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  • El último pan en Puente del Inca

    Zulema Páez amasó a las cuatro de la mañana, como todos los días desde hacía veintidós años, con las manos metidas hasta las muñecas en una harina que a esa altura se endurecía antes de tiempo. Afuera la nieve había dejado de caer, pero el viento seguía arrastrándola de un lado a otro de las vías, y por la ventana de la cocina se veía el puente natural, esa costra de color óxido y mostaza que el agua termal le había ido pintando a la piedra durante siglos.

    Puente del Inca estaba a dos mil setecientos metros, y el pan allá arriba tardaba más en subir, pero subía igual. Zulema lo sabía de memoria: cuarenta minutos de levadura en la cocina tibia, otros cuarenta junto a la salamandra, y después el horno de barro del fondo, que alimentaba con leña de jarilla que le traía un primo desde Uspallata.

    Esa mañana hizo setenta panes en vez de cuarenta.

    —¿Para quién tanto? —le preguntó Olmedo, el changarín, que había entrado a calentarse las manos en la puerta del horno.

    —Para el tren.

    —Zulema, el tren de hoy lleva cuatro pasajeros.

    —Cuatro pasajeros y la tripulación. Y los que vengan a mirar.

    Olmedo se rascó la nuca debajo del gorro. Sabía a qué se refería, aunque nadie lo decía en voz alta. Era 1984, y se murmuraba que ese viaje iba a ser de los últimos. No de los últimos del día ni de la semana: de los últimos del todo. Hacía rato que las conexiones con Chile estaban frenadas y que el mantenimiento de la vía se hacía con desgano. En la estación ya se hablaba del Trasandino en el mismo tono con que se habla de un tío internado.

    Zulema había vendido pan en ese andén desde que enviudó. Al principio, a los escaladores que bajaban del tren con las mochilas cargadas y las caras quemadas por el sol de altura; después, a los soldados, a los camioneros varados por la nevada, a los maquinistas que paraban a cargar agua. Tenía una canasta de mimbre con una tela a cuadros, y una regla simple: el primer pan del día era para el que llegaba con más frío.

    A las once menos diez, el silbato se oyó desde la curva, río abajo. Zulema se acomodó el pañuelo, levantó la canasta y salió. El aire la golpeó en la cara como una puerta que se abre de repente. Sobre el andén ya había diez o doce personas, más de las esperables: dos mujeres de Punta de Vacas con sus hijos, un gendarme, un hombre de campera naranja que sacaba fotos y alguien que lloraba despacio, sin mover la cara.

    La locomotora llegó resoplando, con el costado cubierto de escarcha. El maquinista, un hombre flaco de bigote ralo al que ella conocía de vista, bajó a estirar las piernas y se quedó parado frente a Zulema con los guantes colgando.

    —Doña —dijo—. Hoy no vengo a comprar. Vengo a decirle que me llevo el recuerdo de su pan hasta Mendoza.

    —Entonces se lo lleva caliente.

    Le dio uno, y después otro para el foguista, y después empezó a repartir por todo el andén sin cobrar. Al gendarme le tocó uno con chicharrón. A las mujeres de Punta de Vacas, dos por cabeza. Al hombre de la cámara le dijo que si iba a sacar fotos, que sacara del pan y no de ella, y él se rió y le hizo caso.

    Cuando la canasta quedó casi vacía, Zulema se dio cuenta de que le temblaban las manos, y no era del frío.

    —¿Y ahora qué va a hacer, doña? —preguntó el foguista, masticando.

    —Seguir. Hay escaladores en enero, hay camiones todo el año. El pan no necesita tren.

    —Pero el tren le traía la gente.

    Zulema lo miró un momento, con el vapor de la locomotora subiéndole por el costado.

    —Me traía la gente —dijo—. Pero la gente también tiene piernas.

    El silbato sonó una vez, largo. Los pasajeros subieron. Alguien le gritó desde una ventanilla un gracias que se perdió en el viento. Zulema levantó la mano, sin saber si la veían, y se quedó ahí, quieta, hasta que el último vagón dobló en la curva y el ruido de las ruedas se fue haciendo más fino, más lejano, hasta que lo tapó el río.

    Volvió a la cocina con la canasta liviana. Dejó la tela a cuadros sobre la mesa, avivó el fuego y se sentó a tomar un mate lavado, de esos que se toman para que pase el rato. Olmedo se había ido. La casa olía a levadura y a humo de jarilla.

    A las cuatro de la tarde, alguien golpeó la puerta. Era un camionero con la cabina llena de escarcha, que venía de cruzar el paso y no encontraba dónde comer.

    —¿Todavía le queda algo, señora?

    Zulema fue hasta el horno, abrió la boca de hierro y sacó la última tanda, la que había hecho de más sin decirle a nadie por qué. Quince panes, dorados, con la corteza todavía cantando.

    —Pase —dijo—. Hace frío.

    Y mientras el hombre se sentaba a la mesa, afuera la nieve volvió a caer sobre las vías, despacio, tapando de a poco el lugar donde había estado el tren.

  • Una cuerda más fina que las otras

    Aníbal Williams llegó al Salón Cincuentenario a las doce y diez de la noche del sábado, con el maletín de cuero bajo el brazo y los zapatos todavía húmedos de la llovizna. Adentro quedaban las sillas desparramadas, un olor a café recalentado y, sobre el escenario, el piano vertical con la tapa abierta, como una boca que esperaba el dentista.

    —Lo dejaron para vos —dijo Eluned, la tesorera, que apagaba las luces de la cocina una por una—. Mañana a las once es la Cymanfa Ganu. Doscientas voces, Aníbal. Y el piano está medio tonto.

    —Todos los pianos están medio tontos después de un Eisteddfod —dijo él.

    —Este más.

    Eluned le dejó una llave y un termo, y se fue. La puerta cerró con un golpe sordo y el salón se quedó con el zumbido de la heladera de la cocina.

    Aníbal era afinador desde los diecinueve años. Había aprendido con su padre, que había aprendido con un inglés de Puerto Madryn que cobraba en corderos. Tenía sesenta y ocho, las manos grandes y lentas, y una regla que no le contaba a nadie: el piano se afina de noche, cuando el pueblo deja de hacer ruido y el metal se acomoda.

    Sacó la llave de afinar, el fieltro, las cuñas de goma. Tocó el la central. Salió bajo, cansado, medio tono caído contra el diapasón que llevaba desde hacía cuarenta años en el bolsillo de la camisa. Lo golpeó contra la rodilla y lo apoyó en la madera. El diapasón cantó limpio, agudo. El piano contestó con un quejido.

    —Bueno —dijo Aníbal—. Empecemos.

    Trabajó dos horas sin mirar el reloj. Las cuerdas del medio, de a tres por nota, las fue apagando con el fieltro para afinar de a una, y cada vez que la llave giraba un cuarto de vuelta sentía la tensión subir por el antebrazo. Afuera el viento del oeste empujaba la chapa del techo. Se acordó de que su padre decía que en el valle el viento afinaba mejor que cualquier hombre, pero después se llevaba todo.

    Pasadas las dos, llegó a las notas altas, y ahí se detuvo. El fa sostenido de la última octava no sonaba. Apretaba la tecla y el martillo caía con un clac seco, sin resonancia. Abrió el frente, metió la linterna y vio el problema: una cuerda cortada, enroscada sobre sí misma como un pelo.

    Aníbal se sentó en el banquito y se pasó la mano por la cara.

    No tenía repuesto de esa medida. Lo sabía sin revisar el maletín. A esa hora no había dónde conseguir cuerda de piano en todo Trelew, y a las once la iban a pedir doscientas voces.

