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  • El canto del cortante

    A las seis menos diez, con el galpón todavía a oscuras y el viento del oeste golpeando la chapa como si pidiera permiso, Nilda Oyarzo prendió la garrafa del mate y arrancó el esmeril. Sesenta y un años, treinta y cuatro zafras. Ella era la afiladora de la comparsa, la que dejaba los peines y los cortantes de cada esquilador tan finos que cortaban el aire, según decían los muchachos, y también el pulgar de quien se descuidara.

    El oído se le había ido de a poco, como se va la marea. Primero dejó de escuchar el zumbido agudo del esmeril cuando el acero tomaba filo. Después dejó de escuchar a los pájaros. Nadie lo sabía, salvo el audiólogo de Río Grande y su hija Soledad, que le había dicho por teléfono: «Mamá, esta es la última, ¿no?». Nilda contestó que el mate se enfriaba y cortó.

    A las siete el galpón ya rugía. Cuarenta máquinas colgadas de los tirantes, cuarenta hombres y mujeres doblados sobre las ovejas, que pesaban sesenta kilos de lana y barro seco y pataleaban cada dos o tres minutos hasta quedar mansas, panza arriba, con los ojos de vidrio. Los vellones caían sobre la tarima y las barrenderas los juntaban sin mirar, todo por cuartos de dos horas y cuarto, con una pausa para el mate y otra, larga, para el guiso.

    Nilda trabajaba en el rincón del fondo, en una mesa de madera clavada al piso. Cada peine y cada cortante que le traían venía tibio, con grasa de lanolina en los dientes. Ella los pasaba por el disco, uno, dos, tres segundos, y se los apoyaba contra la palma. No necesitaba oír. La palma le decía si el acero estaba parejo, y el olor, a metal quemado, si se había pasado.

    —Doña Nilda —dijo Brayan, un pibe de Gaiman de diecinueve años que esquilaba por primera vez en la isla—, el mío me corta como con miedo.

    Le alcanzó el peine. Nilda lo dio vuelta, lo miró contra la luz de la ventana y le pasó el pulgar por el borde. Estaba mellado en la tercera púa, un desgaste chiquito, de los que no se ven.

    —No es miedo. Es una muesca. Pasaste por un alambre.

    —Se me trabó en la pata de una borrega.

    —Los alambres están para eso. —Se lo devolvió afilado en cinco minutos—. Probalo.

    Brayan volvió a su lugar. Ella lo vio agarrar la oveja, apoyarla entre las rodillas y pasar la máquina de la panza a la paleta en un solo trazo largo, y vio abrirse el vellón como una página. El chico levantó la cabeza y la buscó a través del galpón. Levantó el pulgar. Nilda le contestó con el mate en alto.

    A mediodía llegó Hernán, el capataz de la comparsa, con un cortante envuelto en un trapo.

    —Este no cierra, Nilda. Lo traje de Tolhuin, lo usé veinte años. Se me hace que ya está.

    Ella conocía ese cortante. Era de Reinaldo, el esquilador más viejo de la cuadrilla, que había muerto en agosto y a quien Hernán seguía llevándole el mate a un banco vacío. Le dio vueltas. La plaquita de acero tenía el color de una moneda gastada y cada púa llevaba el filo redondeado por miles de ovejas.

    —Dejámelo hasta la tarde.

    A las dos, cuando el galpón entró en la hora del silencio blando, con las máquinas apagadas y los esquiladores tirados en los fardos, Nilda se sentó sola frente al esmeril. Puso el cortante contra el disco. Lo retiró. Probó con la palma y no sintió nada, porque no había nada que sentir: el acero estaba bien, el que fallaba era el sonido, ese chirrido fino que los afiladores buscan sin saber que lo buscan, el canto del metal cuando llega al punto justo.

    Lo había perdido. Treinta y cuatro años afilando de oído, y ahora afilaba a ciegas.

    Entonces hizo lo que hacía su padre en la carpintería de Punta Arenas, hacía mucho: apoyó el cortante contra el hueso de la mandíbula, justo debajo de la oreja, y lo pasó por el disco con el brazo tenso. La vibración le subió por el hueso hasta la cabeza. Era un zumbido gordo, casi doloroso, que le llenó el cráneo. Y en ese zumbido había una nota. Subió. Subió. Se afinó de golpe, como una cuerda que alguien tensa el último cuarto de vuelta.

    Soltó el disco. Se quedó quieta, con el cortante tibio contra la cara y la garganta cerrada.

    A las cinco, Hernán pasó a buscarlo. Lo levantó con dos dedos, lo giró hacia la luz, lo probó contra un mechón de lana. Cortó sin tironear.

    —Es el mejor que le hiciste nunca.

    —Es el único que le hice sin escucharlo —dijo ella, y se arrepintió en el acto.

    Hernán no preguntó. Se quedó mirándola un rato largo, con el cortante en la mano, y después lo envolvió de nuevo en el trapo.

    —Mañana lo uso yo. Si me animo.

    Esa noche, con el último fardo prensado y el galpón vacío, Nilda llamó a su hija. Le dijo que sí, que esa era la última zafra. Que le quedaba una semana más de la temporada y se volvía. Soledad se quedó callada del otro lado, y se oyó la respiración, el viento en el teléfono, alguien que lloraba despacio sin querer.

    —Mamá. ¿Me escuchás?

    —Te escucho —dijo Nilda—. Pero hablá cerca.

    Y se apoyó el teléfono contra el hueso de la mandíbula, y esperó.

  • Treinta y nueve kilos y medio

    A las cinco y media, el yerbal de Apóstoles todavía era una sola mancha oscura con olor a tierra colorada mojada. Yaroslava Kovalchuk, Slava para todo el mundo, se calzó los guantes con los dedos duros de escarcha y miró el raído tendido en el suelo, una bolsa de arpillera abierta como una boca. Nunca había llenado una. Su padre, Mauricio, llenaba tres por día desde antes de que ella naciera.

    —Hoy no me ayudás —le había dicho ella la noche anterior, con el mate en la mano—. Quiero llenar uno sola.

    —Es agosto. Las hojas no te perdonan en agosto.

    —Por eso.

    Mauricio no discutió. Le alcanzó la tijera de podar, la de mango rojo que había sido de su abuelo, y se fue con la cuadrilla hacia el otro lado del surco, silbando bajito una polca que Slava conocía de los casamientos en el salón de la colectividad.

