El costal estaba vacío sobre el lomo del caballo y Anselmo Calfín lo miraba como se mira una deuda.
Era la primera semana de abril y la asamblea había largado la temporada el lunes. Desde entonces, toda la cuenca de Ruca Choroy andaba con la cabeza gacha, como si hubiera perdido algo en el pasto. Se levantaba el piñón caído y nada más. Nadie tiraba con lazo ni con vara, porque los pehuenes no se tocaban, y el que lo hacía tenía que explicárselo a la comunidad, que era peor que explicárselo a un guardaparque.
Anselmo tenía setenta y ocho años, una rodilla que ya no le contestaba y un compromiso para el sábado. Su nieta Maite llegaba de Neuquén capital en el colectivo de la tarde, por primera vez en dos años, y él le había prometido kofke, el pan de harina de piñón que hacía su mujer, cocido sobre una piedra bien caliente. Para eso necesitaba un costal entero. Para el costal, necesitaba tres días buenos. Tenía uno y medio.
—Tío, a esa altura no vas a juntar nada —le dijo su sobrino Facundo, que pasaba con la camioneta y el termo de mate apoyado en el tablero—. Mirá, yo tengo una caña con un gancho. Una sacudida y te cae la mitad.
—Sabés que no.
—Nadie mira.
—El árbol mira —dijo Anselmo, y se arrepintió, porque sonó a dicho de abuelo. Pero lo pensaba.
Facundo se encogió de hombros, golpeó dos veces la puerta de la camioneta con la palma, y se fue levantando polvo.
Anselmo ató el caballo y subió despacio por el sendero de piedra suelta hasta el pehuén grande de la laguna, el de las ramas como paraguas abiertos. Su suegro lo había marcado con un trapo rojo cuando Anselmo todavía era un muchacho que venía a pedir la mano de su hija, y desde entonces ese árbol era de la familia aunque no fuera de nadie. Abajo, el suelo estaba casi limpio. Había algunos piñones, oscuros, largos como dedos gordos, pero poco. Los pájaros y las vacas habían llegado antes.
Se sentó en una raíz y dejó el costal entre las botas. Hacía frío seco, de ese que huele a ceniza y a resina. A lo lejos, la laguna estaba quieta, color plomo.
Juntó unos veinte piñones en media hora. Los fue guardando en el bolsillo de la campera, que se hinchó apenas.
A la tarde, cuando bajó, Maite ya estaba sentada en el banco de la cocina, con la mochila a los pies y los auriculares colgando del cuello. Había venido antes, en un auto prestado por una vecina. Tenía once años y los ojos de la abuela.
—¿Y el pan? —preguntó, sin saludar.
—Falta un poco.
—¿Cuánto?
Anselmo vació el bolsillo sobre la mesa. Veinte piñones rodaron entre el mate y el pan de ayer.
—Eso no alcanza ni para una torta frita.
—No —admitió él.
Maite lo miró un rato largo. Después agarró un piñón, lo dio vuelta entre los dedos y dijo:
—Mañana voy con vos.
—Hay que caminar.
—Camino.
Salieron a las siete, con el sol bajo y la escarcha todavía crujiendo. Ella llevaba un gorro de lana que había tejido su abuela, el único recuerdo que no se había quedado en la ciudad. Anselmo le explicó la regla sin ponerse solemne: se levanta lo que cayó, se deja lo que no. Ella preguntó por qué. Él dijo que porque el árbol da cuando da, y que si uno le gana de mano, el año siguiente da menos.
—¿Es verdad o es como las cosas que dicen los grandes?
—Es verdad. Y también es como las cosas que dicen los grandes.
Maite se rió por primera vez en dos años.
Trabajaron toda la mañana bajo el pehuén de la laguna, ella de rodillas, él sentado en la raíz porque la pierna no daba más. A mediodía tenían menos de un cuarto de costal. A las tres, un poco más de la mitad de la mitad. El día se había puesto gris. Anselmo calculaba en silencio: faltaba mucho. Facundo pasó de nuevo en la camioneta, no frenó, pero levantó la caña por la ventanilla, a modo de pregunta. Anselmo negó con la cabeza. Maite lo vio.
—Abuelo, ¿y si lo hacemos con lo que hay? Un pan más chico.
—Tu abuela hacía un pan que alcanzaba para todos.
—Yo no tengo hambre de todos. Tengo hambre de ese.
Anselmo no contestó. Se quedó mirando las ramas, que se movían apenas, y fue entonces que lo sintió en la cara: el aire cambiaba. Primero fue un soplo fino que olía a nieve lejana. Después vino otro más grande, que movió el gorro de Maite y le sacó un grito corto.
Arriba, algo crujió.
—Abuelo.
—Quedate pegada al tronco.
La primera piña cayó a tres metros, pesada, con un ruido de bolsa de papas contra la tierra. Después otra. Después cuatro seguidas, y se rompieron al golpear y soltaron los piñones como granizo, rebotando entre las raíces. Maite se agachó con los brazos sobre la cabeza y se echó a reír, y Anselmo también, un poco sin aire.
El viento duró veinte minutos. Cuando paró, el suelo parecía otro.
Llenaron el costal hasta que no cerró más. Anselmo lo ató con la soga, y entre los dos lo subieron al caballo.
El sábado a la noche, en la cocina, el fuego ardía con leña de ñire. Maite amasó la harina sobre la mesa, con las manos grandes de él guiándole las muñecas, y el pan se tendió sobre la piedra caliente con un siseo. Olía a tierra tostada y a algo dulce que Anselmo no recordaba haber olvidado.
Maite partió el primer pedazo, lo sopló y se lo ofreció a él.
—Probá vos primero.
Anselmo lo probó. Afuera, el pehuén de la laguna se movía en la oscuridad, y le pareció que dejaba caer una última piña, bajito, como quien cierra una puerta.