Blog

  • Cuarenta minutos para el parral

    A la una y media de la madrugada, Aurelio Funes ya había abierto once compuertas. La doce era la que le pesaba en el bolsillo de la campera, doblada en cuatro: la boleta de turno del parral de los Cortez, cuarenta minutos, de tres y diez a tres y cincuenta, hijuela Sarmiento, Maipú.

    Era el primer riego de la temporada. Durante el invierno los canales habían quedado secos y limpios, con las barrancas peladas, y esa noche el agua bajaba de nuevo desde el río con olor a piedra mojada y a tierra que se despierta. Aurelio caminaba el borde de la acequia con la pala al hombro y la linterna apagada. Después de treinta y ocho años no necesitaba luz para saber dónde se ensanchaba el cauce ni dónde había que pisar de costado para no hundirse en el barro.

    Esa era su última noche. El lunes entraba un muchacho nuevo, con tableta y un aparato para medir caudales, y a Aurelio le habían organizado un asado en la inspección de cauce para el viernes. Él había dicho que sí a todo, porque a esa edad uno aprende a decir que sí cuando lo que quiere es otra cosa.

    Lo que quería era llegar a las tres y diez al parral de los Cortez.

    El problema era que la finca ya no era de los Cortez. La habían vendido en agosto, y en el cuadro de turnos nuevo que le dieron en la inspección, el padrón aparecía partido en catorce lotes, con una anotación a lápiz: sin cultivo, turno en suspenso. Nadie le había prohibido abrir. Nadie le había pedido que abriera. Si se quedaba en la cabecera de la hijuela con el termo y el mate, a las siete de la mañana nadie lo iba a notar.

    A las tres menos cuarto llegó a la toma. Apoyó la pala, se sentó en el cemento todavía tibio del día y cebó el mate. Del otro lado de la acequia, entre los álamos, vio una luz que se movía despacio, chiquita, como de quien no quiere que lo vean.

    —Yo te vi —dijo Aurelio, sin levantar la voz—. Salí, que no muerdo.

    Del álamo salió una nena de unos diez años, en pijama y con botas de goma, con una linterna de esas que se cargan a manivela. Se paró a tres metros, lista para correr.

    —Soy Julieta. Vivo en la casa del fondo. Mi papá compró el terreno.

    —¿Y tu papá sabe que estás acá?

    —Duerme. —Se quedó callada un rato—. Usted es el que abre el agua.

    —Soy el tomero.

    —Mi papá dice que el parral lo van a sacar en noviembre. Que viene una máquina. Dice que es una planta vieja que da poca uva.

    —Es uva criolla —dijo Aurelio—. Plantada por el abuelo de los Cortez, del año treinta y pico. Da poca, sí. Pero dulce.

    La nena apuntó la linterna al piso.

    —Entonces, ¿para qué quiere abrirle el agua si lo van a sacar?

    Aurelio no contestó enseguida. Escuchaba el agua en la compuerta de arriba, que golpeaba apenas contra la chapa. Tampoco él tenía la respuesta ordenada. Tenía otra cosa: una costumbre que le habían enseñado a los veinte años, cuando el tomero viejo, don Segundo, lo llevó de la mano a esta misma acequia y le dijo que el agua no se le pregunta a nadie, que se entrega.

    —Porque a las tres y diez le toca —dijo—. Mientras ese parral esté parado ahí, tiene cuarenta minutos que son suyos. Los papeles los cambia cualquiera. Un turno hay que cumplirlo.

    —Pero si nadie lo mira.

    —Por eso mismo.

    Julieta lo pensó con el ceño fruncido. Después cruzó la acequia por la tabla, con cuidado, y se sentó a su lado en el cemento.

    A las tres y nueve Aurelio se levantó y fue hasta la compuerta de la hijuela. Era una chapa herrumbrada con un volante de fierro que había que girar con las dos manos. La nena puso las suyas junto a las de él, sin que se lo pidiera, y empujaron juntos. El volante rechinó, cedió, y el agua entró por el cauce chico con un ruido espeso, de cosa que llevaba meses esperando.

    Caminaron detrás de ella. El agua iba adelante, marrón y brillante bajo la linterna a manivela, doblando por el surco entre las matas de pasto seco, hasta que encontró la primera hilera de cepas. Las ramas desnudas del parral formaban un techo bajo, retorcido, lleno de nudos. El agua se abrió en tres, en cuatro, en cinco hilos finos que fueron entrando de a uno en cada pie.

    —Mirá —dijo Aurelio, y era la primera vez que tuteaba a alguien en toda la noche—. Escuchá.

    Se quedaron callados. Bajo la tierra, y entre las raíces, sonaba algo parecido a un trago largo.

    A las tres y cincuenta, cuando volvió a la compuerta para cerrar, Julieta ya no lo seguía. Se había quedado de rodillas en el borde del surco con la linterna apagada, mirando cómo el último hilo de agua se hundía en el pie de la cepa más vieja.

    Aurelio giró el volante hasta que la chapa tocó el fondo. Agarró la boleta del bolsillo, la alisó contra la pierna y le anotó con la lapicera de siempre la hora de cierre. Después, en la línea de observaciones, escribió: entregado.

    Caminó de vuelta hacia el camino con la pala al hombro. Atrás, en la oscuridad, la nena seguía en el parral, y el aire olía a tierra mojada, que en Mendoza es el olor de que todavía queda tiempo.

  • El almidón de Rosa

    A las cuatro y diez Rosa Ledesma ya tenía la cocina a leña andando. Afuera el viento del oeste le daba al galpón de chapa como si pidiera permiso y no esperara respuesta. Faltaban dos horas para el primer turno de la última mañana de la esquila, y ella tenía en la mesa un paquete de papel madera con un cordel, abierto de un costado.

    Lo había mandado su hermana Nelly desde Corrientes. Tres kilos de almidón de mandioca, bien agrio, de ese que se compra en Goya y no en el supermercado. Había viajado cuarenta horas en el micro hasta San Julián y después otras dos, en la camioneta del correo, por el ripio de la ruta. En algún bache, o en la caja sin cerrar, le había entrado el agua de una escarcha derretida. El almidón se había apelmazado en terrones duros, grises en las puntas.

    Rosa metió un dedo y lo desmenuzó. Olía a lo que tenía que oler, a leche cortada y a patio. Por dentro estaba sano.

    —Vos vas a servir igual —le dijo al paquete.

    Hacía tres semanas que la comparsa andaba de estancia en estancia: Gobernador Gregores, después la costa, ahora este campo de catorce mil ovejas a unos kilómetros de Puerto San Julián. Eran dieciocho personas. Dos eran de Corrientes como ella, un mecánico de Trelew, el resto de Río Gallegos, de Santa Cruz y de Bahía Blanca. A todos les hacía cuatro comidas por día: el mate cocido con pan casero a las seis, el guiso a media mañana, el asado de capón o el puchero al mediodía y la cena. Nunca les había hecho chipá. Sabía que acá no se comía. Sabía también que era el único olor capaz de llevarla a la cocina de su madre, con el piso de tierra regado y el tacuará colgado en la puerta.

    Esa mañana, cuando se terminara la última oveja, la comparsa levantaba campamento. Ella quería que esa despedida tuviera algo suyo.