    Se quedó mirando el escenario vacío. En la pared del fondo colgaba una foto grande de la comisión de 1965, el Centenario de la Colonia, hombres de traje oscuro y mujeres con el pelo recogido, todos serios, todos con apellidos que él había tenido que aprender a pronunciar de chico: Jones, Evans, Hughes, Rhys. Su propio abuelo estaba en la tercera fila. Williams. Con una W que en esa época todavía se pronunciaba con la boca redonda.

    Se acordó entonces de la caja de galletitas.

    La guardaba en la camioneta desde hacía años, abajo del asiento, con todo lo que no se tira: tornillos, fieltros viejos, unos metros de alambre que había salvado de un piano de la capilla de Dolavon cuando lo desarmaron. Cuerda de acero, de la de antes, de esas que no se compraban ya.

    Salió bajo la llovizna, abrió la camioneta, encontró la caja. Adentro había un rollito enrollado en papel de diario. Lo midió con los dedos, a ojo. Era más fino. Seguramente más fino.

    —Más fino, pero sirve —se dijo—. Eso es lo que decía el viejo.

    Volvió a entrar con el rollo y lo cortó con la pinza, y durante cuarenta minutos fue una pelea chica y muy concentrada, de las que no se ven. Enganchó la cuerda en el clavijero, la pasó por el puente, la tensó de a poco. Le temblaban un poco las manos, y no por el frío. Cuando la llevó a la altura del diapasón, el fa sostenido sonó. Era más delgado que sus vecinos, con algo de metal en el borde.

    Lo tocó cuatro veces. Cinco.

    —Va a pasar —murmuró—. Nadie va a notar.

    Pero él lo notaba. A las cuatro de la mañana, con el salón helado y la linterna pegada al hombro, todavía lo notaba. Terminó el resto de las notas. Cerró el frente. Bajó la tapa. Guardó las herramientas en orden, como se las había enseñado su padre, y se acostó un rato en dos sillas juntas, con el abrigo encima.

    Lo despertó el ruido de las puertas.

    Eran las diez y media. Ya estaban llegando: señoras con tarteras tapadas con repasadores, chicos de saco y corbata, un coro de La Plata que había venido en micro y hablaba bajito, un hombre muy flaco con un bastón que tarareaba solo. El salón fue llenándose de abrigos y de voces. Eluned le puso un café en la mano.

    —¿Y?

    —Está —dijo Aníbal—. Con un detalle. Una nota. Una sola. En la octava de arriba.

    —¿Se nota?

    —Para mí sí.

    —Entonces nadie más.

    A las once en punto el director levantó los brazos. Hubo un silencio largo, de capilla, y la pianista dio el acorde inicial. Aníbal estaba parado contra la pared del fondo, con las manos en los bolsillos, y escuchó cómo el salón respiraba junto. Después las doscientas voces entraron en galés, graves y anchas, con esa manera de cantar que parecía venir de abajo del piso. Cantaban Calon Lân. Él entendía tres palabras.

    El piano acompañaba firme. En el estribillo la pianista subió por el teclado, y Aníbal cerró los ojos para esperar la nota, apretando el vaso de papel.

    Llegó. El fa sostenido, delgado, un poco raro, justo en el medio del acorde. Y en lugar de sobresalir, se perdió adentro de las voces como un hilo en un tejido, y de pronto el acorde entero sonó un poquito más claro.

    A su lado, el hombre del bastón dejó de tararear, lo miró de reojo y siguió cantando.

    Aníbal abrió los ojos. En la pared, su abuelo lo miraba desde la tercera fila de 1965, serio como todos, sin decir nada.

    Aníbal se puso a cantar la parte que sabía, bajito, en una lengua que no era la suya. Por una vez no la afinó.

  • El primer sábado de los cornalitos

    Graciela Funes tenía la harina en la bandeja, el aceite a punto de humear y un solo problema: no había cornalitos. Eran las once y diez de un sábado de noviembre, la costanera de Quilmes ya olía a brasas y a protector solar, y en el cajón de telgopor que Cacho le traía todos los sábados desde hacía veintidós años había tres hielos derretidos y nada más.

    Salió del quiosco con el repasador al hombro y miró hacia la rambla de los pescadores. Los otros ya estaban ahí, alineados contra la baranda, con las cañas apoyadas y los baldes entre los pies. Cacho no.

    —¿Vieron a Cacho? —preguntó.

    —Hoy no vino —dijo uno de gorra azul, sin dar vuelta la cabeza—. Ayer se quejaba de la rodilla.

    Graciela se quedó mirando el río. Era marrón, ancho, quieto como una mesa sucia, con un brillo de chapa al fondo donde terminaba y empezaba el cielo. Desde ahí nunca se veía la otra orilla. Su padre decía que del otro lado estaba Uruguay y que no se veía porque se hacía el distraído.

    Ese sábado importaba porque era el primero de calor de verdad. Todos los años, el primer sábado de calor, el quiosco servía la fuente grande de cornalitos fritos, con limón y sal gruesa, a precio de costo, y la gente de las cuadras de alrededor bajaba con los chicos, las sillas plegables y el termo. Lo había empezado su madre. Después ella. Esa tarde, además, venía su hija Luciana de La Plata, con el novio, a quien Graciela todavía no le conocía la voz.

    —Mamá, si no tenés pescado, hacé otra cosa —le había dicho Luciana por teléfono—. Papas, empanadas, lo que sea.

    —Los cornalitos no se reemplazan, nena.

    —Es un pescadito, ma.

    —Es el primer sábado.

    Había colgado con la garganta apretada, sin saber bien por qué.

    Ahora caminó hasta el final de la rambla, donde el cemento se terminaba y empezaban las piedras. Ahí encontró a Cacho. Estaba sentado en un banquito de plástico con la caña clavada entre dos rocas y la pierna derecha estirada, con una venda color piel que le asomaba bajo el short. Tenía el pelo blanco aplastado por la gorra y la cara quemada como un ladrillo.

    —Mirá vos —dijo Graciela.

    —Graciela —dijo Cacho, sin sorprenderse—. Perdoname. Se me hizo tarde.

    —Son las once y media.

    —Por eso, se me hizo tarde.

    Se miraron. Ella le vio el balde: vacío, con una pizca de agua en el fondo.

    —No pican —dijo él—. Desde las seis estoy. Anoche hubo viento del sudeste y el río quedó revuelto. Los chiquitos se fueron para adentro. Mañana o pasado vuelven. Hoy, nada.

    —Hoy es el primer sábado, Cacho.

    —Ya sé. Lo tengo anotado.

    —¿Anotado dónde?

    —En la cabeza. Donde anoto todo.

    Graciela quiso enojarse y no le salió. Se sentó en una piedra al lado, con las zapatillas colgando sobre el agua. El sol le pegaba en la nuca. Más allá, tres chicos corrían por la arena de la playa con una pelota desinflada, y desde el balneario de enfrente llegaba una cumbia con el bajo demasiado alto.

    —Mi mamá —dijo Graciela— hizo la primera fuente en el noventa y uno. Con lo que le dieron los pescadores de entonces. Había diecisiete personas. Yo era chica, me acuerdo de que no alcanzaba el limón.

    —Me acuerdo —dijo Cacho—. Yo era uno de los que trajo.

    —No me dijiste nunca.

    —No preguntaste.

    Quedaron un rato callados. Un barco lejano, un punto blanco sin tamaño, cruzaba despacio de izquierda a derecha.

