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  • El candado de Hipólito

    A las doce y veinte, Berta Lucero acomodó el micrófono con el dorso de la mano, como hacía desde hacía treinta y cuatro años, y se dio cuenta de que ya no tenía nada más que acomodar. La mesa estaba limpia. Había llevado el termo y el mate, la lapicera Bic con la tapa mordida, y la carpeta de tapas verdes donde se anotaban los avisos del día. Esa carpeta se quedaba en la radio. El papel doblado en cuatro que traía en el bolsillo del cardigan, no.

    Afuera, el viento del sur levantaba arena fina de los médanos y la tiraba contra la ventana. En el Valle Argentino, octubre huele a caldén mojado cuando llueve y a polvo cuando no, y ese mediodía olía a polvo. Desde la cabina se veía la antena, el techo de chapa del corralón de enfrente y un perro echado en la sombra de un Ford F-100 sin ruedas.

    —Faltan diez, Berta —dijo Ramiro por el vidrio. Era el técnico, tenía veintitrés años y usaba auriculares que le daban un aire de piloto—. ¿Todo bien?

    —Todo bien. Andá a tomarte algo, que yo me arreglo.

    —Es tu último día.

    —Por eso mismo. Andá.

    Ramiro se fue. Berta sacó el papel y lo alisó contra la mesa. El renglón de arriba decía, con letra de lápiz tinta, apretada: Para que lo lea Berta cuando yo no esté. Hipólito Maldonado, puesto de la laguna.

    Había llegado en 1994, un invierno de heladas negras. Lo trajo un camionero que paraba en el bar de la ruta y que dijo que el viejo se lo había dado a la salida de la ruta, sin explicar. Berta lo leyó esa misma tarde y no lo pasó. Hipólito vivía solo, a cuarenta kilómetros por camino de tierra, cerca de la laguna Utracán, con cabras, un caballo ciego de un ojo y una radio a pilas que sintonizaba LU a las doce y media en punto. Tenía una hija, Rita, que se había ido a Bahía Blanca a los diecinueve y no volvió. Y el papel pedía que se leyera cuando él no estuviera. Pero el viejo estuvo muchos años más. Cuando por fin murió, en 2009, Berta ya había dejado pasar tanto tiempo que leerlo le pareció una grosería, como contestar un telegrama con quince años de atraso.

    Lo guardó en el cajón, entre las cintas y los fusibles. Lo cambió de lugar tres veces. Esa mañana lo sacó del cajón y se lo puso en el bolsillo sin pensar.

    La luz roja se encendió.

    —Buenas tardes en el Valle, en los puestos y en los parajes —dijo, con la voz de siempre, un poco más grave que la de afuera—. Es la hora de los mensajes al poblador. Hoy, viernes, no hay muchos. Los Aguirre avisan que el camión de la cooperativa pasa mañana a las nueve, no a las siete, por el estado del camino. La escuela de Quehué recuerda que el acto es el miércoles. Y la señora de Pereyra pide que alguien le acerque, cuando pueda, una garrafa a la tranquera del campo de los Sosa.

    Leyó los demás avisos, uno por uno, con la calma de quien sabe que cada uno es una persona esperando junto a un aparato. Cuando terminó, miró el reloj de pared. Eran las doce y cuarenta y dos. Respiró.

    —Y ahora, para cerrar, un mensaje que quedó pendiente desde hace mucho. Lo escribió don Hipólito Maldonado, del puesto de la laguna, y me pidió que lo leyera cuando él no estuviera. Tardé en hacerlo. Pido disculpas.

    Se aclaró la garganta. El papel temblaba apenas.

    —Dice así: Rita, hija. Si estás escuchando, es que ya me fui y yo no pude decírtelo. Nunca le puse candado a la tranquera. Lo compré, pero lo dejé colgado de un clavo adentro del galpón. Cada noche pensé que a lo mejor volvías de madrugada y no quería que tuvieras que gritar para que te abrieran. El caballo se llama Manchado. Los cabritos se venden bien en diciembre. No te pido que vengas. Te aviso nomás que está abierto.

    Se quedó en silencio, dos segundos, tres, que en la radio son una eternidad y que Berta siempre había aprendido a evitar. Después dijo:

    —Eso es todo. Hasta mañana. O hasta nunca, para mí, que me jubilo. Gracias por escucharme todos estos años.

    Apagó el micrófono. Se sacó los auriculares. Del otro lado del vidrio, Ramiro había vuelto y la miraba con la boca un poco abierta, y detrás de él, en la mesa de recepción, el teléfono empezó a sonar.

    No sonaba mucho, ese teléfono. Berta atravesó la cabina, levantó el tubo y dijo “Radio, buenas tardes”.

    Al principio solo hubo viento del otro lado, y un motor, y alguien que respiraba. Después una voz de mujer, grande, de esas voces que tienen cuarenta años de ciudad encima y todavía una vocal del campo escondida:

    —Yo estaba en la ruta. Paré en la banquina cuando dijeron el nombre. —Hizo una pausa—. ¿Usted sabe si el puesto sigue en pie?

    Berta miró por la ventana. El perro se había levantado y se sacudía el polvo, y al fondo, más allá de los médanos que nadie le había dibujado nunca, se veía una línea oscura de caldenes y, abajo, el brillo gris de agua.

    —Sigue —dijo—. Tiene el techo flojo, pero sigue. Y la tranquera, señora, está abierta.

    Del otro lado cortaron. Berta colgó despacio. Después agarró la carpeta verde, la dejó en el centro de la mesa y apagó la luz de la cabina, y por la ventana vio levantarse, a lo lejos sobre la ruta, la primera nube de polvo de una camioneta que daba la vuelta.

  • Entre las dos iglesias

    El desfile de las colectividades había cortado la calle Sarmiento a las diez y diez, y Armando Bouvier, setenta y seis años, ex mecánico de cosechadoras, traje azul prestado y una corbata que le apretaba como un torniquete, entendió que iba a llegar tarde a su propio casamiento.

    —Quédese tranquilo, don Armando —le dijo el chico de tránsito, con el chaleco naranja y la libreta en la mano—. Es una cuadra y media. Pero por acá no pasa nadie hasta que termine la banda.

    Del otro lado de la plaza se oía el bombo. Armando miró la hora en el reloj de bolsillo de su padre, que se había puesto porque Hilda decía que un novio sin reloj es un novio con apuro, y vio que faltaba cincuenta minutos. Alcanzaba. Si no se ponía nervioso, alcanzaba.

    Se había criado del lado del este, donde el abuelo todavía hablaba francés con los vecinos y la misa era a las ocho. Hilda Reinhardt venía del oeste, de las casas de los alemanes, de los abuelos que cantaban en la otra iglesia y guardaban la Biblia en un cajón con paño bordado. Cuarenta y cinco años habían vivido a seis cuadras de distancia sin cruzarse más que en la panadería, el club y dos o tres velorios. Ella enviudó primero. Él, después. Un martes de lluvia se encontraron esperando el mismo turno en la cooperativa, y a Hilda se le cayó un paraguas y a Armando se le cayó la vergüenza.

