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  • Ocho centímetros de sal

    Aurelio Tolaba clavó la pala carbonera en la costra blanca y sintió que la hoja cedía un poco, como siempre, a los diez centímetros. Debajo, la tierra salada era gris y húmeda. Marcó con el pie el rectángulo que ya había trazado con estacas y cordel: cuatro metros por dos y medio. Faltaba cavar cuarenta centímetros de profundidad, y eran las once de la mañana de un jueves de noviembre en las Salinas Grandes.

    Hacia el oeste, sobre la Puna, había una nube con la panza oscura. Todavía no hacía ruido, pero él la miraba cada vez que se enderezaba a descansar la espalda. Las lluvias de diciembre no esperan a nadie. Si la pileta no estaba cavada y llena de salmuera antes, se perdía la siembra de este año y, con ella, la sal de abril.

    La pala era de su padre. El mango tenía una curva donde antes había una mano, y la hoja, de tanto roce con la sal, estaba afilada como cuchillo de cocina. Aurelio la usaba desde hacía treinta años y nunca la había cambiado. En el parador, a cuarenta metros, se escuchaba el motor de una camioneta y la voz de su sobrino Brian explicándole algo a unos turistas, en ese tono alegre y un poco cantado que usaba para las visitas.

    Primero sacó la capa de arriba, la dura, la que parece vidrio opaco. La apiló a un costado. Después vino el barro salado, que pesaba el doble. A las doce y media tenía dos tercios de la profundidad y las manos blancas hasta las muñecas. Se le agrietaban los dedos, pero no le molestaba. Lo que le molestaba era la altura. A tres mil cuatrocientos metros, cada palada se pagaba con un respiro de más.

    Se sentó en una bolsa vacía, sacó la bolsita de coca del bolsillo de la campera y se puso un puñado en el cachete. Después abrió la botella de alcohol y derramó un chorrito en la esquina de la pileta, despacio, en el lugar donde siempre lo había hecho, donde lo hacía su padre.

    —Con permiso, Pachamama —dijo—. Perdoná que vaya tan lento este año.

    El viento le llevó la frase hacia la sierra de Chañi. Aurelio se quedó escuchando. No esperaba respuesta, pero cada vez le parecía que el silencio se acomodaba un poco, como cuando alguien en una casa deja de hacer ruido para que otro hable.

    Brian apareció a las dos de la tarde, caminando por la costra con las zapatillas blancas manchadas de sal. Traía una botella de agua y dos empanadas de carne envueltas en servilleta.

    —Tío, ¿vos comiste?

    —Estoy trabajando.

    —Eso no es contestar.

    Aurelio agarró una empanada. Brian miró la pileta, la nube del oeste, la pala del abuelo, y se quedó callado un rato. Tenía diecinueve años y la costumbre de llevar el celular en la mano como si fuera una brújula.

    —Se viene el agua —dijo al final.

    —Se viene.

    —Te faltan, ¿cuánto? ¿Diez centímetros?

    —Ocho. Y después hay que traer la salmuera del ojo. Son como cuarenta baldes.

    Brian dio una vuelta alrededor de la pileta, midiendo con los ojos. Después se sacó la campera y la dejó sobre una pila de sal. Fue hasta el parador, habló un minuto con la mujer del mostrador, y volvió con otra pala, una de las que usan los chicos para mostrarles a los visitantes cómo se saca la sal.

    —Esa no sirve —dijo Aurelio.

    —Sirve para esto.

    Cavaron los dos. El ritmo de Brian era desparejo, de arranques fuertes y pausas largas, pero la tierra salía. Aurelio le fue marcando dónde apoyar el pie y cómo dejar caer el peso en lugar de empujar con los brazos. Al rato el chico ya no hablaba. Cada tanto levantaba la vista hacia la camioneta de los turistas, que seguía parada en la ruta 52 con las puertas abiertas, y volvía a bajarla.

    —¿No te están esperando? —preguntó Aurelio.

    —Les dije que hoy se las arreglaban solos.

    —Te van a descontar.

    —Que me descuenten.

    A las cuatro la pileta estaba pareja. Aurelio pasó la palma de la mano por las paredes, buscando los huecos, y los alisó con el borde de la pala. Después fueron hasta el ojo de agua. Era una boca oscura rodeada de cristales, tan quieta que parecía de otro material. Llenaron los baldes uno por uno y los llevaron de a dos, haciendo veinte viajes cada uno por la costra que crujía bajo las suelas. La nube del oeste ya tapaba la mitad del cerro y tenía un borde amarillento. Se había levantado un viento frío que hacía llorar los ojos.

    En el último viaje a Brian le temblaban los brazos. Vació el balde en la pileta y se sentó directamente sobre la sal, con las piernas estiradas.

    —No sabía que pesaba tanto —dijo.

    —Es que no es agua. Es sal que todavía no se acordó de serlo.

    —Ay, tío.

    —Es verdad, así dicen los viejos.

    Aurelio se arrodilló junto a la pileta. El agua ya había dejado de moverse y reflejaba lo que quedaba del cielo, un pedazo celeste con la nube encima y, abajo, los dos, achicados. Volvió a abrir la botella, derramó el último chorrito en las cuatro esquinas, y le pasó la bolsita de coca a su sobrino. Brian dudó un segundo, agarró unas hojas y se las puso en el cachete, haciendo una mueca.

    —Ahora no hay que hacer nada —dijo Aurelio—. El sol y el viento hacen el resto. En abril volvemos y sacamos lo que haya.

    —¿Y si no llueve bien?

    —Siempre llueve algo.

    A lo lejos, la camioneta de los turistas arrancó y se perdió hacia Purmamarca. Cayeron las primeras gotas, gordas, tibias, una en la frente de Brian, otra sobre la pala del abuelo. Aurelio no se movió. En la pileta, cada gota abría un círculo pequeño que se iba ensanchando hasta tocar la pared de sal, y allí se quedaba, esperando.

  • Penal en Moctezuma

    Brisa Antúnez llegó a Moctezuma a las dos menos veinte, en el asiento de atrás del Gol de su tío, con el bolso del árbitro entre las rodillas y el estómago hecho un nudo de piolín. Había hecho el curso en Casares durante el verano, martes y jueves en el salón de la Liga, con otros nueve aspirantes que ya habían abandonado casi todos. Tenía diecisiete años, un silbato nuevo que todavía olía a plástico y dos tarjetas que no había usado nunca fuera de una cancha de cinco.

    —Si te dicen algo, no contestes —dijo el tío, sin sacar las manos del volante—. Ni los mires.

    —Ya sé.

    —Yo me quedo en el auto. Si me ven en el alambrado, te hacen más difícil.

    La ruta 5 quedaba atrás, recta como una regla, con los girasoles de ambos lados ya doblados y negros, listos para la cosecha. El campo de juego del Atlético Moctezuma estaba pegado a las vías, con un tinglado de chapa, cuatro filas de cemento y una cantina donde una mujer con delantal de cuadros freía empanadas en una olla enorme. Brisa pasó por al lado con la cabeza baja. El aire olía a aceite caliente y a pasto recién cortado.

    Los dos socios que iban a hacer de jueces de línea, uno de cada club, le dieron la mano sin mirarla bien. El de Smith tenía una camperita celeste, el de Moctezuma una gorra de la cooperativa. Le preguntaron si sabía qué era el orsay. Ella dijo que sí. Dijeron “bueno” y se fueron a sus banderas, como quien acepta un trámite.

