Blog

  • La panza de la g

    Tamara Quiroga cargó el pincel de pelo largo con esmalte rojo y respiró por la nariz, como le había enseñado su maestra. Era sábado, las nueve de la mañana, y el garaje de Valentín Alsina olía a aguarrás y a las facturas que alguien había dejado sobre el capot de un Falcon. Afuera, un camión Mercedes 1114 esperaba con la puerta del acompañante desmontada y apoyada en dos caballetes. Era el primer trabajo que le entregaban sola.

    —Que sea lindo, pibita —dijo Ramón Ledesma, el dueño, con la gorra en las dos manos—. Que se vea desde Pompeya.

    Ramón hacía fletes desde antes de que Tamara naciera. Mudanzas, heladeras, un piano una vez. Su padre había tenido un carro con caballo y una frase pintada en el costado, y él quería la misma en la puerta del camión. Se la dictó de memoria, despacio, con los ojos en el techo: «Con el favor de Dios y el apoyo de la Virgen, por esta calle voy a llegar».

    —Va en dos renglones —dijo Tamara—. Con una cinta arriba y unas hojas de acanto a los costados.

    —Lo que vos digas.

    Ella trasladó el dibujo con el papel picado: perforó el contorno con una aguja, golpeó la bolsita de carbón y el diseño apareció sobre la chapa blanca, como una constelación de puntitos grises. Después se puso a trabajar las letras. Primero los colores planos, rojo para las mayúsculas y verde botella para el resto. Después las luces y las sombras, con yapán, esa mezcla de negro y barniz que da volumen y que se seca con un brillo de caramelo.

    Ramón no se iba. Se sentó en un banquito de plástico, con un mate que le había cebado la vecina, y miraba. No miraba el trabajo en general. Miraba cada trazo, y movía apenas los labios.

    —¿Le pasa algo, don Ramón?

    —Nada. Me gusta cómo hacés la «D».

    —¿Qué tiene la «D»?

    —Que cierra. La de mi viejo no cerraba nunca. Se le quedaba abierta, como pidiendo permiso.

    Tamara sonrió y siguió. Hizo la «V» de «Virgen» con un remate en espiral, y notó que el hombre se inclinaba hacia adelante. Cuando llegó a «apoyo», se acomodó la gorra. Cuando llegó a «calle», dijo en voz baja:

    —Esa es la que más me gusta. Parece una escalerita.

    Ella frenó. Lo miró. En «calle» las dos «l» se sostenían una junto a la otra, altas y derechas, con la «e» final bajando como un escalón.

    —¿La reconoce?

    —La reconozco —dijo Ramón, y se rió con una risa corta, de quien se queda sin salida—. Yo sé lo que dice porque me lo sé, mijita. Pero lo que son las letras… Nunca me enseñaron. Mi viejo tampoco sabía. Él pintaba la frase de memoria, un pintor se la copió una vez, y después la repasaba cada año con un pincel de pared. Yo me acuerdo de la forma de cada palabra. La de «calle» es la escalerita.

    En el garaje se oía una radio lejos, un colectivo frenando en la avenida. Tamara dejó el pincel sobre el trapo. Le pareció que con cualquier cosa que dijera iba a romper algo.

    —¿Y usted por qué no me lo contó antes?

    —Porque pensé que ibas a tener lástima.

    —No tengo lástima. Tengo un problema.

    —¿Qué problema?

    —Que acá en «Virgen» hay una «g» que va a salir distinta de la de su papá. Yo la hago con la cola para abajo y un rulito. Usted la va a buscar y no la va a encontrar.

    Ramón se quedó pensando. Después se levantó, se acercó a la puerta apoyada en los caballetes y pasó el dedo, sin tocar, a un centímetro de la chapa, siguiendo la frase. Se detuvo en «Virgen».

    —Hacela como se te dé —dijo—. Pero la «g»… la «g» la hacés con la panza grande.

    —¿Con la panza grande?

    —Como la de mi viejo. Que parecía una olla.

    Tamara tomó el pincel. Pensó en su maestra, que decía que el filete es el arte de mentir con las curvas para que la línea parezca decir la verdad. Dibujó la «g» con una panza grande, redonda, como una olla en la que cabía una sopa para cinco. Le puso el rulito igual, porque no podía no ponérselo. Y debajo, con una luz de yapán, un reflejo pequeño.

    Cuando terminó, a la una de la tarde, con las manos manchadas de verde y rojo hasta las muñecas, Ramón dio una vuelta lenta alrededor de la puerta, que ya estaba de pie otra vez, esperando los tornillos.

    —¿Está bien? —preguntó ella.

    Él no contestó enseguida. Pasó el dedo por el aire, de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, y por primera vez Tamara vio que no estaba leyendo ni recordando. Estaba saludando a alguien.

    —La «g» —dijo—. Es la de él.

    Tamara asintió, y no dijo nada más. Mientras Ramón y el ayudante atornillaban la puerta al camión, ella lavó los pinceles en el tacho con aguarrás, uno por uno, hasta que el agua quedó turbia y las cerdas otra vez blancas.

    A las tres, el Mercedes arrancó con una sacudida y salió del garaje hacia la avenida. Tamara lo siguió hasta la vereda. Vio cómo doblaba rumbo al puente, con el sol dando de lleno en la puerta, y cómo las letras rojas y verdes brillaban sobre la chapa. De lejos, entre el humo del escape y el polvo, la frase parecía una sola línea ondulada. Pero la «g» de «Virgen», con su panza grande, se veía desde la esquina.

  • El ojo que faltaba

    Rómulo Sanabria llegó al galpón del club a las cuatro de la tarde del tres de enero, con el pan de miga en una bolsa y la cola vinílica todavía pegada en los nudillos de anoche. Faltaban cuatro horas para que la primera carroza saliera hacia el corsódromo, y la tercera, la del yaguareté, tenía un solo ojo.

    Estaba en lo alto de la estructura, a seis metros del piso, con la cabeza de telgopor ya recubierta de papel madera y pintada de ocre y negro. El ojo izquierdo, de vidrio ámbar, brillaba bajo los tubos de luz. En el derecho había un hueco redondo, como una boca abierta que no decía nada.

    —¿Y el ojo, Rómulo? —gritó desde abajo Mabel, la que cosía los trajes, con la boca llena de alfileres.

    —Viene —dijo él, y no era cierto.

