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  • Seis mulas hasta el cargadero

    Celestino Barrera se despertó antes del gallo porque las mulas se lo pidieron. No relinchaban: respiraban fuerte del otro lado del tapial, ese resoplido húmedo que él conocía mejor que la voz de su mujer.

    Era octubre de 1966 y la zafra se estaba acabando en Famaillá. Hacía semanas que en el pueblo no se hablaba de otra cosa que del decreto de agosto, de los ingenios que iban a cerrar, de los camiones con acoplado que ya cargaban en el cañaveral lo que antes llevaba él. Celestino era de los últimos carreros de llanta de hierro. Tenía un carro y seis mulas: la Pelada, la Cantora, el Mocho, la Sombra, la Tordilla y la Gringa, que era la guía.

    Ese día quería hacer un último viaje completo, del surco al cargadero, como lo había hecho con su padre. Después las mulas serían de quien las comprara.

    —Tata, el camión de los Ibarra te saca la caña en una hora —dijo su hijo Ramón desde la puerta, con el mate en la mano. Había vuelto de la ciudad con camisa limpia y una palabra nueva: rentabilidad.

    —Yo no voy por la hora —dijo Celestino—. Voy por el camino.

    Se tomó un mate lavado, se calzó el sombrero y salió. Ramón lo siguió sin que se lo pidiera.

    Arrimar el carro hasta el pie del surco era lo que ningún camión podía. Entre las cañas altas, que en octubre ya pasan los dos metros y raspan como lija, el aire olía a dulce quemado y a tierra mojada. Los cortadores, con el machete y la espalda empapada, tiraban las cañas peladas de a atados, y Celestino las acomodaba parejas, sin apuro, porque un carro mal cargado vuelca en la primera zanja.

    —Mirá —dijo Ramón, y señaló un camión que se había enterrado hasta el eje en el barro del callejón—. Ahí lo tenés a tu progreso.

    —Yo no dije nada.

    —Lo pensaste fuerte.

    Se rieron los dos, y fue la primera vez en meses.

    Cuando el carro quedó cargado, Celestino se subió al pescante, juntó las riendas como quien agarra un ramo y chasqueó la lengua. La Gringa tiró primero. Las otras la siguieron en orden, con ese temblor que le corre por el pecho a un animal cuando entiende que el trabajo es de verdad. Las ruedas de hierro mordieron el camino con un crujido que se oía desde lejos.

    Y entonces pasó lo que no estaba en el plan. Al llegar al puentecito de la acequia, la tablazón gimió. Un camión no cruzaba por ahí: el cartel de Vialidad, medio comido por el óxido, decía veinte toneladas. El carro de Celestino pesaba menos, pero la acequia llevaba el agua de la noche y la orilla se había aflojado. La rueda izquierda se hundió un palmo.

    Celestino no gritó. Les hablaba bajo a las mulas, casi un rezo de nombres.

    —Despacio, Pelada. Cantora, no tires de más. Gringa, mi vieja, vos sabés.

    —Tata, bajate, que se da vuelta —dijo Ramón, que ya estaba en el agua hasta las rodillas, con los pantalones nuevos.

    —Agarrá la rueda. Cuando yo diga, empujás.

    Ramón apoyó el hombro en un rayo de la rueda y sintió el hierro frío y áspero, con el polvo rojo del camino pegado. Celestino contó hasta tres, como le había enseñado su padre, y soltó un silbido corto, de dos notas. Las seis mulas entendieron lo mismo en el mismo instante. Tiraron todas juntas, la Gringa adelante, y el carro salió de la zanja con un ruido de madera vieja y de agua que se despega.

    Quedaron parados del otro lado, jadeando, el padre, el hijo y las seis mulas, con la carga intacta.

    —¿Cuánto tardó el camión de los Ibarra? —preguntó Celestino, secándose la frente.

    —Hoy no llegó —admitió Ramón—. Quedó enterrado donde te dije.

    —Qué barbaridad.

    Siguieron. Era mediodía cuando asomó el cargadero, con la rampa de madera, la chimenea humeando a lo lejos y la balanza donde un empleado con la lapicera detrás de la oreja anotaba pesos. Había cola de camiones con los motores encendidos. El carro de Celestino pasó entre ellos a paso de procesión y los choferes se asomaron por las ventanillas. Uno se sacó la gorra. Nadie dijo nada.

    El balancero pesó la caña y anotó. Celestino le pidió que le leyera el número en voz alta y lo repitió despacio, como se repite el nombre de alguien que se va.

    Después desató las mulas una por una, las llevó al abrevadero y esperó a que bebieran todas. Ramón se sentó a su lado en el borde de piedra, con la camisa limpia hecha un trapo.

    —No las vendas todavía —dijo Ramón—. Me quedo hasta que termine la zafra. Aprendo el silbido.

    Celestino miró el agua, donde las seis cabezas se movían a la par.

    —Son dos notas nomás —dijo—. Lo difícil es el silencio de antes.

    Al atardecer, en el camino de vuelta, Ramón agarró las riendas. La Gringa dudó medio paso. Entonces él silbó, torcido, desafinado, y las seis orejas se giraron hacia atrás, a escucharlo.

  • Las huellas del zorro colorado

    A las seis y diez de la tarde, cuando el último esquiador bajó por Caminito del Bosque y la montaña se quedó sin voces, Nilda Caro se subió a la Pisten Bully 240 y le dio arranque. El motor tosió dos veces y agarró. Adentro de la cabina olía a gasoil, a guantes mojados y a la yerba que había quedado en el mate desde el mediodía.

    Llevaba once temporadas en Cerro Castor, veintiséis kilómetros arriba de Ushuaia, y en todas hacía lo mismo: esperar a que se fuera la gente para dejar la nieve como si nadie hubiera pasado nunca. Peinar, le decía ella. Los de la boletería decían pisar. Pero peinar era la palabra justa: dos pasadas con la fresa atrás, el cepillo de tela dibujando surcos finos, y a la mañana la pista parecía un pañuelo recién planchado.

    Esa noche importaba más que las otras. Tomás, su hijo, cumplía ocho y al día siguiente bajaría solo, por primera vez, la pista Zorrito Gris. No lo sabía todavía. Se lo había prometido en el desayuno, con el pan tostado en la mano, y Tomás había dicho que sí con una seriedad que a Nilda le dolió de tanta ternura.

    —Mamá, ¿vos la vas a planchar bien?

    —La voy a dejar como una sábana, hijo.

    Empezó por arriba, por La Lenga, la más larga, tres mil metros de bosque oscuro con los troncos de las lengas torcidos por el viento. Subió con el malacate enganchado, el cable tenso detrás, y fue bajando despacio, pasada por pasada. Afuera caía una nevisca finita que la luz de los faros volvía polvo de plata. Se tomó un mate al llegar a la mitad. Estaba tibio, no caliente, y igual le supo a gloria.

