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  • Ocho tientos

    El sábado a la noche, Fermín Echeverría tenía sobre el banco siete botones perfectos y una lonja de cuero crudo que ya no quería obedecerle.

    Las riendas eran de ocho tientos, trenzadas a lo largo de dos metros, con un botón cada palmo para que la mano del jinete supiera dónde estaba sin mirar. Hacía cuarenta años que las trenzaba así en el fondo de la casa de la calle Zapiola, en San Antonio de Areco, con el olor a sebo y a cuero mojado metido en las paredes. Esas, además, tenían dueño y plazo: el desfile salía a las diez de la mañana del domingo desde la Plaza Arellano, y el tordillo del chico de Ubaldo iba a estar en la fila.

    Ubaldo había hecho el encargo en marzo, un mes antes de morirse. «Para el Tomás, que va a desfilar por primera vez», le dijo, y dejó los billetes arriba del banco, doblados en cuatro, como si pagara una caña. Fermín los guardó en una lata de galletitas y no los tocó.

    A las doce de la noche cerró el octavo botón. Faltaba el último, el del extremo, el más apretado, el que cierra la rienda y la deja lista. Pasó el tiento por debajo, tiró, y sintió que los dedos se le abrían solos, tiesos, como dos ramas de invierno. El cuero se aflojó. Lo deshizo y empezó de nuevo. A la una lo deshizo otra vez. A las tres puso el jarro de agua caliente en la mesa, metió las manos hasta las muñecas y se quedó mirando el vapor, con la radio baja, un chamamé que se cortaba cada tanto.

    —Me estoy haciendo viejo, Ubaldo —dijo en voz alta, al cuarto vacío—. Y vos con tu apuro.

    Durmió dos horas sentado. Lo despertó el ladrido del perro y después unos golpes tímidos en el portón.

    Era Tomás, con la bombacha negra planchada por la madre, el pañuelo rojo al cuello y las botas todavía duras de nuevas. Doce años, la cara lavada con jabón, el sombrero en la mano como quien llega a un velorio.

    —Mi mamá dice que si todavía no están, no hay problema, que desfilo con las del tío —dijo, sin mirarlo—. Pero yo quería las de mi abuelo.

    —De tu abuelo no. De tu abuelo es la plata —contestó Fermín, y enseguida se arrepintió del tono—. Pasá. Están casi.

    Casi. Le mostró los siete botones y el tiento colgando del octavo. Tomás los tocó con la yema de un dedo, uno por uno, igual que se toca un animal que no conoce.

    —¿Qué le falta?

    —Lo que me falta no está en el cuero.

    Afuera empezaba a aclarar. Se oyó pasar un camión de reparto, y más lejos el primer trote de caballos camino a la costanera, junto al Puente Viejo, donde se juntan las tropillas antes de entrar al pueblo. A las nueve y media tenían que estar en la plaza. Fermín miró el reloj de pared y después miró las manos del chico, chicas, tostadas, con una cicatriz de alambre en el pulgar.

    —Sentate acá. Pegadito.

    —Yo no sé trenzar.

    —Ya sé que no sabés. Yo tampoco puedo. Entre los dos hacemos uno.

    Le acercó el banco, le pasó los ocho tientos abiertos en abanico y le puso las manos encima, las suyas sobre las del chico, como se hace con un volante. Fermín no apretaba, apenas guiaba. «Este por arriba de los dos. Ahora el de la punta, por abajo. Despacio. El cuero te dice cuándo». Tomás sacó un poco la lengua. Se le cayó un tiento y volvieron a levantarlo. Cuando el nudo empezó a cerrar, el chico dijo bajito:

    —Se pone duro.

    —Es que ahí está. Tirá. Más. No tengas miedo de lastimarlo, el cuero aguanta más de lo que uno cree.

    Tomás tiró. El botón se cerró con un chasquido seco, chiquito, y la rienda entera quedó cantando en el aire, tirante como una cuerda de guitarra.

    Se quedaron los dos sin hablar. Fermín sintió que la mano derecha le temblaba, pero ya no de dolor.

    —¿Quedó bien? —preguntó el chico.

    —Quedó torcido —dijo Fermín, y le mostró el último botón, apenas inclinado hacia un lado—. Un poquito. Se nota que lo hizo alguien que recién empieza.

    —¿Y lo arreglamos?

    —No. Que se quede así.

    Le dio la lata de galletitas con la plata de Ubaldo y le pidió que se la llevara a la madre. El chico negó con la cabeza, pero Fermín cerró la tapa y se la puso entre los brazos. «Es de tu abuelo, no mía. Yo cobré hace rato».

    A las diez menos veinte, Fermín cruzó la plaza con el sombrero puesto y el pañuelo anudado, y se paró en la esquina del boliche de Bessonart, donde las tropillas doblan despacio para que la gente las vea. Pasaron los granaderos, pasaron las banderas, pasaron los paisanos de negro, sin un celular a la vista, como pide la costumbre. Y después, entre los últimos, apareció un tordillo bien peinado, con un chico encima que miraba para adelante, derechito, con las riendas flojas y seguras entre los dedos.

    Al llegar a la esquina, Tomás bajó la mano izquierda hasta el último botón y lo apretó una vez, sin mirar, para saber dónde estaba.

    Fermín se tocó el ala del sombrero y no dijo nada.

  • Veinte centímetros de cal

    El viento sur llegó a la cancha antes que Mundo Arriola. Cuando él abrió el portón del club, a una cuadra de las vías de General Pico, el tarro de cal ya había rodado hasta el alambrado y dejaba una raya blanca sobre la tierra. Era el último sábado de febrero. Al día siguiente empezaba el torneo de la Liga Pampeana y la cancha tenía que estar marcada de punta a punta.

    Hacía treinta y cuatro años que la marcaba él. Usaba un hilo de albañil, dos estacas, una cinta de tela a la que se le había borrado el primer metro y una marcadora de chapa, una carretilla angosta que dejaba la cal en una línea del ancho de una mano. Nunca le había fallado una esquina. Una sola cosa no la hacía como decía el reglamento, y no se lo había contado a nadie.

    —Don Mundo.

    Se dio vuelta. En el portón estaba Celeste, la hija del técnico nuevo, quince años, el buzo de la Sub 17 atado a la cintura. Traía un termo bajo el brazo y una cinta métrica de treinta metros, de las amarillas, todavía con el plástico en una punta.

    —Mi papá dice que hoy a la tarde llega la máquina. La que marca sola.

    —Llega a la tarde. Ahora estoy yo. —Mundo escupió de costado—. Si querés ayudar, agarrá esa estaca.

    Ella agarró la estaca. Eso le gustó, y no lo dijo.

    Empezaron por la banda del lado de la platea, la de cemento descascarado donde los domingos se sentaban los mismos veinte viejos con el mate y la radio. El viento le hinchaba el hilo como una vela. Mundo le enseñó a clavar la estaca un poco inclinada hacia atrás y a tirar siempre contra el viento, nunca a favor, porque a favor el hilo engaña. Celeste aprendió rápido. A la tercera vez ya sabía sola cuándo soltar.

