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  • La bolsa de las dos y diez

    El inspector golpeó dos veces la chapa del costado, como quien golpea una puerta que sabe que está abierta.

    —Estela, son las once y cuarenta y tres. Tenías que salir a las cuarenta.

    —Ya sé qué hora es, Marcelo.

    —Entonces arrancá.

    Ella no arrancó. Tenía las dos manos sobre el volante, que a esa hora de la noche estaba tibio de tanto sol de la tarde acumulado en el plástico, y los ojos puestos en el espejo grande, el que muestra la puerta del medio y un pedazo de la plaza Constitución. Pasaron una chica con auriculares, dos muchachos de la obra con las mochilas llenas de cemento seco, una señora con una bolsa de supermercado que se le rompía de a poco. Nada más. En el asiento de adelante, el que da a la ventanilla del lado de la puerta, no había nadie.

    Hacía once años que ese asiento tenía a alguien a las once y cuarenta.

    Se llamaba Ítalo Fresia y había sido panadero de noche en Barracas durante cuarenta y tres años. Eso lo supo Estela al segundo mes, cuando le preguntó por qué viajaba tanto, de Constitución hasta Escobar y de vuelta, sin bajarse nunca. Él contestó que el cuerpo se le había quedado con el horario. «A las dos de la mañana me despierto igual, Estela, aunque ya no haya horno. Prefiero que me agarre acá, sentado, con el motor, que en la cama escuchando la heladera.» Se subía con una bolsa de papel madera doblada en tres, apoyaba el boleto en el vidrio, cerraba los ojos antes de Plaza Italia y los abría justo en el puente Saavedra, como si el colectivo tuviera un despertador adentro.

    Nunca le había faltado un viaje. Ni en la semana de la nevada fea, ni cuando el 60 se desvió por la inundación de Maschwitz.

    —Estela —dijo Marcelo, ya sin golpear—. Hay gente abajo esperando para el que sigue.

    —Tres minutos.

    —No te los pago.

    —No te los pedí.

    Marcelo se miró los zapatos. Era un buen tipo, con dos hijos y un jefe que le contaba los minutos. Se alejó hacia el kiosco de la esquina, donde siempre se tomaba el cortado de las doce, y Estela se quedó sola con el ralentí y con la radio baja, que daba una cumbia vieja con interferencia.

    A los dos minutos pensó en el hijo de Ítalo, que vivía en Mar del Plata y llamaba los domingos, y en que nunca había visto una sola foto. A los dos minutos y medio pensó que un hombre de ochenta y cuatro años puede resbalarse en una escalera, y que ella no tenía su teléfono ni su dirección ni el apellido del vecino. Sabía otras cosas. Sabía que tomaba el mate cocido sin azúcar de un termo verde, que se sacaba el sombrero para dormir, que le decía «jefa» a ella y «maestro» a los choferes del turno de la mañana. Sabía que sonreía con un solo lado de la boca.

    Puso la mano en la palanca de la puerta.

    —¡Esperá! ¡Esperá, hija!

    La voz venía de lejos, medio ahogada. Por el espejo lo vio: Ítalo cruzaba la plaza a un trote corto y torcido, con el sombrero en la mano y una bolsa enorme apretada contra el pecho, y detrás de él, a media cuadra, un chico con delantal blanco gritaba algo que Estela no alcanzó a entender. Ítalo llegó a la puerta con la camisa pegada a la espalda. Subió los escalones uno por uno, agarrado del caño, y se dejó caer en su asiento sin pasar la tarjeta.

    —Pasá la tarjeta, Ítalo —dijo ella, y se dio cuenta de que le temblaba un poco la voz.

    —Pasala vos, jefa. Está en el bolsillo de la camisa.

    Ella se la sacó del bolsillo, la apoyó en la máquina, y la máquina hizo su ruido breve de siempre. Cerró la puerta. Marcelo, desde el kiosco, levantó el vaso y lo bajó sin decir nada.

    El 60 salió a las once y cuarenta y siete.

    No hablaron hasta Plaza Italia. Ítalo respiraba por la boca, despacio, y miraba por la ventanilla las vidrieras apagadas de Callao, la luz azul de una farmacia de turno, un hombre barriendo la puerta de un bar. Cuando el colectivo agarró Santa Fe, dijo, sin darse vuelta:

    —Hoy cerró la panadería de Barracas. La mía. Bueno, la que fue mía. La compró un fondo, o algo así, la van a hacer una de esas con cafecito y mesas de madera. Esta noche fue la última tanda. El pibe que me vio pasar es el último que quedó. Me guardó esto.

    Apoyó la bolsa en las rodillas y la abrió apenas. Salió un olor que le llenó el colectivo entero, de adelante hasta el fondo: manteca, grasa, azúcar quemada en el borde de la bandeja. Dos pasajeros dormidos, en los asientos de atrás, se movieron en sueños.

    —Son medialunas —dijo Ítalo—. De grasa, como se hacían. Treinta y seis. Hace como cuarenta años que nadie las pide así, pero esta noche el pibe las hizo igual. Ahora no sé qué hago con treinta y seis medialunas, jefa. Yo vivo solo y tengo el estómago de un pajarito.

    Estela miró el camino. Ya estaban entrando a la Panamericana, con los camiones de carga alineados a la derecha y las luces rojas de los acompañantes titilando adelante.

    —¿Y para qué corriste?

    —Para que se las coma alguien. Y para que esta noche, de todas las noches, no me agarrara el reloj en la cama.

    No dijo nada más. Sacó una, la envolvió en una servilleta de papel y la dejó sobre el tablero, al lado del lector de tarjetas, en un lugar donde no molestaba. Después fue pasillo abajo con la bolsa y le ofreció una a cada pasajero despierto: a la chica de los auriculares, que se sacó uno para decir gracias; a los muchachos de la obra, que comieron sin hablar con las dos manos; a la señora de la bolsa rota, que le dio un golpecito en el brazo como a un sobrino. Volvió a su asiento con la bolsa casi vacía, cerró los ojos y, en el puente Saavedra, los abrió.

    A las dos y diez, en la última parada de Escobar, Estela estacionó el coche y apagó el motor. El silencio le cayó encima como una frazada. Ítalo dormía de costado, con la cabeza apoyada en el vidrio y el sombrero sobre el pecho.

    Ella agarró la medialuna de encima del tablero. Todavía estaba tibia, o ella quiso que lo estuviera. La mordió despacio, mirando las luces de la terminal, y la grasa le dejó los dedos brillantes sobre el volante.

    —Gracias, maestro —dijo, bajito.

    Y se quedó un rato más, sin apurarse, con el colectivo parado y el olor a panadería todavía colgado del techo.

  • El la de Eusebio

    Nélida Quiroga bajó del 37 en Caseros y caminó las tres cuadras que faltaban con el estuche contra el pecho, como se lleva a un chico dormido. Había llovido a la mañana y las veredas de Parque Patricios olían a hierro mojado y a pan de la panadería de la esquina. En la calle Cátulo Castillo, entre dos galpones, una persiana levantada hasta la mitad dejaba salir una luz amarilla y un sonido finito, repetido, como de alguien que prueba una misma cuerda una y otra vez.

