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  • Once minutos de granizo en San Martín

    A las cuatro de la tarde el cielo sobre San Martín tenía el color de un moretón viejo, y Eladio Guzmán supo que le tocaba trabajar.

    Estaba en la galería del puesto de lanzamiento, con el mate lavado en la mano y la radio prendida sobre el cajón de herramientas. Era febrero de 1991, faltaban dos semanas para que arrancara la cosecha de la uva criolla, y hacía seis años que Eladio vigilaba el oeste desde ese potrero de tierra pelada, entre una acequia y un álamo que le hacía de sombra al Fiat 600 de su hermano. Los cohetes dormían en el cobertizo, apilados como caños de estufa. Los rusos los habían mandado con instrucciones en un castellano torcido que Eladio todavía guardaba en un cajón, doblado en cuatro.

    La radio carraspeó.

    —Puesto cuatro, puesto cuatro. Radar San Martín. Tenemos eco nuevo al sudoeste, creciendo rápido. Prepare.

    —Puesto cuatro, enterado —dijo Eladio, y dejó el mate.

    Del otro lado de la acequia, Pura Quiroga levantaba la vista desde su parral. Tenía setenta y un años, un pañuelo celeste en la cabeza y siete hectáreas de criolla que su marido había plantado cuando Perón todavía era un nombre prohibido. Eladio la conocía desde siempre. También sabía que Pura no había pagado la tasa antigranizo en tres años, porque decía que a ella nunca le había pegado una piedra y que no iba a pagar por una tormenta que no existía. Esa tarde el sudoeste le pareció a Eladio una respuesta bastante clara.

    —¿Qué dice la radio? —gritó ella, con las manos en la cintura.

    —Que se viene, doña Pura —dijo él, y no hizo falta más.

    Pura miró el cielo y no contestó. Sacó del bolsillo del delantal un cuchillito de podar y se quedó dándole vueltas, como si pudiera cortar algo con él.

    Eladio abrió el cobertizo. Olía a metal frío y a aceite. Sacó el primer cohete con las dos manos, lo apoyó en la rampa y le ajustó el ángulo con la manivela que la humedad había dejado dura. Hacía cinco años que le habían dicho que su trabajo era “contribuir a la modificación artificial del tiempo”, y todavía no le había encontrado la gracia a la frase. Él lo explicaba de otra manera: tiraba piedras al aire para que el aire no las tirara a ellos.

    —Puesto cuatro, autorizado a lanzar —dijo la radio—. Una cada treinta segundos. Hasta que le digamos.

    El primer disparo le sacudió el pecho. Una línea blanca subió torcida hacia el nubarrón, y detrás quedó un olor a pólvora que se mezcló con el olor a tierra mojada que ya venía desde lejos. Después el segundo. Después el tercero. Eladio contaba en voz baja, igual que en la escuela, y entre uno y otro miraba hacia el parral.

    Pura ya no estaba afuera. La buscó con los ojos. La vio por fin al fondo, cerca de los postes, ocupada en algo que no entendía. Estaba atando.

    —¿Qué hace? —murmuró.

    Llevaba un rollo de rafia al hombro y sujetaba los racimos más bajos con un nudo corto, de a uno, como si cada uno necesitara su propia promesa. Era un trabajo de una semana. Lo hacía en diez minutos, apurada, con las manos manchadas de verde.

    —Cuarto, cuarto, cuarto —dijo Eladio, y largó el sexto cohete.

    El viento cambió de golpe. Se acostó el álamo, se levantó la tierra, y la acequia empezó a llevar hojas como si corriera hacia otro lado. El cielo del oeste se puso de un negro con bordes amarillentos, el color que Eladio conocía mejor que el de sus propias manos. Cayeron las primeras gotas, gordas, separadas, golpeando el polvo con ruido de monedas.

    —Puesto cuatro, siga —dijo la radio, y por primera vez la voz del operador sonó cansada—. Todavía está activa.

    Siguió. El séptimo, el octavo. El noveno se trabó un segundo en la rampa y Eladio lo empujó con la palma, quemándose, hasta que salió. Gritó una puteada que no escuchó nadie. Después, el silencio entre disparos se llenó de otro sonido, uno seco, como arroz tirado sobre una chapa.

    Era granizo.

    Primero chico, del tamaño de un grano de pimienta, rebotando en la tierra y en el techo del cobertizo. Después una piedra del tamaño de una arveja le pegó a Eladio en el hombro. Se cubrió con el brazo y siguió cargando.

    —¡Doña Pura! —gritó—. ¡Métase en la casa!

    No lo oyó, o no quiso. La vio agachada bajo la parra, con el pañuelo celeste convertido en una mancha pequeña en medio del verde, y a su alrededor las hojas saltando como si alguien las estuviera picando desde arriba. Eladio disparó el último cohete que quedaba en el cajón. Después se quedó mirando el cielo con las manos vacías, que era lo único que no sabía hacer.

    La tormenta duró once minutos. Él los contó.

    Cuando paró, el aire quedó limpio y frío, y en el piso había una alfombra de hielo blanco que se derretía despacio. Un perro ladró a lo lejos. El álamo goteaba. Eladio cruzó la acequia saltando sobre la tablita, con el hombro hinchado, y entró al parral con miedo de lo que iba a ver.

    Las hojas estaban rotas. Muchas. Los sarmientos de arriba, deshechos. Pero abajo, en la altura donde Pura había atado, colgaban los racimos intactos, con las uvas brillantes como si las hubieran lavado. Y dos o tres hileras más allá, donde no había llegado la rafia, la fruta estaba golpeada, manchada de morado.

    Pura estaba sentada en un cajón de cosecha, empapada, con el cuchillito todavía en la mano.

    —Mirá —dijo, sin darse vuelta—. Mirá lo que se salvó.

    —Se salvó lo que usted ató.

    —Se salvó lo que vos tiraste, Eladio. Yo ataba lo de abajo nomás. El granizo vino chico. Yo sé lo que es el granizo grande.

    Él no contestó. No sabía cuál de las dos cosas era la verdadera, y le pareció que ninguna de las dos le hacía falta. Se sentó en otro cajón, a su lado, y los dos miraron el parral roto un rato largo. El sol salió por debajo de la nube, bajo y anaranjado, y todo el hielo del suelo se prendió como si alguien hubiera encendido mil velas chiquitas.

    —El mes que viene voy a pagar la tasa —dijo Pura al fin, medio de mala gana.

    Eladio sonrió. Se puso de pie con dificultad, se sacudió el barro de las rodillas, y antes de volver al puesto agarró del suelo una piedra de granizo que todavía no se había derretido. Era del tamaño de un garbanzo, con un centro opaco y un borde claro, como una cebolla de hielo. La sostuvo en la palma hasta que se hizo agua.

    Esa noche anotó en el cuaderno del puesto, con letra torcida: “Nueve cohetes. Once minutos. Pura Quiroga, siete hectáreas, tres hileras dañadas”. Después se sentó en la galería, abrió el cajón y sacó las instrucciones rusas, dobladas en cuatro. Las alisó contra la rodilla. Debajo de la última línea, donde decía “Registre los resultados de cada operación”, escribió con lápiz una frase que nadie le había pedido:

    “El resto lo hizo la señora.”

