Blog

  • La atadura de Oreste

    A las seis de la mañana el termómetro clavado en el palo del galpón marcaba tres grados, y Oreste Zanier dijo que era un día de salame. Lo dijo sin mirar el termómetro, mirando el cielo pelado sobre los plátanos de la avenida San Martín, que en julio son esqueletos grises hasta donde alcanza la vista.

    Joaquín, que tenía quince años y había dormido mal, quiso discutir. Había clase. Había una prueba de geografía. Su abuelo ya estaba sacando las cubas de la carne del cuarto frío, y no discutió con él porque con Oreste nunca se discutía: se esperaba.

    —Hoy atás vos —dijo el viejo.

    —Nono, yo no sé.

    —Por eso.

    La mesa de la cocina de afuera estaba tendida con la picadora atornillada al borde, las tripas en remojo en un balde con vino y ajo, y la carne ya mezclada en las proporciones que Oreste repetía como un rezo: la de vaca, la de cerdo, el tocino cortado en dados. Los dados tenían que ser cuadrados. No casi cuadrados: cuadrados. Joaquín los había visto hacer toda la vida y nunca los había hecho.

    Oreste tenía ochenta y tres años y las manos como raíces. Hasta el año pasado había atado cuarenta salames por temporada sin mirar. Esta vez la derecha le temblaba apenas, un temblor fino, de hilo de pescar en el agua, y Joaquín lo había visto esconderla en el bolsillo del pantalón cuando llegaba su padre.

    Embutieron hasta las diez. Joaquín empujaba la masa con la palma contra la boca de la máquina, y la tripa se iba llenando, pesada, fría, con ese olor a pimienta y a vino picado que se le metía en el pelo y que después lo seguía hasta el colegio. Cuando tuvo el primero entre las manos, largo y flojo como un animal dormido, el abuelo le pasó el piolín.

    —Primero la vuelta. Dos vueltas. Sin apretar todavía.

    Joaquín dio dos vueltas.

    —No. Así no.

    —¿Cómo?

    —Como te dije.

    —No me dijiste nada, nono. Me dijiste “así”.

    Oreste resopló y soltó una frase en furlan, de esas que usaba solo cuando se enojaba o cuando se le caía algo. Joaquín entendía tres palabras. Una era “mulât”, que era chico, que era él. Las otras dos no se podían repetir en la mesa.

    Probó de nuevo. El nudo se aflojó. El salame colgó torcido de un lado, con un bulto donde el aire se había metido.

    —Ese va para casa —dijo el viejo—. Ese nos lo comemos nosotros.

    Y Joaquín, que esperaba una burla, vio que su abuelo no se estaba riendo. Estaba mirando el salame mal atado como se mira un papel donde alguien escribió mal tu nombre.

    Hicieron seis más. Los seis salieron mal de maneras distintas. Al mediodía comieron una ronosa, el revuelto de salame con cebolla y huevo que la abuela Elda había hecho toda la vida, y el viejo la sirvió con su mano buena y se quedó callado un rato largo. Afuera, en el patio, el sol de invierno le sacaba un brillo duro a la tierra helada.

    —Tu bisabuelo Massimo —dijo Oreste de golpe— vino en el ’89, en la segunda tanda. Hablaba solo furlan. Yo tenía que traducirle todo al maestro, y al maestro le traducía todo al revés. Le decía que mi padre estaba contento cuando estaba enojado.

    Joaquín levantó la vista.

    —No te entiendo.

    —Nadie entiende nada la primera vez. El nudo no se explica, mulât. Se te hace en la mano. Dame la tuya.

    Oreste apoyó la palma izquierda, la que no temblaba, debajo de la derecha del nieto. No guió. Apenas acompañó, como se acompaña a un chico en bicicleta, con la mano abierta cerca del manubrio.

    —Dos vueltas. Ahora mirá el hilo. El hilo te dice cuándo.

    —¿Cuándo qué?

    —Cuándo apretar.

    Joaquín sintió que el piolín se ponía justo, que había un punto exacto donde el nudo dejaba de resistirse y empezaba a sostener. Lo sintió con los dedos antes de entenderlo. Tiró. El salame quedó derecho, firme, con la tripa tensa y sin una burbuja.

    —Ese —dijo Oreste, y se interrumpió.

    No terminó la frase. Se limpió las manos en el delantal, aunque estaban limpias.

    Esa tarde ataron los cuarenta. Joaquín perdió la cuenta de las veces que lo hizo. Hacia las cinco la luz bajó rápido, como baja en julio, y el frío empezó a subir desde la tierra. El galpón se llenó de salames colgados en filas de a pares, balanceándose apenas, rosados y pesados. El viejo los fue contando en voz baja, en furlan, y Joaquín se descubrió contando con él: un, doi, trê. Nadie se lo había enseñado. Estaba ahí, en el aire de la casa, y había estado siempre.

    Su padre entró cerca de las seis, con el abrigo todavía puesto, y se paró en la puerta. Miró las filas. Miró a Joaquín, con los dedos agrietados de piolín y los antebrazos manchados de grasa, y después miró al viejo, que se había sentado en el banquito de siempre con la mano derecha otra vez en el bolsillo.

    —¿Quién los ató? —preguntó.

    —El mulât —dijo Oreste.

    —¿Todos?

    —Todos menos uno. El primero lo atamos entre los dos.

    Joaquín no dijo que el primero era el que había quedado torcido, el que iba para la casa. Se acercó a la fila de la punta y lo buscó entre los demás: el único con un bulto, el único con el nudo flojo. Lo bajó con cuidado del palo.

    Esa noche cenaron con ese salame, cortado grueso, sobre pan de ayer, con un vino casero que la abuela servía en vasitos chicos. El bulto de aire estaba adentro, en una rodaja, un hueco redondo del tamaño de una uña. Oreste lo tomó con dos dedos y lo miró a contraluz, y lo dejó en el plato de Joaquín.

    —Éste se come último —dijo—. Éste es el que enseñó.

    Joaquín lo guardó para el final. Era el mejor.

  • El último aviso de las diez

    A las nueve y media de la noche, Aurelio Cayulef ya había ordenado el escritorio dos veces. Faltaban noventa minutos para la última tanda de avisos al poblador del día, y para él era la última de cuarenta y un años en LRA 54. A la mañana siguiente se jubilaba.

    Afuera soplaba el oeste de octubre, el que no afloja. Hacía sonar la chapa del techo y metía arena fina por debajo de la puerta de la radio. Aurelio puso la pava sobre la hornalla, cebó un mate y abrió el cajón de abajo, donde guardaba los cuadernos de avisos viejos. Eran letras de gente que no sabía escribir bien pero sabía con exactitud qué quería decir. Se los iba a llevar a su casa. Antes quería hojear uno.

    Sacó uno de tapas azules, 1994. Pasó las hojas despacio y leyó en voz baja, como quien prueba el micrófono.

    —Se comunica a Eusebio Painemil, de paraje Yuquiche, que el camión de la cooperativa sale el martes y no el lunes. Se avisa a la señora de Quilodrán que la criatura nació bien y que la madre pide ropa de abrigo.