    Treinta y un años pegando papel. Empezó de pibe, llevando baldes de engrudo, y aprendió el oficio de Don Aquiles, que decía que una carroza se hace con paciencia y con vinílica, en ese orden. Había empapelado leones, dragones, un Quijote entero. Pero los ojos siempre los hacía Delia, su mujer. Los pintaba al final, con un pincel finito de pelo de marta que guardaba en una lata de Terrabusi, y recién cuando terminaba cada animal parecía mirar a alguien.

    Delia se había ido en marzo. Rómulo pasó el invierno sin tocar el galpón, y en octubre el director lo fue a buscar a la casa. “La carroza es tuya, Romu. Los ojos los resolvemos”. Los habían resuelto con un ojo y un hueco.

    Subió por la escalera de aluminio con la lata. Adentro estaban los pinceles, un tubito de pintura dorada que se había secado y la receta de Delia, escrita a lápiz en el dorso de una factura de la ferretería: “Ámbar base. Rayita negra vertical, una sola. Brillo con una gotita de barniz, no más”.

    Eso era todo. No decía cómo se hacía que una rayita negra pareciera una mirada.

    Le temblaba la mano. Probó en un trozo de cartón y le salió un bicho muerto. Probó otra vez y le salió peor. Abajo, los bailarines empezaban a llegar, con los tocados en bolsas gigantes, y el galpón se llenaba de olor a laca, a café quemado y a cola. Alguien puso la batucada en un parlante y el piso empezó a vibrar.

    —Tío, ¿lo ayudo? —preguntó un chico de unos doce años, Ezequiel, el sobrino de Mabel, que andaba por ahí con una gaseosa—. Yo hago dibujos.

    —Esto no se dibuja —dijo Rómulo—. Esto se mira.

    Pero lo dejó subir un escalón. El chico se quedó callado un rato, mirando el ojo bueno, y después dijo algo que Rómulo no esperaba:

    —Ese mira para allá. Para donde va a salir la carroza. ¿El otro tiene que mirar para el mismo lado, no?

    Rómulo se quedó quieto. Era eso. Delia nunca lo había escrito porque nunca lo había pensado: ella pintaba el ojo desde el costado del animal, parada junto a la cara, y la rayita negra siempre acompañaba la línea del hocico, hacia adelante, hacia la pista. Los ojos no miraban a la gente. Miraban adonde iba el animal.

    Se limpió las manos en el pantalón. Mojó el pincel de marta en el ámbar, rellenó el hueco con una sola pasada, esperó. Contó hasta veinte como hacía ella. Después tomó el negro con la punta de las cerdas, casi sin pintura, y trazó la raya vertical siguiendo el filo del hocico, una sola vez, sin retocar.

    Quedó chueca. Un pelito chueca, hacia arriba, como si el yaguareté hubiera oído algo entre los pastizales.

    Le puso la gotita de barniz. Una, no más.

    Bajó de a poco. Desde el piso, con la distancia justa, la cabeza completa lo miró de costado y después miró hacia el portón. Mabel dejó de coser. Ezequiel, con la botella a medio camino de la boca, dijo bajito: “Está vivo”.

    —Está torcido —dijo Rómulo, y se le quebró la voz.

    —Por eso —dijo Mabel, y le tocó el brazo.

    A las ocho menos diez abrieron el portón y la noche entró al galpón con olor a pasto recién cortado y a pochoclo. Los muchachos engancharon la carroza al tractor, despacio, y el yaguareté salió con su ojo ámbar y su ojo ámbar, uno de Rómulo y uno de Delia, mirando hacia adelante, hacia la pista iluminada del otro lado de la calle.

    Rómulo caminó al lado de la rueda gigante hasta el final de la cuadra. Después se quedó parado en la vereda, con la lata de Terrabusi bajo el brazo, viendo cómo la cabeza se perdía entre los reflectores. Le pareció que, de lejos, la rayita ya no estaba chueca. Le pareció que apuntaba justo adonde tenía que apuntar.

  • La docena del estante

    Yamila Soria le pasó el repasador por el mostrador de acero y miró el reloj de la pared: las tres y cuarenta. Era la primera noche que el horno era suyo. Don Sixto se había operado la rodilla el lunes, y el dueño de la panadería, que vivía en Banfield y no sabía ni prender la amasadora, le había dicho nomás: “Arreglate, Yami. Total sabés todo”.

    No sabía todo. Sabía hacer medialunas de grasa, que eran las del barrio, chiquitas y con el brillo justo de almíbar, y sabía que a la masa había que escucharla. Lo que no sabía era por qué, entre la tanda de las cuatro y la de las cinco, Sixto metía siempre una docena en una bolsa de papel madera y la dejaba en el estante de arriba, lejos de la vidriera.

    Esa noche, entre los apuntes que le dejó pegados con cinta en la heladera, había uno solo subrayado dos veces: “La docena del estante es para el de las 4.50. No se vende. No se toca”.

    —¿Y quién es el de las 4.50? —había preguntado Yamila por teléfono.

    —Vos hacela —dijo Sixto, desde la cama, con la voz espesa de analgésico—. Él viene solo.

    A las cuatro menos diez, con el rotativo ya caliente y la fermentadora llena de bandejas, se cortó la luz.

    Primero fue el silencio. Después, de a poco, la oscuridad de la cocina con el único rectángulo azul de la ventana que daba a Yrigoyen. Yamila se quedó con una bandeja en cada mano, escuchando cómo el motor del horno aflojaba como un animal que se duerme. Afuera, a una cuadra, el semáforo también estaba apagado.

    —No, no, no —dijo, y dejó las bandejas.

    Encontró la linterna en el cajón de las espátulas. Había un horno de chapa viejo, de gas, que Sixto guardaba de reserva y usaba nada más para el pan de Navidad. Lo prendió con un fósforo largo, la llama azul saltó del quemador, y rezó para que aguantara una bandeja de a una. Entraban seis medialunas por vez. Para una docena, dos viajes. Para el resto de la mañana, un desastre.

    A las cuatro y veinte la primera tanda salió con un color raro, medio pálido de un lado. La dio vuelta. A las cuatro y media sacó la segunda, ahora sí dorada, y la pinceló con almíbar todavía caliente con la linterna entre los dientes. Olía a manteca quemada y a azúcar, a su casa de chica.

    Oyó el golpe en la persiana a las cuatro y cuarenta y cinco.

    Era un golpe corto, con los nudillos, dos veces. Yamila levantó la cortina de la puerta de servicio y encontró a un hombre de campera azul, la gorra con el escudo de la empresa, un termo bajo el brazo. Tendría sesenta años y la cara cansada de los que trabajan de noche.

    —Buen día —dijo—. Soy Walter. ¿Sixto no está?