    —¿Y por qué cal y no pintura? —preguntó, mientras él empujaba la carretilla y detrás quedaba una línea blanca, derecha, que se secaba en un minuto.

    —Porque la cal se va con la primera lluvia y vuelve el sábado. La pintura te obliga a ser parejo toda la vida.

    —Eso no es una respuesta.

    —Es la que tengo.

    Al mediodía el sol ya pegaba fuerte y la tierra de la cancha olía a polvo caliente y a cal, un olor que a Mundo le recordaba el patio de su escuela. Tomaron mate sentados en el borde del área chica. Ella contó que se habían mudado desde Santa Rosa en enero y que todavía no conocía a nadie que no fuera del club. Él contó que en 1990 había jugado de lateral en esa misma cancha y que lo había sacado el gordo Salinas de un empujón. Ninguno de los dos se rió.

    Después midieron las áreas, dieciséis cincuenta para cada lado, cinco cincuenta para la chica, y Celeste las comprobaba con su cinta nueva, y daban justo. Mundo gruñó una aprobación. Cuando llegaron al punto del penal, él ya lo había marcado: un pie hundido en la tierra y un círculo de cal del tamaño de un plato.

    Celeste estiró la cinta desde la línea de gol. Se agachó. Se quedó mirando.

    —Don Mundo, esto da diez con ochenta.

    —Da lo que da.

    —El reglamento dice once.

    Mundo se quedó callado. En el alambrado, el viento seguía moviendo una bolsa de nylon que nadie había sacado en todo el verano.

    —En el noventa y ocho —dijo al fin— teníamos un arquero petiso, el Cuervo Salinas, el hijo del que me había sacado de lateral. Hacía todo bien menos una cosa: no llegaba. Un día me pidió, así nomás, que le acercara el punto un poquito. Veinte centímetros, nada. El pateador se achica, me dijo. Se lo puse. Gané ese año tres partidos que no tendría que haber ganado.

    —¿Y después?

    —Después el Cuervo se fue a Rosario y yo me quedé con la costumbre. Treinta y cuatro años, nena. Ningún árbitro midió nunca. Los arqueros lo saben, todos. Se pasan la voz cuando entran.

    Celeste miró la cinta, la cal, a él.

    —Mañana llega gente de afuera. Y la máquina de mi papá lo va a poner en once, porque lo mide con láser. Se va a notar la diferencia.

    —Ya sé.

    —Entonces, ¿lo ponemos hoy en once? Si me dejás, lo hago yo.

    Mundo la miró un rato largo. Pensó en los veinte viejos de la platea. Pensó en el Cuervo. Pensó que las mentiras chicas de un canchero duran lo que dura la cal: se van con la lluvia, o con la máquina. Agarró la pala chica y raspó el círculo de cal hasta que quedó solo la tierra, oscura y apelmazada.

    —Medí —dijo.

    Ella midió, clavó la estaca, tiró el hilo, y marcó el nuevo punto con un golpe de talón. Él volcó la cal con la mano, despacio, y el círculo quedó blanco y exacto. Veinte centímetros más lejos de lo que había estado en treinta y cuatro años.

    El domingo, a los treinta y siete minutos del segundo tiempo, el árbitro cobró penal para los visitantes. Mundo lo miraba desde el alambrado, con la gorra en la mano. El arquero local, un pibe de veinte años que se había enterado de todo por boca de otros, caminó hasta el área, miró el punto, se persignó y volvió a mirar. Después, por costumbre de todos los arqueros del club, se tiró un segundo antes, hacia el lado de siempre, y cayó sobre la tierra de la cancha, veinte centímetros corto.

    La pelota entró pegada al palo. Mundo vio el lugar exacto donde el arquero había caído, una marca de guantes en la tierra, y entendió que ya no la iba a borrar con cal.

  • Lo que dijo la marea

    Toto Pellegrini llegó al Museo del Puerto media hora antes y se quedó parado enfrente, del otro lado de Guillermo Torres, mirando los pilotes del edificio como si fueran a decirle algo. Eran las nueve y diez de un jueves de Semana Santa. En el paseo portuario ya estaban armando los toldos de la feria del camarón, y el olor a aceite caliente le llegaba mezclado con el de la bahía, que en bajamar huele a barro y a sal vieja.

    Tenía setenta y ocho años. Había pasado cuarenta y cuatro cargando trigo y girasol en los buques, y en todo ese tiempo había aprendido que lo que se dice en voz alta queda dicho. Por eso hacía casi un año que esquivaba a Lucrecia, la chica del museo que le había dejado tres veces el mismo recado con su vecina: que si quería, había un grabador y una silla para él.

    —No tengo nada para contar —le había dicho la última vez, en la panadería.

    —Venga igual —había dicho ella—. Si no cuenta nada, grabamos el silencio.

    Eso lo había hecho reír, y la risa lo había comprometido.

    Cruzó. Subió los escalones, que eran más altos de lo que recordaba, y adentro el aire olía a madera encerada y a algo dulce que salía del Aula-Cocina, donde dos señoras con delantal armaban una bandeja de strudel. Lucrecia lo esperaba con una campera de lana y una mesa con un mantel de hule, tazas, un termo y un aparatito negro del tamaño de una cajita de fósforos largos.

    —Esto es todo —dijo ella—. Hable como si yo no estuviera.

    Toto se sentó con la gorra en las rodillas. Ella apretó un botón y se prendió una lucecita roja. Él la miró fijo, como se mira a un capataz.

    —Buenos días —dijo.

    Pasó un minuto largo. Afuera, una gaviota dio una vuelta sobre el techo y se fue.

    —Me llamo Vittorio Pellegrini, pero todos me dicen Toto. Fui estibador. Trabajé en el muelle de cargas, en las bodegas. Se cargaban unas ochenta bolsas por hora por cuadrilla, depende, si el capataz era bueno… —Se frenó. Escuchó su propia voz en el cuarto, más ronca de lo que la sentía por dentro—. Esto no le sirve, ¿no?

    —Sirve todo —dijo Lucrecia—. ¿Y antes del muelle? ¿Dónde vivía?

    —En la calle Cárrega, a tres cuadras. Una casa de chapa y madera, pintada de verde, con un cuarto atrás que daba al fondo.

    —¿Y qué se acuerda de ese fondo?

    Toto abrió la boca y no salió nada. Tenía la historia ahí, completa, hacía setenta años, pero siempre la había contado en su cabeza, nunca con palabras que alguien pudiera escuchar después de que él se muriera. Eso le pesaba. Una cosa guardada se queda como está. Una cosa dicha puede salir mal.

    Agarró la taza, la dejó, se pasó la mano por la nuca.

    —Mi viejo tenía una lancha —dijo por fin, despacio—. Atada al palo de la ventana de la cocina. Había años en que venía la marea y se metía en el pueblo, usted sabe, hasta las calles. Y entonces la lancha subía y quedaba a la altura de la mesa.

