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  • El nudo de Elías

    A las cuatro de la tarde del sábado, Elías Bronstein subió a la parrilla del teatro por la escalera de gato, escalón por escalón, con la mano buena agarrada al hierro y la otra apretada contra el pecho. Arriba olía a madera nueva y a cola. Hacía cuatro meses que ese techo no existía.

    Había sido el tornado de diciembre. Se llevó parte de la sala, parte del techo y las bambalinas, y dejó a la Kadima con el cielo adentro. Ahora, en abril de 1993, la comisión había juntado plata, la Comuna había mandado gente, y esa noche a las ocho el telón tenía que abrirse otra vez para el pueblo entero de Moisés Ville. Faltaba una sola bambalina, la última, la de la tercera vara.

    Elías era tramoyista desde los diecinueve años. Cuarenta y siete años de sogas, de contrapesos, de poleas que chillaban cuando tenían que callarse. Conocía ese escenario como otros conocen la cara de un hijo. Pero desde el invierno le temblaba la mano izquierda, y un nudo que no se cierra bien en la parrilla no es un problema de nadie hasta que cae sobre una cabeza.

    —¿Don Bronstein? Me mandó el ingeniero.

    Abajo había un pibe flaco, de bombacha de campo y zapatillas, con una carpeta bajo el brazo. Dijo que se llamaba Nicanor Ledesma, que era ayudante de la Comuna y que había trabajado en galpones de Ceres. Subió sin que lo invitaran. Se paró en las tablas de la parrilla con una naturalidad que a Elías le pareció casi insolente.

    —Yo cuelgo solo —dijo Elías.

    —Ya vi —dijo Nicanor, y miró la mano izquierda, que en ese momento temblaba sobre la soga—. Tardó cuarenta minutos en subir la escalera.

    —Subí despacio porque quise.

    El pibe no contestó. Se agachó, agarró el cabo de manila nuevo, todavía tieso, y empezó a atar la bambalina a la vara. Lo hizo rápido, con una vuelta y un medio golpe que Elías nunca había visto en un teatro. Algo de campo, de manga de ganado, de poste de alambrado.

    —Eso no es un nudo de teatro —dijo Elías.

    —Es un nudo de caballo. Aguanta lo que le pongan.

    —Se suelta. Los de caballo se sueltan cuando el animal tira. Acá no tira nadie, acá cuelga. Y lo que cuelga se quiere ir para abajo todo el tiempo, de a poco, toda la noche.

    —Entonces enséñeme el suyo.

    Elías se quedó quieto. Hacía un año que nadie le pedía eso. En los últimos tiempos le habían dicho que se sentara, que descansara, que ya había hecho bastante. Nadie le había dicho enséñeme.

    Se arrodilló junto a la vara, con las rodillas crujiendo, y agarró el cabo. La mano izquierda se le fue sola, como una hoja. Probó una vez, otra, y el nudo salió flojo, torcido, indigno de un hombre que había atado el telón para ver a gente que después fue famosa.

    —No me sale —dijo, y la voz se le quebró un poco en la última palabra.

    Nicanor no dijo que no importaba. Eso, pensó Elías después, fue lo que lo salvó. El pibe se arrodilló del otro lado de la vara, puso las dos manos sobre el cabo y dijo:

    —Hágalo con la derecha. La izquierda va a mirar. Yo le presto la mía para la vuelta.

    Así lo hicieron. Elías decía “ahora” y Nicanor daba la vuelta. Elías decía “cruzá” y Nicanor cruzaba. La mano buena cerraba el seno, y la mano del pibe, fina, callosa, fuerte, sostenía el cabo en el aire hasta que el nudo se asentaba. Abajo, en la sala, alguien probaba las luces nuevas y los reflectores dibujaban cuadrados blancos sobre el piso de madera. Se oía una escoba, un martillo, la voz de una mujer que repetía un texto en idish. Elías no entendía todo, pero conocía la música.

    A las siete y cuarenta la bambalina estaba colgada. Elías la miró desde el costado, torcida un dedo hacia la derecha, y se la dejó así. Después supo que era el dedo que ponía la altura justa.

    —Ahora el nudo de caballo —dijo, de golpe.

    —¿Cómo?

    —Ese que usted hizo primero. Lo voy a poner abajo, de seguro, detrás del mío. Dos nudos. Uno de acá y uno de allá.

    Nicanor sonrió por primera vez. Ató el suyo debajo del de Elías, con esa vuelta torcida de campo, y los dos quedaron juntos en la vara, uno al lado del otro, como dos familias de distinto lado del mundo que alguna vez compartieron una calle.

    Bajaron despacio. Elías primero, con la mano buena en el hierro, el pibe un escalón más arriba, sin tocarlo. En la sala empezaba a entrar gente. Había olor a café, a perfume, a pasto mojado que venía de la calle. Alguien dijo que el acústico del techo nuevo sonaba mejor de lo que esperaban.

    A las ocho en punto, Elías se paró en el costado del telón, con la soga en la mano buena. No tembló. Nicanor estaba a su lado, mirando el piso.

    —Tire usted —dijo Elías.

    —No sé cuándo.

    —Cuando la sala se calle. Se va a callar toda de golpe. Vas a oír cómo se calla.

    La sala se calló. Nicanor tiró. El telón subió con ese roce largo de la cuerda en la polea, el mismo chirrido de siempre, el que Elías había oído en esa casa durante cuarenta y siete años. Y arriba, en la tercera vara, la bambalina nueva colgaba firme sobre los dos nudos que nadie iba a mirar.

  • La regla del lápiz

    El camión de la municipalidad dejó a Ariel en la entrada de las ruinas a las siete y diez de la mañana, con un termo, una espátula de albañil y un cuaderno de tapa dura. Era un martes de febrero y ya hacía calor. Del lago venía ese olor a sal mojada y a algo más viejo, a pileta cerrada.

    —¿Seguro que sabés por dónde ir? —le preguntó el chofer, que era de Carhué como él y lo conocía del colectivo.

    —Seguro no. Pero la calle la tengo en las piernas.

    Caminó. Los árboles muertos estaban blancos hasta la mitad, como si alguien los hubiera mojado en cal. Pisaba una costra que crujía y a veces cedía. Pasó el esqueleto de un hotel con las columnas peladas, una bañadera de hierro boca arriba, el cordón de una vereda que ya no llevaba a ninguna casa. El agua se había retirado hacía unos años y había dejado todo a la vista, parejo y pálido, igual que un cuarto después de una mudanza.

    Ariel tenía siete años en 1985. Se acordaba de poco, pero lo que se acordaba lo tenía entero: el ruido del agua una madrugada, su madre envolviendo los platos en el diario, el tren que los sacó cuando los caminos ya estaban tapados. Se acordaba sobre todo de su padre, Mateo Quinteros, sentado en la cocina todos los diciembres con un lápiz de carpintero detrás de la oreja.