    Puso el almidón en la tabla y lo fue deshaciendo con el palote, terrón por terrón, hasta que quedó fino como harina de talco. Después lo pasó por el colador. Cuando el colador se le tapó, lo golpeó contra el borde de la mesa. Cada golpe sonaba en el galpón dormido, y por la puerta de la cocina asomó la cabeza de Matías, el playero, que tenía diecisiete años y era el único que se levantaba solo.

    —¿Qué hacés, doña?

    —Pan de mi tierra. Andá a buscarme huevos.

    —No quedan. Los hizo todos el Rolo ayer, en la tortilla.

    Rosa se quedó mirando el colador. En la alacena tenía queso de oveja que le habían regalado en el puesto, unos cuarenta gramos de anís, un trozo de grasa de pella que guardaba para las tortas fritas. Huevos, no.

    —En el gallinero del casero hay —dijo Matías—. Pero el casero duerme.

    —Entonces despertalo vos.

    El chico volvió a los diez minutos, con seis huevos tibios en la gorra y la marca de la almohada en la mejilla. Con ellos vino algo más: la mujer del casero, que se llamaba Sofía, parada en la puerta con un poncho sobre el camisón.

    —Me dijo el pibe que hacés chipá —dijo—. Mi abuela era de Paraguay. Hace cuarenta años que no lo como.

    No pidió nada más. Entró, se lavó las manos en la pileta, y se puso a rallar el queso sin que nadie se lo indicara.

    Amasaron las dos, codo con codo. La grasa, el almidón, los huevos de a uno, el queso rallado grueso y el anís machacado en el mortero. Rosa sentía en los dedos que la masa estaba demasiado seca. Era el almidón, que había perdido algo en el agua. Le agregó leche tibia, de a cucharadas, y la masa fue cediendo hasta ponerse suave y apenas pegajosa, como tenía que ser.

    A las cinco y media el horno de la cocina a leña estaba al punto. Rosa armó las bolitas, las puso en la chapa y las metió. Después se sentó un rato en el banquito, con las manos en la falda, a oír el viento y el chasquido de la leña de calafate.

    A las seis, cuando el cocinero de cualquier comparsa tiene que tocar la campana, el olor ya había salido por la chimenea. Rosa lo supo porque desde la puerta se oyeron las botas. Primero fue el Rolo, que era el prensero y desconfiaba de todo lo que no fuera carne. Después los esquiladores, uno a uno, con las manos todavía hinchadas de la tarde anterior y el cuello de la campera alzado. Se pararon alrededor de la mesa sin decir nada.

    —¿Y esto qué es? —preguntó el mecánico, el de Trelew.

    —Chipá.

    —¿Se come con qué?

    —Con el mate cocido, caliente, y con las dos manos.

    Tomó uno. Lo partió. Del medio le salió un vapor blanco que le empañó los anteojos, y todos se rieron. Lo mordió, y por un rato nadie lo oyó decir nada, hasta que dijo, con la boca llena:

    —Este le gana al pan de la Marta, y mirá que ya es decir.

    Los dos correntinos fueron los últimos en agarrar. Uno de ellos, Evaristo, el más viejo, el que esquilaba desde antes de que la esquila fuera a máquina, tomó el suyo y lo sostuvo un momento sin comer. Después le dio un mordisco y cerró los ojos. Rosa no le preguntó en qué pensaba. Sabía en qué.

    A las siete menos diez sonó el motor del galpón. Los esquiladores salieron a las mangas y los agarradores se acomodaron. Rosa empezó a juntar las tazas. En la fuente quedaban cuatro chipás, secos ya en los bordes, y ella los envolvió en un repasador para que Matías se los llevara a la playa.

    Sofía se había quedado en la puerta, con el poncho todavía puesto.

    —¿Te queda almidón? —preguntó.

    —Un puñado.

    —Dejámelo. Yo te lo devuelvo en otra masa, el año que viene.

    Rosa asintió. Fue a la alacena, tomó lo que quedaba del paquete mojado y lo volcó en un frasco de vidrio limpio, de los de dulce. Apretó la tapa, y el frasco quedó blanco bajo la luz de la ventana, con el cordel enrollado alrededor del cuello.

    Del galpón venía ya el zumbido parejo de las máquinas. En la mesa, las migas del chipá formaban una línea clara, de punta a punta, como un camino.

  • El círculo de Cacho

    La bolsa de cal pesaba veinte kilos y Cacho Benítez la arrastró por el pasto hasta el medio de la cancha como quien arrastra a un perro viejo que no quiere ir al veterinario. Eran las cinco de la tarde del sábado. Desde la Ruta 3 llegaba el ruido de los camiones, y del lado del barrio, olor a leña mojada y a algo friéndose.

    Mañana a las diez jugaban la final los de once años del club. Cuarenta chicos, madres con termos, un padre con parlante. Y la cancha seguía siendo pasto pelado con rayas de otro año, lavadas por las lluvias de octubre.

    Cacho sacó del bolsillo el piolín, un carretel de albañil, y los tres clavos que guardaba en una lata de duraznos. Después sacó los lentes. Los miró contra la luz, los limpió con la remera y se los puso. Servían igual que antes, o sea, para el gasto.

    —¿Usted marca solo?

    Era una nena sentada arriba del alambrado, con las zapatillas colgando. Tenía la camiseta del club, enorme, y un raspón en la rodilla que ya era costra vieja.

    —Siempre marqué solo.

    —¿Y cómo hace para que quede derecho?

    —Con piolín. Pero el piolín hay que tensarlo de los dos lados.

    —Entonces solo no.

    Cacho resopló. La nena bajó de un salto y caminó hacia él por el pasto, sin pedir permiso. Dijo que se llamaba Brisa, que jugaba de cuatro y que su hermano estaba en la categoría de los grandes, los que entrenaban a esa hora en la cancha de al lado, así que ella tenía un rato.

    —Agarrá esto —dijo Cacho, y le dio la punta del piolín—. Andá hasta aquella esquina y no te muevas hasta que yo te diga.

    La nena fue. Cacho clavó el primer clavo en la esquina de la derecha, junto al poste de luz, y el segundo en la otra, y tensó. El hilo vibró un segundo y quedó quieto, una línea amarilla contra el verde gastado.

    Llenó el carrito marcador, un cajón de chapa sobre dos ruedas de bicicleta que había armado Rolando Peralta en el taller de la calle Juan B. Justo hacía veintitantos años. Rolando se había ido en el 2019 y el carrito seguía derecho. Cacho lo empujó pegado al piolín. Un hilo blanco de cal salió por la ranura y se acostó sobre el pasto. Olía a yeso, a escuela, a patio de abuela.

    Fueron haciendo los costados. La nena aprendía rápido: cuando él levantaba la mano, ella corría el clavo un paso, y cuando bajaba la mano, se quedaba firme. A las seis y media estaban hechas las áreas y el arco de cada lado, y a Cacho le dolía la espalda en un punto exacto, abajo a la izquierda, donde le dolía desde 1998.

    —Falta el círculo —dijo ella.

    —Falta el círculo.

