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  • Nueve pisos sobre el área chica

    El viento norte entró por la puerta del balcón a las cuatro de la tarde y le movió las hojas del almanaque. Anselmo Benítez lo dejó pasar. Estaba sentado con el termo entre las rodillas y el mate en la mano, mirando hacia abajo, hacia el estacionamiento, la rampa de los autos y el cantero de pasto ralo donde nadie se sentaba nunca.

    Tenía setenta y ocho años y hacía seis meses que vivía en el piso nueve. Su hija Marisa había conseguido el departamento con un crédito y un par de llamadas. «Papá, es un lujo, tiene aire y ascensor», le había dicho el día de la mudanza, mientras bajaban las cajas. Anselmo no discutió. Recién cuando se paró en el balcón y vio el estadio nuevo al otro lado, con sus tribunas grises, entendió dónde estaba.

    Estaba encima de la cancha vieja.

    Cuarenta y un años había cuidado ese pasto. Lo regaba de madrugada, antes de que apretara el calor, con una manguera que tenía más remiendos que goma. Conocía los pozos de la zona del arco sur y la loma que se hacía en el área cuando llovía tres días seguidos. Pintaba las líneas con cal los viernes a la tarde, y el punto del penal lo marcaba él solo, de rodillas, con una cinta métrica de lona y un clavo. Once metros desde la línea de gol. Siempre el mismo clavo.

    Ahora tenía que averiguar dónde caía ese punto, más o menos, en el aire que había entre su balcón y la tierra.

    No era tristeza lo suyo. Era una cuestión de cuentas pendientes. Había comprado en el vivero de la avenida Sarmiento un lapacho de cuarenta centímetros, en una bolsa negra, y lo tenía en la cocina junto a la heladera, sobre una bolsa de tierra. Quería plantarlo en una maceta grande, justo sobre el punto del penal, aunque fuera nueve pisos más arriba. Quería saber que estaba derecho encima.

    —Abuelo, ¿qué hacés con el cordel?

    Era Tobías, el nieto de la vecina del 9 B, que tenía nueve años y entraba y salía de los balcones ajenos como si fueran una sola terraza. Anselmo había atado una piolita al barrote y bajaba una tuerca de la caja de herramientas hasta que quedaba colgada, quieta, a la altura del primer piso.

    —Estoy buscando un punto —dijo.

    —¿Qué punto?

    —Uno que ya no está.

    Tobías se subió a una silla y miró hacia abajo con la frente apoyada en el barrote. Anselmo le contó, sin apuro, que ahí abajo había habido una cancha de verdad, con alambrado y gradas de cemento donde la gente llevaba el almohadón de casa. Que los domingos olía a choripán y a pasto recién cortado. Que un día vinieron las máquinas.

    —¿Y el pasto adónde fue?

    —No sé, nene. Eso no lo averigüé.

    Se quedaron un rato en silencio. Desde la calle subía el ruido de un colectivo frenando.

    La cuenta era difícil. Anselmo tenía en la cabeza el plano de la vieja cancha como otros tienen el rostro de la madre. El arco sur daba hacia el río, lo recordaba bien, porque cuando soplaba la sur el pelotazo se frenaba solo. Con eso, y con la sombra de la torre vecina, y con la tuerca que colgaba, empezó a correr la cinta en el piso del balcón. Tres metros, cuatro. Marcó con un lápiz de carpintero. Corrigió. Marcó otra vez.

    —Acá —dijo al fin, y se le quebró la voz, y fingió que era la garganta seca.

    Había una baldosa del balcón con una rajadura finita. Ahí.

    Bajó la maceta de la cocina entre los dos, el chico agarrando de un lado y él del otro. Era un balde grande de plástico, color terracota, con agujeros en el fondo. Lo apoyaron sobre la rajadura. Anselmo se arrodilló, le dolieron las dos rodillas a la vez, y fue sacando el lapacho de la bolsa negra con las dos manos, como se saca un pollito del nido. Las raíces venían apretadas, enroscadas en forma de bolsa. Las soltó con los dedos.

    —¿Florece? —preguntó Tobías.

    —En agosto, si se porta bien. Rosado. Tarda unos años.

    —Yo tengo tiempo.

    —Yo no tanto, pero qué importa.

    Echó la tierra con la mano ahuecada, la apretó con los pulgares, y le tiró encima el agua del mate lavado, tibia todavía. No tenía la manguera, ni el pasto, ni el clavo. Tenía eso.

    Marisa llegó a las siete con una bolsa de medialunas y se frenó en la puerta del balcón.

    —Papá, ¿y esto?

    —Un arbolito.

    —Ya lo veo. ¿Y por qué ahí, en el medio del paso?

    Anselmo se encogió de hombros. Pensó en decirle la verdad y le pareció demasiado grande para decirla con la bolsa de medialunas entre los dos.

    —Ahí le da bien el sol —contestó.

    Marisa lo miró un rato largo, como mira una hija que ya sabe, y dejó la bolsa sobre la mesa. No dijo nada de que molestaba. Se sentó en la silla de Tobías, sacó una medialuna y la partió en dos.

    Esa noche el viento cayó y la ciudad se quedó quieta, con el calor pegado a las paredes. Del otro lado se prendieron los reflectores del estadio, blancos, de esos que dan color de leche al aire. Anselmo salió al balcón en cuero y se apoyó en el barrote.

    Abajo, en el estacionamiento, un auto dio marcha atrás sobre el lugar exacto. Él ni se movió. Arriba, a nueve pisos, un palito verde con cuatro hojas se mecía en el aire de la noche, derecho, justo encima del punto del penal.

  • La corona de Antonia

    A las seis de la mañana, Antonia Cusimano ya había planchado la cinta. Era una cinta de seda azul, angosta, que guardaba desde hacía cuarenta y siete años dentro de un misal, entre la página de San Salvador y la del Padre Nuestro. La alisó con el borde tibio de la plancha, la ató a la corona de flores de papel y se quedó mirando el trabajo sobre la mesada de la cocina, en la casa de la calle Magallanes.

    Tenía ochenta y un años y una sola tarea para ese domingo de la fiesta de los pescadores: tirar la corona al agua durante el responso, desde un bote, para su hermano Nino. Nino había salido en un barco costero en 1977 y no había vuelto. Nunca encontraron el casco. Ella llevaba la corona todos los años, pero desde la orilla, parada en la Banquina Chica entre los cajones de pescado, y todos los años la corona se hundía a tres metros del muro, y a ella le quedaba una cosa atragantada.

