Rosaria Cuomo se ató el delantal por segunda vez, porque la primera le había quedado floja, y miró el palo desde la punta de la banquina. Lo habían clavado el viernes a la tarde, largo y pelado, sobresaliendo del borde del muelle sobre el agua verde y quieta del puerto. Esa mañana, dos muchachos con un balde le habían pasado jabón y grasa de punta a punta, en silencio, como quien unta una bandeja grande.
Era sábado, el de la Fiesta de los Pescadores. Las lanchas amarillas estaban amarradas en fila, con las banderitas puestas, y el olor a pescado frito de los puestos se mezclaba con el del gasoil y el de la sal. Los cajones vacíos formaban unas gradas torcidas. Ya se iba sentando la gente, con las gorras, los termos, los chicos en brazos.
Rosaria tenía sesenta y ocho años y había cocinado para esta fiesta cuarenta y uno. Las fainás, los calamares, las bandejas de pasta para los que armaban el escenario. Nunca había subido al palo. Esa era la palabra justa: nunca. Su marido, Santino, había subido once veces y se había caído once, y todas las veces salió del agua riéndose, con el pelo pegado a la frente, y se la quedó mirando a ella, que lo esperaba con la toalla en el cajón de siempre.
—El día que llegue a la punta —decía—, te llevo la bandera a la casa de la calle Doce de Octubre y la colgamos en la cocina.
Nunca llegó. Se murió en febrero, de un ratito, de corazón, mientras arreglaba una red. Rosaria no lloró en el velorio y tampoco en la misa. Lloró recién en agosto, delante de la olla, sin saber por qué.
Ahora iba caminando por la banquina, entre los cajones, con las zapatillas de goma y un vestido de flores que ya había perdido la plancha. Se paró al lado de Beto Marino, el que anotaba a los que se querían probar.
—Anotame —dijo.
Beto levantó la vista de la planilla. Tenía las cejas pobladas y las dos manos ocupadas con una birome y un sándwich.
—¿A quién?
—A mí.
—Rosaria, por favor. Es un palo. Vos tenés la cadera.
—La cadera es mía y el palo es del barrio. Anotame.
Detrás, alguien soltó una risita, y después otros. Su nieto Matías, de dieciséis, que estaba en el grupo de los anotados con una remera del club, abrió mucho los ojos.
—Nonna —le dijo, bajito, tirándole de la manga—, no hagas esto acá, con todos.
—Todos son los mismos que me comen la fainá, Matías. Andá a calentar.
La anotaron al final. Le tocó el último turno, después de nueve chicos y dos hombres grandes, que fueron cayendo uno tras otro con ese ruido seco y feliz que hace un cuerpo contra el agua. El palo estaba cada vez más resbaloso, y la grasa brillaba al sol como si fuera de vidrio. Matías llegó hasta la mitad, se quedó colgado unos segundos, abrazado al palo como a un chancho de feria, y se soltó con un grito. Cuando salió del agua, lo primero que hizo fue mirarla a ella.
Rosaria se sacó las zapatillas. Del bolsillo del delantal sacó un puñado de sal gruesa, de la que usaba para el pescado, y se frotó las manos, las palmas y los dedos, hasta que le ardieron. Eso no se lo había enseñado nadie. Lo había visto, cuarenta años atrás, hacer a un viejo calabrés que nunca ganó nada, pero que siempre se iba del palo con las manos secas.
Subió al borde del muelle con la ayuda de Beto, que ya no discutía, y se agarró del palo con los brazos y las rodillas, apretando. Notó la grasa en la tela del vestido, fría, y el olor a jabón de campo. El agua se movía abajo, como un ojo.
—¡Dale, Rosaria! —gritó alguien desde los cajones, y no sonaba a burla.
Avanzó un brazo. Después una rodilla. El palo parecía más largo desde arriba que desde la banquina. Escuchó al barrio entero sin entender lo que decían, porque el corazón le golpeaba en los oídos. Llegó a la mitad, donde había llegado Matías. Sintió que las piernas empezaban a deslizarse.
—¡Aspetta! —gritó una voz de mujer mayor, en dialecto—. ¡Respirá, Rosaria, respirá!
Respiró. Hizo lo que hacía Santino al final de cada caída, cuando ya no tenía nada que perder: aflojó los hombros. Dejó de pelearse con el palo y se pegó a él, como se pega una a la espalda de alguien en un colectivo lleno. Subió un poco más, y otro poco, centímetro a centímetro, con la sal ardiéndole en las manos.
La bandera colgaba del extremo, chiquita, de tela celeste y blanca, moviéndose apenas con el viento del mar. Rosaria estiró la mano derecha. Le faltaba un palmo. Se soltó un poco de las rodillas, soltó el aire, y el palo se sacudió.
No supo si fue ella la que se resbaló o el palo el que la tiró. El agua le golpeó la espalda y el mundo se llenó de burbujas, de frío, de sal. Pero antes, justo antes, había cerrado el puño sobre algo.
Salió a la superficie escupiendo y tosiendo. Alguien la tomó de un brazo y la subió al borde. Tenía el pelo en la cara y el vestido pegado, y en la mano derecha, apretada, la banderita mojada.
La banquina se quedó callada un segundo largo. Después se vino abajo. Los cajones temblaron con los aplausos, y Matías corrió con la toalla, la de siempre, la de Santino, que había sacado del bolso de ella sin preguntar.
—Nonna —dijo, con los dientes castañeteando—. Nonna, llegaste.
—Casi —dijo Rosaria, y se secó la cara—. Se la saqué cuando me caí.
Se sentó en el cajón de siempre, envuelta en la toalla, con las manos todavía ardiéndole de sal. Desplegó la banderita sobre la rodilla y la alisó con cuidado, como una servilleta buena. Esa noche, en la cocina de la calle Doce de Octubre, la colgó con dos chinches arriba de la mesa, y se quedó un rato mirándola, sin prender la luz.