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  • El alambre en el tercer pasillo

    A las siete menos diez, con la escarcha todavía crujiendo sobre el pasto, Rodolfo Luna encontró el hueco. Era del ancho de un hombre flaco, en el tercer pasillo del laberinto, justo donde las coníferas dobladas hacia adentro formaban una pared que había tardado catorce años en cerrarse. Alguien había pasado por ahí. O algo: la helada de la noche había secado una mata entera, y la mata se había caído sin ruido, como se cae un abuelo en un velorio.

    Se sacó el gorro de lana y lo apretó contra el pecho. Nono, en octubre, no debería haber amanecido a cuatro bajo cero. Pero así venía el año, y a las seis la radio de Mina Clavero había dicho que cerraban el Camino de las Altas Cumbres por hielo en la parte alta, y que ningún colectivo cruzaba desde Córdoba hasta nuevo aviso.

    Eso era lo que le importaba. Porque Marisol, su nieta, de nueve años, venía en el de las diez.

    Hacía dos veranos que Marisol le preguntaba lo mismo por teléfono: “Abuelo, ¿ya se puede llegar al medio?”. Y él le contestaba que no, que faltaba un tramo, que las plantas tienen su tiempo. Era mentira a medias. El tramo que faltaba era el último, el que llevaba al centro, a un banco de madera bajo el mirador desde donde se ve todo el recorrido y uno se da cuenta de que el laberinto, desde arriba, es fácil. Esa era la gracia. Había que perderse para después poder reírse.

    Rodolfo había prometido que para esa visita el camino estaría cerrado en el verde y abierto en el sentido correcto. Y ahora tenía un agujero.

    —Don Rodolfo —dijo una voz desde la entrada—, ¿está bien?

    Era Cintia, la chica que vendía las entradas, con una campera de plumas hasta las orejas y un termo bajo el brazo.

    —Se secó una mata. Ahí. Mirá.

    Cintia se asomó y silbó bajito.

    —Qué cagada. ¿Se arregla?

    —Con una planta nueva, en cinco años. Con alambre y ramas, en una hora, pero queda feo.

    —¿Y la nena?

    —Llega a las diez. Si el micro llega.

    Se quedaron callados. De lejos, desde la ruta 14, venía el ruido de un camión cambiando de marcha. El sol recién asomaba por encima de las Sierras Grandes y pintaba de naranja el borde del mirador.

    Rodolfo fue hasta el galpón, sacó el rollo de alambre, las tijeras de podar, un balde de ramas secas que guardaba para el fuego. Trabajó con las manos entumecidas, trenzando, atando, apretando. Cintia le alcanzaba las ramas, una por una, sin hablar. A las ocho y media el hueco estaba tapado con algo que parecía una pared, siempre que uno no lo mirara de frente.

    —Cuando crezca nadie se acuerda —dijo ella.

    —Yo me acuerdo.

    A las diez menos veinte llamaron de la terminal. El micro había salido de Córdoba a las siete y estaba parado en Cuesta Blanca esperando que abrieran. A las once avisaron que habían habilitado el paso con cadenas. A las doce y cuarto, Rodolfo ya había perdido la cuenta de las veces que se había lavado las manos sin motivo.

    El micro entró a Nono a la una menos diez. Marisol bajó con una mochila rosa que le llegaba a las rodillas y un gorro con orejas de oso, y antes de saludar mir��� el cielo.

    —Abuelo, ¡había nieve! En la ruta había nieve. Pasamos por al lado.

    —Ya me contaron.

    —¿Y el laberinto?

    —Está. Venite.

    La llevó de la mano por la calle de tierra, entre los paredones de adobe y los perros dormidos al sol. Compraron las entradas sin que Cintia cobrara. Entraron.

    Marisol corrió. Dobló a la derecha, a la izquierda, volvió, se quejó, se rió. A los veinte minutos estaba en el tercer pasillo, y Rodolfo, que la seguía unos pasos atrás, se puso tenso.

    Ella se detuvo frente a la pared de ramas atadas. La tocó con un dedo. Tiró de una punta.

    —Abuelo, esto es de alambre.

    —Se secó una planta anoche. Con el frío.

    —¿Te dolió?

    Rodolfo no supo qué contestar. Marisol lo miró un rato, con esa seriedad que tienen los chicos cuando están decidiendo si perdonan.

    —Podemos plantar otra al lado —dijo—. Así cuando esté grande, la de alambre se saca.

    —Tarda cinco años.

    —Yo vengo todos los veranos.

    Se quedó mirando el alambre. Después se dio vuelta y siguió por el pasillo de la izquierda, el equivocado, el que da vuelta sobre sí mismo, y él la oyó contar en voz alta los pasos hasta que la voz se fue achicando entre las coníferas.

    Esa tarde, mientras Marisol dormía la siesta con las botas puestas, Rodolfo fue al vivero de la ruta y compró una planta de un metro, con el terrón envuelto en arpillera. La puso en el balde del baúl, la cubrió con una manta. Volvió al tercer pasillo cuando ya bajaba el sol.

    Cavó el pozo al lado del alambre, a pulso, con la pala corta. La tierra estaba dura de frío pero húmeda abajo. Puso la planta, la afirmó con los pies, la regó con el último termo de agua tibia. Dejó el balde boca abajo para marcar el lugar.

    Cuando se incorporó, el mirador ya tenía el sol en el techo, y desde ahí, al fondo, vio una cosa que no había notado nunca: que desde el medio, el laberinto entero hacía una sombra larga, de punta a punta, y que en esa sombra, en el tercer pasillo, había ahora un punto más claro, el de la planta nueva.

    Se sacó el gorro otra vez. No lo apretó contra el pecho. Lo dejó colgado del alambre, para que se acordara.

  • El estofado de la última esquila

    A las cuatro y media, con la meseta todavía negra y el viento ya picando contra las chapas del galpón, Evelio Catrileo prendió el fogón que había armado con dos neumáticos viejos cortados al medio. Hacía treinta y un años que era cocinero de comparsa y no había aprendido a quererle el amanecer a la Patagonia: lo aguantaba, como se aguanta a un cuñado.

    Esa era la última esquila. Se lo había dicho al maquinista en septiembre, en el patio de su casa de Gobernador Gregores, mientras le cebaba un mate: “Después de esta, me quedo”. Don Lázaro, que manejaba la comparsa desde los tiempos del camión Mercedes, había asentido sin discutir. Con los años uno aprende cuándo una frase ya está decidida.

    Lo único que Evelio quería era hacer, una vez, el estofado de capón de su madre. No el guiso de todos los días, de fideos y papa, que alcanza para veintidós bocas. El de ella: capón viejo, cebolla quemada a propósito, un chorro de vino tinto malo y cuatro horas de cazuela de hierro tapada con una chapa. Pero el campo, a cuarenta kilómetros de Gregores por un camino de ripio, tenía una cocina a gas con dos hornallas y una sola garrafa, y el patrón había dicho que el gas era para el desayuno y para el mate de la tarde.

    Así que el fogón.