    Este año iba a ser distinto. Se lo había prometido el hijo de Mustafá, el del bote pintado de verde, un chico que de chico había comido en su mesa.

    A las ocho bajó a la parroquia de la Sagrada Familia con la corona en una bolsa de tela. Olía a gladiolos, a vela y a humedad de mar. Hacía fresco y las gaviotas peleaban en los techos de chapa. En el atrio, el padre repartía instrucciones con un papel doblado en cuatro.

    —Antonia, qué bueno verla —dijo—. Mire, hubo un cambio.

    Ella conocía ese tono. Era el tono de quien va a decir una mala noticia y la va a vestir de organización.

    —La Prefectura limitó la cantidad de gente en las lanchas —siguió el cura—. Van la imagen de San Salvador, los dos cantores, el que lleva el altavoz y la comisión. Las familias se quedan en la banquina. Es por seguridad, usted entiende.

    —Yo entiendo —dijo Antonia.

    No era cierto, pero lo dijo igual, porque había aprendido en esa misma calle que ciertas frases se dicen para que el otro pueda irse tranquilo.

    Salió al sol. En la banquina ya estaban armando el anfiteatro de cajones, y los chicos probaban el palo enjabonado con un entusiasmo que a ella le dio dolor de espalda de solo mirar. Se sentó en un cajón de cajón de merluza, con la bolsa sobre las rodillas, y se puso a hacer la cuenta: dos horas. Faltaban dos horas para que sonara el responso.

    —¿Y esa cara? —dijo una voz detrás.

    Era Rosa Bonfiglio, de la casa de enfrente, que no hablaba con ella desde un asunto de una medianera en 1998. Traía un termo y dos mates.

    —Nada —dijo Antonia—. Me sacaron del bote.

    Rosa se sentó al lado sin pedir permiso. Cebó, probó, cebó de nuevo.

    —Mi marido también se perdió —dijo, y miró el agua color té—. Pero el mío en el Mundial del setenta y ocho, del disgusto. Se murió de un infarto en el bar cuando perdimos con Italia.

    Antonia soltó una risa corta, fea, que le sacudió el pecho. Rosa se rió también. Se pasaron el mate y no dijeron más durante un rato. Del otro lado del muro, un guinche movía cajas de langostinos.

    A las diez y media empezó la misa. Antonia la oyó desde afuera, de pie, con la puerta abierta de par en par, porque adentro no cabía un alfiler. Después salió la procesión con el San Salvador en andas, la banda de bronces desafinando a conciencia, las mujeres de negro con los pañuelos en la cabeza y los hombres de campera con el escudo del club. Bajaron por Magallanes y doblaron hacia el agua. Antonia caminó atrás, entre los últimos.

    En la Banquina Chica los botes esperaban atados de proa, pintados de rojo, de celeste, de verde. El bote verde era el de Mustafá. El hijo, Dani, estaba parado en la popa con los brazos cruzados. La vio. Se hizo el distraído, miró hacia el muelle y volvió a mirarla. Ella levantó apenas la bolsa de tela, a la altura del pecho, como quien muestra un documento.

    Dani miró a la comisión. Miró al cura, que estaba ocupado con el micrófono. Miró de nuevo a Antonia.

    —Doña —dijo, sin gritar—. Venga, que se nos va la marea.

    Nadie dijo nada. Antonia bajó por la escalera de hierro, que estaba fría y mojada, con una mano en el pasamanos y la otra apretando la bolsa. Dani la agarró del codo. Sintió el bote moverse debajo de los pies, ese balanceo viejo que su cuerpo recordaba mejor que su cabeza. Se sentó en la tabla de proa.

    La flotilla salió despacio, en fila, con el San Salvador adelante. Pasaron la escollera. El agua se puso más oscura y más ancha, y el ruido de la fiesta se fue quedando atrás hasta ser un zumbido, un telón de fondo, como una radio en otra habitación. Sonó el responso por el altavoz, lejano, en la voz del cura: se rezaba por los pescadores que no volvieron.

    Antonia sacó la corona. Las flores de papel habían perdido un poco de color con los años, y ella las había repintado la noche anterior con témpera, una por una. Desató la cinta azul, la enrolló una vuelta en el dedo y la dejó caer junto con la corona.

    —Nino —dijo, en italiano, porque era el idioma en que le hablaba—. Esta vez llegó.

    La corona flotó. No se hundió. Se quedó un rato girando despacio sobre el agua, con la cinta azul estirada detrás como un camino, y el bote verde se alejó de ella sin apuro. Antonia no miró para atrás. Ya no hacía falta.

    Cuando volvieron a la banquina, Rosa estaba en el muro con el termo.

    —¿Y? —preguntó.

    —Flotó —dijo Antonia, y aceptó el mate caliente.

  • La corona boca arriba

    El motor tosió dos veces y se murió. Matías Ferrari se quedó sentado en el cajón de las redes, con las manos negras de grasa hasta las muñecas, mirando la lancha como se mira a un perro que no quiere comer.

    Eran las diez de la mañana de un domingo de junio, y en el muelle de los pescadores de Ingeniero White hacía un frío húmedo que se metía por las mangas. Detrás de los galpones, los elevadores de granos se veían grises contra un cielo todavía sin definir. La procesión de San Silverio salía a las seis de la tarde. A las cinco, como mucho, había que estar en el agua.

    La Rosa del Sur llevaba dos años amarrada. Desde que murió su padre, Matías no la había tocado más que para sacarle el agua de la sentina, una vez por mes, como quien riega la planta de un muerto. Trabajaba en un taller de Bahía Blanca, arreglaba cajas de cambio, y los domingos iba al fútbol de la Liga del Sur con su cuñado. Sabía de motores. Lo que no sabía era cómo mirar este.

    —Es el filtro —dijo una voz desde el muelle.

    Era Gerardo Pelle, vecino de amarra, setenta y pico, gorra de lana y un termo bajo el brazo. Se agachó con trabajo y miró adentro de la sala de máquinas.

    —No es el filtro —dijo Matías.

    —Tu viejo siempre decía que era el filtro. Cuando no era el filtro, era el combustible. Y cuando no era el combustible, le pegaba una patada al casco y le pedía perdón a la lancha.

    Matías no se rió, pero algo se le aflojó en la cara. Sacó el filtro. Estaba tapado de una borra marrón, espesa, que olía a gasoil viejo. Lo sostuvo en la mano un rato largo.

