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  • Sin prisa

    Elvira Pryce desmoldó la torta a las once y media y el olor le pegó en la cara antes que el vapor: clavo, pasas, cáscara de naranja y, abajo, picando, el vino del remojo. La había horneado el martes. Hoy era viernes. En el centro tenía una mancha húmeda y brillante que no debería estar.

    —Parece barro —dijo Camila, la nieta, desde la mesada, sin levantar los ojos del celular—. Linda, pero barro.

    —Es torta negra.

    —Y el barro es negro.

    Elvira no contestó. Afuera, los álamos de la calle bajaban hasta el río Chubut y el sol de Gaiman pegaba sobre el patio donde ya estaban las mesas con los manteles de hule floreados. A las cuatro llegaba un micro de cuarenta personas desde Puerto Madryn. Cuarenta teteras, cuarenta cubreteteras de lana, cuarenta porciones de torta negra, que era lo que la gente se llevaba en la memoria cuando se volvía a Buenos Aires.

    Hacía treinta y siete años que ella horneaba esa torta. Antes se hacía en marzo para las bodas del verano, con la fruta macerada desde el invierno y el molde envuelto en repasador, quieto en el fondo de la alacena. Pero la casa de té había crecido, los micros llegaban todos los días, y Elvira había ido recortando. De dos meses de reposo había pasado a un mes, de un mes a dos semanas, de dos semanas a tres días. Cada año la torta salía un poco más húmeda y un poco más amarga, y cada año los turistas decían que estaba riquísima, porque era lo que se dice.

    Sacó el cuaderno de tapas de hule de su madre de arriba de la heladera. No lo abría desde el invierno. La receta estaba en castellano, con esa letra inclinada que la maestra de la escuela de Bryn Gwyn les había enseñado a todas, y tenía un renglón subrayado dos veces: dejar reposar el molde envuelto. Al lado, en el margen, había dos palabras que Elvira siempre había tomado por una mancha de grasa.

    —Abuela, esto está en galés —dijo Camila, que se había acercado con el celular en alto—. Esperá. Dim brys. Dice… sin prisa. Algo así. Sin apuro.

    Elvira se sentó. Su madre había hablado galés en la capilla, en los himnos, y en la cocina cuando se le quemaba algo. En la mesa de todos los días hablaba castellano, para que las hijas no se quedaran afuera de nada. Las dos palabras en el margen eran, entonces, lo único que había dejado dicho en su idioma sobre la torta. Y eran un reto.

    —Mi mamá me lo escribió a mí —dijo.

    —Es un cuaderno, abuela. No sabía que ibas a abrirlo en el 2026.

    —Escribía siempre para alguien.

    A la una y media, mientras Camila acomodaba los scones en las bandejas, Elvira fue hasta el fondo de la despensa, detrás de los frascos de dulce de citrón, y levantó un trapo. Ahí estaba el molde de la Navidad pasada. Lo había guardado por costumbre, para que no la agarrara de sorpresa un pedido de última hora, y se había olvidado de él. Pesaba como un ladrillo. Lo desenvolvió sobre la mesada y el olor cambió: ya no picaba el vino. Era una cosa oscura y redonda, como de bodega.

    Cortó una rodaja fina. Estaba casi negra, apretada, con la fruta entera como en un mosaico. Se la puso en la boca. Tardó un rato en tragar.

    —¿Y? —preguntó Camila.

    —Es otra torta.

    —¿Mejor?

    —Es la que era.

    El micro llegó a las cuatro menos diez, con la puerta que hacía ruido de aire y los turistas que bajaban con las camperas atadas a la cintura. Una señora preguntó por el baño, un chico quiso saber si había mate. Elvira los fue sentando de a ocho, de a diez, y en cada mesa dejó la tetera caliente con su cubretetera de lana roja, verde o amarilla, tejida por una tía que ya no estaba.

    Cuando sirvió la torta, no alcanzó para todos. La de la Navidad rindió veintidós porciones finas. Las otras dieciocho personas recibieron un scone grande, manteca y dulce de cereza, y Elvira se paró en el medio del patio y se lo explicó sin sacarse el delantal.

    —La torta negra necesita tiempo. Hoy tenemos poca porque la buena la guardamos desde diciembre. Si vuelven en marzo, hay para todos.

    Hubo un silencio corto. Después, un hombre de camisa celeste levantó la taza.

    —Entonces volvemos en marzo —dijo, y los de su mesa se rieron, y alguien más repitió en marzo, y la cosa pasó.

    A las seis, con el patio vacío y el sol bajo entre los álamos, Elvira abrió el cuaderno sobre la mesa de la cocina. Camila dormitaba en una silla con el celular sobre el pecho. En el estante, tres moldes nuevos, recién horneados, esperaban envueltos en repasadores limpios. Elvira les había puesto un papelito con la fecha.

    Agarró la lapicera y, debajo de las dos palabras de su madre, escribió en su letra redonda, que no era la de la escuela de Bryn Gwyn sino la suya: Sin prisa.

    Después apagó la luz y, en la mesada, la última tetera de la tarde siguió caliente un rato más bajo su cubierta de lana.

  • Una noche de leña

    A las seis de la tarde el camión descargó la última hoja verde y Olga Dutka mandó a los peones a casa. Eran cuatro mil kilos de yerba apilados bajo el techo del secadero, en los cerros de Oberá, con ese olor a pasto cortado y a humo viejo que a ella le entraba por la nariz y le llegaba directo a la infancia.

    —Mamá, no hace falta que te quedes —dijo Pablo, su hijo, con las llaves de la camioneta en la mano—. El lunes empiezan a montar la cinta. Esta es la última zafra con el barbacuá, ya lo hablamos.

    —Lo hablaron ustedes.

    —Mamá.

    —Andá a cenar. Yo tengo que pasar el sapeco y después cuidar el fuego. Son veinticuatro horas, no es una tarde.

    Pablo la miró un rato largo. Tenía las manos de su padre, anchas, con una cicatriz de quemadura en el nudillo del pulgar. Se fue sin decir nada, y la camioneta bajó por el camino de tierra colorada levantando una nube que quedó flotando en la luz anaranjada.

    Olga se quedó sola. Encendió el sapecador y pasó las ramas por las llamas, rápido, tres segundos, cuatro, hasta que las hojas hicieron ese chasquido seco y soltaron el verde oscuro de la clorofila. Después fue cargando el catre, la plataforma de varillas de madera donde la yerba se tiende para secar sobre el humo. Subía con la horquilla, esparcía, bajaba. A los setenta y un años le dolía el hombro izquierdo, pero la espalda todavía le contestaba.

    Abajo, en el hogar, metió la leña de eucalipto. El barbacuá no perdona: si el fuego sube de más, la yerba se ahúma amarga. Si baja, se humedece y se pudre en el noque. Su marido, Esteban, que murió hacía nueve años, le había enseñado a leer la temperatura con el dorso de la mano puesta contra el ladrillo, y a no confiar jamás en un termómetro.

