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  • Antes del granizo

    A las seis y diez, con el cerro todavía azul, Yanina Cruz ya tenía los dedos pegajosos de mosto. Era el cuarto día de vendimia en una finca a las afueras de Cafayate, y la tijera de podar que le había prestado su tía le había abierto una ampolla en el hueco del pulgar. Se la tapó con cinta de enmascarar y siguió.

    Tenía dieciséis años y una sola idea fija desde que la cuadrilla subió a la camioneta: llenar un tacho entero antes de que Ceferino, el capataz, tocara el silbato del desayuno. Un tacho colmado, de los que se vuelcan en el camión sin que nadie los mire dos veces. Hasta ahora los suyos llegaban a tres cuartos, y Ceferino los anotaba en la libreta con un gesto que le dolía más que la ampolla.

    Las plantas de torrontés daban racimos flojos, de granos amarillo verdoso, y el olor a flor y a durazno maduro se le pegaba a la ropa. Yanina cortaba, sacudía las hojas, soltaba el racimo en el balde. Cortaba. Soltaba. En la fila de al lado, doña Nélida Gómez, que levantaba uva en esa finca desde antes de que Yanina naciera, llenaba el suyo sin apuro y hablando sola, con un sombrero de paja del que colgaba un hilo.

    —Vos cortás con el brazo —dijo sin mirarla—. Cortá con los ojos. Fijate primero dónde está el rabito y después abrí la tijera.

    —Si miro, pierdo tiempo.

    —Si no mirás, cortás hojas. Y las hojas no pagan.

    Yanina bufó, pero la vez siguiente miró. Fue un segundo. El racimo cayó entero, sin una hoja, sin un grano reventado, y el balde sonó distinto, más lleno.

    A las nueve el sol pegaba derecho sobre los cerros colorados de enfrente y el aire seco le raspaba la garganta. Su tacho iba por la mitad. Faltaba una hora para el silbato. Entonces doña Nélida levantó la cabeza y se quedó quieta, como un perro que oye algo.

    —¿Qué pasa?

    —Mirá para el oeste.

    Detrás de la cordillera se había armado una torre de nubes gris plomo con la base casi negra. En enero había llovido dos veces, mansito, a la tarde. Esto era otra cosa.

    —Eso no es lluvia —dijo doña Nélida—. Eso viene con piedra.

    Ceferino ya lo había visto. Corría por la calle de tierra entre las filas con la camisa abierta y el silbato en la boca, y no lo soplaba para el desayuno: tres pitidos largos y uno corto.

    —¡Todos al cuadro de abajo! ¡Lo que alcancen, que lo corten! ¡Media hora y cae el granizo!

    La cuadrilla se desparramó con los baldes en alto. Yanina se quedó parada entre su tacho a medias y la fila sin cortar, haciendo la cuenta que más le importaba: con veinte racimos más, llegaba al borde. Veinte. Los ojos, pensó. Cortó seis en menos de un minuto.

    Un golpe seco la hizo girar. Doña Nélida estaba sentada en el suelo, con una mano en la rodilla y el sombrero rodando entre las plantas. Su tacho, colmado hasta el borde, había quedado de costado, y la uva se le salía por la boca del balde.

    —Andá, nena —dijo—. Es la rodilla, que me avisa antes que el cielo. Andá a cortar lo tuyo.

    Yanina miró el tacho de la mujer, lleno. Miró el suyo, a la mitad. Del oeste vino un viento frío que levantó una cortina de tierra colorada y movió todas las hojas a la vez, con un ruido de papel.

    No se acordó después de haberlo decidido. Volcó su media carga encima de la de doña Nélida, enderezó el tacho, se lo cargó al hombro con un grito que no supo de dónde salió, y con la otra mano sostuvo a la mujer por la cintura. Caminaron así, torcidas, por la calle de tierra, entre los últimos que corrían hacia el galpón.

    —Dejame el tacho y corré —repetía doña Nélida.

    —Calláte y caminá.

    Llegaron cuando caían las primeras piedras, gordas como garbanzos, que rebotaban en la chapa del galpón y en el techo del camión. Ceferino las esperaba con la libreta bajo el brazo y la cara mojada. Yanina dejó el tacho en la balanza, pegado a la uva más amarilla que había visto en su vida, y se apoyó contra un poste a respirar.

    —Ciento cuatro —dijo Ceferino, leyendo la aguja. Pasó la lengua por el lápiz y escribió. Después, sin levantar la vista, dio vuelta la libreta para que ella pudiera leer.

    Había una sola línea, con dos nombres: N. Gómez y Y. Cruz. Un tacho.

    Afuera el granizo cubrió la tierra de blanco, y por la puerta abierta del galpón entraba un olor a piedra mojada y a uva. Yanina se miró la ampolla. La cinta se había soltado, y no le dolía nada.

  • La campanilla del Hotel Edén

    El agua se había ido de la calle San Martín hacía cinco años, pero seguía en todo: en el olor a pescado viejo, en la costra blanca de sal sobre los cordones y en el barro cuarteado que crujía bajo las zapatillas de Aldo Cabral como galleta pisada.

    Era septiembre de 1992 y todavía hacía frío a las siete de la mañana. Aldo caminaba con una campera de lona que le quedaba grande y una linterna que no necesitaba. Detrás venía su nieto Lucas, de nueve años, con la mochila del colegio y cara de haber sido arrancado de la cama.

    —Abuelo, hay un cartel —dijo Lucas.

    —Ya lo vi.

    El cartel colgaba de un alambre, frente a lo que había sido el Hotel Edén: «Peligro. Demolición programada. Prohibido el paso». Más allá, bajo el cielo sin una nube, esperaba el esqueleto de tres pisos con las ventanas abiertas como bocas. Alguien había dejado una cinta de plástico atada entre dos postes. Aldo la levantó con dos dedos y pasó agachado, y Lucas pasó por abajo sin agacharse.

    —¿Vas a robar algo? —preguntó el chico.

    —Voy a buscar algo que es mío.

    No era del todo cierto. La campanilla de la recepción era del hotel, y el hotel había sido de la familia Roldán, que se fue a Córdoba en el setenta y ocho con dos valijas y no volvió a escribir. Pero Aldo la había golpeado con la palma de la mano más de cuarenta mil veces. Eso, en algún sitio, tenía que contar.

    Habían sido veintidós años de sereno. Entraba a las once de la noche y a las seis de la mañana les abría la puerta a los pescadores de pejerrey, que salían a la laguna con termos y gorros de lana. Les cebaba el primer mate a los que no tenían quién se lo cebara. Conocía cada ronquido del segundo piso. Sabía qué señora bajaba a las tres a mirar el agua porque no podía dormir, y qué viajante de comercio pedía la llave del catorce aunque tuviera la del doce, porque el catorce tenía la ventana al este.

    Después la laguna empezó a subir, diez centímetros por semana, sin apuro, como alguien que sabe que llega igual. Primero les mojó la vereda. Después el hall. Aldo subió la campanilla del mostrador a la repisa de arriba, después a la de más arriba, y el día que el agua le llegó a las rodillas la dejó sobre el casillero de las llaves, donde todavía estaba si nadie se la había llevado.