    El primer tiempo fue de tierra y patadas. Brisa corría con las piernas duras, cuidando de no quedar nunca detrás de la jugada, repitiendo en la cabeza la frase del instructor: “El árbitro bueno es el que no se acuerda de sí mismo”. Pitó una falta, pitó otra. Desde el alambrado, un hombre de bigote, bufanda roja y un termo bajo el brazo empezó a nombrarla. Primero “señorita”, después “nena”, después “andá a jugar a las muñecas”.

    Al final de la primera parte iba Smith uno a cero, con un gol de cabeza en un córner, bien dado. Brisa se tomó el agua del bidón de pie, sola, en la esquina más lejana del banco de suplentes, y se miró los cordones. Tenía las manos mojadas de sudor. Pensó en pedirle a su tío que la llevara de vuelta. Pensó en el certificado que había pagado con tres meses de ahorros del lavadero de autos.

    En el complemento, Moctezuma salió a empatar con todo, y a los veinte minutos una pelota larga cayó en el área de Smith, entre un delantero flaco y un zaguero grandote, de camiseta celeste. Brisa venía corriendo en diagonal, a ocho metros, con el sol de costado. Vio la mano del zaguero estirarse y agarrar la camiseta roja, no un roce, un tirón de verdad, de esos que dejan a un chico sentado de culo en el área. El delantero cayó. Nadie dijo nada durante un segundo.

    Después se vino el mundo abajo. El alambrado entero gritó “¡penal!”. El zaguero levantó las dos palmas y dijo “no lo toqué, no lo toqué, señorita”. El de la gorra de la cooperativa levantó la bandera, mirándola, esperando. El de la camperita celeste, no.

    Brisa sintió que el estómago le bajaba hasta las rodillas. Si pitaba, le daba el penal al equipo local, en su cancha, delante de su gente, y nadie iba a decir que lo pitó por justicia. Si no pitaba, nadie iba a decir nada. Era lo cómodo. El tío en el auto, el hombre de la bufanda, todos.

    Pero había visto el tirón. Lo había visto con los dos ojos, a ocho metros.

    Se puso el silbato entre los labios y sopló fuerte, un pitido largo y limpio que cortó el ruido. Señaló el punto del penal con el brazo estirado, sin apuro, como le habían enseñado.

    —Penal —dijo, y le salió la voz más firme de lo que esperaba.

    El zaguero protestó. Brisa lo miró a la cara, a un metro, y le dijo despacio:

    —Le agarraste la camiseta. La viste vos también.

    El grandote bajó la vista. Se encogió de hombros. No dijo más.

    Moctezuma lo convirtió, un remate abajo, al palo derecho. El estadio chiquito se vino abajo en un grito. Brisa se quedó parada en el medio, con el corazón golpeándole en las costillas, sin saber si eso era alivio o terror. Empataron. A los treinta y cinco, en el último ataque, Smith se escapó por la derecha y metió el dos a uno. El hombre de la bufanda, en el alambrado, se agarró la cabeza con las dos manos, como si acabaran de venderle el campo.

    Cuando sonó el final, Brisa le dio la mano a los dos capitanes, firmó la planilla sobre el capot del auto del delegado y caminó hacia el Gol, con el bolso colgado de un hombro. Escuchó pasos que se acercaban por detrás, pasos de botines viejos sobre el pedregullo. Se le cerró la garganta.

    Era el hombre de la bufanda roja. Traía el termo y una bolsita de papel madera, de las que se usan en el almacén.

    —Tomá —dijo, sin mirarla del todo—. Es de la quinta de mi cuñado. Pipas de girasol, tostadas ayer.

    Brisa no entendió.

    —Ese penal era —dijo él—. Yo estaba atrás del arco. Lo vi clarito. Perdimos igual, pero era.

    —Gracias —dijo ella.

    —No me des las gracias. Hacelo mejor el domingo que viene, que van a venir a verte —y se fue rengueando hacia la cantina, murmurando algo contra el entrenador.

    Brisa subió al auto. Su tío arrancó sin preguntar. Pasaron las vías, la tosca, el cartel descolorido del club, y tomaron la ruta con el sol bajo pegándole de lleno a los girasoles negros. Ella abrió la bolsita, sacó una pipa, la partió con los dientes y escupió la cáscara por la ventanilla.

    En el bolsillo de la camiseta, el silbato todavía estaba tibio.

  • El tercer secado

    Marcelina Colque se despertó a las cuatro y media porque el aire había cambiado de sabor. No era frío todavía. Era ese filo seco que a fines de abril, en Cachi, se mete por la rendija de la puerta de adobe y le avisa a la gente de campo lo que el pronóstico de la radio no se anima a decir.

    Se puso el poncho encima del camisón, calzó las ojotas con medias de lana y salió al patio. Arriba, las estrellas estaban demasiado nítidas. Contra el cielo, el Nevado de Cachi era apenas un diente más oscuro que el resto.

    Fue hasta la cancha de secado con la linterna entre los dientes. Ahí estaban, tendidos sobre la malla que ella misma había atado a las estacas, a veinte centímetros del piso de piedra, los pimientos del tercer secado: los chiquitos, los últimos que dio la planta, los que quedan menos picantes y dejan menos polvo en la molienda. Once días de sol llevaban. Les faltaban cuatro, tal vez cinco, hasta que se desarmaran entre los dedos como papel quemado.

    Se agachó y agarró un puñado. Estaba húmedo de rocío y frío como un pescado. Si helaba esa noche, y ella sentía en las rodillas que iba a helar, la escarcha se los comía. Cinco kilos de fresco para hacer uno de seco, le había explicado su marido, que en paz descanse, cuando ella era una piba recién casada: cada kilo que se perdía era una semana de trabajo.

    Midió con los ojos la cancha. Treinta pasos de largo, doce de ancho. Tenía dos lonas de plástico en el galpón. Con una no alcanzaba, y la otra estaba rota en una punta.

    —Marcelina.

    Se dio vuelta con el corazón en la boca. En la tranquera, con una frazada sobre los hombros y la gorra de lana hasta las cejas, estaba Nolasco Burgos. Hacía siete años que no se hablaban. Todo por el turno del agua: un sábado de la sequía, él había abierto la compuerta de la acequia veinte minutos antes de la hora y le había dejado la hilera de pimientos de abajo con sed. Lo demás lo habían hecho los años y el orgullo.

    —¿Qué hacés acá a esta hora? —dijo ella.

    —Lo mismo que vos, supongo. Vi la luz de la linterna. Va a helar.

    —Ya sé que va a helar.

    Nolasco se quedó parado, con las manos metidas en las mangas. Miró la cancha, miró las lonas enrolladas junto a la pared del galpón.

    —Yo tengo tres lonas buenas. De las gruesas, de las del año pasado. Y a mi sobrino lo mando a buscar a la Tere, que tiene otra.

    —No necesito nada.

    —No te lo estoy ofreciendo. Te lo estoy diciendo.

    Hubo un silencio largo, con el ladrido de un perro lejano y el rumor finito del agua en la acequia de la calle. Marcelina apretó el puñado de pimientos hasta que le dolió la palma.

    —Traelas —dijo.

