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  • La sombra de una baldosa

    Ramón Gauna cargó el último esqueje en el cajón de la camioneta municipal y lo tapó con una bolsa de arpillera mojada. Eran las cinco y media de la mañana de un lunes de marzo y la vieja Federación todavía no tenía luz de día, solo el naranja de las lámparas de la CTM sobre la barranca, donde las topadoras dormían con las palas hundidas en los escombros.

    Veintiocho años había cuidado la plaza. Los paraísos, los dos ceibos de la esquina del correo, el jazmín del país que trepaba por la glorieta. Ahora la glorieta era un montón de hierros y el agua del embalse venía subiendo por la calle del puerto, barro adentro, sin apuro.

    —Gauna, tenés que salir —le gritó desde la ruta un capataz con casco blanco—. A las siete cierran el acceso.

    —Dos viajes más.

    —Es el último de verdad.

    —Entonces uno.

    El capataz se encogió de hombros. Ya nadie le discutía a Ramón. Desde el año anterior lo veían caminar entre las casas sin techo con su pala corta y su balde, como quien visita enfermos.

    Lo del vivero había sido idea suya y de nadie más. En la Nueva Federación, a cinco kilómetros, las casas estaban paradas en fila, con sus tejas rojas y sus veredas de cemento limpio, y no había un solo árbol. Ni uno. Su hija Nilda le había mandado una foto con la Kodak: la calle principal, el cielo enorme, una nena sentada en el cordón con la mano de visera. «Papá, acá el sol te pega desde que sale hasta que se va», le había escrito detrás.

    Él había pedido permiso para llevarse plantas de la plaza vieja. Primero le dijeron que sí. Después que había que esperar. Después que la plaza nueva iba a diseñarse con especies elegidas por los arquitectos de Buenos Aires. Ramón no contestó nada. Empezó a ir de madrugada.

    Ahora le quedaba el ceibo.

    No uno de los grandes, que no se mudan. Uno chico, nacido al pie del mayor, de un metro veinte, que él mismo había visto salir de una semilla caída en el invierno del setenta y siete. Lo había cuidado sin decirle a nadie, porque en la plaza no se les cuida a los hijos de los árboles: se los saca con la pala. Pero ese lo había dejado crecer entre las baldosas rotas, con una lata de tomate alrededor para que no lo pisaran.

    Bajó de la camioneta con la pala y el balde. La plaza olía a tierra revuelta y a río, un olor frío y de fondo, como de sótano abierto. Los paraísos grandes ya estaban en el suelo, con las raíces al aire, enormes, como manos. Ramón no los miró.

    Clavó la pala a un palmo del tronco chico, a un palmo más, y fue cavando en redondo, despacio, con el cuidado de quien saca una muela. La tierra salía oscura. A los veinte minutos tocó la raíz principal, que bajaba derecha, más larga de lo que había imaginado.

    —Aguantame —le dijo al árbol, o a sí mismo.

    Se arrodilló. Metió las manos hasta el codo. Cuando levantó el pan de tierra con las dos manos, un tirón le cruzó la espalda y tuvo que quedarse así, inmóvil, con el ceibo en brazos y la frente casi en el suelo, hasta que el dolor aflojó.

    Entonces escuchó pasos en los escombros. Era el capataz, sin el casco.

    —Dame eso —dijo.

    —No hace falta.

    —Dame, Gauna.

    Lo cargaron entre los dos. El capataz lo apoyó en el cajón sobre la arpillera y, sin preguntar, alcanzó el balde de agua y lo regó. Después se quedó mirando la plaza, las mesas sin gente, el banco de hierro que alguien había arrancado y dejado de costado.

    —Mi vieja nació frente a esa glorieta —dijo—. No se lo digas a nadie.

    —No se lo digo.

    Subieron. Ramón manejó despacio por el camino de tierra, con la ventanilla baja y el aire de la mañana entrando mojado de rocío. A su derecha, entre los eucaliptos, el agua empezaba a brillar donde antes había chacras. En el espejo retrovisor, el ceibo chico se sacudía con cada pozo del camino, con las hojas apenas torcidas, como saludando.

    Llegó a la Nueva Federación a las ocho. Había banderas de papel en los postes, un escenario de madera en la plaza todavía pelada y un camión de los que traían el pasto en panes. Nilda lo estaba esperando en la puerta de la casa, con el delantal puesto, y no preguntó qué traía. Vio la arpillera y agarró la pala del cajón.

    Lo plantaron en el medio del patio de atrás, donde no daba la sombra de nada, a veinte pasos de la ventana de la cocina. Ramón lo afirmó con tierra de la plaza vieja, que había traído en dos bolsas, y apisonó con la bota. Nilda regó con el jarro hasta que la tierra dejó de beber.

    —Capaz no prende —dijo él.

    —Capaz.

    —Es chico, todavía.

    —Todos fuimos chicos en algún lado, papá.

    Ramón se sacó la gorra. El viento le movió el pelo gris. El ceibo apenas se inclinó, derecho en su metro veinte, con la lata de tomate todavía clavada al pie, y proyectó sobre el cemento una sombra tan delgada que cabía en una baldosa.

    Se quedaron mirándola un rato, los dos, sin decir nada, hasta que el sol la fue estirando y alcanzó el borde del patio.

  • El tercio del medio

    Ludmila Aranda cortó el último tiento del cuero a las seis de la tarde del sábado, con el sol ya bajo sobre el Puente Viejo y el pueblo lleno de camionetas con tropillas atrás. Desde el taller se oían los cascos en el empedrado y un parlante lejano probando la guitarra: uno, dos, uno, dos. Ella no levantó la cabeza. Tenía un tiento de más de tres metros mojado sobre la mesa, una tabla con clavos y menos de doce horas.

    El pedido había llegado en octubre, por teléfono. Un paisano de Capitán Sarmiento, Cacho Lezica, quería un rebenque de ocho tientos para el desfile del domingo, de los que se trenzan a mano en cuero crudo y se sobean hasta que parecen de tela. Su soguero de siempre se había jubilado de golpe, por la vista, y alguien le pasó el número de ella.

    —¿Y vos hacés de esos? —había preguntado Cacho.

    —Hago de esos —dijo Ludmila, que hasta ese día había vendido sobre todo cintos y llaveros a los turistas que bajaban del micro de Retiro.

    Aprendió sola, o casi. Con un video borroso, un cuchillo de punta redonda y tres años de cueros arruinados que todavía guardaba en una caja de manzanas, por si acaso. En Areco, donde cada familia tenía un abuelo que sabía, ella no tenía a nadie. Eso se notaba en cómo la miraban los hombres en el mostrador de la talabartería, con una cortesía que se sentía más fría que un no.

