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  • El cuarto de los ventanales

    Nancy Zalazar dejó la camioneta donde terminaba el pavimento y siguió a pie, con la botella de agua en la mano y las zapatillas viejas que usaba para los días de lluvia. Eran las siete de la mañana de un martes de bajante. El lago de Salto Grande se había corrido tanto que dejaba una orilla de barro agrietado, ancha como una cancha, con palos blancos y caracoles vacíos tirados al sol.

    Su nieto Thiago, de once años, iba adelante con el celular en alto, filmando todo.

    —Abuela, ¿esto era un pueblo?

    —Esto era Federación. La de verdad. La que tenía plaza.

    —Pero la de ahora también se llama Federación.

    —Y sí. Es la misma gente, pero otra ciudad. Más prolijita.

    Nancy tenía sesenta y un años, treinta y cuatro de enfermera en el hospital de la ciudad nueva, y nunca había pisado la vieja desde que la taparon. Tenía quince cuando la demolieron. Se acordaba de las mazas, del polvo rojo que se metía en las cortinas y de su madre, Eulalia, con un pañuelo en la boca, repitiendo que a ella nadie le iba a explicar cómo se desarma una casa.

    Eulalia había muerto hacía dos inviernos. Antes de morir le dijo una sola vez, mientras Nancy le cambiaba el suero: «Vos naciste en la sala del fondo, la de los ventanales que daban al río. Te dejé ahí un dedito de mi alianza, de lo flaca que me puse». Nancy se rio, creyendo que era un delirio. Después averiguó. Era cierto lo de la sala, no lo de la alianza.

    Por eso estaba ahí.

    Habían visto en las noticias que la bajante había dejado al descubierto las bases del hospital viejo y de la capilla San Miguel. Nancy anotó en un papel: capilla, hospital, ventanales al río. No sabía qué iba a hacer con eso.

    Caminaron media hora entre ladrillos pelados y trozos de vereda que todavía conservaban el borde. De golpe Thiago frenó.

    —Mirá. Esto parece una calle.

    Era una calle. Se veía la traza, un rectángulo largo de cemento con el lomo partido, y a los costados los cimientos de las casas, uno al lado del otro, como dientes. Había un árbol talado de raíz, con las raíces al aire, retorcidas y grises, que parecían una mano abierta. Un hombre de gorra, sentado en un balde dado vuelta, tomaba mate al lado de la raíz.

    —¿Busca algo? —preguntó él, sin darse vuelta.

    —El hospital.

    —Siga derecho hasta la palmera. Hay una base de palmera, una redonda. De ahí a la izquierda.

    —¿Usted vivía acá?

    —Hasta los diecisiete. —Levantó el mate—. Venga cuando quiera. Yo vengo todos los días que hay bajante a ver si se me aparece mi cuarto. Todavía no apareció.

    Nancy le agradeció y siguió. La base de la palmera estaba donde él dijo, un círculo de cemento del diámetro de una mesa grande. A la izquierda había una explanada de cimientos más gruesos, con tabiques bajos que dividían el espacio en habitaciones que ya no tenían techo ni nombre. Un pasillo central, ancho. Una escalera que no subía a ninguna parte.

    —Esto es —dijo Nancy, y se le quebró la voz en la mitad de la palabra.

    Contó los cuartos del lado del río. Uno, dos, tres, cuatro. En el último, el más grande, el piso conservaba un pedazo de mosaico calcáreo, blanco y gris, con el dibujo salvado entre el barro seco. Se agachó. Pasó la mano por encima. Estaba áspero, tibio de sol.

    —¿Acá naciste?

    —Eso dicen.

    Thiago dejó de filmar. Bajó el celular y se quedó mirando el cuarto vacío, con esa seriedad de los chicos cuando entienden algo que no pueden explicar. Después dijo, bajito:

    —¿Y la alianza?

    Nancy se rio. Se le cayeron dos lágrimas y se las limpió con la muñeca.

    —No hay alianza, Thiago. Era una cosa de tu bisabuela.

    —Igual busquemos.

    Se pusieron de rodillas los dos, en el barro, y revisaron el mosaico con los dedos, junta por junta. Encontraron un clavo oxidado, una tapita de gaseosa y una canica verde, entera, sin una sola raspadura, que Thiago levantó contra el sol como si fuera una piedra preciosa.

    —Quedátela —dijo Nancy.

    —¿Y vos?

    Ella miró la sala. Ahí, calculó, había estado la cama. Ahí, contra la pared del río, el ventanal. Eulalia flaca, con los pies hacia donde ahora estaba parada ella, con cuarenta grados de calor y una partera que le decía respirá, respirá. Era cierto: eso lo recordaba sin haberlo vivido, porque la madre se lo había contado cien veces mientras pelaba mandarinas.

    —Yo ya me llevé lo mío —dijo.

    Se quedaron un rato más. Antes de irse, Nancy sacó del bolsillo un hilo rojo, de los que usaba para atar los frascos de la sala de pediatría, y lo ató a un fierro que sobresalía en el rincón. Un nudo doble, de los que no se aflojan.

    Al volver pasaron por el hombre del mate. Seguía mirando la raíz.

    —¿La encontró?

    —La encontré.

    —Qué suerte —dijo él, y sonrió con la boca cerrada.

    Subieron a la camioneta. Thiago iba con la canica apretada en el puño. Nancy encendió el motor, miró por el espejo la orilla ancha, el barro brillando, y mucho más atrás, apenas, el agua del lago, esperando su turno con la paciencia de siempre.

    Esa noche llovió en la cuenca. A la semana siguiente la cota subió, y el cuarto de los ventanales quedó otra vez bajo el agua, con un hilo rojo atado en el rincón, moviéndose despacio hacia donde fuera la corriente.

  • El banco de Leonor

    Leonor Spadavecchia llegó al taller de Polvorín a las cinco y media de la mañana, con el calor de enero ya pegado a la chapa y el mate recién cebado en un termo que tenía más abolladuras que ella misma. Era viernes, 11 de enero de 2013, y en el pizarrón de la entrada alguien había escrito con tiza, sin firmar: “Hoy salen los belgas por última vez”.

    Treinta y ocho años de carpintera en ese galpón. Había empezado a los veintidós, cuando todavía se cepillaba el roble a mano porque la máquina siempre estaba rota, y había visto pasar a los jefes, a los gremialistas, a los ingenieros que prometían coches nuevos cada cuatro años. Los coches de madera seguían ahí. Los de 1913, los celestes grisáceos, los que todo el mundo llamaba las brujas o los belgas, según de qué lado de Bruselas, o de Brujas, se quisiera hablar.

    —¿Vas a ir a despedirlos? —le preguntó Rubén, el soldador, mientras se ataba los cordones de los borceguíes.

    —Voy a trabajar.