    A las diez de la noche había llovizna fina sobre el chapón. Olga se sentó en un banquito de tres patas junto a la boca del hogar con el mate, el termo y la radio de pilas. Dio vuelta una brasa con el hierro. Se acordó de cuando Pablo tenía siete años y se dormía ahí mismo, sobre una bolsa de arpillera, mientras su padre y ella se turnaban hasta el amanecer.

    Un ruido de pasos sobre el barro la hizo girar. En la puerta, con una campera de abrigo que le quedaba grande y la linterna del celular, estaba Tomás, el nieto, de quince años.

    —Mi papá no sabe que vine —dijo—. Me tiré por la ventana.

    —Te vas a resfriar.

    —Vine a ver cómo se hace.

    Olga lo miró sin decir nada. Después corrió el banquito y le hizo lugar. Le alcanzó el hierro.

    —Con el dorso de la mano. Acercala al ladrillo, no mucho, hasta que sientas que te avisa. Si te quema, ya es tarde.

    Tomás acercó la mano, dudando. Retiró los dedos de golpe.

    —Quema.

    —Ahí quema. Pará un poco antes. Lo que sentís cuando todavía no quema es la temperatura justa. Tiene que ser tibio, como la panza de un perro.

    El chico se rió y lo volvió a intentar. A la tercera vez se quedó callado con la mano pegada al ladrillo, los ojos entrecerrados, concentrado como si escuchara algo.

    —Es eso —dijo Olga—. Ahora agregá dos leños y no más.

    Pasaron la noche así. Cada hora él subía al catre con la horquilla y daba vuelta la yerba mientras ella le gritaba desde abajo que no la aplastara. A las tres de la mañana se comieron un chipá frío del día anterior y un queso que Olga guardaba en una lata. Tomás preguntó cómo era antes el secadero, y ella le contó de los mensúes, de la mula que cargaba los raídos hasta el patio, de la vez que su suegro, un polaco que nunca aprendió a decir bien “yerba”, se dormió y se le quemó medio noque y estuvo una semana sin hablarle a nadie.

    —¿Y la cinta es mala? —preguntó el chico.

    —No es mala. Es rápida. Pasa diez mil kilos en lo que nosotros hacemos uno. Tu papá tiene razón en todo lo que dice.

    —Entonces por qué te quedás.

    Olga revolvió las brasas. Tardó en contestar.

    —Porque nadie me preguntó cómo se hace esto. Todos me preguntaron cuánto rinde.

    Tomás no dijo nada. Se acomodó contra la pared del hogar y siguió con la mano al ladrillo, atento.

    A las cinco y media aclaró el cielo detrás de los cerros. La llovizna paró. Olga se levantó con las rodillas crujiendo y subió al catre. Tomó un puñado de yerba y lo apretó entre los dedos. Se deshizo en polvo verde, con ese crujido fino, de hoja de papel. Estaba lista.

    —Probá —le dijo, y le acercó la mano.

    El chico agarró una pizca y la masticó con cara de duda.

    —Sabe a humo. Y a algo dulce.

    —Eso es todo. Eso es el barbacuá.

    Oyeron la camioneta antes de verla. Pablo bajó con el pelo revuelto y la cara de quien durmió mal y se enteró tarde. Se detuvo en la puerta del secadero. Vio a su madre sobre el catre, a su hijo con la campera llena de ceniza, el fuego bajo y parejo en la boca del hogar.

    —Tomás, ¿qué hacés acá?

    —Aprendo —dijo el chico, sin darse vuelta.

    Pablo se acercó despacio. Se agachó junto al hogar. Estiró el dorso de la mano hacia el ladrillo, a la distancia justa, y se quedó así un momento, con los ojos cerrados, como había hecho de chico.

    —Tibio —dijo.

    —Como la panza de un perro —contestó Tomás.

    Olga bajó del catre, se sirvió un mate y lo pasó. Por la ventana del secadero el sol empezó a subir sobre los yerbales, y el humo del eucalipto salía por la chimenea, derecho, sin viento, hacia un cielo todavía color ceniza.

  • La lámpara del muelle

    La lancha de las cuatro y diez no había salido de la Estación Fluvial, y a las cinco la niebla ya se había comido el otro lado del río. Ponciano Lescano lo supo antes de que nadie se lo dijera, porque desde el muelle no se veía el sauce de la orilla de enfrente, y ese sauce estaba a cuarenta metros.

    Tenía setenta y un años, una campera de lluvia que le quedaba grande y el cuidado de un muelle público sobre el Carapachay: seis tablones de lapacho, una baranda, un cartel despintado. Las lanchas colectivas paraban ahí cuando alguien esperaba en la punta. Si no había nadie, pasaban de largo. Con niebla, el piloto buscaba una señal. Una luz, un brazo, un trapo.

    Esa tarde, Ponciano tenía una hija en la lancha.

    Yamila había salido de madrugada hacia la clínica de San Fernando y volvía con una criatura de tres días que él todavía no conocía. Se lo había contado el vecino por la radio de la lancha almacén, entre una oferta de fideos y un aviso de agua baja: «Dígale a don Ponciano que es una nena, que pesó tres kilos cien». Él había dicho gracias dos veces, había lavado el muelle con una escoba de ramas y se había puesto a esperar tres horas antes.

    Ahora la niebla le mojaba la cara como un trapo tibio. Se oía el agua contra los pilotes y, muy lejos, el motor de algo que no era la lancha.

    Fue hasta el farol. Colgaba de un palo en la punta del muelle, con su lamparita de bajo consumo que Yamila había mandado instalar el invierno pasado. Apretó la llave. Nada. Probó otra vez, la golpeó con la palma, y recién entonces recordó que el generador estaba sin nafta desde el domingo y que la nafta venía el jueves, con la lancha almacén. Era miércoles.

    —Qué bárbaro —dijo en voz alta, y el río no le contestó.

    Se sentó en el banco de la baranda. Sacó el celular, que tenía una raya de señal, y marcó el número de Cacho Benítez, el piloto de la colectiva, que llevaba veintidós años en ese recorrido y conocía cada muelle por el ruido que hacían los tablones al recibir la soga. Sonó y sonó. Cacho tenía las dos manos ocupadas.

    A las seis menos veinte oyó el motor, ahora sí el correcto: ese ronquido parejo, de diésel viejo, que subía por el brazo del arroyo. Venía despacio. Demasiado despacio. Ponciano se paró y agitó la campera, pero la campera era verde oscuro, y la niebla era blanca y no distinguía a nadie.

    La lancha pasó. La sintió pasar: el empuje del agua que levantó el muelle, el olor a gasoil y a pasto mojado, una sombra más espesa que el resto. Y siguió.

    —¡Cacho! —gritó. Le salió una voz de gallinero—. ¡Cacho, acá!

    El motor se perdió río abajo. Ponciano se quedó con los brazos en alto, ridículo, hasta que los bajó.

    Entonces miró la casa. Estaba a veinte metros, por el sendero de ladrillos que subía entre los ligustros. Adentro tenía un mechero de campaña, una lámpara a querosén que había sido de su padre y que Delia, su mujer, usaba para las sudestadas, cuando se cortaba la luz tres días. Nunca la había prendido él solo. Le daba cosa. Delia decía que había que subir la mecha de a poco, como cuando se le da cuerda a un reloj, y no apurarse.

