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  • El tablón de Amalia

    A las diez y cuarto de la mañana, Amalia Ferrero pagó el boleto en la boletería de Carabobo con un billete que le temblaba un poco en la mano. Era la primera vez en treinta y un años que subía al subte A sin llevar una caja de herramientas.

    —¿Hasta dónde va, señora? —le preguntó el boletero, sin levantar la vista.

    —Hasta Plaza de Mayo. Y después vuelvo.

    —Hoy es el último día de los de madera. Va a estar lleno.

    —Ya sé —dijo ella—. Por eso vine temprano.

    Era un viernes de enero de 2013, y el andén olía a lo que olía siempre: a aceite quemado, a polvo de freno, a humedad de túnel. Pero ese día también olía a gente. Había fotógrafos con trípodes, chicos de colegio con la cámara del celular en alto, un hombre de bufanda que repetía «cien años, cien años» como si fuera un rezo. Amalia se quedó pegada a la pared de azulejos, con la cartera apretada contra el pecho, esperando.

    Había entrado al taller Polvorín, en Caballito, en 1982, con veintitrés años, cuando todavía la miraban raro por ser la única mujer entre los carpinteros. Don Benigno, el capataz, le había puesto un cepillo en la mano el primer día y le había dicho: «Acá la madera no sabe quién la toca. Tratala bien y listo». Treinta años de eso. Treinta años de reponer tablillas, de lijar pasamanos que habían sostenido a millones de manos, de calzar bisagras de puertas que se cerraban a mano, de cambiar espejos con el borde biselado que nadie sabía ya dónde mandar a hacer. Se había jubilado en noviembre. Nadie le había avisado que el día de la despedida de los coches caía en enero.

    El tren entró con su chirrido largo. Dos faroles, la carrocería marrón con las ventanillas de bordes redondos, el cartel de «Plaza de Mayo» en el frente. Amalia dejó pasar a la gente que empujaba y subió última, con la mano en el marco de la puerta, que sintió tibio y barnizado, como una cosa viva.

    Adentro no había lugar. Se agarró de una manija de cuero y miró el techo, las lámparas con pantalla de vidrio esmerilado, la hilera de bancos a los costados, ese listón de madera clara que ella había cepillado, uno por uno, durante tres décadas. Pensó que todo ese tren era su letra.

    En Río de Janeiro se bajaron algunos y se abrió un hueco. Ella no se sentó. Buscaba un coche en particular, el número que tenía anotado en una libretita, y creía que era este, y ahora no estaba segura. Pasó de un lado al otro del vagón mirando las cabeceras de los bancos, hasta que en Castro Barros, mientras el tren se sacudía en la curva, vio un asiento libre contra la ventanilla del fondo. Un nene de unos ocho años lo estaba por ocupar.

    —Disculpame —dijo Amalia, y se sorprendió de la voz que le salió—. ¿Me dejás ese lugar un ratito? Después te lo devuelvo.

    El chico miró a la madre. La madre, una mujer con una mochila de nena colgada del hombro, sonrió.

    —Dejale, Tomás. La señora tiene derecho. Parece que lo conoce bien.

    —Lo conozco —dijo Amalia, y se sentó.

    El asiento le devolvió su peso con un crujido corto. Lo había tapizado en 1989, cuando una inundación en Primera Junta les había arruinado la mitad de los asientos de ese coche y hubo que rehacerlos con el último lote de lenga que quedaba en el depósito. Don Benigno le había dicho que escondiera una marca, como hacían los viejos, por si algún día alguien abría el banco y quería saber quién lo había hecho. Ella se había reído. Después, a las seis de la tarde, cuando todos se habían ido, se acostó en el piso del vagón con una linterna y le grabó con la punta de una gubia tres letras debajo del tablón: A. F. y un año.

    Nunca más lo volvió a ver. En treinta y cuatro años de talleres, nadie le había pedido que lo mirara.

    Pero ahora el tren cantaba bajo Rivadavia y el nene la observaba con la cabeza torcida, y Amalia se agachó, despacio, como quien levanta algo que se le cayó, y pasó los dedos por la parte baja del banco. Madera áspera, polvo, una astilla chica. Más allá, una línea hundida. Una A. Una efe. El resto del año estaba comido por el tiempo, o por el barniz de los años siguientes, pero las dos letras se sentían bajo el pulgar como dos arrugas.

    —¿Qué buscás? —le preguntó el nene.

    —Mi nombre —dijo ella—. Lo puse acá hace mucho.

    —¿Vos hiciste el tren?

    —Hice este banco.

    El nene se agachó a mirar. Con el dedito recorrió las letras y las leyó en voz alta, como se lee un cartel en la calle.

    —A, efe.

    La madre se rio, nerviosa, y se puso una mano en la boca. Alrededor, una señora de pelo corto y un hombre con la remera de un equipo de básquet se habían quedado mirando. Nadie dijo nada. El tren pasó Perú, pasó Piedras, y Amalia, que no tenía pensado llorar, sintió que la cara se le mojaba sola.

    En Plaza de Mayo, el guarda abrió las puertas a mano y gritó, como se había gritado durante cien años, «¡Plaza de Mayo, fin del recorrido!». Había una cola de gente esperando para subir a la vuelta. Amalia se levantó, le devolvió el asiento al nene, le apretó el hombro.

    —Cuando estés grande, acordate de que acá abajo hay un nombre —le dijo.

    —¿Y si lo llevan al museo?

    —Mejor. Así lo van a leer más.

    Bajó al andén con la cartera en el pecho. Atrás, el tren esperaba con las puertas abiertas, brillando de manos. Antes de subir la escalera se dio vuelta una vez más y vio, por la ventanilla del fondo, al nene sentado en su lugar, con la cara pegada al vidrio, tocando con un dedo el borde de abajo del banco.

  • La sortija de Casiano

    Casiano Peralta le pasó el trapo al último caballito, el overo que tenía la oreja pegada con cola vinílica, y se quedó mirándolo como si pudiera darle una opinión. Eran las cuatro de la tarde del 3 de noviembre y los jacarandás de la barranca ya habían empezado a soltar flores sobre el techo de chapa de la calesita. Cada tanto caía una con un golpecito seco. Él las contaba, por costumbre.

    Cuarenta y dos años hacía que giraba esa calesita en la esquina de Laurencena, a dos cuadras del Parque Urquiza, y mañana, que era su día, el de todos los calesiteros, iba a girar por última vez. Había vendido el motor a un coleccionista de Rosario. El hombre pasaba a buscarlo el viernes con una camioneta y una frazada para cada caballo.

    Lo único que no estaba en el trato era la pera.

    La pera era de madera de lapacho, del tamaño de un puño, colgada de un brazo de hierro que Casiano movía con la mano izquierda mientras la calesita daba vueltas. Ahí se ensartaban las sortijas. Sacar la sortija daba derecho a una vuelta gratis, y desde hacía cuarenta y dos años él elegía, con una trampita de la muñeca, a quién le tocaba. A los más chicos, que se estiraban sin llegar, les acercaba la pera un poquito. A los grandes, que se las daban de vivos, se la alejaba. Nunca se lo había contado a nadie. Ni a su mujer, que en paz descanse y que decía que la calesita se manejaba sola.

