Blog

  • Cinco y diez en Madariaga

    A las cuatro y diez de la mañana, Ramón Ibarra todavía no había encontrado la palanca de la puerta. Estaba sentado en el coche nuevo, en la cabecera de Monte Grande, con las manos sobre un volante que olía a plástico recién sacado de la caja. Doscientos y pico de días sin manejar. En la cochera habían pegado un papelito con el número del interno, y él lo había leído tres veces, como si pudiera cambiar.

    —Es el botón de al lado del freno de mano, Ramón —le dijo Chacho, el coordinador, asomándose por la ventanilla—. Ese gris.

    —Yo el gris lo conozco de toda la vida. Era el de la calefacción.

    —Ahora abre la puerta.

    La puerta se abrió con un suspiro de aire comprimido. Ramón la cerró, la volvió a abrir. Afuera hacía fresco, una de esas madrugadas de octubre con humedad que se mete en las rodillas. En el playón dormían los coches viejos, apretados contra el alambrado, con los números todavía pintados en el costado.

    Treinta y un años en la línea. Los últimos veintidós, en el ramal que sale por el Boulevard Buenos Aires, cruza Monte Grande y se va para Pompeya y Miserere. Conocía los pozos por nombre propio. Conocía a los pasajeros de las cinco de la mañana mejor que a sus cuñados: el pibe de la panadería, la enfermera del Penna que se dormía antes de Sáenz, la mujer del chango de las verduras.

    Y conocía a Dora.

    Dora subía en Boulevard Buenos Aires y Madariaga, frente a la fábrica, todos los días hábiles a las cinco y diez. Setenta y pico, abrigo marrón, bolsa de tela. Desde hacía tres décadas le alcanzaba por la ventanilla una servilleta de papel doblada en cuatro con un bizcochito de grasa adentro. Nunca hablaron más que de eso. «Está calentito.» «Gracias, Dora.» Ese era todo el diálogo, y a Ramón le alcanzaba para el resto del turno.

    Durante el conflicto, ella había aparecido un domingo en el portón de la cochera, entre las banderas y el fuego del tacho. No dijo nada. Le dejó la servilleta en la mano y se fue caminando por la calle de tierra. Después volvió todos los domingos. Ramón nunca supo cómo se había enterado del lugar.

    —¿Salimos o qué? —dijo Chacho—. Son las cuatro y veinticinco.

    —Salgo, salgo.

    Giró la llave, y el motor arrancó casi sin ruido, y eso fue lo que más lo asustó. Antes uno sabía que el coche estaba vivo porque temblaba el asiento. Este avanzaba como un fantasma limpio. Ramón soltó el freno y enfiló hacia la avenida con la luz del tablero iluminándole la cara.

    Pasó la estación, las persianas bajas, los quioscos cerrados. En el segundo semáforo, en rojo y sin un solo auto, apoyó la frente un segundo contra el volante.

    Tenía una sola cosa en la cabeza, y era ridícula, y lo sabía. Quería llegar a la parada de Madariaga a las cinco y diez. Ni cinco y once, ni cinco y nueve. Cinco y diez, como siempre, como si los doscientos días fueran una cuadra mal doblada que podía enderezarse con una buena velocidad crucero.

    Pero los coches nuevos no perdonan. Al primer pasajero, un chico con una mochila de albañil, le tocó la tarjeta en el lector y el aparato sonó dos veces, una más aguda que la otra. Ramón se asustó. El chico se rió.

    —Está bien, jefe. Es que anda. Todo anda.

    —Bueno —dijo Ramón—. Todo anda.

    Se le fueron tres minutos. Hubo un segundo pasajero que no encontraba el saldo y un tercero que quería hablar, que quería contarle que había llorado cuando vio los carteles de la vuelta, que su mujer le había dicho «el chofer de la 165 va a volver, vas a ver». Ramón asintió y asintió, y apretó el acelerador apenas más de lo debido en la bajada del puente, y se dio cuenta de que iba justo.

    Pasaron la fábrica a las cinco y trece. Él mismo lo miró en el reloj del tablero, rojo, con la hora tan nítida que parecía insultarlo.

    La parada estaba vacía.

    Tres cuadras antes había visto la luz de la farmacia, y ahora sólo había una columna de luz amarilla del alumbrado y un charco que reflejaba el poste. Frenó igual. Abrió la puerta con el botón gris, esta vez a la primera. Esperó. Escuchó los grillos, el motor casi mudo, el tic del balizador.

    —Se fue —murmuró.

    Pensó en Dora caminando hasta la cochera cada domingo, en los bizcochitos fríos. Pensó que a lo mejor había esperado hasta las cinco y diez, y que con el cansancio de los años se había vuelto a su casa pensando que otra vez no pasaba nadie.

    Estaba por cerrar la puerta cuando oyó el golpe del bastón. Venía de la vereda de enfrente, despacio, de a un escalón por vez. Dora cruzó el asfalto con el abrigo marrón abierto y la bolsa de tela colgada del codo, y no tenía apuro. Se detuvo al pie del escalón alto del coche nuevo, miró para arriba y lo midió con los ojos, como se mide una escalera ajena.

    —Está muy alto —dijo.

    Ramón apretó otro botón, no sabía cuál, y el coche se inclinó hacia la vereda con un resoplido y bajó el escalón a la altura del cordón. Dora lo miró sin sorpresa.

    —Mirá vos —dijo—. Ahora se arrodilla.

    Subió. Sacó de la bolsa una servilleta doblada en cuatro y se la puso en la mano antes de sacar la tarjeta. El bizcochito estaba tibio, y Ramón no preguntó dónde ni a qué hora lo había hecho.

    —Gracias, Dora.

    —Hoy llegaste tarde —dijo ella.

    —Tres minutos.

    —Yo tenía cuerda para esperarte hasta las seis.

    Apoyó la tarjeta en el lector, que respondió con su doble pitido, agudo y grave. Dora lo oyó y levantó las cejas, y por primera vez en treinta años le sonrió a Ramón de costado, como quien se acuerda de un chiste viejo.

    —Qué bien suena —dijo.

    Se fue a sentar en el primer asiento de la derecha, el que siempre había sido de ella, y Ramón cerró la puerta, soltó el freno y arrancó hacia Pompeya con el bizcochito en la mano izquierda y el reloj en rojo sobre el tablero, que ya no importaba.

  • El pito de la Fronterita

    Nemesio Alderete se había lavado las manos dos veces con jabón de pan, y igual le quedaba debajo de las uñas el negro del vapor. Era domingo 29 de junio de 1986, en plena zafra, y el ingenio La Fronterita, a cinco kilómetros de Famaillá, no paraba ni para la final del mundo. Las calderas comían bagazo desde las seis de la mañana. Por la chimenea subía un humo ancho y espeso, y el hollín caía sobre los techos de chapa de las casitas del ingenio como una nevada sucia.

    Desde hacía veintiséis años, Nemesio era el dueño del pito. Era una sirena de vapor, montada sobre el tinglado de las máquinas, con un cordón de cáñamo que bajaba hasta una argolla de bronce a la altura de su hombro. Un toque largo marcaba el cambio de turno. Tres cortos, seguidos, anunciaban un accidente. No había más sonidos. Eso decía el reglamento, y también lo decía don Arrieta, el jefe de fábrica, que había heredado la oficina y las reglas de tres gerentes anteriores.