    —Está operado. Soy Yamila. Hoy me quedé yo.

    Walter miró para adentro, vio la linterna, el horno de chapa, las bandejas en desorden.

    —Se les fue la luz.

    —Hace una hora.

    Él asintió. No parecía sorprendido ni apurado, pero tenía la mirada fija en el estante de arriba.

    —Mirá, nena, no te preocupes. Si no hay, no hay. Yo paso a las cuatro y cincuenta porque el tren de las cinco menos diez arranca de Escalada, y la gente del coche de adelante… —se frenó, y bajó la voz—. Sixto me guarda una docena desde hace doce años. Para mí y los dos muchachos de la cabina. Es lo único caliente que comemos en todo el turno.

    Yamila sintió que se le aflojaba algo en el pecho.

    —Esperame un minuto.

    No tuvo que bajar nada del estante. Metió las seis medialunas de la segunda tanda en una bolsa de papel, y las otras seis, todavía tibias, las sacó con la pinza de la bandeja de la primera, la pálida, que de ese lado había quedado a pesar de todo. Dobló la boca de la bolsa. Le temblaban las manos y se le notaba.

    —No están como las de Sixto.

    —Nadie dijo que tenían que estarlo.

    Walter agarró la bolsa, la apoyó un segundo contra el pecho para sentir el calor y después miró el reloj.

    —Ay, me quedé hablando. Cuatro cuarenta y ocho.

    —Corré, yo te cierro.

    —Gracias, flaca. Por la luz, no te hagas drama. Se va a arreglar sola.

    Se fue por la vereda de Yrigoyen casi trotando, con la bolsa abrazada, y Yamila lo siguió con la linterna hasta el puente peatonal, donde lo vio subir los escalones de a dos, con el termo golpeando contra la baranda. Arriba, contra el cielo todavía negro, brillaban las luces del tren que esperaba.

    Volvió a la cocina. El horno de chapa seguía caliente, y las bandejas esperaban. Calculó cuánto le quedaba de masa y empezó a formar la tercera tanda con los dedos fríos y la linterna prendida en la boca. A las cinco y diez, mientras pinceleaba, se encendieron de golpe todas las luces y el rotativo volvió a zumbar como si nada.

    Se quedó mirando la bolsa vacía del estante de arriba, la que Sixto dejaba siempre doblada para la noche siguiente. Sacó un lápiz del bolsillo del delantal y escribió en el papel, con letra grande: “Para Walter. 4.50”.

    Después la dejó en su lugar, derecha, para que se viera desde la puerta.

  • La cuarta pasada

    A las nueve y media de la noche, con la última luz azul todavía colgada sobre el canal, Graciela Aguirre subió a la cabina de la pisanieves y se quedó un rato quieta, con las manos en las rodillas. Abajo, en la base del Cerro Castor, apagaban las luces del restaurante de a una. Arriba, en la ladera sur, la nieve de octubre estaba pesada y mojada, de esa que se pega a las orugas como mermelada.

    Era el último fin de temporada de sus treinta y un años en la montaña. El lunes empezaba la jubilación, y lo único que Graciela había pedido, en una reunión corta y un poco torpe, era una noche más con la máquina. Le dijeron que sí sin preguntar para qué.

    Tenía una sola pista en la cabeza: Caminito del Bosque, dos mil trescientos metros entre las lengas, de la cota 480 hasta el pie del cerro. La pista más mansa y más larga. La que su nieto Mateo, de siete años, iba a bajar al día siguiente por primera vez sin que nadie lo agarrara de la campera.

    Giró la llave. El motor tosió, agarró, y la cabina se llenó del olor de siempre: gasoil, café frío y el abrigo húmedo que colgaba del gancho desde hacía una década. Prendió los faros. Dos cuchillos amarillos abrieron la oscuridad y la nieve se puso a brillar como sal gruesa.

    Subió despacio por la traza, con la pala adelante y la fresa atrás, mirando el borde del bosque. De chica, en Río Grande, nunca había visto esquiar a nadie. Llegó a la montaña a los veintitrés, para cocinar en un refugio, y se quedó cuando un jefe le dijo: “Vos tenés pulso para esto. Probá.” La primera vez que manejó la máquina, se le trabó el brazo izquierdo de los nervios. Después aprendió a oír la nieve por el motor: cuándo estaba dura, cuándo estaba cansada, cuándo estaba lista para recibir a alguien.

    En la cota 480 frenó. Abajo, muy lejos, las luces de Ushuaia se apretaban contra el Beagle como brasas en un fogón, y al otro lado del agua, negro y grande, estaba Chile. Graciela apagó la radio un minuto, solo para sentir el silencio.

    Después empezó a bajar, y trabajó como nunca. Peinó la nieve en franjas, primero la ida y después la vuelta, volcando los bultos hacia los costados, aplastando la costra donde el sol del mediodía había dejado huellas. Dos veces paró, bajó de la cabina y se arrodilló en la nieve con un guante puesto y el otro no, para tocarla con la palma. En la curva de los lengas dobladas por el viento encontró una piedra que no estaba el año anterior, la sacó con las manos y la tiró al monte.

    A medianoche sonó la radio.

    —Graciela, ¿todo bien por ahí? —era Ariel, el del turno de guardia, con la voz pastosa de sueño.

    —Todo bien. Estoy terminando.

    —Ya hiciste Caminito tres veces. Te vi desde el taller.

    —Falta la cuarta.

    —¿Para qué una cuarta?

    Graciela miró el parabrisas, donde las luces dibujaban el surco recién hecho.

    —Porque el pibe es chico y no se va a acordar de nada. Pero la nieve sí se acuerda de cómo la dejaron.

    Ariel no contestó. Al rato, la radio hizo un clic corto y se apagó.

    La cuarta pasada fue la más lenta. Hacia las tres y media, cuando el cielo se aflojó a un gris de ceniza y las lengas empezaron a separarse del fondo, llegó otra vez al pie del cerro. Apagó el motor. El silencio le zumbó en los oídos. La pista se estiraba cuesta arriba, peinada, pareja, de un blanco tan limpio que parecía recién inventado.

    Se quedó sentada hasta que clareó. A las nueve, desde la cabina estacionada junto al taller, vio llegar los primeros autos, y entre ellos una camioneta verde de la que bajó su hija, con una bolsa de equipo colgada del hombro y un nene de casco rojo que ya corría hacia la telesilla del Bosque.