    —¿Hoy sí, don Casiano? —preguntó una voz.

    Era Lucía, la nena del departamento de la esquina, siete años, trenzas desparejas. Venía todos los jueves y todos los jueves se subía al mismo cebra pintado de rojo, el único que no era caballo. Y todos los jueves, vuelta tras vuelta, estiraba el brazo y no llegaba. Tenía el brazo un poco más corto que el otro, de nacimiento, y la madre, que la esperaba sentada en el cordón con un mate, nunca decía nada.

    —Hoy veremos —dijo Casiano.

    Puso la música. Era un casete gastado de valses que ya no sonaban a valses sino a una lata que tararea. Arrancó el motor y la plataforma empezó a moverse con ese crujido de madera vieja que él conocía mejor que su propia tos. Los chicos subieron: dos hermanitos, un nene con un yeso en el codo, una piba de once que fingía que iba por la más chica. Lucía se sentó en el cebra.

    Casiano levantó el brazo de hierro. En la primera vuelta acercó la pera todo lo que pudo, hasta casi rozarle los dedos a Lucía. Ella estiró, rozó, y la sortija se le escapó como un pez. La agarró el nene del yeso con la mano buena.

    —¡Tramposo! —gritó la piba de once, riéndose.

    —Tramposa es la que va por la más chica —contestó Casiano, y la piba se puso colorada.

    En la segunda vuelta pasó lo mismo. En la tercera, Lucía ni miró la pera. Tenía la vista clavada en el río, que entre dos edificios se veía marrón y ancho, con una isla verde al fondo. Casiano la miró mirar. Pensó en lo que le había dicho una vez el hijo, cuando se fue a vivir a Neuquén: “Papá, vos no giraste esa calesita, te quedaste quieto y el mundo te pasó por al lado”. Se lo dijo enojado. Casiano nunca contestó, pero lo había anotado.

    Frenó la plataforma sin avisar. Los chicos se quejaron. Él bajó del cuadrado de tablas donde manejaba, con las rodillas protestando, y fue hasta el cebra rojo con la pera en la mano.

    —Mirá, Lucía. Ahora te digo un secreto y vos no se lo contás a nadie.

    —¿Ni a mi mamá?

    —A tu mamá sí, porque ya se dio cuenta.

    Del otro lado de la calle, la madre levantó el mate como quien brinda.

    —Hace cuarenta y dos años que yo decido quién saca la sortija —dijo Casiano—. Les doy a los que me caen bien, a los que se portan mal, a los que lloraron ese día. Una vez se la di a un intendente, aunque eso no se lo cuentes a nadie tampoco. Pero a vos nunca te la di. Porque pensé que si te la regalaba, te ibas a enterar de que te la regalaba.

    Lucía lo miró con una seriedad de abogada.

    —O sea que yo nunca tuve chance.

    —Tuviste la mejor. Te hice llegar casi siempre y fallaste igual. Eso es otra cosa.

    —¿Qué cosa?

    Casiano no supo contestar. Se acordó del casete, de la oreja pegada del overo, de la camioneta del viernes. Se sacó la gorra y se rascó la cabeza.

    —No sé. Pero hoy no te la voy a regalar ni te la voy a alejar. Hoy la pera va a estar donde tiene que estar, y el que llegue, llegó.

    Volvió a su cuadrado, puso en marcha la calesita y, cuando pasó el cebra, extendió el brazo de hierro a la altura exacta y justa, la que corresponde a una nena de siete años con el brazo derecho en su largo. Ni un centímetro más. Los dedos de Casiano temblaban sobre la palanca. Cayó otra flor de jacarandá y él no la contó.

    Lucía se paró sobre el estribo del cebra, se agarró del caño con la mano corta y estiró la otra, la larga, como no había estirado nunca. Los chicos dejaron de gritar. El casete hizo un chirrido. La mano pasó, tanteó, se cerró.

    La sortija salió de la pera con un sonido finito, de campanita de alacena.

    Lucía la sostuvo en alto, sin decir una palabra, mirando a su madre, que ya se había parado en la calle con el mate colgando. Después se la mostró a Casiano. Él asintió, serio, como se asiente ante una firma.

    —Una vuelta gratis —dijo.

    —Ya sé —dijo Lucía—. Pero esa me la guardo para mañana.

    Casiano sintió que algo se le aflojaba detrás del esternón, algo que llevaba cuatro décadas atornillado. Dejó girar la calesita las vueltas que quedaban, y nadie le pidió que parara.

    Al caer la tarde, cuando se fueron todos y el cielo sobre la barranca se puso del color de las flores, él se quedó solo con la pera en la mano. La limpió con el trapo, despacio, y la guardó en el bolsillo de la campera. El coleccionista de Rosario se iba a llevar los caballos, el motor, hasta el casete si se lo pedía. La pera, no.

    Mañana, en su día, iba a ir temprano. Le había prometido una vuelta a una nena.

  • El sillón del último muelle

    El sillón no entraba por la puerta de la boletería, así que Hipólito Benítez lo pasó por la ventanilla de al lado, de costado, con el respaldo para arriba, mientras el hombre de la ventana decía que en veinte años de Estación Fluvial nunca había visto un mueble con boleto.

    —Es una carga de techo —dijo Hipólito—. Voy a pagar la propina.

    —Hoy no sé si salen todas, don. Dicen que viene sudestada.

    —La de las tres y media sale.

    Salió. Era una lancha colectivo de las viejas, con el escape pintado en la punta del techo, y el patrón le preguntó el muelle de bajada antes de aflojar la soga. Hipólito dijo el nombre de un arroyo y el patrón lo miró un segundo de más, pero no preguntó nada. El marinero subió el sillón al techo entre dos garrafas y un bolsón de pan, lo ató con una piola de mano y recibió dos billetes doblados. Abajo, los pasajeros se acomodaron como se acomodan los que ya conocen el camino: las bolsas de supermercado entre los pies, las cabezas contra el vidrio.

    El sillón era de mimbre claro, pelado a mano, con los brazos curvos y la base armada en cruz. Hipólito lo había tejido en cuarenta días en el fondo de su casa, en una pieza que olía a humedad y a vapor, porque el mimbre se remoja la noche entera antes de trabajarlo. Había hecho cientos de sillones en su vida, pero ninguno con tanto cuidado en el asiento. Lo había hecho un poco más ancho que lo normal. Pensando en una persona sola, pero que ocupa lugar.

    La lancha dejó el río Tigre, tomó el Luján y después se metió por el Caraguatá, donde el agua cambia de color y pasa de marrón a té con leche. Las casas de las islas se asomaban en palafito, cada una con su muelle y su cartel de madera: una panadería que era una mesa con un mantel, una escuela con la bandera atada a un poste. En un muelle, un chico esperaba con el brazo extendido, como en cualquier esquina, y la lancha le arrimó el costado sin pararse del todo. Hipólito sintió en la boca el gusto del barro y del gasoil, y pensó que era el mismo gusto de cuando tenía doce años.

    Por la ventanilla vio que el cielo se había puesto bajo y violeta del lado del Río de la Plata. Los isleños sabían qué quería decir eso. Una señora de campera amarilla miró hacia afuera y dijo, sin dirigirse a nadie:

    —Esta noche el agua va a pasar los tablones.