    A las ocho de la noche tenía hecho el cuerpo del rebenque. A las diez, el nudo del puño. Cenó parada, un pedazo de pan con queso de máquina, y volvió a la mesa. El taller olía a grasa de potro y a cuero mojado, un olor dulzón y animal que ya no notaba salvo cuando volvía de la calle. Pasó la trenza entre los dedos, como quien repasa un rosario, y se detuvo.

    Estaba en el tercio del medio. Un tiento, uno solo, había quedado apenas más flojo que los otros. Un pelo. Nadie lo iba a ver desde el caballo, nadie lo iba a ver desde la vereda. Pero ella lo sentía con el pulgar, como se siente una muela rota con la lengua.

    Se quedó mirando la pared. Eran las once y cuarto. Deshacer el tercio del medio le iba a llevar tres horas, y después había que sobar todo de nuevo, y el cuero recién trabajado no iba a tener el mismo tono que el resto.

    Sonó el celular. Era su hermana Noelia, desde Zárate.

    —¿Dormiste algo?

    —Estoy terminando.

    —¿Está bien?

    —Está bien —dijo Ludmila, y se escuchó decirlo, y se rió sola—. No. Tiene una cosita.

    —¿Una cosita que se ve?

    —Que la veo yo.

    —Entonces es la única que importa —dijo Noelia, y cortó para no hacerla discutir.

    Ludmila apoyó el celular boca abajo. Agarró el cuchillo y empezó a deshacer.

    A las tres y media de la mañana el tercio del medio era una madeja de tientos sueltos y ella tenía los dedos pelados de tanto estirar. Afuera pasó una camioneta despacio y una voz de hombre cantó un pedazo de milonga que se perdió en la esquina. Trenzó de nuevo, tiento sobre tiento, apretando con la uña para que cada vuelta se asentara contra la anterior. Cuando terminó, la luz del patio ya era gris. Sobó el rebenque contra el borde de la mesa, una y otra vez, con grasa en las palmas, hasta que el cuero cedió y se puso tibio.

    Cacho llegó a las nueve menos diez, con bombacha bataraza recién planchada, el sombrero en la mano y un alazán esperándolo atado a un poste. Agarró el rebenque. Lo dobló. Lo pasó por la muñeca, lo midió con el ojo, lo olió.

    —Pesa lo justo —dijo.

    No dijo más. Ludmila contó los billetes sin mirarlos. Cacho se puso el rebenque en la muñeca, montó, y el alazán salió hacia la plaza con ese trote corto de caballo que sabe adónde va.

    A las diez ella estaba en la esquina de la Plaza Ruiz de Arellano, apretada entre un chico con una bandera y una señora con termo. Sonó el himno. Después empezaron a pasar los paisanos, de a uno, de a dos, tropillas enteras, con el polvo subiendo bajo el sol de noviembre.

    Lo vio venir de lejos. Cacho iba erguido, el rebenque colgado de la muñeca derecha, y al pasar delante de la tribuna el cuero se movió con el trote y atrapó la luz. En el medio había un tramo apenas más oscuro, del color de la miel quemada, donde el cuero era nuevo y todavía no había vivido nada.

    Dentro de un año, pensó Ludmila, con el uso y el sudor de la mano, se iba a igualar. Nadie iba a saber nunca dónde había estado.

    Ella sí. Y se quedó ahí, con el termo de la señora rozándole el codo, hasta que el último caballo dobló por la calle y la plaza empezó a aplaudir.

  • Los versos que faltaban

    Casilda Condorí llegó al mojón antes de que el sol terminara de pasar el cerro, con la caja colgada del hombro y un atado de albahaca que había arrancado de la maceta de la cocina. Abajo, Tilcara todavía dormía la fiesta de la noche anterior. Quedaban serpentinas colgadas de los cables y harina pisada en el cordón de la vereda. Hacía frío de febrero en la quebrada, ese frío fino que sube del río seco y se te mete por los puños.

    Era el primer Carnaval sin Ramón. Cuarenta y un años habían bajado juntos con la comparsa, él con el erque y ella con la caja, y cada año, cuando se armaba la rueda de copleros, él tiraba una copla a medias y la dejaba picando en el aire, esperando que ella la cerrara. El último febrero la dejó sin cerrar. Cantó dos versos, se rió con esa risa de costado, y justo pasó el tropel de diablitos y la rueda se deshizo. En abril se murió, sin avisar, mientras pelaba habas.

    —Abuela, no hace falta que vaya sola —le había dicho Marisol, la nieta, por teléfono desde Jujuy capital—. Yo le pido a mi papá que la lleve.

    —Voy sola, hija. Con él no fui nunca acompañada, fui con él. Es distinto.

    Ahora el mojón estaba ahí, la pirca de piedras que cada año se abre para sacar al Pujllay y se cierra para dejarlo dormir. Había gente alrededor, vecinos de la comparsa, un chico con una bolsa de papel picado, don Teodoro con la botella de alcohol. Casilda saludó a todos con el mismo gesto: la mano en el pecho, la cabeza apenas baja.

    —Casilda —dijo don Teodoro—. Pasá, que sos de las primeras.

    Los hombres sacaron las piedras de a una. Alguien tapó la boca del mojón con un rebozo, y Casilda arrimó el tarro con brasas y echó la k’oa, y el humo salió dulce y espeso, un olor a monte seco y a casa vieja. Hay que hacer dormir la k’oa, decía su suegra, para que baje hondo y la tierra se avise de que vamos.

    Después vinieron las ofrendas. Coca, chicha, cigarrillos prendidos que quedaron clavados en la tierra como pequeñas chimeneas. Casilda se arrodilló, le dolieron las rodillas, y dio todo con las dos manos, porque quien da con una sola mano recibe poco. Derramó el primer trago de la chicha en el suelo. Challó. Y no pidió permiso solamente para el Carnaval.

    Cuando se puso de pie, don Teodoro ya había sacado al Pujllay. El muñeco salió con la cara de trapo manchada de tierra y el sombrero torcido, y el chico del papel picado le tiró un puñado en la cabeza. Alguien gritó. Alguien empezó a tocar una caja, y otra, y el sonido rebotó en las paredes de adobe de la calle de arriba.

    La rueda se armó sola, como se arma siempre. Un círculo de ponchos, pañuelos, caras blancas de harina. Los copleros tiraban versos de a uno, uno que había vendido la camioneta, otra que se acordaba del año de la nevada, y cada copla volvía al círculo con una respuesta distinta. Casilda se paró en el borde. Apretó la caja contra la cadera y esperó. Notó que esperaba una voz que no iba a llegar, y que el hueco donde tendría que estar era del tamaño exacto de un hombre sentado, con el erque entre las rodillas.