    Entraron por el costado, donde ya no quedaba puerta. El piso del hall era un mapa de grietas. En las paredes, la línea de la crecida marcaba una raya parda a la altura del pecho, y por encima de esa raya el empapelado de rombos verdes seguía casi intacto, con sus flores desteñidas.

    —Mirá, abuelo, hay una gaviota adentro.

    —Es un chorlito. Dejala.

    El mostrador de madera se había hinchado y abierto como un libro mojado. Aldo apoyó la mano en él y la retiró. Estaba frío y áspero de sal. Del otro lado, el casillero de las llaves colgaba torcido, con los ganchos vacíos, menos uno. El catorce.

    La llave no estaba, pero en el estante de arriba, entre un pedazo de yeso y un nido de barro seco, había un brillo opaco.

    Aldo se subió a un cajón de gaseosa. Le temblaban las rodillas, pero no se lo dijo a nadie. Estiró el brazo y la campanilla le cayó en la mano, verdosa de óxido, pesada como una fruta. Le sopló el polvo. Bajo la mugre, en el borde, seguía la marca de su pulgar de tantas noches.

    —¿Suena? —preguntó Lucas.

    —Antes sonaba.

    La golpeó con la palma. Hubo un ruido seco, sordo, como si el bronce hubiera tragado agua. Lo intentó de nuevo con más fuerza y salió un tintineo flaco, apenas un sonido. Aldo se quedó mirándola.

    —Hay que limpiarle el sarro por dentro —dijo Lucas, y se sacó de la mochila una botella de vinagre que le había dado su abuela para otra cosa—. La abuela dice que con vinagre se saca todo.

    —¿Vos sabías que veníamos a esto?

    —Me lo dijo la abuela. Dijo que si me contabas, tenía que traer vinagre.

    Aldo se rio, una risa corta que le dolió en el pecho. Se sentaron en el borde de la antigua escalera y entre los dos le derramaron vinagre en el interior, y Lucas frotó con un trapo de cocina hasta que el bronce empezó a amarillear, primero en un punto, después en una franja. Olía a ensalada y a mar muerto.

    A lo lejos se oyó un motor. Después otro. Camiones del Ejército, en la ruta, que venían a preparar la carga.

    —Abuelo.

    —Ya sé.

    Aldo se puso de pie con la campanilla en la mano. Fue hasta el mostrador abierto, la apoyó en el lugar exacto donde había estado veintidós años y, antes de que Lucas pudiera decir nada, le dio un golpe limpio con la palma.

    La nota salió entera. Larga, clara, con ese final que se alarga y tiembla. Cruzó el hall, subió por el hueco de la escalera, se coló por las ventanas sin vidrio y se fue hacia la laguna, que estaba lejos y quieta, gris y rosada del lado del sol. Al fondo, en el barro, un grupo de flamencos levantó la cabeza todo junto, como un solo animal.

    Nadie contestó, y Aldo se dio cuenta de que había estado esperando que alguien contestara: un «ya voy», un pasos arriba, un «buenas noches, don Aldo». Esperó un rato. Lucas esperó con él, sin hablar.

    —Ahora sí —dijo Aldo.

    Envolvió la campanilla en el trapo y se la dio al chico.

    —Metela en la mochila, entre los cuadernos. Que no se golpee.

    —¿Es tuya, entonces?

    —Es del pueblo —dijo Aldo—. Pero hoy la llevás vos.

    Salieron por donde habían entrado. En la ruta, los soldados tendían un cable. Aldo caminó sin darse vuelta, con la mano sobre el hombro de su nieto. Cuando el hotel se vino abajo, una hora después, ya estaban en la casa del barrio nuevo, tomando mate en la cocina, y la tierra tembló apenas bajo las patas de la silla.

    En la mochila, colgada del respaldo, la campanilla sonó una vez sola, por la sacudida. Aldo cerró los ojos y contestó, sin levantar la voz:

    —Buenas noches.

  • El sonido de la torta negra

    A las seis de la mañana del 28 de julio, Darío Williams ya había prendido la cocina a leña de la casa de té y todavía no sentía los dedos. Afuera, en Gaiman, la helada le había puesto una costra blanca a los álamos de la calle Tello. Adentro olía a humo de leña, a canela y a tela de repasador mojada.

    Tenía veinticuatro años y hacía tres que lavaba tazas en lo de la señora Elvira. Sabía llenar una tetera sin que se enfríe, sabía cuántas cucharadas de azúcar pide cada turista de Buenos Aires y sabía que nunca, bajo ningún concepto, se tocaba la lata verde del estante de arriba.

    Esa mañana la lata estaba sobre la mesada, abierta.

    —Sentate —dijo Elvira desde la silla junto a la hornalla, con una manta sobre las rodillas—. Hoy me ayudás con la torta.

    —¿Cuál torta?

    —La negra, Darío. ¿Cuál va a ser?

    Para el mediodía esperaban cuarenta personas por el aniversario del desembarco, y la torta negra de Elvira era lo primero que se terminaba. Hacía cincuenta años que la hacía sin balanza y sin papel. Tenía las manos hinchadas por la artrosis, los nudillos como nueces, y desde mayo no podía revolver una masa pesada. Había dicho que las nueras iban a encargarse. Las nueras vivían en Trelew, y una de ellas había probado una vez la receta y la había dado por terminada.

    —Yo no sé hacerla —dijo Darío.

    —Hace tres años que me mirás.

    —Mirar no es hacer.

    —Bueno —dijo Elvira—. Entonces empezá a hacer.

    Le fue dictando. Pasas, ciruelas, cáscara de naranja, nueces: todo en un bol grande, con un chorro de té fuerte para que la fruta se ablandara. Darío quiso medir y ella le dio un manotazo suave en la muñeca.

    —Con la mano. Hasta que el bol te diga que alcanza.

    —El bol no habla.

    —Los bols hablan. Vos escuchá.

    Escuchó. Al principio no oyó nada más que el crepitar del fuego y el viento rasguñando la chapa del galpón. Después, cuando le puso la harina, oyó otra cosa: un sonido blando, como de pasos en barro. Elvira, con los ojos cerrados, asintió.

    —Ahí. Ese es el sonido de que falta fruta.

    Agregó fruta. El sonido cambió, se hizo más espeso, y él lo reconoció aunque no habría sabido explicarlo.

    Fueron dos horas. Elvira le corrigió el pulso del batido, la cantidad de especias, el modo de enmantecar el molde con un papel doblado. A las ocho y media el horno de la casa, que era a leña y con un carácter que sólo ella entendía, estaba en su punto. Darío metió los moldes con una pala de madera y cerró la tapa de fierro. Se limpió las manos en el delantal y sintió que había hecho algo que no se podía deshacer.

    —Ahora esperamos —dijo Elvira.

    Esperaron. Llegó la chica de la mañana, Yamila, con la nariz colorada, y empezaron a poner los manteles bordados. Los cubretetera de lana de colores quedaron alineados sobre el aparador: uno rojo, uno amarillo, uno verde, de esos que tejen las mujeres del pueblo para que el té no se enfríe. A las diez entró el primer micro, y después otro, y Darío dejó de pensar en el horno.

    A las diez y veinte se acordó.

    Corrió a la cocina. Había olor a quemado. No era grave todavía, pero ahí estaba, un hilo amargo debajo del dulce. Abrió la tapa con el trapo doblado, y el aire caliente le pegó en la cara. Las tortas estaban oscuras, demasiado oscuras, con los bordes tirando a negro de verdad.