    Caminaron hasta el medio. Cacho midió con pasos contados y se agachó, o mejor dicho se fue bajando por partes. Buscó con la mano en el pasto.

    —Acá era.

    No encontraba nada. Pasó la palma por el suelo, abrió con los dedos los yuyos. La nena se puso a buscar también, de rodillas, con la cabeza casi pegada a la tierra, y fue ella la que lo encontró: un clavo grande, oxidado, hundido casi a ras, con una chapita de gaseosa aplastada encima.

    —¿Esto?

    —Eso.

    —¿Quién lo puso?

    —Yo, hace treinta años. Con Rolando. Midió él, nueve con quince de radio, que es lo que dice el reglamento. Yo clavé. Todos los años le dábamos un golpecito para que no se saliera.

    Brisa se quedó mirando el clavo y después a Cacho, y no preguntó por Rolando, que era lo que él temía. Preguntó otra cosa.

    —¿Y si lo clavamos de nuevo?

    —Ya está clavado.

    —Pero está flojo. Mire.

    Era cierto. Se movía un poco, como un diente de leche. Cacho fue hasta la bolsa de herramientas, volvió con el martillo y le pegó tres veces, despacio. El clavo hizo un ruido sordo, de tierra que acepta. Ató el piolín en la cabeza, midió nueve con quince con la cinta, que ya no le hacía falta pero la usó igual, y le tendió el otro extremo a la nena.

    —Vos lo girás. Tenso, sin aflojar. Yo voy atrás con el carrito.

    Brisa dio la vuelta caminando de costado, con el piolín tirante como una caña de pescar, y detrás de ella Cacho empujaba el carrito y la cal iba cerrando el círculo. El sol se estaba cayendo del lado de la Ruta 21 y la línea blanca se prendía de un naranja suave. Cuando las dos puntas se encontraron, la marca se juntó con su propio principio sin una sola costura, y Cacho se quedó parado, con las manos en los riñones, mirando algo que le salía bien.

    —Quedó redondo —dijo la nena.

    —Quedó.

    —Mañana lo van a pisar todos.

    —Para eso es.

    Brisa se fue a las siete menos diez, corriendo, porque el hermano ya la estaba llamando desde el alambrado. Cacho juntó los clavos, enrolló el piolín y se sentó un rato en el cajón del carrito, con los lentes en la mano.

    Al otro día a las diez, el árbitro, un pibe flaco con silbato de plástico, dejó la pelota en el medio. Brisa, que ese partido iba al banco, se había parado en la línea de afuera, justo frente a Cacho, del otro lado del círculo. Se miraron.

    Cuando sonó el silbato, el nueve de los locales pisó el clavo con el taco del botín para sacar. Nadie en el mundo sabía que estaba ahí abajo. Cacho sí, y sonrió detrás del alambrado.

  • La bolsa de las dos y diez

    El inspector golpeó dos veces la chapa del costado, como quien golpea una puerta que sabe que está abierta.

    —Estela, son las once y cuarenta y tres. Tenías que salir a las cuarenta.

    —Ya sé qué hora es, Marcelo.

    —Entonces arrancá.

    Ella no arrancó. Tenía las dos manos sobre el volante, que a esa hora de la noche estaba tibio de tanto sol de la tarde acumulado en el plástico, y los ojos puestos en el espejo grande, el que muestra la puerta del medio y un pedazo de la plaza Constitución. Pasaron una chica con auriculares, dos muchachos de la obra con las mochilas llenas de cemento seco, una señora con una bolsa de supermercado que se le rompía de a poco. Nada más. En el asiento de adelante, el que da a la ventanilla del lado de la puerta, no había nadie.

    Hacía once años que ese asiento tenía a alguien a las once y cuarenta.

    Se llamaba Ítalo Fresia y había sido panadero de noche en Barracas durante cuarenta y tres años. Eso lo supo Estela al segundo mes, cuando le preguntó por qué viajaba tanto, de Constitución hasta Escobar y de vuelta, sin bajarse nunca. Él contestó que el cuerpo se le había quedado con el horario. «A las dos de la mañana me despierto igual, Estela, aunque ya no haya horno. Prefiero que me agarre acá, sentado, con el motor, que en la cama escuchando la heladera.» Se subía con una bolsa de papel madera doblada en tres, apoyaba el boleto en el vidrio, cerraba los ojos antes de Plaza Italia y los abría justo en el puente Saavedra, como si el colectivo tuviera un despertador adentro.

    Nunca le había faltado un viaje. Ni en la semana de la nevada fea, ni cuando el 60 se desvió por la inundación de Maschwitz.

    —Estela —dijo Marcelo, ya sin golpear—. Hay gente abajo esperando para el que sigue.

    —Tres minutos.

    —No te los pago.

    —No te los pedí.

    Marcelo se miró los zapatos. Era un buen tipo, con dos hijos y un jefe que le contaba los minutos. Se alejó hacia el kiosco de la esquina, donde siempre se tomaba el cortado de las doce, y Estela se quedó sola con el ralentí y con la radio baja, que daba una cumbia vieja con interferencia.

    A los dos minutos pensó en el hijo de Ítalo, que vivía en Mar del Plata y llamaba los domingos, y en que nunca había visto una sola foto. A los dos minutos y medio pensó que un hombre de ochenta y cuatro años puede resbalarse en una escalera, y que ella no tenía su teléfono ni su dirección ni el apellido del vecino. Sabía otras cosas. Sabía que tomaba el mate cocido sin azúcar de un termo verde, que se sacaba el sombrero para dormir, que le decía «jefa» a ella y «maestro» a los choferes del turno de la mañana. Sabía que sonreía con un solo lado de la boca.

    Puso la mano en la palanca de la puerta.

    —¡Esperá! ¡Esperá, hija!

    La voz venía de lejos, medio ahogada. Por el espejo lo vio: Ítalo cruzaba la plaza a un trote corto y torcido, con el sombrero en la mano y una bolsa enorme apretada contra el pecho, y detrás de él, a media cuadra, un chico con delantal blanco gritaba algo que Estela no alcanzó a entender. Ítalo llegó a la puerta con la camisa pegada a la espalda. Subió los escalones uno por uno, agarrado del caño, y se dejó caer en su asiento sin pasar la tarjeta.

    —Pasá la tarjeta, Ítalo —dijo ella, y se dio cuenta de que le temblaba un poco la voz.

    —Pasala vos, jefa. Está en el bolsillo de la camisa.

    Ella se la sacó del bolsillo, la apoyó en la máquina, y la máquina hizo su ruido breve de siempre. Cerró la puerta. Marcelo, desde el kiosco, levantó el vaso y lo bajó sin decir nada.

    El 60 salió a las once y cuarenta y siete.

    No hablaron hasta Plaza Italia. Ítalo respiraba por la boca, despacio, y miraba por la ventanilla las vidrieras apagadas de Callao, la luz azul de una farmacia de turno, un hombre barriendo la puerta de un bar. Cuando el colectivo agarró Santa Fe, dijo, sin darse vuelta:

    —Hoy cerró la panadería de Barracas. La mía. Bueno, la que fue mía. La compró un fondo, o algo así, la van a hacer una de esas con cafecito y mesas de madera. Esta noche fue la última tanda. El pibe que me vio pasar es el último que quedó. Me guardó esto.