    —Dos años —dijo.

    —Dos años y medio, si contás el invierno que estuvo enfermo —corrigió Gerardo, y le sirvió un mate del termo, lavado y tibio—. Tomá.

    Cambiaron el filtro con uno que Gerardo tenía en el pañol. Purgaron el circuito. A las doce, el motor arrancó, tosió, tomó aire y se puso a andar con ese ronquido parejo que Matías conocía de memoria sin haberlo oído en tanto tiempo. Se le cerró la garganta. Apagó, para no hacer papelones.

    Lo que Matías quería no era navegar. Todo el mundo, a su alrededor, creía que era eso. Quería otra cosa más chica: arrojar la corona de flores. Su padre la había tirado seis años seguidos, hasta que la salud no lo dejó. Es el momento del cortejo en que la lancha de Prefectura que lleva la imagen frena en medio de la ría, las demás se abren en círculo, y alguien suelta la corona al agua. Si cae boca arriba, mirando al cielo, el año va a ser de buena pesca. Si cae para el otro lado, nadie dice nada, pero todos lo ven.

    Matías no era pescador. Pero era el hijo de Ferrari, y tenía la lancha, y en la Sociedad no habían dicho que no.

    A las cuatro y media, la calle Guillermo Torres estaba llena. Salió la imagen de la parroquia, cargada por hombres de varias generaciones, con la banda delante y los bomberos abriendo paso. Las señoras repartían claveles rojos. Una nena de cinco años llevaba una bandeja con una sola flor, como si fuera una torta. Matías estacionó la camioneta, bajó al muelle y encontró a la Rosa del Sur exactamente donde la había dejado, tranquila y chiquita, con el motor tibio.

    A las cinco y diez, un hombre de la Sociedad se asomó al borde del muelle.

    —Ferrari, la corona va con Prefectura este año. Cambió el orden. Disculpame, no llegamos a avisarte.

    Lo dijo rápido, sin mirarlo, como quien entrega una multa. Matías asintió. Dijo que estaba bien. No estaba bien. Se quedó parado con las manos en los bolsillos mientras el hombre se alejaba, y sintió que los dos años y medio se le sentaban todos juntos en los hombros.

    Gerardo lo miró desde su lancha, que era vieja y azul y se llamaba Santa Lucía.

    —Venite con nosotros —dijo—. Hace falta uno que lleve el cabo.

    No era lo mismo. Matías lo sabía. Aun así soltó amarras y salió detrás, en la Rosa, con el motor cantando parejo y el agua color té golpeando el casco. Se acomodó en la fila de lanchas, entre una de pintura descascarada y otra con una virgen de plástico en la proa. Delante, la imagen de San Silverio subió a la embarcación de Prefectura con ayuda de un guinche, pequeña y tiesa, con su manto, vista de lejos como una figura de torta.

    Frenaron en el medio de la ría. Se apagaron los motores uno por uno y se hizo un silencio con gaviotas. Alguien rezó. Del lado de los galpones llegó un olor a pescado y a sal vieja, el mismo de siempre.

    Entonces ocurrió algo que nadie había previsto. La corona, que pasaba de mano en mano hasta llegar a la borda, se les cayó a los de Prefectura antes de tiempo. Rebotó contra el casco, tocó el agua de costado y quedó flotando en un lugar raro, entre dos lanchas, justo al lado de la Rosa del Sur. Boca arriba. Los claveles apuntando al cielo, blancos y rojos, como si la hubieran puesto ahí.

    Hubo un murmullo largo. Alguien dijo “mirá vos”. Gerardo, desde la Santa Lucía, no dijo nada, pero levantó el mate hacia Matías como se levanta una copa.

    Matías estiró el brazo. No la tocó. Se quedó mirándola un momento, con el motor apagado, mientras la corriente la empujaba despacio hacia el costado de la lancha de su padre y la dejaba pegada al casco, golpeando la madera, una vez, otra vez, como alguien que pide permiso para entrar.

  • La ese de Remigio

    El camión llegó a la calle Iriarte un martes de lluvia fina, con el motor tosiendo y el guardabarros izquierdo atado con alambre. Norma Quiroga lo vio desde la puerta del taller, con el mate en la mano y el pincel de pelo largo detrás de la oreja, y supo antes de que se bajara el hijo que era un Mercedes 1114 de los años setenta y que alguien se estaba despidiendo.

    —Era de mi viejo —dijo Joaquín, y se quedó mirando el charco—. Remigio Paz. Capaz que se acuerda.

    Norma no se acordaba. Hacía treinta y pico de años que pintaba filetes en Barracas, en persianas de almacenes, en carteles de pinturerías, en cuatro o cinco colectivos que ya no corrían y en una cantidad de camiones que no podía contar. Se acordaba de las manos, a veces. De la cara del cliente, nunca.

    —Lo vendo el sábado —siguió Joaquín—. Un coleccionista de Cañuelas. Quiere el camión como estaba, pero prolijo. Y el filete de la puerta está medio comido. ¿Se puede?

    —Se puede —dijo Norma—. Dejámelo hasta el viernes.

    Esa tarde lo metió en el fondo, donde el techo de chapa hacía sonar la lluvia como un tambor flojo. Prendió el calentador, cebó otro mate y empezó a mirar. La puerta del acompañante tenía una guirnalda de hojas de acanto que alguna vez habían sido verdes, dos rosas ya casi color té, una cinta ondulada de punta a punta y, adentro de la cinta, una frase en letras amarillas con sombra roja:

    QUIEN CAMINA CON PASIENCIA, LLEGA.

    Norma frunció la nariz. Había algo mal en esa frase, pero la pintura estaba tan gastada que tardó en saber qué. Se acercó con la linterna. Ahí estaba: pasiencia, con ese. Una letra de más, en medio de un trabajo por lo demás impecable: las volutas parejas, los remates en gota, la sombra siempre cayendo hacia abajo y a la derecha, como le habían enseñado.

    Esa mano la conocía. No era la de un colega. Era la suya, de joven.

    Se sentó en un banquito y dejó que el mate se enfriara. Le llegó de golpe, como cuando se abre una puerta que estuvo trabada: 1991, el taller de don Aníbal en la calle Suárez, ella con diecinueve años y un pulso que todavía no era de fiar. Un camionero grandote, con la camisa abierta hasta el segundo botón, que le había dicho: «Vos pintame lo que quieras, nena, pero que diga algo de aguantar». Y don Aníbal, desde el fondo, sin levantar la vista de su banco: «Dale vos, Norma. Yo miro».