    —Se pasó —dijo con la voz rota—. Señora, se pasó. Me olvidé, yo…

    Elvira había llegado detrás, apoyada en el marco de la puerta. Miró las tortas sin decir nada. Después se acercó, tocó una con la punta del dedo, la acercó a la oreja y le dio un golpecito.

    —¿Qué te dice?

    —Que la arruiné.

    —No te pregunté qué te digo yo.

    Darío agarró un molde. Lo golpeó con la uña, despacio. El sonido era seco, hueco, y detrás había algo más, una nota baja y mojada. Cortó un borde con el cuchillo, lo probó. Amargaba arriba, pero adentro la miga estaba húmeda, de un marrón casi rojo, con la fruta entera.

    —Por dentro está bien —dijo, sorprendido.

    —Siempre está bien por dentro. Es una torta que se hizo para sobrevivir barcos y inviernos. —Elvira se rió, un ruido corto, de pájaro—. El borde se corta. Lo que importa es la lata.

    Cortó él, con el cuchillo más fino, un centímetro por lado, y las tortas quedaron más chicas pero parejas. Yamila las acomodó en las fuentes. Elvira eligió el primer trozo, lo partió en dos y le dio una mitad.

    —Probá.

    Era densa, con un gusto a especias y a algo más, a humo, que no estaba en la receta y que no se podía repetir a propósito. A las doce y cuarto, la casa estaba llena. Se oían las tazas, el chocar de las cucharitas, alguien en la mesa del fondo tarareando un himno en galés. Un hombre pidió más torta negra, y otro dijo que era la mejor que había probado, y Elvira, sentada en su rincón con la manta, no levantó la vista de la tetera.

    A la tarde, cuando se fueron los micros y el sol se hundió detrás de la chacra del vecino, Darío lavó los moldes uno por uno. Elvira se acercó con la lata verde. Adentro había una torta entera, vieja, envuelta en papel manteca.

    —Esa es del año pasado —dijo—. La guardé para ver si te animabas. Si hoy te salía mal, ibas a tener esta para servir.

    —¿Y por qué no me lo dijo?

    —Porque si lo sabías, no ibas a escuchar.

    Le puso la lata en las manos. Pesaba más de lo que parecía. Darío la sostuvo contra el pecho, tibia todavía por el calor de la cocina, y afuera el viento seguía contando álamos.

    —Ahora la guardás vos —dijo Elvira—. Y el año que viene, la abrimos juntos.

  • La guarda de Gregoria

    El agua de la olla empezaba a tomar el color de una tarde floja cuando Gregoria Bazán entendió que la cebolla no era la de siempre.

    Había hervido tres cuartos de hora. Hundió el palo de membrillo, levantó una madeja de lana de oveja y la dejó chorrear sobre el fuego. Salía amarilla, un amarillo de mate lavado, y ella necesitaba el otro, el que su madre llamaba “el de las cuatro”, ese marrón rojizo que se pone en las paredes de adobe de Londres cuando el sol ya no pega pero todavía no se fue.

    —Es la cáscara, abuela —dijo Lucio desde el banquito, sin levantar la vista de los hilos—. La que trajo el camión es de cebolla blanca.

    —Ya lo sé.

    —Yo te dije en el mercado.

    —Ya sé que me dijiste.

    Era julio y hacía un frío seco que partía los labios. En la galería, el telar criollo esperaba armado, con la urdimbre tensa y un poncho a medio hacer que Gregoria había empezado en marzo. Faltaban cuatro días para la Fiesta del Poncho en el predio de Catamarca, y el pabellón de los tejedores belichos tenía un lugar reservado con su apellido en un cartelito. Ella pensaba llenarlo con una sola pieza: un poncho de guarda atada, de esos que se tiñen por reserva, con la lista que se ve doble, como si el dibujo flotara.

    Para eso había atado el hilo. Cuarenta y cuatro vueltas de hilo de algodón, apretadas con la uña sobre la lana, tramo por tramo, en un patrón que no estaba escrito en ningún lado. Lo llevaba en los dedos desde los doce años. Lo que quedaba atado no recibía el color. Lo que quedaba libre, sí. Eso era toda la técnica, y también era imposible de explicar.

    Lucio tenía doce, justo la edad. Vivía en Córdoba con la madre, pero pasaba las vacaciones de invierno en la casa de la abuela y había aprendido a atar con una paciencia que sorprendía a todos, empezando por él. Tenía el celular apoyado contra una lata de duraznos, con un video en pausa.

    —Mirá —dijo—. Hay gente que usa anilina. Sale en diez minutos y el color es parejo.

    Gregoria no contestó. Se sacó el delantal, entró a la cocina y volvió con una cacerola de hierro que usaba para el locro. La puso en el fuego al lado de la olla.

    —¿Qué hacés?

    —Mi mamá decía que el hierro cierra el color.

    —¿Y si lo arruina?

    —Entonces lo arruino yo.

    Vació un poco del baño amarillo en la cacerola, le agregó dos puñados de cáscara que había guardado del año anterior, secos y quebradizos, de los que huelen a papel quemado, y esperó. El vapor subió con un olor dulce, a cebolla cocida y a lana mojada, que se le metió en la ropa. Metió una hebra de prueba. La sacó. Todavía era más amarilla que marrón, pero tenía algo de rojo en el borde, como un sol que asoma por la cuchilla del cerro.

    —Falta —dijo, más para sí.

    Le pidió a Lucio que fuera hasta el fondo, donde estaba el viejo tacho de la leña, a buscar un clavo. No uno nuevo. Uno oxidado, de los que se aflojaron del corral. Lucio volvió con tres, y los tiró adentro de la cacerola con un ruido que sonó a monedas.

    Esperaron. En la ruta 40 pasó un camión y la casa vibró apenas. Un perro ladró en lo de los vecinos y se calló. Gregoria miraba el agua con la misma cara con la que miraba el cielo antes de decidir si subía las ovejas.

    —Abuela —dijo Lucio, al rato—. ¿Y si no sale?

    —Sale otra cosa.

    —Pero vos querías el de las cuatro.

    Ella se secó las manos en la pollera. Le dolían los nudillos, como cada invierno. Pensó en su madre, en las manos hinchadas de su madre atando hilo bajo la misma parra, y en cómo nunca le había enseñado el color, solo la cantidad de cáscara y el tiempo, y que había que mirar.

    —Mi mamá no tenía el color de las cuatro, Lucio. Tenía el de ese día.

    Sacó la hebra de prueba. Era marrón, un marrón con calor adentro, con un fondo rojizo que se veía solamente cuando le daba la luz de costado. No era el de la memoria. Era otro, pero le pertenecía.

    Hundieron la madeja atada. Ella la movió con el palo, él contó los minutos en voz alta, y cada tanto Gregoria le hacía levantar un extremo para ver cómo iba. Cuando la sacaron, humeaba. La dejaron enfriar sobre una tabla y empezaron a cortar los hilos de las ataduras, uno por uno, con una tijera chica.

    Debajo de cada vuelta, la lana seguía crema. El dibujo apareció de a poco: una lista de rombos que se encimaban, con el borde blando, apenas movido, como si respirara.

    Lucio se quedó con la tijera en el aire.

    —Hay uno corrido —dijo, señalando.

