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  • El pétalo verde

    Cosme Iacovone llegó al Mercado de San Telmo a las seis y media, con el cajón de pinceles bajo el brazo y el termo entre las rodillas, porque ya sabía que la mañana iba a ser larga. El aire olía a cajón mojado y a repollo. En la puerta de Carlos Calvo, entre dos camionetas, estaba el carro de don Nicanor Pereyra, con el Moro todavía enganchado, masticando la avena de la bolsa.

    —Es el último sábado —dijo don Nicanor, sin saludar—. Después de esta semana no me dejan entrar con él a la ciudad. Ya compré el camión.

    El camión estaba atrás, un Chevrolet usado, pintado de gris de punta a punta, el gris reglamentario que parecía hecho para que nadie lo mirara. Tenía las puertas lisas, el capot liso, el paragolpes oxidado en una esquina.

    —¿Y qué quiere que le haga? —preguntó Cosme.

    —Lo mismo que tiene el carro. La rosa grande, los zarcillos, las letras. Todo igual.

    Cosme caminó alrededor del carro con las manos atrás. Lo había pintado él mismo hacía veintidós años, cuando todavía trabajaba en la carrocería de Paseo Colón y le tocaba el trabajo fino porque tenía el pulso. Los chanfles, en colorado. En el costado, la rosa: una flor grande, abierta, de sombras que se encendían en el centro, con dos hojas de acanto que salían hacia las ruedas. Debajo, en letra gótica, la frase: Mi trabajo es mi honra.

    La pintura había aguantado bien. El sol y la lluvia la habían ablandado en los bordes, pero la rosa seguía ahí, cada pétalo en su lugar. Menos uno.

    Era el pétalo de abajo a la derecha. Donde Cosme había puesto un rojo cálido, con una sombra de carmín, ahora había un verde. Un verde de pintura de zaguán, opaco, aplicado con un pincel grueso por una mano que no sabía lo que hacía.

    —Ese pétalo lo tocaron —dijo Cosme.

    —Ya sé.

    —Esto no es del desgaste, don Nicanor. Esto es pintura de otra marca. Se lo repinto igual que el resto y listo.

    Don Nicanor se sacó la gorra y la dio vuelta en las manos.

    —Lo pintó mi hija. Tenía seis años. Un día me agarró un tarro de lo que había sobrado de la reja y se puso a ayudarme. Yo estaba descargando cajones. Cuando volví, ya lo había hecho. —Hizo una pausa—. Me dijo que a la rosa le faltaba una hoja.

    —Pero es un pétalo.

    —Eso le expliqué yo. Y ella me dijo que entonces la hoja se había quedado escondida atrás.

    Cosme no dijo nada. En el mercado empezaban a bajar las persianas de metal y alguien gritaba el precio de los zapallos. Se sentó en el cajón de pinceles. Sacó el termo, sirvió el mate y se lo pasó a don Nicanor, que lo tomó como si fuera una obligación.

    —¿Y dónde está ahora su hija?

    —En Mendoza. Se casó. Viene en Navidad.

    —Y usted quiere que el camión nuevo tenga la rosa como estaba cuando ella…

    —No sé qué quiero —dijo don Nicanor—. Quiero que sea la misma. Pero no sé cuál es la misma.

    Cosme asintió despacio. Era un problema que conocía. Un cliente trae el dibujo de lo que fue y espera que el pincel lo devuelva. Y el oficio, si uno lo hace bien, no sirve para eso.

    Pasó la mañana trabajando. Primero armó el dibujo en papel manteca, con el carbón, calcando la rosa del carro. Después lo picó con la aguja, pegó la plantilla en la puerta del camión y la espolvoreó con la bolsita de tiza. Cuando levantó el papel quedó la flor fantasma, un puntillado blanco sobre el gris. Mezcló el colorado en la tapa de una lata, le puso un poco de carmín, probó el tono en el borde del capot. Cargó el pincel largo, el de pelo de oreja de vaca, y apoyó la virola en el pulgar para controlar el peso.

    La rosa salió en tres horas. Cosme hizo los pétalos de adentro hacia afuera, con un solo trazo cada uno, apretando y aflojando la mano para que la línea engordara y se afinara. Pintó las hojas de acanto, que salían hacia las ruedas, y los zarcillos que cerraban en espiral. Al mediodía el sol caía de lleno sobre la puerta y el colorado brillaba como mojado.

    Llegó al pétalo de abajo a la derecha y se quedó con el pincel en el aire.

    Don Nicanor había ido y vuelto dos veces, con la excusa de acomodar cajones. Ahora estaba parado a unos pasos, con los brazos cruzados, mirando la espalda de Cosme sin pedirle nada.

    —Si lo hago rojo —dijo Cosme sin darse vuelta—, queda bien. Mejor que el original, porque ahora tengo más práctica. La rosa va a estar completa.

    —Y si lo hace verde.

    —Queda mal. Un pétalo verde no tiene sentido. Cualquiera que sepa de esto va a decir que es un error.

    —Y si pregunta alguien, le digo que es un error.

    —Pero no es un error —dijo Cosme—. Es la hoja que se quedó escondida.

    Don Nicanor no contestó. Se oyó al Moro sacudir la cabeza y el tintineo de los arreos.

    Cosme limpió el pincel con trapo y aguarrás, despacio, hasta dejarle los pelos derechos. Después tomó uno más fino y abrió el tarro de verde que don Nicanor había traído en una bolsa, por las dudas, y que él había visto desde la mañana sin decir nada. Mezcló un poco con blanco. Se acercó a la puerta y pintó el pétalo del mismo tamaño, con la misma curva, con una sombra en la base que el carro nunca había tenido. Era el único verde del camión y el único trazo que no estaba en ningún manual.

    Al terminar, retrocedió un paso. La rosa abierta, colorada, con el pétalo verde abajo a la derecha como una hoja que alguien se había olvidado de sacar.

    —Falta la frase —dijo don Nicanor, con la voz un poco rara.

    —Ahora la hago.

    A las cuatro, con la pintura todavía fresca, don Nicanor desenganchó al Moro y lo llevó de la rienda hasta la vereda, donde lo esperaba un sobrino con el acoplado. Se quedó un rato con la mano en el cuello del caballo. Después subió al camión, arrancó al segundo intento y salió despacio por Carlos Calvo, con la puerta al sol.

    Cosme guardó los pinceles uno por uno, en el cajón, con vaselina en la virola. Desde la esquina, mientras el camión giraba, todavía alcanzó a ver el verde, chiquito, entre todo ese colorado.

  • El parche de Nayla

    La grieta apareció a las once de la noche, cuando Nayla le dio el primer golpe de prueba al bombo de su padre. No hizo ruido de rotura. Fue un tac seco, sin retumbo, y el parche quedó sonando a caja de zapatos.

    Lo dio vuelta bajo la lámpara de la cocina. Una línea fina, de unos tres dedos, nacía del aro de quebracho y se metía en el cuero de cabra como un hilo de agua en la tierra. Julio en Santiago del Estero seca todo: la garganta, las manos, las pieles. Tres semanas de ensayo con el aire frío y sin una gota, y el cuero, que llevaba ocho años tenso, había dicho basta.

