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  • El preso de las tres y diez

    A las tres y diez, cuando el tren de la tarde entraba a la parada de La Macarena con el humo bajo y el silbido largo, Wenceslao Haro ya estaba en su lugar: junto al cartel de madera, con el traje de rayas grises y negras, la gorra de paño y el número 117 cosido en el pecho. Hacía diecinueve inviernos que era preso. Cobraba por eso, con recibo de sueldo y obra social.

    El oficio tenía sus reglas. Había que sostener el hacha de utilería sin mirar a cámara, dejarse sacar la foto con los turistas, cobrar la propina en una lata de aceitunas y devolver el cambio sin romper el personaje. A los guardas, vestidos con capote azul, les tocaba el silbato. A él le tocaba cara de condenado, que a esa altura le salía sola con el viento del valle.

    Esa tarde el Pipo bajaba ancho y marrón, cargado de deshielo, y del lado del Cerro Guanaco entraba una llovizna finita que se pegaba a los vidrios del tren. Los coches vomitaron turistas con camperas de colores, celulares en alto, gorros con pompón. Una señora se persignó al verlo. Dos chicos le pidieron que pusiera cara fea. Un jubilado de Rosario le sacó la mano para saludarlo, como a un colega.

    —Mucho gusto, soy Ernesto. Yo trabajé treinta años en la Fabril.

    —Wenceslao —dijo él—. Pero acá soy el ciento diecisiete.

    Ernesto se rió y dejó cinco mil pesos en la lata.

    Fue después, mientras acomodaba la manta sobre el tronco donde se sentaba entre tren y tren, que sintió un tirón en la manga. Era una nena de unos siete años, de rulos mojados, con un gorro rosa que le tapaba las orejas. Hablaba en portugués y señalaba el número del pecho.

    —Ela quer saber se você é um preso de verdade —tradujo un hombre que venía atrás, con un termo y cara de cansancio—. Disculpe. Desde que subió al tren que pregunta lo mismo.

    Wenceslao se agachó. Le dolían las rodillas, y ese dolor era lo único auténtico de todo el atuendo.

    —Preso preso, no —dijo, y después, como la nena no entendía, repitió despacio, sacudiendo la cabeza—. Soy de mentira. Pero los de verdad existieron.

    El padre tradujo. La nena frunció la boca, como si la respuesta le pareciera una estafa menor, y señaló el tronco: ¿y por qué estaba ahí, entonces? Wenceslao miró el valle. Lo había contado mil veces con el mismo tono de guía: el presidio, la leña, los rieles, la locomotora que se llamaba La Coqueta y que paraba en esta misma curva a cargar agua. Esa tarde le salió distinto, más lento.

    —Porque acá se paraba el tren de los presos —dijo—. Venían a cortar madera para calentar el pueblo. Hacía el mismo frío que hoy, pero con ropa peor. Los guardas tocaban el silbato para volver. Si alguien se quedaba mirando el río, se quedaba.

    —¿Y vos te quedás mirando el río? —preguntó el hombre, traduciendo una pregunta que la nena ya había hecho con los ojos.

    —Todos los días —dijo Wenceslao—. Es lo único que se puede hacer sin que nadie te lo mande.

    La nena asintió, muy seria. Se sacó del bolsillo un caramelo de miel, lo apoyó en la palma de él y se fue hacia el mirador sin esperar la traducción. Wenceslao quedó con el caramelo en la mano, con el número 117 mojado de garúa. Nunca nadie le había pagado en caramelos. Se lo guardó en el bolsillo del pantalón de rayas, donde la tela era más gruesa.

    Esa noche, en la casa de Andorra, mientras la estufa de leña le secaba las botas, su mujer le preguntó por qué sonreía con la sopa. Él dijo que por nada. Al rato, que había conocido a una colega.

    A las tres y diez del día siguiente el tren volvió a entrar por el Puente Quemado, con el humo bajo y el silbido largo, y los guardas de capote azul bajaron primero. Wenceslao se acomodó la gorra, enderezó el número y se quedó mirando el río, un rato más de lo que mandaba el guion, hasta que sonó el silbato y todos volvieron a subir.

  • Tres golpes y una pausa

    A las diez de la noche, con la persiana a medio bajar y el ventilador de pie girando para ningún lado, Aníbal Sotelo clavaba la última tachuela en el taco de unas sandalias de raso rojo. Hacía cuarenta y un años que tenía la zapatería en Cambá Cuá, pegada a la verdulería de los Ayala, y en febrero, como todos los febreros, la vereda olía a cola de contacto, a cuero mojado y a mandarina podrida de la bolsa que alguien había dejado en la esquina.

    Faltaban tres días para la primera noche del corso. Desde enero le habían llegado doscientos pares: tacos que se aflojaban, correas que cedían con el sudor, suelas que se despegaban después del ensayo en la avenida. Los pasistas bailaban con el calzado en la mano hasta el último minuto y se lo calzaban recién en la fila, frente al cordón de seguridad. Aníbal lo sabía. Por eso cosía doble.

    Cuando sonó la campanita de la puerta ya había dado por cerrado el día.

    —Don Aníbal, perdone la hora.

    Era una chica de unos veinte años, con el pelo recogido en un rodete y una bolsa de supermercado colgando de la mano. Tenía el delantal de una casa de comidas todavía puesto. Dejó la bolsa sobre el mostrador y sacó de adentro un par de zapatos de baile color champán, de taco bajo, con la punta gastada y una tira de elástico remendada con hilo azul.

    —Eran de mi abuela —dijo—. Los usó en la comparsa cuando se armó la primera, allá por el sesenta y pico. Yo desfilo el sábado en el grupo de las abuelas. Quiero decir, desfilo en su lugar. Ella ya no puede.

    Aníbal agarró un zapato y lo giró contra la luz del tubo. Era cuero de cabritilla, cosido a mano, de esos que ya no entraban al local. La suela estaba partida al medio, de lado a lado, como una galleta.

    —Esto no va más, nena.

    —Ya sé.

    —No es que no quiera. Es que la suela se rindió. Habría que cambiarla entera, y el cuero de arriba está más seco que pan de ayer. Si lo tocás, se rompe.

    La chica no dijo nada. Miró el piso, las virutas de goma, el calendario de la Virgen de Itatí colgado de un clavo. Se llamaba Brisa. Lo dijo después, cuando él le preguntó, para decir algo.

    —Mi abuela Ramona dice que si no desfilo con estos, no desfilo. Que ella los usó la primera noche en que las comparsas bajaron por la avenida Costanera, cuando todavía no había corsódromo y las plumas las traían de Brasil en cajas de manzana. Dice que bailó con esos zapatos tres horas y que no se le soltó ni un hilo.

    —Tu abuela tiene buena memoria.

    —Tiene noventa y uno. Se acuerda de todo menos de lo que desayunó.

    Aníbal sonrió sin querer. Dejó el zapato sobre el paño. Le dio vueltas a la idea un rato largo, mientras el ventilador movía el calendario y desde la cuadra de al lado venía un bombo de ensayo, tres golpes y una pausa, tres golpes y una pausa.

