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  • Dos letras en el durmiente

    A las nueve y diez, con la escarcha todavía crujiendo sobre los durmientes de la Estación del Fin del Mundo, Elsa Cárcamo se acomodó el silbato en el cordón y repasó la lista de pasajeros con el dedo, aunque ya la sabía de memoria. Era martes de abril. Las lengas del valle habían virado al rojo y los micros de las excursiones llegaban casi vacíos.

    —¿Última vez, Elsa? —le preguntó Joaquín, el pibe nuevo, que llevaba el chaleco de guarda un número más grande.

    —Última vez. Me jubilo el viernes. Hoy hago el viaje completo y listo.

    —¿Y no te da cosa?

    —Me da frío. Cosa me va a dar después.

    No le contó lo otro. Treinta y un años de guarda en el tren, y en todo ese tiempo nunca había bajado a buscar lo único que le había pedido su abuelo Telmo antes de morir.

    Telmo Cárcamo había llegado a Ushuaia en los años treinta, cuando el tren todavía era el de los presos y él era un muchacho de Chiloé que cortaba leña por jornal. Contaba que en el tramo de la Cañadón del Toro, después del Puente Quemado, había marcado sus iniciales con un hierro caliente en un durmiente de lenga que le tocó cambiar. «T.C. Para que algún día pase alguien y sepa que ahí hubo uno que laburó», decía, y se reía, porque sabía que nadie iba a pasar. El tren de los presos se cerró en 1952. El actual corre por el mismo trazado pero con otra trocha, más angosta, y la mitad de los rieles originales se pudrió en el barro.

    La locomotora silbó. Elsa subió al último coche y cerró la puerta con el pie.

    El viaje empezó como siempre: el traqueteo parejo, el olor a carbón y a café de termo, los turistas pegados a las ventanillas mientras el tren se metía en el cañadón. Cruzaron el Pipo por el Puente Quemado. Elsa fue pasando coche por coche, repitiendo lo que había repetido miles de veces: que acá los presos cortaban leña, que el frío no perdonaba, que la parada en Macarena era de quince minutos y que ella avisaba con el silbato.

    En el segundo coche, una mujer mayor con un gorro de lana tejido le agarró la manga.

    —Disculpe. ¿Usted es de acá?

    —De acá, sí.

    —Yo vine por mi marido. Siempre quiso hacer este viaje. —Le mostró el celular con una foto: un hombre flaco, sonriente, con las manos llenas de grasa—. Era maquinista en Río Gallegos. Me dijo: «Andá vos, y fijate cómo suena el silbato». Qué raro, ¿no? Un viaje entero por un silbato.

    Elsa miró la foto un rato.

    —No es raro —dijo—. Mire, cuando lleguemos a la parada, yo lo toco más largo.

    Llegaron a Macarena. Los pasajeros bajaron al mirador, al ruido de la cascada, a las fotos del asentamiento yámana. Elsa se quedó en el andén contando cabezas hasta que vio que Joaquín tenía todo bajo control. Entonces miró el reloj, quince minutos, y bajó por el sendero que bordea el río, el que nadie transita porque no tiene cartel.

    El barro estaba helado. Caminó con las botas resbalando entre raíces y troncos caídos, hasta una curva donde el Pipo se abría en un remanso. Ahí, medio tapados por el musgo, asomaban unos durmientes viejos, negros, deshechos como pan mojado. Se agachó y fue rascando con la uña, uno por uno, mientras el reloj corría.

    Al quinto, bajo una costra verde, encontró una marca quemada, profunda, con bordes redondeados por setenta años de humedad. Dos letras. Una T, una C.

    Se quedó con la mano apoyada encima, sin hacer nada. El agua pasaba despacio. Un chucao cantó en algún lado, ese canto que parece una burbuja que explota. Pensó en el abuelo con el hierro al rojo, en el olor a madera quemada, en el cuento que ella siempre tomó por una broma.

    —Acá estuvo uno que laburó —dijo en voz alta, y le salió una voz rara, finita.

    Sacó el celular, sacó una foto, y se dio cuenta de que le temblaban los dedos. Le quedaban cuatro minutos.

    Volvió trepando, enchastrada hasta las rodillas. En el andén, Joaquín la miró con la boca abierta.

    —Elsa, te falta poco, ¿dónde estabas?

    —Haciendo un trámite.

    Los pasajeros fueron subiendo. La mujer del gorro de lana se sentó junto a la ventanilla, con el celular apoyado en las rodillas, mirando para adelante. Elsa esperó a que subiera el último, un nene con el casco de bombero de plástico, y entonces se llevó el silbato a la boca.

    Sopló largo, mucho más largo que los otros treinta y un años. El sonido rebotó en las paredes de el cañadón, subió por la cascada, cruzó el valle y volvió, flaco y limpio, desde algún lugar donde alguien con un hierro al rojo había dejado dos letras en la madera.

    En el segundo coche, la mujer del gorro cerró los ojos.

    Elsa subió y le hizo una seña al maquinista. El tren arrancó despacio, con el vapor pegado al suelo, y ella se quedó en la plataforma de atrás, con el frío en la cara, mirando cómo el río se achicaba entre los árboles rojos hasta que ya no se veía.

  • Mbokás hasta las tres

    —Dos mbokás, Chela. Y que tengan queso hasta la punta.

    El que pedía era el sereno del estacionamiento, y Chela Barrios ya tenía el palito en la mano antes de que terminara la frase. Desde que los carritos dejaron la Costanera y se mudaron al Paseo Iberá, abajo del puente Belgrano, le habían quedado pocas costumbres, pero esa era una: la gente pedía los mbokás como se pide la hora, sin mirarla.

    Enrolló la masa de almidón de mandioca alrededor del palo, la apretó con la palma hasta que quedó parejita, y la apoyó sobre las brasas. Era sábado de fin de semana largo, catorce de febrero, y desde las ocho había fila. El calor húmedo no aflojaba ni de noche. Arriba, en el puente, los camiones pasaban despacio y hacían vibrar la chapa del techo del carrito.

    A la una menos diez le dolían los brazos y el pelo le olía a humo. El celular, apoyado contra el frasco de mostaza, vibró con un mensaje de su sobrina Yanina: «Salimos a las 3 y 10. Tía, te dejé la entrada en lo de mamá. Si no venís esta vez me enojo en serio.»

    Chela leyó el mensaje y dio vuelta el celular contra la mesada.

    Veintidós años de carnaval en Corrientes, y nunca había visto desfilar a nadie de su familia. Las noches de corsódromo eran las mejores del año: los comparseros salían con hambre, los turistas con ganas de probar «lo típico», y ella vendía hasta que se le acababa la mandioca. Con esas noches pagaba la garrafa de todo el invierno. Con esas noches había pagado, también, el curso de baile de Yanina cuando tenía nueve años y ensayaba en el patio con un cinturón de cascabeles de la feria.

    —¿Y esa cara? —dijo Atilio desde el carrito de al lado, dando vuelta una hamburguesa—. Mirás el reloj como si te debiera plata.

    —Mi sobrina sale en Sapucay a las tres y diez.

    —Andá.

    —¿Y quién me atiende esto?

    —Yo no, que ya tengo lo mío. Pero andá igual.