    A las tres menos diez, Nemesio se sentó en un cajón de madera junto a la argolla, con el termo bajo el brazo y la radio a pilas sobre las rodillas. Julián, el pibe que le alcanzaba el aceite, lo miró desde la escalera.

    —¿Vas a quedarte ahí todo el partido?

    —Hasta que termine.

    —¿Y si te necesitan en la caldera?

    —Para eso estás vos. Andá, fijate que no se te caiga la presión.

    Julián bajó refunfuñando. Nemesio se sirvió un mate y lo tomó despacio. Sabía lo que quería hacer. Quería tirar del cordón una sola vez, largo, cuando el árbitro marcara el final. Si Argentina ganaba, claro. Si perdía, el cordón se quedaba quieto y nadie se enteraba de nada.

    Lo había pensado la noche anterior, mirando el techo, mientras su mujer dormía. Cuando se murió la Tota, hacía cuatro años, él tocó el pito tres veces cortas sin autorización, a las cinco de la mañana. Arrieta lo llamó a la oficina y le dijo que ese sonido era para los accidentes. «Es que fue un accidente», le contestó Nemesio, y no le dijeron más. Desde entonces el pito no había sonado fuera de hora.

    Ahora el partido empezaba. La voz del relator salía de la radio con el ruido de la multitud atrás, como agua hirviendo. Nemesio bajó el volumen y apoyó la oreja contra el parlante.

    En el primer tiempo no pasó nada, o pasó mucho y él no lo notó, porque se le fue la mirada hacia los cañaverales. Desde el tinglado se veían los surcos de la zona de Lules, y más acá los camiones cañeros, en fila, esperando para descargar. Los cortadores ya habían dejado el machete. Hasta los camioneros se habían bajado y escuchaban sentados sobre los parachoques.

    Cuando Brown la mandó adentro de cabeza, Nemesio no se paró. Apretó el mate con las dos manos y miró la argolla. Abajo, en la sala de calderas, estalló un grito que subió por la escalera de hierro. «Todavía no», se dijo. El pito era para el final. Ya le había pasado de festejar antes de tiempo. Eso lo aprendió de pibe, en una cancha de tierra de Famaillá, un domingo de septiembre del cincuenta y nueve.

    Después vino el segundo gol, y las máquinas parecieron sonar más fuerte, aunque era solo que nadie hablaba. Después los alemanes empataron, uno y otro, casi sin respirar. Nemesio sintió que le subía algo frío desde las rodillas. Julián volvió a la escalera, esta vez sin decir nada, y se quedó parado a su lado.

    —No se puede perder así —murmuró el pibe.

    —No se puede.

    Fue entonces cuando oyó los pasos en la chapa. Eran pasos pesados, de zapato de oficina. Don Arrieta subió el último tramo agarrándose de la baranda, con el saco puesto y la corbata floja. Tenía la cara colorada de la subida, o de la rabia.

    —Alderete. Me avisaron que estás ahí arriba con el cordón en la mano.

    —Estoy sentado, don Arrieta.

    —No me hagas el vivo. Todo el pueblo sabe lo que pensás hacer, y yo no puedo permitir que suene la sirena sin motivo. La gente de la Fronterita escucha ese pito y piensa en un muerto. ¿Entendés?

    —Entiendo.

    —Entonces.

    La radio gritó. Los dos se quedaron quietos. Era un pase largo, una carrera, el relator casi sin aire, la palabra «Burruchaga» repetida como una letanía, y después un alarido que traspasó el parlante, la chapa, el tinglado entero. Abajo, alguien tiró un casco contra una pared. Nemesio ni se movió. Don Arrieta se había llevado una mano a la boca.

    —Faltan siete minutos —dijo Julián, que contaba con los dedos.

    Fueron los siete minutos más largos del año. Nadie habló. El humo seguía subiendo y el viento lo llevaba hacia el sur, hacia Famaillá, donde las campanas de la iglesia estaban calladas, esperando también. A Nemesio le temblaba la mano que sostenía el mate. Don Arrieta se sentó en un cajón de aceite, con el traje impecable sobre la grasa, y no dijo nada más.

    Y entonces el relator dijo lo que había que decir. El árbitro levantó el brazo y todo se desbordó, la radio y las calderas y los camiones, hasta los pájaros que estaban dormidos en los alambrados.

    Nemesio se paró. Agarró la argolla con la mano derecha y miró a don Arrieta, que tenía los ojos llenos de agua.

    —Un solo toque —dijo el jefe de fábrica, con la voz rota—. Largo. Pero tiramos los dos.

    Don Arrieta se levantó, se acomodó el saco, y puso su mano encima de la de Nemesio, sobre la argolla de bronce. Tiraron juntos.

    El vapor salió blanco, en un chorro que se abrió contra el cielo de la tarde. El pito sonó largo, ronco, un poco desafinado de tanto silencio. Se oyó en las casitas, en el pueblo, en los surcos de caña donde los cortadores levantaron la cabeza. A lo lejos, entre el humo, alguien alzó un machete, y después otro, y otro más, como una hilera de espejos chicos al sol de las cinco.

    Nadie, en toda la Fronterita, pensó en un muerto.

  • La lengüeta del La que cierra

    El taxista llegó a las nueve de la mañana con el bandoneón en una bolsa de supermercado, como si trajera pan. Nené Ferraro abrió la persiana del taller de Boedo, a dos cuadras de San Juan, y le señaló la mesa con el vidrio rajado.

    —Sacalo de a poco —dijo—. Esa bolsa le hizo más daño que veinte años de humedad.

    Se llamaba Lisandro y manejaba un Etios por Parque Patricios. El bandoneón era de su abuelo, un Doble A de los años treinta, con los botones de nácar amarillentos y el fuelle remendado con cinta de embalar. Lo había guardado en un ropero hasta que se murió la madre. Ahora quería saber si servía para algo o si lo vendía.

    Nené lo abrió sobre la mesa. Salió olor a naftalina, a tabaco viejo, a madera que ya no se acordaba del bosque. Con una pinza finita levantó una tapa de las voces y mostró el interior: filas de lengüetas de acero, cada una con su vaina de cuero, cada una afinada a mano en Sajonia antes de que ella naciera.

    —Ciento cuarenta y dos sonidos —dijo—. Tiene setenta y un botones, y cada uno suena distinto si abrís o si cerrás. Mirá. —Apretó un botón del lado izquierdo y abrió el fuelle. Salió un aire largo, sin nota—. Falta una lengüeta. Acá. Este La que cierra.

    —¿Y eso es grave?

    —Para un tango, sí. Es la nota que te cuenta cuándo termina la frase.

    Lisandro se rascó la barba y miró el reloj de la pared, que marcaba la hora con tres minutos de atraso desde 1994. Dijo que no tenía apuro. Dijo también que lo del taxi no daba para un arreglo de esos, y que se lo llevaba nomás.

    —No te lo llevás —dijo Nené—. Dejámelo hasta la noche.

    No supo bien por qué lo dijo. Hacía un año que no tocaba un bandoneón ajeno. Desde que Aníbal, su marido, se había quedado dormido una siesta de septiembre con las manos todavía tibias, el taller le olía a ausencia, y ella trabajaba con la radio fuerte para no escucharla.