    Los hijos de él querían una ceremonia en el salón del club. Los de ella querían el registro civil, con diez invitados y un almuerzo en casa. Se pelearon dos meses por teléfono. Armando los dejó hablar y un domingo, tomando mate en el patio, Hilda le dijo:

    —Yo me quiero casar en la plaza.

    —¿En la plaza?

    —Donde se casaron los primeros. Ya sé que no es la misma, ni el mismo árbol, ni los mismos tiempos. Pero me gusta pensar que está a la misma distancia de las dos iglesias. A mí no me importa de qué lado rezaste vos.

    Habló con el encargado del Registro Civil, que consiguió un lugar, una mesa, un micrófono y un horario: sábado a las once, en la Plaza San Martín, justo antes de que empezara la parte del desfile con los discursos. El sábado de la Fiesta de la Agricultura. Armando se lo advirtió: iba a haber gente, ruido, tránsito cortado. Hilda dijo que mejor. Que a un casamiento le sobraba ser un poco público.

    Ahora el bombo sonaba más cerca. Armando cruzó la calle Sarmiento a paso corto, sorteó a un grupo de nenas con polleras plisadas y trenzas rubias, esquivó a una señora con una bandeja de pastelitos de membrillo, y se metió por el lateral de la plaza. Ahí se frenó en seco. Una columna de gente con banderas suizas, alemanas y piamontesas ocupaba el camino de punta a punta, y detrás de la columna, la banda municipal tocaba algo que se parecía al himno de una provincia que no era la suya.

    —¿Armando? ¡Armando Bouvier!

    Era Teresa, la hermana de Hilda, con un ramo de flores del jardín en las manos y la cara colorada de tanto correr.

    —Hilda te espera en el medio. Con el juez. Y los chicos están todos, los tuyos y los míos. Pero no se puede cruzar.

    —Ya lo vi.

    —¿Y qué vas a hacer?

    Armando se pasó la mano por la corbata. Pensó en su abuelo, que decía que para atravesar un río había que esperar a que bajara o buscar el vado. Pensó que ese río tenía bombo y banderas.

    Entonces vio a la abanderada de los suizos, una piba de dieciséis, con la cruz blanca sobre fondo rojo, y le hizo una seña. Ella lo miró con cara de no entender. Él levantó el reloj de bolsillo, lo señaló y se señaló a sí mismo. La piba miró la corbata, el traje, el ramito que le había prendido Teresa en la solapa, y sonrió. Dijo algo al oído del de atrás, el de atrás se lo pasó al siguiente, y la columna, sin dejar de caminar, abrió un hueco del tamaño de un hombre.

    —Pase, señor —dijo la piba, y bajó un poco la bandera para no tocarlo.

    Armando entró. Caminó con el desfile, un paso a la izquierda de los alemanes, uno a la derecha de los franceses, rozando una pollera, un acordeón, una gorra de lana. Una señora de la colectividad piamontesa le tiró un beso. Alguien empezó a aplaudir, no sabía quién, y después otro, y después todo el costado de la columna. Él caminaba con la cabeza baja y los ojos húmedos, convencido de que todo el pueblo se había puesto de acuerdo para hacerle un pasillo.

    Al llegar al centro de la plaza, la banda cortó en seco. El juez, un hombre flaco con anteojos redondos, miró el reloj y levantó las cejas. Hilda estaba de pie junto a la mesa, con un vestido color crema, el pelo recogido, un broche de su madre en el cuello. No dijo nada. Lo miró entrar, arrugado y sudado y feliz, y ladeó la cabeza hacia las dos torres, una a cada lado, y le guiñó un ojo.

    —Llegás justo —le dijo, bajito.

    —Por la mitad de la plaza —contestó él.

    El juez carraspeó, desplegó el papel y, en medio del silencio, preguntó si había alguien que tuviera algo que decir. Del desfile no se oyó ni un murmullo. Después, desde algún lugar entre las banderas, una voz de mujer gritó “¡Que vivan!”, y todas las colectividades, cada una en su idioma, repitieron lo mismo.

    Armando le tomó la mano a Hilda. Estaba tibia, y tenía el tamaño exacto de la suya.

  • El sapucay de Dora

    Dora Insaurralde armó la canasta a las cuatro de la tarde, como siempre: primero el mantel de cuadritos, después el chipá todavía tibio, después los mbejú envueltos en papel de diario. Pesaba lo mismo que en enero del año pasado y que en todos los eneros desde que Leoncio se murió. Lo único distinto era el sobre que llevaba en el bolsillo del delantal, con una entrada adentro.

    Corrientes a esa hora era un horno de baldosas. Caminó las cuadras hasta Sarmiento y la avenida Patagonia con el termo bajo el brazo, tomando tereré a sorbitos para no desmayarse, y a las seis ya estaba en su lugar de siempre: la vereda de enfrente de la boletería del Anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola, bajo el lapacho que a esa altura del año no tenía flores sino vainas secas. Acomodó la canasta sobre un cajón de cerveza.

    —¿A cuánto el chipá, doña? —preguntó el primero, un chico con una remera de la Fiesta del año pasado.

    —Cinco por lo que le cueste uno en Buenos Aires —dijo ella, y el chico se rio y compró diez.

    Las puertas abrían a las siete, el escenario arrancaba a las ocho. Desde las seis y media la fila le daba la vuelta a la manzana: familias con reposeras plegables, parejas de bailarines ya vestidos con la bombacha y el vestido de volados, abuelos con el sombrero de paja puesto desde casa. Todos pasaban por la canasta. Dora cobraba, daba el vuelto de memoria y miraba la puerta.

    Cuarenta años mirando esa puerta. Primero con Leoncio adentro, en el palco de los músicos que esperaban su turno, porque tocaba el acordeón en un conjunto de Mburucuyá que nunca llegó al escenario grande pero que animaba cada bailanta de la zona. Después sin Leoncio, con el acordeón guardado en un estuche verde arriba del ropero. Ella escuchaba la Fiesta desde la vereda: el sonido llegaba cortado por el viento, a veces entero, a veces un pedazo de polca y después nada.

    —¿Nunca entró, doña? —le había preguntado una vez una turista.

    —Alguien tenía que vender —había contestado.

    Lo cierto es que nunca había juntado para la entrada y la plata del día valía más que la música. Hasta este año. En diciembre, Anabela, la hija, apareció con un sobre y no quiso explicaciones. «Es para el sábado, mamá. Yo me quedo con la canasta.» Dora dijo que no. Dijo que no tres veces. A la cuarta se quedó callada, que en su casa era una forma de aceptar.

    A las ocho menos diez llegó Anabela, sin aliento, con la camiseta pegada a la espalda.

    —Dame eso —dijo, y le sacó la canasta de las manos como quien le quita el cuchillo a un chico—. Andá. La entrada hasta las nueve y media es la barata, pero igual no te quedes charlando.

    —¿Y si me falta aire?

    —Te falta aire cada vez que respirás fuerte y acá estás.