    El patrón subió el volumen de la radio, bajó el de la conversación, y aceleró.

    Hipólito se acordaba de la quinta de su padre, de los sauces que se cortaban en invierno para que rebrotaran en varas largas, de la discusión de 2004 con su hermana Dominga por la casa y el terreno y quién se había quedado cuidando a quién. Él se fue a Tigre, a vivir de los muebles. Ella se quedó en la isla. Veinte años de nada, salvo una tarjeta de saludos cada diciembre que nadie contestaba. Hasta que un vecino, de casualidad, le había dicho en el puerto: “Tu hermana cumple ochenta el sábado”. Y después, bajando la voz: “Ya casi no se levanta de la silla de plástico”.

    Eso había sido hacía cuarenta días.

    —Su muelle, don —dijo el marinero, y lo señaló con el mentón.

    Era un muelle angosto, de tablas grises, con el agua ya lamiendo el último escalón. Al final, en una silla de plástico blanco con una pata hundida en una tabla floja, había una mujer menuda con un pañuelo atado a la nuca. Tenía el brazo derecho extendido, como se espera una lancha en cualquier parada.

    El marinero bajó el sillón con una mano y lo apoyó en el muelle. Hipólito saltó detrás, con las rodillas que le crujían, y la lancha se despegó sin esperar. Le quedó en los oídos el motor alejándose, y después nada, salvo el agua golpeando los pilotes.

    Dominga no bajó el brazo enseguida. Lo dejó en el aire un rato, como si no supiera cómo se hacía para dejarlo caer.

    —Llegás justo —dijo—. Se viene el agua.

    —Ya vi.

    —¿Eso qué es?

    —Un sillón.

    —Ya veo que es un sillón. Ancho, ¿no? —Dominga lo miró de arriba abajo, como se mira a un animal que uno no pidió—. Yo no pesaba tanto.

    —No es solo para vos.

    Ella no contestó. Se levantó de la silla de plástico con las dos manos en los apoyabrazos, despacio, y se pasó al sillón con un cuidado de ceremonia. El mimbre crujió una vez, un crujido corto y seco de madera que acepta. Dominga apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.

    —Huele a casa —dijo.

    —Es el sauce. Lo corté en el fondo de la quinta de los Aguirre, donde estaba el nuestro.

    El viento cambió de golpe y trajo la primera lluvia fina, de costado. En el arroyo, el agua subió un dedo y cubrió el escalón. Hipólito se quedó parado, con el sombrero en la mano, sin saber a dónde ir. Dominga abrió un ojo, vio la silla de plástico, la empujó con el pie hasta el borde del muelle y la dejó caer al agua. Flotó, giró y se fue arroyo abajo, blanca contra el marrón.

    —Sentate —dijo.

    —No hay lugar.

    —Lo hiciste ancho a propósito, no te hagas el zonzo.

    Hipólito se sentó en el borde del asiento, con medio cuerpo afuera y la espalda contra el brazo del sillón. Dominga le acomodó el codo sin mirarlo. El agua pasó los tablones esa noche, como habían dicho, pero a la hora en que subió hasta el sillón, los dos ya estaban adentro de la casa, y el mimbre quedó un rato flotando en la galería, liviano, con el respaldo hacia el río.

  • Parejo

    Rodolfo Ávila terminó de armar la urdimbre con la linterna del celular sujeta entre el hombro y la oreja. Eran las cinco y media de una madrugada de principios de julio, en Londres, y el patio de adobe tenía una capa de escarcha que crujía bajo las ojotas. Faltaban doce días para la Fiesta del Poncho. Faltaban, para ser exactos, tres metros de tejido y un par de manos.

    Un poncho de Belén se teje de una sola pieza, sin costuras, entre dos personas: una pasa la trama de su lado y la otra la recibe del suyo. Su madre lo decía tantas veces que a Rodolfo le sonaba a refrán. Durante veintidós años, el otro lado del telar había sido de su hermano Evaristo.

    Ahora ahí había un banquito con una frazada doblada. Rodolfo la acomodaba todas las mañanas, por si.

    La lana era de las ovejas de los dos, hilada en el invierno anterior, cuando todavía se hablaban a medias. La había teñido él solo: hoja de nogal para el dorado que tira a beige, jarilla para los ocres, cochinilla para el rojo que parecía recién cortado, cáscara de cebolla para el naranja. Había colgado las madejas en la soga del fondo y las había mirado secarse como quien mira dormir a un hijo.

    Probó solo. Pasaba la lanzadera de un lado, rodeaba el telar, la recibía, la devolvía, rodeaba de nuevo. Cada pasada le costaba un minuto y las rodillas. Calculó, con un lápiz sobre la mesa de la cocina, que a ese paso la Fiesta lo encontraría con medio poncho y una espalda de ochenta años.

    Al tercer día le pidió ayuda al hijo de la vecina, un pibe de catorce que tejía fajas con la abuela. El chico tenía buena mano, pero no tenía los treinta años de costumbre en el codo. A la hora, la trama hacía bolsas. Rodolfo desarmó dos pasadas en silencio y le dio las gracias con un alfajor.

    —Llamalo —dijo la tía Chela, que vino a mirar el telar con las manos en los bolsillos del delantal.

    —No me habla.

    —Vos tampoco.

    —Hizo la tapia, tía.

    —La hicieron los dos. Vos pusiste los adobes que le faltaban, ¿o me lo cuento yo sola?

    Rodolfo no contestó. Del otro lado de esa tapia, que partía en dos la quinta de nogales que dejó el padre, se oía todas las mañanas el golpe de la pava sobre la hornalla y el carraspeo de Evaristo. Tres años de pavas y carraspeos. Habían discutido por un riego, después por un tronco, y al final por quién había querido más al viejo. Eso último fue lo que armó la tapia.

    Esa noche no durmió. Se levantó a las cuatro, encendió la estufa a leña y se sentó frente al telar con el peine en la mano. Era el peine de caña de su padre, el que tenía los dientes amarillos de tanto tiempo. Su padre, para llamarlos a los dos a la hora del trabajo, no gritaba: golpeaba el peine tres veces contra el armazón del telar. Tac, tac, tac. Se oía hasta la acequia.

    Rodolfo no se acordaba de haberlo decidido. Levantó el peine y golpeó. Tres veces. El sonido salió por la puerta, cruzó el patio, rebotó en la tapia y se perdió entre los nogales sin hojas.

    No pasó nada. Se oyó un perro lejos y el agua de la acequia. Rodolfo esperó hasta que se le enfriaron los dedos. Después se levantó, tapó la urdimbre con un lienzo y fue a calentar el agua para el mate, avergonzado de sí mismo.

    Cuando volvió con la pava, el portón de la tapia, el que nadie había vuelto a abrir, estaba entornado. Una línea de luz amarilla entraba por la rendija. Evaristo estaba parado en el patio con un poncho viejo por los hombros y las manos hundidas en los bolsillos, mirando el telar como si fuera un animal que no reconocía.

    —Estás con la urdimbre floja —dijo.

    —Tiene el tenso de mamá.