    —Hay otra cosa —dijo Cacho, y señaló con el mentón hacia atrás—. Ahí en la rambla, a la altura del tercer poste, está el Rulo. Tiene la red de mano. Si le pedís que tire cerca de los pilotes, algo saca. No es de cornalitos de los buenos. Pero algo.

    —¿Y por qué no me dijiste antes?

    —Porque es el Rulo.

    Graciela suspiró, se levantó y volvió caminando por la baranda, entre los pescadores. El Rulo era un flaco de treinta y pico, con tatuajes de ancla en los dos antebrazos, que hablaba poco y cobraba mucho. Le explicó lo que necesitaba. Él la miró un momento y dijo un número. Ella dijo otro. Después de un silencio incómodo se pusieron de acuerdo.

    A las doce y cuarto tenía un balde de pescaditos plateados que se retorcían como cintas. No eran muchos. Los contó con la vista: alcanzaban para una fuente, no para dos.

    —Menos de la mitad —murmuró.

    Volvió al quiosco. Limpió, pasó por harina, sacudió. El aceite le saltó en el antebrazo y no lo sintió. Sacó la primera tanda dorada y chiquita, la puso sobre papel, la salpicó con sal gruesa. Probó una. Crocante, con gusto a río.

    A las dos llegó la gente. Primero dos vecinas con una sillita para el nene. Después un grupo de la cuadra de atrás, con una conservadora llena de gaseosas. Después una familia entera con un perro. Graciela sirvió la fuente grande, que quedó a medias, y la repartió en platitos de plástico, de a puñados.

    —Es poquito este año —dijo una señora.

    —El río estuvo revuelto —respondió Graciela—. Los trajo Cacho. Bueno, casi.

    Y entonces, desde el costado, vio venir a Luciana con un flaco alto que traía una bolsa de limones. Se saludaron con un abrazo apretado.

    —Mamá, él es Franco. Trajo limones, porque le dije que acá nunca alcanzan.

    Graciela lo miró. Tenía cara de buena persona y las manos de quien no sabe qué hacer con ellas. Le dio un platito.

    —Probá.

    Franco probó. Masticó despacio, serio. Después levantó las cejas.

    —Son buenísimos.

    —Son pocos.

    —Entonces hay que comerlos despacio.

    Luciana se rio. Graciela, también, y se le aflojó algo atrás de las costillas.

    A las cinco, cuando la fuente se terminó y quedaron sólo las migas y el olor a limón, el sol bajaba detrás de los edificios del centro y el río se había puesto del color del té con leche. Cacho apareció renqueando por la rambla, con la caña al hombro. Se paró frente al quiosco.

    —Ya los vi —dijo—. Los del Rulo. Están flacos.

    —Alcanzaron.

    —¿Quedó alguno?

    Graciela abrió el cajón. En el fondo, sobre un papel grasiento, había un único cornalito, dorado, sin comer. Lo había guardado sin darse cuenta.

    Se lo alcanzó. Cacho lo tomó con dos dedos, lo miró contra la luz del río y lo comió entero.

    —Mañana vuelven —dijo.

    —Mañana vuelven —dijo Graciela.

  • Tres kilos de nada

    Lola Ibarra salió al lote a las cinco y diez, con el tereré en una mano y la bolsa de arpillera atada a la cintura, y antes de agacharse a mirar nada se quedó parada y olió. El aire de marzo en Tres Isletas venía espeso, dulzón, con un fondo de tierra que todavía no estaba mojada pero ya lo sabía. Hacía tres días que la radio de Sáenz Peña repetía lo mismo: frente inestable, lluvias desde el domingo a la tarde. Era jueves.

    Las tres hectáreas estaban blancas hasta el alambrado. El defoliante había dejado las plantas peladas, con las ramas negras y las bochas abiertas como puños que se sueltan de a poco. El contratista de la cosechadora le había prometido el sábado a primera hora, y ella le creía, porque los hombres que tienen una máquina sola y diez clientes siempre prometen el sábado. Pero esto no era para el sábado. Esto era para la cama de su madre.

    Doña Pura tenía ochenta y cuatro años y una regla: todo bebé de la familia dormía sobre algodón de la chacra. Se lo había rellenado a Lola, a sus hermanos, a los hijos de sus hermanos, con fibra levantada a mano, sin una hoja ni una cáscara, mullida a golpes de varilla en el patio. El domingo, en Resistencia, nacía el primer bisnieto. La almohada tenía que estar lista para llevarla el lunes.

    —Brian —dijo Lola, y golpeó la puerta de chapa del galpón—. Arriba, que se nos va la mañana.

    El sobrino salió a las seis menos veinte, con los ojos hinchados y el celular en la mano, como si fuera un órgano más. Tenía dieciséis años y había venido a pasar la semana porque en su casa de Barranqueras no había quién lo cuidara. Lola le dio una bolsa y le mostró el movimiento: dos dedos adentro de la bocha, un tirón corto hacia abajo, sin arrastrar la cáscara seca.

    —¿Todo esto a mano? —preguntó Brian—. Tía, hay máquinas.

    —Las máquinas se llevan la planta entera. Yo necesito la fibra limpia. Tres kilos. Con tres kilos me alcanza.

    —¿Tres kilos? Eso es una nada.

    —Probá levantar tres kilos de nada y después me contás.

    A las ocho ya hacía calor de verdad. Los surcos del bajo, los que Lola había elegido porque ahí la humedad del suelo mantenía la fibra más sedosa, olían a hierba quemada y a semilla. Las bochas pinchaban. Brian se pinchó el dedo índice a los diez minutos y se lo chupó con cara de ofendido; a los veinte ya había aprendido a abrir la mano sin mirar. A las nueve se sacó la remera de la escuela y la ató a la cintura. A las diez le dijo que había un curso de electricidad en Resistencia, en el centro de formación, que empezaba en abril, y que la madre no quería que fuera.

    —¿Y vos qué querés?

    —Irme. Ir y volver todos los días no, irme. Alquilar una pieza.

    —Ah.

    —No dijiste nada.

    —Estoy contando bochas.

    Era cierto, aunque no la mitad. Lola pensó en Fermín, su marido, que desde hacía dos años armaba encofrados en Resistencia y volvía los sábados con olor a cemento y a ciudad, y en cómo el chico lo miraba a él los sábados. Pensó que ella misma había querido irse a los dieciséis, a Corrientes, a la costanera del río, y que se había quedado porque un día la madre se enfermó, y después otro día. No se lo dijo. Siguió tirando de la fibra.

    Al mediodía comieron chipá duro con mate cocido bajo el algarrobo del alambrado. Después Lola pesó con la mano las dos bolsas: no llegaban al kilo y medio. El cielo, que a la mañana era una chapa limpia, tenía hacia el sudeste una pared gris con los bordes violáceos.

    —Eso no es para el domingo —dijo Brian, mirando—. Eso es para hoy.

    —Tiene que ser hoy a la noche —dijo Lola—. Mañana, a esta hora, la fibra del bajo va a estar manchada.

    Brian no preguntó nada más. Se puso la bolsa y se metió en el surco. Lola lo vio trabajar con la espalda quemada y el pelo pegado a la frente, sin celular, sin ruido, con esa concentración tonta y total de los que descubren que las manos saben algo antes que uno. A las cuatro llegó el primer viento fresco, ese que huele a lata mojada, y los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.

    —¿Cuánto tenemos? —preguntó él.

    —Dos kilos y algo.

    —Nos falta.

    —Nos falta.