    Mientras él se iba, ella arrastró la lona rota hasta el borde de la malla. Con la aguja grande y el hilo encerado del canasto de coser le remendó la punta, a oscuras, con las manos ya entumecidas. A las cinco y media volvió Nolasco, empujando una carretilla con tres lonas dobladas, y detrás vino el sobrino, un flaco de diecisiete años que bostezaba con la boca abierta, cargando otra más. Después llegó la Tere con la suya, y detrás de la Tere, sin que nadie lo hubiera llamado, un vecino de más arriba que ella no conocía bien.

    Se pusieron en fila a los cuatro costados de la malla. Nadie hablaba. Marcelina desenrolló la primera lona y la tiraron entre todos sobre los pimientos, con cuidado de que no rozara la fruta, levantando los bordes sobre las estacas para que quedara un colchón de aire. Después la segunda, solapada con la primera. Después la tercera. Para clavar los bordes usaron las piedras de canto rodado que había juntado ella en el río hacía treinta años, para cercar el almácigo.

    Fue Nolasco el que se quedó con la última esquina, la que daba al cerro, donde el viento entraba más fuerte. Se arrodilló y acomodó la piedra con las dos manos, a la antigua, y cuando se levantó le crujieron las dos rodillas al mismo tiempo.

    —Todavía te acordás de hacerlo bien —dijo Marcelina.

    —Y vos todavía tenés la acequia sucia en la entrada —contestó él, y casi sonrió.

    A las seis ya clareaba. Entre los cerros se abrió una rendija color durazno y las lonas parecían un lago de nailon azul, quieto sobre el piso de piedra. La Tere se fue a su casa a hacer el pan. El sobrino se sentó contra el muro, con la cabeza gacha, a dormir de pie. Marcelina entró a la cocina, prendió el fuego, puso la pavita y sacó cuatro tazas del estante.

    Tomaron mate cocido con pan de ayer, parados en el patio, mirando la cancha. El vecino de más arriba dijo que él se acordaba de una helada así en tiempos de su padre, y que se había perdido todo. Nolasco dijo que no, que había sido en otro año. Discutieron un rato, cada uno con su fecha. Marcelina no los escuchó: tenía los ojos en la esquina del cerro, donde la luz del sol empezaba a bajar por la ladera y a tocar el borde de las lonas.

    Esa noche, a las nueve, la escarcha cayó sobre el valle como una mano de cal. A la mañana siguiente las hojas de los álamos estaban duras y blancas, el agua de la acequia tenía una costra fina, y sobre las lonas había una capa de cristalitos que brillaban con el primer sol. Marcelina levantó una punta con cuidado. Abajo, tibios, secos, todavía rojos, estaban los pimientos.

    Agarró uno y lo apretó entre el pulgar y el índice. Se deshizo sin ruido, y una nube finita de polvo colorado se le quedó pegada en los dedos y en el puño del poncho.

    Se lo llevó a la nariz. Olía a tarde, a sol, a la cocina de su casa cuando había gente. Del otro lado de la tapia, alguien estaba abriendo la compuerta de la acequia, justo a la hora que correspondía.

  • La tibieza de la piedra

    Ceferino Ibarra se sentó en el escalón número ciento diez con la respiración de un fuelle viejo, y le dijo a su nieta que no, que siguiera ella, que él esperaba.

    —Abuelo, faltan ciento cincuenta y cuatro —dijo Lucía, que había leído el cartel de abajo y llevaba la cuenta como quien lleva el vuelto.

    —Y yo tengo setenta y nueve años. Hacé la resta.

    Era un martes de fin de verano en Tandil, y el cerro La Movediza olía a tomillo y a piedra recalentada. Abajo, la ciudad estaba chata y gris, con los techos de chapa brillando como escamas. Arriba, contra un cielo sin una nube, se veía la réplica: la misma roca de siempre, plantada en el mismo punto, pero quieta. Ceferino la miró un rato largo con los ojos entrecerrados.

    —No se mueve —dijo.

    —Nunca se movió, abuelo. La hicieron en dos meses con resina y fibras. La de verdad tampoco, o casi nada.

    —La de verdad se movía. Mi abuelo decía que se movía.

    Lucía se quedó callada. Esa frase ya la conocía. La había escuchado en cada asado de la familia, entre el chorizo y la ensalada de tomate: el abuelo de su abuelo, otro Ceferino, había sido barrenero en las canteras de la sierra, uno de esos hombres que perforaban el granito con una barra de acero y una maza, metían la pólvora y salían corriendo. Y el veintinueve de febrero de 1912, entre las cinco y las seis de la tarde, la Piedra Movediza se vino abajo sin que nadie la viera. Nadie. Trescientas toneladas, rodando por la barranca, y ni un testigo.

    Después vinieron los rumores. Que la tiraron los canteros, que estaban hartos de los turistas. Que fueron los barrenos de las canteras de al lado, que la golpeaban todos los días con sus explosiones hasta aflojarle el único punto donde se apoyaba. En el barrio de los canteros, la gente dejó de saludar a la familia Ibarra durante un par de años. Eso también lo contaban en los asados, pero más bajito.

    —Yo no vine a subir —dijo Ceferino de pronto, y sacó de la mochila un paquete envuelto en un repasador a cuadros.

    Adentro había una barra de acero corta, gastada en la punta, del largo de un antebrazo. Un barreno. Tenía el mango envuelto en una cinta de cuero que alguna vez fue marrón.

    —Era de él. Me lo dio mi viejo cuando yo tenía doce, y me hizo prometer que algún día lo traía acá. No me dijo para qué.

    —¿Y para qué lo trajiste?

    —Para ver si sabía.

    No explicó más. Se paró despacio, con una mano en la baranda y otra en la rodilla, y empezó a bajar. Lucía lo siguió sin entender, guardando la tentación de decirle que ya habían pagado el estacionamiento.

    Rodearon el cerro por abajo, por un sendero de tierra donde las piedras sueltas crujían bajo las zapatillas. El sol ya caía de costado y alargaba las sombras de los espinillos. Entre los yuyos, del lado donde la ladera se vuelve barranca, estaban los pedazos. Tres bloques enormes, grises, con costras de liquen anaranjado, hundidos en el pasto como animales dormidos. Ninguno tenía cartel.

    Ceferino se quedó parado frente al más grande. Lo miró de arriba abajo, despacio, como se mira a un pariente que no se ve hace mucho. Después apoyó la palma abierta contra el granito.

    —Está tibia —dijo, sorprendido.

    —Todo el día le dio el sol.

    —Claro. Claro que sí.

    Desenvolvió el barreno. Lo sostuvo un momento sin hacer nada, con los nudillos blancos. Lucía pensó que lo iba a clavar contra la roca, o que se lo iba a tirar, o que iba a decir algo largo y solemne. Pero Ceferino hizo lo más simple: apoyó la punta del barreno contra la piedra, en una grieta chica, y lo dejó ahí, parado, sostenido solo por su propio peso y por un par de dedos.

    —Mi abuelo contaba que ese día estaba en la cantera de arriba, del otro lado del cerro —dijo—. Que escuchó un ruido como de trueno sin nube y que dejó la maza en el suelo. Y que cuando bajó y vio lo que había pasado, se sentó acá mismo, donde estamos. Y se quedó hasta que oscureció.

    —¿Y la hizo caer?

    —Yo qué sé, Lucía. Los barrenos del cerro habían hecho temblar esa piedra durante años. Cada hombre que trabajó en esa sierra puso un poquito. No sé si él, no sé si todos. A lo mejor la piedra ya estaba cansada.