    A las once y media pasó por Castorcitos, donde los chicos aprenden, y la dejó impecable. Después se metió en Zorrito Gris. Trescientos cincuenta metros, nada más. Una pendiente que de día se llena de gorros de colores y de padres caminando para atrás. De noche era una hoja en blanco.

    Terminó la última pasada, frenó y apagó el motor para mirar. Eso se permitía siempre: un minuto de silencio en la cima, con la montaña lisa como un pizarrón.

    Y entonces los vio.

    Atravesando la pista de lado a lado, justo en el medio, había una línea de huellas chiquitas. Redondas, ordenadas, una detrás de otra, como si alguien las hubiera marcado con un dedal. Venían del bosque de la izquierda y se perdían en el de la derecha. Ni una duda en el paso. El que las dejó sabía adónde iba.

    Nilda se bajó con la linterna. Se agachó. Un zorro colorado, seguro. Había visto uno en noviembre rondando el estacionamiento, flaco, con la cola gruesa de invierno. Las huellas todavía tenían el borde filoso: recién hechas, de hacía minutos.

    Lo correcto era volver a subir, dar otra pasada y borrarlas. Era su trabajo, y lo hacía bien. Se quedó mirando la línea. Después miró hacia abajo, hacia la luz lejana de la base, donde dormía Tomás con las botas de esquí al lado de la cama, listas desde el jueves.

    Pensó en la cara de su hijo bajando por una pista perfecta y vacía. Y pensó en otra cara, la de un nene que baja y de golpe encuentra un camino que no es de nadie, hecho por un animal en la oscuridad.

    Volvió a la máquina y buscó el termo. Se sirvió otro mate y lo tomó despacio, mirando las huellas.

    —Y bueno —dijo en voz alta, a nadie—. Vos primero.

    Arrancó de nuevo. Subió, dio una pasada limpia por la derecha y otra por la izquierda, y dejó entre las dos, intacta, una franja angosta de nieve con las marcas del zorro. Cuando terminó, la pista era una sábana planchada con un solo hilo bordado en el medio.

    Cerró la cabina a las dos y cuarto. Bajó a la base con el cuerpo molido, durmió tres horas y se levantó antes que el sol.

    A las diez, cuando los medios abrieron y el cerro empezó a llenarse de ruido, Nilda esperó al pie de Zorrito Gris con las manos metidas en los bolsillos. Tomás llegó con el casco torcido y los ojos grandes. Lo acompañó arriba por el Magic Carpet, le ajustó las fijaciones, le sacudió la nieve de los hombros.

    —¿Y esto? —preguntó él, apuntando con el bastón a la línea del medio.

    —Pasó alguien anoche.

    —¿Quién?

    —Alguien que conoce el cerro mejor que yo.

    Tomás se quedó callado. Después, sin que ella dijera nada más, puso los esquíes en cuña, respiró hondo y empezó a bajar siguiendo la huella, no por el costado, sino pegadito a las marcas, como quien lee un camino escrito. Iba despacio, recto, con la lengua afuera de la concentración.

    Nilda lo miró hasta que fue una mancha roja chiquita contra el blanco. Abajo, un zorro colorado asomó un segundo entre los troncos, olfateó el aire, y volvió a perderse en el bosque.

    Ella levantó el termo, como brindando, y tomó lo último que quedaba.

  • Agua para las yemas

    El teléfono sonó a las once y diez, y Tamara lo atendió con el termómetro en la otra mano. Marcaba uno bajo cero. En el cuadro de las peras, la flor recién abierta parecía de papel.

    —¿Cómo van? —preguntó su padre desde la clínica de Roca. Se le oía la voz chica, con el eco de un pasillo.

    —Andan. Los cuatro sectores andan.

    —Mirá que tiene que haber agua en la planta todo el tiempo, Tami. Todo el tiempo. Si se corta, el hielo se rompe y la flor se quema peor que si no hubieras regado.

    —Ya sé, pa. Me lo dijiste catorce veces.

    —Quince —dijo él, y se rió, y le salió un quejido por la pierna enyesada—. Llamame a las tres.

    Cortó. Tamara se calzó el gorro de lana de su padre, que olía a tabaco y a tierra mojada, y salió de la casa con la linterna. El viento del sudoeste había aflojado a eso de las diez, y el silencio que dejó era peor. Una helada negra, había dicho el vecino a la tarde, sin humedad, de esas que no avisan con escarcha. Ella tenía diecisiete años, había visto cuatro heladas desde la ventana de su cuarto y ninguna desde adentro del monte.

    La bomba trabajaba en el fondo de la chacra, junto a la perforación, con un ronroneo parejo. Desde ahí partían las cañerías hacia cada cuadro, y sobre cada hilera de perales y manzanos giraban los aspersores de martillo: un golpe seco, un abanico de agua, otro golpe. Tamara caminó entre las filas. El agua caía sobre las ramas y se volvía hielo apenas tocaba la madera. Cada yema, cada flor, quedaba metida en una funda transparente. Su padre le había explicado que era el hielo el que cuidaba, que al congelarse largaba calor y mientras hubiera agua líquida mojando la planta, la planta no bajaba de cero. Ella lo había entendido como se entiende una cuenta: sin sentirlo.

    A la una y cuarto, en el sector cuatro, un aspersor dejó de girar.

    Lo notó por la falta del golpe. Alumbró con la linterna y vio el chorro caer derecho, siempre en el mismo lugar, sobre un solo peral, mientras seis plantas a cada lado quedaban secas y brillando apenas de rocío helado. Corrió. Era uno de los aspersores de plástico, el negro, que su padre había puesto en marzo cuando se rompieron dos de los de bronce y no le alcanzó la plata para reponerlos. Tenía el resorte cubierto de hielo, un puño de hielo que lo trababa entero.

    Le pegó con la linterna. Nada. Le pegó con la palma, y el golpe le subió por el brazo hasta el hombro. El plástico estaba tan frío que sintió que se le pegaba la piel.

    Miró el termómetro que llevaba colgado del cuello: menos dos y medio.

    No podía cortar el sector para cambiarlo, porque cortar el sector era dejar sin agua a doscientas plantas. Tampoco podía dejarlo así. Pensó en llamar a su padre y lo descartó en el mismo segundo: lo único que podía hacer él era preocuparse con la pierna en alto.

    Se acordó del galpón. Detrás de las bolsas de abono, en una caja de manzanas, estaban los aspersores de bronce viejos, los que se habían roto. Uno solo tenía la tobera partida. Los otros dos, le había dicho su padre, andaban, pero les faltaba una arandela.

    Fue corriendo. Volvió con dos aspersores, una llave inglesa y un rollo de cinta teflón del cajón de herramientas. Cerró la válvula del ramal, un solo ramal de seis plantas, y la nube de agua se achicó a la mitad. Con las manos entumecidas le sacó el aspersor negro de un tirón, enroscó el de bronce, le puso cinta hasta que el hilo no se vio más. Le temblaban los dedos y se le caía la llave.

    —Dale —dijo. No supo a quién. Abrió la válvula.

