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  • El pan de Cirilo

    A las seis y diez, con el salar todavía azul de frío, Cirilo Vilte clavó el hacha en la costra y la costra no se abrió.

    Probó de nuevo, más abajo, donde el agua había dejado una veta gris. Nada. El filo rebotó con un sonido de vidrio y le subió por los brazos una vibración que conocía de chico y que había olvidado. Hacía veinte años que no cortaba sal en pan. Las piletas de la cooperativa daban sal gruesa para las fraccionadoras, y los camiones que subían por la ruta 52 se llevaban bolsas, no panes. El hacha la había buscado anoche entre los trastos del galpón, envuelta en un poncho que olía a humedad y a orín de ratón.

    —Abuelo, ¿está grabando o no? —dijo Yanina, que tenía catorce años, un gorro de lana con orejeras y el celular en alto, a dos metros, como quien no se acerca a un animal que no conoce.

    —No grabes todavía. Esperá que salga bien.

    —¿Y si no sale?

    —Sale.

    Yanina había llegado el viernes desde San Salvador, mandada por la madre para que “se despejara”, y desde entonces comía poco, miraba la señal del teléfono como se mira el cielo y respondía con monosílabos. Cirilo no se lo reprochaba. Tres mil cuatrocientos cincuenta metros de altura no son para cualquiera: la cabeza se pone pesada y el aire parece un pan viejo. Pero anoche, mientras pelaban papas, ella le había preguntado por qué el burro se llamaba Capón si ya no hacía de burro cargador, y él había empezado a contar. Cómo se armaba la tropa de veinte, treinta animales. Cómo se preparaba el ávio, la harina cocida para la ulpada, el chilcán con queso, las tortillas. Cómo se salía a la Quebrada con la sal cortada en panes y se volvía, quince días después, con maíz, harina y duraznos secos. Yanina había dejado de pelar. Después dijo: “Mostrame”.

    Y ahí estaba él, a las seis y cuarto de la mañana, un hombre de cincuenta y ocho años con una hacha y una promesa.

    Miró alrededor. El salar se extendía hacia el Chañi y el Tuzgle sin una sombra, con sus polígonos de costra marcados como los de un barro seco, y a lo lejos las piletas rectangulares, celestes contra el blanco, donde a esa hora ya no había nadie. Se acordó de su padre, que cortaba de rodillas. Se acordó de que no había que pegar con fuerza sino con ganas de partir, y que eso, decía el viejo, era distinto.

    Se arrodilló. La rodilla crujió, la sal le mordió el pantalón. Calentó el filo contra la palma de la mano, tomó aire que no alcanzaba y golpeó siguiendo la veta, no contra ella. Un golpe corto. Otro, en el mismo lugar. La costra hizo un ruido seco, como de hielo en un vaso, y una línea fina corrió hacia la derecha.

    —Ahora —dijo, sin darse vuelta.

    Yanina apretó el botón.

    Cirilo cortó los cuatro lados con paciencia. Metió la punta del hacha por debajo y apalancó. El pan se levantó entero, blanco, con las aristas vivas, del tamaño de un ladrillo grande y casi del peso de un chico de cinco años. Tenía debajo una capa húmeda y brillante que se llenó de luz apenas asomó el sol detrás del cerro.

    —Mirá —susurró Yanina, y era la primera cosa que decía en tres días sin quejarse.

    —Pesa —dijo él, y se rió, porque pesaba más de lo que recordaba y porque la espalda ya le estaba cobrando.

    Lo llevaron entre los dos hasta el borde del camino, donde Capón esperaba atado a un poste, con la cola moviéndose de a ratos. Le acomodaron el pan en las alforjas con una carona doblada para que no lastimara. El burro bufó, midió la carga, dio dos pasos de prueba y se quedó quieto, de acuerdo.

    —Hasta Purmamarca son sesenta kilómetros —dijo Yanina, mirando el teléfono—. Por la ruta. ¿Vamos a ir caminando?

    —No. Hasta la apacheta de la cuesta, nada más. Después lo llevamos en la camioneta del Rolo.

    —O sea que es mentira.

    —Es la mitad —admitió Cirilo—. Pero la mitad se hace.

    Caminaron una hora al costado de la ruta, con el viento de frente y un camión de sal que los pasó con la bocina, saludando. En un recodo, una pila de piedras con hilos de lana de colores, botellas vacías, una hoja de coca aplastada, un durazno seco ya negro. Cirilo sacó del bolsillo una petaca de alcohol, otra bolsita de coca, y le ofreció a la nieta.

    —Se le convida a la tierra antes de pedirle.

    —¿Qué le pido?

    —Lo que quieras. Pero ahí.

    Yanina se quedó un rato con la mano en la bolsita. Después tiró unas gotas sobre las piedras, dejó tres hojas, y movió los labios sin sonido. Cirilo hizo como que miraba a Capón.

    Antes de irse, ella se agachó y, con la uña, sacó una lasca del pan, chica, y la puso en la palma.

    —¿Se puede?

    —Se puede. Probala.

    La lamió y puso cara de sorpresa. No era el sabor de la bolsa del súper, ni de las papas fritas. Era más seco, con algo mineral, como de piedra de río.

    —Es otra sal.

    —Es la misma —dijo Cirilo—. Solo que esta la cortaste vos con tus ojos.

    —Yo no corté nada.

    —Estuviste.

    Bajaron despacio. Al fondo, en la banquina, la camioneta del Rolo ya levantaba polvo. El burro iba adelante con la carga de blanco sobre los lomos, y la luz de las ocho le prendía los bordes del pan, como si todo el salar se hubiera juntado en un solo bloque para irse a la Quebrada, quince días y veinte burros más tarde.

  • El círculo de Pichanas

    Rosa Sandoval tenía catorce años y una escoba de chilca más alta que ella. Desde las seis de la mañana barría el piso de tierra del tinglado de Colonia Las Pichanas, y cada pasada levantaba un polvo fino que se le metía en la boca y le sabía a harina vieja.

    Era el jueves 3 de junio de 1943. Al otro día, viernes, iba a haber baile con un cuarteto que habían escuchado por la radio de Córdoba, y en el paraje no se hablaba de otra cosa. Los hermanos Francisca habían repartido las tareas como se reparte una cosecha: unos colgaban los faroles de kerosene, otros acarreaban tablones para los bancos, y a Rosa le tocaba el piso, porque, dijo el presidente de la comisión, tenía mano de barrer.

    —¿Vos los oíste alguna vez? —le preguntó la Tota, la hija de los vecinos, que había venido a ayudar con los faroles.

    —No tenemos radio.

    —Yo tampoco. Pero mi tío Juan sí, cuando estaba de colimba en Córdoba. Dice que suena como si alguien le diera cuerda a un reloj y se olvidara de parar.

    Rosa se rió y siguió barriendo. Del otro lado del camino salía humo del algarrobo que alguien ya había puesto a arder para el cabrito de mañana, y el aire de junio, seco y frío, traía ese olor mezclado con el de la tierra mojada con la que los chicos habían apagado el polvo del camino.

    A mediodía comieron en la cocina de la casa, frente al tinglado: mate cocido, tortas fritas del día anterior y un resto de guiso. Su padre, Eusebio, tenía a cargo la barra del baile. Contaba las damajuanas de vino en voz baja, como quien reza, sin levantar la vista del cuaderno.

