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  • La Chola en el Paraná Viejo

    A las seis de la mañana de un jueves de agosto, Rolando Echagüe estaba parado sobre lo que había sido el fondo de su caleta, con un termo bajo el brazo y la vista clavada en la lancha. La Chola descansaba de costado sobre unos tirantes, a cuarenta metros del agua más cercana, como una vaca echada.

    El hidrómetro del puerto de Rosario marcaba bajo cero desde hacía semanas. En la guardería de Rolando, sobre la costa, las amarras colgaban de los postes sin tocar nada, y el barro del fondo se había rajado en placas que crujían al pisarlas.

    Esa tarde, a las cinco, venía un hombre de Victoria a ver la lancha. Rolando la había puesto en venta en junio, con un cartel de cartón en el portón, después de un año y medio sin un solo cliente que pudiera sacar su barco. Pero el comprador quería verla flotando. «Si no flota, no es lancha, es un galpón», había dicho por teléfono. Y tenía razón.

    —Eso no sale ni con una grúa —dijo una voz detrás.

    Era Yamila, la hija de un boyero de la zona, diecinueve años, botas de goma y un caballo zaino de la rienda. Cuidaba unos corrales que su padre había armado en el cauce seco del Paraná Viejo, donde antes pasaban los kayaks y ahora pasaba la hacienda.

    —Sale con un caballo —dijo Rolando—. Si me lo prestás.

    —No es mío, es de mi viejo. Y no es de tirar lanchas.

    —Te pago el día.

    Yamila miró la lancha, después el cielo limpio, después la arena. Le pidió una cifra que a Rolando le pareció un robo y que aceptó sin discutir.

    Tardaron toda la mañana. Pusieron tres tirantes a modo de rieles, ataron una soga gruesa al enganche de proa y Yamila fue guiando al caballo paso a paso, hablándole bajito, mientras Rolando empujaba de popa con el hombro. El olor a barro viejo y a pescado seco se les metía en la ropa. Cada diez metros había que correr los tirantes de atrás para adelante. A las once habían avanzado la mitad.

    —¿Cuánto hace que la tiene? —preguntó Yamila, sentada un rato sobre el casco, tomando mate del termo de él.

    —Veintidós años. La compré sin motor. Le puse uno de camión, de un tío mío que se murió. Mirá lo que es la vida, me hacía ruido de camión hasta el día que dejó de hacerlo.

    —¿Y por qué la vende?

    Rolando se rascó la nuca.

    —Porque no se mueve. Un barco que no se mueve te cobra y no te da nada.

    Yamila no dijo nada. El caballo bufó y sacudió las orejas.

    A las doce y media les quedaban quince metros hasta el hilo de agua, un canal angosto, marrón, que ni siquiera se parecía a un río. Rolando lo había visto llenarse y vaciarse toda la vida y nunca le había parecido pequeño hasta ahora. Se acordó de las tardes de sábado en que sacaba a la gente al banquito de San Andrés, con los chicos asomados a la borda y el motor de camión golpeando parejo, y el río tan ancho que de una orilla no se veía la otra.

    Quedó un último tramo con una barranca baja. Ahí el caballo se plantó. Yamila le habló, tiró con suavidad, y el animal no dio un paso. Rolando se agachó, vio que un tirante se había hundido en una grieta y lo soltó con una barreta. Cuando volvió a tirar el caballo, la Chola se movió con un quejido largo de madera y cayó con la proa en el agua.

    No flotó. Se apoyó en el fondo con la quilla clavada en el barro, a diez centímetros de la superficie, como si se hubiera sentado a pensar.

    —No hay calado —dijo Yamila.

    —No hay.

    Esperaron. A las dos de la tarde subió un poco el nivel, o lo pareció, porque soplaba viento del norte y empujaba agua desde algún lado. Rolando metió el pie descalzo hasta el tobillo y sintió que la lancha se movía apenas, un temblor, una duda.

    A las cuatro y media llegó el hombre de Victoria en una camioneta con barro hasta las ventanillas. Bajó, se paró a mirar con las manos en la cintura y dio una vuelta entera alrededor de la lancha. Rolando le había preparado un discurso sobre el casco de lapacho, el motor, la cabina, el equipo de radio. No lo dijo.

    —¿Y? —preguntó el hombre.

    —Esperá un cacho —respondió Rolando.

    El viento giró. Se oyó un chasquido bajo el casco, y la Chola se despegó del barro con un balanceo pesado y quedó sola en el medio del canal, con un par de vacas mirándola desde la orilla de enfrente.

    Yamila dejó caer la soga. Rolando subió de un salto, se sentó al timón sin llave, con las manos sobre la madera tibia, y por primera vez en dos años sintió que algo se movía debajo de él.

    —Está linda —dijo el hombre desde la orilla—. ¿Cuánto me dijiste?

    Rolando no contestó enseguida. Miró el agua baja, el cielo anaranjado, la lancha que respiraba bajo sus pies.

    —Pasá mañana —dijo al fin—. Hoy se queda un rato más en el río.

  • La ventana de Nunzia

    A las once y media del sábado, Marisa Cafiero ya llevaba dos horas en el Aula-Cocina del Museo del Puerto, con el delantal manchado de tomate y la olla grande al fuego. Afuera, sobre la calle Torres, soplaba el viento del sudoeste y traía desde las cerealeras ese olor a grano tostado que en Ingeniero White nadie nota, igual que nadie nota su propio apellido.

    Probó la salsa con la cuchara de madera. Le faltaba algo. Le faltaba desde marzo.

    Era la salsa de su abuela Nunzia, la que había llegado en barco con una valija de cartón y un frasco de conserva envuelto en una media. Marisa la hacía todos los sábados para la mesa de la colectividad, donde se juntaban unos cuarenta a comer fideos y a discutir de fútbol y de cuotas. Tenía la receta anotada en un cuaderno de tapas duras: tomate, cebolla, una hoja de laurel, una cucharada de azúcar, aceite del bueno, paciencia. Hacía todo lo que decía el cuaderno. Y el sábado anterior, don Aníbal, que tenía ochenta y nueve años y todavía iba al puerto a mirar los barcos, había comido tres platos sin decir una palabra. Eso, en él, era un velorio.

    —¿Le pongo más sal? —preguntó una voz a su lado.