    Dora se sacó el delantal, lo dobló en cuatro y se lo dio. Debajo tenía puesto el vestido celeste, el único bueno, con el que había ido al casamiento de la prima en el noventa y ocho. Se miró los zapatos. Se acomodó el pelo con las dos manos. Cruzó.

    Adentro todo era más grande que el ruido que ella conocía. Las gradas subían como un anfiteatro de verdad, con el cielo todavía azul oscuro arriba y las luces ya prendidas en el escenario. Encontró un lugar en la cuarta fila, entre una familia que compartía un mate y un hombre solo con un termo. Se sentó. Le temblaban las rodillas y no era por el calor.

    Cuando salió la primera pareja de baile, con las manos levantadas y los cuerpos pegados, se le fue el aire de golpe. Y cuando entró el acordeón, un acordeón de botones, el sonido le llegó entero. No cortado. No de a pedazos. Entero, redondo, desde el pecho del que tocaba hasta el último escalón.

    Era la misma música. Pero estaba adentro, y adentro tenía otro peso.

    —Linda, ¿no? —le dijo el hombre del termo, sin mirarla.

    —Mi marido tocaba —contestó Dora—. En Mburucuyá. Nunca llegó acá.

    —Ahora llegó.

    No supo si el hombre lo había dicho por cortesía o porque sí. Pero le quedó la frase como una piedra tibia en la mano.

    Pasaron los números, un conjunto, una cantante, una pareja que bailó una pieza que parecía caminar sobre el agua. Dora aplaudió hasta que se le enrojecieron las palmas. A las diez y diez, sin que nadie lo anunciara, el músico del acordeón alargó una nota, la sostuvo, la dejó flotar sobre las gradas.

    Y desde algún lugar de la platea, alguien soltó un sapucay.

    Ese grito largo y quebrado, que sube de la panza y se corta arriba, como un animal que se levanta. Dora lo había oído toda la vida: en los velorios, en las bailantas, en la cocina de su casa cuando Leoncio terminaba una chamarrita. Ella nunca lo había dado. Una mujer decente, decía su madre, no grita así. Después fue una mujer ocupada. Después una viuda con una canasta.

    Se paró.

    No supo bien cuándo. La familia de al lado la miró, el hombre del termo no. Dora respiró hondo, hasta donde le dejaba el pecho, juntó todo lo que traía de cuarenta años de vereda, de ese sonido cortado por el viento, del estuche verde arriba del ropero, y lo largó.

    No le salió lindo. Se le quebró a la mitad y terminó en una tos. Pero salió, y se oyó, y alguien dos filas más abajo contestó con otro, y después otro más lejos, hasta que el anfiteatro entero fue un solo grito repartido.

    Dora se sentó con las piernas flojas y los ojos mojados. Afuera, del otro lado de la pared, Anabela vendía chipá a los que llegaban tarde, y por primera vez escuchaba la música igual que su madre: entera, desde adentro de la fila.

    El acordeonista bajó el fuelle. Dora se secó la cara con el dorso de la mano y se dio cuenta de que todavía sostenía la entrada, arrugada, como si alguien pudiera pedírsela de nuevo.

  • Cabeceo para la abuela

    El 140 las dejó en Lugones a las once y diez, y la abuela bajó los escalones de a uno, con la cartera apretada contra el pecho como si llevara los documentos de la casa. En realidad llevaba los zapatos. Los de baile, color crema, con la tira finita en el empeine, los que no se ponía desde antes de la pandemia. Los de calle los había dejado alineados en el pasillo, para que el lunes los encontrara al volver.

    —Lunes a las siete me internan —dijo Delia, sin que nadie le preguntara—. Cadera de titanio. Dicen que después uno baila mejor. Mentira. Después uno camina mejor, que no es lo mismo.

    —Ya sé, abuela.

    Brenda tenía diecisiete años, unas zapatillas negras de lona y una idea que no le había contado a nadie. Venía a Villa Urquiza todos los sábados de su vida, primero dormida en el cochecito, después sentada bajo la mesa con un paquete de maníes, y nunca, ni una vez, había visto a su abuela bailar con otra persona que no fuera un señor de saco.

    Adentro olía a café recalentado y a perfume de farmacia. El Club Sunderland era lo que era: una cancha de básquet con las líneas blancas todavía marcadas en el piso, los tableros arriba en las puntas, mesas con manteles de papel y sillas de plástico alrededor de la pista. Norma, la de la cantina, saludó a Delia con el mentón, desde atrás de la barra, sin dejar de cortar sándwiches de miga.

    Se sentaron en la mesa de siempre, la cuarta desde el tablero del fondo. Delia se cambió los zapatos agachada, con una mueca corta que quiso disimular tosiendo.

    La primera tanda fue de Di Sarli. Cuatro tangos, cortina, y la pista se llenó de trajes oscuros caminando contra el sentido del reloj, sin apuro, con ese paso largo y a tierra que en el barrio llaman por su nombre y en el resto del mundo copian. Delia miraba con las manos juntas sobre el regazo. Enfrente, don Evaristo, setenta y tantos, de moño, levantó apenas el mentón en su dirección.

    La abuela bajó los ojos hacia el mantel. Ese era el código: si no querés bailar, no mirás. Nadie se ofende, nadie pregunta. Evaristo cabeceó a otra mesa y se llevó a una señora de rojo.

    —Abuela —dijo Brenda.

    —Hm.

    —¿Por qué le dijiste que no?

    —Porque no tengo cadera. Tengo una cosa que me avisa cada tres pasos.

    Brenda esperó a que terminara la segunda tanda. Había ensayado durante tres semanas en la cocina, con el celular apoyado contra el azucarero, con la abuela en la pieza durmiendo la siesta. Aprendió el abrazo de los dos lados, el de seguir y el de llevar, porque en la academia del club de la otra cuadra nadie le había preguntado qué lugar quería, y ella lo había elegido sola. No era el que se esperaba. En la milonga tradicional, ya lo sabía, eso se miraba. Se miraba mucho.

    Sonó la cortina. Un fragmento de otra música, de otro siglo, para que las parejas se despidan y se limpie el oído. Brenda se paró.

    —Brenda, sentate.

    —Vení.

    —No hagas lío. Acá no.

    —No es un lío. Es un cabeceo.

    Y lo hizo. Levantó el mentón, despacio, con los ojos fijos en los de su abuela, como había visto hacer mil veces desde abajo de la mesa. Un movimiento mínimo, casi una pregunta sin palabras. Le temblaba la rodilla izquierda.

    Delia no bajó los ojos. Durante cuatro compases no hizo nada. Alrededor, la pista se vaciaba, la gente volvía a las mesas, alguien apartaba una silla. Una señora de la mesa de al lado se dio vuelta. Evaristo, desde lejos, levantó la ceja.

    —Mirá que yo llevo —dijo Brenda, bajito—. Si no te gusta, me decís y nos sentamos.

    —Cuando yo bailaba con tu abuelo —dijo Delia— él también decía que sabía llevar.

    —¿Y sabía?

    —Qué va a saber. Pisaba como un caballo. —Una sonrisa le torció la boca sin permiso—. Me casé igual.