    —Hoy no hay nada para arreglar, Leo. Los sacan a la tarde y se acabó.

    —Hay un banco.

    —¿Qué banco?

    Leonor no contestó. Se puso el delantal, agarró el termo y se fue hacia el fondo del taller, donde el olor a barniz viejo y a grasa era tan espeso que se podía apoyar la mano.

    El banco era del coche 27. Hacía seis años, en una reparación de rutina, había encontrado un listón del asiento partido a lo largo, con la veta abierta como una boca. No había repuesto. No había roble de la medida. Había un tirante de lenga que un sobrino de ella traía de Esquel para hacer una mesa, y ella lo cepilló tres semanas, de a ratos, entre un trabajo y otro, hasta que la tabla quedó igual de ancha, igual de curva, con el mismo borde redondeado donde se apoyan las piernas. Lo lijó con la lija de grano fino hasta que no hubo diferencia al tacto. Lo barnizó con tres manos. Y después lo atornilló en su lugar y no le dijo nada a nadie.

    La lenga es más clara que el roble. Se nota si uno sabe mirar. Desde entonces, cada vez que pasaba un 27 por el taller, Leonor se agachaba un segundo y lo miraba. Era una manía que no le había confesado ni a su marido.

    Esa tarde, a las tres, se sacó el delantal. Rubén la miró desde la soldadora, con la máscara levantada.

    —Me voy un rato.

    —Dale.

    Caminó hasta Primera Junta con la mochila al hombro y la remera pegada a la espalda. El andén estaba lleno. Había gente con cámaras, una chica con un cartel hecho a mano, dos hombres mayores discutiendo en voz alta sobre cuál había sido la mejor época del subte. Un chico de unos diez años le preguntaba a su padre por qué las puertas se abrían con la mano.

    —Porque son de otro tiempo —decía el padre.

    El tren entró con un chirrido largo que a Leonor le recorrió la columna como una corriente. Las ventanillas bajas, la madera barnizada, los faroles de bronce. Vio el número en la frente del coche cuando frenó: 27.

    Se quedó un instante quieta. Después subió.

    Adentro olía a lo que siempre había olido: a madera, a cuero viejo, a la humedad dulzona del túnel. Se sentó en el tercer asiento de la izquierda, el que tenía el listón de lenga, y puso las palmas abiertas sobre la tabla. Estaba tibia. Alguien la había tocado antes, miles de piernas, miles de cuerpos cansados que volvían del trabajo, y la lenga se había oscurecido apenas, lo justo para no distinguirse del roble.

    Tuvo que mirar dos veces para encontrar la diferencia. Y la encontró, porque la conocía, pero ya no era evidente.

    —Disculpe, señora —dijo una voz.

    Era un hombre grande, de unos sesenta, con una campera de la línea y una credencial colgada del cuello.

    —¿Sí?

    —Está sentada ahí hace rato mirando el asiento. ¿Pasa algo?

    Leonor lo pensó. Pensó en decir que no, que estaba cansada, que le dolían las rodillas. Pero el tren arrancó con ese tirón que no se parecía a ningún otro, y las luces de la estación fueron quedando atrás como fósforos que se apagan, y le salió decirlo.

    —Este tablón lo hice yo. Hace seis años. Es de lenga.

    El hombre se agachó con un crujido, apoyó una mano en la rodilla y miró el listón. Pasó el pulgar por el borde.

    —No se nota —dijo.

    —No. Eso quería.

    —Treinta años manejo estos trenes —dijo él, todavía agachado—. Me senté en este asiento un montón de veces. Nunca me di cuenta.

    —Mejor.

    El hombre se rió bajito y se enderezó. Se quedó parado al lado, agarrado de la barra, mientras el coche bajaba la velocidad frente a Acoyte. Una mujer con un bebé subió por la puerta de atrás y la cerró con las dos manos, como se cierra una heladera vieja.

    —¿Y ahora qué pasa con los coches? —preguntó Leonor.

    —Dicen que algunos se van a conservar. Otros no sé.

    —Con el que se salve, ojalá se acuerden de que hay un banco con un secreto.

    —Se lo digo yo a quien haga falta.

    Leonor sonrió. Del bolsillo de la mochila sacó un lápiz de carpintero, de los gruesos, de punta plana, y se agachó. Debajo del asiento, en la madera sin barniz donde nadie mira, escribió con letra de molde, despacio: “Lenga, 2007. L. S.” Y debajo, después de pensarlo, una línea más: “Aguantó.”

    Cuando se enderezó, el tren entraba a Plaza Miserere con toda su estructura vibrando, y por las ventanillas altas entraba la luz amarilla del andén. Leonor se puso la mochila otra vez y se quedó sentada, con las manos sobre la tabla, hasta que el coche terminó de frenar y las puertas se abrieron a mano, una por una, con ese ruido de bisagra vieja que ya no volvería a escuchar así.

  • El nudo del medio

    A las cinco y cuarto de la tarde, con el viento del este metiendo olor a pescadilla y gasoil por la persiana del pañol, Facundo Ledesma terminó de coser el último rombo de la red y se la mostró a Don Vito sin decir nada. Tenía las yemas de los dedos cortadas por el nailon y la aguja de madera todavía tibia.

    Don Vito la miró desde la banqueta, con el mate en la mano y la radio baja, una cumbia que se cortaba cada tanto. Era un flaco largo de ochenta y un años, con las manos hinchadas y nudosas, como las raíces de un árbol que creció pegado a un muelle.

    —Dame —dijo.

    Tomó el borde del paño, lo estiró contra la luz de la puerta y fue pasando el pulgar por las mallas como quien cuenta rosarios. Facundo conocía ese gesto. Lo había visto durante cuatro meses, todos los martes y jueves, desde que se anotó en el curso de la UTN con la idea de conseguir un trabajo cualquiera y se quedó en el pañol de la Banquina Chica porque Vito necesitaba a alguien que le sostuviera la red mientras él cinchaba.

    —Está prolijo —dijo Vito.

    —¿Pero?

    —No dije “pero”.

    —Lo dijiste con la cara.

    El viejo sonrió con media boca. Dejó el mate en el cajón de fruta que hacía de mesa.

    —El Stella Maris sale a las tres de la mañana. Si esta red no aguanta, el patrón pierde el viaje. Cinco hombres pierden el viaje. Y la pescadilla no espera a nadie, ni a mí ni a vos.

    —Yo la cosí como me enseñaste.

    —Como te enseñé a coserla en el curso. Esto no es el curso.

    Facundo sintió que la cara se le ponía caliente. Afuera, sobre la banquina, alguien arrastraba un cajón de plástico contra el cemento con un chirrido que le erizó los dientes. Un grupo de gaviotas discutía arriba del techo de chapa.

    —Mostrame dónde está mal.

    —No está mal. Está flojo.