    —Mirá —dijo al fin—. Yo no te puedo arreglar estos zapatos. Pero te puedo hacer otros adentro de estos.

    —¿Cómo adentro?

    —Los desarmo con cuidado. Saco el forro y la plantilla vieja. Armo una suela nueva y un contrafuerte nuevo, y el cuero de la abuela queda como cáscara, cosido por encima. De afuera son los de ella. De adentro, son míos.

    —¿Y se puede?

    —Se puede. Pero no te prometo que vayan a quedar iguales.

    —No quiero que queden iguales —dijo Brisa—. Quiero que aguanten.

    Trabajó dos noches. La primera, hasta las tres de la mañana, descosió con una hoja de afeitar cada punto original, uno por uno, tratando de no leer demasiado en la letra de la costurera: puntadas chiquitas, parejas, con un nudo particular que él nunca había visto, doble y torcido. La segunda noche cortó la suela nueva con el cuchillo de media luna y la pegó con tiento, sin apurar el secado. Para el taco, usó un trozo de la madera de una banqueta que se le había roto a su mujer, que en paz descanse. No se lo dijo a nadie.

    El viernes a la tarde, Brisa volvió con la abuela.

    Ramona venía en silla de ruedas, con una manta de lana pese a los treinta y ocho grados. Tenía las manos como raíces. Sin decir nada, extendió el brazo y Aníbal le puso los zapatos en el regazo. Ella los palpó con la yema de los dedos: la costura, la punta, el lugar justo donde antes el cuero se había plegado por el uso. Después los dio vuelta y miró la suela nueva, clara, sin una sola mancha.

    —Esto no es mío —dijo.

    Aníbal se secó las manos en el delantal.

    —No, señora. La suela es nueva.

    —Ya veo. —La vieja siguió tocando—. Pero el resto sí. Hasta el hilo azul.

    Hubo un silencio corto. Por la puerta entraba el sol de la tarde, ancho, anaranjado, con polvo flotando adentro.

    —Se los voy a dejar a la nena —dijo Ramona—. Usted me hizo un favor, que es no hacer como que no se rompió.

    No quiso que le pagaran. Brisa dejó igual los billetes doblados bajo el pisapapeles, y Aníbal los encontró recién cuando cerró.

    El sábado, a la una de la mañana, estaba parado detrás de la valla del corsódromo Nolo Alías, con la camisa más buena y un vaso de cerveza tibia. Cuando pasó el grupo de las abuelas, buscó el rodete, los zapatos champán. Los vio entre las plumas y las luces, subiendo y bajando sobre el asfalto con un ritmo que él conocía, el de tres golpes y una pausa.

    No se soltó ni un hilo.

  • Todo bien, Eulogia

    A las doce y veinte, Noemí Ledesma ya tenía los avisos ordenados sobre la mesa de la radio, con el broche de ropa que usaba para que el aire de la ventana no se los llevara. Eran nueve papeles. Una remisería de Victorica avisaba que los martes no salía a los parajes. Un chico de la escuela de Telén le recordaba a su tío que lo esperaban con la garrafa. Y el último, escrito con lápiz de carpintero sobre el dorso de una factura de la cooperativa, era el de siempre: «Ceferino Arancibia le avisa a su hermana Eulogia, en Santa Rosa, que está todo bien».

    Hacía once años que ese aviso salía todos los viernes. Noemí lo había leído con resfrío, con la voz quebrada y una vez con el hijo con fiebre en el pasillo del estudio. Nunca había conocido a Ceferino. Sabía que vivía en un puesto sobre la ruta 105, entre los caldenes, y que alguien se lo alcanzaba hasta la radio cada semana: primero un camionero, después una maestra, ahora un chico que pasaba en bicicleta y lo metía por debajo de la puerta.

    Ese viernes de octubre el pampero empezó a las once. Primero fue un zumbido en las chapas del techo, después una nube color ladrillo que se comió la plaza Héroes de Cochicó, y a las doce y veinticinco, con Noemí ya sentada frente al micrófono, la luz hizo un clac y el estudio se quedó a oscuras. Se apagó el transmisor. Se apagó la lamparita roja de «Al aire». El único ruido que quedó fue el del viento revolviendo las ramas contra el vidrio.

    —¡Ay, no! —dijo Noemí, a nadie.

    Probó el interruptor tres veces. Salió al pasillo y miró el tablero. Llamó a la cooperativa desde el teléfono de línea, el beige, que seguía funcionando porque nadie se acordaba de que existía. Le dijeron que el viento había tirado una línea cerca de la laguna y que a las tres, con suerte.

    Tres horas. Eulogia, en una cocina de Santa Rosa, tenía la radio prendida desde las doce y cuarto. Eso lo sabía Noemí porque una vez, hacía años, había llegado una carta con letra temblorosa que decía: «Gracias por la voz. Yo me siento con el mate y lo escucho a mi hermano». Nada más. Sin remitente.

    Se quedó mirando el papel. No era un mensaje importante, no avisaba de una muerte ni de un parto ni de un camión varado. Decía que no pasaba nada. Pero lo que Eulogia escuchaba, en verdad, era que su hermano seguía vivo un viernes más, y para eso hacía falta que alguien dijera su nombre en un aire que llegara.

    Entonces golpearon la puerta del estudio. Dos golpes secos, de nudillo duro.

    Era un hombre flaco, con boina clavada hasta las cejas, botas con tierra colorada y un sobre de papel madera en la mano. Detrás, apoyada contra la pared del pasillo, había una bicicleta.

    —¿Usted es la que lee? —preguntó.

    —Soy Noemí.

    —Ceferino. —Se sacó la boina—. El chico no pudo venir con este viento, se le voló una rueda. Me vine yo. Fueron veintidós kilómetros en la camioneta, y casi me da vuelta en la curva del médano.

    —Don Ceferino, no hay luz. No salimos al aire.

    Él miró alrededor, la lámpara apagada, los auriculares colgados, el micrófono mudo como un hueso. Se lo veía más chico adentro del estudio que afuera.

    —Entonces no sale.

    —No sale hasta las tres.

    —Ella se sienta a las doce y media. Hace once años que se sienta a las doce y media.

    Noemí lo supo ahí. No tuvo que pensarlo. Agarró el teléfono beige, lo puso sobre la mesa, entre los dos, y le pidió a Ceferino que le dijera el número. Él lo dijo despacio, de memoria, con el área de Santa Rosa y todo. Sonó cuatro veces.

    —¿Hola? —dijo una voz finita, del otro lado—. ¿Quién es?

    —Eulogia, soy Noemí, de la radio de Victorica.

    Hubo un silencio largo, de esos que tienen un hervor atrás.

    —¿Le pasó algo a Ceferino?

    —No, no. Está acá, al lado mío. Se cortó la luz y no pudimos salir al aire, pero él quería que usted escuche su aviso. Se lo voy a leer por teléfono, si le parece.

    —Ay, nena. —Y la voz se achicó—. Leémelo como en la radio, por favor. Yo estoy acostumbrada a como lo lee.

