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  • Los trece de Dora

    El matambre llevaba dos horas en la olla y la cocina de Rubén Albornoz ya olía a caldo y a comino. Afuera, en la calle de tierra de atrás de la ruta 38, un perro ladraba a una moto. Rubén no lo oía. Estaba parado frente a la tabla con un cuchillo que no era suyo, el de mango de madera gastada que Dora usaba para todo, y miraba el matambre enfriarse sobre la mesada.

    Había manejado el colectivo de Famaillá a Tucumán durante treinta y un años. Sabía de memoria cada curva, cada lomada, cada parada donde subía la misma señora con la misma bolsa de limones. De cocina sabía lo justo para un mate y unos fideos. Pero la víspera de la Fiesta de la Empanada no se la había perdonado nunca a Dora, y ahora Dora no estaba para perdonarle nada.

    Cortó el primer dado. Le salió grande, desparejo, con un borde de grasa que se pegó al cuchillo. Probó con otro. Dora los cortaba chiquitos, como granos de arroz, y decía que si la carne se notaba en la boca era que la habías hecho a la apurada. Rubén cortó durante una hora. Le dolía la muñeca. Se acordó de que a ella no le dolía nunca.

    A las siete llegó Nelly, la vecina, con un cacharro tapado con un repasador.

    —Te traje la grasa de pella que me pediste, Rubén. Derretida, como dijiste.

    —Gracias, Nelly.

    —¿Vas a hacer una docena?

    —Una —dijo él—. Una sola.

    Nelly lo miró y no dijo nada. Dejó el cacharro sobre la mesa y se fue, y desde la puerta se dio vuelta para señalarle el fondo del patio con el mentón.

    —El horno de barro lo prendí yo esta mañana. Para que agarre calor. Cuando quieras.

    Rubén rehogó la cebolla en la grasa hasta que se puso transparente, y agregó el verdeo, el pimentón, el comino. Le echó una taza de caldo y la carne, y revolvió con una cuchara de palo hasta que el olor le llenó la cabeza y tuvo que apoyarse un momento en la mesada. Era el olor de septiembre en esa casa. Era el olor de Dora llegando del patio con las manos blancas de harina, diciéndole que se corriera, que le estaba tapando la luz.

    Dejó enfriar el relleno. Hizo la masa con la receta que ella tenía anotada en el reverso de una boleta de la luz, con letra apretada: un kilo de harina, doscientos gramos de grasa, caldo tibio. La masa le salió dura. Le agregó caldo. Le salió pegajosa. Le agregó harina. Cuando por fin quedó blanda y tersa como el lóbulo de una oreja, tenía harina hasta los codos y la camisa manchada.

    Estiró un disco con el palo de amasar. Le salió casi redondo. Puso una cucharada de relleno, un trozo de huevo duro, una aceituna, y lo plegó al medio.

    Ahí se quedó quieto.

    Había visto a Dora hacer el repulgue ochocientas, mil veces. Los dedos de ella subían por el borde de la masa como si tocaran una escala, pellizcar, doblar, apretar, y al final quedaba una trencita pareja, de trece, porque en Famaillá eran trece, por los doce apóstoles y Jesús. Ella se lo había explicado una vez, y él se había reído porque no creía en esas cosas. Ahora contaba con la punta del dedo y se le trababa la cuenta.

    Empezó por la punta. Pellizcó, dobló, apretó. El primero se le deshizo. Lo volvió a hacer. El segundo quedó. El tercero, torcido. Llevaba seis cuando la masa se rajó por el costado y el relleno se le salió sobre la mesa en una lengua oscura y humeante.

    Rubén se sentó en la silla de Dora. Era una silla de paja con el asiento hundido, y todavía conservaba la forma de ella. Se tapó la cara con las manos enharinadas y se quedó así un rato largo, hasta que el perro de afuera dejó de ladrar y se oyó la radio de Nelly, lejos, una chacarera con el volumen bajo.

    Cuando se levantó, estiró otro disco.

    No pensó más. Dejó que las manos hicieran lo que habían visto hacer durante treinta y cuatro años de mesas compartidas, de domingos, de cumpleaños, de velorios donde alguien siempre traía una fuente. Pellizcó, dobló, apretó. Los dedos le temblaban. La trenza le salió chueca, con un hueco a la altura del noveno, pero cerró. Contó en voz alta, bajito, para que nadie lo escuchara, aunque no había nadie.

    —Once. Doce.

    Se detuvo antes del último. Le quedaba un pedazo de borde sin cerrar, del tamaño de una uña.

    —Trece —dijo, y apretó.

    La acomodó sobre una chapa engrasada, sola, y cruzó el patio con la chapa en las dos manos como quien lleva a un chico dormido. El horno de barro estaba al rojo suave, y cuando metió la chapa con la pala el calor le dio en la cara y le secó los ojos. Contó quince minutos con el reloj de la cocina que se veía por la ventana. Los cuatro últimos los miró de pie, sin sentarse.

    La empanada salió dorada de un lado y casi quemada del otro. La trenza estaba torcida. Un hilo de jugo había caído al costado y se había pegado a la chapa.

    La partió al medio con las manos. El vapor le subió a la cara. Le dio un bocado, parado en el patio, con la noche ya cerrada sobre los cañaverales y las primeras luces de la fiesta prendiéndose a lo lejos, sobre la ruta.

    Estaba salada de más. La cebolla se había pasado de punto. El huevo tenía un gusto raro.

    Rubén se la terminó despacio, hasta el último pedazo de borde, el de los trece, y se limpió las manos en la camisa.

    —No te lo voy a decir —dijo en voz alta, mirando el horno—. Pero casi.

    Desde el otro lado del cerco, la chacarera de Nelly subió un poco el volumen.

  • El último cajón de Mirta

    A las seis menos diez de la mañana, la niebla del río Uruguay todavía se pegaba a las chapas del galpón y Mirta Zalazar ya tenía puesto el delantal celeste, el mismo desde hacía once años, con el bolsillo izquierdo descosido y vuelto a coser con hilo de otro color.

    Era junio, el mes en que el empaque de las afueras de Concordia no apagaba nunca las máquinas. Camiones con mandarinas hacían cola desde la madrugada. Adentro olía a cáscara abierta, a cartón húmedo y a ese frío de cámara que se te mete por los puños aunque lleves dos camperas.

    Era su último turno. Cuarenta años. Nadie lo había anunciado, pero en el comedor alguien había dejado sobre la mesa una torta de dulce de leche con una vela apagada, y Mirta hizo como que no la veía.

    En la cartera, entre el termo y la libreta del banco, llevaba un rollo de papel de seda. Lo había comprado en una librería de la peatonal, al lado de la Plaza 25 de Mayo, y la chica le había preguntado si era para un cumpleaños. Mirta dijo que sí. Era más o menos cierto.

    —Mirta, ¿vas a querer unas palabras? —le preguntó Darío, el encargado nuevo, con una tablet bajo el brazo. Tenía treinta y pocos años y hablaba siempre de eficiencia con la voz baja, como si pidiera perdón.