    Durante la mañana buscó en los cajones. Lengüetas sueltas había muchas, en frascos de dulce de membrillo rotulados con letra de imprenta, pero ninguna calzaba. Un acero que no es el de origen suena parecido y miente. Se pasó la tarde probando con una lupa y un diapasón de horquilla, sosteniendo cada candidata contra la ranura. Una sonaba chata. Otra sonaba áspera, con un zumbido de abeja atrapada en una lata.

    A las siete llovía sobre San Juan. Nené se sentó con el bandoneón en las rodillas y pensó en el último que había armado Aníbal, un 142 propio, hecho con repuestos de diez instrumentos muertos. Estaba guardado arriba del armario, en su cajón de pino, con una funda de terciopelo que ella había cosido mal a propósito para que él se riera.

    Lo bajó con una silla. Lo abrió. Y ahí estaba, quieta en su ranura, la lengüeta del La que cierra, con la marca de la lima de él en el borde: una muesca chiquita, casi invisible, que ponía en todas.

    Se quedó mirándola un buen rato. La radio pasaba una publicidad de colchones.

    —Sos terco, Aníbal —dijo en voz baja—. Siempre decías que el que presta un acero tiene que prestar la mano también.

    Con las pinzas sacó la lengüeta, limpió la vaina, aflojó una gota de cera de abejas y la montó en el Doble A. Después cerró la tapa, ajustó los tornillos y probó. Abrió el fuelle. Cerró. Apretó el botón.

    Sonó. Sonó el La entero, ronco y claro, y la nota tembló en los vidrios de la vitrina como si hubiera estado esperando detrás de la puerta.

    Lisandro volvió a las diez, mojado hasta los codos, porque se había quedado sin nafta justo en Sáenz. Nené le abrió. No dijo nada. Le puso el bandoneón en las manos y lo acompañó hasta la esquina de San Juan y Boedo, donde el café de la ochava tenía las luces prendidas y se oía un piano ensayando.

    —Yo no sé tocar —dijo él.

    —Ya sé. Pero hoy hay una prueba de sonido y conozco al muchacho de la puerta. Nada más tenés que sostenerlo en el escenario cinco minutos. Después hacés lo que quieras.

    Entraron. El muchacho de la puerta, que sí sabía, los dejó pasar sin preguntar. Sobre el escenario había un bandoneonista de pelo gris, que miró el instrumento y después a Lisandro y después a Nené. Se limpió las manos en el pantalón. Pidió permiso con los ojos.

    Se sentó, se acomodó el fuelle sobre las piernas y tocó unos compases de una milonga, de esas que se bailan con los ojos cerrados. Cuando llegó al final de la frase, cerró el fuelle sobre el La.

    Ahí, en medio de las mesas vacías, la nota pegó contra la pared del fondo y volvió.

    Nené, de pie junto a la barra, sintió en el pecho un hueco que se movía de lugar. Pensó que en alguna parte de ese sonido había una muesca de lima, chiquita, casi invisible, que solo ella podía ver.

    Afuera seguía lloviendo. Alguien en el escenario dijo “otra vez”, y el bandoneón volvió a empezar.

  • El carro de Aurelio

    El carro estaba debajo de una lona en el fondo del galpón, entre una rueda de tractor y dos latas de pintura que nadie abría desde el invierno del año pasado. Lidia Olguín tiró de la lona de una sola vez y levantó una nube de polvo de Barreal, ese polvo finito que se te mete en el pelo y en el mate.

    Era un carro de tres ruedas, bajo, con el caño de la estructura pintado de verde botella y la vela enrollada como un paraguas viejo. Aurelio lo había armado en el ochenta y pico con tubos de una cama de hierro y una rueda delantera de bicicleta de carga. Durante cuarenta años lo manejó los domingos de octubre a marzo, y durante cuarenta años le dijo a Lidia lo mismo.

    —Después, Lidia. Cuando haya menos viento.

    Nunca había menos viento. Ese era el chiste de la Pampa del Leoncito, y Aurelio lo contaba como si fuera suyo.

    Ahora él llevaba ocho meses en el cementerio de Barreal, bajo el cerro Alcázar, y ella había decidido que ya era después.

    Cargó el carro en la caja de la camioneta con ayuda de Iván, el hijo del vecino, que tenía quince años y la mirada de quien sospecha algo.

    —¿Usted sabe manejarlo, doña?

    —Lo vi manejar cuarenta años.

    —No es lo mismo.

    —Nunca es lo mismo, nene. Subí.

    Salieron por la ruta 149 con las ventanillas abiertas. A la izquierda se levantaba la cordillera de Ansilta, todavía con nieve arriba, y el aire olía a jarilla y a gasoil. Lidia llevaba un termo, un pañuelo de Aurelio atado en la muñeca y el casco de él, que le quedaba grande y le bailaba al tomar las curvas.

    Cuando doblaron hacia la pampa, el piso se puso blanco de golpe. Es difícil explicar eso a quien no lo vio. Un día es monte, arbustos bajos, tierra de color oscuro, y al otro lado de una línea invisible no queda ni una planta. Solo una planicie de arcilla seca partida en pentágonos perfectos, como si alguien hubiera estirado una piel y la hubiera dejado secar al sol. A lo lejos, dos o tres velas de colores se movían bajito sobre el horizonte.

    Era la primera semana de la temporada. El viento, el Conchabado, ya estaba apretando desde el sur, tibio y seco, con ese silbido que parece venir de adentro de los oídos.

    Armaron el carro entre los dos. Iván ajustó la driza y los tensores con una prolijidad que no tenía nada de adolescente. Lidia revisó el freno, la dirección, el pasador del mástil, todo lo que había visto hacer, y al final se quedó con la mano apoyada en el asiento de lona, que todavía tenía la forma de la espalda de Aurelio.

    —Si se da vuelta, suelte la escota —dijo Iván—. Suelte y listo. No se la agarre.

    —Soltar es lo que mejor me sale. Cuarenta años de práctica.

    Se sentó. Los pies encontraron los pedales de dirección más lejos de lo que ella esperaba. Entonces la vela se llenó, y el carro, que había pesado toda la mañana, dejó de pesar.

    No fue como en las fotos. En las fotos todo se ve limpio y rápido. Adentro, a treinta centímetros del suelo, la pampa era un ruido de goma contra arcilla, un temblor que subía por la columna y un horizonte que se tragaba el piso. Los pentágonos pasaban como cartas barajadas. Lidia soltó un grito corto, de sorpresa, y después otro, y después se dio cuenta de que se estaba riendo sola, con el casco golpeándole la frente.

    Aurelio tenía razón en una cosa. El viento no pedía permiso.

    A mitad de la pampa, cuando ya el galpón y la camioneta y Iván eran un puntito oscuro, el Conchabado giró un poco. Lo sintió en la vela antes de entenderlo: un tirón de costado, el carro levantando una rueda como un perro que olfatea. Pensó en soltar la escota. Pensó en lo que Aurelio decía, que ese carro tenía mañas. Pensó también en todos los domingos que se quedó mirando desde la camioneta con el termo tibio entre las rodillas.

    No soltó. Tiró de la escota un palmo, apoyó el peso del cuerpo hacia el lado de la rueda levantada, y el carro bajó de golpe, firme, y siguió corriendo como si nada.

    —Mirá vos —dijo en voz alta—. Era eso.

