Tamara Quiroga cargó el pincel de pelo largo con esmalte rojo y respiró por la nariz, como le había enseñado su maestra. Era sábado, las nueve de la mañana, y el garaje de Valentín Alsina olía a aguarrás y a las facturas que alguien había dejado sobre el capot de un Falcon. Afuera, un camión Mercedes 1114 esperaba con la puerta del acompañante desmontada y apoyada en dos caballetes. Era el primer trabajo que le entregaban sola.
—Que sea lindo, pibita —dijo Ramón Ledesma, el dueño, con la gorra en las dos manos—. Que se vea desde Pompeya.
Ramón hacía fletes desde antes de que Tamara naciera. Mudanzas, heladeras, un piano una vez. Su padre había tenido un carro con caballo y una frase pintada en el costado, y él quería la misma en la puerta del camión. Se la dictó de memoria, despacio, con los ojos en el techo: «Con el favor de Dios y el apoyo de la Virgen, por esta calle voy a llegar».
—Va en dos renglones —dijo Tamara—. Con una cinta arriba y unas hojas de acanto a los costados.
—Lo que vos digas.
Ella trasladó el dibujo con el papel picado: perforó el contorno con una aguja, golpeó la bolsita de carbón y el diseño apareció sobre la chapa blanca, como una constelación de puntitos grises. Después se puso a trabajar las letras. Primero los colores planos, rojo para las mayúsculas y verde botella para el resto. Después las luces y las sombras, con yapán, esa mezcla de negro y barniz que da volumen y que se seca con un brillo de caramelo.
Ramón no se iba. Se sentó en un banquito de plástico, con un mate que le había cebado la vecina, y miraba. No miraba el trabajo en general. Miraba cada trazo, y movía apenas los labios.
—¿Le pasa algo, don Ramón?
—Nada. Me gusta cómo hacés la «D».
—¿Qué tiene la «D»?
—Que cierra. La de mi viejo no cerraba nunca. Se le quedaba abierta, como pidiendo permiso.
Tamara sonrió y siguió. Hizo la «V» de «Virgen» con un remate en espiral, y notó que el hombre se inclinaba hacia adelante. Cuando llegó a «apoyo», se acomodó la gorra. Cuando llegó a «calle», dijo en voz baja:
—Esa es la que más me gusta. Parece una escalerita.
Ella frenó. Lo miró. En «calle» las dos «l» se sostenían una junto a la otra, altas y derechas, con la «e» final bajando como un escalón.
—¿La reconoce?
—La reconozco —dijo Ramón, y se rió con una risa corta, de quien se queda sin salida—. Yo sé lo que dice porque me lo sé, mijita. Pero lo que son las letras… Nunca me enseñaron. Mi viejo tampoco sabía. Él pintaba la frase de memoria, un pintor se la copió una vez, y después la repasaba cada año con un pincel de pared. Yo me acuerdo de la forma de cada palabra. La de «calle» es la escalerita.
En el garaje se oía una radio lejos, un colectivo frenando en la avenida. Tamara dejó el pincel sobre el trapo. Le pareció que con cualquier cosa que dijera iba a romper algo.
—¿Y usted por qué no me lo contó antes?
—Porque pensé que ibas a tener lástima.
—No tengo lástima. Tengo un problema.
—¿Qué problema?
—Que acá en «Virgen» hay una «g» que va a salir distinta de la de su papá. Yo la hago con la cola para abajo y un rulito. Usted la va a buscar y no la va a encontrar.
Ramón se quedó pensando. Después se levantó, se acercó a la puerta apoyada en los caballetes y pasó el dedo, sin tocar, a un centímetro de la chapa, siguiendo la frase. Se detuvo en «Virgen».
—Hacela como se te dé —dijo—. Pero la «g»… la «g» la hacés con la panza grande.
—¿Con la panza grande?
—Como la de mi viejo. Que parecía una olla.
Tamara tomó el pincel. Pensó en su maestra, que decía que el filete es el arte de mentir con las curvas para que la línea parezca decir la verdad. Dibujó la «g» con una panza grande, redonda, como una olla en la que cabía una sopa para cinco. Le puso el rulito igual, porque no podía no ponérselo. Y debajo, con una luz de yapán, un reflejo pequeño.
Cuando terminó, a la una de la tarde, con las manos manchadas de verde y rojo hasta las muñecas, Ramón dio una vuelta lenta alrededor de la puerta, que ya estaba de pie otra vez, esperando los tornillos.
—¿Está bien? —preguntó ella.
Él no contestó enseguida. Pasó el dedo por el aire, de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, y por primera vez Tamara vio que no estaba leyendo ni recordando. Estaba saludando a alguien.
—La «g» —dijo—. Es la de él.
Tamara asintió, y no dijo nada más. Mientras Ramón y el ayudante atornillaban la puerta al camión, ella lavó los pinceles en el tacho con aguarrás, uno por uno, hasta que el agua quedó turbia y las cerdas otra vez blancas.
A las tres, el Mercedes arrancó con una sacudida y salió del garaje hacia la avenida. Tamara lo siguió hasta la vereda. Vio cómo doblaba rumbo al puente, con el sol dando de lleno en la puerta, y cómo las letras rojas y verdes brillaban sobre la chapa. De lejos, entre el humo del escape y el polvo, la frase parecía una sola línea ondulada. Pero la «g» de «Virgen», con su panza grande, se veía desde la esquina.