    —Casilda —dijo la señora Pastrana, la de los pasteles, desde el otro lado de la rueda—. ¿No tenés algo para nosotros?

    Se hizo un silencio que no era de fiesta. La rueda esperó. Casilda sintió que se le cerraba la garganta, y entonces, sin pensarlo, golpeó la caja. Una vez, otra, el ritmo lento de la baguala que él siempre arrancaba. Y cantó, con la voz rajada de la mañana:

    —Dos versos me dejaste, Ramón, el año pasado, y el tercero lo guardé con el sombrero doblado.

    Se detuvo. Nadie se movió. Podía oír el río, y al fondo el motor de una moto, y su propia respiración. La copla de Ramón la sabía de memoria: «Con tu permiso, compadre, yo me voy a sentar, que el cerro no se me achica y el camino es para andar». Faltaban los dos versos de cierre. Nunca los había escrito, porque siempre fueron cosa de ella, el remate, la respuesta que él esperaba, la risa.

    Cerró los ojos. Y los dijo.

    —Anda nomás, compadre viejo, que yo me quedo a cantar; si la tierra te abraza, yo la vengo a convidar.

    La caja siguió sola un compás más. Después alguien, en la rueda, soltó un ay largo, y un hombre al que ella casi no conocía le tendió el vaso de chicha. Casilda lo tomó. Derramó un chorrito en el suelo, a los pies del mojón, y bebió el resto de una vez.

    —Con permiso de los señores —dijo, y la rueda contestó, como siempre, «que sea en buena hora».

    Esa tarde, cuando la comparsa subió a la primera casa invitada y se sentó en los bancos de la galería a comer el guiso, Marisol llegó en un colectivo de línea con la cara llena de harina que alguien ya le había tirado en la parada. Se sentó junto a la abuela sin decir nada. Casilda le pasó un pedazo de pan.

    —Cerré la copla —dijo.

    —Ya sé, abuela. Me avisaron por WhatsApp. Tres personas.

    —Qué cosa —dijo Casilda, y se rió, y la risa le salió de costado.

    Afuera seguían cayendo serpentinas. Y en el mojón, a esa hora, quedaba un cigarrillo prendido y una mancha de albahaca sobre la tierra abierta.

  • La botella verde de la Movediza

    Ceferino Lamas llegó al pie del cerro a las siete y cuarto, con una botella de vidrio verde envuelta en un repasador y la rodilla mala protestando en cada escalón de la calle Misiones. Había neblina baja sobre las sierras y olía a pasto mojado y a piedra fría. Arriba, en el filo, la réplica ya estaba en su lugar, tapada todavía con una lona blanca que el viento inflaba y desinflaba como un pulmón.

    Cuarenta y un años había trabajado en las canteras. Barrenero primero, después encargado de los adoquines, que en Tandil se cortan a mano, con cuña y maza, una piedra por vez, hasta que el brazo se aprende el golpe de memoria. Se jubiló con el oído medio perdido por los barrenos y con la costumbre de mirar el granito como otros miran a la gente: buscándole el lado por donde se abre.

    —¿Usted es de acá, don? —le preguntó el policía de la valla, un muchacho con la gorra torcida por el frío.

    —Nací a tres cuadras. Quiero subir un rato antes de que llegue la gente.

    —Hoy no se puede. Mañana es el acto, vienen las autoridades.

    —No voy a tocar nada. Voy a ir abajo, a lo de los pedazos.

    El muchacho lo miró, miró la botella envuelta en el repasador, y se hizo a un lado sin decir nada más. En los pueblos de sierra hay edades que se respetan sin que nadie las explique.

    La Movediza original seguía donde había caído: tres bloques enormes en la ladera, grises, con liquen naranja en la cara que daba al sol. Ceferino bajó despacio, agarrándose de las matas de tomillo. Su padre le había contado mil veces la misma escena. Era un jueves de febrero de 1912, un año bisiesto, y él tenía nueve años y estaba sacando agua de un pozo cerca de las canteras cuando sintió el golpe en los pies antes que en los oídos. Un golpe sordo, de toneladas. Después, el silencio de los pájaros.

    —Nadie la vio caer —decía el viejo—. Eso es lo que no se perdona. Trescientas toneladas se vinieron abajo y no hubo un solo testigo.

    Y cada vez, al final, agregaba la parte que a Ceferino le había quedado clavada: que de chico, con otros pibes, había ido a la piedra con una botella vacía, y que la habían puesto bajo el vértice, como hacían los turistas, para ver si al día siguiente estaba aplastada. Tres veces la habían puesto. Tres veces la piedra se había mecido, había hecho crujir el vidrio, y la botella había quedado entera.

    —Era mansa —decía el padre—. Vos no le podías hacer nada. Ella sola decidió.

    Esa botella, la tercera, había quedado perdida entre las matas después de la caída. El padre nunca la encontró. Murió en el noventa y uno, y en el cajón de herramientas dejó otra, verde, parecida, con un corcho viejo y un papelito adentro: “Para la Movediza, cuando vuelva”.

    Ceferino había pasado quince años sin animarse a leerlo en voz alta. Ahora lo tenía en el bolsillo de la campera, doblado en cuatro.

    Llegó al bloque más grande y apoyó la mano abierta. El granito estaba helado y tenía esa aspereza fina, como de lija gruesa, que él conocía mejor que su propia piel. Con el pulgar encontró una veta de feldespato rosado, y casi se rió: en ese mismo rosado había picado miles de adoquines, y ahora estaba ahí, intacto, haciendo de cama a un hormiguero.

    —Papá —dijo en voz baja—, vine a traerle lo suyo.

    Se sentó sobre una piedra más chica. Desenvolvió la botella. Pensó que iba a decir algo solemne y no le salió nada. Lo que le salió fue contarle, como quien le cuenta a otro en la parrilla, que la ciudad había juntado plata, que habían hecho una piedra nueva en la facultad, que la subían con grúa y camiones y que el intendente iba a cortar una cinta. Que Tandil estaba más grande y más ruidoso, que ya no se oían tanto los barrenos pero se oían los autos. Que él estaba sordo de un lado y bien del otro, y que le alcanzaba.

    Arriba, la lona blanca se levantó con una ráfaga y por un segundo mostró el vértice de la réplica, ese punto chiquito donde la piedra hacía equilibrio. Ceferino lo miró con ojo de cantero. Sabía que esa nueva no se iba a mover nunca. La habían calzado, la habían asegurado, y estaba bien que fuera así: nadie quería otro funeral.