    —Ven, Ariel. Parate contra la pared.

    Y le hacía una raya a la altura de la cabeza. Pero la raya de la cabeza era la de arriba. Más abajo, en la misma pared, había otras. Cada una con una fecha y un número.

    —Esto no es tu altura, nene. Es la del lago.

    El lago subía cincuenta, sesenta centímetros por año, y su padre, que trabajaba en el matadero y no creía en nada que no pudiera medir, había decidido medirlo. Marcaba la orilla contra la pared del fondo de la casa, la que daba al terraplén, y anotaba. Después, cuando todos en el pueblo hablaban del canal y de la Hidráulica y de que alguien iba a arreglar eso, Mateo seguía con el lápiz. No discutía. Marcaba.

    Su padre había muerto en Carhué en 1999, sin volver a pisar Epecuén. Ariel nunca le preguntó por la pared. Lo que quería ahora era simple y un poco ridículo, y no se lo había contado a nadie, ni a su mujer: ver si la pared seguía en pie y si las marcas se leían.

    A las ocho y media encontró la calle. Había perdido la cuenta de las cuadras, pero reconoció un poste de ladrillo con un mosaico roto, el de la esquina de la panadería. Contó dos lotes. Un cimiento. Un piso de baldosas rojas y negras, en damero, con una mancha de sal encima como una escarcha.

    La casa no tenía techo. Tenía tres paredes, y la del fondo, la que daba al terraplén, estaba entera hasta la altura del pecho y después seguía en pedazos. Ariel se paró frente a ella con el cuaderno apretado contra el cuerpo.

    La sal la había tapado toda, una capa gris blanquecina, áspera, que brillaba un poco cuando el sol la agarraba de costado. No se veía ninguna raya.

    Se agachó. Sacó la espátula. Tenía miedo de arrancar justo lo que buscaba, así que empezó por abajo y fue raspando despacio, con el filo casi plano, como quien le saca la costra a una herida. La sal cayó en escamas. Debajo apareció el revoque amarillo de la cocina, el mismo amarillo que su madre había elegido en el 79, y a los veinte minutos, cuando se le dormían los dedos de la mano, apareció una línea de lápiz.

    Gris, finita, derecha. Y al lado, en letra de imprenta, un número. Dic. 1980. 0,52.

    Ariel se sentó en el piso de damero. Se quedó un rato así, con la espátula en la mano. Después se paró y siguió.

    Fue encontrando las demás una por una, cada una unos centímetros más arriba que la anterior, como los escalones de una escalera que subía hacia el techo que ya no había. 1981. 1982. 1983. En la de 1984 su padre había escrito una sola palabra además del número, y la palabra decía otra. Ariel se rió solo, con un sonido seco. Era tan Mateo.

    La última marca estaba a la altura de su propia cabeza, y ahí se quedó mirándola. Era la que le había hecho a él, ahora lo entendía, o a medias: al lado del número del lago había una segunda raya, más corta, y una letra chica, A. Su padre había medido las dos cosas juntas, el agua y el hijo, y las había dejado en la misma pared, sin decir nunca que eran la misma cuenta.

    Del otro lado del terraplén, lejos, se oyó una chicharra y después nada. Un par de visitantes con gorra pasaron por la calle de al lado, hablando bajito, como en una iglesia. Uno sacó una foto de la casa sin mirar adentro.

    Ariel abrió el cuaderno. Desde que se jubiló del volante pensaba en llevar un registro de cualquier cosa, y recién ahora sabía de qué. Se sacó el lápiz de la oreja, un lápiz de carpintero, achatado, que se había comprado la semana anterior en la ferretería de la avenida, sin preguntarse por qué ese y no una birome.

    Se paró de espaldas a la pared. No había nadie para marcarle la cabeza, así que levantó la mano plana por encima, la apoyó contra el revoque y trazó la raya a ciegas, a una altura que le pareció la suya. Se dio vuelta. Quedaba medio dedo más alta que la de 1985. Ni siquiera se había dado cuenta de que seguía creciendo.

    Debajo de las dos, donde el piso de baldosas se encontraba con la pared, dibujó una última línea corta y escribió la fecha de hoy. Y al lado, donde su padre anotaba los metros del lago, puso un cero. Después, porque le pareció honesto, le agregó una coma y otro cero.

    Guardó la espátula, cerró el cuaderno y salió por donde había estado la puerta. En la calle de sal el sol ya le pegaba fuerte en la nuca. Caminó hacia la entrada sin darse vuelta, con el lápiz otra vez detrás de la oreja.

  • El turno de las tres

    La bicicleta de Eusebio tenía el farol atado con alambre, y Joaquín lo prendió recién al llegar al carril Sarmiento, cuando ya no quedaba nadie que lo viera pedalear con la linterna del abuelo en el bolsillo y el azadón cruzado sobre el manubrio. Eran las once y media. Hacía veinte días que Eusebio estaba internado en el hospital Paroissien con la cadera rota, y desde entonces el turno del canal era de su nieto.

    —Vos no hacés nada raro —le había dicho el viejo desde la cama, con el pijama del hospital abotonado mal—. Entregás las boletas, abrís cuando toca, cerrás cuando toca. Y escuchás. El agua avisa antes de llegar.

    Joaquín había entregado las boletas esa mañana, casa por casa, con el block de copias en una bolsa de supermercado. Cada regante firmaba al pie, en la hoja amarilla que se quedaba el tomero. Don Giménez firmó sin mirarlo. La señora del barrio nuevo, la del cerco de ligustro, firmó diciendo que ella no entendía para qué, si el pasto lo regaba con manguera. Y Perla Aguilera, que tenía una hectárea de parral criollo detrás de la casa y no la había vendido a pesar de las ofertas, firmó despacio, con una letra de maestra, y dijo:

    —A las tres, ¿no? Vengo a las tres.

    —Usted no se preocupe, doña Perla. Yo le abro.

    —Ya sé que me abrís. Vengo igual.

    Ahora la noche olía a tierra húmeda y a humo de leña de algún patio. Había una luna chica. Los álamos del carril se movían apenas, y entre ellos, bajo el puente de cemento, se oía el canal corriendo grueso por el cauce principal. Joaquín dejó la bici contra un poste y bajó por el terraplén hasta la compuerta de la hijuela Centenario, la de fierro pintado de verde, con la manivela que Eusebio engrasaba cada marzo.

    Giró la manivela, y no pasó nada. Giró otra vez, más fuerte. La compuerta subió sin dificultad, pero la hijuela, que tenía que llenarse de a poco, siguió seca. Desde el puente llegaba el ruido del agua, pero no llegaba el ruido del agua entrando.

    Prendió la linterna y caminó por el borde del cauce, treinta metros, cincuenta. En la curva, antes del tablón de la finca de Giménez, encontró lo que buscaba: un atoradero. Bolsas de plástico, una bolsa de cemento rota, ramas de álamo, y en el medio, hinchado y negro, un colchón de una plaza. Todo prensado contra la reja de la alcantarilla como si lo hubieran puesto ahí a propósito. Una parte del agua ya se había abierto camino por arriba y se perdía en la zanja del vecino.