    Era Nahuel, un chico de trece años que la escuela había mandado esa mañana con el grupo de la caminata al puerto. Los demás se habían quedado afuera tocando los pellets de plástico y mirando el cartel viejo del ferrocarril inglés. A él lo habían dejado en la cocina porque se había mareado con el olor del cereal, y ahora revolvía una olla de agua sin hervir con mucha seriedad.

    —No, la sal está bien. Es otra cosa.

    —¿Qué cosa?

    —Si lo supiera, ya estaría puesto.

    Nahuel se encogió de hombros y se fue hasta la ventana grande que daba al muelle. Estaba cerrada, como siempre en invierno, con un trapo enrollado en la hendija para que no entrara el aire. Tocó el vidrio con un dedo.

    —Acá afuera huele a cereal —dijo—. Y adentro huele a cebolla. Pero la cebolla es rica y el cereal no.

    —El cereal es lo que huele a pueblo —dijo Marisa, sin darse vuelta—. Los viejos dicen que eso es olor a trabajo.

    —¿Y a su abuela a qué le olía?

    Marisa dejó de revolver. Nadie le había preguntado eso. Cerró los ojos y volvió a la cocina de la calle Rivadavia, la casa chata de chapa y ladrillo, el piso de portland, la mesa con hule de flores. Su abuela Nunzia cocinando de pie, con un pañuelo en la cabeza, y la ventana de la cocina abierta de par en par, hasta en pleno junio, aunque se les congelaran las manos. Siempre lo mismo: «Hay que dejar entrar el aire, que si no, la salsa no respira». Marisa de chica pensaba que era una manía de vieja. Su madre le decía que era por el humo del carbón. Nunca había visto a nadie probar si cambiaba algo.

    —Olía a salsa —dijo por fin—. Y a lo otro. Al puerto, a la sal, a esto de acá. Todo mezclado.

    —Entonces es eso.

    —¿Es qué?

    —Que a la salsa le falta la mezcla —dijo Nahuel, como si fuera de lo más obvio—. Si la tiene cerrada, le queda sólo cebolla.

    Marisa lo miró un rato largo. El chico se puso colorado y volvió a su olla de agua. Ella apagó el fuego un segundo, se secó las manos en el delantal, fue hasta la ventana y sacó el trapo de la hendija. Costó trabajo: la madera estaba hinchada. Tuvo que empujar con el hombro. Cuando por fin cedió, el viento entró de golpe, levantó una servilleta de la mesa y le dio en la cara el olor entero: grano tostado, agua salada, gasoil de lancha, alguna fritura lejana.

    Volvió a la olla con la ventana abierta, y se le erizaron los brazos. No dijo nada. Revolvió despacio, apoyó la cuchara contra el borde, la probó otra vez.

    No había cambiado nada. Y sin embargo, parada ahí con el frío en la nuca y el calor de las hornallas en la cara, sintió que la salsa por fin estaba en el lugar donde tenía que estar.

    A las doce y cuarto empezaron a llegar. Don Aníbal entró primero, con el bastón y la boina, y se sentó en su silla de siempre. Marisa le puso adelante el plato humeante, con el queso rallado por arriba, y volvió a la cocina sin mirarlo. Desde atrás de la barra lo vio levantar el tenedor, enroscar los fideos, llevárselos a la boca.

    El viejo masticó con los ojos entrecerrados. Después giró la cabeza hacia la ventana abierta, hacia el muelle y el viento, como si alguien lo hubiera llamado por el nombre.

    —Nunzia —dijo, bajito, para nadie.

    Y siguió comiendo, sin apuro, hasta que no quedó nada en el plato.

  • Cuarenta minutos de agua

    A las diez menos veinte de la noche, Lorena Quiroga apagó la camioneta al borde de un callejón de Lunlunta y se quedó un momento con las manos en el volante. Once días llevaba de tomera sola. Hasta el mes pasado el que repartía el agua de esa hijuela era Teodoro, que se jubiló con un asado y un reloj, y le dejó una linterna, una pila de boletas y una frase: «El agua no se discute, se reparte».

    En la guantera, doblada en cuatro, estaba la boleta de la noche. Finca de los Sosa, cuarenta minutos de turno, de diez y cincuenta a once y media. Eran seis hectáreas de viñedo viejo y un olivar de árboles anchos como galpones, y en la boleta, abajo, alguien había escrito a lápiz: «Si no riega esta noche se me secan los de atrás». La letra era de Ramona Sosa, ochenta y dos años. Lorena había recibido tres llamadas suyas en dos días.

    Bajó con la linterna. Era noviembre y el aire olía a tierra tibia, a álamo y a humo de alguna parva lejana. Más allá de los alambrados se recortaba la cordillera, con la última luz violeta de la tarde. El río Mendoza traía ya el primer agua del deshielo, y esa agua tenía que recorrer un camino largo, de compuerta en compuerta, para llegar hasta el fondo de la hijuela.

    Llegó a la primera compuerta y la encontró como la había dejado. En la segunda, también. Caminaba por el borde de la acequia con la linterna baja, escuchando. Un tomero de verdad, le había dicho Teodoro, no mira el agua: la oye. Cuando va llena suena a tela que se estira. Cuando algo la frena, suena a gente hablando bajito.

    Entre la tercera y la cuarta, hablaba bajito.

    Lorena apuró el paso. A unos doscientos metros del último puente, el agua se arrimaba contra una mancha oscura y se abría en un abanico perezoso hacia el costado, mojando el camino. Alumbró. Era una rama de álamo, gruesa como un muslo, caída de la última ventolera y atravesada contra la toma. Al lado, enganchada, flotaba una bolsa de nylon negro. Cada minuto que el agua se escurría por el camino era un minuto robado al turno de los Sosa.

    Se sacó la campera, se arremangó hasta el codo y bajó al barro. El agua estaba fría y le mordió las muñecas. Tiró de la rama una vez, dos veces; no se movía. La linterna se le cayó y quedó mirando para arriba, alumbrando las hojas de los álamos como si fueran un techo. Lorena pensó en llamar a alguien. Pensó en Teodoro, que dormía a esa hora. Pensó en el reloj, que marcaba las diez y cuarenta.

    —No me hagas esto —le dijo a la rama.

    Probó de otro modo. Metió las dos manos por debajo, buscó el punto donde la madera se apoyaba contra el cemento y empujó hacia afuera, no hacia atrás. La rama crujió. Cedió un palmo, después otro. El agua, liberada, pasó de golpe por el costado de sus piernas y casi la tira. Se agarró de la compuerta. La rama salió girando, golpeó el puente y se perdió corriente abajo, y la bolsa negra se fue detrás.