    Apoyó la bolsa en las rodillas y la abrió apenas. Salió un olor que le llenó el colectivo entero, de adelante hasta el fondo: manteca, grasa, azúcar quemada en el borde de la bandeja. Dos pasajeros dormidos, en los asientos de atrás, se movieron en sueños.

    —Son medialunas —dijo Ítalo—. De grasa, como se hacían. Treinta y seis. Hace como cuarenta años que nadie las pide así, pero esta noche el pibe las hizo igual. Ahora no sé qué hago con treinta y seis medialunas, jefa. Yo vivo solo y tengo el estómago de un pajarito.

    Estela miró el camino. Ya estaban entrando a la Panamericana, con los camiones de carga alineados a la derecha y las luces rojas de los acompañantes titilando adelante.

    —¿Y para qué corriste?

    —Para que se las coma alguien. Y para que esta noche, de todas las noches, no me agarrara el reloj en la cama.

    No dijo nada más. Sacó una, la envolvió en una servilleta de papel y la dejó sobre el tablero, al lado del lector de tarjetas, en un lugar donde no molestaba. Después fue pasillo abajo con la bolsa y le ofreció una a cada pasajero despierto: a la chica de los auriculares, que se sacó uno para decir gracias; a los muchachos de la obra, que comieron sin hablar con las dos manos; a la señora de la bolsa rota, que le dio un golpecito en el brazo como a un sobrino. Volvió a su asiento con la bolsa casi vacía, cerró los ojos y, en el puente Saavedra, los abrió.

    A las dos y diez, en la última parada de Escobar, Estela estacionó el coche y apagó el motor. El silencio le cayó encima como una frazada. Ítalo dormía de costado, con la cabeza apoyada en el vidrio y el sombrero sobre el pecho.

    Ella agarró la medialuna de encima del tablero. Todavía estaba tibia, o ella quiso que lo estuviera. La mordió despacio, mirando las luces de la terminal, y la grasa le dejó los dedos brillantes sobre el volante.

    —Gracias, maestro —dijo, bajito.

    Y se quedó un rato más, sin apurarse, con el colectivo parado y el olor a panadería todavía colgado del techo.

  • El la de Eusebio

    Nélida Quiroga bajó del 37 en Caseros y caminó las tres cuadras que faltaban con el estuche contra el pecho, como se lleva a un chico dormido. Había llovido a la mañana y las veredas de Parque Patricios olían a hierro mojado y a pan de la panadería de la esquina. En la calle Cátulo Castillo, entre dos galpones, una persiana levantada hasta la mitad dejaba salir una luz amarilla y un sonido finito, repetido, como de alguien que prueba una misma cuerda una y otra vez.

    Se agachó para pasar. Adentro había tres mesas de trabajo, estantes con fuelles de cartón marmolado y un ventilador parado. Un muchacho de delantal gris, con anteojos levantados sobre la frente, soplaba un peine de lengüetas diminutas con una pera de goma.

    —Buenas tardes —dijo ella—. Me dijeron que acá arreglan bandoneones.

    —Arreglamos, afinamos y a veces resucitamos. —El muchacho dejó la pera—. Soy Emmanuel. ¿Qué le pasa al suyo?

    Nélida apoyó el estuche sobre la mesa y trabó los broches con los pulgares. Adentro, sobre un paño verde gastado, estaba el instrumento: negro, con las esquinas de metal opacadas por cuarenta años de sudor de manos. En la tapa, casi borrada, se leía AA.

    —Es un Alfred Arnold —dijo Emmanuel, y bajó la voz sin darse cuenta—. ¿De qué año?

    —De 1938. Eso decía mi marido. Se lo compró a un tipo de Barracas en el cuarenta y nueve, con la plata de dos meses de sueldo en la fábrica de zapatillas. Yo me enojé tres semanas.

    —¿Y ahora?

    —Ahora no suena. Eusebio se murió en marzo y el fuelle perdió aire mucho antes. Hace años que está en el ropero. —Se acomodó la cartera en el hombro—. No quiero que lo dejen perfecto ni nada de eso. Quiero que suene una nota. Una sola. Un la, abriendo, la mano derecha.

    Emmanuel levantó el instrumento con las dos manos, lo estiró un par de centímetros y acercó la oreja. Se oyó un resoplido largo, como de globo que se desinfla.

    —El fuelle está pinchado en varios lados. Hay que desarmarlo, y eso lleva semanas.

    —Yo tengo hasta el domingo —dijo Nélida—. Ese día se cumplen seis meses y mi hijo viene de Rosario con los nietos. Quiero que lo escuchen una vez.

    El muchacho no contestó enseguida. Miró el reloj de pared, que marcaba las cinco y diez, y miró la cara de ella, que no pedía nada más.

    —Venga mañana a la tarde —dijo—. No le prometo la nota. Le prometo que lo intento.

    Esa noche Emmanuel se quedó solo en el taller. Sacó los tornillos de las tapas, uno por uno, y los fue ordenando en un platito, como le habían enseñado. Separó el fuelle del cuerpo. Con una linterna chiquita revisó los marcos de cartón y encontró lo que esperaba: el cuero de las esquinas estaba reseco y cuarteado, y en dos pliegues se veía la luz a través.

    Pero entre el cartón y la tela del último pliegue, doblado en cuatro, había un papel.

    Lo abrió con la punta de una pinza. Era el talón de una entrada a un baile, impreso en azul, con la fecha 14 de agosto de 1951 y el nombre de un club de Boedo. Del otro lado, escrito a lápiz con letra apretada, decía: “Para que no se olvide cómo suena cuando ella se ríe”.

    Emmanuel lo dejó sobre la mesa. Estuvo un rato largo sin tocar nada. Después puso la pava, cebó un mate y volvió a trabajar.

    Parchó los pliegues con cuero fino y cola tibia. Cortó cartón nuevo para un marquito. Con una lima del grosor de un cabello revisó la lengüeta del la, que estaba sucia pero entera, y la limpió hasta que brilló un poco. Cuando por fin apoyó el instrumento sobre el banco, afuera ya había empezado a clarear sobre los galpones y pasaba el primer colectivo con las luces prendidas.

    Nélida llegó a las cuatro de la tarde, con el mismo abrigo marrón. No preguntó nada. Se quedó parada frente a la mesa.

    —Todavía no está listo —dijo Emmanuel—. Le faltan semanas. Pero el la lo pude dejar.

    Le puso las correas en las manos. Ella las tomó con una torpeza de años, apoyó el instrumento en las rodillas y buscó con el pulgar derecho el botón, que todavía recordaba. Abrió despacio, sin apuro, con el codo flojo.

    Salió un la corto y un poco ronco, con aire de más, que se quebró al final. Después, sin que ella hiciera nada, el fuelle lo sostuvo un segundo más.

    —Ahí está —dijo Nélida.

    Emmanuel le alcanzó el talón de entrada, ya alisado entre dos hojas de papel de seda.

    —Estaba adentro. Es suyo.

    Ella lo leyó parada, con los labios moviéndose apenas. Se rió, primero por la nariz y después con la boca abierta, una risa corta y aguda que llenó el taller.