    Hizo la vuelta completa, ancha y torpe, con una curva que se le abrió más de la cuenta. Volvió despacio, soltando viento hasta que el carro se detuvo solo a diez metros de la camioneta, con la vela flameando. Iván corrió hasta ella con la cara colorada.

    —¡Se dio vuelta casi! ¡La vi!

    —Casi no es darse vuelta.

    Bajó con las piernas flojas. Se sacó el casco y el pelo se le pegó a la cara. Se sentó en el piso blanco, sobre las grietas, y sirvió dos tazas del termo. Iván aceptó la suya sin decir nada, que en un chico de quince es una forma de respeto.

    Detrás del carro, sobre la arcilla, quedaron dos huellas largas y una más fina, la de la rueda de adelante. Dibujaban un óvalo abierto que no cerraba del todo. Lidia lo miró un rato, con el pañuelo de Aurelio todavía atado a la muñeca.

    —El año que viene la cierro —dijo.

    El viento ya estaba empezando a borrar la primera curva.

  • La cabina de las cinco

    La lata llevaba pegada una etiqueta que decía DEVOLVER EN EL TREN DE LAS 5, con letra de imprenta y tres subrayados. Hermes Lucero la había leído tantas veces en veinte años de cabina que ya no la veía. La veía esa noche, porque no podía hacer lo que decía.

    Era julio de 1986 y llovía desde hacía once días. En el Cine Select de Pehuajó habían suspendido la función del sábado por falta de gente, y la del domingo por falta de todo. Hermes igual subió a la cabina a rebobinar. Era lo que hacía con las manos cuando no sabía qué hacer con el resto: la cinta pasaba por los dedos tibia, con olor a vinagre y a polvo quemado, y el carretel giraba con su ronroneo de gato viejo.

    Abajo, en la calle, empezó a pasar gente con palas.

    Primero fueron dos o tres, después una fila. Hombres con botas de goma, mujeres con bolsas de arpillera dobladas bajo el brazo, un chico arrastrando una carretilla con una rueda floja que chillaba. Todos iban hacia el fondo de la calle, donde el canal había dejado de ser un canal y se acercaba al pueblo como una persona que se acerca a pedir algo.

    Hermes terminó de rebobinar, cerró la lata, le pasó la mano por encima y la dejó junto a la puerta. El tren salía a las cinco. Si la lata no estaba en la estación, el distribuidor de Buenos Aires no mandaba la próxima película, y sin película no había función, y sin función no había cine. Así de simple lo había dicho siempre don Pascual, el dueño, que ahora estaba con una pala en alguna parte, seguramente, a los setenta y ocho años y con la cadera mal.

    Bajó a la vereda con la lata bajo el brazo. La lluvia era finita y de costado, de las que se meten por el cuello. Ahí vio el terraplén, a tres cuadras, y vio lo que pasaba: había cientos de personas armando una pared de bolsas en la oscuridad, y la oscuridad era el problema. Alguien había cortado la luz de ese lado del barrio, o se había caído, nadie sabía. Los faroles de mano alcanzaban para un metro. Un hombre resbaló y se oyó el golpe contra la bolsa mojada, y después una risa nerviosa, y después nada.

    —¡Hermes! —gritó una voz de mujer. Era Mirta, la de la verdulería, con barro hasta las rodillas—. ¿Vos no tenés esa luz tan fuerte, la de la máquina?

    —Tengo la lámpara de la cabina.

    —¿Y dónde la tenés?

    —En la cabina.

    —Ya sé que en la cabina. Digo si se puede apuntar para allá.

    Hermes miró la lata que llevaba bajo el brazo. Después miró el reloj de la farmacia, que alguna vez marcaba la hora y esa noche marcaba las diez y veinte con una seguridad sospechosa. Faltaban casi siete horas para el tren. Las cuentas le salían raras.

    —La máquina pesa doscientos kilos —dijo—. No se mueve.

    —No te pido que la muevas —dijo Mirta—. Te pido que la prendas.

    Subió de nuevo. La cabina del Select tenía una ventanita cuadrada que daba a la sala y otra, más chica, que daba a la calle y que nadie había abierto desde que se mudó el ventilador. Hermes la forzó con el hombro. Entró el aire mojado. Destapó el proyector, sacó la película, dejó la lámpara pelada, sin cinta, sin imagen, solamente la luz. Giró la máquina con las dos manos, centímetro a centímetro, hasta que el cañón de metal apuntó por la ventana, calle abajo, hacia el terraplén. Respiró. Cerró el arco.

    La luz salió blanca y dura y partió la lluvia en hilos. Cruzó las tres cuadras y se apoyó en la pared de bolsas como una mano grande.

    Desde la cabina, Hermes no oyó el grito, pero vio lo que pasó: toda la fila se dio vuelta a la vez. Quedaron quietos un segundo, con las palas en alto, recortados contra el resplandor, cientos de sombras largas estiradas sobre el barro. Después alguien levantó una bolsa, y otro la agarró, y la pared empezó a crecer.

    Hermes se quedó ahí. Tuvo que cambiar los carbones dos veces, a las tres y a las cuatro y media, con los dedos quemados y la lata contra la pierna, abandonada junto a la puerta. A las cuatro y cuarenta pensó en bajar. A las cuatro y cincuenta pensó que ya no llegaba. A las cinco menos diez pensó una cosa distinta: que en veinte años había proyectado miles de personas en una pared, y nunca había visto a una pared de personas iluminar a nadie.

    A las cinco en punto, se oyó la bocina del tren a lo lejos. Pasó por la estación y siguió sin parar.

    Hermes dejó el proyector prendido. Cuando empezó a clarear, la luz fue perdiendo fuerza sin que él hiciera nada, se hizo amarilla, después se hizo de nada, y el terraplén se vio de pronto entero, gris y alto, con la gente sentada encima como pájaros en un cable.

    Abajo golpearon la puerta. Era don Pascual, apoyado en un palo.

    —¿Mandaste la lata?

    —No.

    El viejo miró la cabina, la ventana abierta, la máquina torcida. Se quedó callado un rato largo.

    —Mandala en el de las nueve —dijo al fin—. Total, ese también sale.

    Hermes agarró la lata, ya con la etiqueta empapada, y bajó las escaleras. Afuera todavía llovía un poco, pero era una lluvia distinta, casi educada. En la vereda, alguien le alcanzó un jarro de mate cocido con la mano llena de barro. Él lo tomó con las dos manos, quemadas, y se sentó en el cordón a mirar la calle, que por primera vez en once días no iba hacia ningún lado.

  • La pluma del hilo rojo

    La olla grande ya hervía cuando Delfina Aguirre abrió la bolsa. Subió el olor a naftalina, ese olor dulzón y mareante que en el galpón de la calle Estrada se pegaba a la ropa hasta en la siesta.

    —Todo lo que está ahí adentro va a negro —le había dicho Maxi a las siete, con el mate en una mano y el celular en la otra—. Plumas de avestruz, de gallo, lo que sea. Las que ya no dan más. Lo necesito seco para el jueves, Delfi.

    —Va a estar seco el jueves.

    —Sos una santa.

    No era una santa. Era una mujer de setenta y un años que había empezado a ordenar plumas en 1980, cuando el corsódromo todavía era el patio de la vieja estación y las comparsas se armaban en los clubes con lo que hubiera. Ahora los galpones ocupaban cuadras enteras, había diseñadores con computadora y un camión que traía plumas de afuera en cajas selladas. Pero a la hora de dar la última vida a una pluma gastada, la que sabía cuánto tiempo dejarla en la olla seguía siendo ella.