    El agua tosió, escupió aire, y de golpe el martillo pegó: uno, dos, tres. El abanico giró sobre las seis plantas secas y las cubrió de a poco, con un chisporroteo fino, como arroz sobre una chapa. Tamara se quedó parada con la llave en la mano y se dio cuenta de que no sentía los pies.

    Había tardado once minutos. Lo supo por el reloj de la linterna. Once minutos con seis plantas sin agua, a menos dos y medio. Se agachó y alumbró las flores de la hilera: blancas, mojadas, con el centro rosado intacto. Le pareció que estaban bien. Con una uña abrió una por la mitad, como había visto hacer a su padre, y miró el pistilo. Era verde. Verde claro, vivo.

    A las tres lo llamó.

    —Todo bien —dijo.

    —¿Seguro?

    —Se me trabó uno en el cuatro. Lo cambié.

    Hubo un silencio largo, de pasillo de clínica.

    —¿Con cuál?

    —Con uno de bronce. El de la caja.

    —Ah —dijo su padre, y por la voz Tamara entendió que se estaba tapando la cara con la mano libre—. Ese era el bueno.

    Amaneció a las seis y media, sin color, y después con un naranja finito sobre la cortina de álamos, que todavía estaban pelados. Tamara estaba sentada en un cajón, junto a la bomba, con las manos metidas bajo las axilas. Entonces el sol entró por la punta de la chacra y llegó hasta el cuadro de las peras.

    Todo el monte se prendió. Cada flor estaba adentro de su hielo, y el hielo agarraba la luz y la devolvía en mil pedazos, y las hileras enteras brillaban como si alguien hubiera encendido una araña de vidrio sobre la tierra. Después empezó el goteo, primero un tic, después veinte, después el monte entero llorando despacio.

    Tamara apagó la bomba. En el silencio se oyó el agua caer de rama en rama, y debajo del hielo que se deshacía, las flores seguían abiertas.

  • Lo que contesta el fondo

    El motor hizo un ruido como de tos y se apagó en el medio de la laguna.

    Ramona Villalba giró la llave dos veces, tres. Nada. Atrás, en los bancos de la lancha, la familia de Córdoba dejó de hablar: el padre, la madre, dos nenas con chalecos naranjas que les quedaban grandes. Eran las seis y diez de la tarde y el sol ya se apoyaba sobre los embalsados del otro lado, torciendo el agua en un color que no era ni cobre ni té.

    —¿Pasa algo? —preguntó el hombre.

    —Se ahogó —dijo Ramona—. Dame un minuto.

    Abrió la tapa, tocó la manguera de nafta, sopló el filtro. Sabía de memoria lo que iba a encontrar, porque lo mismo había pasado dos veces ese mes: la bomba. La pieza venía de Mercedes, a ciento veinte kilómetros por la ruta 40, ochenta de ripio, y el repuesto no llegaba hasta el viernes.

    A treinta metros, un carpincho grande las miraba masticar, sin ninguna prisa. Más allá, un yacaré flotaba con los ojos nomás.

    Ramona levantó la vista hacia la costa. Desde donde estaba se veía el puente de entrada al pueblo, con los miradores, y las luces del camping municipal. Trescientos metros, quizás cuatrocientos. Cerca, para un motor. Para otra cosa, no.

    Debajo del banco, sujeta con dos tientos de cuero, estaba la pértiga. Cuatro metros de tacuara con una horquilla de hierro en la punta. La había puesto ahí su padre hacía veinte años, cuando la lancha era de él y él era mariscador, de los que vivían de lo que daba el estero antes de que a nadie se le ocurriera traer turistas. Ella nunca la había usado. Siempre había motor, siempre había alguien que arreglaba algo. La pértiga quedaba ahí por costumbre, como el rosario colgado en el espejo de un colectivo.

    —Podemos esperar que venga otra lancha —ofreció la madre.

    —A esta hora no sale ninguna —dijo Ramona—. Vamos a volver igual.

    Desató los tientos. Le pesó más de lo que esperaba. Se paró en la popa, abrió las piernas como lo había visto hacer mil veces desde la orilla, y metió la pértiga en el agua.

    No tocó fondo. Hundió más, hasta los codos, y la punta encontró barro blando y se enterró. La lancha no se movió. Empujó con el cuerpo y la pértiga se quedó agarrada, y tuvo que sacarla tirando con las dos manos mientras la nena más chica se reía bajito.

    —Perdón —dijo Ramona, colorada—. Hace rato que no.

    Escuchó la voz de su padre antes de pensar en él, la misma frase de siempre, dicha con la boca llena de mate amargo: «Apoyá despacio y esperá que el fondo te conteste». Nunca había entendido qué quería decir. Parecía una de esas cosas que se dicen para no explicar.

    Probó de nuevo. Apoyó la horquilla despacio y esperó. El barro cedió un poco y después, a dos palmos, hubo algo firme: raíces de camalote, un colchón de tierra viva. La pértiga dejó de hundirse. Ramona sintió la respuesta subiéndole por la tacuara hasta las muñecas, y empujó.

    La lancha se deslizó medio metro. Después otro medio.

    —¡Se mueve! —dijo la nena.

    —Se mueve —dijo Ramona, sin darse vuelta.

    Fue un camino largo. Cada empujón era una pregunta distinta, porque el fondo cambiaba cada cuatro pasos: blando, firme, vacío, firme de nuevo. Aprendió a leer el color del agua, a no apoyar donde subían burbujas finas. El sudor le bajaba por la espalda. El padre de Córdoba le ofreció turnarse y ella dijo que no, gracias, que si no conocía el estero lo iba a empujar para cualquier lado. Él se rió y no insistió.

    Pasaron cerca del carpincho, que se hizo a un lado sin dejar de masticar. El yacaré se hundió sin hacer ruido. Los pajonales se pusieron rojos de un lado y violetas del otro, y las nenas, que habían estado inquietas, se quedaron calladas como si el silencio fuera parte del paseo. Ahora, pensó Ramona, lo era.

    Cuando faltaban cien metros se acordó de algo. Su padre no hablaba nunca mientras empujaba. Ella lo había tomado por mal carácter. Pero no era eso: estaba escuchando. El estero crujía, chasqueaba, soltaba aire por debajo. Estaba hablando entero.

    Llegaron al muelle del camping cuando ya no había sol, solo un resplandor rasante detrás del puente. Su madre esperaba ahí, con el termo bajo el brazo, mirando venir la lancha sin ruido de motor.

    —Se rompió la bomba —dijo Ramona desde la popa, jadeando—. Vine a pértiga.

    Su madre no dijo nada. Recibió la soga, la ató al palenque con el nudo de siempre y recién entonces levantó la vista.

    —Tu papá habría tardado menos —dijo.

    —Seguro.

    —Pero habría ido por el otro lado, por el canal de los lapachos.

    —Ese todavía no lo conozco.

    —Todavía —repitió su madre, y le alcanzó el mate.