    Entre dos hojas encontró un papel doblado en cuatro, escrito con lápiz tinta y letra de maestra. Lo abrió contra la lámpara. Decía: «Se comunica a Casimiro Nahuelquir, Puesto Cañadón Largo, que su hermana Rosa llegó de Trelew en el micro y lo espera en lo de Pichulmán hasta el sábado. Repito, hasta el sábado.»

    Aurelio dio vuelta el papel. No tenía la tilde de lápiz rojo que él le hacía a cada aviso apenas lo terminaba de leer al aire. Era la única forma que tenía de saber qué se había dicho y qué no. Este no se había dicho nunca.

    Se acordó de golpe. Junio del 94, tres días de nevada, el generador que se paró a media mañana, el cuaderno que quedó abierto sobre la estufa a leña mientras él corría a mirar el transmisor. El papelito había quedado entre las hojas. Nadie se enteró. Rosa esperó hasta el sábado en lo de Pichulmán, o no esperó. Casimiro nunca bajó del campo, o bajó tarde.

    Se quedó con el mate en el aire hasta que se enfrió.

    A las diez menos veinte llegó Brian, el técnico, con un termo bajo el brazo y los auriculares colgando del cuello. Tenía veinticuatro años y le decía «don Aurelio» aunque Aurelio le había pedido veinte veces que no.

    —¿Qué hace con esa cara?

    —Mirá esto.

    Brian leyó el papel y levantó las cejas.

    —Treinta y dos años, don. Casimiro, si vive, ya tiene que andar por los noventa. Y la señora Rosa…

    —Ya sé.

    —Nadie lo va a escuchar. Además va a quedar raro, entre el pago de las jubilaciones y el camión del martes.

    —Alguien escucha siempre —dijo Aurelio—. Después de las noticias se para todo. Hace cuarenta y un años que se para todo. La gente apaga la cocina para escuchar quién se murió y quién nació, y hasta qué día hay que esperar en el pueblo. Hay casas donde prenden la radio solamente para eso, con las pilas contadas, y la ahorran el resto del día como si fueran plata.

    Brian no dijo nada. Se sentó frente a la consola y empezó a subir los potenciómetros uno por uno, con cuidado.

    A las diez menos cinco Aurelio acomodó los avisos del día en el orden de siempre: primero los de salud, después los de viaje, después los de gestiones. Al final, aparte, puso el papelito de lápiz tinta. Se pasó la lengua por los labios secos. Nunca le había temblado la voz al aire, ni la noche del temporal de 1999, ni el día que tuvo que avisar una muerte con el nombre equivocado y corregirlo cuatro minutos después.

    Entró la cortina musical. Brian levantó el pulgar.

    —Buenas noches, pobladores de la Línea Sur. Hablamos desde Radio Nacional Ingeniero Jacobacci. Comenzamos con los avisos de las veintidós horas.

    Leyó los de salud. Leyó los de viaje. Leyó que las clases en la escuela del paraje Ojos de Agua se reanudaban el lunes, que había pasto en venta cerca de la ruta seis, que don Hilario preguntaba por una yegua overa que se le fue para el lado del cañadón. Tachó cada uno con el lápiz rojo mientras lo leía. Tilde, tilde, tilde.

    Cuando llegó al último, hizo una pausa que Brian no esperaba. El silencio duró lo que dura un mate cebado.

    —Se comunica a Casimiro Nahuelquir, Puesto Cañadón Largo, que su hermana Rosa llegó de Trelew en el micro y lo espera en lo de Pichulmán hasta el sábado. —Respiró—. Repito: hasta el sábado. Este aviso corresponde a junio de 1994 y sale hoy con treinta y dos años de demora. Pedimos disculpas a la familia.

    Le puso la tilde. Se sacó los auriculares. El viento pegaba contra la ventana de vidrio doble.

    —Bueno —dijo Brian—. Ya está.

    —Ya está.

    Aurelio empezó a guardar los cuadernos en una caja de cartón que había traído de su casa. Había juntado seis cuando sonó el teléfono de la radio, el negro, el de disco, que casi nadie usaba a esa hora. Brian atendió. Escuchó un rato con los ojos muy abiertos y tapó el tubo con la mano.

    —Es de Bariloche. Una mujer. Dice que es la sobrina de Casimiro. Dice que el tío murió en 2009 y que ella no sabía nada de ningún aviso, pero que la mamá estaba a su lado con la radio de Internet y se puso de pie en la cocina cuando lo escuchó.

    Aurelio no se movió.

    —Dice que la mamá se llama Rosa. Que tiene noventa y un años. Que está llorando y que quiere hablar con el que leyó.

    Aurelio agarró el tubo con las dos manos. Del otro lado había una respiración finita, pareja, y atrás, lejos, el ruido de una olla en el fuego.

    —Señora Rosa —dijo—. Perdone la demora.

    —Yo lo esperé hasta el sábado —dijo la voz, despacio—. Pero él no vino. ¿Usted sabe por qué no vino?

    Aurelio miró el papelito sobre el escritorio, con su tilde roja todavía fresca, y le contestó con la verdad, que era lo único que había aprendido a decir al aire en cuarenta y un años.

    —Porque nadie le avisó, señora. El aviso salió esta noche.

  • El charango de Telésforo

    El jueves de comadres, a la tarde, Telésforo Choque escuchó pasar por la calle Belgrano a un grupo de mujeres con talco en el pelo y ramitas de albahaca en las manos, y no levantó la cabeza. Tenía el charango sobre las rodillas, boca abajo, y una rajadura en el fondo que antes del mediodía no estaba.

    Era un charango de una sola pieza, de cedro azul, cavado a gubia durante tres meses en el taller del fondo de la casa, en Tilcara. Lo había hecho para Ayelén, la nieta, que tenía doce años y el sábado iba a tocar con la comparsa de la familia en el desentierro. Pensaba terminarlo el viernes. Ahora el aire seco de la quebrada le había hecho en una noche lo que la madera tarda años en hacer sola: abrirse, del puente hacia abajo, un dedo largo de rajadura fina como un pelo de gato.

    —Es el aire —dijo Telésforo, sin que nadie le preguntara—. Es el aire, nomás.

    Prendió la luz del taller. Afuera se oía el bombo de alguien que ensayaba mal. Mojó un trapo, lo escurrió y lo apoyó sobre el cedro un rato, para que la madera se aflojara. Después cortó una tirita de la misma pieza de la que había sacado el charango, no más ancha que un fósforo, y la fue rebajando con el cortaplumas hasta que entró en la rajadura como una llave.

    Calentó la cola de carpintero en una latita. Olía a pezuña y a cocina de abuelo. Metió la tirita, apretó con dos prensas chicas y se sentó a esperar, que era la parte del oficio que su padre le había enseñado primero y la que más le costaba.

    A las nueve vino Ayelén, con talco en las trenzas y una bolsita de papel picado que ya había gastado a la mitad.

    —¿Está listo?

    —Mañana.

    —Dijiste que el viernes.

    —Mañana es viernes.

    La nena se sentó en el banquito de los clavos, mirando las prensas como a un animal enfermo. No preguntó qué pasaba. Tenía la costumbre de no preguntar y de quedarse, que era peor.

    —Se rajó —dijo él al fin.

    —¿Mucho?

