Aníbal Ferreyra levantó la persiana del puesto a las seis y diez, como todos los días del año menos uno. El siete de noviembre no había diario. Los talleres descansaban, los camiones no pasaban por Sarmiento, y los atados de La Capital que él acomodaba cada madrugada contra el vidrio no estaban. Lo que había era el olor de siempre, a tinta vieja y a cartón mojado, que ya se le había metido en las paredes del puesto y en la campera.
Puso el termo arriba del mostrador, el mate al lado, y se sentó en el banquito a mirar la calle. Los colectivos pasaban casi vacíos. Un chico en bicicleta le tocó el timbre al pasar, por costumbre. Aníbal levantó la mano.
Tenía setenta y cuatro años y cincuenta y ocho de oficio. Había empezado a los dieciséis, voceando en la esquina con un cuaderno donde anotaba quién le debía. Ahora no vocea nadie, pensó, ni el diario sale a la calle como salía. Pero el puesto seguía, con sus revistas de crucigramas, sus figuritas, sus tarjetas del colectivo. Y debajo del mostrador, en el cajón ancho que le hizo su hermano, seguían las otras cosas.
A las nueve y media apareció una mujer de pelo corto y saco gris, con una carpeta contra el pecho. Miró el puesto como quien confirma una dirección.
—Buen día. ¿Tiene La Capital?
—Hoy no, señora. Es el Día del Canillita, no sale.
—Ah. —Se quedó quieta un segundo—. Qué tonta. Lo sabía, pero lo olvidé.
—Mañana hay doble de pasatiempos, para compensar —dijo Aníbal, y se rió solo.
La mujer no se rió. Apretó la carpeta.
—Yo no busco el de hoy. Busco uno del tres de mayo de 1989. Me dijeron que usted guarda diarios viejos.
Aníbal la miró un rato largo. Quién le había dicho, no preguntó. En el barrio todo se sabía, aunque no se dijera.
—Guardo algunos. No los vendo.
—No quiero comprarlo. Quiero verlo. Veinte minutos.
—¿Para qué?
La mujer abrió la carpeta y sacó una fotocopia gastada. Era un aviso chiquito, de los de clasificados, con un renglón subrayado a lápiz.
—Mi mamá lo puso ese día. Buscaba una máquina de coser, una Singer a pedal. La vendió esa semana y con la plata me compró los zapatos del acto de la escuela. Yo tenía siete años. Ella murió en agosto y nunca me acordé de preguntarle cómo era el aviso. Ahora estoy armando algo para mi hija, y tengo esto, la fotocopia, pero está cortada. Quiero ver la página entera. Quiero ver qué había al lado.
Aníbal no contestó. Se agachó, abrió el cajón ancho, y la mujer vio las pilas: atados con hilo sisal, uno por año, cada uno con un papelito pegado con cinta. Él pasó los dedos por los rótulos sin leerlos. Sabía dónde estaba cada uno.
—Los guardo desde que murió mi viejo —dijo, sin darse vuelta—. Él decía que el diario del día es un pescado: se vende el mismo día o se tira. Yo no pude. Cada noche que me sobraba alguno, uno solo, lo apartaba. Treinta y pico años de sobrantes. Nunca pude venderlos después, ni regalarlos. Me parecía una traición, no sé a quién.
Sacó un atado, cortó el hilo con las tijeras del crucigrama y fue pasando hojas amarillas, quebradizas, hasta que se detuvo.
—Tres de mayo.
Lo abrió sobre el mostrador, encima de las revistas, y alisó los pliegues con el canto de la mano. La mujer se inclinó. Buscó con el dedo, sin tocar el papel, hasta llegar a la columna de clasificados. Se quedó mirando un buen rato.
—Acá está —dijo—. «Vendo Singer a pedal, funciona, tratar calle Mitre al ochocientos». —Se tapó la boca con la mano—. Puso su nombre abreviado. «Sra. de Ruiz». Nunca la vi escribir así.
—Ahí al lado —dijo Aníbal, con suavidad— hay uno que ofrece clases de piano. Y otro que perdió un perro.
—Qué cosa, un perro.
—Los perros aparecían, en general. Venían a avisar.
Ella se rió por fin, medio llorando, y sacó el celular para fotografiar la página. Le temblaba el pulso y tuvo que hacerlo tres veces. Aníbal sirvió un mate, le puso azúcar sin preguntar y se lo extendió.
—Tome. Después le presto una lupa, si quiere leer lo chico.
Se quedó casi una hora. Leyó el diario entero, de punta a punta, como si fuera el de ese día, mientras Aníbal atendía a un nene que quería una figurita y a un jubilado que preguntaba por el hipódromo. Cuando terminó, cerró el ejemplar con cuidado, lo dobló por los mismos pliegues y lo dejó sobre el mostrador.
—Gracias. ¿Cuánto le debo?
—Nada. Es el único día que no cobro.
—¿Y si lo quiero comprar?
Aníbal miró el diario. Después miró el cajón, con sus pilas atadas, sus treinta y pico años de pescados que no se tiraron.
—Ese sí se lo vendo —dijo—. Cien pesos. A precio de la época no me da el cuerpo.
La mujer le pagó con un billete nuevo y él lo guardó en la lata, junto a las monedas. Después la acompañó hasta la vereda y la vio alejarse por Sarmiento, con la carpeta bajo un brazo y el diario bajo el otro.
Volvió al banquito. En el cajón ancho había quedado un hueco del tamaño de un atado, y Aníbal lo miró un rato, sorprendido de que no le doliera. Mañana llegarían los camiones. Esa noche, si le sobraba uno, lo apartaría igual. Pero ahora sabía qué hacer con los otros: esperar a que alguien viniera a buscarlos.
Afuera, un colectivo frenó y arrancó. El chico de la bicicleta pasó de nuevo y tocó el timbre. Esta vez Aníbal gritó, con la voz gastada y entera de los dieciséis años:
—¡La Capital! ¡Mañana, La Capital!