    A las seis ya estaban todos en el galpón. Evelio los oía desde la cocina, un cuarto de chapa adosado: la máquina de esquilar arrancando con su ronquido, los tijeretazos secos de los peines, el golpe de los corderos contra el piso de tablas. Afuera, las ovejas apretadas en el corral levantaban un polvo fino que se mezclaba con el humo.

    Tomás, el playero, entró a las nueve por el agua caliente. Tenía dieciséis años y el pelo duro de lanolina.

    —Tío Evelio, el Cacho dice si hay para un mate.

    —Que venga él, si tiene sed.

    —No puede. Está en la lata veinte.

    Veinte era el número de ovejas que el Cacho Maldonado llevaba esquiladas esa mañana. Tomás los contaba con fichas de chapa que repartía en una caja de lata, una por animal, para que a la tarde cada uno cobrara lo suyo. Evelio le llenó el termo y le puso dos facturas duras envueltas en un repasador.

    A las once, el viento se dio vuelta.

    Lo sintió en la cara antes de entender: primero soplaba de frente y de golpe le pegó de costado, con una mano ancha y fría, y la brasa del fogón se levantó en un solo remolino anaranjado. Evelio se tiró sobre la cazuela con el cuerpo entero. Se quemó el antebrazo. No importó. La chapa que cubría el hierro salió volando hasta el alambrado, y el estofado, que llevaba dos horas y media de hervor suave, quedó a la intemperie con una película de ceniza encima.

    Se quedó un rato sentado en el suelo, con la espalda contra la pared de chapa y la manga arremangada. Se le había metido tierra en el ojo. Pensó que no iba a llorar por un guiso. Lloró un poco, igual, por la tierra.

    —¿Y esto? —dijo una voz.

    Era Casimira, la clasificadora, una mujer flaca de Comodoro Rivadavia que se había sumado a la comparsa hacía tres temporadas y que nunca hablaba de más. Traía un guante de cuero en una mano y un fardo de bolsas en la otra.

    —Se me voló la tapa.

    Casimira miró la cazuela. Metió una cuchara de palo, sacó un poco de caldo y lo sopló. Probó.

    —Está ceniza —dijo—. Pero debajo hay algo.

    Fue a buscar la chapa al alambrado, la sacudió y la apoyó otra vez sobre la cazuela. Después juntó cuatro pilas de leña de calafate que había dejado Evelio contra la pared, las acomodó alrededor de la cazuela como un muro bajo, y se quedó un momento mirando cómo el viento chocaba contra eso y se abría hacia los costados.

    —Así no te lo apaga más —dijo, y volvió al galpón.

    El resto de la mañana, Evelio lo pasó con un trapo mojado alrededor del brazo, sacando con una cuchara la ceniza de la superficie y echando agua tibia para reponer lo que se había perdido. Rescató lo que pudo. Salvó, calculó, un tercio.

    A las doce y media sonó la campana de chapa. Los esquiladores entraron al comedor con los hombros tiesos y las manos llenas de grasa, se sentaron a lo largo de las dos mesas y se quedaron mirando las cazuelas. Evelio las puso adelante sin discurso. El olor a vino quemado y a cebolla se subió al techo.

    Nadie dijo nada durante un minuto largo. Don Lázaro dejó la cuchara a la mitad.

    —Esto —dijo— es el de tu mamá.

    —Un poco ceniza —dijo Evelio.

    —Un poco —dijo don Lázaro, y siguió comiendo.

    Cuando terminaron, los platos salieron limpios, con la salsa pasada con pan. El Cacho Maldonado se levantó el último. Metió la mano en el bolsillo de la campera y sacó una ficha de chapa, de las que Tomás repartía por oveja. La dejó caer en la cazuela vacía, donde sonó, ting, contra el hierro.

    Después fue Casimira. Después Tomás. Después los otros, de a uno, sin mirarlo, como quien deja una propina en la mesa de un bar. Eran fichas ganadas con el cuerpo, que a la tarde se iban a convertir en plata.

    Evelio no las tocó. Se quedó parado junto a la cazuela con el trapo mojado en el brazo, escuchando cómo el viento seguía golpeando contra el muro de calafate. A la noche las contó: veintidós. Las guardó en la lata de galletitas donde tenía la libreta de enrolamiento y la foto de su madre, y esa temporada, cuando le preguntaron qué iba a hacer después de la esquila, respondió que todavía no sabía.

  • Veinte kilos de torrontés

    Jésica Mamaní cumplió quince en febrero y en marzo ya tenía manos de cosechera: pegajosas hasta la muñeca, con un tajo chico en el pulgar que no recordaba haberse hecho. Eran las seis y diez de la mañana. El sol todavía no había pasado la cresta del cerro, pero bajo el encatrado de la finca, a la salida de Cafayate por el camino al Río Colorado, ya se oía el crac de las tijeras y el golpe de los cajones plásticos contra la tierra.

    —Esta fila es nuestra —dijo Norma, su mamá, y le señaló dos hileras de torrontés con el mentón, porque tenía la muñeca derecha envuelta en una venda elástica color piel.

    Jésica asintió. No habían hablado de la venda. Habían hablado, en cambio, del micro de las cinco de la mañana del jueves a Salta, del turno con el traumatólogo del hospital y de lo que costaba faltar a un día de trabajo cuando se cobra por cajón. La cuenta la había hecho Jésica en el reverso de un sobre de la luz: con sesenta cajas entre las dos antes del miércoles, alcanzaba el pasaje, el almuerzo y el día perdido. Hoy tenían que hacer veinte.

    —Se corta el racimo entero, no lo desgranes —le recordó Norma—. Y no te pongas en la fila de los grandes, que ahí la uva cuelga alta y te vas a querer parar en el cajón.

    —Ya sé, má.

    Al principio fue una cuestión de aprender dónde apoyar el cuerpo. La uva colgaba bajo las hojas, dorada y apretada, con ese polvito blanco que se queda en los dedos, y el olor era el de una flor a la que alguien le hubiera echado azúcar. Las avispas rondaban los racimos más maduros. Jésica aprendió a esperar a que se fueran antes de cortar. Aprendió también que el cajón de veinte kilos pesa mucho más a la hora de levantarlo que a la hora de llenarlo.

    A las ocho y media el capataz, don Ismael, pasó con el tractor y el acoplado y fue marcando con tiza en una pizarra de mano. Jésica ya tenía siete. Norma, cuatro, porque trabajaba con la mano buena y la otra de ayuda, como una pinza torpe.

    —Dale, nena —dijo don Ismael, sin parar el tractor—. Con ese ritmo te nombro mi mejor cortadora.

    Jésica no se rió. Estaba contando.

    Hacia las diez, una de las mujeres de la fila de al lado levantó la cabeza y se quedó mirando al oeste. Por encima del cerro, sobre el lado de la quebrada, el cielo se había puesto de un gris azulado que no tenía nada que ver con el celeste de recién. El aire dejó de moverse. Las hojas quedaron quietas, como si alguien las hubiera apagado.

    —Viene feo —dijo la mujer, bajito.

    Don Ismael frenó el tractor y se paró en el estribo. Miró el cielo un largo rato, con la mano de visera.