    Apoyó las dos manos en la mesa y se paró. La cadera le avisó, pero esta vez ella le contestó con un gesto de la cara, de “ya sé, ya sé, aguantá un rato”. Dejó el bastón apoyado contra la silla, donde nadie lo iba a pisar.

    Empezó la segunda tanda de la noche, Troilo, y la primera nota del bandoneón cayó sobre la cancha como una puerta que se abre de a poco. Brenda levantó el brazo izquierdo. Delia puso la palma adentro de la suya, seca y tibia, y el otro brazo detrás de su espalda, bien arriba, a la altura exacta donde había estado la mano de un hombre durante sesenta años.

    —Despacito —dijo la abuela.

    Caminaron. Primero un paso, después otro, sobre la línea blanca del área, que Brenda usó sin querer de guía. La abuela cerró los ojos. No había nada que mirar. Alrededor, el salón fingió no verlas, que es la forma más educada que tiene una milonga de prestar atención.

    En el tercer tango, cuando ya iban a la par, Delia dijo en su oído, sin abrir los ojos:

    —Tenés que bajar el hombro.

    —¿Este?

    —El otro. Así. Ahora sí.

    Al final de la tanda se quedaron quietas un segundo de más, como se hace cuando uno no quiere que termine. Don Evaristo, desde su mesa, levantó la copa de soda en el aire, sin decir nada. Brenda llevó a su abuela de vuelta hasta la silla, con el brazo por la cintura, y le acercó el bastón.

    —El lunes —dijo Delia, sentándose despacio— me traés los zapatos al sanatorio. Los crema.

    —¿Para qué?

    —Para que se vayan acostumbrando a la cama.

    Se los sacó, los puso uno al lado del otro debajo de la mesa, y los miró un rato largo. Después levantó la vista hacia su nieta y, con un movimiento muy chico del mentón, le pidió la próxima.

  • La primera pitada de Nélida

    A las cinco y diez de la mañana, Ushuaia todavía era una sola mancha azul con luces anaranjadas, y Nélida ya tenía las manos negras hasta las muñecas.

    Caminó por el patio de la Estación del Fin del Mundo con el termo bajo el brazo y el aliento adelante, como un perro que la guiaba. A los costados, la escarcha había dejado cada tabla del andén con un borde blanco. La Garratt esperaba en la vía, quieta, con ese olor a aceite tibio y a metal que a Nélida le gustaba más que cualquier perfume. Era la locomotora número 2, la que llevaba el nombre de un ingeniero que ella nunca conoció pero a quien le hablaba cada mañana, bajito, para que el fuego prendiera.

    Treinta y un inviernos. Ese era el número que le daba vueltas. El viernes se jubilaba, y Joaquín, su nieto, que tenía nueve años y había nacido en Río Grande, nunca la había visto trabajar. Le había prometido que el miércoles lo traía. Lo había dejado dormido en la camioneta, con la campera de la escuela hecha un bollo debajo de la cabeza, y le había dicho: «Cuando suene, te despertás solo».

    Abrió la portezuela de la caldera y miró adentro.

    —Bueno, flaca —dijo—. Hoy no me hagas pasar vergüenza.

    Armó el fuego como lo hacía siempre: primero lo fino, después lo que aguantara. Lo encendió con un fósforo de cocina, de esos largos, porque los encendedores se le morían de frío en el bolsillo. La llama agarró bien. Nélida se quedó un rato mirándola, con la cara caliente de un lado y helada del otro.

    Pero a las seis menos veinte, la aguja del manómetro no se había movido.

    Le dio un golpecito al vidrio con la uña. Nada. Revisó el nivel de agua, abrió una llave, cerró otra. Todo en su lugar. Se sentó en el escalón de la cabina y respiró. Afuera empezaba a clarear detrás de los cerros, con ese gris que en el sur se queda un buen rato antes de decidirse.

    —¿Qué te pasa? —le preguntó a la máquina.

    La máquina no contestó, pero el fuego sí: tenía un color flojo, amarillo pálido, sin ganas. Nélida se agachó, tocó una de las astillas que había sobrado y la partió entre los dedos. Estaba húmeda por dentro. Esa leña la habían dejado afuera dos noches, con la nevisca de la semana, y ella no la había revisado. La confianza, pensó. Treinta y un años de confianza y el último miércoles se la cobraba toda junta.

    Se levantó y fue hasta el galpón del fondo. Ahí, detrás de las latas de pintura, guardaba un atado de leña que no era del tren. Lo había juntado ella misma en otoño, en el bosque de lengas cerca del río, y lo había dejado secar arriba del tanque de agua caliente de su casa. Era para el asado del viernes, para la despedida. Lo había atado con alambre y le había escrito con marcador: no tocar.

    Lo cargó al hombro. Pesaba menos de lo que esperaba. Lo desató sobre el andén y eligió trozo por trozo, dándolos vuelta, golpeándolos uno contra otro. Sonaban huecos, como puertas.

    —Perdoname, viernes —murmuró.

    Los metió en la caldera. Esta vez el fuego se levantó con otra voz, un rugido corto y ancho. En diez minutos la aguja empezó a subir, perezosa al principio y después de golpe, como alguien que por fin se acuerda de adónde iba.

    Nélida se limpió la frente con el antebrazo y dejó una raya negra. Miró el reloj: seis y cinco. Los guardas ya estaban llegando, con las mochilas y los gorros, saludando de lejos. El primer turno salía a las nueve y media, pero la pitada de prueba se hacía siempre antes, cuando el pueblo todavía dormía y nadie se quejaba.

    Fue hasta la camioneta y golpeó el vidrio con los nudillos. Joaquín abrió un ojo.

    —¿Ya sonó?

    —Casi. Vení.

    El chico bajó arrastrando la campera y se frotó la cara con las dos manos. Caminaron juntos por el andén. Él miraba la locomotora de abajo para arriba, con la boca un poco abierta, y Nélida lo dejó mirar. Lo subió a la cabina con una mano en la espalda.

    —No toques nada que brille —le dijo—. Y nada que queme. O sea, nada.

    —¿Entonces qué hago?

    Ella le agarró la mano y se la puso sobre una cadenita fría que colgaba cerca del techo.

    —Esto. Cuando yo te diga, tirás despacio. Despacio, ¿eh? Como si fuera la cola de un gato.

    Joaquín tragó saliva. Afuera, el gris se había vuelto celeste y en lo alto de los cerros había aparecido una línea de nieve con el primer sol encima. Nélida miró el manómetro, miró a su nieto, miró el humo que empezaba a salir derechito por la chimenea.

    —Ahora.

    El chico tiró. La pitada salió larga, fina y firme, y rebotó en el valle una vez, dos veces, hasta perderse entre los árboles. Un par de pájaros salieron volando de un techo. En alguna casa lejana se prendió una luz.

    Joaquín se quedó con la cadenita en la mano, sin soltarla, y la miró como si hubiera hecho temblar la tierra.

    —¿La escuchó todo el mundo?