    La familia bajó, agradeció, dejó una propina más grande de la cuenta. Ramona se quedó sola en el muelle con el mate amargo en una mano. Con la otra tomó la pértiga, la escurrió, y en vez de volver a atarla debajo del banco la apoyó contra el poste, a la vista, con la horquilla todavía goteando barro sobre las tablas.

    Afuera, en la laguna, algo respondió desde el fondo con un chapoteo largo. Ramona lo escuchó entero.

  • La atadura de Oreste

    A las seis de la mañana el termómetro clavado en el palo del galpón marcaba tres grados, y Oreste Zanier dijo que era un día de salame. Lo dijo sin mirar el termómetro, mirando el cielo pelado sobre los plátanos de la avenida San Martín, que en julio son esqueletos grises hasta donde alcanza la vista.

    Joaquín, que tenía quince años y había dormido mal, quiso discutir. Había clase. Había una prueba de geografía. Su abuelo ya estaba sacando las cubas de la carne del cuarto frío, y no discutió con él porque con Oreste nunca se discutía: se esperaba.

    —Hoy atás vos —dijo el viejo.

    —Nono, yo no sé.

    —Por eso.

    La mesa de la cocina de afuera estaba tendida con la picadora atornillada al borde, las tripas en remojo en un balde con vino y ajo, y la carne ya mezclada en las proporciones que Oreste repetía como un rezo: la de vaca, la de cerdo, el tocino cortado en dados. Los dados tenían que ser cuadrados. No casi cuadrados: cuadrados. Joaquín los había visto hacer toda la vida y nunca los había hecho.

    Oreste tenía ochenta y tres años y las manos como raíces. Hasta el año pasado había atado cuarenta salames por temporada sin mirar. Esta vez la derecha le temblaba apenas, un temblor fino, de hilo de pescar en el agua, y Joaquín lo había visto esconderla en el bolsillo del pantalón cuando llegaba su padre.

    Embutieron hasta las diez. Joaquín empujaba la masa con la palma contra la boca de la máquina, y la tripa se iba llenando, pesada, fría, con ese olor a pimienta y a vino picado que se le metía en el pelo y que después lo seguía hasta el colegio. Cuando tuvo el primero entre las manos, largo y flojo como un animal dormido, el abuelo le pasó el piolín.

    —Primero la vuelta. Dos vueltas. Sin apretar todavía.

    Joaquín dio dos vueltas.

    —No. Así no.

    —¿Cómo?

    —Como te dije.

    —No me dijiste nada, nono. Me dijiste “así”.

    Oreste resopló y soltó una frase en furlan, de esas que usaba solo cuando se enojaba o cuando se le caía algo. Joaquín entendía tres palabras. Una era “mulât”, que era chico, que era él. Las otras dos no se podían repetir en la mesa.

    Probó de nuevo. El nudo se aflojó. El salame colgó torcido de un lado, con un bulto donde el aire se había metido.

    —Ese va para casa —dijo el viejo—. Ese nos lo comemos nosotros.

    Y Joaquín, que esperaba una burla, vio que su abuelo no se estaba riendo. Estaba mirando el salame mal atado como se mira un papel donde alguien escribió mal tu nombre.

    Hicieron seis más. Los seis salieron mal de maneras distintas. Al mediodía comieron una ronosa, el revuelto de salame con cebolla y huevo que la abuela Elda había hecho toda la vida, y el viejo la sirvió con su mano buena y se quedó callado un rato largo. Afuera, en el patio, el sol de invierno le sacaba un brillo duro a la tierra helada.

    —Tu bisabuelo Massimo —dijo Oreste de golpe— vino en el ’89, en la segunda tanda. Hablaba solo furlan. Yo tenía que traducirle todo al maestro, y al maestro le traducía todo al revés. Le decía que mi padre estaba contento cuando estaba enojado.

    Joaquín levantó la vista.

    —No te entiendo.

    —Nadie entiende nada la primera vez. El nudo no se explica, mulât. Se te hace en la mano. Dame la tuya.

    Oreste apoyó la palma izquierda, la que no temblaba, debajo de la derecha del nieto. No guió. Apenas acompañó, como se acompaña a un chico en bicicleta, con la mano abierta cerca del manubrio.

    —Dos vueltas. Ahora mirá el hilo. El hilo te dice cuándo.

    —¿Cuándo qué?

    —Cuándo apretar.

    Joaquín sintió que el piolín se ponía justo, que había un punto exacto donde el nudo dejaba de resistirse y empezaba a sostener. Lo sintió con los dedos antes de entenderlo. Tiró. El salame quedó derecho, firme, con la tripa tensa y sin una burbuja.

    —Ese —dijo Oreste, y se interrumpió.

    No terminó la frase. Se limpió las manos en el delantal, aunque estaban limpias.

    Esa tarde ataron los cuarenta. Joaquín perdió la cuenta de las veces que lo hizo. Hacia las cinco la luz bajó rápido, como baja en julio, y el frío empezó a subir desde la tierra. El galpón se llenó de salames colgados en filas de a pares, balanceándose apenas, rosados y pesados. El viejo los fue contando en voz baja, en furlan, y Joaquín se descubrió contando con él: un, doi, trê. Nadie se lo había enseñado. Estaba ahí, en el aire de la casa, y había estado siempre.

    Su padre entró cerca de las seis, con el abrigo todavía puesto, y se paró en la puerta. Miró las filas. Miró a Joaquín, con los dedos agrietados de piolín y los antebrazos manchados de grasa, y después miró al viejo, que se había sentado en el banquito de siempre con la mano derecha otra vez en el bolsillo.

    —¿Quién los ató? —preguntó.

    —El mulât —dijo Oreste.

    —¿Todos?

    —Todos menos uno. El primero lo atamos entre los dos.

    Joaquín no dijo que el primero era el que había quedado torcido, el que iba para la casa. Se acercó a la fila de la punta y lo buscó entre los demás: el único con un bulto, el único con el nudo flojo. Lo bajó con cuidado del palo.

    Esa noche cenaron con ese salame, cortado grueso, sobre pan de ayer, con un vino casero que la abuela servía en vasitos chicos. El bulto de aire estaba adentro, en una rodaja, un hueco redondo del tamaño de una uña. Oreste lo tomó con dos dedos y lo miró a contraluz, y lo dejó en el plato de Joaquín.

    —Éste se come último —dijo—. Éste es el que enseñó.

    Joaquín lo guardó para el final. Era el mejor.

  • El último aviso de las diez

    A las nueve y media de la noche, Aurelio Cayulef ya había ordenado el escritorio dos veces. Faltaban noventa minutos para la última tanda de avisos al poblador del día, y para él era la última de cuarenta y un años en LRA 54. A la mañana siguiente se jubilaba.

    Afuera soplaba el oeste de octubre, el que no afloja. Hacía sonar la chapa del techo y metía arena fina por debajo de la puerta de la radio. Aurelio puso la pava sobre la hornalla, cebó un mate y abrió el cajón de abajo, donde guardaba los cuadernos de avisos viejos. Eran letras de gente que no sabía escribir bien pero sabía con exactitud qué quería decir. Se los iba a llevar a su casa. Antes quería hojear uno.