    A las diez se abrieron los medios. Graciela se calzó el gorro y caminó hasta el borde de la pista, justo donde empezaba Caminito. Mateo estaba arriba, chiquito entre los demás, con los esquíes en cuña. Lo vio dudar un segundo. Lo vio soltar el bastón de la mano izquierda, como si no hiciera falta, y deslizarse.

    Bajó torcido al principio. Después encontró el surco, el mismo que ella había abierto durante la noche, y la nieve lo llevó sin ruido, entre los troncos, curva tras curva, con los brazos abiertos y una risa que se oía desde lejos.

    Graciela no lo siguió con la vista hasta el final. Se dio vuelta, miró la huella de las orugas subiendo por la ladera, y apoyó una mano abierta en el costado frío de la máquina, como se hace con un caballo al terminar la jornada.

  • El tablón de la tercera fila

    Norberto Ferrante llegó a Humboldt a las dos de la tarde de un sábado, una hora antes de que Atlanta recibiera a Ferro, con un banquito plegable bajo el brazo y un papel doblado en el bolsillo de la campera. Tenía setenta y ocho años, una rodilla que le avisaba el clima y una sola idea fija desde el martes: sentarse otra vez sobre el tablón.

    No cualquier tablón. El de la tercera fila de la popular del cajoncito, el que tenía grabadas con la punta de una llave las letras N y F, hechas un domingo de 1957 mientras su viejo discutía un penal con el de adelante.

    Lo único que quedaba del cajoncito era el recuerdo y la calle. Donde antes estaban los arcos, las líneas de cal y el olor a choripán de la bandeja, ahora se levantaba el Movistar Arena, enorme y gris, con chicos haciendo cola para un recital. Norberto se paró en la vereda de enfrente y lo miró un rato largo, con la cabeza inclinada, como quien intenta reconocer a un amigo detrás de una barba nueva.

    —¿Busca algo, don? —le preguntó un pibe de la boletería de la cancha nueva, que fumaba apoyado contra el alambre.

    —Busco un banco de madera.

    —Tiene un montón adentro, pero son de cemento.

    —Los de madera, digo. Los de antes.

    El pibe lo miró con esa piedad cortés que se les tiene a los viejos.

    —Pregunte por el Cacho, el utilero. Ese sabe todo.

    El Cacho resultó ser un hombre petiso, de buzo azul y llavero de carcelero, que lo recibió en un pasillo con olor a humedad y a pintura vieja. Norberto le explicó rápido, casi sin respirar, porque había ensayado el discurso en el colectivo. Que él era socio desde el cincuenta y cuatro. Que cuando el cajoncito cerró, en el cincuenta y nueve, se llevaron los tablones al estadio nuevo, a las populares, y que quizás alguno seguía por ahí.

    —¿Qué partido fue el último? —preguntó el Cacho.

    —Contra Ferro. Veintiuno de junio. Uno a uno.

    —Se acuerda de la fecha.

    —Tenía once años. Me acuerdo hasta de la humedad.

    El Cacho se rascó la nuca, se quedó pensando y después le hizo una seña con el dedo para que lo siguiera. Bajaron por una escalera angosta, debajo de la platea, hasta un depósito donde dormían conos de entrenamiento, redes enrolladas, una máquina de marcar canchas con una rueda pinchada. Contra la pared del fondo, apilados bajo una lona, había cuatro tablones largos, oscuros, con las vetas abiertas como palmas.

    —Los guardó el finado Mancuso —dijo el Cacho—. Decía que algún día alguien los iba a reclamar. Nadie vino nunca.

    Norberto se agachó despacio, con una mano en la pared. Pasó los dedos por la madera, primero por el primero, después por el segundo. En el tercero encontró las dos letras. Estaban gastadas, casi planas, pero se sentían con la yema como cicatrices viejas.

    —Es este.

    —Ahora es suyo —dijo el Cacho, sin ceremonia—. Si lo puede cargar.

    No lo podía cargar. Entre los dos lo subieron por la escalera, haciéndose los distraídos cuando la rodilla de Norberto protestaba, y lo dejaron un rato en la vereda, bajo el sol flaco de la tarde, con los hinchas que empezaban a llegar mirando de reojo.

    —Esperá —dijo el Cacho, y volvió con dos ladrillos y una lata de cerveza vacía.

    Armaron un banco precario sobre el cordón, de cara al Arena. Norberto desplegó el papel que traía en el bolsillo: una entrada de 1959, amarillenta, que había encontrado en una caja de zapatos. La alisó sobre la rodilla. Después se sentó.

    La madera crujió, igual que antes. Le dio el mismo frío en la parte de atrás de los muslos, el mismo olor a resina vieja y a lluvia guardada. Cerró los ojos y oyó, o creyó oír, el murmullo de la gente en las gradas, la voz del vendedor de maní, el silbato del referí cortando el aire del invierno. Su viejo a la derecha, discutiendo. El pelotazo bombeado. El uno a uno.

    —¿Y? —preguntó el Cacho, al rato.

    —Está más chico —dijo Norberto, con los ojos todavía cerrados—. Pero es el mismo.

    Cuando abrió los ojos, la cola del recital daba la vuelta a la manzana, y una chica de campera de jean se había quedado mirándolo desde la fila. Le sonrió. Él levantó la mano, como saludando a alguien que cruzaba la cancha.

    A las tres menos cuarto se paró, se sacudió el pantalón y le dio la mano al Cacho. Dejaron el tablón contra el cordón, contra el alambre, listo para que lo llevaran de vuelta. Norberto agarró su banquito plegable, que no había usado, y cruzó hacia la cancha nueva.

    En la puerta se dio vuelta una vez. En la vereda, a la sombra enorme del edificio, la madera oscura seguía ahí, y encima, apoyada, la entrada de 1959, sostenida por una piedra.

  • Tres gramos de yapa

    Hugo Bustos llegó al Mercado Norte a las cinco y cuarenta, cuando las persianas de la calle Oncativo todavía subían de a una y el aire olía a cartón mojado y a cajones de tomate recién bajados del camión. Traía el maletín de cuero sobre la cadera y, adentro, envuelta en un trapo de franela, la pesa de un kilo.

    Era la última del recorrido. Cuarenta y un años de balancero, de puesto en puesto, con los platillos, las agujas y los tornillitos de ajuste, y ese viernes cerraba la lista con el puesto de la Tota Barrionuevo, pescadería, pasillo del medio, justo debajo de uno de esos escudos de piedra con vacas y hortalizas que nadie mira porque están demasiado arriba.

    —Llegás temprano —dijo la Tota, sin darle la mano, porque la tenía en hielo hasta la muñeca.

    —Me jubilo el lunes.