    —Mamá tenía los brazos más fuertes que vos.

    Rodolfo apretó la pava. Quiso decir una cosa y le salió otra:

    —El banquito es tuyo.

    Evaristo miró la frazada doblada. Tardó en moverse. Después fue hasta el banco, se sentó con un crujido de rodillas, extendió la mano abierta y esperó.

    Rodolfo le puso la lanzadera en la palma. Estaba tibia de haber estado en su mano.

    Trabajaron sin hablar hasta que aclaró. La trama iba y venía entre los dos, el golpe seco del peine, el roce de los hilos tensos, la respiración. A las siete, Evaristo comentó que el rojo de la cochinilla había quedado más oscuro de lo que él lo habría hecho. A las siete y diez, Rodolfo contestó que si quería otro rojo, que criara sus propias cochinillas. A las ocho entró la tía Chela con una jarra de mate cocido y un pan casero y los miró, a uno y a otro, y se volvió a la cocina sin decir una palabra, secándose los ojos con el delantal.

    Les llevó once días. Pasaron la última trama el sábado, al atardecer, cuando el sol bajaba por la quebrada y el patio se llenó de ese color que el nogal sabe dar a las cosas. Rodolfo cortó los hilos, levantó el tejido del telar con las dos manos y lo extendió contra la luz. Era una sola pieza, de punta a punta, con la franja dorada cruzándola justo por el medio. No se veía dónde había pasado una mano y dónde la otra.

    Evaristo se acercó y pasó el pulgar por la franja, despacio, buscando el punto donde había aflojado el tejido el primer día. No lo encontró.

    —Parejo —dijo.

    —Parejo —dijo Rodolfo.

    Esa noche, al otro lado de la tapia, la pava no sonó. Sonó en la cocina de Rodolfo, a las seis de la mañana, por primera vez en tres años, con dos tazas esperando en la mesa.

  • La voz prestada

    A las seis y diez de la mañana, en el galpón de la Estación del Fin del Mundo, la presión de la Camila no subía. Walter Ñancufil le dio dos golpecitos con el nudillo al vidrio del manómetro y la aguja se quedó donde estaba, tibia, como un perro que no quiere levantarse.

    —Hace una hora que está igual —dijo Brenda, la fogonera nueva, con las manos negras hasta las muñecas—. Le puse todo lo que sé.

    —Todo lo que sabés es de ayer —dijo Walter, sin mala intención—. Dale un rato.

    Afuera nevaba fino, una nieve de octubre que no cuaja y moja igual. A lo lejos, detrás del tinglado, el cerro tenía la cumbre tapada. Walter se sentó en el banco de madera donde se había sentado treinta años de mañanas, con el termo entre las rodillas, y miró la locomotora: chiquita, de trocha angosta, con la chimenea alta como un sombrero prestado. Ese día era su último turno como guarda.

    En 1994 había sido el primero en subirse al tren cuando lo reabrieron. Tenía treinta y un años, un uniforme que le quedaba grande y un papel con los nombres de las paradas escrito a mano por el jefe de estación. Nunca más necesitó el papel. Lo guardó en la billetera, doblado en cuatro, y ahí seguía.

    Su único deseo para el último día era chico y concreto: hacer el recorrido completo, como el primer día, anunciando él mismo cada parada en voz alta, sin audioguía, sin micrófono, con la voz de adentro del vagón. Los turistas hoy escuchan el relato en siete idiomas por auriculares. Walter quería, por una vez, que escucharan a alguien que hablaba en el mismo aire que ellos.

    A las siete menos veinte, la aguja se movió. Brenda pegó un grito corto y cerró la boca enseguida, como si hubiera hablado en una iglesia.

    —Ahí viene —dijo Walter—. El vapor se apura cuando uno deja de apurarlo.

    La primera salida del día se retrasó veinte minutos. Los pasajeros subieron con las capuchas mojadas y se acomodaron junto a las ventanas grandes, esas que a Walter siempre le habían parecido una exageración hermosa. Una familia de Córdoba, dos chicas coreanas, un hombre solo con una cámara pesada. Un nene de unos nueve años se sentó adelante, con los pies colgando.

    Cuando el tren arrancó, con ese tirón lento que le sacude el estómago a cualquiera, Walter se paró en la plataforma del coche, se aclaró la garganta y abrió la boca.

    No le salió nada. Un hilito de aire. El frío de la mañana, o los años, o la emoción, le habían dejado la voz en el galpón.

    Lo intentó otra vez. Ronco, se le quebró en la primera sílaba. Adentro, los pasajeros se pusieron los auriculares, uno por uno, y la voz grabada empezó a hablar de presos y de leña en un castellano perfecto y sin resfrío. Walter se quedó mirando el río Pipo, que zigzagueaba abajo, color té, hinchado por el deshielo.

    —¿Y usted no dice nada? —preguntó el nene, que se había dado vuelta y no tenía auriculares puestos. Se le habían caído al piso.

    —Se me fue la voz —susurró Walter.

    —Yo la tengo —dijo el nene, con la seriedad de quien ofrece un lápiz prestado—. ¿Qué hay que decir?

    Walter se rió, y la risa sí le salió. Sacó la billetera, desdobló el papel amarillo y se lo pasó. El nene leyó con la lengua entre los dientes.

    —”Puente Quemado” —leyó, fuerte, y varias cabezas se dieron vuelta—. “Aquí los presos cruzaban con los troncos al hombro”. —Hizo una pausa, miró a Walter, y agregó por su cuenta—: Y hacía mucho frío.

    —Eso no está en el papel —susurró Walter.

    —Pero es verdad.

    Era verdad. Walter asintió, y el nene siguió. Leyó mal “lenga” y la dijo “lengua”, y una de las chicas coreanas se sacó los auriculares para escucharlo mejor. Después el hombre de la cámara. Después los cordobeses. Para cuando llegaron a la parada de la cascada Macarena, el vagón entero tenía los auriculares colgados del cuello y la voz de un chico de nueve años les contaba lo que decía un papel de 1994, con el acento del Litoral, porque era de Posadas y estaba de vacaciones.

    En Macarena el tren se detuvo quince minutos. La nieve había parado. Se veía la cascada, delgada y blanca contra la roca oscura, y del otro lado del valle un bosque de lengas con las hojas todavía por salir.

    Walter bajó el último. Brenda estaba parada junto a la Camila, con la cara manchada de hollín y los ojos brillosos.

    —Te quedaste sin voz y no pasó nada —dijo ella.

    —Pasó que me la prestaron —dijo Walter.

    Del bolsillo sacó el papel y se lo dio.

    —Es tuyo. Mañana no voy a estar y alguien tiene que saber cómo se llaman las paradas.

    —Yo las sé. Las aprendí en el cartel.

    —Entonces guardalo igual.

    Brenda lo dobló en cuatro, como estaba, y lo metió en el bolsillo del mameluco. Después trepó a la cabina, tiró de la cuerda, y la Camila soltó un silbido agudo y fino que rebotó contra el valle y volvió, dos segundos más tarde, un poco más flaco.

    En el vagón, el nene saludaba con la mano, aunque nadie le había pedido que saludara.