    —¿La mesa de la cocina?

    —La mesa de la cocina. Yo tenía ocho años. Una noche se metió el agua por la puerta de atrás, despacito, sin ruido, como una visita. Mi vieja se paró en una silla con el cucharón en la mano porque estaba haciendo tallarines. Y no los dejó. Los terminó arriba de un cajón de manzanas, con el agua por los tobillos, y todos comimos parados. Mi viejo ni se enojó. Ató la lancha más corta y dijo que el agua, cuando quiere pasar, pasa, y que lo mejor es tenerle la mesa puesta.

    Lucrecia no dijo nada. La lucecita roja seguía prendida.

    —El agua tenía olor a gasoil, a algas, a la lluvia del sur. Y los tallarines tenían gusto a ajo. Fue la mejor comida de mi vida —dijo Toto, y se sorprendió de que le temblara la voz y no le diera vergüenza—. Después vino el tiempo y las mareas ya no entraron más. Hicieron el museo sobre pilotes, ¿vio? Para que el agua pasara por abajo. Mi vieja decía que eso era como ponerle zapatos altos a una casa que ya sabía nadar.

    Se rió solo. Las señoras del Aula-Cocina, que escuchaban desde la puerta, se rieron también, bajito, sin entrar.

    Habló cuarenta minutos más. De la lancha, que se llamaba Rosina. Del primer buque que cargó. De la cantina donde se cantaba cuando se terminaba la cuadrilla, de su mujer, Nilda, que lo esperaba en el portón con un termo, de los inviernos de guantes mojados. Cuando por fin se calló, Lucrecia apretó el botón y la luz roja se apagó.

    —Gracias, Toto.

    —¿Se oyó bien?

    —Se oyó perfecto.

    Él asintió, se puso la gorra y se levantó, con las rodillas crujiendo. Una de las señoras le ofreció un pedazo de strudel envuelto en una servilleta y él lo aceptó sin decir que no.

    Afuera había subido el sol. La feria ya tenía humo y música, y alguien probaba un micrófono en el anfiteatro. Toto bajó los escalones y, antes de cruzar, se agachó junto a uno de los pilotes del museo. Pasó la palma por la madera oscura, a la altura de su cintura, donde la humedad de tantos años había dejado una línea.

    —Hasta acá llegaba —le dijo, bajito, a nadie.

    Y se fue caminando hacia la feria, con el strudel tibio en la mano y la voz, por primera vez, un poco más liviana.

  • Negro de humo

    El galpón olía a pintura fresca y a naftalina, y a esa hora de la tarde, con las chapas hirviendo, también a pluma caliente. Zulema Barrientos levantó el espaldar de la percha con las dos manos, como se levanta a un chico dormido, y lo apoyó sobre la mesa larga.

    Tenía sesenta y ocho años, cuarenta y tres de ellos en los talleres que rodean el corsódromo, sobre la calle Estrada, donde antes había vías y ahora hay comparsas. Había cosido trajes, pegado lentejuelas, emplumado bastoneras. Pero desde hacía unos años su tarea era otra, la que nadie quería: teñir de negro las plumas que ya no daban más.

    —Es la última, Zule —dijo Mauro, el director, parado en la puerta con el celular en la mano—. Después de esta ya no queda nada de lo viejo. Faltan tres semanas para el primer sábado y los espaldares nuevos todavía no tienen ni la mitad de las plumas.

    —Ya sé.

    —Teñila hoy así se seca el fin de semana.

    —Ya sé, Mauro.

    Él se quedó un segundo de más, quiso decir algo, y se fue. Zulema oyó sus zapatillas alejarse por el pasillo, entre los rollos de tela y las estanterías de gemas de plástico que llegaban hasta el techo.

    El espaldar era de los primeros de la comparsa. Hierro finito, soldado a ojo, con varillas que se abrían en abanico. Las plumas de gallo blanco se habían puesto amarillentas, quebradas en las puntas, y entre ellas, más largas, quedaban nueve de faisán que alguna vez habían sido de un blanco azulado. Cada una se compraba por centímetro. Nadie tiraba una pluma en esa casa; cuando llegaba a su final, se teñía de negro y volvía a la pasarela, porque el negro era el color de lo que ya había dado todo y todavía servía.

    Puso la olla sobre la hornalla de la pieza del fondo. Midió el tinte con la tapa de un frasco, como le había enseñado la Chola, que había sido su jefa y que ya no estaba. El agua empezó a hacer ruido. Zulema volvió a la mesa, tomó la primera pluma de faisán por el cañón y la dobló apenas a contraluz, para ver cuánta vida le quedaba.

    Fue en la sexta que encontró el hilo.

    Era un hilo rojo, de coser, atado en el cañón, justo debajo de donde nacían las barbas. Un nudo doble, apretado, de los que ella hacía sin pensar. Se quedó mirándolo. Sintió que el galpón entero se achicaba hasta ser solo esa mesa.

    Había sido en el 81, el verano en que la comparsa desfiló por primera vez con espaldares propios. Ella tenía veintitrés años y una hermana, Nélida, de diecinueve, que bailaba en el tercer cuerpo y llevaba justamente este espaldar, el más liviano de todos. Zulema le había atado un hilo rojo a la pluma más larga, a escondidas, para que nunca se perdiera de vista entre tanto blanco. «Así te encuentro desde la tribuna», le había dicho.

    Nélida se había ido a vivir a Rosario en el 90, y después a Neuquén, y hacía once años que no se veían más que por videollamada, con el teléfono apoyado contra el frasco del azúcar.

    El agua hirvió. Zulema apagó el fuego.

    Se sentó. Pensó en Mauro y en las tres semanas, en las plumas nuevas que todavía venían en bolsas desde afuera, en lo que costaba cada una. Pensó que el hilo no iba a aguantar el tinte, que el rojo se iba a ir con el agua, que una pluma negra era una pluma negra y que nadie en la tribuna iba a mirar un nudo.

    Tomó la pluma con el hilo, la apartó y tiñó las otras ocho. Una por una, con la pinza, las sumergió hasta el cañón y las sacó chorreando, y las colgó boca abajo en la soga del fondo, donde se escurrían contra el piso de cemento sin hacer ruido. Quedaron negras, brillosas, serias. Eran lindas, para qué negarlo.

    La novena la guardó en el bolsillo del delantal.

    A las ocho, Mauro volvió con dos medialunas y un termo.

    —¿Terminaste?

    —Casi.

    Él miró el espaldar, las ocho plumas negras, el hueco. Zulema esperó el reproche. Mauro sirvió el mate, lo probó, hizo una mueca por lo lavado, y le pasó el primero.

    —Dejalo así —dijo—. Que una quede blanca. En la entrada del tercer cuerpo, que se vea desde la tribuna.

    —Nadie va a mirar una sola pluma.

    —Yo sí.