    Pero la otra, la de verdad, se mecía.

    Se agachó, apartó el tomillo con las manos y cavó con los dedos un hueco al pie del bloque, entre dos raíces. Metió la botella con el cuello hacia arriba, dejó el corcho a la vista y el papelito adentro, y la rodeó de piedritas como para que el viento no la tirara. Quedó chica, verde, ridícula al lado de esa mole.

    —Listo, viejo —dijo—. Entregada.

    Esperó un rato más, por si hacía falta decir algo. No hizo falta. Un benteveo gritó desde un espinillo, y el sol, por fin, abrió la neblina y le pegó de lleno a la cara del bloque, y el liquen naranja se encendió como una brasa.

    Subió despacio, con la rodilla otra vez a cuestas. En la valla, el policía le ofreció un mate de su termo sin que se lo pidiera.

    —¿Y? ¿Se la encontró? —preguntó, como si supiera.

    Ceferino recibió el mate, lo tomó entero, lo devolvió.

    —Se la dejé —dijo—. Mañana, cuando todos miren para arriba, que alguien se acuerde de mirar un poquito para abajo.

  • El rosado que alcanzaba

    Eusebia Corvalán se despertó antes del gallo, como hacía desde que le quedó el cuerpo acostumbrado al telar, y lo primero que hizo fue contar los días con los dedos. Cuatro. El domingo llegaba el micro de Buenos Aires a la plaza de Villa Atamisqui y en el micro venía Matías, su nieto, que se había ido hacía tres años a repartir pedidos en una moto prestada y que nunca había dicho de qué lado de la ciudad vivía.

    Afuera, bajo la enramada, el telar la esperaba plantado en la tierra, con los palos clavados en el piso y la urdimbre tirante como una guitarra. Era un poncho de lana de oveja, el primero grande que armaba desde que se le habían hinchado las articulaciones. Tenía el fondo marrón del lloro del algarrobo y una guarda atada en amarillo de cáscara de cebolla que había juntado todo el invierno en una bolsa de harina. Faltaba el borde. Y para el borde ella había soñado un color que no tenía.

    —Rosado —le dijo a la perra, que dormía enroscada sobre el poncho a medio terminar—. Un rosado de cochinilla, de ese que parece que se te va a deshacer en las manos.

    La cochinilla se cría en las tunas del fondo del monte. Hacía dos años que Eusebia no iba hasta ahí, porque el camino se había cerrado de jarilla y porque Nicolás, su hijo, le había prohibido salir sola con el machete. Pero Nicolás estaba en la cosecha de algodón, a tres días de viaje, y la prohibición, como casi todo lo que se dice a una madre, había perdido fuerza con la distancia.

    Se tomó un mate cocido con pan de ayer, se calzó las alpargatas, agarró el machete, una lata de durazno vacía y un trapo, y salió con el fresco todavía pegado a los árboles. El monte olía a tierra mojada y a algarrobo, a esa dulzura medio agria que le subía por la nariz y le devolvía la infancia: su madre, madre soltera y de pocas palabras, enseñándole a distinguir el mistol del chañar con solo tocarle la corteza.

    Caminó una hora larga. Abrió paso a machetazos donde la jarilla le cerraba la picada, se pinchó dos veces con un garabato y se detuvo en un claro para recuperar el aire. Le dolía la cadera. Más adentro, entre quebrachos colorados, vio las tunas, anchas y pálidas, con sus manchitas blancas como de algodón sucio.

    —Ahí están, queridas —dijo.

    Raspó las pencas con el filo del machete, despacito, sobre la lata. Los bichitos, aplastados entre los dedos, dejaban una mancha de un rojo profundo que parecía sangre y que ella sabía que, con alumbre y agua tibia, daría un rosado de pétalo. Trabajó hasta que el sol estuvo alto y la lata pesó apenas lo justo. Era poco. Con eso alcanzaba para un borde angosto, de un dedo de ancho, y no para el ancho de mano que había imaginado.

    Volvió despacio, con la lata contra el pecho. A mitad de camino se le trabó la alpargata en una raíz y cayó sentada. No se lastimó, pero se quedó ahí, con el sombrero torcido, sintiendo que el cansancio le pesaba más que los años.

    —Vieja terca —murmuró—. Todo por un color.

    Pensó en Matías. Pensó en lo que le diría cuando la viera tan chica en el andén, tan de pueblo, con el poncho al hombro como quien lleva una oración. Pensó que quizás él ya no usaría ponchos, que en Buenos Aires los muchachos usarían otras cosas. Y que a lo mejor era mejor así: que el poncho fuera para ella, para el gusto de terminarlo.

    Cuando llegó a la casa, la perra salió corriendo a recibirla. Eusebia dejó la lata sobre la mesa, se lavó las manos y puso la olla grande al fuego, con el agua del tanque y el alumbre que guardaba en un frasco de mermelada. Tiñó la lana al mediodía, con el humo del leño en los ojos. La madeja salió del baño con un rosado más tenue que el del sueño, casi un durazno, pero parejo, vivo, como el interior de una caracola.

    —Es lo que pesa —dijo, y no supo por qué lo dijo.

    Esa tarde se sentó al telar y tejió el borde, un dedo de ancho, con la técnica que le había enseñado su madre: pasada, golpe del peine, pasada. El sábado a la noche cortó los hilos y desclavó los palos, y el poncho quedó extendido sobre la mesa de la cocina, con el marrón del algarrobo, la guarda amarilla y, en el filo, ese rosado finito que parecía el borde de una nube a la hora del ocaso.

    El domingo bajó a la plaza con el poncho doblado sobre el brazo. El micro llegó con diez minutos de retraso y levantó una nube de tierra. Del último escalón bajó un muchacho flaco, de campera negra, con una mochila de reparto colgada de un solo hombro, que miró la plaza como si no la reconociera.

    —¡Abuela! ¿Qué hacés acá sola?

    —Te esperaba.

    Matías la abrazó, y ella sintió que olía a nafta, a ciudad, a otra vida. Cuando se separaron, Eusebia desplegó el poncho y se lo puso sobre los hombros sin pedir permiso. Le quedaba un poco grande en las mangas. El chico se miró las manos sumergidas en la lana, tocó el borde con la yema de los dedos y se quedó callado un rato.

    —Ese rosado —dijo al fin—. ¿De dónde lo sacaste?

    —De los bichitos de la tuna. Es poquito, ¿ves? No alcanzó para más.