    Había pintado la frase en un solo día, con la lengua entre los dientes. Y cuando terminó, el camionero se había puesto los anteojos, había leído despacio, moviendo los labios, y había dicho: «Linda letra».

    No dijo nada más. Pagó, saludó a don Aníbal con dos dedos y se fue. Nadie le avisó a Norma del error. Se enteró recién semanas después, cuando don Aníbal, sin mirarla, le dejó sobre el banco un diccionario abierto en la página de la p.

    —¿Y el camión? —había preguntado ella, con las orejas ardiendo.

    —Ya se fue. Dicen que el hombre ni se dio cuenta.

    Pero se había dado cuenta. Ahora lo sabía. Treinta y cuatro años manejando con esa ese a la vista, cada vez que abría la puerta, cada vez que se la cerraba a un inspector, a un cargador, a un hijo. Y nunca volvió a pedirle que la corrigiera.

    El miércoles Norma empezó por limpiar. Con algodón y solvente fue sacando la mugre de la ruta, el humo, las capas de lluvia. Debajo reaparecieron los colores como si estuvieran esperando: el amarillo cromo, el bermellón, un verde botella que ya casi no se consigue. Rehizo las hojas una por una. Repasó las rosas con carmín y un toque de blanco. Alargó la cinta donde se había descascarado. Hizo todo con el cuidado de quien arregla un reloj ajeno.

    El jueves llegó a la frase. Cargó el pincel de amarillo y lo dejó flotando sobre la palabra, sin apoyarlo.

    Le habría llevado diez minutos tapar la ese con fondo y rehacer la c. El coleccionista de Cañuelas iba a quedar contento. Joaquín, que seguramente nunca había reparado en el error, también. Nadie iba a extrañar una letra.

    Norma bajó el pincel. Lo dejó en el vaso con aguarrás. Se hizo un mate, esta vez bien caliente, y lo tomó mirando la puerta.

    El viernes a la tarde apareció Joaquín con un paquete de facturas, como si hubiera que festejar algo. Caminó alrededor del camión con las manos en los bolsillos. Se paró frente a la puerta y no dijo nada durante un rato largo.

    —Está igual —dijo al fin—. Pero está nuevo.

    —Así tiene que quedar —dijo Norma—. Fijate en la cinta.

    Joaquín se agachó, leyó moviendo los labios, igual que su padre, y se le frunció la frente.

    —Ahí falta algo. O sobra.

    —Sobra una letra. La puse yo en 1991. Tu viejo la vio, y la dejó.

    —¿Y por qué?

    —No sé. Nunca se lo pregunté. —Norma se limpió las manos en el delantal—. Puedo corregirla ahora, en una hora. El coleccionista va a querer eso, supongo. Vos decidís.

    Joaquín se quedó callado. Después soltó una risa corta, de las que se escapan solas.

    —Mi viejo decía que el que pinta sin errores no pintó nunca nada —dijo—. Me lo repetía cada vez que me mandaba a buscar una llave en la caja de herramientas y volvía con otra. —Se pasó la mano por la nuca—. Dejala. Si el tipo se queja, se lo explico.

    El sábado a la mañana vino el coleccionista con un acoplado y dos muchachos. Miró el camión de cerca, pasó la yema del dedo por la guirnalda, y en la puerta se detuvo. Norma lo vio inclinarse, leer, levantar las cejas. Se preparó para el reclamo.

    —¿Esto es de época? —preguntó el hombre.

    —De 1991 —dijo Norma.

    —Qué bien conservado. —Y sacó el celular para sacarle una foto a la cinta, con la ese y todo.

    Cuando el camión salió a la calle, enganchado al acoplado, Norma se quedó parada en la vereda con el pincel todavía detrás de la oreja. La lluvia había parado. La puerta pasó frente a ella, amarilla y roja sobre el fondo gris de Barracas, y alcanzó a leer, una vez más, la frase entera, con su letra de más, yéndose despacio por Iriarte rumbo a la autopista.

  • La lentejuela de abajo

    El galpón olía a pegamento y a plumas mojadas, aunque afuera hacía rato que no llovía. Teresa Ayala pasó el dedo por el borde del espaldar, buscó el hilo flojo y lo encontró, como siempre. Eran las once de la noche de un martes de octubre, y desde la calle Rubén Darío llegaba, apagado por la chapa, el ensayo de la batucada. Hacía un mes que empezaban a tocar así, de noche, para ir entrando en calor de cara a enero.

    —Mamá, me estoy durmiendo parada —dijo Julieta desde el taburete.

    Tenía doce años y los brazos abiertos como un espantapájaros, con el traje sin terminar colgándole de los hombros. Era el primero que le tocaba. Teresa llevaba veintidós años cosiendo trajes para la comparsa y nunca había cosido uno para alguien de su propia sangre.

    —Cinco minutos más. Quedate quieta.

    Alrededor, en las perchas, colgaban los trajes de los ballets, azules y plateados, cada uno con su número escrito a lápiz en una cinta. Más allá, sobre las mesas largas, las cajas de lentejuelas brillaban solas con la luz del tubo fluorescente. Teresa había calculado una vez cuántas cosía por temporada y dejó de hacer la cuenta, porque le dio un número que le dolía en la espalda.

    Lo que no estaba en ninguna lista era el sobre.

    Lo tenía en el bolsillo del delantal, un sobre de carta viejo, de esos con borde de rayitas rojas y azules. Adentro había una sola lentejuela, redonda, de un dorado ya medio gastado, con el agujero un poco corrido hacia un costado. Había sido de su madre. En 1989, Aurelia Ayala había desfilado en la pasarela con un traje que se hizo ella misma en la mesa de la cocina, y esa lentejuela se le cayó al bajar del carro. Teresa, que tenía siete años, la levantó del piso. Nunca se la devolvió. Aurelia murió hacía cuatro inviernos y el sobre apareció en un cajón, entre las boletas de la luz.

    La idea era simple y no se la había contado a nadie: coserla en el dobladillo de adentro del traje de Julieta, del lado de la piel, donde no se ve. Una lentejuela más entre miles, y por una noche de sábado, pasando bajo los reflectores, iba a estar de nuevo en la pasarela.