    Fue. Le temblaban un poco las manos, y no era frío. Encontró la lámpara en el estante de arriba, atrás de los frascos de dulce de membrillo, y el querosén en una botella de plástico. Llenó el depósito, derramó un poco, se limpió con la manga. Raspó tres fósforos mojados antes de que prendiera el cuarto.

    La llama salió chiquita y azulada. La fue subiendo, de a poco, y por fin el vidrio se llenó de una luz amarilla y firme que le iluminó las manos y el borde de la mesa. En la pared, una sombra de él mismo, encorvada, con el pelo parado.

    Volvió al muelle con la lámpara pegada al pecho para que el viento no la apagara. No había viento, pero la llevó así igual. Colgó el asa del gancho del farol. Retrocedió dos pasos y miró: una mancha dorada en la niebla, del tamaño de una sandía, que no alumbraba nada pero se veía desde lejos.

    Esperó.

    A las seis y diez le sonó el celular. Era Cacho.

    —Ponciano, perdoname, pasé de largo, no vi un cuerno. Yamila viene en la lancha, me dijo que te iba a llamar y no tenía señal. Estoy dando la vuelta en el Sarmiento, tardo veinte minutos. ¿Tenés luz?

    —Tengo —dijo Ponciano—. Tengo una lámpara.

    —¿Una lámpara?

    —La de mi viejo.

    Cacho se quedó callado un segundo. En el teléfono se oía el motor.

    —Entonces te busco por la lámpara. No la apagues.

    —No la apago.

    Los veinte minutos fueron los más largos de su vida, y los pasó de pie, con las manos en los bolsillos, cuidando una llama. Cada tanto se acercaba a la lámpara para ver si el vidrio no se empañaba. Una vez la mecha se achicó y la subió una vuelta de rueda, despacio, como le había enseñado Delia. Pensó en Delia, que no iba a conocer a la nena, y pensó que de alguna manera sí, porque la nena iba a crecer mirando esa lámpara en la casa.

    El motor volvió por el lado del Sarmiento. Primero un murmullo, después un ronquido, después un golpe de agua contra los pilotes. De la niebla salió una mancha de luz verde, la de babor, y atrás una cabina chica con un hombre de gorra, y Ponciano levantó la lámpara con las dos manos, como se levanta un trofeo, como se levanta algo que pesa mucho más de lo que pesa.

    Cacho tiró la soga con la puntería de siempre. Ponciano la amarró al noray. Los tablones crujieron bajo la proa.

    Yamila bajó primero, con un bolso al hombro y un bulto envuelto en una mantita amarilla, y no dijo nada. Se paró frente a su padre y le mostró la cara de la criatura: cerrada, arrugada, con una boca que se movía sola. Ponciano acercó la lámpara. La luz le dio en la mejilla a la nena, y ella abrió un ojo, nada más uno, y miró derecho hacia la llama.

    —Se llama Delia —dijo Yamila.

    Ponciano no contestó. Con una mano sostenía la lámpara y con la otra, muy despacio, acomodó la mantita para que el aire del río no le diera en la cara. Detrás, Cacho apagó el motor, y por primera vez en toda la tarde se oyó el agua quieta golpeando los tablones, y encima de todo eso, el chisporroteo finito de la mecha.

  • La lámpara de la Santa Rita

    A las cuatro y media de la mañana, en la Banquina de Pescadores, Marisol Pettinari todavía no sabía si la libreta de buque que llevaba en el bolsillo de la campera servía para algo. Hacía tres meses que la tenía. Hacía seis años que había dejado un call center de la calle Luro, y desde entonces había aprendido a trenzar cabos en un curso, a marearse sin vomitar y a no contestar cuando alguien le decía “señorita”.

    La Santa Rita era una lancha de rada, amarilla, de las que salen de madrugada y vuelven con la tarde. Ocho hombres y ella. El patrón, Beto Cavallaro, tenía casi setenta años, manos como raíces y la costumbre de hablar mirando el cielo. Le habían dicho que la tomara de prueba, nada más, porque faltaba un marinero y en tierra nadie quería el puesto.

    —Vos a proa y no tocás la red —le dijo Beto, mientras el motor tosía el primer humo de gasoil—. La red es de los que saben.

    —Tengo la libreta.

    —La libreta es un papel.

    Y se fue a mirar el cielo.

    Salieron por la escollera con el termo de café dando vueltas de mano en mano y una lobería roncando contra las piedras. Olía a pescado viejo, a soga mojada y a ese frío salado que se mete por las mangas. Marisol se sentó en un cajón y miró cómo los hombres acomodaban la lámpara: las alas de la red tendidas sobre la banda de babor, el plomo abajo, los corchos arriba, el copo listo para largarse por la popa. Nadie le explicó nada. Ella tampoco preguntó. Miraba las manos.

    A las siete, con el sol recién despegado del agua, Beto levantó el brazo. Había una mancha oscura bajo la superficie, un temblor de anchoíta que parecía un cielo de tormenta dado vuelta. La lancha viró despacio. Los hombres largaron el copo y la red empezó a irse al mar por la popa, corcho tras corcho, cerrando un círculo.

    —¡Despacio, despacio! —gritaba Beto—. ¡Que no se asuste!

    Cuando empezaron a recoger, el agua hervía de plata. Marisol sintió el olor antes que nada, un olor a hierro y a algo vivo. Y entonces vio la cabeza redonda y lustrosa de un lobo marino que salía por el costado del copo, con un pescado en la boca, y detrás de él, en la malla, un tajo del largo de un brazo por donde la anchoíta se escurría a puñados.

    —¡Rompió! —gritó el Gallego, un flaco de sesenta que nunca había dicho una palabra de más—. ¡Rompió el copo!

    Todos corrieron a la popa. Dos tiraban de la red, uno golpeaba el agua con un remo para espantar al lobo, y Beto, con la cara blanca, gritaba que si no cerraban el tajo en diez minutos perdían la mitad de la pesca y la mañana entera. Marisol vio los dedos de los hombres: gruesos, hinchados de frío, torpes para una aguja. Vio la naveta de madera colgada de un clavo en la cabina, con su hilo ya cargado.

    La sacó del clavo sin pedir permiso.

    —Ey, nena, eso no es… —empezó Beto.

    —Mi abuela cosía redes en el puerto —dijo ella, y se arrodilló en la cubierta, mojada hasta las rodillas—. Aguanten la malla tirante.

    No tenía tiempo de recordar nada, pero las manos recordaron solas. La abuela Nené, sentada en un cajón, con la red extendida sobre las piernas como si fuera una manta, enseñándole a diez años el nudo de malla: pasar la aguja, dar la vuelta, apretar con el pulgar hasta que cruja. “Cada malla es un nudo y cada nudo es una promesa”, decía, y Marisol se había reído, porque a los diez años uno no entiende de promesas ni de redes.

    Cerró la primera malla. Después la segunda. El Gallego sostenía el borde del tajo con las dos manos y los ojos muy abiertos. Beto se había callado. Arriba, las gaviotas giraban en círculos cada vez más bajos, esperando. El lobo, desde unos metros, observaba la escena con la dignidad de un cobrador.