    —No se puede, Atilio. Es la mejor noche.

    —Es la mejor noche, sí —dijo él, sin darse vuelta—. Y la hija de tu hermana sale una vez por año.

    Chela no contestó. Atendió a una pareja de Resistencia que había cruzado el puente a propósito, a una señora con tres nenes disfrazados, a dos chicos de una batería que todavía tenían la remera de ensayo y le pidieron seis mbokás para repartir. Hacia las dos, la fila se afinó. A las dos y cuarto ya no quedaba nadie, solo un perro flaco sentado a la distancia justa de las brasas.

    Y entonces, de golpe, llegaron los otros.

    Eran como veinte, de entre dieciséis y veinte años, con remeras de comparsa, los ojos pintados de brillo corrido y los pies hinchados. Habían terminado su desfile y esperaban el micro que los llevaba de vuelta, y el olor a brasa los trajo hasta el carrito.

    —Señora, ¿le queda?

    Le quedaba masa para cuarenta. Chela miró el reloj. Eran las dos y veinte. El corsódromo no quedaba a la vuelta, y esa noche había tránsito.

    —Les queda —dijo—. Siéntense, que se les enfrían los pies.

    Los mbokás empezaron a salir de a cuatro, de a seis. Alguien trajo una caja de gaseosas de lo de Atilio, que ya no hacía hamburguesas y atendía de brazos cruzados, mirándola. Los chicos comían parados, de a mordiscos grandes, con el queso estirándose entre el palo y la boca. Uno se quemó la lengua y se rió. Otra, la más chiquita, se sacó una sandalia y puso el pie arriba de un banco, sin vergüenza.

    A las dos y cuarenta se fue el último. Chela miró la mesada vacía, las brasas bajas, la plata mezclada en la lata de galletitas. Había vendido en veinte minutos lo que otras noches le llevaba una hora.

    —Andá —dijo Atilio, ya con la mano levantada hacia un remís que había parado sin que ella lo viera—. Yo cierro lo tuyo. Dejame la lata, te la guardo.

    —No te puedo…

    —Chela.

    Se sacó el delantal. Se lavó las manos con agua de la botella, se las secó en el pantalón, agarró la bolsa con los últimos tres mbokás que había dejado aparte, envueltos en papel, y se subió al auto con el pelo hecho un desastre y las zapatillas con ceniza.

    Llegó a la grada a las tres y cinco. Su cuñada le había dejado la entrada con una vecina, que le hizo lugar en el segundo escalón sin preguntar nada. Desde ahí se veía la pasarela larga, brillante de luces, y al fondo la masa oscura de la comparsa que esperaba. Se oyó la batería antes de verla, un trueno grave que le subió por las piernas hasta el pecho.

    Y salieron.

    Primero las banderas, después los tambores, después las alas gigantes con plumas azules y plateadas. Chela los buscó entre cientos de caras maquilladas hasta que la vio: Yanina, tercera fila, con un traje que pesaba más que ella, con la sonrisa de las nenas que ensayan en un patio. Pasó a diez metros. Miraba hacia las gradas con la cara de quien busca un número de colectivo.

    Chela se paró. No sabía qué hacer con las manos, que todavía olían a mandioca y brasa. Agarró uno de los palitos vacíos de la bolsa, sin pensarlo, y lo levantó bien alto, como una bandera chiquita.

    Yanina la vio. El brillo de los ojos se le corrió de golpe, la sonrisa se le rompió en risa, y sin dejar de bailar levantó una mano con los dedos abiertos.

    Chela agitó el palito hasta que la comparsa dobló la curva y la noche se la llevó, y siguió agitándolo un rato más, por las dudas, con el olor a mboká en las manos.

  • El zócalo de Cacho

    Beti Sandoval abrió el galponcito del fondo a las seis y diez, con el frío de la madrugada todavía pegado a la chapa. Olía a aguarrás, a portland viejo, a yerba húmeda. Desde la calle llegó el 35/9 haciendo temblar el vidrio de la ventana, y ella pensó lo mismo que pensaba todos los sábados de clásico: ya empezaron.

    El tapial del frente tenía las franjas de amarillo y azul levantadas en tiras, como piel después de una insolación. Cacho las había pintado cada año, la semana del partido, durante treinta y un años, con rodillo largo y la radio prendida. Este año no había pintado nada, porque en julio se había muerto de un día para el otro, entre un mate y otro, y Beti había dejado pasar el invierno y media primavera mirando la pared como quien mira una boleta que no quiere pagar.

    Ella era de Newell’s. Lo sabía todo Arroyito y lo había sabido Cacho desde el día del casamiento. A pocas cuadras del Gigante era una rareza que el barrio le perdonaba porque ella alquilaba el patio para dejar los autos en días de partido, a catorce autos por vez, ni uno más, y porque nunca había hecho un chiste de más. Los hinchas locales llegaban por Cordiviola y a la altura de su portón se fijaban siempre en lo mismo: la pared. «La de Cacho», decían. «Ahí se estaciona bien.»

    A las siete y media, con una lata de azul en cada mano, se le plantó adelante Joaquín, el nieto de los Ferreyra, catorce años, auriculares colgando del cuello.

    —¿Vos vas a pintar las franjas, Beti? ¿Vos?

    —Pintar es pintar. Sostenme la escalera.

    —Si querés te ayudo. Pero yo no sé de Central, eh. Soy de Boca.

    —Mejor. Así no te emocionás y pasás la cinta derecho.

    Trabajaron toda la mañana. Joaquín pegaba la cinta de enmascarar con la lengua afuera, ella pasaba el rodillo, y entre franja y franja el sol iba subiendo por la vereda y le calentaba la nuca. El amarillo tapaba bien. El azul se chupaba a la pared y pedía dos manos. A las diez ya tenían seis franjas, y la pared empezaba a parecerse a la que había sido.

    —Falta el zócalo —dijo Joaquín, y señaló con la barbilla la base del tapial, una faja de veinte centímetros descascarada hasta el ladrillo—. Ese es negro, ¿no? Siempre fue negro.

    Beti se quedó con el rodillo en el aire.

    Siempre había sido negro. Treinta y un años. Cacho decía que era por el barro de la calle, para que no se notara cuando llovía, y ella nunca había preguntado nada porque era una explicación razonable y porque en esa casa no se preguntaba lo que no hacía falta.

    —Buscame el negro en el galpón —dijo—. Estante de arriba, atrás de las bolsas.

    Joaquín volvió con una lata chica de esmalte sintético y una brocha envuelta en una bolsa de nailon. En la tapa, pegado con cinta de enmascarar ya amarillenta, había un cartelito con la letra de calle de Cacho, la de las facturas y los presupuestos:

    «Negro. Para abajo. Que haya algo tuyo sosteniendo lo mío.»

    Joaquín leyó por arriba del hombro y no dijo nada, cosa que Beti le agradeció más que cualquier frase. Se sentó en el cordón con la lata sobre las rodillas. Pasaron dos nenes en bicicleta, uno con la camiseta canalla, y la miraron como se mira a una señora que llora en la vereda un sábado a las diez de la mañana, es decir, rápido y con respeto.