    Vito se agachó con un crujido de rodillas y señaló un nudo del medio, en la zona donde la red hace fuerza al cerrarse. Facundo se arrodilló a su lado. Tardó en ver la diferencia: el nudo era igual a los otros, pero tenía la vuelta final apenas más abierta, como una sonrisa que no llega a los ojos.

    —Ahí cede —dijo Vito—. No hoy. Cuando venga el cardumen y los muchachos tiren y la red se tense con todo el peso del agua. Ahí se abre, y se corre la malla de al lado, y la de al lado, y se hace un agujero del tamaño de una puerta.

    —No me di cuenta.

    —Porque lo hiciste a las apuradas. Y lo hiciste a las apuradas porque tenías miedo de que yo me enojara.

    Facundo no contestó. Era cierto, y las verdades dichas en voz baja pesan más.

    —Mi viejo —siguió Vito, mirando el nudo— me hizo deshacer una red entera en el cuarenta y nueve, en Bari, antes de embarcarme. Doce metros. Lloré de bronca. Después, en el barco, en una tormenta que no te cuento, la red que había cosido ese mismo día aguantó mientras la de al lado se abría como una bolsa de papel. Nunca me dijo que había tenido razón.

    —Entonces la deshago.

    —Vos decidí.

    —¿Cuánto me falta si la deshago?

    —Con suerte, hasta las doce.

    Facundo se quedó con la aguja en la mano. Tenía ganas de irse a su casa, de tirarse en la cama y dejar que el problema lo resolviera otro. Pensó en su madre, que le había dicho “otra vez ese trabajo de viejos”, y en la tarde de abril en que Vito le había puesto una aguja de madera en la mano, sin discurso, y le había dicho “empezá por el borde”.

    Cortó el hilo con el cuchillito. El primer nudo cedió con un chasquido seco. Después el segundo. Era raro: cada malla que desataba le devolvía, de golpe, el gesto de haberla hecho, una especie de arrepentimiento con textura.

    Vito encendió el calentador, puso la pava, volvió a su banqueta y no dijo nada más. Pasó una hora. Pasaron dos. La luz del pañol pasó del dorado al gris y después al amarillo de la lámpara. Afuera se oían los motores de los barcos que cargaban hielo, las voces mezcladas, alguien que silbaba un tango sin saber cómo seguirlo.

    A las diez, Facundo cosía otra vez. Despacio. Cada nudo, la vuelta completa, un tirón con el pulgar para asentarlo, y recién después el siguiente. Notó que ya no pensaba en Vito ni en su madre ni en nada, solo en el hilo y en la tensión justa entre los dedos, como si el cuerpo supiera algo que la cabeza todavía no.

    A las doce y diez cortó la última hebra. Vito se levantó, tomó el paño, lo estiró contra la luz y pasó el pulgar por las mallas. Esta vez tardó. Se detuvo en el nudo del medio, lo apretó entre dos dedos, tiró con fuerza y el nudo no se movió.

    No dijo nada. Dobló la red en cuatro, se la puso al hombro y salió del pañol.

    Facundo lo siguió hasta el muelle, bajo un cielo sin luna. El Stella Maris cabeceaba contra los neumáticos, con la luz de cubierta encendida y el patrón fumando en la proa. Vito entregó la red como quien entrega a un chico, con las dos manos. Después volvió, se sentó en un noray y sacó del bolsillo un paquete de facturas aplastado.

    —Comé —dijo.

    Facundo se sentó a su lado. Las facturas estaban frías y blandas y le parecieron las mejores de su vida. A las tres en punto el motor del barco tosió, se aclaró la garganta y empezó a alejarse. Vito siguió las luces con la vista hasta que se confundieron con las del horizonte.

    —Mañana a las seis —dijo, y se fue caminando, despacio, con las manos en los bolsillos.

    Facundo se quedó un rato más mirando el agua negra, con la sensación rara de que, en algún lugar del mar, un nudo suyo estaba sosteniendo algo.

  • El molino que no giraba

    Marcela llegó al campo de su padre a las siete de la mañana, con el pampero levantando tierra en el camino y un termo de mate en el asiento del acompañante. A las doce venía un comprador de Santa Rosa. Le quedaban cinco horas para hacer una sola cosa: que el molino girara.

    Estaba en el medio del potrero del fondo, cerca de Quehué, donde el campo se pone chato y color paja y no hay un árbol que corte el horizonte salvo algún caldén torcido hacia el norte. Era un multipala de torre alta, de esos que su padre había comprado usado en el ochenta y tantos y mantenido con una devoción que no le dedicaba a casi nada más. Hacía un año, desde el entierro, que la rueda estaba clavada mirando al sur, como una moneda de chapa que nadie quiere levantar.

    Dejó la camioneta junto al tanque australiano. Estaba seco. En el fondo, una costra de barro cuarteado dibujaba mapas chiquitos, y en el borde las vacas habían dejado la marca de los hocicos durante meses. Hoy las vacas no estaban: Segundo, el vecino, se las había llevado a su campo hasta que se definiera la venta.

    —Es el freno —dijo Segundo, que había aparecido a caballo sin que lo oyera, con el mate listo y la cara hecha de arrugas finas—. Tu viejo siempre decía que el freno se agarrota si lo dejás un invierno.
    —Yo no sé nada de molinos.
    —Nadie sabe nada hasta que lo necesita.

    Le alcanzó una llave inglesa vieja, un tarro de aceite y un trapo. Después se sentó sobre un poste caído a mirar, con esa paciencia de la pampa que no ofrece ayuda pero tampoco se va.

    La escalera de la torre empezaba a un metro del suelo, con peldaños de hierro redondo que quemaban de frío. Marcela subió despacio. A la mitad tuvo que parar: el viento le metía el pelo en la boca y la torre zumbaba apenas, una nota grave que le subía por las piernas. Había subido de chica, a los nueve, a escondidas, y su padre la había bajado de un grito que le dolió menos que la vergüenza. Ahora la torre le hablaba, y no decía nada de eso.

    Arriba, al lado de la caja del mecanismo, encontró lo que buscaba. El brazo del freno estaba trabado con una bolsa de nailon que el viento había metido ahí, y sobre la bolsa había un nido viejo de calandria, vacío, tejido con pasto seco y un hilo celeste que reconoció enseguida: era de las camperas de su padre.

    Se quedó mirando el hilo más de lo necesario.

    —¿Qué hay? —gritó Segundo desde abajo.
    —Un nido.
    —Sacalo con cuidado. Las calandrias vuelven.

    Lo guardó en el bolsillo de la campera. Tiró de la bolsa hasta que cedió, destrabó el brazo del freno con la llave, le dio dos vueltas a la tuerca que se resistía y echó aceite en la caja hasta que el nivel marcó donde tenía que marcar. Le temblaban las manos, y no por la altura. Cada gesto le salía como si ya lo supiera, como si lo hubiera visto de lejos mil veces sin darse cuenta: la forma de apoyar el pie en el travesaño, de soltar el aire antes de apretar.