    —Lo que quiero es un cajón —contestó ella.

    —¿Cómo un cajón?

    —Uno solo. A mano. Una mesa libre en la punta de la línea y una hora.

    Darío miró la tablet como si ahí estuviera la respuesta. La línea no se podía parar, había pedido para esa tarde, y a una hora de mesa le correspondían mil doscientas mandarinas que pasaban por la calibradora sin que nadie las tocara. Pero también estaban las caras de las muchachas de la clasificación, que habían dejado de mirar la fruta para mirarlo a él.

    —Una hora —dijo al final—. Con la mesa del fondo.

    Mirta se lavó las manos hasta los codos. Sacó el rollo, cortó cuadrados con las tijeras de la oficina y los fue apilando contra el borde de la mesa. Alisó el primero con la palma. Después eligió una mandarina del tacho de descarte, una que tenía una manchita en la base pero la piel firme, la apoyó en el centro del papel y juntó las cuatro puntas con un giro de muñeca. Un movimiento corto, seco. Una vuelta y listo.

    Nadie lo hacía ya. Hacía veinte años que la fruta salía sin envolver, derecha del calibrador a la caja de cartón con el logo impreso, porque en el puerto no pagaban más por el papel y sobraba la mitad de la mano de obra. Pero Mirta había entrado al galpón a los diecinueve, cuando todavía se envolvía una por una, y su madre, que cosía bolsas de arpillera en la casa de la calle Entre Ríos, le había dicho: «Si te quedás, aprendé bien».

    Aprendió bien. En el ’89 llegó a envolver ciento cuarenta por minuto. Había una foto de esa época, en un cuadro torcido en el pasillo de la oficina, con ella de pelo largo y los dedos borrosos de tan rápidos.

    Se corrió la voz por el galpón. Primero vino Nelba, que trabajaba en la cinta de descarte, a mirar con los brazos cruzados. Después los dos muchachos del autoelevador, que apagaron el motor para escuchar el ruido del papel. Después las de la clasificación, de a una, hasta que alrededor de la mesa del fondo se armó un semicírculo de delantales celestes.

    —Qué rápido, Mirta —dijo alguien.

    —No es rápido —respondió ella sin levantar la vista—. Ahora estoy lenta. Antes no se veía la mano.

    Fue acomodando las mandarinas en el cajón de madera que había pedido prestado a la cámara, el último de un lote viejo, con las tablas gastadas de tanto estibar. Una al lado de la otra, en filas parejas, con el ombligo para arriba. El naranja de la fruta se veía entre los pliegues del papel como una luz detrás de una cortina.

    A los cuarenta minutos le temblaba un poco la mano derecha. Se la sacudió y siguió. Darío había dejado de mirar la tablet.

    —¿Para quién es? —preguntó por fin.

    —Para mi hermana Estela. Vive en Quilmes desde el ’94. Cuando éramos chicas, mi papá volvía de la quinta con un cajón así, envuelto, y lo dejaba arriba de la heladera. Ella decía que las mandarinas con papel sabían distinto. Yo le decía que eran las mismas. —Mirta alisó otro cuadrado—. Es mentira que sabían distinto. Pero ella las comía más despacio.

    Terminó a los cincuenta y cinco minutos. Quedaban dos filas sin cerrar y se le acabó el papel. Miró la mesa, el rollo vacío, el cajón casi lleno, y se quedó un momento quieta con las manos abiertas sobre la madera.

    Entonces Nelba se sacó el pañuelo del cuello, un cuadrado de algodón floreado, y se lo tendió sin decir nada. Después una de las chicas de clasificación dio su barbijo de repuesto, limpio, todavía en el sobre. Uno de los del autoelevador, que no encontró nada, se agachó, arrancó una hoja del cuaderno de remitos que llevaba en el bolsillo y la dejó sobre la mesa.

    Mirta los miró uno por uno. Después envolvió una mandarina en el pañuelo, otra en la hoja de remito con las columnas de kilos y fechas, otra en el celeste del barbijo. Las puso en el cajón, en las dos últimas filas, con el ombligo para arriba.

    Cuando la línea volvió a arrancar, el ruido de la calibradora llenó otra vez el galpón. Mirta clavó la tapa con cuatro clavos chicos, escribió en un costado con fibrón «Estela – Quilmes», y se sacó el delantal celeste para doblarlo sobre el cajón.

    Afuera la niebla se había levantado. Cargó el cajón en brazos hasta la parada, con el sol flaco de junio calentándole apenas el dorso de las manos, y esperó el colectivo con la fruta contra el pecho, tibia por fin, como algo vivo que respiraba despacio bajo la madera.

  • El grito de Ramón

    A las siete de la tarde el asfalto de la calle San Juan todavía devolvía el calor del día, y Ramón Insaurralde caminaba despacio por la sombra de los lapachos, con el tereré colgado en un termo y el pañuelo rojo anudado al cuello. Iba hacia la Plaza Vera. Su nieta Anahí lo esperaba allá, con el acordeón de botones cruzado al pecho, para el Desfile de Fuelles.

    Ramón había sido, cuarenta años atrás, el que largaba el sapucay en las peñas de Santa Ana de los Guácaras. Lo contaban así: cuando Insaurralde tiraba el grito, los perros de tres chacras contestaban. Después vino el tumor chiquito en la garganta, la operación, y una voz que ahora salía como arena fina, apenas un hilo. Hablaba bajito y la gente se inclinaba para escucharlo. Nunca más había intentado el grito. Le daba vergüenza que le saliera un chillido de gallo.

    —Abuelo, llegaste tarde —dijo Anahí cuando lo vio, sin enojo. Tenía dieciséis años y las manos ya duras de tanto fuelle—. Estamos en la fila de la Escuela de Acordeón. Salimos a las ocho.

    —Son las siete y diez.

    —Por eso, tarde.

    Le dio un chipá todavía tibio que había comprado en la esquina y se rió cuando él le dijo que tenía la mitad de queso y la otra mitad de aire. Alrededor, la plaza se llenaba de acordeones. Los había de todos los tamaños, de nenes con las piernas colgando de los bancos y de viejos con el fuelle remendado con cinta. Alguien afinaba un fa que nunca terminaba de caer. Olía a humo de choripán, a repelente y a la humedad de la tarde que se iba.

    Ramón se sentó en el cordón de la vereda. Hacía dos semanas que no dormía bien. Anahí le había dicho, así, de pasada, mientras pelaba una mandarina: «Me gustaría que me lo dieras vos, el grito, cuando pasemos frente al palco». Él había contestado que sí antes de pensar. Ahora el sí le pesaba en el pecho como una piedra de río.

    —¿Y si no me sale? —preguntó en voz baja.

    —Entonces no sale.

    —Tu abuela me hubiera retado.

    —La abuela te hubiera hecho practicar en el patio. —Anahí lo miró un segundo de más—. ¿Practicaste?

    No había practicado. Una vez, a la madrugada, se había parado en el fondo de la casa, entre la parra y el aljibe seco, con la boca abierta, y no había salido nada. Ni aire. Había vuelto a la cama sin despertar a nadie.