    Hundió las manos en la bolsa. Las plumas de avestruz salían flacas, quebradas en las puntas, con un gris de humo de cocina que ningún blanco volvía a levantar. Las fue acomodando en tandas sobre la mesa de chapa: primero las largas, después las cortas, después las de gallo, que se enroscaban solas como si todavía tuvieran frío.

    Afuera, un camión de telgopor maniobraba marcha atrás con ese pitido que parecía el de un reloj descompuesto. Alguien gritó un número de carroza. Adentro, la radio del galpón pasaba un chamamé bajito, de los que Delfina no habría puesto pero tampoco apagaba.

    Echó el negro al agua. La anilina se abrió en espirales violetas antes de volverse un solo color, espeso, brillante como aceite de motor. Le sumó el chorro de vinagre, la sal, y revolvió con la pala de madera hasta que el brazo se le acordó solo del movimiento.

    Fue en la tercera tanda, al sacudir una tira de plumas de gallo, que lo vio.

    Un hilo rojo. Chiquito, atado en la base de una pluma blanca, con un nudo doble que ella conocía mejor que su propia firma.

    Se quedó quieta. El vapor le empañó los anteojos y se los sacó, y sin ellos la pluma se veía más grande, más cerca, como cuando una mira algo por la ventana del tren.

    —No puede ser —dijo en voz alta, y se rió sola.

    Era de la primera temporada. Aquel verano habían tenido veintidós espaldares y ninguna plata, y Delfina, que tenía veintiséis años y miedo de perder lo poco que cosía, le había atado un hilo rojo a cada pluma que ella misma había limpiado. Así sabía cuáles eran suyas cuando se las devolvían del desfile con barro, con chicle, con confeti pegado. Después los hilos se perdieron, o se cortaron, o las plumas se mezclaron con las de otras comparsas, otras manos, otras décadas. Nunca pensó que una iba a sobrevivir cuarenta y cinco años en el fondo de una bolsa.

    La sostuvo contra la luz de la ventana alta. Era blanca todavía, con un amarillo apenas en la caña. Estaba doblada en el medio, pero entera.

    —Delfi —dijo Maxi desde la puerta—. ¿Cómo va eso?

    Ella cerró la mano sobre la pluma. Tenía la costumbre vieja de cerrar la mano ante cualquiera que entrara.

    —Va. Falta una tanda.

    —Mirá que el jueves…

    —Ya sé lo que dice el jueves.

    Maxi se quedó un segundo mirándola. Tenía treinta y pico años, las zapatillas manchadas de pintura y una mochila que nunca soltaba. Había crecido en la comparsa, hijo de una costurera, y sabía, como se saben estas cosas, cuándo una persona grande estaba escondiendo algo.

    —¿Pasó algo?

    —Nada. Un nudo que no sale.

    —¿Querés que te ayude?

    —Querés que termine. Andá, nene.

    Se fue. Delfina volvió a la mesa y apoyó la pluma sobre el borde de la olla, a un dedo del agua negra. Hizo la cuenta que hacen las personas mayores, la de lo que falta y la de lo que ya fue. Una pluma de gallo, una sola, entre cincuenta mil. Nadie la iba a extrañar. Nadie, nunca, había contado.

    Pero ella sí sabía la cuenta. La conocía de memoria.

    Teñir una pluma no era matarla. Eso se lo había dicho a más de un aprendiz: el negro es la última manera de seguir en escena, una pluma negra todavía se mueve, todavía brilla bajo los reflectores, todavía es parte del traje. Lo había dicho con convicción durante décadas. Ahora, con el hilo rojo entre los dedos, la frase le sonaba a algo que se dice para poder dormir.

    Tiñó las últimas tandas sin mirar la hora. Las tendió una por una en los alambres del fondo, donde goteaban sobre el piso de cemento dibujando un archipiélago de manchas oscuras. Cuando terminó, le dolían los hombros y tenía las uñas azuladas, como siempre, hasta el domingo.

    La pluma del hilo rojo seguía en su bolsillo, doblada contra la pierna.

    Esa tarde, mientras Maxi supervisaba el armado del primer espaldar con las plumas ya secas, Delfina se acercó con el termo bajo el brazo. El armazón de hierro estaba apoyado sobre dos caballetes, enorme, un abanico de varillas esperando su plumaje. Los chicos de la costura pegaban con pistola de silicona, rápido, sin hablar.

    —Maxi. Quiero hacerte un pedido.

    —Lo que quieras.

    —Una pluma. Una sola, por dentro. Del lado de la espalda de la bastonera, donde nadie la ve.

    Le mostró la mano abierta. Maxi miró el hilo rojo, después la cara de Delfina, y no preguntó nada. Agarró la pistola, midió con el dedo una varilla baja, junto al arnés, y asintió.

    —Ahí. Pegala vos.

    Lo hizo con la mano firme, aunque le temblaba un poco el resto del cuerpo. La pluma blanca quedó contra el hierro, doblada como estaba, con su hilo colgando.

    En enero, la primera noche, Delfina se paró en la tribuna con una campera de más y un mate frío en la mano. Cuando la comparsa pasó, bajo los reflectores, con las carrozas de doce metros avanzando entre la gente, el espaldar entero brillaba negro y dorado y nadie hubiera podido encontrar una sola pluma blanca.

    Ella no la buscó. Se quedó mirando cómo se alejaba la espalda de la bastonera por los quinientos metros de pasarela, y cómo, justo antes de la curva, en un movimiento de cadera, algo chiquito y rojo atrapó la luz y se apagó.

  • La copla que quedó debiendo

    La caja estaba colgada del clavo desde el jueves, y Casiano Vilte la miraba desde la cama como se mira a un perro que sabe que lo van a sacar y se hace el distraído.

    Era sábado, el sábado anterior al Miércoles de Ceniza, y por la ventana de la pieza entraba el olor a humo de leña y a albahaca machacada. En la calle Buenos Aires de Humahuaca ya pasaban los primeros, con las serpentinas enroscadas al cuello y las bolsas de papel picado. Se oía un petardo suelto, lejos, hacia el cerro.

    Se sentó. Le crujieron las dos rodillas, una después de la otra, como puertas. Tosió para probar la voz y la voz salió finita, con un hilo de aire adentro.

    —Así no vas a cantar ni el cumpleaños —dijo en voz alta, y se rió solo.

    Hacía un año, en esa misma mañana, su compadre Ceferino Mamaní había cantado en el mojón una copla que terminaba mal a propósito. Era su manera de provocar: dejaba el último verso colgado para que el otro lo completara, y el otro, que siempre era Casiano, lo completaba. Cuarenta carnavales de eso. Pero el año pasado Casiano llegó tarde, con el camión de la verdura descompuesto en Tilcara, y Ceferino cantó la copla a medias frente a todos, esperó, miró para el camino y se encogió de hombros. En octubre se murió.

    La copla quedó debiendo.

    Casiano la sabía de memoria. La había repetido todo el año mientras pelaba papas, mientras esperaba el colectivo, mientras Marta le decía que comiera. Decía:

    Yo tenía una vicuña / que se me fue para el cerro,

    y la busqué con la luna / y la busqué con el perro…

    Y ahí se cortaba. Casiano probaba un verso y otro. Ninguno cerraba. Rimaba con perro, claro, pero rimar no alcanzaba. Ceferino jamás había dejado una copla que alcanzara con rimar.

