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  • El día sin diario

    Aníbal Ferreyra levantó la persiana del puesto a las seis y diez, como todos los días del año menos uno. El siete de noviembre no había diario. Los talleres descansaban, los camiones no pasaban por Sarmiento, y los atados de La Capital que él acomodaba cada madrugada contra el vidrio no estaban. Lo que había era el olor de siempre, a tinta vieja y a cartón mojado, que ya se le había metido en las paredes del puesto y en la campera.

    Puso el termo arriba del mostrador, el mate al lado, y se sentó en el banquito a mirar la calle. Los colectivos pasaban casi vacíos. Un chico en bicicleta le tocó el timbre al pasar, por costumbre. Aníbal levantó la mano.

    Tenía setenta y cuatro años y cincuenta y ocho de oficio. Había empezado a los dieciséis, voceando en la esquina con un cuaderno donde anotaba quién le debía. Ahora no vocea nadie, pensó, ni el diario sale a la calle como salía. Pero el puesto seguía, con sus revistas de crucigramas, sus figuritas, sus tarjetas del colectivo. Y debajo del mostrador, en el cajón ancho que le hizo su hermano, seguían las otras cosas.

    A las nueve y media apareció una mujer de pelo corto y saco gris, con una carpeta contra el pecho. Miró el puesto como quien confirma una dirección.

    —Buen día. ¿Tiene La Capital?

    —Hoy no, señora. Es el Día del Canillita, no sale.

    —Ah. —Se quedó quieta un segundo—. Qué tonta. Lo sabía, pero lo olvidé.

    —Mañana hay doble de pasatiempos, para compensar —dijo Aníbal, y se rió solo.

    La mujer no se rió. Apretó la carpeta.

    —Yo no busco el de hoy. Busco uno del tres de mayo de 1989. Me dijeron que usted guarda diarios viejos.

    Aníbal la miró un rato largo. Quién le había dicho, no preguntó. En el barrio todo se sabía, aunque no se dijera.

    —Guardo algunos. No los vendo.

    —No quiero comprarlo. Quiero verlo. Veinte minutos.

    —¿Para qué?

    La mujer abrió la carpeta y sacó una fotocopia gastada. Era un aviso chiquito, de los de clasificados, con un renglón subrayado a lápiz.

    —Mi mamá lo puso ese día. Buscaba una máquina de coser, una Singer a pedal. La vendió esa semana y con la plata me compró los zapatos del acto de la escuela. Yo tenía siete años. Ella murió en agosto y nunca me acordé de preguntarle cómo era el aviso. Ahora estoy armando algo para mi hija, y tengo esto, la fotocopia, pero está cortada. Quiero ver la página entera. Quiero ver qué había al lado.

    Aníbal no contestó. Se agachó, abrió el cajón ancho, y la mujer vio las pilas: atados con hilo sisal, uno por año, cada uno con un papelito pegado con cinta. Él pasó los dedos por los rótulos sin leerlos. Sabía dónde estaba cada uno.

    —Los guardo desde que murió mi viejo —dijo, sin darse vuelta—. Él decía que el diario del día es un pescado: se vende el mismo día o se tira. Yo no pude. Cada noche que me sobraba alguno, uno solo, lo apartaba. Treinta y pico años de sobrantes. Nunca pude venderlos después, ni regalarlos. Me parecía una traición, no sé a quién.

    Sacó un atado, cortó el hilo con las tijeras del crucigrama y fue pasando hojas amarillas, quebradizas, hasta que se detuvo.

    —Tres de mayo.

    Lo abrió sobre el mostrador, encima de las revistas, y alisó los pliegues con el canto de la mano. La mujer se inclinó. Buscó con el dedo, sin tocar el papel, hasta llegar a la columna de clasificados. Se quedó mirando un buen rato.

    —Acá está —dijo—. «Vendo Singer a pedal, funciona, tratar calle Mitre al ochocientos». —Se tapó la boca con la mano—. Puso su nombre abreviado. «Sra. de Ruiz». Nunca la vi escribir así.

    —Ahí al lado —dijo Aníbal, con suavidad— hay uno que ofrece clases de piano. Y otro que perdió un perro.

    —Qué cosa, un perro.

    —Los perros aparecían, en general. Venían a avisar.

    Ella se rió por fin, medio llorando, y sacó el celular para fotografiar la página. Le temblaba el pulso y tuvo que hacerlo tres veces. Aníbal sirvió un mate, le puso azúcar sin preguntar y se lo extendió.

    —Tome. Después le presto una lupa, si quiere leer lo chico.

    Se quedó casi una hora. Leyó el diario entero, de punta a punta, como si fuera el de ese día, mientras Aníbal atendía a un nene que quería una figurita y a un jubilado que preguntaba por el hipódromo. Cuando terminó, cerró el ejemplar con cuidado, lo dobló por los mismos pliegues y lo dejó sobre el mostrador.

    —Gracias. ¿Cuánto le debo?

    —Nada. Es el único día que no cobro.

    —¿Y si lo quiero comprar?

    Aníbal miró el diario. Después miró el cajón, con sus pilas atadas, sus treinta y pico años de pescados que no se tiraron.

    —Ese sí se lo vendo —dijo—. Cien pesos. A precio de la época no me da el cuerpo.

    La mujer le pagó con un billete nuevo y él lo guardó en la lata, junto a las monedas. Después la acompañó hasta la vereda y la vio alejarse por Sarmiento, con la carpeta bajo un brazo y el diario bajo el otro.

    Volvió al banquito. En el cajón ancho había quedado un hueco del tamaño de un atado, y Aníbal lo miró un rato, sorprendido de que no le doliera. Mañana llegarían los camiones. Esa noche, si le sobraba uno, lo apartaría igual. Pero ahora sabía qué hacer con los otros: esperar a que alguien viniera a buscarlos.

    Afuera, un colectivo frenó y arrancó. El chico de la bicicleta pasó de nuevo y tocó el timbre. Esta vez Aníbal gritó, con la voz gastada y entera de los dieciséis años:

    —¡La Capital! ¡Mañana, La Capital!

  • Debajo del amarillo

    La espátula se trabó en una veta y Rita Scarpati soltó una puteada corta, de las que se dicen sin ganas. Era la una y media de la mañana en la Banquina de Pescadores de Mar del Plata, y la lancha estaba apoyada en los tacos del varadero con el casco al aire, oliendo a pescado viejo, a kerosene y a madera que había aguantado más años de los que le tocaban.

    Del otro lado de la escollera, los lobos marinos hacían su ruido de siempre, un ronquido húmedo que subía y bajaba con la marea. Rita ya no lo escuchaba.

    —¿Cómo va eso? —preguntó Ezequiel desde la escalerita. Traía dos vasos de café de la máquina y la cara de no haber dormido desde el martes.

    —Va. La amarilla sale fácil. Lo que está abajo, no.

    Ezequiel tenía veintitrés años y una lancha que no había pedido. Su viejo se la dejó junto con una libreta de deudas y una frase que repetía en el almuerzo de los domingos: «Mientras flote, es tuya». Ahora quería ponerle nombre nuevo. El anterior, «Dos Hermanas», le parecía una condena. Su padre no tuvo hermanas ni hijas, y nadie en la familia sabía de dónde había salido.

    —Quiero algo corto —había dicho el lunes, en el taller de Rita, con un papel arrugado en la mano—. «Nueva Era». O «Maite», que es mi novia. Y que salga el jueves, que es la botadura.

