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  • La línea que no se levanta

    El esmalte tenía que estar a punto. Clara lo sabía por el dedo, no por la lata: lo rozaba con la uña del meñique y si dejaba un surco que se cerraba despacio, como una cicatriz buena, entonces se podía pintar. Eran las nueve de la noche en el taller de la avenida Montes de Oca, en Barracas, y el surco se cerraba.

    Había pasado la tarde con el espolvoreo. Primero el dibujo en papel de calcar, después los agujeritos con la aguja, después la muñeca de tiza golpeando sobre el papel hasta que en la chapa roja de la puerta del camión quedó el fantasma blanco del diseño: una hoja de acanto, dos espirales, un óvalo vacío al medio y debajo una cinta para la frase. Todo punteado, como una constelación que hubiera que unir.

    —¿Y? —preguntó Hugo desde la entrada. Había estacionado el Mercedes 1114 adentro del galpón, con el acoplado afuera, y daba vueltas con las manos en los bolsillos de la campera—. ¿Sale mañana o no sale?

    —Sale a las seis, como dijimos.

    —Porque a las seis me espera la carga en Mercedes. Si llego tarde se la dan a otro.

    Clara no contestó. Tenía veinticuatro años, tres de oficio y un maestro, Don Aníbal, que ya no venía al taller desde que le operaron la cadera. Antes de operarse le había dejado el pincel de pelo de oreja de vaca, de cuatro centímetros, con el mango gastado en el lugar justo para el pulgar. «La voluta se hace de una sola vez», le había dicho. «Si levantás el pincel a la mitad, se ve. Siempre se ve. Aunque nadie te lo diga, vos lo vas a ver cada vez que pase el camión.»

    Hasta ahora Clara había levantado el pincel. Siempre a la mitad, siempre en el mismo punto, donde la espiral se cierra sobre sí misma y la mano duda. Había disimulado con un toque de blanco, con un reflejo, con una sombra. Nadie le había dicho nada. Ella lo veía.

    —La frase la tengo —dijo Hugo, y sacó del bolsillo un papel doblado en cuatro, con letra de lapicera Bic—. Es de mi mujer. Decía eso cada vez que yo me iba.

    Clara desdobló el papel. Andá despacio, que la ruta no se acaba.

    —Es linda.

    —Es larga. Para la cinta, digo. Si no entra la achicás.

    —Entra —dijo Clara, aunque todavía no lo había medido.

    Empezó por las letras, porque eran lo más fácil, o eso creyó. Cada letra con su volumen: un lado claro, un lado oscuro, un relleno de amarillo que parecía luz. El olor a aguarrás le fue subiendo por la nariz hasta la frente. Hugo se sentó en un cajón de cerveza, prendió un cigarrillo, lo apagó cuando Clara lo miró, y se quedó mirando el pincel ir y venir como quien mira a alguien dormir.

    A las diez y media empezó a llover. Primero fue un golpeteo sobre la chapa del techo, parejo, casi amable. Después el viento arrimó el agua contra el portón y por abajo entró un hilo oscuro que cruzó el piso de cemento hasta las patas del caballete. Clara dejó el pincel y se limpió las manos con el trapo.

    —Con humedad no seca igual —dijo.

    —¿Y eso qué quiere decir?

    —Que si me equivoco, no puedo corregir hasta mañana. Y mañana vos no estás.

    Hugo se quedó callado. Después se levantó, fue hasta el portón, lo cerró del todo, buscó un trapo de piso y lo puso contra la rendija. Hizo lo mismo con las dos ventanas. Prendió la estufa de cuarzo que Don Aníbal tenía debajo de la mesa y la acercó con el pie, sin decir nada, a un metro de la puerta del camión.

    —Gracias —dijo Clara.

    —Pintá nomás.

    Quedaba la voluta. Clara la había dejado para el final por la razón de siempre, y ahora ya no podía seguir esquivándola. Mojó el pincel en el esmalte, lo pasó dos veces por el borde de la lata, lo probó sobre un cartón. Respiró. Acercó la mano al punteado blanco, al comienzo de la espiral, y apoyó el pelo contra la chapa.

    La línea salió gruesa, después fina, después otra vez gruesa, apretando y soltando la mano como se aprieta y se suelta una respiración. Subió, giró, se fue cerrando sobre el centro. Llegó al punto donde siempre dudaba. Clara sintió el temblor llegarle desde el hombro, el impulso de levantar, de mirar, de asegurarse.

    —No pares —dijo Hugo, muy bajito, como si hablara con alguien que camina por una cornisa.

    No paró. La punta del pincel pasó por el lugar de la duda sin detenerse, y la espiral se cerró sobre sí misma en un solo hilo rojo oscuro, redondo, con una curva final que se afinaba hasta casi no existir. Clara levantó el pincel recién entonces. La mano le temblaba.

    Los dos se quedaron mirando la puerta. La luz de la estufa se movía sobre el esmalte fresco y hacía brillar la voluta como si estuviera mojada.

    —Ahí —dijo Hugo, y se aclaró la garganta—. Ahí está.

    Clara no dijo nada. Pasó la yema del dedo a un centímetro de la línea, sin tocarla, como había visto hacer a Don Aníbal, y la siguió de punta a punta. No había un solo corte.

    A las seis de la mañana, cuando todavía llovía finito, Hugo giró la llave del Mercedes. El motor tosió una vez y agarró. Clara estaba parada en la puerta del galpón con un mate en la mano, el pelo atado con una gomita de oficina y los dedos manchados de rojo hasta la muñeca.

    El camión salió marcha atrás a la calle mojada, hizo la maniobra despacio, y al enderezarse la luz de un farol de Montes de Oca le pegó de lleno en la puerta. La frase se leyó entera, Andá despacio, que la ruta no se acaba, y arriba, perfecta, redonda, la voluta que nadie iba a saber nunca que había costado tres años.

    Clara la vio alejarse hasta la esquina. Después entró, puso la pava y llamó a Don Aníbal para decirle que le había salido de un solo trazo.

  • El palo de don Cándido

    Telmo Barreto arrancó el Mercedes 1114 a las cuatro y veinte, con la ventanilla baja para que el frío le terminara de despertar el cuello. Era mayo en Leandro N. Alem y la picada de tierra colorada brillaba de la lluvia de toda la noche. Del lado de la cabina, en el piso, iba el termo con el mate cebado por Ramona. Atrás, sobre la caja, se acomodaban los tareferos con las tijeras envueltas en trapo.

    Esa mañana eran once. Telmo los conocía por la forma de subir: Marilú, de diecisiete, de un salto; los hermanos Acuña, empujándose; y don Cándido Ayala, el último, que se agarraba de la baranda con las dos manos y subía como quien entra a una iglesia.

    —¿Llueve de nuevo, Telmo? —gritó Marilú desde arriba.

    —Hoy no. Pero el Chico viene crecido.

    El Chico era un arroyo que en los mapas no tenía nombre y en la zona se llamaba así. Cruzaba el camino a la altura del yerbal de los Ostrowski, y el paso era un lecho de piedras que Telmo había pisado con el camión mil veces. Con el agua baja, ni se notaba. Con el agua alta, había que pensarlo.