    El problema era que no había lugar. El traje estaba diseñado hasta el último centímetro. Cada hilera tenía su cuenta, y la jefa de vestuario revisaba con una lupa que parecía de joyero. Una lentejuela de más, dorada entre las plateadas, saltaba a la vista aunque estuviera en el forro.

    —¿Qué tenés ahí? —preguntó Julieta, que tenía los ojos más abiertos de lo que Teresa creía.

    —Nada. Una cosa de la abuela.

    —¿Es la lentejuela?

    Teresa se quedó con la aguja en el aire.

    —¿Qué lentejuela?

    —La que decía la abuela. Me contó. —Julieta se encogió de hombros y el traje le crujió—. Me dijo que si algún día desfilaba yo, me acordara de que la primera noche se pone mucho miedo y que para eso estaba la lentejuela.

    —Eso no te lo dijo.

    —Sí me lo dijo. Estaba mirando Casados con hijos, pero me lo dijo.

    Teresa soltó una risa corta, que le salió medio torcida. Se sentó en el borde de la mesa. Por la ventana alta entraba el redoble lejano de un repique, y ahí, un par de cuadras más allá, estaba el Corsódromo, en lo que había sido la estación del tren, con las gradas vacías y las luces apagadas. En enero iban a estar llenas.

    —No hay dónde ponerla —admitió—. El traje está cerrado. Si la cosemos, se nota.

    Julieta se bajó del taburete con cuidado, levantó el borde de la falda y miró adentro, como quien mira debajo de una cama.

    —Acá —dijo.

    Señaló la costura del cinturón, del lado de adentro, justo donde el forro de tela blanca se doblaba sobre sí mismo. Había un hueco, una arruguita de dos milímetros que nadie iba a contar jamás.

    —Ahí no cuenta nadie.

    —No, ahí no.

    Teresa enhebró la aguja con un hilo blanco, que no se iba a ver. Acomodó la lentejuela en el pliegue, con el agujero hacia arriba, y dio la primera puntada con la misma paciencia con que le habría arreglado un botón a un nene dormido. Cuando ya estaba cerrando el nudo, Julieta le apoyó la mano en el hombro y no dijo nada.

    Afuera, la batucada cortó de golpe. Se oyó un silbato, una voz que daba una indicación, y enseguida el tambor grave volvió a empezar desde el principio.

    —¿Se va a ver? —preguntó Julieta.

    —No. Solamente si la luz te pega de abajo.

    Llegó el sábado de enero. A las diez de la noche las gradas estaban llenas, y en el fondo de la pasarela, entre los ballets, Julieta esperaba su turno con los puños apretados y las plumas cargadas de humedad. Teresa miraba desde la valla con el corazón tan fuerte que le dolían las costillas. Cuando el carro de adelante giró y la luz barrió el piso, la nena dio el primer paso, y al levantar la pierna para bajar el escalón, un destello dorado, mínimo, le saltó del cinturón.

    Fue un segundo, y nadie más lo vio. Teresa sí, y Julieta, que siguió caminando sin mirar atrás.

  • El muñeco de Casiana

    A las cinco de la tarde del sábado, Casiana Vilte todavía estaba en la mitad de la cuesta, con una mano en la rodilla y la otra aferrada a la bolsa de arpillera. Humahuaca queda a casi tres mil metros, y a los setenta y cuatro el aire se vuelve algo que hay que pedir por favor. Abajo, el pueblo ya sonaba a bombo. Arriba, donde termina la calle de tierra, la comparsa debía de estar juntándose en silencio, como se juntaba siempre, con los instrumentos en la mano y los disfraces bajo el brazo.

    —Abuela, esperá —dijo Brian, que tenía diecisiete años y había llegado de Salta el jueves con el celular y una campera que no servía para nada contra el viento—. Te va a dar algo.

    —Lo que me va a dar es rabia, si llego tarde.

    Siguió subiendo. En la bolsa llevaba coca, un paquete de cigarrillos Particulares, una botella de vino de la bodega de Tilcara y tres serpentinas que había guardado desde el carnaval pasado. Todo eso era para la boca de la Pachamama. Lo que de verdad pesaba era otra cosa, y no estaba en la bolsa: estaba bajo tierra, en el mojón, y hacía un año que Casiana no pensaba en otra cosa.

    Cada año, el sábado anterior al Miércoles de Ceniza, la comparsa subía al cerro, desarmaba las piedras del mojón y cavaba hasta que aparecía la olla de barro. Adentro dormía el muñeco de tela, el diablo del año anterior, el pujllay. Y cada año lo levantaba Faustino. Cuarenta y cinco años seguidos. Se arrodillaba, metía los brazos hasta el codo y lo sacaba como se saca a un chico dormido de la cama de otro.

    Faustino se había muerto en noviembre. Casiana había cosido el muñeco nuevo en febrero, igual que todos los años, con retazos de pantalón y un trapo rojo para el cuello. Pero cuando la comparsa lo bajó al pozo, el domingo del entierro, ella le había metido adentro, entre la paja, el pañuelo azul de Faustino, el que él se ataba a la frente para cavar. Nadie lo supo. Ni Brian, ni la cuñada, ni el presidente de la comparsa.

    Ahora quería levantarlo ella. Eso era todo. No para llorar, que ya había llorado en febrero, sino para tocar el pañuelo antes de que lo tocara otro.

    Llegaron arriba con el sol bajo y la luz anaranjada en las quebradas. La gente ya estaba parada alrededor del mojón, callada. Los músicos con las cajas contra el pecho, los disfrazados con las máscaras bajo el brazo, una nena con la cara llena de talco que miraba todo con la boca abierta. Alguien había empezado a sacar las piedras. Dos hombres jóvenes, Maidana y el hijo del presidente, cavaban con pala, el uno con la camisa pegada a la espalda.

    Casiana se abrió paso sin pedir permiso. Tenía los labios agrietados y el corazón latiéndole en los oídos.

    —Casiana —dijo el presidente, bajito—. Estamos por llegar a la olla.

    —Ya sé.

    —Dejame que lo saque Maidana, que tiene fuerza.

    —No me hace falta fuerza —dijo ella—. Me hace falta que me dejen.

    El presidente la miró un rato largo. Después, sin decir nada, hizo un gesto con la barbilla, y los dos jóvenes se apartaron del pozo. La pala de Maidana quedó clavada en la tierra, vibrando un poco.