    —Mañana el primer baile me lo debés, papá —dijo Rosa.

    Eusebio dejó el lápiz.

    —Mañana yo atiendo la barra. Alguien tiene que cobrar.

    —Mamá no te hubiera dejado cobrar.

    Lo dijo sin pensarlo, y enseguida quiso desdecirse. Hacía dos inviernos que Clara se había muerto, y hacía dos inviernos que el traje negro de bailar colgaba en el ropero, con una bolita de alcanfor en cada bolsillo. Su madre bailaba el pasodoble de una manera que todo el paraje recordaba: con la espalda derecha como un poste y los ojos entrecerrados, como si escuchara algo más lejos que la música.

    —Terminá de comer —dijo Eusebio. Y no habló más.

    La tarde fue de sulkies y de carros. Llegó un hombre con las bolsas de harina para las empanadas, llegó un sobrino de los Francisca con el cajón de los vasos, y Rosa cargó tablones hasta que se le entumecieron los dedos. A la noche barrió por segunda vez. Después se acostó con la ropa puesta y los pies helados, mirando el techo de chapa, rabiosa con ella misma por haber mencionado a su madre.

    No supo cuánto durmió. Algo la despertó: un ruido seco y parejo, un arrastrar y un golpe, un arrastrar y un golpe, del lado del tinglado. Se puso el poncho y salió descalza.

    Había luna. La luz entraba entre las tablas del tinglado y rayaba el piso de plata. En el medio, solo, estaba su padre.

    Eusebio tenía puesto el traje negro. Le quedaba un poco ancho, porque ese verano había adelgazado, y olía a alcanfor hasta desde la puerta. Sostenía la escoba de chilca contra el pecho, con la mano izquierda en el cabo y la derecha extendida, como se sostiene a una compañera, y daba pasos cortos, un dos, un dos, con la boca apenas abierta contando sin voz. Giraba con cuidado, y la escoba giraba con él, y las cerdas arrastraban un poco en la tierra y dibujaban un círculo.

    Rosa se quedó quieta, con una mano en el palo de la puerta. Vio cómo se equivocaba el paso, se detenía, se acomodaba el saco y empezaba de nuevo. Vio que tenía los ojos entrecerrados, como los de ella, como los de su madre.

    No hizo ruido. Volvió a la casa, se metió en la cama y se tapó hasta las orejas. Cuando él entró, un rato después, ella fingió dormir, y el olor a alcanfor se quedó un buen rato en el cuarto.

    El viernes se levantó antes de que aclarara. Fue al tinglado con la escoba de repuesto. El piso estaba como lo había dejado: parejo y gris, salvo en el medio, donde había un círculo grande de rayas finas, con las marcas de unos zapatos de hombre que habían dado la misma vuelta muchas veces.

    Rosa barrió todo, rincón por rincón, hasta las patas de los bancos. El círculo no lo tocó.

    Los músicos llegaron al atardecer, después de ciento cincuenta kilómetros de huella, con el polvo hasta las cejas y los instrumentos envueltos en frazadas. Una mujer joven se sentó al piano que habían bajado entre cuatro del camión, apoyó la mano izquierda y marcó un pulso, nada más, y el tinglado entero se movió un poco. Hasta el cabrito, en la parrilla, pareció escuchar.

    Esa noche llegó gente de veinte leguas a la redonda. Los hombres entraron con el sombrero en la mano, las mujeres con los vestidos que guardaban para las bodas, y los chicos se metieron debajo de los bancos para ver bailar desde abajo. Los faroles hacían temblar las sombras en las chapas. Cuando sonó la primera pieza, un pasodoble con un aire de tarantela que nadie había escuchado así, nadie se animó a salir.

    Eusebio estaba detrás de la barra, con el delantal y el cuaderno. Rosa cruzó el tinglado y se paró frente a él, sin decir nada, con las manos en los costados.

    Él la miró un rato largo. Después se sacó el delantal, lo dobló y lo dejó sobre las damajuanas. Estaba otra vez con el traje negro, y a ella se le aflojó algo en el pecho.

    —Es nada más que uno —dijo.

    —Uno solo —dijo Rosa.

    Le dio la mano y lo llevó, entre la gente que se abría sin hablar, hasta el medio del piso. El círculo ya casi no se veía, pisado por veinte botas. Rosa lo encontró igual, con los pies, y empezó a contar.

  • El silbato de las cuatro y cuarenta

    A Ramón Cuello le temblaba el cordón del silbato. No de nervios, se dijo, sino del frío de julio, que en Villa Mercedes entra por los puños de la camisa y no pide permiso. Eran las tres y media de la tarde, el sol estaba bajo y amarillo sobre el Barrio Estación, y la cancha de tierra y pasto ralo que quedaba pegada al terraplén tenía todavía la escarcha en el arco norte, donde no llegaba la luz.

    Era su último partido. Treinta y dos años de árbitro en la liga, y antes de eso veinte de cambista en el ferrocarril, de los que levantaban la mano con la bandera verde. Sabía los horarios de memoria sin querer saberlos: el de Retiro a Mendoza pasaba a las cuatro y cuarenta, y desde que se enteró de que ese domingo era el último tren de pasajeros, no pudo pensar en otra cosa.

    —¿Todo bien, don Ramón? —le preguntó el juez de línea, un flaco de campera de Boca que le decían Chiquito.

    —Todo bien. Revisá que la red del sur esté sujeta.

    —Ya la revisé.

    —Revisala de nuevo.

    Chiquito se fue arrastrando los pies. Ramón se agachó para atarse los cordones, aunque ya los tenía atados. Del lado del alambrado, las señoras de los jugadores habían armado un fogón en un tacho y calentaban agua para el mate. Olía a leña de piquillín y a grasa de empanada fría. Alguien tenía una radio a pilas que escupía una cumbia entrecortada.

    El partido era entre el Ferroviario y un club del otro lado del río Quinto, y valía poco: un lugar a mitad de tabla. Pero los dos planteles habían venido igual, con los camiones de la fruta prestados y las camisetas lavadas a mano, porque era el último domingo de Ramón y en la liga eso se respetaba.

    A las cuatro en punto juntó a los capitanes en el círculo. Uno era un pibe de bigote ralo, el otro un hombre mayor que ya había jugado de contrario en los ochenta.

    —Don Ramón —dijo el mayor—, ¿quiere que le hagamos un pasillo al final?

    —No quiero pasillo. Quiero que jueguen limpio, nada más.

    Sopló. El silbato sonó finito en el aire seco y el partido arrancó con una patada larga que se perdió contra el terraplén. Ramón corrió pegado a la jugada, con el reloj de bolsillo en la mano izquierda, el mismo que había usado para marcar los pasos de los coches en la estación. Dio tres faltas en el primer cuarto de hora, y a todas las cobró despacio, mirando a los ojos.

    A las cuatro y media ya le ardían los pulmones. Pensó en lo que había pensado toda la semana: que no iba a dejar que el tren pasara con el partido andando. El estruendo de la máquina, el ruido de los vagones sobre los rieles, las bocinas, todo iba a tapar el juego, y alguien iba a hacer un gol sin que nadie lo oyera. Peor: iba a ser un partido que se acordara por el tren y no por él.