    Se vistió despacio. Se puso el sombrero negro, el poncho de lana gruesa y, en el ojal, una ramita de albahaca que Marta le prendió sin preguntar. Después bajó la caja del clavo. El parche estaba tenso y fresco, y al rozarlo con el nudillo hizo un ruido hondo, de adentro de la tierra.

    —Vamos, entonces —le dijo.

    La cuadrilla se juntaba al pie del cerro, del lado del río seco. Subieron en silencio, como se sube al mojón: los músicos con los instrumentos en la mano y los demás con los disfraces bajo el brazo. En la pirca de piedras ya había un botellón de chicha y una bolsita de coca abierta sobre una piedra plana. Abrieron el hueco con las manos. Cuando apareció la olla de barro enterrada el año anterior, alguien dejó escapar un suspiro largo y empezó la corpachada. Cigarrillos, vino, serpentina, un puñado de harina, el cerro con la boca abierta tragándoselo todo.

    Casiano se paró detrás, con la caja contra la cadera. Esperó el momento. Siempre había un momento, cuando la gente se aflojaba y alguien pedía la copla.

    —Don Casiano —dijo una voz, y una mano le tironeó el poncho.

    Era Yamila, la nieta de Marta, ocho años, con la cara ya manchada de talco y un diablito de trapo en la mano.

    —¿Qué tenés?

    —Mi abuela dice que usted tiene algo que cantar.

    —Tu abuela habla de más.

    —¿Es la de la vicuña?

    Casiano la miró. La chica le sostuvo la mirada con la seriedad de quien ya hizo un cálculo.

    —¿Cómo sabés vos de la vicuña?

    —Usted la canta bajito en la cocina. Siempre se queda en el perro. Yo le tengo la respuesta, pero no se la quería decir porque se enoja.

    —No me enojo.

    —Sí se enoja. Cuando dijo lo de la luna se enojó con el mate.

    Alguien pidió la copla. Las caras se dieron vuelta hacia el viejo. Casiano sintió que la garganta se le cerraba como un puño.

    —Decime rápido —murmuró.

    Yamila se paró en puntas de pie y se lo dijo al oído, con el aliento caliente de chicha de maní que le habían dado en la plaza. Casiano escuchó. Se quedó quieto. Después soltó una risa corta, de tos, que le sacudió el poncho.

    —Pero esto no se puede cantar —dijo.

    —Ceferino lo cantaba así.

    —Ceferino se murió.

    —Por eso —dijo la chica, y se encogió de hombros igual que el muerto, igualito, con la misma mueca—. Alguien tiene que contestarle.

    Casiano levantó la caja. Le dio el primer golpe con el palillo, grave, y el segundo, y la gente se calló, porque el ritmo del coplero viejo se conocía a ciegas. Abrió la boca. La voz salió rota, finita, tironeada, pero salió, y lo que cantó fue esto:

    Yo tenía una vicuña / que se me fue para el cerro,

    y la busqué con la luna / y la busqué con el perro,

    y la encontré cuando dejé / de buscarla, compadre Ceferino:

    estaba esperando conmigo / en el mismo camino.

    Nadie dijo nada. Se oyó el río seco, que no tenía agua pero tenía viento. Alguien se secó la cara con la manga. Alguien más tiró un puñado de papel picado, flojo, casi con vergüenza, y lo agarró una ráfaga y lo llevó cerro arriba, y ese fue el permiso: los bombos empezaron todos a la vez, y un diablito con la máscara de espejos soltó un petardo que hizo ladrar a medio pueblo.

    Casiano bajó la caja. Tenía la mano temblando y no sabía si era la edad o el resto.

    —Ni rima —dijo.

    —Ni falta que le hace —dijo Yamila, ya corriendo detrás del diablito.

    Cuando bajaron al pueblo con el muñeco en alto, Casiano iba último, golpeando la caja a su paso. Sobre la piedra del mojón, junto a la olla, quedó el vasito de chicha que alguien había servido de más. El viento lo fue vaciando de a poco, y hasta la tarde nadie se animó a levantarlo.

  • La nasa diecisiete

    El despertador sonó a las cuatro y Bruno ya estaba sentado en la cocina, con las botas puestas y el mate cebado sin apuro. Afuera el viento del oeste le sacudía la chapa del galpón. Era 31 de octubre. A la medianoche empezaba la veda del centollón y las nasas tenían que estar todas arriba, contadas y lavadas.

    Todas menos una, pensó, y se tomó el mate hasta el fondo.

    Bajó al muelle con el termo bajo el brazo. La lancha, doce metros de casco que había comprado a medias con un cuñado, olía a gasoil y a algas viejas. Mauro, el ayudante, ya la tenía lista y miraba el cielo sobre el Monte Olivia, donde las nubes venían bajas y grises, apoyadas en la nieve que todavía quedaba arriba.

    —¿Cuántas faltan? —preguntó Mauro, sin levantar la vista de la planilla.

    —Cuarenta y una en la línea de afuera. Y la diecisiete.

    —La diecisiete no está en la planilla.

    —Ya sé que no está.

    Mauro no insistió. Soltó las amarras y la lancha se separó del muelle con ese quejido de goma contra madera que Bruno conocía mejor que su propio apellido.

    Salieron por el canal con el agua negra y quieta, pesada de frío. Las gaviotas los siguieron un rato y después se aburrieron. Bruno gobernaba con una mano y con la otra sostenía el termo, y pensaba en la diecisiete, que no era una trampa cualquiera.

    La había armado su padre en el invierno del noventa y tantos, en el fondo de una casa de la calle Maipú, con aro de hierro, red de nudos hechos a mano y una boca de embudo que le llevó tres noches de maldecir. Tenía el número pintado con minio en una tablita clavada al aro. Nunca había tenido marbete. Cuando salieron las reglas nuevas, con la malla mínima de ciento treinta milímetros entre nudos para el centollón, la red de su padre quedó chica. No servía. Bruno la guardó en el galpón colgada de un clavo y compró nasas nuevas, habilitadas, con su marbete de plástico atado a cada una.

    Hasta el mes pasado. Un domingo de septiembre, dando una vuelta con Mauro, la había calado en el último cabo de la línea, un poco por capricho y otro poco por vergüenza de haberla dejado tanto tiempo colgada. La tiró afuera de la planilla, a treinta metros de la boya naranja de la cuarenta y dos. Después vino una semana de temporal y no volvió a pasar por ahí.

    Ahora las nasas legales subían una detrás de otra. El guinche chillaba, el cabo chorreaba agua helada sobre la cubierta y las jaulas aparecían llenas de espuma, de piedras, de centollones de caparazón espinoso que Mauro iba midiendo con la regla y tirando a un cajón o devolviendo al agua. Bruno trabajaba callado. A las diez y media llevaban treinta y nueve nasas arriba y dos cajones llenos.

    —Faltan dos de la línea —dijo Mauro— y después volvemos. Prefectura nos espera con la carga a bordo antes de amarrar, no podemos llegar tarde.

    —Lo sé.

    —Bruno. ¿Y la diecisiete?