  • El turno de las nueve en Allen

    A las nueve menos diez de la noche, Edelmira Sosa ya estaba parada en la compuerta de su chacra, en Allen, con las botas de goma puestas y la linterna apagada para no gastar pilas. Había pedido el agua para las nueve. En el Alto Valle el riego tiene turno, y el turno no se discute: son tres horas, y si las perdés esperás la vuelta, que a veces es una semana.

    Tenía setenta y un años y una sola cuadra de perales Williams que todavía daba fruta. El resto de la chacra lo había vendido para loteo hacía dos años, después del velorio de Anselmo, y ahora donde antes había manzanos había casas con rejas blancas y un cartel que decía Barrio Los Aromos. De los aromos no quedaba ninguno. Los álamos de la cortina, esos sí, seguían: los habían dejado en el límite porque nadie se animaba a talarlos.

    El viento del oeste movía las copas con un ruido de papel. Edelmira escuchó, debajo, el otro ruido, el que esperaba: el canal comunero entrando con su respiración ancha, a unos doscientos metros. Después, nada. Esperó un minuto más. Nada.

    —Se cortó —dijo en voz alta, y se sintió ridícula hablándole a la compuerta.

    Caminó por el costado de la acequia con la linterna ya prendida. La fruta de noviembre era todavía del tamaño de una nuez y los perales, recién raleados, parecían menos cargados de lo que estaban. Le dolía la rodilla derecha. Contó los pasos hasta la hijuela, como hacía Anselmo, y a los ciento cuarenta se topó con la alambrada nueva.

    Era una reja de las del barrio, con puntas, atravesada justo donde la hijuela cruzaba el terreno que ahora era de otros. Atrás, un tubo de cemento medio enterrado, con un tapón de chapa. Alguien había decidido que ese zanjón era un desagüe pluvial y lo había cerrado para que no entrara barro al fondo de las casas.

    Edelmira se agarró de la reja con las dos manos. Tenía olor a pintura fresca.

    —¿Señora? —dijo una voz.

    En la vereda del barrio, del otro lado, había un chico en bicicleta con una linterna de frente. Doce años, quizás trece. Tenía puesta una remera de Cipolletti y los auriculares colgando del cuello.

    —¿Está buscando algo?

    —El agua —dijo ella—. Tengo turno a las nueve y me la taparon.

    El chico miró el reloj del celular. Eran las nueve y cuatro.

    —Mi papá dice que eso es un desagüe.

    —Tu papá no vive acá desde hace mucho. Eso es la hijuela. Por ahí le llega el agua a seiscientos perales, a los míos y a los de don Bruno, que está más abajo. Si no pasa el agua esta noche, la fruta no llega a enero.

    —¿Y cuánto falta para enero?

    —Dos meses y pico. Pero se decide ahora.

    El chico se bajó de la bici y se quedó un rato callado, mirando la reja como si fuera un problema de matemática.

    —No tengo la llave del candado —dijo.

    —No hace falta la llave. —Edelmira le señaló el tapón de chapa, en el suelo, del otro lado—. Eso sale con las manos. Lo tendría que sacar yo, pero con la reja en el medio no llego, y a mí la rodilla no me da para trepar.

    —Eso es meterse en un terreno.

    —Eso es un zanjón. Mirá.

    Le pasó la linterna por entre los barrotes. El chico la atajó mal, la levantó del pasto y alumbró el tubo. Se agachó. Tiró de la chapa. No salió. Tiró de nuevo, y esta vez algo cedió con un sonido húmedo de barro seco que se despega.

    Entonces se oyó el agua.

    Primero fue un gorgoteo, después una cinta oscura que pasó por debajo de la reja y encontró el cauce viejo de la hijuela, ese que Anselmo había rastrillado cada otoño durante cuarenta años. El agua avanzó despacio por la tierra dura, probando el terreno, y después más rápido, empujada por todo el peso del canal que venía atrás.

    —Ay, mirá vos —dijo el chico, con la voz algo rota—. Va.

    —Va —dijo Edelmira.

    Se quedaron los dos mirando cómo el agua alumbraba el borde de las hojas. Venía con olor a barro y a hierro, a río de montaña derretido, un olor que ella habría reconocido con los ojos cerrados en cualquier parte del mundo.

    Desde una de las casas se prendió una luz y una mujer asomó a la puerta.

    —¡Tomás! ¿Qué hacés ahí?

    —¡Nada, má! ¡Estoy ayudando a la señora!

    La mujer bajó los escalones con el cuerpo duro de quien ya está enojada, pero a mitad de camino vio el agua. Se detuvo. No dijo nada. Edelmira esperó la pelea, que no llegó. La mujer solamente miró la cinta oscura que cruzaba el fondo de su lote.

    —Mañana vamos a hablar con el consorcio —dijo al final, a nadie en particular.

    —Hablen —dijo Edelmira—. Yo ya hablé, pero a mí no me escuchan. A ustedes sí.

    Volvió caminando hacia su cuadra con el agua al costado, a su paso, como un perro viejo que la acompañaba. En la compuerta levantó el tablón y el riego entró entre las hileras. Apagó la linterna.

    A las diez, con el turno a la mitad, el chico llegó en la bicicleta por el camino de tierra con un termo y dos mates. Se sentó en el borde del canal sin preguntar. Edelmira lo llevó hasta un peral y le mostró dónde se hundía el agua primero.

    —Eso es lo que hay que mirar —le dijo—. Si el agua llega al pie y se queda quieta, está bien. Si se escapa, es que hay un hueco.

    Tomás asintió. En el fondo, contra el cielo, las copas de los álamos hacían su ruido de papel. El agua seguía entrando, y a Edelmira, por primera vez en dos años, le pareció que el turno le alcanzaba.

  • Bandera amarilla y negra en Playa Grande

    A las siete y cuarenta del domingo 1 de noviembre, Tamara Quiroga subió a la torre del puesto con la llave del candado entre los dientes y los dos mástiles todavía vacíos. Abajo, la arena estaba oscura de humedad y salpicada de algas pegadas como pelo. Había llovido de madrugada y el viento del sur seguía empujando el mar contra la costa, en filas de espuma sucia que rompían lejos y volvían a romper más cerca.

    Tenía veintitrés años y era su primera temporada entera en Playa Grande. El operativo arrancaba ese día en todo el frente costero, de ocho a veinte, y a ella le había tocado abrir. En la mochila llevaba el termo, dos mandarinas y el silbato que usaba su padre, con la cuerda cambiada.

    Los trapos estaban en el cajón de abajo del banco, doblados como los había dejado en marzo. Celeste, amarilla y negra, roja y negra. Su padre, treinta años de guardavidas en La Perla, le había dicho una sola cosa antes de que rindiera el examen: «La primera bandera del año es la que más se mira. Ahí la gente decide si te cree o no».

    Se sentó con los binoculares y no tocó ningún trapo. Miró veinte minutos. Las olas venían en series de cuatro o cinco, con un respiro entre una y otra. Entre la rompiente y la orilla, a unos cuarenta metros de la escollera, había una franja de agua más lisa y más oscura, como una calle. Todo lo que el mar traía por un lado se iba por ahí. Un cartón de leche pasó rápido, derecho, sin dar vueltas. Esa calle era lo que importaba.