    A los diecinueve, con el secundario terminado y una inscripción de enfermería en Posadas que se pagaba con zafra o no se pagaba, Slava creía que cortar yerba era cuestión de ganas. A las siete y media tenía las muñecas ardiendo y apenas cuarenta centímetros de hojas en el fondo de la arpillera. La rama, cuando se la agarra mal, devuelve el golpe: un latigazo de ramita verde en la mejilla, y un gusto amargo que se mete por la nariz.

    —Así no, nena.

    Al lado, en el surco vecino, un hombre flaco con sombrero de ala corta y camisa de franela la miraba sin dejar de cortar. Era don Ceferino Benítez, que tenía setenta y dos años y todavía le ganaba a los pibes de veinte. Hablaba un castellano con vuelta de guaraní, y casi siempre se reía de lo que decía.

    —¿Cómo así no?

    —Estás cortando la rama entera. Dejale el brote, vos. Si le sacás el brote, la planta no vuelve en el verano, y después el patrón te dice que la yerba se murió y vos pensás que fue el frío.

    Le mostró con dos tijeretazos secos. Cortaba hacia afuera, con la muñeca floja, y las hojas caían en un arco chico que terminaba siempre dentro del raído. Slava probó. Erró. Probó de nuevo. Algo cedió en el hombro.

    A las diez salió el sol por encima de los eucaliptos del fondo y el yerbal se puso verde de golpe, de ese verde brillante y aceitoso que no se ve en las fotos. Se sacó el abrigo. Don Ceferino le pasó el termo y la calabaza, y ella cebó un mate amargo que le quemó la lengua y le devolvió los dedos. Él tomó el suyo sin apuro y volvió a cortar.

    —Mi finado padre decía que la yerba tiene memoria —dijo—. Que se acuerda de cada mano que la tocó.

    —Eso es una mentira linda.

    —Las mentiras lindas son las que duran.

    Al mediodía el raído estaba por la mitad. Comió parada, un pan con queso que se le deshacía en las manos pegajosas de savia, y se dio cuenta de que le sonaba el estómago a la misma hora que a los demás, como si el cuerpo ya hubiera aprendido el reloj de la cuadrilla. Mauricio pasó con el suyo al hombro, enorme, y no dijo nada. Se limitó a mirar la bolsa de su hija con la cabeza un poco inclinada, como se mira un puente que otro construyó, y siguió de largo.

    Esa fue la parte más difícil. No el frío ni el dolor, sino el silencio de su padre, que no corrigió ni elogió, que dejó que ella sola se diera cuenta de cuánto faltaba.

    A la una y media se le cortó el ritmo. El brazo derecho dejó de obedecer, la tijera pesaba el doble, y durante veinte minutos cortó mal, con rabia, tirando más rama que hoja. Don Ceferino no la corrigió. Silbó, nomás, la misma polca de Mauricio, y Slava, sin darse cuenta, empezó a cortar al compás. Fue entonces cuando la bolsa empezó a llenarse en serio.

    A las tres, con los dedos acalambrados y un zumbido en los oídos, Slava empujó con la rodilla las últimas hojas hacia adentro. La arpillera abultada pesaba como un animal dormido. Intentó cargársela al hombro y la bolsa se le fue para el costado. Probó de nuevo, con las piernas abiertas, y esta vez la sostuvo.

    —Treinta y nueve kilos y medio —dijo don Ceferino, cuando ella la apoyó en la balanza del camión, y la aguja tembló, y se quedó—. Para ser el primero, no está mal.

    —Faltan quinientos gramos para cuarenta.

    —Siempre falta algo, nena.

    El camionero anotó el número con un lápiz mocho en una libreta de tapa grasienta. Slava le pidió que se lo mostrara. Treinta y nueve, cinco, escrito en una letra apretada, entre el número de su padre y el de don Ceferino, en la misma columna.

    Esa noche, en la cocina, su madre puso a hervir los varenikes de ricota. Mauricio se sentó, se sacó las botas, y sin una palabra empujó hacia ella el plato primero. Slava lo miró. Después lo aceptó con las dos manos, que seguían abiertas, y todavía olían a hoja cortada.

  • La salamandra del último coche

    Bernardo Paillalef llegó a la estación de Esquel a las ocho y media de la mañana, una hora y media antes de la salida, con la campera de abrigo que usaba cuando todavía tenía turno y un sándwich de milanesa envuelto en papel de diario. En cuarenta y un años de trabajo había hecho ese recorrido cientos de veces. Nunca lo había hecho con boleto.

    Se jubiló en el invierno de 2019. Primero fue guarda, después maquinista ayudante, y al final, cuando ya le dolían las rodillas, se ocupó de las salamandras: esas estufas de hierro, una por coche, que había que encender con leña seca antes de que subiera el primer pasajero. Conocía el tiro de cada una. La del segundo coche fumaba si el viento venía del oeste. La del último, la del coche del fondo, tenía una puerta que cerraba con un golpe seco de la palma, y él la cerraba siempre igual, sin mirar.

    Esa mañana alguien más iba a encenderla, y él iba a ser un pasajero.

    —¿Bernardo? —lo saludó el chico de la boletería—. Ya te guardé el asiento, el de la ventanilla del lado de los cerros.

    —Gracias, Dani. Pero me siento donde me toque.

    —Te toca ahí. Es el que mejor se ve la curva.

    Pagó. Sacar la billetera por algo que había sido suyo le dio una vergüenza rara, de las que no se cuentan. Dejó pasar un rato en el paseo ferroviario, mirando fotos que conocía mejor que sus propios retratos de familia, hasta que el silbato lo sacó de ahí. Suena igual que antes, un poco más fino, como si la locomotora se hubiera aclarado la garganta.

    Subió al último coche. La madera olía a lustre y a humo viejo, y la salamandra ya estaba prendida: una chica con un delantal de lana la atendía de rodillas, soplando el fuego con una pala de lata. Bernardo se quedó parado en el pasillo, con las manos en los bolsillos, mordiéndose la lengua.

    —Se le va a ahogar —dijo al final, sin querer.

    La chica levantó la cabeza.

    —¿Perdón?

    —El tiro. Le falta aire. Si le abrís dos dedos el regulador de abajo y dejás la puerta apenas entornada, tira solo.

    Ella lo miró un segundo con la pala en alto, sin saber si ofenderse. Después lo hizo. La llama se enderezó y empezó a roncar bajito.

    —Ah, mirá vos —dijo—. ¿Y usted quién es?

    —Nadie. Un pasajero.

    —Los pasajeros no saben eso.

    Se sentó en el asiento de la ventanilla, el que le había guardado Dani, y apoyó la frente en el vidrio. El tren arrancó con ese tirón que sube desde las ruedas y llega a los dientes. Afuera pasó la ciudad en retirada: techos de chapa, un perro, una camioneta detenida en el cruce con la ruta, y el conductor, que bajó el vidrio para saludar.