    Noemí se acomodó en la silla. Se enderezó, aunque nadie la veía. Enderezó el papel contra el tablero apagado. Tomó aire por la nariz, como le habían enseñado en el curso de locución hacía treinta años en un salón de Santa Rosa, y habló con la voz que usaba para el aire, la de las doce y media, la que no era más grave que la suya pero sí más lenta.

    —Mensaje al poblador rural. Ceferino Arancibia le avisa a su hermana Eulogia, en Santa Rosa, que está todo bien.

    Del otro lado se oyó que algo se apoyaba sobre una mesa, quizás una pava, y después una respiración.

    —Otra vez —pidió Eulogia—. Que lo oiga la vecina, que está acá.

    Noemí lo leyó otra vez. Ceferino, parado junto a la puerta, con la boina apretada entre las dos manos, miraba el micrófono apagado como si de verdad fuera a salir de ahí la voz. Afuera, el pampero seguía arrancando polvo de la calle, y en el techo de chapa alguna cosa suelta golpeaba al ritmo de una cumbia lenta.

    —Dígale que el viernes que viene también —dijo Eulogia, ya riéndose un poco—. Y que se corte el pelo.

    —Dice que el viernes que viene también —repitió Noemí—. Y que se corte el pelo.

    Ceferino se puso la boina, y se la volvió a sacar.

    —Que no se le acabe el crédito —dijo, y dejó en la mesa las dos fichas de la cooperativa que tenía en el bolsillo, como si el teléfono las necesitara.

    A las tres menos diez volvió la luz. La lamparita roja se encendió sola, sin que nadie la tocara, y Noemí la miró un rato largo. Después acomodó los nueve avisos y empezó otra vez desde el principio, por la remisería. Ya no hacía falta que el último saliera al aire, pero lo leyó igual, para que lo oyera el viento, que ahí afuera sabía tan bien como ellos que todo estaba bien.

  • El alambre en el tercer pasillo

    A las siete menos diez, con la escarcha todavía crujiendo sobre el pasto, Rodolfo Luna encontró el hueco. Era del ancho de un hombre flaco, en el tercer pasillo del laberinto, justo donde las coníferas dobladas hacia adentro formaban una pared que había tardado catorce años en cerrarse. Alguien había pasado por ahí. O algo: la helada de la noche había secado una mata entera, y la mata se había caído sin ruido, como se cae un abuelo en un velorio.

    Se sacó el gorro de lana y lo apretó contra el pecho. Nono, en octubre, no debería haber amanecido a cuatro bajo cero. Pero así venía el año, y a las seis la radio de Mina Clavero había dicho que cerraban el Camino de las Altas Cumbres por hielo en la parte alta, y que ningún colectivo cruzaba desde Córdoba hasta nuevo aviso.

    Eso era lo que le importaba. Porque Marisol, su nieta, de nueve años, venía en el de las diez.

    Hacía dos veranos que Marisol le preguntaba lo mismo por teléfono: “Abuelo, ¿ya se puede llegar al medio?”. Y él le contestaba que no, que faltaba un tramo, que las plantas tienen su tiempo. Era mentira a medias. El tramo que faltaba era el último, el que llevaba al centro, a un banco de madera bajo el mirador desde donde se ve todo el recorrido y uno se da cuenta de que el laberinto, desde arriba, es fácil. Esa era la gracia. Había que perderse para después poder reírse.

    Rodolfo había prometido que para esa visita el camino estaría cerrado en el verde y abierto en el sentido correcto. Y ahora tenía un agujero.

    —Don Rodolfo —dijo una voz desde la entrada—, ¿está bien?

    Era Cintia, la chica que vendía las entradas, con una campera de plumas hasta las orejas y un termo bajo el brazo.

    —Se secó una mata. Ahí. Mirá.

    Cintia se asomó y silbó bajito.

    —Qué cagada. ¿Se arregla?

    —Con una planta nueva, en cinco años. Con alambre y ramas, en una hora, pero queda feo.

    —¿Y la nena?

    —Llega a las diez. Si el micro llega.

    Se quedaron callados. De lejos, desde la ruta 14, venía el ruido de un camión cambiando de marcha. El sol recién asomaba por encima de las Sierras Grandes y pintaba de naranja el borde del mirador.

    Rodolfo fue hasta el galpón, sacó el rollo de alambre, las tijeras de podar, un balde de ramas secas que guardaba para el fuego. Trabajó con las manos entumecidas, trenzando, atando, apretando. Cintia le alcanzaba las ramas, una por una, sin hablar. A las ocho y media el hueco estaba tapado con algo que parecía una pared, siempre que uno no lo mirara de frente.

    —Cuando crezca nadie se acuerda —dijo ella.

    —Yo me acuerdo.

    A las diez menos veinte llamaron de la terminal. El micro había salido de Córdoba a las siete y estaba parado en Cuesta Blanca esperando que abrieran. A las once avisaron que habían habilitado el paso con cadenas. A las doce y cuarto, Rodolfo ya había perdido la cuenta de las veces que se había lavado las manos sin motivo.

    El micro entró a Nono a la una menos diez. Marisol bajó con una mochila rosa que le llegaba a las rodillas y un gorro con orejas de oso, y antes de saludar mir��� el cielo.

    —Abuelo, ¡había nieve! En la ruta había nieve. Pasamos por al lado.

    —Ya me contaron.

    —¿Y el laberinto?

    —Está. Venite.

    La llevó de la mano por la calle de tierra, entre los paredones de adobe y los perros dormidos al sol. Compraron las entradas sin que Cintia cobrara. Entraron.

    Marisol corrió. Dobló a la derecha, a la izquierda, volvió, se quejó, se rió. A los veinte minutos estaba en el tercer pasillo, y Rodolfo, que la seguía unos pasos atrás, se puso tenso.

    Ella se detuvo frente a la pared de ramas atadas. La tocó con un dedo. Tiró de una punta.

    —Abuelo, esto es de alambre.

    —Se secó una planta anoche. Con el frío.

    —¿Te dolió?

    Rodolfo no supo qué contestar. Marisol lo miró un rato, con esa seriedad que tienen los chicos cuando están decidiendo si perdonan.

    —Podemos plantar otra al lado —dijo—. Así cuando esté grande, la de alambre se saca.

    —Tarda cinco años.

    —Yo vengo todos los veranos.

    Se quedó mirando el alambre. Después se dio vuelta y siguió por el pasillo de la izquierda, el equivocado, el que da vuelta sobre sí mismo, y él la oyó contar en voz alta los pasos hasta que la voz se fue achicando entre las coníferas.

    Esa tarde, mientras Marisol dormía la siesta con las botas puestas, Rodolfo fue al vivero de la ruta y compró una planta de un metro, con el terrón envuelto en arpillera. La puso en el balde del baúl, la cubrió con una manta. Volvió al tercer pasillo cuando ya bajaba el sol.

    Cavó el pozo al lado del alambre, a pulso, con la pala corta. La tierra estaba dura de frío pero húmeda abajo. Puso la planta, la afirmó con los pies, la regó con el último termo de agua tibia. Dejó el balde boca abajo para marcar el lugar.

