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  • Lo que tira el viento

    El costal estaba vacío sobre el lomo del caballo y Anselmo Calfín lo miraba como se mira una deuda.

    Era la primera semana de abril y la asamblea había largado la temporada el lunes. Desde entonces, toda la cuenca de Ruca Choroy andaba con la cabeza gacha, como si hubiera perdido algo en el pasto. Se levantaba el piñón caído y nada más. Nadie tiraba con lazo ni con vara, porque los pehuenes no se tocaban, y el que lo hacía tenía que explicárselo a la comunidad, que era peor que explicárselo a un guardaparque.

    Anselmo tenía setenta y ocho años, una rodilla que ya no le contestaba y un compromiso para el sábado. Su nieta Maite llegaba de Neuquén capital en el colectivo de la tarde, por primera vez en dos años, y él le había prometido kofke, el pan de harina de piñón que hacía su mujer, cocido sobre una piedra bien caliente. Para eso necesitaba un costal entero. Para el costal, necesitaba tres días buenos. Tenía uno y medio.

    —Tío, a esa altura no vas a juntar nada —le dijo su sobrino Facundo, que pasaba con la camioneta y el termo de mate apoyado en el tablero—. Mirá, yo tengo una caña con un gancho. Una sacudida y te cae la mitad.

    —Sabés que no.

    —Nadie mira.

    —El árbol mira —dijo Anselmo, y se arrepintió, porque sonó a dicho de abuelo. Pero lo pensaba.

    Facundo se encogió de hombros, golpeó dos veces la puerta de la camioneta con la palma, y se fue levantando polvo.

    Anselmo ató el caballo y subió despacio por el sendero de piedra suelta hasta el pehuén grande de la laguna, el de las ramas como paraguas abiertos. Su suegro lo había marcado con un trapo rojo cuando Anselmo todavía era un muchacho que venía a pedir la mano de su hija, y desde entonces ese árbol era de la familia aunque no fuera de nadie. Abajo, el suelo estaba casi limpio. Había algunos piñones, oscuros, largos como dedos gordos, pero poco. Los pájaros y las vacas habían llegado antes.

    Se sentó en una raíz y dejó el costal entre las botas. Hacía frío seco, de ese que huele a ceniza y a resina. A lo lejos, la laguna estaba quieta, color plomo.

    Juntó unos veinte piñones en media hora. Los fue guardando en el bolsillo de la campera, que se hinchó apenas.

    A la tarde, cuando bajó, Maite ya estaba sentada en el banco de la cocina, con la mochila a los pies y los auriculares colgando del cuello. Había venido antes, en un auto prestado por una vecina. Tenía once años y los ojos de la abuela.

    —¿Y el pan? —preguntó, sin saludar.

    —Falta un poco.

    —¿Cuánto?

    Anselmo vació el bolsillo sobre la mesa. Veinte piñones rodaron entre el mate y el pan de ayer.

    —Eso no alcanza ni para una torta frita.

    —No —admitió él.

    Maite lo miró un rato largo. Después agarró un piñón, lo dio vuelta entre los dedos y dijo:

    —Mañana voy con vos.

    —Hay que caminar.

    —Camino.

    Salieron a las siete, con el sol bajo y la escarcha todavía crujiendo. Ella llevaba un gorro de lana que había tejido su abuela, el único recuerdo que no se había quedado en la ciudad. Anselmo le explicó la regla sin ponerse solemne: se levanta lo que cayó, se deja lo que no. Ella preguntó por qué. Él dijo que porque el árbol da cuando da, y que si uno le gana de mano, el año siguiente da menos.

    —¿Es verdad o es como las cosas que dicen los grandes?

    —Es verdad. Y también es como las cosas que dicen los grandes.

    Maite se rió por primera vez en dos años.

    Trabajaron toda la mañana bajo el pehuén de la laguna, ella de rodillas, él sentado en la raíz porque la pierna no daba más. A mediodía tenían menos de un cuarto de costal. A las tres, un poco más de la mitad de la mitad. El día se había puesto gris. Anselmo calculaba en silencio: faltaba mucho. Facundo pasó de nuevo en la camioneta, no frenó, pero levantó la caña por la ventanilla, a modo de pregunta. Anselmo negó con la cabeza. Maite lo vio.

    —Abuelo, ¿y si lo hacemos con lo que hay? Un pan más chico.

    —Tu abuela hacía un pan que alcanzaba para todos.

    —Yo no tengo hambre de todos. Tengo hambre de ese.

    Anselmo no contestó. Se quedó mirando las ramas, que se movían apenas, y fue entonces que lo sintió en la cara: el aire cambiaba. Primero fue un soplo fino que olía a nieve lejana. Después vino otro más grande, que movió el gorro de Maite y le sacó un grito corto.

    Arriba, algo crujió.

    —Abuelo.

    —Quedate pegada al tronco.

    La primera piña cayó a tres metros, pesada, con un ruido de bolsa de papas contra la tierra. Después otra. Después cuatro seguidas, y se rompieron al golpear y soltaron los piñones como granizo, rebotando entre las raíces. Maite se agachó con los brazos sobre la cabeza y se echó a reír, y Anselmo también, un poco sin aire.

    El viento duró veinte minutos. Cuando paró, el suelo parecía otro.

    Llenaron el costal hasta que no cerró más. Anselmo lo ató con la soga, y entre los dos lo subieron al caballo.

    El sábado a la noche, en la cocina, el fuego ardía con leña de ñire. Maite amasó la harina sobre la mesa, con las manos grandes de él guiándole las muñecas, y el pan se tendió sobre la piedra caliente con un siseo. Olía a tierra tostada y a algo dulce que Anselmo no recordaba haber olvidado.

    Maite partió el primer pedazo, lo sopló y se lo ofreció a él.

    —Probá vos primero.

    Anselmo lo probó. Afuera, el pehuén de la laguna se movía en la oscuridad, y le pareció que dejaba caer una última piña, bajito, como quien cierra una puerta.

  • Cambio y fuera en el Km 3

    El viento del Km 3 entraba por abajo de la puerta y levantaba una esquina del almanaque de YPF. Teresa Quiroga la alisó con la palma, como todas las mañanas, y después se sentó frente al aparato. Era el 13 de diciembre, Día del Petróleo, y el sábado anterior le habían avisado por escrito que el camión de la contratista iba a venir a las doce a llevarse la radio.

    Treinta y un años hacía que la prendía a las seis. Primero venía el zumbido, después el olor a polvo caliente de las válvulas, y después su voz, que ya no necesitaba pensarse: «Central Kilómetro Tres, buenos días a los equipos. Parte de viento: del oeste, cuarenta y cinco, con ráfagas».

    Esa mañana las ráfagas eran de ochenta. Lo sabía por la taza del anemómetro que giraba en el techo de chapa y por el ruido, un silbido finito que se le metía en los dientes. Desde las ventanas se veía el Chenque, pelado y color galleta, y abajo las casas ypefianas, todas iguales, con los rosales que alguien había plantado hacía sesenta años para que el viento no se llevara también eso.

    Dio el parte. Contestaron los equipos de Diadema, el de la Zona Central, el del Cañadón Perdido, uno por uno, con las voces cortadas por la estática. Teresa tachaba en la planilla. Era una costumbre de oficina que ya no servía para nada, porque la planilla iba a ir a parar a una caja, y la caja a un galpón, pero tachaba igual.

    A las ocho y diez sonó el teléfono negro, el que no era de la radio.