    Las primeras gotas cayeron a las cinco y veinte, gordas, separadas, golpeando el polvo como monedas. Lola corrió con la bolsa abrazada al pecho hasta el galpón, y Brian detrás, y se quedaron los dos adentro viendo cómo el lote blanco se ponía gris, y después oscuro, y después de ninguna manera. Llovió dos horas. El agua bajaba por la chapa con un ruido de tren largo.

    Cuando paró, con el cielo todavía tapado, Brian puso su bolsa sobre la mesa de cortar leña y la abrió.

    —Pesala —dijo.

    Lola la pesó en la balanza de cocina de su madre, la vieja, la de platillo. Dos kilos seiscientos. Después la suya: ochocientos. Tres kilos cuatrocientos gramos de fibra seca y limpia, levantada antes de la primera gota.

    —Sobran cuatrocientos —dijo Brian, y sonrió con la cara llena de tierra.

    —Esos son del que se va a Resistencia a hacer el curso de electricidad —dijo Lola, sin mirarlo—. Para que lleve algo de acá.

    Brian no dijo nada. Se quedó mirando el algodón sobre la mesa, esa cosa tan liviana que había hecho doler dos espaldas, y asintió despacio, una sola vez.

    El lunes, en la casa de Doña Pura, la varilla golpeó la fibra sobre una lona hasta que se volvió nube. La almohada quedó chiquita, del tamaño de un pan. La vieja la sostuvo con las dos manos, la acercó a la cara y respiró hondo, con los ojos cerrados, como si adentro hubiera algo más que algodón. Y lo había: tres hectáreas, un jueves de calor, un chico que levantaba la cabeza cuando venía el viento.

  • El pájaro que toma agua

    Lidia Nahuelquir se despertó con el viento golpeando la persiana y supo, antes de abrir los ojos, que iba a ser un día de esos en que el Chenque se pone gris y el mar se pone más gris todavía. Después abrió los ojos y confirmó lo que ya sabía: la cómoda era una mancha marrón, la ventana un rectángulo de leche. Hacía un año que el mundo se le venía aguando por los bordes.

    Era 13 de diciembre. En Kilómetro 3 ese día valía doble: Santa Lucía, la santa de los ojos, y el aniversario del petróleo. Lidia era sacristana de la parroquia desde hacía veintiséis años y a Santa Lucía le había limpiado la peana más veces que a su propia heladera. Le parecía una ironía de mal gusto que la santa no pudiera hacer nada por una catarata, pero no se lo había dicho a nadie, ni siquiera a la santa.

    A las siete llegó su nieto Tomás, de quince años, con la capucha del buzo hasta las cejas.

    —Abuela, mamá dice que la operación es mañana a las ocho y que hoy te quedes tranquila.

    —Hoy tengo misa.

    —Y después, tranquila.

    —Y después, tranquila —mintió Lidia, y le dio un mate.

    La misa fue larga, con el padre leyendo de memoria porque ella ya no le acomodaba el misal. Cuando terminó, las vecinas se quedaron en el atrio hablando del viento, de la Cooperativa, de que el año que viene iban a traer una banda. Lidia esperó a que se fueran. Después le agarró el brazo a Tomás.

    —Llevame al pozo.

    —¿Qué pozo?

    —El número dos. El de la plaza del museo. Son tres cuadras, no te hagas el que no sabés.

    Caminaron contra el viento. Ella iba reconociendo la calle por los pies: el escalón roto frente al Colegio Deán Funes, la baldosa floja, el olor a mar y a gasoil que a esa altura de la vida no era olor sino dirección. Su marido, Hipólito, había sido perforista de YPF. Se lo había contado mil veces: que en 1907 habían buscado agua y habían encontrado otra cosa, y que uno nunca sabe qué se le viene con la mecha cuando empieza a cavar. Hipólito murió hace nueve años, con las manos todavía negras de una grasa que no salía ni con querosén. Cada 13 de diciembre, después de misa, la llevaba a ver el pozo, y no hablaban nada. Ella nunca entendió por qué le importaba tanto. Ahora, con la vista nublada, empezaba a entender.

    En el museo había poca gente, por el viento y por la hora. El patio tenía el anfiteatro armado alrededor del pozo, con sus gradas de cemento, y en el centro, el equipo perforador viejo, de hierro, que Lidia apenas veía como una mole oscura con un borde más oscuro todavía.

    —¿Lo ves? —preguntó Tomás, y se arrepintió enseguida—. Perdón.

    —No pasa nada. Contame.

    Tomás se quedó callado. Lidia sintió que el chico buscaba las palabras como se busca una moneda en el fondo de la mochila.

    —Es de fierro —dijo al fin—. Está medio oxidado. Tiene una rueda grande, como de bicicleta pero más grande. Y arriba una cosa como un pico de pájaro.

    —¿Un pico de pájaro?

    —Sí. Un pájaro que está tomando agua.

    Lidia se rió. Se rió fuerte, con la boca abierta, y una señora que pasaba con un nene la miró de reojo. Hipólito nunca había dicho que era un pájaro tomando agua. Hipólito decía balancín, trépano, cuadro de maniobras, palabras con peso. El pájaro, en cambio, tenía algo de verdad: buscaban agua y habían encontrado querosén, y ahí estaba el pájaro, con la cabeza gacha, todavía buscando.

    —¿Qué más?

    —Hay un cartel con fotos. Una es de un montón de tipos con sombrero, todos serios. Parecen enojados con la cámara. Y hay uno que se está riendo, atrás, escondido. Se le ven los dientes nada más.

    —¿Cómo es?

    —Flaco. Con bigote. Tiene una mano levantada, como si estuviera saludando a alguien que no está en la foto.

    A Lidia le subió algo desde el estómago hasta la garganta. Hipólito tenía bigote. Hipólito saludaba así, con la mano en alto y los dedos abiertos, a gente que ya había dejado de mirarlo. No podía ser él, la foto era de 1907 o de 1908 y Hipólito había nacido cuarenta años después, pero igual se quedó parada ahí, con el viento sacudiéndole el pañuelo, dejando que el flaco del bigote se pareciera a quien quisiera.

    —Abuela, ¿estás llorando?

    —Es el viento.

    —Mentira.

    —Es el viento, Tomás.

    Se quedaron un rato. Un hombre del museo, con campera azul, pasó y les preguntó si necesitaban algo. Tomás dijo que no, gracias, que estaban mirando. Lidia pensó que ese era el verbo exacto y que ella hacía mucho que no lo conjugaba bien.

    —Mañana, cuando me saquen las vendas —dijo, mientras volvían—, quiero que me lleves de nuevo. Y ahí te voy a decir yo si es un pájaro.

    —Capaz que no es un pájaro.

    —Capaz.

    —Capaz es otra cosa. Yo lo dije así nomás.

    —Mejor así.

    Llegaron a la esquina de la parroquia. El viento aflojó un segundo, como si también necesitara tomar aire, y desde algún lado llegó el golpeteo de una cadena contra un mástil. Lidia sacó del bolsillo del tapado el trapito con el que le limpiaba la cara a Santa Lucía y lo apretó en el puño.

    —Entrá a la iglesia un minuto —le pidió a Tomás—. Fijate si la santa tiene los ojos en el plato o no.

    —¿Cómo, en el plato?

    —Ya vas a ver. Contame cómo está.

    Tomás entró. Lidia se quedó en el atrio, de cara al mar que no veía, con el olor del salitre y la grasa de todos los días, esperando una descripción que seguramente iba a ser equivocada, y por eso, justamente, la más cierta que iba a recibir en toda su vida.