    —Lo que se raja, se raja mucho o no se raja.

    Ella se rió, y él también, un poco, y le tocó la cabeza con la mano que olía a cola.

    El viernes le sacó las prensas a las seis de la mañana. La tirita había agarrado. La lijó con papel fino hasta que el dedo no encontraba el lugar, y le dio goma laca con un trapito, tres manos, esperando entre mano y mano. Mientras tanto fue poniendo las clavijas, las diez, y las cuerdas de a pares, y tensó de a poquito, como se le hace caminar a alguien que estuvo en cama.

    A la tarde afinó. Y ahí vino lo que no estaba en la cuenta. El charango sonaba, pero sonaba apretado, sin cuerpo, como una voz con resfrío. Cada vez que Telésforo lo afinaba, a los diez minutos las cuerdas bajaban solas. Probó el puente, lo movió un milímetro, lo volvió a poner. Cambió una cuerda. Nada.

    A las once de la noche tenía el charango en las manos y la cabeza entre los hombros. Era el único instrumento que había hecho con el nombre de alguien en la cabeza, y le iba a fallar a la nena en el único día del año en que importaba.

    —Tocalo vos —dijo cuando ella entró con el mate.

    —Suena feo.

    —Suena nuevo. Tocalo igual.

    Ayelén se lo puso contra el pecho, sin afinar nada, y rasgueó el carnavalito que le habían enseñado en la escuela, el de siempre, ese que se sabe con las manos antes que con la cabeza. Al principio sonó flaco. Pero ella siguió, una vez, dos, y Telésforo, que escuchaba con los ojos cerrados, notó que a la tercera pasada el cedro respondía distinto. Se estaba acomodando a la mano. A la cuarta, la caja ya tenía algo adentro, un hueco redondo donde antes había un cuarto vacío.

    —Es que no se toca con la oreja —dijo ella, medio en broma—. Se toca con la panza, abuelo.

    —¿Quién te dijo eso?

    —Vos.

    Él no se acordaba. Pero le pareció cierto y no discutió.

    El sábado a las doce del mediodía, la comparsa subió por el camino de tierra hacia el mojón, con la bandera del año pasado, las cajas, los erkenchos y las mujeres cantando coplas. Había serpentinas colgadas de los cables y olor a albahaca pisada. Telésforo iba atrás, con las manos en los bolsillos, sin instrumento. En el mojón, un hombre grande con cuernos de lata y la voz cambiada empezó a sacar las piedras. Abajo, envuelto en trapos, estaba el muñeco que habían enterrado en el último carnaval, con un poco de tierra todavía en la cara.

    Cuando lo levantaron, la gente gritó. Ayelén empezó a tocar.

    No se la oía bien al principio, entre los bombos. Pero el charango tenía algo que los bombos no tenían: una voz finita y terca, como de pájaro en un alambre. Telésforo la reconoció desde lejos, entre doscientas personas, igual que uno reconoce el paso de un hijo. Se le aflojaron las rodillas. Se apoyó en una piedra.

    A su lado, una vecina le puso albahaca en la solapa sin decir nada.

    Esa noche, en el taller, antes de apagar la luz, pasó el dedo por el fondo del charango, que Ayelén había dejado sobre el banco con talco en las cuerdas. Buscó la rajadura. La encontró, apenas, una línea más clara que el resto, donde la tirita de cedro se había hecho una con la caja.

    No la lijó. Apagó la luz y la dejó ahí, para que la nena la encontrara cuando fuera grande.

  • La franja de la pileta siete

    El primer golpe de pico sonó a plato roto. Yanina Colque lo esperaba, porque el tío Casiano se lo había dicho en el auto: los primeros diez centímetros son sal sucia, tierra y viento cristalizados, y no se venden. Se tiran a un costado. Ella clavó la punta en la costra, hizo palanca y levantó una placa gris del tamaño de una bandeja.

    Eran las nueve de la mañana y ya hacía calor de fuego sobre la sal. Alrededor, el salar se extendía blanco hasta las sierras de Chañi, y en el aire había un olor limpio y metálico, como de moneda mojada. A los lados de la pileta número siete, las otras seis, ya cosechadas por los mayores, mostraban su fondo húmedo.

    —Más parejo —dijo Casiano desde la caja de la camioneta, donde estaba sentado con la mano izquierda envuelta en una venda—. No cortes en diagonal, que se te desmorona.

    —Ya sé, tío.

    —Ya sabés, ya sabés. Hacelo.

    La pileta medía cuatro metros por dos y medio, y cuarenta centímetros de profundidad. La habían cavado en septiembre del año anterior, ella y su abuela Eustaquia, con palas carboneras, y habían volcado la salmuera con baldes, uno por uno, hasta que el agua llegó a la marca. Después Eustaquia se fue a vivir a Jujuy, a la casa de una hija, porque las rodillas ya no aguantaban los tres mil cuatrocientos metros. Se despidió de la pileta como se despide a alguien que se queda: le dejó un puñado de coca y un poco de alcohol en cada esquina.

    —Doce meses —le había dicho—. Cuando esté dura, es tuya.

    Ahora estaba dura. Yanina fue sacando placas, apilándolas afuera, y cada una dejaba ver un tono más blanco. Hacia el mediodía llegó al límite de los diez centímetros, y la sal de abajo apareció brillante, en cristales gruesos que crujían bajo la pala. Se sacó el pañuelo de la cara, se secó la frente y sonrió.

    —Mirá eso —dijo.

    —Bien —dijo Casiano—. Dos toneladas, más o menos. El camión de la fraccionadora viene a las cinco. Si llegás, cobrás completo.

    Siguió. Las bolsas de arpillera se llenaban con la pala carbonera, se cerraban con hilo y se apilaban junto a la camioneta. Hacia las tres y media llevaba cuarenta y dos. Le ardían los antebrazos, y cuando levantaba la vista el cielo azul oscuro le parecía más cercano que de costumbre.

    Fue entonces que la pala dio contra algo distinto. No sonó a sal. Sonó a madera seca.

    Se agachó. A unos veinte centímetros del fondo, cruzando la pileta de lado a lado como una cinta, corría una franja marrón de un dedo de espesor. Tierra. Una tormenta de polvo, quizás en febrero, en el único mes en que llueve, cuando el viento arrastra el barro del camino y lo deposita sobre la salmuera. La sal se había formado igual, arriba y abajo de esa raya, como si no hubiera pasado nada. Pero la raya estaba ahí.

    —Tío —dijo.

    Casiano bajó de la caja con esfuerzo y se acercó al borde. Miró un rato largo, sin decir nada, y después escupió al costado.

    —Y, mala suerte —dijo—. Pasa. Muele todo junto y listo. La fraccionadora la va a lavar igual, ¿qué van a saber?

    —Va para consumo humano.

    —Va a pasar por una planta.

    —Va para la mesa de alguien, tío.

    Casiano se rascó la nuca con la mano sana. En el camino, a lo lejos, un punto blanco se acercaba levantando una columna de polvo. Era temprano. El camión.

    —Si sacás la franja y todo lo de abajo, perdés media tonelada —dijo—. Más. Con las bolsas que llevás, quedás en una y media. Y el pago es por dos, Yanina. Es el primer año, y la cooperativa mira cómo cumplís.