    —Todo el que tenía que escucharla —dijo Nélida.

    Y se agachó a revisar el fuego, para que su nieto no le viera la cara.

    El viernes hicieron el asado igual, con leña comprada. A Nélida le pareció que tenía el mismo sabor.

  • La taza que no se gasta

    El agua de la vertiente salía a veintipico de grados y olía a huevo duro, como siempre, pero esa mañana Nélida Quiroga ni lo notó. Tenía la taza en la mano y la miraba contra la luz que bajaba del Cerro del Inca. Era una taza de loza blanca, con una guarda de florcitas celestes, y ya no era de loza. Hacía once meses que colgaba de un alambre sobre el chorro, debajo del puente de piedra, y el agua la había ido vistiendo de a poco con una costra color ocre, dura, finita, con textura de azúcar quemada.

    Una taza petrificada. Así las llamaban los turistas, aunque Nélida sabía que petrificada no era la palabra: la piedra no la reemplazaba, la envolvía. Adentro seguía estando la taza, igual que adentro de ella seguía estando la muchacha que había llegado a Puente del Inca en el cuarenta y nueve, con una valija de cartón y un marido que trabajaba en la vía.

    Con esa misma taza le servía el café a Ernesto, en la cocina de la casa de los ferroviarios, el invierno en que él se fue a Mendoza a hacerse un estudio y no volvió. Ahora estaba el hijo, Ricardo, que tenía un taller de heladeras en Godoy Cruz y la llamaba los domingos. Hablaban del tiempo, de la pensión, de la presión de ella. Nunca de nada más.

    El último que baja

    —Nélida, ¿vos sabés a qué hora pasa hoy? —preguntó Armando, el que atendía la boletería, asomándose por la ventanilla del mostrador de recuerdos.

    —A las cuatro y diez. Como siempre.

    —Como siempre no. —Armando se sacó la gorra y la dio vuelta entre las manos—. Es el último. Lo dijeron ayer por radio. Después del domingo cierran el ramal. No hay más servicio local.

    Nélida no contestó. Sabía que el tren de Mendoza venía flaco de pasajeros desde que habían cerrado lo de Chile. Dos automotores Ganz, azules y plateados, que subían despacio por el valle del Mendoza con cuatro o cinco personas adentro, un andinista, una señora con una canasta. Y sin embargo no había terminado de creérselo hasta ese momento, con la taza todavía húmeda en la mano.

    Había querido mandársela a Ricardo para el cumpleaños, en marzo. Después para las fiestas. Siempre se le ocurría un motivo para no hacerlo, porque mandar una taza era como mandar una frase, y ella no sabía cuál era la frase. Pero si ese tren era el último, no iba a haber otra forma. Los micros de la empresa no llevaban encomiendas de tres pesos, y a ella nadie le iba a subir hasta la boca del túnel una cajita con un papel.

    Sacó de abajo del mostrador una caja de zapatos, la forró con diario viejo, la llenó de virutas de papel y acomodó la taza adentro. La costra todavía estaba fría. Escribió en el borde de una tarjeta: «Para Ricardo Quiroga, taller Quiroga Refrigeración, Godoy Cruz». Se quedó mirando el lapicero. No agregó nada.

    Cuatro y diez

    El automotor apareció por la curva del río con su ronquido de siempre, y el viento de la tarde le levantó a Nélida el pañuelo. Había hecho el camino hasta la estación con la caja contra el pecho, como si pesara. Armando la esperaba en el andén.

    —El conductor se llama Beltrán —dijo—. Es de los de antes. Se la lleva hasta Mendoza y se la deja al jefe de la estación, que la manda con un cadete. Yo ya hablé.

    Beltrán bajó con el saco abotonado hasta arriba, aunque el sol todavía pegaba fuerte. Agarró la caja con las dos manos, la sopesó, la miró a ella.

    —¿Es frágil?

    —Es una taza.

    —Eso es frágil.

    —Esa no —dijo Nélida, y se sorprendió de su propia voz—. Esa aguantó once meses abajo del agua. Lo que no sé es si aguanta un viaje.

    Beltrán sonrió un poco, sin burla, y subió la caja al compartimento de adelante, donde acomodó el termo y la bolsa del pan. La puso contra el vidrio, de modo que el sol la tocara.

    —Si usted quiere agregar algo, hay tiempo. El jefe de Mendoza no se apura. Yo tampoco.

    Nélida se quedó parada. Del otro lado de la vía, el río bajaba color café con leche, cargado de arena. Más arriba, los techos de chapa de las casas de los ferroviarios. Más arriba todavía, el puente, con sus manchas amarillas, naranjas, verdes, cuarenta años de agua mineral pintando la misma piedra. Ernesto le había dicho una vez que lo que no se dice se va depositando, capa por capa, hasta que uno no se acuerda de qué había abajo.

    Abrió la caja, sacó la tarjeta, la dio vuelta y escribió del otro lado, rápido, antes de arrepentirse, con una letra que se le salió grande: «Pasá a buscar la otra. Hay un gancho vacío».

    Era cierto. Sobre el chorro quedaban cuatro alambres con taza y uno sin nada, el que ella había dejado para la próxima, sin saber para quién.

    —Listo —dijo.

    Beltrán cerró la caja, tocó dos veces la bocina, y el automotor arrancó lento, con ese tironeo que hacía temblar los vidrios. Nélida lo siguió con la vista hasta que dobló después del puente y el ruido se mezcló con el del río.

    Volvió despacio al mostrador. Al pasar bajo el arco miró el gancho vacío, y le pareció que el agua, por primera vez en mucho tiempo, caía justo sobre ese lugar.

  • Un pan de sal para Maimará

    Nicasio Colque llegó a la salina antes de que saliera el sol, cuando la costra todavía crujía como vidrio fino bajo las zapatillas. Era octubre, época seca, y a 3450 metros el aire entraba en el pecho con filo. Atrás, la sierra de Chañi se ponía rosada de a poco. Adelante no había nada: una llanura blanca que hacía doler los ojos aun con la luz baja.

    Traía un hacha de mango gastado, una bolsa de coca y una botellita de alcohol de caña. No traía apuro. Tenía sesenta y ocho años y un solo pan de sal para cortar.

    —Abuelo, ¿seguro que no querés la pala? —gritó Brian desde la camioneta, con la puerta abierta y el mate en la mano.

    —La pala es para la sal que se vende —contestó Nicasio sin darse vuelta—. Esta no se vende.

    Eligió un lugar lejos de las piletas de la cooperativa, donde la costra era pareja y la sal blanca de verdad, no gris. Se arrodilló. Esparció unas gotas de alcohol sobre la superficie y dejó caer unas hojas de coca, porque así le había enseñado su padre: primero se le pide permiso al salar, después se le saca algo. Murmuró el nombre de su padre, el de su abuelo y el de la salina, todo en el mismo aliento.

    Levantó el hacha y golpeó.

