El sábado a la noche, Fermín Echeverría tenía sobre el banco siete botones perfectos y una lonja de cuero crudo que ya no quería obedecerle.
Las riendas eran de ocho tientos, trenzadas a lo largo de dos metros, con un botón cada palmo para que la mano del jinete supiera dónde estaba sin mirar. Hacía cuarenta años que las trenzaba así en el fondo de la casa de la calle Zapiola, en San Antonio de Areco, con el olor a sebo y a cuero mojado metido en las paredes. Esas, además, tenían dueño y plazo: el desfile salía a las diez de la mañana del domingo desde la Plaza Arellano, y el tordillo del chico de Ubaldo iba a estar en la fila.
Ubaldo había hecho el encargo en marzo, un mes antes de morirse. «Para el Tomás, que va a desfilar por primera vez», le dijo, y dejó los billetes arriba del banco, doblados en cuatro, como si pagara una caña. Fermín los guardó en una lata de galletitas y no los tocó.
A las doce de la noche cerró el octavo botón. Faltaba el último, el del extremo, el más apretado, el que cierra la rienda y la deja lista. Pasó el tiento por debajo, tiró, y sintió que los dedos se le abrían solos, tiesos, como dos ramas de invierno. El cuero se aflojó. Lo deshizo y empezó de nuevo. A la una lo deshizo otra vez. A las tres puso el jarro de agua caliente en la mesa, metió las manos hasta las muñecas y se quedó mirando el vapor, con la radio baja, un chamamé que se cortaba cada tanto.
—Me estoy haciendo viejo, Ubaldo —dijo en voz alta, al cuarto vacío—. Y vos con tu apuro.
Durmió dos horas sentado. Lo despertó el ladrido del perro y después unos golpes tímidos en el portón.
Era Tomás, con la bombacha negra planchada por la madre, el pañuelo rojo al cuello y las botas todavía duras de nuevas. Doce años, la cara lavada con jabón, el sombrero en la mano como quien llega a un velorio.
—Mi mamá dice que si todavía no están, no hay problema, que desfilo con las del tío —dijo, sin mirarlo—. Pero yo quería las de mi abuelo.
—De tu abuelo no. De tu abuelo es la plata —contestó Fermín, y enseguida se arrepintió del tono—. Pasá. Están casi.
Casi. Le mostró los siete botones y el tiento colgando del octavo. Tomás los tocó con la yema de un dedo, uno por uno, igual que se toca un animal que no conoce.
—¿Qué le falta?
—Lo que me falta no está en el cuero.
Afuera empezaba a aclarar. Se oyó pasar un camión de reparto, y más lejos el primer trote de caballos camino a la costanera, junto al Puente Viejo, donde se juntan las tropillas antes de entrar al pueblo. A las nueve y media tenían que estar en la plaza. Fermín miró el reloj de pared y después miró las manos del chico, chicas, tostadas, con una cicatriz de alambre en el pulgar.
—Sentate acá. Pegadito.
—Yo no sé trenzar.
—Ya sé que no sabés. Yo tampoco puedo. Entre los dos hacemos uno.
Le acercó el banco, le pasó los ocho tientos abiertos en abanico y le puso las manos encima, las suyas sobre las del chico, como se hace con un volante. Fermín no apretaba, apenas guiaba. «Este por arriba de los dos. Ahora el de la punta, por abajo. Despacio. El cuero te dice cuándo». Tomás sacó un poco la lengua. Se le cayó un tiento y volvieron a levantarlo. Cuando el nudo empezó a cerrar, el chico dijo bajito:
—Se pone duro.
—Es que ahí está. Tirá. Más. No tengas miedo de lastimarlo, el cuero aguanta más de lo que uno cree.
Tomás tiró. El botón se cerró con un chasquido seco, chiquito, y la rienda entera quedó cantando en el aire, tirante como una cuerda de guitarra.
Se quedaron los dos sin hablar. Fermín sintió que la mano derecha le temblaba, pero ya no de dolor.
—¿Quedó bien? —preguntó el chico.
—Quedó torcido —dijo Fermín, y le mostró el último botón, apenas inclinado hacia un lado—. Un poquito. Se nota que lo hizo alguien que recién empieza.
—¿Y lo arreglamos?
—No. Que se quede así.
Le dio la lata de galletitas con la plata de Ubaldo y le pidió que se la llevara a la madre. El chico negó con la cabeza, pero Fermín cerró la tapa y se la puso entre los brazos. «Es de tu abuelo, no mía. Yo cobré hace rato».
A las diez menos veinte, Fermín cruzó la plaza con el sombrero puesto y el pañuelo anudado, y se paró en la esquina del boliche de Bessonart, donde las tropillas doblan despacio para que la gente las vea. Pasaron los granaderos, pasaron las banderas, pasaron los paisanos de negro, sin un celular a la vista, como pide la costumbre. Y después, entre los últimos, apareció un tordillo bien peinado, con un chico encima que miraba para adelante, derechito, con las riendas flojas y seguras entre los dedos.
Al llegar a la esquina, Tomás bajó la mano izquierda hasta el último botón y lo apretó una vez, sin mirar, para saber dónde estaba.
Fermín se tocó el ala del sombrero y no dijo nada.