    A las nueve llegaron las primeras carpas armadas y, con ellas, Néstor, el concesionario del balneario, con un café en cada mano. Le dejó uno en la baranda de la torre.

    —Buen día, Tami. ¿Qué bandera ponemos?

    —Todavía no puse ninguna.

    —Qué raro, con este sol. —Miró el cielo, que se había abierto del todo—. Hoy es el primer domingo con todo habilitado. Tengo doscientas reservas. Subí la celeste y listo.

    —Hay una correntada al lado de la escollera.

    —Hay una correntada todos los años.

    —Esta es nueva. Se abrió con la lluvia. Mirá el color del agua, ahí, donde no rompe.

    Néstor miró. Tardó en ver lo que ella veía, y después ya no pudo dejar de verlo, que es lo que le pasa a todo el mundo cuando alguien le señala una correntada.

    —La gente mira la bandera y mira el mar —dijo—. Si ven la amarilla, piensan que está feo y se van a la pileta.

    —Si ven la celeste y se mete uno, el que lo saca soy yo.

    —Es una forma de decirlo.

    —Es la forma.

    Néstor se tomó su café en silencio. Después bajó los escalones de la torre con mucho cuidado, como si estuvieran flojos, y no volvió a mencionar el tema.

    Tamara abrió el cajón y sacó la amarilla y negra. Todavía tenía el olor del depósito, a lona y a naftalina. La ató al cabo, la izó y esperó a que el viento la abriera. Cuando se estiró del todo, bajo un cielo azul y limpio, le pareció una exageración. Lo supo por las caras que se dieron vuelta a mirarla.

    A media mañana, un hombre con la camiseta de Aldosivi se acercó a la torre con un chico de seis años en brazos.

    —¿Está malo el mar? Mire cómo brilla.

    —Se puede entrar, pero ahí no. —Señaló con el brazo hacia la escollera—. Y no más arriba de la rodilla. Mejor acá enfrente, que está el puesto.

    —Ah. ¿Y por qué ahí no?

    —Porque ahí el agua se va para afuera.

    El hombre dijo «ah» otra vez, ahora distinto, y llevó al chico hacia el lado del puesto. Se quedaron en la orilla, con el agua a los tobillos, a salvo y levemente fastidiados.

    A las doce, en la zona de Biología, unos pibes en traje de neopreno remaban hacia afuera con tablas cortas, y un lobo marino sacó la cabeza entre dos de ellos, curioso, como hacen. Alguien gritó. Tamara se paró y pitó una sola vez, larga. Los pibes giraron, se vieron entre ellos y se rieron, y el lobo se hundió sin apuro. Ninguno se acercó a la calle de agua oscura. Ni siquiera los surfistas, que son los que mejor la leen.

    A las dos de la tarde, un nene de doce años pasó corriendo por la orilla, directo hacia la escollera, detrás de una pelota de plástico que se le había ido. Tamara bajó los escalones de a tres. No necesitó el torpedo. Lo agarró de la capucha del buzo a diez metros de la correntada, lo dio vuelta y lo devolvió a la arena. La pelota quedó trabada en la espuma, y el chico estaba más asustado de ella que del mar.

    —Perdón —dijo.

    —No pasa nada. Pero esa parte no se pisa.

    A la tarde el viento aflojó. A las seis, el agua de la calle ya no se distinguía tanto, pero seguía ahí, más sutil, como un camino que nadie barre. La gente fue juntando las cosas. Néstor pasó por abajo de la torre, la miró, miró el trapo amarillo y negro, y levantó dos dedos hacia la frente, un saludo mínimo con el que ya había dicho todo.

    A las ocho en punto Tamara bajó la bandera. La lona estaba pesada de humedad y de sal. No la dobló. La colgó del barral de la torre para que se secara con el viento de la noche y estuviera lista a la mañana.

    El celular vibró en el bolsillo de la mochila. Era su padre, un mensaje sin saludo, como siempre.

    «¿Cuál subiste?»

    Ella miró el trapo que se movía despacio, medio abierto, contra el último color del cielo.

    «La que era», escribió.

  • La última vuelta del 60 por Fleming

    Rubén Cardozo apoyó el termo sobre el tablero y acomodó el espejo, que después de treinta y un años ya sabía de memoria dónde quedaba. Eran las once y cuarto de la noche en la cabecera de Barrancas de Belgrano. En el cartel de arriba, con letras naranjas, decía 60 E TIGRE POR FLEMING.

    Era su último turno. Nadie lo sabía, salvo el inspector, que le había palmeado el hombro en la cabecera sin decir nada, y Mabel, la de la ventanilla de los choferes, que le había dejado un alfajor sobre la planilla.

    Rubén se había hecho una sola promesa para esa noche: ninguna parada salteada. En tres décadas había pasado de largo por apuro, por bronca, por una frenada que no daba, y había aprendido que cada parada vacía es una persona que se queda mirando la luz trasera. Esa noche iba a frenar en todas, aunque no hubiera nadie.

    Subió la gente de siempre. Un muchacho con la mochila de delivery colgada del pecho, dormido antes de pagar. Dos chicas con olor a perfume dulce y cansancio de boliche. Una señora con una bolsa de verduras que apoyó entre los pies como quien cuida a un perro. Cabildo pasó despacio, con los toldos bajos y los kioscos de rejas cerradas. Cruzaron General Paz y las luces se hicieron más espaciadas, más amarillas.

    En la primera parada de Fleming no había nadie. Rubén frenó igual, abrió la puerta, contó hasta cinco y la cerró. La señora de las verduras lo miró por el espejo.

    —¿Se le perdió algo, chofer?

    —Una costumbre —dijo él—. Hoy me la estoy sacando.

    Así fue parada tras parada. Frenaba, esperaba, seguía. Bajó el muchacho del delivery frente a una estación de servicio, con el casco ya en la mano. Bajaron las chicas en una esquina donde las esperaba un auto con las balizas puestas. El micro se fue vaciando y el motor se escuchaba más, como pasa con las casas cuando se van los invitados.

    A las dos y media quedaba una sola pasajera. Una mujer de unos setenta años, con un tapado gris pese al calor de noviembre y un bolso de mano apretado contra la falda. Había subido en Barrancas y no había dicho una palabra. Rubén la miraba de vez en cuando. Viajaba derecha, con la vista en la ventanilla, como si leyera algo escrito en la oscuridad.

    Pasaron la avenida Rolón. Pasaron una remisería con la luz prendida. Entonces ella se levantó y caminó por el pasillo agarrándose de los caños, con el equilibrio de quien se subió a miles de colectivos.

    —Perdone, joven. ¿Usted me puede dejar en la esquina de la panadería?

    —Señora, tiene que ser en parada. Es el reglamento.

    —Ya sé. Es a mitad de cuadra, antes de la parada. La panadería de los Ferrari. Ahora es un local de celulares, pero para mí es la panadería.

    Rubén miró el reloj. Miró la calle vacía. Se acordó de la promesa: ninguna parada salteada. Nadie había dicho nada de agregar una.

    —¿Qué hay ahí a esta hora?