    —Ma, se rajó —dijo.

    Su madre apareció en la puerta con el repasador en el hombro y miró el bombo como se mira una cara conocida con fiebre.

    —¿Mañana a qué hora es la salida?

    —A las cinco de la tarde. Pero hay que estar a las tres, para formar.

    —Entonces hay tiempo —dijo la madre, y no dijo nada más, porque las dos sabían que a esa hora de la noche no había tiempo para nada.

    Nayla tenía dieciséis años y era la primera mujer de la peña del barrio que iba a marchar con el bombo de adelante. Su padre lo había hecho con un tronco de ceibo que le trajo un primo desde el monte, ahuecado a hachazos y a fuego. Se lo había dejado en una frase sola: «Cuidalo del seco». Ella lo cuidó con trapos húmedos, con la funda, con el cuarto sin estufa. No alcanzó.

    Durmió mal. A las cinco, cuando todavía no clareaba, se puso dos buzos, metió el bombo en la funda y salió a pie por la vereda helada hasta la casa de don Eleuterio Coria, el único tientero que quedaba en tres cuadras a la redonda. La puerta del taller era de chapa y tenía una cadena. Golpeó. Del otro lado ladró un perro, y después una voz ronca preguntó quién era a esa hora.

    —La hija de Mansilla, don. La del bombo.

    La cadena sonó. Don Eleuterio apareció en camiseta y campera, con un mate en la mano y un cuchillo de descarnar colgado del cinturón. Sin decir palabra, le sacó la funda, apoyó el bombo sobre la mesa de trabajo y pasó el pulgar por la grieta.

    —Esto no se arregla —dijo—. Se cambia.

    —¿Tiene cuero?

    —Tengo cuero. Lo que no tengo es tiempo. Un parche hay que remojarlo, coserlo al arillo, estirarlo y esperar a que seque. Con suerte te lo tengo para el sábado.

    —La marcha es hoy.

    El viejo sorbió el mate. Afuera empezaba a asomar una luz sucia, de ceniza.

    —Entonces no te lo puedo hacer yo —dijo—. Te lo vas a hacer vos. Yo te miro.

    Nayla pensó que había oído mal. Don Eleuterio ya estaba sacando de un cajón un cuero de cabra doblado en cuatro, duro como cartón, con el pelo gris todavía en un borde. Lo hundió en un balde de agua y lo dejó ahí, sujeto por una piedra.

    —Mientras se ablanda, tomá esto.

    Le puso en la mano un cuchillo chico y una madeja de sacha lazo, la rama fina que se dobla en aro para coser el cuero. Le mostró cómo se le saca el pelo con el filo, a contrapelo, sin apurarse. A las siete tenía los dedos entumecidos y la mitad del cuero pelado. A las ocho, cuando el sol por fin entró en el taller, él le enseñó la puntada. A las nueve, ella se pinchó el pulgar con la lezna y no dijo nada.

    —Está bien —dijo don Eleuterio sin mirarla—. Esa sangre es la que le faltaba.

    A las diez el parche estaba cosido al arillo. A las once le tocó lo difícil: montarlo sobre la caja, encajar el aro de quebracho y trabar las presillas de tiento para tensar. El cuero mojado cedía como una cosa viva. Ella tiraba, el viejo corregía con un dedo, y volvían a tirar. Para el mediodía el bombo tenía parche nuevo, blanco como una hoja, tenso y todavía húmedo.

    —Ahora no lo toques —dijo don Eleuterio—. Ponelo al sol, pero no al fuego. Si lo apurás, se raja otra vez.

    Nayla se sentó en el patio con el bombo sobre las rodillas. El sol de invierno pegaba justo, sin quemar. Pasó una hora. Pasó otra. A la una y media apoyó la oreja sobre el cuero y no oyó nada. A las dos tocó con la yema, despacio, y el parche respondió con un sonido corto, de papel mojado.

    —Le falta —dijo el viejo desde la puerta.

    —Son las dos y diez.

    —Y a las tres tenés que estar formada. Lo sé.

    Se miraron. Hacía un rato él le había contado que el padre de ella le había comprado ese mismo cuero, ocho años atrás, y que lo quería «con el sonido de adentro de uno». No hacía falta decir más.

    A las dos y cuarenta, el sol le dio de lleno al parche. Nayla tomó el palillo y dio un solo golpe, en el centro, con la muñeca floja como le había enseñado su padre.

    El bombo contestó desde el pecho. Un trueno hondo, redondo, que se oyó hasta la esquina y que hizo que el perro de don Eleuterio levantara la cabeza. Algo se aflojó adentro de ella, en el mismo lugar donde sonó.

    —Ya está —dijo el viejo, y se dio vuelta para que ella no lo viera sonreír—. Andá, que te esperan.

    Salió corriendo por la vereda con el bombo contra el costado, el palillo en la mano libre y el pulgar vendado con un pedazo de trapo. A cuatro cuadras ya se escuchaban los otros, los de la peña, probando los parches con el frío de la tarde. Se acomodó en la fila, al frente, y levantó el palillo.

    Y cuando la columna arrancó hacia la plaza, el golpe de su bombo fue el primero que marcó el paso de todos.

  • La salamandra del coche tres

    A las seis y diez de la mañana, la escarcha cubría las vías de la estación de Esquel como una sábana mal planchada. Nilda Aravena caminó por el andén con una bolsa de arpillera en cada mano y el aliento adelante, como si lo llevara de la correa.

    —Señora, todavía no se puede pasar —le dijo un muchacho de campera naranja, con la credencial colgando.

    —Soy Aravena. Me llamó el jefe de estación.

    El muchacho miró una planilla, levantó las cejas y se hizo a un lado.

    Treinta años había trabajado en ese tren. Primero de ayudante de coche, después de encargada, cuando todavía se viajaba en serio, con cajones de gallinas en el pasillo y una familia entera durmiendo sobre las valijas. Hacía once años que se había jubilado. Ahora la vieja compañía de turismo preparaba una salida especial para un grupo de chicos de la escuela de Trevelin, y a alguien se le ocurrió que el coche tres, el más viejo de la formación, tenía la salamandra más caprichosa de todas. Y que la única que sabía prenderla vivía a cuatro cuadras.

    Subió por el estribo agarrándose del pasamanos helado. Adentro olía a madera barnizada, a polvo y a metal frío. Los bancos de listones, las lámparas de bronce, el piso con las mismas tablas gastadas frente a la puerta, donde generaciones de botas se habían parado a esperar. En el medio del coche, panzona y negra, la salamandra.

    Se sacó los guantes y le pasó la mano por el costado. Estaba tan fría que le dolió.

    —Bueno, vieja —dijo—. Vamos a ver cómo andamos.

    Abrió la portezuela. Adentro había ceniza apelmazada de la última salida, y Nilda la sacó con la palita, despacio, sin levantar polvo. Después se arrodilló, algo que le costó más que hace once años, y abrió la primera bolsa. Eran astillas finas de ciprés, cortadas por su hermano en el aserradero de Cholila y secadas dos meses en el galpón. En la segunda bolsa llevaba los leños, y en el bolsillo del abrigo, un rollo de diario del domingo.

