El inspector golpeó dos veces la chapa del costado, como quien golpea una puerta que sabe que está abierta.
—Estela, son las once y cuarenta y tres. Tenías que salir a las cuarenta.
—Ya sé qué hora es, Marcelo.
—Entonces arrancá.
Ella no arrancó. Tenía las dos manos sobre el volante, que a esa hora de la noche estaba tibio de tanto sol de la tarde acumulado en el plástico, y los ojos puestos en el espejo grande, el que muestra la puerta del medio y un pedazo de la plaza Constitución. Pasaron una chica con auriculares, dos muchachos de la obra con las mochilas llenas de cemento seco, una señora con una bolsa de supermercado que se le rompía de a poco. Nada más. En el asiento de adelante, el que da a la ventanilla del lado de la puerta, no había nadie.
Hacía once años que ese asiento tenía a alguien a las once y cuarenta.
Se llamaba Ítalo Fresia y había sido panadero de noche en Barracas durante cuarenta y tres años. Eso lo supo Estela al segundo mes, cuando le preguntó por qué viajaba tanto, de Constitución hasta Escobar y de vuelta, sin bajarse nunca. Él contestó que el cuerpo se le había quedado con el horario. «A las dos de la mañana me despierto igual, Estela, aunque ya no haya horno. Prefiero que me agarre acá, sentado, con el motor, que en la cama escuchando la heladera.» Se subía con una bolsa de papel madera doblada en tres, apoyaba el boleto en el vidrio, cerraba los ojos antes de Plaza Italia y los abría justo en el puente Saavedra, como si el colectivo tuviera un despertador adentro.
Nunca le había faltado un viaje. Ni en la semana de la nevada fea, ni cuando el 60 se desvió por la inundación de Maschwitz.
—Estela —dijo Marcelo, ya sin golpear—. Hay gente abajo esperando para el que sigue.
—Tres minutos.
—No te los pago.
—No te los pedí.
Marcelo se miró los zapatos. Era un buen tipo, con dos hijos y un jefe que le contaba los minutos. Se alejó hacia el kiosco de la esquina, donde siempre se tomaba el cortado de las doce, y Estela se quedó sola con el ralentí y con la radio baja, que daba una cumbia vieja con interferencia.
A los dos minutos pensó en el hijo de Ítalo, que vivía en Mar del Plata y llamaba los domingos, y en que nunca había visto una sola foto. A los dos minutos y medio pensó que un hombre de ochenta y cuatro años puede resbalarse en una escalera, y que ella no tenía su teléfono ni su dirección ni el apellido del vecino. Sabía otras cosas. Sabía que tomaba el mate cocido sin azúcar de un termo verde, que se sacaba el sombrero para dormir, que le decía «jefa» a ella y «maestro» a los choferes del turno de la mañana. Sabía que sonreía con un solo lado de la boca.
Puso la mano en la palanca de la puerta.
—¡Esperá! ¡Esperá, hija!
La voz venía de lejos, medio ahogada. Por el espejo lo vio: Ítalo cruzaba la plaza a un trote corto y torcido, con el sombrero en la mano y una bolsa enorme apretada contra el pecho, y detrás de él, a media cuadra, un chico con delantal blanco gritaba algo que Estela no alcanzó a entender. Ítalo llegó a la puerta con la camisa pegada a la espalda. Subió los escalones uno por uno, agarrado del caño, y se dejó caer en su asiento sin pasar la tarjeta.
—Pasá la tarjeta, Ítalo —dijo ella, y se dio cuenta de que le temblaba un poco la voz.
—Pasala vos, jefa. Está en el bolsillo de la camisa.
Ella se la sacó del bolsillo, la apoyó en la máquina, y la máquina hizo su ruido breve de siempre. Cerró la puerta. Marcelo, desde el kiosco, levantó el vaso y lo bajó sin decir nada.
El 60 salió a las once y cuarenta y siete.
No hablaron hasta Plaza Italia. Ítalo respiraba por la boca, despacio, y miraba por la ventanilla las vidrieras apagadas de Callao, la luz azul de una farmacia de turno, un hombre barriendo la puerta de un bar. Cuando el colectivo agarró Santa Fe, dijo, sin darse vuelta:
—Hoy cerró la panadería de Barracas. La mía. Bueno, la que fue mía. La compró un fondo, o algo así, la van a hacer una de esas con cafecito y mesas de madera. Esta noche fue la última tanda. El pibe que me vio pasar es el último que quedó. Me guardó esto.
Apoyó la bolsa en las rodillas y la abrió apenas. Salió un olor que le llenó el colectivo entero, de adelante hasta el fondo: manteca, grasa, azúcar quemada en el borde de la bandeja. Dos pasajeros dormidos, en los asientos de atrás, se movieron en sueños.
—Son medialunas —dijo Ítalo—. De grasa, como se hacían. Treinta y seis. Hace como cuarenta años que nadie las pide así, pero esta noche el pibe las hizo igual. Ahora no sé qué hago con treinta y seis medialunas, jefa. Yo vivo solo y tengo el estómago de un pajarito.
Estela miró el camino. Ya estaban entrando a la Panamericana, con los camiones de carga alineados a la derecha y las luces rojas de los acompañantes titilando adelante.
—¿Y para qué corriste?
—Para que se las coma alguien. Y para que esta noche, de todas las noches, no me agarrara el reloj en la cama.
No dijo nada más. Sacó una, la envolvió en una servilleta de papel y la dejó sobre el tablero, al lado del lector de tarjetas, en un lugar donde no molestaba. Después fue pasillo abajo con la bolsa y le ofreció una a cada pasajero despierto: a la chica de los auriculares, que se sacó uno para decir gracias; a los muchachos de la obra, que comieron sin hablar con las dos manos; a la señora de la bolsa rota, que le dio un golpecito en el brazo como a un sobrino. Volvió a su asiento con la bolsa casi vacía, cerró los ojos y, en el puente Saavedra, los abrió.
A las dos y diez, en la última parada de Escobar, Estela estacionó el coche y apagó el motor. El silencio le cayó encima como una frazada. Ítalo dormía de costado, con la cabeza apoyada en el vidrio y el sombrero sobre el pecho.
Ella agarró la medialuna de encima del tablero. Todavía estaba tibia, o ella quiso que lo estuviera. La mordió despacio, mirando las luces de la terminal, y la grasa le dejó los dedos brillantes sobre el volante.
—Gracias, maestro —dijo, bajito.
Y se quedó un rato más, sin apurarse, con el colectivo parado y el olor a panadería todavía colgado del techo.