    —Eso ya lo dijiste en agosto.

    —En agosto no tenía la fecha.

    Ella se rió con un resoplido y siguió acomodando merluzas sobre las escamas de hielo. El pescado llegaba de Mar del Plata en un camión frigorífico que pasaba antes del amanecer, y la Tota lo recibía contándolo con los dedos, en voz baja, como quien reza.

    Hugo abrió el maletín sobre el mostrador. Sacó la pesa vieja del puesto, la de bronce, la que la Tota usaba como patrón desde que se la dejó su padre, y al lado puso la nueva, la de un kilo exacto, con certificado y todo, que le habían dado en el municipio para la última verificación.

    —Hoy viene el inspector —dijo él—. El flaco nuevo. Dice que quiere pasar por todos los puestos que yo atiendo antes de que me vaya.

    —¿Y?

    —Y que vamos a comparar.

    La Tota dejó de contar.

    Hugo no le había dicho nunca nada. En mil novecientos ochenta y seis, un invierno de heladas, la Tota le pidió que le arreglara la pesa del padre, que tenía el fondo picado de humedad. Él la limpió, la lijó, y para devolverle el peso soldó adentro una gota de plomo. Después de tantos años pensó que había hecho bien la cuenta. No la había hecho bien. Se dio cuenta en el noventa y uno, con una balanza nueva, y no dijo nada. Se dio cuenta de que la pesa daba tres gramos de más, y que cada kilo de pescado que la Tota vendía salía con tres gramos que nadie le pagaba.

    Tres gramos. Una pizca. Un hilo de aceite. Pero a veinte clientes por mañana, por cuarenta años, algún número tenía que dar, y Hugo lo había calculado una noche sin dormir: casi dos toneladas de merluza regaladas, repartidas entre vecinas del centro, empleados de la calle Rivadavia, dueños de bares, una monja de la Catedral que compraba los jueves.

    —Vengo a confesarme —dijo.

    —Yo no soy cura.

    —No, pero tenés pescado.

    Ella se limpió las manos en el delantal, despacio, y se quedó mirando la pesa de bronce como si la viera por primera vez.

    —Tres gramos —dijo.

    Hugo tragó saliva.

    —¿Cómo sabés?

    —Hugo. Me casé con un tipo que pesaba el pan a mano. Mi viejo me enseñó que el kilo no se mira, se siente. Hace treinta años que me di cuenta. Hay clientas que me dicen: “Tota, vos pesás distinto”. Y yo les digo que sí.

    —¿Y por qué no me dijiste nada?

    —Porque a vos te daba vergüenza y a mí me convenía —dijo ella, con una media sonrisa—. A mí me convenía que la gente volviera.

    Se oyó, a lo lejos, el golpe seco de una persiana y el grito de un verdulero que ofrecía zapallitos a mil. En la entrada del pasillo apareció un muchacho de campera azul con una carpeta bajo el brazo. Dio dos pasos, miró los puestos y se quedó parado, esperando que alguien lo viera.

    —Ese es —dijo Hugo.

    —Ya sé.

    —Si comparamos, la pesa va a salir de más y vas a tener que cambiarla. O peor.

    —¿Peor qué?

    —No sé. Peor.

    La Tota tomó la pesa de bronce con las dos manos y la puso en el platillo izquierdo. En el derecho puso la nueva. La aguja se inclinó un poco y quedó quieta, un pelo hacia el bronce.

    —Dejala —dijo ella—. Hacé lo que tengas que hacer.

    Hugo sacó la lima fina y el calibre. Trabajó con el trapo sobre el mostrador, en silencio, quitando el plomo con la punta, una raspadura, otra, mirando la aguja entre cada una. El inspector se acercó y se quedó a un costado, sin hablar, con la lapicera en el aire. Cuando la aguja quedó en el medio, Hugo apoyó la lima.

    —Listo. Un kilo.

    El muchacho anotó algo. Después levantó la vista.

    —¿Cuánto era la diferencia?

    —Tres gramos —dijo la Tota antes que Hugo pudiera abrir la boca.

    —¿Hace cuánto?

    —Desde que yo era joven y linda.

    El inspector no se rió, pero firmó. Se fue pasillo adentro, hacia la panadería, y Hugo empezó a envolver sus herramientas una por una, con el cuidado de siempre, hasta que se dio cuenta de que le temblaban un poco los dedos.

    —Gracias —dijo.

    —¿Por qué?

    —Por no habérmelo dicho.

    Llegó la primera clienta, una señora de pelo corto con el changuito de las compras. Pidió medio kilo de merluza. La Tota lo pesó en la balanza, lo envolvió en papel, y antes de entregarlo tomó con dos dedos un trocito de filete de la bandeja y lo agregó arriba, sin mirar a nadie.

    —Una yapa —dijo.

    —Ay, Tota, ¿y esto?

    —Es la costumbre.

    Hugo cerró el maletín. Detrás de la señora, la luz de la mañana entraba por los ventanales altos del mercado y caía sobre el hielo, sobre las escamas, sobre las manos de la Tota, que ahora pesaban solamente lo que había que pesar y daban el resto a mano, a ojo, a voluntad, como siempre había sido y como nunca había hecho falta que una pesa lo dijera.

  • La sombra de una baldosa

    Ramón Gauna cargó el último esqueje en el cajón de la camioneta municipal y lo tapó con una bolsa de arpillera mojada. Eran las cinco y media de la mañana de un lunes de marzo y la vieja Federación todavía no tenía luz de día, solo el naranja de las lámparas de la CTM sobre la barranca, donde las topadoras dormían con las palas hundidas en los escombros.

    Veintiocho años había cuidado la plaza. Los paraísos, los dos ceibos de la esquina del correo, el jazmín del país que trepaba por la glorieta. Ahora la glorieta era un montón de hierros y el agua del embalse venía subiendo por la calle del puerto, barro adentro, sin apuro.

    —Gauna, tenés que salir —le gritó desde la ruta un capataz con casco blanco—. A las siete cierran el acceso.

    —Dos viajes más.

    —Es el último de verdad.

    —Entonces uno.

    El capataz se encogió de hombros. Ya nadie le discutía a Ramón. Desde el año anterior lo veían caminar entre las casas sin techo con su pala corta y su balde, como quien visita enfermos.

    Lo del vivero había sido idea suya y de nadie más. En la Nueva Federación, a cinco kilómetros, las casas estaban paradas en fila, con sus tejas rojas y sus veredas de cemento limpio, y no había un solo árbol. Ni uno. Su hija Nilda le había mandado una foto con la Kodak: la calle principal, el cielo enorme, una nena sentada en el cordón con la mano de visera. «Papá, acá el sol te pega desde que sale hasta que se va», le había escrito detrás.