    Su padre, que también había sido ferroviario, le había enseñado la regla en esa misma estufa, cuando ella tenía dieciséis años: «El fuego es como una visita. Si lo apurás, se ofende. Si lo dejás sin aire, se muere de vergüenza».

    Armó un nido con el papel arrugado. Las astillas arriba, en cruz, con espacio para que respirara. Los leños gruesos, todavía no. Encendió el fósforo y lo acercó.

    La llama prendió el papel, subió por las astillas, y a los treinta segundos se apagó con un resoplido y un hilo de humo gris.

    —Tiene tiro malo —dijo una voz desde la puerta.

    Era el maquinista, un hombre grandote con el mameluco manchado de aceite y una taza de mate cocido en la mano. Se llamaba Cáceres y era hijo de otro maquinista que ella había conocido.

    —No tiene tiro malo. Tiene el caño frío —contestó Nilda sin darse vuelta—. El aire de afuera le tapa la chimenea como un corcho. Hay que calentarle el cuello primero.

    —¿Y eso cómo se hace?

    —Con un diario encendido, contra la boca del caño, un minuto.

    Cáceres dejó la taza en un banco y fue a buscar una escalera. Mientras él subía al techo del coche, Nilda arrugó otro diario, lo encendió y lo sostuvo bajo la boca de la estufa con los dedos tiesos. Arriba, el maquinista maldijo en voz baja y cantó algo que parecía una zamba.

    —¡Ya está caliente! —gritó.

    —¡Ahora sí!

    Volvió a armar el nido. Se le temblaban las manos y no era por el frío. Le quedaban cuatro fósforos en la caja. Los contó dos veces, porque había aprendido que los números, igual que el fuego, mejoran si los mirás con atención.

    El segundo fósforo prendió el papel. La llama se paró derecha, probó una astilla, otra, y de pronto se oyó el sonido que ella estaba esperando sin saberlo: ese ronroneo grave del tiro, como alguien que aspira por una pajita. Nilda se quedó quieta. Puso un leño fino, después otro. La salamandra empezó a crujir.

    A las siete y media subieron los chicos, treinta, con gorros de lana y mochilas más grandes que ellos, y la maestra detrás, contándolos en voz alta. Entraron al coche tres empujándose y pegaron un frenazo en seco, porque adentro había calor. Un calor de casa, de pan.

    —¡Seño, esto anda! —gritó un nene de pelo duro, y se sentó pegado a la estufa.

    —No te apoyes, que quema —dijo Nilda.

    —¿Usted trabaja acá?

    Ella miró la salamandra, el humo blanco que subía por el caño, las manchas de hollín en el techo que nadie había limpiado desde su época. Pensó en cuarenta inviernos de pasajeros que se habían sacado los guantes frente a esa panza negra.

    —Trabajé —contestó—. Hoy vengo de visita.

    El tren pitó. El coche dio ese tirón corto, de trocha angosta, que sacude las muelas. Por la ventana empezó a correr la estepa blanca, con la escarcha prendida en cada mata, y a lo lejos, borroneada, la cordillera. Los chicos se amontonaron contra los vidrios.

    Nilda se quedó sentada junto a la estufa, con las manos abiertas frente a la portezuela. Quedaban tres fósforos en la caja. Los guardó en el bolsillo, para el viaje de vuelta.

  • Los muelles de la última lancha

    La lancha de las cinco salía de la Estación Fluvial de Tigre con el agua color té y el olor a gasoil mezclado con el de las facturas que alguien había traído en una bolsa. Tobías tenía dieciséis años, una campera prestada que le quedaba grande en los hombros y una sola tarea desde el lunes: aprender dónde se bajaba cada uno.

    —Pasajero que sube, muelle que te tenés que saber —le había dicho don Remigio, el patrón, sin sacar la vista del río—. Si lo sabés de memoria, no preguntás. Y si no preguntás, nadie se da cuenta de que sos nuevo.

    Era jueves. Tobías ya tenía la lista armada, como el abecedario. La señora de las plantas bajaba en el muelle del cartel azul. Los dos hermanos de las mochilas, en el del sauce llorón. El hombre del termo, en el de la escuelita. Contaba los muelles por el color de los pilotes, por los perros que salían a ladrar, por las ropas tendidas en los fondos de las casas de madera sobre pilotes. Río Carapachay adentro, la lancha iba soltando gente como quien afloja botones.

    Ese día el cielo estaba bajo y el viento empujaba desde el sudeste. En la estación, alguien había dicho la palabra con la que los isleños se saludan en octubre y se despiden en abril: sudestada. El río subía despacio, sin hacer ruido, comiéndose los escalones de los muelles uno por uno.

    —Ahora va a ser más difícil —dijo don Remigio—. Con el agua alta todos los muelles parecen otros.

    Tobías pensó que era una exageración de patrón. Hasta el tercer muelle. Bajó la señora de las plantas con sus macetas envueltas en diario, y el escalón donde siempre apoyaba el pie estaba debajo del agua. Tobías la agarró del codo y la ayudó a saltar a las tablas mojadas. Ella le dijo gracias en voz baja, como si él hubiera hecho algo más grande.

    Siguieron. Pasaron los hermanos del sauce llorón, que se bajaron con el agua a los tobillos y se rieron, y después el hombre del termo, que le dejó a Tobías un mate lavado en la mano antes de saltar. Quedaba una sola pasajera en el fondo del salón, junto a la ventanilla empañada: una mujer mayor de pañuelo gris, con un bolso de tela sobre las rodillas. Había subido en Tigre sin decir nada y nadie la había saludado.

    Tobías se acercó con la libreta de tickets.

    —¿Hasta dónde va, señora?

    Ella lo miró un rato largo.

    —Al muelle de los Ferreyra. Después del ceibo grande, antes de la curva.

    Tobías sintió que la lista, esa que se sabía de memoria, tenía un agujero. No había ningún Ferreyra. Fue hasta la cabina y se lo dijo a don Remigio, bajito, para que la mujer no escuchara.

    —No existe ese muelle —respondió el patrón, sin dudar—. Se lo llevó la creciente del noventa y tres. Hace treinta años que no baja nadie ahí.

    —¿Y qué hago?

    —Lo que te parezca. Pero no le mientas.

    Tobías volvió al fondo. Se sentó enfrente de la mujer, algo que no estaba permitido, y le explicó lo que sabía. Ella escuchó sin interrumpirlo, con las manos quietas sobre el bolso.

    —Ya sé que no está —dijo al fin—. Me crié en esa casa. Mi papá hacía las barandas con ceibo. Quería bajarme una vez más donde bajaba de chica, aunque sea para ver dónde estaba.

    La lancha había aminorado la marcha. Afuera la luz se iba, y el río, hinchado, parecía una calle ancha sin vereda. Tobías miró por la ventanilla y empezó a buscar lo que la lista no tenía: el ceibo grande, con la copa roja de flores aunque fuera octubre, y la curva del arroyo que se abría detrás. Lo encontró. Abajo, entre dos troncos, quedaban los restos de unos pilotes negros, apenas dos cabezas de madera que asomaban del agua.

    Fue hasta la cabina otra vez.

    —Don Remigio, ¿puede arrimar a los pilotes?