    Ella lo sabía. Hizo la cuenta de memoria, dos veces, y le dio lo mismo las dos.

    Se arrodilló en el borde. Con el filo de la pala fue cortando la franja, despacio, sin mezclarla. El marrón se levantó en una tira quebradiza que se partía en pedazos, y debajo apareció la sal de abajo, más blanca todavía, sin una sola partícula de polvo. Cortó esa tira entera y la dejó afuera con la costra descartada. Después limpió el borde de cada costado con el pañuelo, como había visto hacer a Eustaquia, y siguió palando.

    El camión llegó, frenó y dejó que el polvo se asentara. Bajó el chofer, un hombre de bigote ralo con una planilla.

    —¿Dos toneladas?

    —Una y media —dijo Yanina—. Y limpia.

    El chofer pesó una bolsa, la abrió, metió dos dedos y probó. Se quedó mirándola con el ceño fruncido, pero no era un ceño de enojo. Era el gesto de quien contrasta un número con un sabor.

    —Me falta media tonelada —dijo.

    —La tiene la pileta —dijo ella—. Se la voy a dar el año que viene, cuando esté lista.

    Casiano miró al chofer. El chofer miró a Casiano. El hombre anotó algo en la planilla, tachó otra cosa y le extendió la mano a Yanina.

    —Una y media —dijo—. Pero la próxima vez me avisás antes de que llegue el camión.

    Cuando el camión se fue, el sol ya tocaba las sierras. Yanina se quedó parada al borde de la pileta vacía. En el fondo, por una grieta, empezaba a subir un hilo de agua oscura desde el ojo de abajo, despacio, como si la pileta respirara. Se agachó, mojó un dedo, se lo llevó a la boca. Salada, pero otra vez salada de cero.

    Del bolsillo sacó el último puñado de coca que le había dejado Eustaquia y lo repartió en las cuatro esquinas.

    —Hasta el año que viene —le dijo a la pileta.

    El agua siguió subiendo, y el viento, que a esa hora ya se había calmado, no movió ni un grano.

  • Tres semanas hasta Puerto Williams

    Graciela Oyarzún le puso el sello de goma a la última postal del día y lo apoyó en el almohadillado con más fuerza de la necesaria. Eran las cuatro menos diez. Por la ventana de chapa, la bahía Ensenada tenía el color del acero y las lengas de la costa ya habían largado casi todas las hojas rojas. El pronóstico decía nieve para el jueves, y ella sabía por veintidós temporadas que la nieve de Ensenada no avisa dos veces.

    Desde el domingo venía desarmando la estafeta. Había bajado los pasaportes de muestra, guardado las calcomanías en una caja de galletitas y vaciado el buzón rojo por última vez hasta octubre. Quedaba la bolsa de lona con las postales de la semana, atada, lista para la camioneta del correo que subía a buscarla a las cinco.

    Del otro lado del canal se veían los picos de Navarino, con la primera nieve en los filos. Graciela había dejado de mirarlos hace años, como uno deja de mirar el reloj de la cocina.

    Golpearon dos veces en el marco de la puerta. Entró un hombre grande, de campera azul gastada, con una gorra de lana que se sacó antes de decir nada.

    —Disculpe, ya sé que cerró.

    —Cerré hace cuarenta minutos.

    —Vengo caminando desde el parque. Me bajó el micro en la entrada y me vine por la costa.

    Graciela miró el reloj, miró la bolsa atada, miró al hombre. Tenía las manos coloradas de frío y una postal en la derecha, de esas con el buzón rojo y las banderas, comprada afuera, en el puesto de los souvenirs.

    —¿Es para el extranjero?

    —Es para Puerto Williams.

    Ella abrió la boca y la cerró. Después sonrió, porque no pudo evitarlo.

    —Don, Puerto Williams lo tiene enfrente. En un día claro le cuento las casas.

    —Ya sé. Por eso.

    Se llamaba Evaristo Barría. Había nacido en Ushuaia cuando el pueblo tenía más perros que autos, y su hermano Segundo se había ido a Williams a los veintiocho, después de una pelea por una lancha que habían heredado y que ninguno de los dos supo conservar. Eso fue hace treinta y un años. Se hablaron por teléfono tres veces, en velorios. Cruzar el canal en lancha sale plata y papeles, y los dos eran de los que esperan que el otro dé el primer paso.

    —Pero una carta puedo mandar —dijo Evaristo—. Y quiero que salga de acá, con el sello de acá. Que el hombre vea de dónde viene.

    Graciela dejó la lapicera. Le dio una explicación que ya había dado cien veces a los turistas, sin mala voluntad: la postal sale de la estafeta, va a Ushuaia, de ahí a Buenos Aires, cruza la cordillera por el centro de Chile y baja de nuevo hasta el sur. Tres semanas, con suerte. Cuatro, si agarra feriados.

    —Treinta kilómetros por agua —dijo él— y tres semanas de vuelta al mundo. Yo ya lo sé, señora. Escribí la postal pensando en eso.

    Se la dio. Ella la leyó, porque era su trabajo leer la dirección, y la dirección estaba bien: un nombre, una calle de Puerto Williams, el país. Del otro lado, con letra apretada de hombre que no escribe, había cuatro renglones. No los leyó completos. Vio la palabra lancha y vio la palabra perdoná, y dio vuelta la postal.

    Afuera se levantó el viento. El techo de chapa empezó a hacer ese ruido de cuando alguien camina arriba.

    —No le puedo cobrar el franqueo a esta hora —dijo ella, y abrió el cajón—. Se me cerró la caja.

    —Yo le pago lo que sea.

    —Me lo paga en octubre.

    Sacó las estampillas, las contó con el dedo mojado en la lengua, como le había enseñado su madre, y pegó tres en la esquina. Apretó cada una con el pulgar. Después abrió la almohadilla, sopló el sello para sacarle la pelusa y estampó la fecha, el nombre de la unidad postal y el dibujo, bien al centro, sin que se corriera.

    —El sello más austral del país —dijo Evaristo, medio en broma.

    —El más austral que tenemos nosotros. Del otro lado le queda uno más al sur.

    Él se rió, por primera vez, un ruido corto y seco. Graciela soltó la bolsa de lona, desató el nudo, y puso la postal arriba de todas, para que fuera lo primero que viera el cartero al abrirla en Ushuaia.

    Escucharon la camioneta antes de verla, el motor en la ripiada, las luces amarillas cortando el aire. Evaristo se puso la gorra. En la puerta se dio vuelta.

    —¿Y si no contesta?

    —Entonces usted va a saber una cosa que hoy no sabe —dijo Graciela—, y yo no soy quién para decirle cuál.

    El hombre asintió. Salió al muelle y se quedó parado frente a las montañas de enfrente, con las manos en los bolsillos. Ella cerró con llave, subió la bolsa a la camioneta y, antes de subir, miró hacia donde miraba él.

    Empezaba a nevar sobre Navarino. Los copos todavía no llegaban a la bahía; se los veía caer lejos, despacio, sobre las casas de Williams, y en alguna de esas casas había una cocina con la luz prendida.

    La camioneta arrancó. Evaristo Barría no se movió del muelle hasta que se acabó la luz.