    Pero tampoco quería parar. Parar era admitir algo.

    A las cuatro y treinta y ocho, con el ocho local en posesión cerca del área, Ramón escuchó a lo lejos lo que llevaba treinta años escuchando: ese zumbido bajo en las vías, anterior al sonido, que uno siente en las suelas. Miró el reloj. Miró la jugada. Miró el terraplén, y arriba, en el punto donde la vía se doblaba hacia la estación, apareció el penacho oscuro de la locomotora.

    Levantó los brazos y sopló largo.

    —¡Pare, pare! ¡Pelota quieta!

    Los jugadores se frenaron de golpe, algunos con la pierna en el aire. El pibe del bigote ralo lo miró como si se hubiera vuelto loco.

    —¿Qué pasa, don Ramón? No fue nada.

    —Nada. Un minuto.

    Nadie dijo una palabra. Fue Chiquito el primero en darse vuelta y entender, porque su abuelo también había sido ferroviario. Después se dio vuelta el arquero. Después los dos capitanes. Las señoras del fogón dejaron de pasarse el mate. La radio a pilas se quedó en una nota larga y se apagó sola.

    El tren pasó despacio, casi con respeto. Eran seis o siete coches de segunda, con las ventanillas bajas y gente asomada que no sabía por qué veintidós hombres en calzoncillos largos estaban parados en un potrero mirando. Una nena saludó con la mano. Un hombre de sombrero se sacó el sombrero. En el último coche, un guarda con gorra azul se asomó al estribo y levantó la bandera verde, enrollada, a modo de saludo.

    Ramón le contestó con el brazo en alto, igual que había hecho tantas veces en sentido contrario, desde el andén. Le ardieron los ojos y lo atribuyó al humo.

    El tren se fue achicando hacia el oeste, hacia Mendoza, hacia las montañas que desde ahí no se veían. El ruido tardó todavía un rato en irse del todo. Cuando quedó sólo el viento sobre el pasto, nadie se movió.

    —Don Ramón —dijo por fin el capitán mayor, con la voz rara—, ¿le parece que sigamos?

    Ramón miró el reloj. Eran las cuatro y cuarenta y cuatro. Cuatro minutos de parada, cuatro minutos que iba a sumar al final, como mandaba el reglamento, aunque nadie se lo fuera a exigir.

    —Sigamos —dijo—. La pelota la tenían ustedes, ocho.

    Sopló, y el partido siguió como si nada, con las patadas torpes y los gritos de siempre. El Ferroviario metió un gol de rebote a los veinte minutos del segundo tiempo, y el otro equipo empató con un tiro libre que desvió un pie en la barrera. Terminaron uno a uno. Ramón dio los cuatro minutos de descuento, exactos, y sopló el final con el sol ya detrás del terraplén.

    Los jugadores se acercaron a darle la mano de a uno, sin pasillo. Chiquito le alcanzó un mate lavado. Ramón se sentó en el borde del círculo central y, mientras tomaba, miró las vías vacías brillando fríos a lo lejos. Se guardó el silbato en el bolsillo de la camisa, sin soltarle el cordón, y se quedó escuchando el silencio hasta que oscureció.

  • Treinta metros de barro

    Nolo Sosa se levantó a las cinco y media, con el frío de agosto metido en las rodillas, y bajó al galpón de botes del Rowing por la escalera de atrás, la que nadie usa. Adentro olía a cedro, a barniz viejo y a río. Ese olor no se iba nunca, ni siquiera ahora que el río se había ido.

    Hacía cuarenta años que cuidaba el galpón, sobre la avenida Colombres, en Alberdi. Reparaba cascos, lijaba remos, le cambiaba los tholes a los botes que se rompían contra el muelle. Y desde febrero tenía, en el rincón de la ventana, un casco de cedro sin nombre pintado todavía, de tres metros y medio, lo único que le quedaba por hacer bien.

    Era para Brisa. Su nieta cumplía doce el sábado y entraba a la escuela de remo del club. Él le había prometido que la primera vez que bajara al agua lo haría en un bote hecho por sus manos.

    —Abuelo, no hace falta —le había dicho ella el domingo, mirando por el ventanal el barro agrietado donde antes estaba la caleta—. Ni hay río.

    Tenía razón y no la tenía. El Paraná estaba en una de las bajantes más largas que se recordaban. La bajada del club terminaba en una playa de barro gris, y el agua, la de verdad, la que se mueve, quedaba más de treinta metros más allá, detrás de un banco de arena donde se habían parado los camalotes secos como pelos de un animal muerto.

    Nolo agarró el pincel y el tarro de pintura blanca. Escribió, con letra de rotulista, la que le había enseñado su padre, el nombre en la proa: BRISA. Después lo miró un rato largo.

    —Ahora falta el agua —dijo en voz alta, y se rió solo. A esa hora, en el galpón, solamente lo escuchaban las quillas.

    Pero la idea lo venía rondando desde hacía semanas, y esa mañana se le terminó de armar. Si el río no venía, había que llevar el bote hasta el río.

    Salió a la bajada y midió los pasos con el pie. Treinta y cuatro, hasta donde empezaba lo blando. Después, treinta más de barro hasta el agua. El bote pesaba menos de veinte kilos, pero no era el peso. Era el barro, que se come las botas y las ganas.

    Llamó a Chicho Aranda, el pescador que dejaba la lancha en la rampa de al lado, y que a esa hora ya estaba tomando mate con la radio baja.

    —¿Vos querés meter un casco de cedro en ese barro? —preguntó Chicho, sin sacar el pie de la banqueta—. Se te va a tragar hasta los zapatos, Nolo.

    —Necesito tablones. Y dos pares de manos.

    —Y yo qué gano.

    —Un mate de los míos con facturas.

    Chicho miró el río, que no estaba, y se puso de pie.

    Trajeron tablones del fondo del galpón, de los que habían sobrado de una obra de hacía veinte años, y los fueron tendiendo uno detrás de otro sobre el barro, como un puente que se apoya sobre nada. Nolo caminaba adelante probando cada uno con el talón. Chicho cargaba el bote en el hombro y maldecía en voz baja la fecha, el gobierno, el cambio climático y la madre de la bajante, todo en el mismo suspiro.

    Para las siete y cuarto, el sol de costado ya le pegaba a la isla, y el barro brillaba con una película rara, de agua que ya no estaba. Habían tendido veinte metros. Les faltaban diez.

    —Esperá —dijo Chicho.

    Del otro lado de la barranca bajaban dos pibes con mochila, de guardapolvo, camino a la escuela. Se frenaron a mirar. Una de ellos era Brisa.

    —¿Qué hacen? —preguntó, y se le quebró la voz de sueño y de sorpresa—. Abuelo. ¡Es el sábado!

    —Es martes —dijo Nolo—. Pero el sábado va a estar el río igual de lejos, así que mejor probamos hoy.

    Brisa no preguntó más. Dejó la mochila sobre el pasto, se sacó las zapatillas y le sacó a Chicho el otro extremo del tablón. Su amigo, un flaco que se llamaba Ezequiel, quedó en el borde sin saber qué hacer, hasta que Chicho le gritó que pasara los tablones de atrás para adelante, como en una cadena de bomberos.