    —Treinta y un años —dijo ella al rato—. Treinta y un años pintó mi color abajo de su pared y no abrió la boca.

    —Capaz que era de esos que lo dicen así —dijo Joaquín—. Con pintura.

    —Era de esos, sí.

    Se limpió la cara con el dorso del guante y se puso de rodillas frente a la base del tapial. Lijó la faja con un cacho de lija que encontró en el bolsillo del delantal, sacó el polvo con la mano, abrió la lata. El esmalte tenía una nata finita arriba, que Joaquín ayudó a sacar con un palito de helado. Pintó despacio, brochazo a brochazo, de la esquina del portón hasta el final de la medianera, sin salirse de la cinta, con la cuadra entera zumbando de bocinas y cantitos de ensayo.

    A las doce menos diez llegó el primer auto, una Partner gris con un hombre de Funes y dos hijos con la camiseta puesta desde el desayuno. Bajó la ventanilla, miró la pared y levantó el pulgar.

    —Qué linda quedó la de Cacho, ¿eh? Mejor que el año pasado.

    —Está firme —dijo Beti, y se sacó el pañuelo de la cabeza—. Tiene buen cimiento. Pasá, que hay lugar.

    El hombre entró marcha atrás por el portón. Joaquín guardó la cinta, los pinceles y la lata vacía, y se fue a su casa a comer sin despedirse, como hacen los chicos cuando entienden algo. Beti se quedó un rato en la vereda con las manos manchadas.

    Del amarillo para arriba el sol pegaba parejo. Abajo, a ras del piso, la franja negra todavía brillaba húmeda, bien pegada a la tierra, de las que no se despintan con la lluvia.

  • Puente Pexoa, lado B

    A las once y cuarenta de la noche del 18 de septiembre, Nélida Ayala acomodó el micrófono a la altura de la boca y apoyó sobre la consola el disco que había traído en una bolsa de supermercado. Era un long play sin tapa, con el borde comido por la humedad y una etiqueta donde alguien había escrito con birome: «Pexoa, lado B».

    —Tenés veinte minutos de aire libre —dijo Rubén, el operador, sin sacar los ojos del celular—. Después viene el programa de las doce.

    —Con diez me alcanza.

    La radio ocupaba el primer piso de un edificio de la calle Junín, encima de una casa de repuestos. De día se oían las motos; de noche, el ventilador de la consola y el zumbido de un tubo fluorescente que nadie arreglaba. Nélida hacía la madrugada desde hacía cuarenta y tres años, con una pausa de seis por una operación de cadera, y esa semana le habían avisado que el programa terminaba en diciembre. Nadie se lo dijo mal. Fue el gerente, con un café en la mano, hablando de «renovar la grilla».

    Pero esa noche no pensaba en diciembre. Pensaba en un llamado de 1988.

    Entró un martes, a las tres y diez de la mañana, cuando todavía se atendía el teléfono con auricular de plástico beige. Un hombre con voz de ruta, de esas que traen el motor adentro, pidió «Puente Pexoa» para su señora, que estaba en Itá Ibaté esperándolo. Dijo que llegaba a la mañana con una carga de arroz y que quería que ella lo escuchara con el mate. Nélida buscó el disco en el estante y encontró la púa saltando en el segundo surco. Se pidió disculpas al aire, puso otro tema, y el hombre nunca volvió a llamar.

    Treinta y ocho años después, la voz seguía en la memoria con una precisión incómoda. Sabía que el hombre había tosido antes de decir «señora». Sabía que, detrás, se oía un camión que arrancaba.

    El disco nuevo lo había conseguido el sábado, en una feria de la plaza Vera, de un puestero que vendía casetes de cumbia y cables sueltos. Lo pagó cuatrocientos pesos sin regatear. En el micro de vuelta lo llevó sobre las rodillas, con las dos manos.

    A las doce menos cinco, bajó la persiana del estudio a medias, como hacía siempre, para que la calle no entrara en la voz. Por el vidrio se veía la esquina de Junín y el semáforo en amarillo intermitente. Más allá, hacia el lado de la plazoleta Cocomarola, había luces y un rumor de parlantes. Esa noche empezaba el Día del Chamamé, y a las doce en punto, como todos los años, iban a tocar «Kilómetro 11» para el Taita.

    —Rubén, abrime el micrófono.

    —Faltan cuatro minutos para el programa.

    —Abrime.

    Dijo buenas noches. Dijo que esa era una noche de chamamé, que lo sabían todos los que tenían un parlante cerca. Dijo que tenía una deuda vieja con un oyente de ruta.

    —Una vez, hace mucho, un camionero me pidió «Puente Pexoa» para su mujer. Yo no pude pasársela porque el disco estaba rayado. Esta noche, si usted está escuchando, o si alguien lo conoce, va para él. Y para ella.

    Bajó la púa. El surco crujió un segundo y enseguida entró el acordeón, con esa manera de abrirse paso despacio, como quien cruza un puente de madera probando cada tabla. Nélida cerró los ojos. Pensó en el arroz, en el camión, en las manos del hombre sobre el volante. Pensó que a lo mejor había muerto, que a lo mejor la señora también, y que igual el tema ya estaba saliendo.

    A los dos minutos se prendió la luz roja del teléfono.

    —Atendé vos —dijo ella, con la voz rara.

    Rubén atendió. Escuchó, frunció la cara, y le pasó el auricular sin decir nada.

    —¿Doña Nélida? —Era una voz de mujer, joven, con un fondo de música y vasos—. Mi abuelo se llamaba Honorio Cardozo. Hizo ruta toda la vida para una cooperativa arrocera. Falleció hace once años. Mi abuela está acá al lado mío, en la plaza, y dice que se acuerda del llamado.

    Nélida se agarró del borde de la consola.

    —¿Se acuerda?

    —Dice que esa mañana el abuelo llegó con las manos vacías de música y le dijo que había pedido un tema por la radio y que no lo habían pasado. Que se enojó con usted una semana. Y que después se le pasó, porque usted se disculpó al aire.

    —Yo me disculpé al aire —repitió Nélida, y le dio risa y algo más.

    —Dice que la oyó. Dice que lo oyó a él oírla.

    Del otro lado del teléfono, entre vasos y parlantes, se escuchó una voz vieja, mucho más baja, que dijo algo en guaraní. La nieta se rió.

    —Dice que ahora le debe un mate.

    El acordeón llegaba a la parte más abierta del tema. Por el vidrio, a media cuadra, estalló un aplauso grande: en la plazoleta acababa de sonar «Kilómetro 11», y dos mil personas lo cantaban con una desafinación feliz. Nélida bajó el volumen de la consola, sacó la cabeza por la persiana y dejó que las dos músicas se mezclaran en la noche húmeda, la de su disco rayado y la de la calle.

    —Rubén —dijo, sin darse vuelta.

    —Qué.

    —Anotá el teléfono de la nieta. En diciembre me voy a tomar un mate.

    Esperó a que terminara el lado B hasta el último compás. Después apagó el micrófono, levantó la púa con cuidado y guardó el disco en la bolsa del supermercado, como se guarda algo que ya no hace falta cuidar tanto.