    Era cierto. En la tercera repetición, un rombo se había desplazado un dedo hacia la izquierda. Una atadura mal puesta, o un hilo que se aflojó en la olla. Gregoria se acercó con los anteojos.

    —Es mío —dijo—. Lo até con los dedos duros.

    —¿Lo vas a rehacer?

    —No me da el tiempo. Faltan cuatro días y tengo que tejer todo el cuerpo.

    —Entonces no lo vamos a mostrar.

    Gregoria lo miró un rato largo. Después fue hasta el telar, enhebró la lanzadera con la lana recién teñida y la pasó por la urdimbre, y el golpe seco del peine sonó en toda la galería.

    —Lo vamos a mostrar —dijo—. Con el rombo corrido.

    La noche del jueves, en el pabellón del predio ferial, un hombre de Buenos Aires se detuvo frente al poncho colgado de un caño. Pasó los dedos por la lista y preguntó por qué uno de los rombos no estaba donde correspondía.

    Lucio, que estaba sentado atrás con un termo, se adelantó antes de que la abuela abriera la boca.

    —Ahí se le movió la mano a la que sabe —dijo—. Es la firma.

    Gregoria no lo corrigió. Miró el poncho, el marrón de ese día con su fondo de brasa, y el rombo torcido en el centro de la guarda, y por primera vez en cuarenta años no sintió ganas de arreglar nada.

  • La carpa ciento catorce

    El sudeste había empezado a las seis de la mañana y a las diez todavía no aflojaba. Beba Lastra bajó por la escalera de piedra de Playa Grande con el manojo de llaves en el bolsillo del piloto y la cabeza gacha, como quien camina contra una puerta. Abajo, el balneario estaba cerrado hasta noviembre. Las carpas rayadas dormían apiladas en los galpones, salvo una fila de veinte que Beba dejaba armada todo el año para ir revisando las lonas, porque la sal las pudre más por guardadas que por usadas.

    Hacía treinta y un años que era la carpera del balneario. Sabía distinguir por el ruido si un cierre de bronce iba a aguantar la temporada, y sabía, sin mirar el cuaderno, quién había alquilado cada número. La ciento catorce, la de la punta, tenía dueño. No dueño de verdad, pero era como si lo tuviera: Abel Quiroga, de Lanús, la había pagado adelantada cada enero desde 1984, y desde hacía tres temporadas nadie la había visto ocupada.

    Ese jueves de agosto, Abel Quiroga estaba parado frente a la ciento catorce.

    Beba lo reconoció de lejos por el sombrero de paño, demasiado serio para la playa. Tenía el cuello del sobretodo levantado y un termo bajo el brazo. Se había quedado quieto, mirando la lona cerrada, que el viento hinchaba y soltaba como un pulmón.

    —Señor Quiroga —dijo ella, cuando estuvo cerca—. Estamos en invierno.

    —Ya sé, señora. Perdone. Vine en el micro de las seis, desde Constitución.

    —Siete horas.

    —Siete y diez, por una obra en Dolores.

    Beba lo miró de arriba abajo. Tendría ochenta, ochenta y pico. Los zapatos tenían barro de la rambla. Le temblaba apenas la mano que sostenía el termo, y no era de frío.

    —Quería sentarme un rato en la carpa —dijo él—. Una hora, nada más. Después me tomo el micro de vuelta. Le pago el día, si hace falta.

    —No es temporada. No hay guardavidas, no hay baño, no hay nadie. Con este viento la lona se puede volar.

    —Ya sé.

    —Y el mar está picado. Si te resbalás en la escalera no hay quien te levante.

    —Me siento y no me muevo.

    Beba suspiró y el viento le llevó el suspiro. Tenía una regla escrita en la primera hoja del cuaderno, con lapicera azul, en su letra de maestra de grado: fuera de temporada, la carpa es de la carpa. Significaba que en invierno nadie entraba, ni los dueños del balneario ni los parientes de los dueños, ni los que juraban que era para sacar una foto. Las lonas descansaban, y todo lo demás tenía que esperar a noviembre.

    —¿Por qué justo hoy? —preguntó, en vez de decir que no.

    Abel levantó el termo, como si ahí estuviera la respuesta.

    —Hoy hubiera sido el cumpleaños de Nelly. Mi señora. Ella elegía el lugar. Siempre la punta, siempre la ciento catorce, porque desde ahí se ve el pico de la escollera y los lobos cuando suben a tomar sol. Decía que a esa hora los lobos parecen jubilados en una vereda.

    —¿Y en enero qué hacía?

    —Leía. Una novela por día. Yo me dormía. —Sonrió con media cara—. Cuarenta veranos así. Yo nunca vi el mar de verdad, señora. Mientras estuvo ella, yo lo vi de reojo, antes de dormirme. Hoy lo quiero ver con los ojos abiertos.

    Beba no contestó. Sacó el manojo del bolsillo, buscó la llave chica, la de la cadenita verde, y le abrió el candado a la ciento catorce. Corrió el cierre un poco y el viento se metió adentro con un ruido de sábana mojada.

    —Pase —dijo—. Y espere.

    Volvió al galpón a los tropezones. Del fondo, detrás de las garrafas, sacó dos reposeras de madera con la lona deshilachada y un cajón de pescado dado vuelta que usaba de mesa. Las cargó de a una por la arena dura, con la cabeza agachada. Cuando llegó, Abel seguía de pie, adentro de la carpa, con el sombrero en la mano.

    Armó las reposeras mirando al agua. Después enterró un poco las patas de adelante para que no se movieran con el viento, como hacía cuando había clientes difíciles. Acomodó el cajón en el medio.

    —Sentate —le dijo, y ahí se dio cuenta de que lo tuteaba—. Yo me quedo un rato, si no te jode. Alguien tiene que sostener la lona.

    Abel se sentó. Destapó el termo, que traía el café con leche todavía caliente, y sirvió dos tapitas. Afuera, el mar era un bloque gris con crestas blancas que se rompían lejos de la orilla y volvían a armarse. Más allá, en la punta de la escollera, entre la espuma, se movía algo oscuro.

    —Ahí están —dijo Beba—. Tres. Hoy son tres.

    —Jubilados —dijo Abel.

    —En una vereda —dijo ella.

    No hablaron más durante un buen rato. El viento seguía tirando de la lona y Beba, sin darse cuenta, había apoyado la mano en el parante para ayudarla a aguantar. El café le supo a canela. Abel miraba el agua sin pestañear, con los ojos muy abiertos, como si le hubieran prometido que iba a pasar algo y no quisiera perdérselo. A los cuarenta minutos, un lobo grande se zambulló desde las piedras y salió más afuera, con la cabeza lisa y brillante, y miró hacia la carpa como si supiera.

    —Mirá vos —murmuró Abel.

    A las doce y diez, él cerró el termo con cuidado. Se puso el sombrero y se lo acomodó dos veces. Le tendió la mano a Beba, que se la estrechó con la suya, ancha y áspera, de tanto tirar de cabos.

    —¿Cuánto le debo?

    —Nada. La ciento catorce está paga hasta el 2029.

    —Es verdad. —Abel se rió despacio, con el pecho—. No me acordaba.