    —¿Teresa? Soy la Marisa Millalonco. Estoy en el Regional, te llamo del teléfono del pasillo.

    —¿Y? —dijo Teresa, y se paró sin darse cuenta.

    —Nació anoche, a las once y pico. Un varón, tres kilos ochocientos. Los dos estamos bien. Pero Gerardo no sabe. Está en el pozo desde el miércoles, y el camioncito que lo iba a traer lo frenó el viento en la ruta. Yo no tengo cómo avisarle.

    —Ya le aviso yo.

    —Hay otra cosa, Tere. —La voz de Marisa se achicó—. Él quería que se llamara Gerardo, como el padre. Yo quería Tomás. Lo hablamos tanto que no decidimos nada. Quiero que me diga él.

    Teresa miró el reloj de pared. Las ocho y once. Miró la planilla tachada, la caja de cartón que alguien le había dejado al lado de la puerta, el micrófono con la malla gastada justo donde apoyaba el labio.

    —Quedate al lado del teléfono —dijo—. No cortes.

    Apretó la tecla.

    —Central Kilómetro Tres llamando a Cañadón Perdido, equipo nueve. Cambio.

    Estática. Un siseo largo, de sábana arrastrada.

    —Equipo nueve llamando a Kilómetro Tres, adelante, Teresa —contestó al fin una voz ronca. No era Gerardo. Era el apuntador.

    —Necesito a Millalonco en la radio. Es personal.

    —Está arriba, en el piso, con la maniobra. Con este viento no lo bajo.

    —Bajalo, Quique. Que se ponga el casco y baje.

    Pasaron nueve minutos. Teresa los contó en el reloj. En el medio, el técnico de Buenos Aires que había venido el jueves a rotular los equipos asomó la cabeza por la puerta, un pibe flaco con una carpeta, y dijo que el camión se adelantaba, que salía a las diez. Teresa le dijo que bueno. Él se quedó parado, esperando algo más, y como no vino, se fue.

    —Acá Millalonco —dijo por fin el parlante, con el viento rugiendo atrás—. ¿Pasó algo, Teresa?

    Ella apoyó el labio en la malla gastada.

    —Gerardo, tu señora está al teléfono. Te la paso por el aire. Acordate de decir «cambio» cuando termines.

    Esa era la parte que no estaba permitida. Un canal abierto, con la mitad del yacimiento escuchando. Sacó el tubo negro del teléfono, lo acercó al micrófono y los apretó uno contra el otro, el plástico contra la malla, y empujó la tecla con el codo.

    —Gerardo —dijo la voz de Marisa, pequeña, metida en un tubo dentro de otro tubo—. Es varón. Está bien. Los dos estamos bien.

    No hubo respuesta. Solo el viento en el cañadón, un ruido de hierros lejos. Teresa pensó que se había cortado.

    —¿Gerardo? —dijo Marisa.

    —Acá estoy. —Se le quebraba—. Perdoname, es que me tiembla la tecla. Marisa, ¿cómo…?

    —Decime vos el nombre. Elegí vos. Yo lo anoto como digas.

    Desde el otro lado, por el parlante, Teresa oyó entonces algo que no había oído nunca en treinta y un años: silencio de verdad, el de cuarenta hombres callados a la vez. Los equipos tenían la tecla abierta. Los de Diadema, los de la Zona Central, hasta el del Cañadón Perdido, todos a la escucha y ninguno hablando, mientras el viento seguía.

    —Tomás —dijo Gerardo—. Como querías vos. Y de segundo, Gerardo, si el viejo no se enoja.

    —No se enoja —dijo Marisa, llorando y riéndose.

    —Tomás Gerardo Millalonco —repitió él, despacio, como probándolo en la boca—. Cambio.

    Entonces pasó. Primero fue uno, una voz que Teresa no reconoció, que dijo «felicitaciones, Millalonco» por el aire. Después otro, y otro. Se pisaban, se mezclaban con la estática. Un equipo dijo «que sea de Boca», y otro «que no, por favor». Teresa se tapó la boca con la mano y se quedó así hasta que se cortó el último.

    A las diez menos diez frenó el camión afuera. Entró el pibe flaco con dos muchachos de mameluco azul. Miraron la radio, miraron a Teresa, miraron el reloj.

    —¿Ya se puede? —preguntó él, casi pidiendo permiso.

    —Un minuto —dijo ella.

    Apretó la tecla por última vez. Sin mirar la planilla, sin los buenos días de siempre, dijo lo único que le faltaba decir.

    —Central Kilómetro Tres a todos los equipos. Nació Tomás Gerardo. Cambio y fuera.

    Soltó. Apagó el interruptor. El zumbido bajó, bajó, y las válvulas se quedaron enfriándose en la penumbra con ese tictac de metal. Los muchachos desatornillaron los cables con cuidado. Uno de ellos, el más joven, le preguntó dónde quería que dejara el micrófono.

    Teresa lo tomó, lo limpió con la manga y se lo guardó en la cartera, entre las llaves y el pañuelo.

    Afuera, en el techo, la taza del anemómetro siguió girando, sin que nadie la anotara, y el silbido fino pasó por arriba de las casas ypefianas, por encima de los rosales, derecho hacia el mar.

  • El turno de las tres

    La boleta estaba doblada en cuatro dentro del bolsillo de la camisa, y Ceferino Lucero la tocaba cada tanto con dos dedos, como quien comprueba que no se le cayó un diente. Eran las dos y diez de la madrugada. La acequia corría llena a su izquierda, con ese ruido de tela que se arrastra, y los álamos de la hijuela dejaban pasar un cielo duro, sin una nube, de esos que en Rodeo del Medio anuncian helada para el sábado.

    Esa era su última noche. A las ocho de la mañana le entregaba la bicicleta de reparto, la llave de la casilla y la libreta de turnos a un muchacho de Irrigación que ya le había preguntado dos veces si el celular andaba por la zona. Treinta y ocho años de tomero. Había repartido agua por turnos de seis horas, de tres, de cuarenta minutos para un olivo suelto, y de todos esos turnos solo le quedaba uno por cumplir que le pesaba: el de las tres, para la finca de los Pedrazzoli.

    La finca era una hectárea y media de malbec viejo, en parral bajo, con los postes de algarrobo grises de tanto sol. Don Aldo había muerto en septiembre. Ceferino no fue al velorio. Se quedó en la casilla, con el mate lavado, mirando la pared. Veinte años antes, en una limpia de cauces, Aldo lo había acusado delante de todos de dejarle la mitad del cupo a un vecino con el que se tomaba vino. Era mentira, y los dos lo sabían, pero Aldo era de los que no vuelven atrás aunque la tierra se les abra adelante. Desde entonces, Ceferino le dejaba la boleta clavada en el poste de la tranquera y se iba sin tocar el timbre.

    Esa noche no podía hacer eso. La boleta tenía el nombre de Amalia Pedrazzoli, viuda, y su turno empezaba a las tres, dos horas exactas, por el surco grande y los cuatro del costado. Y alguien tenía que abrir la compuerta.

    Llegó a la toma a las dos y cuarenta. Revisó la tabla, sacó con la pala el barro que se había acumulado contra el marco y probó la cadena. Todo en orden. Se sentó en el borde de cemento a esperar, con la linterna apagada para no gastar pila. Del otro lado del alambrado se veía una luz amarilla, chiquita, que no estaba allí otras noches.

    —¿Es usted, Lucero? —dijo una voz desde la oscuridad.