    Cosecharon hasta las dos de la tarde. Telmo ayudó a pesar: cada ponchada se ataba por las cuatro puntas hasta formar un raído, y cada raído, unos cien kilos de hoja verde, subía al camión entre resoplidos. Treinta y ocho raídos. Telmo los contó dos veces. La hoja tenía que llegar al secadero y pasar por el fuego antes de las veinticuatro horas de cortada, y la última carga del día la cortaban recién esa tarde, con la luz que quedaba. No había margen para pensar en otra cosa.

    Tampoco había margen para lo otro. Esa era la última tarde de Norma Szymczak en el zapecador del secadero. Después de treinta y un años cuidando la llama, se jubilaba. Había avisado que apagaba el horno a las siete, pasara lo que pasara, y que la hoja que llegara después se iba a quedar para el turno del pibe nuevo. Telmo no le había dicho a nadie que quería que la última hoja de Norma fuera de su camión. Se lo había guardado, como se guarda un mate lavado.

    A las cuatro y media, con el camión cargado hasta el techo de la baranda, llegaron al Chico. El agua pasaba marrón y rápida, a la altura del cubo de las ruedas, con ramas girando en la corriente. Telmo frenó, apagó el motor y bajó. Se quedó mirando.

    —Por Santa Rita son veintidós kilómetros —dijo uno de los Acuña—. Llegamos a las ocho.

    —Llegamos a las ocho —repitió Telmo.

    Marilú bajó de la caja y se paró a su lado, con el pañuelo todavía atado en la frente. Nadie habló. Se escuchaba el agua y, más lejos, una chicharra que no sabía que era tarde.

    Fue don Cándido el que se movió. Bajó despacio, se sacó las botas, se arremangó el pantalón hasta las rodillas y se metió en el arroyo con un palo de lapacho que sacó de la caja. Telmo gritó que no, que se lo llevaba la corriente. Don Cándido no se dio vuelta.

    —Mi padre puso estas piedras —dijo, sin gritar, tanteando con el palo—. Antes de que existiera el camión. Tienen un orden. Una, dos grandes, la chica, el escalón.

    Avanzó hasta la mitad con el agua a los muslos, y clavó el palo en el medio del cauce. Después miró a Telmo y levantó la mano, con la palma abierta.

    —Entrá cuando yo te diga. Y no te muevas del palo.

    Telmo subió a la cabina. Le temblaban las manos sobre el volante, y tuvo ganas de tomar mate, aunque ya estaba frío. Metió primera. Despacio, el Mercedes entró al agua, y la corriente le pegó en el costado como una mano grande. Por la ventanilla vio el palo, y detrás del palo la cara de don Cándido, que le marcaba con los dedos: más a la izquierda, más, ahora derecho, ahora esperá.

    Dos veces las ruedas patinaron. Una vez, atrás, alguien gritó. Pero el palo no se movió, y el camión siguió el palo como se sigue una voz conocida en la oscuridad. Cuando las ruedas delanteras mordieron la orilla de enfrente, Telmo sintió que el motor respiraba de nuevo.

    A las seis y cuarenta entraron al secadero con las luces prendidas. Norma estaba junto al zapecador, con el delantal de cuero y la cara colorada del fuego, mirando el reloj de pared. Vio el camión y no dijo nada. Hizo una seña a los muchachos de la cinta, y los raídos empezaron a bajar uno por uno.

    El primero entró al cilindro y la llama lo agarró. Y entonces sonó aquello que Telmo conocía de memoria y nunca había escuchado de verdad: un crepitar parejo, miles de hojas abriéndose al mismo tiempo, como una lluvia de granizo sobre chapa, pero al revés, desde adentro.

    —Sa-peca —dijo don Cándido, que se había quedado atrás, descalzo y empapado hasta la cintura, con el palo todavía en la mano—. Ojo que se abre. Así dicen los viejos.

    Norma no se rio, pero algo se le aflojó en los hombros. Metió la mano en el delantal, sacó un puñado de hoja recién zapecada y se lo ofreció a Telmo, tibio, verde, con olor a humo dulce.

    Telmo lo agarró con las dos manos. Afuera ya era de noche, y el último raído seguía sonando adentro del fuego.

  • Debajo de la cabeza del pasador

    A las cinco y cuarto de la mañana el taller de El Maitén todavía olía al fuel oil de ayer y a yerba mojada. Gladis Quilodrán prendió la luz del torno, se calzó los anteojos de acrílico y puso sobre el banco un taco de acero del largo de su antebrazo. Afuera el viento del oeste sacudía la chapa del techo con ese ruido de tambor flojo que a ella, a los diecinueve años, le seguía pareciendo una amenaza.

    El jueves, en la maniobra de la tarde, se había cortado el pasador del enganche entre la Henschel y el ténder. No pasó nada grave, solo un tirón y un golpe seco, pero el sábado era la Fiesta Nacional del Tren a Vapor, y para el sábado había diez mil personas anunciadas y una locomotora que no podía arrastrar ni su propio carbón.

    —Hacelo vos —había dicho don Aníbal Currumil, sin mirarla, mientras se limpiaba las manos con estopa—. Es hora de que hagas uno de verdad.

    Ese pasador no se compraba en ninguna parte. Hacía décadas que nadie fabricaba repuestos para una máquina de 1922 que corría sobre una trocha de setenta y cinco centímetros. En El Maitén las piezas se hacían a mano, con el plano doblado en cuatro que colgaba de un clavo y con el ojo de quienes ya no estaban.

    Gladis trabajó toda la mañana. Desbastó, midió, volvió a medir. Tomó mate sin soltar el calibre. A las diez, don Aníbal se acercó con su paso de rodilla mala, agarró el pasador y lo giró contra la luz de la ventana. Lo pasó por el agujero del enganche viejo, que estaba sobre el banco con el resto de la barra.

    —Entra justo —dijo.

    —Bien, ¿no?

    —No. Justo es lo que no sirve. —Le devolvió la pieza—. Cuando la máquina trabaja, el hierro se calienta y se agranda. Si entra justo en frío, el sábado a las tres de la tarde, con el sol pegando en el ténder, se traba. Y si se traba, se corta. Tiene que quedar suelto lo que cabe en una hoja de cuaderno.

    —Eso no está en el plano.

    —No está en ningún plano. —Don Aníbal se encogió de hombros—. Eso lo aprendés cuando se te rompe uno.

    Gladis sintió que la cara se le ponía caliente. Volvió al torno. Rebajó dos centésimas, probó, rebajó otras dos. Lo hizo tres veces más, con el viento golpeando afuera y el eco de la lima en la nave vacía. Los viejos tornos de transmisión por correa, que ya nadie usaba, la miraban desde el fondo como una platea.

    A la una de la tarde el pasador giraba en el agujero con un jugo apenas visible, una sombra de aire. Don Aníbal lo probó con el dedo, lo probó con una hoja de cuaderno de cuadros que le prestó ella misma, y asintió una sola vez.

    —Sirve. Falta la marca.

    Gladis levantó la vista. Sabía de la marca, claro. Toda pieza que salía del taller llevaba las iniciales de quien la había hecho, estampadas con punzón en un lugar que no se viera. Pero eso era para los oficiales, los que habían cumplido los cinco años, los que podían decir esto lo hice yo sin que nadie levantara una ceja.

    —Yo todavía no…

    —Es un decir —la cortó el viejo—. Antes de que la pongas, sacá el pasador roto del enganche. Está trabado en la barra, hay que golpearlo desde adentro. Y fijate bien debajo de la cabeza.

