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  • La torta negra de Mirta

    A las siete de la mañana el horno hizo tac, tac, y la llama azul se apagó como si alguien le hubiera soplado desde adentro. Mirta Hughes se quedó con el repasador en la mano, mirando la fuente de la torta negra, que ya llevaba una hora y diez en el calor y todavía tenía el centro blando.

    Era domingo, el último del Eisteddfod. Desde la mañana del sábado los de Trelew venían diciendo que a la noche se terminaban las competencias, y ahora tocaba el culto de canto en la Capilla Bethel, y después el té. Y para el té, treinta y cinco años seguidos, la torta negra la hacía una Hughes.

    —Es la garrafa —dijo Mirta en voz alta, a nadie—. Es la garrafa, no puede ser otra cosa.

    Era la garrafa. La levantó con las dos manos y pesaba lo que pesa el aire. La llamó a su hija Gisela, que atendió con la voz llena de sueño.

    —Ma, es domingo.

    —La torta se me enfría por la mitad. Traeme una garrafa o traeme la camioneta, lo que encuentres primero.

    —No encuentro nada antes de las nueve. Hacela en lo de la tía Dilys.

    Mirta cortó. En lo de la tía Dilys el horno tenía los termostatos de otro siglo. Y además la torta no se podía mudar a medio hacer, lo sabía mejor que nadie: la había aprendido de su suegra, Gwenllian, que la hornéaba tres horas a fuego bajo con la puerta cerrada y la prohibición absoluta de abrirla, como quien vela a un enfermo.

    Entonces miró la cocina a leña.

    Estaba en el fondo, tapada con una carpeta de crochet y una planta de aloe, desde que habían puesto la de gas, hacía veinte años. Mirta sacó la planta, sacó la carpeta, abrió la hornalla y el aire que salió olía a hollín viejo y a manzana guardada. Fue al galpón por leña de álamo. Los álamos eran lo único que había en Gaiman en cantidad, ordenados en cortinas contra el viento del valle, y los de Gwenllian todavía daban leña buena.

    Le llevó cuarenta minutos que el fuego agarrara parejo. Se ensució las manos, el delantal y la mejilla. Metió la fuente en el horno de chapa, que no tenía termómetro, y se sentó en una silla de cocina a escucharlo. Desde chica le habían dicho que la cocina a leña habla, y era cierto: crujía, suspiraba, ticaba cuando la chapa se acomodaba al calor.

    Gisela llegó a las nueve y diez, con el pelo mojado y sin garrafa.

    —¿Qué hiciste?

    —Cocino como cocinaba tu abuela.

    —Mamá, vos nunca cocinaste como la abuela.

    Era verdad y a Mirta le dolió un poco que se dijera así, de mañana. Gwenllian había muerto en el invierno del año anterior, con noventa y un años, hablando galés en la cama del hospital de Trelew. Mirta no entendía casi nada. Siempre había pensado que a ese idioma había que pertenecerle desde chico, como a un apellido.

    —Hay una cosa —dijo Mirta, mientras revolvía las brasas— que no te conté. Me pidieron que cante en el culto.

    —¿Vos?

    —Calon Lân. La primera estrofa sola, antes de que entre el coro. Me lo pidió el reverendo, porque la suegra siempre la cantaba mientras hacía la torta. Dice que la gente se acuerda.

    —¿Y qué le dijiste?

    —Que sí. Y después no dormí. Me la sé de memoria, pero no sé lo que digo, Gisela. Son sonidos. Es como cantar con la boca de otra.

    Gisela se sentó enfrente. Afuera pasó una camioneta, y se oyó el ruido de las chapas de un galpón sacudidas por una ráfaga. El horno ticó.

    —Cantámela —dijo.

    —No.

    —Cantala mientras se cocina. Total, nadie escucha.

    Mirta se miró las manos negras de hollín. Cantó bajito, primero. Las palabras salían como las había copiado en un cuaderno de tapa dura, con ortografía inventada: calon lan yn llawn daioni. Un corazón limpio, lleno de bondad. Eso se lo había traducido un nieto de Dilys alguna vez, y lo había guardado como se guarda una receta ajena. Cantó la estrofa entera, y como nadie se rio, la cantó otra vez.

    A las once y media abrió la puerta del horno, rompiendo la ley de Gwenllian, y pinchó la torta con un palillo. Salió limpio. La masa era oscura y compacta, olía a pasas, a cáscara de naranja, a ese licor que se quedaba una semana remojando las frutas. Estaba mejor que ninguna que hubiera hecho con gas.

    —Se te quemó un costado —dijo Gisela.

    —Ese costado es para nosotras.

    La envolvió en un repasador limpio, la puso en una caja, y fue a bañarse con el agua tibia de la cocina a leña, que todavía tenía su gusto a ceniza.

    En la Bethel, a las cuatro de la tarde, no cabía un alfiler. Cuatrocientas personas sentadas en los bancos de madera, abrigadas por los forros del invierno que no se iba, con las voces afinando en el aire. Mirta se paró adelante, con el cuaderno cerrado en el bolsillo del saco. Vio la ventana, la cortina de álamos, el cielo que se ponía de ese gris luminoso que tienen las tardes del valle.

    Respiró, y cantó.

    No cantó bien, ni mal. Cantó con la boca de ella, que ahora olía a humo de leña, y detrás del primer verso entró un bajo, y después las mujeres del fondo, y el sonido subió por la madera hasta el techo como sube el calor de una cocina.

    En la mesa del té, después, la torta se terminó antes que los scones. Una mujer muy vieja, con una chalina verde, le apretó el brazo y le dijo algo en galés. Mirta no entendió. Asintió igual, y después se lo pidió a Gisela, que lo había escuchado mejor.

    —Dice que olía como la de Gwenllian —dijo Gisela—. Dice que ahora se acuerda de lo que le faltaba.

    Mirta sirvió el té de la tetera abrigada con su cubretetera de lana, y el vapor le subió a la cara, y por un rato no dijo nada.

  • El pan que canta

    Yamila se despertó antes de que el frío terminara de decidir si era de noche. Sintió la nariz helada y el olor a humo de jarilla que subía desde la cocina, donde la abuela ya estaba tostando harina. Afuera, la Sierra de Chañi era una mancha más oscura que el cielo.

    —Tomá, tomate esto —dijo la abuela, y le puso en las manos un jarro de ulpada caliente—. Y comé el pan con queso, que allá no hay dónde parar.

    —Abuela, ¿y si me sale mal?

    —Si te sale mal, se lo damos a las vacas. La sal no se enoja.

    Era mentira, y las dos lo sabían. Al fondo de la pieza, el abuelo Teodoro estaba sentado en la cama con las manos abiertas sobre las rodillas, como dos herramientas que alguien dejó de usar. Hacía tres semanas que los dedos no le cerraban. Antes cortaba cuarenta panes por mañana. Ahora le temblaban hasta para agarrar la cuchara.

    —Vení —le dijo.

    Yamila se acercó. Él le tocó el hombro, después la muñeca, como quien revisa una soga.

    —No pegues fuerte. El que pega fuerte rompe. Vos primero la escuchás.

    —¿A la sal?

    —A la sal. Ella te dice dónde.

