A las cuatro de la tarde del 11 de enero, el andén de Carabobo olía a hierro caliente y a pan de la panadería de arriba, que bajaba por la escalera como si también quisiera despedirse. Elvira Szulc se quedó parada en la línea amarilla con la cartera abrazada contra el pecho. Hacía treinta y un años que no venía a esperar un subte en esa estación. Antes de que existiera, en realidad. Carabobo había abierto hacía apenas cuatro años, y Aldo, que se jubiló antes, nunca llegó a cerrarle una puerta a nadie ahí.
Había mucha gente para ser un viernes. Pibes con cámaras, un señor con una gorra de la Anglo bordada por la nieta, dos chicas que se sacaban fotos contra la pared de azulejos. Elvira los miraba con cierta desconfianza. Para ellos era el último día de un museo. Para ella era el último día del lugar donde su marido había trabajado, de pie, en el medio del coche, con una mano en la manija de la puerta y la otra en el bolsillo del saco, tres décadas.
El túnel soltó primero el viento y después el ruido. Un ruido de latas viejas bien cuidadas, de madera que cruje pero no se rompe. El coche que se detuvo era verde oscuro, con las ventanillas de guillotina y el número 31 pintado en el frente.
—Ese —se dijo en voz baja.
Aldo le había dicho el número un mes antes de morirse, en la cocina, mientras pelaba una mandarina con las uñas. «El treinta y uno, Elvira. Debajo del segundo asiento, del lado de la puerta que cerraba yo. Hay una cosa tuya.» Ella le preguntó qué cosa. Él se rió con esa risa corta, de guarda, y se llevó un gajo a la boca. «Si vas, la ves.»
Eso había sido hacía catorce meses. Después vino la obra social, el sillón de él vacío, y recién en diciembre leyó en el diario que los coches se iban, que la línea cerraba casi dos meses y que el viernes 11 era el último día.
Subió. Las puertas se cerraron a mano, un empleado joven tirando de cada una con las dos palmas, y Elvira sintió que algo en el pecho se acomodaba al ritmo de ese gesto. Se sentó en el segundo asiento. La madera estaba lustrada por cien años de pantalones y polleras, y aun así tenía un calor propio, de cuerpo reciente.
No podía agacharse a mirar con tanta gente. Frente a ella, un hombre de campera de cuero sacaba fotos de la lámpara del techo. A su lado, una nena trataba de ver su propio reflejo en el espejo largo que corría sobre las ventanas.
—¿Se siente bien, señora? —le preguntó el empleado joven al pasar.
—Estoy buscando una cosa —dijo Elvira—. Mi marido era guarda acá.
El pibe se puso serio. Tenía un cuello de camisa un número más grande.
—¿Cómo se llamaba?
—Aldo Cordone. Del turno tarde.
—Ese nombre no lo conozco —dijo, con pena genuina—. Yo entré hace dos años. Pero mire, si busca algo, hasta Plaza de Mayo el coche va despacio. Después vuelve vacío a Primera Junta. Si quiere quedarse a la vuelta, yo no le digo nada.
Así hizo el viaje de ida mirando por la ventana de guillotina las paredes de Congreso, de Sáenz Peña, de Lima, el túnel que pasaba por el costado como una tela oscura que alguien tironeaba. En Plaza de Mayo bajó toda la gente. Ella se quedó sentada. El empleado la miró, miró la hora y se hizo el distraído.
Esperó. Cuando el coche quedó solo, se arrodilló en el piso, con la pollera apretada entre las rodillas y una crujida de huesos que le sacó una carcajada sola. Pasó la mano debajo del segundo asiento. Madera, polvo de siglo, un resorte. Nada.
Corrió la mano más a la derecha, hacia la pared del coche. Y ahí, en la unión de dos tablas, sintió una rugosidad. Se acostó casi de costado en el piso del subte, con la mejilla contra el barniz, y alcanzó a ver con la linterna del celular una letra tallada con navaja, torpe y honda, repasada con lapicera hasta quedar negra. Una E. Y al lado, más chica, una fecha: 14-3-81.
La fecha de la boda. Ni se acordaba de que había sido un sábado.
No era un tesoro, no había nada para llevarse. Era la inicial de ella, tallada en el único lugar que él consideraba suyo, por si algún día todo eso desaparecía y quedaba al menos esa constancia, una E escondida en una tabla que iba y venía por debajo de Rivadavia con cada viaje.
Elvira se quedó un rato así, tendida, con el celular apagado en la mano. Se acordó de la mandarina, de las uñas de Aldo, de «si vas, la ves».
Cuando se incorporó, se sacó el anillo del dedo. Le costó, porque los nudillos ya no eran los de antes. Se agarró del pasamanos del coche, esa barra blanca desgastada justo a la altura donde generaciones de manos casadas se habían sostenido, y golpeó el aro de oro contra el hierro dos veces. Un tintineo corto, el mismo que escuchaba en el colectivo de vuelta del trabajo cuando él se agarraba al pasamanos y sonaba la alianza.
—Acá estaba —dijo.
La última formación salió de Plaza de Mayo a las diez y cincuenta de esa noche, llena de gente que sacaba fotos y de gente que no se animaba a sacarlas. Elvira iba en el coche 31, sentada en el segundo asiento, del lado de la puerta que cerraba Aldo. No habló con nadie. Cuando el tren entró en la oscuridad más larga, entre Lima y Sáenz Peña, apoyó la mano abierta sobre la tabla, justo arriba de la E, y la dejó ahí hasta Primera Junta.