    Rita pintaba nombres de barcos desde los diecinueve. Había aprendido con un tano de Playa Grande que usaba pincel de pelo de marta y escupía al costado antes de cada letra. Sabía que una lancha costera se pinta de amarillo con una guarda roja si va a las aguas más lejanas, y que el nombre va en la proa, en negro o en blanco, con una sombra del lado de la luz. Sabía también que a las lanchas las pintaron de amarillo para que se las viera desde lejos, porque antes eran blancas y la niebla se las tragaba junto con la gente que llevaban.

    Eso último se le vino a la cabeza cuando la espátula levantó, junto a la letra D vieja, una escama de amarillo y debajo apareció una línea blanca.

    Se quedó quieta. Pasó el dedo enguantado y la línea no se corrió. Era pintura al óleo, espesa, de la que se aplicaba con tiempo. Siguió raspando con más cuidado, con la punta, haciendo el trabajo de un dentista. Para las tres de la mañana tenía descubierta una sola palabra, de cuarenta centímetros, en letras de imprenta con pie, de esas que ya nadie hace.

    «ROSALÍA».

    —No dice «Dos Hermanas» —murmuró.

    Ezequiel subió de a dos escalones. Miró un rato largo, con los vasos vacíos en las manos.

    —Eso es de antes de mi viejo.

    —Es de antes de que la pintaran de amarillo. Mirá el borde de la R, está pintada sobre la madera pelada, sin base. —Rita apoyó la linterna en el travesaño—. Esta lancha salió blanca y con ese nombre. Después alguien la pintó encima, y alguien más le cambió el nombre otra vez. Con los años quedaron tres capas.

    —¿Y quién era Rosalía?

    —No sé. La que le puso el nombre se acordaba, seguro.

    Ezequiel se sentó en un cajón de pescado dado vuelta. Afuera pasó un camión con hielo y el piso tembló apenas. Estuvo callado tanto rato que Rita volvió a la espátula. Raspó el lado de la A y apareció, más chica, una fecha en la madera, grabada con gubia antes de pintar y casi invisible: un año de principios de los veinte y las iniciales «G. S.».

    —Mi viejo se llamaba Giuseppe —dijo Ezequiel, sin voltearse—. Giuseppe Scalise. Yo le decía Pepe.

    —¿Y el abuelo?

    —Gaetano. Gaetano Scalise. Vino de Molfetta, creo. Tenía las lanchas en la banquina cuando ya estaba el puerto, pero la familia no habla de eso. Se peleó con alguien, se quedó sin barcos, y después mi viejo volvió a empezar con ésta. Me dijo una vez que la compró a un precio de risa porque el dueño anterior no quería «ese nombre en el casco».

    —¿Entonces el nombre que figura en la libreta?

    —«Dos Hermanas». Lo cambió Pepe, supongo. O alguien antes que él. —Ezequiel se frotó la cara con las dos manos—. Yo no sabía que esto estaba abajo. Nadie sabía.

    Rita no dijo nada. Ella tampoco sabía qué se hacía en una situación así. El trabajo era claro: pasarle una mano de amarillo a todo, tapar la palabra, escribir encima «Maite» en negro con sombra, y tener la lancha lista para las nueve. Cobraba por eso. En el taller tenía una factura sin pagar y un tarro de bermellón que se estaba secando.

    A las cuatro cortó una tira de cinta de enmascarar y la pegó prolija arriba y abajo de la palabra blanca, como si fuera a pintarla. Después fue hasta el fondo del varadero, sacó el pincel de marta y lo mojó en blanco.

    —¿Qué hacés? —preguntó Ezequiel.

    —Lo que debí hacer desde el principio. Si la tapo, la tapo y listo. Pero a mí me pagás por pintar un nombre, y el nombre que tiene esta lancha es éste. —Se frotó los ojos con el dorso de la muñeca—. «Maite» lo ponemos del otro lado, en la aleta, chiquito, para que se lea cuando la veas de costado. Si querés.

    —Mi novia se va a calentar.

    —Tu novia va a querer saber quién era Rosalía. Todas quieren saber.

    Ezequiel se rió, por primera vez en dos días, una risa que se le cortó a la mitad. Se levantó y le sacó a Rita el pincel de las manos con cuidado, como quien agarra algo que se puede romper.

    —Dejame a mí la R —dijo—. Me parece que la tengo que hacer yo.

    Rita le mostró cómo se sostiene, cerca de la virola, con el meñique apoyado en la madera para no temblar. Le dijo que no tenía apuro. Él entró en el trazo del primer palo con la lengua entre los dientes, y la pintura nueva se montó sobre la vieja sin borrarla, igual de blanca, igual de espesa.

    A las seis y media aclaró sobre la escollera. Los lobos empezaron a moverse, uno resbaló de una piedra con un plaf largo, y en la banquina se oyeron los primeros motores. Ezequiel terminó la última letra y se quedó mirando el casco amarillo con una sola palabra blanca en la proa, tan nítida que parecía recién inventada.

    —Ya está —dijo.

    —Ya está. Ahora que se seque.

    Rita juntó los pinceles, tapó el tarro y bajó la escalerita con la luz del amanecer pegándole de costado. Desde abajo miró la lancha una vez más. La palabra se leía desde el fondo de la banquina, con toda la niebla encima, igual que cuando la lancha la llevaba puesta por primera vez.

  • El último viaje de las brujas

    Olga Sandoval llegó a Carabobo a las tres de la tarde con un termo, dos mates y una nieta que no quería bajar la escalera.

    —Hace calor, abuela.

    —Abajo hay menos.

    Era viernes 11 de enero de 2013 y el aire de la calle Rivadavia pesaba como una frazada mojada. Camila tenía nueve años, una remera de Violetta y la costumbre de tapar con las manos todo lo que sonaba fuerte. Olga la agarró de la muñeca, no de la mano, y bajaron juntas hasta el andén, donde olía a aceite caliente y a madera vieja, un olor dulzón que ella habría reconocido con los ojos vendados.

    Trabajó cuarenta y un años en un taller de corbatas de la Avenida de Mayo, cerca de la Casa de Gobierno, y todas las mañanas bajó en Carabobo para ir hasta Plaza de Mayo, y todas las tardes hizo el camino a la inversa. Durante cuatro décadas, ni una sola vez le había prestado atención al tren. Eso le pasó recién esa semana, cuando leyó en el diario que los coches belgas, los de madera, los que llamaban las brujas, hacían su último día de servicio.

    Del túnel salió un viento tibio, y atrás del viento el ruido: un rechinar largo, de bisagra, con un traqueteo adentro como de tazas en una bandeja. Camila se llevó las manos a las orejas.

    —Escuchá un poquito —dijo Olga—. Después te las tapás.

    La formación frenó con un suspiro. Era marrón y estaba rayada por tantos años de pintura encima de la pintura. Había gente con cámaras, un muchacho con un trípode, una pareja de turistas que se sacaban fotos con las puertas todavía cerradas. Un guarda de camisa celeste, con la frente brillante, iba de coche en coche abriendo a mano.

    —Tiren de la manija, señoras —dijo, con voz de haber repetido eso todo el día—. Son puertas de verdad.