    —Puede ser piedra —dijo al fin—. Puede que no. Pero si es, la uva que no está en el acoplado no se salva. Apúrense.

    Nadie gritó. En la vendimia nadie grita; se corta más rápido y punto. Jésica empezó a oír el ritmo de las tijeras acelerándose a su alrededor, el crac, crac, crac de veinte personas que de pronto tenían la misma cuenta que ella.

    —Mamá —dijo—, pasate a mi fila. Vos cargá, yo corto.

    —Jésica…

    —Cargá.

    Norma abrió la boca y la cerró. Dejó la tijera en el bolsillo del delantal, agarró el cajón con el antebrazo bueno y lo arrastró hasta el pasillo, y de ahí en adelante la fila fue un solo movimiento: la tijera de Jésica, el racimo cayendo en el cajón, el cajón llenándose, la mano de Norma sacando el cajón lleno y poniendo uno vacío. Jésica ya no oía nada, salvo cuando algo le pegó en la nuca, una gota gruesa y fría, y después otra en el dorso de la mano. Siguió cortando.

    Cayeron dos piedritas del tamaño de un garbanzo. Rebotaron en la tierra con un ruido seco. Después cayeron unas gotas más, y el olor a polvo mojado subió de golpe, tan fuerte que Jésica sintió que se le cerraba la garganta. Entonces, tal como había llegado, el gris se corrió hacia el sur, hacia Tolombón, arrastrando la sombra por encima de los cerros. El sol volvió a pegar sobre los cajones y las hojas mojadas brillaron como si las hubieran barnizado.

    Nadie dijo nada durante un minuto. Alguien se rió. Después otro. Don Ismael se bajó del estribo, se sacó el sombrero y se pasó el brazo por la frente.

    —Esta vez nos perdonó —dijo—. Hoy no pasa nada. Cuenten lo que tienen.

    Jésica se enderezó. Le dolía la espalda, ahí donde nunca había sabido que tenía músculos. Tenía las manos moradas de jugo y las uñas negras. Norma se había sentado sobre un cajón vacío con la muñeca contra el pecho, como a un pájaro.

    Don Ismael pasó por la fila con la pizarra y fue contando cajones con el dedo, moviendo los labios. Cuando llegó al final se quedó un momento mirando la tiza.

    —Veintitrés —dijo—. Entre las dos, veintitrés. Anoto todo a nombre de la mamá, ¿no?

    —Anótelos a nombre de las dos —dijo Norma.

    Don Ismael levantó las cejas, pero escribió. Jésica vio las dos letras, una J y una N, una pegada a la otra, y la raya al lado con veintitrés palitos.

    A las dos de la tarde se subieron al camión que las bajaba al pueblo, con los cajones atrás y el viento tibio entrándoles por la ventanilla. Jésica sacó el sobre de la luz del bolsillo y tachó el veinte. Escribió veintitrés. Le sobraban tres para mañana.

    Norma, sin decir nada, le tomó la mano manchada y se la llevó a la cara, como se hace con un chico que se golpeó. La apoyó contra la mejilla y respiró hondo.

    —Qué olor —dijo—. Parece flor.

    Jésica miró la ruta que se iba abriendo entre los cerros rojos y se dejó oler.

  • Recibí conforme

    A las nueve y diez de la mañana, la guillotina de la imprenta Ledesma mordió el último pliego azul y Brenda supo que algo andaba mal. Sobre la mesa había tres montañas de tiras: la azul, alta y pareja; la blanca, que no le habían pedido pero sobraba; y la amarilla, que le llegaba apenas a las rodillas de la otra.

    —Tano me pidió sesenta kilos, mitad y mitad —dijo en voz alta, porque en el local de Cordiviola, a cuatro cuadras del Gigante, nadie más la iba a escuchar un domingo.

    Pesó el amarillo en la balanza de la verdulería de al lado, que le prestaba la doña de los zapallos con la condición de que no la mencionara en ninguna factura. Catorce kilos. Le faltaban dieciséis. El partido era a las cuatro y media de la tarde, el delegado de la peña pasaba a buscar las bolsas a las doce y media, y el proveedor de papel de Pérez, el único que atendía en feriados, tenía el teléfono apagado desde el viernes.

    Brenda se sentó en el banquito de la guillotina y se tapó la cara con las manos, que le olían a tinta y a mate lavado. Tenía treinta y un años y un secreto que había guardado desde la primaria: de chica, su papá la llevaba al Parque Independencia con una bufanda roja y negra escondida en la mochila. Cuando él murió, ella se quedó con la imprenta, con las deudas y con el contrato de los papelitos de Central, que era lo que pagaba la luz de todo el año. Nunca le había contado a nadie para quién gritaba. Con el clásico se hacía el tercio de la facturación, y no pensaba perderlo por una cuestión de colores.

    Revisó el depósito dos veces. Resmas de blanco, un rollo de cartulina verde fluo de una campaña de vacunación, cajas de sobres. Nada de amarillo. Entonces miró hacia el fondo, donde estaba la puerta del galpón de su tío Hugo, que había compartido la imprenta con su papá y que, desde que se jubiló, venía a regar el jazmín del patio y a no tocar nada.

    —Ahí atrás hay cosas viejas —dijo el tío cuando lo llamó, con la voz de siesta—. Fijate en los estantes de abajo. Los triplicados.

    Eran paquetes atados con hilo sisal, cada uno del alto de una guía telefónica. Brenda cortó el hilo del primero y el papel amarillo, finísimo, crujió como cáscara de cebolla. Remitos. Formularios de tres copias, de los que se usaban en los galpones del puerto y en las fábricas del norte, con la copia amarilla abajo para el que recibe la mercadería. Estaban impresos con letra gris y en cada hoja se leía lo mismo: “Recibí conforme”. Había miles. Veinte años de remitos que nadie había vuelto a pedir cuando las empresas se pasaron a la computadora.

    Hizo la cuenta de memoria. Alcanzaban y sobraban. Solo que no eran papel liso.

    —No se nota —se dijo—. Con las tiras de un centímetro no se lee nada.

    Pasó la mañana cortando. La guillotina bajaba con ese golpe seco que le temblaba en los brazos, y las tiras caían del lado amarillo en una nieve finita, con restos de palabras: un “recibí”, un “conf”, un número de comprobante, una raya de firma. Cuando abrió la primera bolsa para chequear el mezclado, vio que una tira había quedado derecha sobre las demás, como una lengüeta, y decía “conforme”.

    A las doce y veinte llegó el Tano en una Kangoo con la puerta trasera atada con alambre. Era un tipo ancho, con la camiseta puesta desde las ocho de la mañana, y levantaba las bolsas de a dos como si fueran almohadones.

    —Sesenta kilos —dijo ella—. Los treinta de arriba son los amarillos. Son un poco más finitos que otros años.

    —Mejor, así vuelan más —contestó el Tano. Abrió una bolsa, metió la mano hasta el codo y sacó un puñado. Lo miró de cerca. Ella dejó de respirar. Él entrecerró los ojos.

    —Qué es esto, ¿tiene letras?