  • La cazuela de la Tana

    Marisol Cattáneo se levantó a las cuatro y media, antes que el despertador, porque el viento sudeste le golpeaba la persiana de chapa como si quisiera entrar a desayunar. Desde la cocina se olía el cereal tostado de las terminales, ese olor a pan quemado que en Ingeniero White uno deja de registrar a los cinco años y vuelve a registrar cuando se va. Ella nunca se había ido.

    Era Jueves Santo y la Feria del Camarón y el Langostino abría al mediodía. Por primera vez en dieciséis años tenía puesto propio, un mostrador de madera con toldo azul a dos cuadras del Museo del Puerto, y un cartel pintado a mano por la sobrina: «Cazuela de la Tana». Su hermano Rinaldo le había prometido cuarenta kilos de camarón fresco a las nueve de la mañana, del barco de él, para que ella tuviera tiempo de pelar, de sofreír, de probar.

    A las nueve no había barco. A las diez tampoco.

    —Se quedó en la boya por el viento —dijo el Gallego, que vendía hielo, mirando el celular—. Dicen que hasta que no baje la marea no entra.

    —¿Y la marea cuándo baja?

    —Cuando quiera.

    Marisol tenía veinte ollas lavadas, una bolsa de cebolla de verdeo, ajo, pimentón, vino blanco del bueno y ni un solo bicho. Se sentó en un cajón de cerveza. En el puesto de al lado una mujer acomodaba empanadas de langostino con la parsimonia de quien sabe que va a vender todo, y Marisol sintió algo parecido a la envidia, que enseguida se le cambió en bronca, y la bronca en cansancio.

    La receta era de su padre. Eso decía Rinaldo, y lo decía fuerte, en el club, en la feria, en la radio de Bahía cuando lo entrevistaron el año pasado. «La receta de mi viejo.» Pero era Marisol la que la había aprendido parada en un banquito, en una casa de chapa y madera de la calle Guillermo Torres, mirando cómo la madre, no el padre, le echaba el vino antes que el pimentón y nunca al revés. El padre solo pescaba. Comía, eso sí, con una devoción que llenaba la casa.

    Nunca se lo había dicho a Rinaldo. Ese jueves, sentada en el cajón, entendió que hoy se lo tenía que decir, o que se lo iba a decir la cazuela.

    A las once y media apareció un pibe en bicicleta, flaquito, con una gorra de la Liga del Sur.

    —¿Es usted la Tana? Me manda el tío Rinaldo. Dice que ya entraron, que están descargando en el muelle de los pescadores, pero que no puede venir porque se le trabó el guinche. Que vaya usted.

    —¿Que vaya yo?

    —Que vaya con la carretilla, dice.

    Marisol agarró la carretilla. Caminó seis cuadras con el viento de costado, esquivando charcos con aceite, pasando frente a la casa verde de la viuda Aguirre, frente al almacén cerrado de los Pettinari, frente a la vía vieja donde alguna vez paraba el tren del Sud con sus vagones de grano. En el muelle los hombres bajaban cajones. Rinaldo estaba arriba de la lancha, con las manos negras de grasa y la cara de alguien que no durmió.

    —Llegaste —dijo sin mirarla.

    —Vos llegaste tarde.

    —Se trabó todo. Estuve a punto de decirte que no vinieras, que traiga cualquier otro. —Se limpió las manos en el pantalón—. Pero la gente no viene a la feria por cualquier otro. Viene por la Tana.

    —Por la cazuela de papá, vas a decir.

    Rinaldo levantó la vista. El sol salió de golpe entre dos nubes y le marcó las arrugas de la cara, que eran las de su padre, idénticas, y por eso a ella le costaba tanto discutirle.

    —Ma no —dijo, mezclando el italiano que los viejos les habían dejado como una herencia chica y rota—. La cazuela de mamá. Papá no sabía ni hervir un huevo. Lo sé, Mari. Lo supe siempre. Es que en la radio el periodista me preguntó y me salió lo de siempre, y después ya no supe cómo corregirlo.

    Ella se quedó con la carretilla agarrada a dos manos. Abajo, el agua del estuario golpeaba los pilotes con un ruido de cuchara contra olla. Un cajón de camarones se le abrió en las manos y los bichos, chiquitos, rosados, vivos todavía, le saltaron en los antebrazos.

    —Cuarenta kilos —dijo Rinaldo—. Y si querés, esta noche lo digo yo, por el micrófono de la feria. Lo digo entero.

    —No hace falta —dijo Marisol, y se sorprendió de no estar mintiendo—. Alcanza con que lo sepas vos.

    Cargaron la carretilla entre los dos. Volvieron caminando despacio, el hermano empujando, ella al costado con la mano en el borde para que no se volcara. Pasaron por la calle de las casas de chapa. En una ventana, alguien tenía la radio puesta con una cumbia vieja.

    A las doce y diez, con el cuchillo chico y el delantal de la madre, Marisol peló el primer camarón. Lo hizo como la madre: una uña, un tirón, el caparazón entero en la palma. Puso la olla a calentar. Primero el aceite. Después el ajo. Después, y se detuvo un segundo para saborear el gesto, el vino, antes que el pimentón, nunca al revés.

    La primera fila ya se estaba armando. Una nena con un cucurucho de papel preguntó cuánto faltaba, y Marisol, sin levantar la vista, le dijo que ya olía, y que si olía, faltaba poco.

    El vapor le subió a la cara y le empañó los anteojos. Detrás del toldo, Rinaldo clavaba el cartel nuevo con un martillo que no era el indicado. Le había agregado una línea abajo, con marcador negro, en letra torcida: «Receta de Doña Nelly».

    Marisol no dijo nada. Revolvió, probó, agregó sal, y el viento sudeste, que no se había ido, le llevó el olor de la cazuela por toda la calle Torres, hasta el agua.

  • El re ronco del Hohner

    Eusebio Villalba aflojó el último tornillo del teclado con la uña del meñique, porque el destornillador se le había perdido entre las virutas el martes, y levantó el acordeón a la altura de la ventana para ver si pasaba luz por el fuelle. Pasaba. Una línea fina, como un hilo de hilvanar, justo en el tercer pliegue.

    Eran las once de la mañana del quince de enero y en Corrientes el aire ya tenía ese espesor de sopa. En el taller, a dos cuadras de la plaza Vera, el ventilador de pie giraba hacia la pared porque el cuello se le había trabado en el noventa y ocho y nadie se lo había arreglado. Un zapatero que no calza a los hijos, decía Eusebio. Un afinador que no afina el ventilador.

    —Abuelo, ¿lo terminás o no lo terminás? —preguntó Brisa desde el banquito, sin levantar la vista del celular.

    —Lo termino cuando termina de terminarse. Andá a ponerle agua a la yerba.

    La nieta se levantó con un suspiro de quince años y fue a la cocina. Eusebio volvió a mirar el fuelle. Era un Hohner de botones, de tres hileras, que había sido de su padre, el finado Cirilo, y antes de un contrabandista del lado paraguayo del río que lo había cambiado por una damajuana de caña y dos gallinas. Esa era la versión de Cirilo. Eusebio nunca la había podido confirmar y le gustaba así.

    Hacía cuarenta años que Eusebio arreglaba fuelles ajenos. Pegaba cartón nuevo, cambiaba los refuerzos de cuero de las esquinas, quitaba la humedad de las lengüetas con un pincel de pelo de marta que le mandaban de Buenos Aires. Ese acordeón, en cambio, lo había dejado dormir en el ropero desde 2011, con naftalina y un trapo de piqué encima, porque el día que lo sacó por última vez le salió un sonido como de gato pisado, y él, que tenía oído para detectar un cuarto de tono torcido a cuatro cuadras, se asustó de no tener ganas de repararlo.