    Olga tiró. La puerta cedió con un quejido y adentro estaba todo igual: los asientos de tablitas de madera, los bronces gastados en los pasamanos, las lámparas redondas con sus espejitos, el piso que cedía un poquito bajo el zapato. Eligió el tercer coche. El lado izquierdo, mirando hacia Plaza de Mayo, el cuarto asiento contando desde la puerta. Estaba libre. Se sentó y acomodó a Camila contra la ventanilla, con la bolsa de tela entre las dos.

    —¿Por qué justo este? —preguntó la nena.

    —Porque en el setenta y uno, el primer día que fui al taller, me senté acá. Tenía dieciséis años y llevaba un bolsito de plástico con un sándwich de milanesa adentro. Y una señora que no conocía me dijo: nena, sacá los pies del medio.

    —¿Y los sacaste?

    —Los saqué. Y los dejé afuera cuarenta años.

    Camila se rio por la nariz. El guarda silbó dos veces, alguien soltó las puertas a los empujones, y el tren arrancó con un tirón que le hizo chocar la cabeza contra el hombro de la abuela. Después empezó el bamboleo. No era un movimiento suave, era un vaivén con crujido, como si el coche entero hiciera fuerza para no desarmarse, y en cada curva la madera cantaba en una nota distinta.

    La nena apretó los dientes. Olga vio cómo le subían las manos hacia la cara y, antes de que llegaran, destapó el termo y le puso el mate en la palma.

    —Tomá. Con las dos manos. Está caliente.

    Camila agarró el mate. Ya no tenía manos libres para taparse nada.

    —Ahora contá —dijo Olga, bajito—. Contá las lámparas que tiemblan.

    —Una. Dos. Tres. —La nena miraba el techo—. Abuela, esa tiembla distinto.

    —Es la de la punta. Siempre tembló esa. Una vez le aposté a una compañera, a Nelly, que se apagaba antes de Loria. Y se apagó.

    —¿Ganaste?

    —Me pagó con una caja de botones.

    Pasaron Pasco, Congreso, Sáenz Peña. En cada parada subía gente con la cara de quien llega tarde a una despedida: un señor de traje con un maletín viejo, un chico con una guitarra, dos mujeres que se tomaban de las manos. Nadie hablaba fuerte. Una señora mayor, de pie, acariciaba el pasamanos con la punta de los dedos como se acaricia el lomo de un animal que ya no se va a ver más. El guarda recorría el pasillo diciendo gracias, gracias por venir, con la camisa pegada a la espalda.

    En Lima, Camila dejó de contar y empezó a escuchar. Olga se dio cuenta porque la nena ladeó la cabeza y se quedó quieta, con el mate ya tibio entre las manos. Detrás del rechinar se oía otra cosa: el roce de los zapatos sobre el piso de tablas, los arneses de las ventanillas, el chasquido de los bronces cuando el tren se inclinaba. Era como estar adentro de un instrumento.

    —Suena a casa vieja —dijo la nena.

    —Suena a tren —dijo Olga—. Pero casi.

    Al llegar a Piedras, el coche se vació de golpe y se llenó de nuevo. Un muchacho con una cámara se arrodilló en el pasillo para filmar el piso. Camila lo miró fastidiada, porque le tapaba la vista, y recién entonces Olga sintió algo raro en la garganta. Había imaginado muchas veces ese viaje, pero lo había imaginado sola. No había contado con tener que explicar nada.

    —Abuela, ¿mañana también viene este tren?

    —No.

    —¿Y adónde se va?

    —Lo van a llevar a un taller. En Primera Junta lo sacan a la calle por una rampa, como en las películas. —Se acomodó el pañuelo en la cabeza—. Y después se verá.

    La nena se quedó pensando.

    —¿Y si lo extrañás?

    —Vengo y me siento en el tren nuevo. En el mismo lugar.

    —Pero no es el mismo asiento.

    —No. Pero es el mismo lugar.

    Llegaron a Plaza de Mayo con la formación crujiendo en la última curva, con un grito de hierro que hizo que medio coche aplaudiera. Camila no se tapó los oídos. Se bajó de la mano de la abuela, y después de dar tres pasos en el andén se dio vuelta, soltó la mano y volvió a subir.

    —Nena —dijo el guarda, riéndose—, ya terminó el recorrido.

    —Es que me olvidé algo.

    Se agachó junto al cuarto asiento, apoyó la palma abierta sobre la madera y la dejó ahí un momento, quieta, como se hace con la frente de alguien que tiene fiebre. Después bajó corriendo, con el mate vacío en la otra mano, y le dijo a la abuela, antes de que Olga pudiera preguntarle nada:

    —Ya está. Ahora sí, vamos.

    Subieron las escaleras agarradas de la muñeca, las dos, hacia la luz de la Avenida de Mayo. Atrás, en el andén, la última brujita de la tarde esperaba con las puertas abiertas.

  • El fusible de Nelson

    A las cuatro de la tarde, con el cielo de Oberá cargado de un gris que todavía no se decidía a llover, Nelson Procopiuk encontró el tablero muerto. Era miércoles, la Noche de las Colectividades, y el escenario del parque tenía los reflectores apagados, el sonido mudo y a tres muchachos con remeras de la organización mirando una caja gris como quien mira un animal dormido.

    —Se cortó todo a la una —dijo uno—. Ya vino el de la cooperativa y dice que la red está bien. Es de acá adentro.

    Nelson tenía sesenta y ocho años, la espalda dura de tanto subir a postes y una caja de herramientas de lata verde que había sido de su padre. Hacía cuatro años que se había jubilado. Hacía cuarenta que había armado ese tablero, en una semana de septiembre en la que llovió todos los días, cuando la fiesta todavía se hacía con mucho menos de lo que se hacía ahora.

    —Yo lo puse —dijo, sin darle importancia.

    Los muchachos se miraron. Uno sacó el celular y empezó a buscar el teléfono de un técnico de Posadas.

    —Esperá —dijo Nelson—. Dejame abrir.

    Abrió. Olía a polvo caliente y a algo dulce, de bichos viejos. Las llaves modernas, de plástico blanco, eran de los últimos años. Pero abajo, escondido detrás de un riel, había un portafusibles de porcelana marrón, con una tapa de rosca, y adentro un fusible de cartucho que se había puesto negro como un diente.

    —Ahí está —dijo.

    —¿Eso hay que cambiarlo?

    —Eso hay que cambiarlo —confirmó Nelson—. Y no hay en ninguna ferretería, porque ya nadie usa ese calibre.

    Lo dijo con una calma que no sentía. Miró el reloj. Su nieta Lucía, diecisiete años, subía al escenario a las nueve con el grupo de danzas de la colectividad. Se había probado el vestido tres veces delante de él, para que le dijera si el bordado del cuello se veía derecho. Nelson le había dicho que sí, aunque no entendía nada de bordados. Lo único que entendía era de corriente.

    Salió caminando bajo las luces de mercurio todavía apagadas, entre los puestos que armaban sus mostradores y las casas de las colectividades, cada una con su techo, su bandera y su cocina funcionando desde el mediodía. Pasó por una donde alguien estaba abriendo masa con un palo largo y fino, y por otra donde dos señoras discutían si el repollo ya estaba lo bastante agrio. Todo era ruido de ollas y de gente que se saluda.

    Fue a tres ferreterías. En la primera, el chico lo miró como si hubiera pedido un caballo. En la segunda, un viejo le ofreció uno parecido y le dijo que probara, que a lo mejor. No servía. En la tercera, ya con las primeras gotas gordas pegándole en los hombros, la dueña se encogió de hombros.