    Se quedaron un rato en silencio. Desde el otro lado del cerro llegaba el ruido lejano de una camioneta, y más cerca, el zumbido flaco de las abejas en el tomillo. Ceferino sacó el termo y el mate de la mochila, cebó uno, y se lo pasó a su nieta antes de tomar el suyo.

    —No vine a pedirle perdón a una piedra —dijo—. Vine a contarle que mi abuelo siguió viniendo a mirarla. Cuarenta años. Todos los veintinueve de febrero que le tocaron, y los demás también cuando se podía. Se sentaba y no decía nada.

    —¿Y vos? ¿Vas a venir?

    —Una vez más, capaz. Hasta que las piernas digan basta.

    Cuando el sol tocó el borde de la sierra, el granito empezó a soltar el calor del día en una bocanada tenue que se sentía en la cara. Ceferino retiró la mano de la piedra. El barreno se quedó donde estaba, derecho en su grieta, y lo dejaron ahí.

    La piedra, que durante siglos había latido sobre un solo punto, ahora solo guardaba la tibieza de la tarde. Ceferino le dio un golpecito con los nudillos, como se golpea una puerta de un amigo que ya sabe quién es, y se fue bajando por el sendero con su nieta del brazo.

  • La bisagra de la salamandra

    Nilda Aguilef puso la oreja contra el molde de arena antes de verter, como hacía siempre, aunque a esa altura del año el taller de El Maitén ya no le decía nada nuevo. Eran las siete y diez de la mañana de un viernes de noviembre. Afuera el viento bajaba del oeste con olor a pasto seco, y adentro el galpón de los Talleres de Reparaciones Generales olía a arena húmeda, a aceite quemado y a la yerba que alguien había dejado enfriarse en el yunque.

    Faltaba una pieza. Una sola, del tamaño de una mano: la bisagra de la puerta de la salamandra del coche que salía al día siguiente. Los coches belgas del ramal, de 1922, seguían calefaccionándose con esas estufitas de hierro, y la del coche que le tocaba al sábado se había quedado con la puerta colgando de un solo gozne. Nadie en el mundo fabricaba ya esa bisagra. En El Maitén la hacían a mano.

    Nilda tenía el modelo de madera sobre la mesa. Lo había tallado ella misma durante la semana, con un cuchillo de punta y una lija vieja, sacándole la forma a una bisagra rota que Fermín, el jefe de taller, le había puesto adelante el lunes con un «fijate si podés, nena», aunque Nilda tenía cincuenta y ocho años y hacía treinta y uno que trabajaba ahí.

    —¿Ya está? —preguntó Fermín desde la puerta, con el termo bajo el brazo.

    —Falta el bronce.

    —El bronce está en el crisol desde las seis.

    —Entonces falta que se porte bien.

    Fermín se rió bajito y no dijo más. Sabía que a Nilda no se la apuraba.

    El molde estaba hecho en dos mitades de arena apisonada, con el hueco de la bisagra en el medio y el bebedero abierto como una boca chica. Nilda lo había compactado la tarde anterior, con la paciencia de quien amasa, y lo había dejado secar toda la noche junto a la estufa del fondo. Ahora lo cerró, lo ajustó con dos grampas y se secó las manos en el delantal de cuero.

    Había una cosa que Nilda no le había contado a nadie del taller. La bisagra que ella copiaba no era una bisagra cualquiera. Era la que su padre, Evaristo, había cambiado por última vez en el cuarenta y tantos, cuando el tren recién llegaba a Esquel y él era un peón joven con las manos todavía limpias. Lo sabía porque en el reverso del gozne, apenas visible bajo la herrumbre, alguien había raspado con un clavo una E y una A. No era una marca oficial. Era una firma de contrabando, de esas que los ferroviarios se dejaban unos a otros dentro de las máquinas para que el tren los siguiera nombrando después de que ellos se hubieran ido.

    Nilda había visto las iniciales el lunes, cuando Fermín le puso la pieza rota en la mano. Se quedó un rato sin decir nada, con la bisagra en la palma, y después preguntó nomás qué coche era.

    Ahora, frente al crisol, se acordó de eso y le tembló la mano un segundo. El bronce estaba naranja, casi blanco en el centro, con esa piel de escoria que había que correr con la espumadera. Lo levantó con la cuchara larga. Pesaba.

    —Despacio —se dijo en voz alta.

    Vertió. El metal entró por el bebedero con un siseo corto, un hilo brillante que desapareció dentro de la arena. Se oyó, apenas, el aire saliendo por los venteos. Nilda contó hasta quince, que era lo que su padre le había enseñado a contar, aunque nunca le había explicado por qué quince y no veinte. Dejó la cuchara en el soporte y se sentó en un cajón de madera a esperar.

    Esperar era la parte difícil. Fermín se fue a atender a un muchacho nuevo que no sabía distinguir una lima de una escofina. Desde el otro lado del galpón llegaba el golpeteo de un martillo sobre chapa, regular como un reloj. Por la ventana alta entraba un rayo de sol cargado de polvo, y en el rayo flotaba la arena fina que levantaban las botas.

    A las nueve, Nilda abrió el molde.

    La pieza salió con una rebaba larga en el costado y un grano áspero en la superficie, el bronce todavía caliente como pan sacado del horno. Con la lima y la escofina le sacó la rebaba. Con el papel de lija fue alisándole el lomo, primero grueso y después fino, hasta que el color dorado asomó bajo la capa negra. Después agarró el calibre y midió el agujero del pasador. Dos veces. Coincidía con la pieza vieja al milímetro.

    Faltaba el último paso, el que nadie le había pedido. Dio vuelta la bisagra, buscó en el cajón de herramientas el clavo de cabeza chica que guardaba desde hacía años, y con la punta, sin apurarse, rayó en el reverso del gozne una E y una A. Al lado, más chico, una N.

    —¿Eso es lo que creo que es? —preguntó Fermín, que había vuelto sin que ella lo oyera y miraba por encima de su hombro.

    —Es una marca de taller.

    —Esa no es marca de taller, Nilda.

    Ella no contestó. Sopló sobre la pieza para sacarle el polvo y la apoyó en la mesa.

    —Si el sábado alguien la encuentra —dijo Fermín despacio—, va a pensar que las bisagras de 1922 traían tres letras.

    —Cuando la encuentre ya va a ser dentro de cien años.

    Fermín se quedó mirándola un rato. Después sacó la yerba, cebó dos mates y le pasó el primero.

    Esa tarde montaron la puerta en el coche. Nilda mismo ajustó el pasador, y la puerta de la salamandra, que llevaba meses torcida, se cerró con un golpe corto y limpio, un golpe de hierro contra hierro que ella conocía de memoria, el mismo que oía de chica cuando su padre volvía de trabajar y cerraba la puerta de la cocina de la casa.

    Al otro día, a las diez, el tren partió con el humo subiendo recto en el aire frío. Nilda lo vio irse desde el portón del taller, con las manos en los bolsillos del delantal. En alguna parte del tercer coche, junto a la ventanilla, una bisagra nueva sostenía una puerta vieja, y en el reverso, donde nadie iba a mirar, tres letras seguían tibias de bronce nuevo.