    Cuando se incorporó, el mirador ya tenía el sol en el techo, y desde ahí, al fondo, vio una cosa que no había notado nunca: que desde el medio, el laberinto entero hacía una sombra larga, de punta a punta, y que en esa sombra, en el tercer pasillo, había ahora un punto más claro, el de la planta nueva.

    Se sacó el gorro otra vez. No lo apretó contra el pecho. Lo dejó colgado del alambre, para que se acordara.

  • El estofado de la última esquila

    A las cuatro y media, con la meseta todavía negra y el viento ya picando contra las chapas del galpón, Evelio Catrileo prendió el fogón que había armado con dos neumáticos viejos cortados al medio. Hacía treinta y un años que era cocinero de comparsa y no había aprendido a quererle el amanecer a la Patagonia: lo aguantaba, como se aguanta a un cuñado.

    Esa era la última esquila. Se lo había dicho al maquinista en septiembre, en el patio de su casa de Gobernador Gregores, mientras le cebaba un mate: “Después de esta, me quedo”. Don Lázaro, que manejaba la comparsa desde los tiempos del camión Mercedes, había asentido sin discutir. Con los años uno aprende cuándo una frase ya está decidida.

    Lo único que Evelio quería era hacer, una vez, el estofado de capón de su madre. No el guiso de todos los días, de fideos y papa, que alcanza para veintidós bocas. El de ella: capón viejo, cebolla quemada a propósito, un chorro de vino tinto malo y cuatro horas de cazuela de hierro tapada con una chapa. Pero el campo, a cuarenta kilómetros de Gregores por un camino de ripio, tenía una cocina a gas con dos hornallas y una sola garrafa, y el patrón había dicho que el gas era para el desayuno y para el mate de la tarde.

    Así que el fogón.

    A las seis ya estaban todos en el galpón. Evelio los oía desde la cocina, un cuarto de chapa adosado: la máquina de esquilar arrancando con su ronquido, los tijeretazos secos de los peines, el golpe de los corderos contra el piso de tablas. Afuera, las ovejas apretadas en el corral levantaban un polvo fino que se mezclaba con el humo.

    Tomás, el playero, entró a las nueve por el agua caliente. Tenía dieciséis años y el pelo duro de lanolina.

    —Tío Evelio, el Cacho dice si hay para un mate.

    —Que venga él, si tiene sed.

    —No puede. Está en la lata veinte.

    Veinte era el número de ovejas que el Cacho Maldonado llevaba esquiladas esa mañana. Tomás los contaba con fichas de chapa que repartía en una caja de lata, una por animal, para que a la tarde cada uno cobrara lo suyo. Evelio le llenó el termo y le puso dos facturas duras envueltas en un repasador.

    A las once, el viento se dio vuelta.

    Lo sintió en la cara antes de entender: primero soplaba de frente y de golpe le pegó de costado, con una mano ancha y fría, y la brasa del fogón se levantó en un solo remolino anaranjado. Evelio se tiró sobre la cazuela con el cuerpo entero. Se quemó el antebrazo. No importó. La chapa que cubría el hierro salió volando hasta el alambrado, y el estofado, que llevaba dos horas y media de hervor suave, quedó a la intemperie con una película de ceniza encima.

    Se quedó un rato sentado en el suelo, con la espalda contra la pared de chapa y la manga arremangada. Se le había metido tierra en el ojo. Pensó que no iba a llorar por un guiso. Lloró un poco, igual, por la tierra.

    —¿Y esto? —dijo una voz.

    Era Casimira, la clasificadora, una mujer flaca de Comodoro Rivadavia que se había sumado a la comparsa hacía tres temporadas y que nunca hablaba de más. Traía un guante de cuero en una mano y un fardo de bolsas en la otra.

    —Se me voló la tapa.

    Casimira miró la cazuela. Metió una cuchara de palo, sacó un poco de caldo y lo sopló. Probó.

    —Está ceniza —dijo—. Pero debajo hay algo.

    Fue a buscar la chapa al alambrado, la sacudió y la apoyó otra vez sobre la cazuela. Después juntó cuatro pilas de leña de calafate que había dejado Evelio contra la pared, las acomodó alrededor de la cazuela como un muro bajo, y se quedó un momento mirando cómo el viento chocaba contra eso y se abría hacia los costados.

    —Así no te lo apaga más —dijo, y volvió al galpón.

    El resto de la mañana, Evelio lo pasó con un trapo mojado alrededor del brazo, sacando con una cuchara la ceniza de la superficie y echando agua tibia para reponer lo que se había perdido. Rescató lo que pudo. Salvó, calculó, un tercio.

    A las doce y media sonó la campana de chapa. Los esquiladores entraron al comedor con los hombros tiesos y las manos llenas de grasa, se sentaron a lo largo de las dos mesas y se quedaron mirando las cazuelas. Evelio las puso adelante sin discurso. El olor a vino quemado y a cebolla se subió al techo.

    Nadie dijo nada durante un minuto largo. Don Lázaro dejó la cuchara a la mitad.

    —Esto —dijo— es el de tu mamá.

    —Un poco ceniza —dijo Evelio.

    —Un poco —dijo don Lázaro, y siguió comiendo.

    Cuando terminaron, los platos salieron limpios, con la salsa pasada con pan. El Cacho Maldonado se levantó el último. Metió la mano en el bolsillo de la campera y sacó una ficha de chapa, de las que Tomás repartía por oveja. La dejó caer en la cazuela vacía, donde sonó, ting, contra el hierro.

    Después fue Casimira. Después Tomás. Después los otros, de a uno, sin mirarlo, como quien deja una propina en la mesa de un bar. Eran fichas ganadas con el cuerpo, que a la tarde se iban a convertir en plata.

    Evelio no las tocó. Se quedó parado junto a la cazuela con el trapo mojado en el brazo, escuchando cómo el viento seguía golpeando contra el muro de calafate. A la noche las contó: veintidós. Las guardó en la lata de galletitas donde tenía la libreta de enrolamiento y la foto de su madre, y esa temporada, cuando le preguntaron qué iba a hacer después de la esquila, respondió que todavía no sabía.

  • Veinte kilos de torrontés

    Jésica Mamaní cumplió quince en febrero y en marzo ya tenía manos de cosechera: pegajosas hasta la muñeca, con un tajo chico en el pulgar que no recordaba haberse hecho. Eran las seis y diez de la mañana. El sol todavía no había pasado la cresta del cerro, pero bajo el encatrado de la finca, a la salida de Cafayate por el camino al Río Colorado, ya se oía el crac de las tijeras y el golpe de los cajones plásticos contra la tierra.

    —Esta fila es nuestra —dijo Norma, su mamá, y le señaló dos hileras de torrontés con el mentón, porque tenía la muñeca derecha envuelta en una venda elástica color piel.

    Jésica asintió. No habían hablado de la venda. Habían hablado, en cambio, del micro de las cinco de la mañana del jueves a Salta, del turno con el traumatólogo del hospital y de lo que costaba faltar a un día de trabajo cuando se cobra por cajón. La cuenta la había hecho Jésica en el reverso de un sobre de la luz: con sesenta cajas entre las dos antes del miércoles, alcanzaba el pasaje, el almuerzo y el día perdido. Hoy tenían que hacer veinte.