    —Don Nelson, eso no existe más. Lo que sí, mi marido tenía un cajón de cosas de esas. Se lo llevó una vecina, hace años, para la escuela técnica.

    La escuela técnica estaba cerrada, claro. Era la hora en que cierran las escuelas. Nelson se quedó parado en la vereda, con el agua que ya corría roja por la calle, esa tierra colorada que se te mete en las zapatillas y no sale más, y pensó en Lucía arriba del escenario a oscuras, bailando para gente que no iba a verle el bordado.

    Volvió despacio. Al lado del tablero lo esperaba su caja verde, que había dejado abierta. Se sentó en un cajón de cerveza y empezó a revolver. Tornillos, cinta aisladora gris de cuando existía la gris, un rollo de alambre, y en el fondo, envuelto en un trapo de franela, un tubo corto de vidrio con dos tapitas de bronce.

    Era un fusible. Uno solo, del calibre justo. Su padre lo había guardado ahí y le había dicho, hacía mucho: «Este no se toca. Es para el día que hagas falta». Nelson se había reído. Ni siquiera se acordaba de haberlo vuelto a ver.

    —Ay, viejo —dijo en voz baja, y no supo si hablaba con su padre o con el fusible.

    Lo puso en el portafusibles con dos dedos, como se pone una moneda en una alcancía. Giró la tapa de porcelana hasta que cerró. Después le pidió a uno de los muchachos que bajara las llaves de a una, porque si no iba a saltar todo junto, y que no le preguntara por qué.

    Primero se encendió el sonido, con un zumbido grave que hizo reír a alguien. Después los reflectores de a uno, con ese golpe de calor que se siente en la cara aunque estés lejos. La lluvia ya caía derecha, sin apuro, sobre el techo del escenario.

    —Don —dijo el muchacho—, ¿cuánto le debemos?

    —Nada. Ponemos que fue de la casa.

    A las nueve menos diez se sentó en la tercera fila, con el piloto sobre las rodillas y las manos todavía negras. Lucía salió con las otras chicas, con el bordado del cuello derecho como él le había asegurado, y buscó entre la gente hasta encontrarlo. Le levantó apenas las cejas, de lejos, una sola vez.

    Atrás, en el tablero, la porcelana marrón se iba entibiando. Nelson no podía verla desde ahí, pero sabía exactamente cuánto aguantaba.

  • La botella de Genoveva

    Genoveva Arrieta se levantó a las cuatro, como todos los días, y como todos los días puso el agua para el mate antes de abrir los ojos del todo. Pero esa mañana del primero de marzo de 1912 no se sentó a tomarlo. Se ató el delantal de los bolsillos grandes, el que usaba para juntar vidrio, y salió con la pava todavía silbando sobre la hornalla.

    La noche anterior, el pueblo había hablado de una sola cosa. Alguien había subido al cerro a las seis y media de la tarde, con el sol bajo, y había vuelto sin aliento. La Piedra ya no estaba en su sitio. Nadie la había visto caer. Eso era lo que más repetían en la fonda de los Ferrari, hasta que cerraron: nadie la vio.

    Genoveva lo supo con una calma que la asustó. Hacía diecinueve años que juntaba las botellas de los turistas. Venían en tren desde Buenos Aires, subían en break hasta el cerro, y cada uno apoyaba una botella vacía de cerveza o de sidra bajo el borde de la Movediza. Después empujaban. La piedra se balanceaba, aplastaba el vidrio sin apuro, y la gente aplaudía. Al otro día, ella subía con el delantal y se llevaba los cascotes. Los vendía por kilo a un hombre de la calle Pinto que los fundía.

    Sabía el peso de la piedra en el vidrio mejor que cualquier ingeniero. Sabía que cada botella gritaba distinto antes de romperse.

    El camino de las canteras estaba lleno de barro seco y de huellas de carros. A esa hora solo se oía el cerro, que no es lo mismo que el silencio. Venía de más abajo un ruido de martillos, aunque era demasiado temprano: los canteros se habían ido a ver. Genoveva los pasó en la curva del Calvario, parados en fila con las gorras en la mano, como en un velorio.

    —¿Va a llevarse vidrio, doña? —le dijo uno, sin burla.

    —Voy a buscar una cosa.

    —Mire que quedó en tres pedazos. Hay para rato.

    —Yo no tengo apuro —mintió.

    La vio recién al llegar al borde. Estaba abajo, en el fondo, partida en tres bloques enormes de granito gris, apoyados entre los espinillos como animales que se hubieran echado a dormir juntos. Se le aflojaron las piernas. Se sentó en una laja, con las manos sobre el delantal, y miró un rato largo el lugar vacío de arriba, donde quedaba una base chata, más chica de lo que ella recordaba. Parecía una mesa a la que le hubieran sacado el mantel.

    Había una botella, entre todas. Una sola.

    Se la había dado su hijo Ramiro en la primavera de 1911, la víspera de irse a Bahía Blanca a trabajar en el puerto. Era una botella de ginebra verde, de las anchas, y Ramiro le había metido adentro un papel doblado en cuatro. «No lo leas hasta que yo vuelva», le dijo. «Ponelo debajo de la Piedra, que ahí nadie lo toca.» Ella se había reído. Debajo de la Piedra todos los días se rompían botellas. Pero él había insistido con esa terquedad suya, la de su padre, y ella, un domingo de lluvia fina, había subido, buscado el hueco del lado del sol, y la había acostado en la tierra, tan al fondo como pudo, con el cuello hacia afuera.

    La botella no se había roto en un año, porque la Piedra, con todo su vaivén, nunca llegaba hasta ahí. Eso había sido lo más raro. Genoveva pasaba, la veía asomar entre el pasto y le decía en voz baja, para que no escucharan los turistas: todavía estás.

    Ramiro no había vuelto. Escribía cada tanto, cartas cortas de letra cuadrada. Decía que el trabajo era duro, que comía bien, que el mar era más grande que la pampa pero menos honesto. Hacía cuatro meses que no escribía.

    Bajó por la ladera agarrándose de los espinillos. Las piedras sueltas corrían bajo sus botines. Cuando llegó abajo, el granito era más alto que ella y estaba frío, con ese frío de lo que pasó la noche sin que nadie lo mire. Rodeó el primer bloque, el más grande, el de la cabeza. Tocó una cara lisa, y estaba húmeda. Era rocío.

    No sabía si la botella había quedado arriba o había caído con todo. No sabía si el papel decía algo importante o era una tontería de muchacho, una dirección, un chiste, una cuenta de lo que le debía a un amigo. Se agachó entre los bloques y empezó a revolver la tierra con las manos, y a los diez minutos tenía las uñas negras y encontró tres cuellos de botella, dos fondos, un cascote verde. Ninguno era el suyo.

    Volvió a subir, esta vez hasta la base chata, y se arrodilló en el borde, del lado del sol, justo donde la había puesto. Metió la mano en el hueco. La tierra estaba blanda. Tocó vidrio, y su corazón dio un salto, pero era la esquina de un frasco de mostaza.

    —Doña Genoveva.

    Era uno de los canteros, un muchacho flaco, con el polvo de piedra pegado a las cejas. Había subido sin que ella lo oyera. Traía algo en la mano, envuelto en un pañuelo.