    Joaquín miró la hora en el reloj de pulsera de su padre. Doce y diez. Tenía hasta las tres. Eusebio le había contado mil veces lo de la basura, que en Maipú todo viene a parar al canal, que la ciudad tira lo que no quiere ver y el agua se lo trae de vuelta al que cuida. Nunca le había contado cómo se saca un colchón mojado de una reja con una sola persona.

    Se sacó las zapatillas, se arremangó el jean y bajó al agua. Estaba fría como la de una heladera. Empezó por lo liviano, las bolsas y las ramas, que fue tirando al borde con el azadón, y después se agachó a buscar el colchón por abajo, con las dos manos, buscando dónde agarrarlo. Pesaba más que él. Tiró, y el colchón no se movió. Probó empujando desde el costado, resbaló, se mojó hasta el pecho y se quedó un momento ahí, con la respiración cortada, mirando la luna en el agua.

    Pensó en llamar a su tío Raúl. Pensó en dejar la boleta de Perla sin cumplir y decirle mañana que el canal estaba sucio, que era verdad. Nadie le iba a reprochar nada. En ese tiempo había menos parrales cada año, el barrio nuevo avanzaba por el carril como una mancha y a cada rato alguien preguntaba para qué seguían regando eso.

    Entonces escuchó, por encima del agua, un chirrido de bicicleta. Era un ruido muy particular, de cadena seca. Una linterna bajó por el terraplén balanceándose, y detrás venía doña Perla con un chal sobre el camisón y un rastrillo de jardín en la mano.

    —Falta una hora y pico para las tres —dijo Joaquín, tiritando.

    —Ya sé. Te dije que venía igual.

    No preguntó nada. Se paró en el barro con las botas de goma, clavó el rastrillo debajo del colchón y le hizo una seña con la cabeza. Tiraron los dos. El colchón cedió con un ruido de trapo mojado, giró sobre sí mismo, y la reja, de golpe, se descargó: el agua pasó por debajo con un golpe sordo, como un animal que se despierta.

    Lo arrastraron entre los dos hasta el borde y lo dejaron ahí, chorreando. Después limpiaron la reja a mano hasta que no quedó una sola hoja. Joaquín volvió a la compuerta, corriendo, con las zapatillas en la mano.

    Esta vez lo oyó. Primero fue un murmullo en el fondo de la hijuela, algo que se parecía al viento. Después el sonido se hizo más ancho y más cercano, un ruido de tela que se desliza, y la linterna alumbró una lengua oscura que avanzaba despacio por la tierra seca, llevándose adelante un poco de polvo, una cáscara de maní, una hormiga que no entendía nada.

    —Ahí viene —dijo doña Perla, y su voz sonó distinta, más joven.

    Caminaron siguiendo el agua por la hijuela hasta el fondo de la finca, hasta el primer surco del parral, y se quedaron mirando cómo la tierra se oscurecía, hilera por hilera, bajo las parras que todavía no habían echado brote. Eran las dos y cuarenta. Joaquín sacó del bolsillo la copia amarilla de la boleta, que se había mojado en una esquina, y una birome que milagrosamente andaba.

    —Firme acá, doña Perla. Para que quede constancia.

    Ella apoyó la hoja contra el poste de un alambrado, escribió su nombre con la letra de maestra y, al devolvérsela, le puso la mano fría sobre el hombro, un segundo, como hacía con los chicos cuando les tomaba la lección.

    Después se quedaron callados. En la oscuridad del parral, el agua seguía llegando.

  • El filo de Aurelio

    A las cinco y diez, con el viento del oeste ya largado sobre la meseta, Aurelio Maldonado prendió el esmeril del fondo del galpón y la chispa le dibujó una raya naranja en los lentes. Era el cuarto día de esquila en la estancia, a unos cuarenta kilómetros de Piedra Buena. Quedaban unas novecientas ovejas en los bretes, y él tenía veintidós cuchillas por afilar antes de que el cocinero terminara de calentar el agua para el mate.

    Había sido esquilador hasta los cuarenta y ocho. Después la espalda le dijo que no, y la comparsa le dio el puesto de mecánico: afilar peines y cuchillas para los cuatro turnos del día, de poco más de dos horas cada uno. Treinta y cuatro temporadas en total. Esta era la última, aunque todavía no se lo había dicho a nadie.

    Pasó la primera cuchilla por el plato con la pasta, la miró a contraluz, la secó con un trapo y la dejó en la caja de lata. Después la segunda. El galpón olía a lanolina, a grasa de máquina y a humo de leña, porque el cocinero ya había encendido el fogón afuera, al reparo de los fardos.

    —Don Aurelio —dijo una voz detrás de él.

    Era Brian, el esquilador nuevo. Diecinueve años, de Río Gallegos, con una campera de equipo de fútbol que le quedaba grande y las manos cortadas de tanto sostener el cuerpo de la oveja. Traía la pieza en la mano, como quien trae un pájaro herido.

    —Otra vez me corta —dijo—. Ayer me cortó cuatro. Hoy ya van dos y recién son las cinco.

    Aurelio no contestó. Sacó el peine, lo apoyó contra la luz de la lámpara y pasó el dedo por los dientes, sin apurarse. Después hizo lo mismo con la cuchilla.

    —El filo está bien —dijo.

    —¿Entonces qué?

    —Entonces no es el filo.

    Brian se quedó parado con la boca apenas abierta. Afuera el viento golpeó la chapa y el galpón entero crujió como un barco. En la mesa de clasificar, alguien había dejado una lata con fichas, las que el playero reparte para pagar cada oveja pelada, y las fichas tintinearon con la vibración.

    Aurelio dejó el peine y se limpió las manos.

    —Vení. Sentate acá.

    Le hizo agarrar una cuchilla vieja y le acomodó los dedos como se los habían acomodado a él en 1989, en un galpón de San Julián, un capataz que ya no existía. No era agarrar fuerte. Era agarrar parejo, con la muñeca suelta. Le explicó que la oveja se siente cuando uno se apura y se pone dura, y que una oveja dura es una oveja que se mueve, y que una oveja que se mueve es un tajo.

    —Vos vas rápido porque te están contando las latas —dijo—. Todos fuimos rápidos por la plata. Pero el que cuenta las latas es el playero, no es tu problema. Tu problema es dónde pisás.

    —¿Dónde piso?

    —Con los pies. Dónde apoyás el peso. Si el peso lo llevás en los pies, las manos van livianas.

    Brian practicó en el aire. Después en un fardo viejo, con la cuchilla apagada. Aurelio lo miró dos o tres veces sin decir nada, y después volvió al esmeril, porque todavía le faltaban diecinueve cuchillas y el sol ya empezaba a pintar de gris las ventanas del fondo.