    Así fueron los últimos diez metros: tablón, paso, tablón, paso. El agua estaba más cerca de lo que parecía y más lejos de lo que quería Nolo. Cuando llegaron a la orilla de verdad, el agua tenía el color del té con leche y corría despacio, con una calma que daba un poco de miedo.

    —Poné el bote —dijo Nolo. Le temblaban las manos, y no era del frío.

    Brisa lo apoyó con cuidado, de costado, como se apoya a un bebé dormido. El casco tocó el agua y se asentó con un ruido casi de nada, un chasquido mojado. Flotó. Con diez centímetros de agua, flotó.

    —No se hunde —dijo Ezequiel.

    —Es de cedro, nene —dijo Chicho—. Nada de lo que hace Nolo se hunde.

    Brisa se subió despacio, con los pies bien en el centro, y agarró los remos que él le tendió. Eran los de su abuelo, de punta gastada, un poco largos para ella. Remó una vez. El bote se movió apenas, con un impulso corto que levantó dos círculos en el agua.

    —Más largo —dijo Nolo, en cuclillas en el barro—. Estirá los brazos. Dejá que el río haga la mitad.

    Ella remó otra vez, y otra. A los diez metros se frenó y se dio vuelta para mirar la orilla, el galpón verde, la línea blanca de los tablones, a su abuelo con el barro hasta las rodillas y la boca abierta de orgullo.

    —Abuelo —gritó—. Lo bauticé yo también.

    —¿Cómo?

    —Brisa. Le puse Brisa. Como el viento que levanta el agua.

    Nolo se rió y se secó la cara con la manga, y nadie dijo nada de eso.

    El río no iba a volver pronto, eso lo sabían todos. Pero esa mañana, entre los tablones y el barro, con el sol ya entero sobre la isla, un bote de cedro se alejaba despacio con una nena adentro, y detrás le iba quedando una línea de agua mansa, fina como un renglón, que tardó un largo rato en cerrarse.

  • Margaritas para Cosimo

    El viento del sudoeste había clavado las lanchas amarillas contra la Banquina Chica desde las seis de la mañana, y Pascual Iaccarino aprovechó para remendar. Estaba sentado en un cajón de pescado dado vuelta, con la red extendida sobre las rodillas y la aguja de madera ya gastada en la punta, y trabajaba sin mirar, como se toca algo que se sabe de memoria.

    Era domingo, último día de la Fiesta de los Pescadores. A las once la misa en la Sagrada Familia, después la procesión con San Salvador hasta la banquina, y a la una la salida de las embarcaciones para tirar flores al mar. Pascual tenía un ramo de margaritas envuelto en papel de diario, apoyado en la proa de la Stella del Sur. Lo había comprado a las siete y lo estaba cuidando del viento como a un pichón.

    Abajo, entre los pilotes, un lobo marino viejo resoplaba y se acomodaba sobre otro. Los turistas se asomaban a la baranda para fotografiarlo, y de paso lo fotografiaban a él.

    —¿Eso lo hace todos los días, señor? —preguntó un pibe de unos nueve años, con una gorra de Boca que le quedaba grande.

    —Cuando no hay mar, sí.

    —¿Y cuando hay?

    —Cuando hay, no remiendo. Pesco.

    El pibe se rio. Atrás venía la abuela, con una cartera apretada contra el pecho y un acento que Pascual conoció antes de que abriera la boca.

    —¿Usted es de Ischia? —le dijo él, sin levantar la vista.

    —De Forio. ¿Y usted?

    —Mi viejo era de Sorrento. Yo soy de acá, de la calle Magallanes.

    La mujer asintió, como quien confirma un dato de un documento. Pascual siguió con la aguja. Le faltaban tres mallas para cerrar el rasgón, y no tenía apuro, porque para la procesión no hacía falta la red. Hacía falta otra cosa, y esa otra cosa no estaba resuelta.

    Hasta el año pasado salía con su hermano Cosimo en la misma lancha. Cosimo se había ido en octubre, de un infarto, en la cocina de su casa, mirando el pronóstico. Habían tirado sus cenizas en la escollera, cosa que Pascual no quería, pero que había aceptado porque la familia era grande y él era el menor. Después de eso la Stella del Sur se quedó sin segundo hombre, y la Sociedad de Patrones le avisó que para la procesión náutica los lugares se asignaban a las embarcaciones grandes, las que llevaban fieles, la reina y el cura.

    —Pascual, entendeme —le había dicho el presidente—. Una lanchita de siete metros con un solo tipo arriba no entra en el programa.

    —Yo no pido entrar. Pido que no me saquen.

    —Es lo mismo.

    No era lo mismo, pero no lo discutió.

    A las diez y media cerró la última malla, cortó el hilo con los dientes y dobló la red en cuatro. Lo hizo con cuidado, aunque nadie la fuera a mirar. Después sacó una lata de la bolsa, mate cocido tibio, y se la tomó parado, de espaldas al viento.

    Las campanas llegaron desde el barrio a las once y cuarto, flacas por la distancia. Un rato más tarde apareció la procesión por la calle, con el San Salvador a hombros, los hombres de camisa blanca, los chicos con banderitas de Italia y de la Argentina, todo mezclado. La banda tocaba algo lento. Los turistas se corrieron a las barandas, y el pibe de la gorra se subió a un cajón para ver mejor.

    Pascual miró hacia el agua. El viento había bajado un poco. No lo suficiente para salir al mar abierto, pero sí para moverse adentro del puerto, entre los muelles y hasta la boca.

    Desató la Stella del Sur sin avisar a nadie. Puso el ramo en el piso de la lancha, entre los pies, y arrancó el motor al segundo intento. Pasó junto al muelle Deyacobbi con el casco golpeando apenas las defensas, y rodeó los barcos de altura amarrados, enormes y herrumbrados, que lo hacían parecer un juguete.

    —¡Señor! —gritó una voz desde la banquina—. ¡Señor, espere!

    Era el pibe. Corría por el borde con la gorra en la mano, y detrás la abuela, que no corría pero caminaba rápido.

    Pascual dudó un segundo con la mano en el acelerador. Después hizo la maniobra, volvió despacio y arrimó la proa al escalón.

    —No es paseo —dijo.

    —Ya sé —dijo la mujer, y se persignó antes de bajar con el nieto de la mano. Pascual los ayudó a subir a los dos, y ella se sentó en el banco de popa con la cartera sobre el regazo, sin preguntar nada.

    Salieron. Adentro del puerto el agua tenía un verde espeso, con manchas de aceite que brillaban como vidrio. Desde la banquina llegaba la música, cada vez más lejos. Las embarcaciones grandes ya se alineaban junto a la escollera, listas para cruzar la boca con la reina y los fieles a bordo.

    Pascual apagó el motor a cien metros de la salida, donde la corriente de la marea bajante empezaba a tirar hacia afuera. Levantó el ramo, le sacó el papel de diario y lo dejó en el piso.

    —Era mi hermano —dijo—. Se llamaba Cosimo.

    —Dilo tú —dijo la mujer en voz baja—. Nosotros escuchamos.

    Pascual no sabía rezar bien. Dijo el nombre otra vez, y después dijo que la red estaba arreglada, que la lancha seguía amarilla, que el motor andaba como a él le gustaba. Después soltó las margaritas una por una, y el pibe, sin que nadie se lo pidiera, soltó también la gorra de Boca con la última.