    Ella no entendió, pero agarró el botador y el martillo de bronce y se metió bajo la barra, de rodillas sobre el piso frío, con la linterna entre los dientes. Golpeó. Una, dos, siete veces. El pedazo salió de golpe y le cayó en la mano, negro y pesado como una piedra de río.

    Se sentó sobre los talones y lo dio vuelta. Bajo la cabeza, donde el metal nunca había visto la luz, alguien había marcado a punzón dos letras y un número chiquito: R. A. 51. Las letras estaban parejas, hundidas con un solo golpe limpio. Las había hecho una mano que sabía lo que hacía y que, probablemente, también había tenido diecinueve años alguna vez.

    —¿Quién era R. A.? —preguntó, todavía de rodillas.

    —Ramón Aravena. Entró en el cuarenta y siete. —Don Aníbal se apoyó en el torno—. Murió cuando yo era pibe. Lo conocí de nombre y de este pasador. Cada ocho años la máquina viene a desarme completo, y cada ocho años alguno abre esto y se lo encuentra. Yo lo encontré dos veces. Este era el tercero.

    —¿Y por qué no me avisó antes?

    —Porque nadie me avisó a mí. —Sonrió de costado—. Te toca ahora.

    Gladis volvió al banco. Sacó el punzón de las iniciales de la caja, uno de esos que tenían el mango pulido por tantas palmas. Apoyó el pasador nuevo de costado sobre el yunque, justo debajo de la cabeza, a un dedo de donde ella imaginaba que podía haber estado la otra marca. Le temblaba un poco la mano. Después de un rato de mirar, dejó el punzón.

    —Don Aníbal. ¿Puedo ponerle el año?

    —Ponele lo que quieras. Es tu pieza.

    Respiró hondo. Un golpe seco, parejo: la G. Otro, la Q. Después las dos cifras del año, con el aliento contenido, hasta que el metal brilló un segundo bajo la luz. No eran perfectas, pero las letras habían quedado hundidas, y sobre todo habían quedado abajo, en un lugar donde nadie iba a verlas en mucho tiempo.

    El sábado, a las tres de la tarde, con el sol pegando en el ténder y el humo subiendo recto hasta que lo agarró el viento, la Henschel resopló, soltó vapor por los costados y arrancó con un tirón largo que hizo gritar a los chicos de la plataforma. Gladis lo vio desde la puerta del taller, con un mate frío en la mano. El pasador trabajaba suelto lo que cabe en una hoja de cuaderno, y en ocho años alguien iba a abrir el enganche, a darlo vuelta bajo la linterna y a leer sus iniciales sin saber nada más de ella.

    Ya había decidido dejar lugar para una tercera marca, al lado, cuando le tocara a otro.

  • El grito de las seis menos diez

    A las cinco y media, el aire de Rosario todavía olía a pan de panadería y a cemento mojado. Anselmo Giuliani caminaba por Sarmiento con el saco de los domingos, el que le quedaba ancho de hombros desde que lo había comprado, y con una bolsa de tela donde llevaba el termo, un banquito plegable y nada más.

    Era el 7 de noviembre, el Día del Canillita. Hacía seis años que no tenía puesto. Lo había cerrado en abril, después de la pandemia, cuando la persiana se le atascó una mañana y se dio cuenta de que ya no valía la pena pelearla.

    Frente al edificio del diario, en el 763, esperaba la camioneta de reparto. Un pibe con campera naranja bajaba atados de a dos, los ataba con precinto y los dejaba sobre el cordón.

    —¿Cuántos va a llevar, don? —preguntó el pibe sin mirarlo.

    —Uno.

    —No se vende de a uno.

    —Ya sé. Lo pago yo.

    El pibe se encogió de hombros, cortó un precinto y sacó un ejemplar del medio del atado, todavía tibio de la rotativa. Anselmo lo sostuvo un segundo con las dos manos. El papel tenía ese olor a tinta que no se parece a nada, algo entre metal y pan quemado. Pagó con un billete que había planchado el día anterior contra el mantel.

    Caminó hasta la esquina de Córdoba y Laprida, donde había tenido el puesto durante treinta y un años. Ahora había una cerrajería con la cortina baja y un cajero automático con la luz verde prendida. Armó el banquito sobre la vereda, justo donde antes iba la pila de revistas, y se sentó con el diario sobre las rodillas.

    Había prometido hacer esto. No se lo había prometido a nadie vivo. Se lo había dicho a Nilda, su mujer, una tarde en que ella ya no podía levantarse de la cama: que el día que se cumpliera lo del Día del Canillita iba a volver a la esquina, aunque fuera una vez, y que iba a gritar el diario como lo gritaba a los veinte años.

    Pasó un colectivo vacío. Pasó una mujer con auriculares, que lo esquivó sin sacarse nada de los oídos. Un hombre de traje salió del cajero con los billetes en la mano y miró el diario de Anselmo como se mira una estampilla.

    —¿Eso es de hoy? —preguntó.

    —De hoy.

    —Pero eso está en el celular.

    —Ya sé —dijo Anselmo—. Pero no se lo puede doblar para ponerlo bajo el brazo.

    El hombre sonrió con educación y siguió de largo. Anselmo se quedó mirando la tapa. Abrió la boca para pronunciar el nombre del diario y no salió nada, salvo un aire áspero, de garganta vieja. Probó de nuevo. Salió algo parecido a un carraspeo con ganas.

    Se acordó de lo que le había enseñado su tío Bartolo, que lo había metido en el oficio a los once años: el grito no se tira desde la boca, se tira desde el piso. Se paró, aflojó las rodillas, apoyó los pies como si fuera a levantar un bolsón, y lo intentó otra vez. Sonó casi como antes, pero a mitad de la palabra se le quebró la voz, y quedó colgado de un agudo ridículo, de gallo.

    Del otro lado de la calle alguien se rió. Era un nene, de doce o trece años, con mochila y guardapolvo, parado frente a la parada del colectivo.

    —Perdone —dijo el nene, y cruzó sin esperar el semáforo—. No me río de usted. Me río porque mi abuelo hace lo mismo con el mate cuando se le cae la tapa.

    —No pasa nada —dijo Anselmo—. Se me rompió.

    —¿El grito?

    —La voz. Hace años que no la uso para esto.

    El nene miró el diario, después la esquina vacía, después otra vez el diario.

    —¿Usted vendía acá?

    —Treinta y un años.

    —¿Y gritaba así?

    —Así, pero mejor.

    El nene se sacó la mochila y la apoyó en el suelo. Tenía las zapatillas atadas con doble moño.

    —Yo me llamo Thiago. Yo grito bien fuerte en la cancha. ¿Me enseña?

    Anselmo lo miró un rato largo. Pasó un camión de reparto de gaseosas, haciendo temblar las baldosas flojas.

    —Pará las piernas separadas. Así. Las rodillas blandas. No grites con la boca, gritá con la panza, como si tuvieras que mover algo pesado.

    Thiago gritó. Le salió un chillido de pájaro asustado, y un perro dormido al fondo de la cuadra levantó la cabeza.

    —Más abajo —dijo Anselmo—. Y con ganas, pero sin enojo.

    El segundo le salió mejor. El tercero, bastante mejor. Una mujer que abría una verdulería a media cuadra se asomó con el cajón en los brazos. Anselmo levantó el diario por encima de la cabeza, con el brazo estirado, igual que lo hacía en el setenta y cuatro, cuando la esquina era una fila de gente con monedas en la mano.