    —Mi viejo dice que se la dé. Anoche, cuando bajaron los primeros, él estuvo acá. La encontró entre las piedras, del lado de abajo. Dijo que la conocía por el color. —Desenvolvió el pañuelo—. Está entera.

    La botella verde tenía una raya de barro en el vientre. Tenía el corcho en su lugar. Adentro, el papel doblado en cuatro, intacto, pegado al vidrio.

    Genoveva la agarró con las dos manos. No dijo nada durante un rato. El muchacho miró para otro lado, hacia el pueblo, donde ya subía el humo de las primeras cocinas.

    —¿La va a abrir?

    —No —dijo ella—. Me dijo que no la lea hasta que vuelva.

    Se puso de pie, se sacudió las rodillas y guardó la botella en el bolsillo más grande del delantal, el que usaba para el vidrio bueno. Después miró por última vez los tres bloques de granito abajo, quietos, sin más balanceo que el de la luz sobre ellos.

    Bajó por el camino de las canteras con la mano apoyada en el bolsillo, y la botella le pesaba contra la cadera como pesa un hijo que se acuerda de uno.

  • El arado de la colectividad

    El tractor tosió dos veces en la esquina de Belgrano y San Martín y se quedó callado. Aldo Wüthrich apretó el acelerador de mano, probó el arranque, probó de nuevo. Nada. Detrás, en el acoplado cubierto de lonas con los colores de Valais, el arado temblaba un poco, como si se hubiera asustado.

    Eran las nueve y diez del 8 de septiembre. Desde la plaza llegaba el ensayo de la banda municipal, un trombón que no encontraba la nota, y a la altura del Museo de la Colonización ya se juntaban los chicos con los trajes de las colectividades: los delantales alemanes, las boinas piamontesas, una nena con trenzas postizas que se las tocaba cada tres segundos.

    —¿Qué pasó, abuelo? —preguntó Mateo, que a los once años se creía copiloto.

    —Pasó que el tractor tiene sesenta años y yo setenta y uno. Y hoy nos acordamos los dos.

    Aldo había sido tambero hasta que las rodillas le dijeron basta. Todavía le quedaba en las manos el olor ácido de la leche tibia, que no se va con el jabón. Hacía dos meses la comisión de la colectividad suiza le había pedido el favor: llevar el arado en el desfile, a las diez en punto, para abrir la columna. Era un arado de hierro y madera oscura, con una mancera gastada en los lugares donde alguien, durante años, había apoyado las manos. La familia decía que lo habían traído en 1856, entre los baúles, desde el Valais. Aldo lo creía a medias. Su padre lo creía entera. Su abuela le había dicho una vez, mientras pelaba choclos: «Eso vino en barco, no lo toques con las manos sucias».

    Levantó el capó. El motor olía a aceite quemado y a tierra seca. Bajó, se limpió con un trapo, y antes de pensarlo mucho caminó hasta el acoplado y sacó la lona del arado. Miró la reja, la cuchilla, el hierro opaco. Nunca lo había mirado de cerca con la luz de la mañana.

    En el costado de la mancera, bajo una costra de grasa vieja, había algo tallado. Pasó el pulgar. Una J, una W, y un año que no era 1856. Era 1887.

    —Mateo, traé el trapo mojado.

    —¿Para qué?

    —Para ver.

    Limpiaron juntos, con cuidado, como si fuera una herida. La J era de Johann, eso lo sabía: el bisabuelo Johann Wüthrich, que había llegado a la colonia de grande, ya con hijos. Pero 1887 era treinta y un años después de la llegada de las doscientas familias. Treinta y un años después, Johann ya había perdido la primera cosecha, la segunda, el caballo, una hija. El arado no había cruzado el océano. Lo había comprado ahí, en Esperanza, a un herrero, con plata que no tenía.

    Aldo se sentó en el estribo del acoplado. Sintió una cosa rara, mezcla de vergüenza y de alivio. Cuarenta años contando que el arado venía de Suiza, y el arado venía de la calle Sarmiento.

    —¿Es falso, entonces? —dijo Mateo, con esa franqueza de los once años que no ahorra nada.

    —No es falso. Es otra cosa.

    —¿Qué cosa?

    Aldo tardó en responder. A lo lejos el trombón por fin encontró la nota.

    —Es el primero que compró él. Los otros se los dieron. Este lo pagó.

    El reloj de la torre marcó las nueve y media. Pasó la señora Ferrero, de la comisión, con una carpeta contra el pecho, y gritó desde la vereda: «¡Aldo, a las diez, eh!». Aldo levantó la mano y sonrió con la boca nomás.

    Probó el arranque otra vez. El motor giró en seco, sin ganas. Un vecino que pasaba con una bicicleta se ofreció a empujar. Empujaron entre tres, el vecino, Mateo y él, con el arado traqueteando atrás. El tractor se movió medio metro y volvió a morirse.

    —No va a arrancar —dijo Aldo—. Se terminó.

    —¿Y el arado?

    Aldo miró la calle. Eran cuatro cuadras hasta la plaza, derecho, sin una sola subida. Miró la mancera pulida por tantas manos y calculó el peso. Con las ruedas de hierro, entre dos, quizás.

    —Sacame el acoplado del enganche —dijo.

    Lo desengancharon. El arado quedó parado sobre sus dos puntas de apoyo y las ruedas, y Mateo agarró un lado de la mancera y Aldo el otro. Ahí, en esas manos que ya no eran las de nadie del Valais ni las de ningún herrero, sino las de un viejo tambero y un nene con zapatillas rojas, el hierro se movió.

    Caminaron despacio. El arado hacía un ruido de cadena arrastrada sobre el empedrado de la esquina y después un ruido más sordo en el asfalto. En la vereda, la gente se iba dando vuelta. Alguien aplaudió, sin saber bien por qué. Una mujer mayor, con una pollera de cuadros, dijo en voz baja algo que Aldo no entendió, en una lengua que no era castellano.

    A las diez menos cinco entraron a la Plaza San Martín. El trombón se calló. La banda empezó el himno con retraso y con una trompeta de más. La señora Ferrero abrió la boca, no dijo nada, y señaló con la carpeta el lugar de la fila donde iba el arado.

    —¿Y el tractor? —preguntó, al final.

    —Quedó en Belgrano —dijo Aldo—. Que descanse.

    Esa tarde, después de que todos se fueron, Aldo volvió con el vecino y una soga. Remolcaron el tractor hasta el galpón y lo dejaron ahí. Antes de apagar la luz, se acercó al arado, que habían dejado apoyado contra la pared, y con una moneda raspó la grasa del costado de la mancera hasta que las tres marcas quedaron limpias: la J, la W, el 1887.

    Le pasó la mano encima. Estaba tibio del sol de la plaza.

  • El tun de la abuela

    Griselda Bazán se levantó a las seis, como siempre, y antes del mate abrió la tapa del piano. Se miró la mano izquierda. Los dedos estaban hinchados en las articulaciones, duros como nudos de soga, y el meñique se le había quedado doblado hacia adentro durante la noche. Los estiró uno por uno sobre el repasador tibio. Era 3 de junio, y mañana, en el salón del club Sportivo Las Altas, en Alta Córdoba, tenía que tocar.