    —¡Ahora, ahora! —gritó ella, cuando cerró el último nudo, y los hombres tiraron todos juntos.

    El copo subió pesado, chorreando, lleno. Las anchoítas saltaban sobre la cubierta como monedas.

    Volvieron a la banquina a media tarde, cuando ya empezaba la descarga, con los cajones apilados y los turistas mirando desde la baranda con el celular en alto. Marisol se sacó los guantes y descubrió que tenía las yemas abiertas por el hilo. No le dolían. Sentía solamente las manos, como si hubieran estado dormidas seis años.

    Beto la esperaba junto a la cabina. Ella pensó que le iba a decir algo sobre el permiso, sobre la naveta, sobre las cosas que no se tocan. Pero el viejo agarró un marcador de grasa, se acercó a la pared de madera donde estaban anotados, uno debajo del otro, los nombres de la tripulación de la Santa Rita, y escribió al final de la lista, con letra grande y torcida:

    Marisol.

    Después le alcanzó el termo, todavía tibio, y se fue otra vez a mirar el cielo.

  • El bombo de Zenón

    El parche se rajó a las once de la noche, con un chasquido seco que Ceferina Juárez sintió en los dientes antes de oírlo. Dejó la llave del tensor sobre el banco. Por la grieta, chica como una uña, se veía el ceibo hueco del casco, lustrado por dentro hasta parecer una boca.

    Era la tercera semana de junio y en el patio de tierra, bajo el algarrobo, hacía un frío que se metía en las articulaciones. En el galpón olía a cuero mojado, a humo de brasero y a viruta. Colgaban del techo tientos largos de vaca, tiesos como tallarines secos. Sobre el banco esperaba el aro de quebracho blanco, doblado a mano con agua hirviendo, y el arillo trenzado de sacha lazo, ese bejuco del monte que a ella le había enseñado a cortar su padre.

    Mañana a la noche, en el club de la villa, tocaba la peña de la chacarera. Y el bombo tenía que estar.

    No era para el conjunto. Era para su hermano Zenón.

    Zenón tenía setenta y cuatro años y había tocado el bombo toda la vida, parado a la derecha del guitarrero, con el cuerpo medio inclinado, como si escuchara algo que le contaba el cuero. Hacía dos inviernos que no oía nada. Primero perdió las voces, después los pájaros, al final la radio. Desde entonces iba a la peña igual, se sentaba contra la pared y miraba las bocas.

    —Es como ver una película sin sonido —le había dicho una vez, con esa risa corta que tenía—. Lo que no me banco es que los pibes se equivoquen en la entrada y yo no pueda ni hacerles la seña.

    A Ceferina se le ocurrió la idea sin querer, un domingo, mientras apoyaba la mano sobre un parche recién tensado y sentía cómo le temblaba la palma con cada golpe. El sonido del bombo no se queda en el aire, pensó. Pasa por la madera, por el piso, por los huesos. Si no se lo puede oír, quizás se lo pueda tocar.

    Desde entonces estuvo seis semanas con ese casco. Buscó un ceibo bien estacionado, de los que su familia guardaba en el fondo, y lo ahuecó con gubia gruesa, media y fina, hasta que las paredes quedaron finas como para cantar y gruesas como para aguantar. Lo lijó con lija gruesa y después fina. Le quemó las pelusas con el soplete. Eligió un casco algo más hondo que de costumbre, porque un bombo grave se siente más lejos.

    Sólo faltaba el parche, y el parche se había rajado.

    Ceferina se sentó en el banquito y se quedó mirando la grieta. En el galpón quedaba un solo cuero de cabra de animal adulto, grueso, de los buenos. No era de ella. Era de su padre, que lo había curtido treinta años atrás y lo había guardado enrollado en una lata, entre bolitas de naftalina, para una ocasión que nunca llegó. Ella lo conocía bien. Lo había sacado y vuelto a guardar más de una vez.

    —Papá —dijo en voz alta, sin saber por qué—, si lo uso, no queda nada.

    El brasero chisporroteó. Del otro lado de la pared, el perro se dio vuelta en su cajón.

    Abrió la lata a las doce. El cuero salió duro, color ámbar, con ese olor dulzón a cosa vieja y limpia. Lo puso a remojo en la batea, con agua tibia, y se sentó a esperar. Fumó medio cigarrillo, que no fumaba desde hacía años. Al rato fue a la cocina, calentó un jarro de mate cocido y se lo tomó sin sentirle el gusto.

    A las dos de la mañana cortó el cuero con el cuchillo, dejando un borde ancho. Lo cosió al arillo con tiento fino, puntada por puntada, tirando parejo. Lo apoyó sobre el casco, encajó el aro de quebracho y empezó a pasar el tiento grueso por los agujeros, de una presilla a otra. Cada vuelta que apretaba la hacía contener el aliento. Si tiraba de más, volvía a rajarse. Si tiraba de menos, no iba a tener cuerpo.

    A las cuatro, el frío del patio le entumecía los dedos. Fue entonces cuando golpeó el parche por primera vez, con los nudillos, muy despacio.

    No sonó mal. Sonó redondo, hondo, con una cola larga que se iba apagando contra las paredes del galpón. Pero faltaba. Ceferina sabía lo que faltaba, aunque no tuviera el nombre: ese temblor final que se queda en el cuero un instante antes de callarse. Acercó el brasero al parche, a buena distancia, y esperó a que el calor lo estirara un poco. Después apretó una presilla más, apenas un cuarto de vuelta.

    Volvió a golpear. Esta vez la madera le devolvió el golpe en las rodillas.

    Se quedó dormida contra el banco, con el bombo entre las piernas.

    La peña empezó a las diez de la noche siguiente. El club olía a empanadas, a vino de damajuana y a perfume dulce. Había un guitarrero de pelo gris, un violinista que afinaba de espaldas, dos parejas calentando los pies en el piso de baldosa. Zenón estaba en su lugar, contra la pared, con la gorra puesta y las manos cruzadas sobre el bastón.

    Ceferina cruzó la sala con el bombo colgado del hombro. Nadie dijo nada, porque todos sabían a quién le tocaba. Se paró frente a su hermano y le levantó el bastón de las manos, con cuidado, como quien levanta algo que puede romperse. Después le apoyó el bombo sobre las rodillas, le acomodó la palma de la mano derecha contra el parche y le puso el palillo en la izquierda.

    Zenón la miró sin entender.

    —Tocá —dijo ella, vocalizando—. Despacito.

    Él golpeó. Una vez, floja. El cuero respondió con un temblor que le subió por el antebrazo y le llegó al pecho. Ceferina vio cómo se le cambiaba la cara. Primero fue sorpresa, después una especie de memoria muy vieja que le volvía de golpe al cuerpo.

    Golpeó otra vez. Y otra. El guitarrero, sin que nadie le avisara, empezó a rasguear la chacarera por el lado del compás, y el violín lo siguió. Zenón entró en el tiempo justo, con la mano abierta sobre el parche, el cuerpo inclinado a la derecha, escuchando con las costillas.

    No se oía nada de lo que él sentía. Pero Ceferina, parada al lado, con los brazos caídos, vio que su hermano sonreía con los ojos cerrados, y que el bombo de su padre, hecho de cuero de cabra y de paciencia, le hablaba al oído por dentro.