    Se agachó para pasar. Adentro había tres mesas de trabajo, estantes con fuelles de cartón marmolado y un ventilador parado. Un muchacho de delantal gris, con anteojos levantados sobre la frente, soplaba un peine de lengüetas diminutas con una pera de goma.

    —Buenas tardes —dijo ella—. Me dijeron que acá arreglan bandoneones.

    —Arreglamos, afinamos y a veces resucitamos. —El muchacho dejó la pera—. Soy Emmanuel. ¿Qué le pasa al suyo?

    Nélida apoyó el estuche sobre la mesa y trabó los broches con los pulgares. Adentro, sobre un paño verde gastado, estaba el instrumento: negro, con las esquinas de metal opacadas por cuarenta años de sudor de manos. En la tapa, casi borrada, se leía AA.

    —Es un Alfred Arnold —dijo Emmanuel, y bajó la voz sin darse cuenta—. ¿De qué año?

    —De 1938. Eso decía mi marido. Se lo compró a un tipo de Barracas en el cuarenta y nueve, con la plata de dos meses de sueldo en la fábrica de zapatillas. Yo me enojé tres semanas.

    —¿Y ahora?

    —Ahora no suena. Eusebio se murió en marzo y el fuelle perdió aire mucho antes. Hace años que está en el ropero. —Se acomodó la cartera en el hombro—. No quiero que lo dejen perfecto ni nada de eso. Quiero que suene una nota. Una sola. Un la, abriendo, la mano derecha.

    Emmanuel levantó el instrumento con las dos manos, lo estiró un par de centímetros y acercó la oreja. Se oyó un resoplido largo, como de globo que se desinfla.

    —El fuelle está pinchado en varios lados. Hay que desarmarlo, y eso lleva semanas.

    —Yo tengo hasta el domingo —dijo Nélida—. Ese día se cumplen seis meses y mi hijo viene de Rosario con los nietos. Quiero que lo escuchen una vez.

    El muchacho no contestó enseguida. Miró el reloj de pared, que marcaba las cinco y diez, y miró la cara de ella, que no pedía nada más.

    —Venga mañana a la tarde —dijo—. No le prometo la nota. Le prometo que lo intento.

    Esa noche Emmanuel se quedó solo en el taller. Sacó los tornillos de las tapas, uno por uno, y los fue ordenando en un platito, como le habían enseñado. Separó el fuelle del cuerpo. Con una linterna chiquita revisó los marcos de cartón y encontró lo que esperaba: el cuero de las esquinas estaba reseco y cuarteado, y en dos pliegues se veía la luz a través.

    Pero entre el cartón y la tela del último pliegue, doblado en cuatro, había un papel.

    Lo abrió con la punta de una pinza. Era el talón de una entrada a un baile, impreso en azul, con la fecha 14 de agosto de 1951 y el nombre de un club de Boedo. Del otro lado, escrito a lápiz con letra apretada, decía: “Para que no se olvide cómo suena cuando ella se ríe”.

    Emmanuel lo dejó sobre la mesa. Estuvo un rato largo sin tocar nada. Después puso la pava, cebó un mate y volvió a trabajar.

    Parchó los pliegues con cuero fino y cola tibia. Cortó cartón nuevo para un marquito. Con una lima del grosor de un cabello revisó la lengüeta del la, que estaba sucia pero entera, y la limpió hasta que brilló un poco. Cuando por fin apoyó el instrumento sobre el banco, afuera ya había empezado a clarear sobre los galpones y pasaba el primer colectivo con las luces prendidas.

    Nélida llegó a las cuatro de la tarde, con el mismo abrigo marrón. No preguntó nada. Se quedó parada frente a la mesa.

    —Todavía no está listo —dijo Emmanuel—. Le faltan semanas. Pero el la lo pude dejar.

    Le puso las correas en las manos. Ella las tomó con una torpeza de años, apoyó el instrumento en las rodillas y buscó con el pulgar derecho el botón, que todavía recordaba. Abrió despacio, sin apuro, con el codo flojo.

    Salió un la corto y un poco ronco, con aire de más, que se quebró al final. Después, sin que ella hiciera nada, el fuelle lo sostuvo un segundo más.

    —Ahí está —dijo Nélida.

    Emmanuel le alcanzó el talón de entrada, ya alisado entre dos hojas de papel de seda.

    —Estaba adentro. Es suyo.

    Ella lo leyó parada, con los labios moviéndose apenas. Se rió, primero por la nariz y después con la boca abierta, una risa corta y aguda que llenó el taller.

    Y en el fuelle, todavía abierto sobre sus rodillas, quedó un último soplo de aire que sonó a la par, una nota muy baja, como si el instrumento también se acordara.

  • El frasco de la última vagoneta

    Anacleto Brizuela engrasó los rodillos de la estación de Chilecito por última vez un martes de enero de 1927, con el sol todavía bajo detrás del Velasco y el olor a nogal verde subiendo desde las quintas. Tenía las manos negras hasta la muñeca. Sobre el banco, junto al bidón de grasa, había un frasco de vidrio con dulce de membrillo y un trapo atado con hilo sisal.

    Hacía veintidós años que alimentaba ese cable. Había visto subir rollos de soga, bolsas de harina, cajones de velas, leña, herramientas, hasta una vez un piano desarmado que nunca supo para quién era. Y había visto bajar el mineral en las vagonetas, una detrás de otra, balanceándose sobre las torres con ese chirrido parejo que él conocía mejor que la voz de su mujer.

    Esa mañana el jefe de estación había leído el papel. Se terminaba. La última vagoneta cargada salía a las siete y media, y después apagaban las calderas.

    —Hacé lo que tengas que hacer, Brizuela —le dijo—. Pero lo que no es de la empresa no sube. Son órdenes.

    Anacleto asintió y no dijo nada. Se quedó mirando el frasco.

    Arriba, en la estación de Los Bayos, a casi cuatro mil metros, estaba su compadre Ceferino Olmos. Llevaba nueve inviernos allá, con una estufa a leña y un teléfono de manivela que sonaba tres veces por día. Ceferino le había mandado a decir por línea, la semana anterior, que se quedaba hasta el final, que bajaría con la última mula cuando cerraran todo, y que lo único que extrañaría de abajo era el dulce de membrillo de Rosa, la mujer de Anacleto.

    Por eso el frasco.

    A las seis y media empezaron a cargar. Los peones iban y venían con los cajones de repuestos, los últimos que subirían a una mina que ya nadie quería abrir. Anacleto esperó a que el capataz se fuera a la caldera. Se acercó a la vagoneta que estaba en el andén, la tercera de la fila, y levantó la tapa de un cajón de clavos.

    —No lo hagas —dijo una voz detrás.

    Era Telma, la hija del telegrafista, que a los catorce años ya atendía el teléfono de la estación cuando el padre se descomponía. Tenía una trenza gruesa y una libreta donde anotaba los llamados.

    —Si el jefe lo ve, te saca la jubilación —dijo.

    —No me va a ver. Son cuatro horas hasta Los Bayos y no hay quien revise un cajón de clavos.

    —Y si se rompe.

    —Es vidrio grueso, de Rosa. Aguanta el viaje y aguanta una guerra.

    Telma lo miró un rato largo. Después tomó el frasco de las manos de Anacleto, lo envolvió en el trapo, lo acomodó entre dos bolsas de clavos y cerró la tapa con el pie, despacio, para que no sonara.