    —Ahora los dos —dijo.

    Contó hasta tres con los dedos. Respiró desde el piso, desde los zapatos, desde el banquito donde se había sentado Nilda las tardes en que lo iba a visitar con un sándwich de miga, y gritó. Esta vez no se le quebró.

    La voz del nene se le metió abajo, más aguda, más torpe, pero pareja, y las dos subieron por Córdoba como una sola, pasaron las persianas bajas, el cajero verde, el balcón donde alguien abrió una ventana y asomó medio cuerpo en pijama.

    La mujer de la verdulería dejó el cajón en la vereda, caminó hasta la esquina con la cartera en una mano, y sacó unas monedas.

    —Dame uno —dijo.

    Anselmo miró el diario que tenía en la mano, el único que había comprado, todavía tibio. No lo vendió enseguida. Lo dobló en cuatro, como se hacía para que entrara bajo el brazo, y se lo puso en la mano a ella.

    —Se lo regalo —dijo—. Ya está pagado.

    Y le dio la espalda a Thiago, que ya estaba tomando aire de nuevo, para que el nene no lo viera secarse la cara con la manga del saco.

  • La botella de los domingos

    Aníbal Rossi se levantó a las cuatro, antes que el gallo del vecino y antes que el silbato de la cantera, que ese viernes no iba a sonar. Nadie había dado la orden. Era el primero de marzo de 1912 y en Tandil el trabajo se había parado solo, como se para un reloj.

    Calentó el café del día anterior en la chapa de la cocina y se lo tomó de pie. Del colgador sacó la campera de barrenero, dura de polvo de granito, y la dejó donde estaba. Eligió el saco de los domingos. Si lo veían subir, que pareciera un hombre que iba a mirar, como todos, y no uno que iba a buscar.

    —¿Vas al cerro? —dijo Lucía desde la puerta del cuarto. Tenía nueve años y el pelo parado de un lado.

    —Voy a ver cómo quedó.

    —Voy con vos.

    —Es temprano. Hay que caminar mucho.

    —Yo sé dónde la pusimos —dijo ella—. Vos te acordás para el otro lado.

    Tenía razón. Aníbal se había equivocado de lado todo el verano, y ella lo corregía cada domingo sin levantar la voz. Le alcanzó el abrigo.

    Salieron por la calle de tierra con el cielo todavía color ceniza. Olía a humo de leña y a pasto mojado. Desde las últimas casas se veía la sierra, y en lo alto, donde durante toda la vida de Aníbal había habido una mole redonda recortada contra el cielo, había ahora un hueco. Lo miraba desde la tarde anterior y todavía no se acostumbraba. Era como mirar la boca de alguien al que le falta un diente de adelante.

    —Papá, ¿es verdad que la tiraron los canteristas?

    —Quién te dijo eso.

    —Don Bastida, en la panadería. Y también dijo que la tiraron los turistas.

    —Nadie sabe —dijo Aníbal—. Cayó de tarde, entre las cinco y las seis, y no había nadie mirando.

    No agregó que él había pasado esa tarde a cuatro cuadras de la sierra, cargando un barreno en la cantera, y que había sentido en el pecho esa vibración sorda que ya no notaba de tanto sentirla. No agregó que desde anoche, en el boliche de la esquina, había oído más de una vez la palabra “barrenos” dicha en voz baja y mirando para su lado. Él había hecho agujeros en la piedra durante diecinueve años. No sabía si eso alcanzaba para que lo culparan, pero no quería averiguarlo delante de un comisario.

    Por eso la botella.

    La costumbre venía de su padre. Cada domingo de verano, los canteristas con familia subían con el almuerzo en un repasador y las chicas con moño, y alguien siempre ponía una botella de vidrio bajo el borde de la piedra. Se iban a la sombra, comían, y a la tarde volvían a mirar cómo la Movediza, con su vaivén que el ojo no veía, había aplastado el vidrio sin apuro. Era como una firma. Aníbal y Lucía habían puesto la suya el domingo anterior, una botella de ginebra vacía con un papelito adentro. Lucía había escrito en el papel su nombre y la fecha, con la lengua afuera de la concentración. Si la botella estaba entera, nadie tenía por qué enterarse. Y si estaba hecha pedazos, tampoco, pero Aníbal no quería que la encontrara un forastero, ni peor, un policía que entendiera lo del papelito.

    Era una idea chica y bastante tonta. Aun así, la llevaba pegada al esternón desde la noche.

    A mitad del camino empezaron a cruzarse con gente. Familias enteras bajaban en silencio, con la cara de quien vuelve de un velorio. Una mujer llevaba en la mano un pedazo de granito del tamaño de un huevo y lo miraba como si pudiera abrirse. Un hombre de bigote, con ropa de ciudad, hablaba de resonancias y de oscilaciones con otro que asentía sin entender. Aníbal bajó la cabeza y siguió subiendo con la mano de Lucía agarrada a la suya.

    Arriba el aire era frío y limpio. La roca madre estaba ahí, clara, un poco gastada en el sitio exacto donde había descansado la piedra durante siglos. Más abajo, en el fondo del precipicio, yacían los tres pedazos enormes. Aníbal los miró y sintió que le fallaban las rodillas, no por miedo, sino por una pena tonta, de chico. Él había dado mil golpes de maza en granito, pero a esa piedra nunca se la había tocado.

    —Es por acá —dijo Lucía, y tiró de él unos metros hacia la izquierda.

    No, pensó Aníbal. Es por el otro lado. Pero se calló.

    Ella se agachó entre dos matas de paja brava, apartó unas ramas secas con las dos manos y se quedó quieta.

    —Papá.

    La botella estaba ahí, de costado, caída del borde. Entera. El vidrio verde oscuro brillaba con el rocío, y adentro, intacto, estaba el papelito doblado en cuatro. La piedra no había llegado a aplastarla. Se había ido antes, el jueves, un poco antes de la hora de hacerlo.

    Aníbal se arrodilló y la levantó con las dos manos. Pesaba lo mismo de siempre. Lucía le sacó el corcho con los dientes, sacó el papel y lo abrió.

    —”Lucía Rossi, 25 de febrero” —leyó—. Está bien escrito.

    —Está muy bien escrito.

    —¿Y ahora qué hacemos?

    Aníbal miró el hueco en la roca, donde la piedra ya no estaba. Pensó en el hombre de las resonancias, en Bastida, en el boliche, en los barrenos. Pensó que alguien tendría que decir algo cierto sobre todo esto y que no iba a ser él, ni esta mañana.

    —Ahora la dejamos —dijo.

    Caminó hasta la roca limpia, el lugar exacto donde cada domingo habían puesto la botella, y la apoyó parada sobre el granito, con el papel adentro y el corcho flojo. Quedó chiquita bajo el cielo enorme. El viento le sacó una nota baja, como un silbido de cantera.

    Lucía se sacó el abrigo, lo extendió en el piso y se sentó a su lado, de cara al valle.

    —Ahora sí aplasta —dijo, muy seria, mirando la botella—. ¿Esperamos?

    Aníbal se sentó. Desde abajo subía el humo de las primeras chimeneas de Tandil.

    —Esperamos —dijo.

  • Antes del granizo

    A las seis y diez, con el cerro todavía azul, Yanina Cruz ya tenía los dedos pegajosos de mosto. Era el cuarto día de vendimia en una finca a las afueras de Cafayate, y la tijera de podar que le había prestado su tía le había abierto una ampolla en el hueco del pulgar. Se la tapó con cinta de enmascarar y siguió.