    Ceferino se paró tan rápido que se le trabó la rodilla.

    —Soy yo, doña Amalia.

    Ella salió por el portillo con un chal de lana sobre un camisón, botas de goma de hombre y un termo bajo el brazo. Tenía ochenta y seis años y caminaba apoyándose en un palo de escoba que alguna vez fue otra cosa. La luz amarilla era una linterna a querosén, de las que ya nadie usa.

    —Aldo siempre decía que había que estar cuando entraba el agua —dijo—. Que si uno no la ve entrar, se la roban sin darse cuenta.

    —Nadie le va a robar nada.

    —Ya sé. Pero vine igual.

    Ceferino sacó la boleta y se la tendió. Ella la tomó, la acercó a la llama, la leyó entera moviendo los labios, hasta la firma, y después la guardó en el chal.

    —Tres a cinco. Como siempre.

    —Como siempre.

    Se quedaron callados un rato. El agua pasaba contra la tabla con un golpe sordo y regular. Amalia destapó el termo y sirvió dos tapitas de café con leche, todavía tibio, que olía a canela.

    —Tome.

    —No quiero molestar.

    —Veinte años molestó de lejos, Lucero. Ahora tome.

    Ceferino tomó. Estaba dulce de más, como lo hacía ella, y por un momento el gusto lo devolvió a una cocina con mantel de plástico y a un Aldo más joven que se reía fuerte. Bajó la vista a la tapita.

    —Yo nunca le saqué el cupo a nadie —dijo, y le salió más bajo de lo que pensaba.

    —Ya sé.

    —Él nunca me creyó.

    —Sí te creyó. —Era la primera vez que lo tuteaba—. A la semana lo supo. Lo que no pudo fue decírtelo. Se pasó veinte años buscando cómo, y se le fue el tiempo en eso. Era un hombre grande y no sabía pedir perdón.

    Ceferino no contestó. Se tocó el bolsillo vacío de la camisa, donde antes estaba la boleta.

    A las tres menos un minuto, se pusieron de pie. Él tomó la cadena. Amalia se acercó con la linterna a querosén y la levantó para alumbrar el marco, como si hubiera algo para ver más allá del cemento mojado.

    —Ahora —dijo ella.

    La tabla subió con un chirrido que Ceferino conocía de memoria. El agua se abrió paso en el surco como si hubiera estado esperando detrás de la puerta, ancha, oscura, con un brillo de aceite donde la luz le pegaba. Corrió entre las hileras, empujó el polvo, levantó un olor a tierra mojada que les subió a la cara. Se oyó cómo las raíces del parral, ciegas desde hacía semanas, empezaban a beber.

    —Mirá eso —murmuró Amalia.

    Ceferino miró. Treinta y ocho años de turnos y nunca se había quedado a mirar cómo entraba el agua en una finca ajena. Siempre había otra boleta, otra toma, otro vecino esperando.

    A las cinco cerró la compuerta. Amalia lo acompañó hasta la tranquera caminando despacio, con el palo de escoba golpeando la tierra húmeda.

    —Mañana el muchacho nuevo va a venir a presentarse —dijo ella—. Yo le voy a decir que a las tres se sirve café. Que es la costumbre.

    Ceferino sonrió, y se sorprendió de sentir la cara tan tiesa por el frío.

    —Es buena costumbre.

    Montó en la bicicleta. Detrás de él, en la finca, el agua seguía bajando por los surcos, y la luz amarilla de la linterna se quedó un rato más en el camino, como una brasa que nadie quería apagar.

  • Un minuto por vuelta

    La alarma sonó a la una y cuarenta, un pitido de grillo eléctrico que venía del termómetro clavado en el cuadro de las Williams. Hernán abrió los ojos en la pieza de cuando era chico, con las cajas de mudanza apiladas contra el ropero, y tardó un segundo en acordarse de dónde estaba. En Allen. En la chacra de su viejo. A las diez de la mañana tenía que firmar el boleto de venta en una escribanía de la calle Roca.

    Bajó la escalera en medias. En la cocina ya estaba prendida la luz, y su padre, Ítalo, sentado con la campera de abrigo puesta sobre el piyama, calentaba agua en la pava abollada.

    —Dos grados —dijo Ítalo, sin darse vuelta—. Y bajando.

    —Ya sé, pa. Lo vi en el celular. Voy a prender la bomba.

    —La bomba la prendiste vos hace veinte minutos, con el aviso del pronóstico. Yo la escuché arrancar.

    Hernán no contestó. Era cierto. Había salido al galpón a las doce y media, había abierto las válvulas del turno y había vuelto a acostarse con la ropa de trabajo todavía en la silla, como hacía a los dieciséis. Lo que no sabía era que su padre, que a los setenta y nueve años dormía de a ratos y con un oído afuera, lo había seguido con el cuerpo desde la cama.

    —Poné la yerba —dijo Ítalo—. Tenemos hasta que salga el sol.

    Salieron con un termo y dos mates. Afuera no había viento. Eso era lo peor: durante tres días el sudoeste había soplado seco y duro, y ahora se había apagado de golpe, y en el valle un cielo sin viento y sin una sola nube dejaba que el calor se escapara hacia arriba como el agua de una bañadera destapada. Los álamos de la cortina quedaron quietos contra las estrellas. Se oía el canal, lejos, y más cerca, desde los cuadros, un sonido finito y repetido, tac, tac, tac, tac, el martillo de cada aspersor pegándole a la boquilla de bronce.

    Hernán conocía ese ruido de toda la vida y lo había olvidado. Un giro por minuto, le había enseñado su padre. Si da la vuelta más rápido, tira poco agua. Si da la vuelta más lento, el hielo no alcanza a cubrir la flor y la helada se la come igual.

    —Ahí —dijo Ítalo, parado en la cabecera del cuadro de las Packham’s, con el mate frío en la mano—. Escuchá.

    —No escucho nada raro.

    —Justamente. Falta uno.

    Hernán aguzó el oído. Tac, tac, tac, tac. Contó mentalmente las filas, separó los sonidos como se separan las voces en una mesa larga. Y entonces lo oyó: un hueco, un compás que no caía, hacia el fondo, entre la quinta y la sexta línea.

    Fueron caminando entre los perales, con la linterna apuntando al piso. El suelo estaba duro y brillante, y el agua que rebotaba de los aspersores se iba convirtiendo en una costra de vidrio sobre cada rama. Las flores de peral, blancas, ya no eran flores: eran cápsulas de hielo con un punto de color adentro, como esas moscas dentro del ámbar que había visto una vez en un museo de Neuquén.

    El aspersor trabado era uno de los viejos, de metal, con el capuchón torcido. El resorte se había llenado de hielo y el brazo no podía girar. Ítalo se agachó con una dificultad que a Hernán le dolió ver, sacó del bolsillo un destornillador chico y empezó a golpear el hielo con el mango, de a poco, sin apuro.

    —Dejame a mí.

    —Alumbrame.

    Alumbró. Su padre rompió la costra, sopló sobre los dedos, destrabó el brazo con dos golpecitos secos. El aspersor arrancó de nuevo, tac, tac, tac, y el chorro volvió a abrirse en abanico sobre las plantas de la fila.

    —Cuarenta años que le pongo capuchón a este —dijo Ítalo—. Y cada tanto se acuerda de que no le gusta.

