A las seis y diez, con el cerro todavía azul, Yanina Cruz ya tenía los dedos pegajosos de mosto. Era el cuarto día de vendimia en una finca a las afueras de Cafayate, y la tijera de podar que le había prestado su tía le había abierto una ampolla en el hueco del pulgar. Se la tapó con cinta de enmascarar y siguió.
Tenía dieciséis años y una sola idea fija desde que la cuadrilla subió a la camioneta: llenar un tacho entero antes de que Ceferino, el capataz, tocara el silbato del desayuno. Un tacho colmado, de los que se vuelcan en el camión sin que nadie los mire dos veces. Hasta ahora los suyos llegaban a tres cuartos, y Ceferino los anotaba en la libreta con un gesto que le dolía más que la ampolla.
Las plantas de torrontés daban racimos flojos, de granos amarillo verdoso, y el olor a flor y a durazno maduro se le pegaba a la ropa. Yanina cortaba, sacudía las hojas, soltaba el racimo en el balde. Cortaba. Soltaba. En la fila de al lado, doña Nélida Gómez, que levantaba uva en esa finca desde antes de que Yanina naciera, llenaba el suyo sin apuro y hablando sola, con un sombrero de paja del que colgaba un hilo.
—Vos cortás con el brazo —dijo sin mirarla—. Cortá con los ojos. Fijate primero dónde está el rabito y después abrí la tijera.
—Si miro, pierdo tiempo.
—Si no mirás, cortás hojas. Y las hojas no pagan.
Yanina bufó, pero la vez siguiente miró. Fue un segundo. El racimo cayó entero, sin una hoja, sin un grano reventado, y el balde sonó distinto, más lleno.
A las nueve el sol pegaba derecho sobre los cerros colorados de enfrente y el aire seco le raspaba la garganta. Su tacho iba por la mitad. Faltaba una hora para el silbato. Entonces doña Nélida levantó la cabeza y se quedó quieta, como un perro que oye algo.
—¿Qué pasa?
—Mirá para el oeste.
Detrás de la cordillera se había armado una torre de nubes gris plomo con la base casi negra. En enero había llovido dos veces, mansito, a la tarde. Esto era otra cosa.
—Eso no es lluvia —dijo doña Nélida—. Eso viene con piedra.
Ceferino ya lo había visto. Corría por la calle de tierra entre las filas con la camisa abierta y el silbato en la boca, y no lo soplaba para el desayuno: tres pitidos largos y uno corto.
—¡Todos al cuadro de abajo! ¡Lo que alcancen, que lo corten! ¡Media hora y cae el granizo!
La cuadrilla se desparramó con los baldes en alto. Yanina se quedó parada entre su tacho a medias y la fila sin cortar, haciendo la cuenta que más le importaba: con veinte racimos más, llegaba al borde. Veinte. Los ojos, pensó. Cortó seis en menos de un minuto.
Un golpe seco la hizo girar. Doña Nélida estaba sentada en el suelo, con una mano en la rodilla y el sombrero rodando entre las plantas. Su tacho, colmado hasta el borde, había quedado de costado, y la uva se le salía por la boca del balde.
—Andá, nena —dijo—. Es la rodilla, que me avisa antes que el cielo. Andá a cortar lo tuyo.
Yanina miró el tacho de la mujer, lleno. Miró el suyo, a la mitad. Del oeste vino un viento frío que levantó una cortina de tierra colorada y movió todas las hojas a la vez, con un ruido de papel.
No se acordó después de haberlo decidido. Volcó su media carga encima de la de doña Nélida, enderezó el tacho, se lo cargó al hombro con un grito que no supo de dónde salió, y con la otra mano sostuvo a la mujer por la cintura. Caminaron así, torcidas, por la calle de tierra, entre los últimos que corrían hacia el galpón.
—Dejame el tacho y corré —repetía doña Nélida.
—Calláte y caminá.
Llegaron cuando caían las primeras piedras, gordas como garbanzos, que rebotaban en la chapa del galpón y en el techo del camión. Ceferino las esperaba con la libreta bajo el brazo y la cara mojada. Yanina dejó el tacho en la balanza, pegado a la uva más amarilla que había visto en su vida, y se apoyó contra un poste a respirar.
—Ciento cuatro —dijo Ceferino, leyendo la aguja. Pasó la lengua por el lápiz y escribió. Después, sin levantar la vista, dio vuelta la libreta para que ella pudiera leer.
Había una sola línea, con dos nombres: N. Gómez y Y. Cruz. Un tacho.
Afuera el granizo cubrió la tierra de blanco, y por la puerta abierta del galpón entraba un olor a piedra mojada y a uva. Yanina se miró la ampolla. La cinta se había soltado, y no le dolía nada.