    A las ocho menos cinco sonó un bombo. La fila empezó a moverse hacia la Plaza Cabral, con los fuelles abriéndose y cerrándose todos a la vez, como un animal grande que respira. Ramón caminó al costado de Anahí, con la mano en el hombro de la nena, y sintió contra la palma el temblor del acordeón: ese zumbido bajo que sube por los huesos antes de que uno oiga la música.

    La gente se apretaba en las veredas. Una señora aplaudía con un abanico en la mano. Un chico, sentado sobre los hombros del padre, tenía un cucurucho de helado derritiéndose por la muñeca. Cada cuadra se sumaba otra melodía, un chamamé que se montaba sobre otro, y nadie corregía a nadie.

    Frente al palco las luces eran blancas y casi hacían ruido. Anahí tocaba con los ojos cerrados. Ramón la miraba, y sabía que ahora tenía que ser. Juntó aire hasta abajo, hasta donde dolía la cicatriz. Abrió la boca.

    Salió un sonido fino, quebrado, que no llegaba ni al segundo cordón de gente. Un chillido de gallo, justo lo que había temido. Dos personas se dieron vuelta. Una sonrió.

    Él se quedó quieto con la boca todavía abierta y el calor subiéndole a la cara. Anahí no dejó de tocar. Abrió los ojos, lo miró, y con el pie marcó el compás un poquito más fuerte, como quien le dice «seguí». Después hizo algo que él no esperaba: sostuvo una nota larga, la más aguda, y la dejó colgada en el aire, abierta, esperando.

    Entonces la señora del abanico, a su lado, puso las dos manos alrededor de la boca y gritó. Fue un sapucay ancho, de pecho, de los de antes. Del otro lado contestó un hombre. Detrás, un muchacho de gorra. Y el grito fue corriendo por la fila, de vereda en vereda, rebotando contra los frentes de las casas, hasta que Ramón ya no pudo distinguir cuál era el suyo ni cuál el de los demás.

    Se pasó la mano por la cara. Estaba mojada, y no era sudor.

    —Te dije que ibas a salir —dijo Anahí cuando pararon a descansar junto al canal de los naranjos, con el fuelle todavía respirando contra su pecho.

    —Salí chillando.

    —Salió el principio. —Ella se encogió de hombros—. El resto lo pusieron ellos.

    Ramón destapó el termo y le ofreció el tereré. La nena tomó con ganas. Allá adelante el bombo seguía marcando el paso, y la noche olía a pasto cortado y a pólvora lejana. Se aflojó el pañuelo rojo y lo ató en el asa del acordeón, donde colgaba un hilo de lana vieja que había sido de la abuela.

    Cuando el desfile volvió a arrancar, Ramón no gritó más. Caminó atrás, con las manos en los bolsillos, escuchando cómo el fuelle de su nieta abría y cerraba el aire, abría y cerraba, hasta que el último sapucay de la cuadra se apagó y quedó solamente la música, que se alargaba como un hilo, y él detrás de ella, siguiéndola.

  • El vaso de agua de Teresa

    El primer sábado de septiembre, a las nueve de la noche, Teresa Bordón puso un vaso de agua sobre la mesa de la cocina y se sentó a esperar.

    Esperó hasta las diez. El vaso quieto, la pava enfriándose, el ventilador de techo girando despacio para nada. Del otro lado de la calle, el galpón del club tenía el portón de chapa cerrado y una sola lamparita prendida arriba del candado. En cuarenta y un años no había pasado un primer sábado de septiembre sin que ese portón se abriera y el barrio entero empezara a temblar.

    Ella conocía el temblor de memoria. Primero llegaba el surdo, grave, y el agua del vaso hacía un anillo chiquito que iba de la orilla al centro. Después entraban las cajas, y el anillo se deshacía en mil arrugas. Los tamborines hacían tintinear las copas de la alacena. Teresa había pasado cuatro décadas diciendo que no se podía vivir así.

    —Esto no es un barrio, Atilio, es un parche de tambor —decía.

    Atilio, que había manejado el camión de la cooperativa lechera hasta jubilarse, levantaba los ojos del diario.

    —Y vos tenés la casa en el centro del parche. Aprovechá.

    Atilio había muerto en marzo. Ese septiembre la casa estaba tan callada que se oía la heladera.

    A las diez y cuarto Teresa se puso el cárdigan, agarró el vaso con las dos manos para que no se derramara y cruzó la calle. El empedrado todavía guardaba el calor de la tarde. Golpeó la chapa con la palma abierta. Tuvo que golpear tres veces.

    Abrió un pibe de veinte años, con una remera del club y una caja colgada del hombro.

    —Señora, ¿pasó algo?

    —Pasó que son las diez y cuarto de un sábado de septiembre y acá no suena nada.

    El pibe se rió, nervioso, y miró hacia atrás. Adentro había olor a pintura fresca, a cola vinílica y a cuero nuevo. Había una carroza a medio armar, con un cuello de garza de telgopor que casi tocaba el techo, y unos treinta chicos sentados en el piso, con los instrumentos en la falda, sin tocar.

    —Es que se nos rompió el surdo grande —dijo—. El parche se rajó el jueves. El que sabe hacerlos está en Concepción del Uruguay y no llega hasta el martes. Sin el surdo no podemos arrancar. Se escucha todo flaco, parecemos una murga de escuela.

    Teresa miró el vaso. Estaba quieto.

    —¿Y quién lo manda a Concepción del Uruguay?

    —El director.

    —¿Y dónde está el director?

    —Atrás, con el pegamento.

    El director era un hombre de barba canosa y manos manchadas de celeste, que se limpió en el pantalón antes de saludarla. Le explicó lo mismo, con más palabras. Ella lo escuchó sin soltar el vaso.

    —Yo vengo a pedirle una cosa —dijo cuando terminó—. Y usted me va a decir que no.

    —Pruebe.

    —Que toquen. Con lo que tengan. Una hora.

    —Señora, sin el surdo…

    —Mi marido se murió en marzo —dijo Teresa, y lo dijo parada, sin pestañear, como quien da una dirección—. Cuarenta y un años me quejé de ustedes. Hoy me quedé sentada mirando un vaso de agua que no se mueve. No le pido que suene lindo. Le pido que suene.

    El director se quedó callado. Los pibes también, porque en un galpón con treinta personas el silencio se escucha. Alguien dejó una baqueta en el piso y el ruido rebotó en la chapa.

    —Hay un tacho de aceite de doscientos litros —dijo al fin una chica del fondo, con voz finita—. Vacío. Suena grave si le pegás con la maza.

    —Es un tacho —dijo el director.

    —Es grave —dijo la chica.

    Lo trajeron entre tres, lo apoyaron sobre dos cubiertas viejas y alguien le dio un golpe de prueba. Salió un trueno de lata, medio hueco, con un temblor largo al final. Teresa sintió que le vibraban los dientes.

    —Ese —dijo.