  • Un domingo para el molino

    Ubaldo Lencina llegó al campo a las seis y media, cuando todavía quedaba escarcha en el alambrado, y lo primero que hizo fue mirar para arriba. El molino estaba como lo había dejado hacía once años: la rueda quieta, las aspas con el color del óxido bueno, la cola torcida hacia el norte como si alguien se hubiera ido sin avisar.

    —¿Y? —preguntó Rocío, que bajaba de la camioneta con el termo bajo el brazo—. ¿Anda o no anda?

    —Todavía no lo toqué, nena.

    —Pero lo estás mirando como si no anduviera.

    Ubaldo no contestó. Tenía sesenta y siete años, un overol que le había quedado grande desde la última operación y una caja de herramientas que había sido de su padre. Desde Girodías hasta el puesto eran veintidós kilómetros de tierra, y los había manejado despacio, con la ventanilla baja, oliendo el trébol mojado.

    El campo se vendía en diciembre. La dueña, que vivía en Trenque Lauquen y no había pisado el puesto en años, había mandado a decir que el molino se iba con el resto, o que se desarmaba para chatarra. Ubaldo no pidió que lo salvaran. Pidió un domingo. Quería subir, engrasar, hacerlo girar una vez y escuchar el golpe del pistón en el caño. Nada más. Eso, para un molinero, es como pedirle a un cantor que cante una sola vez en una casa que ya no es suya.

    Subió por la torre despacio, con las dos manos, contando los travesaños. A los veinte metros le habló el viento, un resoplido flojo del sur. Arriba, la caja de engranajes tenía una costra de grasa vieja del color del chocolate. Aflojó la tapa con la llave de su padre, la de mango envuelto en cinta, y adentro encontró lo que temía: el aceite se había ido y un par de dientes del piñón mostraban la marca del descuido.

    —Tío —gritó Rocío desde abajo—, ¿qué ves?

    —Veo que a esto le falta de todo.

    —¿Y entonces?

    —Y entonces vamos a ver con qué se arregla.

    Bajó, buscó en la caja y encontró una lata de grasa a medio usar, un trapo, un cuero curtido que guardaba para las válvulas. Subió otra vez. Limpió los engranajes con el trapo, uno por uno, hasta que el hierro mostró su gris verdadero. Engrasó. Cambió el cuero de la bomba, que bajó él mismo con la varilla, tramo por tramo, con Rocío sosteniendo cada sección con los guantes demasiado grandes.

    A media mañana el sol ya calentaba las chapas del tanque australiano, ese redondel de zinc que se veía desde lejos como una moneda grande puesta de canto en el pasto. Tenía el fondo seco y una telaraña colgada del flotante. Tomaron mate en la sombra de la torre. Rocío preguntó si de verdad nunca había ido a otro lado a trabajar, y Ubaldo dijo que sí, que había ido una vez a Bahía Blanca por una oferta, y que a los tres días se volvió.

    —¿Por qué?

    —Porque allá no se oye el campo. Acá, antes de que salga el sol, se oye el molino de tres estancias distintas. Cada uno suena diferente. Si prestás atención, hasta sabés cuál necesita aceite.

    —¿Y este cómo suena?

    —Este suena a mi viejo.

    Rocío no dijo nada. Revolvió la yerba con la bombilla y le devolvió el mate.

    Al mediodía el aire se paró. Esa quietud de la pampa que no es silencio, que es otra cosa: las cigarras, un tero lejos, el zumbido de un alambre. La rueda seguía clavada. Ubaldo la miró durante un largo rato, con las manos en la cintura, y después hizo algo que Rocío no esperaba. Se sacó la gorra.

    —No pasa nada —dijo—. Capaz que el viento no quiere.

    —Esperemos un poco.

    —Tenemos que volver antes de que oscurezca.

    —Esperemos un poco, tío.

    Esperaron. Comieron los sándwiches de miga que había preparado la abuela. Rocío se tiró a la sombra con el celular y lo guardó enseguida, porque no había señal ni la había habido nunca. Ubaldo se sentó con la espalda contra la pata de la torre y cerró los ojos, no para dormir, sino para escuchar mejor lo que no pasaba.

    Fue un cambio de olor lo primero. Un olor a tierra removida, a lluvia que todavía no existe. Después la veleta crujió, una sola vez, como quien carraspea. La cola giró despacio, mucho, hasta quedar mirando al sur, y la rueda, sin apuro, empezó a moverse.

    Primero fue un cuarto de vuelta. Después media. El piñón mordió con un clac que Ubaldo conocía desde antes de saber leer, y la varilla subió y bajó, subió y bajó, tosiendo en el caño. No salió nada. Una vez, dos, diez. Rocío se puso de pie.

    —No sale agua.

    —Esperá. Hay que cebarla.

    El golpe se hizo más largo, más hondo. Algo gorgoteó abajo, en la tierra, una profundidad que llevaba once años quieta. Y entonces, del caño de descarga, cayó un chorro marrón, espeso, que salpicó el fondo del tanque y se fue aclarando de a poco: marrón, amarillo, transparente.

    Rocío se rio, y lo hizo como se ríe cuando no se espera. Ubaldo se quedó mirando cómo el agua empezaba a cubrir el zinc, una lámina finita, brillante, con el cielo adentro.

    —Está andando —dijo ella.

    —Está andando.

    —Podemos decirle a la señora que…

    —No hay nada que decirle, nena. Yo pedí un domingo, y es domingo.

    Se quedaron hasta que el agua les llegó al primer remache. Antes de irse, Ubaldo trabó la rueda con el freno, como se hace, y dejó en el piso, junto a la pata de la torre, la lata de grasa con la tapa bien cerrada, por si venía alguien. Subió a la camioneta. Antes de arrancar, bajó el vidrio y miró para atrás.

    La rueda, ya trabada, todavía seguía girando un poco, por inercia, y el último clac llegó hasta la ruta como una puerta que alguien cierra con cuidado.

  • La butaca catorce

    A las cinco y diez del primer domingo de febrero, Dora Quiroga empujó el carrito de la municipalidad por el costado de la plaza Próspero Molina y se detuvo frente a las butacas del campo central. Había siete mil ochocientas. Las había contado una vez, de joven, para hacerse la graciosa con un cuñado, y se había perdido en la fila veinte.

    La novena luna se había apagado hacía tres horas. Quedaba el olor: empanadas frías, cerveza vieja en vasos de plástico, el polvo dulce que levanta una multitud cuando se va. En el piso había de todo. Pañuelos, un mate con la bombilla clavada, una sandalia, programas hechos un bollo, cáscaras de maní que crujían bajo la goma de las ruedas.

    —Dora, tenés hasta las siete —le gritó Benítez desde la camioneta, con la ventanilla baja y el termo entre las piernas—. A las siete entra el camión de las vallas y no quiero líos con el jefe.

    —Con las siete me alcanza.

    Veintidós años barriendo esa plaza. Conocía sus cosas mejor que su propia cocina: la baldosa floja cerca de la fuente, el tilo que le tiraba hojas a la feria, el rincón donde los chicos se escondían a besarse. Pero nunca, ni una sola noche, se había sentado en una butaca con el escenario encendido. Las noches de luna ella trabajaba afuera, en los baños, en los contenedores, en la vereda donde los puesteros dejaban las cajas. El festival le llegaba como le llega el mar a la gente que vive en la sierra: por el ruido y por el olor.