    Salió con la barreta y el hacha al hombro. El camino de tierra hasta el salar le llevó una hora a pie, con la escarcha crujiendo bajo las zapatillas y la ruta 52 allá arriba, vacía, brillando apenas. A los costados, los ojos de agua humeaban como ollas. Cuando asomó el sol por detrás de los cerros, el salar se prendió todo junto. Fue una luz blanca que le dolió en la cara aunque llevaba el pañuelo hasta los ojos y los anteojos oscuros del abuelo, que le quedaban grandes.

    El camión de Santiago del Estero llegaba al mediodía. El chofer, un hombre de bigote ancho que se llamaba Ortiz, había pedido cincuenta panes para el ganado y había pagado la mitad adelantada. Ese dinero ya se había gastado: dos garrafas, el remedio del abuelo, las zapatillas de Yamila. Si ella no juntaba los cincuenta, la deuda iba a quedar colgando todo el invierno.

    Eligió un sector firme, donde la costra no sonaba hueca. Marcó el rectángulo con la punta de la barreta. Primero las líneas largas, después las cortas, tal como había visto hacerlo mil veces, sentada en una piedra con una bolsa de tortillas. Nunca había sido ella la que apoyaba el hierro.

    Pegó. La barreta rebotó y le vibró en los dientes.

    —Fuerte no —se dijo en voz alta.

    Pegó de nuevo, más despacio, y la sal se abrió en una línea fina, limpia, con un sonido seco. A la hora tenía seis panes parados contra el sol, y los brazos le ardían hasta los hombros. A las diez eran veintidós. Tenía los labios partidos y sabor a sal hasta en el aire que respiraba.

    El pan veintitrés se le rajó al medio.

    Lo miró un rato largo. Era el mejor de la mañana, el más grueso, el que había cortado con más cuidado. Se había abierto igual, por una veta oscura que no vio. Sintió que se le cerraba la garganta. Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, sin pensar en el frío ni en nada.

    —Ese lo hubiera roto yo también —dijo una voz detrás.

    Se dio vuelta. Era Evaristo, el vecino, que venía con dos burros y un tarro de agua. Tenía la cara cuarteada y una sonrisa de pocos dientes.

    —Mandó el abuelo a decirme que te mire de lejos —dijo—. Pero de cerca también te miré.

    —Me salió mal.

    —Te salió mal uno. —Se agachó, agarró una de las mitades y la golpeó contra la palma de su mano. Sonó apagada—. Mirá. Esta no canta. Tiene humedad adentro. Ahora probá con uno de los tuyos.

    Yamila fue hasta el pan veinte. Lo tocó con los nudillos. Sonó un tin hondo, largo, como una campana chiquita que se queda vibrando en el aire.

    —¿Ves? Ese sí.

    —¿Y los demás?

    —Probalos todos. Los que cantan se quedan.

    Fueron probando juntos, uno por uno. Veinte cantaron. Dos no. Evaristo los apartó con el pie y se quedó mirando el trabajo, con las manos en la cintura.

    —Te faltan treinta. Yo corto diez, vos cortás veinte.

    —¿Y por qué?

    —Porque tu abuelo me cortó a mí, hace cuarenta años, mi primer pan. Se lo debo.

    Al mediodía el camión apareció por la ruta con su polvo rojo detrás, y Ortiz bajó con un jarro de mate en la mano y el gesto de quien llega tarde. Contó los panes con la mirada, de punta a punta.

    —Cincuenta justos —dijo, y levantó las cejas—. ¿Quién los cortó?

    —Casi todos ella —contestó Evaristo, sin darle importancia.

    Ortiz agarró uno al azar, lo golpeó con el nudillo y lo escuchó con la cabeza ladeada. Después tomó otro. Después otro. Cada vez, el salar le devolvía el mismo sonido limpio.

    —Qué raro —dijo—. Hace años que compro y casi ninguno canta así.

    Yamila no dijo nada. Se miró las manos, hinchadas y blancas de sal, y sintió un calor que no era del sol.

    A la tarde, de vuelta en la casa, el abuelo estaba sentado en el mismo lugar. Ella le dejó sobre las rodillas, en las manos abiertas, un pedacito del pan veintitrés, el que se había partido. Él lo sostuvo un momento, lo golpeó despacio contra el borde de la cama y escuchó.

    —Este no cantó —dijo.

    —No.

    —Mañana el otro lado de la veta. —Cerró los dedos como pudo alrededor del pedazo de sal, y por primera vez en tres semanas los dedos le obedecieron un poco—. Pero andá a comer, que te sonó la panza hasta acá.

    Afuera, a lo lejos, un camión se iba por la ruta 52 cargado de panes blancos, y cada bache le arrancaba al cargamento un tintineo bajo, apenas audible, como si el salar se despidiera cantando.

  • Mil trescientos kilos en Charata

    El acoplado entró a la playa de la desmotadora con un solo faro y el motor tosiendo, y Mabel Ríos lo vio desde la ventana de la sala de prensa, con el mate a medio cebar. Eran las ocho y diez de la noche. La planta cerraba a las doce, y no era una manera de decir: el dueño había avisado en marzo que esa era la última campaña, que los camiones de los acopiadores ya se iban directo a Santiago, que prender las sierras para tres chacareros no cerraba ninguna cuenta.

    Había quedado uno. Mabel bajó la escalera de hierro, se limpió las manos en el delantal y salió al aire de abril, que olía a tierra tibia, a gasoil y a esa pelusa dulzona que en Charata se te mete en la ropa y no sale más.

    —¿Dónde descargo? —preguntó el hombre desde la cabina. Tenía una gorra de la cooperativa y la cara de quien lleva dos días sin dormir bien.

    —Primero decime quién sos.

    —Néstor Quiroz. Tengo veinte hectáreas pasando el Km 14. —Se bajó con cuidado, como si el cuerpo le pesara más que al principio de la tarde. —Mil trescientos kilos. Lo levanté a mano, con mi hermana y dos primos. La cosechadora no entraba en el lote de atrás, es todo cañada y tocón.

    Mabel miró el acoplado. Las bolsas de arpillera estaban hinchadas, blancas, con algún palito y alguna hoja seca pegada. A mano. Hacía años que no veía algodón a mano.

    —Néstor, la planta está parada desde el mediodía. Para prender hay que calentar, aceitar, bajar a Wilfredo de la casa y avisarle al dueño. Y por mil trescientos kilos…

    —Ya sé. —Néstor se sacó la gorra y la apretó con las dos manos. —Pasé por tres plantas. En la de Gancedo me dijeron que no, en la de Pampa me dijeron que mañana. Mañana ya no hay. Y yo sin desmotar no tengo con qué pagarle a la gente. La fibra se vende, la semilla es para el año que viene. Pero tiene que ser esta noche.

    No dijo por favor. Mabel se lo agradeció por dentro.

    Fue hasta la casilla de Wilfredo, el encargado de las calderas, que miraba un partido de Boca con la radio pegada a la oreja. Lo convenció en cuatro frases. Después llamó al dueño, que atendió con la boca llena y dijo que sí, que bueno, que lo hiciera ella bajo su responsabilidad y que no quemara nada.

    A las nueve menos veinte las correas empezaron a girar. Primero un quejido largo, después el ruido parejo que a Mabel le entraba por las plantas de los pies y le ordenaba los pensamientos. Treinta y un años en esa sala. Había empezado barriendo, a los diecinueve, cuando todavía se hacían fardos hasta Navidad y en la ruta se formaban colas de camiones hasta el cementerio. Ahora la fila del patio eran un acoplado y un hombre sentado en un cajón de gaseosas.