    Y en el fuelle, todavía abierto sobre sus rodillas, quedó un último soplo de aire que sonó a la par, una nota muy baja, como si el instrumento también se acordara.

  • El frasco de la última vagoneta

    Anacleto Brizuela engrasó los rodillos de la estación de Chilecito por última vez un martes de enero de 1927, con el sol todavía bajo detrás del Velasco y el olor a nogal verde subiendo desde las quintas. Tenía las manos negras hasta la muñeca. Sobre el banco, junto al bidón de grasa, había un frasco de vidrio con dulce de membrillo y un trapo atado con hilo sisal.

    Hacía veintidós años que alimentaba ese cable. Había visto subir rollos de soga, bolsas de harina, cajones de velas, leña, herramientas, hasta una vez un piano desarmado que nunca supo para quién era. Y había visto bajar el mineral en las vagonetas, una detrás de otra, balanceándose sobre las torres con ese chirrido parejo que él conocía mejor que la voz de su mujer.

    Esa mañana el jefe de estación había leído el papel. Se terminaba. La última vagoneta cargada salía a las siete y media, y después apagaban las calderas.

    —Hacé lo que tengas que hacer, Brizuela —le dijo—. Pero lo que no es de la empresa no sube. Son órdenes.

    Anacleto asintió y no dijo nada. Se quedó mirando el frasco.

    Arriba, en la estación de Los Bayos, a casi cuatro mil metros, estaba su compadre Ceferino Olmos. Llevaba nueve inviernos allá, con una estufa a leña y un teléfono de manivela que sonaba tres veces por día. Ceferino le había mandado a decir por línea, la semana anterior, que se quedaba hasta el final, que bajaría con la última mula cuando cerraran todo, y que lo único que extrañaría de abajo era el dulce de membrillo de Rosa, la mujer de Anacleto.

    Por eso el frasco.

    A las seis y media empezaron a cargar. Los peones iban y venían con los cajones de repuestos, los últimos que subirían a una mina que ya nadie quería abrir. Anacleto esperó a que el capataz se fuera a la caldera. Se acercó a la vagoneta que estaba en el andén, la tercera de la fila, y levantó la tapa de un cajón de clavos.

    —No lo hagas —dijo una voz detrás.

    Era Telma, la hija del telegrafista, que a los catorce años ya atendía el teléfono de la estación cuando el padre se descomponía. Tenía una trenza gruesa y una libreta donde anotaba los llamados.

    —Si el jefe lo ve, te saca la jubilación —dijo.

    —No me va a ver. Son cuatro horas hasta Los Bayos y no hay quien revise un cajón de clavos.

    —Y si se rompe.

    —Es vidrio grueso, de Rosa. Aguanta el viaje y aguanta una guerra.

    Telma lo miró un rato largo. Después tomó el frasco de las manos de Anacleto, lo envolvió en el trapo, lo acomodó entre dos bolsas de clavos y cerró la tapa con el pie, despacio, para que no sonara.

    —Yo aviso allá que va —dijo—. Si no, Ceferino lo tira con los clavos.

    A las siete y media el silbato sonó una sola vez. El cable tensó, las ruedas giraron, y la fila de vagonetas empezó a subir despacio hacia la primera torre, una atrás de otra, cada una con su sombra larga estirada sobre el cerro. Anacleto las siguió con la vista hasta que la tercera se perdió detrás de los algarrobos. Ese chirrido, que había escuchado casi toda la vida, se fue alejando como un animal que se va a dormir.

    Esperó. La estación quedó en silencio, apenas con el crujir de la chapa que se enfriaba. Rosa vino con un mate y se sentó a su lado en el banco, sin preguntar.

    A las once y media, el teléfono de la oficina sonó con la señal larga. Telma salió corriendo, descolgó, escuchó, y levantó la cabeza hacia la puerta.

    —Anacleto. Es para usted.

    Él tomó el auricular con las dos manos, todavía sucias de grasa. La línea traía mucha estática, un viento de altura que silbaba entre los cables, y detrás, muy lejos, la voz de Ceferino:

    —Compadre. Llegó un frasco entre los clavos.

    —¿Llegó entero?

    —Entero. Con el trapo y todo. Lo abrí con el cuchillo. —Hubo un silencio largo, y se oyó crujir la leña de una estufa—. Está tibio, Anacleto. Anduvo cuatro horas al sol.

    —Es el membrillo, que se hace el tonto —dijo Anacleto, y se dio cuenta de que le temblaba la voz.

    —Estoy mirando hacia abajo. Se ven las luces de Chilecito, chiquitas. Y acá no se mueve nada. Es la primera vez en nueve años que no escucho el cable.

    Anacleto cerró los ojos. Detrás de los párpados todavía veía las vagonetas subiendo, una por una, tan despacio que parecían quietas.

    —Comelo con pan, compadre —dijo—. Y bajá cuando puedas.

    Del otro lado, antes de cortar, Ceferino dijo algo que el viento se llevó. Anacleto colgó el auricular y salió al andén. Arriba, en el filo oscuro del Famatina, había una luz sola, amarilla, donde no había ninguna: la de una estufa a leña en la ventana de Los Bayos, encendida para nadie más que para él.

  • Almohada de lúpulo

    A la tercera mañana, Dalila ya no sentía los dedos. Los tenía negros de resina, pegajosos hasta la muñeca, y cada vez que se rascaba la nariz le olía la cara a pasto fermentado y a algo amargo que no terminaba de nombrar. Eran las siete y el Piltriquitrón todavía tenía una gorra de nubes. Abajo, en la chacra de Mallín Ahogado, las guías del lúpulo colgaban de los alambres como cortinas verdes de cinco metros, y los tractores ya habían empezado a bajarlas.

    Tenía dieciséis años y era su primera cosecha. Se había anotado por la plata, que era poca, y por otra cosa que no le había contado a nadie.

    —Los conos al cajón, los palos afuera —le había dicho Oscar el primer día, sin mirarla. Era el capataz, flaco, con una gorra de la cooperativa y una balanza colgada del hombro que usaba como si fuera parte del cuerpo—. Lo que se cae al suelo es del suelo. Lo que va al cajón se pesa. Y lo que se pesa se paga. Lo demás no existe.

    Dalila asintió. Después se quedó mirando el galpón del fondo, donde el secadero zumbaba día y noche. Salía de ahí un olor distinto al del campo: más redondo, más dulce, como si el lúpulo fresco fuera un grito y el seco una conversación.

    Lo que ella quería era una almohada.

    Su abuela Rosa vivía en un fondo de El Bolsón, cerca del río Quemquemtreu, y desde el invierno no dormía. Desde que murió el abuelo se acostaba a las diez, se levantaba a las dos y se quedaba en la cocina con la pava, mirando la ventana. Una vez, en marzo, Dalila la había visto dormir de golpe en el sillón. Había una sola cosa distinta ese día: una vecina, hija de colonos, le había dejado un puñado de flores secas de lúpulo en una bolsita de tela, y la bolsita estaba en el apoyabrazos.

    —Es de antes —había dicho la abuela, tapándose la boca para bostezar—. Los viejos las ponían en la almohada. Te sacan el ruido de la cabeza.