    Matías levantó el filo del poncho hasta la luz. Detrás de él, la plaza se despertaba: un nene con una pelota, una señora con una bolsa de pan, la radio de un kiosco con una chacarera mal sintonizada.

    —Abuela —dijo—, es justo lo que alcanzaba.

    Caminaron juntos hasta la casa, él con el poncho puesto y la mochila al hombro, ella un paso atrás, con el machete olvidado en la cocina y las manos todavía manchadas, en las uñas, de un rojo que tardaría una semana en irse.

  • El último número del cuaderno

    A las once y diez de la noche, Dora Albornoz se sacó los anteojos, los limpió con la punta del delantal y volvió a ponérselos. Desde la garita de la balanza se veía todo el camino de acceso al ingenio, una cinta de luces amarillas con la caña quemada de las últimas semanas todavía flotando en el aire como polvo de carbón. Treinta y cuatro zafras en ese cuarto de chapa y vidrio, en las afueras de Aguilares. Esa era la treinta y cinco, y esa noche se terminaba.

    Sobre la mesa, al lado del termo y de la pantalla donde se leían las patentes, tenía el cuaderno de tapa dura. Lo había empezado en 1990 con una birome azul y desde entonces tenía una sola regla: en la última hoja de cada zafra anotaba el peso del último camión. Nada más. Ni la fecha ni el nombre del chofer. Solo el número, subrayado dos veces.

    —Doña Dora, ¿cierra hoy o cierra mañana? —preguntó Beto, el muchacho del laboratorio, asomando la cabeza por la ventanilla con un tubo de ensayo en la mano.

    —Cierra cuando pasa el último, Beto.

    —Dicen que quedan tres camiones en el cerco de Los Sarmientos.

    —Dicen. Yo cuento los que llegan.

    Llegaron dos. Pesó el primero con la mano ya sin ganas, tara y bruto, la resta en la pantalla, la planilla con el sello. El segundo traía un acoplado con un neumático pelado que ella señaló con el lápiz, sin decir nada, para que lo viera el taller el año que viene. A la medianoche menos cuarto, el ingenio seguía respirando con ese ruido grave de las calderas alimentadas con bagazo, y el único camión que faltaba no aparecía.

    Dora se sirvió un poco de té del termo y no lo tomó. Pensó en el año en que el último camión lo trajo Cirilo Medina, un cañero chico, de los que tenían menos de veinte hectáreas, con un Mercedes de los años setenta que se anunciaba desde Bella Vista por el escape. Había llegado a las cuatro de la madrugada, con la caña pelada a mano y atada en lingas, y se había quedado parado al lado de la balanza mirando el número hasta que ella le dijo que sí, que estaba bien, que eso era lo que pesaba. Ella había anotado ese número en el cuaderno y él nunca lo supo.

    A las doce y diez se cortó la luz.

    No fue la luz de todo el ingenio, que tiene su propia generación, sino la del cuarto: la pantalla se puso negra, el ventilador dejó de girar y la celda de carga de la plataforma perdió comunicación con la computadora. Dora se quedó quieta. Después se oyó el escape.

    Era un camión nuevo, de los largos, con acoplado de cuarenta toneladas. Frenó antes de la plataforma y el chofer bajó con la ventanilla sin terminar de cerrar. Un chico de veintipocos, flaco, con la cara tapada de ceniza y los ojos muy abiertos.

    —Señora, no me anda el sistema, me dicen que pase igual.

    —Acá no anda nada. —Dora salió de la garita con el cuaderno bajo el brazo—. ¿De dónde venís?

    —De Los Sarmientos. Soy Facundo. Medina. Mi abuelo es Cirilo, mi viejo vendió el Mercedes cuando yo era chiquito. Esta es la última caña del campo. La cortamos entre todos.

    Dora lo miró un rato largo. Tenía los mismos hombros, y la manera de quedarse parado sin saber dónde poner las manos.

    —Esperame acá —dijo.

    Cruzó el patio hasta el galpón del fondo, donde nadie guardaba nada importante hacía años, y volvió con una linterna y la llave de una puerta más chica. Adentro, debajo de una lona, estaba la balanza vieja, la de las pesas de bronce y la barra graduada, que había quedado para cuando fallara todo lo demás. Nunca había fallado todo lo demás. Ella la había limpiado con aceite cada primavera, por costumbre.

    Entre los dos descorrieron la lona. Dora ajustó las pesas con el pulgar y el índice, dedo por dedo, mientras Facundo sostenía la linterna con las dos manos para que no le temblara. Pesaron el camión vacío primero, dando una vuelta de más por el patio para apoyarlo recto, y después cargado, con el motor apagado y el chofer afuera, con el sombrero en la mano, como si estuviera en misa.

    La barra tardó en asentarse. Dora la miró hasta que quedó quieta, entornó los ojos y leyó el número en voz alta. Hizo la resta en el borde de la planilla con el lápiz, despacio, porque no quería equivocarse.

    —Treinta y dos mil setecientos cuarenta kilos —dijo.

    —¿Es bueno?

    —Es lo que pesa.

    Selló la planilla y se la dio. Después se sentó en un cajón, abrió el cuaderno sobre la rodilla y escribió el número con la birome azul, la misma marca de siempre, y lo subrayó dos veces.

    —¿Qué es eso? —preguntó Facundo, estirando el cuello.

    —Una cuenta. —Dora cerró el cuaderno—. Andá, descargá, que mañana empiezan a lavar la fábrica.

    El chico subió al camión. Antes de arrancar bajó la ventanilla.

    —Mi abuelo me dijo que si el último camión pasaba por la balanza de una señora con anteojos, había que decirle gracias.

    —Decímelo mañana, que hoy ando mala de oído.

    Se fue despacio hacia la playa de descarga. Dora lo siguió con la linterna hasta que las luces del acoplado se perdieron detrás de las chapas. A la una menos veinte, los volcadores terminaron de vaciar, y el ruido de las calderas empezó a bajar de a poco, un escalón por vez, como alguien que se acuesta después de un día largo. Se apagaron las luces de la chimenea. Por primera vez desde mayo se oyeron los grillos.

  • El mate de la vertiente

    Teodora Videla llegó al puesto a las seis y diez, con el termo bajo el brazo y las manos metidas en las mangas del poncho. A esa hora el cerro Banderita todavía era una sombra con el borde clarito, y el río Las Cuevas bajaba por debajo del puente de piedra con un ruido de chapa. Hacía ocho grados bajo cero. En Puente del Inca, a dos mil setecientos metros, eso en noviembre todavía se considera una mañana decente.

