A las nueve y diez, con la escarcha todavía crujiendo sobre los durmientes de la Estación del Fin del Mundo, Elsa Cárcamo se acomodó el silbato en el cordón y repasó la lista de pasajeros con el dedo, aunque ya la sabía de memoria. Era martes de abril. Las lengas del valle habían virado al rojo y los micros de las excursiones llegaban casi vacíos.
—¿Última vez, Elsa? —le preguntó Joaquín, el pibe nuevo, que llevaba el chaleco de guarda un número más grande.
—Última vez. Me jubilo el viernes. Hoy hago el viaje completo y listo.
—¿Y no te da cosa?
—Me da frío. Cosa me va a dar después.
No le contó lo otro. Treinta y un años de guarda en el tren, y en todo ese tiempo nunca había bajado a buscar lo único que le había pedido su abuelo Telmo antes de morir.
Telmo Cárcamo había llegado a Ushuaia en los años treinta, cuando el tren todavía era el de los presos y él era un muchacho de Chiloé que cortaba leña por jornal. Contaba que en el tramo de la Cañadón del Toro, después del Puente Quemado, había marcado sus iniciales con un hierro caliente en un durmiente de lenga que le tocó cambiar. «T.C. Para que algún día pase alguien y sepa que ahí hubo uno que laburó», decía, y se reía, porque sabía que nadie iba a pasar. El tren de los presos se cerró en 1952. El actual corre por el mismo trazado pero con otra trocha, más angosta, y la mitad de los rieles originales se pudrió en el barro.
La locomotora silbó. Elsa subió al último coche y cerró la puerta con el pie.
El viaje empezó como siempre: el traqueteo parejo, el olor a carbón y a café de termo, los turistas pegados a las ventanillas mientras el tren se metía en el cañadón. Cruzaron el Pipo por el Puente Quemado. Elsa fue pasando coche por coche, repitiendo lo que había repetido miles de veces: que acá los presos cortaban leña, que el frío no perdonaba, que la parada en Macarena era de quince minutos y que ella avisaba con el silbato.
En el segundo coche, una mujer mayor con un gorro de lana tejido le agarró la manga.
—Disculpe. ¿Usted es de acá?
—De acá, sí.
—Yo vine por mi marido. Siempre quiso hacer este viaje. —Le mostró el celular con una foto: un hombre flaco, sonriente, con las manos llenas de grasa—. Era maquinista en Río Gallegos. Me dijo: «Andá vos, y fijate cómo suena el silbato». Qué raro, ¿no? Un viaje entero por un silbato.
Elsa miró la foto un rato.
—No es raro —dijo—. Mire, cuando lleguemos a la parada, yo lo toco más largo.
Llegaron a Macarena. Los pasajeros bajaron al mirador, al ruido de la cascada, a las fotos del asentamiento yámana. Elsa se quedó en el andén contando cabezas hasta que vio que Joaquín tenía todo bajo control. Entonces miró el reloj, quince minutos, y bajó por el sendero que bordea el río, el que nadie transita porque no tiene cartel.
El barro estaba helado. Caminó con las botas resbalando entre raíces y troncos caídos, hasta una curva donde el Pipo se abría en un remanso. Ahí, medio tapados por el musgo, asomaban unos durmientes viejos, negros, deshechos como pan mojado. Se agachó y fue rascando con la uña, uno por uno, mientras el reloj corría.
Al quinto, bajo una costra verde, encontró una marca quemada, profunda, con bordes redondeados por setenta años de humedad. Dos letras. Una T, una C.
Se quedó con la mano apoyada encima, sin hacer nada. El agua pasaba despacio. Un chucao cantó en algún lado, ese canto que parece una burbuja que explota. Pensó en el abuelo con el hierro al rojo, en el olor a madera quemada, en el cuento que ella siempre tomó por una broma.
—Acá estuvo uno que laburó —dijo en voz alta, y le salió una voz rara, finita.
Sacó el celular, sacó una foto, y se dio cuenta de que le temblaban los dedos. Le quedaban cuatro minutos.
Volvió trepando, enchastrada hasta las rodillas. En el andén, Joaquín la miró con la boca abierta.
—Elsa, te falta poco, ¿dónde estabas?
—Haciendo un trámite.
Los pasajeros fueron subiendo. La mujer del gorro de lana se sentó junto a la ventanilla, con el celular apoyado en las rodillas, mirando para adelante. Elsa esperó a que subiera el último, un nene con el casco de bombero de plástico, y entonces se llevó el silbato a la boca.
Sopló largo, mucho más largo que los otros treinta y un años. El sonido rebotó en las paredes de el cañadón, subió por la cascada, cruzó el valle y volvió, flaco y limpio, desde algún lugar donde alguien con un hierro al rojo había dejado dos letras en la madera.
En el segundo coche, la mujer del gorro cerró los ojos.
Elsa subió y le hizo una seña al maquinista. El tren arrancó despacio, con el vapor pegado al suelo, y ella se quedó en la plataforma de atrás, con el frío en la cara, mirando cómo el río se achicaba entre los árboles rojos hasta que ya no se veía.