  • Cuatro por cuatro

    A las seis de la tarde del sábado, Aníbal Szulc ya había gastado dos tiras de papel y casi todo el fijador. Foto Aníbal, a dos cuadras de la estación Lanús, tenía una cola que salía hasta la vereda y doblaba hacia el kiosco. Mañana se votaba. Desde hacía una semana todo el barrio descubría que la libreta cívica tenía la foto despegada, o gastada, o directamente no la tenía, y que más valía llegar al domingo con la cara en su lugar.

    —Cuatro por cuatro, fondo gris, sin sombrero —repetía, y apretaba la perilla—. Otro. Que sea el último de la fila de pie, por favor, los que se sientan que esperen.

    Había instalado la lamparita roja del cuarto oscuro a las ocho de la mañana. A esa hora el cuarto olía a vinagre y a metal. Ahora, entre bandejas, el olor se había metido en la camisa, en el pelo, en el mate lavado que no había tenido tiempo de cebar. Cincuenta y ocho años, treinta y cuatro de oficio. Había fotografiado casamientos, bautismos, un perro de exposición y a un intendente que después no quiso pagar. Pero nunca tantas caras seguidas, tan serias, tan decididas a parecerse a algo.

    A las siete menos diez cerró el postigo de la vidriera y bajó la persiana hasta la mitad. Quedaba una sola persona adentro, sentada en la silla de mimbre del rincón, con la cartera sobre las rodillas y los pies juntos.

    —Señora, ya cierro —dijo, y enseguida se arrepintió del tono—. Pero pase, pase. Una foto y listo.

    Era una mujer chica, de pelo blanco recogido, con un tapado marrón de los que se usan veinte años. Se llamaba Eulalia Ferreyra y tenía setenta y cuatro. Abrió la cartera, sacó la libreta cívica envuelta en un pañuelo y la puso sobre el mostrador. El casillero de la foto estaba vacío. Sólo quedaba una sombra rectangular donde alguna vez hubo pegamento.

    —Se me mojó en el ’62 —dijo ella—. Con una inundación de las de antes. Se despegó y no la encontré más. Todas las elecciones voy así. Me preguntan cómo me llamo, dónde vivo, cuándo nací, el nombre de mi mamá. Me lo sé, ¿eh? Pero me da vergüenza. Parece que una tiene que probar que es una.

    Aníbal tenía una idea bastante clara de lo que decía la ley. Un vocal de mesa no podía impedir el voto de nadie por una foto faltante, siempre que la persona contestara bien lo que le preguntaran. Lo había leído en el diario esa semana, en la parte chica de abajo. Se lo dijo así, con cuidado.

    —Ya sé —contestó Eulalia—. Me lo explicó mi sobrino. Pero este año es distinto. Quiero ir con la cara puesta.

    No agregó nada más. Aníbal asintió, corrió el taburete, encendió los dos focos y le pidió que se sacara el tapado. Ella prefirió dejárselo. Le acomodó el cuello con dos dedos, le dijo que mirara el punto negro que había marcado hacía años en la pared, y volvió detrás de la cámara.

    Por el visor, la señora Ferreyra estaba tiesa, con la boca apretada. Era la cara de alguien que espera una orden.

    —Relájese, señora. No hace falta sonreír. Pero la cara no es una puerta cerrada, es una cara.

    —No sé cómo se hace.

    —Piense en algo que le guste. En algo de comer.

    Ella dudó. Afuera pasó un camión y la vidriera vibró un segundo. Entonces dijo, mirando el punto de la pared:

    —Mi marido, que en paz descanse, cuando salíamos de votar en el ’73 compraba una bolsa de churros en la esquina de la escuela. Yo me hacía la enojada porque era temprano. Pero me comía tres.

    Aníbal apretó la perilla. El obturador sonó seco, como una uña contra una mesa.

    —Otra más, por las dudas —dijo—. Esa fue buena, pero nunca se sabe.

    Sacó dos placas y se encerró en el cuarto oscuro. Cuando apagó la luz blanca y dejó la roja, el papel en la bandeja de revelador empezó a mostrar manchas y después contornos. Primero el pelo blanco. Después el cuello del tapado. Por último la cara, que fue apareciendo despacio, como si primero hubiera que ponerse de acuerdo con ella. No sonreía. Pero tampoco estaba cerrada. Tenía las cejas apenas levantadas, la boca floja, una atención tranquila en los ojos, de alguien que se acuerda de una bolsa de churros tibios.

    Lo pasó por el fijador, lo lavó, lo puso en la satinadora y esperó, mirando el reloj de pared. A los diez minutos lo cortó con la guillotina, prolijo, cuatro por cuatro, y pegó una de las copias en el casillero vacío con una gota de adhesivo de los buenos, de los que guardaba para los documentos de los clientes que no preguntaban cuánto costaba.

    Eulalia abrió la libreta en el mostrador. Pasó el dedo por el borde de la foto, sin tocar la cara.

    —Qué raro —dijo—. Yo me acordaba más vieja.

    —Es la luz —contestó Aníbal, que no sabía qué otra cosa decir—. El gris de fondo ayuda.

    Ella pagó con billetes chicos que contó dos veces y no aceptó vuelto de la propina. Salió a la vereda. Aníbal bajó la persiana del todo. En la esquina había dos chicos pegando carteles de la última noche de campaña, y el olor del engrudo se mezclaba con el del pan de la panadería de enfrente, que abría a las siete para la gente que no había comprado nada.

    Esa noche, sacando la cuenta de la caja, Aníbal descubrió que le había sobrado una copia. La otra foto de la señora Ferreyra, la segunda, la del respaldo. La miró un rato bajo la lámpara del escritorio. Después la guardó en el cajón del fondo, el de los negativos que nunca se retiraron, para que alguien la encontrara algún día y se preguntara quién era esa mujer que parecía a punto de comerse un churro.

    A la mañana siguiente, con la persiana todavía baja, escuchó pasar por la vereda un taconeo corto y apurado, el de alguien que va a votar temprano y quiere llegar primera a la fila.

  • El re de la mano izquierda

    A las cinco de la tarde, el pibe llegó con el bandoneón abrazado contra el pecho, como si fuera una criatura con fiebre.

    —Don Cárdenas, se me murió el re.

    Rubén Cárdenas no levantó la vista del tornillo que estaba aflojando. Hacía cuarenta años que arreglaba fuelles en un taller de Finochietto, a media cuadra de la casa donde había nacido, y había aprendido que a los músicos conviene dejarlos hablar un rato antes de mirarles el instrumento.

    —¿Cuál re?

    —El de la izquierda, el que se abre. Toco a las nueve en Los Laureles, en Iriarte. Me dieron la milonga del jueves. Es la primera vez que me dan una entera.

    El pibe se llamaba Hernán, tenía diecinueve años y las uñas mordidas. Apoyó el bandoneón sobre el banco, entre una lima y una taza con el fondo de mate frío, y Rubén lo abrió con las dos manos. Era un Doble A, de los alemanes, de los de antes de la guerra, con la madreperla gastada justo donde se apoyan los pulgares. Un instrumento de ciento cuarenta y dos voces que había cruzado el océano en un barco y que había pasado por más manos de las que cualquiera pudiera contar.

