A las cuatro de la tarde, el termómetro clavado en la pared del galpón marcaba treinta y seis grados y Ceferino Benítez tenía el espaldar de pie, apoyado en dos caballetes, como un animal que todavía no sabe si lo van a sacar a caminar. Eran tres metros de alas de carancho armadas con caño de hierro, plumas de avestruz teñidas de naranja y una cola de lentejuelas que le había llevado once noches pegar de a una. Olía a soldadura, a cola vinílica y al tereré con yuyos que se había olvidado sobre el banco y ya estaba tibio.
Hasta las diez, cuando la comparsa tenía que formar en la cabecera del Corsódromo Nolo Alías, le quedaba un problema, y no era de estética.
—Pesa veintidós kilos —dijo Abril desde la puerta. Traía el short de ensayo y una toalla en el cuello.
—Ya sé cuánto pesa.
—El jueves, en la segunda vuelta, me quedé sin aire. Y acá me duele. —Se tocó el hombro derecho con dos dedos—. La coreógrafa dice que con más de veinte no voy a poder girar en la curva.
Ceferino dejó el mate sobre el banco. Hacía cuarenta años que soldaba estructuras de carrozas para las comparsas de media ciudad, y en cuarenta años nunca había armado una para alguien de su casa. Cuando Abril cumplió diecisiete y la eligieron para entrar con espaldar propio, él había dicho que se encargaba, con la misma voz con que decía que se encargaba de la heladera o del portón. Había calculado todo menos el hombro de una chica.
—Le saco una pluma, dos —ofreció ella.
—Las plumas pesan lo que un suspiro. —Caminó alrededor del armazón con las manos atrás—. Lo que pesa es el caño central. Es lo que sostiene todo, y no se le puede sacar nada.
—Entonces lo llevo así, abuelo.
—No. Así no lo llevás.
Afuera, un vecino puso la radio con un chamamé, un acordeón de esos que arrastran el calor en vez de alegrarlo, y Ceferino miró sin querer hacia el fondo del galpón, donde colgaban del techo las seis cañas de tacuara de su padre. El viejo había pescado dorados y surubíes en el Paraná con esas cañas hasta que los brazos no le dieron más, y ninguna se había vendido ni regalado. Estaban amarillas, lisas como hueso, con los nudos marcados cada cuarenta centímetros.
—¿Qué mirás?
—Nada. Una macana.
Pero ya estaba arrimando la escalera.
La tacuara aguanta, eso lo sabía cualquier correntino que hubiera visto un rancho o un barrilete. Era liviana, flexible y terca. Lo que no sabía era si aguantaría tres metros de alas con una chica girando abajo, delante de veinte mil personas y de un jurado con planillas. Si se rompía, no se rompía en el galpón, se rompía en la pista, bajo las luces.
Desatornilló el caño central a las cinco menos cuarto. A las seis, con la amoladora, cortó los manguitos de hierro donde iban a calzar las cañas, y las chispas le dejaron en el antebrazo tres puntitos rojos que ni sintió. Abril le sostenía la linterna y, cada tanto, le acercaba el vaso de tereré sin preguntar.
—Tu abuela decía que sos más terco que la tacuara —dijo ella.
—Mi abuela era la terca. Yo me quedaba callado.
A las siete atornilló las cañas dobles, una a cada lado del eje, atadas con alambre y reforzadas con torniquetes de hierro de a dos. A las ocho y media, cuando el cielo se puso color ladrillo y empezaron a aparecer los mosquitos, colgó el espaldar entero de la balanza de la pescadería que le había prestado el yerno, la de los cajones de pescado. La aguja tembló y se clavó en diecinueve kilos y medio.
Dos kilos y medio menos. Ceferino se sentó en el banco, de golpe, y se pasó la mano por la cara.
—Probalo —dijo.
Abril se acomodó las correas, dio un paso, dos. Al girar, el espaldar la siguió con un medio segundo de demora, como si las alas lo pensaran antes de acompañarla, y del eje salió un crujido seco, cortito, que le heló la espalda a Ceferino.
—¿Se rompe?
—No. —Y se sorprendió de la seguridad con que lo dijo—. Es la tacuara. Cruje antes de romperse, siempre. Es como si te avisara. Si no cruje, ahí sí desconfiá.
—¿Eso quién te lo dijo?
—Mi viejo. Una tarde que se me rompió una caña en el río.
Abril dio una vuelta entera, y otra. El galpón se llenó del roce de las plumas.
—No me duele —dijo, y se rió, y el espaldar se rió con ella, temblando de punta a punta.
A las diez y cuarto, la cabecera del Nolo Alías era un hormiguero de lentejuelas y de gente que gritaba nombres. Ceferino no entró a la pista. Se quedó contra la valla, entre una señora con un termo y un nene arriba de una heladera de telgopor, con el corazón golpeándole en la camisa.
Cuando la comparsa arrancó, la vio enseguida, de espaldas, con las alas abiertas sobre el resto de la columna. En la primera curva Abril giró. El viento húmedo del río, que a esa hora empezaba a entrar por la costa, agarró las plumas de lleno y las inclinó apenas, y las alas siguieron su cuerpo con aquel medio segundo de demora, como un ave grande acomodándose en el aire.
Entre los tambores, los silbatos y veinte mil gargantas, Ceferino oyó, o creyó oír, un crujido muy chiquito que nadie más en la tribuna iba a reconocer. Era su padre avisando que todo estaba bien.