    A las seis y media el cocinero golpeó una olla con un cucharón. Se oyó el ruido de las botas sobre la tarima, las voces, el portón de los bretes. El capataz repartió los turnos. Brian agarró su máquina, enganchó la primera oveja y la dio vuelta sobre las rodillas. Aurelio, desde el esmeril, ya no lo veía. Escuchaba.

    Se escucha la esquila. El zumbido parejo, los pasos del playero, la oveja que se afloja, el vellón que cae entero como una sábana sacada de la cama. Cuando algo va mal, el zumbido se corta, hay un balido corto y alguien pide el aerosol azul para curar. Esa mañana, en el primer turno, el aerosol no sonó.

    En el segundo turno, tampoco. Al mediodía, el playero, un chico flaco de Gregores que se llamaba Ezequiel, vino con una ficha en la mano y se la mostró a Aurelio, como quien enseña una estampita.

    —Ciento veinte, el nuevo —dijo—. Y ninguna cortada.

    —Mirá vos —dijo Aurelio, y siguió con el peine.

    A la tarde, cuando el viento aflojó y la meseta quedó amarilla hasta el horizonte, Brian vino al fondo del galpón con el mate y dos facturas de la bolsa del cocinero. Se sentó en un cajón de manzanas.

    —Don Aurelio. ¿Quién lo va a hacer el año que viene?

    —¿Qué cosa?

    —Esto. Afilar.

    Aurelio le recibió el mate. Estaba caliente, un poco amargo, justo como le gustaba. Miró el esmeril, el plato gastado en el medio por tantos años de cuchillas, la caja de lata donde las dejaba en fila.

    —Ahora que lo preguntás, no sé.

    Brian miró para otro lado, hacia las ovejas recién peladas, que se amontonaban blancas y raras en el corral, como si les hubieran sacado el abrigo antes de tiempo.

    —Yo aprendo —dijo—. Si usted quiere.

    Aurelio no contestó enseguida. Terminó el mate, devolvió el mate, y recién entonces sacó de la caja la última cuchilla de la tarde, la que había dejado para el final. La puso en la mano del pibe, con el filo hacia afuera.

    —Mañana a las cinco —dijo—. Traé guantes. Esto muerde peor que la oveja.

    Afuera, el cocinero ya había prendido el cordero al asador para la noche. El humo se iba para el este, hacia la ruta, y adentro del galpón el esmeril, apagado, seguía girando un poco más, solo, hasta quedarse quieto.

  • Última vuelta del 60

    A las dos y diez de la madrugada, en la cabecera de Barrancas de Belgrano, Norberto Iglesias apagó el cartel luminoso del interno 114 y se quedó un rato con las manos en el volante, como si el micro fuera a arrancar solo. Hacía cuarenta y un años que la línea 60 le pagaba el sueldo y treinta y tres que el 114 era suyo: lo había comprado en cuotas, como casi todos los socios componentes, con plata del padre, que había llegado de Pontevedra con una valija de cartón y ningún oficio. Mañana se firmaba el traspaso. Esta era la última vuelta.

    La vuelta, en realidad, era corta: de Barrancas hasta la playa de Barracas, en Suárez y General Hornos, donde el 114 dormiría con los demás. Treinta, treinta y cinco minutos sin tráfico. Norberto la había hecho mil veces con el micro vacío y la radio baja.

    Lo que no esperaba era el pibe del fondo.

    Lo vio por el espejo grande, cuando ya había cerrado la puerta: un chico de veinte años, con una mochila de delivery entre las piernas y la cabeza contra el vidrio, dormido de verdad, con la boca abierta. Se había subido en la última parada de la noche y nadie le había avisado que el servicio terminaba ahí.

    —Flaco —dijo Norberto, sin levantarse—. Flaco, estamos en la cabecera.

    El chico abrió un ojo.

    —¿Pasa por Constitución?

    —Este ya no pasa por ningún lado. Va a la playa.

    —La playa está en Barracas, ¿no? —El chico se frotó la cara—. Desde ahí camino. Dejame ir con vos, jefe. Se me murió el celular y la bici la dejé encadenada en Cabildo.

    Norberto lo pensó menos de lo que debía. Hizo un gesto con el mentón y el chico se sentó dos asientos atrás, del lado del pasillo, con la mochila en el regazo. Se llamaba Brian. Trabajaba para una aplicación de comida y había terminado el último pedido en Núñez.

    El 114 salió de Barrancas con el motor quejándose en primera. Norberto conocía cada ruido. Cuando cambiaba a segunda había un zumbido que venía del lado del tablero, y desde hacía años lo dejaba así, porque el día que lo arreglara iba a extrañarlo.

    Bajaron por Cabildo, después Santa Fe, con los semáforos pasando a amarillo intermitente para nadie. Olía a gasoil tibio, a yerba vieja del termo y al desinfectante del piso. En Palermo, Brian se despertó del todo y empezó a mirar la calle.

    —Qué lindo que es viajar de noche en bondi —dijo—. Parece otra ciudad.

    —Es la misma. Solo que no hay nadie para taparla.

    En Plaza Italia, Norberto dio la vuelta a la calzada circular despacio, sin apuro, y se acordó de la primera vez que la había dado con un micro propio: 1987, el 114 recién pintado, y su viejo esperándolo en la playa con una botella de sidra para brindar sobre el capot. El viejo había muerto en 2004. La sidra nunca la tomaron; se la regalaron a un mecánico.

    —¿Cuántos años manejaste? —preguntó Brian.

    —Cuarenta y uno.

    —¿Y hoy qué, te jubilás?

    —Vendo el interno. El que lo compra lo va a manejar con el cartel nuevo. No sé si te fijaste, pero ahora el cartel dice Barrancas, Escobar, Tigre. Antes decía Constitución. Constitución era la palabra. Uno se subía y no preguntaba más.

    Norberto no dijo lo que seguía, que era lo único que lo apuraba: que de todos los ramales, solo uno pasaba todavía por la plaza, y que él lo había manejado treinta años y nunca había podido despedirse de ese tramo. Desde Barracas no hacía falta ir por Constitución. Cualquier chofer lo sabía. Hacerlo era un desvío de diez cuadras, con el micro vacío, sin que nadie lo viera ni lo anotara, salvo un pibe que probablemente se olvidara de todo al día siguiente.

    Siguió por Las Heras, después Junín, Corrientes. Cuando el semáforo de Callao se puso en verde, Norberto no giró hacia el sur por el camino corto. Siguió derecho.

    —Jefe, esto no es para Barracas —dijo Brian.

    —No. Esto es para Constitución. Cinco minutos, y te dejo en la puerta de la estación para que no camines.

    Pasaron por Avenida de Mayo con las persianas bajas, un panadero descargando bolsas de harina en una esquina, un taxi con las luces apagadas esperando a nadie. Norberto bajó la ventanilla. Entró un aire frío que olía a pan y a río, aunque el río quedara lejos. Brian se levantó y se paró junto al asiento del chofer, agarrado del caño.