    Siguieron la ronda hasta las cuatro. Dos veces más hubo que arreglar un pico tapado. Una vez Hernán resbaló y se sentó en el barro congelado, y Ítalo se rió con una risa corta, de tos, que Hernán no escuchaba desde antes de que se fuera a vivir a la ciudad. A las cinco y media, el termómetro del cuadro marcaba menos uno y medio. El cielo, hacia el este, empezó a ponerse del color de la leche con un poco de té.

    Se sentaron en dos cajones de madera, al borde del cuadro. Ítalo cebó un mate y se lo pasó.

    —El comprador es buena gente —dijo—. Tiene malla antigranizo y todo. No te hagas problema.

    —Pa, no tenemos que…

    —No te estoy diciendo que no. Te estoy diciendo que es buena gente. —Ítalo miró las filas, el vapor que subía de la tierra cuando el agua tibia tocaba el suelo helado—. Yo sólo quería ver una más. Una noche entera de esas. Pensé que iba a poder solo, pero me alegra que no.

    El sol salió por detrás de la barda con un filo de cobre. Y entonces las flores se encendieron. Cada peral, cada rama, cada cápsula de hielo se prendió desde adentro con una luz amarilla y rosa, miles y miles, y el tac de los aspersores se mezcló con un crujido finito, como de vidrio cuando se parte despacio.

    Hernán sacó el celular del bolsillo. Tenía un mensaje de la escribanía confirmando el horario. Lo miró un rato, y después lo dio vuelta sobre la rodilla y dejó que la pantalla se apagara sola, mientras su padre, a su lado, contaba bajito, uno por uno, los aspersores que seguían girando.

  • Un cajón para Chile Chico

    El primer día que Genaro Aillapán se quedó solo en el puesto de control, el viento del lago ya había volteado dos veces el cartel de los plaguicidas. Lo levantó por tercera vez, lo apoyó contra la garita y se puso el chaleco naranja. Hacía veintiséis años que don Mateo Sandoval abría esa barrera. Se había jubilado el viernes y le había dejado una carpeta, un termo con la tapa abollada y una sola recomendación: «Con las abuelas, vos mirá el cajón primero y la cara después».

    Era mediados de enero y en las chacras de Los Antiguos se cosechaba desde el amanecer. Se olía desde la ruta: una dulzura tibia y pegajosa, de fruta que se pasó un día de la mano. Los camiones salían cargados hacia Caleta Olivia y los pibes de la cosecha cruzaban en bicicleta con los baldes colgados del manubrio.

    A las diez y cuarto apareció una mujer chiquita, con pañuelo en la cabeza y un cajón de madera abrazado contra el pecho. Caminaba despacio, pero sin pausas, como quien ya sabe cuántos pasos hay hasta el puente.

    —Buen día, joven. Soy la Leontina Barría. Voy a lo de mi hermana, a Chile Chico.

    —Buen día, señora. Documento, por favor.

    Ella le dio el DNI sin soltar el cajón. Tenía ochenta y un años y una foto donde se la veía decidida a no sonreír. Genaro anotó los datos en la planilla y después miró el cajón. Estaba tapado con un repasador a cuadros. Levantó una punta.

    Cerezas. Negras, firmes, con el cabito verde todavía, tan apretadas que ni el aire pasaba entre ellas. Calculó cinco kilos.

    —Señora, la fruta fresca no puede pasar. Ni para allá ni para acá. Es por las plagas, por la mosca de la fruta. Es una norma de los dos países.

    —Ya sé —dijo Leontina—. Me lo explicó tu antecesor. Me lo explicó veintidós veces.

    —¿Veintidós?

    —Una por enero. Con la de este año, veintitrés.

    Genaro se acordó de la carpeta y la abrió ahí mismo, contra el mostrador. En la última hoja, con la letra apretada de don Mateo, había una lista de fechas y debajo una sola palabra repetida: «decomisado, decomisado, decomisado». Al final, en lápiz, otra línea: «Ojo con la Leontina».

    —¿Y por qué sigue trayendo el cajón si siempre se lo sacan?

    —Porque no se lo sacaban. —Leontina se acomodó el pañuelo—. Mateo lo dejaba sobre esa mesa y se hacía el distraído. Yo me daba vuelta, le agradecía, y cuando miraba otra vez el cajón había desaparecido. Decomiso, decía la planilla. Yo creo que se las comía el pobre.

    —Eso no estaría bien.

    —Y tampoco estaba mal. Alguien tiene que comerlas.

    Genaro se frotó la cara con la mano. Afuera, un camión con acoplado pasó levantando polvo y la barrera tembló en su poste. Pensó en el reglamento, en el sello que tenía que estampar, en el balde azul de la esquina donde se tiraba lo decomisado con un chorro de lavandina por encima.

    —¿Por qué su hermana no viene hasta acá? —preguntó.

    —Porque no la dejan. Se casó del otro lado en el sesenta y uno, con un baqueano que tenía campo en el lago. Y no tiene piernas para dos aduanas en un día. Desde que enviudó yo cruzo una vez al año. Un año me tocó una cosa y otro año me tocó otra, y cuando quise acordarme llevábamos veintitrés enero sin comer las mismas cerezas.

    —¿Las mismas?

    —Las de la chacra de mi padre. Mi hermana dice que de ese lado no dan igual. Dice que les falta no sé qué. —Leontina miró hacia el río, que se veía brillar entre los álamos—. Yo digo que lo que falta es que alguien se las ponga en la mano.

    Genaro se quedó callado un rato. Después salió de la garita con la planilla y caminó hasta la mitad del puente, mirando el agua. El Jeinimeni bajaba verdoso, rápido, con espuma en los bordes, camino al lago grande. Del otro lado, en la garita chilena, un carabinero tomaba mate sin apuro. Le hizo una seña con la cabeza, como se hace entre colegas.

    Volvió.

    —Señora, el cajón no pasa. Eso no se discute. Pero la línea del medio del puente también es un lugar. Si usted me acompaña, y si su hermana quiere venir hasta ahí, se pueden sentar cada una de su lado.

    —¿Y las cerezas?

    —Las cerezas se comen ahí, sin cruzar. Cada fruta que sale del cajón se la come la persona que la agarra. Y los carozos van al río. Lo que sobre, lo decomiso yo.

    Leontina lo miró largo, con esos ojos chiquitos y claros que ya habían visto pasar a muchos funcionarios.

    —Mateo nunca pensó eso.

    —Mateo no tenía el termo abollado de hoy —dijo Genaro, y fue la única broma que se permitió en todo el día.

    Llamaron del otro lado por radio. Pasó media hora, y a las once y diez bajó una camioneta vieja del lado chileno. Se bajó una mujer todavía más chiquita que Leontina, con un bastón de pino y un sombrero de ala corta. Caminó despacio por la vereda del puente hasta quedar frente a su hermana, a tres metros, justo donde la pintura marcaba la raya.

    No se abrazaron. Se miraron con una especie de enojo antiguo, de los que se arrastran con cariño. La de Chile Chico habló primero.

    —Estás más flaca.

    —Vos más vieja.

    Genaro llevó el cajón hasta la mitad del puente y lo apoyó sobre el pretil de hierro. Retiró el repasador. Leontina eligió una, la más oscura, y se la dio a su hermana estirando el brazo sin cruzar la raya. La otra la tomó con dos dedos, le sacó el cabito y se la llevó a la boca.

    Cerró los ojos. Masticó despacio. Cuando abrió los ojos de nuevo estaban brillantes y fruncidos de rabia.