    El sonido cambió. Lorena lo oyó antes de entenderlo: ya no era gente hablando bajito, era tela estirándose, fuerte y pareja. Quedó un rato con el agua hasta las rodillas, escuchando.

    Corrió a la camioneta, empapada, y cubrió el kilómetro que faltaba por el camino de tierra con los vidrios abiertos. Ramona Sosa estaba esperando en el portón, con un pañuelo en la cabeza y una linterna más grande que la suya. Detrás de ella, en la oscuridad, se adivinaba la hilera de las cepas.

    —Hija, estás hecha una sopa —dijo la vieja.

    —Había una rama en la toma. Ya está. Le dije que a las diez y cincuenta, y son las diez y cincuenta y cinco. Le debo cinco minutos. Se los sumo al final.

    —No me debés nada. Vení, que te traigo una toalla.

    —Primero abro.

    Fueron juntas hasta la compuerta de la finca, una chapa vieja de hierro con la manija gastada por manos más grandes que las de Lorena. Ramona sostuvo la linterna. Lorena giró la manivela, vuelta a vuelta, y la chapa subió despacio. El agua entró en la finca con un golpe largo, se repartió por la hijuela interna y empezó a avanzar por el primer surco, oscura y brillante, lamiendo la tierra seca, hundiéndose y volviendo a aparecer metro a metro.

    La vieja no dijo nada. Se agachó con una mano en la rodilla y puso la otra palma sobre el barro mojado, como quien le toca la frente a un chico con fiebre.

    —Se oye —dijo.

    —¿Qué cosa?

    —Que llegó.

    Lorena miró el reloj: once y diez. Todavía quedaban veinte minutos de turno, más los cinco que no le iban a cobrar. Se sentó en el borde de cemento, con los pies colgando sobre el agua que entraba, y no se movió hasta que, al fondo del primer surco, entre los troncos retorcidos de las parras, apareció un brillo largo, finito, que llegaba a las últimas plantas.

  • La aguja de Molfetta

    A las siete de la mañana el viento del sudoeste ya le había sacado el gorro a dos turistas y a un cartel de la pescadería, y Ítalo Mazzeo, desde el pasillo de la Banquina Chica, decidió lo que había decidido el resto de las lanchas amarillas: hoy no se sale. Entonces sacó la red.

    La tendió sobre los adoquines, entre el cajón de hielo y el bolardo, treinta metros de lámpara de cerco para anchoíta, con las boyas de corcho en fila y el plomo dormido en el otro borde. Había un desgarro cerca del copo, grande como una puerta. Ítalo se sentó en un banquito, se calzó la aguja de madera y empezó a tejer.

    Tenía setenta y un años, las manos como cabos viejos y una lancha, la Santa Rita, que se entregaba mañana a las diez. La había comprado un muchacho de Necochea que le pagó en dos veces y le prometió no cambiarle el color. Ítalo no había pedido más. Pero quería entregarla con la red remendada, nudo por nudo, porque en el puerto una red rota es como una puerta sin pestillo: no se le deja a nadie.

    —¿Eso se hace a mano todavía? —dijo una voz de nena.

    Era una chica de unos diez años, con campera de lluvia fucsia y un helado de dulce de leche que el viento le estaba dando vuelta. Detrás, a lo lejos, los padres sacaban fotos de las otarias que se amontonaban sobre la escollera.

    —Todavía —dijo Ítalo, sin levantar la vista—. La máquina no sabe dónde duele.

    —¿Y vos sabés?

    —Tengo que saber. Mirá: esta malla se abrió porque un cabo la enganchó contra el casco. Entonces no la cierro igual que una que se gastó de vieja. Esa se cose derecha. Ésta se cose cruzada.

    La nena se agachó. Olía a sal, a nafta y a pescado frío, el olor de todos los días de Ítalo desde los catorce, cuando su padre, que había llegado de Molfetta con un baúl y una mandolina, le puso la primera aguja en la mano. Ítalo le explicó el nudo: el lazo, la vuelta, el ajuste con el pulgar. La nena lo intentó con un pedazo de hilo que él le dio. Le salió un moño.

    —Está lindo —dijo ella.

    —Está lindo, pero no pesca.

    Se rieron los dos. Sopló una ráfaga que hizo sonar las chapas del techo de la pescadería y levantó una nube de escamas secas. Los tres lobos marinos más cercanos levantaron la cabeza al mismo tiempo, como si alguien los hubiera llamado por el apellido.

    —¿Por qué la vendés? —preguntó la nena, y esa pregunta, hecha así, sin vueltas, le pegó a Ítalo en un lugar que no esperaba.

    —Porque mis hijos no quieren pescar y yo no quiero morirme arriba de ella.

    —Ah.

    Siguió tejiendo. A las diez ya tenía la mitad del desgarro cerrado. La nena se había ido a buscar a los padres y había vuelto con una bolsita de conservas y un pedido: quería ver cómo quedaba. Ítalo le dijo que a las dos, que a esa hora el viento aflojaba.

    Aflojó. A las dos menos diez, con el sol saliendo de una grieta de nubes, le faltaban cuatro vueltas. La nena estaba sentada en el cajón de hielo con las piernas colgando. Un lobo joven, flaco, se acercó arrastrándose por el muelle hasta quedar a dos metros de la red y se quedó mirando las boyas con la cabeza torcida.

    —No toques —dijo Ítalo, bajito.

    El animal olió el corcho. Después olió la aguja. Después apoyó el hocico húmedo sobre la malla ya cerrada y se quedó así, tranquilo, un rato largo, como quien comprueba que algo es sólido.

    Ítalo hizo el último nudo. Lo ajustó con el pulgar, cortó el hilo con los dientes y pasó la mano abierta por toda la zona, de punta a punta. No quedaba ni una marca.

    —Listo —dijo.

    —¿Cómo sabés que quedó bien?

    Ítalo miró al lobo, que no se había movido. Miró la Santa Rita, amarilla, cabeceando contra los neumáticos del muelle.

    —Porque ya nadie la mira como se mira algo roto.

    Al otro día, a las diez menos cinco, dejó la red doblada en la proa, tapada con una lona. No dejó nota. Sobre la lona, apoyada contra una boya, puso la aguja de madera de su padre, con el hilo todavía enhebrado, por si el muchacho de Necochea algún día quería saber dónde dolía.