    —Se corta el racimo entero, no lo desgranes —le recordó Norma—. Y no te pongas en la fila de los grandes, que ahí la uva cuelga alta y te vas a querer parar en el cajón.

    —Ya sé, má.

    Al principio fue una cuestión de aprender dónde apoyar el cuerpo. La uva colgaba bajo las hojas, dorada y apretada, con ese polvito blanco que se queda en los dedos, y el olor era el de una flor a la que alguien le hubiera echado azúcar. Las avispas rondaban los racimos más maduros. Jésica aprendió a esperar a que se fueran antes de cortar. Aprendió también que el cajón de veinte kilos pesa mucho más a la hora de levantarlo que a la hora de llenarlo.

    A las ocho y media el capataz, don Ismael, pasó con el tractor y el acoplado y fue marcando con tiza en una pizarra de mano. Jésica ya tenía siete. Norma, cuatro, porque trabajaba con la mano buena y la otra de ayuda, como una pinza torpe.

    —Dale, nena —dijo don Ismael, sin parar el tractor—. Con ese ritmo te nombro mi mejor cortadora.

    Jésica no se rió. Estaba contando.

    Hacia las diez, una de las mujeres de la fila de al lado levantó la cabeza y se quedó mirando al oeste. Por encima del cerro, sobre el lado de la quebrada, el cielo se había puesto de un gris azulado que no tenía nada que ver con el celeste de recién. El aire dejó de moverse. Las hojas quedaron quietas, como si alguien las hubiera apagado.

    —Viene feo —dijo la mujer, bajito.

    Don Ismael frenó el tractor y se paró en el estribo. Miró el cielo un largo rato, con la mano de visera.

    —Puede ser piedra —dijo al fin—. Puede que no. Pero si es, la uva que no está en el acoplado no se salva. Apúrense.

    Nadie gritó. En la vendimia nadie grita; se corta más rápido y punto. Jésica empezó a oír el ritmo de las tijeras acelerándose a su alrededor, el crac, crac, crac de veinte personas que de pronto tenían la misma cuenta que ella.

    —Mamá —dijo—, pasate a mi fila. Vos cargá, yo corto.

    —Jésica…

    —Cargá.

    Norma abrió la boca y la cerró. Dejó la tijera en el bolsillo del delantal, agarró el cajón con el antebrazo bueno y lo arrastró hasta el pasillo, y de ahí en adelante la fila fue un solo movimiento: la tijera de Jésica, el racimo cayendo en el cajón, el cajón llenándose, la mano de Norma sacando el cajón lleno y poniendo uno vacío. Jésica ya no oía nada, salvo cuando algo le pegó en la nuca, una gota gruesa y fría, y después otra en el dorso de la mano. Siguió cortando.

    Cayeron dos piedritas del tamaño de un garbanzo. Rebotaron en la tierra con un ruido seco. Después cayeron unas gotas más, y el olor a polvo mojado subió de golpe, tan fuerte que Jésica sintió que se le cerraba la garganta. Entonces, tal como había llegado, el gris se corrió hacia el sur, hacia Tolombón, arrastrando la sombra por encima de los cerros. El sol volvió a pegar sobre los cajones y las hojas mojadas brillaron como si las hubieran barnizado.

    Nadie dijo nada durante un minuto. Alguien se rió. Después otro. Don Ismael se bajó del estribo, se sacó el sombrero y se pasó el brazo por la frente.

    —Esta vez nos perdonó —dijo—. Hoy no pasa nada. Cuenten lo que tienen.

    Jésica se enderezó. Le dolía la espalda, ahí donde nunca había sabido que tenía músculos. Tenía las manos moradas de jugo y las uñas negras. Norma se había sentado sobre un cajón vacío con la muñeca contra el pecho, como a un pájaro.

    Don Ismael pasó por la fila con la pizarra y fue contando cajones con el dedo, moviendo los labios. Cuando llegó al final se quedó un momento mirando la tiza.

    —Veintitrés —dijo—. Entre las dos, veintitrés. Anoto todo a nombre de la mamá, ¿no?

    —Anótelos a nombre de las dos —dijo Norma.

    Don Ismael levantó las cejas, pero escribió. Jésica vio las dos letras, una J y una N, una pegada a la otra, y la raya al lado con veintitrés palitos.

    A las dos de la tarde se subieron al camión que las bajaba al pueblo, con los cajones atrás y el viento tibio entrándoles por la ventanilla. Jésica sacó el sobre de la luz del bolsillo y tachó el veinte. Escribió veintitrés. Le sobraban tres para mañana.

    Norma, sin decir nada, le tomó la mano manchada y se la llevó a la cara, como se hace con un chico que se golpeó. La apoyó contra la mejilla y respiró hondo.

    —Qué olor —dijo—. Parece flor.

    Jésica miró la ruta que se iba abriendo entre los cerros rojos y se dejó oler.

  • Recibí conforme

    A las nueve y diez de la mañana, la guillotina de la imprenta Ledesma mordió el último pliego azul y Brenda supo que algo andaba mal. Sobre la mesa había tres montañas de tiras: la azul, alta y pareja; la blanca, que no le habían pedido pero sobraba; y la amarilla, que le llegaba apenas a las rodillas de la otra.

    —Tano me pidió sesenta kilos, mitad y mitad —dijo en voz alta, porque en el local de Cordiviola, a cuatro cuadras del Gigante, nadie más la iba a escuchar un domingo.

    Pesó el amarillo en la balanza de la verdulería de al lado, que le prestaba la doña de los zapallos con la condición de que no la mencionara en ninguna factura. Catorce kilos. Le faltaban dieciséis. El partido era a las cuatro y media de la tarde, el delegado de la peña pasaba a buscar las bolsas a las doce y media, y el proveedor de papel de Pérez, el único que atendía en feriados, tenía el teléfono apagado desde el viernes.

    Brenda se sentó en el banquito de la guillotina y se tapó la cara con las manos, que le olían a tinta y a mate lavado. Tenía treinta y un años y un secreto que había guardado desde la primaria: de chica, su papá la llevaba al Parque Independencia con una bufanda roja y negra escondida en la mochila. Cuando él murió, ella se quedó con la imprenta, con las deudas y con el contrato de los papelitos de Central, que era lo que pagaba la luz de todo el año. Nunca le había contado a nadie para quién gritaba. Con el clásico se hacía el tercio de la facturación, y no pensaba perderlo por una cuestión de colores.

    Revisó el depósito dos veces. Resmas de blanco, un rollo de cartulina verde fluo de una campaña de vacunación, cajas de sobres. Nada de amarillo. Entonces miró hacia el fondo, donde estaba la puerta del galpón de su tío Hugo, que había compartido la imprenta con su papá y que, desde que se jubiló, venía a regar el jazmín del patio y a no tocar nada.

    —Ahí atrás hay cosas viejas —dijo el tío cuando lo llamó, con la voz de siesta—. Fijate en los estantes de abajo. Los triplicados.