    Casiana se arrodilló. Le dolieron las rodillas, y también otra cosa que no tenía nombre. La tierra olía a lluvia vieja, a piedra mojada, a algo dulce como el maíz fermentado. Metió las manos. Tocó el borde de la olla, fría, áspera, y la inclinó con cuidado. Adentro, la paja se había puesto negra y el muñeco estaba boca arriba, con los brazos abiertos y la cara de trapo oscurecida por un año de tierra.

    Lo levantó. Pesaba poco. Siempre había pesado poco, pensó, y sin embargo Faustino lo cargaba como si fuera un santo.

    Alrededor, alguien soltó el aire. Brian, a su lado, había bajado el celular sin que nadie se lo pidiera.

    Casiana pasó la mano por debajo del cuello del muñeco y buscó. Encontró la paja húmeda, el borde del trapo rojo, y más abajo, doblado en cuatro, algo blando. Lo sacó apenas, lo justo para ver una punta azul, desteñida, con la marca del sudor de un hombre que había cavado ahí mismo cuarenta y cinco veces. Volvió a meterlo. No hacía falta más.

    —Ya está —dijo, y se le quebró la voz en el medio, pero siguió—. Ya está. Que empiece.

    Entonces todo se movió a la vez. Se hizo la corpachada: la coca, los cigarrillos, el vino volcado en la boca del pozo, las serpentinas largas cayendo sobre la tierra removida. Uno por uno, los de la comparsa pasaron a ofrecer. Alguien prendió un churqui, y el cactus ardió con una llama alta que le dio a las máscaras caras de otra gente. Estalló un petardo. Los gritos subieron por la ladera y rebotaron del otro lado de la quebrada.

    Casiana no ofreció nada todavía. Tenía el muñeco contra el pecho y miraba el pozo.

    —Abuela —dijo Brian—. ¿Querés que lo lleve yo?

    —No. Vos llevá la bolsa.

    Bajaron juntos, despacio, detrás de los bombos. Abajo, en la entrada del pueblo, la gente esperaba con talco y harina. Cuando vieron el muñeco en brazos de la vieja Vilte, nadie dijo nada. Las cajas siguieron tocando. Casiana lo levantó con las dos manos por encima de la cabeza, y el trapo rojo se abrió al viento como una lengua.

    Alguien le tiró un puñado de talco, y por un momento ella desapareció en una nube blanca, con el diablito entero y el pañuelo azul adentro, entrando al pueblo.

  • Noventa y siete kilos

    El camión del contratista pasó a las cuatro y diez por el camino de tierra colorada, con los faros prendidos y la caja llena de gente dormida contra las lonas. Teodoro Pawluk lo esperaba hacía una hora, sentado en el cordón de la tranquera, con el mate cebado y la tijera de podar envuelta en un trapo sobre las rodillas. Hacía seis años que no subía a ese camión.

    —¿Usted va a cosechar? —preguntó el chofer, bajando el vidrio—. Don Teodoro, tiene sesenta y ocho.

    —Sesenta y nueve en agosto. Arrime la escalerita, que no soy de goma.

    Atrás, en el banco de madera, iba Luján, su nieta, con una campera de abrigo que le quedaba grande y los ojos hinchados de sueño. Había insistido ella, en realidad. Había dicho en el almuerzo del domingo que el abuelo se pasaba el día mirando el yerbal de Raúl, el hermano muerto, como quien mira una casa donde ya no vive nadie, y que si tanto lo extrañaba que fuera a cortarlo. Nadie se rió. Teodoro siguió masticando.

    El yerbal quedaba a veinte minutos, pasando Campo Viera, en un lote que ahora trabajaba un sobrino. Cuando bajaron todavía no había luz, solo ese gris sucio que viene antes. Había escarcha en las hojas de abajo, y el aire olía a tierra mojada y a humo lejano, de algún fogón donde ya habían puesto la pava. Teodoro se arremangó, se calzó los guantes viejos y eligió una planta. No la más cargada. Una del medio de la fila, con las ramas a la altura justa del pecho.

    La primera rama le costó. La tijera se le cerraba bien, pero la muñeca tardaba en contestar, como un empleado que llega a un trabajo que dejó. Quebró las hojas con el pulgar, tiró las ramas gruesas al costado y juntó lo fino sobre la ponchada de arpillera extendida en el suelo. Luján lo miraba desde la otra fila, sin decir nada, con la sierra de mano colgada del cinto.

    —Vos cortá lo tuyo —le dijo él—. A mí no me cuides.

    Con el sol llegó el ruido. Veinte tijeras abriéndose y cerrándose a lo largo del surco, voces en guaraní y en castellano, alguien que silbaba una chamarrita y se cortaba a la mitad. Teodoro no había extrañado nada de eso mientras lo tenía a diario, y ahora lo reconocía entero, como se reconoce una letra de la infancia en un sobre.

    A las nueve le ardían los hombros. A las diez dejó de sentirlos, que era peor y mejor. Se sentó un momento sobre un tocón y cebó un mate que ya estaba frío. Luján se acercó con el termo.

    —¿Cuánto llevás? —le preguntó.

    —No sé. Setenta, ochenta. —Miró la ponchada, que apenas abultaba—. Menos.

    —¿Y cuánto querés?

    Teodoro tardó en contestar. Le pareció una pregunta tramposa, de esas que hace la gente joven y que obligan a decir en voz alta lo que uno prefería dejar adentro.

    —Un raído —dijo al final—. Cien kilos. Atado por las cuatro puntas, como corresponde. Una vez, nada más.

    —¿Una vez? Si cosechaste cuarenta años.

    —Cosechaba cuarenta años. Pero nunca me quedó tiempo para ver uno solo, entero, mío. Siempre eran los kilos del día, la boleta, la cuenta. Quiero verlo hecho. Después sigo.

    Ella no dijo nada. Le sirvió agua caliente y le acomodó el sombrero para que el sol no le diera en la nuca.

    Siguió hasta pasado el mediodía. Cuando el contratista tocó la bocina de aviso, Teodoro tenía los guantes empapados, las uñas negras y la espalda hecha una sola idea fija. Juntó las cuatro puntas de la arpillera y las ató con un nudo que le salió solo, de memoria. El bulto quedó duro y verde, con las ramitas asomando como pelo.

    Lo cargaron entre él y el sobrino hasta la balanza que habían montado al borde del camino. El pesador, un muchacho flaco con una planilla sujeta por un broche, enganchó el raído y lo dejó subir. Se hizo un silencio corto. La aguja tembló y se quedó.

    —Noventa y cuatro —dijo el muchacho.

