A las diez y cuarto de la mañana, Amalia Ferrero pagó el boleto en la boletería de Carabobo con un billete que le temblaba un poco en la mano. Era la primera vez en treinta y un años que subía al subte A sin llevar una caja de herramientas.
—¿Hasta dónde va, señora? —le preguntó el boletero, sin levantar la vista.
—Hasta Plaza de Mayo. Y después vuelvo.
—Hoy es el último día de los de madera. Va a estar lleno.
—Ya sé —dijo ella—. Por eso vine temprano.
Era un viernes de enero de 2013, y el andén olía a lo que olía siempre: a aceite quemado, a polvo de freno, a humedad de túnel. Pero ese día también olía a gente. Había fotógrafos con trípodes, chicos de colegio con la cámara del celular en alto, un hombre de bufanda que repetía «cien años, cien años» como si fuera un rezo. Amalia se quedó pegada a la pared de azulejos, con la cartera apretada contra el pecho, esperando.
Había entrado al taller Polvorín, en Caballito, en 1982, con veintitrés años, cuando todavía la miraban raro por ser la única mujer entre los carpinteros. Don Benigno, el capataz, le había puesto un cepillo en la mano el primer día y le había dicho: «Acá la madera no sabe quién la toca. Tratala bien y listo». Treinta años de eso. Treinta años de reponer tablillas, de lijar pasamanos que habían sostenido a millones de manos, de calzar bisagras de puertas que se cerraban a mano, de cambiar espejos con el borde biselado que nadie sabía ya dónde mandar a hacer. Se había jubilado en noviembre. Nadie le había avisado que el día de la despedida de los coches caía en enero.
El tren entró con su chirrido largo. Dos faroles, la carrocería marrón con las ventanillas de bordes redondos, el cartel de «Plaza de Mayo» en el frente. Amalia dejó pasar a la gente que empujaba y subió última, con la mano en el marco de la puerta, que sintió tibio y barnizado, como una cosa viva.
Adentro no había lugar. Se agarró de una manija de cuero y miró el techo, las lámparas con pantalla de vidrio esmerilado, la hilera de bancos a los costados, ese listón de madera clara que ella había cepillado, uno por uno, durante tres décadas. Pensó que todo ese tren era su letra.
En Río de Janeiro se bajaron algunos y se abrió un hueco. Ella no se sentó. Buscaba un coche en particular, el número que tenía anotado en una libretita, y creía que era este, y ahora no estaba segura. Pasó de un lado al otro del vagón mirando las cabeceras de los bancos, hasta que en Castro Barros, mientras el tren se sacudía en la curva, vio un asiento libre contra la ventanilla del fondo. Un nene de unos ocho años lo estaba por ocupar.
—Disculpame —dijo Amalia, y se sorprendió de la voz que le salió—. ¿Me dejás ese lugar un ratito? Después te lo devuelvo.
El chico miró a la madre. La madre, una mujer con una mochila de nena colgada del hombro, sonrió.
—Dejale, Tomás. La señora tiene derecho. Parece que lo conoce bien.
—Lo conozco —dijo Amalia, y se sentó.
El asiento le devolvió su peso con un crujido corto. Lo había tapizado en 1989, cuando una inundación en Primera Junta les había arruinado la mitad de los asientos de ese coche y hubo que rehacerlos con el último lote de lenga que quedaba en el depósito. Don Benigno le había dicho que escondiera una marca, como hacían los viejos, por si algún día alguien abría el banco y quería saber quién lo había hecho. Ella se había reído. Después, a las seis de la tarde, cuando todos se habían ido, se acostó en el piso del vagón con una linterna y le grabó con la punta de una gubia tres letras debajo del tablón: A. F. y un año.
Nunca más lo volvió a ver. En treinta y cuatro años de talleres, nadie le había pedido que lo mirara.
Pero ahora el tren cantaba bajo Rivadavia y el nene la observaba con la cabeza torcida, y Amalia se agachó, despacio, como quien levanta algo que se le cayó, y pasó los dedos por la parte baja del banco. Madera áspera, polvo, una astilla chica. Más allá, una línea hundida. Una A. Una efe. El resto del año estaba comido por el tiempo, o por el barniz de los años siguientes, pero las dos letras se sentían bajo el pulgar como dos arrugas.
—¿Qué buscás? —le preguntó el nene.
—Mi nombre —dijo ella—. Lo puse acá hace mucho.
—¿Vos hiciste el tren?
—Hice este banco.
El nene se agachó a mirar. Con el dedito recorrió las letras y las leyó en voz alta, como se lee un cartel en la calle.
—A, efe.
La madre se rio, nerviosa, y se puso una mano en la boca. Alrededor, una señora de pelo corto y un hombre con la remera de un equipo de básquet se habían quedado mirando. Nadie dijo nada. El tren pasó Perú, pasó Piedras, y Amalia, que no tenía pensado llorar, sintió que la cara se le mojaba sola.
En Plaza de Mayo, el guarda abrió las puertas a mano y gritó, como se había gritado durante cien años, «¡Plaza de Mayo, fin del recorrido!». Había una cola de gente esperando para subir a la vuelta. Amalia se levantó, le devolvió el asiento al nene, le apretó el hombro.
—Cuando estés grande, acordate de que acá abajo hay un nombre —le dijo.
—¿Y si lo llevan al museo?
—Mejor. Así lo van a leer más.
Bajó al andén con la cartera en el pecho. Atrás, el tren esperaba con las puertas abiertas, brillando de manos. Antes de subir la escalera se dio vuelta una vez más y vio, por la ventanilla del fondo, al nene sentado en su lugar, con la cara pegada al vidrio, tocando con un dedo el borde de abajo del banco.