  • El chasquido de la K

    A las seis y cuarto de la tarde, en la esquina de Pellegrini y Necochea, Hilario Peñalba apoyó el bastón contra la columna de la parada y sacó del bolsillo de la camisa un papelito doblado en cuatro. Tenía setenta y cuatro años, un saco beige que le quedaba grande desde la operación y una hora entera de colectivos encima, porque había venido desde Villa Gobernador Gálvez con dos trasbordos solo para estar ahí.

    Desplegó el papel con cuidado. Era un boleto de cartón, color mostaza, gastado en los pliegues hasta casi cortarse. Decía línea K y una fecha: 3 de diciembre de 1961.

    —Abuelo, ¿seguro que no querés que te acompañe? —había preguntado Julieta por teléfono, esa mañana.

    —Seguro. Esto lo tengo que hacer solo.

    No era del todo verdad. Pero había cosas que se hacían mejor sin testigos, y la más importante de todas era ponerse a escuchar.

    Hilario tenía nueve años cuando inauguraron la K. Se acordaba del bar La Capilla con las mesas sacadas a la vereda, de un señor con moño que cortó una cinta en Bulevar Avellaneda y Mendoza, y de su padre, electricista de la empresa de transporte, levantándolo en brazos para que viera la lanza del primer trole enganchándose a los cables. Hubo un chasquido azul. Un olor a ozono, como de tormenta que todavía no llegó. Después el trole arrancó sin ruido de motor, casi flotando, y todos aplaudieron.

    Su padre le compró el boleto ese día, el primero de la línea, y le dijo: «Guardalo, que esto va a durar para siempre».

    No había durado para siempre. Hilario lo sabía mejor que nadie, porque había trabajado cuarenta y un años en la red aérea, primero de ayudante y después de capataz, subido a la torre del camión con los guantes de goma, viendo cómo los troles se achicaban de seis líneas a una. Se jubiló con la K todavía andando, flaca y renqueante, pero andando. Y ahora, después de la operación, el médico le había dicho que no se fuera a subir a ningún lado.

    Por eso estaba ahí. Primero se lo había dicho a su hija, que no entendió. Después a Julieta, que sí, pero igual quiso venir. Él había contestado que no. Que él había sido el que estiraba el cable, y que para saber si un cable está bien tensado hay que ir arriba, en el coche, con la oreja abierta, y no en un recuerdo.

    A las seis y media llegó el trole. Era uno de los Volvo con carrocería Marcopolo, viejo pero limpio, con las lanzas largas rozando el cable de seiscientos voltios y ese zumbido grave que Hilario habría reconocido entre mil.

    Subió con esfuerzo, de a un escalón por vez. Apoyó la SUBE en la máquina, que pitó. Adelante, la conductora giró la cabeza: una chica de treinta y pocos, el pelo atado, un mate en el posavasos.

    —Buenas tardes, don. Siéntese, no se vaya a caer.

    —Gracias. Me quiero sentar acá adelante, si no molesto. Del lado de la ventana grande.

    —Es el asiento de los que preguntan —dijo ella, y sonrió—. Dele.

    Hilario se acomodó. El coche arrancó, y por un momento el mundo se redujo a eso: el empuje suave de la aceleración eléctrica, el cruce de las calles en el vidrio, un chasquido lejano y corto allá arriba, en una unión de cable.

    —¿Usted trabajó en esto? —preguntó la chica, mirándolo por el espejo.

    —En la red. Cuarenta y un años.

    —Entonces tiene que decirme si estoy tomando bien el cruce de Mendoza. Me dijeron que ahí hay que bajar un poco.

    —Eso depende del cable, m’hija. Si está flojo, bajás. Si está tenso, pasás como si nada.

    —¿Y cómo sé si está tenso?

    —Se escucha.

    Siguieron por Mendoza. Un árbol de jacarandá había tirado flores violetas sobre el techo de un auto estacionado, y cada tanto el viento las levantaba. En una parada, una señora subió con tres bolsas de verdura. En otra, dos chicos con mochilas de colegio, que se sentaron atrás y empezaron a pelearse por un auricular.

    Hilario no hablaba. Miraba el cable. Cada poste, cada columna que conocía de memoria: la de la farmacia que antes era una zapatería, la de la curva donde un camión chocó en el ochenta y siete, la que llevaba grabada con clavo, a la altura de la rodilla, una fecha que ya nadie entendía.

    Cuando se acercaron al cruce con Bulevar Avellaneda, el coche aminoró. La conductora suspiró.

    —Acá es.

    —Bajá un poco más —dijo Hilario, sin pensarlo—. No mucho. Ahí.

    Ella le hizo caso. El trole entró al cruce. Arriba, en los cables, algo hizo un ruido corto, limpio, un golpe seco de metal sobre metal, y después un destello azul que se reflejó un segundo en el parabrisas y en los ojos de la chica.

    Hilario cerró los suyos.

    Ahí estaba. El mismo chasquido. El mismo azul. El mismo olor a tormenta que todavía no llega, sesenta y cinco años después, sobre la misma esquina donde su padre lo había alzado en brazos.

    —¿Estuvo bien? —preguntó la conductora.

    —Estuvo perfecto —dijo él, con la voz rara—. Estuvo igual.

    Ella no preguntó más. Bajó la velocidad en la parada siguiente, abrió la puerta, esperó. Hilario se paró despacio, se agarró del caño. Antes de bajar, sacó el boleto de cartón del bolsillo y lo apoyó un segundo contra el vidrio, donde el sol bajo lo atravesó y dejó ver, al revés, la palabra K.

    —Quedátelo vos —dijo, y se lo extendió.

    —¿Cómo, don? No, es suyo, es de…

    —Es del que maneje. Para que se acuerde de bajar un poco en el cruce.

    Ella lo agarró con las dos manos, como un pájaro. Hilario bajó a la vereda, se acomodó el saco, y se quedó parado mientras el trole se alejaba con las lanzas pegadas al cable, haciendo ese zumbido que ya no necesitaba memoria para existir.

    Arriba, en el cruce, algo todavía chispeaba, apenas, y se apagó.

  • Una legua de bombo

    Rufina Coronel metió el parche de cabra en el balde a las seis de la mañana, cuando el patio de tierra todavía conservaba el fresco de la noche y el algarrobo del fondo no había empezado a dar sombra. Tenía sesenta y tres años, las manos anchas de tanto tirar del cuero y un bombo a medio armar sobre dos caballetes: el cuerpo de pacará, ahuecado y seco al fuego, los aros de quebracho blanco ya doblados con agua hirviendo, los tientos de vaca colgando de un clavo como fideos largos.

    Faltaban nueve días para la fiesta patronal y el bombo era un encargo de Don Ledesma, el del almacén, que quería uno para su nieto. Rufina lo sabía hacer con los ojos cerrados. Lo que no sabía hacer, desde hacía cuatro años, era probarlo.

    Porque así se prueba un bombo legüero, y así lo había probado siempre con Cipriano: al caer la tarde, ella tocaba tres golpes en el patio y esperaba. Del otro lado del monte, del lado de los Juárez, a casi una legua en línea recta, Cipriano sacaba el suyo al camino y contestaba. Si la respuesta llegaba entera, con ese golpe hondo que se siente primero en el pecho y después en las orejas, el bombo estaba bien tensado. Si llegaba flaca o con eco, había que aflojar los tientos y volver a empezar.

    Cipriano se había ido en un invierno seco, de esos de doce meses sin una gota. Rufina siguió haciendo bombos, porque el oficio también es una manera de seguir hablando. Pero los probaba a oscuras, sola, contra la pared de adobe, y no se fiaba.