    —Nada —dijo ella—. Hace cuarenta años mi marido bajaba del 60 en esa esquina, volviendo del turno de la fábrica. Yo lo esperaba en la vereda con un pan caliente. Se murió en marzo. Hoy hubiera cumplido setenta y ocho, y quise hacer el viaje otra vez. Nada más.

    No le pidió que se conmoviera, y por eso mismo se conmovió.

    Rubén avanzó hasta la mitad de la cuadra. Puso las balizas, abrió la puerta delantera y bajó el escalón, que suspiró con un ruido largo y gastado. La mujer bajó con cuidado, un pie y después el otro. En la vereda se quedó parada un momento, con el bolso contra el pecho, mirando una persiana metálica pintada de un verde descascarado.

    Él esperó. Cinco segundos, diez, un minuto. Un perro cruzó la calle trotando. Adentro, el termo seguía tibio sobre el tablero.

    Ella se dio vuelta y levantó una mano, sin sonreír, sin agradecer. Un saludo de colega. Rubén tocó la bocina, un toque corto, y ella asintió.

    Después apagó las balizas y siguió hasta el centro de Tigre con el micro vacío, frenando en todas las paradas. En la última, junto al río, firmó la planilla y le dejó la llave a la gente del turno mañana.

    Antes de irse, volvió al coche. Se sentó en el asiento del chofer por última vez, con el motor frío, y miró el cartel apagado.

    En el tablero, entre las boletas y el termo, estaba el alfajor de Mabel. Lo abrió y le dio un bocado. Estaba rancio, como todos, pero a él le supo a pan caliente.

  • El yetapá de Anselmo

    Anselmo Verón sacó la canoa del cobertizo a las cinco y diez, cuando en Colonia Carlos Pellegrini todavía mandaban los grillos y el único farol prendido era el del puente. Yamila, su nieta, caminaba detrás con las zapatillas en la mano, porque le habían dicho que en la orilla el barro se come los cordones.

    —Abuelo, ¿y si no aparece?

    —Aparece o no aparece. El pájaro no tiene agenda.

    Había prometido llevarla a ver el yetapá de collar desde la semana anterior, cuando ella llegó de Mercedes con una libreta de tapas rojas y una lista de aves que quería tachar. Ya había tachado el carpincho, el jabirú y la garza mora. Quedaba el yetapá, ese pájaro blanco y gris de cola larga y partida en dos, que se para en la punta de una caña como quien se sube a un escenario. Anselmo lo había visto mil veces en cuarenta años de guiar turistas por la laguna. Hacía dos que no guiaba. Las rodillas le habían avisado primero con un crujido y después con un aullido, y la posada le había dado una jubilación de palabra y un termo de regalo.

    Cargó el mate, la bolsa con chipá todavía tibio que había hecho su mujer, y el remo largo. No el de aluminio, el de madera, que tenía la pala gastada de un lado.

    —¿No vamos con motor?

    —El motor asusta. Con el remo se llega más despacio, pero se llega.

    Bajaron al agua. La laguna Iberá a esa hora no tiene orillas: tiene un gris parejo con jirones de niebla que se levantan y se vuelven a acostar. Anselmo empujó con el remo y la canoa se deslizó entre los camalotes con un ruido de tela que se rasga. Yamila se acomodó en la proa con la libreta sobre las rodillas y no dijo nada durante un rato largo, lo cual en ella era una forma de respeto.

    Pasaron junto a un yacaré que flotaba como un tronco con ojos. Pasaron junto a una familia de carpinchos que los miró con la boca llena y siguió masticando. Anselmo contaba sin hablar los golpes de remo, como había aprendido de su padre, que fue quien le enseñó a leer los canales: por dónde el agua tiene corriente aunque parezca quieta, dónde la tierra negra del embalsado está firme y dónde apenas es una promesa de pasto.

    Ahí estuvo el error. Lo supo recién cuando la proa chocó contra algo blando.

    —Abuelo, esto no estaba.

    Tenía razón. En el lugar donde debía abrirse el canal angosto que lleva al juncal grande había una isla flotante entera, una manta de raíces y pasto con tres palmeras chicas encima, que el viento del este había empujado durante la noche hasta taparle la salida. Los embalsados se mueven. Anselmo lo sabía de memoria y igual se le había olvidado, porque hacía dos años que no los veía moverse.

    —Bueno —dijo, y se pasó la mano por la cara—. Vamos a tener que dar la vuelta.

    —¿Cuánto tarda?

    —Mucho. El sol ya sale.

    Miró el reloj, que tenía la correa floja. Las cinco y cuarenta. El yetapá se deja ver temprano, cuando el aire todavía es fresco y los insectos recién se levantan. Con la vuelta larga llegarían tarde, con el sol en la cara de la gente y las cañas vacías.

    Yamila no protestó. Miró el embalsado, miró a su abuelo, miró la libreta.

    —¿Y si lo empujamos?

    —¿Qué cosa?

    —La isla. Con el remo.

    Anselmo se rió, una risa corta y seca. Después se quedó mirando. Un embalsado entero pesa más que diez canoas, pero esa isla había viajado toda la noche empujada por un viento flojo. No estaba clavada. Solo estaba apoyada.

    Se paró despacio, con la rodilla gritando, y metió la pala de madera entre el borde de las raíces y el agua. Yamila agarró el remo corto de repuesto y lo hundió a su lado. Empujaron al mismo tiempo, contando en voz baja como en la escuela. Uno, dos. Uno, dos. La isla gimió, soltó burbujas, y se movió un palmo. Otro. Una libélula se despegó de una de las palmeras. Cuando el canal se abrió, angosto como un pasillo, los dos estaban empapados hasta los codos y Anselmo tenía la pierna temblando.

    —Listo —dijo ella, y anotó algo en la libreta.

    —¿Qué anotaste?

    —”Hay que empujar”.

    Remaron por el canal. Del juncal subía un olor dulce de pasto mojado y barro tibio. El cielo se había puesto color durazno, y la niebla se iba corriendo hacia el centro de la laguna como una sábana que alguien estira. Anselmo ya no miraba el reloj.

    —Ahí —dijo en voz muy baja.

    Al fondo, sobre una caña seca que se erguía sola contra el cielo, había un pájaro. Blanco y gris, con una franja oscura en el cuello como una corbata de luto, y la cola larga y dividida que colgaba en la brisa como dos cintas. Giraba la cabeza despacio, mirando algo que ellos no veían. Después abrió las alas, saltó al aire, atrapó un insecto, y volvió a la caña, exacto, al mismo lugar.

    Yamila no dibujó. No escribió. Tenía la libreta cerrada sobre las rodillas y la boca apenas abierta.

    Anselmo dejó de remar. La canoa siguió un metro más por la inercia y se detuvo contra los juncos con un golpecito suave. Sacó el termo, cebó un mate, y lo sostuvo en el aire sin tomarlo, para no hacer ruido con la bombilla.

    —Es ese —susurró ella.

    —Es ese.

    —¿Cuántas veces lo viste?

    —Mil. Pero hoy cuenta como una nueva.

    El sol terminó de salir. El pájaro se quedó un rato más, brillando en la punta de la caña, y después se fue hacia el este sin apuro, como alguien que ya hizo lo que tenía que hacer.