    Él había pedido permiso para llevarse plantas de la plaza vieja. Primero le dijeron que sí. Después que había que esperar. Después que la plaza nueva iba a diseñarse con especies elegidas por los arquitectos de Buenos Aires. Ramón no contestó nada. Empezó a ir de madrugada.

    Ahora le quedaba el ceibo.

    No uno de los grandes, que no se mudan. Uno chico, nacido al pie del mayor, de un metro veinte, que él mismo había visto salir de una semilla caída en el invierno del setenta y siete. Lo había cuidado sin decirle a nadie, porque en la plaza no se les cuida a los hijos de los árboles: se los saca con la pala. Pero ese lo había dejado crecer entre las baldosas rotas, con una lata de tomate alrededor para que no lo pisaran.

    Bajó de la camioneta con la pala y el balde. La plaza olía a tierra revuelta y a río, un olor frío y de fondo, como de sótano abierto. Los paraísos grandes ya estaban en el suelo, con las raíces al aire, enormes, como manos. Ramón no los miró.

    Clavó la pala a un palmo del tronco chico, a un palmo más, y fue cavando en redondo, despacio, con el cuidado de quien saca una muela. La tierra salía oscura. A los veinte minutos tocó la raíz principal, que bajaba derecha, más larga de lo que había imaginado.

    —Aguantame —le dijo al árbol, o a sí mismo.

    Se arrodilló. Metió las manos hasta el codo. Cuando levantó el pan de tierra con las dos manos, un tirón le cruzó la espalda y tuvo que quedarse así, inmóvil, con el ceibo en brazos y la frente casi en el suelo, hasta que el dolor aflojó.

    Entonces escuchó pasos en los escombros. Era el capataz, sin el casco.

    —Dame eso —dijo.

    —No hace falta.

    —Dame, Gauna.

    Lo cargaron entre los dos. El capataz lo apoyó en el cajón sobre la arpillera y, sin preguntar, alcanzó el balde de agua y lo regó. Después se quedó mirando la plaza, las mesas sin gente, el banco de hierro que alguien había arrancado y dejado de costado.

    —Mi vieja nació frente a esa glorieta —dijo—. No se lo digas a nadie.

    —No se lo digo.

    Subieron. Ramón manejó despacio por el camino de tierra, con la ventanilla baja y el aire de la mañana entrando mojado de rocío. A su derecha, entre los eucaliptos, el agua empezaba a brillar donde antes había chacras. En el espejo retrovisor, el ceibo chico se sacudía con cada pozo del camino, con las hojas apenas torcidas, como saludando.

    Llegó a la Nueva Federación a las ocho. Había banderas de papel en los postes, un escenario de madera en la plaza todavía pelada y un camión de los que traían el pasto en panes. Nilda lo estaba esperando en la puerta de la casa, con el delantal puesto, y no preguntó qué traía. Vio la arpillera y agarró la pala del cajón.

    Lo plantaron en el medio del patio de atrás, donde no daba la sombra de nada, a veinte pasos de la ventana de la cocina. Ramón lo afirmó con tierra de la plaza vieja, que había traído en dos bolsas, y apisonó con la bota. Nilda regó con el jarro hasta que la tierra dejó de beber.

    —Capaz no prende —dijo él.

    —Capaz.

    —Es chico, todavía.

    —Todos fuimos chicos en algún lado, papá.

    Ramón se sacó la gorra. El viento le movió el pelo gris. El ceibo apenas se inclinó, derecho en su metro veinte, con la lata de tomate todavía clavada al pie, y proyectó sobre el cemento una sombra tan delgada que cabía en una baldosa.

    Se quedaron mirándola un rato, los dos, sin decir nada, hasta que el sol la fue estirando y alcanzó el borde del patio.

  • El tercio del medio

    Ludmila Aranda cortó el último tiento del cuero a las seis de la tarde del sábado, con el sol ya bajo sobre el Puente Viejo y el pueblo lleno de camionetas con tropillas atrás. Desde el taller se oían los cascos en el empedrado y un parlante lejano probando la guitarra: uno, dos, uno, dos. Ella no levantó la cabeza. Tenía un tiento de más de tres metros mojado sobre la mesa, una tabla con clavos y menos de doce horas.

    El pedido había llegado en octubre, por teléfono. Un paisano de Capitán Sarmiento, Cacho Lezica, quería un rebenque de ocho tientos para el desfile del domingo, de los que se trenzan a mano en cuero crudo y se sobean hasta que parecen de tela. Su soguero de siempre se había jubilado de golpe, por la vista, y alguien le pasó el número de ella.

    —¿Y vos hacés de esos? —había preguntado Cacho.

    —Hago de esos —dijo Ludmila, que hasta ese día había vendido sobre todo cintos y llaveros a los turistas que bajaban del micro de Retiro.

    Aprendió sola, o casi. Con un video borroso, un cuchillo de punta redonda y tres años de cueros arruinados que todavía guardaba en una caja de manzanas, por si acaso. En Areco, donde cada familia tenía un abuelo que sabía, ella no tenía a nadie. Eso se notaba en cómo la miraban los hombres en el mostrador de la talabartería, con una cortesía que se sentía más fría que un no.

    A las ocho de la noche tenía hecho el cuerpo del rebenque. A las diez, el nudo del puño. Cenó parada, un pedazo de pan con queso de máquina, y volvió a la mesa. El taller olía a grasa de potro y a cuero mojado, un olor dulzón y animal que ya no notaba salvo cuando volvía de la calle. Pasó la trenza entre los dedos, como quien repasa un rosario, y se detuvo.

    Estaba en el tercio del medio. Un tiento, uno solo, había quedado apenas más flojo que los otros. Un pelo. Nadie lo iba a ver desde el caballo, nadie lo iba a ver desde la vereda. Pero ella lo sentía con el pulgar, como se siente una muela rota con la lengua.

    Se quedó mirando la pared. Eran las once y cuarto. Deshacer el tercio del medio le iba a llevar tres horas, y después había que sobar todo de nuevo, y el cuero recién trabajado no iba a tener el mismo tono que el resto.

    Sonó el celular. Era su hermana Noelia, desde Zárate.

    —¿Dormiste algo?

    —Estoy terminando.

    —¿Está bien?

    —Está bien —dijo Ludmila, y se escuchó decirlo, y se rió sola—. No. Tiene una cosita.

    —¿Una cosita que se ve?