    Omar sí se había sentado. Omar, que tocaba el bombo en un conjunto de Santa María que nunca llegó al escenario Atahualpa Yupanqui, y que todos los eneros sacaba entrada para la luna que fuera, la más barata, y volvía a la casa con la cabeza llena de zambas. Se había ido hacía cuatro años, en agosto, sin ver a nadie del conjunto cantar en la plaza. Ella no había vuelto a comprar una entrada. Le parecía una traición ir sin él, y otra traición no ir.

    Empezó por la fila uno. Con la pala larga juntó los papeles, con la mano libre levantó lo que valía la pena: dos pañuelos, un abanico, un par de anteojos. Todo al cajón de objetos perdidos que llevaba atado al carrito. Cada tanto levantaba la vista. Arriba, los técnicos desarmaban reflectores y alguien probaba un micrófono con un soplido seco, un, dos, un, dos, que rebotaba contra los cerros todavía negros.

    En la fila catorce, debajo de la butaca del medio, había un sombrero. No un sombrero cualquiera: un panamá viejo, con la cinta gastada y adentro, escrito con birome sobre el forro, un nombre y un teléfono con característica de Santa María de Punilla.

    Dora lo dio vuelta dos veces. Se le hizo un nudo ahí, entre el pecho y la garganta, porque conocía ese apellido. Era el del flaco que tocaba la guitarra en el conjunto de Omar. Quince años sin verlo, y ahí estaba su sombrero, abandonado en la fila catorce de la novena luna como si lo hubiera dejado a propósito para ella.

    Sacó el celular del bolsillo del delantal. Marcó despacio, con el pulgar gordo y tieso de frío.

    —¿Hola? —contestó una voz ronca, de recién despertado—. ¿Quién es a esta hora?

    —Soy Dora, la mujer de Omar Ferreyra. Del bombo. Encontré un sombrero suyo en la plaza.

    Hubo un silencio largo. Después una risa corta, y otra, y por fin un hombre que no podía hablar de la risa o de otra cosa.

    —No me digas. Lo busqué toda la madrugada. Estuve anoche en el campo, con mis nietos, Dora. Es la primera vez que me siento ahí. Nos tocó la fila catorce. Yo les dije: acá se sentaba Omar cuando se le daba por venir temprano, para ver el escenario vacío.

    —¿Eso hacía?

    —Siempre. Se sentaba una hora antes, solo, y me decía que había que mirarlo sin gente para entender de qué tamaño es. —Tosió—. Te lo paso a buscar a la mañana. Guardámelo bien.

    Cortó. Dora se quedó con el sombrero en las manos y el celular tibio contra la palma. Miró la butaca del medio de la fila catorce. Era azul, de plástico, con el respaldo marcado por siete mil ochocientas noches de espaldas. La limpió con el repasador. Después, sin pensarlo mucho, se sentó.

    Era más baja de lo que parecía desde el pasillo. Las rodillas le quedaron contra la butaca de adelante. Desde ahí el escenario ocupaba el mundo entero: cincuenta metros de boca, el telón de fondo desarmado, los cables colgando como lianas, las luces de trabajo prendidas de a pares. Un muchacho de remera negra empujaba algo en el centro, y de pronto el plató empezó a girar. Medio giro, lento, ciento ochenta grados, con un ronroneo de motor viejo, y las sillas vacías de la última banda quedaron mirando hacia el fondo, como si el escenario se hubiera dado vuelta para dormir.

    —Siete menos veinte, Dora —avisó Benítez, bajito, sin bajarse de la camioneta.

    —Ya voy.

    No fue enseguida. Se quedó hasta que el cielo sobre el cerro Pan de Azúcar pasó del negro al gris, y del gris a un celeste lavado, y las luces de trabajo se volvieron pálidas contra la mañana. Tarareó una zamba que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Con el sombrero sobre las rodillas, en la fila catorce, mirando la plaza más grande del país sin nadie adentro.

    Después se paró, se acomodó el delantal, tomó la pala larga y siguió con la fila quince. Atrás, en la butaca del medio, quedó la marca tibia de su cuerpo, que el aire de la sierra se llevó despacio.

  • El último turno de agua

    A las tres y cuarto de la madrugada, Facundo Zalazar ya estaba parado frente a la compuerta con la linterna entre los dientes. Hacía treinta y seis años que abría y cerraba tomas en Lunlunta, y esa noche abría la última. El viernes se jubilaba. El lunes la Inspección de Cauce iba a mandar a un pibe con un mapa en el celular, y el pibe iba a saber en qué hijuela estaba el agua sin pisar el barro.

    Facundo no necesitaba mapa. Sabía de memoria qué finca regaba cada turno, qué regante dormía con el reloj puesto y cuál se quedaba en la vereda esperando con la pala al hombro. Esa noche tenía en el bolsillo de la campera una sola boleta sin repartir, doblada en cuatro. La había hecho él mismo, a lapicera, para una finca que ya no regaba nadie.

    Era la de su padre, Ramón. Cinco hectáreas de parral viejo que se vendieron hacía dos años a una empresa que iba a lotear. Las vides las arrancaron en marzo. Quedó en pie una sola higuera, en el fondo, junto al tapial, porque Ramón la había plantado el día que nació Facundo y porque el capataz de la topadora, que era de Rivadavia, dijo que a él no le daba el estómago para tirar un árbol así.

    El derecho de agua seguía vigente hasta fin de mes. Facundo lo había mirado en los papeles dos veces. Nadie le había pedido ese turno. Nadie lo iba a controlar. Pero la higuera llevaba dos veranos sin una gota, y las hojas, a la luz de la linterna, se le veían grises, ásperas como lengua de gato.

    Giró la manivela de la compuerta. Costó. Los tornillos estaban duros de óxido y el hierro olía a moneda mojada. Cuando por fin cedió, el agua del canal empezó a entrar en la hijuela con ese ruido que Facundo conocía mejor que la voz de su mujer: primero un carraspeo, después un arrastre largo, después casi nada, un deslizarse bajo la tierra.

    —¿Se puede saber qué hace, don?

    Se dio vuelta con el corazón en la boca. En la oscuridad había una bicicleta y un chico de unos doce años, con campera de Independiente Rivadavia y una linterna de frente que le enceguecía la cara.

    —Bajá eso, nene.

    —Perdón. —El chico apagó la luz—. Soy Lucho, el hijo de Marcela, la que alquila la casita de al lado. Vi la luz y pensé que era alguien robando las rejas.

    —Yo estoy dando agua.

    —¿A quién? Ahí no hay nada. Es todo pelado.

    —Hay una higuera.

    Lucho se quedó callado un momento, mirando para el fondo, donde la noche se espesaba.

    —Esa está muerta —dijo, sin maldad.

    —No está muerta. Está esperando.

    Caminaron juntos por la hijuela. Facundo adelante, con la pala. El chico atrás, empujando la bicicleta, porque no se animaba a dejarla sola. Donde antes había parral, ahora había una explanada de tierra removida con estacas de colores clavadas cada diez metros. Facundo no las miró. Fue siguiendo el cauce de memoria, porque el agua, aunque le hubieran cambiado el paisaje, todavía conocía el camino.