    Los chicos se acomodaron. El director levantó el brazo, esperó a que se hiciera el silencio de verdad y lo bajó. El tacho dio el primer golpe, las cajas entraron como una bandada y los tamborines pusieron encima una lluvia de chapitas. Sonaba sucio, desparejo, con un surdo que había sido de aceite. A los diez compases se acomodó solo, como se acomoda una familia en una mesa larga.

    Teresa levantó el vaso y lo apoyó sobre una caja de pintura. El agua tembló. Un anillo fino fue de la orilla al centro, y otro, y otro, cada vez más apretados.

    No supo cuánto tiempo estuvo así. Cuando levantó la vista, una de las chicas del fondo, la de la voz finita, le estaba alcanzando una silla.

    —Siéntese, señora. Todavía falta la parte de los metales.

    Teresa se sentó con el vaso en la falda. Del otro lado de la calle, en su cocina, había dejado la luz prendida. Desde la silla se veía la ventana, amarilla, vacía, y ella pensó que Atilio iba a protestar por el ruido.

    —Y vos aprovechá —dijo en voz baja, sin dirigirse a nadie.

    Afuera, en la noche tibia de Gualeguaychú, empezaron a prenderse las luces de las casas vecinas, una por una, como si el tambor las fuera llamando por el nombre.

  • Veintitrés nombres en la ría

    La carpeta de plástico estaba adentro de la campera de Bautista, y la campera cerrada hasta el cuello. Adentro de la carpeta, una hoja con veintitrés nombres escritos con birome azul. Su tío Rubén se la había dado en el muelle, sin mirarlo, mientras soltaba la amarra de la lancha: “Vos leés, que tenés voz fuerte”.

    Era un domingo de noviembre y en Ingeniero White olía a fritura, a gasoil y a pintura fresca. Hacía un rato la procesión había salido de la parroquia de la Exaltación de la Santa Cruz y había bajado por las calles del pueblo con el santo en andas, con la banda desafinando apenas en la esquina de la escuela, con las señoras de campera rosa que repartían estampitas. Ahora el santo iba a viajar por la ría, y Bautista con él, en la Tana, entre redes dobladas y un balde lleno de claveles.

    —¿Y si me trabo? —preguntó.

    —No te trabás —dijo Rubén—. Son nombres. Los conocés a todos.

    No los conocía a todos. Conocía a ocho o nueve, los que salían en las fotos del museo y en las charlas de sobremesa. Los otros los había copiado él mismo, la semana anterior, del cuaderno de tapa verde de la Sociedad, con la lengua afuera y cuidando la letra: Esposito, Cerri, Vitelli, Aversano, Mazzella, Di Fiore. Apellidos que terminaban todos en vocal, como si vinieran empujados por una ola desde Ponza.

    La lancha arrancó. A la derecha pasaron los silos altos, grises, y las grúas del puerto quietas como garzas. Adelante iba la lancha del santo, con las banderitas, y atrás empezaron a juntarse las otras. Una sirena largó un bramido y después otra contestó, y la ría se llenó de ese ruido ancho que a Bautista le subía por los pies.

    —Cuando la de Prefectura levante la mano, tirás la corona —le explicó Rubén—. Primero leés, después tirás, después suenan las sirenas. En ese orden. Los muertos son de orden.

    Bautista asintió. Se tocó el pecho para sentir la carpeta. Estaba ahí, duro, el rectángulo.

    Entonces el viento cambió. Fue una cosa de segundos: el agua se puso de otro color, las banderitas dejaron de flamear para ponerse a chasquear, y una ráfaga fría, de esas que en la bahía llegan sin avisar, le sacudió la campera. Bautista se agachó a agarrar el balde que se movía. Se le abrió el cierre. Alcanzó a ver la carpeta salir volando, abrirse en el aire como una gaviota torpe y caer, de canto, lejos, en el agua verde y espesa.

    —¡La lista! —gritó—. ¡Tío, la lista!

    Rubén miró hacia el agua. La carpeta flotaba un instante, brillante, y se hundió con un movimiento perezoso. No había red ni gancho que llegara a tiempo.

    —Bueno —dijo Rubén, y se rascó la barba—. Eso pasa.

    —¿Cómo “eso pasa”? ¡Eran veintitrés nombres!

    —Y vos los escribiste. Los escribiste uno por uno, ¿no? —Rubén lo miró por primera vez en toda la tarde—. Entonces los tenés en la mano. La mano es como la boca, flaco. Nada más que más lenta.

    Bautista cerró los ojos. Sintió la birome, el borde de la mesa de la Sociedad, el olor a café recalentado. Vio la primera línea, la letra torcida. Dejó que la mano se acordara.

    La lancha de Prefectura se puso a la par y un hombre de gorra levantó el brazo. Se hizo un silencio raro, de motores a media máquina. Alguien, en otra embarcación, apagó la radio.

    Bautista se paró en la proa, con los zapatos mojados, y agarró la corona con las dos manos. Le temblaban un poco las rodillas, pero la voz salió entera.

    —Andrés Esposito —dijo—. Rómulo Cerri. Lucía Vitelli, que no pescaba, pero conoció a todos los que sí.

    Siguió. Los nombres le venían de a uno, como peces que mordían en orden: Aversano, Mazzella, Di Fiore. En el cuarto o quinto se le cruzaron dos, y se corrigió despacio, sin que nadie se riera. Pasó el décimo, el decimosexto. Cada uno que decía hacía que el agua pareciera más quieta, y del otro lado de las barandas había gente con la gorra en la mano.

    Llegó al veintidós y se detuvo un segundo. El último lo sabía sin esfuerzo, pero no se lo habían contado como a los otros. Lo había escrito con más cuidado, y había repasado las letras dos veces, por eso lo tenía fijo.

    —Y Ernesto Ferreyra —dijo—, que fue mi abuelo y tenía una lancha amarilla y nunca aprendió a nadar.

    Rubén se pasó la manga por la cara, como si le hubiera pegado el viento.

    Bautista tiró la corona. Cayó sin hacer ruido, abierta, roja y blanca sobre el agua oscura, y la corriente la fue llevando despacio hacia el canal. Entonces sí. Primero una sirena grave, de remolcador, después las de las lanchas, una atrás de otra, un coro desparejo que hizo vibrar el casco de la Tana hasta los tablones donde Bautista tenía los pies.

    Se quedó mirando la corona hasta que fue un punto. Con la mano derecha, sin darse cuenta, seguía moviendo los dedos como si escribiera, y no sabía todavía que esa noche, en la mesa, iba a repetir los veintitrés nombres sin errores.

  • La llave del kilómetro 3

    El viento del oeste le sacó la gorra a Armando Tolosa en la parada de la avenida Petrolero San Lorenzo, y él la atajó contra el pecho sin soltar la bolsa de arpillera. Eran las once y media de la mañana. El museo cerraba a la una.

    Adentro de la bolsa, envuelta en un trapo de piso que había sido una camiseta de Jorge Newbery, iba la llave. Una stilson de treinta pulgadas, pesada como un chico dormido, con el mango comido por el óxido y, grabadas a golpe de punzón, las letras Y.P.F. y un número, 4417.