    —Yo aviso allá que va —dijo—. Si no, Ceferino lo tira con los clavos.

    A las siete y media el silbato sonó una sola vez. El cable tensó, las ruedas giraron, y la fila de vagonetas empezó a subir despacio hacia la primera torre, una atrás de otra, cada una con su sombra larga estirada sobre el cerro. Anacleto las siguió con la vista hasta que la tercera se perdió detrás de los algarrobos. Ese chirrido, que había escuchado casi toda la vida, se fue alejando como un animal que se va a dormir.

    Esperó. La estación quedó en silencio, apenas con el crujir de la chapa que se enfriaba. Rosa vino con un mate y se sentó a su lado en el banco, sin preguntar.

    A las once y media, el teléfono de la oficina sonó con la señal larga. Telma salió corriendo, descolgó, escuchó, y levantó la cabeza hacia la puerta.

    —Anacleto. Es para usted.

    Él tomó el auricular con las dos manos, todavía sucias de grasa. La línea traía mucha estática, un viento de altura que silbaba entre los cables, y detrás, muy lejos, la voz de Ceferino:

    —Compadre. Llegó un frasco entre los clavos.

    —¿Llegó entero?

    —Entero. Con el trapo y todo. Lo abrí con el cuchillo. —Hubo un silencio largo, y se oyó crujir la leña de una estufa—. Está tibio, Anacleto. Anduvo cuatro horas al sol.

    —Es el membrillo, que se hace el tonto —dijo Anacleto, y se dio cuenta de que le temblaba la voz.

    —Estoy mirando hacia abajo. Se ven las luces de Chilecito, chiquitas. Y acá no se mueve nada. Es la primera vez en nueve años que no escucho el cable.

    Anacleto cerró los ojos. Detrás de los párpados todavía veía las vagonetas subiendo, una por una, tan despacio que parecían quietas.

    —Comelo con pan, compadre —dijo—. Y bajá cuando puedas.

    Del otro lado, antes de cortar, Ceferino dijo algo que el viento se llevó. Anacleto colgó el auricular y salió al andén. Arriba, en el filo oscuro del Famatina, había una luz sola, amarilla, donde no había ninguna: la de una estufa a leña en la ventana de Los Bayos, encendida para nadie más que para él.

  • Almohada de lúpulo

    A la tercera mañana, Dalila ya no sentía los dedos. Los tenía negros de resina, pegajosos hasta la muñeca, y cada vez que se rascaba la nariz le olía la cara a pasto fermentado y a algo amargo que no terminaba de nombrar. Eran las siete y el Piltriquitrón todavía tenía una gorra de nubes. Abajo, en la chacra de Mallín Ahogado, las guías del lúpulo colgaban de los alambres como cortinas verdes de cinco metros, y los tractores ya habían empezado a bajarlas.

    Tenía dieciséis años y era su primera cosecha. Se había anotado por la plata, que era poca, y por otra cosa que no le había contado a nadie.

    —Los conos al cajón, los palos afuera —le había dicho Oscar el primer día, sin mirarla. Era el capataz, flaco, con una gorra de la cooperativa y una balanza colgada del hombro que usaba como si fuera parte del cuerpo—. Lo que se cae al suelo es del suelo. Lo que va al cajón se pesa. Y lo que se pesa se paga. Lo demás no existe.

    Dalila asintió. Después se quedó mirando el galpón del fondo, donde el secadero zumbaba día y noche. Salía de ahí un olor distinto al del campo: más redondo, más dulce, como si el lúpulo fresco fuera un grito y el seco una conversación.

    Lo que ella quería era una almohada.

    Su abuela Rosa vivía en un fondo de El Bolsón, cerca del río Quemquemtreu, y desde el invierno no dormía. Desde que murió el abuelo se acostaba a las diez, se levantaba a las dos y se quedaba en la cocina con la pava, mirando la ventana. Una vez, en marzo, Dalila la había visto dormir de golpe en el sillón. Había una sola cosa distinta ese día: una vecina, hija de colonos, le había dejado un puñado de flores secas de lúpulo en una bolsita de tela, y la bolsita estaba en el apoyabrazos.

    —Es de antes —había dicho la abuela, tapándose la boca para bostezar—. Los viejos las ponían en la almohada. Te sacan el ruido de la cabeza.

    La vecina se mudó a Bariloche. La bolsita se gastó. Y a Dalila se le ocurrió que, si iba a trabajar una semana entre esas plantas, podía volver con una almohada entera.

    El problema era la balanza.

    Los conos se cosechaban para las cervecerías, para pellets, para exportar. Todo se pesaba, todo se anotaba en una planilla que Oscar guardaba bajo la tapa de un termo. El segundo día, Dalila se metió un puñado en el bolsillo del buzo. El tercero, tres. Los apretaba contra la panza mientras trabajaba, y sentía cómo se le humedecía la tela. Por la noche los dejaba sobre la repisa del cuarto que alquilaba con otras dos chicas, y a la mañana estaban chatos, marrones en los bordes, con olor a pasto cortado y a nada más.

    —Se pudren —le dijo Yamila, la compañera de cama de arriba, sin darle mucha importancia—. Hay que secarlos con calor, Dali. Si no, es verdura.

    Al quinto día entendió que tenía razón. Y que el único lugar con calor era el secadero.

    A la hora de la siesta, cuando la cuadrilla se tiraba bajo los álamos con los termos de mate, Dalila rodeó el galpón. La puerta lateral estaba entornada. Adentro hacía un calor de panadería y el aire parecía espeso, verde, casi comestible. Los conos se amontonaban sobre una malla gigante que el aire caliente atravesaba desde abajo, a una temperatura que alguien había cuidado para que no se fuera el aroma. Dalila vio la mano de una máquina que removía lentamente la capa de arriba. Estiró el brazo, apenas, para agarrar un puñado.

    —Ese cuesta más que un mes de tu sueldo, si lo sumás —dijo una voz atrás.

    Oscar estaba en la puerta con la balanza al hombro y los ojos entornados. Dalila sintió que se le subía toda la sangre a la cara.

    —Yo… —empezó—. Estaba mirando.

    —Estabas robando. Pero sin saber, que es peor. Si te llevás conos verdes de los bolsillos, los vas a tener enmohecidos en dos días. —Se acercó, le sacó con dos dedos el puñado de la mano y lo miró contra la luz de una claraboya—. ¿Para qué los querés?

    Ella pensó en mentir. Pensó en decir que eran para una cerveza casera, para un novio inventado, para cualquier cosa. Le salió la verdad con voz de nena.

    —Para mi abuela. No duerme. Dicen que el lúpulo en la almohada ayuda. Yo pensé que, si iba a estar toda la semana acá…

    Oscar no dijo nada. Soltó los conos otra vez sobre la malla, uno por uno, como si los devolviera a un dueño. Después fue hasta un estante junto a la puerta, agarró una bolsa de tela de las que usaban para las muestras del laboratorio y la llenó, sin pesarla, hasta que quedó redonda como una pelota.

    —Esto es descarte de la prueba de humedad —dijo, y la voz le salió medio áspera—. Va a la basura. Si alguien pregunta, se la llevaste vos de la basura.

    Dalila agarró la bolsa con las dos manos. Pesaba casi nada y olía a todo el valle. Tenía la garganta cerrada.