    —Ahí está —dijo—. Es la misma.

    —Te lo dije hace veintitrés años.

    —Callate y dame otra.

    Comieron las dos, una por una, hasta que los dedos se les pusieron violetas y las bocas también. Escupían los carozos por encima del pretil, con puntería de chicas, y los carozos caían al Jeinimeni y se iban con la espuma. Genaro, de espaldas, anotó en la planilla: «Decomiso: 5 kg cerezas. Destino: río». Firmó, estampó el sello y cerró la carpeta.

    Cuando levantó la vista, el carabinero del otro lado había salido de la garita. Tenía una cereza en la mano que alguien le había alcanzado. La miró a trasluz como si fuera un reloj y se la comió.

    Esa tarde el viento se calmó un rato. Al río, que seguía bajando hacia el lago, todavía le iban llegando carozos, lentos, oscuros, brillantes, uno detrás de otro.

  • El anillo en el pasamanos

    A las cuatro de la tarde del 11 de enero, el andén de Carabobo olía a hierro caliente y a pan de la panadería de arriba, que bajaba por la escalera como si también quisiera despedirse. Elvira Szulc se quedó parada en la línea amarilla con la cartera abrazada contra el pecho. Hacía treinta y un años que no venía a esperar un subte en esa estación. Antes de que existiera, en realidad. Carabobo había abierto hacía apenas cuatro años, y Aldo, que se jubiló antes, nunca llegó a cerrarle una puerta a nadie ahí.

    Había mucha gente para ser un viernes. Pibes con cámaras, un señor con una gorra de la Anglo bordada por la nieta, dos chicas que se sacaban fotos contra la pared de azulejos. Elvira los miraba con cierta desconfianza. Para ellos era el último día de un museo. Para ella era el último día del lugar donde su marido había trabajado, de pie, en el medio del coche, con una mano en la manija de la puerta y la otra en el bolsillo del saco, tres décadas.

    El túnel soltó primero el viento y después el ruido. Un ruido de latas viejas bien cuidadas, de madera que cruje pero no se rompe. El coche que se detuvo era verde oscuro, con las ventanillas de guillotina y el número 31 pintado en el frente.

    —Ese —se dijo en voz baja.

    Aldo le había dicho el número un mes antes de morirse, en la cocina, mientras pelaba una mandarina con las uñas. «El treinta y uno, Elvira. Debajo del segundo asiento, del lado de la puerta que cerraba yo. Hay una cosa tuya.» Ella le preguntó qué cosa. Él se rió con esa risa corta, de guarda, y se llevó un gajo a la boca. «Si vas, la ves.»

    Eso había sido hacía catorce meses. Después vino la obra social, el sillón de él vacío, y recién en diciembre leyó en el diario que los coches se iban, que la línea cerraba casi dos meses y que el viernes 11 era el último día.

    Subió. Las puertas se cerraron a mano, un empleado joven tirando de cada una con las dos palmas, y Elvira sintió que algo en el pecho se acomodaba al ritmo de ese gesto. Se sentó en el segundo asiento. La madera estaba lustrada por cien años de pantalones y polleras, y aun así tenía un calor propio, de cuerpo reciente.

    No podía agacharse a mirar con tanta gente. Frente a ella, un hombre de campera de cuero sacaba fotos de la lámpara del techo. A su lado, una nena trataba de ver su propio reflejo en el espejo largo que corría sobre las ventanas.

    —¿Se siente bien, señora? —le preguntó el empleado joven al pasar.

    —Estoy buscando una cosa —dijo Elvira—. Mi marido era guarda acá.

    El pibe se puso serio. Tenía un cuello de camisa un número más grande.

    —¿Cómo se llamaba?

    —Aldo Cordone. Del turno tarde.

    —Ese nombre no lo conozco —dijo, con pena genuina—. Yo entré hace dos años. Pero mire, si busca algo, hasta Plaza de Mayo el coche va despacio. Después vuelve vacío a Primera Junta. Si quiere quedarse a la vuelta, yo no le digo nada.

    Así hizo el viaje de ida mirando por la ventana de guillotina las paredes de Congreso, de Sáenz Peña, de Lima, el túnel que pasaba por el costado como una tela oscura que alguien tironeaba. En Plaza de Mayo bajó toda la gente. Ella se quedó sentada. El empleado la miró, miró la hora y se hizo el distraído.

    Esperó. Cuando el coche quedó solo, se arrodilló en el piso, con la pollera apretada entre las rodillas y una crujida de huesos que le sacó una carcajada sola. Pasó la mano debajo del segundo asiento. Madera, polvo de siglo, un resorte. Nada.

    Corrió la mano más a la derecha, hacia la pared del coche. Y ahí, en la unión de dos tablas, sintió una rugosidad. Se acostó casi de costado en el piso del subte, con la mejilla contra el barniz, y alcanzó a ver con la linterna del celular una letra tallada con navaja, torpe y honda, repasada con lapicera hasta quedar negra. Una E. Y al lado, más chica, una fecha: 14-3-81.

    La fecha de la boda. Ni se acordaba de que había sido un sábado.

    No era un tesoro, no había nada para llevarse. Era la inicial de ella, tallada en el único lugar que él consideraba suyo, por si algún día todo eso desaparecía y quedaba al menos esa constancia, una E escondida en una tabla que iba y venía por debajo de Rivadavia con cada viaje.

    Elvira se quedó un rato así, tendida, con el celular apagado en la mano. Se acordó de la mandarina, de las uñas de Aldo, de «si vas, la ves».

    Cuando se incorporó, se sacó el anillo del dedo. Le costó, porque los nudillos ya no eran los de antes. Se agarró del pasamanos del coche, esa barra blanca desgastada justo a la altura donde generaciones de manos casadas se habían sostenido, y golpeó el aro de oro contra el hierro dos veces. Un tintineo corto, el mismo que escuchaba en el colectivo de vuelta del trabajo cuando él se agarraba al pasamanos y sonaba la alianza.

    —Acá estaba —dijo.

    La última formación salió de Plaza de Mayo a las diez y cincuenta de esa noche, llena de gente que sacaba fotos y de gente que no se animaba a sacarlas. Elvira iba en el coche 31, sentada en el segundo asiento, del lado de la puerta que cerraba Aldo. No habló con nadie. Cuando el tren entró en la oscuridad más larga, entre Lima y Sáenz Peña, apoyó la mano abierta sobre la tabla, justo arriba de la E, y la dejó ahí hasta Primera Junta.

  • El cinco de Estela

    A la una y diez de la tarde, Estela abrió el cajón de las camisetas y encontró el agua. No mucha: un charquito debajo, de una gotera del techo del vestuario que el club venía prometiendo arreglar desde el verano. Pero alcanzó. Las rojas y blancas del juego titular estaban húmedas hasta el número, y el olor a toalla mojada le subió a la cara como una cachetada.

    —¿Cuántas se salvaron? —preguntó el ayudante de campo desde la puerta, con el celular en la mano.

    —Diez. Las del siete para arriba. Del uno al seis, empapadas.

    —El partido es a las tres, Estela.

    —Sé a qué hora es el partido. Hace treinta y un años que sé a qué hora es el partido.

    Él se fue sin contestar. Estela se quedó mirando el cajón. Tenía las manos cortas y fuertes de quien lava a mano lo que la máquina no cuida, y las llevaba siempre un poco húmedas, con olor a jabón blanco. Colgó las camisetas mojadas en el alambre del fondo, al lado de las medias, y las contó otra vez, como si contar pudiera secarlas.