  • Trescientos adobes antes del trueno

    A las seis y diez, cuando el sol todavía no pasaba el filo de la Paleta del Pintor, Genoveva Mamaní ya tenía el barro listo. Lo había pisado la tarde anterior con greda del rastrojo y paja de trigo, y lo había dejado dormir toda la noche bajo una arpillera, a un costado del canal, pegado a las vías del Belgrano. Ahora levantó la tela y subió un olor a tierra mojada y a pan viejo.

    Era fines de noviembre en Maimará. En la Quebrada las lluvias empiezan en diciembre, casi siempre de tarde, y a veces se adelantan. Genoveva tenía sesenta y dos años, una adobera de madera de dos moldes que había sido de su padre y un pedido de trescientos adobes para la cocina de doña Nicasia Cruz, a quien se le había abierto una grieta en la pared sur con el último temblor. Trescientos en un día. Después hacían falta tres o cuatro de sol, parados de canto, para que secaran. Si la nube llegaba antes de las tres, el barro se volvía sopa.

    —¿Y el chico? —preguntó a nadie, y el chico apareció.

    Brian Colque tenía diecinueve años y una campera de repartidor con el logo de una aplicación. Lo mandaba su tío, que le debía un favor a Genoveva. Había bajado del colectivo de las cinco y media en la banquina de la ruta 9 con cara de que le hubieran vendido otra cosa.

    —Mi tío me dijo que era hasta el mediodía.

    —Tu tío dice muchas cosas. Agarrá la pala.

    Trabajaron sin hablar. Ella mojaba el molde en el canal para que el barro no se pegara, lo llenaba de un golpe, lo apretaba con la palma, pasaba la regla por encima y daba vuelta la adobera sobre la tierra limpia con un movimiento corto de muñeca. Salían dos ladrillos pardos, húmedos, de esquinas vivas. Brian acarreaba el barro en la carretilla y lo volcaba a su lado. Al principio derramaba la mitad. A las ocho había aprendido a no cargar de más.

    A las nueve eran ciento diez. Brian miró el reloj del celular.

    —Vamos atrasados.

    —Vamos como se puede.

    —Yo hacía veinte entregas por tarde con la moto, ¿sabe? Veinte. Y cada una tenía un número, tantos minutos. Acá no hay número.

    —Hay número. —Genoveva señaló con el mentón el cielo del este, azul y limpio, sin una mancha—. Trescientos. Y también hay nube, aunque no se vea.

    Cerca de las diez el viento cambió y subió del sur con olor a polvo. Genoveva se quedó un segundo con el molde en el aire, mirando la sierra de Alfarcito, que seguía rojiza, violeta y ocre, sin una sombra encima. Después siguió, pero más rápido. Brian, sin que nadie se lo pidiera, empezó a traer el barro corriendo.

    Al mediodía comieron parados, pan con queso de cabra, mirando la hilera que ya llegaba hasta el poste de la luz. Cuando faltaban cien, a Brian le temblaban los brazos. Se sentó en el borde del canal con las manos abiertas, el barro seco cuarteándose en las palmas, y entonces vio algo.

    —Todos tienen un pozo —dijo, y señaló un adobe junto a su zapatilla. En una esquina había una marca redonda, hundida, del tamaño de una moneda. Había otra igual en el siguiente, y en el siguiente, a lo largo de toda la fila.

    —Es el pulgar. Mi papá lo hacía, yo lo hago.

    —¿Para qué?

    —Para saber cuáles son míos cuando se mezclan con los de otro. —Se encogió de hombros—. Y si una pared se raja, se sabe a quién llamar para arreglarla.

    Brian no contestó. Se lavó las manos en el canal, volvió y llenó el molde él solo. Le salió torcido. Genoveva lo desarmó con la punta del pie y le dijo que otra vez. El segundo salió mejor. El tercero tenía las esquinas casi vivas.

    A las dos y diez faltaban doce. El oeste se cerró de golpe, sin aviso: una torre gris apoyada sobre las cumbres, con la base negra y el borde alumbrado. Un trueno largo bajó por el valle y rebotó en la Paleta. El aire se enfrió de un tirón y las moscas desaparecieron.

    —Tapo yo —dijo Genoveva, y corrió con el rollo de nylon hacia el extremo de la hilera, con las rodillas protestándole.

    Brian hizo los doce en lo que ella tardó en cubrir los primeros ciento cincuenta. Los hizo sin mirar el reloj. Cada uno, al darlo vuelta, recibía en la esquina el pulgar, un golpe seco y redondo, hasta que los dos moldes quedaron vacíos y el último par se asentó en la tierra, brillante, pegajoso, descubierto.

    Las primeras gotas cayeron gordas y espaciadas, y sonaron sobre el nylon como puñados de arroz. Genoveva todavía estaba agachada a veinte metros, sujetando el plástico con piedras, y no iba a llegar. Brian se sacó la campera con el logo de la aplicación, la abrió sobre los dos últimos adobes y se quedó de rodillas encima, sosteniéndola por las mangas contra el viento, mientras el valle entero empezaba a oler a lluvia.

  • El cuajo de la viga

    A las cinco menos veinte, con la niebla pegada a los vidrios y el valle todavía sin forma, Fidelia Ardiles bajó el cuajo de la viga. Lo tenía colgado desde el verano anterior, entre un atado de ají y la cuerda de la ropa, y el humo de un año de cocina le había dejado la superficie negra y dura como cuero de bota. Lo apretó con el pulgar. Cedió apenas. Le pareció una buena señal y se la guardó para sí.

    Era enero y en Tafí del Valle llovía desde hacía nueve días. Fidelia tenía setenta y un años, doce vacas y una sola idea fija: llevar un queso a la Fiesta del Queso, en febrero, hecho como lo hacía su madre, con cuajo de la casa y piedras encima. Para llegar a tiempo tenía que cuajar hoy. El queso necesitaba entre quince y veinte días de estacionado y ella, que contaba los días con los dedos manchados de leche, ya no tenía margen.

    Tobías, su nieto, apareció en la puerta de la cocina con el pelo aplastado por la capucha y un balde de ordeñe en cada mano.

    —Abuela, la leche viene fría. Con esta humedad, no sé.

    —Dejala ahí.

    —Mi tío dice que con cuajo del comercio no falla. Hay una botellita en la despensa, una gota por balde y listo. Cuaja en media hora.

    —Ya sé lo que dice tu tío.