    Eran paquetes atados con hilo sisal, cada uno del alto de una guía telefónica. Brenda cortó el hilo del primero y el papel amarillo, finísimo, crujió como cáscara de cebolla. Remitos. Formularios de tres copias, de los que se usaban en los galpones del puerto y en las fábricas del norte, con la copia amarilla abajo para el que recibe la mercadería. Estaban impresos con letra gris y en cada hoja se leía lo mismo: “Recibí conforme”. Había miles. Veinte años de remitos que nadie había vuelto a pedir cuando las empresas se pasaron a la computadora.

    Hizo la cuenta de memoria. Alcanzaban y sobraban. Solo que no eran papel liso.

    —No se nota —se dijo—. Con las tiras de un centímetro no se lee nada.

    Pasó la mañana cortando. La guillotina bajaba con ese golpe seco que le temblaba en los brazos, y las tiras caían del lado amarillo en una nieve finita, con restos de palabras: un “recibí”, un “conf”, un número de comprobante, una raya de firma. Cuando abrió la primera bolsa para chequear el mezclado, vio que una tira había quedado derecha sobre las demás, como una lengüeta, y decía “conforme”.

    A las doce y veinte llegó el Tano en una Kangoo con la puerta trasera atada con alambre. Era un tipo ancho, con la camiseta puesta desde las ocho de la mañana, y levantaba las bolsas de a dos como si fueran almohadones.

    —Sesenta kilos —dijo ella—. Los treinta de arriba son los amarillos. Son un poco más finitos que otros años.

    —Mejor, así vuelan más —contestó el Tano. Abrió una bolsa, metió la mano hasta el codo y sacó un puñado. Lo miró de cerca. Ella dejó de respirar. Él entrecerró los ojos.

    —Qué es esto, ¿tiene letras?

    —Es papel reciclado —dijo Brenda, y le salió firme, que fue lo que más la sorprendió—. Remitos viejos del puerto. De acá, de Arroyito. Algo así como la historia del barrio.

    El Tano se quedó un rato con el puñado en la mano. Después se lo guardó entero en el bolsillo del pantalón.

    —Mi viejo trabajaba en un galpón de esos —dijo—. Firmaba todos los días. Mi vieja guardaba los comprobantes en una lata de Terrabusi.

    Cargó las bolsas y ella lo ayudó con las últimas. Antes de arrancar, el Tano bajó la ventanilla.

    —¿Vos venís hoy?

    —Yo miro desde casa —mintió Brenda.

    Se quedó parada en la vereda hasta que la Kangoo dobló en la esquina de Génova. Después cerró la persiana a medias, prendió la radio y se sirvió un mate con el termo que le había dejado su papá. No sabía para quién iba a gritar un gol. No lo sabía desde hacía veintidós años.

    A las cuatro y veinte, por la ventana abierta, el estadio empezó a rugir como una máquina grande arrancando. Subió el volumen. Escuchó el tambor, el coro, ese segundo en que todo el barrio contiene el aire. Y entonces, tres cuadras más allá, vio el cielo: una nube dorada que subía, giraba y empezaba a caer por encima de los techos bajos.

    Algunos pedacitos amarillos, livianos como el humo, llegaron hasta la vereda de la imprenta empujados por el viento del río. Uno se le posó en el hombro. Brenda lo levantó con dos dedos y lo leyó a contraluz.

    Decía “recibí”.

    Lo dejó sobre la mesa, al lado de la guillotina, y se quedó mirándolo hasta que alguien, a lo lejos, gritó un gol que no supo de quién era.

  • La salamandra del cuarto coche

    Gumersindo Pichiñán llegó a la estación de Esquel a las siete menos cuarto, con la carretilla cargada de leña y la escarcha todavía crujiendo bajo las ruedas. Había nevado de madrugada, poco, lo justo para que el aire pinchara en la nariz, y el cielo de la cordillera tenía ese color de leche aguada que anuncia sol recién a media mañana.

    Hacía cuatro años que se había jubilado de los talleres. Aun así, todos los días de salida le dejaba la leña a la gente de La Trochita: ñire seco, partido a hacha en el fondo de su casa, del largo justo para la boca de una salamandra. Nadie se lo había pedido. Un día de invierno apareció con la carretilla y desde entonces nadie le dijo que no.

    —Gume, qué madrugador —dijo Facundo, el joven del guardarropa, que le abrió el portón del andén—. Hoy hay lleno. Vienen dos micros de Comodoro.

    —Entonces va a hacer falta más leña.

    —Hay de sobra.

    —Hay de la que tienen ustedes. Esta es otra cosa.

    Facundo se rio y no preguntó. Gumersindo empujó la carretilla hasta el cuarto coche, el de madera oscura y ventanas chicas, el que tenía los asientos de listones tallados por el uso. Abrió la puerta y entró. Adentro olía a barniz viejo, a frío guardado y, por debajo, a un humo antiguo que ningún trapo había sacado nunca.

    La salamandra estaba al fondo, panzona, negra, con la puerta de hierro un poco torcida. En la chapa de arriba tenía una abolladura del tamaño de una cuchara. Gumersindo se arrodilló y la miró un rato antes de tocarla.

    Esa abolladura la había hecho Dora, su mujer, con una pava de aluminio, un enero de hacía mucho. Dora atendía el café del tren los fines de semana, cuando el tren todavía tenía fiebre de turistas nuevos, y una tarde, en plena curva, la pava se le fue de las manos. Dijo una mala palabra que en el coche entendieron hasta los holandeses. Después se rio hasta que le salieron lágrimas. Esa tarde Gumersindo, que estaba de guarda reemplazante, anotó en la libreta: «Abolladura, salamandra 4. No arreglar».

    Nunca la arreglaron. Dora se había ido hacía dos inviernos, de una enfermedad que no hizo ruido, y desde entonces él no había vuelto a subir a ese coche más que para dejar leña, rápido, sin mirar.

    Ese día era distinto. Esa mañana, la nieta de Dora, Brisa, de nueve años, hacía su primer viaje. Se lo había prometido hacía meses: iban a ir los tres, ella, su abuelo y el recuerdo.

    Armó la pila. Primero el papel de diario, doblado en nudos como le había enseñado su madre en Gualjaina. Después las astillas finas, después los rajones, y arriba dos troncos más gruesos, que iban a aguantar hasta Nahuelpan. Prendió el fósforo. La llama se agachó, dudó, y se levantó de golpe.

    La salamandra empezó a hablar. Era un sonido que no se parecía a ningún otro: un chasquido seco, un silbido corto, un suspiro. Dora decía que la estufa del cuarto coche cantaba más fuerte que las otras porque estaba ofendida por la abolladura.

    —Perdón —dijo Gumersindo en voz baja, y le dio una palmadita a la chapa—. Hoy te traigo la mejor.

    A las ocho y media empezó a llegar la gente. Los micros dejaron familias de campera de colores, una pareja de franceses, un grupo de jubilados con termo y mate. Brisa llegó de la mano de su madre, con un gorro de lana con orejas de zorro. Era flaquita, de ojos grandes, y miraba todo como si alguien fuera a tomarle examen.

    —Abuelo, ¿este es el tren?