    Ahora tenía una fecha. El Desfile Internacional de Fuelles salía a las ocho de la noche de la plaza Vera y terminaba en la plaza Cabral, y todos los años, desde que se había empezado a hacer, Eusebio lo miraba desde la vereda de la farmacia con las manos en los bolsillos. Cientos de acordeones en fila, tocando cada uno lo suyo, nenes de diez años con instrumentos que les quedaban grandes como un chaleco, viejos con la camisa pegada a la espalda, gringos que venían a aprender. Este año no quería mirar.

    Brisa volvió con el termo y el mate de guampa.

    —Tomá. Y atendé el teléfono, que suena hace rato.

    Era Nilda, del Instituto. Le dijo que a la gurisa Yamila, la de la escuela de acordeón, se le había roto el fuelle del instrumento prestado en pleno ensayo, y que no había nada para reemplazarlo, y que la chica estaba llorando en el patio. Que si él no tendría algo, aunque fuera para esta noche.

    Eusebio no contestó enseguida. Escuchó el motor de un colectivo que pasaba, las cigarras de los paraísos de la calle, el zumbido eléctrico de la heladera de la vecina.

    —Tengo uno —dijo—. Pero está en obra.

    —¿Para cuándo?

    —Para cuando esté.

    Cortó. Brisa lo miraba con la bombilla en la boca.

    —Ese era el tuyo, ¿no? El del bisabuelo.

    —Ese era el mío.

    —Y vos lo ibas a tocar esta noche.

    —Iba. Iba a tocar una zamba y un chamamé, y capaz se me trababa la mano derecha, que me viene haciendo una cosa. Tengo setenta y un años, Brisa. No me voy a pasear por la ciudad haciendo papelones con el acordeón de mi padre.

    —Entonces dáselo a la chica.

    Lo dijo sin drama, como quien pide que le alcancen la sal. Eusebio se quedó con el mate a medio camino. Tomó. Estaba lavado, había que cambiar la yerba.

    Se puso a trabajar a las doce y diez. Cortó una tira de cartón forrado con el cuchillo de punta redonda, lo pegó con cola vinílica a lo largo del tercer pliegue, apretó con las pinzas de madera, y mientras esperaba que secara limpió botón por botón con un hisopo, como se limpia la oreja de un chico. Brisa le fue pasando las herramientas sin que se las pidiera. A las tres comieron chipá frío y se tomaron una Coca de litro entre los dos. A las cuatro y media probó el aire con la boca cerrada y el fuelle aguantó. No silbaba. Abrió, cerró, abrió. Sonó un acorde de re, redondo, un poco ronco de tanta noche en el ropero.

    Eusebio apoyó la frente en el costado del instrumento. Olía a naftalina y a madera de cedro, y por debajo, muy lejos, a tabaco negro.

    La chica llegó a las seis con la madre, las dos con la cara lavada para tapar el llanto. Yamila no tenía más de trece. Eusebio le tendió el Hohner sin hacer discurso.

    —Probalo.

    Ella se lo calzó, con las correas bajas, y tocó una escala. Después, un poco más rápido de lo que su cuerpo se animaba, las primeras frases de un chamamé que Eusebio reconoció a la tercera nota, aunque no se lo dijo. Un cuarto de tono torcido en el si, pero no era el instrumento, era la mano. Se lo marcó con el dedo en el aire.

    —Ahí. Abrí un poquito más con el codo y dejá que el fuelle respire por vos. No lo empujes, que se ofende.

    Ella lo hizo. Salió limpio.

    —Cuídelo —dijo la madre, buscando la billetera.

    —No se cobra. Me lo devuelve el domingo, con una factura de la panadería de la esquina y listo.

    A las siete y media Eusebio caminó hacia la plaza Vera con Brisa del brazo, sin instrumento, con las manos en los bolsillos, como todos los años. Pero esta vez no se quedó en la vereda de la farmacia. Se metió entre la gente, hasta la fila, hasta ver de cerca la espalda de Yamila con la correa marcándole la remera.

    Cuando arrancó la columna y el primer fuelle abrió el aire, y después otro, y otros quinientos, cada uno con su música, Eusebio cerró los ojos. Encontró entre todos el re ronco del Hohner. Era imposible, con tanto ruido. Lo encontró igual.

  • La libreta del puesto de Córdoba y Balcarce

    Atilio Rossi abrió la persiana del puesto a las siete y cuarto, con quince minutos de atraso, y el ruido de la chapa en la esquina de Córdoba y Balcarce le sonó más largo que otros días. Hacía cuarenta y un años que levantaba esa persiana. Los primeros, con diecinueve, la levantaba con un solo brazo y silbando. Ahora usaba los dos y respiraba por la boca.

    Acomodó los diarios en el orden de siempre: La Capital adelante, los de Buenos Aires atrás, las revistas de crucigramas en el costado, donde les daba el sol de la tarde y se ondulaban. Después puso el termo sobre el estante de abajo, al lado de la lata de galletitas donde guardaba el cambio. Esa lata había sido de Canale en el setenta y pico y todavía conservaba, en la tapa, un dibujo de unos nenes con trineo que nadie en Rosario había visto jamás en la vida real.

    Faltaban nueve días para que lo cerraran. No lo cerraban, en realidad: lo transformaban. Así había dicho la chica de la Municipalidad, con una carpeta celeste en la mano y una sonrisa de dentista. Iban a sacarle la estructura vieja, le iban a pasar agua y luz, le iban a poner una máquina de café y un horno chiquito. Los diarios se quedaban. Lo repitió tres veces, los diarios se quedan, don Rossi, y él dijo que sí, que cómo no, porque a los sesenta y ocho años uno ya sabe cuándo una frase se dice para que el otro se quede tranquilo.

    A las ocho llegó el doctor Benvenuto, el de la escribanía de enfrente, que compraba La Capital y nunca pedía el vuelto.

    —¿Y, Atilio? ¿Se lo van a llevar mucho tiempo?

    —Tres semanas. Dicen.

    —Tres semanas son tres meses.

    —Y sí.

    —Yo igual vengo a tomarme el café, eh. Me dijeron que va a haber cortado y lágrima.

    —Lágrima —dijo Atilio, como quien repite un nombre de enfermedad.

    Benvenuto se rio, se llevó el diario bajo el brazo y se fue por la peatonal, esquivando a los que venían de a tres en fondo con la vista en el celular. Atilio los miraba pasar. Antes la peatonal a esa hora era un río de cuellos de camisa y diarios abiertos al medio. Ahora era un río igual, pero de nucas.

    Hacia las diez se acercó una piba de unos veinte años con un guardapolvo de enfermera debajo de la campera. Tardó en hablar. Miraba las tapas sin tocar nada.

    —Disculpe. ¿Usted tiene el diario de hoy de Buenos Aires? Me mandaron mis viejos a preguntar. Que es por un aviso.

    —Tengo. Y el de ayer, y el de anteayer, si es por un aviso.

    —¿Usted guarda los viejos?

    —Los guardo ocho días. Después los devuelvo, o los vendo para envolver. Sobre todo para envolver.

    Ella se quedó pensando. Dijo que su abuela había muerto el martes y que no habían alcanzado a publicar la participación en el diario, que lo quería hacer pero que ahora ya no sabía si servía, y que el abuelo, que estaba en casa, le había dicho: andá a lo de Atilio, el del puesto, que él sabe de estas cosas. Atilio no sabía de esas cosas. Pero sacó de abajo el ejemplar del martes, lo abrió en la página de esquelas y se lo mostró.