    —¿Siempre fue así?

    —Siempre. Yo llegaba a las cinco y media y ya estaban los que venían a tomar el tren a La Plata, con los termos y los diarios. Todos de pie. Todos con sueño.

    La plaza apareció de golpe, con las palmeras negras y la estación al fondo, el reloj marcando las tres y veinte. Norberto frenó en la parada de la puerta, la que decía 60 con letras desteñidas. Apagó el motor. El zumbido de segunda se fue con él.

    No dijeron nada durante un rato. Se escuchaba un tren que maniobraba y, más cerca, el tic del motor enfriándose.

    —Gracias por el viaje —dijo por fin Brian, y bajó con la mochila al hombro.

    —Cuidate.

    El chico cruzó la plaza hacia las boleterías sin darse vuelta. Norberto se quedó en el asiento, mirando el parabrisas, hasta que el reloj de la estación pasó a las tres y media. Después prendió el cartel de nuevo, por última vez, y dejó que dijera lo que decía, Barrancas de Belgrano, al revés de todo.

    Giró la llave. El 114 arrancó con su zumbido de siempre.

  • Vidrio bajo la Movediza

    Evaristo Ferrante se levantó a las cuatro, antes que el gallo del vecino y antes que Nunzia, para no tener que explicarle adónde iba. Se calzó las botas sin atar, se llenó el bolsillo de galleta dura y salió al aire de marzo, que todavía traía el calor pegajoso del jueves.

    Desde el patio se veía el cerro. Era un bulto negro contra un cielo apenas gris, y en lo alto, donde desde que él tenía memoria había una silueta redonda apoyada en un punto, ahora no había nada. Evaristo se quedó mirando ese hueco como quien mira un diente que falta.

    Había oído la noticia a las siete de la tarde, en el almacén de la calle Rivadavia, mezclada con el olor a querosén y a yerba. Alguien dijo que la Movediza se había caído. Alguien más dijo que había sido entre las cinco y las seis, y que nadie la vio. Un tercero, sin mirarlo, dijo “los canteros”, y el almacén se quedó callado como si hubieran apagado una vela.

    Evaristo era barrenero. Hacía agujeros en el granito con una barra de acero y una maza, los cargaba de pólvora y encendía la mecha, y después se tiraba atrás de una peña a contar. De esos cerros salían los adoquines que se iban en tren a Buenos Aires. Su mecha, el jueves, había sido la de las cinco y cuarenta. Él lo sabía mejor que nadie, porque había mirado el reloj del capataz antes de encenderla.

    Subió por el sendero de las cabras con la barra al hombro, por costumbre, aunque no pensaba trabajar. Le crujían las rodillas. A mitad de cuesta se sentó, mascó un pedazo de galleta y pensó en lo que le diría a la gente si le preguntaban. No encontró nada que sirviera. Lo único que podía hacer era llegar primero y mirar con sus propios ojos, antes de que llegaran los fotógrafos, los diputados y las jardineras llenas de familias que venían de la estación a ver el milagro y ahora vendrían a ver el entierro.

    Cuando salió a la loma ya clareaba. El aire olía a tomillo pisado y a piedra fría. Caminó hasta el borde, donde la Movediza había hecho su equilibrio durante siglos, y se arrodilló.

    La base era una pequeña cuna de granito gastado, lisa como una palangana. Evaristo pasó la mano por el borde y buscó lo que buscaba: la marca negra de la pólvora, la quemadura, la grieta fresca con el filo vivo de un golpe. Conocía esas señales como las líneas de su palma. Había visto cómo muerde un barreno una piedra, y cómo la deja.

    No había nada de eso. La piedra estaba limpia.

    Se quedó un rato sin respirar bien. Después se dio cuenta de que algo brillaba en la cuna, justo donde el sol empezaba a entrar de costado. Se acercó con la cara casi pegada al granito.

    Era vidrio. Pedacitos verdes, marrones, transparentes, incrustados en las rugosidades como la sal en un borde de copa. Miles. Evaristo se acordó de las botellas. Todo Tandil sabía que los turistas las ponían bajo la piedra el sábado, la empujaban para que se meciera y volvían el domingo a ver los cascotes. Él mismo había visto a un inglés, con sombrero de corcho, pagarle cincuenta centavos a un pibe para que acomodara una de ginebra. Años de botellas. Décadas. Una molienda lenta, de gente que quería la prueba de que la piedra era de verdad.

    —No fuiste vos —dijo en voz alta, y se sorprendió de que le saliera tan flojo.

    Pero no sabía si le creía. El vidrio no decía nada de su mecha. Podía haber sido el vidrio, o la pólvora, o las dos cosas, o ninguna. Un hombre de ciencia de Buenos Aires hablaría de resonancia y de péndulos, y habría otro que juraría haber visto a una secta. Evaristo no iba a saberlo jamás. Eso era lo que había subido a buscar, una respuesta, y lo que encontraba era un hueco con forma de pregunta.

    Abajo, en el sendero, sonaron voces y una tos. Subían los primeros. Evaristo se levantó despacio y se sacudió el polvo de las rodillas. Antes de irse, desprendió con la uña un fragmento de vidrio verde y se lo guardó en el bolsillo, junto a la galleta.

    —¿Es usted el que la tiró? —le preguntó un muchacho de la comitiva, con una libreta en la mano, mientras Evaristo bajaba.

    Evaristo lo miró de arriba abajo. Tenía los zapatos limpios y una curiosidad que no le hacía mal a nadie.

    —Soy el que la quería —dijo—. Como todos.

    En la cantera lo esperaba el capataz con el reloj abierto en la palma. Evaristo agarró la barra, eligió su frente de granito y empezó a golpear. Entre un golpe y otro, sentía en el bolsillo el vidrio verde, chiquito y filoso, que todavía guardaba un poco de la luz del cerro.

    A las cinco y cuarenta, como siempre, encendió la mecha. Se tiró atrás de la peña y contó hasta el final, con los ojos abiertos.

  • Ocho tientos

    El sábado a la noche, Fermín Echeverría tenía sobre el banco siete botones perfectos y una lonja de cuero crudo que ya no quería obedecerle.

    Las riendas eran de ocho tientos, trenzadas a lo largo de dos metros, con un botón cada palmo para que la mano del jinete supiera dónde estaba sin mirar. Hacía cuarenta años que las trenzaba así en el fondo de la casa de la calle Zapiola, en San Antonio de Areco, con el olor a sebo y a cuero mojado metido en las paredes. Esas, además, tenían dueño y plazo: el desfile salía a las diez de la mañana del domingo desde la Plaza Arellano, y el tordillo del chico de Ubaldo iba a estar en la fila.

    Ubaldo había hecho el encargo en marzo, un mes antes de morirse. «Para el Tomás, que va a desfilar por primera vez», le dijo, y dejó los billetes arriba del banco, doblados en cuatro, como si pagara una caña. Fermín los guardó en una lata de galletitas y no los tocó.