    Tenía dieciséis años y una sola idea fija desde que la cuadrilla subió a la camioneta: llenar un tacho entero antes de que Ceferino, el capataz, tocara el silbato del desayuno. Un tacho colmado, de los que se vuelcan en el camión sin que nadie los mire dos veces. Hasta ahora los suyos llegaban a tres cuartos, y Ceferino los anotaba en la libreta con un gesto que le dolía más que la ampolla.

    Las plantas de torrontés daban racimos flojos, de granos amarillo verdoso, y el olor a flor y a durazno maduro se le pegaba a la ropa. Yanina cortaba, sacudía las hojas, soltaba el racimo en el balde. Cortaba. Soltaba. En la fila de al lado, doña Nélida Gómez, que levantaba uva en esa finca desde antes de que Yanina naciera, llenaba el suyo sin apuro y hablando sola, con un sombrero de paja del que colgaba un hilo.

    —Vos cortás con el brazo —dijo sin mirarla—. Cortá con los ojos. Fijate primero dónde está el rabito y después abrí la tijera.

    —Si miro, pierdo tiempo.

    —Si no mirás, cortás hojas. Y las hojas no pagan.

    Yanina bufó, pero la vez siguiente miró. Fue un segundo. El racimo cayó entero, sin una hoja, sin un grano reventado, y el balde sonó distinto, más lleno.

    A las nueve el sol pegaba derecho sobre los cerros colorados de enfrente y el aire seco le raspaba la garganta. Su tacho iba por la mitad. Faltaba una hora para el silbato. Entonces doña Nélida levantó la cabeza y se quedó quieta, como un perro que oye algo.

    —¿Qué pasa?

    —Mirá para el oeste.

    Detrás de la cordillera se había armado una torre de nubes gris plomo con la base casi negra. En enero había llovido dos veces, mansito, a la tarde. Esto era otra cosa.

    —Eso no es lluvia —dijo doña Nélida—. Eso viene con piedra.

    Ceferino ya lo había visto. Corría por la calle de tierra entre las filas con la camisa abierta y el silbato en la boca, y no lo soplaba para el desayuno: tres pitidos largos y uno corto.

    —¡Todos al cuadro de abajo! ¡Lo que alcancen, que lo corten! ¡Media hora y cae el granizo!

    La cuadrilla se desparramó con los baldes en alto. Yanina se quedó parada entre su tacho a medias y la fila sin cortar, haciendo la cuenta que más le importaba: con veinte racimos más, llegaba al borde. Veinte. Los ojos, pensó. Cortó seis en menos de un minuto.

    Un golpe seco la hizo girar. Doña Nélida estaba sentada en el suelo, con una mano en la rodilla y el sombrero rodando entre las plantas. Su tacho, colmado hasta el borde, había quedado de costado, y la uva se le salía por la boca del balde.

    —Andá, nena —dijo—. Es la rodilla, que me avisa antes que el cielo. Andá a cortar lo tuyo.

    Yanina miró el tacho de la mujer, lleno. Miró el suyo, a la mitad. Del oeste vino un viento frío que levantó una cortina de tierra colorada y movió todas las hojas a la vez, con un ruido de papel.

    No se acordó después de haberlo decidido. Volcó su media carga encima de la de doña Nélida, enderezó el tacho, se lo cargó al hombro con un grito que no supo de dónde salió, y con la otra mano sostuvo a la mujer por la cintura. Caminaron así, torcidas, por la calle de tierra, entre los últimos que corrían hacia el galpón.

    —Dejame el tacho y corré —repetía doña Nélida.

    —Calláte y caminá.

    Llegaron cuando caían las primeras piedras, gordas como garbanzos, que rebotaban en la chapa del galpón y en el techo del camión. Ceferino las esperaba con la libreta bajo el brazo y la cara mojada. Yanina dejó el tacho en la balanza, pegado a la uva más amarilla que había visto en su vida, y se apoyó contra un poste a respirar.

    —Ciento cuatro —dijo Ceferino, leyendo la aguja. Pasó la lengua por el lápiz y escribió. Después, sin levantar la vista, dio vuelta la libreta para que ella pudiera leer.

    Había una sola línea, con dos nombres: N. Gómez y Y. Cruz. Un tacho.

    Afuera el granizo cubrió la tierra de blanco, y por la puerta abierta del galpón entraba un olor a piedra mojada y a uva. Yanina se miró la ampolla. La cinta se había soltado, y no le dolía nada.

  • La campanilla del Hotel Edén

    El agua se había ido de la calle San Martín hacía cinco años, pero seguía en todo: en el olor a pescado viejo, en la costra blanca de sal sobre los cordones y en el barro cuarteado que crujía bajo las zapatillas de Aldo Cabral como galleta pisada.

    Era septiembre de 1992 y todavía hacía frío a las siete de la mañana. Aldo caminaba con una campera de lona que le quedaba grande y una linterna que no necesitaba. Detrás venía su nieto Lucas, de nueve años, con la mochila del colegio y cara de haber sido arrancado de la cama.

    —Abuelo, hay un cartel —dijo Lucas.

    —Ya lo vi.

    El cartel colgaba de un alambre, frente a lo que había sido el Hotel Edén: «Peligro. Demolición programada. Prohibido el paso». Más allá, bajo el cielo sin una nube, esperaba el esqueleto de tres pisos con las ventanas abiertas como bocas. Alguien había dejado una cinta de plástico atada entre dos postes. Aldo la levantó con dos dedos y pasó agachado, y Lucas pasó por abajo sin agacharse.

    —¿Vas a robar algo? —preguntó el chico.

    —Voy a buscar algo que es mío.

    No era del todo cierto. La campanilla de la recepción era del hotel, y el hotel había sido de la familia Roldán, que se fue a Córdoba en el setenta y ocho con dos valijas y no volvió a escribir. Pero Aldo la había golpeado con la palma de la mano más de cuarenta mil veces. Eso, en algún sitio, tenía que contar.

    Habían sido veintidós años de sereno. Entraba a las once de la noche y a las seis de la mañana les abría la puerta a los pescadores de pejerrey, que salían a la laguna con termos y gorros de lana. Les cebaba el primer mate a los que no tenían quién se lo cebara. Conocía cada ronquido del segundo piso. Sabía qué señora bajaba a las tres a mirar el agua porque no podía dormir, y qué viajante de comercio pedía la llave del catorce aunque tuviera la del doce, porque el catorce tenía la ventana al este.

    Después la laguna empezó a subir, diez centímetros por semana, sin apuro, como alguien que sabe que llega igual. Primero les mojó la vereda. Después el hall. Aldo subió la campanilla del mostrador a la repisa de arriba, después a la de más arriba, y el día que el agua le llegó a las rodillas la dejó sobre el casillero de las llaves, donde todavía estaba si nadie se la había llevado.

    Entraron por el costado, donde ya no quedaba puerta. El piso del hall era un mapa de grietas. En las paredes, la línea de la crecida marcaba una raya parda a la altura del pecho, y por encima de esa raya el empapelado de rombos verdes seguía casi intacto, con sus flores desteñidas.

    —Mirá, abuelo, hay una gaviota adentro.

    —Es un chorlito. Dejala.