  • Una hilera hasta las ocho

    A las cinco y media, en Cafayate, el frío de la noche seguía pegado a las piedras. Brígida Guanuco bajó de la camioneta de su hermano con la tijera de podar en el bolsillo del delantal y un balde de plástico en cada mano. En el parral de la finca, a un costado de la ruta 40, colgaban los últimos racimos de torrontés de la temporada. Estaban dorados, pesados, con el rocío todavía encima, y olían a flor y a durazno aplastado.

    —Tenés hasta las ocho —dijo Walter sin apagar el motor—. A las ocho viene el hombre con la retroexcavadora.

    —Ya sé.

    —Es una hilera, Brígida. Con la máquina son diez minutos.

    —Y conmigo, tres horas. Andá, andá.

    Walter se encogió de hombros y la camioneta se fue levantando polvo de canto rodado. Esa tierra era de arena y de piedras redondas que el río había traído hacía mil años, y cada vez que llovía de verdad, en febrero, devolvía las piedras a la superficie como si las escupiera. Brígida las conocía una por una. Había crecido pateándolas.

    La finca ya no era de los Guanuco. Se había vendido en agosto, después del velorio de su padre, a una bodega que iba a arrancar el parral viejo y plantar espalderos con riego por goteo. Era lo razonable. Los parrales de sesenta años rinden poco y cuestan mucho, y nadie quiere subirse a una escalera con el sol de marzo en la nuca. Brígida lo había firmado ella misma, con la lapicera que le prestó el escribano. Lo único que pidió fue la última hilera, la del fondo, hasta las ocho de la mañana. Se la dieron sin discutir. Era un pedido chico.

    Caminó bajo el parral con la cabeza gacha. Arriba, las hojas hacían un techo verde y quebrado por donde bajaban rayitos de un celeste que todavía no era día. Llegó al fondo, a las cepas más viejas, con los troncos retorcidos como sogas mojadas. Dejó los baldes en el suelo y se agachó junto al surco, donde la acequia del riego a manto estaba seca desde la semana pasada.

    —Un racimo, dos, tres —dijo en voz baja, y empezó.

    Su padre contaba así. Anselmo Guanuco cortaba cada racimo con tres centímetros de cabito, ni más ni menos, y los iba nombrando en voz alta para que nadie se distrajera. Decía que el que cosecha callado se apura, y el que se apura desgrana. Brígida sostenía el racimo con la izquierda, cerraba la tijera con la derecha y lo apoyaba en el balde sin tirarlo. Cuando el balde se llenaba lo vaciaba en el cajón, y el cajón se iba llenando de un amarillo espeso que le pegoteaba los dedos y atraía a las avispas.

    A las seis y media ya había hecho media hilera. Le dolían las rodillas y la espalda, y las manos habían aprendido de nuevo algo que nunca olvidaron. Afuera, sobre la ruta, empezaron a pasar camiones. El sol tocó primero el cerro del este, que se puso rojo, y después bajó despacio hasta las hojas.

    A las siete menos diez escuchó un motor grande, de los que hacen temblar la tierra. Se asomó entre las cepas. Una retroexcavadora amarilla había entrado por el portón y se detuvo junto al galpón. Del lado del conductor bajó un chico de veintipico, con gorra y un termo bajo el brazo, que miró el parral y después la hora en el celular.

    —Buen día —dijo, desde lejos—. Soy Lucas. Me dijeron que a las ocho. Llegué antes porque el patrón quiere que a las diez estemos en Tolombón.

    —A las ocho —repitió Brígida, sin dejar de cortar.

    —Sí, sí. Yo espero. No hay drama.

    Se sentó en el escalón de la máquina y destapó el termo. Brígida lo oyó servirse el mate, oyó el golpe del agua, oyó cómo le costaba quedarse quieto. Cuando pasó media hora y a ella todavía le faltaban veinte cepas, el chico se paró y se acercó con las manos en los bolsillos.

    —¿Querés que te ayude? Digo, si no te jode.

    Ella lo miró de arriba abajo. Tenía las uñas negras de grasa y las manos de alguien que trabaja con hierros y no con frutas.

    —Con eso no vas a poder —dijo—. Lavate en la acequia. Ahí, donde queda un poco de agua.

    Lucas se lavó. Brígida le dio la tijera del balde de repuesto y le explicó sin mirarlo.

    —Con la izquierda agarrás el racimo desde abajo, como si fuera un pajarito. Con la derecha cortás arriba. Tres centímetros de cabito. Y contás en voz alta.

    —¿Por qué en voz alta?

    —Porque si no, te apurás.

    Trabajaron un rato sin hablar, solo contando. Él se equivocaba, cortaba corto, desgranaba un puñado, pedía perdón a las uvas. Ella le corregía la mano, una vez, dos veces, y a la tercera ya no hizo falta. Los cajones se llenaron. La hilera, cepa por cepa, se fue vaciando hacia el fondo. A las ocho menos diez quedaba una sola planta, la última, con un racimo grande colgando de una rama baja, bien a la vista.

    —Ese es tuyo —le dijo Brígida a Lucas.

    —No, no. Cortalo vos.

    —Cortalo vos. Pero dejale el cabito largo.

    Lucas cerró la tijera con cuidado. El racimo cayó en su mano izquierda, entero, sin perder un grano. Lo miró como si no supiera qué hacer con eso, y finalmente lo puso arriba de todo en el cajón.

    Brígida se acercó a la cepa pelada. Eligió un sarmiento del año, del grosor de un lápiz, con tres yemas hinchadas y apenas verdes. Lo cortó en bisel y lo envolvió en un trapo húmedo.

    —Eso es para plantar —dijo Lucas.

    —Sí. En el fondo de mi casa. En Salta, capital, en un patio de tres por tres.

    —No va a dar uva.

    —Va a dar sombra. Y cuando dé una sola uva, una, me la voy a comer contando.

    A las ocho en punto sonó el celular del chico. Era el patrón. Lucas dijo que sí, que ya estaba. Cargó los cajones en la camioneta de Walter, que llegó justo, y después subió a la retroexcavadora y encendió el motor. Brígida ya estaba en el portón con el sarmiento envuelto contra el pecho. Lo vio avanzar despacio hacia el parral viejo, bajar la pala y levantarla. Antes de empezar, la máquina se quedó un segundo quieta, con el motor al ralentí, en el aire frío que se iba entibiando.

    Después Lucas empezó por la hilera de al lado, y no por la de ella.

  • La balanza de Hilario

    A las cinco y diez de la tarde, la fila de camiones llegaba hasta el almacén de ramos generales. Hilario Toledo, desde la garita de la balanza, los contaba por el ruido: el chirrido de los acoplados, el resoplido de los motores viejos, el crujido de la caña seca que se acomodaba sobre las chapas. Olía a azúcar quemada y a humo de bagazo. En Santa Lucía, en plena zafra, todo olía así, hasta la ropa tendida.

    Hacía treinta y un años que pesaba. Conocía la balanza como se conoce una cara. Sabía que la aguja se quedaba pegada un instante en los ochocientos kilos, y que había que darle un golpecito con la uña del dedo gordo, siempre el mismo, para que siguiera.