    Eso era lo que más extrañaba y nunca se lo había dicho a nadie: el saludo. En la ruta, los autos frenan. Los chicos se bajan y agitan los brazos. Un hombre en una camioneta toca bocina dos veces como quien saluda a un pariente que pasa. Cuarenta y un años mirando esa gente desde adentro de la locomotora, desde la plataforma del guarda, y el saludo siempre le había parecido de otro: del tren, de la máquina, de algo grande que lo contenía. No se le había ocurrido que, de alguna manera, también lo era de él.

    La señora de adelante abrió un termo. Un nene preguntó cuántas curvas tenía el camino y alguien dijo que cuarenta y nueve, y el nene las empezó a contar en voz alta, y se equivocó en la ocho, y recomenzó. Bernardo dijo, sin darse vuelta: —Cuarenta y nueve, sí. Pero la mejor es la del huevo.

    Cuando el tren entró en la curva, todos corrieron a las ventanillas del mismo lado, como si los hubieran tirado de un hilo. Los coches se doblaron hacia adentro del paisaje, la locomotora asomó adelante, chiquita y negra contra la meseta, y la columna de humo dibujó una raya limpia sobre el cordón. Hubo un coro de celulares. Bernardo no sacó el suyo. Miró.

    La chica del delantal se acercó con un jarro de chocolate caliente que nadie le había pedido.

    —Invita la casa —dijo—. Para el que sabe de tiros.

    —No me tendrías que dar nada.

    —Y usted no me tendría que haber corregido. Estamos a mano.

    Tomó el chocolate con las dos manos, como se toma lo que quema. Cuando el tren pasó por el cruce siguiente, había una mujer parada junto a la barrera, con un nene en brazos, que levantó una mano. Bernardo levantó la suya. La movió despacio, de lado a lado, como la había visto mover tantas veces desde abajo, y por primera vez el saludo llegó a donde iba.

    En el coche del fondo, la salamandra siguió prendida hasta Nahuel Pan, tirando derecho, y Bernardo no se levantó a mirarla ni una vez.

  • Zinc de Dolavon

    Aurelio Jones le sacó la tapa al termo en el estacionamiento del Salón San David, en Trelew, y se sirvió un té negro que ya estaba tibio. Eran las siete y diez de la tarde del sábado, y la sesión de las cinco y media seguía adentro: se oían, filtradas por la pared, las voces de un coro de chicos cantando en galés con la prolijidad de quien repite un camino conocido.

    Tenía sesenta y nueve años, cuarenta de plomero en Gaiman y una carpeta azul en la guantera con la fotocopia de un poema. Lo había mandado en agosto, en castellano, bajo seudónimo, para el concurso de la Corona. Las reglas decían que nadie sabía quién era quién hasta que el jurado leía el veredicto. Él había elegido «Zinc de Dolavon», porque era el nombre de la primera cosa que había arreglado solo, a los dieciséis, en el techo de la capilla.

    Su mujer, Elin, habría ido al Eisteddfod todos los años, aunque él no pisara ni la vereda. «Vos escribís mejor de lo que arreglás cañerías», le decía, y se reía sola. Murió en marzo. El poema hablaba de una canilla que gotea en una casa vacía y de la costumbre de seguir apretándola, por si acaso.

    Entró a las ocho menos diez, con la carpeta bajo el brazo, como si la hubiera traído para que alguien se la firmara. El Salón Cincuentenario olía a madera encerada y a bizcochuelo; alguien había puesto una bandeja de tortas negras en una mesa del fondo y la gente se servía con la reverencia de quien saca una hostia. Se sentó en la última fila, al lado de una señora de rulos prolijos que tejía un cuadrado de lana.

    —¿Venís por la Corona? —le preguntó ella sin levantar la vista.

    —No. Vine por el té.

    —Ah. Entonces sentate, que el té llega al final.

    Pasaron la hora siguiente entre una recitación de nenas de Dolavon y un cantante que desafinó dos veces y se disculpó las dos en galés. Aurelio se dio cuenta de que le sudaban las manos. Las secó contra el pantalón de trabajo, el único que tenía sin manchas, y pensó en irse. Pensó en Elin, que odiaba que él se fuera de las cosas antes del final.

    A las ocho en punto subió al escenario el que presidía. Dijo que el jurado había leído cuarenta y un trabajos y que el nivel había sido parejo. Aurelio contó los segundos entre las palabras. Después hubo un silencio largo, de esos que en las cañerías anuncian que va a venir el golpe de agua.

    —El seudónimo ganador —dijo el hombre del escenario— es «Zinc de Dolavon».

    No oyó los aplausos al principio. Oyó un zumbido y su propio corazón, un motorcito flojo, de bomba vieja. La señora de los rulos dejó la lana sobre las rodillas y lo miró con un solo ojo, como se mira un manómetro.

    —Ay, vos —dijo—. Levantate, que te están esperando.

    No podía. Tenía las piernas pesadas como dos baldes llenos. Pensó que era un error, que el hombre se había confundido de papel, que iban a preguntarle algo en galés y él iba a quedar en blanco. La señora lo agarró del codo con una mano que, de tanto tejer, era fuerte como una pinza.

    —Elin diría que subas.

    Se quedó mirándola.

    —¿La conocías?

    —Todos la conocíamos. Entregó el pan de la panadería de Gaiman durante veinte años. —La señora sonrió—. Subí, plomero.

    Se levantó. Caminó por el pasillo entre las sillas con el sombrero en la mano y la carpeta azul bajo el brazo, y alguien tocó una melodía lenta en un arpa que él nunca había oído. Dos personas lo esperaban al pie de las escaleras, una mujer y un chico, ambos con una espada de utilería a medio desenvainar.

    —¿Hay paz? —preguntó la mujer, en voz alta.

    La sala entera respondió al mismo tiempo, con un solo trueno bajo.

    —¡Paz!

    Un grupo de nenas bailó a su alrededor con flores de papel. Alguien le puso la corona de plata sobre la cabeza, un poco torcida, y a él le dieron ganas de arreglársela con un destornillador.

    Lo hicieron leer. Tuvo que sacar la fotocopia y, como no encontraba los anteojos, lo hizo estirando el brazo, como cuando leía las facturas. Leyó del principio, sobre la canilla, hasta el último verso, el que más le costaba, y mientras leía vio en la última fila el cuadrado de lana, a medio tejer y apoyado en la silla vacía.