    Tobías tenía quince años y la paciencia de quien todavía cree que esperar es un error de cálculo. Dejó los baldes sobre la mesa y se quedó mirándola picar el cuajo con el cuchillo, hasta que quedó en pedacitos que parecían tabaco de pipa. Los echó en un jarro con suero tibio. Olía a leche vieja y a humo de suncho, a cocina de invierno en pleno verano.

    Vació la leche en la olla grande. Metió el dedo: fría. Metió el codo, como le había enseñado su madre, y confirmó lo que ya sabía. Había llovido tanto que hasta las vacas habían comido pasto aguado, sin el gusto a anís que les da el sol de la loma.

    —Prendé el fuego, Tobías. Con aliso, del seco.

    —¿Para qué, si ya hay gas?

    —Para fogueada. La leche tiene que estar tibia como cuando sale de la vaca. Si no, el cuajo se duerme y no despierta más.

    Él obedeció, medio fastidiado. Armó el fuego en la cocina de leña, que Fidelia prendía solamente cuando había que hacer algo importante, y cuando las llamas agarraron, la olla se acercó al borde de la plancha, sin tocarla. Fidelia la hizo girar de a poco, un cuarto de vuelta cada tanto. Afuera, la lluvia golpeaba en la chapa con un ruido parejo, de tambor flojo.

    Pasó media hora. Después, otra media. Echó el cuajo, revolvió con la paleta de madera y tapó la olla con un lienzo. Tobías miraba el reloj del celular.

    —No cuajó.

    —Todavía no.

    —Abuela, la fiesta es en un mes.

    —La fiesta es en un mes, y el queso tiene que estar listo el día anterior, no el mismo día. Dejame trabajar.

    Tobías se sentó en el banquito, con los codos en las rodillas. Fidelia se sentó enfrente, en la silla de paja. Había olor a leña y a lluvia y a las dos cosas que no se dicen en una cocina: que el marido ya no estaba para decir que ella era terca, y que su hija vivía en Tucumán capital y llamaba los domingos para preguntar si ya pensaba vender las vacas.

    A la hora y diez, Fidelia levantó el lienzo. La leche seguía líquida. Se le cerró la garganta.

    —Ahí lo tenés —dijo Tobías, sin maldad, como quien constata el clima.

    Fidelia no respondió. Metió la mano hasta el fondo de la olla y la sacó despacio, abierta. Quedó una hebra blanca colgando entre los dedos, espesa, temblorosa, que aguantó un segundo entero antes de cortarse. Metió otra vez la mano. Esta vez la cuajada vino entera, como una tela mojada que se dobla.

    —Cuajó —susurró Tobías.

    —Cuajó cuando quiso. El cuajo de la casa no tiene reloj.

    Cortaron la masa en cuadritos con el cuchillo largo y el suero se fue soltando, amarillo verdoso, en el fondo de la olla. Fidelia la amasó con las manos mientras Tobías le acercaba el lienzo, y después la apretaron en el molde de madera que había sido de su madre, con las duelas oscuras de tanto uso. Encima fue una tabla. Encima de la tabla, la piedra del río, la grande, que usaba también para sostener la puerta cuando ventaba.

    —Ahora hay que esperar quince días —dijo ella.

    —Yo me quedo —dijo Tobías—. O sea, vengo. A ver si sale.

    Fidelia lo miró de costado. Le puso la mano en la nuca, fría y todavía húmeda de leche.

    —Va a salir.

    Se quedaron un rato sin hablar, mirando el molde. Del suero que escurría hacia el balde subía un vapor finito, y en la ventana, por primera vez en nueve días, la niebla empezaba a abrirse. Se vio un pedazo de cerro y otro, verde y mojado, con las vacas sueltas como puntos blancos. Fidelia tomó el cuajo que quedaba, negro y arrugado, y lo volvió a colgar de la viga, junto a la cuerda de la ropa, para que el humo le fuera haciendo el resto del año.

  • El preso de las tres y diez

    A las tres y diez, cuando el tren de la tarde entraba a la parada de La Macarena con el humo bajo y el silbido largo, Wenceslao Haro ya estaba en su lugar: junto al cartel de madera, con el traje de rayas grises y negras, la gorra de paño y el número 117 cosido en el pecho. Hacía diecinueve inviernos que era preso. Cobraba por eso, con recibo de sueldo y obra social.

    El oficio tenía sus reglas. Había que sostener el hacha de utilería sin mirar a cámara, dejarse sacar la foto con los turistas, cobrar la propina en una lata de aceitunas y devolver el cambio sin romper el personaje. A los guardas, vestidos con capote azul, les tocaba el silbato. A él le tocaba cara de condenado, que a esa altura le salía sola con el viento del valle.

    Esa tarde el Pipo bajaba ancho y marrón, cargado de deshielo, y del lado del Cerro Guanaco entraba una llovizna finita que se pegaba a los vidrios del tren. Los coches vomitaron turistas con camperas de colores, celulares en alto, gorros con pompón. Una señora se persignó al verlo. Dos chicos le pidieron que pusiera cara fea. Un jubilado de Rosario le sacó la mano para saludarlo, como a un colega.

    —Mucho gusto, soy Ernesto. Yo trabajé treinta años en la Fabril.

    —Wenceslao —dijo él—. Pero acá soy el ciento diecisiete.

    Ernesto se rió y dejó cinco mil pesos en la lata.

    Fue después, mientras acomodaba la manta sobre el tronco donde se sentaba entre tren y tren, que sintió un tirón en la manga. Era una nena de unos siete años, de rulos mojados, con un gorro rosa que le tapaba las orejas. Hablaba en portugués y señalaba el número del pecho.

    —Ela quer saber se você é um preso de verdade —tradujo un hombre que venía atrás, con un termo y cara de cansancio—. Disculpe. Desde que subió al tren que pregunta lo mismo.

    Wenceslao se agachó. Le dolían las rodillas, y ese dolor era lo único auténtico de todo el atuendo.

    —Preso preso, no —dijo, y después, como la nena no entendía, repitió despacio, sacudiendo la cabeza—. Soy de mentira. Pero los de verdad existieron.

    El padre tradujo. La nena frunció la boca, como si la respuesta le pareciera una estafa menor, y señaló el tronco: ¿y por qué estaba ahí, entonces? Wenceslao miró el valle. Lo había contado mil veces con el mismo tono de guía: el presidio, la leña, los rieles, la locomotora que se llamaba La Coqueta y que paraba en esta misma curva a cargar agua. Esa tarde le salió distinto, más lento.

