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  • Dos kilos y medio de tacuara

    A las cuatro de la tarde, el termómetro clavado en la pared del galpón marcaba treinta y seis grados y Ceferino Benítez tenía el espaldar de pie, apoyado en dos caballetes, como un animal que todavía no sabe si lo van a sacar a caminar. Eran tres metros de alas de carancho armadas con caño de hierro, plumas de avestruz teñidas de naranja y una cola de lentejuelas que le había llevado once noches pegar de a una. Olía a soldadura, a cola vinílica y al tereré con yuyos que se había olvidado sobre el banco y ya estaba tibio.

    Hasta las diez, cuando la comparsa tenía que formar en la cabecera del Corsódromo Nolo Alías, le quedaba un problema, y no era de estética.

    —Pesa veintidós kilos —dijo Abril desde la puerta. Traía el short de ensayo y una toalla en el cuello.

    —Ya sé cuánto pesa.

    —El jueves, en la segunda vuelta, me quedé sin aire. Y acá me duele. —Se tocó el hombro derecho con dos dedos—. La coreógrafa dice que con más de veinte no voy a poder girar en la curva.

    Ceferino dejó el mate sobre el banco. Hacía cuarenta años que soldaba estructuras de carrozas para las comparsas de media ciudad, y en cuarenta años nunca había armado una para alguien de su casa. Cuando Abril cumplió diecisiete y la eligieron para entrar con espaldar propio, él había dicho que se encargaba, con la misma voz con que decía que se encargaba de la heladera o del portón. Había calculado todo menos el hombro de una chica.

    —Le saco una pluma, dos —ofreció ella.

    —Las plumas pesan lo que un suspiro. —Caminó alrededor del armazón con las manos atrás—. Lo que pesa es el caño central. Es lo que sostiene todo, y no se le puede sacar nada.

    —Entonces lo llevo así, abuelo.

    —No. Así no lo llevás.

    Afuera, un vecino puso la radio con un chamamé, un acordeón de esos que arrastran el calor en vez de alegrarlo, y Ceferino miró sin querer hacia el fondo del galpón, donde colgaban del techo las seis cañas de tacuara de su padre. El viejo había pescado dorados y surubíes en el Paraná con esas cañas hasta que los brazos no le dieron más, y ninguna se había vendido ni regalado. Estaban amarillas, lisas como hueso, con los nudos marcados cada cuarenta centímetros.

    —¿Qué mirás?

    —Nada. Una macana.

    Pero ya estaba arrimando la escalera.

    La tacuara aguanta, eso lo sabía cualquier correntino que hubiera visto un rancho o un barrilete. Era liviana, flexible y terca. Lo que no sabía era si aguantaría tres metros de alas con una chica girando abajo, delante de veinte mil personas y de un jurado con planillas. Si se rompía, no se rompía en el galpón, se rompía en la pista, bajo las luces.

    Desatornilló el caño central a las cinco menos cuarto. A las seis, con la amoladora, cortó los manguitos de hierro donde iban a calzar las cañas, y las chispas le dejaron en el antebrazo tres puntitos rojos que ni sintió. Abril le sostenía la linterna y, cada tanto, le acercaba el vaso de tereré sin preguntar.

    —Tu abuela decía que sos más terco que la tacuara —dijo ella.

    —Mi abuela era la terca. Yo me quedaba callado.

    A las siete atornilló las cañas dobles, una a cada lado del eje, atadas con alambre y reforzadas con torniquetes de hierro de a dos. A las ocho y media, cuando el cielo se puso color ladrillo y empezaron a aparecer los mosquitos, colgó el espaldar entero de la balanza de la pescadería que le había prestado el yerno, la de los cajones de pescado. La aguja tembló y se clavó en diecinueve kilos y medio.

    Dos kilos y medio menos. Ceferino se sentó en el banco, de golpe, y se pasó la mano por la cara.

    —Probalo —dijo.

    Abril se acomodó las correas, dio un paso, dos. Al girar, el espaldar la siguió con un medio segundo de demora, como si las alas lo pensaran antes de acompañarla, y del eje salió un crujido seco, cortito, que le heló la espalda a Ceferino.

    —¿Se rompe?

    —No. —Y se sorprendió de la seguridad con que lo dijo—. Es la tacuara. Cruje antes de romperse, siempre. Es como si te avisara. Si no cruje, ahí sí desconfiá.

    —¿Eso quién te lo dijo?

    —Mi viejo. Una tarde que se me rompió una caña en el río.

    Abril dio una vuelta entera, y otra. El galpón se llenó del roce de las plumas.

    —No me duele —dijo, y se rió, y el espaldar se rió con ella, temblando de punta a punta.

    A las diez y cuarto, la cabecera del Nolo Alías era un hormiguero de lentejuelas y de gente que gritaba nombres. Ceferino no entró a la pista. Se quedó contra la valla, entre una señora con un termo y un nene arriba de una heladera de telgopor, con el corazón golpeándole en la camisa.

    Cuando la comparsa arrancó, la vio enseguida, de espaldas, con las alas abiertas sobre el resto de la columna. En la primera curva Abril giró. El viento húmedo del río, que a esa hora empezaba a entrar por la costa, agarró las plumas de lleno y las inclinó apenas, y las alas siguieron su cuerpo con aquel medio segundo de demora, como un ave grande acomodándose en el aire.

    Entre los tambores, los silbatos y veinte mil gargantas, Ceferino oyó, o creyó oír, un crujido muy chiquito que nadie más en la tribuna iba a reconocer. Era su padre avisando que todo estaba bien.

  • El azul de la catorce

    Eladio Pereyra llegó a la entrada de las ruinas con un tarro de látex azul en una bolsa de supermercado y un pincel envuelto en el diario. Tenía setenta y ocho años y la camisa abotonada hasta el cuello, como para ir a una reunión. Había hecho los siete kilómetros desde Carhué en un remís que lo esperaba con el motor apagado, y el viento de la pampa ya le estaba llenando los labios de sal.

    —Buen día, don —dijo la guía, que tenía una campera con el escudo del municipio y un termo bajo el brazo—. ¿Viene a recorrer?

    —Vengo a pintar.

    Yamila miró la bolsa, después la cara de Eladio, después otra vez la bolsa.

    —Don, esto es patrimonio. No se puede tocar nada. Ni una piedra.

    —Una puerta nomás.

    —Ni una puerta.

    Eladio no discutió. Se acomodó la bolsa en el brazo y dijo que entonces haría el recorrido, ya que estaba. Pagó la entrada con billetes contados, y Yamila, que llevaba tres años caminando turistas entre esas paredes, no supo por qué lo dejó pasar adelante.

    El camino de tierra blanca crujía. A los costados, los eucaliptos secos seguían parados, sin una hoja, plateados por la sal, como si alguien los hubiera dejado tallados. Más allá, donde antes había calles, quedaban cimientos y tramos de pared que se sostenían de milagro, de ladrillo pelado, con las ventanas vacías mirando al horizonte llano. Yamila hablaba de memoria: el balneario, los veinticinco mil turistas de los años buenos, el terraplén, la sudestada del diez de noviembre de 1985. El agua entró de madrugada. En una semana ya no quedaba nadie. En dos, el pueblo estaba bajo más de dos metros de agua, y la laguna siguió subiendo durante años. Recién a partir de 2006 se fue retirando y devolvió las paredes.