    Néstor ayudó a vaciar las bolsas en la cinta. Mabel lo dejó, aunque no era el reglamento. A las diez y cuarto, el algodón empezó a pasar por las sierras y la semilla a caer, oscura, caliente, con ese peso minúsculo que tiene lo que acaba de separarse. Del otro lado la fibra subía por el ducto y se acomodaba en la caja de la prensa, mullida, de un blanco que en las máquinas grandes no se veía porque iba mezclado, sucio, apurado.

    —Mirá eso —dijo Néstor.

    —Es limpio porque lo sacaron con las manos —dijo Mabel—. Una cosechadora se lleva todo lo que encuentra.

    Se quedaron mirando. Afuera ladró un perro y alguien pasó por la ruta con la cumbia al palo. Néstor contó que su padre había llegado al Chaco en el treinta y tantos, desde Corrientes, con una azada y un dato mal anotado sobre un lote. Que había sembrado algodón porque todos sembraban algodón, que se había endeudado dos veces y que de todos modos había comprado el primer televisor del pueblo para ver el Mundial del setenta y ocho. Dijo que ahora los hijos de sus primos se iban a Resistencia, a Córdoba, a cualquier lado, y que él no se lo reprochaba.

    —Pero quería hacer una campaña más —dijo—. Una sola con mis manos, para saber si todavía me acordaba.

    Mabel no contestó. Ajustó la presión de la prensa, escuchó el golpe seco del pistón, y a las once y diez salió el fardo, atado con los zunchos, rectangular y todavía tibio. Pesó doscientos treinta y pico. Era chico, ridículo al lado de los que ella había hecho, pero tenía ese olor a cosa terminada.

    Hicieron seis. A las doce menos cuarto la cinta quedó vacía, la última semilla cayó en la tolva con un ruido de lluvia fina, y Mabel apagó las sierras una por una, como había aprendido de su primer jefe.

    Wilfredo apareció en la puerta con el partido ya perdido y dos mates.

    —Ahora sí, a dormir —dijo.

    Néstor firmó el remito con la letra de quien no firma seguido. Mabel le entregó la copia, y al darse vuelta él se detuvo en la puerta con una mano en el marco.

    —¿Qué te debo?

    —Nada. Es el último turno, lo pago yo.

    Cuando el acoplado se fue, con sus fardos atados y el único faro iluminando la ruta, Mabel volvió a la sala. Metió la mano en la tolva y sacó un puñado de semillas, todavía calientes, y las cerró en el puño. Después apagó la luz, y en la oscuridad la pelusa que flotaba en el aire brilló un momento sobre el hierro, como si la planta nevara por última vez.

  • El hilo equivocado

    A las cuatro y media de la madrugada, con tres grados bajo cero en el patio, Fermina Brizuela ya tenía el fuego prendido y la pava arriba. Había dormido poco y mal, como siempre en julio, cuando la fiesta se acerca y las manos no alcanzan. En el telar, tensado entre los dos palos de algarrobo que su marido había clavado en el galpón hacía cuarenta años, colgaba el poncho de vicuña. Le faltaban cuatro palmos.

    Lo había urdido Eusebio el invierno anterior, cuando todavía podía sentarse una hora seguida. Ojo de perdiz, en blanco y marrón, con ese damero chico que obliga a contar cada hilo como quien cuenta ovejas en la noche. «El cuadro para urdir es más difícil», decía él, «porque si confundís el hilo ya sale mal». Después se había muerto en marzo, con la urdimbre lista y la trama sin empezar, y Fermina había dicho en el velorio, delante de todos, que ese poncho iba a llegar a Catamarca.

    Tomó el mate cocido parada, mirando la lana. Era de la vicuña que los chicos de la cooperativa habían esquilado en el arreo de octubre, hilada a mano durante meses, tan liviana que el viento del galpón la hacía respirar. Se sentó en el banquito, pasó la lanzadera, apretó con la pala y contó. Uno, dos, tres. La luz del foco le temblaba sobre los nudillos hinchados.

    Fue a las cinco menos veinte cuando lo vio.

    Era un solo hilo, en la octava franja de abajo hacia arriba. Un blanco donde tenía que ir un marrón. Desde lejos no se notaba, pero desde cerca sí: el damero se torcía un cuadradito, como un escalón que alguien pisó mal. Fermina dejó la pala sobre las rodillas. Se quedó mirando, y sintió que el frío le subía por las piernas.

    Podía deshacerlo. Eran siete franjas de trama para atrás, dos horas y media de trabajo si no se le cortaba la vicuña, y el colectivo a San Fernando del Valle salía de la plaza de Belén a las seis, con el poncho adentro o sin poncho. Podía no ir. Podía llegar al pabellón de artesanías y decir que no estaba terminado. Podía, también, dejar el hilo.

    —Vos sabías —dijo en voz alta, al telar—. Vos sabías que lo habías puesto mal.

    El galpón no contestó. Afuera ladró un perro, y a lo lejos se oyó el motor de la camioneta de los Suárez, que bajaba temprano por el camino de ripio.

    Fermina se acordó de otra cosa. En 1989, cuando se casaron, Eusebio le había tejido un chal de oveja para que no pasara frío en la casa nueva. Ella lo usó treinta años y siempre le dio rabia una guarda que salía torcida en una esquina. Nunca se lo dijo. Un día, lavándolo en el río, se dio cuenta de que le gustaba esa esquina más que todo el resto. Era lo único del chal que tenía su letra.

    Se levantó, se puso el poncho viejo sobre los hombros y salió al patio. El cielo estaba negro y clarísimo, con las estrellas tan bajas que parecían de la casa de al lado. Respiró hondo, le dolió el pecho de frío, y volvió a entrar.

    No deshizo nada. Tejió la octava franja entera con el hilo blanco donde no tocaba, y siguió con la novena y la décima, contando, apretando, sin apurarse más de lo que las manos podían. A las cinco y media cerró el último palmo. Cortó la trama con el cuchillo chico, ató los flecos de a cuatro, y recién ahí lo soltó del telar. El poncho cayó sobre sus brazos con un peso que no era el de la lana. Pesaba seiscientos gramos, quizás menos.

    Lo dobló en cuatro, lo envolvió en una funda de algodón y se lo puso bajo el brazo. En la plaza de Belén ya estaba el colectivo con el motor andando y los vidrios empañados. Los del pueblo subían con sus bultos, sus termos y sus abrigos de domingo. La Juana Gutiérrez, que tenía puesto en la muestra desde hacía años, le hizo lugar al lado de la ventanilla.

    —¿Lo terminaste, Fermina?

    —Lo terminé.

    —¿Y cómo salió?

    Fermina apoyó la funda en la falda y pensó un rato la respuesta mientras el colectivo arrancaba y las últimas casas de adobe iban quedando atrás, con el humo de las cocinas subiendo derecho.

    —Con un error —dijo—. Uno solo. Y es de los dos.

    Juana no preguntó más. Esa gente sabía de qué hablaba. Afuera clareaba sobre los cerros, el amarillo primero, el rosa después, y en la ventanilla Fermina vio su propia cara con el pelo recogido, tan parecida a la de su madre que se rió sola.