    Cuando terminó, no aplaudió nadie. Esperaron un segundo entero, como se espera que se apague una llama. Después se desató todo.

    Más tarde, en el estacionamiento, con la corona en el asiento del acompañante y el termo ya sin té, Aurelio abrió la guantera para guardar la carpeta. Se acordó de apretar la canilla del patio antes de dormir, por costumbre. Esa noche, por primera vez desde marzo, la dejó correr un poco, y escuchó cómo caía el agua sobre el fondo de zinc.

  • Purpurina en el último recorrido

    A las siete y cuarto, con el asfalto de la avenida Maipú todavía devolviendo el calor del día, Raimundo Acosta le pasó el trapo al pasamanos del interno 27 por última vez. Sacó una tapita de gaseosa de abajo de un asiento, acomodó el espejo que nadie más tocaba y apoyó las manos en el volante, justo donde el plástico estaba gastado, a las diez y diez. Cuarenta y un años manejando colectivos en Corrientes. Esa noche terminaba.

    En la cochera le habían dejado una torta con una sola vela y una tarjeta firmada por todos los choferes. El jefe de tráfico le palmeó la espalda.

    —Hacé el recorrido tranquilo, Raimundo. Y a las diez en punto me traés el coche.

    —Siempre lo traje.

    Era verdad. En cuatro décadas no se había salido de la línea ni una cuadra, ni por una lluvia de esas que inundan las calles, ni por un pasajero que lo llamaba desde la otra vereda. Lo apodaban «el reloj», y él no lo tomaba como un chiste. Nilda lo esperaba con un sándwich de milanesa y la tele prendida en el canal de chamamé. Ese era todo el plan.

    Salió de la cabecera con el coche casi vacío. Era sábado de carnaval, y a esa hora la ciudad se partía en dos: los que ya iban rumbo al corsódromo y los que se quedaban en la vereda con el tereré y la radio a todo volumen. Por el espejo vio pasar a un pibe con la cara pintada de verde en una moto. Más adelante, dos mujeres de ojotas llevaban en brazos un tocado de plumas rojas, grande como una rueda de bicicleta, con el cuidado de quien carga a un bebé dormido.

    Pasó la plaza y entonces los vio. Estaban en la parada de la esquina, bajo un farol que recién se prendía: cuarenta, cincuenta personas con las lentejuelas puestas, los zapatos de baile en la mano y las pantorrillas manchadas de purpurina. Al lado, un camión chico con el capot levantado y echando humo.

    Un muchacho flaco, de buzo de la comparsa y auricular colgando, cruzó la avenida corriendo con los brazos en alto, como si quisiera parar un tren.

    —¡Don! ¡Don, pare, por favor!

    Raimundo frenó. Abrió la puerta delantera por puro reflejo.

    —Este no va al corsódromo —dijo—. Este hace el recorrido del barrio.

    —Se nos fundió el camión. Tenemos que estar a las diez en la concentración y todavía hay que ensayar la entrada. Si no llegamos, nos pierden el lugar. —El muchacho tragó saliva—. Me dijeron que usted es el que no falla.

    Raimundo miró el reloj del tablero: ocho y diez. Pensó en la línea, que tenía en la cabeza como el dibujo de su propia palma. Pensó en el jefe. Pensó en Nilda, que a las diez ya habría guardado el sándwich en la heladera.

    —No puedo salirme de la línea —dijo.

    —Entiendo.

    Nadie insistió. Era lo peor: nadie insistió. En la vereda, una nena de unos nueve años, con un casco de plumas amarillas que la hacía tambalear, lo miraba sin pedirle nada, como se mira un semáforo.

    Raimundo se rascó la nuca. Después apretó el botón de la puerta de atrás.

    —Suban de a poco —dijo—. Y las plumas para arriba, que no me tapen el espejo.

    Subieron de a poco y después todos juntos. Entraron los bombos, las tamboras, un chico con una carroza de cartón a la espalda, una abuela con una bolsa de broches y agujas por si algo se descosía en el camino. El interno 27 se llenó de olor a pegamento, a talco, a perfume dulce, a sudor tibio. Alguien empezó a golpear un repique contra el vidrio de la ventanilla, y otro lo siguió, y otro más. Raimundo apagó la radio. No hizo falta.

    Se salió de la línea en la esquina de la plaza, y sintió un vacío en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Dobló donde nunca había doblado. Por el espejo grande, la nena del casco amarillo le sonrió con dos dientes de menos. Atrás cantaban el tema de la comparsa a los gritos, y las lentejuelas rebotaban contra los caños.

    Llegaron a las nueve y cuarto. Desde el acceso se veía el resplandor del corsódromo, y se oía, todavía lejos, una batería que arrancaba y le pegaba en el pecho a cualquiera que estuviera cerca. Bajaron como salen los pájaros de una jaula. El muchacho flaco le apretó la mano con las dos manos.

    —¿Cómo se llama, don?

    —Raimundo.

    —Raimundo, nos salvó la noche.

    —Yo manejé, nomás.

    Cuando ya se habían ido todos, la nena volvió corriendo, se sacó una pluma amarilla del casco, la más chica, y se la clavó en el limpiaparabrisas.

    —Para que no se olvide —dijo, y salió disparando.

    Raimundo se quedó parado en el estribo un rato largo. Desde ahí, por encima de las cabezas, alcanzó a ver la primera carroza de la noche, toda iluminada, empezando a moverse, y las tamboras que subían como una ola. Nunca había visto un desfile. Vio unos minutos. Le alcanzaron.

    A las diez y diez metió el coche en la cochera, vacío, con la pluma amarilla temblando en el parabrisas. El jefe lo esperaba en el portón, mirando el reloj.

    —Tarde, Raimundo. Diez minutos. Por primera vez en cuarenta y un años.

    —Diez minutos —admitió él.

    —No importa. —El jefe sonrió—. Dejá, que mañana lo limpia el turno de la mañana.

    Raimundo subió por última vez a apagar las luces interiores. Había purpurina en el piso, en los asientos, en los caños, un polvo finito que brillaba bajo el plafón y hacía parecer que el pasillo seguía en movimiento. Apagó el motor. Se fue sin barrer, y el interno 27 quedó brillando solo en la cochera oscura.

  • La A cruzada del bandoneón

    A las cinco de la tarde, con la persiana del taller a medio subir y el olor a cera tibia mezclado con el del café recalentado, Ernestina Palumbo destapó el bandoneón sobre el banco de la calle Sánchez de Loria. Era un AA, de los de antes de la guerra, con las teclas de hueso amarillas como dientes de fumador y el fuelle remendado tantas veces que ya parecía un mapa.