    Teodoro asintió despacio. Estaba por decir algo cuando vio que Luján, a espaldas del pesador, sacaba un puñado de hojas de su propia ponchada y lo metía rápido adentro del raído. Un gesto de chica que hace una trampa chiquita por amor.

    —Pesalo de nuevo —dijo él.

    —Abuelo…

    —Pesalo de nuevo. Y sacale lo que le metió.

    El muchacho dudó, miró a Luján, bajó el raído, le sacó el puñado y lo volvió a subir. La aguja tembló otra vez.

    —Noventa y siete.

    Se oyeron algunas risas, no de burla. Alguien dijo que a su edad eso era una hazaña. Teodoro se quedó mirando el número, el bulto colgado, las hojas que ya empezaban a largar su olor ácido y vegetal, el que antes de pasar por el fuego del secadero parece de pasto recién cortado y no de yerba.

    —Me faltan tres —dijo.

    —Te faltan tres —repitió Luján, con los ojos brillantes de enojo y de otra cosa.

    Él se sacó un guante, le tocó la mejilla con el dorso de la mano, que olía a hoja y a tierra, y señaló el yerbal con el mentón.

    —Hasta la zafriña de verano, entonces. Andá acordándote de afilar la sierra.

    Subieron al camión con el sol bajo ya del lado del río. Detrás, el raído de noventa y siete kilos viajaba atado en lo alto de la carga, y a cada bache se movía un poco, como algo vivo que todavía no sabe adónde va.

  • El pedal de Gladys

    El pedal izquierdo del armonio hacía un ruido como de bota en el barro. Elvio Hughes lo apretó otra vez con la mano, desde abajo, tirado de espaldas en el piso de pinotea de la capilla Bethel, con la linterna sujeta entre los dientes. Era jueves, las siete de la tarde, y afuera el viento de Gaiman golpeaba la chapa del techo a dos aguas como si pidiera permiso para entrar.

    —¿Todavía no? —preguntó Marta desde la puerta. Traía un termo y dos tazas.

    —Todavía no —dijo Elvio, sin sacarse la linterna de la boca, así que salió “tobavía no”.

    Tenía sesenta y ocho años y había sido electricista toda la vida. Sabía de cables, de tableros, de empalmes que aguantan treinta inviernos. De fuelles de madera y lengüetas de bronce no sabía nada, pero hacía tres días que le hablaba al armonio como se le habla a un tablero rebelde: con paciencia y con alguna grosería en galés que había aprendido de su abuelo.

    El domingo era la Cymanfa Ganu, el canto de himnos en la capilla, con la gente cantando a cuatro voces sin director ni micrófono. Desde que Gladys había muerto, hacía dos años, el armonio había quedado cerrado con una carpeta de crochet encima. Gladys lo tocaba desde los quince. Elvio, que no sabía leer una partitura, se sentaba en el segundo banco y la miraba mover los pies, parejo, un pedal y el otro, como quien camina contra el viento sin avanzar.

    —No hace falta que toque nadie —había dicho Marta la semana anterior, en la reunión de la comisión—. Cantamos a capela, como en 2024.

    —Hace falta —respondió Elvio, y se sorprendió de la firmeza, porque él nunca hablaba en las reuniones.

    Lo que no dijo fue lo que sí tenía en mente. Hacía un mes, limpiando el ropero, había encontrado un cuaderno de tapa verde. Adentro, con la letra redonda de Gladys, había una sola página escrita: la melodía de Calon Lân, nota por nota, con los números de los dedos arriba, y abajo una frase en castellano: “Para Elvio, que dice que no tiene oído. Empezá por la mano derecha.”

    Llevaba cuatro semanas practicando en una melodía de plástico que le había comprado a su nieta, con las teclas chiquitas y un volumen que hacía reír a los gatos. Ahora necesitaba el instrumento de verdad.

    —Pasame el destornillador chico —dijo desde abajo.

    Marta se lo alcanzó y se agachó a mirar. Era la tesorera de la capilla, vivía a dos cuadras, y tenía el hábito de aparecer cuando uno menos quería compañía y más la necesitaba.

    —Ahí —dijo ella, señalando con la linterna del celular—. Esa tirita de cuero está despegada.

    Elvio la miró. Una tira de cuero fino, del ancho de un dedo, colgaba de la válvula como una lengua cansada. Era eso. Nadie había tocado el fuelle en dos años y el pegamento se había rendido.

    —Hay cola de carpintero en el galpón del fondo —dijo Marta.

    —Cola de carpintero —repitió Elvio—. Gladys tenía razón: yo me pasaba la vida arreglando lo que fallaba y nunca miré lo que se despegaba.

    —Gladys decía muchas cosas.

    —Casi todas con razón.

    Pegó la tira con una paciencia de relojero, la sostuvo con un broche de ropa y esperó. Mientras tanto Marta sirvió el té del termo, negro, fuerte, con un pedazo de torta negra que había traído envuelta en servilleta. Se sentaron en el primer banco. Por las ventanas entraba la última luz del valle, anaranjada, y el olor a tierra húmeda de las chacras sobre el río Chubut.

    —¿Y si te equivocás el domingo? —preguntó ella.

    —Me equivoco delante de ciento veinte personas que se equivocan a cuatro voces todos los años.

    —Eso es cierto.

    —Además, Gladys se equivocaba. Una vez se comió un compás entero y siguió como si nada. Los galeses somos así: si el error lo cantamos todos juntos, ya no es error.

    Marta se rió con la boca llena de torta.

    A las nueve la cola estaba firme. Elvio se sentó en el taburete, sacó la carpeta de crochet, la dobló con cuidado y la dejó sobre el banco. Abrió el cuaderno verde en el atril. Apoyó los pies en los pedales y empujó, uno, el otro, uno, el otro. El fuelle respiró. No hubo bota en el barro: hubo un suspiro largo, hondo, que llenó la capilla hasta el techo.

    Con la mano derecha, el dedo dos sobre el sol, empezó Calon Lân. Se trabó en el cuarto compás. Volvió. Se trabó otra vez, un poco más adelante. Marta no dijo nada; tarareaba bajito, sin letra, sosteniendo la taza con las dos manos.

    La tercera vez llegó hasta el final. Era lenta, con los dedos todavía duros de cables, y a la nota más aguda le faltaba aire. Pero era la melodía, entera, en el aire de la capilla, y el viento de afuera pareció bajar un poco para escucharla.

    —Ahora la izquierda —dijo Marta.