    El problema tenía nombre y apellido: Joaquín Ledesma, diecisiete años, lateral de la Reserva, que ese día debutaba en Primera B porque se habían lesionado dos. Le tocaba el cinco. Había llegado temprano, con la mochila en la falda y las rodillas golpeando el piso, y Estela le había dicho “quedate tranquilo, pibe, tu camiseta está planchada”. Estaba planchada. Estaba colgada del alambre, mojada, con el cinco pegado como una estampita en el agua.

    Fue al ropero grande, el de madera oscura que los albañiles nunca habían podido sacar de la pared porque lo habían armado adentro del cuarto. Detrás de las camperas de lluvia y las bolsas de pelotas desinfladas había un baúl de lata. Lo abrió con una llave que llevaba en el llavero, entre la del portón y la de la heladera de la confitería.

    Papel de diario, naftalina, y abajo, doblada en cuatro, una camiseta de algodón pesado, con cuello en V y tres botones de nácar. El rojo se había vuelto casi marrón en los pliegues. En el pecho, el escudo estaba bordado, no estampado, con hilo que alguna vez había sido blanco. Atrás, el número cinco, cosido a mano con puntadas parejas y chiquitas.

    Las puntadas eran suyas.

    Se acordó de golpe: una noche de carnaval de principios de los ochenta, cuando el club todavía llenaba el salón con las orquestas y el piso brillaba de cera y confeti. Ella tenía veintipico, la máquina de coser de su madre y un tío que jugaba de cinco y que le había dicho: “arreglame la camiseta, que se me despegó el número”. Esa noche coció el número con la música de abajo subiendo por las tablas. El tío jugó dos temporadas más, se fue a trabajar a los talleres del Roca y nunca volvió a pisar la cancha. La camiseta quedó en el baúl porque nadie se animaba a tirar algo con botones de nácar.

    Estela la sacudió. Tosió con la naftalina. Fue hasta la puerta del vestuario y llamó al pibe con dos dedos.

    Joaquín vino con los hombros adelante. Miró la camiseta y después la miró a ella.

    —Esa es de museo.

    —Es de alguien que jugaba de cinco. Probátela.

    —Mi camiseta es la otra.

    —La otra está en el alambre, mojada como un pollo. Tenés media hora para decidir si salís con algo de museo o con nada.

    El pibe se la puso por la cabeza. Le quedaba un poco grande de espalda y justa de largo. Se miró en el espejo rajado que colgaba arriba de los lavatorios y se acomodó el cuello, sin saber que lo hacía igual que otro pibe cuarenta años atrás, frente al mismo espejo.

    —Pesa —dijo.

    —Es algodón. Después de los primeros diez minutos no la sentís.

    —¿Y los botones?

    —Abrochalos. Si la pelota te los rompe, me los cosés vos.

    Joaquín se rió, y con la risa se le fue la tiesura. Estela lo vio salir hacia el túnel con la camiseta marrón y roja, atrás de los otros, y se acordó de que había que buscar los botines del arquero suplente. Siguió con la lista. Colgó medias, repartió canilleras, llenó los bidones de agua con el pico de la manguera que perdía.

    A las tres menos diez, desde el pasillo, oyó el ruido que conocía mejor que su propia voz: las gradas llenándose de a poco, el bombo de la popular, el pitido lejano de un tren que pasaba por la vía de atrás, cargado de gente que volvía de algún lado. Salió a la boca del túnel, como todos los sábados, y se quedó contra la pared fría.

    El partido fue parejo. En el segundo tiempo, Joaquín hizo una cosa que Estela no esperaba: subió por la banda, tiró un centro raso sin mirar y la pelota le quedó servida a un compañero que la empujó adentro. En la tribuna alguien gritó el nombre del pibe, con las vocales alargadas, y después otro, y después muchos.

    Terminó uno a cero. Ya con el sol bajo y el pasto largo de sombras, los jugadores volvieron al vestuario con el barro en las canillas. Joaquín entró último. Se sacó la camiseta con cuidado, desabrochó los botones uno por uno y los contó, a escondidas, para ver si seguían todos.

    —Están los tres —dijo, y se la dio doblada.

    Estela la tomó. Estaba tibia y pesada, con el olor a pasto y a esfuerzo que ningún jabón había logrado sacarle en tantos años. La alisó contra el pecho.

    —Mañana la lavo a mano —dijo—. Y la semana que viene te toca otra, pero esta queda afuera del baúl.

    La colgó en el gancho más cercano a la ventana, donde la luz de la tarde entraba por el vidrio sucio y le pintaba el cinco bordado de un rojo que, por un rato, volvió a ser el de antes.

  • Cinco y diez en Madariaga

    A las cuatro y diez de la mañana, Ramón Ibarra todavía no había encontrado la palanca de la puerta. Estaba sentado en el coche nuevo, en la cabecera de Monte Grande, con las manos sobre un volante que olía a plástico recién sacado de la caja. Doscientos y pico de días sin manejar. En la cochera habían pegado un papelito con el número del interno, y él lo había leído tres veces, como si pudiera cambiar.

    —Es el botón de al lado del freno de mano, Ramón —le dijo Chacho, el coordinador, asomándose por la ventanilla—. Ese gris.

    —Yo el gris lo conozco de toda la vida. Era el de la calefacción.

    —Ahora abre la puerta.

    La puerta se abrió con un suspiro de aire comprimido. Ramón la cerró, la volvió a abrir. Afuera hacía fresco, una de esas madrugadas de octubre con humedad que se mete en las rodillas. En el playón dormían los coches viejos, apretados contra el alambrado, con los números todavía pintados en el costado.

    Treinta y un años en la línea. Los últimos veintidós, en el ramal que sale por el Boulevard Buenos Aires, cruza Monte Grande y se va para Pompeya y Miserere. Conocía los pozos por nombre propio. Conocía a los pasajeros de las cinco de la mañana mejor que a sus cuñados: el pibe de la panadería, la enfermera del Penna que se dormía antes de Sáenz, la mujer del chango de las verduras.

    Y conocía a Dora.

    Dora subía en Boulevard Buenos Aires y Madariaga, frente a la fábrica, todos los días hábiles a las cinco y diez. Setenta y pico, abrigo marrón, bolsa de tela. Desde hacía tres décadas le alcanzaba por la ventanilla una servilleta de papel doblada en cuatro con un bizcochito de grasa adentro. Nunca hablaron más que de eso. «Está calentito.» «Gracias, Dora.» Ese era todo el diálogo, y a Ramón le alcanzaba para el resto del turno.

    Durante el conflicto, ella había aparecido un domingo en el portón de la cochera, entre las banderas y el fuego del tacho. No dijo nada. Le dejó la servilleta en la mano y se fue caminando por la calle de tierra. Después volvió todos los domingos. Ramón nunca supo cómo se había enterado del lugar.

    —¿Salimos o qué? —dijo Chacho—. Son las cuatro y veinticinco.

    —Salgo, salgo.

    Giró la llave, y el motor arrancó casi sin ruido, y eso fue lo que más lo asustó. Antes uno sabía que el coche estaba vivo porque temblaba el asiento. Este avanzaba como un fantasma limpio. Ramón soltó el freno y enfiló hacia la avenida con la luz del tablero iluminándole la cara.

    Pasó la estación, las persianas bajas, los quioscos cerrados. En el segundo semáforo, en rojo y sin un solo auto, apoyó la frente un segundo contra el volante.