    Zulema bajó la vista al mate. Lo tomó despacio, hasta que el agua hizo ruido en el fondo del termo. Después sacó la pluma del bolsillo, la ató de nuevo al abanico con un nudo doble y la dejó asomar, larga, sobre las otras ocho. El hilo rojo quedó a la vista, apenas, como una vena.

    Esa noche, de vuelta en su casa, abrió la videollamada con el teléfono apoyado contra el frasco del azúcar.

    —Nélida —dijo—. Mirá para el sábado de carnaval. Vení a buscarme a la tribuna, que esta vez soy yo la que te hace una seña.

    Del otro lado hubo un silencio largo, de esos con señal débil, y después una risa que se cortó y volvió.

    —¿Todavía está ese hilo?

    —Todavía.

  • La banda de Ailén

    El camión llegó a las siete y diez a la puerta del galpón de la calle Iriarte, en Barracas, con el escape tosiendo y la cabina todavía tibia. Bajó Rolando Sosa con un termo bajo el brazo y se quedó mirando la baranda de madera como quien mira un chico que va a dar examen.

    —Hoy es el catorce, ¿no? —dijo—. El día de ustedes.

    —El día de los fileteadores —dijo Ailén—. Pero a las doce lo necesitás en el Abasto, así que festejamos después.

    Rolando asintió. Hacía treinta años que llevaba verdura desde el Mercado Central hasta las verdulerías de Almagro, y el camión tenía casi la misma edad que Ailén: un Dodge celeste, con la baranda lateral lijada hasta la madera. Se la habían rayado en una maniobra en septiembre, y él no quería chapa nueva ni calcomanía. Quería filete, como el que le había hecho el viejo Quiroga en el noventa y tres. El viejo Quiroga era el abuelo de Ailén y llevaba cuatro años muerto.

    Ailén puso el termo de Rolando sobre el banco, abrió la lata de esmalte sintético y revolvió con una espátula hasta que el rojo dejó de hacer vetas. Olía a aguarrás y a barniz, el olor del taller desde que ella tenía memoria. Había dibujado el diseño la noche anterior sobre papel manteca: hojas de acanto en las puntas, una flor grande al medio, un moño de cinta, y debajo de todo, de punta a punta de la baranda, una línea larga, de más de dos metros, que cerraba el conjunto. Esa línea se hacía con la banda. Con nada más.

    La banda era un pincel sin mango, solo la virola cargada con pelo de oreja de vaca, de más de cinco centímetros. Ella tenía la de su abuelo, con la virola marcada por sus dedos. Se la había dejado a ella en una caja de zapatos, envuelta en un trapo, untada con vaselina para que los pelos no se torcieran.

    Pintó las hojas sin problema. Las flores también. Cargó los colores planos con el pincel de filetear, rojo, verde, un amarillo que sacaba de la lata como manteca, y la mano le respondió. Rolando se sentó en un cajón de manzanas y no habló, que es lo mejor que puede hacer un cliente.

    A las nueve y media quedó la línea.

    Ailén apoyó la banda sobre el azulejo, la cargó despacio, con todos los pelos en el mismo sentido, como le habían enseñado. Se paró frente a la baranda. Levantó la mano.

    Le tembló.

    No mucho. Un temblor fino, de cansancio, que venía desde hacía una semana y que se había instalado justo cuando le encargaron este trabajo. Una línea larga no perdona: si la mano duda, el trazo hace una ola, y esa ola se queda ahí para siempre, a la vista de todo el que pase por Almagro a las seis de la mañana.

    Bajó la banda. La limpió con aguarrás. Volvió a cargarla.

    —¿Querés que me vaya a dar una vuelta? —preguntó Rolando.

    —No. Quedate.

    Lo intentó dos veces más. En la segunda, la línea salió con una curva de tres centímetros a la altura de la rueda, y tuvo que lavarla con trapo antes de que secara. Eran las diez y cuarto. A las doce el camión tenía que estar cargando.

    Se sentó en el piso, contra la pared, con la banda en la mano. Del otro lado de la chapa del galpón pasó un colectivo, sin filete, liso, con la publicidad pegada. Pensó en su abuelo, que decía que la mano no pintaba, que pintaba el cuerpo entero, desde los pies, y que el pincel era lo último que se enteraba.

    —Rolando —dijo—. ¿Tu viejo vendía verdura también?

    —Con carro. Con un caballo bayo que se llamaba Pelusa. —Rolando sonrió—. Lo prohibieron en el sesenta y ocho. Mi viejo lloró dos días. Después compró el primer camión, y lo primero que hizo fue mandarlo a filetear.

    —Estoy pintando el cuarto camión de tu familia.

    —El tercero. El cuarto es este, con vos.

    Ailén se paró. No se secó las manos. Puso los pies separados, cargó el peso en las dos piernas, como se pone el que va a cruzar un río por unas piedras, y respiró hasta que el aire le llegó al fondo de la espalda. Cargó la banda una vez más, despacio, sobre el azulejo, hasta que los pelos quedaron derechos y parejos, brillando.

    Apoyó la banda en el extremo izquierdo de la baranda. Toda, no la punta. Y empezó a caminar.

    No miró el pincel. Miró el final de la tabla, un punto imaginario a dos metros, y dejó que el cuerpo se moviera hacia ahí, un paso, otro, la mano colgando de ese movimiento como un vagón enganchado. La pintura salió pareja, roja, sin gotas. Cuando llegó al extremo, levantó la banda con suavidad, y el trazo terminó afilado, como una aguja.

    Nadie dijo nada. Se escuchaba el motor enfriándose y, a lo lejos, una bocina.

    Rolando se levantó del cajón y se acercó. Pasó el dedo a un centímetro de la línea, sin tocarla. Tenía los ojos húmedos, y lo disimuló sirviéndose el café del termo.

    —Es igual a la del noventa y tres —dijo.

    —No —dijo Ailén—. Es mía.

    A las once y cuarenta, con el esmalte todavía fresco, Rolando subió a la cabina y arrancó. Ailén salió a la vereda con la banda en la mano y lo vio doblar hacia Vélez Sarsfield, rumbo al Abasto. Desde ahí, con el sol de costado, la línea larga brillaba sobre la baranda como un hilo rojo tendido entre dos mástiles, y no se movía, aunque el camión sí.

  • La mandarina de Mirta

    A las seis de la mañana la topadora empezó con su pi, pi, pi de marcha atrás, igual que todos los días de esa semana de mayo. Mirta Aguirre ya estaba en el patio, con los pies metidos en las alpargatas y una pala de punta en las manos. La había dejado clavada en el fondo el vecino de al lado, el que se mudó en la primera tanda, en marzo. “Por si acaso”, había dicho.

    El mandarino tenía nueve años, los mismos que Cacho. Lo había plantado Raúl el día que el chico nació, un palito con dos hojas, para que el nene tuviera algo que le creciera más rápido que él. Ahora le pasaba el hombro a Mirta y todavía daba mandarinas chicas, agrias, de cáscara floja, que a Cacho no le gustaban y se comía igual.