    —Es papel reciclado —dijo Brenda, y le salió firme, que fue lo que más la sorprendió—. Remitos viejos del puerto. De acá, de Arroyito. Algo así como la historia del barrio.

    El Tano se quedó un rato con el puñado en la mano. Después se lo guardó entero en el bolsillo del pantalón.

    —Mi viejo trabajaba en un galpón de esos —dijo—. Firmaba todos los días. Mi vieja guardaba los comprobantes en una lata de Terrabusi.

    Cargó las bolsas y ella lo ayudó con las últimas. Antes de arrancar, el Tano bajó la ventanilla.

    —¿Vos venís hoy?

    —Yo miro desde casa —mintió Brenda.

    Se quedó parada en la vereda hasta que la Kangoo dobló en la esquina de Génova. Después cerró la persiana a medias, prendió la radio y se sirvió un mate con el termo que le había dejado su papá. No sabía para quién iba a gritar un gol. No lo sabía desde hacía veintidós años.

    A las cuatro y veinte, por la ventana abierta, el estadio empezó a rugir como una máquina grande arrancando. Subió el volumen. Escuchó el tambor, el coro, ese segundo en que todo el barrio contiene el aire. Y entonces, tres cuadras más allá, vio el cielo: una nube dorada que subía, giraba y empezaba a caer por encima de los techos bajos.

    Algunos pedacitos amarillos, livianos como el humo, llegaron hasta la vereda de la imprenta empujados por el viento del río. Uno se le posó en el hombro. Brenda lo levantó con dos dedos y lo leyó a contraluz.

    Decía “recibí”.

    Lo dejó sobre la mesa, al lado de la guillotina, y se quedó mirándolo hasta que alguien, a lo lejos, gritó un gol que no supo de quién era.

  • La salamandra del cuarto coche

    Gumersindo Pichiñán llegó a la estación de Esquel a las siete menos cuarto, con la carretilla cargada de leña y la escarcha todavía crujiendo bajo las ruedas. Había nevado de madrugada, poco, lo justo para que el aire pinchara en la nariz, y el cielo de la cordillera tenía ese color de leche aguada que anuncia sol recién a media mañana.

    Hacía cuatro años que se había jubilado de los talleres. Aun así, todos los días de salida le dejaba la leña a la gente de La Trochita: ñire seco, partido a hacha en el fondo de su casa, del largo justo para la boca de una salamandra. Nadie se lo había pedido. Un día de invierno apareció con la carretilla y desde entonces nadie le dijo que no.

    —Gume, qué madrugador —dijo Facundo, el joven del guardarropa, que le abrió el portón del andén—. Hoy hay lleno. Vienen dos micros de Comodoro.

    —Entonces va a hacer falta más leña.

    —Hay de sobra.

    —Hay de la que tienen ustedes. Esta es otra cosa.

    Facundo se rio y no preguntó. Gumersindo empujó la carretilla hasta el cuarto coche, el de madera oscura y ventanas chicas, el que tenía los asientos de listones tallados por el uso. Abrió la puerta y entró. Adentro olía a barniz viejo, a frío guardado y, por debajo, a un humo antiguo que ningún trapo había sacado nunca.

    La salamandra estaba al fondo, panzona, negra, con la puerta de hierro un poco torcida. En la chapa de arriba tenía una abolladura del tamaño de una cuchara. Gumersindo se arrodilló y la miró un rato antes de tocarla.

    Esa abolladura la había hecho Dora, su mujer, con una pava de aluminio, un enero de hacía mucho. Dora atendía el café del tren los fines de semana, cuando el tren todavía tenía fiebre de turistas nuevos, y una tarde, en plena curva, la pava se le fue de las manos. Dijo una mala palabra que en el coche entendieron hasta los holandeses. Después se rio hasta que le salieron lágrimas. Esa tarde Gumersindo, que estaba de guarda reemplazante, anotó en la libreta: «Abolladura, salamandra 4. No arreglar».

    Nunca la arreglaron. Dora se había ido hacía dos inviernos, de una enfermedad que no hizo ruido, y desde entonces él no había vuelto a subir a ese coche más que para dejar leña, rápido, sin mirar.

    Ese día era distinto. Esa mañana, la nieta de Dora, Brisa, de nueve años, hacía su primer viaje. Se lo había prometido hacía meses: iban a ir los tres, ella, su abuelo y el recuerdo.

    Armó la pila. Primero el papel de diario, doblado en nudos como le había enseñado su madre en Gualjaina. Después las astillas finas, después los rajones, y arriba dos troncos más gruesos, que iban a aguantar hasta Nahuelpan. Prendió el fósforo. La llama se agachó, dudó, y se levantó de golpe.

    La salamandra empezó a hablar. Era un sonido que no se parecía a ningún otro: un chasquido seco, un silbido corto, un suspiro. Dora decía que la estufa del cuarto coche cantaba más fuerte que las otras porque estaba ofendida por la abolladura.

    —Perdón —dijo Gumersindo en voz baja, y le dio una palmadita a la chapa—. Hoy te traigo la mejor.

    A las ocho y media empezó a llegar la gente. Los micros dejaron familias de campera de colores, una pareja de franceses, un grupo de jubilados con termo y mate. Brisa llegó de la mano de su madre, con un gorro de lana con orejas de zorro. Era flaquita, de ojos grandes, y miraba todo como si alguien fuera a tomarle examen.

    —Abuelo, ¿este es el tren?

    —Este es.

    —Es más chiquito de lo que pensé.

    —Es de trocha angosta. Setenta y cinco centímetros entre riel y riel. Por eso lo llaman Trochita.

    —¿Y por qué lo hicieron tan flaquito?

    —Porque la estepa es grande y la plata era poca.

    Brisa asintió, satisfecha, como si le hubiera dado la clave de un misterio. Subieron al cuarto coche y se sentaron cerca de la estufa. Los listones de madera estaban fríos, pero el calor de la salamandra ya llegaba en olas pequeñas.

    El tren soltó un pitido largo, desparejo, que le erizó la piel hasta a los franceses. Se movió con un tirón suave y empezó a bambolearse hacia el este. Pasaron las últimas casas, los alambrados, un caballo pelado que levantó la cabeza para mirarlos sin ninguna sorpresa. A la izquierda, la cordillera se iba despejando de a poco.

    —¿Por qué hay una abolladura? —preguntó Brisa, señalando la chapa.

    Gumersindo tardó en contestar. El humo de la estufa subía en un hilo delgado y desaparecía en la rejilla.

    —La hizo tu abuela.

    —¿Con qué?

    —Con una pava. En una curva. Dijo una palabra que no te puedo repetir.

    —¿Cuál?

    —No te puedo repetir.

    —Decímela despacito.

    Se la dijo despacito, al oído, y Brisa se tapó la boca con las dos manos y se rio con una risa que era idéntica a la de Dora, ancha, sin freno, de esas que se oyen de un coche al otro. Los jubilados de los termos se dieron vuelta a mirar. Una señora le sonrió a Gumersindo. Él bajó la vista y se frotó la nuca, porque tenía algo en los ojos que no era humo.