    Yamila abrió la libreta. Tachó el renglón. Debajo, con letra apretada, escribió: “Con mi abuelo, en canoa, sin motor”. Anselmo vio la frase de reojo y se hizo el distraído, pero cuando bajó el mate lo tenía frío, y se lo tomó igual.

  • La tetera verde de Gaiman

    Ailín Jones tenía las manos frías y un poema de dieciséis versos que se le iba soltando como un hilo de la manga. Eran las doce y media de un sábado de septiembre, en Gaiman, y el viento del río Chubut empujaba las hojas de los álamos contra los vidrios de la casa de té de la calle Abraham Mathews, donde su abuela llevaba cuarenta años sirviendo scons.

    —Otra vez, cariad —dijo la abuela Elvira, sin darse vuelta, mientras acomodaba las teteras en la bandeja.

    Ailín cerró los ojos y empezó. Las palabras galesas le salían duras, con la ll que se pronuncia soplando el costado de la lengua, y a la mitad del tercer verso se trabó. Abrió los ojos. La abuela seguía de espaldas, con los hombros quietos.

    —Me olvido siempre en el mismo lugar —dijo Ailín.

    —Es el lugar donde el poema cambia de idea. Ahí se olvida todo el mundo.

    Elvira tenía ochenta y cuatro años, el pelo blanco recogido con dos broches y las manos manchadas de harina y de edad. Había nacido en una chacra de Dolavon, hija de gente que rezaba en galés y juraba en galés, y sin embargo en esa cocina hablaba en castellano, siempre. Ailín lo había notado hacía mucho. El galés lo tenía ella de la escuela, de las clases de los jueves, de una maestra con una voz de campana. La abuela, en cambio, lo escuchaba con una cara rara, como quien oye pasar un tren por un pueblo donde ya no para.

    Nadie le había explicado por qué. La mamá de Ailín decía que a Nain se le había apagado el idioma cuando se murió el abuelo Griffith, porque con él se hablaba, y que después ya no había con quién. Ailín lo había anotado en su cabeza igual que se anota una cuenta que no cierra.

    Por eso quería ganar. No la medalla, que tampoco le importaba mucho, sino ese minuto sobre el escenario del Eisteddfod de los jóvenes, con la abuela en la mesa de adelante, para que alguien le hablara en galés en voz alta, delante de todos, y ella no pudiera hacer de cuenta que no lo escuchaba.

    Esa tarde la casa de té se llenó. Llegó un micro de turistas de Rosario y otro de Neuquén, y durante dos horas Ailín fue y vino con jarras de agua caliente y con platos de torta negra, esa oscura y densa, con frutas secas y coñac, que la abuela cortaba en rebanadas finas como libros. Cada tetera salía vestida con su cubretetera de lana tejida, para que el té no se enfriara. La preferida de Ailín era la verde, con un pompón torcido que ella misma había cosido a los siete años.

    A las seis, cuando se fue el último grupo, la abuela se sentó por primera vez en todo el día. Se sacó los zapatos debajo de la mesa y miró el mantel con migas.

    —Mañana no voy —dijo.

    Ailín dejó la bandeja.

    —¿Cómo que no venís?

    —Me duelen las piernas, y el salón es frío. Vas a estar bien. Mamá te saca fotos.

    —Nain, es el poema el que te quiero…

    Se mordió la lengua. La abuela la miró, y hubo un silencio largo, de esos donde se oye la heladera.

    —Lo sé —dijo Elvira, bajito—. Sé lo que querés. Y no es que no pueda escucharlo, nena. Es que me hace falta, y me da miedo lo que me hace.

    No dijo más. Se levantó, puso la pava a calentar y le sirvió un té en la taza de siempre, la de borde dorado, y le empujó el plato con el último trozo de torta negra. Ailín comió despacio. Afuera ya se había ido la luz del río.

    El domingo, el salón olía a café, a lana mojada y a polvo de tiza. Había chicos de toda la zona con camisas planchadas, y padres que filmaban con el celular en alto, y una señora con una tablilla que gritaba nombres. Ailín esperó su turno en una silla de plástico, repitiendo en silencio, con la lengua contra los dientes, y no miró hacia las mesas de adelante hasta que dijeron su nombre.

    La mesa de la abuela estaba vacía.

    Subió igual. El escenario era de madera, y crujió. Se paró en el lugar marcado con cinta, miró al jurado, tres personas con papeles, y empezó. El primer verso salió. El segundo salió. El tercero, el del lugar donde el poema cambia de idea, se le fue de la cabeza como un pájaro que sale por una ventana.

    Se quedó muda. Contó hasta cuatro, que era la cuenta que le había enseñado la maestra, y no volvió nada.

    Entonces vio que la puerta del fondo se abría. Entró una mujer de pelo blanco, con un abrigo mal abotonado y los zapatos de salir, sin aliento, y se quedó parada contra la pared, al lado de la mesa de las tortas. Ailín no podía creerlo. No se había peinado. Tenía los dos broches torcidos.

    La abuela no hizo nada. No le sopló nada ni le hizo ninguna seña. Solo movió los labios. Despacio, muy despacio, con una boca que se acordaba de algo antes de acordarse del todo, empezó a decir las palabras del tercer verso. Sin sonido. Ailín las leyó en esa boca como se lee un cartel conocido en la ruta, y la voz le volvió entera.

    Siguió hasta el final. Los últimos cuatro versos los dijo mirando a la pared del fondo, donde la abuela ya no movía los labios y apretaba la cartera contra el pecho, con los ojos muy abiertos y brillantes.

    No ganó. Quedó tercera, y le dieron un diploma con un dragón rojo. Pero a la salida, en la vereda, con el sol bajo entre los álamos y el olor del horno de la casa de té de al lado, la abuela le agarró la cara con las dos manos frías.

    —Diolch, cariad —dijo.

    Fueron dos palabras, nada más, pero las dijo con una voz oxidada, de puerta que no se abría hace años y que cedió a la primera.

    Esa noche, en la cocina, Elvira puso la tetera verde sobre la mesa, con su pompón torcido, y sirvió dos tazas. Se sentó enfrente. Tardó en empezar, y cuando lo hizo fue en galés, tropezando, con las vocales abiertas. Le preguntó si quería más azúcar.

    Ailín dijo que sí, y se lo pidió como pudo, en el mismo idioma.

  • La nota del peine en La Porfiada

    Amadeo Quintral calibró el disco con la yema del pulgar, sin tocarlo, nada más para sentir la corriente de aire que levantaba, y después puso el primer peine sobre el plato. Eran las cinco y diez de la mañana. Afuera, en el galpón de la estancia La Porfiada, a cuarenta kilómetros de Gobernador Gregores, el viento del oeste ya sacudía la chapa como si quisiera cobrar algo.

    Llevaba treinta y un años de mecánico en la comparsa de Ledesma. Afilaba peines y cortantes en un banco al fondo, bajo una bombita desnuda, con un trapo de lana al cuello y una lata de pasta de esmeril que ya tenía forma de su mano. Los esquiladores le dejaban los juegos gastados en una caja de huevos de madera, y él se los devolvía antes del turno de las siete, con el filo parejo y el dibujo de las puntas intacto.

    Lo que nadie sabía era que desde marzo no oía del oído izquierdo. Se había dado cuenta en la cocina de su casa de Río Gallegos, cuando la pava empezó a silbar de un solo lado.

