La espátula se trabó en una veta y Rita Scarpati soltó una puteada corta, de las que se dicen sin ganas. Era la una y media de la mañana en la Banquina de Pescadores de Mar del Plata, y la lancha estaba apoyada en los tacos del varadero con el casco al aire, oliendo a pescado viejo, a kerosene y a madera que había aguantado más años de los que le tocaban.
Del otro lado de la escollera, los lobos marinos hacían su ruido de siempre, un ronquido húmedo que subía y bajaba con la marea. Rita ya no lo escuchaba.
—¿Cómo va eso? —preguntó Ezequiel desde la escalerita. Traía dos vasos de café de la máquina y la cara de no haber dormido desde el martes.
—Va. La amarilla sale fácil. Lo que está abajo, no.
Ezequiel tenía veintitrés años y una lancha que no había pedido. Su viejo se la dejó junto con una libreta de deudas y una frase que repetía en el almuerzo de los domingos: «Mientras flote, es tuya». Ahora quería ponerle nombre nuevo. El anterior, «Dos Hermanas», le parecía una condena. Su padre no tuvo hermanas ni hijas, y nadie en la familia sabía de dónde había salido.
—Quiero algo corto —había dicho el lunes, en el taller de Rita, con un papel arrugado en la mano—. «Nueva Era». O «Maite», que es mi novia. Y que salga el jueves, que es la botadura.
Rita pintaba nombres de barcos desde los diecinueve. Había aprendido con un tano de Playa Grande que usaba pincel de pelo de marta y escupía al costado antes de cada letra. Sabía que una lancha costera se pinta de amarillo con una guarda roja si va a las aguas más lejanas, y que el nombre va en la proa, en negro o en blanco, con una sombra del lado de la luz. Sabía también que a las lanchas las pintaron de amarillo para que se las viera desde lejos, porque antes eran blancas y la niebla se las tragaba junto con la gente que llevaban.
Eso último se le vino a la cabeza cuando la espátula levantó, junto a la letra D vieja, una escama de amarillo y debajo apareció una línea blanca.
Se quedó quieta. Pasó el dedo enguantado y la línea no se corrió. Era pintura al óleo, espesa, de la que se aplicaba con tiempo. Siguió raspando con más cuidado, con la punta, haciendo el trabajo de un dentista. Para las tres de la mañana tenía descubierta una sola palabra, de cuarenta centímetros, en letras de imprenta con pie, de esas que ya nadie hace.
«ROSALÍA».
—No dice «Dos Hermanas» —murmuró.
Ezequiel subió de a dos escalones. Miró un rato largo, con los vasos vacíos en las manos.
—Eso es de antes de mi viejo.
—Es de antes de que la pintaran de amarillo. Mirá el borde de la R, está pintada sobre la madera pelada, sin base. —Rita apoyó la linterna en el travesaño—. Esta lancha salió blanca y con ese nombre. Después alguien la pintó encima, y alguien más le cambió el nombre otra vez. Con los años quedaron tres capas.
—¿Y quién era Rosalía?
—No sé. La que le puso el nombre se acordaba, seguro.
Ezequiel se sentó en un cajón de pescado dado vuelta. Afuera pasó un camión con hielo y el piso tembló apenas. Estuvo callado tanto rato que Rita volvió a la espátula. Raspó el lado de la A y apareció, más chica, una fecha en la madera, grabada con gubia antes de pintar y casi invisible: un año de principios de los veinte y las iniciales «G. S.».
—Mi viejo se llamaba Giuseppe —dijo Ezequiel, sin voltearse—. Giuseppe Scalise. Yo le decía Pepe.
—¿Y el abuelo?
—Gaetano. Gaetano Scalise. Vino de Molfetta, creo. Tenía las lanchas en la banquina cuando ya estaba el puerto, pero la familia no habla de eso. Se peleó con alguien, se quedó sin barcos, y después mi viejo volvió a empezar con ésta. Me dijo una vez que la compró a un precio de risa porque el dueño anterior no quería «ese nombre en el casco».
—¿Entonces el nombre que figura en la libreta?
—«Dos Hermanas». Lo cambió Pepe, supongo. O alguien antes que él. —Ezequiel se frotó la cara con las dos manos—. Yo no sabía que esto estaba abajo. Nadie sabía.
Rita no dijo nada. Ella tampoco sabía qué se hacía en una situación así. El trabajo era claro: pasarle una mano de amarillo a todo, tapar la palabra, escribir encima «Maite» en negro con sombra, y tener la lancha lista para las nueve. Cobraba por eso. En el taller tenía una factura sin pagar y un tarro de bermellón que se estaba secando.
A las cuatro cortó una tira de cinta de enmascarar y la pegó prolija arriba y abajo de la palabra blanca, como si fuera a pintarla. Después fue hasta el fondo del varadero, sacó el pincel de marta y lo mojó en blanco.
—¿Qué hacés? —preguntó Ezequiel.
—Lo que debí hacer desde el principio. Si la tapo, la tapo y listo. Pero a mí me pagás por pintar un nombre, y el nombre que tiene esta lancha es éste. —Se frotó los ojos con el dorso de la muñeca—. «Maite» lo ponemos del otro lado, en la aleta, chiquito, para que se lea cuando la veas de costado. Si querés.
—Mi novia se va a calentar.
—Tu novia va a querer saber quién era Rosalía. Todas quieren saber.
Ezequiel se rió, por primera vez en dos días, una risa que se le cortó a la mitad. Se levantó y le sacó a Rita el pincel de las manos con cuidado, como quien agarra algo que se puede romper.
—Dejame a mí la R —dijo—. Me parece que la tengo que hacer yo.
Rita le mostró cómo se sostiene, cerca de la virola, con el meñique apoyado en la madera para no temblar. Le dijo que no tenía apuro. Él entró en el trazo del primer palo con la lengua entre los dientes, y la pintura nueva se montó sobre la vieja sin borrarla, igual de blanca, igual de espesa.
A las seis y media aclaró sobre la escollera. Los lobos empezaron a moverse, uno resbaló de una piedra con un plaf largo, y en la banquina se oyeron los primeros motores. Ezequiel terminó la última letra y se quedó mirando el casco amarillo con una sola palabra blanca en la proa, tan nítida que parecía recién inventada.
—Ya está —dijo.
—Ya está. Ahora que se seque.
Rita juntó los pinceles, tapó el tarro y bajó la escalerita con la luz del amanecer pegándole de costado. Desde abajo miró la lancha una vez más. La palabra se leía desde el fondo de la banquina, con toda la niebla encima, igual que cuando la lancha la llevaba puesta por primera vez.