  • El cepillo de Walter

    Hilda Brunner encontró el cepillo de carpintero en el fondo del galpón, envuelto en un trapo de piso que se deshizo en sus dedos como un papel mojado. Era un cepillo de madera de lapacho, con la suela gastada y una inicial grabada a fuego en la cabeza: una R, de trazo prolijo.

    —Esa R no es de Walter —dijo en voz alta, y la voz le rebotó contra la chapa—. Walter era W.

    Se sentó en el banquito de las semillas con el cepillo sobre las rodillas. Afuera, en Esperanza, ya se oían los parlantes probando sonido para el desfile de las colectividades. Era sábado, la mañana en que la Plaza San Martín se llena de banderas, de olor a strudel y a salchicha parrillera, y de abuelos con la camisa mejor planchada.

    Hilda lo supo de golpe, como se sabe un nombre que estaba en la punta de la lengua. En el invierno de 1986, su marido había vuelto de la carpintería de los Rey con ese cepillo debajo del brazo. «Me lo prestó Armand, para terminar la mesa del comedor», había dicho. Después vino la mesa, y después vino la pelea. Ninguna de las dos familias se acordaba bien de qué había sido. Algo con una medianera, con un reclamo de plata, con una frase dicha en alemán que alguien entendió en francés. Walter murió hace nueve años sin devolver el cepillo, y Armand Rey nunca lo reclamó.

    Cruzar la calle ancha, en Esperanza, es una costumbre más que un acto. Los fundadores la trazaron a mediados del siglo XIX como una franja que separaba a los colonos de lengua francesa, al este, de los de lengua alemana, al oeste. Hoy es la plaza, con su monumento a la agricultura en el medio y los bancos a la sombra de los árboles. Hilda había nacido del lado oeste, y en ochenta años había cruzado esa plaza miles de veces. Pero nunca con un cepillo ajeno en la cartera.

    Lo envolvió en un repasador limpio y salió.

    En la plaza, la gente armaba los puestos por colectividad: los suizos con sus manteles a cuadros, los italianos con las ollas enormes, los franceses con una mesa larga de quesos y panes. Hilda buscó entre las sillas hasta ver a Armand Rey, sentado en un banco al lado del mástil, con un pañuelo de seda en el cuello y un bastón apoyado en la rodilla. Había encogido. Ella también.

    —Armand.

    Él levantó la cabeza despacio. Los ojos seguían claros, de un celeste de lavandería.

    —Hilda Brunner —dijo, y la pronunció a la francesa, con la r arrastrada—. Cuánto tiempo.

    —Treinta y ocho años —dijo ella—. Ahora que lo pienso, justo.

    Sacó el cepillo del repasador y se lo puso sobre las piernas. Armand lo miró un rato largo sin tocarlo. Después pasó el pulgar por la R.

    —Pensé que se había perdido en la mudanza del taller.

    —Estaba en el galpón de mi marido. Perdón. No lo devolvió.

    —No. —Él sonrió de costado—. Walter era capaz de tener algo prestado treinta años solo para no darme la razón.

    —Y vos de no reclamarlo para no dársela a él.

    Se quedaron callados. Del otro lado de la plaza, un chico probaba una trompeta y erraba siempre la misma nota. Armand levantó el cepillo hasta la altura de los ojos y entornó uno, como se hace con una tabla para ver si viene derecha.

    —¿Sabés para qué lo necesito justo hoy? —dijo.

    Y le contó. El mástil donde cada año se izaba la bandera de los franceses estaba mal de la base: la humedad había hinchado la madera y ya no entraba en el soporte de hierro que la municipalidad había puesto en la plaza. Hacía dos horas que los nietos de Armand lo golpeaban con una maza y nada. La bandera iba a quedar acostada sobre una mesa, y él, a los ochenta y dos años, iba a ver el desfile con el bastón y sin su bandera.

    —Tenés doscientas herramientas en el taller —dijo Hilda.

    —Todas con una mano de más. Ese cepillo lo afilé yo hace cuarenta años. Está en la hoja, hay que sentirlo.

    Hilda lo miró. Después miró el mástil, tirado sobre dos caballetes, con tres muchachos alrededor. Se arremangó la manga del vestido.

    —Mostrame cómo.

    No fue elegante. Armand no podía agacharse, así que Hilda se arrodilló en el pasto y apoyó el mástil sobre sus muslos. Él le dirigía el movimiento desde el banco: «Más largo. Sin apurarte. Dejá que la madera te diga». El primer pasaje salió trabado. En el segundo, la hoja agarró y de la boca del cepillo empezó a salir una cinta fina, dorada, que se enroscaba sobre el pasto con olor a resina dulce. Hilda sintió que algo en el pecho se le aflojaba también, el mismo nudo que Walter había anudado y ella había heredado sin querer.

    Los muchachos callaron. Una mujer de la mesa de los alemanes se acercó con un pañuelo y se quedó parada, sin saber si interrumpir.

    Al cuarto pasaje, el mástil entró en el soporte con un ruido seco, bien encajado, y ni siquiera hizo falta la maza. Los nietos lo levantaron entre aplausos desparejos. Subió la bandera, la brisa la abrió, y quedó flameando frente a la plaza, a veinte metros de la mesa de los suizos y a cuarenta de la casa donde Hilda había vivido toda su vida.

    Armand le extendió el cepillo.

    —Quedátelo.

    —Es tuyo.

    —Entonces te lo presto —dijo él—. Para que me lo devuelvas.

    —¿Cuándo?

    —El año que viene. En la plaza. A esta hora.

    Hilda guardó el cepillo en el repasador. Se sacudió las rodillas, y en el pasto quedó la viruta, una cinta rubia que el viento levantó, la llevó un poco hacia el oeste y la dejó caer en el medio de la calle ancha.

  • La olla del mojón

    Don Cecilio Tolaba se había torcido la rodilla bajando del colectivo, y por eso fue Nahuel el que subió al cerro con la pala al hombro. Era el sábado anterior al carnaval. En Humahuaca el aire olía a albahaca recién cortada, y desde las casas bajas del barrio Calvario se oía el ensayo de una caja, siempre el mismo golpe, como alguien que busca la puerta en la oscuridad.

    —Vas a ir callado —le había dicho el abuelo desde la cama, con la pierna sobre dos almohadas—. En el mojón no se habla hasta que sale la olla. Después hacés lo que te digan los grandes.

    —¿Y si no la encuentro?

    —La enterré yo hace un año, a tres palmos y medio. Vas a encontrarla.

    Subieron veintitrés personas de la comparsa Flor de Cardón, con los trajes de diablo envueltos en bolsas de arpillera, los músicos con los erkenchos y los bombos colgados a la espalda, y una señora con una damajuana de chicha que cargaba como si fuera un bebé. Nadie hablaba. Se oían las zapatillas contra las piedras sueltas y la respiración de los más viejos. Arriba, en un recodo detrás de un cardón, estaba el mojón: un montoncito de piedras planas, con una cruz de ramitas atada con lana roja que el sol del año entero había dejado casi blanca.

    Nahuel sacó las piedras una por una y las fue apilando a un costado. Después clavó la pala. La tierra estaba seca arriba y húmeda abajo, con olor a lluvia vieja. A la altura del primer palmo apareció una hoja de coca aplastada. A los dos, un pedazo de serpentina descolorida. A los tres, la pala hizo un ruido hueco, de cerámica, y todos los que estaban mirando respiraron al mismo tiempo.

