El delantal le quedaba corto de mangas. Norma Epulef se lo había puesto en el baño del galpón, frente al espejo con la mancha de humedad, y se lo había mirado como se mira un sobretodo prestado para un velorio. Era de tela azul, con un bolsillo grande adelante y las iniciales B. A. bordadas en hilo blanco, medio comidas por el lavado. Beatriz Aguilera. Treinta años de enemistad con esas dos letras.
Afuera, en el predio de la Ruta 22, ya sonaba el parlante. Era el sábado de la Fiesta de la Pera, enero, y el aire de Allen olía a chacinado a la parrilla, a fritura y, por debajo, a la fruta de la cosecha recién empezada, ese olor verde y apretado que se les queda a las mujeres del empaque en el pelo hasta el invierno.
—¿Estás segura? —le preguntó el flaco de la mesa de inscripción, con la planilla en la mano—. Hace cinco años que no te anotás, Norma.
—Seis. Anotame.
—¿Y el nombre de la compañera? Es una sola categoría mixta, pero igual me lo piden para el micrófono.
—No hay compañera. Voy yo.
Se sentó en el banco de madera con los demás. Había pibes de veinte con muñequeras deportivas, un par de hombres de su edad que la saludaron con la cabeza, y una chica nueva, de las que entran por temporada, que se miraba las manos como si no fueran suyas. Norma no miró a nadie. Metió la mano en el bolsillo del delantal y encontró lo que sabía que iba a encontrar: tres hojas de papel sulfito dobladas en cuatro, blandas de tanto uso, que Beatriz guardaba para la suerte. El papel de verdad se usa una sola vez. Ese lo habían usado cien.
Se habían conocido en un empaque de la calle Roca, en el noventa y cuatro, las dos al lado en la cinta. Beatriz envolvía con una vuelta de muñeca corta y seca, la pera casi no la tocaba. Norma envolvía con dos, más a la manera de la madre, que había empacado en las ramadas de las chacras cuando el embalaje se hacía a la sombra, sin sellos ni auditorías. Desde el primer verano se contaron los bultos una a otra, a escondidas, y desde el segundo dejaron de hablarse para no dar el gusto. Cada enero, en la fiesta, se anotaban. Cada enero ganaba una de las dos por un segundo, y la otra decía que el cronómetro estaba mal.
La última vez que se anotaron juntas fue la que Beatriz perdió por primera vez en tres años. Se le cayó una pera. Nada más. Una Williams que rodó por la mesa y se golpeó contra el borde, y Beatriz se quedó mirándola con una cara que Norma nunca le había visto. Esa noche, en la cantina, Norma le quiso decir algo y le salió un chiste. Beatriz no se rio.
Después vino la mano, que le temblaba. Después la jubilación, la hija en Neuquén, la casa de la calle Mitre con las persianas bajas. Norma pasó por la vereda dos veces ese invierno y las dos veces siguió de largo. En marzo, la hija llamó al galpón.
—Llamen a los de la lista —dijo la voz del parlante—. Mesa uno, mesa dos.
Norma se paró. Le crujió una rodilla. Delante de cada puesto, el cajón con las peras, la pila de papel, la caja vacía, el cronómetro en una banqueta. Le tocó la mesa del medio. La chica nueva quedó a su derecha y le dijo bajito, sin mirarla:
—Yo nunca hice esto delante de gente.
—Mirá la pera, no a la gente. La pera no se pone nerviosa.
—Ahora —dijo el parlante.
La primera pera le salió bien, por costumbre de la mano. La segunda también. Al tercer envoltorio hizo algo que no pensaba hacer: cortó la vuelta larga y dio la vuelta corta, seca, la de Beatriz. La muñeca le fue sola. Se acordó de mirarla de costado, años atrás, a la luz del tubo fluorescente, cuando le robaba el movimiento sin saberlo, y se le puso un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con la competencia. Siguió. Una vuelta, la caja, la cuña de papel, otra. Sintió la fruta fría y pesada, con ese pelo finísimo que tiene la cáscara cuando todavía no la tocó el mercado. El público aplaudía a lo lejos, como llovizna.
Al llegar al último cajón, ya no oía nada. Metió la mano al fondo del bolsillo, sacó una de las hojas viejas de Beatriz y envolvió la última pera con ella. Las otras dos las dejó donde estaban. Cerró la tapa justo cuando alguien gritó tiempo.
No ganó. Quedó tercera, detrás de un pibe de veinticuatro que envolvía como si lo persiguieran y de un hombre de Cipolletti. La chica nueva terminó última y la abrazó igual, sorprendida de sí misma. El flaco de la planilla le acercó el sobre del tercer puesto y ella lo guardó sin mirarlo.
Esa tarde fue hasta la calle Mitre con la caja bajo el brazo. Tocó timbre. Tardó en abrir la hija, que la reconoció de golpe y se corrió de la puerta sin decir nada. Al fondo, en el comedor, Beatriz estaba sentada con la tele apagada y las manos sobre la mesa, una arriba de la otra.
Norma apoyó la caja frente a ella. Levantó la tapa. Adentro había una sola pera, envuelta en un papel gastado que las dos conocían, con la punta torcida de una manera que nadie más en el valle sabía torcer.
—Estaba corta de tiempo —dijo Norma—. Pero la cerré con tu vuelta.
Beatriz la miró un rato largo. Después estiró la mano buena, la que no temblaba, y la apoyó sobre el papel sin abrirlo.
—Vos siempre te acordás mal el nudo —dijo.
Y se rio. La risa la agarró de sorpresa, y Norma, parada en la puerta del comedor con el delantal prestado todavía puesto, entendió que ese era el segundo que había ganado.