    —Con esta altura, un metro y medio, no más.

    —Con eso alcanza.

    El patrón no contestó. Giró el timón con dos dedos y la lancha se fue acercando despacio, con el motor en un ronroneo bajo. Tobías salió a la proa y se paró con una soga en la mano. Cuando el casco rozó las cabezas de los pilotes, sacó el brazo y la mujer lo tomó del hombro para levantarse. Estiró una pierna sobre la madera podrida, sin llegar a apoyarla del todo, y se quedó así, medio adentro y medio afuera, mirando la casa que ya no estaba, el terreno cubierto de pasto alto y de agua.

    —Gracias, m’hijo —dijo, y volvió a sentarse—. Ya está. Llevame de vuelta.

    Tobías le cobró el ticket hasta Tigre. Don Remigio dio la vuelta lenta, con las luces de popa prendidas, y el motor levantó una espuma blanca sobre el agua oscura. En la cabina, el patrón sacó una tiza y marcó algo en la pared de madera, junto a la brújula.

    —¿Qué escribió? —preguntó Tobías.

    —El muelle de los Ferreyra. Para que lo sepa el que venga después de vos.

    Tobías miró la pared. Debajo de la brújula había una columna de nombres escritos a tiza, tachados y vueltos a escribir durante décadas. Al final, el último, todavía blanco, y al lado un espacio donde cabía el próximo. Se acomodó la campera sobre los hombros y salió a cubierta. Atrás, en la curva del Carapachay, el ceibo quedó un rato rojo contra la tarde, y después ya no se vio.

  • El primer jueves de doña Pilar

    La bicicleta del tío Beto pesaba el doble de lo que Griselda recordaba. Tenía la piedra montada atrás, sobre un caballete de caño, una correa de goma que iba del pedal a la rueda y, colgado del manubrio con un piolín, el chiflo de caña que él soplaba con el costado de la boca, sin mirarlo, como quien se acomoda el cuello de la camisa.

    Hacía tres semanas que lo habían velado en una cochería de Lomas de Zamora, y ella todavía no se animaba a cobrarse nada de lo que le había dejado. Lo único que le habían pasado de mano en mano era la libreta: tapas de hule, hojas cuadriculadas, direcciones escritas con birome azul. Una sola estaba marcada con rojo. Calle Maipú, Banfield, y al lado, subrayado dos veces: 1.er jueves. No faltar.

    Era primer jueves.

    Salió a las dos de la tarde, después de dormir cuatro horas tras la guardia en la clínica. Cruzó las vías del Roca por la barrera de la estación, con el pitido de la campana en los dientes, y empujó la bicicleta a pie hasta que la calle se hizo de casas bajas y rejas pintadas de verde inglés. Le costaba el equilibrio. Cada tanto la piedra giraba sola, con un chirrido corto, y un perro le contestaba desde algún patio.

    Se acordó de soplar el chiflo en la tercera cuadra. Le salió una nota fea, chillona, y una mujer que barría la vereda levantó la cabeza con cara de alarma.

    —Perdón —dijo Griselda—. Estoy practicando.

    —Se nota —dijo la mujer, y siguió barriendo.

    La casa de Maipú tenía una reja baja, un limonero que daba más hojas que limones y una puerta de chapa con el timbre arrancado. Griselda golpeó las manos. Esperó. Volvió a golpear.

    —Ya va, ya va, no me apuren que no me voy a ir a ningún lado.

    La puerta se abrió y apareció una mujer muy chiquita, de pelo blanco recogido con dos broches, con un delantal de cuadritos y las zapatillas de lona desatadas. Miró la bicicleta. Miró a Griselda. Miró otra vez la bicicleta.

    —Vos no sos Humberto.

    —Soy la sobrina. Griselda. Mi tío… —Se le trabó la frase en el mismo lugar donde se le había trabado el chiflo—. Mi tío falleció hace tres semanas. Tenía anotada su casa para hoy.

    La mujer no dijo nada. Se agarró del marco de la puerta con una mano que tenía los nudillos hinchados y bajó la vista a las baldosas, como si ahí hubiera algo que leer.

    —Pasá —dijo al fin—. Dejá eso en el patio, que se lo lleva el sereno.

    El patio era de portland alisado, con una parra y una mesita de hierro. Sobre la mesita había una pava, un mate de calabaza con virola de alpaca, un plato con bizcochitos de grasa tapado con un repasador y, al lado, un cuchillo de pan sobre un trapo doblado. Un solo cuchillo. Mango de madera oscura, hoja larga, con el dentado gastado de tantos años de pan.

    —Pilar Ruiz —dijo la mujer, y se sentó—. Primer jueves de cada mes, desde hace once años. Humberto llegaba a las tres menos diez, soplaba esa flautita cerca de la esquina y yo ponía el agua. Hoy puse el agua a las dos y media.

    Griselda se sentó frente a ella. Pilar le pasó el mate. Estaba justo, apenas más caliente que tibio, cebado por alguien que sabía hacerlo.

    —Es el único cuchillo que tengo que afilar —dijo Pilar—. No necesito más. Con ese corto el pan, la carne cuando hay, hasta el limón. Y no hay manera de que se gaste. Lo prueba cada vez con la uña del pulgar y dice: “Está para otro mes, doña Pilar”. Pero lo afila igual, y mientras lo afila toma mate y me cuenta de su sobrina, la de la clínica, que no duerme nunca. Once años. Me sé de memoria la historia de tu turno noche.

    A Griselda le ardieron los ojos y miró la parra para disimular.

    —A mí nunca me dijo que venía acá.

    —Porque no venía a trabajar. —Pilar sonrió, sin dientes de adelante—. Mi marido murió el mismo año que se me murió la costumbre de que alguien golpeara las manos en esa reja. Humberto pasó un jueves y yo le saqué el cuchillo del cajón, así, de pura vergüenza, para tener qué darle. Le pagué lo que quiso. Volvió al mes siguiente sin que lo llamara.

    Se quedaron un rato en silencio. Del otro lado de la medianera, alguien le subía el volumen a un partido de la radio. Griselda tomó el cuchillo, lo apoyó en la palma, probó el filo con la uña del pulgar como le había visto hacer una vez en un cumpleaños. Cortaba el aire.

    —Está perfecto —dijo.

    —Ya sé. —Pilar volvió a llenar el mate—. Afilalo igual.

    Griselda salió al patio con el cuchillo, trabó las ruedas, apoyó el pie en el pedal. La correa hizo girar la piedra con su zumbido de avispero. Acercó la hoja con los dedos temblando, un ángulo de nada, y saltó una chispa pequeña, naranja, que se apagó antes de tocar el piso. Olía a metal caliente y a limón. Pasó el cuchillo seis veces de cada lado, despacio, contando, porque no sabía cuántas hacía él.

    Cuando terminó, lo secó con el borde de la remera y se lo devolvió a Pilar sobre el trapo.

    —Está para otro mes, doña Pilar —dijo.

    Pilar apretó los labios. Tardó en contestar.

    —Tocá esa flautita al salir —pidió—. Pero tocala mejor que antes, que las vecinas se van a pensar que le pasa algo a un gato.

