El esmalte tenía que estar a punto. Clara lo sabía por el dedo, no por la lata: lo rozaba con la uña del meñique y si dejaba un surco que se cerraba despacio, como una cicatriz buena, entonces se podía pintar. Eran las nueve de la noche en el taller de la avenida Montes de Oca, en Barracas, y el surco se cerraba.
Había pasado la tarde con el espolvoreo. Primero el dibujo en papel de calcar, después los agujeritos con la aguja, después la muñeca de tiza golpeando sobre el papel hasta que en la chapa roja de la puerta del camión quedó el fantasma blanco del diseño: una hoja de acanto, dos espirales, un óvalo vacío al medio y debajo una cinta para la frase. Todo punteado, como una constelación que hubiera que unir.
—¿Y? —preguntó Hugo desde la entrada. Había estacionado el Mercedes 1114 adentro del galpón, con el acoplado afuera, y daba vueltas con las manos en los bolsillos de la campera—. ¿Sale mañana o no sale?
—Sale a las seis, como dijimos.
—Porque a las seis me espera la carga en Mercedes. Si llego tarde se la dan a otro.
Clara no contestó. Tenía veinticuatro años, tres de oficio y un maestro, Don Aníbal, que ya no venía al taller desde que le operaron la cadera. Antes de operarse le había dejado el pincel de pelo de oreja de vaca, de cuatro centímetros, con el mango gastado en el lugar justo para el pulgar. «La voluta se hace de una sola vez», le había dicho. «Si levantás el pincel a la mitad, se ve. Siempre se ve. Aunque nadie te lo diga, vos lo vas a ver cada vez que pase el camión.»
Hasta ahora Clara había levantado el pincel. Siempre a la mitad, siempre en el mismo punto, donde la espiral se cierra sobre sí misma y la mano duda. Había disimulado con un toque de blanco, con un reflejo, con una sombra. Nadie le había dicho nada. Ella lo veía.
—La frase la tengo —dijo Hugo, y sacó del bolsillo un papel doblado en cuatro, con letra de lapicera Bic—. Es de mi mujer. Decía eso cada vez que yo me iba.
Clara desdobló el papel. Andá despacio, que la ruta no se acaba.
—Es linda.
—Es larga. Para la cinta, digo. Si no entra la achicás.
—Entra —dijo Clara, aunque todavía no lo había medido.
Empezó por las letras, porque eran lo más fácil, o eso creyó. Cada letra con su volumen: un lado claro, un lado oscuro, un relleno de amarillo que parecía luz. El olor a aguarrás le fue subiendo por la nariz hasta la frente. Hugo se sentó en un cajón de cerveza, prendió un cigarrillo, lo apagó cuando Clara lo miró, y se quedó mirando el pincel ir y venir como quien mira a alguien dormir.
A las diez y media empezó a llover. Primero fue un golpeteo sobre la chapa del techo, parejo, casi amable. Después el viento arrimó el agua contra el portón y por abajo entró un hilo oscuro que cruzó el piso de cemento hasta las patas del caballete. Clara dejó el pincel y se limpió las manos con el trapo.
—Con humedad no seca igual —dijo.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que si me equivoco, no puedo corregir hasta mañana. Y mañana vos no estás.
Hugo se quedó callado. Después se levantó, fue hasta el portón, lo cerró del todo, buscó un trapo de piso y lo puso contra la rendija. Hizo lo mismo con las dos ventanas. Prendió la estufa de cuarzo que Don Aníbal tenía debajo de la mesa y la acercó con el pie, sin decir nada, a un metro de la puerta del camión.
—Gracias —dijo Clara.
—Pintá nomás.
Quedaba la voluta. Clara la había dejado para el final por la razón de siempre, y ahora ya no podía seguir esquivándola. Mojó el pincel en el esmalte, lo pasó dos veces por el borde de la lata, lo probó sobre un cartón. Respiró. Acercó la mano al punteado blanco, al comienzo de la espiral, y apoyó el pelo contra la chapa.
La línea salió gruesa, después fina, después otra vez gruesa, apretando y soltando la mano como se aprieta y se suelta una respiración. Subió, giró, se fue cerrando sobre el centro. Llegó al punto donde siempre dudaba. Clara sintió el temblor llegarle desde el hombro, el impulso de levantar, de mirar, de asegurarse.
—No pares —dijo Hugo, muy bajito, como si hablara con alguien que camina por una cornisa.
No paró. La punta del pincel pasó por el lugar de la duda sin detenerse, y la espiral se cerró sobre sí misma en un solo hilo rojo oscuro, redondo, con una curva final que se afinaba hasta casi no existir. Clara levantó el pincel recién entonces. La mano le temblaba.
Los dos se quedaron mirando la puerta. La luz de la estufa se movía sobre el esmalte fresco y hacía brillar la voluta como si estuviera mojada.
—Ahí —dijo Hugo, y se aclaró la garganta—. Ahí está.
Clara no dijo nada. Pasó la yema del dedo a un centímetro de la línea, sin tocarla, como había visto hacer a Don Aníbal, y la siguió de punta a punta. No había un solo corte.
A las seis de la mañana, cuando todavía llovía finito, Hugo giró la llave del Mercedes. El motor tosió una vez y agarró. Clara estaba parada en la puerta del galpón con un mate en la mano, el pelo atado con una gomita de oficina y los dedos manchados de rojo hasta la muñeca.
El camión salió marcha atrás a la calle mojada, hizo la maniobra despacio, y al enderezarse la luz de un farol de Montes de Oca le pegó de lleno en la puerta. La frase se leyó entera, Andá despacio, que la ruta no se acaba, y arriba, perfecta, redonda, la voluta que nadie iba a saber nunca que había costado tres años.
Clara la vio alejarse hasta la esquina. Después entró, puso la pava y llamó a Don Aníbal para decirle que le había salido de un solo trazo.