    —Mi mujer dormía así, con eso debajo de la oreja —agregó el capataz, ya de espaldas, rumbo a la balanza—. Dos mil flores y ni una pesadilla. Volvé a la fila, que las guías no se cortan solas.

    El sábado a la noche, Dalila tomó el último colectivo hasta el centro con la bolsa sobre las rodillas. Había cosido una funda de lienzo con hilo prestado y la había rellenado a mano, flor por flor, hasta que la almohada quedó chata y crujiente, como un colchón para un pájaro.

    Su abuela abrió la puerta en camisón, con el pelo suelto. Miró la almohada. La olió. Y se la llevó contra la cara con los ojos cerrados, mucho tiempo, hasta que se le aflojaron los hombros.

    —Pasá —dijo al fin—. Hacé un mate. Voy a acostarme un ratito.

    Dalila se quedó en la cocina, con las manos todavía manchadas, escuchando el agua llegar al hervor. Cuando volvió a asomarse al cuarto, Rosa dormía de costado con la cara hundida en la almohada, y el olor del lúpulo subía hasta el techo y lo llenaba de montaña.

    Eran las diez y diez. Afuera, en alguna parte, el Quemquemtreu seguía bajando.

  • La cara del Pujllay

    La abuela Bernarda puso sobre la mesa de la cocina una bolsa de arpillera y dijo que adentro estaba todo lo que hacía falta. Era sábado de víspera, las once de la mañana, y desde la ventana se veía la Paleta del Pintor con la luz plana de febrero. Joaquín tenía doce años y las manos todavía sucias de haber ayudado a su tío con las cajas del fortín.

    —¿Todo qué? —preguntó.

    —El Pujllay. Lo cosés vos.

    Joaquín sacó de la bolsa un rollo de tela de lienzo crudo, un puñado de lana de oveja para el relleno, retazos de bayeta colorada, un par de botones negros y una aguja capotera gruesa con el hilo ya enhebrado. Todo olía a naftalina y a humo de leña. La abuela se sentó frente a él y apoyó las manos sobre el hule. Las tenía hinchadas en los nudillos. Cuarenta años había hecho ella el muñeco de la comparsa de la cuadra, y el año pasado, al enterrarlo en el mojón, lo habían dejado sin cara, porque el viento había barrido la tinta en la corpachada y nadie se acordaba de cómo era.

    —Nadie se acuerda —dijo Bernarda—, salvo yo. Y a mí no me responde el pulso.

    —Pero el desentierro es hoy.

    —A las seis. Subimos con la luz que queda.

    Joaquín miró el reloj de la cocina. Siete horas. Pensó en decirle que comprara uno hecho en Tilcara, de esos con ojos de plástico, y no lo dijo porque ella ya lo estaba mirando como si hubiera escuchado el pensamiento.

    Empezaron por el cuerpo. Ella no tocaba nada, pero señalaba: la costura va chiquita, de atrás para adelante, no tires, que el trapo se arruga. Joaquín cortó dos rectángulos, los unió con un pespunte torcido que ella le hizo deshacer dos veces. A mediodía comieron un plato de locro frío parados junto a la hornalla. A la una el cuerpo estaba relleno, gordo y desparejo, con los brazos de distinto largo. La abuela dijo que así tenía que ser. Que un diablo parejo no asusta a nadie.

    Quedaba la cara. Joaquín la dejó para el final porque no sabía por dónde empezar, y cuando llegó el momento se dio cuenta de que Bernarda se había quedado callada, mirando la ventana.

    —¿Cómo era? —preguntó él—. El año pasado.

    —No era igual a ninguno. Nunca. Cada año es distinto porque la cara no se copia, se encuentra.

    —No entiendo.

    —Yo cosía y mientras tanto pensaba en el año que se iba. Y lo que salía salía.

    Joaquín tomó los botones. Los puso donde iban los ojos y los sacó. Los puso más juntos y los sacó. Por la ventana entraba el olor a albahaca de las macetas de la vecina, y de lejos, desde el lado del pueblo, el primer tarareo de bombos de alguien que probaba. Pensó en el año. Pensó en el verano que su papá se fue a trabajar a la zafra y volvió con una tos. Pensó en el día que se cayó la tapia del fondo con la lluvia, en la caja de zapatos donde guardaba figuritas que se mojó, en la vez que se perdió en la quebrada de Purmamarca y lo encontró un arriero. Mientras pensaba, cosió. La boca le salió ancha y torcida hacia un lado, no del todo una sonrisa. Los ojos quedaron desparejos, uno más alto. Con la bayeta colorada le hizo dos cuernos cortos, y con un retazo, una lengua.

    Cuando terminó eran las cuatro y media. Lo apoyó contra la botella de aceite, a la vista.

    La abuela lo miró un rato largo sin decir nada. Después estiró una mano, despacio, y le acomodó un cuerno que había quedado de costado.

    —Se parece a tu papá cuando se ríe de mala gana —dijo.

    —No quise.

    —Por eso se parece.

    A las seis menos cuarto salieron. La comparsa ya estaba reunida al pie del cerro, cuarenta personas en silencio, los músicos con los instrumentos bajo el brazo y los enmascarados con los disfraces dobladitos, como manda la costumbre. Subieron por el sendero entre cardones, con la tierra seca crujiendo bajo las zapatillas. Joaquín llevaba el muñeco envuelto en un poncho, apretado contra el pecho. Arriba, el tío Ramiro y dos hombres más desarmaron el mojón piedra por piedra y cavaron hasta que apareció la olla de barro enterrada un año atrás. Alguien hizo la corpachada: coca, cigarrillos, un chorro de vino, serpentina, harina. Cada uno pasó por el hueco a dejar lo suyo. Bernarda se acercó apoyada en el brazo de Joaquín y volcó un poco de chicha de maní, lo único que no temblaba en su mano.

    Alguien encendió un churqui, y el cardón seco prendió con un crujido que iluminó las caras ya medio transformadas. El tío Ramiro se puso la máscara de diablo y tronó la primera bomba de estruendo. Los gritos le contestaron desde todos lados.

    Entonces miró a Joaquín. Él desenvolvió el poncho y levantó el muñeco con las dos manos, bien alto, con su cara torcida y sus ojos desparejos. Hubo un segundo de silencio. Alguien dijo, bajito, que ese sí que era un Pujllay.

    Los bombos arrancaron. La comparsa empezó a bajar hacia el pueblo con el carnavalito, tirando talco, repartiendo ramitas de albahaca, y Joaquín bajó al frente con el muñeco en alto. Atrás, apoyada en el brazo de su hijo, la abuela Bernarda caminaba despacio, mirando el cerro que se oscurecía, y por primera vez en cuarenta años no llevaba nada en las manos.

  • La antena de Oyarzún

    A las diez y cuarto de la mañana, con el sol recién asomado detrás de los cerros y la escarcha todavía pegada a los techos de chapa, Nené Oyarzún subió la escalera de mano de la sociedad de fomento con una caja de herramientas en una mano y un termo en la otra. Era domingo, 29 de junio de 1986. El partido empezaba a las tres.