    Sopló sobre la caja de los graves. El re no sonó. Salió un aire sordo, un suspiro sin dueño.

    —Se rompió la lengüeta —dijo—. Se me partió por el pie. Eso no se pega.

    —¿Se consigue otra?

    Rubén se rio sin ganas. Una lengüeta de Doble A, de zinc, de esa octava y de ese año, no se compraba en ninguna parte. Había que sacarla de otro bandoneón, y para sacarla de otro bandoneón había que matarlo.

    —Dejámelo. Pasá a las ocho.

    Cuando el pibe se fue, Rubén se quedó un rato mirando la caja abierta. En el estante de arriba, detrás de los frascos de cera de abejas y de los cueros para válvulas, había un cajón de madera que no tocaba desde hacía once años. Adentro dormía el bandoneón de su padre, otro Doble A, mellado, con una abolladura en la tapa que había hecho una puerta de colectivo. Su padre lo había tocado en las vísperas de los clubes de barrio, en los casamientos de los italianos de la Boca, en un baile de carnaval en Sarandí donde casi se agarra a trompadas con un baterista. Rubén había arreglado todos los bandoneones de Barracas, y ese nunca. Decía que le faltaba tiempo. Era mentira.

    Bajó el cajón. Lo abrió. Olía a naftalina y a humo viejo de cigarrillo negro.

    Abrió la caja de los graves. Ahí estaba el re, en su peine de zinc, con el remache oscurecido. Lo tocó con la uña. Todavía vibraba, finito.

    Rubén se sentó. Prendió el velador, se puso los anteojos y tomó la lima más chica, la de los trabajos de oído. Había un tiempo, antes de los aparatos, en que los afinadores no tenían otra cosa que el soplido y su propia cabeza. Se acostumbró a sacar la lengüeta del bandoneón de su padre con una pinza de relojero, despacio, hasta que cedió sin hacer ruido, y a ponerla en la caja del instrumento del pibe. La medida era casi la misma. Casi.

    Limó. Sopló. Escuchó. Limó otra vez. El afinador es el único músico que toca una sola nota durante una hora, y que la toca cien veces hasta que deja de ser una nota y pasa a ser una decisión. A las siete y diez el re de la mano izquierda se abrió, tembló un poco y se quedó clavado en su altura, redondo, sin una sola impureza.

    Rubén cerró la caja, ajustó los tornillos y probó el fuelle. Entonces, sin pensarlo, apretó un acorde. El bandoneón respondió con una voz más ancha que la que tenía a la tarde, más grave. La voz de su padre en la cocina, cuando todavía no había arrancado a cantar.

    Tuvo que apoyar el instrumento sobre el banco un momento.

    A las ocho en punto sonó la campanilla de la puerta.

    —¿Y? —preguntó Hernán desde el umbral, con el saco colgado del brazo.

    —Probalo.

    El pibe se lo puso sobre las rodillas, abrió el fuelle y tocó el comienzo de «Mala junta», muy despacio. Se frenó en la quinta nota, miró a Rubén y siguió. Cuando llegó al re, la mano izquierda se movió sola.

    —Suena distinto —dijo—. Suena mejor. ¿Qué le hizo?

    —Le puse una lengüeta de otro.

    —¿De cuál?

    —De uno que estaba parado.

    Hernán no preguntó más. Sacó la billetera, pero Rubén le levantó la mano.

    —Pagame con la primera pieza. Tocala bien.

    —No tengo cómo…

    —Tenés. Andá, que se te hace tarde.

    El pibe se fue corriendo por Finochietto con el bandoneón al hombro. Rubén lo miró doblar en la esquina, apagó el velador y bajó la persiana hasta la mitad.

    A las diez menos veinte, caminó las doce cuadras hasta Iriarte con el cajón del bandoneón de su padre bajo el brazo, vacío de una sola voz. En la esquina de Gonçalves Dias, la puerta de Los Laureles estaba abierta, con la luz amarilla cayendo sobre la vereda, y adentro había parejas con los zapatos lustrados, mozos con bandejas altas y un piso de pinotea que crujía a cada paso.

    Se quedó parado contra la pared del fondo, sin sacarse el abrigo. El pibe estaba sentado en la tarima, entre una guitarra y un contrabajo, con la frente brillosa y los ojos cerrados. Hizo una señal con la cabeza, abrió el fuelle y empezó.

    Cuando llegó el re de la mano izquierda, Rubén lo reconoció entre todas las notas del salón. Salió limpio, hondo, sostenido. Las parejas siguieron girando sobre el piso sin enterarse de nada.

    Rubén apoyó el cajón vacío contra las rodillas y escuchó a su padre tocar otra vez, un jueves de octubre, en Barracas.

  • La palabra tachada

    La lata de galletitas decía Terrabusi en la tapa y Idris Williams la tenía abierta sobre la mesada desde las seis. Adentro no había galletitas. Había un cuaderno de tapa dura, con las hojas hinchadas de humedad, y una tarjeta amarilla escrita a mano en dos idiomas, uno que él entendía a medias y otro que hablaba desde la cuna.

    Alis había hecho la torta negra de todos los casamientos de Gaiman durante treinta años. Cada familia del valle tenía su receta, decía ella, y la suya tenía un ingrediente que no se anotaba. Se murió en marzo. Su hija Mererid se casaba el sábado en la capilla Bethel, con el té en el salón de al lado, y Idris, electricista jubilado, setenta y un años, que nunca había prendido un horno sin que hubiera alguien mirando, había dicho en la mesa del domingo, delante de todos: «La torta la hago yo».

    Ahora era jueves, la cocina olía a té negro y a cáscara de naranja, y la receta pedía cuarenta horas.

    Las pasas de uva, las de Corinto, el citrón picado y las cerezas confitadas ya llevaban una noche entera remojándose en la olla grande, en el té que él había colado dos veces. Eso lo había entendido. Lo que no entendía era la tarjeta. Alis escribía las cantidades en castellano y los pasos en galés, con una letra apretada que subía hacia la derecha, y en el medio de la tarjeta, entre «harina» y «canela», había una línea tachada con tanta fuerza que había rasgado el papel.

    Llamó a Mererid por la tarde.

    —Papá, comprala. Hay tres casas de té en el pueblo que nos la venden mañana mismo.

    —Ya compré las pasas.

    —Las pasas no son una torta.

    —Pero ya las compré —dijo él, y cortó antes de que ella pudiera insistir.

    Mezcló la harina con el azúcar rubia, la manteca, los huevos, el bicarbonato. Escurrió la fruta y la dejó caer en la masa, y la masa se puso oscura, pesada, brillante, como tierra de chacra después del riego. Revolvió con la cuchara de madera hasta que el brazo le tembló. Después buscó la línea tachada y probó leerla contra la luz de la ventana. Una palabra galesa, de seis o siete letras, que empezaba con una «c». Nada más.

    Lo llamó a Gethin, el vecino de la chacra de al lado, que había ido a la escuela galesa de Trelew.

    —Una «c» —dijo Gethin, desde el portón, con las manos en los bolsillos de la campera—. Puede ser «cariad», que es querido. Puede ser «cwrw», cerveza. Puede ser «cyfrinach», secreto.

    —Secreto ya sé que es. Me lo dijo mil veces.