    El tren siguió su camino, curva tras curva. En una de ellas, la que llaman la del huevo, todos se levantaron para sacarse fotos, y el coche se inclinó un poco, y la pava de la cafetería, tres coches más allá, resonó contra algo. Brisa abrió los ojos enormes.

    —¡Abuelo! ¡La pava!

    —Es de otro coche —dijo Gumersindo—. Pero el que la lleva dice que la agarra con las dos manos desde que lo supo.

    En Nahuelpan, mientras todos bajaban a ver las artesanías y el tren hacía sus maniobras, Gumersindo se quedó un momento sentado en el cuarto coche con la puerta abierta. La salamandra seguía caliente. Adentro, el último tronco se deshacía en brasas rojas, y de a ratos una chispa saltaba contra la chapa y caía sobre la abolladura, y brillaba un segundo en el hueco de la cuchara.

    Brisa volvió corriendo con las mejillas coloradas y un llavero de lana en la mano.

    —Te compré esto. Es para la carretilla.

    Gumersindo lo miró. Era un zorrito torcido, con un ojo más grande que el otro.

    —Le va a gustar —dijo, y lo enganchó él mismo al manubrio, ahí, entre el humo y el olor a ñire quemado.

  • Hilario con hache

    Hilario Gómez llegó al yerbal antes de que hubiera luz para distinguir un cambito de una rama buena. Era el último día de la zafra y noviembre ya olía a tierra recalentada, aunque a esa hora todavía hacía fresco y el rocío le mojaba los ruedos del pantalón. Traía el machete atado a la cintura, la ponchada doblada bajo el brazo y un mate lavado que se había cebado a oscuras en la cocina de su tía, en las afueras de Oberá.

    Era su primera zafra. Dieciocho semanas de cortar, quebrar y atar, de dormir con los hombros ardiendo, de aprender que la hoja que se pasa de golpe se ennegrece y que la que se junta mal pesa menos. Había aprendido también que en la balanza del campamento, un pilón de hierro colgado de un trípode de rollizos, se decidía todo lo que valía su día.

    —Ya vas a ver que hoy cae la lluvia —dijo Nicasio, que cortaba dos filas más allá y no hablaba salvo para anunciar desgracias.

    Hilario miró el cielo. Al sur, sobre la picada, había una nube del color de una olla vieja.

    —Para las tres —insistió Nicasio—. Y para entonces no quiero ver ni un raído tirado.

    Trabajaron sin hablar. El sonido del machete contra las ramas era seco y parejo, y cada tanto se oía el crujido de la hoja cuando la separaban del tallo con la mano. Hilario tenía los dedos curtidos, con unas grietas negras en las yemas que ya no le dolían. Al mediodía llevaba tres ponchadas atadas, y cada una, al levantarla, le tiraba de la columna como si alguien quisiera devolverlo al suelo.

    Lo que lo apuraba no era la plata. Era otra cosa, más chica y más tonta, que no le había contado a nadie.

    Desde la primera semana, Aníbal, el pesador, anotaba los kilos en una planilla con tapas de cartón, y al lado de cada kilaje escribía el nombre del tarefero. Escribía despacio, con la lengua entre los dientes. Y en toda esa planilla, página tras página, el nombre de Hilario decía «Elario». Sin hache, con una ele de más que a veces parecía una i. Al principio le dio risa. Después, cuando la tía le explicó que la cooperativa pagaba el aguinaldo y el certificado de trabajo según lo que dijera esa planilla, dejó de dar risa. Y como él no se animaba a corregirlo, porque Aníbal tenía sesenta años, una barriga como un tonel y la costumbre de callar a quien le cuestionaba la letra, la cosa había quedado así, semana tras semana.

    A las dos y cuarto, con el cielo ya del color del plomo y el viento revolviendo las hojas, Hilario ató la última ponchada. Entre los cuatro raídos del día sumaban, según la cuenta que llevaba en la cabeza, casi cuatrocientos kilos. Se echó el primero al hombro y caminó hasta el camino de tierra, donde el camión esperaba con las lonas atadas.

    La balanza estaba bajo un alero de chapa. Aníbal tenía el lápiz en la oreja y el termo entre las rodillas. Colgó el primer raído del gancho, corrió el pilón con un dedo hasta que la barra quedó recta, y cantó:

    —Ciento dos.

    Escribió. Hilario miró la planilla, y ahí estaba otra vez, torcida y firme: Elario, 102.

    —Don Aníbal.

    —Qué.

    —Mi nombre lleva hache.

    Aníbal levantó la vista despacio. En el campamento nadie dijo nada. Nicasio, que esperaba con su propio raído, estudió el techo de chapa.

    —¿Qué hache?

    —Hi-la-rio. Al principio. Hilario.

    —Yo escribo como se dice.

    —Se dice con hache. Es decir, no se dice, pero se escribe.

    Aníbal resopló. Tomó el lápiz de la oreja, lo dio vuelta entre los dedos, y a Hilario le pareció ver algo que no había visto en dieciocho semanas: una cosa torpe, casi asustada, en la mandíbula de ese hombre grande.

    —Mirá, pibe —dijo en voz baja—. Hace treinta años que peso yerba y nadie me preguntó nunca cómo se escribe nada. Yo anoto lo que oigo. Lo que oigo, lo anoto.

    —Y yo lo único que quiero es que diga bien.

    Cayó la primera gota sobre la chapa, gruesa, y después otra, y después el ruido empezó a crecer. Los que esperaban se arrimaron al alero. El camión puso las balizas.

    Aníbal miró la planilla, miró el lápiz, miró a Hilario.

    —Escribilo vos.

    Le alcanzó la tapa de cartón. Hilario tomó el lápiz, que estaba tibio de la oreja, y en la primera línea, sobre el «Elario», tachó con cuidado y escribió encima, con las letras que le había enseñado la maestra de la escuela de Campo Viera: Hilario Gómez. Después fue página por página hasta el principio, con la lluvia golpeando cada vez más fuerte y ocho hombres mirándolo sin apuro, y en cada renglón puso la hache que faltaba. No la escribió de golpe sobre la ele: la hizo prolija, con el palo largo y el puentecito.

    Cuando terminó, Aníbal sacó del bolsillo el pañuelo y se secó la cara, aunque no estaba mojada.

    —Ahora sí —dijo—. Pesemos el segundo.

    Cargaron los raídos bajo el agua, entre gritos y maldiciones, con las lonas ya empapadas y el olor a hoja verde subiendo como un humo fresco. Hilario subió al camión de los últimos, sentado sobre un bulto, y cuando el motor arrancó sacó el mate de la mochila. Estaba frío y le sabía a lata. Pero antes de cebarlo, por si acaso, se pasó el dedo por la planilla que Aníbal le había dejado guardar un segundo, para ver si la hache seguía ahí, negra y derecha, resistiendo el agua.

  • Debajo del asiento de madera

    Esteban Carrizo llegó a Carabobo a las nueve y diez de la mañana con una campera que no hacía falta, porque en enero la boca del subte largaba un aire tibio que olía a grasa vieja y a pasto mojado de la plaza. Traía a su nieta de la mano. Lucía tenía doce años y un celular con la pantalla rajada, y desde Villa Luro venía preguntando por qué había que levantarse tan temprano para subirse a un tren.