    La vecina se mudó a Bariloche. La bolsita se gastó. Y a Dalila se le ocurrió que, si iba a trabajar una semana entre esas plantas, podía volver con una almohada entera.

    El problema era la balanza.

    Los conos se cosechaban para las cervecerías, para pellets, para exportar. Todo se pesaba, todo se anotaba en una planilla que Oscar guardaba bajo la tapa de un termo. El segundo día, Dalila se metió un puñado en el bolsillo del buzo. El tercero, tres. Los apretaba contra la panza mientras trabajaba, y sentía cómo se le humedecía la tela. Por la noche los dejaba sobre la repisa del cuarto que alquilaba con otras dos chicas, y a la mañana estaban chatos, marrones en los bordes, con olor a pasto cortado y a nada más.

    —Se pudren —le dijo Yamila, la compañera de cama de arriba, sin darle mucha importancia—. Hay que secarlos con calor, Dali. Si no, es verdura.

    Al quinto día entendió que tenía razón. Y que el único lugar con calor era el secadero.

    A la hora de la siesta, cuando la cuadrilla se tiraba bajo los álamos con los termos de mate, Dalila rodeó el galpón. La puerta lateral estaba entornada. Adentro hacía un calor de panadería y el aire parecía espeso, verde, casi comestible. Los conos se amontonaban sobre una malla gigante que el aire caliente atravesaba desde abajo, a una temperatura que alguien había cuidado para que no se fuera el aroma. Dalila vio la mano de una máquina que removía lentamente la capa de arriba. Estiró el brazo, apenas, para agarrar un puñado.

    —Ese cuesta más que un mes de tu sueldo, si lo sumás —dijo una voz atrás.

    Oscar estaba en la puerta con la balanza al hombro y los ojos entornados. Dalila sintió que se le subía toda la sangre a la cara.

    —Yo… —empezó—. Estaba mirando.

    —Estabas robando. Pero sin saber, que es peor. Si te llevás conos verdes de los bolsillos, los vas a tener enmohecidos en dos días. —Se acercó, le sacó con dos dedos el puñado de la mano y lo miró contra la luz de una claraboya—. ¿Para qué los querés?

    Ella pensó en mentir. Pensó en decir que eran para una cerveza casera, para un novio inventado, para cualquier cosa. Le salió la verdad con voz de nena.

    —Para mi abuela. No duerme. Dicen que el lúpulo en la almohada ayuda. Yo pensé que, si iba a estar toda la semana acá…

    Oscar no dijo nada. Soltó los conos otra vez sobre la malla, uno por uno, como si los devolviera a un dueño. Después fue hasta un estante junto a la puerta, agarró una bolsa de tela de las que usaban para las muestras del laboratorio y la llenó, sin pesarla, hasta que quedó redonda como una pelota.

    —Esto es descarte de la prueba de humedad —dijo, y la voz le salió medio áspera—. Va a la basura. Si alguien pregunta, se la llevaste vos de la basura.

    Dalila agarró la bolsa con las dos manos. Pesaba casi nada y olía a todo el valle. Tenía la garganta cerrada.

    —Mi mujer dormía así, con eso debajo de la oreja —agregó el capataz, ya de espaldas, rumbo a la balanza—. Dos mil flores y ni una pesadilla. Volvé a la fila, que las guías no se cortan solas.

    El sábado a la noche, Dalila tomó el último colectivo hasta el centro con la bolsa sobre las rodillas. Había cosido una funda de lienzo con hilo prestado y la había rellenado a mano, flor por flor, hasta que la almohada quedó chata y crujiente, como un colchón para un pájaro.

    Su abuela abrió la puerta en camisón, con el pelo suelto. Miró la almohada. La olió. Y se la llevó contra la cara con los ojos cerrados, mucho tiempo, hasta que se le aflojaron los hombros.

    —Pasá —dijo al fin—. Hacé un mate. Voy a acostarme un ratito.

    Dalila se quedó en la cocina, con las manos todavía manchadas, escuchando el agua llegar al hervor. Cuando volvió a asomarse al cuarto, Rosa dormía de costado con la cara hundida en la almohada, y el olor del lúpulo subía hasta el techo y lo llenaba de montaña.

    Eran las diez y diez. Afuera, en alguna parte, el Quemquemtreu seguía bajando.

  • La cara del Pujllay

    La abuela Bernarda puso sobre la mesa de la cocina una bolsa de arpillera y dijo que adentro estaba todo lo que hacía falta. Era sábado de víspera, las once de la mañana, y desde la ventana se veía la Paleta del Pintor con la luz plana de febrero. Joaquín tenía doce años y las manos todavía sucias de haber ayudado a su tío con las cajas del fortín.

    —¿Todo qué? —preguntó.

    —El Pujllay. Lo cosés vos.

    Joaquín sacó de la bolsa un rollo de tela de lienzo crudo, un puñado de lana de oveja para el relleno, retazos de bayeta colorada, un par de botones negros y una aguja capotera gruesa con el hilo ya enhebrado. Todo olía a naftalina y a humo de leña. La abuela se sentó frente a él y apoyó las manos sobre el hule. Las tenía hinchadas en los nudillos. Cuarenta años había hecho ella el muñeco de la comparsa de la cuadra, y el año pasado, al enterrarlo en el mojón, lo habían dejado sin cara, porque el viento había barrido la tinta en la corpachada y nadie se acordaba de cómo era.

    —Nadie se acuerda —dijo Bernarda—, salvo yo. Y a mí no me responde el pulso.

    —Pero el desentierro es hoy.

    —A las seis. Subimos con la luz que queda.

    Joaquín miró el reloj de la cocina. Siete horas. Pensó en decirle que comprara uno hecho en Tilcara, de esos con ojos de plástico, y no lo dijo porque ella ya lo estaba mirando como si hubiera escuchado el pensamiento.

    Empezaron por el cuerpo. Ella no tocaba nada, pero señalaba: la costura va chiquita, de atrás para adelante, no tires, que el trapo se arruga. Joaquín cortó dos rectángulos, los unió con un pespunte torcido que ella le hizo deshacer dos veces. A mediodía comieron un plato de locro frío parados junto a la hornalla. A la una el cuerpo estaba relleno, gordo y desparejo, con los brazos de distinto largo. La abuela dijo que así tenía que ser. Que un diablo parejo no asusta a nadie.

    Quedaba la cara. Joaquín la dejó para el final porque no sabía por dónde empezar, y cuando llegó el momento se dio cuenta de que Bernarda se había quedado callada, mirando la ventana.

    —¿Cómo era? —preguntó él—. El año pasado.

    —No era igual a ninguno. Nunca. Cada año es distinto porque la cara no se copia, se encuentra.

    —No entiendo.

    —Yo cosía y mientras tanto pensaba en el año que se iba. Y lo que salía salía.