    El mostrador de madera se había hinchado y abierto como un libro mojado. Aldo apoyó la mano en él y la retiró. Estaba frío y áspero de sal. Del otro lado, el casillero de las llaves colgaba torcido, con los ganchos vacíos, menos uno. El catorce.

    La llave no estaba, pero en el estante de arriba, entre un pedazo de yeso y un nido de barro seco, había un brillo opaco.

    Aldo se subió a un cajón de gaseosa. Le temblaban las rodillas, pero no se lo dijo a nadie. Estiró el brazo y la campanilla le cayó en la mano, verdosa de óxido, pesada como una fruta. Le sopló el polvo. Bajo la mugre, en el borde, seguía la marca de su pulgar de tantas noches.

    —¿Suena? —preguntó Lucas.

    —Antes sonaba.

    La golpeó con la palma. Hubo un ruido seco, sordo, como si el bronce hubiera tragado agua. Lo intentó de nuevo con más fuerza y salió un tintineo flaco, apenas un sonido. Aldo se quedó mirándola.

    —Hay que limpiarle el sarro por dentro —dijo Lucas, y se sacó de la mochila una botella de vinagre que le había dado su abuela para otra cosa—. La abuela dice que con vinagre se saca todo.

    —¿Vos sabías que veníamos a esto?

    —Me lo dijo la abuela. Dijo que si me contabas, tenía que traer vinagre.

    Aldo se rio, una risa corta que le dolió en el pecho. Se sentaron en el borde de la antigua escalera y entre los dos le derramaron vinagre en el interior, y Lucas frotó con un trapo de cocina hasta que el bronce empezó a amarillear, primero en un punto, después en una franja. Olía a ensalada y a mar muerto.

    A lo lejos se oyó un motor. Después otro. Camiones del Ejército, en la ruta, que venían a preparar la carga.

    —Abuelo.

    —Ya sé.

    Aldo se puso de pie con la campanilla en la mano. Fue hasta el mostrador abierto, la apoyó en el lugar exacto donde había estado veintidós años y, antes de que Lucas pudiera decir nada, le dio un golpe limpio con la palma.

    La nota salió entera. Larga, clara, con ese final que se alarga y tiembla. Cruzó el hall, subió por el hueco de la escalera, se coló por las ventanas sin vidrio y se fue hacia la laguna, que estaba lejos y quieta, gris y rosada del lado del sol. Al fondo, en el barro, un grupo de flamencos levantó la cabeza todo junto, como un solo animal.

    Nadie contestó, y Aldo se dio cuenta de que había estado esperando que alguien contestara: un «ya voy», un pasos arriba, un «buenas noches, don Aldo». Esperó un rato. Lucas esperó con él, sin hablar.

    —Ahora sí —dijo Aldo.

    Envolvió la campanilla en el trapo y se la dio al chico.

    —Metela en la mochila, entre los cuadernos. Que no se golpee.

    —¿Es tuya, entonces?

    —Es del pueblo —dijo Aldo—. Pero hoy la llevás vos.

    Salieron por donde habían entrado. En la ruta, los soldados tendían un cable. Aldo caminó sin darse vuelta, con la mano sobre el hombro de su nieto. Cuando el hotel se vino abajo, una hora después, ya estaban en la casa del barrio nuevo, tomando mate en la cocina, y la tierra tembló apenas bajo las patas de la silla.

    En la mochila, colgada del respaldo, la campanilla sonó una vez sola, por la sacudida. Aldo cerró los ojos y contestó, sin levantar la voz:

    —Buenas noches.

  • El sonido de la torta negra

    A las seis de la mañana del 28 de julio, Darío Williams ya había prendido la cocina a leña de la casa de té y todavía no sentía los dedos. Afuera, en Gaiman, la helada le había puesto una costra blanca a los álamos de la calle Tello. Adentro olía a humo de leña, a canela y a tela de repasador mojada.

    Tenía veinticuatro años y hacía tres que lavaba tazas en lo de la señora Elvira. Sabía llenar una tetera sin que se enfríe, sabía cuántas cucharadas de azúcar pide cada turista de Buenos Aires y sabía que nunca, bajo ningún concepto, se tocaba la lata verde del estante de arriba.

    Esa mañana la lata estaba sobre la mesada, abierta.

    —Sentate —dijo Elvira desde la silla junto a la hornalla, con una manta sobre las rodillas—. Hoy me ayudás con la torta.

    —¿Cuál torta?

    —La negra, Darío. ¿Cuál va a ser?

    Para el mediodía esperaban cuarenta personas por el aniversario del desembarco, y la torta negra de Elvira era lo primero que se terminaba. Hacía cincuenta años que la hacía sin balanza y sin papel. Tenía las manos hinchadas por la artrosis, los nudillos como nueces, y desde mayo no podía revolver una masa pesada. Había dicho que las nueras iban a encargarse. Las nueras vivían en Trelew, y una de ellas había probado una vez la receta y la había dado por terminada.

    —Yo no sé hacerla —dijo Darío.

    —Hace tres años que me mirás.

    —Mirar no es hacer.

    —Bueno —dijo Elvira—. Entonces empezá a hacer.

    Le fue dictando. Pasas, ciruelas, cáscara de naranja, nueces: todo en un bol grande, con un chorro de té fuerte para que la fruta se ablandara. Darío quiso medir y ella le dio un manotazo suave en la muñeca.

    —Con la mano. Hasta que el bol te diga que alcanza.

    —El bol no habla.

    —Los bols hablan. Vos escuchá.

    Escuchó. Al principio no oyó nada más que el crepitar del fuego y el viento rasguñando la chapa del galpón. Después, cuando le puso la harina, oyó otra cosa: un sonido blando, como de pasos en barro. Elvira, con los ojos cerrados, asintió.

    —Ahí. Ese es el sonido de que falta fruta.

    Agregó fruta. El sonido cambió, se hizo más espeso, y él lo reconoció aunque no habría sabido explicarlo.

    Fueron dos horas. Elvira le corrigió el pulso del batido, la cantidad de especias, el modo de enmantecar el molde con un papel doblado. A las ocho y media el horno de la casa, que era a leña y con un carácter que sólo ella entendía, estaba en su punto. Darío metió los moldes con una pala de madera y cerró la tapa de fierro. Se limpió las manos en el delantal y sintió que había hecho algo que no se podía deshacer.

    —Ahora esperamos —dijo Elvira.

    Esperaron. Llegó la chica de la mañana, Yamila, con la nariz colorada, y empezaron a poner los manteles bordados. Los cubretetera de lana de colores quedaron alineados sobre el aparador: uno rojo, uno amarillo, uno verde, de esos que tejen las mujeres del pueblo para que el té no se enfríe. A las diez entró el primer micro, y después otro, y Darío dejó de pensar en el horno.

    A las diez y veinte se acordó.

    Corrió a la cocina. Había olor a quemado. No era grave todavía, pero ahí estaba, un hilo amargo debajo del dulce. Abrió la tapa con el trapo doblado, y el aire caliente le pegó en la cara. Las tortas estaban oscuras, demasiado oscuras, con los bordes tirando a negro de verdad.

    —Se pasó —dijo con la voz rota—. Señora, se pasó. Me olvidé, yo…

    Elvira había llegado detrás, apoyada en el marco de la puerta. Miró las tortas sin decir nada. Después se acercó, tocó una con la punta del dedo, la acercó a la oreja y le dio un golpecito.