    Bruno miró el agua. Ahí, treinta metros al sudeste de la cuarenta y dos, había un puntito blanco que se movía con la ola. No era naranja. Era una boya de telgopor sin pintar, atada con piola gastada.

    —Ahí está —dijo.

    Maniobró despacio. Con el bichero enganchó la piola y la pasó por la roldana. El guinche gimió más que con las otras. Mauro se acercó, sin decir nada, y los dos esperaron mirando el cabo subir, tenso, empapado, oscuro de tanto fondo.

    La nasa salió del agua con un golpe de espuma. El aro de hierro estaba cubierto de una costra de mejillones chiquitos y la red se había puesto verde y blanda. La tablita con el número aguantaba, medio comida, con el 17 todavía legible en minio. Adentro había una sola cosa. Un centollón del tamaño de una palma, con las patas dobladas, quieto.

    —Es chico —dijo Mauro.

    —Es chico —repitió Bruno.

    Lo levantó con las dos manos. El bicho abrió una pinza, despacio, como si recién entendiera dónde estaba, y Bruno lo dejó caer por la borda sin ceremonia. Se hundió en un segundo.

    Después se quedó parado un rato con la nasa de su padre sobre las rodillas, probando con el dedo los nudos. Estaban firmes. Todavía estaban firmes, después de tantos inviernos y tantas semanas de temporal. Los hilos de abajo, los del fondo, estaban doblados de otra manera, con una vuelta de más que su padre le había enseñado una sola vez, mirando para otro lado.

    —Esa no pasa la inspección —dijo Mauro con cuidado.

    —No. No pasa.

    —¿Entonces para qué la subimos?

    Bruno no contestó. Puso el termo sobre la tapa del cajón, sirvió dos mates y le pasó uno. El viento había bajado un poco. Hacia el este, por entre dos nubes, se abrió una grieta de luz fría sobre el canal y el agua se puso de un verde que duraba poco.

    A las dos y cuarto entraron al muelle, con la carga a bordo, como mandaba la norma. La inspectora los esperaba con la tablilla en la mano y el gorro bien calado por el viento. Revisó los cajones, midió tres bichos al azar, contó las nasas apiladas en cubierta. Al llegar a la última se detuvo.

    —Esta no tiene marbete —dijo.

    —Es de mi viejo. Quedó fuera de norma hace años. La subí para retirarla.

    Ella miró la malla, la tablita, a Bruno. Anotó algo y arrancó la hoja.

    —Queda decomisada para destrucción. Es el procedimiento. —Hizo una pausa y agregó, sin levantar la vista—: Los cabos y la boya no son parte de la nasa. Eso es suyo.

    Bruno asintió. Con el cuchillo cortó la piola donde estaba atada al aro, soltó la boya de telgopor y la tablita del número, y los puso sobre el cajón vacío. La nasa se la llevaron en una carretilla, con el verde del fondo goteando sobre el cemento del muelle.

    Esa noche, en la cocina, Bruno clavó la tablita en la pared, arriba de la mesa, entre el almanaque del puerto y la foto de la lancha nueva. El 17 en minio, comido por el agua, quedó torcido un poco hacia la izquierda. Se tomó un mate lavado, mirando la tablita, mientras en la calle empezaba otra vez el viento.

  • Sombra de ombú, casa 212

    La lata había contenido aceite de oliva de la fábrica de la costanera, cinco litros, con el dibujo de una rama en la tapa. Ahora tenía tierra negra hasta el borde y, en el medio, un palito con dos hojas del tamaño de una uña. Nilda la llevaba abrazada contra la panza, con las dos manos, y caminaba despacio por la vereda nueva, que todavía brillaba de cemento sin pisar.

    Era marzo de 1979 y hacía un calor de plancha. En la Nueva Federación todas las casas tenían el mismo techo de teja, el mismo número de ventana y el mismo color de pared, un rosa de cartón que dolía mirar al mediodía. No había ni un árbol. Las calles eran rectas como regla y terminaban en campo pelado, y el viento del este levantaba un polvo colorado que se metía en la sopa.

    La casa de los Ferreyra era la 212. La habían sorteado en febrero. Tenía luz, agua de red y un baño con azulejos que el abuelo Evaristo todavía no se animaba a usar.

    —¿Qué llevás ahí? —preguntó el chofer del camión de la mudanza, un correntino flaco que fumaba apoyado en la cabina.

    —Nada. Tierra.

    —Tierra tenemos de sobra, nena.

    Nilda no contestó. Subió a la vereda de la 212 y dejó la lata a la sombra de la única pared que daba sombra, la del tanque. Después se quedó mirando cómo bajaban la cama de sus padres, la heladera, el aparador con la vajilla de los domingos. Sus cosas se veían raras en esa casa tan prolija, como si las hubieran puesto en una vidriera.

    El abuelo estaba sentado en una silla de mimbre en medio del living vacío, con el sombrero puesto y las manos sobre las rodillas. Desde que habían demolido la casa vieja, la de la calle Mitre, hablaba poco. A veces decía una sola frase y se quedaba un rato largo mirando el techo.

    —Aquí no hay dónde colgar una hamaca —dijo esa tarde.

    Nilda lo entendió. En el fondo de la casa vieja había un ombú enorme, de raíces que parecían codos, y debajo de ese ombú el abuelo había tomado mate cada tarde de su vida. Decían que lo había plantado el padre de su padre. Cuando llegaron las topadoras, nadie pensó en el ombú. Se lo llevó el agua con todo lo demás, o lo que quedaba de él, porque el lago ya había empezado a subir.

    Lo que nadie sabía era lo del brote.

    Tres semanas antes, el último domingo antes de que cortaran el camino, Nilda había vuelto sola a la calle Mitre. Entre los escombros de la medianera encontró un retoño que salía de una raíz expuesta, a un metro del tronco. Lo sacó con una cuchara de sopa, con tierra y todo, y lo envolvió en un trapo de piso mojado. Desde entonces lo regaba con un jarrito, de noche, para que su madre no la retara por gastar agua en un palo.

    Ahora estaba ahí, en la lata, con sus dos hojitas, y no sabía dónde ponerlo.

    Cuando el camión se fue, salió al fondo. El terreno de la 212 era un rectángulo de tierra apisonada con una canilla en una esquina. El constructor había pasado una niveladora y no había dejado ni una piedra. Nilda caminó de punta a punta contando pasos. Eligió un lugar cerca de la medianera, donde el abuelo pudiera verlo desde la ventana de la cocina. Cavó con la misma cuchara.

    La tierra de allí era dura y amarillenta, y parecía de otro país. Cavó hasta que le ardieron las palmas. Entonces sintió una sombra encima.

    —Así no va a agarrar —dijo el abuelo.

    Estaba parado en la puerta de la cocina, con el sombrero en la mano. No había preguntado qué era. Miraba la lata como se mira a alguien que vuelve de un viaje largo.

    —Te lo iba a decir. Lo traje de la vieja.

    —Ya sé. Te vi regarlo por la ventana, todas las noches. —Se agachó con trabajo, apoyando una mano en la medianera—. El ombú no es árbol, es yuyo. Dicen. Pero es yuyo que no se muere. Lo que no aguanta es que le muevan la tierra de golpe.

    —¿Entonces?

    —Entonces no se la saques. Cavá el pozo grande y meté la lata entera con la tierra de allá, así no pierde nada. Después le cortás el fondo y que las raíces salgan solas, cuando quieran.