    Hasta ahora lo había arreglado con el derecho y con las manos. Pero el afilado no se hace con las manos. Se hace con la nota: el disco, al morder el acero, canta una cosa; cuando el peine está justo, la nota se afina y se queda quieta un segundo, y ahí hay que levantar. Amadeo llevaba tres días levantando tarde.

    —Don Amadeo —dijo Tomás, que se había parado al lado con dos mates y los ojos pegados de sueño—. Cacho dice que el peine del martes le tironeó en la paleta de una capona.

    Tomás tenía diecinueve años y era el playero. Barría el vellón del piso, lo llevaba a la mesa, y al final del turno contaba las latas de cada esquilador y las anotaba en una libreta de tapa verde, con una letra redonda de cuaderno de escuela. Era el más callado de la comparsa y el único al que Amadeo dejaba tocar el banco.

    —¿Eso dijo?

    —Y que no se enoje, que se lo dijo bien.

    Amadeo recibió el mate y no lo tomó. Cacho Aravena esquilaba con la misma comparsa desde antes de que Tomás naciera y no se quejaba nunca; si decía que el peine tironeaba, tironeaba. Eso quería decir que había levantado tarde. Que había dejado el filo con una rebaba finita, de las que no se ven y se sienten como un alambre en la lana.

    —Ponele la mano acá —dijo.

    Tomás apoyó la palma sobre la madera del banco. Amadeo bajó el peine sobre el disco. El esmeril arrancó una cola de chispas anaranjadas, y se oyó el rumor parejo del plato, un ruido grueso y de fondo, como una olla grande hirviendo en otra pieza.

    —¿Qué sentís?

    —Que tiembla.

    —Va a temblar distinto. Cuando cambie, avisame.

    Esperaron. El peine mordía y largaba. Amadeo escuchaba con el oído sano inclinado hacia el disco, y no había nada. Un zumbido ancho, sin escalones. Pasaron diez segundos, quince. Le dolía el cuello.

    —Ahora —dijo Tomás.

    Amadeo levantó. Miró el filo contra la bombita: una línea limpia, sin brillo de más. Pasó la uña de costado. Nada. Estaba bien.

    —¿Cómo supiste?

    —No sé. Se puso más finito. Como cuando el Cacho silba bajito en el turno de la tarde.

    Amadeo lo miró un rato largo. Afuera, la comparsa empezaba a llegar al galpón con ruido de botas y de termos. Alguien encendió la máquina central y las correas arrancaron con un chillido.

    —Vení mañana a las cinco —dijo.

    —Tengo que barrer.

    —Barrés después. A las cinco.

    Esa semana le enseñó lo que sabía. No lo dijo así, porque nunca había dado una clase: dejó que Tomás pusiera las manos donde las ponía él, que apoyara el peine con el pulgar abajo y los otros dedos arriba, que midiera la presión con el antebrazo y no con la muñeca. Le enseñó a oler el acero, que cuando se calienta de más toma un olor a moneda. Le enseñó a escuchar la nota y le enseñó a no confiar en la nota, a mirar igual.

    —Y si un día no oís nada —dijo el jueves, sin levantar la vista de la pasta—, apoyás el peine en los dientes. Así.

    Se llevó la punta sana del cortante al borde del colmillo, apenas, sin morder, con el disco girando a un palmo. El metal le zumbó en la cara entera, hasta la sien, hasta el oído que no andaba. Y ahí estaba, finita, quieta, la nota que hacía rato no escuchaba por el aire.

    Tomás no dijo nada. Se quedó mirándolo con la libreta verde abierta en una mano, la lapicera sin tapa.

    El sábado terminaron la majada del último potrero. A la tarde la comparsa se subió al camión, con los fardos atados y las máquinas envueltas en lonas, y Cacho Aravena pasó por el banco y le dejó sobre la madera una lata vacía de durazno con la tapa torcida, que era lo más parecido a un agradecimiento que se podía esperar de él.

    Amadeo se quedó solo un momento en el galpón. Había barrido Tomás: el piso estaba limpio, con un resto de lana pegado a las tablas, como nieve vieja. Sobre el banco, en la caja de huevos, había un último juego de peine y cortantes, sin dueño, de los que se dejan para la temporada siguiente.

    Lo agarró, lo acercó al disco apagado y se lo llevó al diente. Sintió el frío del metal y nada más. Después, desde la puerta, oyó el motor del camión que arrancaba y la voz de Tomás gritando algo que el viento se llevó.

    Levantó la mano, sin darse vuelta, y dejó el peine en su lugar.

  • El azul que sobraba en Gualeguaychú

    Hilda Gorosito metió el brazo en la batea hasta el codo y sacó un manojo de plumas que goteaba un agua color uva. Era el tercer lunes de marzo y el galpón de la calle Rocamora, a dos cuadras del corsódromo, olía a jabón blanco, a pegamento y a ese perfume dulzón de pluma mojada que no se parece a nada, salvo a una gallina bajo la lluvia.

    —Esas ya no dan más, Hilda —dijo Raúl, que desarmaba espaldares en la mesa de al lado con una pinza de depilar—. Tienen quince años.

    —Dieciséis. Las puse yo por primera vez.

    —Y están flacas. Mirá.

    Tenía razón. Las barbas se le habían ido pelando de tanto teñir, secar y volver a teñir. Pero la regla del taller era clara y la repetía la tesorera cada vez que se hablaba de plata: lo que sirve se guarda, lo que no sirve se descarta, y lo que se descarta no se regala, porque una pluma suelta afuera del galpón es una pluma que alguien va a mostrar como si fuera de ellos.

    Hilda llevaba treinta y un años en el taller de vestuario. Había empezado cosiendo lentejuelas de a una, con aguja fina y una lupa colgada del cuello, y de ahí había pasado al teñido, que era el trabajo de nadie: hacía frío en la pileta, las manos terminaban de colores y no había aplausos. Su lugar en el carnaval era un fondo de baldes y ollas enormes, con una radio de AM que a las once siempre pasaba chamamé.

    A las cuatro de la tarde se abrió la puerta chica y entró su nieta. Candela, nueve años, con el guardapolvo todavía puesto y la mochila de ruedas arrastrando un ruido de piedritas.

    —Abuela, el viernes es el acto de los Pueblos Originarios y la seño dijo que cada uno traiga algo para el disfraz. Yo quiero una pluma.

    —¿Una pluma?

    —Una de las tuyas. Pero que sea azul.

    Hilda se secó las manos en el delantal despacio, como se hace cuando se gana tiempo.

    —Candela, esas plumas son de la comparsa.

    —Una sola.

    —Es que no es mía.

    —Pero vos las tenés todo el día.

    La nena no discutía: dejaba caer las frases y esperaba. Hilda la conocía de memoria. Le sirvió un vaso de jugo, le puso un paquete de galletitas Express sobre la mesa y se quedó mirando las plumas de la batea, que flotaban como algas cansadas.

    Después, cuando Candela se fue a dibujar al fondo con los lápices de Raúl, Hilda hizo algo que no había hecho nunca. Separó del descarte una pluma de avestruz, la más ruinosa de todas, de barba rala y raquis torcido, y la dejó aparte, en una bolsa de nylon. Tampoco se la guardaba, pero tampoco la tiraba.