    En la esquina, Griselda sopló el chiflo con el costado de la boca, sin mirarlo. La nota salió larga y pareja, y detrás de la reja verde, en el patio, alguien puso otra vez el agua a calentar.

  • El nudo de Barría

    A las seis de la mañana el canal estaba liso como una chapa, y Nelson Barría supo que eso no iba a durar. Lo supo por el olor, un olor a hierro frío que baja de las montañas de enfrente, las de Chile, cuando el viento está por cambiar de lado.

    Bajó al muelle de Puerto Almanza con el termo bajo el brazo. Los tablones estaban mojados y negros. Amarrada en el fondo, entre dos lanchas más grandes, esperaba la suya, una embarcación chica con la pintura gastada en la proa y un motor que arrancaba a la tercera.

    Pilar ya estaba sentada en la borda, con el gorro de lana hasta las cejas y los pies colgando.

    —Dijiste a las seis y media —dijo la nena.

    —Y vos estás a las seis.

    —Mamá dice que si no llego temprano, no me llevás.

    Nelson no contestó. Tenía sesenta y seis años y una nieta de doce que había llegado desde Ushuaia el viernes, en la camioneta de la madre, por el camino de ripio que bordea la costa. Se quedaba el fin de semana. En el pueblo no hay cajero, ni transporte, ni nada que hacer más que mirar el agua, y ella eligió mirarlo a él.

    Pusieron el motor en marcha. Tosió, tosió, y a la tercera agarró.

    —Hoy levantamos una sola —dijo Nelson, mientras soltaba amarras—. La última del cabo largo.

    —¿Por qué una sola?

    —Porque este año ya no me dan permiso para las otras.

    Lo dijo sin mirarla. Había recibido la carta hacía tres semanas: menos permisos, menos trampas, más zonas donde no se podía calar. Los técnicos habían explicado que la centolla tarda diez años en llegar al tamaño de venta y que el canal ya no daba abasto. Nelson no discutía eso. Había visto las jaulas volver cada año con menos bichos adentro. Lo que no esperaba era que el papel llegara a su buzón con su nombre mal escrito.

    La lancha salió del abrigo del muelle y el Beagle se abrió adelante, ancho y gris. A la izquierda quedaba la costa con el bosque pegado a la orilla, lenga y coihue, tan oscuro que parecía una pared. A la derecha, al otro lado del agua, Chile. Pilar sacó la mano y la dejó colgando afuera, hasta que el frío la obligó a esconderla.

    —Más adentro hay una boya naranja —dijo Nelson—. Buscala.

    Navegaron veinte minutos. Las gaviotas los seguían un rato y se aburrían. Pilar encontró la boya antes que él, una mancha naranja que subía y bajaba entre las olas chicas, con un número escrito a mano. Nelson apagó el motor y dejó que la lancha se acercara sola.

    Con el bichero enganchó la boya y subió el cabo. Era un cabo grueso, tieso de sal, que olía a algas y a pescado de hacía un mes. Nelson tiró con los antebrazos, mano sobre mano, y el cabo fue cayendo en rulos a sus pies. Pasaron los metros. Pilar contaba para sí, en voz baja.

    —Cuarenta y dos —dijo cuando asomó el aro de hierro, chorreando.

    La trampa subió con un ruido de red y de agua. Adentro había tres centollas, rojizas, con las patas largas apretadas contra los alambres y las pinzas abriéndose y cerrándose despacio. Pilar dio un paso atrás.

    —Son enormes.

    —Esta es chica. Mirá la de abajo.

    La de abajo medía más que un plato hondo. Nelson la sacó con las dos manos, la dio vuelta, le miró la panza como quien lee una carta, y la devolvió al agua.

    —¿La tiraste?

    —Es hembra. Y las hembras no se tocan.

    Se quedaron mirando cómo se hundía, rojiza, hasta que el agua gris se la tragó.

    El viento llegó a las nueve, como estaba previsto. Primero fue un temblor en la superficie, después una raya oscura que avanzaba desde Chile, y de pronto la lancha empezó a cabecear. Cayó un copo de nieve, grande, solo, y después otro. Estaban en octubre, pero en el canal la primavera es una opinión.

    —Abuelo.

    —Ya sé.

    Pero todavía quedaba el nudo. El cabo estaba atado a la trampa con una vuelta que Nelson había hecho tres semanas atrás, con las manos duras de frío, y que ahora se había hinchado de sal. Era un nudo de su padre, que había sido pescador de lana en Punta Arenas y le había enseñado tres vueltas y una lazada que no se aflojaba nunca, pero que tampoco se deshacía con facilidad.

    Nelson lo tironeó. No cedió.

    —Dame —dijo Pilar.

    —No te va a salir.

    —Dame.

    Le puso el cabo en las manos. Ella se arrodilló en el piso de la lancha, mientras el viento le sacudía el gorro y la nieve se le pegaba a las pestañas. Buscó con los dedos el punto donde las vueltas se encontraban, miró cómo corría la lazada, empujó hacia adentro en lugar de tirar hacia afuera.

    —Así no —dijo él, y se calló.

    El nudo cedió. Un solo movimiento, como un animal que se rinde, y las tres vueltas quedaron flojas sobre el aro de hierro.

    Nelson la miró un segundo largo. Después se agachó, desató la trampa, la dejó en el fondo de la lancha y ordenó el cabo en rulos prolijos.

    —¿Lo vas a atar de nuevo? —preguntó ella.

    —No. No hay más permiso.

    Puso el motor en marcha. A la primera, por una vez.

    Volvieron con el viento de costado y la nieve ya espesa. En el muelle, alguien había dejado encendida una luz amarilla. Pilar iba en la proa, con el cabo enrollado en el brazo, y al llegar saltó con la soltura de quien lo hizo toda la vida y lo amarró a una cornamusa. Nelson la miró hacerlo: tres vueltas y una lazada.

    Del otro lado del canal, las montañas de Chile habían desaparecido.

  • El cuajo de febrero

    A las cinco y diez, con el frío todavía pegado a los vidrios de la quesería, Eufemia Condorí sacó del cajón el paquetito de trapo donde guardaba el cuajo. Era un pedazo gris y seco, del tamaño de una nuez, sacado del suero de una vaca criolla en febrero del año anterior. Su madre le había enseñado que había que esperar un año entero antes de usarlo, ni un día menos. Este era el primero que preparaba sola.

    Faltaban tres días para la Fiesta del Queso. El concurso era el sábado, en el Complejo Democracia, sobre la ruta 307, y Eufemia llevaba treinta y un años mirando desde el público cómo se lo llevaban los mismos apellidos.

    —Tía, usá el de bolsita —dijo Joaquín desde la puerta, con el termo bajo el brazo—. Es lo mismo. Mirá que no pasa nada.

    —Pasa que no es lo mismo.

    —Ya sé, ya sé. Pero si falla, perdés la leche de toda la semana.

    Tenía razón, y por eso Eufemia no contestó. Las vacas ya habían dado lo suyo en el corral de piedra, medio litro cada una, apenas, una leche espesa y blanquísima que tardaba en llenar el tacho. Esa leche no se repetía hasta mañana.