    —Porque hoy se los llevan —dijo él.

    —¿Adónde?

    —A donde se llevan las cosas que ya no sirven.

    Ella no contestó. Esteban tampoco quiso explicar más. Había pasado treinta y ocho años en el taller Polvorín, en Emilio Mitre y José Bonifacio, y ninguna frase le alcanzaba para eso.

    Compró dos viajes en la boletería. Bajaron la escalera despacio, él con la mano en el pasamanos, y en el andén había más gente de la habitual: señores con cámaras, una chica con un cartel hecho a mano, dos guardas con la mirada baja. Cuando entró el tren, el ruido le subió por las piernas antes de llegarle a los oídos. Un chirrido largo, un bamboleo, el celeste desteñido de la madera. Los belgas, les decían. O las brujas.

    Esteban no subió al primero. Dejó pasar uno, después otro, y miraba los números pintados en los costados. Lucía le tironeó de la manga.

    —Abuelo, nos vamos a quedar.

    —Esperá. Es el veintidós.

    Lo había calculado durante dos semanas, con una libreta, sumando recuerdos. En 1971 tenía diecisiete años y era el aprendiz más flaco del taller. El oficial Brandán lo mandó una tarde a cambiar los tornillos de un asiento del veintidós, y mientras esperaba que el barniz se secara, con un clavo de tapicero y una paciencia que después nunca más tuvo, Esteban había raspado dos letras en la cara de abajo de la tabla: una E y una N. Norma. Trabajaba en la panadería de la esquina de Bonifacio, le regalaba una factura cada viernes, y él nunca le había dicho nada. Las letras eran toda su declaración.

    Cuando por fin apareció el veintidós, lo reconoció por la abolladura de la plataforma. Las puertas se abrían con la mano, y Lucía empujó una con las dos manos mientras la madera crujía como una rama. Adentro hacía calor. Los espejos tenían las manchas de sesenta años de respiraciones, y las lámparas colgaban con sus pantallas de vidrio amarillento. Se sentaron del lado de la ventanilla. El asiento estaba duro, liso, brilloso de tantos pantalones.

    —Esto es de madera de verdad —dijo Lucía, tocando el respaldo.

    —De la mejor que había en Bélgica.

    El tren arrancó con un tirón que los tiró hacia atrás. Salieron de Carabobo, pasaron Puan, y Esteban empezó a contar estaciones en voz baja, como cuando era chico. Primera Junta. Acoyte. Río de Janeiro. En cada una subía gente con teléfonos en alto y bajaba gente que se quedaba mirando al tren irse. Un hombre le sacó una foto a la ventanilla sin pedir permiso. Una señora mayor lloró un poco sin hacer ruido, con la cartera apretada contra el pecho.

    En Castro Barros, Esteban se agachó. Le costó, porque la rodilla izquierda hacía años que le discutía todo. Metió la cabeza casi hasta el piso, con la mejilla pegada a la pata de hierro, y levantó el brazo para tocar el reverso de la tabla.

    —Abuelo, ¿qué hacés?

    —Prestame la linterna del celular.

    Ella se la dio. La luz blanca barrió la madera oscura, llena de nudos, de manchas, de tornillos nuevos y viejos. Había marcas de lapicera, de llave, de fibra. Un corazón mal hecho. Una fecha de 1998. Un nombre largo, borroso. Esteban fue moviendo el haz centímetro a centímetro, y cuando ya sentía que el cuello no le daba más, apareció.

    Una E. Una N. Finitas, hundidas, casi rellenas de mugre. Estaban más abajo de lo que recordaba, y alrededor tenían otras letras que nadie le había pedido que respetaran.

    Se quedó mirando. Lucía se había agachado a su lado sin que él lo notara.

    —Ahí dice algo más —susurró ella.

    Esteban no había visto. Debajo de la N, con un trazo distinto, más prolijo, de punta de compás o de aguja, alguien había agregado cuatro letras en renglón aparte: «y yo».

    Tardó en entender. Le hormigueó la cara. Pensó en la panadería, en el delantal, en una chica que seguramente no sabía leer lo que él nunca se animó a decir, y que sin embargo, en alguna tarde de 1971 o de 1972, había subido a un coche como ese, se había sentado en ese mismo asiento y había dado vuelta la cabeza.

    —¿Quién es Norma? —preguntó Lucía.

    —Una vecina del barrio.

    —Mentira.

    Esteban soltó una risa corta, de nariz.

    —Una panadera. Dejame levantarme, que se me duerme la pierna.

    Ella lo ayudó a incorporarse. Se sentaron otra vez. El tren pasó Loria, pasó Miserere, y el cartel de Pasco apareció y se perdió entre las luces. Esteban miraba la ventanilla sin ver nada. Cuando el coche empezó a frenar en Plaza de Mayo, los fotógrafos ya esperaban en el andén, y la chica del cartel levantó el suyo: GRACIAS, VIEJAS.

    —Vamos, abuelo.

    —Andá bajando vos.

    Lucía bajó. Esteban se quedó un segundo más, con la mano abierta sobre el asiento, apoyada en la madera tibia, y apretó apenas, como se aprieta un hombro. Después se puso la campera, aunque hacía calor, y salió al andén con el paso corto y firme de los que van a llegar tarde a una panadería.

  • La décima trampa

    A las cinco y diez, con el canal todavía color plomo, Nilda Barrientos soltó la amarra de la lancha y dejó que la corriente la sacara del muelle de Puerto Almanza. Tenía el termo entre las rodillas y el guante izquierdo mordido por la sal. Hacía tres semanas que salía sola. Antes salían de a dos, y el otro lugar de la lancha seguía con la campera naranja de Rogelio colgada de un clavo, porque nadie se había animado a sacarla.

    Navegó hasta la boya blanca y la enganchó con el bichero. Debajo, en el fondo, esperaba la última línea de las que había calado su marido: diez trampas troncocónicas atadas a un cabo madre, con la carnada de descarte ya ablandada después de dos días y medio. Nilda enganchó el cabo en el halador y apretó la palanca. El motorcito tosió, el cabo empezó a subir chorreando, y con él el olor de siempre, a hierro, a algas y a carne vieja.

    Tenía una sola cuenta en la cabeza. El domingo, a las doce y media, bautizaban a Joaquín, el hijo de su hija, en la capilla de Ushuaia, y después había almuerzo en la casa de la calle Maipú. Rogelio había prometido una centolla grande, entera, de las de dos kilos, para ponerla en el medio de la mesa. Lo había prometido en agosto. Lo había repetido en septiembre. Nilda no iba a presentarse con una fuente de fideos.

    La primera trampa salió vacía. La segunda trajo un puñado de erizos y un cangrejito que se descolgó solo y cayó al agua. En la tercera había un centollón, que no servía para la mesa pero sí para la olla, y lo dejó en el cajón con la tapa floja. Las siguientes cuatro vinieron flacas. Un cormorán se había parado en la proa para seguir el espectáculo y la miraba de costado, como pidiendo parte.