    Joaquín tomó los botones. Los puso donde iban los ojos y los sacó. Los puso más juntos y los sacó. Por la ventana entraba el olor a albahaca de las macetas de la vecina, y de lejos, desde el lado del pueblo, el primer tarareo de bombos de alguien que probaba. Pensó en el año. Pensó en el verano que su papá se fue a trabajar a la zafra y volvió con una tos. Pensó en el día que se cayó la tapia del fondo con la lluvia, en la caja de zapatos donde guardaba figuritas que se mojó, en la vez que se perdió en la quebrada de Purmamarca y lo encontró un arriero. Mientras pensaba, cosió. La boca le salió ancha y torcida hacia un lado, no del todo una sonrisa. Los ojos quedaron desparejos, uno más alto. Con la bayeta colorada le hizo dos cuernos cortos, y con un retazo, una lengua.

    Cuando terminó eran las cuatro y media. Lo apoyó contra la botella de aceite, a la vista.

    La abuela lo miró un rato largo sin decir nada. Después estiró una mano, despacio, y le acomodó un cuerno que había quedado de costado.

    —Se parece a tu papá cuando se ríe de mala gana —dijo.

    —No quise.

    —Por eso se parece.

    A las seis menos cuarto salieron. La comparsa ya estaba reunida al pie del cerro, cuarenta personas en silencio, los músicos con los instrumentos bajo el brazo y los enmascarados con los disfraces dobladitos, como manda la costumbre. Subieron por el sendero entre cardones, con la tierra seca crujiendo bajo las zapatillas. Joaquín llevaba el muñeco envuelto en un poncho, apretado contra el pecho. Arriba, el tío Ramiro y dos hombres más desarmaron el mojón piedra por piedra y cavaron hasta que apareció la olla de barro enterrada un año atrás. Alguien hizo la corpachada: coca, cigarrillos, un chorro de vino, serpentina, harina. Cada uno pasó por el hueco a dejar lo suyo. Bernarda se acercó apoyada en el brazo de Joaquín y volcó un poco de chicha de maní, lo único que no temblaba en su mano.

    Alguien encendió un churqui, y el cardón seco prendió con un crujido que iluminó las caras ya medio transformadas. El tío Ramiro se puso la máscara de diablo y tronó la primera bomba de estruendo. Los gritos le contestaron desde todos lados.

    Entonces miró a Joaquín. Él desenvolvió el poncho y levantó el muñeco con las dos manos, bien alto, con su cara torcida y sus ojos desparejos. Hubo un segundo de silencio. Alguien dijo, bajito, que ese sí que era un Pujllay.

    Los bombos arrancaron. La comparsa empezó a bajar hacia el pueblo con el carnavalito, tirando talco, repartiendo ramitas de albahaca, y Joaquín bajó al frente con el muñeco en alto. Atrás, apoyada en el brazo de su hijo, la abuela Bernarda caminaba despacio, mirando el cerro que se oscurecía, y por primera vez en cuarenta años no llevaba nada en las manos.

  • La antena de Oyarzún

    A las diez y cuarto de la mañana, con el sol recién asomado detrás de los cerros y la escarcha todavía pegada a los techos de chapa, Nené Oyarzún subió la escalera de mano de la sociedad de fomento con una caja de herramientas en una mano y un termo en la otra. Era domingo, 29 de junio de 1986. El partido empezaba a las tres.

    Nené tenía sesenta y un años, había nacido en Punta Arenas y hacía treinta y cuatro que arreglaba televisores, radios y calefones en Ushuaia, casi siempre con las mismas cuatro herramientas. Nadie en el barrio le discutía el oficio. Pero esa mañana el televisor del salón, un Philco blanco y negro que la comisión había pagado en cuotas, mostraba solamente nieve. Y en el salón ya había treinta y siete sillas ordenadas, un cartel escrito a mano que decía “Hoy se grita” y una olla de lentejas que doña Berta había puesto al fuego desde las ocho.

    —¿Qué tiene? —preguntó Berta desde abajo, con la cuchara en alto.

    —Imagen no tiene. Sonido sí. Escuchá.

    Del parlante salía una voz lejana, mezclada con un zumbido, que leía un aviso de la cooperativa. Nené revisó la antena de arriba: el mástil estaba derecho, el cable sano. Bajó, abrió la parte de atrás del aparato, olió el polvo quemado de adentro y encontró enseguida lo que buscaba. Un transistor del sintonizador estaba negro, con la patita partida.

    —Se fue el de la sintonía —dijo—. Necesito uno igual. Un AF-algo, de los viejos.

    —¿Y dónde se consigue eso un domingo?

    Nené se limpió las manos con un trapo y no contestó. Los dos sabían la respuesta. Hacía once años que Nené no le hablaba a Evaristo Cárdenas, el dueño de la casa de repuestos de la calle Maipú, desde el día en que Evaristo le dijo delante de un cliente que su taller era “un cajón de recuerdos”. Nené había contestado que a lo mejor, pero que los recuerdos de él, al menos, andaban. Después de eso cada uno se fue por su vereda.

    —Voy a ver si en casa me quedó algo —dijo.

    No le quedaba nada. Revolvió cuarenta minutos entre cajas de zapatos llenas de tuercas, tubos, perillas y un reloj sin agujas, y encontró dos transistores que no servían y una foto de su madre en el puerto de Punta Arenas con un pañuelo atado bajo el mentón. Se quedó mirándola un rato. Después guardó la foto en el bolsillo de la campera, como hacía siempre que iba a hacer algo que le costaba.

    La casa de repuestos tenía la persiana baja a medias. Adentro se oía una radio. Nené golpeó el vidrio con los nudillos y Evaristo apareció desde el fondo, flaco, con anteojos pegados con cinta y un jarrito de mate.

    —Mirá quién viene —dijo.

    —Necesito un transistor para un Philco del sesenta y pico. Se me quemó el del sintonizador.

    —¿Para el de la fomento?

    —Para el de la fomento.

    Evaristo se quedó callado. Del otro lado de la ventana pasó un camión de la Municipalidad con la caja llena de leña. Adentro, la radio dijo que ya estaban entrando los equipos a la cancha, y un coro lejano cantaba en un idioma que no era el de ninguno de los dos.

    —Tengo uno —dijo por fin Evaristo—. Uno solo. Lo guardaba para un cliente de Río Grande que nunca vino.

    Fue al fondo, volvió con una bolsita de papel de estraza y la puso sobre el mostrador. Nené sacó la billetera. Evaristo levantó la mano.

    —Guardá eso. Pero con una condición. —Señaló el techo con el mentón—. Mi antena también se cayó con el viento del jueves. Yo no puedo subir con la rodilla así. Si lo arreglás, me hacés un lugar en el salón.

    —Hay treinta y siete sillas.

    —Mirá qué bien. Con mi silla son treinta y ocho.

    Nené miró la bolsita, miró a Evaristo, y pensó en algo que su madre decía de los inviernos del sur: que se pasan mejor si uno aprende a pedir fuego. Asintió una sola vez.

    Le llevó veinte minutos enderezar el mástil de Evaristo, atarlo con alambre y reponer un tramo de cable, trabajando con los guantes de lana mientras el viento le tiraba de la campera. Después fue corriendo a la fomento. A la una y media soldó la patita nueva con el soldador que le pasó una vecina. A las dos menos diez giró la perilla, y en la pantalla, entre rayas grises, apareció de golpe una cancha verde bajo un cielo azul que parecía de otro planeta.

    Berta aplaudió con la cuchara. Los chicos que esperaban en la puerta entraron como una corriente de aire.