    Ese junio de 1966 todo el mundo hablaba de los cupos. Habían bajado de Buenos Aires con un papel: el ingenio molería lo que le mandaran y nada más. Los cañeros chicos, los de menos de tres hectáreas, ya no figuraban en ningún registro. Hilario había visto el cartel pegado en la puerta de la administración y había hecho lo que hacía siempre con lo que no le gustaba, mirarlo dos veces y no decir nada.

    —Siguiente —gritó.

    Entró un camión playo con acoplado, descolorido, con una cruz de ramas de laurel atada al espejo. Bajó un hombre flaco, con sombrero de paja y las alpargatas llenas de tierra colorada. Detrás bajó una nena de unos ocho años, con una vincha de lana.

    —Buenas tardes, don Hilario —dijo el hombre—. Soy Ceferino Roldán, de Los Sosa. Mi padre pesaba acá con usted.

    —Me acuerdo de tu padre. Se murió en el sesenta y uno.

    —En el sesenta y dos —corrigió Ceferino, bajito.

    Hilario asintió. Tenía razón. Siempre se equivocaba con las fechas de los muertos.

    —¿Tenés boleta de cupo?

    Ceferino se sacó el sombrero. Lo apretó con las dos manos, como si le pudiera sacar agua.

    —No tengo. Tengo dos hectáreas y media. Con lo que sale de esta carrada pago la cuota de la semilla y le compro zapatos a la Marisa. Ya le pidieron a mi vecino que no entregue, y no entregó. Pero yo ya corté.

    La nena miraba la balanza con la boca un poco abierta. Hilario le sostuvo la mirada y le habló a ella.

    —¿Querés ver cómo anda esto?

    La nena dijo que sí con la cabeza.

    —Venite.

    La llevó a la garita. Le mostró el cuadrante, las pesas de bronce alineadas en su estante, el libro grande donde anotaba cada carrada con lapicera de tinta azul. Adentro hacía calor y el aire se movía con el ventilador de hojalata, que daba una vuelta y se atascaba, y otra vuelta, y se atascaba.

    —Ahora el camión se sube a la plataforma —explicó— y la aguja se mueve. Cuando se frena, ahí está el peso. Yo lo leo y lo anoto. Nada más. Mi trabajo es decir cuánto pesa lo que me traen.

    —¿Y si no lo dejan entrar? —preguntó Marisa.

    Hilario no contestó enseguida. Afuera, en la fila, alguien tocó bocina. Un chico vendía empanadas de carne en una canasta, y el olor a comino y grasa caliente se coló por la ventanilla.

    —Ahí, en la entrada, está el capataz de los cupos —dijo al fin—. Él decide quién entra. Yo decido cuánto pesa.

    Ceferino subió el camión a la plataforma. Las lingas de caña, ordenadas con cuidado, brillaban un poco con el sol bajo. La aguja se movió, tembló, y se quedó pegada en los ochocientos. Hilario le dio el golpecito con la uña.

    La aguja siguió.

    Marcó dos mil trescientos cuarenta kilos. Hilario miró el número. Después miró el libro. Después miró, por la ventanilla, al capataz de los cupos, que estaba a veinte metros, de espaldas, discutiendo con un camionero.

    Mojó la lapicera. En la columna del nombre escribió: Establecimiento Los Sosa, cupo Aguirre. Era el cañero de al lado, un viejo con cuarenta hectáreas y la cuota sin cubrir, que dos días antes le había dicho, entre mate y mate, que le sobraba lugar y le faltaba caña.

    Escribió el peso con letra prolija. Firmó. Arrancó el talón y se lo dio a Ceferino por la ventanilla, doblado en cuatro.

    —Esto lo llevás a la caja. Si te preguntan, pesó en mi balanza. Y es verdad.

    Ceferino no dijo nada. Se le llenaron los ojos, y se los secó con el sombrero. Bajó el camión de la plataforma muy despacio, como si pudiera romper algo.

    Marisa se quedó un segundo más en la puerta de la garita.

    —¿Es siempre así de calentito acá?

    —Siempre.

    —Yo cuando sea grande voy a pesar —dijo—. Pero lo que quiera.

    Hilario sonrió, aunque ya estaba mirando el próximo camión.

    —Pesá lo que es. Eso alcanza.

    Los vio irse por el camino de tierra, con la cruz de laurel balanceándose en el espejo, hasta que el polvo los tapó. Después salió a la plataforma vacía, se agachó y pasó la palma por el hierro, todavía tibio de la última carrada.

    La aguja, sin peso, volvía despacio al cero. Se quedó un instante pegada. Hilario esperó, como siempre, a que ella sola decidiera seguir.

  • Cuarenta baldes para el Bordoneando

    El camión de agua no vino. Estela Ledesma lo supo a las siete y media, cuando el encargado le habló por celular desde algún lugar con mucho ruido de motor y le dijo que se había roto la bomba, que lo resolviera como pudiera, que hoy abría la Bienal y la ciudad tenía que estar linda.

    —¿Cómo pudiera? —dijo ella, pero la llamada ya se había cortado.

    Miró el boulevar. Estaba parada frente a la Plaza 25 de Mayo, con un balde de plástico celeste, un cepillo de raíz, un trozo de jabón de coco y un trapo que alguna vez fue una remera de Chaco For Ever. Delante, la escultura que le tocaba lavar desde hacía veintisiete años: el Bordoneando. Julio le había dejado el polvo de la semana encima, y encima del polvo, las huellas de las palomas.

    Tenía hasta las seis de la tarde. A esa hora empezaba la gente a cruzar la plaza hacia el Domo del Centenario, a ver a los escultores trabajar en el predio de la costanera. Era la costumbre de la ciudad: la Bienal abría y todo lo que había en la calle tenía que estar limpio, como cuando se espera visita en una casa.

    Sin agua, no había nada que hacer. Estela se sentó en el cordón con el balde vacío entre los pies. La mañana tenía ese frío de invierno chaqueño que dura hasta las diez y se va de golpe, como un invitado que se acordó de algo.

    —¿Tenés sed? —dijo una voz.

    Era doña Chela, la de la casa de la esquina, con la silla de playa ya instalada en la vereda y el termo bajo el brazo. Tenía ochenta y pico, el pelo atado con una cinta y una cuenta pendiente con el sol.

    —Lo que tengo es un balde vacío, Chela.

    —Eso se arregla. Mi canilla no está lejos.

    No estaba lejos, pero tampoco cerca: eran ochenta pasos hasta el fondo del pasillo, y un balde lleno pesa. Estela hizo la cuenta de cabeza. Para lavar bien una escultura así, con enjuague, hacían falta unos cuarenta baldes. Ochenta pasos de ida y ochenta de vuelta, cuarenta veces. Le dolió la espalda antes de empezar.

    Aun así, fue. Llenó el balde en la canilla de doña Chela, que sonaba como si tosiera, y lo cargó hasta el boulevar con el brazo duro. Mojó el trapo, frotó un costado de la figura, y el agua se fue sucia por la base, marrón como el río. Volvió. Llenó. Cargó.