    Desmenuzó el cuajo con los dedos, lo disolvió en un poco de suero tibio y lo volcó en la leche. Revolvió con la pala de madera, siempre para el mismo lado, como hacía su madre. Después tapó el tacho con un lienzo y se sentó a esperar en el banquito, con las manos entre las rodillas.

    Media hora es lo que tarda. Todo el que hace queso en Tafí lo sabe. A los veinte minutos Joaquín se acercó a mirar. A los treinta, Eufemia levantó el lienzo y metió el dedo. La leche seguía líquida, tibia, vacía de promesas.

    —Dale un rato más —dijo, más para ella que para él.

    Afuera aclaraba. Se veían los cerros con las nubes bajas enganchadas en las cumbres, y en el patio un perro flaco olfateaba la canaleta del suero. Eufemia pensó en su madre, en sus manos cortas y firmes, en la costumbre que tenía de hablarle a la leche, de decirle cosas bajito, como a los chicos que no quieren dormirse. Nunca se había animado a preguntarle qué le decía.

    A los cuarenta minutos, nada. Joaquín dejó el termo sobre la mesa y no dijo ni una palabra, lo cual era peor.

    —Andá a buscar la bolsita —murmuró ella al fin.

    Él salió rápido, aliviado, y Eufemia se quedó sola con el tacho. Se acercó. Le dio un poco de vergüenza hacerlo, pero lo hizo: apoyó la palma sobre el lienzo y habló.

    —Mamá, me estoy quedando sin tiempo.

    No pasó nada. Se oyó el goteo del suero en la canaleta y, a lo lejos, el motor de una camioneta que bajaba hacia el pueblo. Entonces, sin mucho motivo, se acordó de una cosa: su madre nunca apuraba el tacho. Lo dejaba cerca de la salamandra, donde el aire estaba más tibio, porque el cuajo viejo, decía, es lento y no se lleva bien con el frío de la madrugada.

    Eufemia levantó el tacho con las dos manos, sintió el peso en los brazos y lo llevó hasta la pared de la salamandra, donde la piedra guardaba el calor de anoche. Volvió a taparlo y se sentó.

    Joaquín entró con la bolsita en la mano.

    —Esperá —dijo ella.

    —Tía, pasaron cincuenta minutos.

    —Esperá.

    Pasaron cinco más. Después, otros cinco. Cuando Eufemia levantó el lienzo por última vez, la leche se había quedado quieta como un lago de invierno. Hundió el dedo y se abrió limpia, con un borde liso y un suero verdoso, clarito, que subió despacio por el hueco. Joaquín se asomó y se quedó callado.

    —Se cuajó —dijo al fin.

    —Tardó —contestó ella—. Pero se cuajó.

    Ese día hicieron todo como se hace. Colgaron la cuajada en trapos, la dejaron escurrir hasta la tarde, la desmenuzaron con las manos cuando bajó la temperatura, le pusieron la sal justa. La metieron en el molde de lata y sobre el molde acomodaron las piedras, las mismas piedras de río que usaba su madre, lisas de tanto manoseo. Y empezó el tiempo largo, el de la maduración, que ya no dependía de nadie.

    El sábado, en el Complejo Democracia, ese queso no estaba listo, claro: necesitaba entre quince y veinte días, y Eufemia lo sabía desde que apoyó la primera piedra. Anotó el número en la tabla, lo dejó en la bodega, y fue a la fiesta igual, con una cuña del año anterior en el bolso para comparar.

    Ganó un queso de la finca de al lado, firme y parejo. Eufemia lo probó entre la gente, con un pedacito en la mano, y le pareció bueno. Lo dijo en voz alta, y alguien que estaba cerca se sorprendió.

    A los veinte días abrió el suyo. Lo cortó en la mesa de la quesería, con Joaquín mirando, y adentro estaba pálido y apretado, con ese olor a pasto de altura y a leche de vaca criolla que tienen las cosas hechas sin apuro. Cortó una cuña y se la dio a él.

    —¿Y? —preguntó ella.

    Joaquín masticó despacio. Tardó en contestar, como si el queso le pidiera que no hablara todavía.

    —Sabe a tu mamá —dijo.

    Eufemia envolvió el último trozo en el trapo. Después sacó del suero de ese día un pedacito nuevo, lo puso a secar en el cajón, junto a la fecha escrita con lápiz, y lo dejó ahí, para dentro de un año.

  • El hilo de la piedra

    La maceta pesaba más de lo que Zorka recordaba. La sacó de la bolsa de arpillera y la apoyó sobre la mesa de la cocina, entre el mate y el pan, y Nacho la miró como se mira un animal que uno no sabe si muerde.

    —Abuela, eso es de museo.

    —Eso es de mi papá. Y el museo me lo prestó un mes, así que no te pongas gracioso.

    Era cierto a medias. Un sábado de septiembre, en el centro de visitantes de las canteras, una chica con chaleco le había dicho que podía llevarse las herramientas viejas que sobraban de la muestra, siempre que firmara un papel. Zorka firmó con la letra de maestra que todavía tenía, aunque nunca fue maestra. Fue costurera, y después vendedora de huevos, y después viuda.

    Afuera, el cerro Leones se iba poniendo del color del hierro. Nueve kilómetros al sudoeste de la ciudad, las sierras más viejas del país seguían donde las dejaron los que se llevaron las piedras para adoquinar Buenos Aires. Su padre, Milan Marinković, había llegado de Montenegro en los años veinte con un oficio en las manos y sin una sola palabra de castellano. Había aprendido primero a decir «hilo». Después «patrón». Después «cuña», aunque la cuña era la misma en las dos lenguas.

    —El hilo es por donde la piedra quiere abrirse —le decía a Zorka cuando ella tenía ocho años y le llevaba el termo a la cantera—. No se la rompe. Se le pregunta.

    Esa frase la había guardado cincuenta años sin usarla. Ahora la usaba porque Nacho, que tenía diecisiete y estudiaba algo con computadoras, había dicho en la mesa de Navidad que eso de partir granito a mano era puro cuento de viejos.

    —Hoy se corta con disco, abuela. Con agua. Nadie parte una piedra de un golpe.

    —Mi papá partía cuatrocientas por día.

    —Y dos fueron al hospital, ¿no? Me contó la tía.

    Zorka no contestó. Había dejado la taza sobre el plato con un golpecito seco, el mismo que le salía a su padre antes de levantarse de la mesa.

    Por eso estaban ahí ahora, en el fondo del terreno, entre los cardos y un espinillo torcido por el viento, con un bloque de granito gris que Nacho había traído de una obra vecina y que ella eligió con un solo movimiento de los ojos. Tenía el tamaño de un pan lactal grande. Lo dio vuelta dos veces. Pasó la palma por una cara hasta encontrar la línea que el ojo no ve y la yema sí: un cambio mínimo en el grano, como una costura mal planchada.

    —Ahí —dijo.

    —No veo nada.

    —Porque mirás. Tocá.

    Nacho tocó. Tardó un rato. Zorka le miró la cara mientras buscaba, y vio que no era burla lo que tenía, sino ganas de que la abuela tuviera razón y miedo de que no.