    —Mirá. Ahí están todos. A tu abuela la conocía. Doña Elsa, ¿no? La de la calle Entre Ríos. Venía los sábados por las revistas de tejido.

    La piba abrió los ojos.

    —Sí. Elsa Ferrari.

    —Se llevaba el Burda y una cajita de chicles de menta. Pagaba justo. Siempre me decía que el chicle no era para ella, que era para el abuelo.

    Ella se tapó la boca con la mano. No lloró, pero se quedó un rato con la mano ahí, mirando la página, como si Elsa estuviera en alguna parte del papel, pegada entre las otras.

    —Mirá —dijo Atilio, sin saber bien por qué—. Esto no sale en ningún lado, pero yo en la libreta de atrás anoto los nombres de los que compran siempre algo. Hace cuarenta años. No es para nada, es manía. Tengo a Elsa desde el ochenta y siete.

    Fue a buscarla. La libreta era una Gloria de tapas negras, la décima o undécima, con el lomo remendado con cinta. Pasó las hojas con el dedo húmedo hasta que la encontró: Ferrari, Elsa (Entre Ríos). Burda. Chicles menta. Y al costado, en lapicera azul, una cruz chiquita que él mismo había dibujado el martes a la tarde, cuando el doctor Benvenuto le contó.

    Se la mostró. La piba la leyó dos veces.

    —¿Puedo sacarle una foto? Al abuelo le va a gustar.

    —Sacale.

    Mientras ella apuntaba con el celular, Atilio entendió algo que llevaba una semana dándole vueltas sin poder agarrar. No tenía miedo del café ni de la máquina ni de la chica de la carpeta. Tenía miedo de que, cuando levantaran el puesto, la libreta se quedara sin esquina. De que fuera un cuaderno de nombres sin lugar donde alguien viniera a pronunciarlos.

    La piba se llevó el diario del martes, que Atilio no quiso cobrarle. Antes de irse le dijo gracias dos veces. Después lo pensó mejor y le compró unos chicles de menta.

    Esa tarde, a las siete y media, cuando bajó la persiana, no la bajó del todo. La dejó a medio metro, como a veces hacía en verano. Se quedó sentado en el banquito con el termo entre las rodillas, mirando cómo la luz se iba por la calle Córdoba, naranja primero y después gris, y cómo se prendían de a una las vidrieras.

    El jueves de la semana siguiente vinieron los operarios con una camioneta blanca y le sacaron las revistas de crucigramas, los trineos de la lata y la repisa de abajo. Él les alcanzó la libreta antes de que cargaran el resto.

    —Esto no se toca —dijo—. Esto va conmigo.

    Tres semanas después, cuando el puesto reabrió con un toldo verde y olor a medialunas, Atilio llegó a las siete y media en punto, con el pantalón planchado, y pidió un cortado. La chica de atrás, la nueva dueña, le preguntó si quería el diario para leer ahí.

    —Dejá —dijo él—. Primero sentame un minuto.

    Puso la libreta sobre el mostrador, abierta en una hoja nueva, y escribió con la lapicera azul, abajo de la última cruz: Esquina de Córdoba y Balcarce. Abierto de nuevo. Después se la dejó al lado de la máquina de café, con la tapa hacia arriba, para que la próxima persona que preguntara por alguien supiera dónde buscar.

  • El pito de las cuatro y cuarenta

    Olegario Ledesma subió los noventa y dos escalones de la sala de calderas con la mano izquierda pegada a la baranda, porque a los sesenta y cuatro años la derecha ya no le alcanzaba para sostenerse y para llevar el termo. Eran las cuatro y diez de la tarde de un sábado de noviembre y en el ingenio, a las afueras de Bella Vista, el aire olía a melaza quemada y a bagazo mojado, ese olor dulzón y espeso que se le pegaba a la ropa y que su mujer, en cuarenta años, nunca había logrado sacarle del todo con el jabón.

    Ese día se apagaban los trapiches. La zafra había empezado en mayo con la escarcha sobre los camiones y terminaba ahora, con los jacarandás sueltos y las chicharras afuera, y los obreros ya andaban por el patio de maniobras en grupitos, hablando bajo, como en un velorio donde nadie quiere decir que el muerto estaba mal hacía rato.

    Olegario llegó al descanso del último tramo y se quedó parado frente a la válvula. Era un volante de bronce del tamaño de una rueda de bicicleta, con la pintura verde saltada en los lugares donde generaciones de manos la habían tocado. Arriba, en el techo de chapa, estaba el pito de vapor. Treinta y un años lo había abierto él, tres veces por día: a las seis, a las catorce, a las veintidós. Cambio de turno. Se oía hasta Los Nogales, decían, con viento norte.

    Hacía cuatro años que el pito era un botón. Una sirena eléctrica, de esas que parecen una alarma de auto grande, había reemplazado al vapor porque la caldera vieja gastaba demasiado y la nueva no tenía la presión justa. Nadie se lo dijo de mala manera. El ingeniero joven, un muchacho de Yerba Buena con zapatos de seguridad todavía duros, le había puesto la mano en el hombro y le había hablado de eficiencia. Olegario había dicho que sí, que cómo no, y desde entonces se dedicaba a revisar manómetros que no hacía falta revisar.

    —Don Olegario.

    Se dio vuelta. Era Yamila Sosa, la de laboratorio, con el guardapolvo manchado y una carpeta contra el pecho.

    —¿Qué hace acá arriba? Lo buscan abajo. Van a sacar la foto de la última caña.

    —Que la saquen sin mí.

    —Todos preguntan por usted.

    —Qué van a preguntar. Si soy un señor con un termo.

    Yamila miró la válvula y después lo miró a él, y como era una chica lista no dijo nada. Se apoyó en la baranda. Desde ahí, por la ventana sin vidrio, se veía el cañaveral de al lado, ya cosechado, con los rastrojos tendidos en hileras como peinados, y más allá la sierra de San Javier, azul y ancha.

    —Mi abuelo contaba que se tomaba el pito para saber cuándo volver del surco —dijo ella—. Que no hacía falta reloj.

    —Tu abuelo tenía razón.

    —Mi mamá dice que cuando era chica, los sábados a las dos, la casa entera paraba.

    Olegario destapó el termo y se sirvió un poco de mate cocido, que ya estaba tibio. No ofreció. No era de ofrecer en el trabajo.

    —Esa caldera no tiene presión —dijo al rato—. La vieja la dejaron conectada nomás por si falla la nueva. Con la última molienda queda un resto de vapor en la línea. Un resto chico. Tres, cuatro segundos de pito, si abro bien despacio.

    —¿Y no le dijeron que no?

    —No me dijeron nada. Yo no pregunté.

    Yamila se mordió el labio, pero le brillaba algo en los ojos.

    —Yo no vi nada —dijo—. Yo vine a buscar una muestra.

    —Sí. Una muestra.

    Se quedaron en silencio. Abajo se oía el último rodar de la cadena de caña, que iba espaciándose, y el ruido de las masas girando a menos revoluciones, esa respiración larga de una máquina que se queda sin comida. Olegario puso la mano en el volante. El bronce estaba frío. Tanto tiempo y todavía le sorprendía eso: que algo que hacía tanto ruido pudiera estar frío.

    —Cuando era pibe —dijo— mi viejo me traía los domingos. Yo me paraba ahí, donde estás vos, y esperaba que abriera el pito. Le miraba la espalda. No hablaba nunca, mi viejo. Abría el pito y se quedaba un rato con la mano en el volante, escuchando cómo se iba el sonido por el valle. Una vez le pregunté qué escuchaba. Dijo: “A ver si contestan”.

    —¿Contestaban?