    A las doce de la noche cerró el octavo botón. Faltaba el último, el del extremo, el más apretado, el que cierra la rienda y la deja lista. Pasó el tiento por debajo, tiró, y sintió que los dedos se le abrían solos, tiesos, como dos ramas de invierno. El cuero se aflojó. Lo deshizo y empezó de nuevo. A la una lo deshizo otra vez. A las tres puso el jarro de agua caliente en la mesa, metió las manos hasta las muñecas y se quedó mirando el vapor, con la radio baja, un chamamé que se cortaba cada tanto.

    —Me estoy haciendo viejo, Ubaldo —dijo en voz alta, al cuarto vacío—. Y vos con tu apuro.

    Durmió dos horas sentado. Lo despertó el ladrido del perro y después unos golpes tímidos en el portón.

    Era Tomás, con la bombacha negra planchada por la madre, el pañuelo rojo al cuello y las botas todavía duras de nuevas. Doce años, la cara lavada con jabón, el sombrero en la mano como quien llega a un velorio.

    —Mi mamá dice que si todavía no están, no hay problema, que desfilo con las del tío —dijo, sin mirarlo—. Pero yo quería las de mi abuelo.

    —De tu abuelo no. De tu abuelo es la plata —contestó Fermín, y enseguida se arrepintió del tono—. Pasá. Están casi.

    Casi. Le mostró los siete botones y el tiento colgando del octavo. Tomás los tocó con la yema de un dedo, uno por uno, igual que se toca un animal que no conoce.

    —¿Qué le falta?

    —Lo que me falta no está en el cuero.

    Afuera empezaba a aclarar. Se oyó pasar un camión de reparto, y más lejos el primer trote de caballos camino a la costanera, junto al Puente Viejo, donde se juntan las tropillas antes de entrar al pueblo. A las nueve y media tenían que estar en la plaza. Fermín miró el reloj de pared y después miró las manos del chico, chicas, tostadas, con una cicatriz de alambre en el pulgar.

    —Sentate acá. Pegadito.

    —Yo no sé trenzar.

    —Ya sé que no sabés. Yo tampoco puedo. Entre los dos hacemos uno.

    Le acercó el banco, le pasó los ocho tientos abiertos en abanico y le puso las manos encima, las suyas sobre las del chico, como se hace con un volante. Fermín no apretaba, apenas guiaba. «Este por arriba de los dos. Ahora el de la punta, por abajo. Despacio. El cuero te dice cuándo». Tomás sacó un poco la lengua. Se le cayó un tiento y volvieron a levantarlo. Cuando el nudo empezó a cerrar, el chico dijo bajito:

    —Se pone duro.

    —Es que ahí está. Tirá. Más. No tengas miedo de lastimarlo, el cuero aguanta más de lo que uno cree.

    Tomás tiró. El botón se cerró con un chasquido seco, chiquito, y la rienda entera quedó cantando en el aire, tirante como una cuerda de guitarra.

    Se quedaron los dos sin hablar. Fermín sintió que la mano derecha le temblaba, pero ya no de dolor.

    —¿Quedó bien? —preguntó el chico.

    —Quedó torcido —dijo Fermín, y le mostró el último botón, apenas inclinado hacia un lado—. Un poquito. Se nota que lo hizo alguien que recién empieza.

    —¿Y lo arreglamos?

    —No. Que se quede así.

    Le dio la lata de galletitas con la plata de Ubaldo y le pidió que se la llevara a la madre. El chico negó con la cabeza, pero Fermín cerró la tapa y se la puso entre los brazos. «Es de tu abuelo, no mía. Yo cobré hace rato».

    A las diez menos veinte, Fermín cruzó la plaza con el sombrero puesto y el pañuelo anudado, y se paró en la esquina del boliche de Bessonart, donde las tropillas doblan despacio para que la gente las vea. Pasaron los granaderos, pasaron las banderas, pasaron los paisanos de negro, sin un celular a la vista, como pide la costumbre. Y después, entre los últimos, apareció un tordillo bien peinado, con un chico encima que miraba para adelante, derechito, con las riendas flojas y seguras entre los dedos.

    Al llegar a la esquina, Tomás bajó la mano izquierda hasta el último botón y lo apretó una vez, sin mirar, para saber dónde estaba.

    Fermín se tocó el ala del sombrero y no dijo nada.

  • Veinte centímetros de cal

    El viento sur llegó a la cancha antes que Mundo Arriola. Cuando él abrió el portón del club, a una cuadra de las vías de General Pico, el tarro de cal ya había rodado hasta el alambrado y dejaba una raya blanca sobre la tierra. Era el último sábado de febrero. Al día siguiente empezaba el torneo de la Liga Pampeana y la cancha tenía que estar marcada de punta a punta.

    Hacía treinta y cuatro años que la marcaba él. Usaba un hilo de albañil, dos estacas, una cinta de tela a la que se le había borrado el primer metro y una marcadora de chapa, una carretilla angosta que dejaba la cal en una línea del ancho de una mano. Nunca le había fallado una esquina. Una sola cosa no la hacía como decía el reglamento, y no se lo había contado a nadie.

    —Don Mundo.

    Se dio vuelta. En el portón estaba Celeste, la hija del técnico nuevo, quince años, el buzo de la Sub 17 atado a la cintura. Traía un termo bajo el brazo y una cinta métrica de treinta metros, de las amarillas, todavía con el plástico en una punta.

    —Mi papá dice que hoy a la tarde llega la máquina. La que marca sola.

    —Llega a la tarde. Ahora estoy yo. —Mundo escupió de costado—. Si querés ayudar, agarrá esa estaca.

    Ella agarró la estaca. Eso le gustó, y no lo dijo.

    Empezaron por la banda del lado de la platea, la de cemento descascarado donde los domingos se sentaban los mismos veinte viejos con el mate y la radio. El viento le hinchaba el hilo como una vela. Mundo le enseñó a clavar la estaca un poco inclinada hacia atrás y a tirar siempre contra el viento, nunca a favor, porque a favor el hilo engaña. Celeste aprendió rápido. A la tercera vez ya sabía sola cuándo soltar.

    —¿Y por qué cal y no pintura? —preguntó, mientras él empujaba la carretilla y detrás quedaba una línea blanca, derecha, que se secaba en un minuto.

    —Porque la cal se va con la primera lluvia y vuelve el sábado. La pintura te obliga a ser parejo toda la vida.

    —Eso no es una respuesta.

    —Es la que tengo.

    Al mediodía el sol ya pegaba fuerte y la tierra de la cancha olía a polvo caliente y a cal, un olor que a Mundo le recordaba el patio de su escuela. Tomaron mate sentados en el borde del área chica. Ella contó que se habían mudado desde Santa Rosa en enero y que todavía no conocía a nadie que no fuera del club. Él contó que en 1990 había jugado de lateral en esa misma cancha y que lo había sacado el gordo Salinas de un empujón. Ninguno de los dos se rió.