    El primer golpe no hizo nada. El segundo abrió una línea fina. A la tercera la sal se partió con un sonido seco, limpio, que le recorrió los brazos hasta los hombros. Hacía veinte años que no cortaba un pan a mano. Después de la ruta 52 vinieron los camiones y los compradores de sal para ganado, y los panes se vendieron por tonelada, cortados con máquina. Hasta 2005, más o menos, la familia todavía había cambiado sal por maíz y harina, como hicieron los abuelos con sus tropas de burros. Después se terminó. No hubo una decisión. Un año nadie vino, y al siguiente nadie fue.

    Cortó el segundo lado, el tercero. Le sudaba la espalda dentro de la campera aunque la temperatura apenas pasaba los cinco grados. Brian bajó de la camioneta y se paró cerca, sin ayudar, porque había aprendido que ayudar a Nicasio en ciertas cosas era una forma de ofenderlo.

    —¿Y esto para qué es, al final? —preguntó el chico, que tenía veintidós años y estudiaba para técnico en la capital de la provincia—. Me dijiste que íbamos a Maimará, nada más.

    Nicasio apoyó el hacha. Se limpió las manos en el pantalón.

    —En Maimará vive un tal Abdón Tolaba. Su padre y el mío cambiaban todos los años. Mi viejo bajaba con la sal y volvía con maíz, con papas, con unos duraznos secos que dejaban la casa oliendo a fruta una semana. —Hizo una pausa—. Abdón me llamó el mes pasado. Está viejo. Dice que tiene una bolsa de choclo guardada para mí desde hace veinte años. Una bolsa por un pan, como siempre. Yo le dije que sí. Después me quedé pensando que no tenía el pan.

    Brian miró el bloque a medio desprender, blanco, con las aristas todavía sin pulir.

    —Podías comprar sal en cualquier almacén de Purmamarca.

    —Podía. Pero Abdón no quiere sal. Quiere esta.

    Volvió a levantar el hacha. El último corte fue el más difícil, el que desprendía el pan de la costra por debajo, y Nicasio lo hizo con las dos manos y todo el peso del cuerpo. La sal cedió. El pan salió entero, del tamaño de un ladrillo grande, pesado como un chico dormido. Nicasio lo alzó contra la luz. Adentro tenía una veta fina, casi transparente, que parecía agua detenida.

    —Mirá eso —dijo.

    Brian se agachó a mirar y no dijo nada.

    Lo envolvieron en un poncho viejo y lo acostaron en el asiento de atrás, atado con el cinturón de seguridad, como un pasajero. Subieron por la ruta 52 hasta la Cuesta de Lipán, donde el camino se enrosca contra la montaña y el motor se queja. Nicasio fue mirando las curvas con la mano apoyada sobre el poncho. En la apacheta de arriba pidió que pararan. Dejó una piedra más sobre el montón, un poco de coca y un hilo de lana roja que sacó del bolsillo, y volvió a subir sin hablar.

    Bajaron a Purmamarca, y después a Maimará, con los cerros de colores cayendo a los costados. Eran las once cuando llegaron a una casa de adobe con una higuera en el patio. En la puerta esperaba un hombre flaco, encorvado, con un sombrero que le quedaba grande. Tenía la bolsa de choclo ya apoyada contra la pared.

    Abdón no dijo hola. Se acercó a la camioneta, abrió la puerta de atrás y desató el cinturón. Levantó el poncho, lo abrió con cuidado, y se quedó un rato mirando el pan. Después se lo llevó a la nariz y respiró hondo, como quien reconoce un olor de la infancia.

    —Es de allá arriba —dijo por fin—. Se nota.

    —Se nota —dijo Nicasio.

    Se dieron la mano, y la mano de Abdón temblaba un poco. Brian cargó la bolsa de choclo en el baúl. Pesaba menos de lo que esperaba.

    A la tarde, de vuelta en la salina, Nicasio le pidió a su nieto que se detuviera antes de llegar a la casa. Bajó solo. Caminó unos metros por la costra, hasta donde había quedado el hueco rectangular del pan, ya sin la sombra del hacha. Se agachó y apoyó la palma en el borde.

    La sal empezaba a juntarse otra vez en el fondo, una película blanca, casi invisible, que brillaba apenas con el sol bajo.

  • El termómetro de Elvira

    A las once de la noche el celular de Elvira Sandoval vibró contra la mesa de la cocina por tercera vez. Era Lucas, el hijo, desde Neuquén capital: «Mamá, el pronóstico dice menos uno para todo el valle. Dormite tranquila, que el riego ya está programado».

    Ella contestó con un solo dedo, despacio: «Sí, hijo». Después apagó la pantalla, se puso el abrigo de Aníbal, el de corderoy marrón que todavía olía a tabaco de pipa y a gasoil, y salió con el termómetro.

    Era un termómetro de mercurio con caja de madera, de esos que se compraban en las ferreterías de Roca cuando en la chacra no había otra cosa. Aníbal lo colgaba siempre de la misma rama, en el cuadro de abajo, el de las peras Williams, a un metro y medio del suelo. Decía que lo del pronóstico estaba bien para saber cómo venía la cosa en general, pero que la helada es una cosa que se juega chacra por chacra.

    Afuera hacía un frío limpio, de cordillera. El cielo estaba sin una nube y las estrellas se veían tan juntas que parecían ruido. Se oía el canal, el agua corriendo bajo el puente de tablones, y a lo lejos algún perro de la calle Los Cipreses contestándole a otro. Elvira caminó entre las hileras con la linterna apuntando al piso. La tierra estaba oscura y apelmazada, recién regada, como a Aníbal le gustaba dejarla antes de una noche así. «Un cuerpo negro que guarde calor», decía.

    Colgó el termómetro. Marcaba tres grados.

    Volvió a la casa, puso el agua para el mate y se sentó en la silla del patio, tapada hasta las rodillas con la frazada de los perros, que ya no estaban. Desde ahí se veía la rama. Tenía hasta las cuatro, más o menos. Las heladas fuertes del valle no llegan temprano. Esperan a que la noche se afloje y entonces caen, justo antes del amanecer, cuando uno ya se confió.

    A las doce y media le llegó otro mensaje, esta vez de Marcela, la vecina de la chacra de enfrente: «Elvira, ¿vos estás despierta? Yo no pego un ojo. Dicen que baja a menos tres en Cipolletti». Elvira escribió: «Acá tres arriba todavía. Te aviso». Se quedó mirando esas dos palabras. Hacía dos años que nadie le pedía que avisara nada.

    Después de la muerte de Aníbal, Lucas le había insistido con los sensores. Habían instalado uno en el poste del fondo, con una antena y una aplicación que mandaba alertas, y otro más caro junto a la bomba. Elvira los respetaba como se respeta a un yerno nuevo: sin confianza. Pero tenía que admitir que el aparato del poste no medía lo que medía la rama de las Williams, porque el cuadro de abajo era una hondonada. El aire frío se escurre como el agua y se junta ahí, a ras, donde nadie lo mide.

    A las dos y diez volvió a salir. El termómetro marcaba menos cero coma cinco. Tocó el vidrio con el dedo enguantado, como si eso lo pudiera calmar.