    Sacó uno de tapas azules, 1994. Pasó las hojas despacio y leyó en voz baja, como quien prueba el micrófono.

    —Se comunica a Eusebio Painemil, de paraje Yuquiche, que el camión de la cooperativa sale el martes y no el lunes. Se avisa a la señora de Quilodrán que la criatura nació bien y que la madre pide ropa de abrigo.

    Entre dos hojas encontró un papel doblado en cuatro, escrito con lápiz tinta y letra de maestra. Lo abrió contra la lámpara. Decía: «Se comunica a Casimiro Nahuelquir, Puesto Cañadón Largo, que su hermana Rosa llegó de Trelew en el micro y lo espera en lo de Pichulmán hasta el sábado. Repito, hasta el sábado.»

    Aurelio dio vuelta el papel. No tenía la tilde de lápiz rojo que él le hacía a cada aviso apenas lo terminaba de leer al aire. Era la única forma que tenía de saber qué se había dicho y qué no. Este no se había dicho nunca.

    Se acordó de golpe. Junio del 94, tres días de nevada, el generador que se paró a media mañana, el cuaderno que quedó abierto sobre la estufa a leña mientras él corría a mirar el transmisor. El papelito había quedado entre las hojas. Nadie se enteró. Rosa esperó hasta el sábado en lo de Pichulmán, o no esperó. Casimiro nunca bajó del campo, o bajó tarde.

    Se quedó con el mate en el aire hasta que se enfrió.

    A las diez menos veinte llegó Brian, el técnico, con un termo bajo el brazo y los auriculares colgando del cuello. Tenía veinticuatro años y le decía «don Aurelio» aunque Aurelio le había pedido veinte veces que no.

    —¿Qué hace con esa cara?

    —Mirá esto.

    Brian leyó el papel y levantó las cejas.

    —Treinta y dos años, don. Casimiro, si vive, ya tiene que andar por los noventa. Y la señora Rosa…

    —Ya sé.

    —Nadie lo va a escuchar. Además va a quedar raro, entre el pago de las jubilaciones y el camión del martes.

    —Alguien escucha siempre —dijo Aurelio—. Después de las noticias se para todo. Hace cuarenta y un años que se para todo. La gente apaga la cocina para escuchar quién se murió y quién nació, y hasta qué día hay que esperar en el pueblo. Hay casas donde prenden la radio solamente para eso, con las pilas contadas, y la ahorran el resto del día como si fueran plata.

    Brian no dijo nada. Se sentó frente a la consola y empezó a subir los potenciómetros uno por uno, con cuidado.

    A las diez menos cinco Aurelio acomodó los avisos del día en el orden de siempre: primero los de salud, después los de viaje, después los de gestiones. Al final, aparte, puso el papelito de lápiz tinta. Se pasó la lengua por los labios secos. Nunca le había temblado la voz al aire, ni la noche del temporal de 1999, ni el día que tuvo que avisar una muerte con el nombre equivocado y corregirlo cuatro minutos después.

    Entró la cortina musical. Brian levantó el pulgar.

    —Buenas noches, pobladores de la Línea Sur. Hablamos desde Radio Nacional Ingeniero Jacobacci. Comenzamos con los avisos de las veintidós horas.

    Leyó los de salud. Leyó los de viaje. Leyó que las clases en la escuela del paraje Ojos de Agua se reanudaban el lunes, que había pasto en venta cerca de la ruta seis, que don Hilario preguntaba por una yegua overa que se le fue para el lado del cañadón. Tachó cada uno con el lápiz rojo mientras lo leía. Tilde, tilde, tilde.

    Cuando llegó al último, hizo una pausa que Brian no esperaba. El silencio duró lo que dura un mate cebado.

    —Se comunica a Casimiro Nahuelquir, Puesto Cañadón Largo, que su hermana Rosa llegó de Trelew en el micro y lo espera en lo de Pichulmán hasta el sábado. —Respiró—. Repito: hasta el sábado. Este aviso corresponde a junio de 1994 y sale hoy con treinta y dos años de demora. Pedimos disculpas a la familia.

    Le puso la tilde. Se sacó los auriculares. El viento pegaba contra la ventana de vidrio doble.

    —Bueno —dijo Brian—. Ya está.

    —Ya está.

    Aurelio empezó a guardar los cuadernos en una caja de cartón que había traído de su casa. Había juntado seis cuando sonó el teléfono de la radio, el negro, el de disco, que casi nadie usaba a esa hora. Brian atendió. Escuchó un rato con los ojos muy abiertos y tapó el tubo con la mano.

    —Es de Bariloche. Una mujer. Dice que es la sobrina de Casimiro. Dice que el tío murió en 2009 y que ella no sabía nada de ningún aviso, pero que la mamá estaba a su lado con la radio de Internet y se puso de pie en la cocina cuando lo escuchó.

    Aurelio no se movió.

    —Dice que la mamá se llama Rosa. Que tiene noventa y un años. Que está llorando y que quiere hablar con el que leyó.

    Aurelio agarró el tubo con las dos manos. Del otro lado había una respiración finita, pareja, y atrás, lejos, el ruido de una olla en el fuego.

    —Señora Rosa —dijo—. Perdone la demora.

    —Yo lo esperé hasta el sábado —dijo la voz, despacio—. Pero él no vino. ¿Usted sabe por qué no vino?

    Aurelio miró el papelito sobre el escritorio, con su tilde roja todavía fresca, y le contestó con la verdad, que era lo único que había aprendido a decir al aire en cuarenta y un años.

    —Porque nadie le avisó, señora. El aviso salió esta noche.

  • El charango de Telésforo

    El jueves de comadres, a la tarde, Telésforo Choque escuchó pasar por la calle Belgrano a un grupo de mujeres con talco en el pelo y ramitas de albahaca en las manos, y no levantó la cabeza. Tenía el charango sobre las rodillas, boca abajo, y una rajadura en el fondo que antes del mediodía no estaba.

    Era un charango de una sola pieza, de cedro azul, cavado a gubia durante tres meses en el taller del fondo de la casa, en Tilcara. Lo había hecho para Ayelén, la nieta, que tenía doce años y el sábado iba a tocar con la comparsa de la familia en el desentierro. Pensaba terminarlo el viernes. Ahora el aire seco de la quebrada le había hecho en una noche lo que la madera tarda años en hacer sola: abrirse, del puente hacia abajo, un dedo largo de rajadura fina como un pelo de gato.

    —Es el aire —dijo Telésforo, sin que nadie le preguntara—. Es el aire, nomás.

    Prendió la luz del taller. Afuera se oía el bombo de alguien que ensayaba mal. Mojó un trapo, lo escurrió y lo apoyó sobre el cedro un rato, para que la madera se aflojara. Después cortó una tirita de la misma pieza de la que había sacado el charango, no más ancha que un fósforo, y la fue rebajando con el cortaplumas hasta que entró en la rajadura como una llave.