    —Porque acá se paraba el tren de los presos —dijo—. Venían a cortar madera para calentar el pueblo. Hacía el mismo frío que hoy, pero con ropa peor. Los guardas tocaban el silbato para volver. Si alguien se quedaba mirando el río, se quedaba.

    —¿Y vos te quedás mirando el río? —preguntó el hombre, traduciendo una pregunta que la nena ya había hecho con los ojos.

    —Todos los días —dijo Wenceslao—. Es lo único que se puede hacer sin que nadie te lo mande.

    La nena asintió, muy seria. Se sacó del bolsillo un caramelo de miel, lo apoyó en la palma de él y se fue hacia el mirador sin esperar la traducción. Wenceslao quedó con el caramelo en la mano, con el número 117 mojado de garúa. Nunca nadie le había pagado en caramelos. Se lo guardó en el bolsillo del pantalón de rayas, donde la tela era más gruesa.

    Esa noche, en la casa de Andorra, mientras la estufa de leña le secaba las botas, su mujer le preguntó por qué sonreía con la sopa. Él dijo que por nada. Al rato, que había conocido a una colega.

    A las tres y diez del día siguiente el tren volvió a entrar por el Puente Quemado, con el humo bajo y el silbido largo, y los guardas de capote azul bajaron primero. Wenceslao se acomodó la gorra, enderezó el número y se quedó mirando el río, un rato más de lo que mandaba el guion, hasta que sonó el silbato y todos volvieron a subir.

  • Tres golpes y una pausa

    A las diez de la noche, con la persiana a medio bajar y el ventilador de pie girando para ningún lado, Aníbal Sotelo clavaba la última tachuela en el taco de unas sandalias de raso rojo. Hacía cuarenta y un años que tenía la zapatería en Cambá Cuá, pegada a la verdulería de los Ayala, y en febrero, como todos los febreros, la vereda olía a cola de contacto, a cuero mojado y a mandarina podrida de la bolsa que alguien había dejado en la esquina.

    Faltaban tres días para la primera noche del corso. Desde enero le habían llegado doscientos pares: tacos que se aflojaban, correas que cedían con el sudor, suelas que se despegaban después del ensayo en la avenida. Los pasistas bailaban con el calzado en la mano hasta el último minuto y se lo calzaban recién en la fila, frente al cordón de seguridad. Aníbal lo sabía. Por eso cosía doble.

    Cuando sonó la campanita de la puerta ya había dado por cerrado el día.

    —Don Aníbal, perdone la hora.

    Era una chica de unos veinte años, con el pelo recogido en un rodete y una bolsa de supermercado colgando de la mano. Tenía el delantal de una casa de comidas todavía puesto. Dejó la bolsa sobre el mostrador y sacó de adentro un par de zapatos de baile color champán, de taco bajo, con la punta gastada y una tira de elástico remendada con hilo azul.

    —Eran de mi abuela —dijo—. Los usó en la comparsa cuando se armó la primera, allá por el sesenta y pico. Yo desfilo el sábado en el grupo de las abuelas. Quiero decir, desfilo en su lugar. Ella ya no puede.

    Aníbal agarró un zapato y lo giró contra la luz del tubo. Era cuero de cabritilla, cosido a mano, de esos que ya no entraban al local. La suela estaba partida al medio, de lado a lado, como una galleta.

    —Esto no va más, nena.

    —Ya sé.

    —No es que no quiera. Es que la suela se rindió. Habría que cambiarla entera, y el cuero de arriba está más seco que pan de ayer. Si lo tocás, se rompe.

    La chica no dijo nada. Miró el piso, las virutas de goma, el calendario de la Virgen de Itatí colgado de un clavo. Se llamaba Brisa. Lo dijo después, cuando él le preguntó, para decir algo.

    —Mi abuela Ramona dice que si no desfilo con estos, no desfilo. Que ella los usó la primera noche en que las comparsas bajaron por la avenida Costanera, cuando todavía no había corsódromo y las plumas las traían de Brasil en cajas de manzana. Dice que bailó con esos zapatos tres horas y que no se le soltó ni un hilo.

    —Tu abuela tiene buena memoria.

    —Tiene noventa y uno. Se acuerda de todo menos de lo que desayunó.

    Aníbal sonrió sin querer. Dejó el zapato sobre el paño. Le dio vueltas a la idea un rato largo, mientras el ventilador movía el calendario y desde la cuadra de al lado venía un bombo de ensayo, tres golpes y una pausa, tres golpes y una pausa.

    —Mirá —dijo al fin—. Yo no te puedo arreglar estos zapatos. Pero te puedo hacer otros adentro de estos.

    —¿Cómo adentro?

    —Los desarmo con cuidado. Saco el forro y la plantilla vieja. Armo una suela nueva y un contrafuerte nuevo, y el cuero de la abuela queda como cáscara, cosido por encima. De afuera son los de ella. De adentro, son míos.

    —¿Y se puede?

    —Se puede. Pero no te prometo que vayan a quedar iguales.

    —No quiero que queden iguales —dijo Brisa—. Quiero que aguanten.

    Trabajó dos noches. La primera, hasta las tres de la mañana, descosió con una hoja de afeitar cada punto original, uno por uno, tratando de no leer demasiado en la letra de la costurera: puntadas chiquitas, parejas, con un nudo particular que él nunca había visto, doble y torcido. La segunda noche cortó la suela nueva con el cuchillo de media luna y la pegó con tiento, sin apurar el secado. Para el taco, usó un trozo de la madera de una banqueta que se le había roto a su mujer, que en paz descanse. No se lo dijo a nadie.

    El viernes a la tarde, Brisa volvió con la abuela.

    Ramona venía en silla de ruedas, con una manta de lana pese a los treinta y ocho grados. Tenía las manos como raíces. Sin decir nada, extendió el brazo y Aníbal le puso los zapatos en el regazo. Ella los palpó con la yema de los dedos: la costura, la punta, el lugar justo donde antes el cuero se había plegado por el uso. Después los dio vuelta y miró la suela nueva, clara, sin una sola mancha.

    —Esto no es mío —dijo.

    Aníbal se secó las manos en el delantal.

    —No, señora. La suela es nueva.

    —Ya veo. —La vieja siguió tocando—. Pero el resto sí. Hasta el hilo azul.