    Lo acompañó hasta la escalera y lo miró subir, un escalón a la vez, apoyado en la baranda de hierro que la sal había vuelto rugosa. Cuando desapareció arriba, Beba volvió a la carpa y cerró el cierre hasta la mitad. Dejó las dos reposeras armadas, mirando al mar, con el cajón en el medio y las tapitas todavía tibias.

    En el cuaderno, esa noche, tachó la regla de la primera hoja con una sola raya. Abajo escribió, con la misma lapicera azul: 114, ocupada. Agosto.

    Y la lona, sola en la playa vacía, siguió inflándose y soltándose con el viento, como si adentro todavía hubiera alguien respirando.

  • Borde de tenedor

    A las cuatro de la tarde de la última jornada, Nadia Melnyk dejó la mochila del supermercado sobre una silla de la cocina de la casa ucraniana y se quedó mirando la mesada de acero. Había cuatro bandejas de varenikes de papa y ricota listos para hervir. Estaban abiertos como bocas. Cada uno había soltado el relleno por una costura y el agua de la olla de prueba tenía un color lechoso, de caldo de almidón.

    Afuera, en el Parque de las Naciones, ya sonaba el ensayo de sonido del escenario grande. Se oía un acordeón y un hombre que decía «uno, dos» en tres idiomas. La tierra colorada de los caminos estaba seca de tres días, y el aire de septiembre pesaba como una toalla mojada.

    —Nadia, ¿cuántos tenemos? —preguntó Boris desde la puerta. Era el presidente de la colectividad y llevaba el pañuelo de la comisión al cuello, torcido.

    —Ciento ochenta que sirven. Y faltan trescientos para esta noche.

    —Tu tía hacía mil por día.

    —Mi tía tiene una cadera nueva y está en Posadas con la pierna en alto. Yo hice veinte en mi vida, y eran para mi casa.

    Boris se pasó la mano por la cara y se fue sin decir nada más. Nadia entendió que no era un reproche. Era la misma cuenta que ella ya había hecho.

    Llamó a Olga. Atendió al cuarto timbre, con la voz espesa de analgésico y la televisión de fondo.

    —Se me abren —dijo Nadia—. Todos. Hago el pliegue con los dedos como me enseñaste y se abren.

    —¿Qué masa hiciste?

    —La tuya. Harina, huevo, agua tibia, una pizca de sal.

    —¿Y la crema?

    —¿Qué crema?

    Del otro lado hubo un silencio largo, de esos en los que se oye a alguien acomodarse en la cama.

    —Una cucharada, Nadia. Lo escribí en el cuaderno y me olvidé de decírtelo. Con este calor la masa sin crema no cierra. Y no la amases con bronca, que se pone dura y después no pega consigo misma.

    —No tengo crema. Se terminó anoche.

    —Entonces pedí. Acá nadie se queda sin nada en esa fiesta.

    Nadia cortó. Se secó las manos en el delantal, que todavía tenía los dobleces del cajón, y salió por la puerta trasera con un pocillo vacío. Al lado estaba la casa paraguaya, con el patio lleno de mesas largas y un fogón donde una mujer de pelo corto giraba una sopa paraguaya en una asadera de hierro. Se llamaba Cándida, o eso decía el cartel de la bolsa de harina de maíz que tenía en el hombro.

    —Perdoná —dijo Nadia—. Necesito crema. Una cucharada, nada más.

    Cándida la miró de arriba abajo, miró el pocillo y volvió a mirarla a ella.

    —¿Para qué?

    —Para que no se me abran los varenikes.

    —Ah. —La mujer apoyó la cuchara en el borde de la asadera—. Eso no es de crema. Eso es de manos. Dejame ver.

    Entraron juntas a la cocina ucraniana. Nadia amasó de nuevo con la crema que Cándida había traído de su heladera, en un frasco de dulce de leche lavado. Dejó descansar la bola tapada con un repasador. Midió media hora en el reloj del horno, que adelantaba cinco minutos. Cuando estiró la masa con el palote, la superficie quedó lisa y un poco brillante, y no se rompió.

    —Ahora el borde —dijo Cándida—. Pasale un dedo con agua, apenas. No te pases.

    —Mi tía los cierra con los dedos. Pellizca y tuerce, como un trencito.

    —Vos no tenés los dedos de tu tía. Usá el tenedor.

    Nadia dudó. En la familia, el tenedor era una trampa de principiantes. Pero apoyó los dientes en el borde de un vareniki y apretó, y la masa quedó sellada con una fila de rayitas parejas, como la huella de un neumático chiquito. Lo tiró al agua. Subió a la superficie, giró una vez sobre sí mismo y se quedó entero.

    —Mirá —dijo Cándida, sin sonreír—. Cerró.

    Trabajaron hasta las siete. Entró Boris, y detrás de él dos nietas de colonos con el cabello trenzado en corona y las zapatillas debajo de las botas rojas. Se pusieron a doblar sin hablar. A las ocho abrieron el mostrador. Afuera, la fila daba vuelta por el cartel de la casa sueca y se mezclaba con la de la casa alemana. Un chico pidió «los que se abren» y su padre lo hizo callar. Nadia sirvió con cebolla frita y crema, que ahora sobraba, porque Cándida había mandado un balde entero de la casa paraguaya sin que nadie se lo pidiera.

    A las once menos cuarto quedaban doce platos de reserva. A las once y diez, ninguno. Desde el escenario llegó el aplauso de la coronación de la reina, bajo, lejano, como lluvia sobre una chapa. Nadia apagó el fuego, destapó la última olla y pescó con la espumadera tres varenikes que se habían quedado en el fondo, deformes, con el borde de tenedor torcido por el apuro.

    Los acomodó en un plato hondo y le puso la última cucharada de crema. Se sentó en el escalón de la puerta trasera, donde el aire era un poco más fresco, y llamó a Posadas.

    —Se acabaron —dijo cuando Olga atendió.

    —¿Todos?

    —Todos. Con tenedor.

    —Qué barbaridad —dijo la tía, y se rio bajito, sin aire—. Guardame uno.

    Nadia miró el plato. Después miró la tierra colorada del patio, que la lluvia de la noche anterior había dejado marcada con huellas de zapatos de todos los tamaños, y cerró el tupper de la reserva con el pulgar hasta oír el clic.

    —Ya está guardado —dijo.

  • Una mata verde en Plaza Huincul

    La alerta por viento llegó al grupo de las maestras a las siete y diez de la mañana, con un solo mensaje y tres signos de exclamación. A las siete y cuarto ya estaba la segunda: se suspendía el acto por el aniversario del Pozo 1. Silvia Neculqueo leyó el celular parada en la cocina, con la pava en la mano, y apagó el fuego sin haber servido el mate.

    Hacía tres semanas que ensayaba con sexto grado. Veintiséis chicos, veintiséis frases cortas, una por cada uno, sobre el 29 de octubre de 1918. Después de eso, el himno y una torta de la cooperadora. Ahora la plaza iba a quedar vacía y los carteles iban a volar hasta Cutral Co.

    Se puso la campera de abajo, la que usaba para las excursiones, y metió en la mochila una carpeta con fotocopias. En la primera hoja había una frase subrayada con lápiz rojo. La había copiado de un informe de 1914, de un geólogo alemán, y la sabía de memoria: un kilómetro al norte del kilómetro 1297, en el alto de un morro, al lado de una mata verde.