    Apoyó la punta de hierro sobre la línea. Las manos le temblaban un poco, no por la edad, por el recuerdo. Su padre las tenía firmes aun en los últimos años, cuando ya no podía subir al cerro y se sentaba en la galería a golpear cualquier cosa, un clavo, una tapa de lata, solo para sentir el peso del martillo. Se había muerto con la maceta en el regazo, dijo siempre la familia, aunque ella sabía que era mentira. Se había muerto en el hospital, de neumonía, pidiendo mate.

    —Contá cuatro —dijo.

    —¿Cuatro qué?

    —Cuatro golpes suaves para marcar. Después uno.

    Golpeó. Tin, tin, tin, tin. El granito devolvió un sonido agudo, limpio, de campana chica. Al cuarto, el sonido cambió. Se hizo más hueco, más grave, y Zorka lo reconoció antes de pensarlo: era la piedra avisando.

    Se acomodó los pies. El viento le movió el pelo blanco sobre la cara y no se lo apartó. Alzó la maceta con las dos manos, por encima del hombro, y por un instante vio a su padre contra el cielo de Tandil, con la camisa abierta, tapando la tarde entera.

    El golpe cayó.

    No hubo estruendo. Hubo un crujido corto, casi doméstico, y el bloque se abrió en dos mitades que cayeron una a cada lado de la punta, con las caras lisas como si las hubieran planchado. Olía a polvo mojado y a fierro.

    Nacho se quedó con la boca abierta. Después se agachó y levantó una mitad. La giró con las dos manos, pasó el pulgar por la cara partida.

    —Está derecha —dijo—. Abuela, está derechísima.

    —Se pregunta —dijo Zorka, y se sentó en el suelo porque las rodillas ya no la sostenían—. Eso es todo. Se le pregunta.

    Se quedaron un rato sin hablar. A lo lejos, un camión bajaba por el camino de tierra levantando una cola de polvo que el sol de las ocho teñía de naranja. Nacho se sentó a su lado con la mitad de piedra apoyada en las rodillas. Se había olvidado del celular, que sonó dos veces en el bolsillo y no lo atendió.

    —¿Me enseñás? —dijo al fin, mirando la piedra y no a ella.

    —Mañana. Hoy ya me gasté.

    —Mañana tengo que estudiar.

    —Mañana a las ocho. Con el mate cebado.

    Nacho sonrió sin querer. Se paró, sacudió el pantalón y le tendió la mano para ayudarla. Zorka la tomó. Era una mano ancha, de dedos cortos, la misma que veía cada vez que se miraba las suyas.

    Entraron a la casa con la piedra partida en una bolsa. Una mitad quedó sobre la mesada de la cocina, al lado de la pava, y la otra, al día siguiente, en el umbral de la puerta, donde cualquiera que entrara tendría que pisarla para pasar.

  • La torta de la lata

    La lata estaba en el estante más alto de la despensa, detrás de los frascos de dulce de citrón, y Lautaro tuvo que subirse a un cajón de manzanas para alcanzarla. Era una lata de galletitas de las de antes, con un dibujo de pino nevado casi borrado por los dedos. Pesaba como un ladrillo.

    —Despacio —dijo la abuela Edith desde la puerta—. No es de vidrio, pero se enoja igual.

    Afuera, en la calle Yrigoyen, ya se oía el primer micro de turistas frenando con ese suspiro de aire que tienen los micros. Faltaban dos horas para que la casa de té abriera los domingos, y la cocina olía a pan recién sacado, a manteca tibia y a la lana mojada de los cubretetera que Edith había lavado el sábado y puesto a secar en el respaldo de las sillas, uno rojo, uno verde, uno con una oveja torcida que había tejido la tía Marisa cuando todavía veía bien.

    Lautaro apoyó la lata sobre la mesada de madera. Tenía dieciséis años, los nudillos pelados de lavar vajilla y una camisa blanca que le quedaba corta de mangas. Hacía tres meses que servía las mesas los fines de semana, y todavía se le cruzaban el azucarero y la jarra de leche.

    —¿Y ahora? —preguntó.

    —Ahora la abrís.

    La tapa estaba pegada por el tiempo. Hizo falta un cuchillo de mesa, metido de punta en la juntura, y un movimiento de palanca que sonó como un hueso. Adentro había papel manteca amarillento, y adentro del papel, una torta negra del tamaño de una mano grande y aplanada, oscura como turba, con una costra de azúcar quemada que brillaba apenas.

    El olor le llegó de golpe. Jengibre, clavo, algo parecido al té fuerte y algo más hondo, de bodega, de ropero de abuela.

    —La hizo la mamá de mi papá —dijo Edith, sentándose en el banquito con un quejido—. Tu bisabuela Annie. Para mi casamiento, en el ochenta y nueve. Se hacen para los casamientos, ¿sabías? Se guarda un pedazo. Dicen que mientras la torta dure, dura el matrimonio.

    Lautaro miró la torta. Después miró a su abuela, que hacía diez años que vivía sola en la casa del fondo del terreno.

    —Entonces no la cortes —dijo.

    —Ya no hay nada que cuidar, nene. —Lo dijo sin tristeza, como quien informa la hora—. Pero tampoco me animé a tirarla ni a comerla. Treinta y siete años en la lata. Esta semana vino una señora de Cardiff con un grupo y me preguntó por la torta negra. Que allá la hacen solo para Navidad y casamientos, que nunca había visto una que se conserve. Se me ocurrió que si hay alguien que tiene que probarla, es alguien que no sepa de dónde viene.

    —¿Querés que se la sirva a una turista?

    —Quiero que la sirvas vos. Con tu mano. A la mesa que te toque.

    Lautaro tragó. Tenía miedo, y no sabía bien de qué. Quizás de arruinar algo que ya estaba arruinado, o de que no pasara nada.

    Edith le dio el cuchillo largo, el del mango de hueso. La torta cedió con una resistencia húmeda, densa, y el corte dejó ver un interior casi negro con vetas de fruta abrillantada, cerezas confitadas que habían perdido el rojo y se habían vuelto marrón rubí. Cortó una porción fina. Después otra, y una tercera, y las puso en el plato de loza con la guarda de flores celestes.

    —Probá —dijo la abuela.

    —¿Yo?

    —Si no la probás vos, no la sirvo.

    Se llevó un pedazo a la boca. Al principio no supo qué era. Dulce, sí, pero con un fondo amargo de caramelo oscuro, después el calor del jengibre subiéndole por detrás de la nariz, y un sabor largo, como de una habitación cerrada con la ventana apenas abierta. Masticó despacio. Se le puso un nudo raro en la garganta, y no era por la torta.

    —Está buena —dijo, y le salió la voz finita—. Está muy buena, abuela.

    Edith asintió una sola vez. Se levantó, abrió la alacena y sacó la tetera grande, la de porcelana blanca, y le calzó encima el cubretetera con la oveja torcida.

    —Mesa seis, la de la ventana —dijo—. Son cuatro de Gales y una chica de Trelew que los acompaña de traductora. Hoy hay torta negra para los cinco.

    A las cuatro menos diez el salón estaba lleno. Lautaro cruzó entre las mesas con la bandeja en alto, esquivando una mochila, una nena que corría y la sombra larga del sol de la tarde, que entraba oblicua y le ponía a cada taza un borde de luz. En la mesa seis dejó la tetera, la jarra de leche, los scones, la manteca, el dulce de citrón. Al final, con las dos manos, el plato de loza.