    Calentó la cola de carpintero en una latita. Olía a pezuña y a cocina de abuelo. Metió la tirita, apretó con dos prensas chicas y se sentó a esperar, que era la parte del oficio que su padre le había enseñado primero y la que más le costaba.

    A las nueve vino Ayelén, con talco en las trenzas y una bolsita de papel picado que ya había gastado a la mitad.

    —¿Está listo?

    —Mañana.

    —Dijiste que el viernes.

    —Mañana es viernes.

    La nena se sentó en el banquito de los clavos, mirando las prensas como a un animal enfermo. No preguntó qué pasaba. Tenía la costumbre de no preguntar y de quedarse, que era peor.

    —Se rajó —dijo él al fin.

    —¿Mucho?

    —Lo que se raja, se raja mucho o no se raja.

    Ella se rió, y él también, un poco, y le tocó la cabeza con la mano que olía a cola.

    El viernes le sacó las prensas a las seis de la mañana. La tirita había agarrado. La lijó con papel fino hasta que el dedo no encontraba el lugar, y le dio goma laca con un trapito, tres manos, esperando entre mano y mano. Mientras tanto fue poniendo las clavijas, las diez, y las cuerdas de a pares, y tensó de a poquito, como se le hace caminar a alguien que estuvo en cama.

    A la tarde afinó. Y ahí vino lo que no estaba en la cuenta. El charango sonaba, pero sonaba apretado, sin cuerpo, como una voz con resfrío. Cada vez que Telésforo lo afinaba, a los diez minutos las cuerdas bajaban solas. Probó el puente, lo movió un milímetro, lo volvió a poner. Cambió una cuerda. Nada.

    A las once de la noche tenía el charango en las manos y la cabeza entre los hombros. Era el único instrumento que había hecho con el nombre de alguien en la cabeza, y le iba a fallar a la nena en el único día del año en que importaba.

    —Tocalo vos —dijo cuando ella entró con el mate.

    —Suena feo.

    —Suena nuevo. Tocalo igual.

    Ayelén se lo puso contra el pecho, sin afinar nada, y rasgueó el carnavalito que le habían enseñado en la escuela, el de siempre, ese que se sabe con las manos antes que con la cabeza. Al principio sonó flaco. Pero ella siguió, una vez, dos, y Telésforo, que escuchaba con los ojos cerrados, notó que a la tercera pasada el cedro respondía distinto. Se estaba acomodando a la mano. A la cuarta, la caja ya tenía algo adentro, un hueco redondo donde antes había un cuarto vacío.

    —Es que no se toca con la oreja —dijo ella, medio en broma—. Se toca con la panza, abuelo.

    —¿Quién te dijo eso?

    —Vos.

    Él no se acordaba. Pero le pareció cierto y no discutió.

    El sábado a las doce del mediodía, la comparsa subió por el camino de tierra hacia el mojón, con la bandera del año pasado, las cajas, los erkenchos y las mujeres cantando coplas. Había serpentinas colgadas de los cables y olor a albahaca pisada. Telésforo iba atrás, con las manos en los bolsillos, sin instrumento. En el mojón, un hombre grande con cuernos de lata y la voz cambiada empezó a sacar las piedras. Abajo, envuelto en trapos, estaba el muñeco que habían enterrado en el último carnaval, con un poco de tierra todavía en la cara.

    Cuando lo levantaron, la gente gritó. Ayelén empezó a tocar.

    No se la oía bien al principio, entre los bombos. Pero el charango tenía algo que los bombos no tenían: una voz finita y terca, como de pájaro en un alambre. Telésforo la reconoció desde lejos, entre doscientas personas, igual que uno reconoce el paso de un hijo. Se le aflojaron las rodillas. Se apoyó en una piedra.

    A su lado, una vecina le puso albahaca en la solapa sin decir nada.

    Esa noche, en el taller, antes de apagar la luz, pasó el dedo por el fondo del charango, que Ayelén había dejado sobre el banco con talco en las cuerdas. Buscó la rajadura. La encontró, apenas, una línea más clara que el resto, donde la tirita de cedro se había hecho una con la caja.

    No la lijó. Apagó la luz y la dejó ahí, para que la nena la encontrara cuando fuera grande.

  • La franja de la pileta siete

    El primer golpe de pico sonó a plato roto. Yanina Colque lo esperaba, porque el tío Casiano se lo había dicho en el auto: los primeros diez centímetros son sal sucia, tierra y viento cristalizados, y no se venden. Se tiran a un costado. Ella clavó la punta en la costra, hizo palanca y levantó una placa gris del tamaño de una bandeja.

    Eran las nueve de la mañana y ya hacía calor de fuego sobre la sal. Alrededor, el salar se extendía blanco hasta las sierras de Chañi, y en el aire había un olor limpio y metálico, como de moneda mojada. A los lados de la pileta número siete, las otras seis, ya cosechadas por los mayores, mostraban su fondo húmedo.

    —Más parejo —dijo Casiano desde la caja de la camioneta, donde estaba sentado con la mano izquierda envuelta en una venda—. No cortes en diagonal, que se te desmorona.

    —Ya sé, tío.

    —Ya sabés, ya sabés. Hacelo.

    La pileta medía cuatro metros por dos y medio, y cuarenta centímetros de profundidad. La habían cavado en septiembre del año anterior, ella y su abuela Eustaquia, con palas carboneras, y habían volcado la salmuera con baldes, uno por uno, hasta que el agua llegó a la marca. Después Eustaquia se fue a vivir a Jujuy, a la casa de una hija, porque las rodillas ya no aguantaban los tres mil cuatrocientos metros. Se despidió de la pileta como se despide a alguien que se queda: le dejó un puñado de coca y un poco de alcohol en cada esquina.

    —Doce meses —le había dicho—. Cuando esté dura, es tuya.

    Ahora estaba dura. Yanina fue sacando placas, apilándolas afuera, y cada una dejaba ver un tono más blanco. Hacia el mediodía llegó al límite de los diez centímetros, y la sal de abajo apareció brillante, en cristales gruesos que crujían bajo la pala. Se sacó el pañuelo de la cara, se secó la frente y sonrió.

    —Mirá eso —dijo.

    —Bien —dijo Casiano—. Dos toneladas, más o menos. El camión de la fraccionadora viene a las cinco. Si llegás, cobrás completo.

    Siguió. Las bolsas de arpillera se llenaban con la pala carbonera, se cerraban con hilo y se apilaban junto a la camioneta. Hacia las tres y media llevaba cuarenta y dos. Le ardían los antebrazos, y cuando levantaba la vista el cielo azul oscuro le parecía más cercano que de costumbre.

    Fue entonces que la pala dio contra algo distinto. No sonó a sal. Sonó a madera seca.

    Se agachó. A unos veinte centímetros del fondo, cruzando la pileta de lado a lado como una cinta, corría una franja marrón de un dedo de espesor. Tierra. Una tormenta de polvo, quizás en febrero, en el único mes en que llueve, cuando el viento arrastra el barro del camino y lo deposita sobre la salmuera. La sal se había formado igual, arriba y abajo de esa raya, como si no hubiera pasado nada. Pero la raya estaba ahí.