    —Yo lo sé —dijo Eladio, sin sacar los ojos del suelo—. Lo sé porque tenía la pensión en la calle de atrás de la farmacia. Pensión Los Ángeles. Catorce piezas, y la nuestra era la catorce, porque de la uno a la trece eran de los pasajeros.

    Yamila se detuvo.

    —¿Era suya?

    —De mi suegra. Después fue mía y de Nelly. Nelly lavaba las sábanas en el patio y las tendía en el alambre, y el viento de acá las secaba en veinte minutos. Yo me curaba las rodillas con el agua de la laguna, todas las tardes, quince minutos, cuando se iban los turistas.

    —¿Y la puerta?

    —La puerta era azul. Un azul que preparé yo un diciembre, con el pintor de Carhué. Nelly decía que de una casa importa lo de adentro, pero la puerta la quiso azul. —Eladio levantó la bolsa—. Cuando nos evacuaron me llevé la llave. Está en mi casa, en el cajón de los repasadores. La puerta no pude llevármela.

    Caminaron en silencio una cuadra más. Había un cartel de chapa con un croquis. Eladio lo estudió como quien lee la carta de un restaurante, el dedo siguiendo líneas imposibles, hasta que lo apoyó sobre un cuadradito sin nombre.

    —Acá.

    Era un fragmento de pared con un hueco en el medio, el marco de una puerta sin hoja. El revoque había desaparecido y la sal había formado sobre el ladrillo una costra gruesa, blanca y brillante, que a la luz de las once parecía azúcar. Eladio se paró frente al hueco y no hizo nada. Yamila miró a un costado y fingió interesarse en un cartel.

    —Tengo que decirle una cosa, don —dijo al rato—. Si pinta eso, la sal se lo come. Hubo gente que vino con aerosol, con marcadores. En una semana no queda nada, y encima queda la mancha. Eso lo tiene que hacer el municipio.

    —Ya sé. —Eladio abrió la bolsa y sacó el tarro—. Por eso no vine a pintar la puerta.

    Se agachó, con un quejido de rodillas, y levantó del suelo un ladrillo suelto, de los que se habían desprendido del marco y estaban tirados entre los yuyos y la sal. Lo sacudió con la manga. Yamila abrió la boca para decir algo y la cerró, porque el ladrillo estaba en el suelo, y lo que está en el suelo es suelo.

    —¿Esto se puede? —preguntó Eladio, con una seriedad que podía ser burla o no.

    —Eso es… un ladrillo.

    —Entonces.

    Abrió el tarro con una moneda, desató el pincel del diario y pintó. No fue rápido. Tenía la mano firme pero lenta, y el azul entraba en el ladrillo poroso como un trago de agua en un cuerpo cansado. Pintó las seis caras, dándolo vuelta de a una. Le pidió a Yamila el termo, que ella entendió tarde que era para enjuagar el pincel, y se lo devolvió con el agua celeste.

    —Ahora hay que esperar que seque —dijo, y se sentó en un cimiento a mirar el ladrillo, con las manos entre las rodillas.

    Yamila se sentó a su lado. El viento arrastraba hojas secas de eucalipto por el piso blanco. A lo lejos, la laguna era una línea baja, retirada, del color de una chapa vieja.

    —¿Cuántos años estuvo sin venir?

    —Vine cuando bajó el agua. Una vez. Me quedé en el auto. —Eladio sonrió con un costado de la boca—. No pude bajarme. Ahora sí.

    A los veinte minutos, el azul estaba seco. Eladio se levantó con ayuda de Yamila, se acercó al hueco de la puerta y dejó el ladrillo en el piso, pegado a la jamba. No lo puso en la pared. No lo apoyó contra nada. Lo dejó donde un ladrillo podía haber caído solo.

    —No se lo lleve —dijo Yamila de pronto, sin saber por qué había hablado—. Si lo ve alguien, ¿qué piensa?

    —Que a un albañil se le cayó un pedazo de la puerta azul de la pensión Los Ángeles —dijo Eladio—. Y si piensa otra cosa, que piense lo que quiera.

    Se despidieron en la caseta. Eladio le dio la mano, la bolsa vacía colgando, y subió al remís. Yamila lo vio alejarse por el camino blanco hasta que el polvo lo tapó.

    Esa tarde, cuando se fue el último grupo, volvió al hueco con el termo. El ladrillo seguía ahí. Se agachó. El viento ya había empezado: una escarcha fina de sal, casi invisible, se asentaba sobre una de las caras, y en un par de semanas la costra lo cubriría entero, como a todo lo demás. Pero ahora, con el sol bajando, el azul todavía se veía desde lejos, un cuadradito pequeño y terco en medio de tanta pared blanca, mirando a la laguna.

  • La caja sin micrófono

    A las cuatro de la tarde el viento ya había empezado a levantar tierra en el predio de la Bodega Encantada, y Mirta Quipildor tenía el cable del monitor número tres enroscado en el cuello como una bufanda. Faltaban cinco horas para la primera noche de la Serenata. Faltaba, además, una voz que no aparecía en ningún plano de escenario.

    —¿Vos sos la del sonido? —preguntó una mujer chiquita, parada al borde de la tarima, con un poncho marrón y una caja colgada del hombro.

    —Soy. ¿Usted es del grupo de Tolombón?

    —Soy Eulalia Guaymás. Me anotaron para las nueve y diez, entre los ballets. —Dijo “ballets” con una paciencia de maestra—. Vine a avisarte una cosa para que no te agarre de sorpresa. A mí no me pongan micrófono.

    Mirta se sacó el cable del cuello despacio.

    —Doña Eulalia, esto son miles de personas. Más para atrás de la mitad del predio no la van a escuchar ni respirar.

    —Hace sesenta años que canto coplas y nunca me hizo falta nada. La caja y yo. Si me ponen un aparato adelante, me sale la voz de otra.

    Lo dijo sin enojo, como quien informa que el agua hierve a cierta temperatura. Se sentó en un cajón de cerveza vacío, apoyó la caja en la rodilla y empezó a golpearla con la baqueta, un tum seco, repetido, que Mirta sintió en las muelas.

    Trabajaba en esto desde los diecinueve. Había mezclado en estadios de Tucumán, en la Fiesta del Poncho de Catamarca, en patios de escuela donde el parlante era un cajón de manzanas. Sabía que cuando alguien dice que no al micrófono hay dos caminos: convencerlo o rendirse. Probó el primero.

    —Mire, le pongo uno chiquito, de solapa, que ni lo ve.

    —No.

    —Uno en el piso, apuntando para arriba.

    —No me gustan los bichos en el piso.

    —¿Y si lo probamos ahora, con el predio vacío? Si no le gusta, lo sacamos.

    Eulalia se quedó mirándola un rato largo. En el aire flotaba olor a leña y a vino recién abierto, de las parrillas que ya estaban calentando atrás, y se oían las voces de los que armaban los puestos de empanadas y de artesanías.

    —Probemos —dijo al fin—. Pero a mi manera: vos poné lo que quieras y yo canto una copla. Si me gusta, me quedo con tu aparato. Si no, me bajo y no hay escándalo.

    Mirta le puso un micrófono de mano, de los comunes. Eulalia respiró y cantó una copla que hablaba de un cerro, de una madre y de un burro perdido en una quebrada. En el monitor, la voz salió ancha, con eco de sala, bonita y ajena. Eulalia dejó de cantar a la mitad de un verso.

    —Esa no soy yo —dijo—. Esa es una señora que canta en una radio.