    Su padre se la había traído del taller del Km 3 en el invierno del cuarenta y ocho, cuando la reparación de un tractor del campamento la dejó sin dueño por una semana y después por setenta años. «Se la voy a devolver», decía cada vez que la usaba para destapar el caño del baño, para aflojar la tuerca de la rueda del Ford, para abrir una lata de pintura. Nunca la devolvió. Murió en marzo, a los noventa y cuatro, y en el cajón de abajo de la mesada, entre los clavos y los fusibles, quedó la llave.

    Armando cruzó el portón del Parque de Máquinas con la gorra en la mano. Había visto ese lugar de pibe, cuando era todo alambrado y pasto ralo, y mucho antes de que alguien pensara en carteles. Ahora estaban las calderas a vapor, las torres de perforación pintadas de un rojo que el viento ya empezaba a desgastar, los trépanos acomodados como dientes enormes, y en el medio, bajo el cielo gris perla de Comodoro, el monolito que marca el sitio exacto del Pozo Nº 2. Olía a hierro frío y a mar, aunque el mar quedaba lejos, detrás del cerro Chenque.

    En la boletería había una chica con campera azul y credencial colgada.

    —Buen día. ¿Vino a visitar?

    —Vine a devolver una cosa.

    Desenvolvió el trapo sobre el mostrador. La chica miró la llave y después lo miró a él.

    —Uy. ¿Eso es suyo?

    —Es de ustedes. Bueno, de la empresa, y la empresa se fue, y el museo quedó. Mi viejo se la llevó del taller en el cuarenta y ocho. Mire el número.

    La chica se llamaba Priscila, según la credencial, y se agachó para leer el 4417 con la cabeza ladeada, como si la llave pudiera contestarle. Después levantó un teléfono interno, habló bajo, y colgó.

    —Mi jefa dice que las donaciones se hacen por nota, con un formulario, y que después las evalúa un comité. Tarda unos meses.

    —Hasta la una tengo tiempo —dijo Armando—. Meses no.

    No lo dijo con enojo. Lo dijo como quien informa la hora. Priscila se quedó mirándolo un rato, la mano apoyada en el trapo.

    —¿Por qué hoy?

    —Porque hoy es trece.

    No hacía falta explicar el trece de diciembre, ni que lo supiera un chico de la ciudad, porque en Comodoro se aprende junto con la tabla del seis. Pero Armando lo explicó igual, por costumbre, mientras caminaban juntos entre los equipos. Que a las siete de la mañana de aquel día de 1907 los hombres de la perforadora alemana, que buscaban agua, vieron subir por el caño un líquido espeso con olor a kerosene. Que a los quinientos cuarenta metros la máquina siguió y siguió, y que de ahí en adelante todo fue distinto: los campamentos, los trenes, las casas de chapa pintada, las escuelas, su padre llegando de Entre Ríos con una valija de cartón.

    —Mi viejo no inventó nada —dijo—. Apretó tuercas cuarenta años. Pero estuvo.

    Llegaron a un tinglado donde las herramientas estaban acomodadas sobre un tablón: barretas, llaves de cadena, un martillo de bola con el mango negro de tanta mano. Cada una tenía su cartelito, mecanografiado, con fecha y procedencia. Armando se detuvo frente a un hueco entre dos llaves, un espacio del largo exacto de la que traía.

    —Ahí —dijo, sin pensarlo.

    —Ahí falta una —admitió Priscila—. Siempre faltó. Hay un carterito que dice «llave de tubo, ca. 1940, procedencia sin datos». Pero el carterito se puso porque estaba el lugar. Nadie sabía qué iba.

    Se miraron. Afuera, un cartel de chapa pegó contra su poste y se calló. Priscila miró el reloj de pared y después a Armando, y con un gesto de hombros más pesado que decidido, abrió el cajón de abajo del tablón y sacó una bolsita de plástico con una etiqueta en blanco y una birome.

    —Yo no puedo aceptarle una donación. Pero puedo guardar un objeto para evaluación. En el tablón, hasta que se resuelva. Eso lo puedo firmar yo.

    —¿Y si el comité dice que no?

    —Entonces la llave se vuelve a su casa. Pero va a haber estado.

    Armando asintió despacio. Con las dos manos, como se levanta algo que se puede romper, puso la stilson en el hueco. Encajó. Un poco ladeada, con el mango apuntando al monolito que se veía por la puerta abierta del tinglado, y el óxido de la quijada casi del color de la tierra de la meseta.

    Priscila escribió en la etiqueta: «Llave stilson 30», nº 4417. Entregada por la familia Tolosa. 13 de diciembre». Lo leyó en voz alta. Armando le pidió que agregara el nombre del padre y ella lo agregó.

    A la una menos diez, afuera, el viento había cambiado y traía olor a pasto seco. Armando se puso la gorra, la calzó fuerte hasta las orejas, y cruzó otra vez el parque entre las calderas. En la puerta se dio vuelta. Desde ahí, entre dos torres rojas, todavía alcanzaba a ver el tinglado y, en el tablón, un destello apagado de metal, una llave más entre las llaves, en el lugar que hacía setenta y siete años la esperaba.

  • El pétalo verde

    Cosme Iacovone llegó al Mercado de San Telmo a las seis y media, con el cajón de pinceles bajo el brazo y el termo entre las rodillas, porque ya sabía que la mañana iba a ser larga. El aire olía a cajón mojado y a repollo. En la puerta de Carlos Calvo, entre dos camionetas, estaba el carro de don Nicanor Pereyra, con el Moro todavía enganchado, masticando la avena de la bolsa.

    —Es el último sábado —dijo don Nicanor, sin saludar—. Después de esta semana no me dejan entrar con él a la ciudad. Ya compré el camión.

    El camión estaba atrás, un Chevrolet usado, pintado de gris de punta a punta, el gris reglamentario que parecía hecho para que nadie lo mirara. Tenía las puertas lisas, el capot liso, el paragolpes oxidado en una esquina.

    —¿Y qué quiere que le haga? —preguntó Cosme.

    —Lo mismo que tiene el carro. La rosa grande, los zarcillos, las letras. Todo igual.

    Cosme caminó alrededor del carro con las manos atrás. Lo había pintado él mismo hacía veintidós años, cuando todavía trabajaba en la carrocería de Paseo Colón y le tocaba el trabajo fino porque tenía el pulso. Los chanfles, en colorado. En el costado, la rosa: una flor grande, abierta, de sombras que se encendían en el centro, con dos hojas de acanto que salían hacia las ruedas. Debajo, en letra gótica, la frase: Mi trabajo es mi honra.

    La pintura había aguantado bien. El sol y la lluvia la habían ablandado en los bordes, pero la rosa seguía ahí, cada pétalo en su lugar. Menos uno.

    Era el pétalo de abajo a la derecha. Donde Cosme había puesto un rojo cálido, con una sombra de carmín, ahora había un verde. Un verde de pintura de zaguán, opaco, aplicado con un pincel grueso por una mano que no sabía lo que hacía.