    Tres días más tarde, en el Predio Ferial, un jurado de guardapolvo gris levantó el poncho a la luz de un reflector y lo recorrió con los dedos, franja por franja, hasta que llegó a la octava. Se detuvo. Fermina, de pie detrás del mostrador, sintió que el corazón le golpeaba como una pala contra la trama.

    El jurado la miró.

    —Acá hay un hilo cambiado.

    —Sí —dijo Fermina—. Ese es el firmante.

    El hombre tardó un momento. Después volvió a bajar la vista, pasó el pulgar por el cuadradito torcido, despacio, como quien toca el borde de una cicatriz, y dejó el poncho sobre el paño con las dos manos, con mucho cuidado, como si estuviera durmiendo.

  • Una carta para las cuatro esquinas

    El sobre llegó un martes, entre las boletas de la cooperativa y un folleto de semillas, y Dora Fainstein lo reconoció antes de leerlo. Tenía ese papel finito de los correos de afuera, con tres sellos que no se parecían entre sí y una letra que apretaba las vocales como si el cartero hubiera sido avaro con la tinta.

    Lo dio vuelta dos veces sobre la mesa de la sucursal. “Familia Rabinovich. Moisés Ville, Santa Fe. Las cuatro esquinas, casa del portón verde.”

    —¿Rabinovich? —dijo Ramiro, el otro empleado, sin levantar los ojos de la balanza—. Acá no hay ningún Rabinovich desde que yo trabajo.

    —Treinta años de cartera, Ramiro. Y esa dirección no me suena.

    —Devolvelo. Pone “destinatario desconocido” y que se arreglen.

    Dora no lo devolvió. Lo guardó en el bolsillo de la campera, entre el termo y el paquete de pastillas de menta, y salió con la moto por la calle de tierra que corta el pueblo en línea recta, como si alguien la hubiera trazado con regla un siglo atrás. En parte alguien lo había hecho. Las casas de la colonia se pusieron pegadas a las esquinas para que los vecinos se oyeran toser, y desde entonces el pueblo conserva esa costumbre de saber de más.

    La fiesta era el sábado. Ya había banderines en la plaza, y en la panadería de la calle principal una chica amasaba pan trenzado con el delantal lleno de harina hasta los codos. Dora se bajó, pidió dos y preguntó por el portón verde.

    —Hay muchos portones verdes —dijo la chica—. Pregunte en la biblioteca.

    La biblioteca Barón Hirsch olía a papel húmedo y a pava recién calentada. Adentro, la bibliotecaria, una mujer menuda que se llamaba Sara y tomaba mate sin apuro, miró el sobre a trasluz, como quien busca una filigrana.

    —Rabinovich —repitió—. Ese apellido se fue en el treinta y pico. Una parte a Rosario, otra a Buenos Aires. Quedó un tío abuelo sin hijos, y la casa la compró un tambero.

    —¿Y el portón verde?

    —Ese lo repintaron cuatro veces. Ahora es azul. —Sara sonrió con un solo costado de la boca—. Pero no se lo digas al que vive ahí. Dice que sigue siendo verde, que es la luz.

    Dora salió con las trenzas de pan en una bolsa y una dirección: la esquina de la sinagoga, la casa del tambero Horacio Bender. Llegó a las cinco de la tarde con el sol bajo, que en el campo pega de costado y le saca el color a todo. El portón era azul, descascarado, con una cadena y un perro dormido atrás que no se movió.

    Horacio salió secándose las manos con un trapo. Tenía las botas todavía con barro de la ordeñe y una gorra que había perdido el color hacía décadas.

    —No conozco a ningún Rabinovich —dijo, después de mirar el sobre un rato largo—. Pero la letra… Esa letra la vi.

    Entró y volvió con una caja de galletitas oxidada. Adentro había cartas viejas atadas con hilo de coser, todas con el mismo apretujamiento de vocales.

    —Estaban debajo del piso de la cocina. Cuando levantamos las baldosas, el año del agua. No las tiré porque no las entendía y no me animé a tirar lo que no entiendo.

    Dora abrió el sobre nuevo con el permiso de nadie y con la culpa de todos. Adentro había una hoja escrita a mano, en castellano de diccionario, y una fotografía en blanco y negro de una puerta de madera con una mezuzá torcida. Detrás, con lápiz, alguien había anotado: “Kamianets-Podilskyi, la puerta de mi abuelo. Busco la que se llevó mi tío a la Argentina.”

    —Mi tío no se llevó ninguna puerta —murmuró Horacio, y después se quedó callado.

    Los dos miraron el marco de la cocina, que se veía por la ventana, una madera oscura con una marca más clara en el lado derecho, a la altura de un hombro. Ahí hubo algo clavado, durante mucho tiempo, y alguien lo sacó con cuidado para no romper la madera.

    —Yo creí que era una marca de humedad —dijo Horacio.

    Dora puso la fotografía contra el marco. Calzaban. Hasta la inclinación del travesaño.

    No hablaron del asunto más de lo necesario. Horacio fue hasta la caja de herramientas, buscó un martillo y unos clavos finitos, y después de mucho rebuscar apareció con algo envuelto en un repasador: una mezuzá de latón, abollada, que había guardado “por si acaso”, sin saber para qué. La clavó él mismo en el lado derecho, con tres golpes, sin ponerse solemne. Dora sostuvo el marco con la palma.

    —Tengo que escribirle —dijo Horacio—. Pero no sé cómo se empieza.

    —Se empieza por la dirección —contestó Dora—. Y le ponés bien clarito que el portón es azul, pero que usted lo ve verde.

    El sábado, en la fiesta, la plaza se llenó de mesas largas, y cada colectividad llevó lo suyo: empanadas, varenikes, pasteles de dulce de membrillo. Dora anduvo entre los puestos con la bolsa de la correspondencia vacía y la moto estacionada atrás de la iglesia. Al pasar por la mesa de la biblioteca, Sara le acercó un mate sin preguntar.

    A las siete, cuando empezó a bajar el sol, Horacio llegó con un sobre en la mano y se lo dio a Dora sin decir palabra. Tenía una estampilla de las comunes, puesta apenas torcida, y una dirección escrita con letra de tambero, grande y despareja.

    Dora lo tomó, lo puso en el bolsillo de la campera y se quedó un momento mirando cómo el sol, que pegaba de costado, le sacaba el azul al portón y lo devolvía verde.

  • Lo que tira el viento

    El costal estaba vacío sobre el lomo del caballo y Anselmo Calfín lo miraba como se mira una deuda.

    Era la primera semana de abril y la asamblea había largado la temporada el lunes. Desde entonces, toda la cuenca de Ruca Choroy andaba con la cabeza gacha, como si hubiera perdido algo en el pasto. Se levantaba el piñón caído y nada más. Nadie tiraba con lazo ni con vara, porque los pehuenes no se tocaban, y el que lo hacía tenía que explicárselo a la comunidad, que era peor que explicárselo a un guardaparque.

    Anselmo tenía setenta y ocho años, una rodilla que ya no le contestaba y un compromiso para el sábado. Su nieta Maite llegaba de Neuquén capital en el colectivo de la tarde, por primera vez en dos años, y él le había prometido kofke, el pan de harina de piñón que hacía su mujer, cocido sobre una piedra bien caliente. Para eso necesitaba un costal entero. Para el costal, necesitaba tres días buenos. Tenía uno y medio.

    —Tío, a esa altura no vas a juntar nada —le dijo su sobrino Facundo, que pasaba con la camioneta y el termo de mate apoyado en el tablero—. Mirá, yo tengo una caña con un gancho. Una sacudida y te cae la mitad.

