Celestino Barrera se despertó antes del gallo porque las mulas se lo pidieron. No relinchaban: respiraban fuerte del otro lado del tapial, ese resoplido húmedo que él conocía mejor que la voz de su mujer.
Era octubre de 1966 y la zafra se estaba acabando en Famaillá. Hacía semanas que en el pueblo no se hablaba de otra cosa que del decreto de agosto, de los ingenios que iban a cerrar, de los camiones con acoplado que ya cargaban en el cañaveral lo que antes llevaba él. Celestino era de los últimos carreros de llanta de hierro. Tenía un carro y seis mulas: la Pelada, la Cantora, el Mocho, la Sombra, la Tordilla y la Gringa, que era la guía.
Ese día quería hacer un último viaje completo, del surco al cargadero, como lo había hecho con su padre. Después las mulas serían de quien las comprara.
—Tata, el camión de los Ibarra te saca la caña en una hora —dijo su hijo Ramón desde la puerta, con el mate en la mano. Había vuelto de la ciudad con camisa limpia y una palabra nueva: rentabilidad.
—Yo no voy por la hora —dijo Celestino—. Voy por el camino.
Se tomó un mate lavado, se calzó el sombrero y salió. Ramón lo siguió sin que se lo pidiera.
Arrimar el carro hasta el pie del surco era lo que ningún camión podía. Entre las cañas altas, que en octubre ya pasan los dos metros y raspan como lija, el aire olía a dulce quemado y a tierra mojada. Los cortadores, con el machete y la espalda empapada, tiraban las cañas peladas de a atados, y Celestino las acomodaba parejas, sin apuro, porque un carro mal cargado vuelca en la primera zanja.
—Mirá —dijo Ramón, y señaló un camión que se había enterrado hasta el eje en el barro del callejón—. Ahí lo tenés a tu progreso.
—Yo no dije nada.
—Lo pensaste fuerte.
Se rieron los dos, y fue la primera vez en meses.
Cuando el carro quedó cargado, Celestino se subió al pescante, juntó las riendas como quien agarra un ramo y chasqueó la lengua. La Gringa tiró primero. Las otras la siguieron en orden, con ese temblor que le corre por el pecho a un animal cuando entiende que el trabajo es de verdad. Las ruedas de hierro mordieron el camino con un crujido que se oía desde lejos.
Y entonces pasó lo que no estaba en el plan. Al llegar al puentecito de la acequia, la tablazón gimió. Un camión no cruzaba por ahí: el cartel de Vialidad, medio comido por el óxido, decía veinte toneladas. El carro de Celestino pesaba menos, pero la acequia llevaba el agua de la noche y la orilla se había aflojado. La rueda izquierda se hundió un palmo.
Celestino no gritó. Les hablaba bajo a las mulas, casi un rezo de nombres.
—Despacio, Pelada. Cantora, no tires de más. Gringa, mi vieja, vos sabés.
—Tata, bajate, que se da vuelta —dijo Ramón, que ya estaba en el agua hasta las rodillas, con los pantalones nuevos.
—Agarrá la rueda. Cuando yo diga, empujás.
Ramón apoyó el hombro en un rayo de la rueda y sintió el hierro frío y áspero, con el polvo rojo del camino pegado. Celestino contó hasta tres, como le había enseñado su padre, y soltó un silbido corto, de dos notas. Las seis mulas entendieron lo mismo en el mismo instante. Tiraron todas juntas, la Gringa adelante, y el carro salió de la zanja con un ruido de madera vieja y de agua que se despega.
Quedaron parados del otro lado, jadeando, el padre, el hijo y las seis mulas, con la carga intacta.
—¿Cuánto tardó el camión de los Ibarra? —preguntó Celestino, secándose la frente.
—Hoy no llegó —admitió Ramón—. Quedó enterrado donde te dije.
—Qué barbaridad.
Siguieron. Era mediodía cuando asomó el cargadero, con la rampa de madera, la chimenea humeando a lo lejos y la balanza donde un empleado con la lapicera detrás de la oreja anotaba pesos. Había cola de camiones con los motores encendidos. El carro de Celestino pasó entre ellos a paso de procesión y los choferes se asomaron por las ventanillas. Uno se sacó la gorra. Nadie dijo nada.
El balancero pesó la caña y anotó. Celestino le pidió que le leyera el número en voz alta y lo repitió despacio, como se repite el nombre de alguien que se va.
Después desató las mulas una por una, las llevó al abrevadero y esperó a que bebieran todas. Ramón se sentó a su lado en el borde de piedra, con la camisa limpia hecha un trapo.
—No las vendas todavía —dijo Ramón—. Me quedo hasta que termine la zafra. Aprendo el silbido.
Celestino miró el agua, donde las seis cabezas se movían a la par.
—Son dos notas nomás —dijo—. Lo difícil es el silencio de antes.
Al atardecer, en el camino de vuelta, Ramón agarró las riendas. La Gringa dudó medio paso. Entonces él silbó, torcido, desafinado, y las seis orejas se giraron hacia atrás, a escucharlo.