    A las diez ya tenía el parche tendido sobre el aro de molle, cosido con hilo grueso, y el calor empezaba a subirle por las piernas. A las doce hacía treinta y ocho grados en la sombra, y a la una el cuero se puso tan tenso que cantó solo al apoyarle la mano. Rufina sonrió con cansancio. Era el momento: con ese sol y ese aire seco, el parche iba a quedar duro como una chapa, y un parche duro suena a lata.

    —Tenés que esperar la tarde, vieja —se dijo—. Siempre es la tarde.

    A las cinco apareció Nahuel por el portón, con una bolsita de tela y las zapatillas blancas de polvo. Tenía doce años, era el hijo de la vecina de enfrente y venía todos los días a mirar, sin que nadie se lo hubiera pedido.

    —¿Ya está, doña?

    —Casi. Alcanzame el pirograbador.

    Nahuel le pasó el hierro, que se calentaba en el brasero con unas brasas de algarrobo, y Rufina dibujó sobre el cuerpo del bombo una línea de rombos, como los del poncho de las tejedoras de acá, y una sola flor de quimil, chiquita, en el borde. El olor a madera quemada subió dulce.

    —¿Por qué siempre probás a la tarde? —preguntó el chico.

    —Porque a la tarde el aire se aquieta y el sonido camina. A mediodía se queda pegado al suelo, como la gente.

    —¿Y a dónde camina?

    Rufina lo miró un rato largo. Después tomó las dos mazas de palo blanco, de puntas redondeadas, y se sentó con el bombo entre las rodillas.

    —Escuchá.

    Pegó tres golpes. El primero salió pesado, de panza; el segundo, más seco, contra el aro; el tercero se quedó flotando sobre el patio y se fue alargando hacia el monte. Rufina cerró los ojos y esperó, con las mazas quietas, como quien mira un río.

    No contestó nadie. Sonó un perro a lo lejos, la chicharra del último calor, un camión en la ruta nueve. Después, nada.

    —Está bien —dijo Rufina, y le tembló la voz sin que ella lo quisiera—. Suena bien, pero no tengo con qué compararlo.

    Nahuel se quedó callado. Fue hasta el portón, miró hacia donde se ponía el sol sobre los jumes y volvió.

    —Doña, ¿en la casa de los Juárez todavía vive alguien?

    —El hijo mayor se fue a Córdoba hace años. La casa está cerrada.

    —Mi tío Gaspar tiene un bombo —dijo el chico, rascándose la cabeza—. Lo toca en la murga, en Loreto. Pero está en lo del abuelo, en las Lomitas. Eso es para el mismo lado.

    Rufina no dijo nada. Nahuel salió corriendo con las zapatillas levantando humo de tierra, y ella se quedó con el bombo entre las rodillas viendo cómo el sol se achicaba. Pensó que era un disparate. Después pensó que a las ocho tampoco había mucho más que hacer.

    A las siete y cuarto, con la luz ya anaranjada y el aire quieto como agua de aljibe, Rufina volvió a tocar. Tres golpes. El mismo pesado, el mismo seco, el mismo largo. Esperó con la espalda recta.

    Pasó un minuto. Pasaron dos. Rufina ya estaba por soltar las mazas cuando, del lado del monte, muy lejos, llegó algo: un golpe sordo, apenas un temblor en la panza, tan tenue que podía ser el corazón de ella misma. Después otro. Después un tercero, más firme, más parejo, redondo como una piedra que cae en la salina.

    Era un bombo. Era un bombo malo, con el parche flojo y la mano de un chico, pero era un bombo y estaba contestando.

    Rufina se rió, con la cara mojada, y tocó otra vez, más fuerte, y el de allá volvió a responder, un poco más tarde, un poco más seguro. Hablaron así hasta que el cielo se puso color ceniza y se empezaron a ver las primeras estrellas sobre los algarrobos.

    Cuando por fin dejó las mazas, el patio quedó en un silencio de adobe tibio. Rufina apoyó la mano abierta sobre el parche, que todavía vibraba, y con la otra buscó en el bolsillo del delantal un trozo de tiento.

    Ya sabía qué iba a hacer a la mañana: otro bombo, más chico, de pacará y cabra, para alguien de doce años que supiera contestar desde lejos.

  • El sifón azul de Dora

    Osvaldo Peralta bajó el último cajón de la chata a las siete y diez de la mañana, en Camargo al seiscientos, con el aire de Villa Crespo todavía oliendo a pan caliente de la panadería de la esquina y a agua de vereda recién tirada. Eran seis sifones de plástico, el pico gris, el cuello apretado. Los apoyó en el palier del edificio y se quedó un rato mirando la fila de cajones vacíos que iban a volver a la fábrica. Era viernes. El lunes ya no iba a ser sodero.

    Cuarenta y un años de recorrido. Había empezado con su tío, cuando la chata todavía era un Ford F-100 con la caja de madera y se cargaban a mano ciento veinte cajones por jornada. Ahora cargaba sesenta, y la mitad eran bidones de agua. La soda había aguantado, pero ya no era lo que había sido.

    —Osvaldo —le dijo el portero, Genaro, que le abría siempre sin preguntar—. La señora Dora te dejó una nota.

    La nota estaba pegada con cinta sobre el último sifón de la fila, en una letra de maestra, redonda y firme: «Osvaldo, cuando termine la ronda suba, por favor. Es un asunto personal.»

    Subió al tercero por la escalera, porque el ascensor tenía un cartel desde marzo. Dora Ledesma lo esperaba en la puerta con el delantal puesto y el pelo blanco recogido con dos peinetas. Tenía noventa y un años y vivía sola desde que se había muerto Aníbal, su marido, hacía nueve. Pidió siempre dos sifones por semana, y siempre los devolvía vacíos y enjuagados, con el pico seco.

    —Pasá, no te quedes en el pasillo.

    Adentro olía a cera para pisos y a naranja. En el aparador, entre una virgen de yeso y una foto de casamiento en blanco y negro, había un sifón de vidrio azul con el cabezal de plomo opaco y una malla de alambre alrededor del cuerpo. Estaba limpio, sin una marca.

    —Era de Aníbal —dijo Dora—. Lo compró en el cincuenta y ocho, en una casa de la calle Triunvirato que ya no existe. Todos los sábados, a las doce, preparaba el vermut con una rodaja de naranja y un chorrito de soda de este sifón. Nunca de otro. Decía que tenía la burbuja más fina.

    —Señora, ese cabezal es de plomo —dijo Osvaldo, con cuidado—. Los prohibieron en el setenta y cinco. Si se carga con gas y se cae, estalla. Además, en la fábrica ya no tenemos la máquina para esos.

    —Ya sé. Por eso te lo pido a vos.

    Se quedó callado. Dora le sirvió un vaso de agua de la canilla, porque sabía que él no tomaba otra cosa mientras trabajaba, y se sentó enfrente con las manos juntas.

    —Mañana es sábado, y mañana hace nueve años y tres meses. Yo no quiero llenarlo para tomar. Quiero que suene una vez más. Nada más que eso.

    Osvaldo miró el sifón. Sintió, como nunca le había pasado con ningún cliente, que el oficio se le había achicado y agrandado a la vez. Pensó en la sodería de Villa Crespo, en las cámaras frías, en el gas carbónico que se compraba por tubo. Pensó en las reglas, que existían porque alguna vez un sifón de esos se había roto en una cocina y había dejado a alguien sin un ojo.