    No fue directo al puesto. Cruzó el camino de tierra, saltó el alambrado flojo y bajó hasta la vertiente, donde el agua tibia sale del cerro y se desliza por una escalerita de costra naranja, amarilla, ocre, hasta tirarse en el río. Se agachó y metió el brazo hasta el codo en la canaleta de madera. Estaba ahí. Seguía ahí.

    Once meses atrás había dejado debajo del chorrito un mate de calabaza con virola de alpaca, el de Ismael. El agua, que lleva en suspensión todo lo que le sobra a la montaña, se había ido posando capa sobre capa hasta cubrirlo entero con una piel dura de color zanahoria. Así se hacen en el pueblo los zapatitos de bebé, las botellas, los sombreros miniatura que compran los turistas: se dejan bajo la vertiente y se espera. Ella los vendía desde hacía treinta y dos años. Nunca había hecho uno para ella.

    Lo sacó con las dos manos y lo apoyó contra la panza. Pesaba el doble. Estaba tibio.

    —¿Ya está? —dijo una voz detrás.

    Era Rubén, el del puesto de al lado, con un gorro de lana que le tapaba las cejas y una bolsa de facturas.

    —Está.

    —Mirá vos. Quedó lindo. —Se acercó y lo giró con un dedo—. Te lo compro ahora mismo. Hoy viene un colectivo de Mendoza y a esos les gusta lo que tiene historia.

    —No se vende.

    —Teodora, todo se vende acá arriba, es lo único que hay.

    Ella no contestó. Subió con el mate hasta el puesto, una tabla larga sobre caballetes con un nylon azul de techo, y lo puso en el centro, entre los zapatitos de bebé y una hilera de llaveritos. Se sentó en el banquito, prendió la garrafa y puso el agua a calentar.

    Ismael había sido camionero de la ruta 7. Subía con acoplado hasta el paso, bajaba con cosas de Chile, y los inviernos que cerraban la cordillera se quedaba semanas durmiendo en la cabina, al lado del puesto. Así se conocieron: él le pedía agua caliente para el mate y ella le cobraba con una mala cara que a él le parecía lo mejor del viaje. Se casaron en la capilla chica de acá, la de piedra, un febrero de mucho sol. Murió hace un año y medio, en Uspallata, de un infarto, sentado, con la radio puesta. El mate se lo mandó la empresa dentro de una bolsa con los demás objetos de la cabina. Estaba seco y rajado.

    Esa primavera Teodora lo había guardado en un cajón. En diciembre lo sacó, lo miró, y sin explicarle nada a nadie lo puso bajo la vertiente. Quería que la montaña le hiciera algo. No sabía qué.

    A las nueve llegaron los primeros autos. A las diez y media, el colectivo de Mendoza escupió a cuarenta personas con camperas de colores y celulares en alto. Se fotografiaron frente al puente, con el cerro de fondo, y después recorrieron los puestos. Una chica se llevó dos pares de zapatitos. Un señor mayor preguntó por el mate.

    —Es de muestra —dijo Teodora.

    —¿Y cuánto saldría uno así?

    —No hago iguales.

    El hombre se encogió de hombros y compró un llavero.

    A las doce, el cielo del lado de Las Cuevas empezó a ponerse del color de la ceniza. Rubén levantó la vista, olió el aire con la nariz arrugada y empezó a plegar el nylon. Esa tarde cerraban el paso por nevada, lo habían dicho por la radio. El colectivo tocó bocina dos veces y los turistas se subieron apurados, y detrás del colectivo fueron yéndose los autos, uno por uno, hasta que quedó solo el viento y un camión chileno estacionado en la banquina, con las balizas puestas.

    El conductor bajó con la gorra en la mano. Tenía la cara cuarteada y un termo igual al de ella.

    —Señora, ¿me vendería un poco de agua caliente? Se me quedó el gas en Los Andes.

    Teodora lo miró un rato largo. Después agarró el mate cubierto de costra, lo secó con el borde del poncho, lo llenó de yerba hasta arriba y le hundió la bombilla. La yerba se hinchó. El agua entró y salió sin filtrarse por ningún lado: la piel naranja lo había sellado como un cántaro nuevo.

    —Tome —dijo—. Pero con cuidado, que ese tiene dueño.

    El chileno agarró el mate con las dos manos, tomó, y se quedó callado un instante, mirando el cerro que empezaba a taparse.

    —Está tibio por fuera —dijo.

    —Sí —dijo Teodora—. Eso hace.

    Y le cebó el segundo, mientras empezaban a caer los primeros copos, finitos, sobre la capilla y sobre el puente y sobre la mesa vacía.

  • Agua caliente para la habitación catorce

    A las seis de la tarde, con el sol bajo y la laguna hecha una lámina de estaño, Anselmo Bertolotto prendió el fuego debajo del tacho. Era leña de tala y dos ramas de chañar que había juntado esa mañana en el camino a Balnearia. El humo subió derecho, sin viento, y llevó consigo un olor que Anselmo no sentía desde hacía sesenta años: agua salada y leña verde, juntas.

    Tenía setenta y cuatro años y las manos de su padre, anchas, con los nudillos partidos por el frío. Su padre había sido aguatero en Miramar cuando el pueblo tenía más hoteles que casas con jardín. Cargaba un barril en un carro, tiraba con un caballo overo que se llamaba Pirulo y le calentaba la bañera a cada huésped que quería el baño de laguna tibio. Anselmo, de chico, iba arriba del carro con la tarea de no dejar apagar la caldera chica, que viajaba atrás y tenía su propio chimeneíto.

    —Abuelo, ¿no era más fácil enchufar un calefón? —preguntó Cintia desde la silla plegable, con el mate en una mano y el celular en la otra.

    —Un calefón no me sirve para esto.

    —¿Y esto para qué es, exactamente?

    Anselmo revolvió las brasas con un fierro. No le había dicho nada a nadie. Solo había pedido prestado el tacho de doscientos litros en la cooperativa y había arreglado con don Ferrero, el que cuida las ruinas del Gran Hotel Viena, que a las siete lo dejara pasar con el carrito de mano por la entrada del costado.

    —Para llevarle agua caliente a una persona que no está —dijo al final.

    Cintia dejó el celular sobre la rodilla.

    El Hotel Viena se levantó en los años cuarenta y funcionó hasta que la Mar Chiquita empezó a crecer, en 1977, y se tragó treinta y siete manzanas, el anfiteatro nuevo y casi todo lo demás. Quedó en pie la mole de ladrillo, con el sótano inundado, las ventanas sin vidrios y el piso lleno de pedazos de vajilla con un águila de dos cabezas en el borde. De chicos, Anselmo y sus amigos se colaban para jugar entre las camas oxidadas. Él nunca había querido bajar al sótano. Su padre le había dicho una sola vez, mirando el agua: «Ahí abajo me quedó un favor sin cumplir».