    —Entonces es otra cosa, Idris. Nadie tacha un secreto. Se lo guarda y listo.

    El viento de la tarde le movió la tarjeta sobre la mesada y Idris la agarró con las dos manos, como si fuera a volar hasta el río.

    A las ocho de la noche la masa estaba en el molde, forrado con papel manteca, y el horno bajo, a ciento cuarenta grados, como decía el cuaderno. Se sentó en el banquito de Alis, el que ella usaba para vigilar, y se quedó mirando el vidrio sucio de la puerta. Tres horas largas. Se acordó de que ella nunca se sentaba a esperar. Se paraba, abría, tocaba con un palillo, cerraba, hablaba sola. Hablaba en galés. A él siempre le había parecido una cosa íntima, como cuando alguien canta en la ducha, y nunca le preguntó qué decía.

    Abrió el cuaderno de tapa dura. No era de recetas. Eran las fechas de los casamientos y, al lado de cada una, un renglón. «Marzo de 1991, los Pugh: salió baja, demasiado horno». «Febrero de 1998, los Roberts: perfecta, nadie sabe por qué». «Octubre de 2004, nosotros no, pero la de Mererid de cumpleaños: se me quemó el borde, la comieron igual». En todos los renglones, por ahí, aparecía la misma palabra galesa con la «c», pero escrita sin tachar, siempre al final, como una firma.

    «Cadw», leyó. La pronunció mal, en voz alta, en la cocina vacía. Gethin se la había dicho una vez, hacía años, cuando le arreglaba el molino de agua: «cadw, guardar». Se guarda la lata. Se guarda el piso de abajo de la torta de bodas, envuelto en papel, para el primer aniversario, y para el segundo, y para los que vengan, porque la torta negra aguanta lo que la gente no.

    La línea tachada no era un ingrediente. Alis había empezado a escribir «cadw» en la tarjeta, como un paso más, y lo había tachado porque no era un paso. Era lo que se hacía después.

    A las once menos cuarto abrió el horno, pinchó con un palillo, y salió limpio. La torta estaba baja, oscura, un poco quemada en un borde. La dejó enfriar sobre la rejilla hasta la madrugada, la envolvió en dos capas de papel, y la guardó en la lata de Terrabusi, que cerró con el dedo gordo, haciendo fuerza en la tapa hasta que cedió.

    El sábado, en el salón de la capilla Bethel, entre las teteras con cubretetera de lana, Mererid cortó el piso de arriba. Alguien dijo que estaba húmeda. Alguien dijo que le faltaba azúcar. Una tía de Trelew le pidió la receta y Idris contestó que se la iba a pasar cuando la tuviera completa.

    Esa noche, antes de acostarse, volvió a la cocina y buscó un pedazo, el último del piso de abajo, y lo envolvió en el papel manteca. Lo puso en la lata. Después sacó la tarjeta amarilla, buscó la lapicera, y debajo de la línea rota escribió, con su letra recta de electricista, «cadw». Esta vez, sin tachar.

  • Cuando la hoja grita

    El camión con los raídos llegó a las diez y cuarto de la noche, con un faro menos y la jaula cubierta de hojas que se habían ido oscureciendo en el trayecto desde el yerbal. Yamila lo vio entrar al patio del secadero desde la ventanilla de la oficina, donde había pasado la tarde haciendo de cuenta que miraba una planilla.

    —Treinta bolsones de hoja verde, nena —gritó el chofer, bajando—. Se cortaron ayer a las once de la mañana. Si no se sapecan antes de mañana a las once, la patrona me mata.

    La patrona era su madre, y estaba en Posadas, en una cama de hospital, con la pierna enyesada desde el martes. El sapecador era su tío Rubén, que llevaba veintiséis zafras en el secadero de las afueras de Apóstoles, y que desde el mediodía tenía cuarenta de fiebre y una tos que le sacudía el pecho como una chapa. Se lo había llevado un vecino a la salita. No había nadie más. Era octubre, última semana de la cosecha: los peones que quedaban estaban en el monte, y a esa hora dormían en las chacras.

    Yamila tenía diecisiete años. Hasta esa noche, lo que sabía del fuego del sapecado lo había aprendido mirando desde la puerta, con un mate en la mano, mientras su tío le decía: «Vení, pero lejos». Nunca la había dejado acercarse más de tres metros.

    —No sé hacerlo —dijo, en voz baja, más para ella que para el chofer.

    —¿Vos sabés encender un fuego?

    —Sí.

    —Entonces sabés la mitad. —Y se subió a la cabina a esperar, porque no pensaba irse con la carga sin descargar.

    Fue hasta el hogar. Estaba apagado desde la tarde, y la leña, apilada contra la pared, tenía esa humedad de octubre que se mete en todo en Misiones: la tierra colorada pegada en las botas, el aire denso como un trapo mojado. Eligió los palos más secos, los de abajo, los que su tío tapaba con una lona. Con una bolsa de viruta de yerba vieja y un papel de diario prendió la primera llama. Se le chamuscó el flequillo. No dijo nada.

    Tardó cuarenta minutos en tener un fuego parejo. Mientras tanto, entre ella y el chofer, con la ayuda de un peón que apareció medio dormido y se fue a los diez minutos porque lo llamaron del monte, bajaron los raídos y los abrieron sobre el piso de cemento. El olor a hoja recién cortada, agrio y verde, le subió por la nariz. Detrás de ese olor había otro, más tibio, de hoja que empezaba a fermentar por abajo.

    —Va a ser tarde —dijo ella.

    —Es tarde ahora —dijo el chofer—. Pero no es demasiado tarde.

    Puso en marcha el cilindro. Giró despacio, con su ronquido de hierro, y el calor de la boca del hogar le pegó en la cara como una mano abierta. Metió la primera pala de hoja en la tolva. Cayó, se movió, desapareció dentro del tambor. Ella contó. Su tío siempre decía treinta segundos, pero no decía cómo saber si eran los correctos, y eso era lo que ahora no la dejaba respirar.

    La primera tanda salió a los treinta y cinco segundos. Salió negra en los bordes, quemada. Yamila la miró un segundo y la tiró al costado. La segunda salió a los veinte y todavía estaba blanda, con la humedad adentro. La tiró también.

    Había hecho seis tandas malas cuando se sentó en un banquito, con las manos negras de hollín, y se puso a llorar sin hacer ruido. El chofer apagó el cigarrillo y no le dijo nada.

    Fue entonces, con el cilindro girando en vacío y el fuego bajo, cuando escuchó algo en la memoria. No era el número. Era un sonido: una tarde de enero de hacía años, ella sentada en el escalón de la puerta, y su tío, de espaldas, con la cabeza ladeada, quieto, escuchando el tambor como se escucha a un animal.

    —No se mira, Yami —le había dicho, sin darse vuelta—. Se oye. Cuando la hoja grita, está.

    Se limpió la cara con el antebrazo. Se paró, cargó la pala y la volcó. No contó. Cerró los ojos y se quedó con la cabeza ladeada, igual que él, escuchando el hierro, el fuego, el roce de las hojas contra la chapa.