    —Seguí mirando —le dijo ella—. A ver si te toca.

    En la octava apareció la primera centolla, un macho, de los buenos, con el caparazón cubierto de percebes finitos y las patas largas y duras. Nilda lo midió con el calibre de plástico, lo midió dos veces, y lo guardó. Pesaría un kilo y medio, quizás un poco más. No alcanzaba para mostrarse, pero era un comienzo. Quedaban dos trampas. Se acordó de la voz de Rogelio: la novena siempre se hace rogar y la décima es la que te devuelve la plata.

    La novena venía pesadísima. Cuando asomó por la borda, Nilda se agachó a mirar por la boca y se le aflojaron los hombros. Había tres centollones apretados y nada más. Los pasó al cajón, uno por uno, con el guante, y volvió a calar la trampa con carnada nueva porque así lo mandaba la costumbre.

    Entró la décima. El cabo subió despacio, tenso, y Nilda sintió que algo grande se movía abajo. Sacó la trampa con las dos manos y la apoyó en la cubierta. Adentro había una centolla enorme, la más grande que había visto en el año. Dos kilos, por lo menos. Las patas rozaban la malla de lado a lado.

    Se quedó un rato quieta. Después abrió la tapa, la sacó con cuidado, la dio vuelta y miró la parte de abajo. El abdomen era ancho, redondo, y estaba cubierto de una masa naranja y compacta, apretada como un racimo. Era una hembra con huevos.

    —No me hagas esto —dijo Nilda, bajito.

    La centolla agitó una pata en el aire. Era lo único que se movía en toda la lancha, aparte del cormorán, que había dado un paso hacia adelante.

    Nilda conocía la regla desde hacía cuarenta años. Hembras al agua, siempre, y los machos chicos también. Rogelio la había repetido tantas veces que ya sonaba como un rezo. En el muelle nadie controlaba, ni a las seis de la mañana ni a las seis de la tarde. Podía taparla con una lona y ponerla debajo del cajón de los centollones. El domingo, la fuente en el medio de la mesa, su hija diciendo qué bárbara, mamá. Nadie se iba a enterar.

    Pensó en eso con claridad, sin enojarse. Después pensó en la campera naranja colgada del clavo.

    —Está bien —dijo—. Andá.

    La levantó con las dos manos, la sostuvo un segundo contra el pecho para que no se golpeara con la baranda y la apoyó sobre el agua. La centolla se soltó sola. Se hundió de espaldas, con las patas abiertas, y por unos metros todavía se la vio, anaranjada y torpe, bajando hacia el verde oscuro hasta que el canal se la tragó.

    Nilda secó el guante en el pantalón. Del cajón sacó el macho de la octava y lo puso en el piso, al sol que recién empezaba a pegar. Con los tres centollones de la novena, los dos de la tercera y la octava, le alcanzaba para una cazuela buena. No para una fuente en el medio.

    Volvió a calar las diez trampas con paciencia, una por una, y enfiló para el muelle con el viento de cara.

    El domingo, en la casa de la calle Maipú, hubo cazuela de centolla con papas y perejil. La hija probó la primera cucharada y levantó la vista.

    —Mamá, ¿y la grande que decía papá?

    Nilda se sirvió un poco de pan y miró por la ventana, hacia el canal, que esa tarde estaba liso como una chapa.

    —Se quedó trabajando —dijo.

    Joaquín, en brazos del padrino, estiró una mano hacia la olla y se rió, sin saber de qué.

  • El pan número cuarenta

    A las siete, con el sol recién apoyado en la sierra de Chañi, Demetrio Colque ya había partido treinta y nueve panes. Estaban en fila sobre la costra, parados de canto, tan blancos que había que mirarlos de costado. Primero cuadriculaba la superficie con el pico, después metía el hacha en las juntas y hacía palanca hasta oír ese crujido seco de cuando la sal suelta. No se apuraba. A tres mil cuatrocientos metros, el que se apura se queda sin aire antes de las diez.

    Ismael, su nieto, de diez años, acarreaba los panes de a uno hasta el borde de la ruta, abrazado a cada ladrillo como a un bebé que pesara de más. Tenía las manos agrietadas y los labios blancos de tanto lamerse.

    —Abuelo, ¿y el camión?

    —Viene. El Rubén nunca llegó tarde, solo llega con hambre.

    El camión llegó a las ocho y cuarto, un Mercedes celeste con acoplado, y de la cabina bajó Rubén Ledesma con el termo bajo el brazo y la cara de haber manejado desde Metán sin parar. Venía todos los años por esas fechas, antes de que se cerrara el tiempo de cortar, a buscar sal para las vacas de unos campos de Salta que Demetrio no conocía y nunca iba a conocer. Se tomaron un mate parados, mirando el salar. Del otro lado de la ruta cincuenta y dos, los muchachos de la cooperativa estaban cavando los piletones nuevos, y desde ahí llegaba el golpe parejo de las palas carboneras.

    —Cuarenta panes, como siempre —dijo Rubén.

    —Cuarenta. Faltan uno, nomás.

    Demetrio volvió al lugar donde había dejado marcado el último cuadro. Eligió la costra con cuidado, la golpeó con el canto del pico para escuchar el hueco, y empezó. El hacha entró, la palanca hizo lo suyo, y el pan salió entero, enorme, el más lindo de la mañana. Lo levantó con los dos brazos. Ismael corrió a ayudarlo.

    Fue entonces que se oyó el chasquido. No fue fuerte. Fue un ruido como de vidrio que se raja debajo de una mesa. Una línea fina corrió por el pan desde una esquina hasta la otra, y el pan, como si hubiera estado esperando que alguien lo mirara, se abrió en dos mitades que quedaron colgando de las manos del viejo.

    Nadie dijo nada. Se oía el viento arrastrando granitos por la superficie y, a lo lejos, las palas.

    —Dejá, Demetrio —dijo Rubén—. Con treinta y nueve me arreglo. Te pago los cuarenta y listo.

    —No.

    —Te estoy diciendo que no hay problema.

    —Yo vendo panes, no promesas. —Demetrio apoyó las dos mitades en el suelo con el mismo cuidado con que se apoya algo vivo—. Dame hasta el mediodía. Si me gana el viento, te pago yo el diésel.

    Rubén se encogió de hombros, se sirvió otro mate y se sentó en el estribo del camión. Conocía a Demetrio. Sabía que discutirle a un hombre de la sal era como discutirle a la sal.

    Ismael se quedó mirando las mitades. Después miró al abuelo.

    —¿Esos no sirven?

    —Para las vacas, sirven igual. Pero el que compra cuarenta quiere cuarenta enteros.

    —¿Y con estos qué hacemos?

    Demetrio tardó en contestar. Se sacó el sombrero, se pasó la manga por la frente, y se quedó mirando el borde del salar, donde la costra se acababa y empezaba la tierra amarilla del camino. De ese lado, en octubre, habían cavado el primer piletón del año.

    —Mi papá decía que la sal no se saca, que se pide prestada. Que uno se lleva lo que ella suelta y tiene que dejarle algo para que vuelva. —Hizo una pausa—. Yo siempre me reí. Pero treinta y cinco años de cortar y todavía no cortó un solo pan que se me rompiera así, justo el último.