    A las siete menos diez cargaron el tacho en un carrito de mano, con la ayuda de dos vecinos que no hicieron preguntas. Subieron por la calle de tierra, a la hora en que los flamencos vuelven a dormir en los bajos y la laguna suena como una olla lejana. El agua se movía adentro del tacho con un ruido espeso, de sal.

    Don Ferrero los esperaba en la entrada con una linterna y un llavero enorme.

    —Pasen despacio, que los ladrillos no perdonan.

    Caminaron por un pasillo de techo alto. Olía a humedad, a pichón de paloma, a piedra que guarda el frío del invierno. Anselmo llevaba el tacho agarrado de las dos asas, sin dejar que nadie lo ayudara. En el fondo, donde la escalera bajaba hacia el sótano, el agua de la laguna brillaba negra a la luz de la linterna, quieta, con la tapa de un baúl flotando.

    —Hasta ahí llego —dijo Anselmo.

    —¿Qué pasa, abuelo?

    —Mi papá era el que calentaba el agua para la bañera de la habitación catorce. Una señora alemana, la viuda de un cónsul, venía todos los eneros desde el cuarenta y siete. Un verano le dolían tanto los huesos que mi papá empezó a subirle el agua más caliente de lo permitido, a escondidas del hotelero, porque decía que a ella le hacía bien. Se enteraron, lo suspendieron una semana. Ella se quedó sin baño tibio y él se quedó sin jornal.

    Se sacó el sombrero y lo apretó contra el pecho.

    —Él me dijo que le había prometido llevarle un último barril antes de que ella se fuera. Y no llegó a cumplirlo. La viuda no volvió más. El hotel cerró después. Yo era un pibe, no entendía nada. Ahora sí.

    Cintia lo miró un rato largo. Después agarró un asa del tacho, del lado opuesto, y esperó.

    Entre los dos inclinaron el tacho sobre el último escalón. El agua caliente cayó con un sonido grave y sacó una nube de vapor que subió por la escalera como si el edificio respirara. Se mezcló con el frío del sótano, con el olor del barro y la sal, y por un momento los dos hombres y la nieta quedaron envueltos en una tibieza que no tenía lugar en ese cuarto.

    —Habitación catorce —dijo Anselmo, bajito—. Agua caliente, señora.

    Nadie se rió. Don Ferrero apagó la linterna para que el vapor se viera mejor contra la poca luz que entraba por las ventanas rotas.

    Cuando salieron, ya era de noche. La laguna estaba lisa, con una franja rosada del lado de Ansenuza. Cintia caminaba pegada al carrito vacío, y en un momento le agarró el brazo a su abuelo sin decir nada.

    Abajo, en el sótano, el agua nueva todavía largaba un hilo de vapor que se perdía en la oscuridad.

  • El latido de Hilda

    A las cinco de la tarde, cuando el calor de enero empezaba a aflojar en el patio de la calle Belgrano, Hilda Corvalán sacó el cuero de cabra del balde y lo estiró sobre la mesa de quebracho. El agua le chorreó hasta los codos. Olía a tierra mojada y a animal, un olor que ella conocía desde chica y que todavía la hacía respirar hondo.

    Hacía once años que no tocaba un parche. Los parches los hacía Atilio, su marido, y ella lo ayudaba a lavar, a pelar, a cepillar. Pero el último paso, el de tensar y atar, siempre había sido de él. Después de su muerte, la caja de ceibo quedó colgada de las vigas del galpón, envuelta en una bolsa de arpillera, juntando el polvo fino de Santiago que se mete en todo.

    —¿Y ese es el cuero? —preguntó Matías, parado en el portón con la bicicleta.

    Tenía dieciséis años, los pies llenos de tierra colorada y una remera de la selección con el cuello deshilachado. Era el nieto de un compadre de Atilio, de Villa Atamisqui. Había venido en un colectivo de línea, tres horas, con un bulto envuelto en diario.

    —Ese es. Chivo. Pasá, que se te va a secar el parche antes de que me cuentes qué querés.

    Matías entró y puso el bulto sobre la mesa. Adentro había un aro de quebracho blanco, curvado a mano, con las marcas de la gubia todavía frescas.

    —Lo hizo mi abuelo —dijo—. Me dijo que usted tenía una caja guardada y que sabía armar el bombo. Que no se lo iba a pedir a nadie más.

    Hilda lo miró un buen rato. Después levantó los ojos hacia las vigas.

    —Esa caja no está en venta.

    —No vengo a comprarla. Vengo a aprender.

    —Para la Marcha, supongo. Todos quieren el bombo para la Marcha.

    —Para mí —dijo el chico, y se encogió de hombros—. Mi abuelo ya no oye bien. Dice que ahora el bombo lo tengo que escuchar yo.

    Hilda no contestó. Se secó las manos en el delantal, buscó la escalera y subió. La bolsa pesaba menos de lo que recordaba. Cuando la bajó y la abrió, apareció el ceibo, claro, liso, con una veta que parecía agua quieta. Atilio lo había dejado estacionar seis años. Seis años de sol y sombra, de tormentas de tierra, de siestas.

    —Seis años —murmuró—. Y yo sin animarme.

    Trabajaron hasta que cayó la noche. Ella le enseñó a pelar el cuero con el filo de un cuchillo sin cortar la piel, a pasar el cepillo siempre en el mismo sentido, a doblar el borde sobre el aro de alambre y coserlo con hilo grueso. Matías tenía buenas manos, pero apuraba. Dos veces tuvo que deshacer la costura.

    —No tires —le decía Hilda—. El cuero se da cuenta cuando tiras con bronca. Parejo, como si lo estuvieras acariciando.

    A las ocho comieron un guiso de locro frío en la cocina, con el ventilador girando sobre las cabezas y un grillo adentro de la pared. Matías preguntó cómo era Atilio. Ella tardó en contestar.

    —Hablaba poco. Antes de tensar un parche se quedaba con la mano apoyada en el cuero, así, quieto, un minuto entero. Yo le decía que se estaba despidiendo.

    —¿Y de qué?

    —Del chivo, supongo. De que ya no iba a ser chivo.