    —No lo puedo cargar yo —dijo al fin—. Pero hay otra forma. ¿Me deja que lo lleve hasta la fábrica?

    —No sale de esta casa.

    —Entonces espéreme acá.

    Bajó, buscó en la chata el sifón nuevo de la ronda, uno de los de pico gris que traía bien frío, y volvió a subir de a dos escalones. Dora lo estaba esperando con el sifón azul ya sobre la mesa de la cocina, apoyado en un repasador doblado.

    —El de plástico viene con el gas adentro, a presión —explicó él—. El de vidrio no lo puedo someter a eso. Pero si lo enfrío y le paso el agua despacio, con la soda ya hecha… va a quedar agua con gas, no una soda de sifón. Va a ser un poco más mansa.

    —Más mansa me va bien. Yo también.

    Osvaldo sacó el pico gris del sifón de plástico y lo inclinó apenas sobre el cuello del azul, sosteniendo el vidrio con la otra mano, como se sostiene la cabeza de un chico que toma. El agua cayó con un ruido finito. Se llenó hasta tres cuartos. Dora cerró el cabezal con los dedos, despacio, como quien cierra un cuaderno.

    —Ahora apriete la palanca —dijo Osvaldo—. Poquito.

    Ella apretó. De la boquilla salió un hilo corto, apenas un susurro de burbujas, y cayó sobre el vaso. Dora lo miró subir con el dedo contra la boca. Después hizo algo que Osvaldo no esperaba: se rio, una risa de nena, y dijo en voz baja:

    —Ahí está. Es la misma.

    No era la misma y los dos lo sabían, pero ninguno dijo nada.

    Él aceptó una rodaja de naranja y un chorrito de vermut, porque ya no había con qué negarse, y se quedaron los dos parados en la cocina con el vaso en la mano mientras abajo Genaro tocaba el timbre de la chata, dos veces, tres.

    —Voy a estar un rato más —dijo Osvaldo.

    —Quedate lo que quieras.

    Cuando bajó, media hora más tarde, la ronda estaba atrasada y la chata tenía una multa de estacionamiento pegada en el parabrisas. La arrancó, la dobló en cuatro y se la guardó en el bolsillo. Cargó los cajones vacíos y manejó hasta la fábrica sin radio.

    El lunes, mientras otro sodero distinto recorría las cuadras de Camargo, Osvaldo se despertó a las cinco y diez, como siempre, y se quedó escuchando el departamento. Del otro lado de la ventana, un sifón soltaba su última burbuja sobre el borde de un vaso, y alguien en algún piso, a la hora de nadie, brindaba por ella.

  • La luz que faltaba en el Beagle

    A las nueve y veinte, con el cielo recién rendido sobre el Monte Olivia y el viento del oeste sacudiendo las banderas de la costanera, Walter Ibáñez dejó el mate en el escalón de la casa y se dio cuenta de lo que faltaba. Era una ausencia chica, como la de un diente. Miró la bahía y estaba la luz de la grúa del puerto, estaban las del muelle, estaban las ventanas de los barcos amarrados. Pero en el negro de afuera, donde tenía que venir el destello largo y después el silencio, no venía nada.

    Hacía cuarenta y un años que Walter vivía mirando esa luz. Había trabajado de lanchero hasta que las rodillas dijeron basta, y en todo ese tiempo nunca había entrado a la bahía de noche sin buscarla primero. El faro de Les Éclaireurs no era lindo ni lo necesitaba: una torre roja y blanca sobre un peñón, sola en el canal. Servía. Eso era todo. Servía como sirve una escalera.

    Se puso el gorro de lana, agarró la linterna grande, la de cuatro pilas que guardaba en el mueble de los zapatos, y bajó por San Martín hasta la Prefectura con el paso corto de quien camina sobre hielo, aunque no había hielo.

    —Sí, don Ibáñez, ya lo sabemos —dijo el joven de guardia, sin mala onda, con la birome apoyada en un cuaderno—. Se rompió el equipo solar. Hidrografía manda gente el lunes.

    —Hoy es viernes.

    —Lo sé.

    —¿Y mientras?

    —Mientras hay carta náutica, GPS y radar. Nadie navega de memoria hoy en día.

    Walter asintió. No iba a discutir con un chico que tenía razón en todo menos en lo importante. Pero en la puerta se dio vuelta.

    —¿Salió alguien de Almanza hoy?

    El chico revisó una planilla y tardó un poco.

    —Salió el Don Chaca. Con dos tripulantes. Tendría que estar entrando.

    —¿Con GPS?

    —Con GPS.

    —¿Y con ganas de entrar por el paso derecho, sin mirar nada, como entra siempre?

    El guardia no contestó. Walter salió.

    Chaca Villafañe tenía sesenta y tres años y la costumbre, que Walter le conocía de sobra, de apagar la pantalla del GPS cuando el mar estaba tranquilo, porque decía que le ensuciaba la vista. Entraba por Paso Chico guiado por el faro, igual que todos los viejos, a ojo y con el pucho en la boca. Esa noche el mar no estaba tranquilo.

    Walter caminó hasta la punta del muelle turístico, donde el viento lo agarró por las solapas, y se paró de cara al canal. A lo lejos, hacia el este, entre las luces de Almanza que no se veían y las de Puerto Williams que sí, se movía una lucecita verde. Era chica y se corría de a ratos detrás de las olas.

    —Dale, Chaca —dijo—. No me hagas esto.

    Prendió la linterna. Tenía un haz ancho, amarillo, que se perdía a los cien metros. Lo apuntó hacia el peñón, donde tendría que haber estado la torre, y lo tapó con la palma, y lo destapó. Contó hasta ocho en voz baja, como había contado tantas noches desde la proa. Volvió a tapar, volvió a destapar.

    Un destello largo. Un silencio que se mide con la respiración.

    Pasó media hora. Los dedos se le pusieron duros. Una pareja de turistas que volvía de cenar centolla en alguna parrilla de la avenida Maipú se detuvo a mirarlo y siguió de largo, porque un viejo con una linterna en la punta de un muelle no era un asunto en el que nadie quisiera meterse. Walter siguió. Cambió de mano. Cuando la izquierda se le durmió, se la metió en el bolsillo y usó la derecha. Cuando las pilas empezaron a ponerse amarillentas, hizo el cálculo y bajó la intensidad apuntando un poco más alto, para gastar menos.

    A las once menos diez se le acercó alguien por detrás. Era el chico de la Prefectura, sin gorra, con las manos en la campera.

    —Mi sargento me dijo que le trajera esto —dijo, y le tendió un termo.

    Walter lo recibió sin dejar de mirar el agua. Era té con mucho azúcar. Se lo tomó de a sorbos, con la linterna sujeta bajo el brazo.

    —¿Sabe lo que hace? —preguntó el chico.

    —Lo que hacía el faro. Le doy a uno de esos barcos una cosa fija. Algo que no se mueva.

    —Pero el Don Chaca tiene radar.

    —Tiene radar. Y tiene a Chaca, que está más cansado que yo. Cuando uno viene cansado no mira la pantalla. Mira para adelante, a ver si hay algo que lo espere.

    El chico no dijo nada. Se quedó parado al lado, en el viento, con la boca medio abierta, y después hizo algo que Walter no esperaba: sacó el celular, prendió la linterna del teléfono y la apuntó hacia el canal junto a la suya.