    Mirta no discutió, porque tenía razón. Lo que había salido del parlante era la voz de Eulalia con todo lo áspero planchado. Las coplas se cantan con un filo de viento en la garganta, con un temblor cortado, medio de pecho y medio de cerro. El micrófono se lo había comido.

    Se fue a cenar un sándwich de milanesa al puesto de la entrada con la cabeza dándole vueltas. A las siete y media volvió al escenario. El sol bajaba detrás de los cerros y los pone colorados, como cada tarde en el valle, y el viento había aflojado un poco. Ese viento era justamente el enemigo: levantaba el ruido de fondo y se metía en cualquier micrófono abierto.

    Entonces se le ocurrió, mirando la caja de Eulalia apoyada contra el parlante.

    —Doña Eulalia, ¿me presta la caja un minuto?

    —¿Para qué?

    —No le toco la voz. Se lo prometo. Quiero probar una cosa solo con el instrumento.

    Eulalia la miró con desconfianza, pero se la dio. Mirta sacó de su valija un micrófono de contacto, un disquito del tamaño de una moneda grande, y lo pegó con cinta del lado interno del aro de la caja, donde Eulalia no iba a verlo ni a sentirlo. Después puso un segundo micrófono, de condensador, a casi tres metros de la tarima, apuntando al aire, bien lejos de la boca. Bajó los canales hasta que el parlante apenas murmuraba.

    —Cante despacito —pidió—. Como si estuviera en la cocina de su casa.

    Eulalia cantó. Primero con desconfianza, después con ganas, más de dos coplas seguidas, y la voz le llegó a Mirta limpia desde el fondo del predio, donde se había parado a escuchar con los brazos cruzados. No era una voz amplificada. Era la misma voz, con el volumen justo de la caja que le ponía el piso, y a lo lejos un hilo de aire que la sostenía sin tocarla.

    —¿Cómo hiciste eso? —preguntó Eulalia desde la tarima, con la mano en la frente a modo de visera.

    —No le puse nada en la voz. La caja lleva el micrófono adentro, y a su voz la agarro de lejos, cuando ya salió. Se va a oír como usted, solamente más lejos.

    La coplera bajó con cuidado los escalones y caminó hasta donde estaba Mirta. Se quedó parada al lado de ella, mirando el escenario vacío con las luces de prueba prendidas.

    —Cantá vos algo, para ver cómo sale.

    —Yo no canto.

    —Una copla, aunque sea mal. Dale.

    Mirta se rió, y por primera vez en todo el día dejó de contar los minutos. Le salió una de su abuela, de Animaná, que no cantaba desde chica. Desafinó, se trabó en un verso, empezó de nuevo. Eulalia le corrigió el final con un golpe de baqueta en el aire.

    A las nueve y diez, cuando la presentadora dijo su nombre, el predio entero hacía ruido: vasos, charlas, el chisporroteo de las parrillas, un nene llorando. Eulalia subió sola con la caja y se sentó en una silla de paja que Mirta había hecho llevar. No saludó. Pegó el primer golpe, seco, y esperó.

    La gente no se calló de golpe. Se fue callando de adelante hacia atrás, como cuando se apaga una ola, hasta que se oyó el viento en las chapas de los puestos. Entonces Eulalia empezó a cantar.

    Desde la consola, con los dedos quietos sobre los faders, Mirta miró cómo una mujer de setenta y nueve años le hablaba a todo un valle en voz baja, y el valle la escuchaba. Después de la última copla nadie aplaudió enseguida. Pasó un segundo entero, de esos que pesan, y recién ahí el predio explotó.

    Mirta se sacó los auriculares. Tenía la mano derecha apretada con tanta fuerza que le había quedado marcada la cinta aisladora en la palma.

  • La campana de Celestino

    Celestino Barrios salió de la casa a las dos de la tarde, con el sol parado encima del techo de chapa y el tereré recién cambiado. Le avisó a la mujer que iba hasta el parque, y ella, sin levantar la vista de la masa del chipá, le preguntó si llevaba el sombrero. Llevaba el sombrero. Llevaba también, en el bolsillo del pantalón, el anillo de casamiento, que se había sacado esa mañana con jabón y paciencia, porque los nudillos ya no le dejaban.

    Gancedo andaba de víspera. En la plaza armaban el escenario y alguien probaba un micrófono que decía «uno, dos» con voz de lata. Un chico pasó en bicicleta con una banderita celeste y blanca atada al manubrio. Celestino lo saludó con el mentón y tomó la ruta hacia el sur, donde el asfalto se termina y empieza el ripio, trece kilómetros de camino colorado que levantaban polvo hasta en los pensamientos.

    Hizo dedo. Lo levantó una camioneta con una heladera atada en la caja, rumbo al camping.

    —¿Va a la fiesta, don? —preguntó el conductor.

    —Voy a ver a un conocido.

    El hombre lo miró de reojo, esperando el resto. No hubo resto.

    El parque lo recibió con olor a quebracho recalentado y a carbón de las parrillas que ya estaban listas para mañana. Celestino pagó la entrada, saludó a la chica de la boletería, y caminó por el sendero con las manos atrás, como en misa. Pasó frente a las piezas chicas, las de vidrio y cartel, y no las miró. Él las conocía desde antes de que tuvieran cartel.

    En mil novecientos ochenta tenía veinte años y una pala prestada. Lo habían llevado de peón con la gente que venía a sacar el Chaco de la tierra, y durante semanas cavó alrededor de algo que nadie veía entero. Se acordaba de la humedad del pozo, de las raíces cortadas como cables, de la tarde en que la pala hizo un ruido que no era de tierra. Ahí había pegado el primer golpe. Una sola vez, de costado, con el filo, sin querer.

    Y el hierro había cantado.

    No fuerte. Una nota larga, baja, que se quedó en el aire del pozo un rato después de que todos dejaron de hablar. El capataz lo agarró del brazo y le dijo que no se le ocurriera volver a hacerlo. Después vinieron los cables, las lonas, los militares, la fotografía. El Chaco salió envuelto, con pompa, y Celestino volvió a Gancedo con la palma de la mano zumbándole todavía. Se hizo herrero. Pasó cuarenta años escuchando yunques, rejas de arado y campanas rotas, y nunca encontró esa nota.

    Ahora estaba parado delante de la mole. Era más grande de lo que él recordaba y más oscura, de un gris que tiraba a marrón, con hoyos como huellas de dedos. Alrededor tenía una baranda baja de caño y un cartel que pedía no tocar. En la sombra de la galería, sentada en un banquito, una guardaparque de unos treinta años con la credencial colgada tomaba mate y miraba el celular.

    —Buenas tardes —dijo él.

    —Buenas. Puede mirar todo lo que quiera, don. Tocar no.

    —Ya sé. —Celestino se quedó callado un rato—. Yo estuve cuando lo sacaron.

    La chica levantó la cabeza. Se llamaba Yanina Lezcano; lo decía la credencial, y también lo decía la cara de alguien a quien le habían contado esa historia en la escuela y nunca había conocido a un protagonista.

    —¿Usted cavó?

    —Seis semanas. Me pagaban en pesos que ya no existen.

    Ella soltó una risa corta, se acomodó la gorra y lo miró a él, a la baranda, de nuevo a él. Celestino no pidió nada. Había aprendido en el oficio que cuando uno pide, el otro tiene que decir que no.

    —Yo tengo que ir hasta la cantina a buscar agua caliente —dijo Yanina, parándose despacio—. Son cinco minutos. A veces diez, si hay cola.