    Pero el ruido no era el de una olla entera. Nahuel se agachó, apartó la tierra con las manos y vio la boca de barro partida en dos, y un hilo de raíz fino, pálido, que había entrado por la grieta y se había enroscado adentro como una mano cerrada. Sacó los pedazos con cuidado. Adentro estaba el Pujllay.

    O lo que quedaba. El muñeco, que don Cecilio cosía cada año con retazos de tela, tenía la cara comida por la humedad y un brazo suelto. El gorro de lana había desaparecido. Solo la cola puntiaguda, roja, seguía entera.

    Alguien murmuró algo. Una mujer se tapó la boca. El que tocaba el bombo bajó los ojos como si se hubiera equivocado él. Nahuel sostenía el muñeco con las dos manos, y le temblaba el codo. Quería decir que no había sido su culpa, pero tenía prohibido hablar, y además era verdad que nadie lo había acusado.

    Fue doña Eulogia, la más vieja, la que rompió la regla. Se acercó apoyada en un palo de tuna y miró el muñeco un rato largo.

    —Mal año para la olla —dijo—. Pero la tierra lo guardó. Fijate: está todo.

    —Está roto —dijo Nahuel, y la voz le salió finita.

    —Está todo —repitió ella—. El Pujllay no es la tela. Es lo que se desentierra.

    Entonces la señora de la damajuana destapó la chicha y empezó la corpachada. Nahuel hizo lo que había visto hacer toda la vida desde abajo, mirando entre las piernas de los mayores: vertió un poco de chicha en el hoyo, la boca de la Pachamama, y tiró adentro cigarrillos, hojas de coca, un puñado de papel picado. Cada uno fue pasando. Algunos dejaron una moneda. Un hombre dejó una foto chiquita y no dijo de quién.

    Mientras tanto los diablos se vestían contra el viento, ayudándose con las máscaras, con los cascabeles y las cintas. Alguien prendió un churqui, y el cardón seco ardió con un resplandor rojo sobre las caras. Nahuel miró el muñeco, miró la cola entera, y de pronto se sacó el pañuelo de la cabeza, un pañuelo verde que le había regalado el abuelo para el Día del Niño.

    —¿Puedo? —preguntó.

    Doña Eulogia asintió. Entre dos mujeres le ataron el brazo suelto con un hilo de la lana roja del mojón, y Nahuel envolvió con el pañuelo lo que había sido la cabeza del muñeco, anudándolo atrás, apretado. No quedó lindo. Quedó un Pujllay con turbante, tuerto de tierra, con un brazo atado como un herido. Pero se sostenía.

    Explotó el primer petardo, abajo, en el pueblo. Después el segundo. Los diablos se pusieron en fila. Con el tercero, la montaña entera pareció respirar hacia adentro, y los bombos arrancaron a la vez, con ese golpe que a Nahuel le entraba por los zapatos y le subía hasta los dientes. Lo levantaron en alto, al muñeco, entre aplausos secos, y empezaron a bajar.

    Abajo, en la plaza, la gente esperaba con talco en las manos. Nahuel iba al frente de la comparsa, cargando el Pujllay sobre la cabeza, y sentía en los hombros el peso de nada, de un poco de tela mojada, de una cosa que dos horas antes parecía una desgracia. La harina le pegó en la cara. Alguien le gritó su nombre y él no se dio vuelta.

    Esa noche, cuando entró a la casa con los cascabeles todavía sonando en los bolsillos, don Cecilio lo esperaba sentado en la cama, con el termo y la pierna en alto. Miró primero las manos de su nieto, llenas de tierra, y después el muñeco con el pañuelo verde.

    —¿Sin gorro? —preguntó.

    —Se lo comió la tierra.

    El abuelo estiró los dedos, lo agarró por la cola y lo dio vuelta, despacio, como se da vuelta un pan.

    —El año que viene —dijo— lo vas a coser vos.

  • Zapatos blancos para Rosalía

    Eusebia Corbalán contó los billetes sobre el cajón de la pieza, a la luz de la ventana, y los volvió a contar. Cuatro mil trescientos. Afuera, entre las casas de chapa de la colonia del ingenio La Florida, ya se oían los camiones de la última semana de zafra, y el humo de la maloja quemada bajaba del cañaveral y se metía por las rendijas con olor a azúcar quemada.

    —¿Alcanza, mamá? —preguntó Rosalía, que tenía nueve años y estaba sentada en la cama con los pies colgando.

    —Alcanza para el pasaje y para lo que prometí.

    Lo que había prometido era un par de zapatos blancos. En marzo, antes de salir de Pellegrini, en Santiago del Estero, Rosalía le había mostrado a la madre una estampita de la Virgen del Valle y había dicho que para la primera comunión, en diciembre, quería ir toda de blanco, hasta los pies. Eusebia dijo que sí, como se dicen muchas cosas en marzo. Después vinieron seis meses de cocinar para treinta cortadores en el fondo del galpón, con la olla grande de guiso, el fuego de leña y las manos siempre secas de lavar. Cada sábado se anotaba lo ganado en un cuaderno de escuela, con letra de maestra que le había enseñado Rosalía.

    La tarde del jueves bajaron juntas hasta el pueblo, caminando por la avenida de eucaliptus que lleva a la estación. Los carros con caña pasaban lentos y levantaban un polvo dulce que se pegaba a la ropa. Rosalía iba con un vestido de otro verano, demasiado corto, y llevaba en la mano un papel doblado donde había dibujado el pie izquierdo, con lápiz, apoyándolo en la hoja.

    —Medí bien —dijo—. Pero me crecieron los dedos.

    —Los pies no crecen en una semana.

    —Los míos sí.

    La zapatería quedaba frente a la plaza, una puerta alta con una cortina de tiras de plástico. Adentro olía a cuero y a pegamento. El dueño, un hombre grande con el delantal gris, estaba acomodando cajas con una escalera, y no se dio vuelta enseguida.

    —Buenas tardes. Queríamos unos zapatos blancos, de nena, número treinta y cuatro.

    —Treinta y cuatro blanco… —Bajó los escalones con calma, miró a Rosalía de arriba abajo y después los billetes que Eusebia todavía no había sacado, pero que él parecía ver igual—. Blancos tengo uno solo. Los de charol. Salieron para un casamiento y los devolvieron.

    Trajo la caja. Los zapatos eran perfectos: una hebilla chiquita, la suela clara, el brillo como de loza. Rosalía los miró sin tocarlos, con las manos pegadas a las costillas.

    —¿Cuánto?

    —Tres mil ochocientos.

    Eusebia hizo la cuenta sin querer. Con eso se iban el pasaje, el pan del viaje y el alquiler del mes que debía a la señora de la colonia. Apretó el bolso contra el vientre.

    —Tengo tres mil para esto. El resto es del pasaje.

    —Entonces no llegamos —dijo el zapatero, sin mala intención, y empezó a cerrar la caja.

    —Esperá —dijo Rosalía.