    Después midieron las áreas, dieciséis cincuenta para cada lado, cinco cincuenta para la chica, y Celeste las comprobaba con su cinta nueva, y daban justo. Mundo gruñó una aprobación. Cuando llegaron al punto del penal, él ya lo había marcado: un pie hundido en la tierra y un círculo de cal del tamaño de un plato.

    Celeste estiró la cinta desde la línea de gol. Se agachó. Se quedó mirando.

    —Don Mundo, esto da diez con ochenta.

    —Da lo que da.

    —El reglamento dice once.

    Mundo se quedó callado. En el alambrado, el viento seguía moviendo una bolsa de nylon que nadie había sacado en todo el verano.

    —En el noventa y ocho —dijo al fin— teníamos un arquero petiso, el Cuervo Salinas, el hijo del que me había sacado de lateral. Hacía todo bien menos una cosa: no llegaba. Un día me pidió, así nomás, que le acercara el punto un poquito. Veinte centímetros, nada. El pateador se achica, me dijo. Se lo puse. Gané ese año tres partidos que no tendría que haber ganado.

    —¿Y después?

    —Después el Cuervo se fue a Rosario y yo me quedé con la costumbre. Treinta y cuatro años, nena. Ningún árbitro midió nunca. Los arqueros lo saben, todos. Se pasan la voz cuando entran.

    Celeste miró la cinta, la cal, a él.

    —Mañana llega gente de afuera. Y la máquina de mi papá lo va a poner en once, porque lo mide con láser. Se va a notar la diferencia.

    —Ya sé.

    —Entonces, ¿lo ponemos hoy en once? Si me dejás, lo hago yo.

    Mundo la miró un rato largo. Pensó en los veinte viejos de la platea. Pensó en el Cuervo. Pensó que las mentiras chicas de un canchero duran lo que dura la cal: se van con la lluvia, o con la máquina. Agarró la pala chica y raspó el círculo de cal hasta que quedó solo la tierra, oscura y apelmazada.

    —Medí —dijo.

    Ella midió, clavó la estaca, tiró el hilo, y marcó el nuevo punto con un golpe de talón. Él volcó la cal con la mano, despacio, y el círculo quedó blanco y exacto. Veinte centímetros más lejos de lo que había estado en treinta y cuatro años.

    El domingo, a los treinta y siete minutos del segundo tiempo, el árbitro cobró penal para los visitantes. Mundo lo miraba desde el alambrado, con la gorra en la mano. El arquero local, un pibe de veinte años que se había enterado de todo por boca de otros, caminó hasta el área, miró el punto, se persignó y volvió a mirar. Después, por costumbre de todos los arqueros del club, se tiró un segundo antes, hacia el lado de siempre, y cayó sobre la tierra de la cancha, veinte centímetros corto.

    La pelota entró pegada al palo. Mundo vio el lugar exacto donde el arquero había caído, una marca de guantes en la tierra, y entendió que ya no la iba a borrar con cal.

  • Lo que dijo la marea

    Toto Pellegrini llegó al Museo del Puerto media hora antes y se quedó parado enfrente, del otro lado de Guillermo Torres, mirando los pilotes del edificio como si fueran a decirle algo. Eran las nueve y diez de un jueves de Semana Santa. En el paseo portuario ya estaban armando los toldos de la feria del camarón, y el olor a aceite caliente le llegaba mezclado con el de la bahía, que en bajamar huele a barro y a sal vieja.

    Tenía setenta y ocho años. Había pasado cuarenta y cuatro cargando trigo y girasol en los buques, y en todo ese tiempo había aprendido que lo que se dice en voz alta queda dicho. Por eso hacía casi un año que esquivaba a Lucrecia, la chica del museo que le había dejado tres veces el mismo recado con su vecina: que si quería, había un grabador y una silla para él.

    —No tengo nada para contar —le había dicho la última vez, en la panadería.

    —Venga igual —había dicho ella—. Si no cuenta nada, grabamos el silencio.

    Eso lo había hecho reír, y la risa lo había comprometido.

    Cruzó. Subió los escalones, que eran más altos de lo que recordaba, y adentro el aire olía a madera encerada y a algo dulce que salía del Aula-Cocina, donde dos señoras con delantal armaban una bandeja de strudel. Lucrecia lo esperaba con una campera de lana y una mesa con un mantel de hule, tazas, un termo y un aparatito negro del tamaño de una cajita de fósforos largos.

    —Esto es todo —dijo ella—. Hable como si yo no estuviera.

    Toto se sentó con la gorra en las rodillas. Ella apretó un botón y se prendió una lucecita roja. Él la miró fijo, como se mira a un capataz.

    —Buenos días —dijo.

    Pasó un minuto largo. Afuera, una gaviota dio una vuelta sobre el techo y se fue.

    —Me llamo Vittorio Pellegrini, pero todos me dicen Toto. Fui estibador. Trabajé en el muelle de cargas, en las bodegas. Se cargaban unas ochenta bolsas por hora por cuadrilla, depende, si el capataz era bueno… —Se frenó. Escuchó su propia voz en el cuarto, más ronca de lo que la sentía por dentro—. Esto no le sirve, ¿no?

    —Sirve todo —dijo Lucrecia—. ¿Y antes del muelle? ¿Dónde vivía?

    —En la calle Cárrega, a tres cuadras. Una casa de chapa y madera, pintada de verde, con un cuarto atrás que daba al fondo.

    —¿Y qué se acuerda de ese fondo?

    Toto abrió la boca y no salió nada. Tenía la historia ahí, completa, hacía setenta años, pero siempre la había contado en su cabeza, nunca con palabras que alguien pudiera escuchar después de que él se muriera. Eso le pesaba. Una cosa guardada se queda como está. Una cosa dicha puede salir mal.

    Agarró la taza, la dejó, se pasó la mano por la nuca.

    —Mi viejo tenía una lancha —dijo por fin, despacio—. Atada al palo de la ventana de la cocina. Había años en que venía la marea y se metía en el pueblo, usted sabe, hasta las calles. Y entonces la lancha subía y quedaba a la altura de la mesa.

    —¿La mesa de la cocina?

    —La mesa de la cocina. Yo tenía ocho años. Una noche se metió el agua por la puerta de atrás, despacito, sin ruido, como una visita. Mi vieja se paró en una silla con el cucharón en la mano porque estaba haciendo tallarines. Y no los dejó. Los terminó arriba de un cajón de manzanas, con el agua por los tobillos, y todos comimos parados. Mi viejo ni se enojó. Ató la lancha más corta y dijo que el agua, cuando quiere pasar, pasa, y que lo mejor es tenerle la mesa puesta.

    Lucrecia no dijo nada. La lucecita roja seguía prendida.