    —Ese pétalo lo tocaron —dijo Cosme.

    —Ya sé.

    —Esto no es del desgaste, don Nicanor. Esto es pintura de otra marca. Se lo repinto igual que el resto y listo.

    Don Nicanor se sacó la gorra y la dio vuelta en las manos.

    —Lo pintó mi hija. Tenía seis años. Un día me agarró un tarro de lo que había sobrado de la reja y se puso a ayudarme. Yo estaba descargando cajones. Cuando volví, ya lo había hecho. —Hizo una pausa—. Me dijo que a la rosa le faltaba una hoja.

    —Pero es un pétalo.

    —Eso le expliqué yo. Y ella me dijo que entonces la hoja se había quedado escondida atrás.

    Cosme no dijo nada. En el mercado empezaban a bajar las persianas de metal y alguien gritaba el precio de los zapallos. Se sentó en el cajón de pinceles. Sacó el termo, sirvió el mate y se lo pasó a don Nicanor, que lo tomó como si fuera una obligación.

    —¿Y dónde está ahora su hija?

    —En Mendoza. Se casó. Viene en Navidad.

    —Y usted quiere que el camión nuevo tenga la rosa como estaba cuando ella…

    —No sé qué quiero —dijo don Nicanor—. Quiero que sea la misma. Pero no sé cuál es la misma.

    Cosme asintió despacio. Era un problema que conocía. Un cliente trae el dibujo de lo que fue y espera que el pincel lo devuelva. Y el oficio, si uno lo hace bien, no sirve para eso.

    Pasó la mañana trabajando. Primero armó el dibujo en papel manteca, con el carbón, calcando la rosa del carro. Después lo picó con la aguja, pegó la plantilla en la puerta del camión y la espolvoreó con la bolsita de tiza. Cuando levantó el papel quedó la flor fantasma, un puntillado blanco sobre el gris. Mezcló el colorado en la tapa de una lata, le puso un poco de carmín, probó el tono en el borde del capot. Cargó el pincel largo, el de pelo de oreja de vaca, y apoyó la virola en el pulgar para controlar el peso.

    La rosa salió en tres horas. Cosme hizo los pétalos de adentro hacia afuera, con un solo trazo cada uno, apretando y aflojando la mano para que la línea engordara y se afinara. Pintó las hojas de acanto, que salían hacia las ruedas, y los zarcillos que cerraban en espiral. Al mediodía el sol caía de lleno sobre la puerta y el colorado brillaba como mojado.

    Llegó al pétalo de abajo a la derecha y se quedó con el pincel en el aire.

    Don Nicanor había ido y vuelto dos veces, con la excusa de acomodar cajones. Ahora estaba parado a unos pasos, con los brazos cruzados, mirando la espalda de Cosme sin pedirle nada.

    —Si lo hago rojo —dijo Cosme sin darse vuelta—, queda bien. Mejor que el original, porque ahora tengo más práctica. La rosa va a estar completa.

    —Y si lo hace verde.

    —Queda mal. Un pétalo verde no tiene sentido. Cualquiera que sepa de esto va a decir que es un error.

    —Y si pregunta alguien, le digo que es un error.

    —Pero no es un error —dijo Cosme—. Es la hoja que se quedó escondida.

    Don Nicanor no contestó. Se oyó al Moro sacudir la cabeza y el tintineo de los arreos.

    Cosme limpió el pincel con trapo y aguarrás, despacio, hasta dejarle los pelos derechos. Después tomó uno más fino y abrió el tarro de verde que don Nicanor había traído en una bolsa, por las dudas, y que él había visto desde la mañana sin decir nada. Mezcló un poco con blanco. Se acercó a la puerta y pintó el pétalo del mismo tamaño, con la misma curva, con una sombra en la base que el carro nunca había tenido. Era el único verde del camión y el único trazo que no estaba en ningún manual.

    Al terminar, retrocedió un paso. La rosa abierta, colorada, con el pétalo verde abajo a la derecha como una hoja que alguien se había olvidado de sacar.

    —Falta la frase —dijo don Nicanor, con la voz un poco rara.

    —Ahora la hago.

    A las cuatro, con la pintura todavía fresca, don Nicanor desenganchó al Moro y lo llevó de la rienda hasta la vereda, donde lo esperaba un sobrino con el acoplado. Se quedó un rato con la mano en el cuello del caballo. Después subió al camión, arrancó al segundo intento y salió despacio por Carlos Calvo, con la puerta al sol.

    Cosme guardó los pinceles uno por uno, en el cajón, con vaselina en la virola. Desde la esquina, mientras el camión giraba, todavía alcanzó a ver el verde, chiquito, entre todo ese colorado.

  • El parche de Nayla

    La grieta apareció a las once de la noche, cuando Nayla le dio el primer golpe de prueba al bombo de su padre. No hizo ruido de rotura. Fue un tac seco, sin retumbo, y el parche quedó sonando a caja de zapatos.

    Lo dio vuelta bajo la lámpara de la cocina. Una línea fina, de unos tres dedos, nacía del aro de quebracho y se metía en el cuero de cabra como un hilo de agua en la tierra. Julio en Santiago del Estero seca todo: la garganta, las manos, las pieles. Tres semanas de ensayo con el aire frío y sin una gota, y el cuero, que llevaba ocho años tenso, había dicho basta.

    —Ma, se rajó —dijo.

    Su madre apareció en la puerta con el repasador en el hombro y miró el bombo como se mira una cara conocida con fiebre.

    —¿Mañana a qué hora es la salida?

    —A las cinco de la tarde. Pero hay que estar a las tres, para formar.

    —Entonces hay tiempo —dijo la madre, y no dijo nada más, porque las dos sabían que a esa hora de la noche no había tiempo para nada.

    Nayla tenía dieciséis años y era la primera mujer de la peña del barrio que iba a marchar con el bombo de adelante. Su padre lo había hecho con un tronco de ceibo que le trajo un primo desde el monte, ahuecado a hachazos y a fuego. Se lo había dejado en una frase sola: «Cuidalo del seco». Ella lo cuidó con trapos húmedos, con la funda, con el cuarto sin estufa. No alcanzó.

    Durmió mal. A las cinco, cuando todavía no clareaba, se puso dos buzos, metió el bombo en la funda y salió a pie por la vereda helada hasta la casa de don Eleuterio Coria, el único tientero que quedaba en tres cuadras a la redonda. La puerta del taller era de chapa y tenía una cadena. Golpeó. Del otro lado ladró un perro, y después una voz ronca preguntó quién era a esa hora.

    —La hija de Mansilla, don. La del bombo.

    La cadena sonó. Don Eleuterio apareció en camiseta y campera, con un mate en la mano y un cuchillo de descarnar colgado del cinturón. Sin decir palabra, le sacó la funda, apoyó el bombo sobre la mesa de trabajo y pasó el pulgar por la grieta.

    —Esto no se arregla —dijo—. Se cambia.

    —¿Tiene cuero?

    —Tengo cuero. Lo que no tengo es tiempo. Un parche hay que remojarlo, coserlo al arillo, estirarlo y esperar a que seque. Con suerte te lo tengo para el sábado.