    Se agachó y se sacó una alpargata gastada, la izquierda, y después la derecha, y las puso lado a lado sobre las baldosas. Metió la mano en el bolsillo del vestido, sacó el papel con el dibujo del pie y lo apoyó al lado de las alpargatas.

    —Yo se los pago con trabajo. Sé barrer. Sé ordenar por número. Mi mamá me enseñó.

    El zapatero miró el papel, miró las alpargatas, miró a Eusebia. Se sacó los anteojos y los limpió con la punta del delantal, despacio.

    —Señora, ¿usted es la que cocina en el galpón del fondo?

    —Soy.

    —Mi cuñado le compra el pan a la panadera que le vende a usted. Dice que el guiso de la Corbalán hace llorar a los hombres de gusto. —Dejó los anteojos sobre el mostrador—. Mañana me casa una sobrina. Cuarenta personas, en el patio de mi casa, y mi mujer se quiebra la cintura con la cocina. ¿Usted podría hacerme la comida?

    Eusebia no contestó enseguida. Le faltaban tres días para volver a Pellegrini, el colectivo salía el domingo a las seis, y tenía la olla grande lavada y colgada de un clavo en el galpón.

    —Para cuarenta necesito carne desde temprano. Y leña seca.

    —Eso corre por mi cuenta.

    —Y ayudante.

    —Yo —dijo Rosalía, con un pie ya adentro de la alpargata.

    Cocinaron desde las cinco de la mañana del viernes, en un patio de tierra con un parral y una mesa larga prestada por los vecinos. Eusebia pelaba papas con el cuchillo chico mientras Rosalía revolvía la olla con una cuchara de madera casi tan alta como ella. Al mediodía los invitados se sirvieron dos veces. Un tío del novio quiso saber de dónde era la receta y Eusebia le dijo que de ningún lado, que eran las manos, y él se rió y le pidió el nombre. Se lo dijo despacio, como lo escribía en el cuaderno.

    A la tarde, cuando se fueron los últimos, el zapatero salió al patio con la caja bajo el brazo y un sobre en la otra mano.

    —Los zapatos son suyos. Y esto por la comida. Después hablamos de si me debe algo.

    —No le debo —dijo Eusebia—. Estamos a mano.

    —Entonces la comida sale más barata que los zapatos. Hacemos así: los zapatos por el trabajo, y el sobre por el guiso.

    Rosalía abrió la caja ahí mismo, sobre la mesa larga, sin esperar. Se sentó en el banco, se sacó las alpargatas y se calzó el zapato izquierdo, después el derecho. Abrochó las dos hebillas. Se paró. Caminó hasta el parral y volvió, haciendo sonar la suela contra la tierra seca, y cada paso dejó una marca clara en el polvo.

    —Quedan justos —dijo.

    —Te van a quedar chicos para diciembre —dijo Eusebia.

    —No importa. Me los pongo una sola vez.

    El domingo, a las seis, esperaron el colectivo en la ruta. Detrás, entre las casas bajas de la colonia, la chimenea del ingenio largaba un hilo blanco contra el cielo que se ponía rosa. Rosalía llevaba la caja abrazada contra el pecho y las alpargatas colgadas del cuello, atadas por los cordones. Cuando el colectivo frenó y abrió la puerta, subió primero, con cuidado, mirando el piso del escalón, para no ensuciar nada que todavía fuera blanco.

  • El cuaderno verde del fondo

    A las cuatro y cuarenta, con la garúa pegada al parabrisas y el olor a gasoil tibio subiendo desde el motor, Dora Ibarra acomodó el espejo interno por última vez. Era jueves. Le quedaban tres vueltas, y después de la tercera iba a entregar la tarjeta de fichar, el termo y el almohadón que usaba para la espalda desde 1994.

    En la mesada de la cabina, al lado del teléfono, había un cuaderno de tapas verdes con el lomo reforzado con cinta aisladora. Lo había encontrado tres semanas atrás, en el último asiento del fondo, entre un caramelo pegado y una tarjeta de la obra social. Lo abrió esa noche en la cabecera de Isidro Casanova, solo para buscar un nombre. No encontró ninguno. Encontró columnas.

    «Beto, 3 pan, 2 leche. Debe 1.870.» «Doña Nelly, un queso, pagó la mitad.» «Los de la esquina del hospital, cigarrillos sueltos, anoto el viernes.» Las fechas llegaban hasta el 9 de octubre. Después, nada.

    —Alguien fía —le había dicho a Marcelo, el inspector, mostrándoselo.

    —Alguien fiaba —dijo Marcelo—. Dejalo en objetos perdidos, Dora. Te vas a jubilar con un cuaderno ajeno en la mano.

    Objetos perdidos era un cajón de la oficina de González Catán con un paraguas, tres mochilas y una muleta. Dora no lo dejó. Lo llevó en la cabina, vuelta tras vuelta, y cada vez que subía alguien con aspecto de comerciante (bolsa grande, changuito, delantal debajo del abrigo) le preguntaba en voz alta, sin mirarlo, por el espejo:

    —¿Perdió un cuaderno verde?

    Nadie. Una señora le contestó que ella había perdido un marido, pero hacía quince años y no volvía.

    La primera vuelta de esa mañana fue como todas. Subieron las enfermeras del Paroissien que entraban a las seis, tres albañiles con la mezcla de ayer todavía en las zapatillas, un chico con el uniforme de una pizzería. Por la avenida Rosas, con las luces del Metrobús dibujando en el asfalto mojado dos carriles que no eran para ella, Dora pensó en todo lo que ya no iba a ver desde ese asiento: la rotonda de San Justo a las cinco y media, cuando los puestos de diarios todavía bajan los fardos; el puente sobre las vías en Catán; la cola en la parada frente al hospital, gente que se conoce y no se saluda. Treinta y cuatro años manejando la misma línea, con tres micros distintos, dos sindicatos y una sola costumbre: no arrancar hasta que el último pasajero estuviera sentado.

    —Hoy es tu último día, ¿no? —le dijo una de las enfermeras al bajar, con un bolso de tela bordado—. Me dijeron.

    —Hoy.

    —Qué cosa. —Se quedó con un pie en el escalón—. Vas a extrañar esto.

    —Voy a extrañar el café de la panadería de Crovara. Esto —y golpeó el volante con la palma— me lo voy a llevar en las manos un tiempo.

    Volvió por la avenida con el cuaderno rebotando en la mesada. En la segunda vuelta, a las siete menos diez, ya con el cielo del color de una taza lavada, subieron dos viejos con bolsas de verdura. La tercera era la de las ocho y cuarto, la de los estudiantes de la universidad, y Dora la empezó con una especie de apuro que no le conocía, como si el reloj de la oficina le hubiera cambiado la velocidad.

    En la parada de la estación de Isidro Casanova, justo cuando cerraba las puertas, golpearon el vidrio. Un hombre de unos sesenta, flaco, con campera de gabardina y una gorra de la cooperadora, corría con una mano en alto. Dora abrió.

    —Perdoná, perdoná —dijo él, jadeando, y pasó la tarjeta por la máquina. La máquina hizo el sonido corto de saldo insuficiente.

    —No, no —dijo el hombre—. Si ayer le cargué. Ayer, no. Antes de ayer.

    —Pasá, sentate.

