante de todas era ponerse a escuchar.

    Hilario tenía nueve años cuando inauguraron la K. Se acordaba del bar La Capilla con las mesas sacadas a la vereda, de un señor con moño que cortó una cinta en Bulevar Avellaneda y Mendoza, y de su padre, electricista de la empresa de transporte, levantándolo en brazos para que viera la lanza del primer trole enganchándose a los cables. Hubo un chasquido azul. Un olor a ozono, como de tormenta que todavía no llegó. Después el trole arrancó sin ruido de motor, casi flotando, y todos aplaudieron.

    Su padre le compró el boleto ese día, el primero de la línea, y le dijo: «Guardalo, que esto va a durar para siempre».

    No había durado para siempre. Hilario lo sabía mejor que nadie, porque había trabajado cuarenta y un años en la red aérea, primero de ayudante y después de capataz, subido a la torre del camión con los guantes de goma, viendo cómo los troles se achicaban de seis líneas a una. Se jubiló con la K todavía andando, flaca y renqueante, pero andando. Y ahora, después de la operación, el médico le había dicho que no se fuera a subir a ningún lado.

    Por eso estaba ahí. Primero se lo había dicho a su hija, que no entendió. Después a Julieta, que sí, pero igual quiso venir. Él había contestado que no. Que él había sido el que estiraba el cable, y que para saber si un cable está bien tensado hay que ir arriba, en el coche, con la oreja abierta, y no en un recuerdo.

    A las seis y media llegó el trole. Era uno de los Volvo con carrocería Marcopolo, viejo pero limpio, con las lanzas largas rozando el cable de seiscientos voltios y ese zumbido grave que Hilario habría reconocido entre mil.

    Subió con esfuerzo, de a un escalón por vez. Apoyó la SUBE en la máquina, que pitó. Adelante, la conductora giró la cabeza: una chica de treinta y pocos, el pelo atado, un mate en el posavasos.

    —Buenas tardes, don. Siéntese, no se vaya a caer.

    —Gracias. Me quiero sentar acá adelante, si no molesto. Del lado de la ventana grande.

    —Es el asiento de los que preguntan —dijo ella, y sonrió—. Dele.

    Hilario se acomodó. El coche arrancó, y por un momento el mundo se redujo a eso: el empuje suave de la aceleración eléctrica, el cruce de las calles en el vidrio, un chasquido lejano y corto allá arriba, en una unión de cable.

    —¿Usted trabajó en esto? —preguntó la chica, mirándolo por el espejo.

    —En la red. Cuarenta y un años.

    —Entonces tiene que decirme si estoy tomando bien el cruce de Mendoza. Me dijeron que ahí hay que bajar un poco.

    —Eso depende del cable, m’hija. Si está flojo, bajás. Si está tenso, pasás como si nada.

    —¿Y cómo sé si está tenso?

    —Se escucha.

    Siguieron por Mendoza. Un árbol de jacarandá había tirado flores violetas sobre el techo de un auto estacionado, y cada tanto el viento las levantaba. En una parada, una señora subió con tres bolsas de verdura. En otra, dos chicos con mochilas de colegio, que se sentaron atrás y empezaron a pelearse por un auricular.

    Hilario no hablaba. Miraba el cable. Cada poste, cada columna que conocía de memoria: la de la farmacia que antes era una zapatería, la de la curva donde un camión chocó en el ochenta y siete, la que llevaba grabada con clavo, a la altura de la rodilla, una fecha que ya nadie entendía.

    Cuando se acercaron al cruce con Bulevar Avellaneda, el coche aminoró. La conductora suspiró.

    —Acá es.

    —Bajá un poco más —dijo Hilario, sin pensarlo—. No mucho. Ahí.

    Ella le hizo caso. El trole entró al cruce. Arriba, en los cables, algo hizo un ruido corto, limpio, un golpe seco de metal sobre metal, y después un destello azul que se reflejó un segundo en el parabrisas y en los ojos de la chica.

    Hilario cerró los suyos.

    Ahí estaba. El mismo chasquido. El mismo azul. El mismo olor a tormenta que todavía no llega, sesenta y cinco años después, sobre la misma esquina donde su padre lo había alzado en brazos.

    —¿Estuvo bien? —preguntó la conductora.

    —Estuvo perfecto —dijo él, con la voz rara—. Estuvo igual.

    Ella no preguntó más. Bajó la velocidad en la parada siguiente, abrió la puerta, esperó. Hilario se paró despacio, se agarró del caño. Antes de bajar, sacó el boleto de cartón del bolsillo y lo apoyó un segundo contra el vidrio, donde el sol bajo lo atravesó y dejó ver, al revés, la palabra K.

    —Quedátelo vos —dijo, y se lo extendió.

    —¿Cómo, don? No, es suyo, es de…

    —Es del que maneje. Para que se acuerde de bajar un poco en el cruce.

    Ella lo agarró con las dos manos, como un pájaro. Hilario bajó a la vereda, se acomodó el saco, y se quedó parado mientras el trole se alejaba con las lanzas pegadas al cable, haciendo ese zumbido que ya no necesitaba memoria para existir.

    Arriba, en el cruce, algo todavía chispeaba, apenas, y se apagó.