    —¿Y qué le vas a dejar?

    —Ya veremos.

    Cortó el pan número cuarenta antes de las once. Lo hizo despacio, con la mano más firme que nunca, y salió entero, liso, con las esquinas vivas. Rubén lo cargó el último, sobre los otros treinta y nueve, y los acomodó con una lona atada con soga. Contó los panes dos veces, en voz alta, por costumbre y por cariño. Pagó, le dio la mano al viejo, le revolvió el pelo a Ismael y arrancó el camión rumbo a la Cuesta de Lipán, con el acoplado blanco brillando hasta que la ruta lo dobló.

    Quedaron solos en la orilla. El viento se había levantado y arrastraba una espuma fina de cristales por la costra.

    Demetrio agarró las dos mitades. Ismael se acercó a ayudar, pero el abuelo le hizo una seña para que agarrara una sola. Caminaron juntos hasta el borde del piletón recién cavado, ese agujero rectangular de cuatro metros por dos y medio, todavía con la salmuera quieta y oscura en el fondo. Ahí, en la esquina donde el sol pegaba primero, Demetrio hincó su mitad de pan en la tierra, de canto, firme. Le hizo señas al chico para que pusiera la otra al lado.

    —¿Para qué?

    —Para que la sal sepa dónde vuelve.

    Ismael clavó su mitad. Las dos quedaron paradas, blanquísimas, contra la tierra amarilla, una al lado de la otra como dos manos abiertas. El viento les pasó por encima y no las movió.

    El chico se agachó, mojó el dedo en la salmuera del piletón y se lo llevó a la boca. Hizo una mueca. Demetrio se rió por primera vez en el día, con una risa corta, de garganta, y se acomodó el sombrero.

    —Falta mucho —dijo—. Hasta diciembre llueve. Después la sal florece sola. Vas a ver.

    Ismael asintió, con los labios blancos otra vez, mirando las dos mitades de pan que marcaban el lugar, y tuvo la impresión, que no le contó a nadie, de que el piletón respiraba.

  • La palabra del medio

    El viento de septiembre le había doblado a Emrys Pugh el sombrero dos veces entre la chacra y el pueblo, y las dos veces lo había recuperado sin soltar la bicicleta. Ahora, en la cocina, con el sombrero sobre la mesa, miraba a su nieto como se mira una acequia tapada.

    —Otra vez —dijo.

    —Taid, ya lo dije diez veces.

    —Lo dijiste diez veces mal. Otra vez.

    Joaquín tenía doce años, una campera de Racing y una hoja impresa con tres estrofas en galés que debía recitar el sábado en el Eisteddfod de la Juventud. Las estrofas le salían. Con trabajo, con las erres arrastradas de una manera que a Emrys le parecía aceptable, pero le salían. La palabra del medio era otra cosa.

    —Hiraeth —repitió el chico, y la dijo como se dice «hirait», con la ele de la «aeth» perdida en algún lado.

    —No. Es más de garganta. Es como si extrañaras algo que no sabés dónde dejaste.

    —Yo extraño a mi mamá cuando se va a Trelew a trabajar. ¿Eso es hiraeth?

    —Eso es extrañar. El hiraeth es cuando lo que extrañás ya no está en ningún lado.

    Joaquín se quedó callado. Del otro lado de la ventana se veía la hilera de álamos y, más allá, la barda amarilla, y entre los dos el canal de riego con un hilo de agua que brillaba como un alambre. Olía a leña de la salamandra y a torta negra de la víspera, que Emrys había comprado en la casa de té de la avenida Yrigoyen porque hacerla él mismo hubiera sido una falta de respeto a la memoria de Gladys.

    Gladys había muerto en marzo. Emrys no lo decía así. Decía «cuando faltó Gladys», como si hubiera faltado a una cita.

    —Vamos a caminar —dijo, y se puso el sombrero.

    Bajaron por la calle Michael D. Jones, entre casas de ladrillo a la vista con techos de chapa acanalada. En el Instituto Camwy sonaba un piano mal afinado. Joaquín pateaba una piedra. Emrys caminaba con las manos atrás, y de a ratos le corregía una vocal sin mirarlo.

    —Ahí no, ahí es corta.

    —Taid, me estás poniendo nervioso.

    —Si te pongo nervioso es que estás prestando atención.

    Llegaron a la vieja estación, hoy museo, y cruzaron hasta el túnel del tren, esa curva de ladrillo larga y fresca que huele a piedra mojada aunque no haya llovido en semanas. Adentro la voz rebotaba. Emrys se paró en el centro, donde el techo se cerraba, y dijo:

    —Acá. Decilo acá.

    —¿Por qué acá?

    —Porque tu abuela decía que en este túnel las palabras se confesaban.

    Joaquín lo miró un segundo, medio riéndose, medio no. Después carraspeó, apoyó la hoja contra el pecho y dijo la estrofa entera. Las erres le tropezaron, la tercera línea se le enredó, y cuando llegó a la palabra del medio la soltó despacio, con una aspiración rara al principio y un cierre blando al final, no como la dicen en Gales ni como se la enseñaban en el Camwy, sino como…

    Emrys dejó de respirar.

    —Otra vez —susurró.

    —Hi-raeth —dijo el chico, desconcertado, y el túnel se la devolvió dos veces, más grave.

    Era la voz de Gladys. No la voz: la manera. Gladys, nacida en el valle, nieta de colonos, con el galés heredado de una abuela y aprendido a medias en las capillas, había dicho toda su vida «hiraeth» con una ese casi inaudible, un resbalón del idioma, una marca de chacra. Los visitantes de Gales, en las casas de té, la habían corregido con cortesía durante cuarenta años. Ella sonreía y seguía diciéndolo igual.

    —¿La dije mal otra vez? —preguntó Joaquín.

    Emrys se sacó el sombrero. Lo sostuvo contra el pecho como se sostiene algo en un velorio, pero estaba sonriendo.

    —No —dijo—. La dijiste como se dice en esta casa.

    —Pero el jurado…

    —El jurado va a tener que acostumbrarse.

    Salieron del túnel al sol. Afuera el viento les pegó de costado y a Emrys se le voló el sombrero por tercera vez, y esta vez lo dejó ir. Joaquín salió corriendo detrás, con la hoja arrugada en una mano, y lo atrapó contra el alambrado de una quinta. Volvió con el sombrero apretado en el puño y la campera embarrada hasta la rodilla.

    —Lo tengo, Taid.

    —Ya vi.

    —¿Lo practicamos una vez más antes de cenar?

    Emrys le acomodó el sombrero en la cabeza, que le quedaba grande, y le tapó los ojos hasta la nariz.

    —Una más. Pero la decís así, como recién.

    Caminaron de vuelta hacia la chacra. Atrás, en el túnel, la palabra seguía dando vueltas un rato entre los ladrillos, pequeña, torcida, de acá, hasta que el viento la sacó por la boca de la barda y la llevó río abajo, donde el agua del Chubut se llevaba todo con paciencia.