    —Me dijeron que no suena el la de la mano derecha —dijo Ciro, parado del otro lado del mostrador, con las manos metidas en los bolsillos de la campera—. Y esta noche toco en la milonga del club, en Boedo. A las diez.

    —¿Y vos qué querés que haga, un milagro?

    —Una afinación. Nomás.

    Ernestina lo miró por arriba de los anteojos. Hacía cuarenta y dos años que afinaba bandoneones, desde que su padre la sentó a los catorce frente a una lima y le dijo «soplá y escuchá, lo demás viene solo». No había venido solo. Había venido con tres uñas rotas, dos fuelles quemados y una oreja que ahora distinguía un cuarto de tono desde la otra punta de la cuadra.

    Desarmó las cajas con cuidado de cirujana. Setenta y un botones, ciento cuarenta y dos voces: ciento cuarenta y dos lengüetas de metal, abriendo y cerrando, cada una con su dueña en la plancha. Las fue sacando una por una y las apoyó sobre un paño verde. Después tomó la lima fina y empezó a trabajar la que estaba muda, soplándola cada pocas pasadas, escuchando.

    —Se me enfría el café —dijo Ciro.

    —Se te va a enfriar más.

    Pero la lengüeta del la no era el problema. Cuando por fin la tuvo afinada, la pegó con cera en su ranura, cerró la caja y apretó el fuelle. Nada. Un resoplido seco, como de caballo cansado. Volvió a abrir. Volvió a soplar. La lengüeta cantaba perfecto sola. Puesta en la plancha, se callaba.

    A las siete y media, Ciro se había comido tres facturas de ayer y había llamado dos veces a su madre. Ernestina, con la lámpara de brazo pegada a la frente, empezó a recorrer la caja con la uña, centímetro por centímetro, hasta que la uña tropezó con algo en el fondo de la madera. Un relieve. Acercó la luz.

    Alguien había rayado con una punta, en la cala, un renglón torcido: «Para la Nena, que toque hasta que se le canse el fuelle. A. 1951».

    Se quedó quieta. Afuera pasó un colectivo y el vidrio del taller vibró.

    —¿Qué pasa? —preguntó Ciro.

    —Nada. Una dedicatoria.

    No dijo más. Pero algo en la letra, la A con el palito cruzado hacia la izquierda, le tocó el costado de la memoria. Su padre firmaba así. Él se llamaba Aníbal y había afinado, en esa misma mesa, todos los bandoneones del barrio, y uno solo había salido del taller sin cobrar, el que le pidió una chica de quince años que quería aprender y no tenía un peso. La Nena. Ernestina había oído esa historia mil veces y nunca le había puesto cara ni nombre.

    —¿De quién es este instrumento? —preguntó.

    —De mi abuela. —Ciro se encogió de hombros—. Ella lo tocaba de joven. Después se casó, tuvo hijos, lo dejó en el ropero. Me lo dio hace dos años. Dice que quiere escucharlo en un lugar con gente.

    Ernestina se sacó los anteojos y se frotó los ojos. Después los volvió a poner. La dedicatoria no explicaba por qué la caja se tragaba el la, pero le explicó otra cosa: dónde mirar. Su padre nunca ponía la cera donde la ponían los demás. La ponía de más, en el borde, para que la lengüeta no se moviera con los años. Y siete décadas de humedad, en un ropero, habían hinchado la cera hasta cerrar la mínima rendija por donde el aire tiene que pasar.

    Con una aguja de coser y la paciencia que no había tenido a los catorce, fue levantando la cera en capas finas, como quien despega una estampita vieja. A las nueve menos diez la ranura estaba limpia. Volvió a asentar la lengüeta con apenas un punto de cera, cerró, y se la tendió a Ciro.

    —Probá.

    Ciro abrió el fuelle. Tocó el la. Sonó redondo, un poco ronco, con ese aire que tienen las cosas que estuvieron mucho tiempo calladas y vuelven a hablar.

    —Qué lindo —dijo, casi sin voz.

    —Es el instrumento —dijo Ernestina—. Yo apenas lo destapé.

    Ciro quiso pagarle. Ella le empujó el billete de vuelta con dos dedos.

    —Pagale a tu abuela. Decile que el que lo afinó la primera vez firmaba con la A cruzada. Que el que lo afinó esta noche es la hija.

    El chico se quedó mirándola, sin entender del todo, y asintió igual. Guardó el bandoneón en el estuche y salió con él contra el pecho, apurado, mientras la persiana bajaba a medias sobre la vereda.

    Ernestina se quedó sola con el paño verde, las limas y el último sorbo de café frío. Pensó en cerrar. Pensó en ir hasta el club, pararse al fondo, pedir un vaso de agua. No sabía si iba a animarse.

    Apagó la lámpara. Desde la calle, doblando la esquina de Boedo, le llegó un acorde abierto, un fuelle que respiraba hondo. El la sonó entero, sostenido, y por un rato largo ella lo escuchó desde el umbral, sin moverse, hasta que otro bandoneón en algún lugar de la cuadra se le sumó, y después otro, y la noche se llenó de aire.

  • La rayita de los doce

    A las cinco y media, cuando todavía no había aclarado del todo, Brian Oyarzún tenía las manos metidas en un balde de agua helada y la cara de quien se pregunta por qué dijo que sí. La Calafate cabeceaba en el muelle de Ushuaia con las luces de cubierta prendidas, y desde el fondo del canal subía ese olor frío y salado que se te mete hasta el sombrero.

    —Los guantes no son para que los mires —dijo Ramona, sin levantar la vista de la soga que estaba empalmando—. Son para ponértelos.

    Ramona era su tía abuela y tenía sesenta y un años, una lancha de doce metros y un permiso de pesca artesanal que le había costado más papeles que muebles tuvo en toda su vida. Brian tenía dieciséis, un trabajo de verano que le habían conseguido a la fuerza y una sola idea en la cabeza: el cumpleaños de su abuela Nilda, el sábado. Setenta y ocho años, y desde que se había mudado a Río Grande extrañaba la centolla como otros extrañan a un hermano.

    Zarparon con el cielo color ceniza. El canal estaba planchado, algo raro, y las montañas del otro lado tenían la nieve de noviembre pegada en los bordes. Ramona manejaba parada, sin apuro, con un mate apoyado en la consola. Cada tanto señalaba algo con el mentón: una boya naranja, un cormorán, un pedazo de costa donde, decía, había habido un aserradero.