    Nené tenía sesenta y un años, había nacido en Punta Arenas y hacía treinta y cuatro que arreglaba televisores, radios y calefones en Ushuaia, casi siempre con las mismas cuatro herramientas. Nadie en el barrio le discutía el oficio. Pero esa mañana el televisor del salón, un Philco blanco y negro que la comisión había pagado en cuotas, mostraba solamente nieve. Y en el salón ya había treinta y siete sillas ordenadas, un cartel escrito a mano que decía “Hoy se grita” y una olla de lentejas que doña Berta había puesto al fuego desde las ocho.

    —¿Qué tiene? —preguntó Berta desde abajo, con la cuchara en alto.

    —Imagen no tiene. Sonido sí. Escuchá.

    Del parlante salía una voz lejana, mezclada con un zumbido, que leía un aviso de la cooperativa. Nené revisó la antena de arriba: el mástil estaba derecho, el cable sano. Bajó, abrió la parte de atrás del aparato, olió el polvo quemado de adentro y encontró enseguida lo que buscaba. Un transistor del sintonizador estaba negro, con la patita partida.

    —Se fue el de la sintonía —dijo—. Necesito uno igual. Un AF-algo, de los viejos.

    —¿Y dónde se consigue eso un domingo?

    Nené se limpió las manos con un trapo y no contestó. Los dos sabían la respuesta. Hacía once años que Nené no le hablaba a Evaristo Cárdenas, el dueño de la casa de repuestos de la calle Maipú, desde el día en que Evaristo le dijo delante de un cliente que su taller era “un cajón de recuerdos”. Nené había contestado que a lo mejor, pero que los recuerdos de él, al menos, andaban. Después de eso cada uno se fue por su vereda.

    —Voy a ver si en casa me quedó algo —dijo.

    No le quedaba nada. Revolvió cuarenta minutos entre cajas de zapatos llenas de tuercas, tubos, perillas y un reloj sin agujas, y encontró dos transistores que no servían y una foto de su madre en el puerto de Punta Arenas con un pañuelo atado bajo el mentón. Se quedó mirándola un rato. Después guardó la foto en el bolsillo de la campera, como hacía siempre que iba a hacer algo que le costaba.

    La casa de repuestos tenía la persiana baja a medias. Adentro se oía una radio. Nené golpeó el vidrio con los nudillos y Evaristo apareció desde el fondo, flaco, con anteojos pegados con cinta y un jarrito de mate.

    —Mirá quién viene —dijo.

    —Necesito un transistor para un Philco del sesenta y pico. Se me quemó el del sintonizador.

    —¿Para el de la fomento?

    —Para el de la fomento.

    Evaristo se quedó callado. Del otro lado de la ventana pasó un camión de la Municipalidad con la caja llena de leña. Adentro, la radio dijo que ya estaban entrando los equipos a la cancha, y un coro lejano cantaba en un idioma que no era el de ninguno de los dos.

    —Tengo uno —dijo por fin Evaristo—. Uno solo. Lo guardaba para un cliente de Río Grande que nunca vino.

    Fue al fondo, volvió con una bolsita de papel de estraza y la puso sobre el mostrador. Nené sacó la billetera. Evaristo levantó la mano.

    —Guardá eso. Pero con una condición. —Señaló el techo con el mentón—. Mi antena también se cayó con el viento del jueves. Yo no puedo subir con la rodilla así. Si lo arreglás, me hacés un lugar en el salón.

    —Hay treinta y siete sillas.

    —Mirá qué bien. Con mi silla son treinta y ocho.

    Nené miró la bolsita, miró a Evaristo, y pensó en algo que su madre decía de los inviernos del sur: que se pasan mejor si uno aprende a pedir fuego. Asintió una sola vez.

    Le llevó veinte minutos enderezar el mástil de Evaristo, atarlo con alambre y reponer un tramo de cable, trabajando con los guantes de lana mientras el viento le tiraba de la campera. Después fue corriendo a la fomento. A la una y media soldó la patita nueva con el soldador que le pasó una vecina. A las dos menos diez giró la perilla, y en la pantalla, entre rayas grises, apareció de golpe una cancha verde bajo un cielo azul que parecía de otro planeta.

    Berta aplaudió con la cuchara. Los chicos que esperaban en la puerta entraron como una corriente de aire.

    A las tres menos cuarto el salón estaba lleno, con olor a lentejas, a lana mojada y a estufa a leña. Evaristo llegó con su silla plegable bajo el brazo y se sentó al fondo. Nené se quedó parado junto a la puerta, con el termo, porque había prometido subir otra vez al techo si el viento movía la antena.

    Y la movió. Hacia el final, con el partido empatado y el salón entero agarrado de las sillas, la imagen empezó a nevar. Nené no dijo nada: trepó por la escalera de mano en dos tiempos, se agarró del mástil con los dos brazos y lo sostuvo contra el viento. Desde allá arriba, con la mejilla pegada al metal frío, no veía nada. Solo escuchaba, por el caño de la estufa, cómo la sala contenía la respiración.

    Entonces el techo vibró bajo sus botas. Un grito subió desde adentro, redondo, interminable, y atravesó la chapa, las paredes y la calle. Le llegó también desde las otras casas, de a una, como luces que se prenden en cadena. Nené sintió la vibración del mástil en las costillas y se rió solo, con la cara contra el aluminio y la foto de su madre apretada en el bolsillo, sin soltar la antena.

    Abajo, en el fondo del salón, un hombre flaco con anteojos pegados con cinta levantaba una silla plegable por encima de la cabeza.

  • El casete de la brama

    La mujer subió al Fiat Siena de Efraín Cabrera con una mochila en la falda y un grabador chato, de los de teclas cuadradas, abrazado contra el pecho como si fuera un bebé.

    —A Parque Luro —dijo—. Tengo que estar antes de que se ponga el sol.

    —Son treinta y cinco kilómetros por la ruta 35. Con el sol a las siete y cuarto, llegamos de sobra.

    —Mejor que de sobra.

    Efraín tenía sesenta y un años, veintidós de remís y un termo que no se despegaba del apoyabrazos. En la terminal de Santa Rosa la había visto bajar del micro de Retiro, la última del pasaje, desorientada como quien llega a un lugar que conoce solo de oídas. Se llamaba Verónica. Eso fue lo único que dijo en los primeros diez kilómetros.

    Salieron de la ciudad con la tarde de abril ya inclinada. Por la ventanilla pasaba el campo bajo, amarillo, con alambrados torcidos y algún molino sin aspas. Después empezaron a aparecer los caldenes, retorcidos, bajos, con esa copa chata que parece peinada por el viento. Verónica los miraba como si tuvieran que ser distintos.

    —¿Usted va seguido? —preguntó por fin.

    —Llevo gente todo el año. En marzo y abril es lo más pedido. La brama.

    —Mi viejo decía eso. La brama.

    Efraín esperó. En la ruta, esperar es un oficio.

    —Vino en el ochenta y nueve, con un amigo —siguió ella—. Era electricista, de Villa Devoto. Nunca había grabado nada en su vida, pero compró este grabador para traer el sonido. Decía que había que escucharlo una vez para entender que los ciervos no son de acá y sin embargo ya son de acá.

    Apretó una tecla. Del parlante salió un siseo largo, un roce de pasto contra el micrófono, una tos de hombre. Y después nada. Verónica cortó.