    No era un baile cualquiera. El 4 de junio es el Día del Cuarteto, y la comisión del club había armado una noche con orquesta de las de antes, con piano, acordeón, contrabajo y violín, como en la época de Leonor Marzano. Habían llamado a Griselda porque en el barrio todavía se acordaban de ella. Entre 1981 y 1994 había tocado el piano en La Típica del Suquía, y nadie marcaba el tunga como ella.

    El tunga está en la mano izquierda. Eso lo sabe cualquiera que haya tocado cuarteto: el golpe fuerte va primero, el tun, y después el ga, más suave, al revés de lo que enseña el pasodoble. Con la derecha se puede adornar, improvisar, hacerse la linda. Pero la izquierda tiene que sostener el baile entero, y esa mano ya no le respondía.

    —Abuela, ¿otra vez con el piano a esta hora?

    Luz apareció en la puerta de la cocina con el uniforme del colegio a medio poner y una tostada en la boca. Tenía catorce años y los auriculares colgados del cuello. Vivía con Griselda desde que su mamá se había ido a trabajar a Neuquén.

    —Mañana toco en el Sportivo —dijo Griselda, sin darse vuelta—. Y no me sale el tun.

    —Ponele un acompañamiento grabado.

    —Un baile de cuarteto sin tunga en vivo es una misa sin cura.

    Luz se encogió de hombros, agarró la mochila y se fue. Por la ventana se oyó el Tren de las Sierras saliendo de la estación Belgrano, ese ronroneo largo que en Alta Córdoba hace de despertador para los que ya no lo escuchan.

    Griselda probó toda la mañana. Probó con la bolsa de agua caliente, con la pomada de árnica que le había dejado la vecina, con una pelotita de goma que apretaba mirando el noticiero. A las doce tocó el tun-ga una vez, despacio, y le salió. Dos veces, y le salió. A la tercera el meñique se trabó y la nota quedó colgada, fea, en medio de la sala.

    Cerró la tapa. Se quedó un rato con las dos manos encima, sintiendo el barniz frío.

    A la tarde, cuando volvió Luz, el olor a ajo de la salsa ya había ganado la casa. Griselda estaba sentada en el banquito con un fernet con coca que no había tocado.

    —No voy —dijo—. Le aviso al presidente del club que no voy.

    Luz dejó la mochila en una silla. Miró el piano, miró a su abuela, y por primera vez en mucho tiempo no tuvo nada para contestar. Se sentó al lado de ella, en el borde del banco.

    —Mostrame cómo es.

    —¿Cómo es qué?

    —El tun. Mostrame.

    Griselda levantó la mano izquierda y la apoyó sobre las teclas. Tun, ga. Tun, ga. Despacio. Luz la miraba como se mira a alguien que hace un truco.

    —Es fácil —dijo.

    —Es fácil para mirar.

    —Dejame.

    Luz puso su mano izquierda sobre la de la abuela, y después sobre las teclas. El primer tun le salió flojo, como un golpe de nudillo en una puerta ajena. Griselda le corrigió la muñeca. Le dijo que el peso viene del hombro y no de los dedos, que el ga no es un descanso sino una caricia, que había que sentir la pista llena aunque la sala estuviera vacía. Tun, ga. Tun, ga. A las nueve de la noche, con la salsa fría en la olla y los vecinos golpeando la pared, a Luz le salía.

    —Y ahora vos con la derecha —dijo Luz, sin sacar la izquierda de las teclas.

    —Yo con la derecha.

    Probaron una vez, y se enredaron. Probaron otra, y la melodía se cayó. A la tercera, Griselda cerró los ojos y dejó de contar. El tunga de su nieta sostenía el piso, la derecha de ella corría arriba con el estribillo de una canción vieja de La Típica, y de pronto el piano sonó como había sonado en 1986, con dos manos distintas haciendo una sola música.

    Al otro día, el salón del Sportivo se llenó antes de las once. Había señoras con las carteras apretadas bajo el brazo, pibes con gorra, un hombre que había venido desde Villa Allende en colectivo para escuchar piano de verdad. Sobre el escenario, el contrabajista afinaba y el acordeonista tosía. El presidente del club vio llegar a Griselda con una chica de remera negra, y no preguntó nada.

    Había un solo piano. Griselda y Luz se sentaron juntas, hombro con hombro, en el mismo banco.

    —Si me trabo, seguí vos —susurró Griselda.

    —Si me trabo yo, seguí vos.

    El acordeón arrancó. Griselda levantó la mano derecha, Luz bajó la izquierda, y en el primer compás el salón entero giró como un solo cuerpo. Atrás, en las vías, el último tren pasó sin hacer ruido y nadie lo escuchó.

  • La hilera que va a mano

    A las nueve de la noche, la cuadrilla ya había guardado las tijeras en los baldes y Ubaldo Mamani seguía con la suya abierta en la mano, mirando la última hilera del cuartel viejo. Los reflectores del tractor armaban un pasillo amarillo entre los alambres. Más allá, en el espaldero nuevo, las tolvas de la cosechadora esperaban, apagadas, con el rocío empezando a mojarles el costado.

    El pronóstico decía tres grados bajo cero para antes del amanecer, y a esa altura de marzo una helada no era un mal rato: era perder lo que quedaba colgado. Por eso la finca había decidido cosechar de noche, con máquina, lo que faltaba. Cuando el termómetro de la galería marcó seis grados, Graciela Funes, la dueña, bajó con la campera de la bodega y la linterna frontal, y lo dijo sin vueltas.

    —Ubaldo, a las dos entra la cosechadora a todo el cuartel. Al viejo también.

    —Usted me dijo que lo viejo iba a mano.

    —Te dije eso cuando pensé que íbamos a tener tres días más. —Se sopló las manos—. No hay tres días.

    Él no contestó. Hacía veintiséis inviernos que podaba esas cepas, y las conocía como se conoce a los vecinos: la que echaba brotes tarde, la que soltaba los racimos chicos y apretados, la que se había secado un brazo en la sequía del 2010 y seguía dando fruta con el otro. Eran de parral bajo, plantadas por alguien que había muerto antes de que él llegara de Potosí en el noventa y ocho, con veintidós años y una mochila que olía a coca y a lluvia. El lunes las iban a arrancar para poner espaldero, y todos lo sabían, incluso las cepas, si es que las cepas saben.

    —Una hilera —dijo él por fin—. Le pido una sola. Hasta las dos.

    Graciela miró el reloj, después miró las plantas, y se encogió de hombros de una manera que no era un sí, pero tampoco un no.

    Ubaldo se agachó bajo el primer alambre. Cortar a mano el cuartel viejo era una cuenta de paciencia: había que meter el brazo entre las hojas ya duras, encontrar el pedúnculo por el tacto, cerrar la tijera de un solo gesto. El racimo caía en el tacho de plástico con un golpe sordo, y el olor, mosto, tierra fría, un poco de humo de la quema de poda de otro vecino, le subía a la cara. Hizo seis metros en diez minutos. Cuando levantó la cabeza, Wilmer estaba parado en el borde de la luz.

    —¿Qué hacés acá? —le dijo—. Tendrías que estar durmiendo.

    —Mamá dice que vengas a cenar.

    —Decile que ya voy.

    El chico tenía doce años y había nacido en Luján, en la casa de adobe de la finca, y todo lo que sabía de Potosí era una foto y un acento que le salía cuando se enojaba. Se quedó mirando el tacho.

    —¿Por qué lo hacés a mano si viene la máquina?