    Llegó hasta la antigua cabecera, donde el surco se abría en abanico. Con tres paladas encaminó el agua hacia la tapia. Se arrodilló, metió la mano en la corriente, la dejó que le corriera entre los dedos. Estaba helada, con ese gusto a piedra de montaña que traía el deshielo del río Mendoza.

    —Mi viejo me enseñó a hacer esto a los nueve años —dijo, sin mirar al chico—. Me decía que el agua no se manda, se acompaña.

    —¿Y usted por qué no se la dio antes?

    Facundo tardó en contestar.

    —Porque mientras estuvo seca, la higuera era de mi padre. Si la regaba, pasaba a ser mía. Y yo no quería quedarme con nada.

    El surco avanzó lento, mordiendo la tierra reseca. Se oía el agua tragada por el suelo, un chupeteo ávido, y de a ratos el chasquido de un terrón que se deshacía. Lucho, sin que nadie se lo pidiera, agarró un palo y empezó a abrir un camino más ancho para que el agua llegara pareja al pie del tronco.

    —Más a la izquierda —dijo Facundo.

    —¿Así?

    —Así.

    Trabajaron un rato largo sin hablar. Hacia las cinco empezó a clarear sobre la cordillera, una raya gris que después se volvió durazno. Los gallos de las fincas vecinas arrancaron uno por uno. El agua llegó por fin al pie de la higuera y se quedó un rato en círculo, como pensando, hasta que la tierra se la bebió toda.

    —¿Y ahora? —preguntó el chico.

    —Ahora se cierra. El turno son cuatro horas, pero con esto alcanza para que sepa que alguien vino.

    Volvieron a la compuerta. Facundo dio vuelta la manivela y el canal recuperó su silencio. Sacó del bolsillo la boleta doblada en cuatro, la alisó contra el muslo y se la dio a Lucho.

    —Guardala. Cuando vengan con las máquinas a cortar el árbol, si vienen, mostrales que tiene turno de agua hasta fin de mes.

    —¿Y si igual lo cortan?

    —Entonces vos vas a saber que hubo un tomero que no cerró la compuerta a tiempo.

    El chico se rio, se acomodó la linterna en la frente y se subió a la bicicleta. Antes de arrancar miró otra vez hacia el fondo de la finca, donde el sol recién nacido tocaba la copa de la higuera.

    Una hoja, nomás una, se había enderezado.

  • Cal de ostra

    A las cinco y cuarto de la mañana, Néstor Hahn ya tenía el balde en el piso y la mano adentro hasta la muñeca. La cal estaba bien: fina, tibia todavía de la noche en la casilla, con ese olor a piedra mojada que a él le recordaba la cocina de su madre. La había molido el sábado en el fondo de su casa, en Astra, con un mazo y un tamiz de alambre. Y la piedra, la había traído de arriba del cerro, de donde la sacaba su padre.

    No era una piedra cualquiera. Era ostra fósil, de cuando todo esto fue mar. En 1917 la compañía petrolera la usaba para hacer cal y ladrillos, y Néstor había crecido entre paredes de ese material sin enterarse de que eran conchas.

    Esa tarde, a las cuatro, el club Astra jugaba el primer partido en la cancha nueva, la de al lado del Archivo Histórico, donde el club había vuelto a vivir en 2008 después de décadas sin camiseta. Ochenta pibes entre fútbol y básquet. Iban a venir los padres, la gente de la Biblioteca Popular, hasta un concejal. Y él, que había sido canchero toda la vida, quería marcar las líneas con la cal del cerro, como las marcó su padre en la cancha de la compañía.

    Lo demás lo hacía la empresa de pintura del municipio, con una máquina que dejaba una raya perfecta y sin gracia. Néstor había pedido una sola mañana.

    —Una mañana, nada más —le había dicho al presidente del club—. Después pintan lo que quieran.

    Cargó el carro, un cajón de chapa con una rueda de bicicleta que él mismo había soldado, y salió al campo. El cielo sobre el cerro Pan Dulce estaba del color de una ostra por dentro. No se movía una hoja. Los álamos del barrio, esos que plantaron hace cien años, estaban quietos como en una foto.

    Empezó por la línea de fondo. Caminaba despacio, sin mirar atrás, con la rueda cantando sobre la tierra y el pasto ralo. Detrás de él quedaba una raya blanca, gruesa, un poco irregular, viva.

    Iba por el área grande cuando llegó el viento.

    En Comodoro el viento no avisa. Primero fue un soplido que le movió la gorra, y de golpe el sur entero se vino encima, cargado de arena. La cal se levantó del suelo en una nube y se fue hacia el Chenque, rayas enteras convertidas en humo. Néstor se quedó parado, con las manos en los mangos del carro, mirando cómo se le deshacía la mañana.

    —¡Don Néstor!

    Yamila, la arquera de la sexta, cruzaba la cancha corriendo con una campera enorme que le llegaba a las rodillas. Tenía once años y los guantes ya puestos, a las seis de la mañana.

    —¿Qué hacés acá? —le gritó él, por encima del viento.

    —Mi viejo me dejó en la Biblioteca para la reunión de padres. ¡Se está yendo toda la cal!

    —Ya sé que se está yendo.

    Yamila miró la raya medio borrada, miró el balde, miró el cerro.

    —Mi abuela dice que acá la cal se pone mojada —dijo—. Que si no, el viento se la lleva.

    Néstor abrió la boca para decirle que su padre nunca había mojado nada. Y se acordó. Se acordó de un balde con una cuchara de lata, de su padre agachado detrás del carro, tirando agua a puñados sobre la raya todavía fresca, y de él, de chico, sosteniendo el balde de agua. Lo había olvidado. Se había quedado con el carro y con la cal, y se le había borrado la mitad del trabajo.

    —Andá a buscar baldes —dijo.

    Yamila volvió a los diez minutos con tres, y detrás de ella, sin que nadie los hubiera llamado, vinieron la bibliotecaria con un termo, el kiosquero de la esquina de la estación, dos madres de la reunión y un señor de campera de la petrolera que dijo que había jugado de marcador en el club cuando todavía había club.

    Nadie preguntó nada. Néstor volvió al fondo y empezó otra vez, y esta vez no caminó solo. Detrás del carro iban los otros, agachados, tirando agua con las manos, con jarros, con una taza de plástico que alguien sacó del termo. La cal oscurecía al mojarse y después, a medida que el sol la secaba, volvía al blanco y se quedaba. El viento tiraba arena, tiraba pelo, tiraba gorras, pero la raya ya no se movía.

    Marcaron el área. Marcaron el círculo del medio, que Néstor dibujó con un cordel y un clavo, como siempre. Marcaron las bandas con la rueda de bicicleta temblando contra las piedritas. A las nueve y media el campo parecía un cuaderno nuevo, con las líneas un poquito torcidas y mucho más vivas que las de cualquier máquina.

    Yamila se paró en el área chica, sobre la raya, con los guantes puestos.

    —¿Puedo?

    —Es tu cancha —dijo Néstor.