    —No te me vayas a ir más abajo —le dijo en voz alta, y se rio sola.

    La aplicación del celular, en cambio, mostraba un número distinto: uno coma ocho. El sensor del poste estaba cuatro metros más arriba y a ochenta metros de la hondonada. Elvira miró el número verde de la pantalla y después la columna de mercurio, y no tuvo dudas de cuál de los dos le estaba diciendo la verdad sobre las flores. Las peras estaban en plena floración, blanquísimas bajo la linterna. Con menos uno aguantaban. Con menos tres, ya no.

    Fue hasta el galpón, abrió el tablero de la bomba y levantó la palanca que Aníbal había marcado con un trapo rojo. No hacía falta esperar la programación de Lucas, que estaba puesta para las cuatro y media. El agua tardaba veinte minutos en llegar a los aspersores del cuadro de abajo, y la película de hielo que se forma sobre la flor, ese cubito del que hablan los viejos, tiene que empezar antes de que el aire baje, no después.

    Escuchó el golpe seco de la bomba arrancando, el zumbido que subía por las cañerías, y después, uno por uno, los aspersores girando entre los árboles con ese tac tac tac de ametralladora chica. Un chorro le pegó de costado a la linterna y le mojó la cara. Estaba helado como una hoja de metal.

    Volvió a la rama. Menos uno coma dos. El agua empezaba a caer sobre las flores y a cubrirlas de a poco, y la luz de la linterna se rompía en mil lugares distintos, como en una araña de vidrio. Elvira se quedó parada en medio de la hilera, con el abrigo de Aníbal ya chorreando, mirando cómo cada flor se quedaba quieta adentro de su cáscara transparente.

    Le escribió a Marcela: «Menos uno coma dos en la hondonada. Prendí el riego. Prendé el tuyo ya, no esperes». La respuesta llegó en un minuto: «Voy».

    A las cinco menos diez, el celular empezó a vibrar sin parar. Eran Lucas, Marcela, y un grupo de WhatsApp de la cámara de productores que Elvira nunca había abierto. Los dejó sonar. En la rama, el mercurio había tocado menos dos coma ocho y ahí se había clavado, y ella lo miró fijo, sin parpadear, hasta que el cielo empezó a ponerse del color de la leche con un poco de té.

    Cuando salió el sol, las peras estaban envueltas en hielo, enteras, brillando. Elvira cortó el agua recién a las ocho, cuando el termómetro pasó el cero. Sacó una flor del cubito con la uña. Adentro estaba verde y viva, con el pistilo derecho.

    Lucas llegó a las nueve y media, con la camioneta todavía cabeceando de la ruta y la cara de no haber dormido.

    —Mamá, ¿por qué no me llamaste?

    —Porque vos tenías el aparato del poste —dijo ella, sin darse vuelta, y le alcanzó el mate—. Y yo tenía el de tu padre.

    Lucas miró la rama, el cajoncito de madera, la columna fina todavía abajo del cero. No dijo nada. Se sacó la campera, la colgó en el alambre y se quedó al lado de ella, tomando el mate amargo, mirando cómo el hielo se iba soltando de a gotas de las flores.

    Esa tarde, Elvira le pidió que clavara un segundo gancho en la rama, para colgar otro termómetro. Pero que fuera de mercurio, aclaró. Así el año que viene alguien más se queda despierto con ella.

  • El chori de la esquina de Génova

    A las cinco de la tarde, Rosa Ledesma ya tenía la parrilla armada en la esquina de Génova y Avellaneda, como cada vez que Central jugaba de local. Eran las mismas cuatro patas, el mismo tambor cortado al medio, el mismo olor a carbón que se le había metido en el pelo hacía treinta y cuatro años. Lo único distinto era el papel que llevaba pegado con cinta en la heladera de telgopor: un código QR, un número de puesto y una cuadra nueva.

    —Parque Alem, Rosa —le había dicho el inspector esa mañana, con la tablet en la mano y mucha amabilidad—. Es un lugar lindo, con sombra. Y acá, en la vereda, no se puede prender fuego. Ya lo hablamos.

    Lo habían hablado, sí. Había ido a la reunión con los vecinos, había escuchado a la señora del tercer piso que ya no podía abrir las ventanas en los días de partido, y había pensado que tenía razón. Eso era lo peor. Tenía razón la señora, tenía razón el inspector, y Rosa se quedaba parada con una pinza en cada mano y ninguna razón para enojarse.

    Esa noche jugaban contra Belgrano, a las diez. Faltaba poco para la primera fecha de todo el año, y el barrio ya era una sola fila de motos, camisetas azules y amarillas y chicos con las caras pintadas. Rosa acomodó los chorizos en dos hileras. Debajo de la mesa tenía una bolsa de nylon negra que había traído de su casa y no había abierto.

    —¿Qué tenés ahí, abuela? —preguntó Abril, su nieta, que a los diecinueve ya sabía cortar pan sin mirar.

    —Nada. Una cosa.

    La cosa era un foco. Más precisamente, era una luminaria vieja del Gigante, de las que el club había puesto a la venta entre los hinchas cuando cambió las luces por unas led. Rosa había hecho la cola un miércoles, con el termo, entre señores que hablaban de goles de hacía treinta años como si hubieran sido el domingo anterior. Había pagado y se la había llevado en una carretilla prestada, tapada con una frazada para que nadie preguntara.

    Pensaba prenderla alguna vez, aunque no sabía bien cómo. Su marido, Beto, se había ido hacía seis años, y de todos los partidos que habían vendido juntos, el que más recordaba era uno de noche, cuando se cortó la luz en la manzana y la única claridad de la esquina fue la de la brasa y la del reflector de la cancha, que se veía de lejos por encima de los techos. Beto había dicho entonces: «Mientras ese esté prendido, nosotros trabajamos». Y habían trabajado.

    A las siete llegaron los primeros clientes. Un padre con un nene en hombros, dos pibes en moto, un hombre grande que siempre pedía el chori sin nada y le daba la mano antes de pagar. Rosa servía y cobraba y no miraba a nadie. A las ocho y media apareció el inspector de nuevo, con otro chaleco, y se paró a cierta distancia con las manos atrás.

    —Rosa, el operativo arranca a las nueve. Yo sé que es difícil.

    —No es difícil —dijo ella—. Es mi esquina.

    —Ya lo sé. Pero se la pido por favor. Hoy ya tiene el lugar en el Parque, está marcado con su número. Acá no puedo dejarla prender fuego.

    Abril se acercó y le tocó el codo. Rosa miró la esquina, la medianera pintada de azul y oro, la parada del 133, la ventana del tercer piso donde la señora ya había cerrado las persianas. Miró la parrilla, y por primera vez en todo el día se le aflojaron los hombros.

    —Dame diez minutos —dijo—. Para apagar como corresponde.

    El inspector asintió y se alejó. Rosa se agachó, abrió por fin la bolsa negra y sacó la luminaria. Pesaba más de lo que recordaba. Tenía el vidrio rayado y una marca de óxido en el borde, y adentro todavía se veía la forma del filamento, quieto, como un pelo en una carta. Se la dio a Abril.