    —Sabés que no.

    —Nadie mira.

    —El árbol mira —dijo Anselmo, y se arrepintió, porque sonó a dicho de abuelo. Pero lo pensaba.

    Facundo se encogió de hombros, golpeó dos veces la puerta de la camioneta con la palma, y se fue levantando polvo.

    Anselmo ató el caballo y subió despacio por el sendero de piedra suelta hasta el pehuén grande de la laguna, el de las ramas como paraguas abiertos. Su suegro lo había marcado con un trapo rojo cuando Anselmo todavía era un muchacho que venía a pedir la mano de su hija, y desde entonces ese árbol era de la familia aunque no fuera de nadie. Abajo, el suelo estaba casi limpio. Había algunos piñones, oscuros, largos como dedos gordos, pero poco. Los pájaros y las vacas habían llegado antes.

    Se sentó en una raíz y dejó el costal entre las botas. Hacía frío seco, de ese que huele a ceniza y a resina. A lo lejos, la laguna estaba quieta, color plomo.

    Juntó unos veinte piñones en media hora. Los fue guardando en el bolsillo de la campera, que se hinchó apenas.

    A la tarde, cuando bajó, Maite ya estaba sentada en el banco de la cocina, con la mochila a los pies y los auriculares colgando del cuello. Había venido antes, en un auto prestado por una vecina. Tenía once años y los ojos de la abuela.

    —¿Y el pan? —preguntó, sin saludar.

    —Falta un poco.

    —¿Cuánto?

    Anselmo vació el bolsillo sobre la mesa. Veinte piñones rodaron entre el mate y el pan de ayer.

    —Eso no alcanza ni para una torta frita.

    —No —admitió él.

    Maite lo miró un rato largo. Después agarró un piñón, lo dio vuelta entre los dedos y dijo:

    —Mañana voy con vos.

    —Hay que caminar.

    —Camino.

    Salieron a las siete, con el sol bajo y la escarcha todavía crujiendo. Ella llevaba un gorro de lana que había tejido su abuela, el único recuerdo que no se había quedado en la ciudad. Anselmo le explicó la regla sin ponerse solemne: se levanta lo que cayó, se deja lo que no. Ella preguntó por qué. Él dijo que porque el árbol da cuando da, y que si uno le gana de mano, el año siguiente da menos.

    —¿Es verdad o es como las cosas que dicen los grandes?

    —Es verdad. Y también es como las cosas que dicen los grandes.

    Maite se rió por primera vez en dos años.

    Trabajaron toda la mañana bajo el pehuén de la laguna, ella de rodillas, él sentado en la raíz porque la pierna no daba más. A mediodía tenían menos de un cuarto de costal. A las tres, un poco más de la mitad de la mitad. El día se había puesto gris. Anselmo calculaba en silencio: faltaba mucho. Facundo pasó de nuevo en la camioneta, no frenó, pero levantó la caña por la ventanilla, a modo de pregunta. Anselmo negó con la cabeza. Maite lo vio.

    —Abuelo, ¿y si lo hacemos con lo que hay? Un pan más chico.

    —Tu abuela hacía un pan que alcanzaba para todos.

    —Yo no tengo hambre de todos. Tengo hambre de ese.

    Anselmo no contestó. Se quedó mirando las ramas, que se movían apenas, y fue entonces que lo sintió en la cara: el aire cambiaba. Primero fue un soplo fino que olía a nieve lejana. Después vino otro más grande, que movió el gorro de Maite y le sacó un grito corto.

    Arriba, algo crujió.

    —Abuelo.

    —Quedate pegada al tronco.

    La primera piña cayó a tres metros, pesada, con un ruido de bolsa de papas contra la tierra. Después otra. Después cuatro seguidas, y se rompieron al golpear y soltaron los piñones como granizo, rebotando entre las raíces. Maite se agachó con los brazos sobre la cabeza y se echó a reír, y Anselmo también, un poco sin aire.

    El viento duró veinte minutos. Cuando paró, el suelo parecía otro.

    Llenaron el costal hasta que no cerró más. Anselmo lo ató con la soga, y entre los dos lo subieron al caballo.

    El sábado a la noche, en la cocina, el fuego ardía con leña de ñire. Maite amasó la harina sobre la mesa, con las manos grandes de él guiándole las muñecas, y el pan se tendió sobre la piedra caliente con un siseo. Olía a tierra tostada y a algo dulce que Anselmo no recordaba haber olvidado.

    Maite partió el primer pedazo, lo sopló y se lo ofreció a él.

    —Probá vos primero.

    Anselmo lo probó. Afuera, el pehuén de la laguna se movía en la oscuridad, y le pareció que dejaba caer una última piña, bajito, como quien cierra una puerta.

  • Cambio y fuera en el Km 3

    El viento del Km 3 entraba por abajo de la puerta y levantaba una esquina del almanaque de YPF. Teresa Quiroga la alisó con la palma, como todas las mañanas, y después se sentó frente al aparato. Era el 13 de diciembre, Día del Petróleo, y el sábado anterior le habían avisado por escrito que el camión de la contratista iba a venir a las doce a llevarse la radio.

    Treinta y un años hacía que la prendía a las seis. Primero venía el zumbido, después el olor a polvo caliente de las válvulas, y después su voz, que ya no necesitaba pensarse: «Central Kilómetro Tres, buenos días a los equipos. Parte de viento: del oeste, cuarenta y cinco, con ráfagas».

    Esa mañana las ráfagas eran de ochenta. Lo sabía por la taza del anemómetro que giraba en el techo de chapa y por el ruido, un silbido finito que se le metía en los dientes. Desde las ventanas se veía el Chenque, pelado y color galleta, y abajo las casas ypefianas, todas iguales, con los rosales que alguien había plantado hacía sesenta años para que el viento no se llevara también eso.

    Dio el parte. Contestaron los equipos de Diadema, el de la Zona Central, el del Cañadón Perdido, uno por uno, con las voces cortadas por la estática. Teresa tachaba en la planilla. Era una costumbre de oficina que ya no servía para nada, porque la planilla iba a ir a parar a una caja, y la caja a un galpón, pero tachaba igual.

    A las ocho y diez sonó el teléfono negro, el que no era de la radio.

    —¿Teresa? Soy la Marisa Millalonco. Estoy en el Regional, te llamo del teléfono del pasillo.

    —¿Y? —dijo Teresa, y se paró sin darse cuenta.

    —Nació anoche, a las once y pico. Un varón, tres kilos ochocientos. Los dos estamos bien. Pero Gerardo no sabe. Está en el pozo desde el miércoles, y el camioncito que lo iba a traer lo frenó el viento en la ruta. Yo no tengo cómo avisarle.

    —Ya le aviso yo.

    —Hay otra cosa, Tere. —La voz de Marisa se achicó—. Él quería que se llamara Gerardo, como el padre. Yo quería Tomás. Lo hablamos tanto que no decidimos nada. Quiero que me diga él.

    Teresa miró el reloj de pared. Las ocho y once. Miró la planilla tachada, la caja de cartón que alguien le había dejado al lado de la puerta, el micrófono con la malla gastada justo donde apoyaba el labio.

    —Quedate al lado del teléfono —dijo—. No cortes.

    Apretó la tecla.