    La rueda seguía quieta.

    —Falta la cola —dijo Segundo cuando bajó, con las rodillas flojas—. Tiene que apuntar al viento.
    —Está apuntando al viento.
    —Está apuntando al viento de ayer.

    La veleta, esa chapa grande con forma de timón, había quedado enganchada de costado contra el tope. Marcela volvió a subir. Esta vez no se detuvo a la mitad. Desde arriba, parada en la plataformita con una mano agarrada del caño, vio el campo entero: las líneas rectas de los alambrados, la mancha oscura del monte al sur, la ruta como un hilo gris con un camión diminuto, la casa con el techo de chapa que ya no era de nadie. Empujó la cola con el hombro. La chapa gimió, soltó el tope y se acomodó de frente al pampero con un golpe seco de bisagra que le recorrió el brazo.

    Y la rueda se movió.

    Primero un cuarto de vuelta, torpe. Después una vuelta entera, con un crujido largo de cosa que despierta. Las aspas empezaron a hacer ese ruido que ella conocía sin haberlo escuchado en años: el traqueteo de la varilla subiendo y bajando, la respiración metálica de la bomba, un pulso lento, un tum, un tum, un tum que venía de abajo de la tierra.

    Se agarró fuerte. Del caño del tanque, tosiendo, salió primero aire. Después un chorro marrón. Después un hilo de agua, y por fin el agua de verdad, clara, helada, golpeando contra el fondo de chapa con un sonido que ella creyó que no iba a volver a oír.

    Bajó con las piernas hechas de gelatina. Segundo ya estaba parado junto al tanque con el sombrero en la mano, mirando el agua subir como quien mira nacer a un ternero.

    —Tu viejo hubiera dicho que tardaste.
    —Mi viejo me habría bajado a los gritos de la torre.
    —También —admitió el vecino, y se rio por la nariz.

    A las doce menos diez, cuando llegó la camioneta blanca del comprador levantando una nube, Marcela estaba sentada en el borde del tanque con los pies colgando y el nido de calandria entre las manos. El hombre bajó, saludó, miró el potrero, miró el agua, miró la torre con la rueda girando a todo lo que daba contra el cielo sin nubes.

    —Funciona —dijo, con cierta sorpresa.
    —Hoy sí —contestó ella.

    Le hizo el recorrido sin apuro: el alambrado, la aguada, el monte. Cuando se fueron, a las dos, ya no hablaba de venta ni de números. Dejó el nido arriba, en la plataforma, al lado de la caja, donde el viento no lo alcanzara. Después se quedó un rato parada abajo, escuchando el tum, tum, tum de la bomba, hasta que a lo lejos, sobre el alambrado, una calandria se posó y empezó a cantar.

  • La última línea de Haydée

    A las ocho y media, con la persiana del taller levantada hasta la mitad y el olor a plomo caliente subiendo por la escalera, Haydée Lombardi le puso la mano a la máquina como se le pone a un caballo viejo que uno va a vender.

    La linotipo estaba en el fondo, debajo de la ventana que da al pasillo de la avenida Boedo. Tenía el teclado de noventa teclas gastado en las letras de siempre, la e, la a, la o, y casi virgen en la ñ y en la x. Haydée había entrado a la imprenta a los diecinueve, en el setenta y uno, cuando el dueño todavía decía que las mujeres no tenían paciencia para el plomo. Se la tuvo. Cuarenta y tres años de líneas fundidas, de quemaduras en el antebrazo, de remitos, de afiches de remate y de partes de defunción.

    Ahora la imprenta cerraba. Offset, digital, el pibe de la esquina que imprimía tarjetas desde el celular. Don Ismael, el hijo del dueño, había conseguido un comprador para la máquina: un coleccionista de Rosario que mandaba un camión a las diez y cuarto.

    —Tenés hasta que llegue el flete, Haydée —le había dicho el día anterior, sin mirarla—. Hacé lo que quieras.

    Lo que quería era una sola línea.

    Prendió el crisol a las ocho y diez. El metal, esa mezcla de plomo, antimonio y estaño que se compraba en lingotes grises, tardaba casi una hora en ponerse líquido y manso. Mientras tanto limpió el magazín con un pincel, soplando entre las matrices, esas chapitas de latón con la letra hundida que caen una a una cuando se aprieta la tecla y se acomodan en fila, como pasajeros de colectivo.

    A las nueve entró Renata. Doce años, mochila rosa, el guardapolvo con la mancha de birome en el bolsillo. Vivía en el segundo piso del mismo edificio y a esa hora, antes de ir al colegio de la calle San Juan, bajaba a mirar.

    —¿Hoy se la llevan?
    —A las diez y cuarto.
    —¿Y no la podés esconder?

    Haydée se rio por la nariz. Hacía tres semanas que la nieta le preguntaba lo mismo de distintas maneras, y ella contestaba lo mismo de distintas maneras. Que una máquina de dos toneladas no se esconde. Que las cosas se terminan. Que ahora venía la parte en la que se aprendía a mirar el fin sin hacer escándalo.

    —Vení —dijo en cambio—. Sentate acá.

    La sentó en el banquito, frente al teclado. Renata miró las teclas con el respeto de quien mira un instrumento prohibido.

    —¿Cómo te llamás?
    —Renata. Vos sabés cómo me llamo.
    —Escribilo.

    Renata apretó la r. Se oyó el golpecito seco de una matriz que se desprendía y caía en el riel. Después la e. La n. Cada letra tenía un sonido distinto, un tintineo corto, y la fila de latoncitos iba creciendo en el componedor, del lado de la ventana. La a. La t. La a. Haydée la miraba de costado, con el mate frío en la mano, y se acordó de la primera línea que compuso ella, un martes de abril, un aviso de remate de la calle Cátedra, y de cómo se le habían cruzado los dedos y había salido “remtae”.

    A las nueve y cuarenta el metal estaba listo. Haydée lo supo por el brillo, un espejo oscuro y quieto, y por el olor, ese olor dulce y metálico que se le había metido en el pelo durante media vida y que en las reuniones de padres le hacía decir que trabajaba con “materiales”.

    —Ahora viene lo bueno —dijo—. Tirá la palanca. Despacio. Y no pongas la mano adelante, que escupe.

    Renata tiró. La máquina hizo un ruido largo, de engranaje que se acuerda de sí mismo. El molde avanzó contra la fila de matrices, el plomo corrió por la hendidura, hubo un suspiro caliente, un chasquido, y después nada. Un cuarto de segundo de nada. Una barrita de metal cayó en la bandeja con un golpe liviano.

    Haydée la levantó con los dedos, todavía tibia, y la dio vuelta. La lectura era al revés, como en un espejo, con la letra en relieve cortante y brillante: RENATA.

