A las seis y diez, con el salar todavía azul de frío, Cirilo Vilte clavó el hacha en la costra y la costra no se abrió.
Probó de nuevo, más abajo, donde el agua había dejado una veta gris. Nada. El filo rebotó con un sonido de vidrio y le subió por los brazos una vibración que conocía de chico y que había olvidado. Hacía veinte años que no cortaba sal en pan. Las piletas de la cooperativa daban sal gruesa para las fraccionadoras, y los camiones que subían por la ruta 52 se llevaban bolsas, no panes. El hacha la había buscado anoche entre los trastos del galpón, envuelta en un poncho que olía a humedad y a orín de ratón.
—Abuelo, ¿está grabando o no? —dijo Yanina, que tenía catorce años, un gorro de lana con orejeras y el celular en alto, a dos metros, como quien no se acerca a un animal que no conoce.
—No grabes todavía. Esperá que salga bien.
—¿Y si no sale?
—Sale.
Yanina había llegado el viernes desde San Salvador, mandada por la madre para que “se despejara”, y desde entonces comía poco, miraba la señal del teléfono como se mira el cielo y respondía con monosílabos. Cirilo no se lo reprochaba. Tres mil cuatrocientos cincuenta metros de altura no son para cualquiera: la cabeza se pone pesada y el aire parece un pan viejo. Pero anoche, mientras pelaban papas, ella le había preguntado por qué el burro se llamaba Capón si ya no hacía de burro cargador, y él había empezado a contar. Cómo se armaba la tropa de veinte, treinta animales. Cómo se preparaba el ávio, la harina cocida para la ulpada, el chilcán con queso, las tortillas. Cómo se salía a la Quebrada con la sal cortada en panes y se volvía, quince días después, con maíz, harina y duraznos secos. Yanina había dejado de pelar. Después dijo: “Mostrame”.
Y ahí estaba él, a las seis y cuarto de la mañana, un hombre de cincuenta y ocho años con una hacha y una promesa.
Miró alrededor. El salar se extendía hacia el Chañi y el Tuzgle sin una sombra, con sus polígonos de costra marcados como los de un barro seco, y a lo lejos las piletas rectangulares, celestes contra el blanco, donde a esa hora ya no había nadie. Se acordó de su padre, que cortaba de rodillas. Se acordó de que no había que pegar con fuerza sino con ganas de partir, y que eso, decía el viejo, era distinto.
Se arrodilló. La rodilla crujió, la sal le mordió el pantalón. Calentó el filo contra la palma de la mano, tomó aire que no alcanzaba y golpeó siguiendo la veta, no contra ella. Un golpe corto. Otro, en el mismo lugar. La costra hizo un ruido seco, como de hielo en un vaso, y una línea fina corrió hacia la derecha.
—Ahora —dijo, sin darse vuelta.
Yanina apretó el botón.
Cirilo cortó los cuatro lados con paciencia. Metió la punta del hacha por debajo y apalancó. El pan se levantó entero, blanco, con las aristas vivas, del tamaño de un ladrillo grande y casi del peso de un chico de cinco años. Tenía debajo una capa húmeda y brillante que se llenó de luz apenas asomó el sol detrás del cerro.
—Mirá —susurró Yanina, y era la primera cosa que decía en tres días sin quejarse.
—Pesa —dijo él, y se rió, porque pesaba más de lo que recordaba y porque la espalda ya le estaba cobrando.
Lo llevaron entre los dos hasta el borde del camino, donde Capón esperaba atado a un poste, con la cola moviéndose de a ratos. Le acomodaron el pan en las alforjas con una carona doblada para que no lastimara. El burro bufó, midió la carga, dio dos pasos de prueba y se quedó quieto, de acuerdo.
—Hasta Purmamarca son sesenta kilómetros —dijo Yanina, mirando el teléfono—. Por la ruta. ¿Vamos a ir caminando?
—No. Hasta la apacheta de la cuesta, nada más. Después lo llevamos en la camioneta del Rolo.
—O sea que es mentira.
—Es la mitad —admitió Cirilo—. Pero la mitad se hace.
Caminaron una hora al costado de la ruta, con el viento de frente y un camión de sal que los pasó con la bocina, saludando. En un recodo, una pila de piedras con hilos de lana de colores, botellas vacías, una hoja de coca aplastada, un durazno seco ya negro. Cirilo sacó del bolsillo una petaca de alcohol, otra bolsita de coca, y le ofreció a la nieta.
—Se le convida a la tierra antes de pedirle.
—¿Qué le pido?
—Lo que quieras. Pero ahí.
Yanina se quedó un rato con la mano en la bolsita. Después tiró unas gotas sobre las piedras, dejó tres hojas, y movió los labios sin sonido. Cirilo hizo como que miraba a Capón.
Antes de irse, ella se agachó y, con la uña, sacó una lasca del pan, chica, y la puso en la palma.
—¿Se puede?
—Se puede. Probala.
La lamió y puso cara de sorpresa. No era el sabor de la bolsa del súper, ni de las papas fritas. Era más seco, con algo mineral, como de piedra de río.
—Es otra sal.
—Es la misma —dijo Cirilo—. Solo que esta la cortaste vos con tus ojos.
—Yo no corté nada.
—Estuviste.
Bajaron despacio. Al fondo, en la banquina, la camioneta del Rolo ya levantaba polvo. El burro iba adelante con la carga de blanco sobre los lomos, y la luz de las ocho le prendía los bordes del pan, como si todo el salar se hubiera juntado en un solo bloque para irse a la Quebrada, quince días y veinte burros más tarde.