    —¿Qué te dice?

    —Que la arruiné.

    —No te pregunté qué te digo yo.

    Darío agarró un molde. Lo golpeó con la uña, despacio. El sonido era seco, hueco, y detrás había algo más, una nota baja y mojada. Cortó un borde con el cuchillo, lo probó. Amargaba arriba, pero adentro la miga estaba húmeda, de un marrón casi rojo, con la fruta entera.

    —Por dentro está bien —dijo, sorprendido.

    —Siempre está bien por dentro. Es una torta que se hizo para sobrevivir barcos y inviernos. —Elvira se rió, un ruido corto, de pájaro—. El borde se corta. Lo que importa es la lata.

    Cortó él, con el cuchillo más fino, un centímetro por lado, y las tortas quedaron más chicas pero parejas. Yamila las acomodó en las fuentes. Elvira eligió el primer trozo, lo partió en dos y le dio una mitad.

    —Probá.

    Era densa, con un gusto a especias y a algo más, a humo, que no estaba en la receta y que no se podía repetir a propósito. A las doce y cuarto, la casa estaba llena. Se oían las tazas, el chocar de las cucharitas, alguien en la mesa del fondo tarareando un himno en galés. Un hombre pidió más torta negra, y otro dijo que era la mejor que había probado, y Elvira, sentada en su rincón con la manta, no levantó la vista de la tetera.

    A la tarde, cuando se fueron los micros y el sol se hundió detrás de la chacra del vecino, Darío lavó los moldes uno por uno. Elvira se acercó con la lata verde. Adentro había una torta entera, vieja, envuelta en papel manteca.

    —Esa es del año pasado —dijo—. La guardé para ver si te animabas. Si hoy te salía mal, ibas a tener esta para servir.

    —¿Y por qué no me lo dijo?

    —Porque si lo sabías, no ibas a escuchar.

    Le puso la lata en las manos. Pesaba más de lo que parecía. Darío la sostuvo contra el pecho, tibia todavía por el calor de la cocina, y afuera el viento seguía contando álamos.

    —Ahora la guardás vos —dijo Elvira—. Y el año que viene, la abrimos juntos.

  • La guarda de Gregoria

    El agua de la olla empezaba a tomar el color de una tarde floja cuando Gregoria Bazán entendió que la cebolla no era la de siempre.

    Había hervido tres cuartos de hora. Hundió el palo de membrillo, levantó una madeja de lana de oveja y la dejó chorrear sobre el fuego. Salía amarilla, un amarillo de mate lavado, y ella necesitaba el otro, el que su madre llamaba “el de las cuatro”, ese marrón rojizo que se pone en las paredes de adobe de Londres cuando el sol ya no pega pero todavía no se fue.

    —Es la cáscara, abuela —dijo Lucio desde el banquito, sin levantar la vista de los hilos—. La que trajo el camión es de cebolla blanca.

    —Ya lo sé.

    —Yo te dije en el mercado.

    —Ya sé que me dijiste.

    Era julio y hacía un frío seco que partía los labios. En la galería, el telar criollo esperaba armado, con la urdimbre tensa y un poncho a medio hacer que Gregoria había empezado en marzo. Faltaban cuatro días para la Fiesta del Poncho en el predio de Catamarca, y el pabellón de los tejedores belichos tenía un lugar reservado con su apellido en un cartelito. Ella pensaba llenarlo con una sola pieza: un poncho de guarda atada, de esos que se tiñen por reserva, con la lista que se ve doble, como si el dibujo flotara.

    Para eso había atado el hilo. Cuarenta y cuatro vueltas de hilo de algodón, apretadas con la uña sobre la lana, tramo por tramo, en un patrón que no estaba escrito en ningún lado. Lo llevaba en los dedos desde los doce años. Lo que quedaba atado no recibía el color. Lo que quedaba libre, sí. Eso era toda la técnica, y también era imposible de explicar.

    Lucio tenía doce, justo la edad. Vivía en Córdoba con la madre, pero pasaba las vacaciones de invierno en la casa de la abuela y había aprendido a atar con una paciencia que sorprendía a todos, empezando por él. Tenía el celular apoyado contra una lata de duraznos, con un video en pausa.

    —Mirá —dijo—. Hay gente que usa anilina. Sale en diez minutos y el color es parejo.

    Gregoria no contestó. Se sacó el delantal, entró a la cocina y volvió con una cacerola de hierro que usaba para el locro. La puso en el fuego al lado de la olla.

    —¿Qué hacés?

    —Mi mamá decía que el hierro cierra el color.

    —¿Y si lo arruina?

    —Entonces lo arruino yo.

    Vació un poco del baño amarillo en la cacerola, le agregó dos puñados de cáscara que había guardado del año anterior, secos y quebradizos, de los que huelen a papel quemado, y esperó. El vapor subió con un olor dulce, a cebolla cocida y a lana mojada, que se le metió en la ropa. Metió una hebra de prueba. La sacó. Todavía era más amarilla que marrón, pero tenía algo de rojo en el borde, como un sol que asoma por la cuchilla del cerro.

    —Falta —dijo, más para sí.

    Le pidió a Lucio que fuera hasta el fondo, donde estaba el viejo tacho de la leña, a buscar un clavo. No uno nuevo. Uno oxidado, de los que se aflojaron del corral. Lucio volvió con tres, y los tiró adentro de la cacerola con un ruido que sonó a monedas.

    Esperaron. En la ruta 40 pasó un camión y la casa vibró apenas. Un perro ladró en lo de los vecinos y se calló. Gregoria miraba el agua con la misma cara con la que miraba el cielo antes de decidir si subía las ovejas.

    —Abuela —dijo Lucio, al rato—. ¿Y si no sale?

    —Sale otra cosa.

    —Pero vos querías el de las cuatro.

    Ella se secó las manos en la pollera. Le dolían los nudillos, como cada invierno. Pensó en su madre, en las manos hinchadas de su madre atando hilo bajo la misma parra, y en cómo nunca le había enseñado el color, solo la cantidad de cáscara y el tiempo, y que había que mirar.

    —Mi mamá no tenía el color de las cuatro, Lucio. Tenía el de ese día.

    Sacó la hebra de prueba. Era marrón, un marrón con calor adentro, con un fondo rojizo que se veía solamente cuando le daba la luz de costado. No era el de la memoria. Era otro, pero le pertenecía.

    Hundieron la madeja atada. Ella la movió con el palo, él contó los minutos en voz alta, y cada tanto Gregoria le hacía levantar un extremo para ver cómo iba. Cuando la sacaron, humeaba. La dejaron enfriar sobre una tabla y empezaron a cortar los hilos de las ataduras, uno por uno, con una tijera chica.

    Debajo de cada vuelta, la lana seguía crema. El dibujo apareció de a poco: una lista de rombos que se encimaban, con el borde blando, apenas movido, como si respirara.

    Lucio se quedó con la tijera en el aire.

    —Hay uno corrido —dijo, señalando.

    Era cierto. En la tercera repetición, un rombo se había desplazado un dedo hacia la izquierda. Una atadura mal puesta, o un hilo que se aflojó en la olla. Gregoria se acercó con los anteojos.

    —Es mío —dijo—. Lo até con los dedos duros.

    —¿Lo vas a rehacer?

    —No me da el tiempo. Faltan cuatro días y tengo que tejer todo el cuerpo.

    —Entonces no lo vamos a mostrar.