    —Que la veo yo.

    —Entonces es la única que importa —dijo Noelia, y cortó para no hacerla discutir.

    Ludmila apoyó el celular boca abajo. Agarró el cuchillo y empezó a deshacer.

    A las tres y media de la mañana el tercio del medio era una madeja de tientos sueltos y ella tenía los dedos pelados de tanto estirar. Afuera pasó una camioneta despacio y una voz de hombre cantó un pedazo de milonga que se perdió en la esquina. Trenzó de nuevo, tiento sobre tiento, apretando con la uña para que cada vuelta se asentara contra la anterior. Cuando terminó, la luz del patio ya era gris. Sobó el rebenque contra el borde de la mesa, una y otra vez, con grasa en las palmas, hasta que el cuero cedió y se puso tibio.

    Cacho llegó a las nueve menos diez, con bombacha bataraza recién planchada, el sombrero en la mano y un alazán esperándolo atado a un poste. Agarró el rebenque. Lo dobló. Lo pasó por la muñeca, lo midió con el ojo, lo olió.

    —Pesa lo justo —dijo.

    No dijo más. Ludmila contó los billetes sin mirarlos. Cacho se puso el rebenque en la muñeca, montó, y el alazán salió hacia la plaza con ese trote corto de caballo que sabe adónde va.

    A las diez ella estaba en la esquina de la Plaza Ruiz de Arellano, apretada entre un chico con una bandera y una señora con termo. Sonó el himno. Después empezaron a pasar los paisanos, de a uno, de a dos, tropillas enteras, con el polvo subiendo bajo el sol de noviembre.

    Lo vio venir de lejos. Cacho iba erguido, el rebenque colgado de la muñeca derecha, y al pasar delante de la tribuna el cuero se movió con el trote y atrapó la luz. En el medio había un tramo apenas más oscuro, del color de la miel quemada, donde el cuero era nuevo y todavía no había vivido nada.

    Dentro de un año, pensó Ludmila, con el uso y el sudor de la mano, se iba a igualar. Nadie iba a saber nunca dónde había estado.

    Ella sí. Y se quedó ahí, con el termo de la señora rozándole el codo, hasta que el último caballo dobló por la calle y la plaza empezó a aplaudir.

  • Los versos que faltaban

    Casilda Condorí llegó al mojón antes de que el sol terminara de pasar el cerro, con la caja colgada del hombro y un atado de albahaca que había arrancado de la maceta de la cocina. Abajo, Tilcara todavía dormía la fiesta de la noche anterior. Quedaban serpentinas colgadas de los cables y harina pisada en el cordón de la vereda. Hacía frío de febrero en la quebrada, ese frío fino que sube del río seco y se te mete por los puños.

    Era el primer Carnaval sin Ramón. Cuarenta y un años habían bajado juntos con la comparsa, él con el erque y ella con la caja, y cada año, cuando se armaba la rueda de copleros, él tiraba una copla a medias y la dejaba picando en el aire, esperando que ella la cerrara. El último febrero la dejó sin cerrar. Cantó dos versos, se rió con esa risa de costado, y justo pasó el tropel de diablitos y la rueda se deshizo. En abril se murió, sin avisar, mientras pelaba habas.

    —Abuela, no hace falta que vaya sola —le había dicho Marisol, la nieta, por teléfono desde Jujuy capital—. Yo le pido a mi papá que la lleve.

    —Voy sola, hija. Con él no fui nunca acompañada, fui con él. Es distinto.

    Ahora el mojón estaba ahí, la pirca de piedras que cada año se abre para sacar al Pujllay y se cierra para dejarlo dormir. Había gente alrededor, vecinos de la comparsa, un chico con una bolsa de papel picado, don Teodoro con la botella de alcohol. Casilda saludó a todos con el mismo gesto: la mano en el pecho, la cabeza apenas baja.

    —Casilda —dijo don Teodoro—. Pasá, que sos de las primeras.

    Los hombres sacaron las piedras de a una. Alguien tapó la boca del mojón con un rebozo, y Casilda arrimó el tarro con brasas y echó la k’oa, y el humo salió dulce y espeso, un olor a monte seco y a casa vieja. Hay que hacer dormir la k’oa, decía su suegra, para que baje hondo y la tierra se avise de que vamos.

    Después vinieron las ofrendas. Coca, chicha, cigarrillos prendidos que quedaron clavados en la tierra como pequeñas chimeneas. Casilda se arrodilló, le dolieron las rodillas, y dio todo con las dos manos, porque quien da con una sola mano recibe poco. Derramó el primer trago de la chicha en el suelo. Challó. Y no pidió permiso solamente para el Carnaval.

    Cuando se puso de pie, don Teodoro ya había sacado al Pujllay. El muñeco salió con la cara de trapo manchada de tierra y el sombrero torcido, y el chico del papel picado le tiró un puñado en la cabeza. Alguien gritó. Alguien empezó a tocar una caja, y otra, y el sonido rebotó en las paredes de adobe de la calle de arriba.

    La rueda se armó sola, como se arma siempre. Un círculo de ponchos, pañuelos, caras blancas de harina. Los copleros tiraban versos de a uno, uno que había vendido la camioneta, otra que se acordaba del año de la nevada, y cada copla volvía al círculo con una respuesta distinta. Casilda se paró en el borde. Apretó la caja contra la cadera y esperó. Notó que esperaba una voz que no iba a llegar, y que el hueco donde tendría que estar era del tamaño exacto de un hombre sentado, con el erque entre las rodillas.

    —Casilda —dijo la señora Pastrana, la de los pasteles, desde el otro lado de la rueda—. ¿No tenés algo para nosotros?

    Se hizo un silencio que no era de fiesta. La rueda esperó. Casilda sintió que se le cerraba la garganta, y entonces, sin pensarlo, golpeó la caja. Una vez, otra, el ritmo lento de la baguala que él siempre arrancaba. Y cantó, con la voz rajada de la mañana:

    —Dos versos me dejaste, Ramón, el año pasado, y el tercero lo guardé con el sombrero doblado.

    Se detuvo. Nadie se movió. Podía oír el río, y al fondo el motor de una moto, y su propia respiración. La copla de Ramón la sabía de memoria: «Con tu permiso, compadre, yo me voy a sentar, que el cerro no se me achica y el camino es para andar». Faltaban los dos versos de cierre. Nunca los había escrito, porque siempre fueron cosa de ella, el remate, la respuesta que él esperaba, la risa.

    Cerró los ojos. Y los dijo.