    A las tres menos cuarto el salón estaba lleno, con olor a lentejas, a lana mojada y a estufa a leña. Evaristo llegó con su silla plegable bajo el brazo y se sentó al fondo. Nené se quedó parado junto a la puerta, con el termo, porque había prometido subir otra vez al techo si el viento movía la antena.

    Y la movió. Hacia el final, con el partido empatado y el salón entero agarrado de las sillas, la imagen empezó a nevar. Nené no dijo nada: trepó por la escalera de mano en dos tiempos, se agarró del mástil con los dos brazos y lo sostuvo contra el viento. Desde allá arriba, con la mejilla pegada al metal frío, no veía nada. Solo escuchaba, por el caño de la estufa, cómo la sala contenía la respiración.

    Entonces el techo vibró bajo sus botas. Un grito subió desde adentro, redondo, interminable, y atravesó la chapa, las paredes y la calle. Le llegó también desde las otras casas, de a una, como luces que se prenden en cadena. Nené sintió la vibración del mástil en las costillas y se rió solo, con la cara contra el aluminio y la foto de su madre apretada en el bolsillo, sin soltar la antena.

    Abajo, en el fondo del salón, un hombre flaco con anteojos pegados con cinta levantaba una silla plegable por encima de la cabeza.

  • El casete de la brama

    La mujer subió al Fiat Siena de Efraín Cabrera con una mochila en la falda y un grabador chato, de los de teclas cuadradas, abrazado contra el pecho como si fuera un bebé.

    —A Parque Luro —dijo—. Tengo que estar antes de que se ponga el sol.

    —Son treinta y cinco kilómetros por la ruta 35. Con el sol a las siete y cuarto, llegamos de sobra.

    —Mejor que de sobra.

    Efraín tenía sesenta y un años, veintidós de remís y un termo que no se despegaba del apoyabrazos. En la terminal de Santa Rosa la había visto bajar del micro de Retiro, la última del pasaje, desorientada como quien llega a un lugar que conoce solo de oídas. Se llamaba Verónica. Eso fue lo único que dijo en los primeros diez kilómetros.

    Salieron de la ciudad con la tarde de abril ya inclinada. Por la ventanilla pasaba el campo bajo, amarillo, con alambrados torcidos y algún molino sin aspas. Después empezaron a aparecer los caldenes, retorcidos, bajos, con esa copa chata que parece peinada por el viento. Verónica los miraba como si tuvieran que ser distintos.

    —¿Usted va seguido? —preguntó por fin.

    —Llevo gente todo el año. En marzo y abril es lo más pedido. La brama.

    —Mi viejo decía eso. La brama.

    Efraín esperó. En la ruta, esperar es un oficio.

    —Vino en el ochenta y nueve, con un amigo —siguió ella—. Era electricista, de Villa Devoto. Nunca había grabado nada en su vida, pero compró este grabador para traer el sonido. Decía que había que escucharlo una vez para entender que los ciervos no son de acá y sin embargo ya son de acá.

    Apretó una tecla. Del parlante salió un siseo largo, un roce de pasto contra el micrófono, una tos de hombre. Y después nada. Verónica cortó.

    —Eso es todo lo que hay. Doce minutos de ruido. Mi viejo se murió en julio y yo encontré el casete en un cajón, con una etiqueta que decía “Luro, abril”. Quiero ponerlo en el mismo lugar donde lo grabó y dejarlo sonar.

    —¿Y qué esperás que pase?

    —No sé. Que conteste algo.

    Efraín no se rio. Miró por el espejo la cara de ella, tensa, y vio que era la de alguien que ya se había reído de sí misma durante todo el viaje.

    A la altura de la entrada apareció a lo lejos el edificio blanco, con los techos verdes, hundido en el mar de caldenes, junto a la laguna salada. Efraín bajó la ventanilla y entró el olor a tierra seca y a hoja de jarilla.

    En la portería, un guardaparque de campera naranja les explicó que la visita de la brama era guiada, con reserva, y que el último grupo ya había salido hacía veinte minutos. Verónica sacó el celular, buscó un mail, se lo mostró. Tenía el lugar anotado a nombre de ella, pero para las seis y media. Había llegado antes, y el grupo se había adelantado por la luz.

    —Hacemos así —dijo el guardaparque, mirando el reloj—. Los alcanzo. Pero tienen que ir pegados a mí y no se puede poner música en el monte.

    —No es música.

    —Mejor todavía.

    Efraín no tenía reserva, ni intención de caminar. Pero cuando vio que Verónica se colgaba la mochila y le temblaba una mano, dejó el termo en el auto y los siguió.

    Caminaron por un sendero de arena fina, entre caldenes que tenían las ramas llenas de espinas y de silencio. El guardaparque hablaba bajo. Les mostró un rascadero, una huella, un charco de agua barrosa con marcas de pezuñas. El aire se enfriaba rápido. Cada tanto, a lo lejos, algo crujía.

    Alcanzaron al grupo en un claro, doce personas con binoculares, callados, mirando hacia el bajo donde empezaba a juntarse una bruma finita. El sol era una brasa del otro lado del monte.

    Y entonces llegó el primero. Un bramido ronco, largo, que no parecía de un animal sino de la tierra misma abriéndose un poquito. Efraín lo había escuchado cien veces y le volvió a pasar lo de siempre: se le erizó la nuca. Otro respondió desde la izquierda, más agudo, más furioso. Luego un tercero, lejos.

    Verónica se había quedado quieta. Con el grabador contra la panza, sin apretar nada. Efraín la vio mirar el aparato, mirar al guardaparque, que le hizo un gesto con la cabeza apenas, un permiso que no figuraba en ningún reglamento.

    Ella apretó la tecla.

    El siseo del casete se mezcló con el monte. La tos del padre, el roce del pasto, el silencio de treinta y siete años atrás. Y en medio de ese silencio grabado, inesperado, nítido, el bramido de un ciervo viejo. Más ronco que los de hoy. Más cansado.

    Un macho, del otro lado del bajo, contestó.

    No era una respuesta, claro. Efraín lo sabía. Era un animal marcando territorio frente a un sonido que se parecía a otro animal. Pero Verónica se tapó la boca con la mano libre y se le llenaron los ojos, y nadie en el claro dijo nada. Doce personas con binoculares bajaron los binoculares.

    El casete terminó. Ella dejó que la cinta siguiera girando en vacío hasta que el aparato se detuvo solo con un clic.

    Volvieron en la oscuridad, ya sin linterna, siguiendo la espalda naranja del guardaparque. En el estacionamiento, el cielo había cerrado en un azul pesado y se veían las luces del castillo, una sola ventana encendida.

    —Gracias —dijo Verónica, ya en el auto.

    —Yo no hice nada. Manejé.

    —Por eso.

    Arrancó. Los faros abrieron la ruta, un túnel de caldenes. A los diez kilómetros ella se quedó dormida contra la ventanilla, con el grabador apagado en el regazo.

    Efraín bajó la velocidad. Alcanzó el termo, se sirvió el último mate, ya tibio, y manejó el resto del camino a Santa Rosa sin radio, con la ventanilla apenas abierta, por si el monte tenía algo más para decir.