    La corriente las agarró enseguida. Las flores empezaron a alejarse entre los pilotes, rumbo a la boca, mientras de la banquina subía el Ave María. Un lobo marino grande, de lomo oscuro, asomó la cabeza al lado de la lancha, miró el ramo y empezó a nadar detrás.

    La gorra flotó un rato más que las flores, y después también se fue.

  • El nudo de Elías

    A las cuatro de la tarde del sábado, Elías Bronstein subió a la parrilla del teatro por la escalera de gato, escalón por escalón, con la mano buena agarrada al hierro y la otra apretada contra el pecho. Arriba olía a madera nueva y a cola. Hacía cuatro meses que ese techo no existía.

    Había sido el tornado de diciembre. Se llevó parte de la sala, parte del techo y las bambalinas, y dejó a la Kadima con el cielo adentro. Ahora, en abril de 1993, la comisión había juntado plata, la Comuna había mandado gente, y esa noche a las ocho el telón tenía que abrirse otra vez para el pueblo entero de Moisés Ville. Faltaba una sola bambalina, la última, la de la tercera vara.

    Elías era tramoyista desde los diecinueve años. Cuarenta y siete años de sogas, de contrapesos, de poleas que chillaban cuando tenían que callarse. Conocía ese escenario como otros conocen la cara de un hijo. Pero desde el invierno le temblaba la mano izquierda, y un nudo que no se cierra bien en la parrilla no es un problema de nadie hasta que cae sobre una cabeza.

    —¿Don Bronstein? Me mandó el ingeniero.

    Abajo había un pibe flaco, de bombacha de campo y zapatillas, con una carpeta bajo el brazo. Dijo que se llamaba Nicanor Ledesma, que era ayudante de la Comuna y que había trabajado en galpones de Ceres. Subió sin que lo invitaran. Se paró en las tablas de la parrilla con una naturalidad que a Elías le pareció casi insolente.

    —Yo cuelgo solo —dijo Elías.

    —Ya vi —dijo Nicanor, y miró la mano izquierda, que en ese momento temblaba sobre la soga—. Tardó cuarenta minutos en subir la escalera.

    —Subí despacio porque quise.

    El pibe no contestó. Se agachó, agarró el cabo de manila nuevo, todavía tieso, y empezó a atar la bambalina a la vara. Lo hizo rápido, con una vuelta y un medio golpe que Elías nunca había visto en un teatro. Algo de campo, de manga de ganado, de poste de alambrado.

    —Eso no es un nudo de teatro —dijo Elías.

    —Es un nudo de caballo. Aguanta lo que le pongan.

    —Se suelta. Los de caballo se sueltan cuando el animal tira. Acá no tira nadie, acá cuelga. Y lo que cuelga se quiere ir para abajo todo el tiempo, de a poco, toda la noche.

    —Entonces enséñeme el suyo.

    Elías se quedó quieto. Hacía un año que nadie le pedía eso. En los últimos tiempos le habían dicho que se sentara, que descansara, que ya había hecho bastante. Nadie le había dicho enséñeme.

    Se arrodilló junto a la vara, con las rodillas crujiendo, y agarró el cabo. La mano izquierda se le fue sola, como una hoja. Probó una vez, otra, y el nudo salió flojo, torcido, indigno de un hombre que había atado el telón para ver a gente que después fue famosa.

    —No me sale —dijo, y la voz se le quebró un poco en la última palabra.

    Nicanor no dijo que no importaba. Eso, pensó Elías después, fue lo que lo salvó. El pibe se arrodilló del otro lado de la vara, puso las dos manos sobre el cabo y dijo:

    —Hágalo con la derecha. La izquierda va a mirar. Yo le presto la mía para la vuelta.

    Así lo hicieron. Elías decía “ahora” y Nicanor daba la vuelta. Elías decía “cruzá” y Nicanor cruzaba. La mano buena cerraba el seno, y la mano del pibe, fina, callosa, fuerte, sostenía el cabo en el aire hasta que el nudo se asentaba. Abajo, en la sala, alguien probaba las luces nuevas y los reflectores dibujaban cuadrados blancos sobre el piso de madera. Se oía una escoba, un martillo, la voz de una mujer que repetía un texto en idish. Elías no entendía todo, pero conocía la música.

    A las siete y cuarenta la bambalina estaba colgada. Elías la miró desde el costado, torcida un dedo hacia la derecha, y se la dejó así. Después supo que era el dedo que ponía la altura justa.

    —Ahora el nudo de caballo —dijo, de golpe.

    —¿Cómo?

    —Ese que usted hizo primero. Lo voy a poner abajo, de seguro, detrás del mío. Dos nudos. Uno de acá y uno de allá.

    Nicanor sonrió por primera vez. Ató el suyo debajo del de Elías, con esa vuelta torcida de campo, y los dos quedaron juntos en la vara, uno al lado del otro, como dos familias de distinto lado del mundo que alguna vez compartieron una calle.

    Bajaron despacio. Elías primero, con la mano buena en el hierro, el pibe un escalón más arriba, sin tocarlo. En la sala empezaba a entrar gente. Había olor a café, a perfume, a pasto mojado que venía de la calle. Alguien dijo que el acústico del techo nuevo sonaba mejor de lo que esperaban.

    A las ocho en punto, Elías se paró en el costado del telón, con la soga en la mano buena. No tembló. Nicanor estaba a su lado, mirando el piso.

    —Tire usted —dijo Elías.

    —No sé cuándo.

    —Cuando la sala se calle. Se va a callar toda de golpe. Vas a oír cómo se calla.

    La sala se calló. Nicanor tiró. El telón subió con ese roce largo de la cuerda en la polea, el mismo chirrido de siempre, el que Elías había oído en esa casa durante cuarenta y siete años. Y arriba, en la tercera vara, la bambalina nueva colgaba firme sobre los dos nudos que nadie iba a mirar.

  • La regla del lápiz

    El camión de la municipalidad dejó a Ariel en la entrada de las ruinas a las siete y diez de la mañana, con un termo, una espátula de albañil y un cuaderno de tapa dura. Era un martes de febrero y ya hacía calor. Del lago venía ese olor a sal mojada y a algo más viejo, a pileta cerrada.

    —¿Seguro que sabés por dónde ir? —le preguntó el chofer, que era de Carhué como él y lo conocía del colectivo.

    —Seguro no. Pero la calle la tengo en las piernas.

    Caminó. Los árboles muertos estaban blancos hasta la mitad, como si alguien los hubiera mojado en cal. Pisaba una costra que crujía y a veces cedía. Pasó el esqueleto de un hotel con las columnas peladas, una bañadera de hierro boca arriba, el cordón de una vereda que ya no llevaba a ninguna casa. El agua se había retirado hacía unos años y había dejado todo a la vista, parejo y pálido, igual que un cuarto después de una mudanza.

    Ariel tenía siete años en 1985. Se acordaba de poco, pero lo que se acordaba lo tenía entero: el ruido del agua una madrugada, su madre envolviendo los platos en el diario, el tren que los sacó cuando los caminos ya estaban tapados. Se acordaba sobre todo de su padre, Mateo Quinteros, sentado en la cocina todos los diciembres con un lápiz de carpintero detrás de la oreja.

    —Ven, Ariel. Parate contra la pared.