    Esa noche cerraron a las ocho. Raúl se fue en la moto y Hilda se quedó sola con la radio apagada. Encendió la hornalla grande, puso agua a calentar en la olla de aluminio y buscó en el estante de abajo los frascos de anilina que sobraban de la temporada: restos de rojo, de verde manzana, de amarillo huevo, un fondo de turquesa. De azul de verdad quedaba una cucharada, pegada al vidrio como una costra.

    La disolvió con vinagre, probó el calor con el dorso del dedo, y metió la pluma. La sacó a los diez minutos. Había quedado de un celeste desparejo, con una veta verdosa a lo largo del raquis, como un pedazo de río visto desde un puente.

    —Cualquier cosa —dijo en voz alta, a nadie.

    La colgó a secar con una broche de ropa en el alambre del fondo, entre dos espaldares tan grandes que parecían velas, y se fue a su casa a cenar un guiso de fideos recalentado.

    A la mañana siguiente Raúl llegó primero. Cuando Hilda abrió la puerta, lo encontró parado frente al alambre, con las manos en la cintura.

    —Esto no estaba ayer.

    —No.

    —Hilda, ese color no lo tiene ninguna comparsa.

    —Ya sé.

    —Es el del río a las seis de la mañana, cuando todavía no sale el sol.

    Hilda no contestó. Descolgó la pluma. Ya estaba seca, liviana, y al darla vuelta contra la luz de la ventana largaba un brillo extraño, de agua quieta.

    —Es un descarte —dijo—. La tesorera misma lo anotó en la planilla. Quince años de lavado, no da para otra cosa.

    Raúl se rascó la cabeza, miró la puerta chica, miró el reloj de pared que atrasaba cinco minutos, y volvió a su mesa sin decir nada. Tomó la pinza, abrió el espaldar que tenía delante y empezó a contar plumas en voz baja, con una paciencia que parecía hecha a propósito para no ver.

    El viernes, Hilda fue al acto con la pluma envuelta en una servilleta de papel. En el patio de la escuela hacía un sol de otoño tibio, olía a pasto cortado y a pochoclo de la cooperadora. Candela salió con una vincha de cartulina y un vestido de morley verde, y la abuela, en la fila de sillas plásticas, le ató la pluma al costado con un hilo de coser, dos puntadas rápidas y un nudo de costurera.

    —¿Es de las del carnaval? —preguntó la nena, con la voz bajita.

    —Fue.

    —¿Y ahora?

    Hilda lo pensó. En el patio una maestra pedía silencio con un silbato, y las madres levantaban los celulares.

    —Ahora es tuya. Cuidala, que es la única de ese color que existe.

    Candela asintió con toda la seriedad de sus nueve años y se fue al escenario. Cuando le tocó el turno, giró en el lugar, y la pluma dibujó en el aire una línea celeste con una veta verde, un río chiquito que le daba la vuelta a la cabeza.

    Hilda aplaudió con las manos todavía manchadas de anilina. En el galpón, el lunes, iba a anotar en la planilla una pluma menos. Después, a la hora del mate, pensaría si no convenía guardar los restos de azul en un frasco aparte.

  • El último pan en Puente del Inca

    Zulema Páez amasó a las cuatro de la mañana, como todos los días desde hacía veintidós años, con las manos metidas hasta las muñecas en una harina que a esa altura se endurecía antes de tiempo. Afuera la nieve había dejado de caer, pero el viento seguía arrastrándola de un lado a otro de las vías, y por la ventana de la cocina se veía el puente natural, esa costra de color óxido y mostaza que el agua termal le había ido pintando a la piedra durante siglos.

    Puente del Inca estaba a dos mil setecientos metros, y el pan allá arriba tardaba más en subir, pero subía igual. Zulema lo sabía de memoria: cuarenta minutos de levadura en la cocina tibia, otros cuarenta junto a la salamandra, y después el horno de barro del fondo, que alimentaba con leña de jarilla que le traía un primo desde Uspallata.

    Esa mañana hizo setenta panes en vez de cuarenta.

    —¿Para quién tanto? —le preguntó Olmedo, el changarín, que había entrado a calentarse las manos en la puerta del horno.

    —Para el tren.

    —Zulema, el tren de hoy lleva cuatro pasajeros.

    —Cuatro pasajeros y la tripulación. Y los que vengan a mirar.

    Olmedo se rascó la nuca debajo del gorro. Sabía a qué se refería, aunque nadie lo decía en voz alta. Era 1984, y se murmuraba que ese viaje iba a ser de los últimos. No de los últimos del día ni de la semana: de los últimos del todo. Hacía rato que las conexiones con Chile estaban frenadas y que el mantenimiento de la vía se hacía con desgano. En la estación ya se hablaba del Trasandino en el mismo tono con que se habla de un tío internado.

    Zulema había vendido pan en ese andén desde que enviudó. Al principio, a los escaladores que bajaban del tren con las mochilas cargadas y las caras quemadas por el sol de altura; después, a los soldados, a los camioneros varados por la nevada, a los maquinistas que paraban a cargar agua. Tenía una canasta de mimbre con una tela a cuadros, y una regla simple: el primer pan del día era para el que llegaba con más frío.

    A las once menos diez, el silbato se oyó desde la curva, río abajo. Zulema se acomodó el pañuelo, levantó la canasta y salió. El aire la golpeó en la cara como una puerta que se abre de repente. Sobre el andén ya había diez o doce personas, más de las esperables: dos mujeres de Punta de Vacas con sus hijos, un gendarme, un hombre de campera naranja que sacaba fotos y alguien que lloraba despacio, sin mover la cara.

    La locomotora llegó resoplando, con el costado cubierto de escarcha. El maquinista, un hombre flaco de bigote ralo al que ella conocía de vista, bajó a estirar las piernas y se quedó parado frente a Zulema con los guantes colgando.

    —Doña —dijo—. Hoy no vengo a comprar. Vengo a decirle que me llevo el recuerdo de su pan hasta Mendoza.

    —Entonces se lo lleva caliente.

    Le dio uno, y después otro para el foguista, y después empezó a repartir por todo el andén sin cobrar. Al gendarme le tocó uno con chicharrón. A las mujeres de Punta de Vacas, dos por cabeza. Al hombre de la cámara le dijo que si iba a sacar fotos, que sacara del pan y no de ella, y él se rió y le hizo caso.

    Cuando la canasta quedó casi vacía, Zulema se dio cuenta de que le temblaban las manos, y no era del frío.

    —¿Y ahora qué va a hacer, doña? —preguntó el foguista, masticando.

    —Seguir. Hay escaladores en enero, hay camiones todo el año. El pan no necesita tren.

    —Pero el tren le traía la gente.

    Zulema lo miró un momento, con el vapor de la locomotora subiéndole por el costado.

    —Me traía la gente —dijo—. Pero la gente también tiene piernas.

    El silbato sonó una vez, largo. Los pasajeros subieron. Alguien le gritó desde una ventanilla un gracias que se perdió en el viento. Zulema levantó la mano, sin saber si la veían, y se quedó ahí, quieta, hasta que el último vagón dobló en la curva y el ruido de las ruedas se fue haciendo más fino, más lejano, hasta que lo tapó el río.