    —Es mi nombre —dijo la chica, con un hilo de voz.
    —Es tu nombre en plomo. Eso no se borra con ningún botón.

    Afuera, en la avenida, frenó un camión. Se oyeron la puerta, la voz del chofer preguntando por Ismael, el roce de las cadenas contra el piso. Haydée no se movió. Cerró la mano de Renata alrededor de la barrita, apretó los dedos de la nena uno por uno, como quien cierra un cofre.

    —Se queda con vos. Se la mostrás a quien te pregunte.
    —¿Y si me preguntan qué es?
    —Les decís que es la última línea de la máquina de tu abuela. Y que salió derecha, a la primera.

    Cuando los hombres del flete subieron, Haydée ya había apagado el crisol. Les señaló el cable, los tornillos del piso, la caja de matrices que había que llevarse con cuidado. Después bajó con Renata hasta la vereda, la acompañó dos cuadras por Boedo hasta la esquina de San Juan, le acomodó la mochila y le dijo que se apurara, que llegaba tarde.

    La nena caminó con el puño cerrado contra el pecho, sin soltarlo, y a media cuadra se dio vuelta una vez.

    Haydée levantó la mano. En el aire todavía le quedaba el olor del plomo, y entendió que ese olor, ahora, iba a vivir en otro bolsillo.

  • El canto del cortante

    A las seis menos diez, con el galpón todavía a oscuras y el viento del oeste golpeando la chapa como si pidiera permiso, Nilda Oyarzo prendió la garrafa del mate y arrancó el esmeril. Sesenta y un años, treinta y cuatro zafras. Ella era la afiladora de la comparsa, la que dejaba los peines y los cortantes de cada esquilador tan finos que cortaban el aire, según decían los muchachos, y también el pulgar de quien se descuidara.

    El oído se le había ido de a poco, como se va la marea. Primero dejó de escuchar el zumbido agudo del esmeril cuando el acero tomaba filo. Después dejó de escuchar a los pájaros. Nadie lo sabía, salvo el audiólogo de Río Grande y su hija Soledad, que le había dicho por teléfono: «Mamá, esta es la última, ¿no?». Nilda contestó que el mate se enfriaba y cortó.

    A las siete el galpón ya rugía. Cuarenta máquinas colgadas de los tirantes, cuarenta hombres y mujeres doblados sobre las ovejas, que pesaban sesenta kilos de lana y barro seco y pataleaban cada dos o tres minutos hasta quedar mansas, panza arriba, con los ojos de vidrio. Los vellones caían sobre la tarima y las barrenderas los juntaban sin mirar, todo por cuartos de dos horas y cuarto, con una pausa para el mate y otra, larga, para el guiso.

    Nilda trabajaba en el rincón del fondo, en una mesa de madera clavada al piso. Cada peine y cada cortante que le traían venía tibio, con grasa de lanolina en los dientes. Ella los pasaba por el disco, uno, dos, tres segundos, y se los apoyaba contra la palma. No necesitaba oír. La palma le decía si el acero estaba parejo, y el olor, a metal quemado, si se había pasado.

    —Doña Nilda —dijo Brayan, un pibe de Gaiman de diecinueve años que esquilaba por primera vez en la isla—, el mío me corta como con miedo.

    Le alcanzó el peine. Nilda lo dio vuelta, lo miró contra la luz de la ventana y le pasó el pulgar por el borde. Estaba mellado en la tercera púa, un desgaste chiquito, de los que no se ven.

    —No es miedo. Es una muesca. Pasaste por un alambre.

    —Se me trabó en la pata de una borrega.

    —Los alambres están para eso. —Se lo devolvió afilado en cinco minutos—. Probalo.

    Brayan volvió a su lugar. Ella lo vio agarrar la oveja, apoyarla entre las rodillas y pasar la máquina de la panza a la paleta en un solo trazo largo, y vio abrirse el vellón como una página. El chico levantó la cabeza y la buscó a través del galpón. Levantó el pulgar. Nilda le contestó con el mate en alto.

    A mediodía llegó Hernán, el capataz de la comparsa, con un cortante envuelto en un trapo.

    —Este no cierra, Nilda. Lo traje de Tolhuin, lo usé veinte años. Se me hace que ya está.

    Ella conocía ese cortante. Era de Reinaldo, el esquilador más viejo de la cuadrilla, que había muerto en agosto y a quien Hernán seguía llevándole el mate a un banco vacío. Le dio vueltas. La plaquita de acero tenía el color de una moneda gastada y cada púa llevaba el filo redondeado por miles de ovejas.

    —Dejámelo hasta la tarde.

    A las dos, cuando el galpón entró en la hora del silencio blando, con las máquinas apagadas y los esquiladores tirados en los fardos, Nilda se sentó sola frente al esmeril. Puso el cortante contra el disco. Lo retiró. Probó con la palma y no sintió nada, porque no había nada que sentir: el acero estaba bien, el que fallaba era el sonido, ese chirrido fino que los afiladores buscan sin saber que lo buscan, el canto del metal cuando llega al punto justo.

    Lo había perdido. Treinta y cuatro años afilando de oído, y ahora afilaba a ciegas.

    Entonces hizo lo que hacía su padre en la carpintería de Punta Arenas, hacía mucho: apoyó el cortante contra el hueso de la mandíbula, justo debajo de la oreja, y lo pasó por el disco con el brazo tenso. La vibración le subió por el hueso hasta la cabeza. Era un zumbido gordo, casi doloroso, que le llenó el cráneo. Y en ese zumbido había una nota. Subió. Subió. Se afinó de golpe, como una cuerda que alguien tensa el último cuarto de vuelta.

    Soltó el disco. Se quedó quieta, con el cortante tibio contra la cara y la garganta cerrada.

    A las cinco, Hernán pasó a buscarlo. Lo levantó con dos dedos, lo giró hacia la luz, lo probó contra un mechón de lana. Cortó sin tironear.

    —Es el mejor que le hiciste nunca.

    —Es el único que le hice sin escucharlo —dijo ella, y se arrepintió en el acto.

    Hernán no preguntó. Se quedó mirándola un rato largo, con el cortante en la mano, y después lo envolvió de nuevo en el trapo.

    —Mañana lo uso yo. Si me animo.

    Esa noche, con el último fardo prensado y el galpón vacío, Nilda llamó a su hija. Le dijo que sí, que esa era la última zafra. Que le quedaba una semana más de la temporada y se volvía. Soledad se quedó callada del otro lado, y se oyó la respiración, el viento en el teléfono, alguien que lloraba despacio sin querer.

    —Mamá. ¿Me escuchás?

    —Te escucho —dijo Nilda—. Pero hablá cerca.

    Y se apoyó el teléfono contra el hueso de la mandíbula, y esperó.