    —No puedo, hermana, no tengo.

    Dora lo miró por el espejo. Tenía las manos cuarteadas de cargar cajones, y una forma de apretar los labios que le era conocida de alguna parte, aunque no sabía de dónde. Sacó su tarjeta de trabajo, la pasó dos veces, y la máquina dio dos pitidos largos.

    —Dora —dijo el hombre, leyendo la credencial—. Gracias, Dora. Se la devuelvo mañana.

    —Mañana no estoy.

    Él se quedó callado con el cuerpo medio girado hacia el pasillo. Era un hombre que no sabía deber sin explicarse.

    —Entonces la semana que viene. Soy Ernesto. Tengo un almacén chiquito atrás del hospital, la gente me compra a cuenta. Mi mujer estuvo internada en octubre, en el Paroissien, y perdí el cuaderno. El cuaderno donde anoto. —Se tocó el bolsillo vacío de la campera, como si todavía pudiera estar ahí—. Tres semanas que ando de memoria. Me deben como cuatro mil pesos entre todos y no me acuerdo ni de la mitad.

    Dora no dijo nada. Metió la mano debajo del tablero, sacó el cuaderno de tapas verdes con la cinta aisladora en el lomo y lo sostuvo en alto, a la altura del espejo, de modo que él lo viera.

    Ernesto se puso de pie en medio del pasillo, con el micro ya en marcha. Una mujer protestó. Otro le dijo que se sentara, que se iba a caer. Él avanzó agarrado de los pasamanos, como se avanza por un puente en la crecida, hasta quedar junto a la cabina.

    —Es ese —dijo—. Es ese, hermana. —Tocó la tapa con dos dedos, sin agarrarlo, igual que se toca una cosa que se creía perdida para siempre.

    —Estaba en el fondo —dijo Dora—. Entre un caramelo y una tarjeta de la obra social.

    —Del PAMI. De mi mujer.

    —Lo estuve llevando conmigo tres semanas. Preguntándole a todo el mundo.

    —¿A todo el mundo?

    —Todos los días. Hasta hoy.

    Ernesto abrió el cuaderno en cualquier página. Leyó un renglón moviendo los labios. Tenía los ojos mojados, pero no lloraba. Dora volvió a mirar la ruta y apretó el acelerador despacio, porque venía la curva del Paroissien, la cola de gente bajo el alero, la mano levantada de alguien que no iba a poder subir porque ella ya no estaba.

    —Doña Nelly me debe la mitad de un queso —dijo Ernesto, riéndose bajito, para nadie.

    —Cobrale —dijo Dora.

    Cuando llegó a la cabecera, a las nueve menos diez, los estudiantes bajaron de a uno. Ernesto bajó último, con el cuaderno apretado contra el pecho y la gorra en la mano. Se quedó en el cordón un segundo, como si esperara que ella dijera algo más, y después levantó la mano igual que se saluda a un micro que se va, aunque el micro estaba quieto.

    Dora apagó el motor. Marcelo la esperaba en la puerta de la oficina con una caja de facturas de la panadería de Crovara.

    —Tu café —dijo—. ¿Y el cuaderno?

    —Ya tiene dueño.

    Se sacó el almohadón de la espalda. Lo miró un momento, gastado, con el hueco de treinta años en el medio, y lo dejó sobre el asiento, para el que viniera.

  • Aviso para el puesto del Portugués

    A las seis y diez, con el cerro Muñoz todavía blanco de granizo y la estufa a gas silbando en un rincón, Elvira Gramajo acomodó el micrófono a la altura de la boca. A los sesenta y ocho años la voz se le afinaba sola con el frío. La cabina era un cuarto de tres por cuatro arriba de una casa de repuestos, frente a la plaza de Tafí del Valle, con cartón de huevera pegado en las paredes y un cartel escrito a mano: «Silencio, estamos al aire».

    Del otro lado del vidrio, Joaquín, diecinueve años, pasante, le hacía señas con tres dedos: tres minutos para el tema. Tenía el celular apoyado contra la consola y el termo de mate entre las rodillas.

    —Tía, llamó la Marisel —dijo cuando se corrió el auricular—. Desde la maternidad, en Tucumán. Nació la nena. Tres kilos cien. Las dos están bien.

    Elvira dejó el mate sobre el estante. Marisel Quipildor era la hija de Nicanor, y Nicanor vivía en un puesto de arriba, más allá de donde la ruta 325 deja de ser ruta y se vuelve huella, en la Quebrada del Portugués. Allá no entraba una barra de señal ni por favor. Entraba la radio. Todas las mañanas, a las seis y media, Nicanor prendía el transistor, que le colgaba del cinturón con un cuero de oveja, y escuchaba el tiempo, los precios del queso y los avisos.

    —Se lo mando por WhatsApp a la vecina de más abajo —dijo Joaquín—. Ella le sube el recado.

    —Le sube el recado dentro de dos días, cuando baje a la feria.

    —Y bueno. Pero hoy tenemos programación hasta las ocho. Y después, en diciembre, todo automático. Ya sabés lo que dijeron. —Se encogió de hombros, incómodo—. No va a haber nadie para leer avisos.

    Lo sabía. Treinta y un años de avisos. Había leído que internaron a don Ramón, que el camión de garrafas llegaba el martes, que a la señora de Los Cuartos le dejaron un sobre en el correo. Una vez dio el aviso de un casamiento y a la tarde el novio, que lo había escuchado a caballo, entró a la cabina con el sombrero en la mano para pedirle que repitiera la fecha. Después aparecieron los celulares, y los avisos se fueron achicando hasta quedar en uno por semana, dos como mucho. Esa mañana tenía este, el único que importaba.

    —Dame la tanda de las seis y media —dijo.

    —Tía, el programa dice…

    —Dámela, Joaquín.

    Escribió en el reverso de una factura de luz, con letra grande, porque a esa hora todavía no se ponía los lentes. Tachó dos veces. Un aviso no es una noticia, pensó. Es alguien que le habla a otro por encima de un cerro, y tiene que sonar como si el otro estuviera sentado enfrente, con las manos calientes alrededor de una taza.

    Se prendió la luz roja. Joaquín levantó el pulgar.

    —Buenos días, valle —dijo Elvira, y sintió que los hombros le bajaban dos centímetros—. Son las seis y treinta y dos en Tafí. Tenemos cuatro grados, viento del oeste y el Muñoz con su sombrero blanco, para el que quiera mirarlo. Ahora, un aviso. Aviso para Nicanor Quipildor, del puesto de arriba de la Quebrada del Portugués.

    Hizo una pausa. Del otro lado del vidrio, Joaquín dejó de tocar la consola.

    —Nicanor, le habla Elvira. Nació su nieta. Nació esta madrugada en Tucumán, pesó tres kilos cien, y las dos están bien. Marisel pregunta por usted. Si puede, baje. Ensille, tome el primer colectivo que encuentre en la plaza, haga lo que tenga que hacer, pero baje. La nena todavía no tiene nombre. Repito, para Nicanor Quipildor: nació su nieta, tres kilos cien, las dos están bien.

    Lo repitió una tercera vez, más despacio, y después puso la cumbia que venía en la lista, sin acordarse de cuál era.