    —Porque la máquina no distingue —dijo Ubaldo—. Sacude la planta y cae todo: la uva buena, la hoja, un nido, a veces un lagarto. Acá hay racimos que todavía no están. Hay que dejarlos.

    —¿Y si se hiela?

    —Se hiela. —Cortó otro—. Pero eso lo decide la helada. Lo otro lo decido yo.

    Wilmer no se fue. Se agachó del otro lado del alambre, agarró la tijera chica que Ubaldo guardaba en el bolsillo de la campera y empezó a cortar, torpe, sacando los racimos con las dos manos como si fueran pájaros. A las once, la hilera iba por la mitad. A medianoche, el aire se había puesto tan quieto que se oía la acequia corriendo por la hijuela, apenas un hilo de agua, y se les habían entumecido los dedos. La señora Rufina, la cocinera de la cuadrilla, apareció con el termo y dos panes con grasa, y se fue sin decir nada.

    A la una y cuarto, cuando faltaban veinte metros, los faros de la cosechadora se encendieron en la cabecera. Se oyó el motor arrancar, ese ronquido de máquina grande que despierta a los perros de tres fincas. Ubaldo no levantó la cabeza. Siguió cortando, más rápido, y le empezó a temblar la mano derecha, no de frío.

    —Papá —dijo Wilmer.

    —Ya sé.

    —Papá, mirá.

    Los faros avanzaban por el callejón, pero se detuvieron antes del cuartel viejo. El motor bajó de golpe, y después se apagó. En el silencio, se escucharon pasos sobre la tierra seca. Graciela venía caminando con la linterna en la frente y un balde vacío en cada mano. Detrás, el maquinista, con las manos en los bolsillos, miraba el suelo.

    —El Beto dice que si la hilera va a mano, él se espera —dijo ella—. Una hora. Yo no vine a mirar.

    Se agachó del lado de Wilmer, sacó del bolsillo una tijera de podar con el mango descascarado y empezó. Cortaba mal, apurada, pero cortaba. El maquinista se quedó un rato más con la vista en el suelo, hasta que se sacó los guantes y los dejó sobre el capot.

    A las dos menos diez quedó un solo racimo. Colgaba bajo una hoja amarilla, al final de la hilera, chico, apretado, de ese violeta casi negro que da la vid vieja. Ubaldo lo tomó con la mano abierta, como se toma una cara, y lo sostuvo un momento sin cortar.

    —Cortalo vos —le dijo a Wilmer.

    El chico cerró la tijera. El racimo cayó en el último tacho, y en el aire inmóvil se levantó el olor, entero, a fruta fría y a tierra.

    Cargaron los tachos entre los cuatro en la caja del tractor. Cuando la cosechadora se metió por fin en el cuartel nuevo, las luces barriendo las hojas, empezó a bajar la escarcha. Ubaldo la vio asentarse sobre los alambres desnudos del parral viejo, hilera por hilera, blanca y despareja, sin un solo racimo que perder.

  • El parche del surdo

    El parche se rajó a las cinco de la tarde, de borde a borde, con un chasquido de rama seca. Ismael apenas lo había rozado con la llave de afinar. Levantó las manos como si le hubieran gritado.

    En el patio del club, entre los espaldares de plumas apoyados contra la pared y las bolsas de lentejuelas sin abrir, nadie dijo nada. Faltaban cinco horas para que la comparsa entrara al corsódromo Nolo Alías, y el surdo mayor, el que le marca el paso a todos los demás tambores, era un tacho con la boca partida.

    —Yo no lo toqué —dijo Ismael. Tenía diecinueve años y la voz le salió finita.

    —Ya sé, nene. Es el calor. Los cueros de ahora se cansan.

    Aurelio Fretes lo dijo sentado junto a la canilla, con el mate en la mano. Tenía sesenta y siete años y había ido a la tarde nada más que a mirar, como todos los años, con la camisa planchada y sin ninguna intención de tocar nada. Treinta años atrás había armado ese surdo con un cuero de chivo que curtió en el fondo de su casa del barrio Cambá Cuá. Hacía veintiocho que no se paraba con un tambor colgado.

    Gladis, la presidenta, ya venía por el pasillo con el celular pegado a la oreja y la cara de quien suma problemas.

    —Tenemos el de plástico, el del ensayo. Lo ponemos y listo.

    —Suena a balde —dijo Aurelio.

    —Suena a balde, pero suena. Aurelio, son las cinco.

    Él miró el surdo rajado un rato largo. Después se levantó, despacio, porque las rodillas ya no le contestaban de inmediato.

    —En casa tengo un cuero. Colgado en el galpón, hace años. Era para otra cosa.

    —¿Y sirve?

    —Si lo mojo bien, sirve. Pero no lo toco yo —aclaró, levantando un dedo—. Yo lo pongo. Tocar, toca el pibe.

    Gladis dijo que sí a todo, porque no había tiempo para decir otra cosa.

    Fueron en la camioneta del club, con Ismael callado en el asiento de atrás. El galpón olía a querosén y a tierra caliente. El cuero estaba colgado de un clavo, duro como una chapa y del color del té. Aurelio lo bajó con las dos manos y lo metió en el tanque de agua del fondo. Se quedó mirando cómo las burbujas subían de a una.

    —¿Cuánto tiene que estar? —preguntó Ismael.

    —Hasta que se afloje. Con el cuero no se pelea, se espera.

    Esperaron en el patio, a la sombra de la mandioca, mientras el sol caía despacio sobre las chapas. Aurelio le contó que de joven tocaba el repique en una batería chica de Cambá Cuá y que una noche, en un corso de barrio, se le cayó un palillo en pleno desfile. Se agachó a buscarlo y la columna entera se le vino encima. Nadie se enojó. Pero él nunca más pudo ponerse un tambor al cuello sin acordarse del palillo rodando entre los zapatos.

    —Treinta años por un palillo —dijo Ismael.

    —No fue el palillo. Fue la vergüenza. Es más pesada.

    A las siete sacaron el cuero del agua, blando y oscuro, y lo montaron sobre el aro de madera del surdo. Aurelio lo fue ajustando con las manos y con la boca, soplando entre los dedos, atando una vuelta de cuerda y soltando media. Le temblaban las manos. Ismael lo notó y no dijo nada, y eso a Aurelio le pareció mejor que cualquier otra cosa que le hubiera dicho.

    Después hubo que secarlo. Lo pusieron al sol que quedaba, sobre el capó de la camioneta. Cuando el sol se fue, lo acercaron a las brasas de la parrilla del club, que Gladis había mandado encender, con la excusa del asado de los músicos. Cada diez minutos, Aurelio apoyaba la palma en el cuero y escuchaba con la mano.

    —Pegale ahora. Despacio.

    Ismael pegó. El sonido salió gordo, pero con un zumbido adentro, como una abeja encerrada.

    —Todavía no. Está húmedo en el medio. Esperá.

    A las ocho y media el zumbido se había ido a la mitad. A las nueve menos diez, casi del todo. En el portón ya se oían los camiones de las otras comparsas y el primer redoble lejano de alguna batería que entraba en calor. Alguien gritó que los espaldares tenían que subir a los autos.

    —Una más —dijo Aurelio—. Pegá fuerte.

    Ismael pegó con todo el brazo. El sonido salió redondo y largo, y el patio entero se quedó quieto para recibirlo. Hasta las plumas, en la pared, parecieron moverse un poco.