    —Qué lástima, con el día que hace.

    —Y la cámara de ahí no funciona desde marzo.

    Se fue sin apuro, con el termo bajo el brazo. Se escuchó el ripio debajo de sus zapatillas y después nada, solo las chicharras y, lejos, el micrófono de la plaza repitiendo su «uno, dos».

    Celestino pasó la pierna por encima de la baranda con la dignidad que le permitía la rodilla. Se acercó. El metal despedía calor, el de cuatro mil años y el de esa tarde, mezclados. Metió la mano en el bolsillo, sacó el anillo y lo sostuvo entre dos dedos, a la altura de una de las hendiduras.

    Pensó en su padre, que fue hachero, y en su madre, que le decía que el hierro tiene memoria. Pensó en la cara de la mujer, que a esa hora estaría friendo. Y entonces, con el borde del anillo, golpeó una vez.

    Fue un sonido chico, apenas un toc. Pero detrás del toc, abajo, empezó a levantarse algo. Una nota larga y baja, que salía del centro mismo de la mole como si recién despertara, y que se quedó flotando en el parque por debajo de las chicharras, por debajo del micrófono, por debajo de todo. Celestino cerró los ojos. Veinte años, el pozo, el olor a tierra mojada. La nota no había cambiado. Había esperado.

    La dejó terminar entera. Cuando el último temblor se apagó, abrió los ojos y volvió a pasar la pierna por encima de la baranda. Se puso el anillo, que le entró con dolor y con gusto, y se sentó en el banquito de Yanina a esperar el agua caliente.

    Ella volvió a los ocho minutos, con el termo lleno y la mirada puesta en cualquier lado menos en el hierro.

    —¿Se le dio lo que buscaba, don?

    —Sí.

    —¿Y qué era?

    Celestino se paró, se acomodó el sombrero y miró la mole por última vez, quieta y oscura, con el sol en el lomo.

    —Que me contestara —dijo.

    Tomó el sendero hacia la salida. Detrás, en la galería, Yanina cebó un mate, se lo tomó entero y no le contó a nadie lo que había oído.

  • Lonas para el pimiento

    A las once y cuarto, Tobías Guaymás vio la nube. Estaba sentada atrás del cerro, gris oscura por debajo, como una olla que alguien se olvidó en el fuego. Abril, Molinos, y la cancha de su familia cubierta de pimientos rojos hasta donde llegaba la vista: dos hectáreas de laderas con las lajas tapizadas, trompa de elefante en la parte alta y bolita salteño en la baja, todo secándose al sol como se había secado siempre.

    Su padre bajó de la cancha con las manos todavía manchadas y los ojos en el cielo.

    —Es la tormenta de la tarde —dijo—. Si llueve media hora sobre el pimiento tendido, se mancha y se pudre. Dos meses de trabajo.

    —Tapemos, entonces.

    —No alcanza con las lonas que tenemos. Se rompieron el año pasado, ya te dije.

    Tobías tenía dieciséis años y sabía exactamente dónde había lonas de sobra. En el galpón de los Burgos, cruzando la acequia grande. Tres rollos nuevos, de esos azules, que Nicanor Burgos había comprado en Salta el verano anterior, cuando empezó la pelea por el turno de riego. Desde entonces los dos hombres se cruzaban en la calle del pueblo mirando para otro lado, y en las asambleas del agua votaban distinto sin siquiera mirarse.

    —Voy a pedirle —dijo Tobías.

    —No vas a pedirle nada.

    —Papá. Son las once y media.

    Su padre apretó la mandíbula. Después se agachó, agarró un pimiento de la bolsa de muestra, lo partió con las uñas y se lo llevó a la nariz, como si el olor pudiera decirle algo del cielo. Tobías lo interpretó como un permiso.

    Fue en bicicleta, pedaleando por la calle de tierra, con el viento que empezaba a levantar polvo y a doblar los álamos. Pasó la plaza, pasó la iglesia de San Pedro Nolasco, pasó el almacén donde había dos señoras mirando para arriba. Frenó frente al portón de los Burgos con las rodillas temblando, no por el esfuerzo.

    Nicanor estaba en el patio, arreglando una rueda de carretilla. Levantó la cabeza lentamente. Era un hombre flaco, de bigote gris, con un sombrero de ala corta que le tapaba la mitad de la cara.

    —Don Nicanor —dijo Tobías—. Mi papá no sabe que vine.

    —Eso ya me lo imagino.

    —Necesitamos las lonas. Las tres. Hasta mañana, nada más.

    Nicanor dejó la llave sobre la carretilla. Miró la nube, miró al chico, y a Tobías le pareció que tardaba una eternidad.

    —Yo tengo mi propia cancha —dijo al fin.

    —Ya sé. Pero la suya está al norte, más arriba. Le queda más tiempo. Y usted ya levantó la mitad, lo vi desde el camino.

    Era cierto. Nicanor tenía la cancha más alta y más empinada, y era el que primero embolsaba, porque era el que primero tendía. Se sacó el sombrero, se rascó la cabeza, y habló mirando la rueda.

    —Tu abuelo me prestó un molino de piedra una vez. Cuando se me rompió el mío, en el noventa y siete. Tres semanas lo tuve. No me cobró nada. Hasta me dejó la harina que sobraba.

    —No sabía.

    —No lo cuenta nadie. —Se puso el sombrero—. Ayudame a cargar.

    Cargaron los tres rollos en la caja de la camioneta vieja, y Nicanor manejó él, sin preguntar, con Tobías en el asiento de al lado y la bicicleta en la caja, apoyada contra el hierro. Cuando llegaron, el padre de Tobías estaba parado al borde de la cancha con las manos en la cintura. Vio bajar al vecino y no dijo ni una palabra. Nicanor tampoco.

    Se pusieron a trabajar sin hablarse. Desenrollaron la lona sobre la primera ladera, la sujetaron con piedras grandes en los bordes, la tironearon entre los tres para que quedara tensa. Después la segunda. Después la tercera, que no cubría todo, y entonces vinieron la mujer de Tobías el padre, la tía Rosalía, dos primos, y desde la acequia llegaron los hijos de Nicanor con sábanas viejas y bolsones vacíos. Nadie había llamado a nadie. Los vecinos de Molinos tienen ese olfato para el cielo.

    A las dos y cuarenta cayeron las primeras gotas, gordas, tibias, que marcaron el polvo como monedas. A las tres el agua ya golpeaba la lona con un ruido de tambor. Los cuatro hombres y las tres mujeres se apretaron bajo el alero del galpón, mojados hasta los huesos, mirando la cancha cubierta de azul bajo la lluvia.

    El padre de Tobías sacó un termo del bolsón, sirvió mate en la tapa y lo extendió sin mirar. Nicanor lo recibió, tomó, lo devolvió.

    —El turno de riego del jueves —dijo el padre—. Te lo dejo a vos. Tengo la acequia llena igual.

    —Sí, está bien —dijo Nicanor—. Lo hablamos en la asamblea.

    No dijeron más. Para dos hombres de Molinos, era un tratado.

    Media hora después la nube se corrió hacia el Calchaquí y el cielo se abrió de golpe, limpio, con una luz baja y amarilla que hacía brillar las lonas mojadas. Tobías salió al borde de la cancha y levantó una punta. Debajo, los pimientos seguían ahí, rojos, secos, intactos, apretados contra las lajas tibias.