    Las trampas estaban calladas en el fondo, en líneas de diez, unidas por un cabo largo que terminaba en una boya. Ramona enganchó la primera con el bichero y el malacate empezó a gemir. Subió la nasa tronco-cónica chorreando, con las redes llenas de algas coloradas, y adentro, apretadas contra los restos de carne que habían servido de cebo, tres patas largas y espinosas se movían despacito.

    —Ahora aprendés —dijo Ramona, y sacó del bolsillo del mameluco una regla de acero con una escuadra soldada en la punta, tan gastada que los números casi no se leían—. Se mide el ancho del caparazón. Doce centímetros o más, se queda. Menos de doce, vuelve al agua. Sin discutir.

    —¿Y si le falta poquito?

    —Si le falta poquito, le falta.

    Brian midió el primer bicho, un macho que daba catorce y que lo pellizcó a través del guante. Lo tiró al cajón. Midió el segundo, de trece. Al tercero lo dio vuelta para mirarle la panza, como le había enseñado Ramona: las hembras la tienen ancha y redonda, los machos angosta y en punta. Era hembra. Volvió al canal con un chapuzón y un reto del mar.

    A las diez habían levantado seis líneas. El cajón tenía cuarenta y dos centollas de buen tamaño y a Brian ya no le dolían los brazos sino algo más hondo, que no sabía nombrar. El viento había empezado a levantarse del sur. Ramona se calzó la capucha.

    En la última trampa de la última línea, bien al fondo, entre dos bichos grandes, había uno más chico. Brian lo sacó con las dos manos, lo dio vuelta y confirmó que era macho. Apoyó la regla. El borde del caparazón quedó justo, justo, pegado a la marca de los doce. Miró de nuevo. Se veía la marca, no se veía la marca.

    —Dice doce —murmuró.

    Ramona se acercó con las manos en los bolsillos. Miró la regla, miró el bicho, miró a Brian.

    —A ver. Apretá la escuadra.

    Brian apretó. Entre la punta del metal y el caparazón se coló una rayita de luz, finita como un pelo.

    —Once ochenta —dijo ella.

    —Tía, es una rayita.

    —La rayita es la ley.

    Brian se quedó con el animal en las manos. Pensó en Nilda, en la cocina de Río Grande, en la olla grande que había comprado de apuro, en las cuarenta y dos centollas que ya estaban en el cajón y que nadie iba a notar que eran cuarenta y una. Pensó que el bicho se iba a morir de todos modos de viejo, o lo iba a pescar otro, o lo iba a comer una gaviota. Pensó muchas cosas rápido, como se piensa cuando uno sabe lo que tiene que hacer.

    —¿Cuánto tarda en crecer ese centímetro? —preguntó.

    Ramona sonrió por primera vez en el día, apenas, con un costado de la boca.

    —Un año, dos. Y después alguien lo pesca, ya sin rayita. Y se lo come tu abuela, o la abuela de otro.

    Brian lo sostuvo un segundo más sobre la borda. Después lo soltó. El animal giró en el aire, golpeó el agua y se hundió con las patas abiertas, despacio, hasta que el canal lo borró.

    Volvieron con viento de cara y la cubierta barrida por salpicaduras. Ramona no dijo nada hasta que el muelle estuvo a la vista, con los techos de chapa y la ciudad subiendo por la ladera. Entonces pidió que le alcanzara la caja azul de debajo de la consola.

    Adentro había una centolla grande, ya cocida, envuelta en papel de diario.

    —La hice anoche. Para el sábado. Pasá por la pescadería y que te la pongan en hielo.

    —Pero si yo no…

    —No es regalo. Es adelanto de sueldo. —Ramona acomodó la soga en el cornamusa y apagó el motor—. Y mañana venís a las cinco y media. Con los guantes puestos.

    Brian se quedó un rato en cubierta, con la caja entre las rodillas, mirando cómo el canal se cerraba otra vez donde había caído el bicho. En el bolsillo de la campera, sin saber cuándo, había guardado la regla gastada de Ramona. La sacó. Entre la escuadra y el metal, a contraluz, todavía se veía la rayita.

  • Una pluma torcida

    Nelson Bordón abrió el portón del galpón de la calle Estrada a las siete y media, con el termo bajo el brazo y el frío de noviembre todavía metido en los huesos. Adentro olía a pegamento de contacto y a telgopor lijado, y arriba, en las vigas, colgaban los espaldares del año pasado como murciélagos enormes, de a decenas, con las plumas atadas hacia abajo.

    Su trabajo, en esa época, era el menos vistoso del taller. Los costureros hacían los trajes nuevos, los soldadores levantaban las carrozas, y él se ocupaba de lo que ya había brillado: sacarle las plumas a lo viejo, separar las que servían y teñir de negro las que no. Las plumas llegan blancas o de color natural, le había explicado un director cuando entró, y se van oscureciendo de a poco porque se ensucian. Cuando ya no dan más, se pintan de negro y vuelven a la pasarela hechas sombra.

    Puso a calentar el tacho sobre la hornalla de la pileta del fondo. Con una pinza fue desatando un espaldar. Las plumas de gallo caían una por una en la caja, y él las iba mirando contra la luz de la ventana alta: esta sí, esta no, esta al tacho.

    —¿Y esa, Nelson? —le preguntó Mailén, la pibita que había entrado en septiembre a ayudar con la batucada y que ahora andaba por todos lados—. Esa está bárbara.

    —Esa no se toca.

    Era una pluma blanca, larga, con la punta apenas torcida hacia la izquierda, como si se hubiera acordado de pronto de algo. La había visto en el tercer espaldar de la fila, y la reconoció sin buscarla. Hacía catorce años, Delia, su mujer, había salido por la pasarela con ese espaldar, cuarta bastonera de la segunda comparsa, con treinta y siete años y un traje que pesaba diez kilos. Él la miró desde la tribuna, entre gente que se levantaba. Cuando ella pasó frente a su sector, una pluma se le torció con el viento del río y Delia, sin dejar de sonreír, la acomodó con un movimiento de cuello que él nunca olvidó.

    Delia ya no estaba. Los espaldares, sí, porque en el carnaval nada se tira.

    —¿Y qué vas a hacer con esa pluma? —insistió Mailén.

    —Nada. Guardarla.

    —Pero hay una regla. Todo lo que se desarma va al inventario. Se lo dijo Villalba el otro día a los de costura.

    Nelson no contestó. Siguió con la pinza, cada vez más despacio. Sabía que Mailén tenía razón. Las plumas eran el mayor capital del club, un faisán de ciento diez centímetros costaba una fortuna, y él mismo había visto cómo pesaban las cajas en una balanza antes de cerrarlas con precinto. Esa pluma no era de él. Era de todos y era, sobre todo, de la comparsa del año que viene.