    Volvieron al patio. Las luces de la calle ya estaban prendidas y la chicharra de los eucaliptos había parado. Pusieron el cuero sobre la boca de la caja, con el aro encima, y empezaron a pasar el tiento de vaca por los agujeros, en zigzag, de un parche al otro. Cada vuelta había que tirar y esperar. Cada vuelta el cuero se estiraba un poco más, hasta quedar tirante como el cielo antes de un chaparrón.

    —Ahora vos —dijo Hilda.

    Matías agarró el tiento. Le temblaban los dedos.

    —Si lo arruino…

    —Lo hacemos de nuevo. Ahí está el ceibo, que aguanta.

    Tensó la última vuelta. Hilda puso la palma sobre el parche de arriba y notó la piel viva, tibia todavía del agua, que vibraba sola. Se quedó así, un minuto entero, sin decir nada. Matías no se movió.

    —Despedite vos también —dijo ella, sin mirarlo—. Es lo único que hay que hacer.

    A la mañana siguiente el parche había secado. Quedó duro, sonoro, con un color de miel vieja. Matías le dio el primer golpe con el palillo en el borde y el segundo con el mazo en el centro, y el bombo respondió con un trueno bajo, redondo, que le subió a Hilda por las piernas hasta el pecho.

    Los perros del barrio se pusieron a ladrar todos juntos. Un vecino se asomó a la ventana. Desde el fondo, donde terminaba la calle de tierra y empezaba el monte, una voz lejana contestó con otro golpe, más chico, de otro bombo en otro patio.

    Hilda cerró los ojos. Hacía once años que no sentía esa vibración en el pecho, ese latido que no era suyo y era de todos, y que, según decían los viejos, se oía a una legua.

    —Otra vez —dijo.

    Y Matías volvió a golpear.

  • La Chola en el Paraná Viejo

    A las seis de la mañana de un jueves de agosto, Rolando Echagüe estaba parado sobre lo que había sido el fondo de su caleta, con un termo bajo el brazo y la vista clavada en la lancha. La Chola descansaba de costado sobre unos tirantes, a cuarenta metros del agua más cercana, como una vaca echada.

    El hidrómetro del puerto de Rosario marcaba bajo cero desde hacía semanas. En la guardería de Rolando, sobre la costa, las amarras colgaban de los postes sin tocar nada, y el barro del fondo se había rajado en placas que crujían al pisarlas.

    Esa tarde, a las cinco, venía un hombre de Victoria a ver la lancha. Rolando la había puesto en venta en junio, con un cartel de cartón en el portón, después de un año y medio sin un solo cliente que pudiera sacar su barco. Pero el comprador quería verla flotando. «Si no flota, no es lancha, es un galpón», había dicho por teléfono. Y tenía razón.

    —Eso no sale ni con una grúa —dijo una voz detrás.

    Era Yamila, la hija de un boyero de la zona, diecinueve años, botas de goma y un caballo zaino de la rienda. Cuidaba unos corrales que su padre había armado en el cauce seco del Paraná Viejo, donde antes pasaban los kayaks y ahora pasaba la hacienda.

    —Sale con un caballo —dijo Rolando—. Si me lo prestás.

    —No es mío, es de mi viejo. Y no es de tirar lanchas.

    —Te pago el día.

    Yamila miró la lancha, después el cielo limpio, después la arena. Le pidió una cifra que a Rolando le pareció un robo y que aceptó sin discutir.

    Tardaron toda la mañana. Pusieron tres tirantes a modo de rieles, ataron una soga gruesa al enganche de proa y Yamila fue guiando al caballo paso a paso, hablándole bajito, mientras Rolando empujaba de popa con el hombro. El olor a barro viejo y a pescado seco se les metía en la ropa. Cada diez metros había que correr los tirantes de atrás para adelante. A las once habían avanzado la mitad.

    —¿Cuánto hace que la tiene? —preguntó Yamila, sentada un rato sobre el casco, tomando mate del termo de él.

    —Veintidós años. La compré sin motor. Le puse uno de camión, de un tío mío que se murió. Mirá lo que es la vida, me hacía ruido de camión hasta el día que dejó de hacerlo.

    —¿Y por qué la vende?

    Rolando se rascó la nuca.

    —Porque no se mueve. Un barco que no se mueve te cobra y no te da nada.

    Yamila no dijo nada. El caballo bufó y sacudió las orejas.

    A las doce y media les quedaban quince metros hasta el hilo de agua, un canal angosto, marrón, que ni siquiera se parecía a un río. Rolando lo había visto llenarse y vaciarse toda la vida y nunca le había parecido pequeño hasta ahora. Se acordó de las tardes de sábado en que sacaba a la gente al banquito de San Andrés, con los chicos asomados a la borda y el motor de camión golpeando parejo, y el río tan ancho que de una orilla no se veía la otra.

    Quedó un último tramo con una barranca baja. Ahí el caballo se plantó. Yamila le habló, tiró con suavidad, y el animal no dio un paso. Rolando se agachó, vio que un tirante se había hundido en una grieta y lo soltó con una barreta. Cuando volvió a tirar el caballo, la Chola se movió con un quejido largo de madera y cayó con la proa en el agua.

    No flotó. Se apoyó en el fondo con la quilla clavada en el barro, a diez centímetros de la superficie, como si se hubiera sentado a pensar.

    —No hay calado —dijo Yamila.

    —No hay.

    Esperaron. A las dos de la tarde subió un poco el nivel, o lo pareció, porque soplaba viento del norte y empujaba agua desde algún lado. Rolando metió el pie descalzo hasta el tobillo y sintió que la lancha se movía apenas, un temblor, una duda.

    A las cuatro y media llegó el hombre de Victoria en una camioneta con barro hasta las ventanillas. Bajó, se paró a mirar con las manos en la cintura y dio una vuelta entera alrededor de la lancha. Rolando le había preparado un discurso sobre el casco de lapacho, el motor, la cabina, el equipo de radio. No lo dijo.

    —¿Y? —preguntó el hombre.

    —Esperá un cacho —respondió Rolando.

    El viento giró. Se oyó un chasquido bajo el casco, y la Chola se despegó del barro con un balanceo pesado y quedó sola en el medio del canal, con un par de vacas mirándola desde la orilla de enfrente.

    Yamila dejó caer la soga. Rolando subió de un salto, se sentó al timón sin llave, con las manos sobre la madera tibia, y por primera vez en dos años sintió que algo se movía debajo de él.

    —Está linda —dijo el hombre desde la orilla—. ¿Cuánto me dijiste?

    Rolando no contestó enseguida. Miró el agua baja, el cielo anaranjado, la lancha que respiraba bajo sus pies.

    —Pasá mañana —dijo al fin—. Hoy se queda un rato más en el río.