    Tenía una sola cosa en la cabeza, y era ridícula, y lo sabía. Quería llegar a la parada de Madariaga a las cinco y diez. Ni cinco y once, ni cinco y nueve. Cinco y diez, como siempre, como si los doscientos días fueran una cuadra mal doblada que podía enderezarse con una buena velocidad crucero.

    Pero los coches nuevos no perdonan. Al primer pasajero, un chico con una mochila de albañil, le tocó la tarjeta en el lector y el aparato sonó dos veces, una más aguda que la otra. Ramón se asustó. El chico se rió.

    —Está bien, jefe. Es que anda. Todo anda.

    —Bueno —dijo Ramón—. Todo anda.

    Se le fueron tres minutos. Hubo un segundo pasajero que no encontraba el saldo y un tercero que quería hablar, que quería contarle que había llorado cuando vio los carteles de la vuelta, que su mujer le había dicho «el chofer de la 165 va a volver, vas a ver». Ramón asintió y asintió, y apretó el acelerador apenas más de lo debido en la bajada del puente, y se dio cuenta de que iba justo.

    Pasaron la fábrica a las cinco y trece. Él mismo lo miró en el reloj del tablero, rojo, con la hora tan nítida que parecía insultarlo.

    La parada estaba vacía.

    Tres cuadras antes había visto la luz de la farmacia, y ahora sólo había una columna de luz amarilla del alumbrado y un charco que reflejaba el poste. Frenó igual. Abrió la puerta con el botón gris, esta vez a la primera. Esperó. Escuchó los grillos, el motor casi mudo, el tic del balizador.

    —Se fue —murmuró.

    Pensó en Dora caminando hasta la cochera cada domingo, en los bizcochitos fríos. Pensó que a lo mejor había esperado hasta las cinco y diez, y que con el cansancio de los años se había vuelto a su casa pensando que otra vez no pasaba nadie.

    Estaba por cerrar la puerta cuando oyó el golpe del bastón. Venía de la vereda de enfrente, despacio, de a un escalón por vez. Dora cruzó el asfalto con el abrigo marrón abierto y la bolsa de tela colgada del codo, y no tenía apuro. Se detuvo al pie del escalón alto del coche nuevo, miró para arriba y lo midió con los ojos, como se mide una escalera ajena.

    —Está muy alto —dijo.

    Ramón apretó otro botón, no sabía cuál, y el coche se inclinó hacia la vereda con un resoplido y bajó el escalón a la altura del cordón. Dora lo miró sin sorpresa.

    —Mirá vos —dijo—. Ahora se arrodilla.

    Subió. Sacó de la bolsa una servilleta doblada en cuatro y se la puso en la mano antes de sacar la tarjeta. El bizcochito estaba tibio, y Ramón no preguntó dónde ni a qué hora lo había hecho.

    —Gracias, Dora.

    —Hoy llegaste tarde —dijo ella.

    —Tres minutos.

    —Yo tenía cuerda para esperarte hasta las seis.

    Apoyó la tarjeta en el lector, que respondió con su doble pitido, agudo y grave. Dora lo oyó y levantó las cejas, y por primera vez en treinta años le sonrió a Ramón de costado, como quien se acuerda de un chiste viejo.

    —Qué bien suena —dijo.

    Se fue a sentar en el primer asiento de la derecha, el que siempre había sido de ella, y Ramón cerró la puerta, soltó el freno y arrancó hacia Pompeya con el bizcochito en la mano izquierda y el reloj en rojo sobre el tablero, que ya no importaba.

  • El pito de la Fronterita

    Nemesio Alderete se había lavado las manos dos veces con jabón de pan, y igual le quedaba debajo de las uñas el negro del vapor. Era domingo 29 de junio de 1986, en plena zafra, y el ingenio La Fronterita, a cinco kilómetros de Famaillá, no paraba ni para la final del mundo. Las calderas comían bagazo desde las seis de la mañana. Por la chimenea subía un humo ancho y espeso, y el hollín caía sobre los techos de chapa de las casitas del ingenio como una nevada sucia.

    Desde hacía veintiséis años, Nemesio era el dueño del pito. Era una sirena de vapor, montada sobre el tinglado de las máquinas, con un cordón de cáñamo que bajaba hasta una argolla de bronce a la altura de su hombro. Un toque largo marcaba el cambio de turno. Tres cortos, seguidos, anunciaban un accidente. No había más sonidos. Eso decía el reglamento, y también lo decía don Arrieta, el jefe de fábrica, que había heredado la oficina y las reglas de tres gerentes anteriores.

    A las tres menos diez, Nemesio se sentó en un cajón de madera junto a la argolla, con el termo bajo el brazo y la radio a pilas sobre las rodillas. Julián, el pibe que le alcanzaba el aceite, lo miró desde la escalera.

    —¿Vas a quedarte ahí todo el partido?

    —Hasta que termine.

    —¿Y si te necesitan en la caldera?

    —Para eso estás vos. Andá, fijate que no se te caiga la presión.

    Julián bajó refunfuñando. Nemesio se sirvió un mate y lo tomó despacio. Sabía lo que quería hacer. Quería tirar del cordón una sola vez, largo, cuando el árbitro marcara el final. Si Argentina ganaba, claro. Si perdía, el cordón se quedaba quieto y nadie se enteraba de nada.

    Lo había pensado la noche anterior, mirando el techo, mientras su mujer dormía. Cuando se murió la Tota, hacía cuatro años, él tocó el pito tres veces cortas sin autorización, a las cinco de la mañana. Arrieta lo llamó a la oficina y le dijo que ese sonido era para los accidentes. «Es que fue un accidente», le contestó Nemesio, y no le dijeron más. Desde entonces el pito no había sonado fuera de hora.

    Ahora el partido empezaba. La voz del relator salía de la radio con el ruido de la multitud atrás, como agua hirviendo. Nemesio bajó el volumen y apoyó la oreja contra el parlante.

    En el primer tiempo no pasó nada, o pasó mucho y él no lo notó, porque se le fue la mirada hacia los cañaverales. Desde el tinglado se veían los surcos de la zona de Lules, y más acá los camiones cañeros, en fila, esperando para descargar. Los cortadores ya habían dejado el machete. Hasta los camioneros se habían bajado y escuchaban sentados sobre los parachoques.

    Cuando Brown la mandó adentro de cabeza, Nemesio no se paró. Apretó el mate con las dos manos y miró la argolla. Abajo, en la sala de calderas, estalló un grito que subió por la escalera de hierro. «Todavía no», se dijo. El pito era para el final. Ya le había pasado de festejar antes de tiempo. Eso lo aprendió de pibe, en una cancha de tierra de Famaillá, un domingo de septiembre del cincuenta y nueve.

    Después vino el segundo gol, y las máquinas parecieron sonar más fuerte, aunque era solo que nadie hablaba. Después los alemanes empataron, uno y otro, casi sin respirar. Nemesio sintió que le subía algo frío desde las rodillas. Julián volvió a la escalera, esta vez sin decir nada, y se quedó parado a su lado.

    —No se puede perder así —murmuró el pibe.

    —No se puede.

    Fue entonces cuando oyó los pasos en la chapa. Eran pasos pesados, de zapato de oficina. Don Arrieta subió el último tramo agarrándose de la baranda, con el saco puesto y la corbata floja. Tenía la cara colorada de la subida, o de la rabia.