    Esa frase era lo que a ella le gustaba de toda la historia. No la máquina de vapor ni la torre de madera. A un hombre le habían pedido que marcara en el mapa un lugar entre la nada y la nada, y él había señalado una planta.

    —Seño, hay clases —le dijo Maxi desde el portón de la escuela, a las ocho menos cuarto, con la capucha puesta y las dos manos en los bolsillos—. Mi mamá me mandó igual.

    Habían ido nueve. La directora los reunió en el hall y habló de quedarse adentro, de una sopa caliente, de una película. Silvia esperó a que terminara.

    —Yo me los llevo una hora —dijo—. Al pozo. Con las camperas cerradas y de la mano de a dos. Y vuelvo yo con los nueve, o no vuelvo.

    La directora la miró un rato largo. Afuera, una bolsa de nylon cruzó la calle a la altura de un techo.

    —Hasta las nueve —dijo—. Y que nadie se suelte.

    Caminaron pegados a las paredes. El viento no soplaba parejo: llegaba en golpes, empujaba por la espalda y de repente se iba, y los chicos se quedaban un segundo inclinados hacia adelante, sin nada que los sostuviera. Olía a tierra seca y a algo dulce y amargo, a jarilla. Las banderas de la YPF vieja, las de la reja del predio, sonaban como chicotes.

    Llegaron al pozo con las caras coloradas. No había nadie. La torre de hierro se veía más chica de lo que Silvia la recordaba, y el cartel de chapa con la fecha tenía un clavel de plástico atado con alambre, que el viento había dado vuelta.

    —¿Y el acto? —preguntó Camila, la más chiquita, con la bufanda hasta los ojos.

    —Este es el acto.

    Silvia sacó las fotocopias, pero el viento se las llevó en cuanto las abrió. Dos chicos corrieron detrás. Una quedó pegada a la reja, aplastada como una estampilla. Silvia la despegó, se paró de espaldas al viento y los hizo juntarse en rueda, hombro con hombro, con ella en el medio.

    —Les voy a leer una sola frase. Yo les cuento qué dice y ustedes me ayudan a encontrar lo que nombra.

    Leyó lo de la mata verde. Nadie dijo nada.

    —Pero eso fue hace más de cien años —dijo Maxi.

    —Sí.

    —Y es una planta. Una planta no dura cien años.

    —Algunas sí —dijo Silvia, aunque no estaba segura, y lo dijo igual, porque a los doce años hay que dejar que la duda trabaje un rato antes de contestarla.

    Buscaron. Se separaron en abanico, siempre a la vista, por el terreno pelado alrededor de la torre, entre piedras y pastos duros color paja. Todo era marrón, ocre, gris. Lo único que se movía era lo que el viento arrastraba. Silvia pensó en el geólogo, en cómo habría sido el mundo para que una mata verde le sirviera de referencia. Tenía que haber sido un lugar donde el verde costaba.

    A los veinte minutos, Camila gritó. No había encontrado nada: se había caído. Silvia llegó corriendo y la levantó de los sobacos. La nena tenía las rodillas peladas y la cara sin lágrimas, atenta.

    —Seño, mirá. Me caí encima.

    Era un neneo. Una bola compacta de espinas, del tamaño de una sandía grande, pegada al suelo, apretada contra el viento como un puño. Entre las espinas grises, en el centro, asomaba un verde oscuro, casi negro, lustroso. Estaba vivo. Había estado ahí todo el tiempo, a diez metros del cartel, y nadie lo había mirado porque no parecía una planta: parecía una piedra con pelos.

    Los chicos se acercaron en fila, despacio, y se agacharon alrededor sin tocarlo. Maxi se sacó un guante, estiró un dedo y lo retiró enseguida.

    —Pincha.

    —Se defiende —dijo Silvia—. Con este viento, ¿vos qué harías?

    Entonces les leyó las frases. Todas. Las veintiséis, de memoria, las que había escrito ella misma y repartido en un papelito por cabeza. No eran las mejores frases del mundo. Decían: El 29 de octubre de 1918 salió petróleo a los seiscientos tres metros. Primero hubo gas. Había una máquina que se llamaba Patria. Pero las dijo en voz alta, una por una, sin micrófono, con el viento tirándole el pelo a la boca, y los nueve chicos, que no habían ensayado nada de eso, completaban en coro el final de cada una.

    Cuando terminó, nadie aplaudió. Camila se limpió las rodillas contra el pantalón y preguntó si podían volver a la escuela antes de que se enfriara la sopa.

    Volvieron a las nueve menos diez, de a dos, de la mano. Silvia contó nueve en el portón, y después una vez más, por las dudas.

    Esa tarde, cuando el viento aflojó, pasó sola por el predio con el termo. Se sentó en el cordón, frente al cartel, y se sirvió el primer mate del día. Estaba tibio. Del neneo no se veía nada desde ahí, apenas una sombra más oscura contra la tierra. Pero ella sabía dónde estaba, y por primera vez en tres semanas no necesitó que nadie más lo supiera.

  • El pan de sal de Ofelia

    El camión de Río Cuarto llegaba a las diez, y a las seis de la mañana Ofelia Colque todavía no había cortado el primer pan. En Salinas Grandes, a más de tres mil cuatrocientos metros, el frío de la madrugada se mete por las mangas y se queda. La salina estaba blanca y dura, con esa costra que cruje como azúcar quemada, y el cielo recién empezaba a despegarse de la sierra de Chañi.

    Había treinta y ocho panes pedidos. Para el ganado, le había dicho el chofer por teléfono, la voz entrecortada por la señal: sal en pan para los campos de allá abajo, que los animales la lamen y se ponen fuertes. Treinta y ocho, ni uno más. Ofelia los tenía contados desde el lunes con piedritas en el bolsillo del delantal.

    Pero esa mañana iba a cortar treinta y nueve.

    —Abuela, ¿para qué hacés uno de más? —preguntó Yanina, que a los catorce años se había levantado con ella sin que se lo pidieran y ahora soplaba las manos paradas junto a la cantera—. Si no te lo pagan.

    —Ya vas a ver.

    Tomó el hacha. No era la que usaban ahora, con el mango de aluminio que les había dejado un proveedor. Era la de su padre, con el filo gastado en media luna y el cabo de madera oscurecido por cuarenta años de manos. Ofelia la apoyó contra la costra, marcó el rectángulo con dos golpes cortos y empezó.

    La sal se corta con paciencia. Un golpe no, tres; después se hunde la punta en la línea y se hace palanca, y el pan se levanta con un ruido seco, de puerta que se abre. Ofelia los fue sacando uno por uno, blancos, parejos, del largo de un antebrazo. Yanina los apilaba en la chata con la cara metida en la bufanda. A las ocho llevaban treinta y ocho. El sol ya pegaba sobre el salar y la luz rebotaba tan fuerte que había que mirar con los ojos casi cerrados.

    —Ese es el del pedido —dijo Ofelia, y se sentó en un cajón a masticar coca—. Ahora viene el otro.

    Cortó el último con más lentitud, y lo eligió de una zona donde la sal tenía un tono apenas celeste. Cuando lo levantó, lo limpió con la palma y lo puso aparte, sobre un poncho doblado.