    A media mañana apareció Villalba, el director, con una planilla y la gorra para atrás.

    —¿Cómo vamos con las plumas, Nelson?

    —Vamos.

    —Tengo que cerrar el conteo antes del viernes. ¿Cuántas para teñir?

    Nelson le mostró las cajas. Villalba contó con el dedo, murmurando. Llegó a la caja de las blancas y se quedó un segundo mirando la torcida.

    —Esa es linda —dijo.

    —Es del año de Delia.

    Villalba levantó la vista. No se movió. Afuera pasó un camión con el ruido seco de las chapas y se oyó, lejos, la batucada ensayando en el corsódromo, que está en el predio de la vieja estación de trenes, donde ya no llega ningún tren pero siguen sonando los bombos como si fuera a llegar.

    —Ah —dijo Villalba—. No sabía que era esa.

    —No importa. Si hay que teñirla, se tiñe.

    Fue lo más difícil que dijo en mucho tiempo. Villalba no contestó enseguida. Se sacó la gorra, la dio vuelta en las manos y volvió a ponérsela.

    —Mirá. Si la dejo afuera del conteo, me falta una pluma de trescientas cincuenta del espaldar de la bastonera. Pero eso se arregla. Hay plumas que se rompen cada año, siempre se rompe alguna. Anotamos esa como rota y listo.

    —No quiero que mientas por mí.

    —No miento. La pluma se rompió hace catorce años, cuando pasó por la pasarela. Es una forma de decirlo.

    Nelson soltó una risa corta, de sorpresa. Villalba tachó algo en la planilla y se fue silbando.

    Esa tarde, cuando el galpón se vació y la luz bajó anaranjada por la ventana alta, Nelson tomó la pluma de la caja. La sostuvo un momento. Estaba un poco amarillenta en la base, y en la punta, la parte torcida, conservaba un brillo fino como de escarcha. La envolvió en un repasador limpio y la guardó dentro del termo vacío, de pie, para que no se doblara más.

    Mailén lo esperaba en el portón con la mochila al hombro.

    —¿Se la vas a mostrar a alguien?

    —A nadie. Me la llevo y la pongo en el aparador, al lado de la foto.

    —Y cuando te toque teñir la del año que viene, ¿qué hacés?

    Nelson cerró el portón con la llave grande, la de cabeza redonda, y se quedó mirando la calle. Del otro lado, en el corsódromo, alguien probaba un redoblante: tres golpes y una pausa, tres golpes y una pausa.

    —Tiño la que venga —dijo—. Esa ya tiene dueña.

    Caminó hacia su casa por Estrada con el termo apretado contra el pecho, y a la altura de la esquina, sin darse cuenta, empezó a marcar el compás con el pie.

  • La panza de la g

    Tamara Quiroga cargó el pincel de pelo largo con esmalte rojo y respiró por la nariz, como le había enseñado su maestra. Era sábado, las nueve de la mañana, y el garaje de Valentín Alsina olía a aguarrás y a las facturas que alguien había dejado sobre el capot de un Falcon. Afuera, un camión Mercedes 1114 esperaba con la puerta del acompañante desmontada y apoyada en dos caballetes. Era el primer trabajo que le entregaban sola.

    —Que sea lindo, pibita —dijo Ramón Ledesma, el dueño, con la gorra en las dos manos—. Que se vea desde Pompeya.

    Ramón hacía fletes desde antes de que Tamara naciera. Mudanzas, heladeras, un piano una vez. Su padre había tenido un carro con caballo y una frase pintada en el costado, y él quería la misma en la puerta del camión. Se la dictó de memoria, despacio, con los ojos en el techo: «Con el favor de Dios y el apoyo de la Virgen, por esta calle voy a llegar».

    —Va en dos renglones —dijo Tamara—. Con una cinta arriba y unas hojas de acanto a los costados.

    —Lo que vos digas.

    Ella trasladó el dibujo con el papel picado: perforó el contorno con una aguja, golpeó la bolsita de carbón y el diseño apareció sobre la chapa blanca, como una constelación de puntitos grises. Después se puso a trabajar las letras. Primero los colores planos, rojo para las mayúsculas y verde botella para el resto. Después las luces y las sombras, con yapán, esa mezcla de negro y barniz que da volumen y que se seca con un brillo de caramelo.

    Ramón no se iba. Se sentó en un banquito de plástico, con un mate que le había cebado la vecina, y miraba. No miraba el trabajo en general. Miraba cada trazo, y movía apenas los labios.

    —¿Le pasa algo, don Ramón?

    —Nada. Me gusta cómo hacés la «D».

    —¿Qué tiene la «D»?

    —Que cierra. La de mi viejo no cerraba nunca. Se le quedaba abierta, como pidiendo permiso.

    Tamara sonrió y siguió. Hizo la «V» de «Virgen» con un remate en espiral, y notó que el hombre se inclinaba hacia adelante. Cuando llegó a «apoyo», se acomodó la gorra. Cuando llegó a «calle», dijo en voz baja:

    —Esa es la que más me gusta. Parece una escalerita.

    Ella frenó. Lo miró. En «calle» las dos «l» se sostenían una junto a la otra, altas y derechas, con la «e» final bajando como un escalón.

    —¿La reconoce?

    —La reconozco —dijo Ramón, y se rió con una risa corta, de quien se queda sin salida—. Yo sé lo que dice porque me lo sé, mijita. Pero lo que son las letras… Nunca me enseñaron. Mi viejo tampoco sabía. Él pintaba la frase de memoria, un pintor se la copió una vez, y después la repasaba cada año con un pincel de pared. Yo me acuerdo de la forma de cada palabra. La de «calle» es la escalerita.

    En el garaje se oía una radio lejos, un colectivo frenando en la avenida. Tamara dejó el pincel sobre el trapo. Le pareció que con cualquier cosa que dijera iba a romper algo.

    —¿Y usted por qué no me lo contó antes?

    —Porque pensé que ibas a tener lástima.

    —No tengo lástima. Tengo un problema.

    —¿Qué problema?

    —Que acá en «Virgen» hay una «g» que va a salir distinta de la de su papá. Yo la hago con la cola para abajo y un rulito. Usted la va a buscar y no la va a encontrar.

    Ramón se quedó pensando. Después se levantó, se acercó a la puerta apoyada en los caballetes y pasó el dedo, sin tocar, a un centímetro de la chapa, siguiendo la frase. Se detuvo en «Virgen».