    —La marcha es hoy.

    El viejo sorbió el mate. Afuera empezaba a asomar una luz sucia, de ceniza.

    —Entonces no te lo puedo hacer yo —dijo—. Te lo vas a hacer vos. Yo te miro.

    Nayla pensó que había oído mal. Don Eleuterio ya estaba sacando de un cajón un cuero de cabra doblado en cuatro, duro como cartón, con el pelo gris todavía en un borde. Lo hundió en un balde de agua y lo dejó ahí, sujeto por una piedra.

    —Mientras se ablanda, tomá esto.

    Le puso en la mano un cuchillo chico y una madeja de sacha lazo, la rama fina que se dobla en aro para coser el cuero. Le mostró cómo se le saca el pelo con el filo, a contrapelo, sin apurarse. A las siete tenía los dedos entumecidos y la mitad del cuero pelado. A las ocho, cuando el sol por fin entró en el taller, él le enseñó la puntada. A las nueve, ella se pinchó el pulgar con la lezna y no dijo nada.

    —Está bien —dijo don Eleuterio sin mirarla—. Esa sangre es la que le faltaba.

    A las diez el parche estaba cosido al arillo. A las once le tocó lo difícil: montarlo sobre la caja, encajar el aro de quebracho y trabar las presillas de tiento para tensar. El cuero mojado cedía como una cosa viva. Ella tiraba, el viejo corregía con un dedo, y volvían a tirar. Para el mediodía el bombo tenía parche nuevo, blanco como una hoja, tenso y todavía húmedo.

    —Ahora no lo toques —dijo don Eleuterio—. Ponelo al sol, pero no al fuego. Si lo apurás, se raja otra vez.

    Nayla se sentó en el patio con el bombo sobre las rodillas. El sol de invierno pegaba justo, sin quemar. Pasó una hora. Pasó otra. A la una y media apoyó la oreja sobre el cuero y no oyó nada. A las dos tocó con la yema, despacio, y el parche respondió con un sonido corto, de papel mojado.

    —Le falta —dijo el viejo desde la puerta.

    —Son las dos y diez.

    —Y a las tres tenés que estar formada. Lo sé.

    Se miraron. Hacía un rato él le había contado que el padre de ella le había comprado ese mismo cuero, ocho años atrás, y que lo quería «con el sonido de adentro de uno». No hacía falta decir más.

    A las dos y cuarenta, el sol le dio de lleno al parche. Nayla tomó el palillo y dio un solo golpe, en el centro, con la muñeca floja como le había enseñado su padre.

    El bombo contestó desde el pecho. Un trueno hondo, redondo, que se oyó hasta la esquina y que hizo que el perro de don Eleuterio levantara la cabeza. Algo se aflojó adentro de ella, en el mismo lugar donde sonó.

    —Ya está —dijo el viejo, y se dio vuelta para que ella no lo viera sonreír—. Andá, que te esperan.

    Salió corriendo por la vereda con el bombo contra el costado, el palillo en la mano libre y el pulgar vendado con un pedazo de trapo. A cuatro cuadras ya se escuchaban los otros, los de la peña, probando los parches con el frío de la tarde. Se acomodó en la fila, al frente, y levantó el palillo.

    Y cuando la columna arrancó hacia la plaza, el golpe de su bombo fue el primero que marcó el paso de todos.

  • La salamandra del coche tres

    A las seis y diez de la mañana, la escarcha cubría las vías de la estación de Esquel como una sábana mal planchada. Nilda Aravena caminó por el andén con una bolsa de arpillera en cada mano y el aliento adelante, como si lo llevara de la correa.

    —Señora, todavía no se puede pasar —le dijo un muchacho de campera naranja, con la credencial colgando.

    —Soy Aravena. Me llamó el jefe de estación.

    El muchacho miró una planilla, levantó las cejas y se hizo a un lado.

    Treinta años había trabajado en ese tren. Primero de ayudante de coche, después de encargada, cuando todavía se viajaba en serio, con cajones de gallinas en el pasillo y una familia entera durmiendo sobre las valijas. Hacía once años que se había jubilado. Ahora la vieja compañía de turismo preparaba una salida especial para un grupo de chicos de la escuela de Trevelin, y a alguien se le ocurrió que el coche tres, el más viejo de la formación, tenía la salamandra más caprichosa de todas. Y que la única que sabía prenderla vivía a cuatro cuadras.

    Subió por el estribo agarrándose del pasamanos helado. Adentro olía a madera barnizada, a polvo y a metal frío. Los bancos de listones, las lámparas de bronce, el piso con las mismas tablas gastadas frente a la puerta, donde generaciones de botas se habían parado a esperar. En el medio del coche, panzona y negra, la salamandra.

    Se sacó los guantes y le pasó la mano por el costado. Estaba tan fría que le dolió.

    —Bueno, vieja —dijo—. Vamos a ver cómo andamos.

    Abrió la portezuela. Adentro había ceniza apelmazada de la última salida, y Nilda la sacó con la palita, despacio, sin levantar polvo. Después se arrodilló, algo que le costó más que hace once años, y abrió la primera bolsa. Eran astillas finas de ciprés, cortadas por su hermano en el aserradero de Cholila y secadas dos meses en el galpón. En la segunda bolsa llevaba los leños, y en el bolsillo del abrigo, un rollo de diario del domingo.

    Su padre, que también había sido ferroviario, le había enseñado la regla en esa misma estufa, cuando ella tenía dieciséis años: «El fuego es como una visita. Si lo apurás, se ofende. Si lo dejás sin aire, se muere de vergüenza».

    Armó un nido con el papel arrugado. Las astillas arriba, en cruz, con espacio para que respirara. Los leños gruesos, todavía no. Encendió el fósforo y lo acercó.

    La llama prendió el papel, subió por las astillas, y a los treinta segundos se apagó con un resoplido y un hilo de humo gris.

    —Tiene tiro malo —dijo una voz desde la puerta.

    Era el maquinista, un hombre grandote con el mameluco manchado de aceite y una taza de mate cocido en la mano. Se llamaba Cáceres y era hijo de otro maquinista que ella había conocido.

    —No tiene tiro malo. Tiene el caño frío —contestó Nilda sin darse vuelta—. El aire de afuera le tapa la chimenea como un corcho. Hay que calentarle el cuello primero.

    —¿Y eso cómo se hace?

    —Con un diario encendido, contra la boca del caño, un minuto.

    Cáceres dejó la taza en un banco y fue a buscar una escalera. Mientras él subía al techo del coche, Nilda arrugó otro diario, lo encendió y lo sostuvo bajo la boca de la estufa con los dedos tiesos. Arriba, el maquinista maldijo en voz baja y cantó algo que parecía una zamba.

    —¡Ya está caliente! —gritó.

    —¡Ahora sí!

    Volvió a armar el nido. Se le temblaban las manos y no era por el frío. Le quedaban cuatro fósforos en la caja. Los contó dos veces, porque había aprendido que los números, igual que el fuego, mejoran si los mirás con atención.