    —Eso es todo lo que hay. Doce minutos de ruido. Mi viejo se murió en julio y yo encontré el casete en un cajón, con una etiqueta que decía “Luro, abril”. Quiero ponerlo en el mismo lugar donde lo grabó y dejarlo sonar.

    —¿Y qué esperás que pase?

    —No sé. Que conteste algo.

    Efraín no se rio. Miró por el espejo la cara de ella, tensa, y vio que era la de alguien que ya se había reído de sí misma durante todo el viaje.

    A la altura de la entrada apareció a lo lejos el edificio blanco, con los techos verdes, hundido en el mar de caldenes, junto a la laguna salada. Efraín bajó la ventanilla y entró el olor a tierra seca y a hoja de jarilla.

    En la portería, un guardaparque de campera naranja les explicó que la visita de la brama era guiada, con reserva, y que el último grupo ya había salido hacía veinte minutos. Verónica sacó el celular, buscó un mail, se lo mostró. Tenía el lugar anotado a nombre de ella, pero para las seis y media. Había llegado antes, y el grupo se había adelantado por la luz.

    —Hacemos así —dijo el guardaparque, mirando el reloj—. Los alcanzo. Pero tienen que ir pegados a mí y no se puede poner música en el monte.

    —No es música.

    —Mejor todavía.

    Efraín no tenía reserva, ni intención de caminar. Pero cuando vio que Verónica se colgaba la mochila y le temblaba una mano, dejó el termo en el auto y los siguió.

    Caminaron por un sendero de arena fina, entre caldenes que tenían las ramas llenas de espinas y de silencio. El guardaparque hablaba bajo. Les mostró un rascadero, una huella, un charco de agua barrosa con marcas de pezuñas. El aire se enfriaba rápido. Cada tanto, a lo lejos, algo crujía.

    Alcanzaron al grupo en un claro, doce personas con binoculares, callados, mirando hacia el bajo donde empezaba a juntarse una bruma finita. El sol era una brasa del otro lado del monte.

    Y entonces llegó el primero. Un bramido ronco, largo, que no parecía de un animal sino de la tierra misma abriéndose un poquito. Efraín lo había escuchado cien veces y le volvió a pasar lo de siempre: se le erizó la nuca. Otro respondió desde la izquierda, más agudo, más furioso. Luego un tercero, lejos.

    Verónica se había quedado quieta. Con el grabador contra la panza, sin apretar nada. Efraín la vio mirar el aparato, mirar al guardaparque, que le hizo un gesto con la cabeza apenas, un permiso que no figuraba en ningún reglamento.

    Ella apretó la tecla.

    El siseo del casete se mezcló con el monte. La tos del padre, el roce del pasto, el silencio de treinta y siete años atrás. Y en medio de ese silencio grabado, inesperado, nítido, el bramido de un ciervo viejo. Más ronco que los de hoy. Más cansado.

    Un macho, del otro lado del bajo, contestó.

    No era una respuesta, claro. Efraín lo sabía. Era un animal marcando territorio frente a un sonido que se parecía a otro animal. Pero Verónica se tapó la boca con la mano libre y se le llenaron los ojos, y nadie en el claro dijo nada. Doce personas con binoculares bajaron los binoculares.

    El casete terminó. Ella dejó que la cinta siguiera girando en vacío hasta que el aparato se detuvo solo con un clic.

    Volvieron en la oscuridad, ya sin linterna, siguiendo la espalda naranja del guardaparque. En el estacionamiento, el cielo había cerrado en un azul pesado y se veían las luces del castillo, una sola ventana encendida.

    —Gracias —dijo Verónica, ya en el auto.

    —Yo no hice nada. Manejé.

    —Por eso.

    Arrancó. Los faros abrieron la ruta, un túnel de caldenes. A los diez kilómetros ella se quedó dormida contra la ventanilla, con el grabador apagado en el regazo.

    Efraín bajó la velocidad. Alcanzó el termo, se sirvió el último mate, ya tibio, y manejó el resto del camino a Santa Rosa sin radio, con la ventanilla apenas abierta, por si el monte tenía algo más para decir.

  • Mitad y mitad

    El interurbano de las 21.10 salió de la terminal de Paraná con once pasajeros y un olor a campera mojada. Remigio Ferreyra se sentó del lado del río, aunque del río no se iba a ver nada. Al lado, Abril, su nieta, de trece años, ya había sacado el celular y lo miraba como si adentro pasara algo más importante que afuera.

    —Abuelo, ¿cuánto dura el túnel?

    —Con este chofer, unos tres minutos. Con otro, cuatro.

    —¿Y por qué me hacés venir a Santa Fe un martes a la noche, para volver a las once?

    Remigio se tocó el bolsillo de la campera. Ahí llevaba un punzón de acero con el mango de madera gastado, el mismo que usaba para marcar las tapas de las cajas de conexiones. Hacía nueve años que no lo sacaba del cajón.

    —Para que veas una cosa —dijo—. Si la encuentro.

    La bajada empezó con ese silencio que todos los paranaenses conocen, el de los motores que se aprietan y la radio que se corta. Las luces de la rampa pasaron una por una sobre la cara de la nena. Remigio las contó por costumbre, como cuenta un albañil los ladrillos de una pared ajena.

    Había trabajado veinte años en el mantenimiento eléctrico del Túnel Subfluvial, que el 13 de diciembre de 1969 había unido Paraná con Santa Fe por debajo del río, cuando él tenía once años y su viejo lo había llevado a ver cómo cortaban la cinta. Entró a la planta en 1989. Aprendió a trabajar de noche, con el túnel cerrado de un lado y los camiones esperando del otro, y con la humedad que se te mete en las muñecas y no sale más. Se jubiló con una placa, un reloj y una tos que le duraba el invierno entero.

    —Mirá —dijo cuando el colectivo ya estaba abajo y el ruido cambió, más hueco, más cerrado—. Fijate en la pared de tu lado. Ahí, donde están las cajas grises.

    Abril levantó la vista de mala gana. Las cajas pasaban demasiado rápido: grises, grises, grises, un cable, una manguera, otra caja.

    —¿Qué tengo que ver?

    —Una que tiene una rayita en la tapa. Una R.

    —Abuelo, van a ochenta.

    —Van a sesenta. Mirá igual.

    La nena se pegó a la ventanilla. Remigio hizo lo mismo desde su asiento, con la frente casi tocando el vidrio frío. No había hecho esa marca por vanidad. En el invierno del 2007 se había quedado dos horas arreglando un tablero con el agua de la filtración cayéndole en el cuello, y cuando terminó, el capataz, que era un tipo seco, le dijo: «Dejá algo, así sabemos que alguien estuvo». Remigio sacó el punzón y rayó una R en la tapa de la última caja que había cerrado. Después le dio vergüenza y no se lo contó a nadie.

    Pasó una caja con la tapa nueva, brillante. Otra con la pintura saltada. Otra más.

    —Ahí —dijo Abril, de golpe, sin voltear—. Esa. Tiene una letra. Una R chueca.

    Remigio se quedó inmóvil. El colectivo ya la había dejado atrás, pero la nena la había visto de verdad: lo supo porque la dijo torcida, como estaba. Cerró los ojos. El túnel siguió adelante con su hilera de luces en el techo, cada una en su lugar. Quedaban sobre ellos, sin que nadie pudiera sentirlos, los kilómetros de agua marrón que bajaban desde el Brasil.