    Y le hacía una raya a la altura de la cabeza. Pero la raya de la cabeza era la de arriba. Más abajo, en la misma pared, había otras. Cada una con una fecha y un número.

    —Esto no es tu altura, nene. Es la del lago.

    El lago subía cincuenta, sesenta centímetros por año, y su padre, que trabajaba en el matadero y no creía en nada que no pudiera medir, había decidido medirlo. Marcaba la orilla contra la pared del fondo de la casa, la que daba al terraplén, y anotaba. Después, cuando todos en el pueblo hablaban del canal y de la Hidráulica y de que alguien iba a arreglar eso, Mateo seguía con el lápiz. No discutía. Marcaba.

    Su padre había muerto en Carhué en 1999, sin volver a pisar Epecuén. Ariel nunca le preguntó por la pared. Lo que quería ahora era simple y un poco ridículo, y no se lo había contado a nadie, ni a su mujer: ver si la pared seguía en pie y si las marcas se leían.

    A las ocho y media encontró la calle. Había perdido la cuenta de las cuadras, pero reconoció un poste de ladrillo con un mosaico roto, el de la esquina de la panadería. Contó dos lotes. Un cimiento. Un piso de baldosas rojas y negras, en damero, con una mancha de sal encima como una escarcha.

    La casa no tenía techo. Tenía tres paredes, y la del fondo, la que daba al terraplén, estaba entera hasta la altura del pecho y después seguía en pedazos. Ariel se paró frente a ella con el cuaderno apretado contra el cuerpo.

    La sal la había tapado toda, una capa gris blanquecina, áspera, que brillaba un poco cuando el sol la agarraba de costado. No se veía ninguna raya.

    Se agachó. Sacó la espátula. Tenía miedo de arrancar justo lo que buscaba, así que empezó por abajo y fue raspando despacio, con el filo casi plano, como quien le saca la costra a una herida. La sal cayó en escamas. Debajo apareció el revoque amarillo de la cocina, el mismo amarillo que su madre había elegido en el 79, y a los veinte minutos, cuando se le dormían los dedos de la mano, apareció una línea de lápiz.

    Gris, finita, derecha. Y al lado, en letra de imprenta, un número. Dic. 1980. 0,52.

    Ariel se sentó en el piso de damero. Se quedó un rato así, con la espátula en la mano. Después se paró y siguió.

    Fue encontrando las demás una por una, cada una unos centímetros más arriba que la anterior, como los escalones de una escalera que subía hacia el techo que ya no había. 1981. 1982. 1983. En la de 1984 su padre había escrito una sola palabra además del número, y la palabra decía otra. Ariel se rió solo, con un sonido seco. Era tan Mateo.

    La última marca estaba a la altura de su propia cabeza, y ahí se quedó mirándola. Era la que le había hecho a él, ahora lo entendía, o a medias: al lado del número del lago había una segunda raya, más corta, y una letra chica, A. Su padre había medido las dos cosas juntas, el agua y el hijo, y las había dejado en la misma pared, sin decir nunca que eran la misma cuenta.

    Del otro lado del terraplén, lejos, se oyó una chicharra y después nada. Un par de visitantes con gorra pasaron por la calle de al lado, hablando bajito, como en una iglesia. Uno sacó una foto de la casa sin mirar adentro.

    Ariel abrió el cuaderno. Desde que se jubiló del volante pensaba en llevar un registro de cualquier cosa, y recién ahora sabía de qué. Se sacó el lápiz de la oreja, un lápiz de carpintero, achatado, que se había comprado la semana anterior en la ferretería de la avenida, sin preguntarse por qué ese y no una birome.

    Se paró de espaldas a la pared. No había nadie para marcarle la cabeza, así que levantó la mano plana por encima, la apoyó contra el revoque y trazó la raya a ciegas, a una altura que le pareció la suya. Se dio vuelta. Quedaba medio dedo más alta que la de 1985. Ni siquiera se había dado cuenta de que seguía creciendo.

    Debajo de las dos, donde el piso de baldosas se encontraba con la pared, dibujó una última línea corta y escribió la fecha de hoy. Y al lado, donde su padre anotaba los metros del lago, puso un cero. Después, porque le pareció honesto, le agregó una coma y otro cero.

    Guardó la espátula, cerró el cuaderno y salió por donde había estado la puerta. En la calle de sal el sol ya le pegaba fuerte en la nuca. Caminó hacia la entrada sin darse vuelta, con el lápiz otra vez detrás de la oreja.

  • El turno de las tres

    La bicicleta de Eusebio tenía el farol atado con alambre, y Joaquín lo prendió recién al llegar al carril Sarmiento, cuando ya no quedaba nadie que lo viera pedalear con la linterna del abuelo en el bolsillo y el azadón cruzado sobre el manubrio. Eran las once y media. Hacía veinte días que Eusebio estaba internado en el hospital Paroissien con la cadera rota, y desde entonces el turno del canal era de su nieto.

    —Vos no hacés nada raro —le había dicho el viejo desde la cama, con el pijama del hospital abotonado mal—. Entregás las boletas, abrís cuando toca, cerrás cuando toca. Y escuchás. El agua avisa antes de llegar.

    Joaquín había entregado las boletas esa mañana, casa por casa, con el block de copias en una bolsa de supermercado. Cada regante firmaba al pie, en la hoja amarilla que se quedaba el tomero. Don Giménez firmó sin mirarlo. La señora del barrio nuevo, la del cerco de ligustro, firmó diciendo que ella no entendía para qué, si el pasto lo regaba con manguera. Y Perla Aguilera, que tenía una hectárea de parral criollo detrás de la casa y no la había vendido a pesar de las ofertas, firmó despacio, con una letra de maestra, y dijo:

    —A las tres, ¿no? Vengo a las tres.

    —Usted no se preocupe, doña Perla. Yo le abro.

    —Ya sé que me abrís. Vengo igual.

    Ahora la noche olía a tierra húmeda y a humo de leña de algún patio. Había una luna chica. Los álamos del carril se movían apenas, y entre ellos, bajo el puente de cemento, se oía el canal corriendo grueso por el cauce principal. Joaquín dejó la bici contra un poste y bajó por el terraplén hasta la compuerta de la hijuela Centenario, la de fierro pintado de verde, con la manivela que Eusebio engrasaba cada marzo.

    Giró la manivela, y no pasó nada. Giró otra vez, más fuerte. La compuerta subió sin dificultad, pero la hijuela, que tenía que llenarse de a poco, siguió seca. Desde el puente llegaba el ruido del agua, pero no llegaba el ruido del agua entrando.

    Prendió la linterna y caminó por el borde del cauce, treinta metros, cincuenta. En la curva, antes del tablón de la finca de Giménez, encontró lo que buscaba: un atoradero. Bolsas de plástico, una bolsa de cemento rota, ramas de álamo, y en el medio, hinchado y negro, un colchón de una plaza. Todo prensado contra la reja de la alcantarilla como si lo hubieran puesto ahí a propósito. Una parte del agua ya se había abierto camino por arriba y se perdía en la zanja del vecino.

    Joaquín miró la hora en el reloj de pulsera de su padre. Doce y diez. Tenía hasta las tres. Eusebio le había contado mil veces lo de la basura, que en Maipú todo viene a parar al canal, que la ciudad tira lo que no quiere ver y el agua se lo trae de vuelta al que cuida. Nunca le había contado cómo se saca un colchón mojado de una reja con una sola persona.