    —Central Kilómetro Tres llamando a Cañadón Perdido, equipo nueve. Cambio.

    Estática. Un siseo largo, de sábana arrastrada.

    —Equipo nueve llamando a Kilómetro Tres, adelante, Teresa —contestó al fin una voz ronca. No era Gerardo. Era el apuntador.

    —Necesito a Millalonco en la radio. Es personal.

    —Está arriba, en el piso, con la maniobra. Con este viento no lo bajo.

    —Bajalo, Quique. Que se ponga el casco y baje.

    Pasaron nueve minutos. Teresa los contó en el reloj. En el medio, el técnico de Buenos Aires que había venido el jueves a rotular los equipos asomó la cabeza por la puerta, un pibe flaco con una carpeta, y dijo que el camión se adelantaba, que salía a las diez. Teresa le dijo que bueno. Él se quedó parado, esperando algo más, y como no vino, se fue.

    —Acá Millalonco —dijo por fin el parlante, con el viento rugiendo atrás—. ¿Pasó algo, Teresa?

    Ella apoyó el labio en la malla gastada.

    —Gerardo, tu señora está al teléfono. Te la paso por el aire. Acordate de decir «cambio» cuando termines.

    Esa era la parte que no estaba permitida. Un canal abierto, con la mitad del yacimiento escuchando. Sacó el tubo negro del teléfono, lo acercó al micrófono y los apretó uno contra el otro, el plástico contra la malla, y empujó la tecla con el codo.

    —Gerardo —dijo la voz de Marisa, pequeña, metida en un tubo dentro de otro tubo—. Es varón. Está bien. Los dos estamos bien.

    No hubo respuesta. Solo el viento en el cañadón, un ruido de hierros lejos. Teresa pensó que se había cortado.

    —¿Gerardo? —dijo Marisa.

    —Acá estoy. —Se le quebraba—. Perdoname, es que me tiembla la tecla. Marisa, ¿cómo…?

    —Decime vos el nombre. Elegí vos. Yo lo anoto como digas.

    Desde el otro lado, por el parlante, Teresa oyó entonces algo que no había oído nunca en treinta y un años: silencio de verdad, el de cuarenta hombres callados a la vez. Los equipos tenían la tecla abierta. Los de Diadema, los de la Zona Central, hasta el del Cañadón Perdido, todos a la escucha y ninguno hablando, mientras el viento seguía.

    —Tomás —dijo Gerardo—. Como querías vos. Y de segundo, Gerardo, si el viejo no se enoja.

    —No se enoja —dijo Marisa, llorando y riéndose.

    —Tomás Gerardo Millalonco —repitió él, despacio, como probándolo en la boca—. Cambio.

    Entonces pasó. Primero fue uno, una voz que Teresa no reconoció, que dijo «felicitaciones, Millalonco» por el aire. Después otro, y otro. Se pisaban, se mezclaban con la estática. Un equipo dijo «que sea de Boca», y otro «que no, por favor». Teresa se tapó la boca con la mano y se quedó así hasta que se cortó el último.

    A las diez menos diez frenó el camión afuera. Entró el pibe flaco con dos muchachos de mameluco azul. Miraron la radio, miraron a Teresa, miraron el reloj.

    —¿Ya se puede? —preguntó él, casi pidiendo permiso.

    —Un minuto —dijo ella.

    Apretó la tecla por última vez. Sin mirar la planilla, sin los buenos días de siempre, dijo lo único que le faltaba decir.

    —Central Kilómetro Tres a todos los equipos. Nació Tomás Gerardo. Cambio y fuera.

    Soltó. Apagó el interruptor. El zumbido bajó, bajó, y las válvulas se quedaron enfriándose en la penumbra con ese tictac de metal. Los muchachos desatornillaron los cables con cuidado. Uno de ellos, el más joven, le preguntó dónde quería que dejara el micrófono.

    Teresa lo tomó, lo limpió con la manga y se lo guardó en la cartera, entre las llaves y el pañuelo.

    Afuera, en el techo, la taza del anemómetro siguió girando, sin que nadie la anotara, y el silbido fino pasó por arriba de las casas ypefianas, por encima de los rosales, derecho hacia el mar.

  • El turno de las tres

    La boleta estaba doblada en cuatro dentro del bolsillo de la camisa, y Ceferino Lucero la tocaba cada tanto con dos dedos, como quien comprueba que no se le cayó un diente. Eran las dos y diez de la madrugada. La acequia corría llena a su izquierda, con ese ruido de tela que se arrastra, y los álamos de la hijuela dejaban pasar un cielo duro, sin una nube, de esos que en Rodeo del Medio anuncian helada para el sábado.

    Esa era su última noche. A las ocho de la mañana le entregaba la bicicleta de reparto, la llave de la casilla y la libreta de turnos a un muchacho de Irrigación que ya le había preguntado dos veces si el celular andaba por la zona. Treinta y ocho años de tomero. Había repartido agua por turnos de seis horas, de tres, de cuarenta minutos para un olivo suelto, y de todos esos turnos solo le quedaba uno por cumplir que le pesaba: el de las tres, para la finca de los Pedrazzoli.

    La finca era una hectárea y media de malbec viejo, en parral bajo, con los postes de algarrobo grises de tanto sol. Don Aldo había muerto en septiembre. Ceferino no fue al velorio. Se quedó en la casilla, con el mate lavado, mirando la pared. Veinte años antes, en una limpia de cauces, Aldo lo había acusado delante de todos de dejarle la mitad del cupo a un vecino con el que se tomaba vino. Era mentira, y los dos lo sabían, pero Aldo era de los que no vuelven atrás aunque la tierra se les abra adelante. Desde entonces, Ceferino le dejaba la boleta clavada en el poste de la tranquera y se iba sin tocar el timbre.

    Esa noche no podía hacer eso. La boleta tenía el nombre de Amalia Pedrazzoli, viuda, y su turno empezaba a las tres, dos horas exactas, por el surco grande y los cuatro del costado. Y alguien tenía que abrir la compuerta.

    Llegó a la toma a las dos y cuarenta. Revisó la tabla, sacó con la pala el barro que se había acumulado contra el marco y probó la cadena. Todo en orden. Se sentó en el borde de cemento a esperar, con la linterna apagada para no gastar pila. Del otro lado del alambrado se veía una luz amarilla, chiquita, que no estaba allí otras noches.

    —¿Es usted, Lucero? —dijo una voz desde la oscuridad.

    Ceferino se paró tan rápido que se le trabó la rodilla.

    —Soy yo, doña Amalia.

    Ella salió por el portillo con un chal de lana sobre un camisón, botas de goma de hombre y un termo bajo el brazo. Tenía ochenta y seis años y caminaba apoyándose en un palo de escoba que alguna vez fue otra cosa. La luz amarilla era una linterna a querosén, de las que ya nadie usa.

    —Aldo siempre decía que había que estar cuando entraba el agua —dijo—. Que si uno no la ve entrar, se la roban sin darse cuenta.

    —Nadie le va a robar nada.

    —Ya sé. Pero vine igual.

    Ceferino sacó la boleta y se la tendió. Ella la tomó, la acercó a la llama, la leyó entera moviendo los labios, hasta la firma, y después la guardó en el chal.

    —Tres a cinco. Como siempre.

    —Como siempre.

    Se quedaron callados un rato. El agua pasaba contra la tabla con un golpe sordo y regular. Amalia destapó el termo y sirvió dos tapitas de café con leche, todavía tibio, que olía a canela.