    —Tío —dijo.

    Casiano bajó de la caja con esfuerzo y se acercó al borde. Miró un rato largo, sin decir nada, y después escupió al costado.

    —Y, mala suerte —dijo—. Pasa. Muele todo junto y listo. La fraccionadora la va a lavar igual, ¿qué van a saber?

    —Va para consumo humano.

    —Va a pasar por una planta.

    —Va para la mesa de alguien, tío.

    Casiano se rascó la nuca con la mano sana. En el camino, a lo lejos, un punto blanco se acercaba levantando una columna de polvo. Era temprano. El camión.

    —Si sacás la franja y todo lo de abajo, perdés media tonelada —dijo—. Más. Con las bolsas que llevás, quedás en una y media. Y el pago es por dos, Yanina. Es el primer año, y la cooperativa mira cómo cumplís.

    Ella lo sabía. Hizo la cuenta de memoria, dos veces, y le dio lo mismo las dos.

    Se arrodilló en el borde. Con el filo de la pala fue cortando la franja, despacio, sin mezclarla. El marrón se levantó en una tira quebradiza que se partía en pedazos, y debajo apareció la sal de abajo, más blanca todavía, sin una sola partícula de polvo. Cortó esa tira entera y la dejó afuera con la costra descartada. Después limpió el borde de cada costado con el pañuelo, como había visto hacer a Eustaquia, y siguió palando.

    El camión llegó, frenó y dejó que el polvo se asentara. Bajó el chofer, un hombre de bigote ralo con una planilla.

    —¿Dos toneladas?

    —Una y media —dijo Yanina—. Y limpia.

    El chofer pesó una bolsa, la abrió, metió dos dedos y probó. Se quedó mirándola con el ceño fruncido, pero no era un ceño de enojo. Era el gesto de quien contrasta un número con un sabor.

    —Me falta media tonelada —dijo.

    —La tiene la pileta —dijo ella—. Se la voy a dar el año que viene, cuando esté lista.

    Casiano miró al chofer. El chofer miró a Casiano. El hombre anotó algo en la planilla, tachó otra cosa y le extendió la mano a Yanina.

    —Una y media —dijo—. Pero la próxima vez me avisás antes de que llegue el camión.

    Cuando el camión se fue, el sol ya tocaba las sierras. Yanina se quedó parada al borde de la pileta vacía. En el fondo, por una grieta, empezaba a subir un hilo de agua oscura desde el ojo de abajo, despacio, como si la pileta respirara. Se agachó, mojó un dedo, se lo llevó a la boca. Salada, pero otra vez salada de cero.

    Del bolsillo sacó el último puñado de coca que le había dejado Eustaquia y lo repartió en las cuatro esquinas.

    —Hasta el año que viene —le dijo a la pileta.

    El agua siguió subiendo, y el viento, que a esa hora ya se había calmado, no movió ni un grano.

  • Tres semanas hasta Puerto Williams

    Graciela Oyarzún le puso el sello de goma a la última postal del día y lo apoyó en el almohadillado con más fuerza de la necesaria. Eran las cuatro menos diez. Por la ventana de chapa, la bahía Ensenada tenía el color del acero y las lengas de la costa ya habían largado casi todas las hojas rojas. El pronóstico decía nieve para el jueves, y ella sabía por veintidós temporadas que la nieve de Ensenada no avisa dos veces.

    Desde el domingo venía desarmando la estafeta. Había bajado los pasaportes de muestra, guardado las calcomanías en una caja de galletitas y vaciado el buzón rojo por última vez hasta octubre. Quedaba la bolsa de lona con las postales de la semana, atada, lista para la camioneta del correo que subía a buscarla a las cinco.

    Del otro lado del canal se veían los picos de Navarino, con la primera nieve en los filos. Graciela había dejado de mirarlos hace años, como uno deja de mirar el reloj de la cocina.

    Golpearon dos veces en el marco de la puerta. Entró un hombre grande, de campera azul gastada, con una gorra de lana que se sacó antes de decir nada.

    —Disculpe, ya sé que cerró.

    —Cerré hace cuarenta minutos.

    —Vengo caminando desde el parque. Me bajó el micro en la entrada y me vine por la costa.

    Graciela miró el reloj, miró la bolsa atada, miró al hombre. Tenía las manos coloradas de frío y una postal en la derecha, de esas con el buzón rojo y las banderas, comprada afuera, en el puesto de los souvenirs.

    —¿Es para el extranjero?

    —Es para Puerto Williams.

    Ella abrió la boca y la cerró. Después sonrió, porque no pudo evitarlo.

    —Don, Puerto Williams lo tiene enfrente. En un día claro le cuento las casas.

    —Ya sé. Por eso.

    Se llamaba Evaristo Barría. Había nacido en Ushuaia cuando el pueblo tenía más perros que autos, y su hermano Segundo se había ido a Williams a los veintiocho, después de una pelea por una lancha que habían heredado y que ninguno de los dos supo conservar. Eso fue hace treinta y un años. Se hablaron por teléfono tres veces, en velorios. Cruzar el canal en lancha sale plata y papeles, y los dos eran de los que esperan que el otro dé el primer paso.

    —Pero una carta puedo mandar —dijo Evaristo—. Y quiero que salga de acá, con el sello de acá. Que el hombre vea de dónde viene.

    Graciela dejó la lapicera. Le dio una explicación que ya había dado cien veces a los turistas, sin mala voluntad: la postal sale de la estafeta, va a Ushuaia, de ahí a Buenos Aires, cruza la cordillera por el centro de Chile y baja de nuevo hasta el sur. Tres semanas, con suerte. Cuatro, si agarra feriados.

    —Treinta kilómetros por agua —dijo él— y tres semanas de vuelta al mundo. Yo ya lo sé, señora. Escribí la postal pensando en eso.

    Se la dio. Ella la leyó, porque era su trabajo leer la dirección, y la dirección estaba bien: un nombre, una calle de Puerto Williams, el país. Del otro lado, con letra apretada de hombre que no escribe, había cuatro renglones. No los leyó completos. Vio la palabra lancha y vio la palabra perdoná, y dio vuelta la postal.

    Afuera se levantó el viento. El techo de chapa empezó a hacer ese ruido de cuando alguien camina arriba.

    —No le puedo cobrar el franqueo a esta hora —dijo ella, y abrió el cajón—. Se me cerró la caja.

    —Yo le pago lo que sea.

    —Me lo paga en octubre.

    Sacó las estampillas, las contó con el dedo mojado en la lengua, como le había enseñado su madre, y pegó tres en la esquina. Apretó cada una con el pulgar. Después abrió la almohadilla, sopló el sello para sacarle la pelusa y estampó la fecha, el nombre de la unidad postal y el dibujo, bien al centro, sin que se corriera.

    —El sello más austral del país —dijo Evaristo, medio en broma.

    —El más austral que tenemos nosotros. Del otro lado le queda uno más al sur.