    Se sacó las zapatillas, se arremangó el jean y bajó al agua. Estaba fría como la de una heladera. Empezó por lo liviano, las bolsas y las ramas, que fue tirando al borde con el azadón, y después se agachó a buscar el colchón por abajo, con las dos manos, buscando dónde agarrarlo. Pesaba más que él. Tiró, y el colchón no se movió. Probó empujando desde el costado, resbaló, se mojó hasta el pecho y se quedó un momento ahí, con la respiración cortada, mirando la luna en el agua.

    Pensó en llamar a su tío Raúl. Pensó en dejar la boleta de Perla sin cumplir y decirle mañana que el canal estaba sucio, que era verdad. Nadie le iba a reprochar nada. En ese tiempo había menos parrales cada año, el barrio nuevo avanzaba por el carril como una mancha y a cada rato alguien preguntaba para qué seguían regando eso.

    Entonces escuchó, por encima del agua, un chirrido de bicicleta. Era un ruido muy particular, de cadena seca. Una linterna bajó por el terraplén balanceándose, y detrás venía doña Perla con un chal sobre el camisón y un rastrillo de jardín en la mano.

    —Falta una hora y pico para las tres —dijo Joaquín, tiritando.

    —Ya sé. Te dije que venía igual.

    No preguntó nada. Se paró en el barro con las botas de goma, clavó el rastrillo debajo del colchón y le hizo una seña con la cabeza. Tiraron los dos. El colchón cedió con un ruido de trapo mojado, giró sobre sí mismo, y la reja, de golpe, se descargó: el agua pasó por debajo con un golpe sordo, como un animal que se despierta.

    Lo arrastraron entre los dos hasta el borde y lo dejaron ahí, chorreando. Después limpiaron la reja a mano hasta que no quedó una sola hoja. Joaquín volvió a la compuerta, corriendo, con las zapatillas en la mano.

    Esta vez lo oyó. Primero fue un murmullo en el fondo de la hijuela, algo que se parecía al viento. Después el sonido se hizo más ancho y más cercano, un ruido de tela que se desliza, y la linterna alumbró una lengua oscura que avanzaba despacio por la tierra seca, llevándose adelante un poco de polvo, una cáscara de maní, una hormiga que no entendía nada.

    —Ahí viene —dijo doña Perla, y su voz sonó distinta, más joven.

    Caminaron siguiendo el agua por la hijuela hasta el fondo de la finca, hasta el primer surco del parral, y se quedaron mirando cómo la tierra se oscurecía, hilera por hilera, bajo las parras que todavía no habían echado brote. Eran las dos y cuarenta. Joaquín sacó del bolsillo la copia amarilla de la boleta, que se había mojado en una esquina, y una birome que milagrosamente andaba.

    —Firme acá, doña Perla. Para que quede constancia.

    Ella apoyó la hoja contra el poste de un alambrado, escribió su nombre con la letra de maestra y, al devolvérsela, le puso la mano fría sobre el hombro, un segundo, como hacía con los chicos cuando les tomaba la lección.

    Después se quedaron callados. En la oscuridad del parral, el agua seguía llegando.

  • El filo de Aurelio

    A las cinco y diez, con el viento del oeste ya largado sobre la meseta, Aurelio Maldonado prendió el esmeril del fondo del galpón y la chispa le dibujó una raya naranja en los lentes. Era el cuarto día de esquila en la estancia, a unos cuarenta kilómetros de Piedra Buena. Quedaban unas novecientas ovejas en los bretes, y él tenía veintidós cuchillas por afilar antes de que el cocinero terminara de calentar el agua para el mate.

    Había sido esquilador hasta los cuarenta y ocho. Después la espalda le dijo que no, y la comparsa le dio el puesto de mecánico: afilar peines y cuchillas para los cuatro turnos del día, de poco más de dos horas cada uno. Treinta y cuatro temporadas en total. Esta era la última, aunque todavía no se lo había dicho a nadie.

    Pasó la primera cuchilla por el plato con la pasta, la miró a contraluz, la secó con un trapo y la dejó en la caja de lata. Después la segunda. El galpón olía a lanolina, a grasa de máquina y a humo de leña, porque el cocinero ya había encendido el fogón afuera, al reparo de los fardos.

    —Don Aurelio —dijo una voz detrás de él.

    Era Brian, el esquilador nuevo. Diecinueve años, de Río Gallegos, con una campera de equipo de fútbol que le quedaba grande y las manos cortadas de tanto sostener el cuerpo de la oveja. Traía la pieza en la mano, como quien trae un pájaro herido.

    —Otra vez me corta —dijo—. Ayer me cortó cuatro. Hoy ya van dos y recién son las cinco.

    Aurelio no contestó. Sacó el peine, lo apoyó contra la luz de la lámpara y pasó el dedo por los dientes, sin apurarse. Después hizo lo mismo con la cuchilla.

    —El filo está bien —dijo.

    —¿Entonces qué?

    —Entonces no es el filo.

    Brian se quedó parado con la boca apenas abierta. Afuera el viento golpeó la chapa y el galpón entero crujió como un barco. En la mesa de clasificar, alguien había dejado una lata con fichas, las que el playero reparte para pagar cada oveja pelada, y las fichas tintinearon con la vibración.

    Aurelio dejó el peine y se limpió las manos.

    —Vení. Sentate acá.

    Le hizo agarrar una cuchilla vieja y le acomodó los dedos como se los habían acomodado a él en 1989, en un galpón de San Julián, un capataz que ya no existía. No era agarrar fuerte. Era agarrar parejo, con la muñeca suelta. Le explicó que la oveja se siente cuando uno se apura y se pone dura, y que una oveja dura es una oveja que se mueve, y que una oveja que se mueve es un tajo.

    —Vos vas rápido porque te están contando las latas —dijo—. Todos fuimos rápidos por la plata. Pero el que cuenta las latas es el playero, no es tu problema. Tu problema es dónde pisás.

    —¿Dónde piso?

    —Con los pies. Dónde apoyás el peso. Si el peso lo llevás en los pies, las manos van livianas.

    Brian practicó en el aire. Después en un fardo viejo, con la cuchilla apagada. Aurelio lo miró dos o tres veces sin decir nada, y después volvió al esmeril, porque todavía le faltaban diecinueve cuchillas y el sol ya empezaba a pintar de gris las ventanas del fondo.

    A las seis y media el cocinero golpeó una olla con un cucharón. Se oyó el ruido de las botas sobre la tarima, las voces, el portón de los bretes. El capataz repartió los turnos. Brian agarró su máquina, enganchó la primera oveja y la dio vuelta sobre las rodillas. Aurelio, desde el esmeril, ya no lo veía. Escuchaba.

    Se escucha la esquila. El zumbido parejo, los pasos del playero, la oveja que se afloja, el vellón que cae entero como una sábana sacada de la cama. Cuando algo va mal, el zumbido se corta, hay un balido corto y alguien pide el aerosol azul para curar. Esa mañana, en el primer turno, el aerosol no sonó.

    En el segundo turno, tampoco. Al mediodía, el playero, un chico flaco de Gregores que se llamaba Ezequiel, vino con una ficha en la mano y se la mostró a Aurelio, como quien enseña una estampita.