    —Tome.

    —No quiero molestar.

    —Veinte años molestó de lejos, Lucero. Ahora tome.

    Ceferino tomó. Estaba dulce de más, como lo hacía ella, y por un momento el gusto lo devolvió a una cocina con mantel de plástico y a un Aldo más joven que se reía fuerte. Bajó la vista a la tapita.

    —Yo nunca le saqué el cupo a nadie —dijo, y le salió más bajo de lo que pensaba.

    —Ya sé.

    —Él nunca me creyó.

    —Sí te creyó. —Era la primera vez que lo tuteaba—. A la semana lo supo. Lo que no pudo fue decírtelo. Se pasó veinte años buscando cómo, y se le fue el tiempo en eso. Era un hombre grande y no sabía pedir perdón.

    Ceferino no contestó. Se tocó el bolsillo vacío de la camisa, donde antes estaba la boleta.

    A las tres menos un minuto, se pusieron de pie. Él tomó la cadena. Amalia se acercó con la linterna a querosén y la levantó para alumbrar el marco, como si hubiera algo para ver más allá del cemento mojado.

    —Ahora —dijo ella.

    La tabla subió con un chirrido que Ceferino conocía de memoria. El agua se abrió paso en el surco como si hubiera estado esperando detrás de la puerta, ancha, oscura, con un brillo de aceite donde la luz le pegaba. Corrió entre las hileras, empujó el polvo, levantó un olor a tierra mojada que les subió a la cara. Se oyó cómo las raíces del parral, ciegas desde hacía semanas, empezaban a beber.

    —Mirá eso —murmuró Amalia.

    Ceferino miró. Treinta y ocho años de turnos y nunca se había quedado a mirar cómo entraba el agua en una finca ajena. Siempre había otra boleta, otra toma, otro vecino esperando.

    A las cinco cerró la compuerta. Amalia lo acompañó hasta la tranquera caminando despacio, con el palo de escoba golpeando la tierra húmeda.

    —Mañana el muchacho nuevo va a venir a presentarse —dijo ella—. Yo le voy a decir que a las tres se sirve café. Que es la costumbre.

    Ceferino sonrió, y se sorprendió de sentir la cara tan tiesa por el frío.

    —Es buena costumbre.

    Montó en la bicicleta. Detrás de él, en la finca, el agua seguía bajando por los surcos, y la luz amarilla de la linterna se quedó un rato más en el camino, como una brasa que nadie quería apagar.

  • Un minuto por vuelta

    La alarma sonó a la una y cuarenta, un pitido de grillo eléctrico que venía del termómetro clavado en el cuadro de las Williams. Hernán abrió los ojos en la pieza de cuando era chico, con las cajas de mudanza apiladas contra el ropero, y tardó un segundo en acordarse de dónde estaba. En Allen. En la chacra de su viejo. A las diez de la mañana tenía que firmar el boleto de venta en una escribanía de la calle Roca.

    Bajó la escalera en medias. En la cocina ya estaba prendida la luz, y su padre, Ítalo, sentado con la campera de abrigo puesta sobre el piyama, calentaba agua en la pava abollada.

    —Dos grados —dijo Ítalo, sin darse vuelta—. Y bajando.

    —Ya sé, pa. Lo vi en el celular. Voy a prender la bomba.

    —La bomba la prendiste vos hace veinte minutos, con el aviso del pronóstico. Yo la escuché arrancar.

    Hernán no contestó. Era cierto. Había salido al galpón a las doce y media, había abierto las válvulas del turno y había vuelto a acostarse con la ropa de trabajo todavía en la silla, como hacía a los dieciséis. Lo que no sabía era que su padre, que a los setenta y nueve años dormía de a ratos y con un oído afuera, lo había seguido con el cuerpo desde la cama.

    —Poné la yerba —dijo Ítalo—. Tenemos hasta que salga el sol.

    Salieron con un termo y dos mates. Afuera no había viento. Eso era lo peor: durante tres días el sudoeste había soplado seco y duro, y ahora se había apagado de golpe, y en el valle un cielo sin viento y sin una sola nube dejaba que el calor se escapara hacia arriba como el agua de una bañadera destapada. Los álamos de la cortina quedaron quietos contra las estrellas. Se oía el canal, lejos, y más cerca, desde los cuadros, un sonido finito y repetido, tac, tac, tac, tac, el martillo de cada aspersor pegándole a la boquilla de bronce.

    Hernán conocía ese ruido de toda la vida y lo había olvidado. Un giro por minuto, le había enseñado su padre. Si da la vuelta más rápido, tira poco agua. Si da la vuelta más lento, el hielo no alcanza a cubrir la flor y la helada se la come igual.

    —Ahí —dijo Ítalo, parado en la cabecera del cuadro de las Packham’s, con el mate frío en la mano—. Escuchá.

    —No escucho nada raro.

    —Justamente. Falta uno.

    Hernán aguzó el oído. Tac, tac, tac, tac. Contó mentalmente las filas, separó los sonidos como se separan las voces en una mesa larga. Y entonces lo oyó: un hueco, un compás que no caía, hacia el fondo, entre la quinta y la sexta línea.

    Fueron caminando entre los perales, con la linterna apuntando al piso. El suelo estaba duro y brillante, y el agua que rebotaba de los aspersores se iba convirtiendo en una costra de vidrio sobre cada rama. Las flores de peral, blancas, ya no eran flores: eran cápsulas de hielo con un punto de color adentro, como esas moscas dentro del ámbar que había visto una vez en un museo de Neuquén.

    El aspersor trabado era uno de los viejos, de metal, con el capuchón torcido. El resorte se había llenado de hielo y el brazo no podía girar. Ítalo se agachó con una dificultad que a Hernán le dolió ver, sacó del bolsillo un destornillador chico y empezó a golpear el hielo con el mango, de a poco, sin apuro.

    —Dejame a mí.

    —Alumbrame.

    Alumbró. Su padre rompió la costra, sopló sobre los dedos, destrabó el brazo con dos golpecitos secos. El aspersor arrancó de nuevo, tac, tac, tac, y el chorro volvió a abrirse en abanico sobre las plantas de la fila.

    —Cuarenta años que le pongo capuchón a este —dijo Ítalo—. Y cada tanto se acuerda de que no le gusta.

    Siguieron la ronda hasta las cuatro. Dos veces más hubo que arreglar un pico tapado. Una vez Hernán resbaló y se sentó en el barro congelado, y Ítalo se rió con una risa corta, de tos, que Hernán no escuchaba desde antes de que se fuera a vivir a la ciudad. A las cinco y media, el termómetro del cuadro marcaba menos uno y medio. El cielo, hacia el este, empezó a ponerse del color de la leche con un poco de té.

    Se sentaron en dos cajones de madera, al borde del cuadro. Ítalo cebó un mate y se lo pasó.

    —El comprador es buena gente —dijo—. Tiene malla antigranizo y todo. No te hagas problema.

    —Pa, no tenemos que…

    —No te estoy diciendo que no. Te estoy diciendo que es buena gente. —Ítalo miró las filas, el vapor que subía de la tierra cuando el agua tibia tocaba el suelo helado—. Yo sólo quería ver una más. Una noche entera de esas. Pensé que iba a poder solo, pero me alegra que no.