    —Es torta negra —dijo, y se acordó de no apurarse—. Se hizo en el ochenta y nueve. Para un casamiento.

    La traductora repitió algo en inglés. Una de las mujeres de Gales, de pelo blanco corto y anteojos redondos, se inclinó sobre el plato como sobre un bebé. Olió. Cerró los ojos. Dijo una frase en galés, bajito, y las otras tres se rieron con ternura.

    —Dice que huele a la casa de su tía —tradujo la chica—. Que hace cuarenta años que no siente ese olor.

    Lautaro sonrió sin saber qué decir. Volvió a la cocina con la bandeja vacía contra el pecho. Edith estaba lavando una taza, de espaldas, y no se dio vuelta.

    —¿Y? —preguntó.

    —Se la están comiendo toda.

    La abuela cerró la canilla. En la lata, sobre la mesada, quedaba un cuarto de torta envuelto otra vez en el papel manteca.

    —Ese pedazo lo guardamos —dijo—. Para el tuyo.

    Lautaro tapó la lata, apretó la tapa con el pulgar hasta que cedió con un clic y la volvió a subir al estante, detrás de los frascos de citrón, esta vez sin el cajón de manzanas.

    Desde el salón llegó el golpe de una cucharita contra una taza, y después un aplauso chico, de mesa.

  • El oído izquierdo de Anselmo

    El camión de Kowalczuk llegó al secadero a las diez y diez de la noche, con la hoja todavía tibia bajo la lona y un olor a monte cortado que se metía hasta en la camisa. Anselmo Barboza lo vio entrar por el portón desde el banquito, con el mate entre las rodillas, y supo antes de que el chofer bajara que la noche iba a ser larga.

    —La cortaron ayer a la mañana —dijo el chofer, y se limpió las manos en el pantalón—. Se rompió el acoplado en la ruta y esperamos cinco horas la grúa.

    —¿Cuántos kilos?

    —Doce mil.

    Anselmo hizo la cuenta sin querer. La hoja tenía que pasar por el fuego antes de las veinticuatro horas de la cosecha, o se le venía encima la oxidación y la yerba salía negruzca, con gusto a heno mojado. Le quedaban poco más de once horas, y el secadero de don Rudecindo, que tenía un solo sapecador y un solo hombre que sabía manejarlo, había tenido su última zafra buena en el 2019.

    Ese hombre era él. Y desde marzo escuchaba mal del oído izquierdo.

    No se lo había dicho a nadie. Lo había descubierto un domingo en la cocina, cuando su mujer le habló desde el lado de la pileta y él se dio vuelta convencido de que hablaba la radio. Después vino el médico de Apóstoles, una cabina con auriculares, una hoja con una curva que bajaba como un camino de tierra después de la lluvia. «Ya no se recupera», le dijeron. «Cuídese el otro».

    El sapecado es treinta segundos de llama. Eso aprendió de su padre, que lo aprendió de un paraguayo en Oberá. La hoja entra al tambor, el fuego la toma, el vapor revienta la epidermis y las hojas empiezan a crepitar, un chisporroteo seco, como una lluvia de arroz sobre una chapa. Cuando el crepitar se afina, cuando pasa de grueso a fino, hay que sacar. Un segundo antes, la hoja queda cruda. Un segundo después, quemada.

    A Anselmo nunca le hizo falta mirar. Escuchaba.

    —Prendé el hogar, Lisandro —dijo.

    El pibe tenía dieciséis años, era sobrino de la cocinera, y llevaba tres semanas trabajando de peón de playa. Estaba apoyado en el tractor con los auriculares puestos y el celular en la mano, la pantalla le iluminaba la cara de abajo hacia arriba. Anselmo tuvo que repetir.

    A las once empezaron a descargar. El primer lote entró al tambor con un ruido de bolsa de consorcio rota. Anselmo se paró del lado derecho de la boca, con el oído sano apuntando al fuego, y esperó. El crepitar arrancó. Era grueso, ancho, como granizo sobre el zinc. Tenía que esperar que se afinara, y ahí empezaba el problema: del lado izquierdo, su cabeza armaba un colchón de algodón donde el sonido llegaba sin bordes.

    Sacó tarde. La hoja salió con las puntas oscuras, y supo que había perdido una bolsa entera.

    —Algo no está bien —dijo el chofer desde la puerta.

    —El tambor está frío todavía —mintió Anselmo.

    El segundo lote lo sacó temprano. Apenas ampollada, la hoja salió chata y verde, con olor a pasto. Peor.

    A las doce y media, mientras el chofer descargaba y Lisandro barría hojas sueltas con la escoba de chala, Anselmo se sentó al lado del tambor, con el cuerpo pesado, y pensó en llamar a don Rudecindo y decirle que mandara buscar a alguien de Montecarlo. Pero a Montecarlo había que llegar, y la hoja no iba a esperar.

    Fue Lisandro el que se acercó. Se sacó un auricular, solo uno.

    —Don, ¿usted escucha mal de un oído?

    Anselmo no contestó.

    —Mi abuelo era igual —dijo el pibe—. Se ponía siempre de costado para que no se le notara.

    —No me pasa nada.

    —Claro. —Lisandro se guardó el celular en el bolsillo de atrás y se sacó el otro auricular—. Yo grabo todo con esto. Música, cosas. Tengo muy buen oído. Si usted quiere me paro del otro lado y le toco el hombro cuando se afina. Una vez es para que saque. Dos veces es que se pasó.

    Anselmo lo miró un rato largo.

    —Es una cosa de segundos.

    —Bueno. Entonces mejor que aprenda rápido.

    A la una menos diez entró el tercer lote. Lisandro se paró del lado izquierdo, la cabeza ladeada, los ojos cerrados como un chico que reza. Anselmo apoyó la mano abierta en la chapa del tambor, que vibraba con el giro, y esperó. Del lado sano le llegaba el fuego. Del lado malo, un golpecito en el hombro.

    Sacó.

    La hoja cayó sobre la cinta verde como una lechuga, con las burbujas parejas, el aroma limpio y dulce subiéndole directo a la nariz. El chofer se acercó, tomó un puñado, lo apretó, lo olió.

    —Ahí está —dijo.

    Trabajaron toda la noche. Lisandro aprendió a distinguir el crepitar grueso del fino, y a las tres de la mañana ya no esperaba que Anselmo le preguntara. A las cinco, mientras el cielo se ponía de ese gris sucio que anticipa el sol en Misiones, el pibe dijo, sin abrir los ojos:

    —Ahora.

    Anselmo ya tenía la mano en la palanca.

    A las siete y media se apagó el último lote. Doce mil kilos de hoja verde viajaban en la cinta hacia el secado, y en la planchada quedaba un último puñado, olvidado, que nadie había barrido. Anselmo lo levantó. Todavía estaba tibio. Lo acercó a la oreja izquierda, la mala, y lo apretó entre los dedos.

    No escuchó nada. Pero sintió, apenas, cómo las hojas se quebraban contra la piel del lóbulo, una por una, como pasos chicos en el patio.