    —Mi papá hacía el último viaje así —contó—. Antes de que hicieran la ruta, bajaban a la Quebrada con los burros cargados de pan, veinte, treinta animales. Se cambiaba sal por harina, por maíz, por fruta. Iban quince días entre ida y vuelta. Y siempre, antes de salir, un pan se cortaba para dejarlo en la apacheta.

    —¿Y qué se hacía con ese?

    —Nada. Se dejaba. Con coca, con un poco de alcohol, con una lana de color atada a las piedras. Era para pedir que el camino fuera bueno. —Ofelia se tocó la rodilla, que le dolía con el frío—. Yo hace veinte años que no dejo nada. Primero porque no había tiempo, después porque nadie lo hacía, después porque me daba vergüenza. Y mi papá murió y me quedé con el hacha y con esa deuda.

    Yanina miró el pan celeste. Era hermoso, pero era un pan de sal, nada más.

    —Es plata que perdés —dijo, bajito.

    —Es plata que perdí veinte años —contestó la abuela, sin enojo.

    A las nueve y media se oyó el motor. El camión subía por la ruta cincuenta y dos con la cabina cubierta de polvo y una patente de Córdoba. El chofer bajó, un hombre ancho, de bigote, con un termo bajo el brazo, y contó los panes con la lapicera en la mano. Treinta y ocho. Firmó el remito, le alcanzó un mate a Ofelia y se quedó mirando el poncho con el pan aparte.

    —¿Ese me lo olvidé de pedirlo?

    —Ese no se vende.

    El hombre asintió despacio, como quien entiende algo que no sabe explicar. Ayudó a cargar sin hacer más preguntas y, antes de arrancar, sacó de la cabina un atado de coca que le quedaba y se lo dejó a Yanina sobre el capot.

    —Por si hace falta —dijo.

    Cuando el camión se perdió en la curva, Ofelia envolvió el pan en el poncho, lo acomodó sobre el lomo del burro viejo que usaban para cargar el agua, y emprendió el camino por la ladera, hacia las piedras apiladas que se veían a un kilómetro, donde un sendero de herradura cruzaba el cerro. Yanina la siguió con la mochila y el atado de coca.

    La apacheta era un montículo de piedras de todos los tamaños, algunas con restos de lana descolorida. Ofelia bajó el pan con las dos manos y lo apoyó arriba. Después sacó la botella chica de alcohol y challó el suelo, tres gotas para cada lado. Masticó una hoja de coca, la dejó entre las piedras y le hizo a su nieta un gesto con el mentón.

    Yanina dudó. Se sacó del bolsillo el hilo rojo con el que se ataba el pelo, lo enrolló alrededor de una piedra y lo ató con doble nudo.

    Ofelia no dijo nada. Miró hacia abajo, donde la salina brillaba entera hasta el pie de las sierras, y el viento le llevó el pelo a la cara.

    Volvieron caminando atrás del burro. A mitad de la bajada, Yanina se dio vuelta y vio que sobre las piedras, contra el cielo, el pan celeste había tomado la luz de la mañana y brillaba como una lamparita encendida para alguien que todavía venía en camino.

  • La cera de Hortensia

    A las siete y diez de la mañana el termómetro de la farmacia de la esquina ya marcaba treinta y dos, y Hortensia Vallejos llevaba en la bolsa del supermercado un pan de cera de abejas, un frasco de aceite de lino, un trapo de algodón que había sido camisa de su marido y un termo con agua para el tereré. Cruzó la vereda con cuidado, esquivando las baldosas flojas, hasta quedar frente al tronco.

    Era un tronco de urunday de casi dos metros, labrado en tres pliegues que subían como una llama quieta. Lo habían hecho en un concurso de la plaza, hacía más de treinta años, un escultor flaco que dormía en el galpón de la Fundación y que se cortaba el pelo solo, con tijera de cocina. Después lo habían trasladado a esa vereda, entre un kiosco y una verdulería, y ahí se había quedado, con el sol de frente cada tarde.

    Hortensia lo tocó con la palma abierta. El urunday es madera de hierro: no se hunde, no cede, pero se abre. Y en el pliegue del medio, a la altura de su hombro, había aparecido una fisura nueva, fina como un pelo de gato.

    —Señora, no se arrime, que hoy lo intervienen.

    El que hablaba era un muchacho de remera gris con el logo del taller de restauración municipal, con un cuaderno en la mano y una cinta amarilla colgada del cuello. Tendría veintipico. Tenía la cara de quien recibió una orden y la va a cumplir sin ganas.

    —Ya sé que hoy lo intervienen —dijo Hortensia—. Por eso vine temprano.

    —¿Es familiar del artista?

    —Soy la que le vendía el tereré.

    El muchacho levantó las cejas. Hortensia se sentó en el cordón, con las rodillas crujiéndole, y sacó el termo. Le sirvió un vaso a él sin preguntar. Él dudó y lo tomó.

    —En el ochenta y ocho yo tenía treinta y cuatro años y una heladera de telgopor —dijo—. Me ponía debajo del lapacho, al lado de los escultores, con el hielo, la yerba y los limones. Este hombre trabajaba de seis a doce, y a las doce paraba porque la madera se le calentaba tanto que le quemaba las manos. Yo le llevaba el vaso y él me explicaba cosas que yo no le había preguntado. Que el urunday no se pinta. Que no se le pone nada brillante. Que lo único que le hace bien es la cera, una vez al año, antes de la época de lluvias, en caliente.

    —Hoy le vamos a poner una protección de poliuretano —dijo el muchacho, mirando el cuaderno—. Dura diez años. Es lo que dispuso el área.

    —Dura diez años y después se levanta en escamas. Lo vi en el banco de la plaza.

    El muchacho no contestó. Tomó otro trago. En el techo de la verdulería, las chicharras empezaron a gritar todas juntas, como si alguien las hubiera enchufado.

    —¿Cuánto falta para que llegue la camioneta? —preguntó Hortensia.

    —Media hora. Capaz cuarenta minutos.

    —Me alcanzan.

    No esperó permiso. Armó la cera en una latita de durazno que traía en la bolsa, la puso a baño maría sobre un calentador a alcohol, derritió el pan despacio, le sumó tres cucharadas de aceite de lino y revolvió con un palito de helado. El olor a miel quemada y a cocina de abuela le ganó a la nafta de la avenida. El muchacho se quedó mirando, con el vaso vacío en la mano.

    —Tiene que ser tibia —explicó ella—. Si está caliente se chorrea, y si está fría se hace grumo. Probala en el dorso de la mano.

    Él se acercó, dudando, y se puso un poco en la muñeca.

    —Tibia.

    —Bien. Ahora el trapo.

    Hortensia empezó por abajo, donde el tronco se hundía en el cemento. Pasaba el trapo en círculos chicos, sin apretar, y la madera, que parecía gris de lejos, se iba poniendo del color de la tierra del Chaco después de la lluvia, un colorado oscuro con venas casi negras. En la fisura del medio no frotó: apoyó la cera con el dedo, apenas, y esperó. La grieta bebió. Se la vio beber.

    —No sabía que se podía hacer así —dijo el muchacho, en voz baja.

    —No se podía hacer de otra manera. Eso es lo que me quedó de él.

    Pasó un colectivo y levantó una nube de polvo caliente. Una señora con bolsas de feria se frenó a mirar, y después siguió. El muchacho dejó el cuaderno sobre el cordón, se enjuagó las manos con el agua del termo y estiró una mano hacia el trapo. Hortensia se lo dio sin decir nada. Le mostró el movimiento una sola vez, con la muñeca suelta, y lo dejó solo con el pliegue de arriba, donde ella ya no llegaba.