    A la quinta vuelta apareció un pibe de unos nueve años con una mochila de guardapolvo, que se había quedado mirándola desde la parada del colectivo.

    —¿Por qué la lavás? —preguntó—. Si nadie la toca.

    Estela se secó la frente con el antebrazo.

    —Justamente por eso. Si nadie la rompe, alguien tiene que cuidarla.

    —Mi mamá dice que no las rompen porque son de todos.

    —Tu mamá sabe.

    El pibe se encogió de hombros, dejó la mochila en el pasto y agarró el balde. Era un poco más grande que su mitad superior. Lo arrastró más que lo cargó, derramando la mitad, pero en el fondo quedaron unos tres litros que Estela agradeció como si fueran de oro.

    —Me llamo Tomás.

    —Estela. Vas a llegar tarde al colegio.

    —Tengo el acto de la Bienal. Entro a las diez.

    Quedaban dos horas. Tomás hizo cuatro viajes. Después apareció una chica con uniforme de peluquería, que dejó el bolso y se hizo cargo del trapo mientras Estela descansaba el hombro. Después el kiosquero de enfrente, con su propia manguera de media cuadra, que no alcanzaba pero ayudó a mojar la base. Después dos albañiles que tomaban el tereré en un camión estacionado y que, sin decir nada, empezaron a pasar los baldes de mano en mano. Doña Chela cebaba desde la silla, sin moverse, pero cada tanto gritaba una orden: «¡Más jabón en el hombro!», «¡No frotes tan fuerte, que se lastima!», como si la escultura fuera una criatura recién bañada.

    Estela no recordaba cuándo había dejado de contar. A las once y cuarto, el sol ya estaba alto y le pegaba en la nuca. A las doce, había quince personas haciendo una fila torcida entre la canilla y el boulevar, y nadie se conocía del todo, pero todos se conocían de vista, que en una ciudad como Resistencia es casi lo mismo. Alguien trajo una escalera para llegar a lo más alto. Alguien trajo empanadas.

    A las dos de la tarde la escultura brillaba. No como nueva, que no era el caso, sino como si hubiera cosas que había guardado y ahora se animaba a mostrar. Las manchas verdes de la humedad habían desaparecido. En la piedra mojada se reflejaba la plaza entera, los palos borrachos, los techos, un trozo de cielo.

    Estela se sentó otra vez en el cordón, ahora con el balde al revés para usar de banquito, y miró lo que habían hecho. Le sorprendió tener ganas de llorar, y se aguantó, porque no era de tristeza y no sabía cómo explicarlo.

    —Quedó bien, ¿no? —dijo Tomás, que había faltado al acto y no parecía arrepentido.

    —Quedó bien.

    —¿Te ayudo el año que viene?

    Ella pensó en la bomba rota, en el encargado, en los veintisiete años de balde celeste. Pensó que hasta ayer había creído que ese trabajo era suyo, de ella sola, de nadie más, un secreto de la ciudad que le habían confiado como a una cerradura. Y que la cerradura, por lo visto, se abría con cualquiera que quisiera.

    —El año que viene traé tu balde —dijo.

    A las cinco y media empezó a pasar la gente hacia la costanera. Algunos se frenaban frente a la escultura húmeda, la tocaban con la punta de los dedos, dejaban una marca de mano en la superficie que se iba secando lentamente. Estela las miró desaparecer una por una, y no las limpió.

  • La boletera del Cocomarola

    A las siete menos diez, Nilda Báez levantó la persiana de la boletería y el calor entró antes que la gente. Enero en Corrientes pesaba así: aire de plancha, olor a asfalto recalentado y a chipá recién sacado de los puestos de la vereda. Del otro lado del vidrio, la cola ya doblaba la esquina.

    Hacía treinta y un años que vendía entradas en el Anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola. Treinta y un eneros. Conocía el ruido de la caja de zapatos donde guardaba el cambio, lo pegajoso del mostrador, el modo en que la gente suspira al sacar la plata. Lo que no conocía, de punta a punta, era una noche. Desde la ventanilla le llegaban pedazos: un fueye de acordeón, un aplauso, un sapucay lejano. Nunca el final de nada.

    —Nilda, ¿cuántas van? —preguntó Chelo, el de seguridad, apoyado en la reja.

    —Siete mil la que entra hasta las nueve y media, nueve mil la que no tiene horario. Esas van.

    Era el domingo, la última noche de la Fiesta, y en marzo se jubilaba. Se había prometido una sola cosa: a las once, cuando bajara la persiana, cruzar el portón con su propia entrada y escuchar «Kilómetro 11» sentada en la grada, donde le tocara. La había pagado de su sueldo, sobre el mostrador, como cualquiera. Ahí estaba, en el bolsillo del delantal, doblada en cuatro.

    A las ocho y media la cola se acortó. Entre un matrimonio de Resistencia y tres chicas con termo y tereré, apareció un pibe de unos catorce años con un estuche de acordeón más ancho que su espalda. Traía las zapatillas blancas de polvo colorado y una camisa de domingo abrochada hasta el cuello.

    —Señora, ¿cuánto sale sin horario?

    —Nueve mil.

    El pibe contó. Tenía cuatro mil doscientos pesos en billetes chicos, planchados con la palma de la mano. Los dejó sobre el mostrador sin decir nada más.

    —Vení mañana, hijo. Mañana no hay función.

    —Vengo de Santa Lucía. Son tres horas y media de colectivo. —Hablaba despacio, con ese cantito que arrastra las palabras como quien tira de un carro—. Mi abuelo tocaba. Ahora no ve y casi no oye. Me dijo que si alguna vez pasaba por el escenario grande, lo escuchara por los dos.

    —Eso se arregla con la radio, no con una entrada.

    —No, señora. Yo no vengo a tocar. Vengo a estar.

    Nilda miró el vidrio, donde se le reflejaba su propia cara con el flequillo pegado por el calor. Veinte años atrás habría llamado a Chelo. Diez años atrás habría dicho que las reglas son las reglas y que ella no era la dueña de la caja. Ahora tenía en el bolsillo una entrada doblada en cuatro y la cuenta hecha: si la daba, no había otra, porque la boletería cerraba agotada y esa noche no sobraba ni un asiento.

    Sacó los billetes del mostrador y los empujó de vuelta.

    —Guardá eso. Es para el pasaje de vuelta.

    —No quiero limosna —dijo él, con el mentón duro.

    —No es limosna. Es una entrada que sobra.

    Y la deslizó por la ranura, doblada en cuatro, tibia todavía del bolsillo. El pibe la desplegó con cuidado, la alisó contra el pecho y la miró un rato largo, como si tuviera que aprendérsela.

    —¿Y usted?

    —Yo tengo trabajo. Andá, que se te pasa «el que viene».

    Chelo lo hizo pasar por el portón, y el estuche del acordeón fue lo último que se vio, balanceándose entre la gente, hasta que lo tragó la luz de la entrada.

    Después vinieron los rezagados, un hombre que quería factura, una señora que había perdido las gafas, el cambio que no cerraba por trescientos pesos. Nilda contó dos veces. A las diez y media nadie más hizo cola. A las once menos cinco bajó la persiana hasta la mitad y se sentó en el cajón de gaseosas, con la espalda contra la pared tibia, sin ninguna entrada en el bolsillo.