    —Hacela como se te dé —dijo—. Pero la «g»… la «g» la hacés con la panza grande.

    —¿Con la panza grande?

    —Como la de mi viejo. Que parecía una olla.

    Tamara tomó el pincel. Pensó en su maestra, que decía que el filete es el arte de mentir con las curvas para que la línea parezca decir la verdad. Dibujó la «g» con una panza grande, redonda, como una olla en la que cabía una sopa para cinco. Le puso el rulito igual, porque no podía no ponérselo. Y debajo, con una luz de yapán, un reflejo pequeño.

    Cuando terminó, a la una de la tarde, con las manos manchadas de verde y rojo hasta las muñecas, Ramón dio una vuelta lenta alrededor de la puerta, que ya estaba de pie otra vez, esperando los tornillos.

    —¿Está bien? —preguntó ella.

    Él no contestó enseguida. Pasó el dedo por el aire, de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, y por primera vez Tamara vio que no estaba leyendo ni recordando. Estaba saludando a alguien.

    —La «g» —dijo—. Es la de él.

    Tamara asintió, y no dijo nada más. Mientras Ramón y el ayudante atornillaban la puerta al camión, ella lavó los pinceles en el tacho con aguarrás, uno por uno, hasta que el agua quedó turbia y las cerdas otra vez blancas.

    A las tres, el Mercedes arrancó con una sacudida y salió del garaje hacia la avenida. Tamara lo siguió hasta la vereda. Vio cómo doblaba rumbo al puente, con el sol dando de lleno en la puerta, y cómo las letras rojas y verdes brillaban sobre la chapa. De lejos, entre el humo del escape y el polvo, la frase parecía una sola línea ondulada. Pero la «g» de «Virgen», con su panza grande, se veía desde la esquina.

  • El ojo que faltaba

    Rómulo Sanabria llegó al galpón del club a las cuatro de la tarde del tres de enero, con el pan de miga en una bolsa y la cola vinílica todavía pegada en los nudillos de anoche. Faltaban cuatro horas para que la primera carroza saliera hacia el corsódromo, y la tercera, la del yaguareté, tenía un solo ojo.

    Estaba en lo alto de la estructura, a seis metros del piso, con la cabeza de telgopor ya recubierta de papel madera y pintada de ocre y negro. El ojo izquierdo, de vidrio ámbar, brillaba bajo los tubos de luz. En el derecho había un hueco redondo, como una boca abierta que no decía nada.

    —¿Y el ojo, Rómulo? —gritó desde abajo Mabel, la que cosía los trajes, con la boca llena de alfileres.

    —Viene —dijo él, y no era cierto.

    Treinta y un años pegando papel. Empezó de pibe, llevando baldes de engrudo, y aprendió el oficio de Don Aquiles, que decía que una carroza se hace con paciencia y con vinílica, en ese orden. Había empapelado leones, dragones, un Quijote entero. Pero los ojos siempre los hacía Delia, su mujer. Los pintaba al final, con un pincel finito de pelo de marta que guardaba en una lata de Terrabusi, y recién cuando terminaba cada animal parecía mirar a alguien.

    Delia se había ido en marzo. Rómulo pasó el invierno sin tocar el galpón, y en octubre el director lo fue a buscar a la casa. “La carroza es tuya, Romu. Los ojos los resolvemos”. Los habían resuelto con un ojo y un hueco.

    Subió por la escalera de aluminio con la lata. Adentro estaban los pinceles, un tubito de pintura dorada que se había secado y la receta de Delia, escrita a lápiz en el dorso de una factura de la ferretería: “Ámbar base. Rayita negra vertical, una sola. Brillo con una gotita de barniz, no más”.

    Eso era todo. No decía cómo se hacía que una rayita negra pareciera una mirada.

    Le temblaba la mano. Probó en un trozo de cartón y le salió un bicho muerto. Probó otra vez y le salió peor. Abajo, los bailarines empezaban a llegar, con los tocados en bolsas gigantes, y el galpón se llenaba de olor a laca, a café quemado y a cola. Alguien puso la batucada en un parlante y el piso empezó a vibrar.

    —Tío, ¿lo ayudo? —preguntó un chico de unos doce años, Ezequiel, el sobrino de Mabel, que andaba por ahí con una gaseosa—. Yo hago dibujos.

    —Esto no se dibuja —dijo Rómulo—. Esto se mira.

    Pero lo dejó subir un escalón. El chico se quedó callado un rato, mirando el ojo bueno, y después dijo algo que Rómulo no esperaba:

    —Ese mira para allá. Para donde va a salir la carroza. ¿El otro tiene que mirar para el mismo lado, no?

    Rómulo se quedó quieto. Era eso. Delia nunca lo había escrito porque nunca lo había pensado: ella pintaba el ojo desde el costado del animal, parada junto a la cara, y la rayita negra siempre acompañaba la línea del hocico, hacia adelante, hacia la pista. Los ojos no miraban a la gente. Miraban adonde iba el animal.

    Se limpió las manos en el pantalón. Mojó el pincel de marta en el ámbar, rellenó el hueco con una sola pasada, esperó. Contó hasta veinte como hacía ella. Después tomó el negro con la punta de las cerdas, casi sin pintura, y trazó la raya vertical siguiendo el filo del hocico, una sola vez, sin retocar.

    Quedó chueca. Un pelito chueca, hacia arriba, como si el yaguareté hubiera oído algo entre los pastizales.

    Le puso la gotita de barniz. Una, no más.

    Bajó de a poco. Desde el piso, con la distancia justa, la cabeza completa lo miró de costado y después miró hacia el portón. Mabel dejó de coser. Ezequiel, con la botella a medio camino de la boca, dijo bajito: “Está vivo”.

    —Está torcido —dijo Rómulo, y se le quebró la voz.

    —Por eso —dijo Mabel, y le tocó el brazo.

    A las ocho menos diez abrieron el portón y la noche entró al galpón con olor a pasto recién cortado y a pochoclo. Los muchachos engancharon la carroza al tractor, despacio, y el yaguareté salió con su ojo ámbar y su ojo ámbar, uno de Rómulo y uno de Delia, mirando hacia adelante, hacia la pista iluminada del otro lado de la calle.

    Rómulo caminó al lado de la rueda gigante hasta el final de la cuadra. Después se quedó parado en la vereda, con la lata de Terrabusi bajo el brazo, viendo cómo la cabeza se perdía entre los reflectores. Le pareció que, de lejos, la rayita ya no estaba chueca. Le pareció que apuntaba justo adonde tenía que apuntar.