    —Alderete. Me avisaron que estás ahí arriba con el cordón en la mano.

    —Estoy sentado, don Arrieta.

    —No me hagas el vivo. Todo el pueblo sabe lo que pensás hacer, y yo no puedo permitir que suene la sirena sin motivo. La gente de la Fronterita escucha ese pito y piensa en un muerto. ¿Entendés?

    —Entiendo.

    —Entonces.

    La radio gritó. Los dos se quedaron quietos. Era un pase largo, una carrera, el relator casi sin aire, la palabra «Burruchaga» repetida como una letanía, y después un alarido que traspasó el parlante, la chapa, el tinglado entero. Abajo, alguien tiró un casco contra una pared. Nemesio ni se movió. Don Arrieta se había llevado una mano a la boca.

    —Faltan siete minutos —dijo Julián, que contaba con los dedos.

    Fueron los siete minutos más largos del año. Nadie habló. El humo seguía subiendo y el viento lo llevaba hacia el sur, hacia Famaillá, donde las campanas de la iglesia estaban calladas, esperando también. A Nemesio le temblaba la mano que sostenía el mate. Don Arrieta se sentó en un cajón de aceite, con el traje impecable sobre la grasa, y no dijo nada más.

    Y entonces el relator dijo lo que había que decir. El árbitro levantó el brazo y todo se desbordó, la radio y las calderas y los camiones, hasta los pájaros que estaban dormidos en los alambrados.

    Nemesio se paró. Agarró la argolla con la mano derecha y miró a don Arrieta, que tenía los ojos llenos de agua.

    —Un solo toque —dijo el jefe de fábrica, con la voz rota—. Largo. Pero tiramos los dos.

    Don Arrieta se levantó, se acomodó el saco, y puso su mano encima de la de Nemesio, sobre la argolla de bronce. Tiraron juntos.

    El vapor salió blanco, en un chorro que se abrió contra el cielo de la tarde. El pito sonó largo, ronco, un poco desafinado de tanto silencio. Se oyó en las casitas, en el pueblo, en los surcos de caña donde los cortadores levantaron la cabeza. A lo lejos, entre el humo, alguien alzó un machete, y después otro, y otro más, como una hilera de espejos chicos al sol de las cinco.

    Nadie, en toda la Fronterita, pensó en un muerto.

  • La lengüeta del La que cierra

    El taxista llegó a las nueve de la mañana con el bandoneón en una bolsa de supermercado, como si trajera pan. Nené Ferraro abrió la persiana del taller de Boedo, a dos cuadras de San Juan, y le señaló la mesa con el vidrio rajado.

    —Sacalo de a poco —dijo—. Esa bolsa le hizo más daño que veinte años de humedad.

    Se llamaba Lisandro y manejaba un Etios por Parque Patricios. El bandoneón era de su abuelo, un Doble A de los años treinta, con los botones de nácar amarillentos y el fuelle remendado con cinta de embalar. Lo había guardado en un ropero hasta que se murió la madre. Ahora quería saber si servía para algo o si lo vendía.

    Nené lo abrió sobre la mesa. Salió olor a naftalina, a tabaco viejo, a madera que ya no se acordaba del bosque. Con una pinza finita levantó una tapa de las voces y mostró el interior: filas de lengüetas de acero, cada una con su vaina de cuero, cada una afinada a mano en Sajonia antes de que ella naciera.

    —Ciento cuarenta y dos sonidos —dijo—. Tiene setenta y un botones, y cada uno suena distinto si abrís o si cerrás. Mirá. —Apretó un botón del lado izquierdo y abrió el fuelle. Salió un aire largo, sin nota—. Falta una lengüeta. Acá. Este La que cierra.

    —¿Y eso es grave?

    —Para un tango, sí. Es la nota que te cuenta cuándo termina la frase.

    Lisandro se rascó la barba y miró el reloj de la pared, que marcaba la hora con tres minutos de atraso desde 1994. Dijo que no tenía apuro. Dijo también que lo del taxi no daba para un arreglo de esos, y que se lo llevaba nomás.

    —No te lo llevás —dijo Nené—. Dejámelo hasta la noche.

    No supo bien por qué lo dijo. Hacía un año que no tocaba un bandoneón ajeno. Desde que Aníbal, su marido, se había quedado dormido una siesta de septiembre con las manos todavía tibias, el taller le olía a ausencia, y ella trabajaba con la radio fuerte para no escucharla.

    Durante la mañana buscó en los cajones. Lengüetas sueltas había muchas, en frascos de dulce de membrillo rotulados con letra de imprenta, pero ninguna calzaba. Un acero que no es el de origen suena parecido y miente. Se pasó la tarde probando con una lupa y un diapasón de horquilla, sosteniendo cada candidata contra la ranura. Una sonaba chata. Otra sonaba áspera, con un zumbido de abeja atrapada en una lata.

    A las siete llovía sobre San Juan. Nené se sentó con el bandoneón en las rodillas y pensó en el último que había armado Aníbal, un 142 propio, hecho con repuestos de diez instrumentos muertos. Estaba guardado arriba del armario, en su cajón de pino, con una funda de terciopelo que ella había cosido mal a propósito para que él se riera.

    Lo bajó con una silla. Lo abrió. Y ahí estaba, quieta en su ranura, la lengüeta del La que cierra, con la marca de la lima de él en el borde: una muesca chiquita, casi invisible, que ponía en todas.

    Se quedó mirándola un buen rato. La radio pasaba una publicidad de colchones.

    —Sos terco, Aníbal —dijo en voz baja—. Siempre decías que el que presta un acero tiene que prestar la mano también.

    Con las pinzas sacó la lengüeta, limpió la vaina, aflojó una gota de cera de abejas y la montó en el Doble A. Después cerró la tapa, ajustó los tornillos y probó. Abrió el fuelle. Cerró. Apretó el botón.

    Sonó. Sonó el La entero, ronco y claro, y la nota tembló en los vidrios de la vitrina como si hubiera estado esperando detrás de la puerta.

    Lisandro volvió a las diez, mojado hasta los codos, porque se había quedado sin nafta justo en Sáenz. Nené le abrió. No dijo nada. Le puso el bandoneón en las manos y lo acompañó hasta la esquina de San Juan y Boedo, donde el café de la ochava tenía las luces prendidas y se oía un piano ensayando.

    —Yo no sé tocar —dijo él.

    —Ya sé. Pero hoy hay una prueba de sonido y conozco al muchacho de la puerta. Nada más tenés que sostenerlo en el escenario cinco minutos. Después hacés lo que quieras.

    Entraron. El muchacho de la puerta, que sí sabía, los dejó pasar sin preguntar. Sobre el escenario había un bandoneonista de pelo gris, que miró el instrumento y después a Lisandro y después a Nené. Se limpió las manos en el pantalón. Pidió permiso con los ojos.

    Se sentó, se acomodó el fuelle sobre las piernas y tocó unos compases de una milonga, de esas que se bailan con los ojos cerrados. Cuando llegó al final de la frase, cerró el fuelle sobre el La.

    Ahí, en medio de las mesas vacías, la nota pegó contra la pared del fondo y volvió.

    Nené, de pie junto a la barra, sintió en el pecho un hueco que se movía de lugar. Pensó que en alguna parte de ese sonido había una muesca de lima, chiquita, casi invisible, que solo ella podía ver.

    Afuera seguía lloviendo. Alguien en el escenario dijo “otra vez”, y el bandoneón volvió a empezar.