    Entonces el anfiteatro se calló. No fue un silencio de verdad, había grillos, había un motor lejano sobre la costanera, pero se calló la multitud, y por la ranura de la persiana entró, entera por primera vez, la primera frase de «Kilómetro 11». El acordeón dibujó la bajada hacia el río, la guitarra la siguió despacio, y diez mil personas, o las que fueran, respiraron al mismo tiempo.

    Nilda cerró los ojos. Pensó en el pibe en alguna grada, con la entrada aplastada contra la camisa, escuchando por dos. Se dio cuenta de que ella también escuchaba por alguien. Por la que fue a los veinte, cuando empezó con la caja de zapatos y juró que algún día iba a oír una noche completa.

    Sobre el mostrador, con la uña del dedo gordo, empezó a marcar el compás en la madera. Treinta y un años de ventanilla, y por primera vez la música no llegaba cortada.

    Cuando la canción terminó y el aplauso subió como una marea, alguien golpeó con los nudillos la persiana. Nilda la levantó. Era el pibe, sin aliento, con el estuche a un costado y los ojos brillantes.

    —Salí un segundo —dijo—. Para que la oiga con alguien.

    Y se sentó a su lado en el cajón, a la mitad de la noche, a esperar la próxima.

  • La hoya de don Eladio

    A las once y diez de la noche, el termómetro de la galería marcaba 3,4 grados y bajaba un décimo cada vez que Eladio Sepúlveda lo miraba, como si lo hiciera a propósito. Afuera no se movía una hoja. En el Alto Valle, en octubre, esa quietud es mala señal: el aire frío no se va a ningún lado, se asienta, y se asienta siempre en los mismos lugares.

    Brisa, su nieta, entró con dos mates y la tablet bajo el brazo. Tenía veintiséis años, un título de agrónoma de Cinco Saltos y la costumbre de hablar con números.

    —El pronóstico da menos tres para las cuatro —dijo—. Los sensores están en los sectores uno, dos y tres. Con los aspersores en los tres alcanza hasta menos cuatro, según el cálculo.

    —¿Y el cuatro? —preguntó Eladio.

    —¿Qué cuatro?

    —El sector cuatro. Allá al fondo, donde está el zanjón.

    Brisa miró la pantalla. El sector cuatro era una franja de peras Williams, las más viejas de la chacra, plantadas por él en el noventa y uno. No tenía sensor. Su padre, cuando lo instalaron, había dicho que ahí abajo no hacía falta, que era el mismo clima que en el resto.

    —Es el mismo clima, abuelo.

    —No lo es.

    Eladio puso el mate sobre la mesa y no dijo nada más, porque sabía que con eso no alcanzaba. Hacía cuarenta años que sabía algo que no sabía explicar. Que a la una de la mañana, cuando el resto de la chacra todavía aguantaba, en la hoya del fondo el frío caía como un balde. Lo había aprendido de su padre, que lo había aprendido del suyo, y en el medio había quedado una época en que él tomaba el teléfono de disco de la cocina y llamaba a los vecinos, uno por uno, para avisarles que había que prender las cubiertas. Ahora las cubiertas estaban prohibidas, y con razón. Se acordaba del humo negro pegado a la ruta 22 y de los pañuelos mojados en la cara. Pero lo del teléfono nadie lo había reemplazado.

    —Quiero mostrarte dónde empieza —dijo por fin—. Antes de que baje más.

    —Abuelo, hace frío.

    —Por eso.

    Salieron los dos con campera y linterna. La tierra estaba dura y el olor a hoja mojada y a canal subía desde el costado de la chacra. Se oía el ladrido de un perro en la chacra de al lado, y más lejos, sobre la barda, un camión cambiando marchas. Eladio caminó entre las filas sin mirar el suelo, con el paso corto de quien conoce cada raíz que sobresale. Brisa lo seguía con la linterna baja.

    Pasaron los sectores uno y dos. En el tres, el aire tenía un filo limpio. En el cuatro, de golpe, fue distinto: una humedad pesada, quieta, que se pegaba a la cara.

    —Pará —dijo Eladio, y levantó la mano—. Sentí.

    Brisa se detuvo. Tardó unos segundos. Después se sacó el guante y abrió la palma frente a sí.

    —Acá hay dos grados menos —dijo, despacio—. Fácil.

    —Más.

    —No tengo cómo medirlo.

    —Yo tampoco —dijo Eladio, y se rió bajito—. Nunca tuve cómo. Me lo dijo mi viejo parado en este mismo lugar. Dos pasos antes del poste torcido.

    Ella señaló el poste. Estaba torcido. Se quedó mirando la ladera suave que bajaba hacia el zanjón y, por primera vez en toda la noche, no sacó la tablet.

    —Es una cubeta —murmuró—. Acá se acumula el aire frío, por la pendiente.

    —Eso. Una hoya.

    —Se llama cuenca de aire frío, abuelo.

    —Hoya está bien.

    Volvieron a la galería casi corriendo. Brisa llamó a Gustavo, el eléctrico, para que bajara a medianoche y le armara un sensor con un cable largo, y mientras esperaban, ella dibujó en un cuaderno cuadriculado el plano del sector cuatro, con una cruz en el poste torcido. Eladio la dejaba hacer. Había algo de lo que no tenía ganas de hablar, y era lo que sentía mirándola: que había pasado cuarenta años solo con esa cosa en la cabeza, sin saber a quién dársela.

    A la una menos diez, el sensor nuevo, colgado a la altura de las flores, marcó menos 0,8 en el sector cuatro. En el uno marcaba 1,1 sobre cero.

    —Prendemos —dijo Brisa.

    —Prendé el cuatro primero.

    Ella tocó la pantalla. Lejos, entre las filas, la bomba arrancó con un golpe sordo y los aspersores empezaron a girar, uno después del otro, con ese tac tac tac de lluvia mecánica. Eladio se quedó en la galería con el termo debajo del brazo, escuchando. A las dos y media, el cuatro marcaba menos 2,6. A las tres y veinte, menos 3,1. El agua seguía cayendo. Cada flor, cada pimpollo blanco de las Williams viejas, iba quedando encerrada en su cubito de hielo, y adentro, a cero grados justos, estaba vivo.

    Cerca de las seis, cuando el cielo empezó a aclararse por el lado de Fernández Oro, Brisa lo despertó con un toque en el hombro. Se había dormido en la silla de la galería con el mate frío en la mano.

    —Abuelo. Mirá.

    Salieron al fondo. El sol todavía no había llegado, pero había luz, y en esa luz las peras brillaban. Todas las ramas estaban cubiertas de una capa transparente, y cada flor adentro, intacta, como una piedra en un anillo. Brisa sacó el cuaderno cuadriculado del bolsillo y, sin decir nada, escribió debajo de la cruz del poste torcido: “Sensor fijo. Hoya de don Eladio.”

    Él lo leyó dos veces. Después se agachó, apoyó la mano en la tierra helada, y dijo en voz baja, como si hablara con alguien que ya no estaba, que sí, que era acá, que ya estaba avisado.