    —Ahí está —dijo Aurelio, y se sentó, porque de golpe no le alcanzaban las piernas.

    Ismael se colgó el surdo con las correas y quedó parado frente a él, esperando algo.

    —Vení con nosotros —dijo por fin—. Aunque sea hasta la entrada.

    Aurelio negó con la cabeza, pero fue. Caminó detrás de la comparsa las diez cuadras hasta el corsódromo, con el mate vacío en la mano, entre las plumas que cabeceaban sobre los techos de los autos y los chicos que corrían con las bolsas de brillantina. Se quedó en el portón de ingreso, del lado de afuera de la valla, mientras la batería se acomodaba en fila y alguien contaba en voz baja.

    Se oyó un silbato. Después, nada, un segundo entero de nada, con toda la gente de las tribunas conteniendo el aire.

    El primer golpe del surdo mayor le llegó a Aurelio por el piso, por las piernas, por la valla de hierro donde apoyaba la mano. El agua que quedaba en el fondo del mate se arrugó en círculos, uno tras otro, al compás.

    Aurelio lo miró temblar. No le temblaban las manos.

  • El sifón de los viernes

    La lista de clientes de Aníbal Villalba nunca estuvo escrita. Estaba en su cabeza, y desde el ACV la cabeza seguía ahí, pero la boca ya no le respondía del lado izquierdo. Brian, su hijo, de veintisiete años, había pasado tres semanas haciendo el reparto con un cuaderno de tapa dura y una birome que dejaba de andar cada vez que hacía frío. Anotaba lo que podía: la casa de la esquina con perro, el kiosco que pide dos sifones y un bidón, el taller mecánico donde se paga los sábados. Ya tenía cuatrocientas doce direcciones.

    Faltaba una.

    Lo sabía porque cada viernes, cuando iba a verlo a la sala de rehabilitación, el viejo le agarraba la muñeca con la mano buena y decía una sola palabra, tan gastada que sonaba a otra cosa.

    —Viernes.

    —Ya sé, pa. Hoy es viernes.

    —Es-qui-ú.

    Esquiú era una calle de Remedios de Escalada, adentro del barrio ferroviario, donde las casas las había hecho el Ferrocarril del Sud para su gente a principios del siglo pasado, todas con techo a dos aguas y ladrillo a la vista, como si alguien hubiera trasplantado un pedazo de Inglaterra al lado de los talleres. Brian había pasado por Esquiú dos veces con el camión. En el cuaderno no figuraba ninguna casa de esa calle.

    Esa noche, en la cocina, se lo contó a su madre.

    —Hay una clienta de los viernes que no sé cuál es —dijo—. Papá dice Esquiú.

    Nora estaba sentada con la calculadora y las facturas de la fábrica de gas carbónico. No levantó la vista.

    —Si no figura, no paga. Y si no paga, no es cliente. Con lo que sube el gasoil, Brian, no estamos para regalar nada. Cortá lo que no cobrás.

    —No sé si no cobra.

    —Tu padre era el hombre que más soda regaló en Lanús. Cortá.

    Brian no dijo nada. Se llevó el cuaderno al cuarto.

    El viernes siguiente salió a las seis, con el camión cargado de bidones y de cajones de sifones de plástico, que sonaban como macetas huecas cada vez que tomaba la curva de Almeyra. Hizo las cuadras de siempre. A las once y media, con la camiseta pegada a la espalda, estacionó en Esquiú entre Almeyra y Ferré y empezó a caminar la calle con un sifón lleno en cada mano, mirando las rejas una por una.

    Cuarta casa, reja verde, un limonero que le sacaba la mitad de la vereda. En el escalón de la entrada había un sifón vacío con la boquilla hacia arriba, limpio, como puesto para que alguien lo viera desde lejos. Brian dejó el suyo al lado. Cuando se enderezó, la puerta ya estaba abierta.

    —Vos no sos Aníbal.

    La mujer tenía como ochenta y cinco años, un delantal de cuadritos y una mirada que pesaba. Se apoyaba en el marco con las dos manos.

    —Soy el hijo. Brian. A mi papá le dio un ACV hace un mes.

    —Ya sé. Me avisó la vecina de al lado, la de la farmacia. —Miró el sifón nuevo, después a él—. Pasá. Se te va a cocinar el camión.

    La cocina olía a leña y a naranja hervida. Sobre la mesa había una lata de galletitas de las de antes, con dibujo de un velero, y al lado una fotografía enmarcada: un hombre de gorra de guarda, serio, con un farol colgando del brazo.

    —Amalia Soria —dijo ella—. Mi marido era guarda del Roca. Murió en el noventa y dos, una semana antes de que me quedara sola de verdad. Tu papá era flaquito entonces, con el pelo hasta acá. Vino al velorio con un sifón de vidrio, de los azules, con la malla de alambre. Lo dejó en la puerta y no dijo nada. Al viernes siguiente trajo otro.

    —¿Y nunca le cobró?

    —Nunca. Le quise pagar el primer año, el segundo, el tercero. Me decía que después, que no tenía vuelto. Hace treinta y tres años que no tiene vuelto.

    Brian miró el techo, donde alguien había pintado un celeste desteñido. Pensó en su madre y en la calculadora. Pensó en el gasoil, en los sifones que explotan de viejos aunque sean de plástico, en los diecisiete mil pesos por mes de patente del camión.

    —Yo le pago lo que me diga —dijo ella, y abrió la lata de galletitas. Adentro no había galletitas sino billetes doblados, ordenados de menor a mayor—. Lo guardé todo este tiempo para el día que viniera alguien a cobrarme. Pero no sé de qué año me estoy acordando, ya no sé qué vale cada cosa.

    Los billetes eran de varias épocas, algunos de plata que ya no existía. Brian los miró un buen rato. Después cerró la lata con las dos manos y la puso de nuevo en la mesa, despacio, como se cierra una puerta en una casa donde duerme alguien.

    —Guárdela, señora. Yo vengo los viernes. Cuando mi papá se mejore, viene él.

    —¿Y tu mamá?

    —A mi mamá le explico yo.

    Doña Amalia lo miró con la cabeza un poco de costado. Después fue hasta la alacena y volvió con algo envuelto en un repasador. Lo desenvolvió sobre la mesa: un sifón de vidrio azul, con la malla de alambre intacta, la cabeza de metal gastada de tantas manos. No tenía una sola raspadura.

    —Es el primero que me trajo. No lo usé nunca. Me da miedo que explote y me da más miedo tirarlo. Llevátelo y mostráselo a Aníbal. Que sepa que lo tuve guardado.

    Esa tarde, después del último bidón, Brian manejó hasta la rehabilitación con el sifón azul en el asiento de al lado, sujeto con el cinturón. En el pasillo se cruzó con una enfermera que lo miró dos veces. El viejo estaba en la silla de ruedas, mirando el patio.

    Brian se arrodilló, le puso el sifón en el regazo y abrió el cuaderno en la última página. Con la birome que no andaba, apretando, escribió la línea cuatrocientos trece: Amalia Soria, Esquiú, viernes. No se cobra.

    Aníbal bajó la vista. Pasó la mano buena por el vidrio, por la malla, por la cabeza gastada. Después puso un dedo sobre la línea escrita, justo debajo de la palabra viernes, y lo dejó ahí, como quien firma.