    Agarró uno, lo partió con las uñas y se lo llevó a la nariz. Olía dulce, apenas picante al final, como las empanadas de su abuela. Detrás, oyó que su padre le decía a Nicanor que la camioneta se la devolvía a la mañana, y que mejor se quedara a cenar.

  • El olfato del foguista

    A las diez de la noche se cortó la luz en todo Apóstoles y Eulogio Benítez, que no tenía nada que ver con el secadero desde hacía nueve años, fue el único que no se quejó.

    —Mejor así —dijo, y se sacó la gorra—. Ahora se escucha.

    Estaba parado en la puerta del galpón de los Wójcik, con la camisa buena, la que se había puesto para ir a la misa de la tarde. Adentro, Irene Wójcik, treinta y dos años, dueña desde marzo, miraba el reloj que ya no servía de nada: el ventilador chico se había parado en seco y el termómetro digital se había apagado con un parpadeo verde. La yerba llevaba cuatro horas sobre el tendal de varas, y todavía le faltaban ocho.

    —Mañana a las siete viene el comprador de la cooperativa —dijo ella—. Si se me quema una tanda, me paga la mitad. Si me queda cruda, no me paga.

    —¿Y antes de los termómetros, cómo sabían?

    —Mi papá lo sabía con la mano, pero yo soy de la ciudad, Eulogio. Yo estudié administración.

    Eulogio entró. Olía a leña de lapacho y a hoja tostada, un olor que a él le llegaba por los dos lados, por la nariz y por la espalda, como un abrigo viejo. Había sido foguista en ese mismo barbacuá durante veintidós años, hasta que le falló el pulmón y el doctor le dijo que el humo ya no era un compañero sino un cobrador. Hacía nueve años que pasaba por la ruta y miraba la chimenea sin entrar.

    Esa tarde Irene había ido a buscarlo a la casa. Se lo pidió sin vueltas: una noche, una sola, para que él le enseñara lo que el termómetro no decía. Él dijo que no. Después se puso la camisa buena.

    —Primero la leña —dijo ahora—. ¿Cuánta tenés abajo?

    —La que dejó Rubén. Tres cargas.

    —Alcanza si no la tratás mal. El fuego no se mira de frente, se mira de costado. Si ves la llama toda amarilla, está contento. Si se pone azul en la punta, tiene hambre, y si lo alimentás de golpe se ahoga.

    Bajaron al foso. Eulogio se arrodilló junto a la boca del horno con un trabajo de rodillas que le crujió en toda la pierna. Irene le acercó una linterna.

    —Apagala —dijo él—. La luz del fuego alcanza.

    Se quedaron a oscuras con la brasa roja entre los dos, y por un rato no hablaron. Afuera cantaban los sapos de la zanja. Eulogio acomodó dos troncos finos, uno sobre otro, dejándoles un hueco, como quien arma un nido, y el fuego respiró hondo.

    —Tu papá usaba el humo para hablarle a la yerba —dijo—. Yo se lo escuché decir una vez. «Portate bien», le decía.

    —Mi papá le hablaba a todo. A la camioneta, a la radio, a mí.

    —A vos te hablaba mejor.

    Irene se rió con la boca cerrada. Después preguntó, bajito, si él la había querido a ella o a la yerba, la primera vez que la llevaron al secadero, cuando tenía seis años y se durmió arriba de los ponchos de arpillera.

    —Te quise a vos. La yerba ya tenía quien la quisiera.

    A las dos de la mañana subieron a revisar el tendal. Eulogio caminó sobre las varas sin mirar los pies, tomó un puñado de hoja con la mano abierta, lo apretó y lo acercó a la cara.

    —Oliela —dijo—. Ahora vos.

    Irene hizo lo mismo. Olía a pasto cortado, a té quemado, a algo dulce que no sabía nombrar.

    —Es verde todavía.

    —Verde de afuera. Esperá lo que viene después, atrás. Cuando el verde se va y aparece algo que parece pan, ahí está. Todavía no.

    Volvieron a bajar. A las cuatro Eulogio dormitó sentado contra la pared, y Irene cuidó el fuego sola, de costado, con dos troncos finos y el nido. Cuando lo despertó, él hizo como que no se había dormido.

    A las cinco y media subieron otra vez. Esta vez no tuvo que decirle nada. Irene tomó la hoja, la apretó, cerró los ojos y se quedó quieta, tanto tiempo que él pensó que se había dormido parada.

    —Pan —dijo ella.

    —Pan —dijo Eulogio.

    Apagaron el fuego con cuidado, sin apuro. Cuando las primeras luces entraron por las rendijas del galpón, la yerba estaba crujiente, oscura y entera. La luz volvió al pueblo a las seis y diez y nadie en el galpón se enteró: el ventilador arrancó solo, el termómetro marcó un número tranquilo, y a Irene le dio un poco de pena, como cuando alguien te explica lo que ya sabés.

    El comprador llegó a las siete en punto con una camioneta blanca y las botas limpias. Probó una pizca. Miró a Irene, miró a Eulogio, que tomaba mate sentado sobre un cajón con la camisa buena arrugada y negra de ceniza en los puños.

    —Está bien —dijo—. Está bien hecha.

    —Gracias a mi socio —dijo Irene.

    —Yo no soy socio de nadie —dijo Eulogio—. Pasaba por acá.

    Se tomó el último mate, devolvió el termo y salió caminando por el camino de tierra, hacia la ruta. A mitad de camino se detuvo, se sacó la gorra y respiró hondo, con los ojos cerrados. El olor lo siguió hasta la parada del colectivo, y esa vez no le dolió el pecho.

  • Papel sulfito

    El delantal le quedaba corto de mangas. Norma Epulef se lo había puesto en el baño del galpón, frente al espejo con la mancha de humedad, y se lo había mirado como se mira un sobretodo prestado para un velorio. Era de tela azul, con un bolsillo grande adelante y las iniciales B. A. bordadas en hilo blanco, medio comidas por el lavado. Beatriz Aguilera. Treinta años de enemistad con esas dos letras.

    Afuera, en el predio de la Ruta 22, ya sonaba el parlante. Era el sábado de la Fiesta de la Pera, enero, y el aire de Allen olía a chacinado a la parrilla, a fritura y, por debajo, a la fruta de la cosecha recién empezada, ese olor verde y apretado que se les queda a las mujeres del empaque en el pelo hasta el invierno.

    —¿Estás segura? —le preguntó el flaco de la mesa de inscripción, con la planilla en la mano—. Hace cinco años que no te anotás, Norma.

    —Seis. Anotame.

    —¿Y el nombre de la compañera? Es una sola categoría mixta, pero igual me lo piden para el micrófono.

    —No hay compañera. Voy yo.

    Se sentó en el banco de madera con los demás. Había pibes de veinte con muñequeras deportivas, un par de hombres de su edad que la saludaron con la cabeza, y una chica nueva, de las que entran por temporada, que se miraba las manos como si no fueran suyas. Norma no miró a nadie. Metió la mano en el bolsillo del delantal y encontró lo que sabía que iba a encontrar: tres hojas de papel sulfito dobladas en cuatro, blandas de tanto uso, que Beatriz guardaba para la suerte. El papel de verdad se usa una sola vez. Ese lo habían usado cien.