    —Anda nomás, compadre viejo, que yo me quedo a cantar; si la tierra te abraza, yo la vengo a convidar.

    La caja siguió sola un compás más. Después alguien, en la rueda, soltó un ay largo, y un hombre al que ella casi no conocía le tendió el vaso de chicha. Casilda lo tomó. Derramó un chorrito en el suelo, a los pies del mojón, y bebió el resto de una vez.

    —Con permiso de los señores —dijo, y la rueda contestó, como siempre, «que sea en buena hora».

    Esa tarde, cuando la comparsa subió a la primera casa invitada y se sentó en los bancos de la galería a comer el guiso, Marisol llegó en un colectivo de línea con la cara llena de harina que alguien ya le había tirado en la parada. Se sentó junto a la abuela sin decir nada. Casilda le pasó un pedazo de pan.

    —Cerré la copla —dijo.

    —Ya sé, abuela. Me avisaron por WhatsApp. Tres personas.

    —Qué cosa —dijo Casilda, y se rió, y la risa le salió de costado.

    Afuera seguían cayendo serpentinas. Y en el mojón, a esa hora, quedaba un cigarrillo prendido y una mancha de albahaca sobre la tierra abierta.

  • La botella verde de la Movediza

    Ceferino Lamas llegó al pie del cerro a las siete y cuarto, con una botella de vidrio verde envuelta en un repasador y la rodilla mala protestando en cada escalón de la calle Misiones. Había neblina baja sobre las sierras y olía a pasto mojado y a piedra fría. Arriba, en el filo, la réplica ya estaba en su lugar, tapada todavía con una lona blanca que el viento inflaba y desinflaba como un pulmón.

    Cuarenta y un años había trabajado en las canteras. Barrenero primero, después encargado de los adoquines, que en Tandil se cortan a mano, con cuña y maza, una piedra por vez, hasta que el brazo se aprende el golpe de memoria. Se jubiló con el oído medio perdido por los barrenos y con la costumbre de mirar el granito como otros miran a la gente: buscándole el lado por donde se abre.

    —¿Usted es de acá, don? —le preguntó el policía de la valla, un muchacho con la gorra torcida por el frío.

    —Nací a tres cuadras. Quiero subir un rato antes de que llegue la gente.

    —Hoy no se puede. Mañana es el acto, vienen las autoridades.

    —No voy a tocar nada. Voy a ir abajo, a lo de los pedazos.

    El muchacho lo miró, miró la botella envuelta en el repasador, y se hizo a un lado sin decir nada más. En los pueblos de sierra hay edades que se respetan sin que nadie las explique.

    La Movediza original seguía donde había caído: tres bloques enormes en la ladera, grises, con liquen naranja en la cara que daba al sol. Ceferino bajó despacio, agarrándose de las matas de tomillo. Su padre le había contado mil veces la misma escena. Era un jueves de febrero de 1912, un año bisiesto, y él tenía nueve años y estaba sacando agua de un pozo cerca de las canteras cuando sintió el golpe en los pies antes que en los oídos. Un golpe sordo, de toneladas. Después, el silencio de los pájaros.

    —Nadie la vio caer —decía el viejo—. Eso es lo que no se perdona. Trescientas toneladas se vinieron abajo y no hubo un solo testigo.

    Y cada vez, al final, agregaba la parte que a Ceferino le había quedado clavada: que de chico, con otros pibes, había ido a la piedra con una botella vacía, y que la habían puesto bajo el vértice, como hacían los turistas, para ver si al día siguiente estaba aplastada. Tres veces la habían puesto. Tres veces la piedra se había mecido, había hecho crujir el vidrio, y la botella había quedado entera.

    —Era mansa —decía el padre—. Vos no le podías hacer nada. Ella sola decidió.

    Esa botella, la tercera, había quedado perdida entre las matas después de la caída. El padre nunca la encontró. Murió en el noventa y uno, y en el cajón de herramientas dejó otra, verde, parecida, con un corcho viejo y un papelito adentro: “Para la Movediza, cuando vuelva”.

    Ceferino había pasado quince años sin animarse a leerlo en voz alta. Ahora lo tenía en el bolsillo de la campera, doblado en cuatro.

    Llegó al bloque más grande y apoyó la mano abierta. El granito estaba helado y tenía esa aspereza fina, como de lija gruesa, que él conocía mejor que su propia piel. Con el pulgar encontró una veta de feldespato rosado, y casi se rió: en ese mismo rosado había picado miles de adoquines, y ahora estaba ahí, intacto, haciendo de cama a un hormiguero.

    —Papá —dijo en voz baja—, vine a traerle lo suyo.

    Se sentó sobre una piedra más chica. Desenvolvió la botella. Pensó que iba a decir algo solemne y no le salió nada. Lo que le salió fue contarle, como quien le cuenta a otro en la parrilla, que la ciudad había juntado plata, que habían hecho una piedra nueva en la facultad, que la subían con grúa y camiones y que el intendente iba a cortar una cinta. Que Tandil estaba más grande y más ruidoso, que ya no se oían tanto los barrenos pero se oían los autos. Que él estaba sordo de un lado y bien del otro, y que le alcanzaba.

    Arriba, la lona blanca se levantó con una ráfaga y por un segundo mostró el vértice de la réplica, ese punto chiquito donde la piedra hacía equilibrio. Ceferino lo miró con ojo de cantero. Sabía que esa nueva no se iba a mover nunca. La habían calzado, la habían asegurado, y estaba bien que fuera así: nadie quería otro funeral.

    Pero la otra, la de verdad, se mecía.

    Se agachó, apartó el tomillo con las manos y cavó con los dedos un hueco al pie del bloque, entre dos raíces. Metió la botella con el cuello hacia arriba, dejó el corcho a la vista y el papelito adentro, y la rodeó de piedritas como para que el viento no la tirara. Quedó chica, verde, ridícula al lado de esa mole.

    —Listo, viejo —dijo—. Entregada.

    Esperó un rato más, por si hacía falta decir algo. No hizo falta. Un benteveo gritó desde un espinillo, y el sol, por fin, abrió la neblina y le pegó de lleno a la cara del bloque, y el liquen naranja se encendió como una brasa.

    Subió despacio, con la rodilla otra vez a cuestas. En la valla, el policía le ofreció un mate de su termo sin que se lo pidiera.

    —¿Y? ¿Se la encontró? —preguntó, como si supiera.

    Ceferino recibió el mate, lo tomó entero, lo devolvió.

    —Se la dejé —dijo—. Mañana, cuando todos miren para arriba, que alguien se acuerde de mirar un poquito para abajo.