    —Este es.

    —Es más chiquito de lo que pensé.

    —Es de trocha angosta. Setenta y cinco centímetros entre riel y riel. Por eso lo llaman Trochita.

    —¿Y por qué lo hicieron tan flaquito?

    —Porque la estepa es grande y la plata era poca.

    Brisa asintió, satisfecha, como si le hubiera dado la clave de un misterio. Subieron al cuarto coche y se sentaron cerca de la estufa. Los listones de madera estaban fríos, pero el calor de la salamandra ya llegaba en olas pequeñas.

    El tren soltó un pitido largo, desparejo, que le erizó la piel hasta a los franceses. Se movió con un tirón suave y empezó a bambolearse hacia el este. Pasaron las últimas casas, los alambrados, un caballo pelado que levantó la cabeza para mirarlos sin ninguna sorpresa. A la izquierda, la cordillera se iba despejando de a poco.

    —¿Por qué hay una abolladura? —preguntó Brisa, señalando la chapa.

    Gumersindo tardó en contestar. El humo de la estufa subía en un hilo delgado y desaparecía en la rejilla.

    —La hizo tu abuela.

    —¿Con qué?

    —Con una pava. En una curva. Dijo una palabra que no te puedo repetir.

    —¿Cuál?

    —No te puedo repetir.

    —Decímela despacito.

    Se la dijo despacito, al oído, y Brisa se tapó la boca con las dos manos y se rio con una risa que era idéntica a la de Dora, ancha, sin freno, de esas que se oyen de un coche al otro. Los jubilados de los termos se dieron vuelta a mirar. Una señora le sonrió a Gumersindo. Él bajó la vista y se frotó la nuca, porque tenía algo en los ojos que no era humo.

    El tren siguió su camino, curva tras curva. En una de ellas, la que llaman la del huevo, todos se levantaron para sacarse fotos, y el coche se inclinó un poco, y la pava de la cafetería, tres coches más allá, resonó contra algo. Brisa abrió los ojos enormes.

    —¡Abuelo! ¡La pava!

    —Es de otro coche —dijo Gumersindo—. Pero el que la lleva dice que la agarra con las dos manos desde que lo supo.

    En Nahuelpan, mientras todos bajaban a ver las artesanías y el tren hacía sus maniobras, Gumersindo se quedó un momento sentado en el cuarto coche con la puerta abierta. La salamandra seguía caliente. Adentro, el último tronco se deshacía en brasas rojas, y de a ratos una chispa saltaba contra la chapa y caía sobre la abolladura, y brillaba un segundo en el hueco de la cuchara.

    Brisa volvió corriendo con las mejillas coloradas y un llavero de lana en la mano.

    —Te compré esto. Es para la carretilla.

    Gumersindo lo miró. Era un zorrito torcido, con un ojo más grande que el otro.

    —Le va a gustar —dijo, y lo enganchó él mismo al manubrio, ahí, entre el humo y el olor a ñire quemado.

  • Hilario con hache

    Hilario Gómez llegó al yerbal antes de que hubiera luz para distinguir un cambito de una rama buena. Era el último día de la zafra y noviembre ya olía a tierra recalentada, aunque a esa hora todavía hacía fresco y el rocío le mojaba los ruedos del pantalón. Traía el machete atado a la cintura, la ponchada doblada bajo el brazo y un mate lavado que se había cebado a oscuras en la cocina de su tía, en las afueras de Oberá.

    Era su primera zafra. Dieciocho semanas de cortar, quebrar y atar, de dormir con los hombros ardiendo, de aprender que la hoja que se pasa de golpe se ennegrece y que la que se junta mal pesa menos. Había aprendido también que en la balanza del campamento, un pilón de hierro colgado de un trípode de rollizos, se decidía todo lo que valía su día.

    —Ya vas a ver que hoy cae la lluvia —dijo Nicasio, que cortaba dos filas más allá y no hablaba salvo para anunciar desgracias.

    Hilario miró el cielo. Al sur, sobre la picada, había una nube del color de una olla vieja.

    —Para las tres —insistió Nicasio—. Y para entonces no quiero ver ni un raído tirado.

    Trabajaron sin hablar. El sonido del machete contra las ramas era seco y parejo, y cada tanto se oía el crujido de la hoja cuando la separaban del tallo con la mano. Hilario tenía los dedos curtidos, con unas grietas negras en las yemas que ya no le dolían. Al mediodía llevaba tres ponchadas atadas, y cada una, al levantarla, le tiraba de la columna como si alguien quisiera devolverlo al suelo.

    Lo que lo apuraba no era la plata. Era otra cosa, más chica y más tonta, que no le había contado a nadie.

    Desde la primera semana, Aníbal, el pesador, anotaba los kilos en una planilla con tapas de cartón, y al lado de cada kilaje escribía el nombre del tarefero. Escribía despacio, con la lengua entre los dientes. Y en toda esa planilla, página tras página, el nombre de Hilario decía «Elario». Sin hache, con una ele de más que a veces parecía una i. Al principio le dio risa. Después, cuando la tía le explicó que la cooperativa pagaba el aguinaldo y el certificado de trabajo según lo que dijera esa planilla, dejó de dar risa. Y como él no se animaba a corregirlo, porque Aníbal tenía sesenta años, una barriga como un tonel y la costumbre de callar a quien le cuestionaba la letra, la cosa había quedado así, semana tras semana.

    A las dos y cuarto, con el cielo ya del color del plomo y el viento revolviendo las hojas, Hilario ató la última ponchada. Entre los cuatro raídos del día sumaban, según la cuenta que llevaba en la cabeza, casi cuatrocientos kilos. Se echó el primero al hombro y caminó hasta el camino de tierra, donde el camión esperaba con las lonas atadas.

    La balanza estaba bajo un alero de chapa. Aníbal tenía el lápiz en la oreja y el termo entre las rodillas. Colgó el primer raído del gancho, corrió el pilón con un dedo hasta que la barra quedó recta, y cantó:

    —Ciento dos.

    Escribió. Hilario miró la planilla, y ahí estaba otra vez, torcida y firme: Elario, 102.

    —Don Aníbal.

    —Qué.

    —Mi nombre lleva hache.

    Aníbal levantó la vista despacio. En el campamento nadie dijo nada. Nicasio, que esperaba con su propio raído, estudió el techo de chapa.

    —¿Qué hache?

    —Hi-la-rio. Al principio. Hilario.

    —Yo escribo como se dice.

    —Se dice con hache. Es decir, no se dice, pero se escribe.

    Aníbal resopló. Tomó el lápiz de la oreja, lo dio vuelta entre los dedos, y a Hilario le pareció ver algo que no había visto en dieciocho semanas: una cosa torpe, casi asustada, en la mandíbula de ese hombre grande.

    —Mirá, pibe —dijo en voz baja—. Hace treinta años que peso yerba y nadie me preguntó nunca cómo se escribe nada. Yo anoto lo que oigo. Lo que oigo, lo anoto.

    —Y yo lo único que quiero es que diga bien.

    Cayó la primera gota sobre la chapa, gruesa, y después otra, y después el ruido empezó a crecer. Los que esperaban se arrimaron al alero. El camión puso las balizas.