    —Ciento veinte, el nuevo —dijo—. Y ninguna cortada.

    —Mirá vos —dijo Aurelio, y siguió con el peine.

    A la tarde, cuando el viento aflojó y la meseta quedó amarilla hasta el horizonte, Brian vino al fondo del galpón con el mate y dos facturas de la bolsa del cocinero. Se sentó en un cajón de manzanas.

    —Don Aurelio. ¿Quién lo va a hacer el año que viene?

    —¿Qué cosa?

    —Esto. Afilar.

    Aurelio le recibió el mate. Estaba caliente, un poco amargo, justo como le gustaba. Miró el esmeril, el plato gastado en el medio por tantos años de cuchillas, la caja de lata donde las dejaba en fila.

    —Ahora que lo preguntás, no sé.

    Brian miró para otro lado, hacia las ovejas recién peladas, que se amontonaban blancas y raras en el corral, como si les hubieran sacado el abrigo antes de tiempo.

    —Yo aprendo —dijo—. Si usted quiere.

    Aurelio no contestó enseguida. Terminó el mate, devolvió el mate, y recién entonces sacó de la caja la última cuchilla de la tarde, la que había dejado para el final. La puso en la mano del pibe, con el filo hacia afuera.

    —Mañana a las cinco —dijo—. Traé guantes. Esto muerde peor que la oveja.

    Afuera, el cocinero ya había prendido el cordero al asador para la noche. El humo se iba para el este, hacia la ruta, y adentro del galpón el esmeril, apagado, seguía girando un poco más, solo, hasta quedarse quieto.

  • Última vuelta del 60

    A las dos y diez de la madrugada, en la cabecera de Barrancas de Belgrano, Norberto Iglesias apagó el cartel luminoso del interno 114 y se quedó un rato con las manos en el volante, como si el micro fuera a arrancar solo. Hacía cuarenta y un años que la línea 60 le pagaba el sueldo y treinta y tres que el 114 era suyo: lo había comprado en cuotas, como casi todos los socios componentes, con plata del padre, que había llegado de Pontevedra con una valija de cartón y ningún oficio. Mañana se firmaba el traspaso. Esta era la última vuelta.

    La vuelta, en realidad, era corta: de Barrancas hasta la playa de Barracas, en Suárez y General Hornos, donde el 114 dormiría con los demás. Treinta, treinta y cinco minutos sin tráfico. Norberto la había hecho mil veces con el micro vacío y la radio baja.

    Lo que no esperaba era el pibe del fondo.

    Lo vio por el espejo grande, cuando ya había cerrado la puerta: un chico de veinte años, con una mochila de delivery entre las piernas y la cabeza contra el vidrio, dormido de verdad, con la boca abierta. Se había subido en la última parada de la noche y nadie le había avisado que el servicio terminaba ahí.

    —Flaco —dijo Norberto, sin levantarse—. Flaco, estamos en la cabecera.

    El chico abrió un ojo.

    —¿Pasa por Constitución?

    —Este ya no pasa por ningún lado. Va a la playa.

    —La playa está en Barracas, ¿no? —El chico se frotó la cara—. Desde ahí camino. Dejame ir con vos, jefe. Se me murió el celular y la bici la dejé encadenada en Cabildo.

    Norberto lo pensó menos de lo que debía. Hizo un gesto con el mentón y el chico se sentó dos asientos atrás, del lado del pasillo, con la mochila en el regazo. Se llamaba Brian. Trabajaba para una aplicación de comida y había terminado el último pedido en Núñez.

    El 114 salió de Barrancas con el motor quejándose en primera. Norberto conocía cada ruido. Cuando cambiaba a segunda había un zumbido que venía del lado del tablero, y desde hacía años lo dejaba así, porque el día que lo arreglara iba a extrañarlo.

    Bajaron por Cabildo, después Santa Fe, con los semáforos pasando a amarillo intermitente para nadie. Olía a gasoil tibio, a yerba vieja del termo y al desinfectante del piso. En Palermo, Brian se despertó del todo y empezó a mirar la calle.

    —Qué lindo que es viajar de noche en bondi —dijo—. Parece otra ciudad.

    —Es la misma. Solo que no hay nadie para taparla.

    En Plaza Italia, Norberto dio la vuelta a la calzada circular despacio, sin apuro, y se acordó de la primera vez que la había dado con un micro propio: 1987, el 114 recién pintado, y su viejo esperándolo en la playa con una botella de sidra para brindar sobre el capot. El viejo había muerto en 2004. La sidra nunca la tomaron; se la regalaron a un mecánico.

    —¿Cuántos años manejaste? —preguntó Brian.

    —Cuarenta y uno.

    —¿Y hoy qué, te jubilás?

    —Vendo el interno. El que lo compra lo va a manejar con el cartel nuevo. No sé si te fijaste, pero ahora el cartel dice Barrancas, Escobar, Tigre. Antes decía Constitución. Constitución era la palabra. Uno se subía y no preguntaba más.

    Norberto no dijo lo que seguía, que era lo único que lo apuraba: que de todos los ramales, solo uno pasaba todavía por la plaza, y que él lo había manejado treinta años y nunca había podido despedirse de ese tramo. Desde Barracas no hacía falta ir por Constitución. Cualquier chofer lo sabía. Hacerlo era un desvío de diez cuadras, con el micro vacío, sin que nadie lo viera ni lo anotara, salvo un pibe que probablemente se olvidara de todo al día siguiente.

    Siguió por Las Heras, después Junín, Corrientes. Cuando el semáforo de Callao se puso en verde, Norberto no giró hacia el sur por el camino corto. Siguió derecho.

    —Jefe, esto no es para Barracas —dijo Brian.

    —No. Esto es para Constitución. Cinco minutos, y te dejo en la puerta de la estación para que no camines.

    Pasaron por Avenida de Mayo con las persianas bajas, un panadero descargando bolsas de harina en una esquina, un taxi con las luces apagadas esperando a nadie. Norberto bajó la ventanilla. Entró un aire frío que olía a pan y a río, aunque el río quedara lejos. Brian se levantó y se paró junto al asiento del chofer, agarrado del caño.

    —¿Siempre fue así?

    —Siempre. Yo llegaba a las cinco y media y ya estaban los que venían a tomar el tren a La Plata, con los termos y los diarios. Todos de pie. Todos con sueño.

    La plaza apareció de golpe, con las palmeras negras y la estación al fondo, el reloj marcando las tres y veinte. Norberto frenó en la parada de la puerta, la que decía 60 con letras desteñidas. Apagó el motor. El zumbido de segunda se fue con él.

    No dijeron nada durante un rato. Se escuchaba un tren que maniobraba y, más cerca, el tic del motor enfriándose.

    —Gracias por el viaje —dijo por fin Brian, y bajó con la mochila al hombro.

    —Cuidate.

    El chico cruzó la plaza hacia las boleterías sin darse vuelta. Norberto se quedó en el asiento, mirando el parabrisas, hasta que el reloj de la estación pasó a las tres y media. Después prendió el cartel de nuevo, por última vez, y dejó que dijera lo que decía, Barrancas de Belgrano, al revés de todo.

    Giró la llave. El 114 arrancó con su zumbido de siempre.