    Raúl se había ido a las cinco, al turno de la obra de la represa, con el termo bajo el brazo. Antes de salir lo dijo sin mirarla, bajito, para que no fuera una pelea:

    —No lo vas a poder sacar, Mirta. Es un árbol, no un mueble.

    El camión de la mudanza pasaba a las diez. La casa nueva estaba a cinco kilómetros, en la ciudad que habían levantado en poco más de un año, con las tejas todas iguales y los cables bajo tierra. Mirta la había ido a ver el domingo. Calle de tierra recién abierta, olor a cal y a pintura, y en cada frente un cuadrado de pasto sin una sola sombra. Cacho se había quedado parado en la vereda, mirando para arriba, como si faltara algo en el cielo.

    —¿Y dónde me voy a trepar acá? —había preguntado.

    Ella no supo qué contestarle. Ahora, a las seis y diez, empezó a cavar.

    Hizo un círculo grande alrededor del tronco, más grande de lo que le parecía razonable, porque alguien le había dicho una vez que las raíces llegan hasta donde llegan las ramas. La tierra de la costa era oscura y pesada, con ese olor a río viejo que tenía todo el patio. A las siete salió Cacho en pijama, se frotó los ojos y no dijo nada. Agarró la pala del otro lado, la que usaba su padre para el gallinero, y cavó con ella a su ritmo, con la lengua afuera.

    A las ocho, la topadora estaba a dos casas. Se veía el pecho amarillo de la máquina por encima de los techos, y el polvo que levantaba se metía en el patio y se pegaba en las hojas del mandarino. Doña Elba, la de enfrente, se asomó con el delantal puesto.

    —Mirta, por Dios. Dejá eso. Mañana vas a tener otro, en la casa nueva te dan para plantar.

    —Me dan pasto, Elba.

    —Y bueno, pasto.

    —No es lo mismo.

    Doña Elba se quedó mirando un rato. Después entró a su casa y volvió con un balde de lata y una cuerda de tender, y no preguntó más.

    A las nueve y media el pozo era una olla profunda, y el mandarino seguía parado en medio, atado a la tierra con un pan de raíces del tamaño de una damajuana. Mirta metió la pala por debajo y empujó. Nada. Empujó con los dos pies. Cacho se colgó del mango. El árbol crujió, apenas, como una puerta.

    Entonces el ruido de la topadora se cortó. Mirta levantó la cabeza. Un muchacho de gorra, de veinte años, a lo sumo, había bajado de la cabina y estaba parado en la vereda, con los brazos colgando. Tenía la cara cubierta de polvo, salvo alrededor de los ojos.

    —Señora, me mandaron a esta cuadra a las diez.

    —Y yo a las diez me voy —dijo Mirta—. Falta media hora.

    El muchacho miró el pozo. Miró el árbol. Miró al nene, que tenía barro hasta las orejas.

    —Es que si me atraso, el capataz…

    —Ya sé.

    Se sacó la gorra y se la volvió a poner. Después entró al patio, sin pedir permiso, y se agachó en el borde del pozo.

    —Por ese lado tiene que soltar. Metele la cuerda por abajo, así.

    Entre los cuatro, Doña Elba incluida, ataron el pan de raíces con la cuerda de tender y lo sacaron de a poco, con los hombros, hasta que el mandarino salió del suelo con un ruido húmedo, de muela. Quedó apoyado de costado sobre una arpillera, con las raíces al aire, chorreando. Mirta tuvo ganas de llorar y no tuvo tiempo.

    El camión llegó a las diez y diez. El chofer miró el árbol y miró el reloj.

    —Eso no entra.

    —Entra —dijo Mirta—. Entra atravesado, arriba de la heladera.

    Entró. Viajó de costado por la ruta, con las ramas golpeando contra la lona, y Mirta lo fue cuidando todo el camino, con una mano en el tronco, mientras Cacho iba en la cabina contándole al chofer cuántas mandarinas daba por año. Detrás, por la ventanilla de atrás, se vio la nube de polvo de la topadora que arrancaba otra vez.

    En la casa nueva, Raúl las esperaba en la vereda. Había pedido salir un rato de la obra y todavía tenía el casco puesto. Miró el árbol bajar del camión. No dijo nada de lo que había dicho a la mañana. Hizo el pozo en el medio del cuadrado de pasto, frente a la ventana, y entre los tres lo pusieron en la tierra pelada, tierra colorada, distinta, y la apisonaron con los pies.

    A la semana, el mandarino se quedó sin una hoja. Quedó pelado, derecho, con un aspecto de palo clavado en el medio del frente, y los vecinos nuevos, que todavía no conocían a nadie, pasaban y lo miraban con lástima. Una tarde Mirta salió con una uña y raspó apenas la corteza de una rama, y se quedó mirando.

    Por debajo, todavía estaba verde.

  • El La de Haydée

    Aníbal Rojas bajó del colectivo en la dársena de la estación de Lanús con el maletín de las herramientas en una mano y el diapasón en el bolsillo del saco. Eran las cuatro de la tarde de un jueves de octubre, y de las vías subía ese olor a hierro tibio y a fritura que el barrio tenía desde antes de que él naciera. Cruzó Yrigoyen esquivando una moto, dobló en 25 de Mayo y caminó seis cuadras hasta el Club Unión Obrera, que tenía el portón verde de siempre y un cartel nuevo, de lona, que anunciaba el baile del sábado.

    Lo esperaba Marisa, la tesorera, con un llavero enorme.

    —Don Aníbal, no sabe cómo le agradezco. Veinte años que le vengo diciendo al presidente que ese piano se está muriendo.

    —No se muere —dijo Aníbal—. Se desafina, que es distinto.

    El salón olía a cera y a humedad de pared vieja. Al fondo, contra el escenario de madera, estaba el vertical, un Bluthner de los años cuarenta con el barniz levantado en la tapa y una quemadura de cigarrillo en el borde, que alguien le había dejado en un carnaval. Aníbal puso el maletín sobre una silla y no se acercó enseguida. Hacía once años que no lo tocaba. La última vez había sido para el cumpleaños de Haydée, su mujer, que tocaba de oído, sin partitura, tangos y valses con la mano izquierda un poco pesada. Después ella se enfermó, y él dejó de venir al club, y el piano se quedó solo con el invierno.

    Abrió la tapa. Sacó la llave de afinar, las cuñas con mango, la tira de paño roja que usaba para el temperamento. Los dedos le sabían todo, aunque las manos ya no eran las mismas. Hundió la tecla del La central y el sonido salió plano, cansado, medio tono abajo de lo que debía.

    —Qué le vamos a hacer —murmuró.

    Marisa se fue a contar las entradas. Aníbal colocó el paño entre los tríos de cuerdas, de modo que quedara una sola vibrando por nota, y sacó el diapasón. Lo golpeó contra la rodilla y lo apoyó en el hueso detrás de la oreja, como le había enseñado su maestro, don Vicente, en un taller de Remedios de Escalada, hacía más de cincuenta años. Cuatrocientos cuarenta. Un hilo fino y parejo que llenó la cabeza.