    Primero fue un murmullo seco. Después, como una lluvia de granizo diminuto sobre un techo de zinc, empezó a crepitar. Miles de hojas reventando a la vez, las ampollas abriéndose en la epidermis, el vapor saliendo con un chasquido corto. El sonido subió, se hizo parejo, llegó a su punto más alto y dejó de crecer.

    —Ahora —dijo ella, y abrió la compuerta.

    La hoja cayó sobre el cemento, de un verde oscuro y brillante, con el olor cambiado: ya no era el de la hoja cortada sino un olor ahumado, dulce, el olor de todos los mates de su vida. Agarró un puñado. Estaba caliente, crocante, marcada de ampollitas, pero entera.

    El chofer se agachó, olió y asintió despacio.

    —Eso es yerba, nena.

    Trabajó hasta las nueve de la mañana. A las seis llegó el peón, y a las siete otros dos, y a las ocho la hermana de su tío con un termo, que la miró un rato largo sin decir una palabra y después le alcanzó un mate. Yamila lo tomó con las manos ennegrecidas. Estaba amargo, fuerte, apenas tibio, y no lo cambiaba por nada.

    A las once de la mañana, con los treinta bolsones secos en la cinta y el sol entrando en el patio por el lado de los eucaliptos, el vecino volvió de la salita con una nota de Rubén escrita a lápiz sobre el dorso de una receta: «¿Cómo sonó?».

    Yamila agarró el lápiz y escribió abajo, con su letra apretada, una sola palabra: «Bien».

    Después salió al patio, se sentó en el escalón de la puerta, donde lo había visto tantas veces a él, y se quedó escuchando cómo seguía el tambor, ahora con otra mano, y cómo seguía el fuego, que ya no le daba miedo.

  • El nombre debajo del amarillo

    El lobo marino estaba durmiendo sobre la lona, justo donde Gino había dejado el tarro de pintura, y no había forma elegante de pedirle que se corriera.

    —Disculpame, maestro —dijo igual, y le acercó la punta del pincel a un metro, con respeto.

    El lobo abrió un ojo, resopló un aire que olía a pescado de ayer y volvió a dormirse. Gino se rió solo. Eran las seis y cuarto de la mañana en la Banquina de Pescadores, hacía un frío húmedo que se metía por las mangas, y la lancha estaba arriba del carro con la quilla al aire, esperándolo.

    Setenta y cuatro años. Cincuenta y ocho de lanchero. La Santa Rosalía era de su padre antes de ser suya, y desde el lunes iba a ser de su sobrino Matías, que tenía la mitad de sus años, un permiso nuevo y la idea de ponerle otro nombre. «Algo más moderno, tío», había dicho, con buena intención, mientras firmaban en la oficina del consorcio. Gino no discutió. Pidió una sola cosa: dársela pintada. Amarillo de casco, filo rojo en la regala, como se hace. A la tarde Matías la tiraba al agua.

    Tenía hasta que subiera la marea sobre la rampa, y eso, a las dos de la tarde, no se negociaba.

    Lijó primero. Lijó con el taco de madera que usaba su padre, que había quedado con la forma de la palma de una mano que ya no estaba. El polvo amarillo se le pegaba en las cejas. Arriba pasaban las gaviotas con ese grito de reproche que tienen siempre, y desde el fondo de la banquina llegaba el ruido del hielo que bajaban en carretillas, y el olor a gasoil, a sal, a red mojada.

    Al lado, en el cajón de la lancha vecina, Pichón Ferraro destripaba un balde de pescadilla sin levantar la cabeza.

    —¿Vas a dejarla con el mismo nombre o te la cambia el pibe?

    —Me la cambia.

    —Mirá vos. —Pichón tiró una tripa al agua y una gaviota se la llevó en el aire—. Tu viejo se revuelca.

    —Mi viejo se revuelca desde 1989, por otras razones.

    Siguió lijando la proa. Ahí, debajo de las capas, tenía que estar la base blanca que su padre nunca terminó de sacar, y sobre esa base las letras viejas, que Gino repintaba cada dos años con pulso firme: SANTA ROSALÍA, en negro, con una R larga que le salía como una pata de cangrejo. Había hecho esa R mil veces. Sabía de memoria cómo se le torcía.

    La lija pasó por el costado de la última A y levantó una escama de pintura.

    Debajo había otra letra.

    Gino se quedó quieto. Pasó el pulgar. No era negra, era azul, un azul gastado de marinero de otra época, y no era de molde. Escrito a pincel fino, apretado, como se escribe una cosa que no querés que lea cualquiera. Con la uña fue sacando la capa de arriba, con una paciencia que no le conocía nadie, ni él. Salió una palabra. Después otra.

    Para Gino cuando la herede.

    Se sentó en el cajón. El lobo roncó. Pichón, a lo lejos, cantaba bajito un tango desafinado.

    Siguió, claro. Con el borde de una cuchara, con un trapo mojado en aguarrás, con la punta de la lima de uñas que llevaba en la billetera desde que murió su mujer y que no usaba para nada. El texto corría a lo largo de cuarenta centímetros, debajo de la línea de flotación, donde el agua lo hubiera borrado en una temporada si no lo hubieran cubierto tantas pinturas. Su padre había escrito eso en el 71, o en el 72. Había pintado encima él mismo, a propósito, tapando su propio mensaje.

    Leyó todo. No era gran cosa. Un viejo calabrés de pocas palabras, que le hablaba a un hijo que todavía no sabía si iba a querer la lancha:

    Para Gino cuando la herede. Si estás leyendo esto es porque raspaste hasta acá, así que ya sabés que el casco aguanta más de lo que parece. El nombre no importa. Importa que salgas de madrugada y que vuelvas antes de que se ponga feo. Cambiale el nombre si querés, pero no le cambies el color.

    Le temblaban las manos y no era el frío.

    A las nueve vino Matías con el termo y dos facturas de la panadería de la esquina. Se paró al lado del carro y miró la proa a medio raspar, y las letras azules que asomaban en la madera pelada.

    —¿Qué es eso?

    —Es de mi viejo.

    Matías leyó en silencio. Era un chico serio, de los que se toman las cosas despacio. Terminó, se pasó la mano por la nuca y dijo:

    —Yo no sabía.

    —Yo tampoco.

    —¿Entonces lo dejo, el nombre? A mí me da lo mismo, tío, de verdad. Era para que quede más… —Buscó la palabra y no la encontró—. Más mío.

    Gino lo miró un rato largo. Después le alcanzó el pincel.

    —Elegí vos. Pero tiene que ser a mano, y con la R larga.

    Pintaron juntos. Gino hizo el casco y el filo rojo, Matías la leyenda de la proa, con la lengua afuera de la concentración. Quedó Santa Rosalía II, con una R un poco más corta de lo debido, y nadie dijo nada.

    Antes de dar la última mano de amarillo, Gino tomó el pincel fino y escribió en el borde de la quilla, donde nadie iba a mirar salvo quien raspara, una línea chica, en azul:

    Raspaste hasta acá. Bien. Salí temprano.

    Lo tapó con una capa y soltó el pincel. A las dos de la tarde la marea llegó a la rampa como estaba dicho, y la lancha entró al agua despacio, amarilla, con el filo rojo, y el lobo marino levantó la cabeza de la lona para verla pasar.