  • Treinta y nueve kilos y medio

    A las cinco y media, el yerbal de Apóstoles todavía era una sola mancha oscura con olor a tierra colorada mojada. Yaroslava Kovalchuk, Slava para todo el mundo, se calzó los guantes con los dedos duros de escarcha y miró el raído tendido en el suelo, una bolsa de arpillera abierta como una boca. Nunca había llenado una. Su padre, Mauricio, llenaba tres por día desde antes de que ella naciera.

    —Hoy no me ayudás —le había dicho ella la noche anterior, con el mate en la mano—. Quiero llenar uno sola.

    —Es agosto. Las hojas no te perdonan en agosto.

    —Por eso.

    Mauricio no discutió. Le alcanzó la tijera de podar, la de mango rojo que había sido de su abuelo, y se fue con la cuadrilla hacia el otro lado del surco, silbando bajito una polca que Slava conocía de los casamientos en el salón de la colectividad.

    A los diecinueve, con el secundario terminado y una inscripción de enfermería en Posadas que se pagaba con zafra o no se pagaba, Slava creía que cortar yerba era cuestión de ganas. A las siete y media tenía las muñecas ardiendo y apenas cuarenta centímetros de hojas en el fondo de la arpillera. La rama, cuando se la agarra mal, devuelve el golpe: un latigazo de ramita verde en la mejilla, y un gusto amargo que se mete por la nariz.

    —Así no, nena.

    Al lado, en el surco vecino, un hombre flaco con sombrero de ala corta y camisa de franela la miraba sin dejar de cortar. Era don Ceferino Benítez, que tenía setenta y dos años y todavía le ganaba a los pibes de veinte. Hablaba un castellano con vuelta de guaraní, y casi siempre se reía de lo que decía.

    —¿Cómo así no?

    —Estás cortando la rama entera. Dejale el brote, vos. Si le sacás el brote, la planta no vuelve en el verano, y después el patrón te dice que la yerba se murió y vos pensás que fue el frío.

    Le mostró con dos tijeretazos secos. Cortaba hacia afuera, con la muñeca floja, y las hojas caían en un arco chico que terminaba siempre dentro del raído. Slava probó. Erró. Probó de nuevo. Algo cedió en el hombro.

    A las diez salió el sol por encima de los eucaliptos del fondo y el yerbal se puso verde de golpe, de ese verde brillante y aceitoso que no se ve en las fotos. Se sacó el abrigo. Don Ceferino le pasó el termo y la calabaza, y ella cebó un mate amargo que le quemó la lengua y le devolvió los dedos. Él tomó el suyo sin apuro y volvió a cortar.

    —Mi finado padre decía que la yerba tiene memoria —dijo—. Que se acuerda de cada mano que la tocó.

    —Eso es una mentira linda.

    —Las mentiras lindas son las que duran.

    Al mediodía el raído estaba por la mitad. Comió parada, un pan con queso que se le deshacía en las manos pegajosas de savia, y se dio cuenta de que le sonaba el estómago a la misma hora que a los demás, como si el cuerpo ya hubiera aprendido el reloj de la cuadrilla. Mauricio pasó con el suyo al hombro, enorme, y no dijo nada. Se limitó a mirar la bolsa de su hija con la cabeza un poco inclinada, como se mira un puente que otro construyó, y siguió de largo.

    Esa fue la parte más difícil. No el frío ni el dolor, sino el silencio de su padre, que no corrigió ni elogió, que dejó que ella sola se diera cuenta de cuánto faltaba.

    A la una y media se le cortó el ritmo. El brazo derecho dejó de obedecer, la tijera pesaba el doble, y durante veinte minutos cortó mal, con rabia, tirando más rama que hoja. Don Ceferino no la corrigió. Silbó, nomás, la misma polca de Mauricio, y Slava, sin darse cuenta, empezó a cortar al compás. Fue entonces cuando la bolsa empezó a llenarse en serio.

    A las tres, con los dedos acalambrados y un zumbido en los oídos, Slava empujó con la rodilla las últimas hojas hacia adentro. La arpillera abultada pesaba como un animal dormido. Intentó cargársela al hombro y la bolsa se le fue para el costado. Probó de nuevo, con las piernas abiertas, y esta vez la sostuvo.

    —Treinta y nueve kilos y medio —dijo don Ceferino, cuando ella la apoyó en la balanza del camión, y la aguja tembló, y se quedó—. Para ser el primero, no está mal.

    —Faltan quinientos gramos para cuarenta.

    —Siempre falta algo, nena.

    El camionero anotó el número con un lápiz mocho en una libreta de tapa grasienta. Slava le pidió que se lo mostrara. Treinta y nueve, cinco, escrito en una letra apretada, entre el número de su padre y el de don Ceferino, en la misma columna.

    Esa noche, en la cocina, su madre puso a hervir los varenikes de ricota. Mauricio se sentó, se sacó las botas, y sin una palabra empujó hacia ella el plato primero. Slava lo miró. Después lo aceptó con las dos manos, que seguían abiertas, y todavía olían a hoja cortada.

  • La salamandra del último coche

    Bernardo Paillalef llegó a la estación de Esquel a las ocho y media de la mañana, una hora y media antes de la salida, con la campera de abrigo que usaba cuando todavía tenía turno y un sándwich de milanesa envuelto en papel de diario. En cuarenta y un años de trabajo había hecho ese recorrido cientos de veces. Nunca lo había hecho con boleto.

    Se jubiló en el invierno de 2019. Primero fue guarda, después maquinista ayudante, y al final, cuando ya le dolían las rodillas, se ocupó de las salamandras: esas estufas de hierro, una por coche, que había que encender con leña seca antes de que subiera el primer pasajero. Conocía el tiro de cada una. La del segundo coche fumaba si el viento venía del oeste. La del último, la del coche del fondo, tenía una puerta que cerraba con un golpe seco de la palma, y él la cerraba siempre igual, sin mirar.

    Esa mañana alguien más iba a encenderla, y él iba a ser un pasajero.

    —¿Bernardo? —lo saludó el chico de la boletería—. Ya te guardé el asiento, el de la ventanilla del lado de los cerros.

    —Gracias, Dani. Pero me siento donde me toque.

    —Te toca ahí. Es el que mejor se ve la curva.

    Pagó. Sacar la billetera por algo que había sido suyo le dio una vergüenza rara, de las que no se cuentan. Dejó pasar un rato en el paseo ferroviario, mirando fotos que conocía mejor que sus propios retratos de familia, hasta que el silbato lo sacó de ahí. Suena igual que antes, un poco más fino, como si la locomotora se hubiera aclarado la garganta.

    Subió al último coche. La madera olía a lustre y a humo viejo, y la salamandra ya estaba prendida: una chica con un delantal de lana la atendía de rodillas, soplando el fuego con una pala de lata. Bernardo se quedó parado en el pasillo, con las manos en los bolsillos, mordiéndose la lengua.