    —Nunca supe. Eso no se lo pregunté.

    A las cuatro y cuarenta, desde abajo, alguien gritó que ya estaba, que paraban. Un silencio raro cayó sobre todo el predio, primero en la molienda, después en el patio, después en el cañaveral vecino, donde hasta las chicharras parecieron pensarlo. Olegario sintió que se le aflojaba algo en el pecho. Giró el volante un cuarto de vuelta. Después otro, despacio, muy despacio, como se destapa una botella que no se quiere que explote.

    Hubo un silbido finito primero, casi tímido. Después un graznido ronco, de garganta vieja. Y después, sí, el pito: un solo tono largo, bajo y redondo, que salió del techo de chapa y bajó por el valle empujando el aire como una mano abierta. Duró cuatro segundos. Olegario los contó. Yamila se tapó la boca con la carpeta.

    Abajo, en el patio, todos levantaron la cabeza. Un camionero que fumaba contra la reja tiró el cigarrillo. Alguien aplaudió, solo, y enseguida se sumaron otros, sin saber bien a qué aplaudían, y el aplauso quedó flotando bajo ese resto de sonido que se deshacía sobre los cañaverales.

    Olegario cerró la válvula. Se secó las manos en el pantalón.

    —¿Contestaron? —preguntó Yamila, bajito.

    Él se quedó mirando la sierra. Muy lejos, tan lejos que pudo haberlo imaginado, un perro empezó a ladrar en alguna finca de Los Nogales, y después otro.

    —Dos —dijo—. Contestaron dos.

    Levantó el termo, lo miró, y esta vez le ofreció.

  • Mejilla con mejilla

    A las siete de la tarde el asfalto de la calle Junín todavía largaba el calor del día, y Nelly Benítez se miró en el espejo del pasillo con un peine en una mano y una horquilla entre los dientes. Treinta y seis grados, había dicho la radio. Las cigarras de los jacarandás de la vereda gritaban como si les pagaran por hora.

    —¿Vamos a ir? —preguntó Ramón desde la silla del comedor, con el tereré en la mano buena.

    —Vamos a ir.

    —Nelly. Yo no puedo bailar.

    —Nadie te pidió que bailes. Te pedí que vengas.

    Ramón no contestó. Hacía ocho meses que el lado izquierdo del cuerpo se le había quedado dormido una mañana de abril, mientras se afeitaba, y desde entonces caminaba con un bastón de cuatro patas y una dignidad que a ella le dolía más que la pierna. Antes bailaba. Habían bailado cuarenta y cuatro años, en clubes de barrio, en bailantas de la ruta 12, en casamientos de gente que ya ni recordaban. Ella era la que seguía y él era el que llevaba, con ese estilo de pegarse pecho con pecho y entrelazar las cabezas hasta que el sombrero de uno tapaba la cara del otro.

    Esa noche, el jueves quince de enero, empezaba la fiesta grande. A las ocho salía de la Plaza Vera el Desfile Internacional de Fuelles: acordeonistas de Corrientes, de Paraguay, de Misiones, de Brasil, tocando mientras caminaban hasta la Plaza Cabral. Nelly lo había visto desde la vereda treinta años seguidos. Este año quería verlo desde adentro.

    Metieron el bastón en el baúl del remís. El chofer, un muchacho flaco, les puso el aire al máximo sin que se lo pidieran. En la costanera se veía el Paraná marrón, ancho como una promesa, con un barco de arena que cruzaba despacio. Ramón miró por la ventanilla y dijo, bajito, que antes el río se sentía distinto.

    —Antes vos tenías cuarenta años —dijo ella.

    —Y vos también.

    —Yo todavía tengo.

    Se rió. Fue la primera risa de la semana.

    En la Plaza Vera ya había gente a montones: familias con sillitas plegables, nenes con helado derretido hasta los codos, una señora vendiendo chipá caliente en una canasta tapada con un repasador. Nelly compró seis. Ramón mordió uno y cerró los ojos, y ella supo que por un momento había vuelto a un patio de tierra, con una vihuela y un tío que tocaba el violín mal pero con ganas.

    A las ocho en punto empezaron los fuelles. Primero uno solo, lejos, un acordeón de botones que abrió una polca con ese temblor de aire que tiene el instrumento cuando respira. Después otro, y otro más, hasta que la calle entera fue una sola cosa que avanzaba. Los músicos pasaban con la correa al hombro y el sudor corriéndoles por las patillas. Había una chica de doce años, con trenzas, que tocaba un acordeón casi más grande que ella y miraba fijo hacia adelante para no perder el compás.

    Nelly agarró la mano buena de Ramón.

    —Levantate.

    —No.

    —Te ayudo yo.

    —Nelly, la gente…

    —La gente está mirando a los acordeones.

    Lo paró despacio. Primero el bastón, después la cadera, después ese hombro izquierdo que colgaba como una percha. Ella se le puso enfrente y buscó el abrazo de siempre, pero el brazo de él no subió, y el brazo de ella sola no alcanzaba para sostener a los dos. Se quedaron así un segundo largo, sin música, aunque la música sonaba por todos lados.

    —¿Ves? —dijo Ramón.

    Nelly no lo vio. Hizo otra cosa. Le apoyó la frente contra la sien, mejilla con mejilla, como si estuvieran por bailar y no tuvieran apuro. Le puso la mano derecha en la nuca, entre el pelo ralo y el cuello de la camisa, y con la izquierda le agarró el codo muerto y lo acomodó contra su espalda, para que hiciera de peso y no de brazo.

    —Ahora movete —susurró—. Nada más. Un poquito, como cuando mecías a la Silvia.

    Ramón dudó. Después, muy chiquito, empezó a transferir el peso de una pierna a la otra. El bastón se quedó clavado en el suelo, mirándolos. Ella lo siguió. Eran dos cuerpos viejos balanceándose en medio de la Plaza Vera, mientras pasaba una polca, después un chamamé lento, de esos que se tocan para los que se fueron, con un fuelle largo que subía y bajaba como una persona que llora de a poco.

    Nadie los miró. O los miraron todos y nadie dijo nada. Una mujer con una bandera paraguaya pintada en la mejilla se hizo a un lado para dejarles lugar. El chico de las trenzas pasó a un metro, concentradísimo, y Nelly sintió que le temblaba el aire del instrumento en el pecho.

    —Tenía razón mi mamá —dijo Ramón, con la boca pegada a su oreja.

    —¿En qué?

    —En que bailar no es con los pies.

    Ella no contestó porque tenía algo en la garganta, algo que subía de mucho más abajo de lo que ella recordaba. Había un grito que venía de ahí desde hacía ocho meses, un sapukay que no se animaba a salir en la cocina de su casa ni en la sala de espera del neurólogo ni a las tres de la mañana, cuando lo escuchaba respirar. Abrió la boca. Salió el grito, largo y agudo, hacia arriba, hacia las ramas del jacarandá y las luces que recién se prendían.

    Alrededor, algunos giraron la cabeza. Un hombre mayor, de sombrero de paja, contestó con otro desde el otro lado de la plaza, y después un tercero. Los fuelles siguieron avanzando hacia la Plaza Cabral con su aire caliente de calle.

    Ramón no soltó el abrazo. Tenía los ojos cerrados y la cara mojada, y a ella le pareció que se parecía otra vez al hombre que la había sacado a bailar en el club Sargento Cabral, en el setenta y ocho, con una camisa celeste prestada.

    —¿Otra? —dijo él.

    Nelly apoyó de nuevo la mejilla contra la suya y sintió cómo el bastón, atrás, seguía esperando solo.

    —Las que quieras.