    Gregoria lo miró un rato largo. Después fue hasta el telar, enhebró la lanzadera con la lana recién teñida y la pasó por la urdimbre, y el golpe seco del peine sonó en toda la galería.

    —Lo vamos a mostrar —dijo—. Con el rombo corrido.

    La noche del jueves, en el pabellón del predio ferial, un hombre de Buenos Aires se detuvo frente al poncho colgado de un caño. Pasó los dedos por la lista y preguntó por qué uno de los rombos no estaba donde correspondía.

    Lucio, que estaba sentado atrás con un termo, se adelantó antes de que la abuela abriera la boca.

    —Ahí se le movió la mano a la que sabe —dijo—. Es la firma.

    Gregoria no lo corrigió. Miró el poncho, el marrón de ese día con su fondo de brasa, y el rombo torcido en el centro de la guarda, y por primera vez en cuarenta años no sintió ganas de arreglar nada.

  • La carpa ciento catorce

    El sudeste había empezado a las seis de la mañana y a las diez todavía no aflojaba. Beba Lastra bajó por la escalera de piedra de Playa Grande con el manojo de llaves en el bolsillo del piloto y la cabeza gacha, como quien camina contra una puerta. Abajo, el balneario estaba cerrado hasta noviembre. Las carpas rayadas dormían apiladas en los galpones, salvo una fila de veinte que Beba dejaba armada todo el año para ir revisando las lonas, porque la sal las pudre más por guardadas que por usadas.

    Hacía treinta y un años que era la carpera del balneario. Sabía distinguir por el ruido si un cierre de bronce iba a aguantar la temporada, y sabía, sin mirar el cuaderno, quién había alquilado cada número. La ciento catorce, la de la punta, tenía dueño. No dueño de verdad, pero era como si lo tuviera: Abel Quiroga, de Lanús, la había pagado adelantada cada enero desde 1984, y desde hacía tres temporadas nadie la había visto ocupada.

    Ese jueves de agosto, Abel Quiroga estaba parado frente a la ciento catorce.

    Beba lo reconoció de lejos por el sombrero de paño, demasiado serio para la playa. Tenía el cuello del sobretodo levantado y un termo bajo el brazo. Se había quedado quieto, mirando la lona cerrada, que el viento hinchaba y soltaba como un pulmón.

    —Señor Quiroga —dijo ella, cuando estuvo cerca—. Estamos en invierno.

    —Ya sé, señora. Perdone. Vine en el micro de las seis, desde Constitución.

    —Siete horas.

    —Siete y diez, por una obra en Dolores.

    Beba lo miró de arriba abajo. Tendría ochenta, ochenta y pico. Los zapatos tenían barro de la rambla. Le temblaba apenas la mano que sostenía el termo, y no era de frío.

    —Quería sentarme un rato en la carpa —dijo él—. Una hora, nada más. Después me tomo el micro de vuelta. Le pago el día, si hace falta.

    —No es temporada. No hay guardavidas, no hay baño, no hay nadie. Con este viento la lona se puede volar.

    —Ya sé.

    —Y el mar está picado. Si te resbalás en la escalera no hay quien te levante.

    —Me siento y no me muevo.

    Beba suspiró y el viento le llevó el suspiro. Tenía una regla escrita en la primera hoja del cuaderno, con lapicera azul, en su letra de maestra de grado: fuera de temporada, la carpa es de la carpa. Significaba que en invierno nadie entraba, ni los dueños del balneario ni los parientes de los dueños, ni los que juraban que era para sacar una foto. Las lonas descansaban, y todo lo demás tenía que esperar a noviembre.

    —¿Por qué justo hoy? —preguntó, en vez de decir que no.

    Abel levantó el termo, como si ahí estuviera la respuesta.

    —Hoy hubiera sido el cumpleaños de Nelly. Mi señora. Ella elegía el lugar. Siempre la punta, siempre la ciento catorce, porque desde ahí se ve el pico de la escollera y los lobos cuando suben a tomar sol. Decía que a esa hora los lobos parecen jubilados en una vereda.

    —¿Y en enero qué hacía?

    —Leía. Una novela por día. Yo me dormía. —Sonrió con media cara—. Cuarenta veranos así. Yo nunca vi el mar de verdad, señora. Mientras estuvo ella, yo lo vi de reojo, antes de dormirme. Hoy lo quiero ver con los ojos abiertos.

    Beba no contestó. Sacó el manojo del bolsillo, buscó la llave chica, la de la cadenita verde, y le abrió el candado a la ciento catorce. Corrió el cierre un poco y el viento se metió adentro con un ruido de sábana mojada.

    —Pase —dijo—. Y espere.

    Volvió al galpón a los tropezones. Del fondo, detrás de las garrafas, sacó dos reposeras de madera con la lona deshilachada y un cajón de pescado dado vuelta que usaba de mesa. Las cargó de a una por la arena dura, con la cabeza agachada. Cuando llegó, Abel seguía de pie, adentro de la carpa, con el sombrero en la mano.

    Armó las reposeras mirando al agua. Después enterró un poco las patas de adelante para que no se movieran con el viento, como hacía cuando había clientes difíciles. Acomodó el cajón en el medio.

    —Sentate —le dijo, y ahí se dio cuenta de que lo tuteaba—. Yo me quedo un rato, si no te jode. Alguien tiene que sostener la lona.

    Abel se sentó. Destapó el termo, que traía el café con leche todavía caliente, y sirvió dos tapitas. Afuera, el mar era un bloque gris con crestas blancas que se rompían lejos de la orilla y volvían a armarse. Más allá, en la punta de la escollera, entre la espuma, se movía algo oscuro.

    —Ahí están —dijo Beba—. Tres. Hoy son tres.

    —Jubilados —dijo Abel.

    —En una vereda —dijo ella.

    No hablaron más durante un buen rato. El viento seguía tirando de la lona y Beba, sin darse cuenta, había apoyado la mano en el parante para ayudarla a aguantar. El café le supo a canela. Abel miraba el agua sin pestañear, con los ojos muy abiertos, como si le hubieran prometido que iba a pasar algo y no quisiera perdérselo. A los cuarenta minutos, un lobo grande se zambulló desde las piedras y salió más afuera, con la cabeza lisa y brillante, y miró hacia la carpa como si supiera.

    —Mirá vos —murmuró Abel.

    A las doce y diez, él cerró el termo con cuidado. Se puso el sombrero y se lo acomodó dos veces. Le tendió la mano a Beba, que se la estrechó con la suya, ancha y áspera, de tanto tirar de cabos.

    —¿Cuánto le debo?

    —Nada. La ciento catorce está paga hasta el 2029.

    —Es verdad. —Abel se rió despacio, con el pecho—. No me acordaba.

    Lo acompañó hasta la escalera y lo miró subir, un escalón a la vez, apoyado en la baranda de hierro que la sal había vuelto rugosa. Cuando desapareció arriba, Beba volvió a la carpa y cerró el cierre hasta la mitad. Dejó las dos reposeras armadas, mirando al mar, con el cajón en el medio y las tapitas todavía tibias.

    En el cuaderno, esa noche, tachó la regla de la primera hoja con una sola raya. Abajo escribió, con la misma lapicera azul: 114, ocupada. Agosto.

    Y la lona, sola en la playa vacía, siguió inflándose y soltándose con el viento, como si adentro todavía hubiera alguien respirando.