    Giró la llave sobre la clavija del La. La cuerda subió, subió, y a media vuelta hizo un chasquido seco y se soltó.

    Quedó colgando, enroscada sobre sí misma como un pelo. Aníbal se quedó mirándola. Faltaban cuatro horas y media para las nueve, la hora en que llegaban los primeros músicos a probar sonido, y un piano sin La central era un piano que no servía para nada.

    Revisó el maletín. Rollos de alambre había, pero de otros calibres, para los bajos, para los agudos. El del La era justo el que no tenía. Pensó en llamar a la casa de repuestos de Avellaneda, pero a esa hora cerraban, y el viaje de ida y vuelta no le daba. Se sentó en el banquito. Le dolían las rodillas.

    Entonces se acordó de la caja de lata.

    Vivía a diez cuadras. Fue a paso rápido, con el saco abierto, y subió las escaleras del departamento sin parar. En el ropero, atrás de las cajas de zapatos, estaba la lata de galletitas donde guardaba lo que no se animaba a tirar: facturas viejas, una medalla de la parroquia, y un rollito de alambre de piano, calibre trece, que había sacado años atrás del Bluthner de su casa cuando le cambió las cuerdas por unas nuevas. El piano de Haydée. Lo había vendido el año después de que ella murió, a una escuela de Banfield, porque no soportaba verlo cerrado.

    Volvió con la lata bajo el brazo.

    Cortó el largo justo, lo pasó por la clavija, lo enroscó con tres vueltas prolijas y lo fue tensando de a poco, con la llave, apretando y soltando, estirando el alambre hasta que dejó de ceder. Después, el diapasón otra vez contra el hueso. El La nuevo sonaba demasiado brillante, nervioso, como un chico recién peinado. Lo bajó, lo subió. Los dos sonidos, el del piano y el de la horquilla, se montaban uno sobre el otro y producían esa batida lenta, un latido, un va y viene que se espacia a medida que uno se acerca.

    Afinó el resto con la paciencia de siempre, octava por octava, hacia arriba y hacia abajo, y cuando terminó afuera ya era de noche y se escuchaban los trenes pasar a lo lejos, uno cada diez minutos. Marisa había prendido las luces y puesto las sillas contra las paredes. Habían llegado los músicos, un bandoneonista flaco y una chica con un violín en una funda de nylon, que lo miraron de lejos sin molestar.

    —Ya está —dijo Aníbal, y la voz le salió rara.

    Se quedó parado al lado del piano, sin saber si irse. La chica del violín se acercó. Tendría veinte años.

    —¿Puedo darle un La, para afinar?

    —Dale.

    Ella apretó la tecla. El sonido llenó el salón entero, redondo, sin una sola batida, y el violín lo recogió con el suyo y los dos se volvieron uno, igualito, como si siempre hubieran sido el mismo hilo.

    Aníbal cerró el maletín y salió despacio, con la lata vacía en el bolsillo. En la vereda, antes de cruzar, escuchó atrás suyo que empezaban a tocar un vals, con la mano izquierda un poco pesada.

  • Humo de barbacuá

    A las nueve de la noche, Teodoro Kovalchuk todavía no había encendido el fuego y ya le dolía la espalda de mirarlo apagado.

    El barbacuá del fondo de la chacra, en las afueras de Apóstoles, era un techo de chapa sobre postes torcidos, con el hogar abajo y el catre de varas arriba, negro de tres generaciones de humo. Hacía seis años que nadie lo usaba. La hoja de la familia iba directo al secadero de cintas de la ruta, y de ahí a los paquetes que Teodoro compraba en el supermercado como cualquiera.

    Esa tarde, sin embargo, había salido con la tijera al yerbal viejo, los doce plantas que había puesto su abuelo Mykola cuando llegaron los polacos y los ucranianos, y había cortado una sola ponchada. Ahora estaba ahí, atada en las cuatro puntas, en el piso de tierra, oliendo a hoja verde y a tarde de octubre. La yerba se sapecaba antes de las veinticuatro horas de cosechada, o se echaba a perder. Eran las nueve. La había cortado a las tres. Le quedaban seis horas, y la leña de la semana estaba empapada por la lluvia.

    Solo tenía seca la pila que guardaba bajo la chapa, la que usaba para el asado de fin de año. La sacó rama por rama, la acomodó en el hogar con papel de diario encima, y prendió. El fuego tomó con ganas. Teodoro se sentó en un banquito de madera a mirarlo, con las manos entre las rodillas.

    Había una sola razón por la que hacía eso, y venía en el último colectivo de Posadas, si es que venía. Lena, su nieta, tenía diecisiete años, un celular que nunca soltaba y una opinión firme sobre la chacra: después de la Fiesta de la Yerba Mate, en noviembre, la familia la iba a vender. Era una decisión de los grandes, y Teodoro no había dicho que no. Pero le había escrito a Lena un mensaje con mucha torpeza: «Mañana a la madrugada hago yerba como la hacía el abuelo. Si querés venir, ahí estoy». Ella había contestado con un pulgar. Nada más.

    A las diez y media, el humo ya subía parejo por entre las varas del catre. A las once menos veinte, Teodoro oyó pasos en la picada, y después una linterna de celular, que bailaba entre los árboles.

    —Abuelo. El colectivo me dejó en la ruta y vine caminando. Había un perro.

    —Es el Pirulo. No muerde.

    —Ya sé que no muerde. Me siguió dos kilómetros.

    Lena dejó la mochila en el piso. Tenía zapatillas blancas y las miró con tristeza, ya manchadas de tierra colorada. Miró también el techo ahumado, el catre, el hogar que ardía.

    —¿Esto es lo que hay que ver?

    —Esto es lo que hay que hacer —dijo Teodoro—. Ver, ya viste.

    Le alcanzó una horquilla larga, de las que se usan para pasar las ramas por el fuego, y desató la ponchada. Una de las cosas que sabía, sin que nadie se la hubiera explicado nunca, era cuánto tiempo aguantaba la hoja sobre la llama: treinta segundos, no más, y después había que sacarla.

    —Agarrás un puñado de ramas. Pasás rápido. Cuando oís que estalla, es que está.

    Lena lo hizo mal la primera vez, y la segunda, porque tenía miedo de acercarse. A la tercera, metió el brazo de lleno. Las hojas reventaron con un crepitar seco y parejo, como pochoclo en una olla tapada, y un olor nuevo subió de golpe, entre dulce y quemado, un olor que Teodoro conocía desde antes de saber hablar.

    —¡Abuelo, suena!

    —Siempre sonó.

    —No, pero suena de verdad. —Se rio, con la cara roja del calor—. Pensé que era como un modo de decir.

    Trabajaron una hora así, ella pasando y él acomodando lo sapecado sobre el catre, con las manos negras de ceniza. A medianoche, Lena ya le discutía cómo se agarraba la horquilla. A la una, se quedó callada, mirando las brasas, y preguntó:

    —¿Cuánto tarda en estar lista?