    Hubo un silencio corto. Por la puerta entraba el sol de la tarde, ancho, anaranjado, con polvo flotando adentro.

    —Se los voy a dejar a la nena —dijo Ramona—. Usted me hizo un favor, que es no hacer como que no se rompió.

    No quiso que le pagaran. Brisa dejó igual los billetes doblados bajo el pisapapeles, y Aníbal los encontró recién cuando cerró.

    El sábado, a la una de la mañana, estaba parado detrás de la valla del corsódromo Nolo Alías, con la camisa más buena y un vaso de cerveza tibia. Cuando pasó el grupo de las abuelas, buscó el rodete, los zapatos champán. Los vio entre las plumas y las luces, subiendo y bajando sobre el asfalto con un ritmo que él conocía, el de tres golpes y una pausa.

    No se soltó ni un hilo.

  • Todo bien, Eulogia

    A las doce y veinte, Noemí Ledesma ya tenía los avisos ordenados sobre la mesa de la radio, con el broche de ropa que usaba para que el aire de la ventana no se los llevara. Eran nueve papeles. Una remisería de Victorica avisaba que los martes no salía a los parajes. Un chico de la escuela de Telén le recordaba a su tío que lo esperaban con la garrafa. Y el último, escrito con lápiz de carpintero sobre el dorso de una factura de la cooperativa, era el de siempre: «Ceferino Arancibia le avisa a su hermana Eulogia, en Santa Rosa, que está todo bien».

    Hacía once años que ese aviso salía todos los viernes. Noemí lo había leído con resfrío, con la voz quebrada y una vez con el hijo con fiebre en el pasillo del estudio. Nunca había conocido a Ceferino. Sabía que vivía en un puesto sobre la ruta 105, entre los caldenes, y que alguien se lo alcanzaba hasta la radio cada semana: primero un camionero, después una maestra, ahora un chico que pasaba en bicicleta y lo metía por debajo de la puerta.

    Ese viernes de octubre el pampero empezó a las once. Primero fue un zumbido en las chapas del techo, después una nube color ladrillo que se comió la plaza Héroes de Cochicó, y a las doce y veinticinco, con Noemí ya sentada frente al micrófono, la luz hizo un clac y el estudio se quedó a oscuras. Se apagó el transmisor. Se apagó la lamparita roja de «Al aire». El único ruido que quedó fue el del viento revolviendo las ramas contra el vidrio.

    —¡Ay, no! —dijo Noemí, a nadie.

    Probó el interruptor tres veces. Salió al pasillo y miró el tablero. Llamó a la cooperativa desde el teléfono de línea, el beige, que seguía funcionando porque nadie se acordaba de que existía. Le dijeron que el viento había tirado una línea cerca de la laguna y que a las tres, con suerte.

    Tres horas. Eulogia, en una cocina de Santa Rosa, tenía la radio prendida desde las doce y cuarto. Eso lo sabía Noemí porque una vez, hacía años, había llegado una carta con letra temblorosa que decía: «Gracias por la voz. Yo me siento con el mate y lo escucho a mi hermano». Nada más. Sin remitente.

    Se quedó mirando el papel. No era un mensaje importante, no avisaba de una muerte ni de un parto ni de un camión varado. Decía que no pasaba nada. Pero lo que Eulogia escuchaba, en verdad, era que su hermano seguía vivo un viernes más, y para eso hacía falta que alguien dijera su nombre en un aire que llegara.

    Entonces golpearon la puerta del estudio. Dos golpes secos, de nudillo duro.

    Era un hombre flaco, con boina clavada hasta las cejas, botas con tierra colorada y un sobre de papel madera en la mano. Detrás, apoyada contra la pared del pasillo, había una bicicleta.

    —¿Usted es la que lee? —preguntó.

    —Soy Noemí.

    —Ceferino. —Se sacó la boina—. El chico no pudo venir con este viento, se le voló una rueda. Me vine yo. Fueron veintidós kilómetros en la camioneta, y casi me da vuelta en la curva del médano.

    —Don Ceferino, no hay luz. No salimos al aire.

    Él miró alrededor, la lámpara apagada, los auriculares colgados, el micrófono mudo como un hueso. Se lo veía más chico adentro del estudio que afuera.

    —Entonces no sale.

    —No sale hasta las tres.

    —Ella se sienta a las doce y media. Hace once años que se sienta a las doce y media.

    Noemí lo supo ahí. No tuvo que pensarlo. Agarró el teléfono beige, lo puso sobre la mesa, entre los dos, y le pidió a Ceferino que le dijera el número. Él lo dijo despacio, de memoria, con el área de Santa Rosa y todo. Sonó cuatro veces.

    —¿Hola? —dijo una voz finita, del otro lado—. ¿Quién es?

    —Eulogia, soy Noemí, de la radio de Victorica.

    Hubo un silencio largo, de esos que tienen un hervor atrás.

    —¿Le pasó algo a Ceferino?

    —No, no. Está acá, al lado mío. Se cortó la luz y no pudimos salir al aire, pero él quería que usted escuche su aviso. Se lo voy a leer por teléfono, si le parece.

    —Ay, nena. —Y la voz se achicó—. Leémelo como en la radio, por favor. Yo estoy acostumbrada a como lo lee.

    Noemí se acomodó en la silla. Se enderezó, aunque nadie la veía. Enderezó el papel contra el tablero apagado. Tomó aire por la nariz, como le habían enseñado en el curso de locución hacía treinta años en un salón de Santa Rosa, y habló con la voz que usaba para el aire, la de las doce y media, la que no era más grave que la suya pero sí más lenta.

    —Mensaje al poblador rural. Ceferino Arancibia le avisa a su hermana Eulogia, en Santa Rosa, que está todo bien.

    Del otro lado se oyó que algo se apoyaba sobre una mesa, quizás una pava, y después una respiración.

    —Otra vez —pidió Eulogia—. Que lo oiga la vecina, que está acá.

    Noemí lo leyó otra vez. Ceferino, parado junto a la puerta, con la boina apretada entre las dos manos, miraba el micrófono apagado como si de verdad fuera a salir de ahí la voz. Afuera, el pampero seguía arrancando polvo de la calle, y en el techo de chapa alguna cosa suelta golpeaba al ritmo de una cumbia lenta.

    —Dígale que el viernes que viene también —dijo Eulogia, ya riéndose un poco—. Y que se corte el pelo.