    Él trabajó con la lengua apretada entre los dientes. Cada tanto se agachaba, miraba el tronco al ras de la luz y corregía. Cuando terminaron, la escultura brillaba sin brillar: tenía ese lustre apagado de las cosas que se tocan seguido.

    La camioneta del taller dobló por la esquina a las ocho y cuarto. De la cabina bajaron dos hombres con guantes y un tarro de laca. El muchacho se les adelantó, tapando con el cuerpo el tronco.

    —Esperen —dijo—. Hay que hablar con la jefa. Esto ya está tratado.

    —¿Tratado por quién?

    El muchacho miró a Hortensia. Ella ya había guardado la latita, el calentador y el palito de helado en la bolsa, y estaba enroscando la tapa del termo con las dos manos.

    —Por el taller —dijo él.

    Hortensia se levantó del cordón, sacudió la pollera y empezó a caminar hacia la parada. A los diez pasos escuchó que alguien repetía, atrás, con otra voz, “cera, dice, en caliente, una vez al año”, y no se dio vuelta. Adelante, el sol ya había trepado hasta el techo de la verdulería. Detrás, en la vereda, el urunday se dejaba calentar sin abrirse, oscuro y parejo, con la grieta cerrada como una boca que acaba de tomar agua.

  • La yegua overa de Eleuterio

    Eleuterio Cañumil entró a la radio con el sombrero en la mano y un pedazo de etiqueta de yerba doblado en cuatro. Eran las nueve y diez de la mañana en Río Gallegos, el viento sacudía el cartel de la avenida y en el hall olía a café recalentado y a estufa de kerosén.

    —Vengo por un mensaje —dijo.

    Ofelia Bustos levantó la vista del mostrador. Hacía veintidós años que recibía mensajes para el hombre de campo en pedazos de cuaderno, en boletas del almacén, una vez en la tapa de una caja de fusibles. Ya no se sorprendía por el soporte. Se sorprendía, de vez en cuando, por el contenido.

    —Dame, don.

    Eleuterio le alcanzó la etiqueta. Estaba escrita a lápiz, con letra grande y apretada, de alguien que aprendió a escribir de grande y le tiene respeto al renglón. Ofelia leyó en voz baja: «Para Anselmo Cañumil, puesto Los Tres Cerros, camino a Gobernador Gregores. La yegua overa parió. Es colorada. Que venga a verla.»

    —Está clarito —dijo Ofelia—. Lo leemos a las doce y a las siete de la tarde. Son cuarenta pesos por lectura.

    —Una sola vez.

    —¿A qué hora?

    Eleuterio miró el reloj de pared, que adelantaba, y después la ventana, donde un camión de lana pasaba a los barquinazos.

    —A las doce. Cuando él come.

    —¿Es tu hermano?

    El hombre tardó en contestar. Sacó un paquete de cigarrillos, lo miró, lo guardó otra vez.

    —Era.

    Ofelia no preguntó más. Había aprendido que a ese mostrador la gente llegaba con la mitad de la historia y se iba con la otra mitad sin contarla. Anotó el mensaje en el cuaderno de tapas duras, le puso la hora y la sigla, y le dio el recibo.

    Eleuterio se quedó parado.

    —¿Pasa algo?

    —Si la dice así, ¿él va a entender?

    —Es un aviso de yegua.

    —Claro. Pero si la dice así, él va a entender que yo… —y se calló, buscando la palabra entre las manos—. Veinte años son. Desde la muerte del viejo, por el campo. No nos hablamos más. Yo me quedé con el puesto de arriba y él con el de abajo, y nos cruzábamos en la tranquera sin saludar. Después él se fue para el lado de Gregores y yo me quedé solo con los capones.

    —¿Y la yegua?

    —Era del viejo. La overa. Cuando se murió, Anselmo se la quiso llevar y yo no lo dejé. —Se rascó la nuca—. Ahora parió, y la cría salió colorada como el potro que tenía él de chico. Eso él lo va a saber. Nadie más.

    Ofelia dejó la lapicera sobre el cuaderno.

    —Entonces el mensaje está bien, pero le falta una cosa.

    —¿Qué cosa?

    —Tu nombre. Así como está, parece que lo manda cualquiera.

    —Si pongo mi nombre no viene.

    —Si no lo ponés, tampoco sabe que lo llamás vos.

    Afuera, el viento le dio un golpe seco a la puerta vidriada. Eleuterio miró el piso de baldosas, la alfombra gastada, la foto de la antena en 1938 colgada detrás del mostrador. Se acordó de que el hermano, de chico, nunca contestaba a los gritos: había que ir a buscarlo.

    —Ponele —dijo por fin—. Ponele «de parte de Eleuterio».

    Ofelia tachó, escribió y le devolvió el cuaderno para que viera. Él lo miró de lejos, sin lentes, y asintió como si firmara una escritura.

    —Una cosa más —dijo ella—. Hay mensajes que se leen a las doce, pero los lee Jorge, el locutor, con voz de noticia. Si querés, lo leo yo, que me quedo hasta las dos. Lo leo despacio.

    —¿Hay diferencia?

    —La gente que escucha se da cuenta cuando alguien se lo cree.

    Eleuterio se calzó el sombrero. Ya en la puerta, se dio vuelta.

    —¿Y si no viene?

    —Entonces la yegua se queda con vos y el potrillo crece igual.

    Él sonrió por primera vez, apenas, con la boca cerrada, y salió. Ofelia lo vio cruzar la avenida contra el viento, con el cuerpo inclinado, hasta que la camioneta de un vecino lo tapó.

    A las doce menos cinco, Ofelia pasó al estudio con el cuaderno. Jorge le cedió el micrófono con un gesto de ceja. Sonó la cortina de la radio, un compás de guitarra gastado de tantas repeticiones, y en la sala de control se encendió la luz roja.

    Leyó los avisos como siempre: un pedido de donantes de sangre, unas ovejas con marca de oreja, un cumpleaños en Cañadón León. Al llegar al de la yegua, se detuvo medio segundo de más.

    —Para Anselmo Cañumil, puesto Los Tres Cerros, camino a Gobernador Gregores. La yegua overa parió. Es colorada. Que venga a verla. De parte de Eleuterio.

    Repitió el último nombre, despacio, una vez más que de costumbre, y no corrigió el ritmo.

    Después siguieron las noticias del puerto, el pronóstico con viento del oeste y la hora exacta.

    A las cuatro de la tarde sonó el teléfono del mostrador. Una mujer, con ruido de estática detrás, dijo que llamaba desde el almacén de un paraje y que un hombre le había pedido que avisara: que había escuchado, que salía el sábado, que llevaba mate.

    —¿Cómo se llama el hombre? —preguntó Ofelia, aunque lo sabía.

    —No quiso decirlo. Dijo nomás que el mate lo llevaba él.

    Ofelia colgó, abrió el cuaderno de tapas duras y debajo del mensaje de la mañana escribió, con la letra más prolija que tenía, una línea que ningún locutor iba a leer jamás: «Recibido.»

    Después apagó la estufa de kerosén, porque en la radio ya hacía calor.