    —El secado lleva toda la noche y un buen pedazo de la mañana. Hay que mantener el fuego, ni muy fuerte ni muy flojo. Y después se canchan las hojas, se muelen a golpes. Mi abuelo lo hacía con un palo envuelto en arpillera.

    —¿Y vos?

    —Yo lo hacía igual, hasta que vino la cooperativa.

    No dijo más. Lena tampoco. Se turnaron para cuidar el fuego, cada uno con su manta, y a eso de las cuatro ella se durmió sentada contra un poste, con la capucha puesta y el olor del humo en el pelo.

    A media mañana, con el sol ya alto sobre la chapa, Teodoro sacó un puñado de hoja seca del catre y la golpeó con el palo sobre una arpillera, hasta dejarla en trozos del tamaño de una uña. La puso en el mate de calabaza que había traído de la cocina, y calentó el agua en la pava ennegrecida, sin dejar que hirviera.

    Le cebó el primero a ella.

    Lena lo tomó con las dos manos, probó despacio, y se quedó pensando.

    —Sabe a humo.

    —Sí.

    —Pero no feo. Sabe a… —Miró alrededor, el hogar, el catre, los postes oscuros—. Sabe a este lugar.

    Teodoro no contestó. Guardó lo que sobraba en una bolsa de nailon, la cerró con un nudo, y Lena sacó un marcador de la mochila y escribió en la bolsa, con su letra redonda de colegio, la fecha de ese día.

    No dijo si iban a vender o no. Dijo que el sábado volvía, que había que limpiar el hogar antes de que se acumulara la ceniza, y que se iba a traer otras zapatillas.

  • Hasta que la masa diga

    A las cinco de la mañana del 28 de julio, Dewi Mansilla ya tenía la cocina a leña prendida y el tercer fracaso enfriándose sobre la mesada. Afuera, la helada había blanqueado los álamos de la chacra hasta la ruta, y el aire se colaba por debajo de la puerta con olor a humo y a tierra dura.

    —Esto es un adoquín —dijo, y le pegó con el cuchillo. El cuchillo rebotó.

    Sobre la mesa estaba la libreta de su madre, abierta en una página con manchas de grasa. “Torta negra. Azúcar morena, una taza. Manteca, la que haya. Pasas, nueces, el té de ayer. Hornear hasta que la masa diga.” Nada de gramos, ni de minutos, ni de temperatura. Gwen Evans de Mansilla había hecho esa torta cada 28 de julio durante cuarenta años para la mesa larga del salón de la capilla, y nunca había necesitado escribir lo que le sabían las manos.

    Dewi manejaba el micro escolar desde Gaiman hasta las chacras del valle. Conocía de memoria cada pozo del camino de ripio, pero de cocina sabía lo justo para sobrevivir el invierno. Su madre había muerto en marzo. En abril, la comisión de la capilla le preguntó con mucho tacto si “la torta de Gwen” iba a estar este año, y él dijo que sí antes de pensarlo.

    La primera había salido quemada por fuera y cruda por dentro. La segunda, al revés. La tercera era el adoquín. Le quedaba harina para una más, y fruta seca para una más. A las cuatro de la tarde se servía el té, y a las cuatro menos cuarto tenía que estar saliendo hacia la capilla.

    A las nueve llegó la tía Elin con un termo y la cara colorada por el viento del oeste. Miró el adoquín, miró a Dewi, y se sacó la bufanda sin apuro.

    —No te voy a ayudar —dijo—. A tu madre la receta se la sacó el cuerpo, no el papel. Si te la explico, te la explico mal.

    —Entonces para qué viniste.

    —A tomar mate y a mirar.

    Se sentó junto a la cocina, con la pava del lado de ella. Dewi pesó, mezcló, probó la masa con el dedo y no supo qué estaba probando. Pasaron las horas con el ritmo del horno: abrir, cerrar, mirar, dudar. Hacia el mediodía, buscando un molde en la alacena, movió una lata de galletitas, de esas redondas, con el dibujo desteñido de un velero.

    Pesaba. La abrió. Adentro, envuelta en papel de estraza y atada con hilo de cocina, había una torta negra entera. En el papel, con la letra torcida de su madre, decía: “Julio. Para el desembarco.”

    La tía Elin ni se dio vuelta.

    —La hizo el invierno pasado, ya enferma. Las tortas negras duran. Por eso las hacían los colonos, ¿viste? Se guardan en una lata y esperan. Servila hoy, Dewi. Nadie se va a enterar de que no la hiciste vos.

    —Yo me voy a enterar.

    —Es la última que queda.

    —Por eso.

    Volvió a envolverla con el mismo hilo, con el mismo nudo, y la dejó a un costado de la mesa, lejos del calor. Después se limpió las manos en el repasador y se acercó al bol.

    La tía Elin, que había jurado no hablar, habló mirando la ventana.

    —Tu madre decía que la masa avisa. Que cuando la dejás caer de la cuchara tiene que sonar.

    —¿Sonar cómo?

    —Eso no me lo dijo.

    Dewi levantó una cucharada y la soltó. Nada, un chasquido flojo. Agregó té frío, de a poco, y probó de nuevo. Volvió a probar. Al cuarto intento la masa cayó con un ruido grave, denso y redondo, como un zapato que se hunde en el barro de una acequia. Se quedó quieto con la cuchara en el aire.

    —Ahí —dijo la tía Elin, sin dar vuelta la cabeza.

    La metió en el horno a las doce y cuarenta. No miró el reloj. Miró el color de la corteza por el vidrio y escuchó el chisporroteo cada vez más bajo, hasta que la cocina entera olió a azúcar quemada de a poquito, a nuez y a canela, y se acordó, de golpe, de ser chico bajo esa misma mesa.

    A las cuatro menos cuarto, la torta salió del horno medio tizne en un borde. Dewi la envolvió en un repasador, la acomodó en el asiento del acompañante, y al lado, con el cinturón puesto, la lata del velero.

    La capilla tenía las puertas abiertas y los autos estacionados hasta los álamos. Adentro, la mesa larga estaba cubierta de manteles blancos, y las teteras vestían sus gorros de lana tejida, rojos, verdes y amarillos. Había pan casero, manteca salada, dulce de citrón y tarta de crema. Afuera, en el patio, los chicos corrían y los hombres apostaban en las carreras de caballos. Dewi dejó la torta entre una de manzana y otra de nuez, sin cartel.

    La lata del velero se quedó en la mochila, abajo de la silla.

    Evan Roberts, que tenía ochenta y nueve años y había comido esa torta en cada desembarco desde antes de que Dewi naciera, se cortó una porción. La masticó lento. Dewi, de pie junto a la pared, sintió que el salón se había quedado sin ruido.

    —Esta no es la de Gwen —dijo Evan.

    Dewi asintió.

    —Es más húmeda —siguió el viejo, y se cortó otra—. Está bien. Es más húmeda y está bien.

