A las siete menos diez, con la escarcha todavía crujiendo sobre el pasto, Rodolfo Luna encontró el hueco. Era del ancho de un hombre flaco, en el tercer pasillo del laberinto, justo donde las coníferas dobladas hacia adentro formaban una pared que había tardado catorce años en cerrarse. Alguien había pasado por ahí. O algo: la helada de la noche había secado una mata entera, y la mata se había caído sin ruido, como se cae un abuelo en un velorio.
Se sacó el gorro de lana y lo apretó contra el pecho. Nono, en octubre, no debería haber amanecido a cuatro bajo cero. Pero así venía el año, y a las seis la radio de Mina Clavero había dicho que cerraban el Camino de las Altas Cumbres por hielo en la parte alta, y que ningún colectivo cruzaba desde Córdoba hasta nuevo aviso.
Eso era lo que le importaba. Porque Marisol, su nieta, de nueve años, venía en el de las diez.
Hacía dos veranos que Marisol le preguntaba lo mismo por teléfono: “Abuelo, ¿ya se puede llegar al medio?”. Y él le contestaba que no, que faltaba un tramo, que las plantas tienen su tiempo. Era mentira a medias. El tramo que faltaba era el último, el que llevaba al centro, a un banco de madera bajo el mirador desde donde se ve todo el recorrido y uno se da cuenta de que el laberinto, desde arriba, es fácil. Esa era la gracia. Había que perderse para después poder reírse.
Rodolfo había prometido que para esa visita el camino estaría cerrado en el verde y abierto en el sentido correcto. Y ahora tenía un agujero.
—Don Rodolfo —dijo una voz desde la entrada—, ¿está bien?
Era Cintia, la chica que vendía las entradas, con una campera de plumas hasta las orejas y un termo bajo el brazo.
—Se secó una mata. Ahí. Mirá.
Cintia se asomó y silbó bajito.
—Qué cagada. ¿Se arregla?
—Con una planta nueva, en cinco años. Con alambre y ramas, en una hora, pero queda feo.
—¿Y la nena?
—Llega a las diez. Si el micro llega.
Se quedaron callados. De lejos, desde la ruta 14, venía el ruido de un camión cambiando de marcha. El sol recién asomaba por encima de las Sierras Grandes y pintaba de naranja el borde del mirador.
Rodolfo fue hasta el galpón, sacó el rollo de alambre, las tijeras de podar, un balde de ramas secas que guardaba para el fuego. Trabajó con las manos entumecidas, trenzando, atando, apretando. Cintia le alcanzaba las ramas, una por una, sin hablar. A las ocho y media el hueco estaba tapado con algo que parecía una pared, siempre que uno no lo mirara de frente.
—Cuando crezca nadie se acuerda —dijo ella.
—Yo me acuerdo.
A las diez menos veinte llamaron de la terminal. El micro había salido de Córdoba a las siete y estaba parado en Cuesta Blanca esperando que abrieran. A las once avisaron que habían habilitado el paso con cadenas. A las doce y cuarto, Rodolfo ya había perdido la cuenta de las veces que se había lavado las manos sin motivo.
El micro entró a Nono a la una menos diez. Marisol bajó con una mochila rosa que le llegaba a las rodillas y un gorro con orejas de oso, y antes de saludar mir��� el cielo.
—Abuelo, ¡había nieve! En la ruta había nieve. Pasamos por al lado.
—Ya me contaron.
—¿Y el laberinto?
—Está. Venite.
La llevó de la mano por la calle de tierra, entre los paredones de adobe y los perros dormidos al sol. Compraron las entradas sin que Cintia cobrara. Entraron.
Marisol corrió. Dobló a la derecha, a la izquierda, volvió, se quejó, se rió. A los veinte minutos estaba en el tercer pasillo, y Rodolfo, que la seguía unos pasos atrás, se puso tenso.
Ella se detuvo frente a la pared de ramas atadas. La tocó con un dedo. Tiró de una punta.
—Abuelo, esto es de alambre.
—Se secó una planta anoche. Con el frío.
—¿Te dolió?
Rodolfo no supo qué contestar. Marisol lo miró un rato, con esa seriedad que tienen los chicos cuando están decidiendo si perdonan.
—Podemos plantar otra al lado —dijo—. Así cuando esté grande, la de alambre se saca.
—Tarda cinco años.
—Yo vengo todos los veranos.
Se quedó mirando el alambre. Después se dio vuelta y siguió por el pasillo de la izquierda, el equivocado, el que da vuelta sobre sí mismo, y él la oyó contar en voz alta los pasos hasta que la voz se fue achicando entre las coníferas.
Esa tarde, mientras Marisol dormía la siesta con las botas puestas, Rodolfo fue al vivero de la ruta y compró una planta de un metro, con el terrón envuelto en arpillera. La puso en el balde del baúl, la cubrió con una manta. Volvió al tercer pasillo cuando ya bajaba el sol.
Cavó el pozo al lado del alambre, a pulso, con la pala corta. La tierra estaba dura de frío pero húmeda abajo. Puso la planta, la afirmó con los pies, la regó con el último termo de agua tibia. Dejó el balde boca abajo para marcar el lugar.
Cuando se incorporó, el mirador ya tenía el sol en el techo, y desde ahí, al fondo, vio una cosa que no había notado nunca: que desde el medio, el laberinto entero hacía una sombra larga, de punta a punta, y que en esa sombra, en el tercer pasillo, había ahora un punto más claro, el de la planta nueva.
Se sacó el gorro otra vez. No lo apretó contra el pecho. Lo dejó colgado del alambre, para que se acordara.