    Ella se agachó, tocó la cal con un dedo y se miró la yema blanca.

    —Huele a pared vieja.

    —Huele a mar —dijo él—. Pero de hace mucho.

    A las cuatro de la tarde el viento seguía soplando. Vinieron los padres, vino el concejal con el pelo parado, y cuando el árbitro puso la pelota en el punto del medio, el primer pase le salió corto a un pibe de la sexta y la pelota rodó hacia la banda. Pasó rozando la línea de cal, levantó un hilito de polvo blanco y se detuvo adentro, justo en el borde, donde nadie se la iba a reclamar.

    Néstor, parado detrás del arco con el carro vacío, la vio quedar ahí. Se sacó la gorra y la apretó contra el pecho, y por primera vez en cincuenta años no se preocupó por la raya.

  • Plomo caliente

    A las diez y veinte del sábado, Clelia Mazzocchi ya estaba parada en la vereda de Sarmiento al 700, con la cartera agarrada con las dos manos, esperando que abrieran el museo. Había salido de Echesortu a las nueve y media, con el colectivo lleno de gente que iba al centro a hacer trámites, y en todo el viaje no había soltado el papelito donde la nieta le había anotado el horario de la visita: diez y media y doce.

    Tenía setenta y ocho años y hacía treinta y cuatro que no entraba a ese edificio. Había sido linotipista en el taller desde 1971 hasta que llegó el frío, como decían ellos: la impresión en frío, las computadoras, el plomo guardado en cajones. Después la mandaron a corregir pruebas, y después se jubiló, y después la vida se llenó de otras cosas.

    La puerta se abrió a las diez y media en punto. Adentro olía a papel viejo y a aceite de máquina, y por debajo, tan leve que habría jurado que lo imaginaba, a metal tibio.

    —¿Viene sola, señora? —le preguntó el muchacho de la entrada. Tenía una remera con el nombre del museo y una credencial que le colgaba torcida.

    —Vengo a ver las linotipias. Trabajé en ellas.

    —Ah, mirá vos. Entonces la guía soy yo, pero usted me va a tener que corregir.

    Se llamaba Joaquín y hacía la visita de memoria, con las frases en su lugar: la prensa manual del primer ejemplar de 1867, la rotativa de 1937 con sus seis cuerpos de veinticinco toneladas, la mesa de armado con las columnas de plomo y los clisés. Clelia asentía y no escuchaba. Miraba el fondo de la sala, donde estaban las linotipias, alineadas contra la pared como un coro viejo.

    —Esas no andan —dijo Joaquín cuando la vio ir hacia allá—. Están para mirar. No hay metal en la olla, ni gas, ni nada.

    —Ya sé que no andan, querido. Solo quiero ver una cosa.

    Eran cuatro. Altas, negras, con el teclado de tres colores en el costado y el magazine de matrices inclinado arriba, como un peine gigante. Clelia pasó la mano por la primera sin tocarla del todo. Después por la segunda. La tercera tenía un cartelito de acrílico que explicaba el principio de la fundición en una línea de texto. La cuarta, la última, la que quedaba contra la ventana, tenía el asiento de madera con el barniz comido en el borde izquierdo.

    Se agachó, con un crujido de rodillas que le dio un poco de vergüenza, y miró debajo del teclado, en el travesaño de hierro donde se apoyaban los pies.

    —¿Se le cayó algo? —dijo Joaquín.

    —Cuando empecé, en el setenta y uno, había un compañero, don Zaccagnini, que me enseñó que cada linotipista le dejaba algo a su máquina. Nada que se viera. Una marca donde solo vos supieras. Decía que así la máquina sabía quién era el que le pegaba.

    —¿Y usted dejó una?

    —Yo dejé una —dijo Clelia—. Con la punta de una matriz rota. Si es esta la máquina. Hace tanto, que ya no sé si es esta.

    Joaquín se quedó callado un momento. Después sacó el celular del bolsillo, le prendió la linterna y se la alcanzó. Se agachó a su lado, con la credencial colgando.

    La luz recorrió el hierro. Había óxido, polvo de museo, una raya vieja de algún destornillador. Clelia fue moviendo la mano despacio, de izquierda a derecha, igual que cuando revisaba una galera buscando la errata que siempre estaba en el titular. Nada. Nada. El hierro seguía hacia la derecha, y la visita de las doce ya estaba juntando gente en la entrada.

    —No es esta —dijo al fin, y se enderezó con una mano en la espalda—. Será otra. O la sacaron. O me equivoqué, y no hay nada y nunca hubo.

    —Puede ser cualquiera de las cuatro —dijo Joaquín—. Tenían veintiséis. Lo leí. Estas son las que quedaron.

    —Veintiséis. Sí. Y yo nunca tuve máquina fija, ¿sabés? Rotábamos por turno. Hoy la cuatro, mañana la once.

    Se sentó en el banquito de madera, el de la última máquina, que no estaba para sentarse, pero Joaquín no dijo nada. Puso las manos sobre las rodillas. Los dedos, que ya no le obedecían para abrocharse un botón, se acomodaron solos sobre el aire, a la altura del teclado: el meñique en una tecla, el anular en otra, el pulgar suelto. Ochenta palabras por minuto, le habían medido en 1974. Cuarenta años después le temblaba la taza de té.

    —Deme una frase —dijo.

    —¿Cómo?

    —Una frase. Cualquiera. Para armarla en el aire. Total la máquina no anda.

    Joaquín pensó. Miró la ventana, la calle Sarmiento con su sábado, un chico que cruzaba corriendo.

    —«El diario más viejo del país», dijo. Es lo que repetimos todo el día.

    Clelia cerró los ojos. Los dedos bajaron, uno, otro, otro, sobre un teclado que no estaba tocando. Los labios se le movían con cada letra, y en el aire de la sala, que olía a máquina quieta, hubo por un rato el ruido de algo que no sonaba: el chasquido de las matrices cayendo en fila, el zumbido del brazo que las lleva, el golpe seco de la línea al fundirse. Cuando terminó la última palabra, bajó la palanca imaginaria con la mano izquierda.

    —Ahí cae —murmuró.

    Joaquín, que no había dicho nada en todo ese tiempo, se agachó de golpe y volvió a apuntar con la linterna, pero esta vez no al travesaño de hierro. Al borde del asiento de madera, ahí, en la parte de abajo, donde la mano de una linotipista se apoya sin pensar cuando se levanta cansada.

    Había una rayita fina, hecha con algo duro, y al lado dos letras casi borradas por cuarenta años de pantalones. C. M.

    Clelia no dijo nada. Se agachó otra vez, más despacio todavía, y apoyó el pulgar sobre las letras. Estaban frías, y por debajo, apenas, a la altura de la yema, le pareció que todavía había calor.

    —Es esta —dijo Joaquín.

    —Es esta —dijo ella.

    Afuera, en la vereda, ya estaban entrando los de las doce. Clelia se quedó un rato más sentada en la máquina cuatro, con el pulgar sobre sus iniciales, mientras el muchacho se iba a recibir a la gente con la frase de siempre, y esta vez con la voz un poquito más baja: que en ese lugar, antes de ser museo, hubo gente que armaba el diario letra por letra, con plomo caliente, y que una de ellas había vuelto.