    El segundo fósforo prendió el papel. La llama se paró derecha, probó una astilla, otra, y de pronto se oyó el sonido que ella estaba esperando sin saberlo: ese ronroneo grave del tiro, como alguien que aspira por una pajita. Nilda se quedó quieta. Puso un leño fino, después otro. La salamandra empezó a crujir.

    A las siete y media subieron los chicos, treinta, con gorros de lana y mochilas más grandes que ellos, y la maestra detrás, contándolos en voz alta. Entraron al coche tres empujándose y pegaron un frenazo en seco, porque adentro había calor. Un calor de casa, de pan.

    —¡Seño, esto anda! —gritó un nene de pelo duro, y se sentó pegado a la estufa.

    —No te apoyes, que quema —dijo Nilda.

    —¿Usted trabaja acá?

    Ella miró la salamandra, el humo blanco que subía por el caño, las manchas de hollín en el techo que nadie había limpiado desde su época. Pensó en cuarenta inviernos de pasajeros que se habían sacado los guantes frente a esa panza negra.

    —Trabajé —contestó—. Hoy vengo de visita.

    El tren pitó. El coche dio ese tirón corto, de trocha angosta, que sacude las muelas. Por la ventana empezó a correr la estepa blanca, con la escarcha prendida en cada mata, y a lo lejos, borroneada, la cordillera. Los chicos se amontonaron contra los vidrios.

    Nilda se quedó sentada junto a la estufa, con las manos abiertas frente a la portezuela. Quedaban tres fósforos en la caja. Los guardó en el bolsillo, para el viaje de vuelta.

  • Los muelles de la última lancha

    La lancha de las cinco salía de la Estación Fluvial de Tigre con el agua color té y el olor a gasoil mezclado con el de las facturas que alguien había traído en una bolsa. Tobías tenía dieciséis años, una campera prestada que le quedaba grande en los hombros y una sola tarea desde el lunes: aprender dónde se bajaba cada uno.

    —Pasajero que sube, muelle que te tenés que saber —le había dicho don Remigio, el patrón, sin sacar la vista del río—. Si lo sabés de memoria, no preguntás. Y si no preguntás, nadie se da cuenta de que sos nuevo.

    Era jueves. Tobías ya tenía la lista armada, como el abecedario. La señora de las plantas bajaba en el muelle del cartel azul. Los dos hermanos de las mochilas, en el del sauce llorón. El hombre del termo, en el de la escuelita. Contaba los muelles por el color de los pilotes, por los perros que salían a ladrar, por las ropas tendidas en los fondos de las casas de madera sobre pilotes. Río Carapachay adentro, la lancha iba soltando gente como quien afloja botones.

    Ese día el cielo estaba bajo y el viento empujaba desde el sudeste. En la estación, alguien había dicho la palabra con la que los isleños se saludan en octubre y se despiden en abril: sudestada. El río subía despacio, sin hacer ruido, comiéndose los escalones de los muelles uno por uno.

    —Ahora va a ser más difícil —dijo don Remigio—. Con el agua alta todos los muelles parecen otros.

    Tobías pensó que era una exageración de patrón. Hasta el tercer muelle. Bajó la señora de las plantas con sus macetas envueltas en diario, y el escalón donde siempre apoyaba el pie estaba debajo del agua. Tobías la agarró del codo y la ayudó a saltar a las tablas mojadas. Ella le dijo gracias en voz baja, como si él hubiera hecho algo más grande.

    Siguieron. Pasaron los hermanos del sauce llorón, que se bajaron con el agua a los tobillos y se rieron, y después el hombre del termo, que le dejó a Tobías un mate lavado en la mano antes de saltar. Quedaba una sola pasajera en el fondo del salón, junto a la ventanilla empañada: una mujer mayor de pañuelo gris, con un bolso de tela sobre las rodillas. Había subido en Tigre sin decir nada y nadie la había saludado.

    Tobías se acercó con la libreta de tickets.

    —¿Hasta dónde va, señora?

    Ella lo miró un rato largo.

    —Al muelle de los Ferreyra. Después del ceibo grande, antes de la curva.

    Tobías sintió que la lista, esa que se sabía de memoria, tenía un agujero. No había ningún Ferreyra. Fue hasta la cabina y se lo dijo a don Remigio, bajito, para que la mujer no escuchara.

    —No existe ese muelle —respondió el patrón, sin dudar—. Se lo llevó la creciente del noventa y tres. Hace treinta años que no baja nadie ahí.

    —¿Y qué hago?

    —Lo que te parezca. Pero no le mientas.

    Tobías volvió al fondo. Se sentó enfrente de la mujer, algo que no estaba permitido, y le explicó lo que sabía. Ella escuchó sin interrumpirlo, con las manos quietas sobre el bolso.

    —Ya sé que no está —dijo al fin—. Me crié en esa casa. Mi papá hacía las barandas con ceibo. Quería bajarme una vez más donde bajaba de chica, aunque sea para ver dónde estaba.

    La lancha había aminorado la marcha. Afuera la luz se iba, y el río, hinchado, parecía una calle ancha sin vereda. Tobías miró por la ventanilla y empezó a buscar lo que la lista no tenía: el ceibo grande, con la copa roja de flores aunque fuera octubre, y la curva del arroyo que se abría detrás. Lo encontró. Abajo, entre dos troncos, quedaban los restos de unos pilotes negros, apenas dos cabezas de madera que asomaban del agua.

    Fue hasta la cabina otra vez.

    —Don Remigio, ¿puede arrimar a los pilotes?

    —Con esta altura, un metro y medio, no más.

    —Con eso alcanza.

    El patrón no contestó. Giró el timón con dos dedos y la lancha se fue acercando despacio, con el motor en un ronroneo bajo. Tobías salió a la proa y se paró con una soga en la mano. Cuando el casco rozó las cabezas de los pilotes, sacó el brazo y la mujer lo tomó del hombro para levantarse. Estiró una pierna sobre la madera podrida, sin llegar a apoyarla del todo, y se quedó así, medio adentro y medio afuera, mirando la casa que ya no estaba, el terreno cubierto de pasto alto y de agua.

    —Gracias, m’hijo —dijo, y volvió a sentarse—. Ya está. Llevame de vuelta.

    Tobías le cobró el ticket hasta Tigre. Don Remigio dio la vuelta lenta, con las luces de popa prendidas, y el motor levantó una espuma blanca sobre el agua oscura. En la cabina, el patrón sacó una tiza y marcó algo en la pared de madera, junto a la brújula.

    —¿Qué escribió? —preguntó Tobías.

    —El muelle de los Ferreyra. Para que lo sepa el que venga después de vos.

    Tobías miró la pared. Debajo de la brújula había una columna de nombres escritos a tiza, tachados y vueltos a escribir durante décadas. Al final, el último, todavía blanco, y al lado un espacio donde cabía el próximo. Se acomodó la campera sobre los hombros y salió a cubierta. Atrás, en la curva del Carapachay, el ceibo quedó un rato rojo contra la tarde, y después ya no se vio.