    —¿Eso era? —preguntó ella—. ¿Una letra en una caja?

    —Eso era.

    —¿Y para eso me trajiste?

    Él abrió los ojos.

    —No sé si se entiende. Cuando uno trabaja en algo que nadie mira, que se supone que no se tiene que notar, que si anda bien nadie se acuerda, cuesta saber si estuviste o no. Yo estuve veinte años acá abajo. Y desde que me jubilé, a veces me levanto a la mañana y no sé si de verdad pasó.

    La nena no dijo nada. Bajó el celular hasta la falda, lo apagó y lo apoyó boca abajo sobre la mochila.

    A mitad del túnel, el colectivo cruzó la franja donde termina una provincia y empieza la otra. Remigio sabía bien dónde estaba el cartel, aunque a esa velocidad era un borrón verde. Conocía de memoria el lugar donde el piso cambia de mano, como un hombre que, después de mucho andar, reconoce la raya del medio de su propia casa.

    —Este es el punto justo —dijo—. Mitad Entre Ríos, mitad Santa Fe. Yo siempre decía que había que santiguarse ahí, pero no lo hice nunca porque me daba cosa que me vieran.

    —Hacelo ahora.

    —No me animo.

    Abril sonrió por primera vez en toda la noche. Entonces, con un gesto enorme y exagerado, se persignó ella por los dos: frente, pecho, hombro izquierdo, hombro derecho. Una señora del asiento de adelante se dio vuelta para mirarla, y la nena la miró de vuelta con total seriedad.

    —Listo —dijo—. Ya está pagado el peaje.

    Remigio se rió con la tos de siempre, una risa que le sacudió el pecho. Unos metros más adelante el túnel empezó a subir, y el aire cambió: más seco, con olor a asfalto y a noche de verdad. Salieron por el lado de Santa Fe y las luces de la costanera se les vinieron encima como una sorpresa antigua.

    En la terminal bajaron los once, y tuvieron veinte minutos hasta el regreso. Compraron dos garrapiñadas en un puesto y se sentaron en el cordón.

    —Abuelo —dijo Abril, masticando—. Yo te vi la R.

    —Ya sé. Te creí.

    —No, escuchame. Si vos no la hubieses hecho, yo no la habría visto. Así que estuviste.

    Remigio sacó el punzón del bolsillo y se lo dio, con el mango para su lado.

    —Guardalo vos. Por si algún día te toca dejar algo.

    Ella lo agarró con las dos manos, lo dio vuelta, lo miró contra la luz del poste. Después lo metió en la mochila, entre el cuaderno y el cargador.

    A las 22.15 subieron al interurbano de vuelta. Esta vez Abril eligió el asiento del lado del río. Cuando el colectivo bajó otra vez a la boca de la rampa, se acomodó contra el vidrio, abrió los ojos grandes y empezó a contar las cajas grises en voz baja, una por una, hasta que llegó a la que tenía la letra chueca y levantó apenas la mano, como se saluda a alguien que sigue en su puesto.

  • Los trece de Dora

    El matambre llevaba dos horas en la olla y la cocina de Rubén Albornoz ya olía a caldo y a comino. Afuera, en la calle de tierra de atrás de la ruta 38, un perro ladraba a una moto. Rubén no lo oía. Estaba parado frente a la tabla con un cuchillo que no era suyo, el de mango de madera gastada que Dora usaba para todo, y miraba el matambre enfriarse sobre la mesada.

    Había manejado el colectivo de Famaillá a Tucumán durante treinta y un años. Sabía de memoria cada curva, cada lomada, cada parada donde subía la misma señora con la misma bolsa de limones. De cocina sabía lo justo para un mate y unos fideos. Pero la víspera de la Fiesta de la Empanada no se la había perdonado nunca a Dora, y ahora Dora no estaba para perdonarle nada.

    Cortó el primer dado. Le salió grande, desparejo, con un borde de grasa que se pegó al cuchillo. Probó con otro. Dora los cortaba chiquitos, como granos de arroz, y decía que si la carne se notaba en la boca era que la habías hecho a la apurada. Rubén cortó durante una hora. Le dolía la muñeca. Se acordó de que a ella no le dolía nunca.

    A las siete llegó Nelly, la vecina, con un cacharro tapado con un repasador.

    —Te traje la grasa de pella que me pediste, Rubén. Derretida, como dijiste.

    —Gracias, Nelly.

    —¿Vas a hacer una docena?

    —Una —dijo él—. Una sola.

    Nelly lo miró y no dijo nada. Dejó el cacharro sobre la mesa y se fue, y desde la puerta se dio vuelta para señalarle el fondo del patio con el mentón.

    —El horno de barro lo prendí yo esta mañana. Para que agarre calor. Cuando quieras.

    Rubén rehogó la cebolla en la grasa hasta que se puso transparente, y agregó el verdeo, el pimentón, el comino. Le echó una taza de caldo y la carne, y revolvió con una cuchara de palo hasta que el olor le llenó la cabeza y tuvo que apoyarse un momento en la mesada. Era el olor de septiembre en esa casa. Era el olor de Dora llegando del patio con las manos blancas de harina, diciéndole que se corriera, que le estaba tapando la luz.

    Dejó enfriar el relleno. Hizo la masa con la receta que ella tenía anotada en el reverso de una boleta de la luz, con letra apretada: un kilo de harina, doscientos gramos de grasa, caldo tibio. La masa le salió dura. Le agregó caldo. Le salió pegajosa. Le agregó harina. Cuando por fin quedó blanda y tersa como el lóbulo de una oreja, tenía harina hasta los codos y la camisa manchada.

    Estiró un disco con el palo de amasar. Le salió casi redondo. Puso una cucharada de relleno, un trozo de huevo duro, una aceituna, y lo plegó al medio.

    Ahí se quedó quieto.

    Había visto a Dora hacer el repulgue ochocientas, mil veces. Los dedos de ella subían por el borde de la masa como si tocaran una escala, pellizcar, doblar, apretar, y al final quedaba una trencita pareja, de trece, porque en Famaillá eran trece, por los doce apóstoles y Jesús. Ella se lo había explicado una vez, y él se había reído porque no creía en esas cosas. Ahora contaba con la punta del dedo y se le trababa la cuenta.

    Empezó por la punta. Pellizcó, dobló, apretó. El primero se le deshizo. Lo volvió a hacer. El segundo quedó. El tercero, torcido. Llevaba seis cuando la masa se rajó por el costado y el relleno se le salió sobre la mesa en una lengua oscura y humeante.

    Rubén se sentó en la silla de Dora. Era una silla de paja con el asiento hundido, y todavía conservaba la forma de ella. Se tapó la cara con las manos enharinadas y se quedó así un rato largo, hasta que el perro de afuera dejó de ladrar y se oyó la radio de Nelly, lejos, una chacarera con el volumen bajo.

    Cuando se levantó, estiró otro disco.

    No pensó más. Dejó que las manos hicieran lo que habían visto hacer durante treinta y cuatro años de mesas compartidas, de domingos, de cumpleaños, de velorios donde alguien siempre traía una fuente. Pellizcó, dobló, apretó. Los dedos le temblaban. La trenza le salió chueca, con un hueco a la altura del noveno, pero cerró. Contó en voz alta, bajito, para que nadie lo escuchara, aunque no había nadie.