    Cavaron juntos hasta que se hizo de noche. Él con una pala que sacó de una caja de herramientas, ella con la cuchara. Bajaron la lata al pozo, abrieron el fondo con un cortafrío y rellenaron alrededor con la tierra dura de la 212, que el abuelo fue desmenuzando entre los dedos hasta dejarla fina. Nilda llenó el jarrito en la canilla y regó. El agua se hundió sin hacer ruido.

    Después se quedaron mirando la lata enterrada, con el palito en el medio. Se veía tan chico que daba vergüenza. A lo lejos, en la avenida, alguien ensayaba con un parlante para el acto del veinticinco de marzo, y la voz venía cortada por el viento: uno, dos, probando, uno, dos.

    —Va a tardar —dijo el abuelo.

    —Cuánto.

    —Más de lo que me queda a mí, seguro. Pero vos vas a tener esa sombra. Y tus hijos la hamaca.

    Nilda no dijo nada. Se sentó en el suelo, con la espalda contra la medianera, y el abuelo, después de dudarlo un poco, se sentó a su lado en la tierra, con las rodillas dobladas, como en el patio de la calle Mitre. Sacó el termo del bolsillo de la campera. Había traído el mate sin que nadie lo viera.

    Cebó el primero y se lo pasó a ella. Después cebó otro y, antes de tomarlo, derramó unas gotas en el pozo, junto a la lata.

    La noche cayó sobre las doscientas casas iguales. En la 212, a la luz de la luna, el retoño tenía una sombra finita sobre la tierra, apenas una raya, y esa raya se movía un poquito con el viento.

  • El tripulante de la Madre Anunciata

    A las seis y diez de la mañana, Bruno Vitale ya llevaba dos termos y ningún lobo sacado. Desde la garita de la Banquina Chica se veía el puerto entero con esa luz de junio que parece agua sucia de balde: las lanchas amarillas con el filo rojo atadas de a tres, los cajones apilados contra el galpón, las gaviotas caminando sobre el hielo derretido. Olía a gasoil, a pescado de anoche y al vapor de su propio mate.

    Era sábado. A las tres de la tarde un remolcador iba a llevarse la Madre Anunciata hasta un astillero de Quequén. La habían comprado por teléfono, sin verla. Bruno tenía orden del Consorcio de despejar la cubierta antes de que llegaran los compradores.

    En la cubierta, tirado sobre la lona de proa con el hocico apoyado en un cajón vacío, dormía un lobo marino macho, de los grandes, con la melena gastada y una cicatriz blanca en el cuello.

    —Vamos, viejo —dijo Bruno, desde el muelle, sin mucha convicción.

    El lobo abrió un ojo y lo cerró.

    Bruno conocía el procedimiento. Desde hacía un tiempo el Consorcio, junto con gente de la Universidad y de una fundación, venía corriendo a los animales de las zonas de trabajo hacia la escollera, donde se quedan los machos. Se hacía con paciencia, con paneles, con ruido medido. Él mismo había aprendido a empujar sin pegar. Con dos o tres horas, un lobo cualquiera cedía.

    Este no era un lobo cualquiera, y la lancha tampoco.

    La Madre Anunciata había sido de su padre, Ottavio, que la botó en el cuarenta y tantos, cuando el barrio Puerto todavía hablaba más dialecto que castellano. Bruno había pasado en esa cubierta todos los veranos de su adolescencia, pelando besugos con un cuchillo que le quedaba grande. Cuando Ottavio murió, la lancha pasó a su cuñado, después a un sobrino, y después a la nada: tres años amarrada, con la pintura abriéndose como piel de naranja. Nadie le dijo a Bruno que estaba en venta hasta que vio los carteles.

    Subió por la escalerilla. Los lobos huelen distinto de cerca: a pescado viejo, sí, pero también a algo más tibio, como lana mojada. El animal levantó la cabeza y le mostró los dientes sin enojo, como quien bosteza.

    —Es tu última mañana. Tenés que irte vos —dijo Bruno, y se sentó en la borda a esperar, que era la mitad del oficio.

    A las ocho llegó Mabel, la de la cantina, con dos medialunas en una bolsa.

    —¿Todavía está ahí?

    —Hace una semana que duerme en esta lancha. Antes dormía en la Stella Maris, pero la sacaron.

    —Y vos lo dejabas.

    —Yo no dejaba nada. Soy guardia, no soy portero.

    Mabel miró al lobo, miró a Bruno y le tendió una medialuna. No dijo más. En el puerto nadie decía más de lo necesario, y por eso se entendían tanto.

    A las diez volvió a intentarlo con los paneles de plástico. Los plantó en fila sobre el muelle y fue cerrando el espacio, haciendo ruido con una chapa. El lobo se levantó, con una lentitud que parecía de ceremonia, caminó hasta la proa, miró el agua gris entre la lancha y el muelle y volvió a echarse sobre el mismo cajón. Se acomodó con un resoplido. Había decidido algo.

    Bruno se secó la frente con la manga. Recordó que su padre, cuando cobraba mal la corvina, se sentaba exactamente así, sobre ese cajón de proa, y decía que el que se queda sentado tiene más tiempo para ver qué hace el mar.

    Al mediodía bajó a la garita, llamó al jefe de turno y mintió con prolijidad.

    —Hay un animal en cubierta y no se mueve. Hace falta gente especializada. No llega hasta el lunes.

    —¿Y el remolque?

    —Que lo hagan con el animal a bordo, si se animan.

    Colgó. Le temblaba un poco la mano. Nunca había mentido en veintidós años de puerto.

    Después hizo otra cosa. Fue hasta el cañaveral de la escollera donde guardaba sus cosas y volvió con un balde, un cepillo de cerda dura y un tarro de pintura amarilla que le quedaba de otra reparación. En el costado de estribor, bajo la letra A de Anunciata, había una mancha de óxido del tamaño de un plato. Se agachó en el muelle, estirando el brazo, y empezó a cepillar.

    El lobo lo miró trabajar toda la tarde, o por lo menos hasta que el sol bajó detrás de los galpones y las lanchas costeras empezaron a entrar con su cola de gaviotas. Entonces la banquina se llenó de voces, de cajones arrastrados, de hombres que gritaban precios. Una mujer se llevó dos kilos de pescadilla y le preguntó a Bruno si el lobo era de la casa.

    —Tripulante —contestó él.

    El remolcador llegó a las cuatro y media. Dos hombres de campera azul subieron a la cubierta, vieron al animal y se bajaron tan rápido como habían subido. Bruno les alcanzó un termo y no les explicó nada. Acordaron volver el lunes.

    Anocheció temprano. Bruno terminó el retoque del casco con una última pincelada, retrocedió dos pasos y miró el parche amarillo, más fuerte que el resto, nuevo sobre lo viejo, como un remiendo en una campera.

    Del otro lado del puerto, la escollera era una línea negra y se oía el rugido del resto de la colonia, el de los que sí se habían ido cuando les tocó.

    El lobo estiró el cuello y respondió, un solo bramido largo que recorrió los muelles vacíos. Después apoyó otra vez el hocico en el cajón, en el lugar donde alguna vez Ottavio Vitale había dejado la cabeza, y cerró los ojos.

    Bruno apagó la linterna. Hasta el lunes, pensó, la Madre Anunciata tenía tripulación completa.