    Volvió a la cocina con la canasta liviana. Dejó la tela a cuadros sobre la mesa, avivó el fuego y se sentó a tomar un mate lavado, de esos que se toman para que pase el rato. Olmedo se había ido. La casa olía a levadura y a humo de jarilla.

    A las cuatro de la tarde, alguien golpeó la puerta. Era un camionero con la cabina llena de escarcha, que venía de cruzar el paso y no encontraba dónde comer.

    —¿Todavía le queda algo, señora?

    Zulema fue hasta el horno, abrió la boca de hierro y sacó la última tanda, la que había hecho de más sin decirle a nadie por qué. Quince panes, dorados, con la corteza todavía cantando.

    —Pase —dijo—. Hace frío.

    Y mientras el hombre se sentaba a la mesa, afuera la nieve volvió a caer sobre las vías, despacio, tapando de a poco el lugar donde había estado el tren.

  • Una cuerda más fina que las otras

    Aníbal Williams llegó al Salón Cincuentenario a las doce y diez de la noche del sábado, con el maletín de cuero bajo el brazo y los zapatos todavía húmedos de la llovizna. Adentro quedaban las sillas desparramadas, un olor a café recalentado y, sobre el escenario, el piano vertical con la tapa abierta, como una boca que esperaba el dentista.

    —Lo dejaron para vos —dijo Eluned, la tesorera, que apagaba las luces de la cocina una por una—. Mañana a las once es la Cymanfa Ganu. Doscientas voces, Aníbal. Y el piano está medio tonto.

    —Todos los pianos están medio tontos después de un Eisteddfod —dijo él.

    —Este más.

    Eluned le dejó una llave y un termo, y se fue. La puerta cerró con un golpe sordo y el salón se quedó con el zumbido de la heladera de la cocina.

    Aníbal era afinador desde los diecinueve años. Había aprendido con su padre, que había aprendido con un inglés de Puerto Madryn que cobraba en corderos. Tenía sesenta y ocho, las manos grandes y lentas, y una regla que no le contaba a nadie: el piano se afina de noche, cuando el pueblo deja de hacer ruido y el metal se acomoda.

    Sacó la llave de afinar, el fieltro, las cuñas de goma. Tocó el la central. Salió bajo, cansado, medio tono caído contra el diapasón que llevaba desde hacía cuarenta años en el bolsillo de la camisa. Lo golpeó contra la rodilla y lo apoyó en la madera. El diapasón cantó limpio, agudo. El piano contestó con un quejido.

    —Bueno —dijo Aníbal—. Empecemos.

    Trabajó dos horas sin mirar el reloj. Las cuerdas del medio, de a tres por nota, las fue apagando con el fieltro para afinar de a una, y cada vez que la llave giraba un cuarto de vuelta sentía la tensión subir por el antebrazo. Afuera el viento del oeste empujaba la chapa del techo. Se acordó de que su padre decía que en el valle el viento afinaba mejor que cualquier hombre, pero después se llevaba todo.

    Pasadas las dos, llegó a las notas altas, y ahí se detuvo. El fa sostenido de la última octava no sonaba. Apretaba la tecla y el martillo caía con un clac seco, sin resonancia. Abrió el frente, metió la linterna y vio el problema: una cuerda cortada, enroscada sobre sí misma como un pelo.

    Aníbal se sentó en el banquito y se pasó la mano por la cara.

    No tenía repuesto de esa medida. Lo sabía sin revisar el maletín. A esa hora no había dónde conseguir cuerda de piano en todo Trelew, y a las once la iban a pedir doscientas voces.

    Se quedó mirando el escenario vacío. En la pared del fondo colgaba una foto grande de la comisión de 1965, el Centenario de la Colonia, hombres de traje oscuro y mujeres con el pelo recogido, todos serios, todos con apellidos que él había tenido que aprender a pronunciar de chico: Jones, Evans, Hughes, Rhys. Su propio abuelo estaba en la tercera fila. Williams. Con una W que en esa época todavía se pronunciaba con la boca redonda.

    Se acordó entonces de la caja de galletitas.

    La guardaba en la camioneta desde hacía años, abajo del asiento, con todo lo que no se tira: tornillos, fieltros viejos, unos metros de alambre que había salvado de un piano de la capilla de Dolavon cuando lo desarmaron. Cuerda de acero, de la de antes, de esas que no se compraban ya.

    Salió bajo la llovizna, abrió la camioneta, encontró la caja. Adentro había un rollito enrollado en papel de diario. Lo midió con los dedos, a ojo. Era más fino. Seguramente más fino.

    —Más fino, pero sirve —se dijo—. Eso es lo que decía el viejo.

    Volvió a entrar con el rollo y lo cortó con la pinza, y durante cuarenta minutos fue una pelea chica y muy concentrada, de las que no se ven. Enganchó la cuerda en el clavijero, la pasó por el puente, la tensó de a poco. Le temblaban un poco las manos, y no por el frío. Cuando la llevó a la altura del diapasón, el fa sostenido sonó. Era más delgado que sus vecinos, con algo de metal en el borde.

    Lo tocó cuatro veces. Cinco.

    —Va a pasar —murmuró—. Nadie va a notar.

    Pero él lo notaba. A las cuatro de la mañana, con el salón helado y la linterna pegada al hombro, todavía lo notaba. Terminó el resto de las notas. Cerró el frente. Bajó la tapa. Guardó las herramientas en orden, como se las había enseñado su padre, y se acostó un rato en dos sillas juntas, con el abrigo encima.

    Lo despertó el ruido de las puertas.

    Eran las diez y media. Ya estaban llegando: señoras con tarteras tapadas con repasadores, chicos de saco y corbata, un coro de La Plata que había venido en micro y hablaba bajito, un hombre muy flaco con un bastón que tarareaba solo. El salón fue llenándose de abrigos y de voces. Eluned le puso un café en la mano.

    —¿Y?

    —Está —dijo Aníbal—. Con un detalle. Una nota. Una sola. En la octava de arriba.

    —¿Se nota?

    —Para mí sí.

    —Entonces nadie más.

    A las once en punto el director levantó los brazos. Hubo un silencio largo, de capilla, y la pianista dio el acorde inicial. Aníbal estaba parado contra la pared del fondo, con las manos en los bolsillos, y escuchó cómo el salón respiraba junto. Después las doscientas voces entraron en galés, graves y anchas, con esa manera de cantar que parecía venir de abajo del piso. Cantaban Calon Lân. Él entendía tres palabras.

    El piano acompañaba firme. En el estribillo la pianista subió por el teclado, y Aníbal cerró los ojos para esperar la nota, apretando el vaso de papel.

    Llegó. El fa sostenido, delgado, un poco raro, justo en el medio del acorde. Y en lugar de sobresalir, se perdió adentro de las voces como un hilo en un tejido, y de pronto el acorde entero sonó un poquito más claro.

    A su lado, el hombre del bastón dejó de tararear, lo miró de reojo y siguió cantando.

    Aníbal abrió los ojos. En la pared, su abuelo lo miraba desde la tercera fila de 1965, serio como todos, sin decir nada.

    Aníbal se puso a cantar la parte que sabía, bajito, en una lengua que no era la suya. Por una vez no la afinó.