    —Llevala vos. Para el Parque. Colgala del toldo.

    —Abuela, esto no prende.

    —Ya sé que no prende. Pero es el que alumbró acá treinta años. Que lo vea el barrio, aunque sea apagado.

    Cargaron todo entre las dos: la heladera, las bandejas, el tambor ya sin brasas, y la luminaria envuelta en la frazada, con el cuidado con que se lleva a un nene dormido. Caminaron las cuadras hasta el Parque Alem entre la gente que subía hacia el estadio, a contramano, como quien vuelve de un lugar al que nadie más va.

    El puesto tenía su número pintado en el piso, un 14 en blanco. Había sombra, había un árbol, había un cesto de basura que no era de nadie y un baño químico que alguien había alquilado entre varios. Armaron la parrilla de nuevo, con carbón nuevo y una cuadra más de distancia, y Abril colgó la luminaria de un gancho del toldo, con alambre, torcida.

    A las diez menos diez se encendieron los reflectores del Gigante. Desde el Parque se los veía por encima de los árboles, nuevos, blanquísimos, más fuertes que cualquier cosa que Rosa hubiera visto en esa cancha. Un nene que pasaba con el padre se detuvo frente al puesto.

    —¿Eso también es una luz de la cancha?

    —Fue —dijo Rosa, y le dio vuelta el chorizo—. Ahora se la dejo al toldo. ¿Con qué lo querés?

    El padre pidió dos. A lo lejos empezó el canto, y Rosa, con el humo subiendo recto hacia la luz nueva, sintió que la esquina no se había movido tanto. Se había corrido una cuadra, nada más, y el reflector viejo, apagado, colgaba sobre su cabeza igual que antes, marcándole el lugar.

  • La válvula de Faustino

    A las tres y media de la tarde, el vapor ya estaba arriba. Faustino Ledesma lo supo por el manómetro y también por la espalda, que le avisaba antes que cualquier aguja. Treinta y ocho zafras en la sala de calderas del ingenio, a las afueras de Aguilares, le habían enseñado a leer la presión como otros leen la cara de un hijo.

    Afuera, el último camión de la campaña esperaba su turno en la fila, con la caña apilada y el polvo de ceniza pegado a las lonas. Era un miércoles de octubre, de esos con el cielo blanco y el calor que ya no pide permiso. Adentro olía a hierro caliente, a melaza vieja y a bagazo quemado, un olor dulce y pesado que se te mete en la ropa y no sale hasta el verano siguiente.

    —Don Faustino —dijo Brian, el pibe nuevo, asomándose por la escalerilla con el casco torcido—. El jefe de planta dice que a las cuatro, cuando salga la última caña del trapiche, la sirena la toca el gerente. Con su señora y los del sindicato. Que hay una foto.

    Faustino no contestó enseguida. Se limpió las manos con un trapo que había sido rojo.

    —¿La toca el gerente?

    —Eso dijo.

    —¿Y sabe dónde está la válvula?

    Brian se encogió de hombros. Tenía veinte años y era su primera zafra. Le habían dado el puesto en mayo, cuando todavía llovía, y desde entonces había aprendido a no preguntar de más.

    La válvula estaba detrás de la caldera número tres, en un caño que subía hasta el techo de chapa. Una palanca de hierro, gastada en el punto exacto donde la mano de Faustino la agarraba desde 1986. No tenía nada de ceremonia. Se tiraba hacia abajo, se abría el paso del vapor y el ingenio entero gritaba, un largo aullido que cruzaba los cañaverales y llegaba a las casas de la colonia, al almacén, a la ruta. Era el aviso de que se terminaba. Los que llevaban meses lejos de la familia sabían que podían volver. Los otros sabían que el sueldo se acababa con el sonido.

    Su padre había tirado de esa palanca antes que él. Él se la había mostrado en 1986, con la mano encima de la suya: «No la sueltes de golpe, Fausto, que se queja». Y la sirena, en efecto, tenía voz de queja. Por eso los viejos de Aguilares decían que el ingenio lloraba.

    Faustino se jubilaba en diciembre. Nadie se lo había dicho como un homenaje. Se lo habían dicho como se dice un trámite, con un papel y una fecha. Y él había asentido, porque no sabía qué otra cosa hacer con la cara.

    —Andá a ver si la caña llegó al trapiche —le dijo a Brian.

    —Pero don…

    —Andá.

    Cuando se quedó solo, subió los seis escalones de la plataforma y puso la mano sobre el hierro. Estaba tibio. Pensó que podía tirar ahora, antes de la foto, antes del gerente, antes de la hora. Lo pensó con claridad, como se piensa cruzar una calle con el semáforo en rojo. Pero la sirena de las cuatro significaba que la última caña había pasado por los rodillos. Si sonaba antes, mentía. Y en treinta y ocho años no le había mentido a nadie con esa palanca.

    Bajó. Fue hasta el pasillo del trapiche, donde los operarios se juntaban junto a la cinta con el último camión ya descargando. Alguien había traído una caja de cerveza. Alguien había colgado una bandera de Tucumán de un andamio. Un temporario, sin decir nada, se sacó la campera de trabajo y la tiró a la cinta, y la cinta se la llevó rumbo a las calderas, porque así se hacía: lo que no se quiere llevar a la próxima campaña, se quema.

    A las cuatro menos diez apareció el gerente, con camisa limpia, y detrás la señora y dos del sindicato. Saludó a todos con la mano levantada, como en un acto.

    —Faustino —dijo—. Qué bueno que está. Hoy hacemos algo lindo, ¿vio? Para la despedida de la zafra.

    —Sí, señor.

    —Quería preguntarle dónde se tira.

    Faustino lo miró un rato. Después lo llevó, sin apuro, hasta la caldera tres. Subió con él los seis escalones. Le mostró la palanca.

    —Se agarra acá —dijo, y puso la mano del gerente sobre el hierro gastado—. Pero hasta que no pase la última caña no se toca. Cuando Brian grite que pasó, usted tira. Despacio. No la suelte de golpe, que se queja.

    El gerente asintió, un poco serio, como quien recibe una llave. Abajo, la cinta trepidaba. A las cuatro y un minuto se oyó la voz del pibe, desde el fondo, quebrada de tanto correr:

    —¡Pasó! ¡Pasó la última!

    El gerente tiró. Despacio, tal como le habían dicho. Y el ingenio lloró.

    Faustino salió al patio y se quedó parado bajo el techo de chapa, con el trapo en el bolsillo y la cara hacia los cañaverales. El sonido le pasó por encima, como siempre, largo, de queja, rumbo a la colonia y a la ruta. Atrás, entre aplausos, alguien sacaba la foto.

    Brian se le paró al lado, sin casco, con las orejas coloradas.

    —¿Usted lo dejó, don Faustino?

    —Le enseñé dónde está —dijo él—. Eso es otra cosa.

    Esperó a que el último eco se apagara contra los cerros, allá lejos, y entonces, solo para él, apoyó la palma en la baranda tibia del caño, donde todavía temblaba el vapor.