    El sol salió por detrás de la barda con un filo de cobre. Y entonces las flores se encendieron. Cada peral, cada rama, cada cápsula de hielo se prendió desde adentro con una luz amarilla y rosa, miles y miles, y el tac de los aspersores se mezcló con un crujido finito, como de vidrio cuando se parte despacio.

    Hernán sacó el celular del bolsillo. Tenía un mensaje de la escribanía confirmando el horario. Lo miró un rato, y después lo dio vuelta sobre la rodilla y dejó que la pantalla se apagara sola, mientras su padre, a su lado, contaba bajito, uno por uno, los aspersores que seguían girando.

  • Un cajón para Chile Chico

    El primer día que Genaro Aillapán se quedó solo en el puesto de control, el viento del lago ya había volteado dos veces el cartel de los plaguicidas. Lo levantó por tercera vez, lo apoyó contra la garita y se puso el chaleco naranja. Hacía veintiséis años que don Mateo Sandoval abría esa barrera. Se había jubilado el viernes y le había dejado una carpeta, un termo con la tapa abollada y una sola recomendación: «Con las abuelas, vos mirá el cajón primero y la cara después».

    Era mediados de enero y en las chacras de Los Antiguos se cosechaba desde el amanecer. Se olía desde la ruta: una dulzura tibia y pegajosa, de fruta que se pasó un día de la mano. Los camiones salían cargados hacia Caleta Olivia y los pibes de la cosecha cruzaban en bicicleta con los baldes colgados del manubrio.

    A las diez y cuarto apareció una mujer chiquita, con pañuelo en la cabeza y un cajón de madera abrazado contra el pecho. Caminaba despacio, pero sin pausas, como quien ya sabe cuántos pasos hay hasta el puente.

    —Buen día, joven. Soy la Leontina Barría. Voy a lo de mi hermana, a Chile Chico.

    —Buen día, señora. Documento, por favor.

    Ella le dio el DNI sin soltar el cajón. Tenía ochenta y un años y una foto donde se la veía decidida a no sonreír. Genaro anotó los datos en la planilla y después miró el cajón. Estaba tapado con un repasador a cuadros. Levantó una punta.

    Cerezas. Negras, firmes, con el cabito verde todavía, tan apretadas que ni el aire pasaba entre ellas. Calculó cinco kilos.

    —Señora, la fruta fresca no puede pasar. Ni para allá ni para acá. Es por las plagas, por la mosca de la fruta. Es una norma de los dos países.

    —Ya sé —dijo Leontina—. Me lo explicó tu antecesor. Me lo explicó veintidós veces.

    —¿Veintidós?

    —Una por enero. Con la de este año, veintitrés.

    Genaro se acordó de la carpeta y la abrió ahí mismo, contra el mostrador. En la última hoja, con la letra apretada de don Mateo, había una lista de fechas y debajo una sola palabra repetida: «decomisado, decomisado, decomisado». Al final, en lápiz, otra línea: «Ojo con la Leontina».

    —¿Y por qué sigue trayendo el cajón si siempre se lo sacan?

    —Porque no se lo sacaban. —Leontina se acomodó el pañuelo—. Mateo lo dejaba sobre esa mesa y se hacía el distraído. Yo me daba vuelta, le agradecía, y cuando miraba otra vez el cajón había desaparecido. Decomiso, decía la planilla. Yo creo que se las comía el pobre.

    —Eso no estaría bien.

    —Y tampoco estaba mal. Alguien tiene que comerlas.

    Genaro se frotó la cara con la mano. Afuera, un camión con acoplado pasó levantando polvo y la barrera tembló en su poste. Pensó en el reglamento, en el sello que tenía que estampar, en el balde azul de la esquina donde se tiraba lo decomisado con un chorro de lavandina por encima.

    —¿Por qué su hermana no viene hasta acá? —preguntó.

    —Porque no la dejan. Se casó del otro lado en el sesenta y uno, con un baqueano que tenía campo en el lago. Y no tiene piernas para dos aduanas en un día. Desde que enviudó yo cruzo una vez al año. Un año me tocó una cosa y otro año me tocó otra, y cuando quise acordarme llevábamos veintitrés enero sin comer las mismas cerezas.

    —¿Las mismas?

    —Las de la chacra de mi padre. Mi hermana dice que de ese lado no dan igual. Dice que les falta no sé qué. —Leontina miró hacia el río, que se veía brillar entre los álamos—. Yo digo que lo que falta es que alguien se las ponga en la mano.

    Genaro se quedó callado un rato. Después salió de la garita con la planilla y caminó hasta la mitad del puente, mirando el agua. El Jeinimeni bajaba verdoso, rápido, con espuma en los bordes, camino al lago grande. Del otro lado, en la garita chilena, un carabinero tomaba mate sin apuro. Le hizo una seña con la cabeza, como se hace entre colegas.

    Volvió.

    —Señora, el cajón no pasa. Eso no se discute. Pero la línea del medio del puente también es un lugar. Si usted me acompaña, y si su hermana quiere venir hasta ahí, se pueden sentar cada una de su lado.

    —¿Y las cerezas?

    —Las cerezas se comen ahí, sin cruzar. Cada fruta que sale del cajón se la come la persona que la agarra. Y los carozos van al río. Lo que sobre, lo decomiso yo.

    Leontina lo miró largo, con esos ojos chiquitos y claros que ya habían visto pasar a muchos funcionarios.

    —Mateo nunca pensó eso.

    —Mateo no tenía el termo abollado de hoy —dijo Genaro, y fue la única broma que se permitió en todo el día.

    Llamaron del otro lado por radio. Pasó media hora, y a las once y diez bajó una camioneta vieja del lado chileno. Se bajó una mujer todavía más chiquita que Leontina, con un bastón de pino y un sombrero de ala corta. Caminó despacio por la vereda del puente hasta quedar frente a su hermana, a tres metros, justo donde la pintura marcaba la raya.

    No se abrazaron. Se miraron con una especie de enojo antiguo, de los que se arrastran con cariño. La de Chile Chico habló primero.

    —Estás más flaca.

    —Vos más vieja.

    Genaro llevó el cajón hasta la mitad del puente y lo apoyó sobre el pretil de hierro. Retiró el repasador. Leontina eligió una, la más oscura, y se la dio a su hermana estirando el brazo sin cruzar la raya. La otra la tomó con dos dedos, le sacó el cabito y se la llevó a la boca.

    Cerró los ojos. Masticó despacio. Cuando abrió los ojos de nuevo estaban brillantes y fruncidos de rabia.

    —Ahí está —dijo—. Es la misma.

    —Te lo dije hace veintitrés años.

    —Callate y dame otra.

    Comieron las dos, una por una, hasta que los dedos se les pusieron violetas y las bocas también. Escupían los carozos por encima del pretil, con puntería de chicas, y los carozos caían al Jeinimeni y se iban con la espuma. Genaro, de espaldas, anotó en la planilla: «Decomiso: 5 kg cerezas. Destino: río». Firmó, estampó el sello y cerró la carpeta.

    Cuando levantó la vista, el carabinero del otro lado había salido de la garita. Tenía una cereza en la mano que alguien le había alcanzado. La miró a trasluz como si fuera un reloj y se la comió.

    Esa tarde el viento se calmó un rato. Al río, que seguía bajando hacia el lago, todavía le iban llegando carozos, lentos, oscuros, brillantes, uno detrás de otro.