    —Así no —dijo Walter—. Tiene que ser al compás. Mire. Yo destapo y usted cuenta.

    Contaron juntos. Ocho. Nueve. Destello. Silencio.

    A las once y cuarto, la lucecita verde dejó de correrse detrás de las olas. Se quedó quieta un momento, como un animal que olfatea. Después viró apenas hacia la izquierda, cerrando la curva del paso, y a Walter se le soltó algo en el pecho que llevaba atado desde las nueve y veinte.

    —Ahí viene —dijo.

    —Viene derecho —dijo el chico, y se rió, nervioso.

    La luz creció, se hizo verde y roja, apareció la silueta del casco y el humo del escape peinado por el viento. Cuando estuvo a trescientos metros, en el puente del Don Chaca se prendió y se apagó, dos veces, un foco blanco. Dos destellos cortos. Era la respuesta de siempre, la que los lancheros se dan entre sí desde que existen los lancheros.

    Walter bajó la linterna despacio. Tenía el brazo derecho hecho una piedra y las pilas casi en las últimas, y no le importó. Respondió con un destello largo, y se quedó mirando cómo el barco pasaba frente al muelle, apenas lento, con Chaca asomado a la ventana de la timonera levantando una mano abierta.

    —¿Lo conoce? —preguntó el chico.

    —Hace cuarenta años que le debo plata.

    Esperó a que el barco amarrara. Después apagó la linterna, se la dio al chico para que se la guardara un rato, y se sentó en el borde del muelle a estirar las rodillas. Hacia el canal, en el lugar donde el lunes volvería la luz, la noche seguía entera, sin una sola marca. Pero ya no era el mismo negro. Era un negro donde alguien había estado esperando, y eso, para quien entra de noche, se nota.

  • El pan de las seis

    A las cuatro y veinte, con el viento ya empujando la chapa del galpón y el cielo todavía color pizarra, Elvira Cárdenas metió el brazo hasta el codo en el horno de barro y tanteó la bóveda con la palma abierta. Estaba tibio. Tibio no servía. Para el pan de las seis tenía que quemarle la mano en tres segundos.

    Hacía once años que cocinaba para la comparsa del Rubén Soto, y en once años había horneado en ese horno cada diciembre, en la estancia a la que la camioneta llegaba después de dos horas de ripio desde el pueblo, con la ruta quedando atrás como una raya de lápiz. Veintidós hombres y tres mujeres, tres días de esquila, ochocientos kilos de harina en la despensa que le dejaba la administración. Y ese año, sobre la mesada de la cocina, una cocina industrial a gas, todavía con el nylon en las perillas.

    —Es por higiene, Elvira —le había dicho el administrador, un muchacho de Río Gallegos con campera nueva—. Y es más rápido.

    —Más rápido —había repetido ella, y no dijo más.

    Ahora juntaba leña de calafate, la que quedaba en el fondo del leñero, ramas retorcidas que ardían con un olor dulce y seco, y las acomodaba en pirámide dentro del horno. Prendió el papel con un fósforo que el viento le apagó dos veces. A la tercera agarró.

    —¿Necesita una mano?

    Era Matías, el vellonero más joven, diecinueve años, que se levantaba antes que los demás porque no podía dormir en el galpón con tanto ronquido. Venía envuelto en una frazada, con las zapatillas sin atar.

    —Necesito que me tapes el viento —dijo Elvira—. Parate ahí. No, más al costado. Así.

    El chico se paró de barrera y la llama se enderezó. Del galpón venía el ruido de siempre a esa hora, antes del mate: una tos, un resorte de catre, alguien que escupía afuera. Y debajo de todo, el viento, ese que en Santa Cruz no es clima sino un vecino que nunca se va.

    Amasar le llevó cuarenta minutos. Lo hizo en la artesa de su madre, que viajaba con ella enrollada en una manta, y a las cinco menos diez los bollos descansaban bajo los paños, hinchándose despacio. Elvira barrió las brasas con la pala larga hacia el costado, pasó el trapo húmedo sobre el piso del horno y escuchó el chisporroteo.

    —¿Y si no se calienta? —preguntó Matías.

    —Se calienta.

    Pero no se calentaba. La bóveda estaba más fría en el lado de afuera, donde el barro había rajado en la helada de julio, y cada vez que ella abría la boca del horno el viento le entraba como a una casa sin puerta. Por la rajadura salía un hilito de humo gris. Elvira lo miró un rato largo. Detrás, en la cocina, el nylon de las perillas brillaba bajo el tubo de luz.

    Entonces apareció Rubén Soto, el capataz, con la boina calada y la lista de las fichas en el bolsillo de la camisa. Tenía sesenta y pico y la espalda de quien pasó la vida inclinado sobre un animal que patea.

    —Elvira. Son las cinco y cuarto. Arrancamos a las seis y media y los muchachos quieren pan.

    —Hay pan a las seis.

    —El administrador dice que prendamos la cocina nueva.

    —Que la prenda él.

    Rubén se acercó, se agachó frente al horno, olió el humo, metió dos dedos en la rajadura.

    —Esto lo reparé yo en el noventa y ocho —dijo—. Con barro de la barranca y bosta de caballo. Dos días tardó en secar.

    —No tenemos dos días.

    —No. Tenemos una hora.

    Se quedaron mirando. Matías, que no entendía bien, movió un pie. Y fue ahí que a Elvira se le ocurrió, o más bien se acordó, como cuando uno encuentra una llave en un saco viejo.

    —Matías. Andá al galpón y traeme los bolsones vacíos de lana. Los más ásperos. Y un balde de agua.

    Mojaron los bolsones y los apoyaron como cortina contra el costado rajado, clavados con dos estacas de alambrado. El viento ahora pegaba en la arpillera húmeda y se quedaba ahí, hinchándola, sin llegar al barro. Rubén taponó la rajadura con una pasta de ceniza y agua. Elvira volvió a meter el brazo.

    Un segundo. Dos. Tres. Sacó la mano con un gesto corto.

    —Ahora sí.

    Palearon las brasas, y el pan entró de a seis, con la corteza todavía pálida y la harina marcada por los dedos. Elvira cerró la boca del horno con la chapa y se sentó sobre un cajón de manzanas, con los codos en las rodillas. Matías se sentó a su lado sin que se lo pidiera. Rubén armó un cigarrillo y no lo prendió.

    A las seis, el cielo se abrió hacia el este en una franja de color damasco, y por el camino del galpón empezó a llegar la gente: los esquiladores con las botas de lona y las camisetas cortadas, los prenseros, las escoberas con el pelo bajo el pañuelo. Hacían fila sin hablar, todavía dormidos. Elvira sacó la primera tanda con la pala larga. Cuando la corteza crujió al aire frío, se oyó el sonido más lindo del campo: el de veinte personas que se callan.

    —Pan de horno —dijo alguien atrás—. Pan de verdad.

    Al final de la fila, el administrador de la campera nueva esperaba con las manos en los bolsillos. Elvira le cortó un pedazo grande, todavía humeante, y se lo puso en la mano sin decir nada. El muchacho lo mordió, masticó despacio, miró la cocina a gas por la ventana, y después el horno con su cortina de arpillera mojada.

    —Dejemos la nueva para las empanadas —dijo.

    —Para las empanadas —dijo Elvira, y se limpió las manos en el delantal, y volvió a la artesa.