    —Se le va a ahogar —dijo al final, sin querer.

    La chica levantó la cabeza.

    —¿Perdón?

    —El tiro. Le falta aire. Si le abrís dos dedos el regulador de abajo y dejás la puerta apenas entornada, tira solo.

    Ella lo miró un segundo con la pala en alto, sin saber si ofenderse. Después lo hizo. La llama se enderezó y empezó a roncar bajito.

    —Ah, mirá vos —dijo—. ¿Y usted quién es?

    —Nadie. Un pasajero.

    —Los pasajeros no saben eso.

    Se sentó en el asiento de la ventanilla, el que le había guardado Dani, y apoyó la frente en el vidrio. El tren arrancó con ese tirón que sube desde las ruedas y llega a los dientes. Afuera pasó la ciudad en retirada: techos de chapa, un perro, una camioneta detenida en el cruce con la ruta, y el conductor, que bajó el vidrio para saludar.

    Eso era lo que más extrañaba y nunca se lo había dicho a nadie: el saludo. En la ruta, los autos frenan. Los chicos se bajan y agitan los brazos. Un hombre en una camioneta toca bocina dos veces como quien saluda a un pariente que pasa. Cuarenta y un años mirando esa gente desde adentro de la locomotora, desde la plataforma del guarda, y el saludo siempre le había parecido de otro: del tren, de la máquina, de algo grande que lo contenía. No se le había ocurrido que, de alguna manera, también lo era de él.

    La señora de adelante abrió un termo. Un nene preguntó cuántas curvas tenía el camino y alguien dijo que cuarenta y nueve, y el nene las empezó a contar en voz alta, y se equivocó en la ocho, y recomenzó. Bernardo dijo, sin darse vuelta: —Cuarenta y nueve, sí. Pero la mejor es la del huevo.

    Cuando el tren entró en la curva, todos corrieron a las ventanillas del mismo lado, como si los hubieran tirado de un hilo. Los coches se doblaron hacia adentro del paisaje, la locomotora asomó adelante, chiquita y negra contra la meseta, y la columna de humo dibujó una raya limpia sobre el cordón. Hubo un coro de celulares. Bernardo no sacó el suyo. Miró.

    La chica del delantal se acercó con un jarro de chocolate caliente que nadie le había pedido.

    —Invita la casa —dijo—. Para el que sabe de tiros.

    —No me tendrías que dar nada.

    —Y usted no me tendría que haber corregido. Estamos a mano.

    Tomó el chocolate con las dos manos, como se toma lo que quema. Cuando el tren pasó por el cruce siguiente, había una mujer parada junto a la barrera, con un nene en brazos, que levantó una mano. Bernardo levantó la suya. La movió despacio, de lado a lado, como la había visto mover tantas veces desde abajo, y por primera vez el saludo llegó a donde iba.

    En el coche del fondo, la salamandra siguió prendida hasta Nahuel Pan, tirando derecho, y Bernardo no se levantó a mirarla ni una vez.

  • Zinc de Dolavon

    Aurelio Jones le sacó la tapa al termo en el estacionamiento del Salón San David, en Trelew, y se sirvió un té negro que ya estaba tibio. Eran las siete y diez de la tarde del sábado, y la sesión de las cinco y media seguía adentro: se oían, filtradas por la pared, las voces de un coro de chicos cantando en galés con la prolijidad de quien repite un camino conocido.

    Tenía sesenta y nueve años, cuarenta de plomero en Gaiman y una carpeta azul en la guantera con la fotocopia de un poema. Lo había mandado en agosto, en castellano, bajo seudónimo, para el concurso de la Corona. Las reglas decían que nadie sabía quién era quién hasta que el jurado leía el veredicto. Él había elegido «Zinc de Dolavon», porque era el nombre de la primera cosa que había arreglado solo, a los dieciséis, en el techo de la capilla.

    Su mujer, Elin, habría ido al Eisteddfod todos los años, aunque él no pisara ni la vereda. «Vos escribís mejor de lo que arreglás cañerías», le decía, y se reía sola. Murió en marzo. El poema hablaba de una canilla que gotea en una casa vacía y de la costumbre de seguir apretándola, por si acaso.

    Entró a las ocho menos diez, con la carpeta bajo el brazo, como si la hubiera traído para que alguien se la firmara. El Salón Cincuentenario olía a madera encerada y a bizcochuelo; alguien había puesto una bandeja de tortas negras en una mesa del fondo y la gente se servía con la reverencia de quien saca una hostia. Se sentó en la última fila, al lado de una señora de rulos prolijos que tejía un cuadrado de lana.

    —¿Venís por la Corona? —le preguntó ella sin levantar la vista.

    —No. Vine por el té.

    —Ah. Entonces sentate, que el té llega al final.

    Pasaron la hora siguiente entre una recitación de nenas de Dolavon y un cantante que desafinó dos veces y se disculpó las dos en galés. Aurelio se dio cuenta de que le sudaban las manos. Las secó contra el pantalón de trabajo, el único que tenía sin manchas, y pensó en irse. Pensó en Elin, que odiaba que él se fuera de las cosas antes del final.

    A las ocho en punto subió al escenario el que presidía. Dijo que el jurado había leído cuarenta y un trabajos y que el nivel había sido parejo. Aurelio contó los segundos entre las palabras. Después hubo un silencio largo, de esos que en las cañerías anuncian que va a venir el golpe de agua.

    —El seudónimo ganador —dijo el hombre del escenario— es «Zinc de Dolavon».

    No oyó los aplausos al principio. Oyó un zumbido y su propio corazón, un motorcito flojo, de bomba vieja. La señora de los rulos dejó la lana sobre las rodillas y lo miró con un solo ojo, como se mira un manómetro.

    —Ay, vos —dijo—. Levantate, que te están esperando.

    No podía. Tenía las piernas pesadas como dos baldes llenos. Pensó que era un error, que el hombre se había confundido de papel, que iban a preguntarle algo en galés y él iba a quedar en blanco. La señora lo agarró del codo con una mano que, de tanto tejer, era fuerte como una pinza.

    —Elin diría que subas.

    Se quedó mirándola.

    —¿La conocías?

    —Todos la conocíamos. Entregó el pan de la panadería de Gaiman durante veinte años. —La señora sonrió—. Subí, plomero.

    Se levantó. Caminó por el pasillo entre las sillas con el sombrero en la mano y la carpeta azul bajo el brazo, y alguien tocó una melodía lenta en un arpa que él nunca había oído. Dos personas lo esperaban al pie de las escaleras, una mujer y un chico, ambos con una espada de utilería a medio desenvainar.

    —¿Hay paz? —preguntó la mujer, en voz alta.

    La sala entera respondió al mismo tiempo, con un solo trueno bajo.