    Aníbal miró la planilla, miró el lápiz, miró a Hilario.

    —Escribilo vos.

    Le alcanzó la tapa de cartón. Hilario tomó el lápiz, que estaba tibio de la oreja, y en la primera línea, sobre el «Elario», tachó con cuidado y escribió encima, con las letras que le había enseñado la maestra de la escuela de Campo Viera: Hilario Gómez. Después fue página por página hasta el principio, con la lluvia golpeando cada vez más fuerte y ocho hombres mirándolo sin apuro, y en cada renglón puso la hache que faltaba. No la escribió de golpe sobre la ele: la hizo prolija, con el palo largo y el puentecito.

    Cuando terminó, Aníbal sacó del bolsillo el pañuelo y se secó la cara, aunque no estaba mojada.

    —Ahora sí —dijo—. Pesemos el segundo.

    Cargaron los raídos bajo el agua, entre gritos y maldiciones, con las lonas ya empapadas y el olor a hoja verde subiendo como un humo fresco. Hilario subió al camión de los últimos, sentado sobre un bulto, y cuando el motor arrancó sacó el mate de la mochila. Estaba frío y le sabía a lata. Pero antes de cebarlo, por si acaso, se pasó el dedo por la planilla que Aníbal le había dejado guardar un segundo, para ver si la hache seguía ahí, negra y derecha, resistiendo el agua.

  • Debajo del asiento de madera

    Esteban Carrizo llegó a Carabobo a las nueve y diez de la mañana con una campera que no hacía falta, porque en enero la boca del subte largaba un aire tibio que olía a grasa vieja y a pasto mojado de la plaza. Traía a su nieta de la mano. Lucía tenía doce años y un celular con la pantalla rajada, y desde Villa Luro venía preguntando por qué había que levantarse tan temprano para subirse a un tren.

    —Porque hoy se los llevan —dijo él.

    —¿Adónde?

    —A donde se llevan las cosas que ya no sirven.

    Ella no contestó. Esteban tampoco quiso explicar más. Había pasado treinta y ocho años en el taller Polvorín, en Emilio Mitre y José Bonifacio, y ninguna frase le alcanzaba para eso.

    Compró dos viajes en la boletería. Bajaron la escalera despacio, él con la mano en el pasamanos, y en el andén había más gente de la habitual: señores con cámaras, una chica con un cartel hecho a mano, dos guardas con la mirada baja. Cuando entró el tren, el ruido le subió por las piernas antes de llegarle a los oídos. Un chirrido largo, un bamboleo, el celeste desteñido de la madera. Los belgas, les decían. O las brujas.

    Esteban no subió al primero. Dejó pasar uno, después otro, y miraba los números pintados en los costados. Lucía le tironeó de la manga.

    —Abuelo, nos vamos a quedar.

    —Esperá. Es el veintidós.

    Lo había calculado durante dos semanas, con una libreta, sumando recuerdos. En 1971 tenía diecisiete años y era el aprendiz más flaco del taller. El oficial Brandán lo mandó una tarde a cambiar los tornillos de un asiento del veintidós, y mientras esperaba que el barniz se secara, con un clavo de tapicero y una paciencia que después nunca más tuvo, Esteban había raspado dos letras en la cara de abajo de la tabla: una E y una N. Norma. Trabajaba en la panadería de la esquina de Bonifacio, le regalaba una factura cada viernes, y él nunca le había dicho nada. Las letras eran toda su declaración.

    Cuando por fin apareció el veintidós, lo reconoció por la abolladura de la plataforma. Las puertas se abrían con la mano, y Lucía empujó una con las dos manos mientras la madera crujía como una rama. Adentro hacía calor. Los espejos tenían las manchas de sesenta años de respiraciones, y las lámparas colgaban con sus pantallas de vidrio amarillento. Se sentaron del lado de la ventanilla. El asiento estaba duro, liso, brilloso de tantos pantalones.

    —Esto es de madera de verdad —dijo Lucía, tocando el respaldo.

    —De la mejor que había en Bélgica.

    El tren arrancó con un tirón que los tiró hacia atrás. Salieron de Carabobo, pasaron Puan, y Esteban empezó a contar estaciones en voz baja, como cuando era chico. Primera Junta. Acoyte. Río de Janeiro. En cada una subía gente con teléfonos en alto y bajaba gente que se quedaba mirando al tren irse. Un hombre le sacó una foto a la ventanilla sin pedir permiso. Una señora mayor lloró un poco sin hacer ruido, con la cartera apretada contra el pecho.

    En Castro Barros, Esteban se agachó. Le costó, porque la rodilla izquierda hacía años que le discutía todo. Metió la cabeza casi hasta el piso, con la mejilla pegada a la pata de hierro, y levantó el brazo para tocar el reverso de la tabla.

    —Abuelo, ¿qué hacés?

    —Prestame la linterna del celular.

    Ella se la dio. La luz blanca barrió la madera oscura, llena de nudos, de manchas, de tornillos nuevos y viejos. Había marcas de lapicera, de llave, de fibra. Un corazón mal hecho. Una fecha de 1998. Un nombre largo, borroso. Esteban fue moviendo el haz centímetro a centímetro, y cuando ya sentía que el cuello no le daba más, apareció.

    Una E. Una N. Finitas, hundidas, casi rellenas de mugre. Estaban más abajo de lo que recordaba, y alrededor tenían otras letras que nadie le había pedido que respetaran.

    Se quedó mirando. Lucía se había agachado a su lado sin que él lo notara.

    —Ahí dice algo más —susurró ella.

    Esteban no había visto. Debajo de la N, con un trazo distinto, más prolijo, de punta de compás o de aguja, alguien había agregado cuatro letras en renglón aparte: «y yo».

    Tardó en entender. Le hormigueó la cara. Pensó en la panadería, en el delantal, en una chica que seguramente no sabía leer lo que él nunca se animó a decir, y que sin embargo, en alguna tarde de 1971 o de 1972, había subido a un coche como ese, se había sentado en ese mismo asiento y había dado vuelta la cabeza.

    —¿Quién es Norma? —preguntó Lucía.

    —Una vecina del barrio.

    —Mentira.

    Esteban soltó una risa corta, de nariz.

    —Una panadera. Dejame levantarme, que se me duerme la pierna.

    Ella lo ayudó a incorporarse. Se sentaron otra vez. El tren pasó Loria, pasó Miserere, y el cartel de Pasco apareció y se perdió entre las luces. Esteban miraba la ventanilla sin ver nada. Cuando el coche empezó a frenar en Plaza de Mayo, los fotógrafos ya esperaban en el andén, y la chica del cartel levantó el suyo: GRACIAS, VIEJAS.

    —Vamos, abuelo.

    —Andá bajando vos.

    Lucía bajó. Esteban se quedó un segundo más, con la mano abierta sobre el asiento, apoyada en la madera tibia, y apretó apenas, como se aprieta un hombro. Después se puso la campera, aunque hacía calor, y salió al andén con el paso corto y firme de los que van a llegar tarde a una panadería.