    Él se rió, por primera vez, un ruido corto y seco. Graciela soltó la bolsa de lona, desató el nudo, y puso la postal arriba de todas, para que fuera lo primero que viera el cartero al abrirla en Ushuaia.

    Escucharon la camioneta antes de verla, el motor en la ripiada, las luces amarillas cortando el aire. Evaristo se puso la gorra. En la puerta se dio vuelta.

    —¿Y si no contesta?

    —Entonces usted va a saber una cosa que hoy no sabe —dijo Graciela—, y yo no soy quién para decirle cuál.

    El hombre asintió. Salió al muelle y se quedó parado frente a las montañas de enfrente, con las manos en los bolsillos. Ella cerró con llave, subió la bolsa a la camioneta y, antes de subir, miró hacia donde miraba él.

    Empezaba a nevar sobre Navarino. Los copos todavía no llegaban a la bahía; se los veía caer lejos, despacio, sobre las casas de Williams, y en alguna de esas casas había una cocina con la luz prendida.

    La camioneta arrancó. Evaristo Barría no se movió del muelle hasta que se acabó la luz.

  • Un domingo para el molino

    Ubaldo Lencina llegó al campo a las seis y media, cuando todavía quedaba escarcha en el alambrado, y lo primero que hizo fue mirar para arriba. El molino estaba como lo había dejado hacía once años: la rueda quieta, las aspas con el color del óxido bueno, la cola torcida hacia el norte como si alguien se hubiera ido sin avisar.

    —¿Y? —preguntó Rocío, que bajaba de la camioneta con el termo bajo el brazo—. ¿Anda o no anda?

    —Todavía no lo toqué, nena.

    —Pero lo estás mirando como si no anduviera.

    Ubaldo no contestó. Tenía sesenta y siete años, un overol que le había quedado grande desde la última operación y una caja de herramientas que había sido de su padre. Desde Girodías hasta el puesto eran veintidós kilómetros de tierra, y los había manejado despacio, con la ventanilla baja, oliendo el trébol mojado.

    El campo se vendía en diciembre. La dueña, que vivía en Trenque Lauquen y no había pisado el puesto en años, había mandado a decir que el molino se iba con el resto, o que se desarmaba para chatarra. Ubaldo no pidió que lo salvaran. Pidió un domingo. Quería subir, engrasar, hacerlo girar una vez y escuchar el golpe del pistón en el caño. Nada más. Eso, para un molinero, es como pedirle a un cantor que cante una sola vez en una casa que ya no es suya.

    Subió por la torre despacio, con las dos manos, contando los travesaños. A los veinte metros le habló el viento, un resoplido flojo del sur. Arriba, la caja de engranajes tenía una costra de grasa vieja del color del chocolate. Aflojó la tapa con la llave de su padre, la de mango envuelto en cinta, y adentro encontró lo que temía: el aceite se había ido y un par de dientes del piñón mostraban la marca del descuido.

    —Tío —gritó Rocío desde abajo—, ¿qué ves?

    —Veo que a esto le falta de todo.

    —¿Y entonces?

    —Y entonces vamos a ver con qué se arregla.

    Bajó, buscó en la caja y encontró una lata de grasa a medio usar, un trapo, un cuero curtido que guardaba para las válvulas. Subió otra vez. Limpió los engranajes con el trapo, uno por uno, hasta que el hierro mostró su gris verdadero. Engrasó. Cambió el cuero de la bomba, que bajó él mismo con la varilla, tramo por tramo, con Rocío sosteniendo cada sección con los guantes demasiado grandes.

    A media mañana el sol ya calentaba las chapas del tanque australiano, ese redondel de zinc que se veía desde lejos como una moneda grande puesta de canto en el pasto. Tenía el fondo seco y una telaraña colgada del flotante. Tomaron mate en la sombra de la torre. Rocío preguntó si de verdad nunca había ido a otro lado a trabajar, y Ubaldo dijo que sí, que había ido una vez a Bahía Blanca por una oferta, y que a los tres días se volvió.

    —¿Por qué?

    —Porque allá no se oye el campo. Acá, antes de que salga el sol, se oye el molino de tres estancias distintas. Cada uno suena diferente. Si prestás atención, hasta sabés cuál necesita aceite.

    —¿Y este cómo suena?

    —Este suena a mi viejo.

    Rocío no dijo nada. Revolvió la yerba con la bombilla y le devolvió el mate.

    Al mediodía el aire se paró. Esa quietud de la pampa que no es silencio, que es otra cosa: las cigarras, un tero lejos, el zumbido de un alambre. La rueda seguía clavada. Ubaldo la miró durante un largo rato, con las manos en la cintura, y después hizo algo que Rocío no esperaba. Se sacó la gorra.

    —No pasa nada —dijo—. Capaz que el viento no quiere.

    —Esperemos un poco.

    —Tenemos que volver antes de que oscurezca.

    —Esperemos un poco, tío.

    Esperaron. Comieron los sándwiches de miga que había preparado la abuela. Rocío se tiró a la sombra con el celular y lo guardó enseguida, porque no había señal ni la había habido nunca. Ubaldo se sentó con la espalda contra la pata de la torre y cerró los ojos, no para dormir, sino para escuchar mejor lo que no pasaba.

    Fue un cambio de olor lo primero. Un olor a tierra removida, a lluvia que todavía no existe. Después la veleta crujió, una sola vez, como quien carraspea. La cola giró despacio, mucho, hasta quedar mirando al sur, y la rueda, sin apuro, empezó a moverse.

    Primero fue un cuarto de vuelta. Después media. El piñón mordió con un clac que Ubaldo conocía desde antes de saber leer, y la varilla subió y bajó, subió y bajó, tosiendo en el caño. No salió nada. Una vez, dos, diez. Rocío se puso de pie.

    —No sale agua.

    —Esperá. Hay que cebarla.

    El golpe se hizo más largo, más hondo. Algo gorgoteó abajo, en la tierra, una profundidad que llevaba once años quieta. Y entonces, del caño de descarga, cayó un chorro marrón, espeso, que salpicó el fondo del tanque y se fue aclarando de a poco: marrón, amarillo, transparente.

    Rocío se rio, y lo hizo como se ríe cuando no se espera. Ubaldo se quedó mirando cómo el agua empezaba a cubrir el zinc, una lámina finita, brillante, con el cielo adentro.

    —Está andando —dijo ella.

    —Está andando.

    —Podemos decirle a la señora que…

    —No hay nada que decirle, nena. Yo pedí un domingo, y es domingo.

    Se quedaron hasta que el agua les llegó al primer remache. Antes de irse, Ubaldo trabó la rueda con el freno, como se hace, y dejó en el piso, junto a la pata de la torre, la lata de grasa con la tapa bien cerrada, por si venía alguien. Subió a la camioneta. Antes de arrancar, bajó el vidrio y miró para atrás.

    La rueda, ya trabada, todavía seguía girando un poco, por inercia, y el último clac llegó hasta la ruta como una puerta que alguien cierra con cuidado.