Norberto Gigena colgó el balde de cal del manubrio de la bicicleta y empujó el portón de chapa del Club Defensores de la Barranca con el hombro, porque la cadena hacía tres años que no cerraba. Eran las siete menos cuarto de un sábado de octubre. En Tablada olía a humo de parrilla vecina y a río, ese olor a barro tibio que sube del Paraná cuando no hay viento.
La cancha estaba como siempre: pelada en el medio, con pasto ralo en las puntas y un charco permanente en el área del lado de las vías. Norberto había trabajado treinta y dos años en el Matadero, en la playa de faena, y desde que se jubiló tenía un solo oficio, que nadie le pagaba: marcar la cancha los sábados, antes del partido de la Cuarta.
Dejó la bicicleta contra el alambrado y sacó del canasto lo que llevaba siempre. El ovillo de piolín, dos estacas de hierro de obra, la cinta métrica de lona, el balde con la cal apagada de la noche anterior. La máquina de marcar, una carretilla con ruedita que le había comprado el club en el noventa y ocho, estaba desarmada en el vestuario, esperando un repuesto que nadie iba a traer.
—¿Otra vez con el piolín, don Norberto?
Era Yami, el pibe del arco, que llegaba siempre temprano porque en su casa no había dónde estar. Tenía catorce años, guantes de arquero dos números más grandes y un buzo de Central Córdoba heredado de un primo.
—Con el piolín. La línea derecha sale de la cabeza, no de la máquina.
—Dicen que la semana que viene vienen las topadoras.
Norberto clavó la primera estaca en el vértice, junto al banderín de la esquina, y tensó el hilo hasta la otra punta. No contestó. Sabía lo que se decía. La comisión había vendido el predio a la Municipalidad en junio, para hacer una plaza con juegos y una posta de salud, y el último partido en esa cancha era hoy. A Yami nadie se lo había dicho con esas palabras, pero los chicos se enteran de todo por el aire.
Mojó la brocha ancha en el balde y empezó a caminar. La cal chorreaba blanca y espesa sobre la tierra seca, y detrás de él iba apareciendo la raya, derecha como una regla, de un blanco que dolía en los ojos. Cada tanto se agachaba, con las rodillas crujiendo, para rellenar un hueco donde la brocha había pasado alto.
—Mi viejo me enseñó así —dijo, sin mirar a Yami—. En la playa de faena también se tiraba una línea con piolín, para alinear las medias reses. Parecía otra cosa, pero era lo mismo. Una línea para que todo quede en su lugar.
—¿Y por qué no la hace la máquina?
—Porque la máquina no se equivoca, y yo sí. Y cuando me equivoco, se nota que la hizo una persona.
Yami se rió por la nariz. Se puso a patear una pelota contra el travesaño caído, ese que sostenían con un alambre.
A las ocho y media llegaron los otros. Cacho, el técnico, con el termo bajo el brazo y la planilla de la liga doblada en el bolsillo. Dos madres con una bolsa de pan para los sándwiches de milanesa. Un padre que no sabía dónde dejar el auto y lo dejó sobre la vereda, con las balizas puestas. Nadie habló de las topadoras. Cacho apenas levantó el termo, a modo de saludo, y Norberto levantó la brocha.
Al terminar el área grande del lado de las vías, el balde estaba casi vacío. Faltaba el círculo central. Norberto ató el piolín a la estaca, la clavó en el punto del medio y empezó a girar con el balde, despacio, como quien reza. Le salió el círculo más lindo de los últimos años. Se enderezó, se apretó los riñones y lo miró.
—Quedó redondo, don.
—Quedó redondo.
El partido empezó a las diez y fue malo. Defensores perdió dos a uno con un equipo de Villa Manuelita, y el arquero, Yami, se comió un gol por el piso, entre las piernas, que lo dejó con la cara roja hasta las orejas. Pero atajó un penal en el segundo tiempo, tirándose a su izquierda con todo el cuerpo, y la gente, que eran quince personas contadas, aplaudió como si fuera una final. Norberto, sentado en el cajón de verduras que usaba de silla, no aplaudió. Se limitó a asentir, despacio, una sola vez.
Cuando se terminó, los dos equipos se fueron al vestuario a los gritos y a las cargadas. Las madres juntaron los vasos. Cacho apagó el termo. Norberto se quedó solo, mirando las líneas, ya deshechas por los botines. El área chica se había borrado casi entera. El círculo del medio tenía un tajo por donde alguien había corrido con la pelota.
Entonces se acordó del balde. Todavía quedaba un resto de cal en el fondo, un cuarto de litro pegoteado, que no alcanzaba para nada. Lo miró un rato. Agarró la brocha, se agachó en el punto del medio, donde la estaca había dejado un agujerito, y lo rellenó con cal. Un puntito blanco, del tamaño de una moneda.
—Eso no sirve para nada —dijo Yami, que lo miraba desde el alambrado, con los guantes colgando.
—No.
—¿Y entonces?
—Y entonces queda.
El pibe no entendió, pero se quedó parado ahí. Norberto guardó el piolín, desarmó las estacas, enganchó el balde en el manubrio. Al salir, cerró el portón como pudo, con la cadena enroscada dos veces, aunque nadie iba a entrar a robar nada.
Esa noche llovió. Cuando el lunes llegaron las topadoras, a las siete, el barro ya había borrado todas las rayas. Pero el hombre de la pala, que era joven y no sabía nada de nada, vio en el medio de la cancha un círculo blanco, chiquito, que la lluvia no había terminado de lavar. Frenó la máquina, miró un rato, y dio la vuelta por el costado.