    —¡Paz!

    Un grupo de nenas bailó a su alrededor con flores de papel. Alguien le puso la corona de plata sobre la cabeza, un poco torcida, y a él le dieron ganas de arreglársela con un destornillador.

    Lo hicieron leer. Tuvo que sacar la fotocopia y, como no encontraba los anteojos, lo hizo estirando el brazo, como cuando leía las facturas. Leyó del principio, sobre la canilla, hasta el último verso, el que más le costaba, y mientras leía vio en la última fila el cuadrado de lana, a medio tejer y apoyado en la silla vacía.

    Cuando terminó, no aplaudió nadie. Esperaron un segundo entero, como se espera que se apague una llama. Después se desató todo.

    Más tarde, en el estacionamiento, con la corona en el asiento del acompañante y el termo ya sin té, Aurelio abrió la guantera para guardar la carpeta. Se acordó de apretar la canilla del patio antes de dormir, por costumbre. Esa noche, por primera vez desde marzo, la dejó correr un poco, y escuchó cómo caía el agua sobre el fondo de zinc.

  • Purpurina en el último recorrido

    A las siete y cuarto, con el asfalto de la avenida Maipú todavía devolviendo el calor del día, Raimundo Acosta le pasó el trapo al pasamanos del interno 27 por última vez. Sacó una tapita de gaseosa de abajo de un asiento, acomodó el espejo que nadie más tocaba y apoyó las manos en el volante, justo donde el plástico estaba gastado, a las diez y diez. Cuarenta y un años manejando colectivos en Corrientes. Esa noche terminaba.

    En la cochera le habían dejado una torta con una sola vela y una tarjeta firmada por todos los choferes. El jefe de tráfico le palmeó la espalda.

    —Hacé el recorrido tranquilo, Raimundo. Y a las diez en punto me traés el coche.

    —Siempre lo traje.

    Era verdad. En cuatro décadas no se había salido de la línea ni una cuadra, ni por una lluvia de esas que inundan las calles, ni por un pasajero que lo llamaba desde la otra vereda. Lo apodaban «el reloj», y él no lo tomaba como un chiste. Nilda lo esperaba con un sándwich de milanesa y la tele prendida en el canal de chamamé. Ese era todo el plan.

    Salió de la cabecera con el coche casi vacío. Era sábado de carnaval, y a esa hora la ciudad se partía en dos: los que ya iban rumbo al corsódromo y los que se quedaban en la vereda con el tereré y la radio a todo volumen. Por el espejo vio pasar a un pibe con la cara pintada de verde en una moto. Más adelante, dos mujeres de ojotas llevaban en brazos un tocado de plumas rojas, grande como una rueda de bicicleta, con el cuidado de quien carga a un bebé dormido.

    Pasó la plaza y entonces los vio. Estaban en la parada de la esquina, bajo un farol que recién se prendía: cuarenta, cincuenta personas con las lentejuelas puestas, los zapatos de baile en la mano y las pantorrillas manchadas de purpurina. Al lado, un camión chico con el capot levantado y echando humo.

    Un muchacho flaco, de buzo de la comparsa y auricular colgando, cruzó la avenida corriendo con los brazos en alto, como si quisiera parar un tren.

    —¡Don! ¡Don, pare, por favor!

    Raimundo frenó. Abrió la puerta delantera por puro reflejo.

    —Este no va al corsódromo —dijo—. Este hace el recorrido del barrio.

    —Se nos fundió el camión. Tenemos que estar a las diez en la concentración y todavía hay que ensayar la entrada. Si no llegamos, nos pierden el lugar. —El muchacho tragó saliva—. Me dijeron que usted es el que no falla.

    Raimundo miró el reloj del tablero: ocho y diez. Pensó en la línea, que tenía en la cabeza como el dibujo de su propia palma. Pensó en el jefe. Pensó en Nilda, que a las diez ya habría guardado el sándwich en la heladera.

    —No puedo salirme de la línea —dijo.

    —Entiendo.

    Nadie insistió. Era lo peor: nadie insistió. En la vereda, una nena de unos nueve años, con un casco de plumas amarillas que la hacía tambalear, lo miraba sin pedirle nada, como se mira un semáforo.

    Raimundo se rascó la nuca. Después apretó el botón de la puerta de atrás.

    —Suban de a poco —dijo—. Y las plumas para arriba, que no me tapen el espejo.

    Subieron de a poco y después todos juntos. Entraron los bombos, las tamboras, un chico con una carroza de cartón a la espalda, una abuela con una bolsa de broches y agujas por si algo se descosía en el camino. El interno 27 se llenó de olor a pegamento, a talco, a perfume dulce, a sudor tibio. Alguien empezó a golpear un repique contra el vidrio de la ventanilla, y otro lo siguió, y otro más. Raimundo apagó la radio. No hizo falta.

    Se salió de la línea en la esquina de la plaza, y sintió un vacío en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Dobló donde nunca había doblado. Por el espejo grande, la nena del casco amarillo le sonrió con dos dientes de menos. Atrás cantaban el tema de la comparsa a los gritos, y las lentejuelas rebotaban contra los caños.

    Llegaron a las nueve y cuarto. Desde el acceso se veía el resplandor del corsódromo, y se oía, todavía lejos, una batería que arrancaba y le pegaba en el pecho a cualquiera que estuviera cerca. Bajaron como salen los pájaros de una jaula. El muchacho flaco le apretó la mano con las dos manos.

    —¿Cómo se llama, don?

    —Raimundo.

    —Raimundo, nos salvó la noche.

    —Yo manejé, nomás.

    Cuando ya se habían ido todos, la nena volvió corriendo, se sacó una pluma amarilla del casco, la más chica, y se la clavó en el limpiaparabrisas.

    —Para que no se olvide —dijo, y salió disparando.

    Raimundo se quedó parado en el estribo un rato largo. Desde ahí, por encima de las cabezas, alcanzó a ver la primera carroza de la noche, toda iluminada, empezando a moverse, y las tamboras que subían como una ola. Nunca había visto un desfile. Vio unos minutos. Le alcanzaron.

    A las diez y diez metió el coche en la cochera, vacío, con la pluma amarilla temblando en el parabrisas. El jefe lo esperaba en el portón, mirando el reloj.

    —Tarde, Raimundo. Diez minutos. Por primera vez en cuarenta y un años.

    —Diez minutos —admitió él.

    —No importa. —El jefe sonrió—. Dejá, que mañana lo limpia el turno de la mañana.

    Raimundo subió por última vez a apagar las luces interiores. Había purpurina en el piso, en los asientos, en los caños, un polvo finito que brillaba bajo el plafón y hacía parecer que el pasillo seguía en movimiento. Apagó el motor. Se fue sin barrer, y el interno 27 quedó brillando solo en la cochera oscura.