    Se habían conocido en un empaque de la calle Roca, en el noventa y cuatro, las dos al lado en la cinta. Beatriz envolvía con una vuelta de muñeca corta y seca, la pera casi no la tocaba. Norma envolvía con dos, más a la manera de la madre, que había empacado en las ramadas de las chacras cuando el embalaje se hacía a la sombra, sin sellos ni auditorías. Desde el primer verano se contaron los bultos una a otra, a escondidas, y desde el segundo dejaron de hablarse para no dar el gusto. Cada enero, en la fiesta, se anotaban. Cada enero ganaba una de las dos por un segundo, y la otra decía que el cronómetro estaba mal.

    La última vez que se anotaron juntas fue la que Beatriz perdió por primera vez en tres años. Se le cayó una pera. Nada más. Una Williams que rodó por la mesa y se golpeó contra el borde, y Beatriz se quedó mirándola con una cara que Norma nunca le había visto. Esa noche, en la cantina, Norma le quiso decir algo y le salió un chiste. Beatriz no se rio.

    Después vino la mano, que le temblaba. Después la jubilación, la hija en Neuquén, la casa de la calle Mitre con las persianas bajas. Norma pasó por la vereda dos veces ese invierno y las dos veces siguió de largo. En marzo, la hija llamó al galpón.

    —Llamen a los de la lista —dijo la voz del parlante—. Mesa uno, mesa dos.

    Norma se paró. Le crujió una rodilla. Delante de cada puesto, el cajón con las peras, la pila de papel, la caja vacía, el cronómetro en una banqueta. Le tocó la mesa del medio. La chica nueva quedó a su derecha y le dijo bajito, sin mirarla:

    —Yo nunca hice esto delante de gente.

    —Mirá la pera, no a la gente. La pera no se pone nerviosa.

    —Ahora —dijo el parlante.

    La primera pera le salió bien, por costumbre de la mano. La segunda también. Al tercer envoltorio hizo algo que no pensaba hacer: cortó la vuelta larga y dio la vuelta corta, seca, la de Beatriz. La muñeca le fue sola. Se acordó de mirarla de costado, años atrás, a la luz del tubo fluorescente, cuando le robaba el movimiento sin saberlo, y se le puso un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con la competencia. Siguió. Una vuelta, la caja, la cuña de papel, otra. Sintió la fruta fría y pesada, con ese pelo finísimo que tiene la cáscara cuando todavía no la tocó el mercado. El público aplaudía a lo lejos, como llovizna.

    Al llegar al último cajón, ya no oía nada. Metió la mano al fondo del bolsillo, sacó una de las hojas viejas de Beatriz y envolvió la última pera con ella. Las otras dos las dejó donde estaban. Cerró la tapa justo cuando alguien gritó tiempo.

    No ganó. Quedó tercera, detrás de un pibe de veinticuatro que envolvía como si lo persiguieran y de un hombre de Cipolletti. La chica nueva terminó última y la abrazó igual, sorprendida de sí misma. El flaco de la planilla le acercó el sobre del tercer puesto y ella lo guardó sin mirarlo.

    Esa tarde fue hasta la calle Mitre con la caja bajo el brazo. Tocó timbre. Tardó en abrir la hija, que la reconoció de golpe y se corrió de la puerta sin decir nada. Al fondo, en el comedor, Beatriz estaba sentada con la tele apagada y las manos sobre la mesa, una arriba de la otra.

    Norma apoyó la caja frente a ella. Levantó la tapa. Adentro había una sola pera, envuelta en un papel gastado que las dos conocían, con la punta torcida de una manera que nadie más en el valle sabía torcer.

    —Estaba corta de tiempo —dijo Norma—. Pero la cerré con tu vuelta.

    Beatriz la miró un rato largo. Después estiró la mano buena, la que no temblaba, y la apoyó sobre el papel sin abrirlo.

    —Vos siempre te acordás mal el nudo —dijo.

    Y se rio. La risa la agarró de sorpresa, y Norma, parada en la puerta del comedor con el delantal prestado todavía puesto, entendió que ese era el segundo que había ganado.

  • El bombo de la ferretería

    La víspera de la Marcha de los Bombos, a las cinco de la tarde, Brisa Carabajal entró a la ferretería con un sobre de ahorros en la mano y la frase ensayada desde la esquina. La campanita de la puerta sonó dos veces porque ella la dejó rebotar. Adentro olía a aceite de máquina, a cal y a yerba recién cebada.

    Don Alcides Herrera estaba detrás del mostrador, pesando clavos en una balanza de platillos. No levantó la vista hasta terminar.

    —Dos kilos de clavo de dos pulgadas —dijo, y le alcanzó la bolsa a un hombre de casco—. Y vos, nena, ¿qué buscás?

    —Eso —dijo Brisa, y señaló la pared del fondo.

    Entre los rollos de alambre y las cajas de bisagras colgaba un bombo legüero. La caja de ceibo había oscurecido con los años, los tientos de cuero crudo estaban tiesos como cuerdas de guitarra vieja, y encima del aro de arriba alguien había apoyado una lata de pintura y un cuaderno de pedidos. Era el bombo de su abuelo Tito. Ella conocía la mancha clara que tenía en el costado, donde él apoyaba el codo.

    —Ese no se vende —dijo don Alcides.

    —Lo vendieron en marzo, cuando mi abuelo se murió. Mi tío necesitaba plata para el sepelio y usted lo compró.

    —Lo pagué bien.

    —Ya sé. Yo vengo a pedírselo prestado. Mañana a la noche marchan todos los bombos y yo quiero ir con ese.

    Don Alcides se sacó los anteojos y los limpió con la punta del delantal. Tenía las manos grandes, con un corte viejo en el pulgar.

    —Ese bombo está muerto —dijo—. Probalo, si querés. Ya lo probé yo.

    Brisa dejó el sobre sobre el mostrador. Bajó el bombo con las dos manos, sacó la lata y el cuaderno, y se lo colgó del hombro. Pesaba más de lo que recordaba. Agarró el palillo y el macillo que estaban atados al tiento y golpeó el parche. Sonó a caja de cartón. Un golpe seco, sin cuerpo, que se apagó antes de llegar al fondo del local.

    —¿Vio?

    —El cuero se aflojó —dijo ella—. Con el frío de la noche y la humedad de la pared. Mi abuelo lo calentaba antes de cada marcha.

    —¿Calentarlo con qué?

    —Con fuego. No mucho, un rato. El cuero se tensa y después se aprietan los tientos.

    Don Alcides miró hacia el fondo, donde tenía la garrafa chica con la pava. Se quedó un momento en silencio. Después levantó la tapa del mostrador y le hizo señal de que lo siguiera.

    Brisa apoyó el bombo cerca de la hornalla, con el parche a un palmo de la llama baja, y lo fue girando despacio para que el calor no se juntara en un solo punto. Pasó la palma por el cuero cada tanto, como se prueba una plancha. Don Alcides la miraba desde atrás con el mate en la mano.

    —Yo lo compré porque me lo pidió la señora de tu tío —dijo de pronto—. Me dijo que si no lo compraba yo se lo llevaba un coleccionista de Tucumán. Y tu abuelo tocó en mi casamiento, en el cuarenta y ocho de la calle Tucumán, hace treinta y cinco años. Tocó cuatro chacareras seguidas y no quiso cobrar. Yo no sé tocar nada. Lo colgué ahí para que no se fuera.

    —Pero no sonaba.

    —No. Y tampoco me animaba a decírselo a nadie.

    Brisa apretó los tientos uno por uno, tirando del cuero crudo hacia abajo con el cuerpo entero, de la presilla de un aro a la del otro. Las manos le temblaban un poco, así que lo hizo más despacio. Cuando terminó se paró derecha, se acomodó la correa y probó con el macillo.