    —El agua tenía olor a gasoil, a algas, a la lluvia del sur. Y los tallarines tenían gusto a ajo. Fue la mejor comida de mi vida —dijo Toto, y se sorprendió de que le temblara la voz y no le diera vergüenza—. Después vino el tiempo y las mareas ya no entraron más. Hicieron el museo sobre pilotes, ¿vio? Para que el agua pasara por abajo. Mi vieja decía que eso era como ponerle zapatos altos a una casa que ya sabía nadar.

    Se rió solo. Las señoras del Aula-Cocina, que escuchaban desde la puerta, se rieron también, bajito, sin entrar.

    Habló cuarenta minutos más. De la lancha, que se llamaba Rosina. Del primer buque que cargó. De la cantina donde se cantaba cuando se terminaba la cuadrilla, de su mujer, Nilda, que lo esperaba en el portón con un termo, de los inviernos de guantes mojados. Cuando por fin se calló, Lucrecia apretó el botón y la luz roja se apagó.

    —Gracias, Toto.

    —¿Se oyó bien?

    —Se oyó perfecto.

    Él asintió, se puso la gorra y se levantó, con las rodillas crujiendo. Una de las señoras le ofreció un pedazo de strudel envuelto en una servilleta y él lo aceptó sin decir que no.

    Afuera había subido el sol. La feria ya tenía humo y música, y alguien probaba un micrófono en el anfiteatro. Toto bajó los escalones y, antes de cruzar, se agachó junto a uno de los pilotes del museo. Pasó la palma por la madera oscura, a la altura de su cintura, donde la humedad de tantos años había dejado una línea.

    —Hasta acá llegaba —le dijo, bajito, a nadie.

    Y se fue caminando hacia la feria, con el strudel tibio en la mano y la voz, por primera vez, un poco más liviana.

  • Negro de humo

    El galpón olía a pintura fresca y a naftalina, y a esa hora de la tarde, con las chapas hirviendo, también a pluma caliente. Zulema Barrientos levantó el espaldar de la percha con las dos manos, como se levanta a un chico dormido, y lo apoyó sobre la mesa larga.

    Tenía sesenta y ocho años, cuarenta y tres de ellos en los talleres que rodean el corsódromo, sobre la calle Estrada, donde antes había vías y ahora hay comparsas. Había cosido trajes, pegado lentejuelas, emplumado bastoneras. Pero desde hacía unos años su tarea era otra, la que nadie quería: teñir de negro las plumas que ya no daban más.

    —Es la última, Zule —dijo Mauro, el director, parado en la puerta con el celular en la mano—. Después de esta ya no queda nada de lo viejo. Faltan tres semanas para el primer sábado y los espaldares nuevos todavía no tienen ni la mitad de las plumas.

    —Ya sé.

    —Teñila hoy así se seca el fin de semana.

    —Ya sé, Mauro.

    Él se quedó un segundo de más, quiso decir algo, y se fue. Zulema oyó sus zapatillas alejarse por el pasillo, entre los rollos de tela y las estanterías de gemas de plástico que llegaban hasta el techo.

    El espaldar era de los primeros de la comparsa. Hierro finito, soldado a ojo, con varillas que se abrían en abanico. Las plumas de gallo blanco se habían puesto amarillentas, quebradas en las puntas, y entre ellas, más largas, quedaban nueve de faisán que alguna vez habían sido de un blanco azulado. Cada una se compraba por centímetro. Nadie tiraba una pluma en esa casa; cuando llegaba a su final, se teñía de negro y volvía a la pasarela, porque el negro era el color de lo que ya había dado todo y todavía servía.

    Puso la olla sobre la hornalla de la pieza del fondo. Midió el tinte con la tapa de un frasco, como le había enseñado la Chola, que había sido su jefa y que ya no estaba. El agua empezó a hacer ruido. Zulema volvió a la mesa, tomó la primera pluma de faisán por el cañón y la dobló apenas a contraluz, para ver cuánta vida le quedaba.

    Fue en la sexta que encontró el hilo.

    Era un hilo rojo, de coser, atado en el cañón, justo debajo de donde nacían las barbas. Un nudo doble, apretado, de los que ella hacía sin pensar. Se quedó mirándolo. Sintió que el galpón entero se achicaba hasta ser solo esa mesa.

    Había sido en el 81, el verano en que la comparsa desfiló por primera vez con espaldares propios. Ella tenía veintitrés años y una hermana, Nélida, de diecinueve, que bailaba en el tercer cuerpo y llevaba justamente este espaldar, el más liviano de todos. Zulema le había atado un hilo rojo a la pluma más larga, a escondidas, para que nunca se perdiera de vista entre tanto blanco. «Así te encuentro desde la tribuna», le había dicho.

    Nélida se había ido a vivir a Rosario en el 90, y después a Neuquén, y hacía once años que no se veían más que por videollamada, con el teléfono apoyado contra el frasco del azúcar.

    El agua hirvió. Zulema apagó el fuego.

    Se sentó. Pensó en Mauro y en las tres semanas, en las plumas nuevas que todavía venían en bolsas desde afuera, en lo que costaba cada una. Pensó que el hilo no iba a aguantar el tinte, que el rojo se iba a ir con el agua, que una pluma negra era una pluma negra y que nadie en la tribuna iba a mirar un nudo.

    Tomó la pluma con el hilo, la apartó y tiñó las otras ocho. Una por una, con la pinza, las sumergió hasta el cañón y las sacó chorreando, y las colgó boca abajo en la soga del fondo, donde se escurrían contra el piso de cemento sin hacer ruido. Quedaron negras, brillosas, serias. Eran lindas, para qué negarlo.

    La novena la guardó en el bolsillo del delantal.

    A las ocho, Mauro volvió con dos medialunas y un termo.

    —¿Terminaste?

    —Casi.

    Él miró el espaldar, las ocho plumas negras, el hueco. Zulema esperó el reproche. Mauro sirvió el mate, lo probó, hizo una mueca por lo lavado, y le pasó el primero.

    —Dejalo así —dijo—. Que una quede blanca. En la entrada del tercer cuerpo, que se vea desde la tribuna.

    —Nadie va a mirar una sola pluma.

    —Yo sí.

    Zulema bajó la vista al mate. Lo tomó despacio, hasta que el agua hizo ruido en el fondo del termo. Después sacó la pluma del bolsillo, la ató de nuevo al abanico con un nudo doble y la dejó asomar, larga, sobre las otras ocho. El hilo rojo quedó a la vista, apenas, como una vena.

    Esa noche, de vuelta en su casa, abrió la videollamada con el teléfono apoyado contra el frasco del azúcar.

    —Nélida —dijo—. Mirá para el sábado de carnaval. Vení a buscarme a la tribuna, que esta vez soy yo la que te hace una seña.

    Del otro lado hubo un silencio largo, de esos con señal débil, y después una risa que se cortó y volvió.

    —¿Todavía está ese hilo?

    —Todavía.