    —Once. Doce.

    Se detuvo antes del último. Le quedaba un pedazo de borde sin cerrar, del tamaño de una uña.

    —Trece —dijo, y apretó.

    La acomodó sobre una chapa engrasada, sola, y cruzó el patio con la chapa en las dos manos como quien lleva a un chico dormido. El horno de barro estaba al rojo suave, y cuando metió la chapa con la pala el calor le dio en la cara y le secó los ojos. Contó quince minutos con el reloj de la cocina que se veía por la ventana. Los cuatro últimos los miró de pie, sin sentarse.

    La empanada salió dorada de un lado y casi quemada del otro. La trenza estaba torcida. Un hilo de jugo había caído al costado y se había pegado a la chapa.

    La partió al medio con las manos. El vapor le subió a la cara. Le dio un bocado, parado en el patio, con la noche ya cerrada sobre los cañaverales y las primeras luces de la fiesta prendiéndose a lo lejos, sobre la ruta.

    Estaba salada de más. La cebolla se había pasado de punto. El huevo tenía un gusto raro.

    Rubén se la terminó despacio, hasta el último pedazo de borde, el de los trece, y se limpió las manos en la camisa.

    —No te lo voy a decir —dijo en voz alta, mirando el horno—. Pero casi.

    Desde el otro lado del cerco, la chacarera de Nelly subió un poco el volumen.

  • El último cajón de Mirta

    A las seis menos diez de la mañana, la niebla del río Uruguay todavía se pegaba a las chapas del galpón y Mirta Zalazar ya tenía puesto el delantal celeste, el mismo desde hacía once años, con el bolsillo izquierdo descosido y vuelto a coser con hilo de otro color.

    Era junio, el mes en que el empaque de las afueras de Concordia no apagaba nunca las máquinas. Camiones con mandarinas hacían cola desde la madrugada. Adentro olía a cáscara abierta, a cartón húmedo y a ese frío de cámara que se te mete por los puños aunque lleves dos camperas.

    Era su último turno. Cuarenta años. Nadie lo había anunciado, pero en el comedor alguien había dejado sobre la mesa una torta de dulce de leche con una vela apagada, y Mirta hizo como que no la veía.

    En la cartera, entre el termo y la libreta del banco, llevaba un rollo de papel de seda. Lo había comprado en una librería de la peatonal, al lado de la Plaza 25 de Mayo, y la chica le había preguntado si era para un cumpleaños. Mirta dijo que sí. Era más o menos cierto.

    —Mirta, ¿vas a querer unas palabras? —le preguntó Darío, el encargado nuevo, con una tablet bajo el brazo. Tenía treinta y pocos años y hablaba siempre de eficiencia con la voz baja, como si pidiera perdón.

    —Lo que quiero es un cajón —contestó ella.

    —¿Cómo un cajón?

    —Uno solo. A mano. Una mesa libre en la punta de la línea y una hora.

    Darío miró la tablet como si ahí estuviera la respuesta. La línea no se podía parar, había pedido para esa tarde, y a una hora de mesa le correspondían mil doscientas mandarinas que pasaban por la calibradora sin que nadie las tocara. Pero también estaban las caras de las muchachas de la clasificación, que habían dejado de mirar la fruta para mirarlo a él.

    —Una hora —dijo al final—. Con la mesa del fondo.

    Mirta se lavó las manos hasta los codos. Sacó el rollo, cortó cuadrados con las tijeras de la oficina y los fue apilando contra el borde de la mesa. Alisó el primero con la palma. Después eligió una mandarina del tacho de descarte, una que tenía una manchita en la base pero la piel firme, la apoyó en el centro del papel y juntó las cuatro puntas con un giro de muñeca. Un movimiento corto, seco. Una vuelta y listo.

    Nadie lo hacía ya. Hacía veinte años que la fruta salía sin envolver, derecha del calibrador a la caja de cartón con el logo impreso, porque en el puerto no pagaban más por el papel y sobraba la mitad de la mano de obra. Pero Mirta había entrado al galpón a los diecinueve, cuando todavía se envolvía una por una, y su madre, que cosía bolsas de arpillera en la casa de la calle Entre Ríos, le había dicho: «Si te quedás, aprendé bien».

    Aprendió bien. En el ’89 llegó a envolver ciento cuarenta por minuto. Había una foto de esa época, en un cuadro torcido en el pasillo de la oficina, con ella de pelo largo y los dedos borrosos de tan rápidos.

    Se corrió la voz por el galpón. Primero vino Nelba, que trabajaba en la cinta de descarte, a mirar con los brazos cruzados. Después los dos muchachos del autoelevador, que apagaron el motor para escuchar el ruido del papel. Después las de la clasificación, de a una, hasta que alrededor de la mesa del fondo se armó un semicírculo de delantales celestes.

    —Qué rápido, Mirta —dijo alguien.

    —No es rápido —respondió ella sin levantar la vista—. Ahora estoy lenta. Antes no se veía la mano.

    Fue acomodando las mandarinas en el cajón de madera que había pedido prestado a la cámara, el último de un lote viejo, con las tablas gastadas de tanto estibar. Una al lado de la otra, en filas parejas, con el ombligo para arriba. El naranja de la fruta se veía entre los pliegues del papel como una luz detrás de una cortina.

    A los cuarenta minutos le temblaba un poco la mano derecha. Se la sacudió y siguió. Darío había dejado de mirar la tablet.

    —¿Para quién es? —preguntó por fin.

    —Para mi hermana Estela. Vive en Quilmes desde el ’94. Cuando éramos chicas, mi papá volvía de la quinta con un cajón así, envuelto, y lo dejaba arriba de la heladera. Ella decía que las mandarinas con papel sabían distinto. Yo le decía que eran las mismas. —Mirta alisó otro cuadrado—. Es mentira que sabían distinto. Pero ella las comía más despacio.

    Terminó a los cincuenta y cinco minutos. Quedaban dos filas sin cerrar y se le acabó el papel. Miró la mesa, el rollo vacío, el cajón casi lleno, y se quedó un momento quieta con las manos abiertas sobre la madera.

    Entonces Nelba se sacó el pañuelo del cuello, un cuadrado de algodón floreado, y se lo tendió sin decir nada. Después una de las chicas de clasificación dio su barbijo de repuesto, limpio, todavía en el sobre. Uno de los del autoelevador, que no encontró nada, se agachó, arrancó una hoja del cuaderno de remitos que llevaba en el bolsillo y la dejó sobre la mesa.

    Mirta los miró uno por uno. Después envolvió una mandarina en el pañuelo, otra en la hoja de remito con las columnas de kilos y fechas, otra en el celeste del barbijo. Las puso en el cajón, en las dos últimas filas, con el ombligo para arriba.

    Cuando la línea volvió a arrancar, el ruido de la calibradora llenó otra vez el galpón. Mirta clavó la tapa con cuatro clavos chicos, escribió en un costado con fibrón «Estela – Quilmes», y se sacó el delantal celeste para doblarlo sobre el cajón.

    Afuera la niebla se había levantado. Cargó el cajón en brazos hasta la parada, con el sol flaco de junio calentándole apenas el dorso de las manos, y esperó el colectivo con la fruta contra el pecho, tibia por fin, como algo vivo que respiraba despacio bajo la madera.