    El golpe salió hondo. Una vibración que se sentía antes en el esternón que en los oídos. Detrás del mostrador, en los cajones, los tornillos se movieron con un ruido de arena. Don Alcides dejó el mate en la mesa.

    —Hacé la que tocaba él —dijo.

    Brisa tocó una chacarera, lenta al principio, con el palillo en el aro y el macillo en el parche, el golpe a contratiempo que su abuelo le había enseñado en el patio cuando tenía siete años y apenas alcanzaba el borde. La pava empezó a silbar en el fuego y ninguno de los dos la sacó. Un cliente abrió la puerta, escuchó desde el umbral y volvió a cerrarla despacio.

    Cuando terminó, don Alcides se frotó la cara con la mano abierta.

    —Llevátelo —dijo—. Me lo traés el lunes, si querés. O no me lo traés.

    —Se lo traigo para que lo escuche —dijo Brisa—. Pero es de mi familia.

    —Es de tu familia —repitió él, y le devolvió el sobre sin abrirlo.

    A la noche siguiente la ciudad se llenó de bombos. Salieron de todos los barrios, desde el centro hacia afuera, hombres y mujeres, chicos con bombos chicos, viejos con bombos que eran más grandes que ellos. El sonido subía desde el asfalto y se te metía por los zapatos. Brisa marchó en el medio, con la mancha clara del codo de su abuelo contra su costado y el cuero tenso, caliente todavía de la hornalla. En una esquina, apoyado en el cordón y con el delantal puesto por debajo de la campera, don Alcides la vio pasar y no dijo nada. Sólo se tocó el pecho con la mano abierta, a la altura del corazón, y la dejó ahí hasta que el último bombo dobló.

    El lunes por la mañana, al abrir la persiana, buscó con la vista la pared del fondo. Entre los rollos de alambre y las cajas de bisagras quedaba un círculo limpio en el revoque, del tamaño exacto de la caja, sin una pizca de polvo. Don Alcides agarró el trapo, lo miró un rato y lo dejó donde estaba.

  • El cable de Ramiro

    Ramiro Scaglione se puso la campera de la cooperativa a las tres de la tarde, aunque en el puerto de Ingeniero White hacían veintidós grados y el viento del sur todavía no se había decidido. Se la puso por costumbre, como se ponía el casco amarillo durante treinta y ocho años de puerto, y salió de la casa de la calle Cárrega con una caja de zapatos bajo el brazo.

    En la caja iba un cable de acero de un metro, con un ojal empalmado a mano y dos guardacabos de bronce. Lo había rehecho él en la cocina, el martes, con la morsa atornillada a la mesa y Nélida mirándolo de reojo, sin decir nada, que era la forma que ella tenía de decir todo.

    —Vas a hacer un papelón —había dicho al fin, el miércoles, mientras pelaba las papas.

    —Puede ser.

    —Tenés setenta y tres años, Ramiro. Los hombros no te dan.

    —Para esto no hacen falta los hombros.

    Era el último sábado de noviembre y a las cinco salía la procesión de San Silverio desde la parroquia de la Exaltación de la Santa Cruz. Ramiro la había seguido todos los años de su vida, primero de la mano de su padre, que había llegado de la isla de Ponza con un bolso de lona y un apellido que nadie sabía escribir, y después de su propia mano, con los hijos, con los nietos, con las rodillas cada vez peores. Siempre era igual: la banda, los bomberos adelante, los pescadores cargando las andas por las calles de tierra apisonada y de asfalto, el olor a fritura de las canzonettas que cantaban las señoras mayores, y al final la plazoleta del puerto, donde levantaban al santo con el guinche y lo ponían en la lancha para pasearlo por la ría.

    Ese trabajo, hasta hacía tres años, había sido de Ramiro. Treinta y ocho noviembres había subido al santo a la lancha con el guinche viejo, y nadie en el puerto hubiera permitido que lo hiciera otro. Después vino la jubilación, el guinche eléctrico nuevo que prestaba el Consorcio, y una chica de veintiocho años con auriculares en el cuello.

    La chica se llamaba Brenda Quiroga y estaba sentada sobre un cajón de plástico, junto al guinche, cuando Ramiro llegó a la plazoleta. Tenía un termo, una tablet y la cara de quien lleva tres horas probando algo que ya funciona.

    —Don Scaglione —dijo, y se paró—. ¿Vino a ver?

    —Vine a pedirte un favor.

    Le mostró la caja de zapatos. Brenda levantó la tapa, sacó el cable, lo pasó entre los dedos y le dio una vuelta al ojal con el pulgar. Tardó un rato largo en hablar.

    —Es un empalme de marinero.

    —Cuatro pasadas y una trenza, como me enseñó mi viejo. El ojal lo rehice yo.

    —Don Ramiro, yo tengo una eslinga homologada. Con certificado. Prefectura me la revisó esta mañana.

    —Ya sé.

    —Entonces no entiendo.

    Ramiro miró hacia la ría. El agua estaba de ese marrón liso de las tardes sin viento, y las lanchas, pintadas de celeste, de verde, de un rojo que se les iba pelando, cabeceaban contra los pilotes con las banderitas de papel colgadas de los mástiles. Una de ellas, la más chica, tenía la proa vacía, esperando.

    —Mi viejo hizo ese cable en el cuarenta y siete —dijo—. Para levantar a San Silverio cuando todavía lo subían con una roldana y cuatro hombres tirando. Después se perdió en el mar. Se perdió una madrugada de agosto del setenta y uno, saliendo a la barra, y la Prefectura nos devolvió la lancha y no a él. El cable quedó en un cajón. Yo lo tuve guardado más de cincuenta años.

    Brenda no dijo nada. Del otro lado de la calle empezó a oírse la banda, lejos, un bombo y un clarinete que todavía no se ponían de acuerdo.

    —Yo no quiero manejar nada —siguió Ramiro—. Manejalo vos, como siempre. Lo único que te pido es que el santo suba colgado de ese cable. Que la última vuelta, la de la imagen, la dé mi viejo, aunque sea así, con un empalme.

    —Si se corta…

    —No se va a cortar. Yo lo probé con la camioneta de mi yerno. Aguantó el doble de lo que pesa San Silverio.

    —Pero la norma…

    —Lo ponés como respaldo, entonces. Debajo. La eslinga tuya arriba, la mía adentro, enroscada, que no se vea. Si el santo se cae, se cae por la tuya.

    Brenda soltó una risa corta, de nariz. Se rascó la cabeza con el borde de los auriculares. Después agarró el cable otra vez, lo sopesó, lo olió, hizo algo que Ramiro conocía muy bien: le pasó la uña por cada una de las trenzas, de punta a punta, buscando la que estuviera floja.

    —Está perfecto —dijo, de mala gana.

    —Ya sé.

    —No sea agrandado.

    A las seis menos veinte llegó la procesión. Primero los bomberos, con la autobomba lustrada y la sirena apagada. Después la banda, y detrás, entre una multitud de gorras, de pañuelos, de nenes con la cara pintada, las andas con el santo: un San Silverio de yeso, con su manto morado, su báculo y su mirada paciente, que se mecía sobre los hombros de ocho pescadores jóvenes y uno de ochenta. Ramiro conocía a todos. A los nueve les conocía los padres.

