Elvira Pryce desmoldó la torta a las once y media y el olor le pegó en la cara antes que el vapor: clavo, pasas, cáscara de naranja y, abajo, picando, el vino del remojo. La había horneado el martes. Hoy era viernes. En el centro tenía una mancha húmeda y brillante que no debería estar.
—Parece barro —dijo Camila, la nieta, desde la mesada, sin levantar los ojos del celular—. Linda, pero barro.
—Es torta negra.
—Y el barro es negro.
Elvira no contestó. Afuera, los álamos de la calle bajaban hasta el río Chubut y el sol de Gaiman pegaba sobre el patio donde ya estaban las mesas con los manteles de hule floreados. A las cuatro llegaba un micro de cuarenta personas desde Puerto Madryn. Cuarenta teteras, cuarenta cubreteteras de lana, cuarenta porciones de torta negra, que era lo que la gente se llevaba en la memoria cuando se volvía a Buenos Aires.
Hacía treinta y siete años que ella horneaba esa torta. Antes se hacía en marzo para las bodas del verano, con la fruta macerada desde el invierno y el molde envuelto en repasador, quieto en el fondo de la alacena. Pero la casa de té había crecido, los micros llegaban todos los días, y Elvira había ido recortando. De dos meses de reposo había pasado a un mes, de un mes a dos semanas, de dos semanas a tres días. Cada año la torta salía un poco más húmeda y un poco más amarga, y cada año los turistas decían que estaba riquísima, porque era lo que se dice.
Sacó el cuaderno de tapas de hule de su madre de arriba de la heladera. No lo abría desde el invierno. La receta estaba en castellano, con esa letra inclinada que la maestra de la escuela de Bryn Gwyn les había enseñado a todas, y tenía un renglón subrayado dos veces: dejar reposar el molde envuelto. Al lado, en el margen, había dos palabras que Elvira siempre había tomado por una mancha de grasa.
—Abuela, esto está en galés —dijo Camila, que se había acercado con el celular en alto—. Esperá. Dim brys. Dice… sin prisa. Algo así. Sin apuro.
Elvira se sentó. Su madre había hablado galés en la capilla, en los himnos, y en la cocina cuando se le quemaba algo. En la mesa de todos los días hablaba castellano, para que las hijas no se quedaran afuera de nada. Las dos palabras en el margen eran, entonces, lo único que había dejado dicho en su idioma sobre la torta. Y eran un reto.
—Mi mamá me lo escribió a mí —dijo.
—Es un cuaderno, abuela. No sabía que ibas a abrirlo en el 2026.
—Escribía siempre para alguien.
A la una y media, mientras Camila acomodaba los scones en las bandejas, Elvira fue hasta el fondo de la despensa, detrás de los frascos de dulce de citrón, y levantó un trapo. Ahí estaba el molde de la Navidad pasada. Lo había guardado por costumbre, para que no la agarrara de sorpresa un pedido de última hora, y se había olvidado de él. Pesaba como un ladrillo. Lo desenvolvió sobre la mesada y el olor cambió: ya no picaba el vino. Era una cosa oscura y redonda, como de bodega.
Cortó una rodaja fina. Estaba casi negra, apretada, con la fruta entera como en un mosaico. Se la puso en la boca. Tardó un rato en tragar.
—¿Y? —preguntó Camila.
—Es otra torta.
—¿Mejor?
—Es la que era.
El micro llegó a las cuatro menos diez, con la puerta que hacía ruido de aire y los turistas que bajaban con las camperas atadas a la cintura. Una señora preguntó por el baño, un chico quiso saber si había mate. Elvira los fue sentando de a ocho, de a diez, y en cada mesa dejó la tetera caliente con su cubretetera de lana roja, verde o amarilla, tejida por una tía que ya no estaba.
Cuando sirvió la torta, no alcanzó para todos. La de la Navidad rindió veintidós porciones finas. Las otras dieciocho personas recibieron un scone grande, manteca y dulce de cereza, y Elvira se paró en el medio del patio y se lo explicó sin sacarse el delantal.
—La torta negra necesita tiempo. Hoy tenemos poca porque la buena la guardamos desde diciembre. Si vuelven en marzo, hay para todos.
Hubo un silencio corto. Después, un hombre de camisa celeste levantó la taza.
—Entonces volvemos en marzo —dijo, y los de su mesa se rieron, y alguien más repitió en marzo, y la cosa pasó.
A las seis, con el patio vacío y el sol bajo entre los álamos, Elvira abrió el cuaderno sobre la mesa de la cocina. Camila dormitaba en una silla con el celular sobre el pecho. En el estante, tres moldes nuevos, recién horneados, esperaban envueltos en repasadores limpios. Elvira les había puesto un papelito con la fecha.
Agarró la lapicera y, debajo de las dos palabras de su madre, escribió en su letra redonda, que no era la de la escuela de Bryn Gwyn sino la suya: Sin prisa.
Después apagó la luz y, en la mesada, la última tetera de la tarde siguió caliente un rato más bajo su cubierta de lana.