    Hasta las ocho leyó los precios y el pronóstico, y atendió la llamada de una señora que pedía una zamba para su marido. Joaquín no dijo más nada del programa. A las ocho en punto, Elvira bajó por la escalera angosta con el termo, se paró en la vereda y miró hacia el cerro. Había salido el sol de montaña, ese que calienta la cara y deja fríos los pies. Pensó que era una tontería esperar. Nadie baja de la Quebrada del Portugués en hhora y media. Pensó que no importaba.

    Se sentó en el banco de la plaza, debajo del algarrobo pelado, y cebó un mate. Pasaron una camioneta con garrafas, dos chicos con guardapolvo, una vecina con un pan en la mano. Al rato, por la calle de tierra que viene del lado del puente, apareció un caballo bayo, muy despacio, con un hombre petiso arriba, de poncho colorado y sombrero gacho. Tenía la cara cuarteada por el viento y el transistor todavía colgado del cinturón, cantando bajito.

    Se detuvo frente al banco. Se sacó el sombrero.

    —Doña Elvira —dijo—. Escuché el aviso.

    —Lo leí tres veces.

    —Lo escuché las tres. —Tragó saliva, y al hablar se le quebró el final de la frase—. Salí a las siete. ¿Me lo puede leer otra vez? Para tenerlo bien.

    Elvira se paró. No tenía micrófono ni luz roja, solo la plaza, el frío en los tobillos y un hombre que había bajado una montaña para oír su voz en persona.

    —Nicanor —dijo, con la misma voz de las seis y treinta y dos—. Nació su nieta. Tres kilos cien. Las dos están bien.

    El hombre cerró los ojos. Después estiró la mano y apagó el transistor, y por primera vez en treinta años el valle se quedó sin radio en su cintura, pero con ella enfrente.

  • Un œuf, deux œufs

    A las seis y cuarto de la mañana del primer domingo de diciembre, con el rocío todavía colgado del césped del Parque Municipal de Pigüé, Marta Vernet apoyó la primera bandeja de huevos sobre la mesa larga y se miró las manos. Setenta y un años, cuarenta de maestra de francés en la escuela 4, y los dedos ya no le cerraban como antes. La artrosis le había tomado primero el pulgar derecho, después el índice. Rompía un huevo y le temblaba la cáscara.

    Alrededor, el parque se iba llenando de ruidos de domingo: el gas de las garrafas, las cajones de plástico arrastrados por el pasto, alguien probando un micrófono con un «uno, dos, uno, dos» que se perdía entre los eucaliptos. En el centro, sobre su trípode de hierro, la sartén de cuatro metros y medio brillaba con el aceite recién pasado. Parecía una pileta de plaza con mango.

    —Marta, ¿vos rompés? —le preguntó Graciela, la capitana del equipo, con un chaleco amarillo y una lista en la mano—. Mirá que tenemos pibes de sobra.

    —Rompo —dijo Marta—. Rompo mis cuatro bandejas, como todos los años.

    Era mentira a medias. Hacía veintiséis años, desde la primera omelette, que rompía huevos para el equipo de la Alianza, y siempre había empezado por el mismo gesto: un golpecito seco contra el borde del tazón, el pulgar abriendo la cáscara, el huevo cayendo entero. Su abuela Odile, que había llegado de Aveyron en brazos de su propia madre, le había enseñado que un huevo roto con apuro se nota en el gusto. Y que en esa tortilla no va queso. «Ni lo pienses», decía, en un castellano con las erres arrastradas.

    Rompió el primero. La cáscara se aplastó y le dejó pedacitos en la clara. Rompió el segundo, y el tercero cayó torcido, con la yema chorreando por el borde. Las bandejas eran de treinta y no se vaciaban. Miró el reloj del puesto de al lado: siete menos diez. La sartén se prendía a las nueve. En toda la mañana iban a necesitar más de quince mil huevos, y a ese paso ella no llegaba ni a la mitad de su parte.

    —Señorita —dijo una voz a la altura de su cintura.

    Todavía la llamaban así, aunque estaba jubilada desde hacía cinco años. Era Bautista Moyano, nueve años, que había sido su alumno hasta el año pasado, con la remera del club y una gorra de papel que le habían dado para la fiesta. Bautista era el que nunca levantaba la mano en clase. Sabía las respuestas, pero se le trababa la lengua en cada palabra con erre, y prefería que lo creyeran distraído.

    —Mi mamá dice que usted necesita ayuda —dijo, mirando el piso.

    —Tu mamá dice muchas cosas.

    —Yo rompo bien. En casa rompo todos los domingos.

    Marta lo miró. Después miró los huevos, y la lista de Graciela, y la sartén en el medio del parque. Se sacó el delantal, se lo ató al nene con dos vueltas a la cintura y le acercó un banquito.

    —Un golpe seco —dijo—. No fuerte, seco. Después los dos pulgares y abrís como un libro.

    El primero de Bautista cayó entero, la yema redonda y amarilla flotando en el tazón. El segundo también. Marta se quedó parada al lado, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y entonces, sin pensarlo, empezó a contar en voz baja, como cuando les enseñaba los números en el aula:

    —Un œuf. Deux œufs. Trois.

    —Un œuf —repitió el chico, con el acento duro, y rompió otro—. Deux œufs.

    La erre no apareció. No había ninguna erre en esos números. Bautista siguió contando, un huevo por vez, la voz cada vez más firme. Pasó Graciela y no dijo nada. Pasó un señor con una caja de perejil y se detuvo. Del tazón de al lado, dos nenas de otro equipo levantaron la cabeza y se pusieron a contar con él, trece, catorce, quinze, seize, mezclando el castellano y el francés como en los recreos.

    A las ocho y media había una fila de chicos ante la mesa, esperando turno con las manos limpias. Marta repartía tazones, corregía pulgares, atajaba cáscaras. A Bautista se le habían cansado los dedos y le sangraba un poco la uña del índice, pero no quiso soltar el último huevo de su bandeja hasta romperlo entero.

    A las nueve menos cinco, los hombres del equipo vinieron con los baldes. Vaciaron los tazones en la sartén gigante, donde ya chisporroteaba el aceite caliente con el jamón picado y el perejil, y el olor subió hacia los eucaliptos, espeso y dulce. Marta no tomó cámara ni foto. Se sentó en un banco, con las manos abiertas sobre las rodillas.

    Con los remos de madera, doce voluntarios empezaron a darle vuelta a la masa, y el parque entero se calló un segundo, como se calla un pueblo cuando algo grande se da vuelta. Bautista se sentó a su lado, con el delantal todavía atado.

    —Señorita —dijo—. Conté hasta ciento veinte.

    —Te oí.

    —¿Mañana puedo contar en clase?

    Marta se rió, por primera vez en toda la mañana, con la risa que le quedaba del lado derecho, donde la mano todavía la acompañaba.

    —Mañana es lunes, Bautista. Pero el lunes que viene, sí.

    La omelette se dio vuelta con un sonido sordo, como una puerta que se cierra bien. Del medio de la gente, un chico gritó «¡Un œuf!», y otro le contestó «¡Deux!», y el parque se fue llenando de números hasta que ninguno supo cuándo habían dejado de contar huevos para contar otra cosa.