    Brenda dio la orden. Dos hombres de la Sociedad pasaron la eslinga por debajo del pedestal, y ella, sin que nadie lo notara, hizo que el cable de acero entrara en el lazo, enroscado, como se guarda una bufanda dentro de un abrigo. Ramiro, desde atrás de la valla, se agarró de un caño con la mano buena.

    Sonó el motor del guinche. La imagen se despegó de las andas muy despacio. Subió dos metros, tres, con el manto moviéndose apenas, y en ese momento, con el sol bajo pegándole de costado, el cable de acero brilló un segundo entre los dedos del santo, un hilo de luz finísimo, y Ramiro Scaglione, que no lloraba desde el velorio de la madre de Nélida, apretó el caño un poco más fuerte.

    —¿Y vos qué hacés ahí parado? —le gritó alguien desde la lancha chica, la de la proa vacía. Era su yerno, de gorra, con el brazo extendido—. ¡Subí, che, que te estamos esperando!

    Ramiro bajó la mirada. Nélida, a su lado, con la cartera apretada contra el pecho y los labios fruncidos, miraba el santo que bajaba hacia cubierta.

    —Papelón no fue —dijo ella.

    —No.

    —Andá, antes de que se vaya sin vos.

    La lancha tocó la bocina. El santo quedó sentado en la proa, entre los gladiolos y las banderas. Y mientras Ramiro caminaba hacia el muelle, con la caja de zapatos vacía bajo el brazo, la ría se llenó de motores, de cantos, de flores flotando sobre el agua marrón, y detrás de todo eso, muy fino, casi inaudible, el cable de acero chirrió contra la borda, una sola vez, como si alguien, desde el fondo de la bahía, hubiera dicho presente.

  • El bulto de las cuatro

    El frasco tenía que ir envuelto en un repasador, y el repasador, en diario, y todo junto en la caja de las botellas de soda, con la paja del colchón viejo apretada alrededor para que no sonara. Ofelia Duarte hacía eso desde las tres, sentada en el escalón del muelle, con los anteojos en la punta de la nariz y el olor del membrillo todavía pegado en las manos.

    Había sido un abril bueno. Las ramas del fondo del terreno se habían doblado de fruta, amarilla y peluda, y ella la había pelado toda una tarde con el cuchillo de punta redonda. El dulce salió oscuro, casi colorado, de los que se cortan con cuchillo y no se caen de la tostada. Llenó cuatro frascos. Tres ya tenían dueño: la vecina de enfrente, la maestra de la escuela de la isla, el patrón de la lancha. El cuarto no.

    Faltaba el nombre. Tenía la birome en la mano y el pedazo de cartón sobre la rodilla, y el cartón seguía en blanco.

    A las cuatro menos diez se oyó el motor. Primero lejos, grave, doblando el codo del Sarmiento, después más cerca, con ese ronquido ancho de las lanchas viejas de fondo chato. Ofelia se levantó, se acomodó el delantal y levantó la caja con los dos brazos. Pesaba menos de lo que parecía.

    La lancha arrimó despacio al muelle, con el agua marrón empujando contra los pilotes. En la proa, Tito, el marinero, ya tenía la soga lista. Era un flaco de cuarenta y pico, siempre con la misma gorra de la empresa, que había empezado a trabajar en esa lancha cuando todavía le sobraban los pantalones.

    —Buenas, doña. ¿Bulto?

    —Bulto. Para Tigre.

    Él lo agarró y lo puso arriba, sobre el techo, entre una garrafa y dos bolsas de pan. Ofelia le puso en la mano un billete doblado. Era lo de siempre: la propina del marinero por subir la carga.

    —¿Y a quién le va? —preguntó Tito, con el pie ya en la borda—. Para anotarle.

    Ofelia abrió la boca y la cerró. Del lado de adentro de la lancha, detrás de los vidrios rayados, había una fila de pasajeros que miraban para otro lado con esa cortesía de isleños que saben todo. Un hombre con una bolsa de alimento para pollos. Dos chicas con mochila. Una señora que tejía.

    —A Rogelio —dijo al fin—. Rogelio Duarte.

    —Ya sé quién es —dijo Tito, sin sorpresa.

    —¿Cómo que ya sabés?

    Tito se rascó la nuca debajo de la gorra. Miró el agua, después a ella.

    —Doña Ofelia, hace once años que su hermano pasa por este muelle el último jueves de cada mes. Viene en la lancha de las cuatro, sube en Tigre y baja en la parada de Tres Bocas, y vuelve en la de las seis y diez. No me pidió que no se lo cuente. Tampoco me pidió que se lo cuente.

    A Ofelia se le aflojaron las rodillas y se sentó otra vez en el escalón. Hacía once años que no le hablaba. Había sido por la casa de los padres, por el muelle, por unas palabras dichas en la cocina que ya ni recordaba bien, pero que seguían ahí, como el gusto a humo en una pava. Se acordaba sí de la última frase de él, en la puerta: “Cuando quieras, sabés dónde me encontrás”. Ella había contestado que no hacía falta.

    —Hoy es jueves —dijo.

    —Último de abril —confirmó Tito.

    —¿Y está en la lancha?

    Tito no contestó. Hizo un movimiento mínimo con la cabeza hacia la toldilla de atrás, donde los asientos de madera daban a la ventanilla del lado del muelle. Ofelia se paró y lo vio. Un hombre flaco, de campera azul gastada y boina, sentado con las manos entre las rodillas. Miraba fijo hacia adelante, hacia el respaldo del asiento de enfrente, con la espalda tiesa de quien se ha puesto a esperar algo sin saber qué.

    Once años mirando el muelle por la ventanilla de una lancha que no paraba. Once años, y el hermano nunca bajó.

    —Tito —dijo ella, con una voz que le salió de más abajo de lo que esperaba—. La lancha para a requerimiento, ¿no?

    —Siempre, doña.

    —Entonces pare un rato. Necesito que alguien me ayude a bajar un bulto.

    Tito sonrió por primera vez en la tarde. Fue hasta el techo, bajó la caja con las dos manos y la dejó sobre el muelle. Después le gritó algo al patrón, adelante, y el motor bajó de ronquido hasta un ronroneo de ralentí. El hombre de la bolsa de alimento sacó el celular para no mirar. La señora que tejía siguió tejiendo, un poco más despacio.

    Ofelia agarró el cartón, la birome, y escribió de una sola vez, con letra grande: Para Rogelio. Dulce de membrillo. Abril. Lo metió bajo el cordel de la caja. Dudó. Sacó el cartón y le agregó una línea más: Cuando quieras, bajá.

    Levantó la caja y caminó hasta el borde del muelle, donde la lancha esperaba, pegada al pilote, moviéndose con el agua. Arriba, en la ventanilla de la toldilla, el hombre de la boina se había dado vuelta. No sonreía. Tenía los ojos muy abiertos, como un chico al que acaban de llamar por el nombre completo.

    La puerta lateral se abrió desde adentro. Ofelia sintió el olor a gasoil y a agua del río, y le pareció que olía a otra cosa también, a la cocina de su madre, a un lunes cualquiera de cuando eran chicos.

    Puso un pie en el borde. Tito le tendió la mano.

    —Despacito, doña —dijo—. La lancha espera.

    Y esperó. El sol caía sobre el Sarmiento, el motor seguía su ronroneo, y en el muelle del Arroyo Santa Rosa quedó, durante unos minutos que nadie contó, la caja de las botellas de soda con el diario arrugado y el cordel bien atado, esperando que alguien la levantara.