    —Dice que el viernes que viene también —repitió Noemí—. Y que se corte el pelo.

    Ceferino se puso la boina, y se la volvió a sacar.

    —Que no se le acabe el crédito —dijo, y dejó en la mesa las dos fichas de la cooperativa que tenía en el bolsillo, como si el teléfono las necesitara.

    A las tres menos diez volvió la luz. La lamparita roja se encendió sola, sin que nadie la tocara, y Noemí la miró un rato largo. Después acomodó los nueve avisos y empezó otra vez desde el principio, por la remisería. Ya no hacía falta que el último saliera al aire, pero lo leyó igual, para que lo oyera el viento, que ahí afuera sabía tan bien como ellos que todo estaba bien.

  • El alambre en el tercer pasillo

    A las siete menos diez, con la escarcha todavía crujiendo sobre el pasto, Rodolfo Luna encontró el hueco. Era del ancho de un hombre flaco, en el tercer pasillo del laberinto, justo donde las coníferas dobladas hacia adentro formaban una pared que había tardado catorce años en cerrarse. Alguien había pasado por ahí. O algo: la helada de la noche había secado una mata entera, y la mata se había caído sin ruido, como se cae un abuelo en un velorio.

    Se sacó el gorro de lana y lo apretó contra el pecho. Nono, en octubre, no debería haber amanecido a cuatro bajo cero. Pero así venía el año, y a las seis la radio de Mina Clavero había dicho que cerraban el Camino de las Altas Cumbres por hielo en la parte alta, y que ningún colectivo cruzaba desde Córdoba hasta nuevo aviso.

    Eso era lo que le importaba. Porque Marisol, su nieta, de nueve años, venía en el de las diez.

    Hacía dos veranos que Marisol le preguntaba lo mismo por teléfono: “Abuelo, ¿ya se puede llegar al medio?”. Y él le contestaba que no, que faltaba un tramo, que las plantas tienen su tiempo. Era mentira a medias. El tramo que faltaba era el último, el que llevaba al centro, a un banco de madera bajo el mirador desde donde se ve todo el recorrido y uno se da cuenta de que el laberinto, desde arriba, es fácil. Esa era la gracia. Había que perderse para después poder reírse.

    Rodolfo había prometido que para esa visita el camino estaría cerrado en el verde y abierto en el sentido correcto. Y ahora tenía un agujero.

    —Don Rodolfo —dijo una voz desde la entrada—, ¿está bien?

    Era Cintia, la chica que vendía las entradas, con una campera de plumas hasta las orejas y un termo bajo el brazo.

    —Se secó una mata. Ahí. Mirá.

    Cintia se asomó y silbó bajito.

    —Qué cagada. ¿Se arregla?

    —Con una planta nueva, en cinco años. Con alambre y ramas, en una hora, pero queda feo.

    —¿Y la nena?

    —Llega a las diez. Si el micro llega.

    Se quedaron callados. De lejos, desde la ruta 14, venía el ruido de un camión cambiando de marcha. El sol recién asomaba por encima de las Sierras Grandes y pintaba de naranja el borde del mirador.

    Rodolfo fue hasta el galpón, sacó el rollo de alambre, las tijeras de podar, un balde de ramas secas que guardaba para el fuego. Trabajó con las manos entumecidas, trenzando, atando, apretando. Cintia le alcanzaba las ramas, una por una, sin hablar. A las ocho y media el hueco estaba tapado con algo que parecía una pared, siempre que uno no lo mirara de frente.

    —Cuando crezca nadie se acuerda —dijo ella.

    —Yo me acuerdo.

    A las diez menos veinte llamaron de la terminal. El micro había salido de Córdoba a las siete y estaba parado en Cuesta Blanca esperando que abrieran. A las once avisaron que habían habilitado el paso con cadenas. A las doce y cuarto, Rodolfo ya había perdido la cuenta de las veces que se había lavado las manos sin motivo.

    El micro entró a Nono a la una menos diez. Marisol bajó con una mochila rosa que le llegaba a las rodillas y un gorro con orejas de oso, y antes de saludar mir��� el cielo.

    —Abuelo, ¡había nieve! En la ruta había nieve. Pasamos por al lado.

    —Ya me contaron.

    —¿Y el laberinto?

    —Está. Venite.

    La llevó de la mano por la calle de tierra, entre los paredones de adobe y los perros dormidos al sol. Compraron las entradas sin que Cintia cobrara. Entraron.

    Marisol corrió. Dobló a la derecha, a la izquierda, volvió, se quejó, se rió. A los veinte minutos estaba en el tercer pasillo, y Rodolfo, que la seguía unos pasos atrás, se puso tenso.

    Ella se detuvo frente a la pared de ramas atadas. La tocó con un dedo. Tiró de una punta.

    —Abuelo, esto es de alambre.

    —Se secó una planta anoche. Con el frío.

    —¿Te dolió?

    Rodolfo no supo qué contestar. Marisol lo miró un rato, con esa seriedad que tienen los chicos cuando están decidiendo si perdonan.

    —Podemos plantar otra al lado —dijo—. Así cuando esté grande, la de alambre se saca.

    —Tarda cinco años.

    —Yo vengo todos los veranos.

    Se quedó mirando el alambre. Después se dio vuelta y siguió por el pasillo de la izquierda, el equivocado, el que da vuelta sobre sí mismo, y él la oyó contar en voz alta los pasos hasta que la voz se fue achicando entre las coníferas.

    Esa tarde, mientras Marisol dormía la siesta con las botas puestas, Rodolfo fue al vivero de la ruta y compró una planta de un metro, con el terrón envuelto en arpillera. La puso en el balde del baúl, la cubrió con una manta. Volvió al tercer pasillo cuando ya bajaba el sol.

    Cavó el pozo al lado del alambre, a pulso, con la pala corta. La tierra estaba dura de frío pero húmeda abajo. Puso la planta, la afirmó con los pies, la regó con el último termo de agua tibia. Dejó el balde boca abajo para marcar el lugar.

    Cuando se incorporó, el mirador ya tenía el sol en el techo, y desde ahí, al fondo, vio una cosa que no había notado nunca: que desde el medio, el laberinto entero hacía una sombra larga, de punta a punta, y que en esa sombra, en el tercer pasillo, había ahora un punto más claro, el de la planta nueva.

    Se sacó el gorro otra vez. No lo apretó contra el pecho. Lo dejó colgado del alambre, para que se acordara.