    A las seis no quedaba ni una miga. Había sobrado una pasa en el plato, y alguien la levantó con el dedo y se la comió. Después empezó el concierto, y el coro cantó en galés cosas que Dewi nunca había entendido del todo, pero que esa tarde sonaron como una sola voz larga en el frío del valle.

    Esa noche, en la cocina, con la estufa todavía tibia, abrió la lata. La torta estaba intacta, con su hilo y su nudo. Le acercó la nariz al papel y no la cortó. Volvió a cerrarla y la puso en el estante más alto, para tener con qué comparar el año que viene.

    Después agarró la libreta y un lápiz. Debajo de la línea que decía Hornear hasta que la masa diga, con su letra de chofer, apretada, escribió: Dewi: cuando suena como un zapato en el barro.

  • La guitarra en el disco

    En octubre la Plaza Próspero Molina huele a pasto cortado y a humedad de butaca. Tito Bustos camina por el campo central con el manojo de llaves colgado del cinto, y las llaves suenan como un cencerro flaco. Lleva treinta y cuatro años de sereno del escenario. Sabe qué butaca cruje, qué reflector se recalienta y en qué escalón del fondo hay que apoyar el pie izquierdo para no resbalar cuando llueve.

    Hoy tiene una tarea y un pendiente. La tarea es probar el plató, ese disco enorme que gira ciento ochenta grados para que un artista se vaya mientras entra el otro. Una vez por mes lo hace andar vacío, para que el motor no se duerma. El pendiente es otro, y no figura en ninguna planilla de la Comisión.

    Sube por la escalerita lateral. El escenario Atahualpa Yupanqui, de día y sin gente, parece una playa de estacionamiento con techo. Tito lo cruza despacio, abre la caja de comandos y deja la mano un segundo sobre la palanca.

    —Abuelo, ¿ya? —dice una voz desde abajo.

    Es Camila, la nieta, once años, mochila al hombro y los auriculares colgando del cuello. Se la dejaron esa tarde porque la escuela tuvo acto y la madre trabaja hasta las ocho. Se sentó en la primera fila, con los pies sobre el respaldo de adelante, que es una falta grave en enero y una gracia en octubre.

    —Esperá que caliente.

    —¿Qué va a calentar, si es un motor?

    —Todo se calienta, Camila. Hasta las ganas.

    Aprieta la palanca. Abajo, en las entrañas del escenario, algo tose, se acomoda y empieza un ronroneo grave. El disco se mueve. Primero es un temblor en las suelas de Tito, después un deslizamiento lento, como si el piso decidiera pensarlo. Gira. Los parlantes apagados, los micrófonos sin cable, la batería tapada con una lona, todo pasa frente a él como pasa un pueblo visto desde el tren.

    Camila se para en la butaca.

    —¡Se mueve de verdad!

    —Doscientas veces lo vi y todavía me sorprende —dice Tito, y es mentira por exceso: son muchas más.

    Detiene el disco en el medio giro. Se queda de espaldas al público, mirando el telón de fondo, que en octubre es un muro gris con manchas de humedad.

    Lo que no figura en la planilla es una guitarra. Está en el baúl de su casa, en la calle Sarmiento, envuelta en una frazada de lana. Era de Elsa, la mujer, que cantaba zambas en las peñas del río y nunca subió a este escenario. Se lo prometió una vez, medio en broma, durante una noche de la quinta luna: “Algún día te hago cantar acá, aunque sea cuando no hay nadie”. Elsa se rió y dijo que el día que él se animara a prender los reflectores para ella sola, ese día cantaba.

    Hace tres años que Elsa no está. La guitarra sigue en el baúl, y Tito sigue pasando por la plaza con las llaves, sin hacer nada con la promesa.

    —Abuelo, ¿qué hacés ahí parado?

    —Nada. Pensaba.

    —Pensás con cara de estar por llorar.

    —Es la humedad.

    Camila se ríe y sube de un salto la escalerita. Cruza el escenario como si le perteneciera. Tito piensa que en enero este mismo tramo lo cruzan los que cantan ante diez mil personas, con las piernas flojas, y que ella lo cruza con zapatillas de lona y una mochila de Hello Kitty remendada.

    —¿Me dejás parar en el disco cuando gire? —pregunta.

    —Está prohibido.

    —¿Quién lo prohíbe?

    Tito mira alrededor. No hay nadie. Un jilguero baja de la torre de luces y se asienta en el parlante de la izquierda.

    —Yo —dice—. Pero hoy me tomo el día.

    Camila se planta en el centro del plató y abre los brazos, y él acciona la palanca. El disco gira otra vez. La nena se va moviendo de frente a perfil y de perfil a espaldas, con el pelo volándole, y grita algo que no se entiende porque el motor lo tapa.

    Cuando el disco se frena, ella queda mirando hacia el campo vacío. Tito sabe que desde ahí se ven las ocho mil butacas, las tribunas, el cerro Pan de Azúcar al fondo, y en enero también la luna.

    —Abuelo —dice Camila, sin darse vuelta—, ¿vos nunca cantaste acá?

    —Yo no canto.

    —¿Y la abuela?

    Tito traga saliva. Se acuerda de la frazada, del baúl, de la promesa con risa.

    —Ella quería. Nunca le tocó.

    —Y entonces, ¿qué esperás?

    No hay una respuesta buena, así que Tito hace lo único que sabe hacer: se va a prender los reflectores. Va hasta el tablero y baja las llaves una por una. Se enciende uno solo, el blanco, el que cae sobre el centro del disco. La luz le dibuja a Camila un círculo a los pies.

    —Esperame acá —dice.

    Sale de la plaza con paso corto, cruza dos cuadras, abre el portón de la casa y vuelve con la guitarra envuelta en la frazada. Camina más rápido de lo que caminó en años. Cuando regresa, Camila sigue en el círculo de luz, quieta, y el jilguero también.

    Desenvuelve el instrumento. Tiene una cuerda floja, la quinta, y la madera tiene el color del té. Tito la afina de oído, con los dedos duros. No sabe tocarla. Le acerca la guitarra a la nena.

    —Tocá lo que sepas.

    —Sé una sola, de la escuela. “Zamba de mi esperanza”.

    —Esa va bien.

    Camila se sienta en el borde del disco, con las piernas cruzadas, y arranca torpe, errándole a los acordes, sin voz firme. Tito se queda de pie en la penumbra, junto a la palanca. En algún momento sus labios se mueven con la letra. Él, que no canta, canta bajito. Cuando la nena se equivoca, él la corrige.

    Terminan la última estrofa. Nadie aplaude. Pero en el campo central, entre las butacas vacías, se escucha la nota final quedarse un instante en el aire, redonda, y después irse despacio por encima de las tribunas, rumbo al cerro.

    —Listo —dice Tito—. Cumplido.

    Apaga el reflector. El círculo de luz se achica hasta no ser nada. En la oscuridad del escenario, el motor del plató todavía respira, y la guitarra de Elsa, con su cuerda floja, sigue sonando en las manos de la nena.