    —Eso es para el sábado.

    —Entonces falta poco.

    Elvio miró la última línea del cuaderno, la que decía “empezá por la mano derecha”, y pasó el pulgar por encima de la letra, apenas, como se pasa el pulgar por un cable para ver si tiene tensión.

    El domingo, cuando la gente entró a la capilla y vio la carpeta de crochet doblada sobre el banco y a Elvio sentado en el taburete, nadie dijo nada. Se acomodaron por voces: las mujeres a un lado, los hombres al otro. Elvio apretó los pedales, dos veces, para que el fuelle se llenara, y en el segundo banco, donde antes se sentaba él, el lugar quedó vacío a propósito.

    Tocó la primera nota. Detrás de él, ciento veinte personas inspiraron al mismo tiempo.

  • El clavo del puente viejo

    A las nueve y diez de la mañana, en la Estación del Fin del Mundo, el aire olía a humo de locomotora y a medialunas recalentadas. Ceferino Mansilla se acomodó la gorra, se tocó el bolsillo del chaleco donde llevaba la perforadora de boletos y contó las cabezas que subían al vagón: treinta y dos, un chico con gorro de pompón que ya lloraba por la ventanilla y una señora que preguntó, en inglés, si el tren iba a llegar a tiempo al fin del mundo.

    —Ya estamos en el fin del mundo, señora —le dijo él, en su inglés de veinte años de oído—. Lo que hacemos es ir un poco más adentro.

    Tenía sesenta y ocho años y aquella era su última semana. Desde el lunes iba a quedarse en casa, en el barrio de las Reinas Chicas, con la radio de onda corta y los paquetes de yerba que su hija le mandaba desde Río Grande. Nadie le había organizado una despedida. Mejor así. Lo único que quería, y no se lo había dicho a nadie, era llevarse algo del puente viejo.

    Lo había visto cientos de veces desde la ventanilla, después de pasar el río Pipo: unos pilotes negros, hundidos en la orilla, y entre ellos, a ras del agua, lo que quedaba de la vía de los presos. El tren de ahora era de trocha más angosta que aquel, se lo había contado su abuelo, que no fue preso ni guardia sino carpintero del pueblo y que, de chico, vendía pan a los vagones cuando pasaban cargados de leña. «Los rieles se quedaban brillando en el barro», decía el viejo. «Y uno les daba un golpe con el taco para ver si sonaban».

    El tren arrancó con ese tirón corto que Ceferino sentía en las rodillas antes que en los oídos. Del parlante salió la voz grabada del audioguía, en siete idiomas, hablando del bosque de lengas y de ñires, de las turberas, de los presos que cortaban madera para calefaccionar la ciudad. Él la sabía de memoria. Dos años atrás había pedido que le dejaran agregar una frase, una sola, sobre los chicos que vendían pan en el camino, y le dijeron que iban a verlo. Todavía estaban viendo.

    Pasaron la turbera, rojiza y mojada como una alfombra vieja. Pasaron el río. Ceferino pidió permiso al maquinista, Beto, que le debía tres favores, y le dijo en voz baja:

    —En la parada de la Macarena me bajo un rato antes que los turistas. Cinco minutos.

    —Ceferino, hay protocolo.

    —Hay protocolo y hay última semana.

    Beto resopló y miró hacia delante, que en su idioma quería decir que sí.

    En la Macarena el tren se detuvo con un suspiro de vapor. Mientras el guía explicaba a los pasajeros los escalones hacia la cascada, Ceferino bajó por el costado opuesto, donde no había ni cartel ni barandas. Le crujieron las botas sobre las agujas de lenga mojadas. Cuarenta metros más abajo, entre helechos y barro, estaban los pilotes del puente.

    Se agachó con trabajo. Le dolía la cintura y le dolía otra cosa que no tenía nombre de médico. Pasó la mano por la madera: estaba blanda por fuera y dura por dentro, como un hombre de la edad de su abuelo. Entre dos tablones podridos asomaba algo oscuro. Lo tocó. Frío. Lo aflojó con los dedos, uno, dos, tres tirones, hasta que salió de la madera con un chirrido finito: un clavo largo, cuadrado, de cabeza ancha, con la herrumbre hecha costra.

    Lo sostuvo en la palma. Pesaba más de lo que parecía.

    —¿Qué encontraste?

    Se dio vuelta. El chico del gorro de pompón estaba parado entre los helechos, con la nariz colorada, y lo miraba sin miedo. Se había escapado de la madre, o la madre se había distraído con la cascada.

    —Un clavo —dijo Ceferino—. De cuando los trenes iban por acá.

    —¿Es tuyo?

    Ceferino lo pensó. Había bajado convencido de que sí, de que veinte años en ese tren le daban derecho a llevarse un pedazo. Pero el chico lo miraba como si le hubieran mostrado un tesoro de verdad, y el clavo, ahí, en la mano de los dos, no parecía de nadie.

    —Era para mi nieto —dijo al final—. Pero me parece que ya tiene muchos juguetes.

    Se arrodilló otra vez, aunque la cintura protestó, y lo apoyó en el borde de un pilote, a la vista, con la cabeza hacia arriba.

    —Mirá, lo dejamos acá. Cuando vuelvas con tus hijos, si el bosque no se lo llevó, vas a poder decir que lo viste.

    —¿Y si se lo lleva?

    —Entonces vas a poder decir que lo viste igual.

    El chico asintió muy serio, como quien firma un contrato. Desde arriba, se oyó el silbato corto de Beto. Ceferino lo agarró de la mano y subieron los dos por la pendiente, resbalando en las agujas, hasta el costado del vagón, donde la madre ya levantaba los brazos y gritaba un nombre en otro idioma.

    El tren siguió hasta la estación del Parque Nacional. En el viaje de vuelta, cuando pasaron otra vez por el río Pipo, Ceferino se paró en la plataforma, aunque no era su obligación, y miró hacia los pilotes negros. Entre dos maderas, sobre la orilla, algo diminuto brillaba con la luz baja del mediodía, y por un segundo no supo si era el clavo o el agua.

    Agarró el micrófono del vagón. Beto lo miró por el espejo.

    —Damas y caballeros —dijo, con su voz de veinte años de oído—. Antes de que el bosque los distraiga, una cosa que no dice la grabación: acá, en la época de los trenes de leña, había chicos que vendían pan a los vagones. Si miran bien hacia la izquierda, todavía queda un clavo.

    Treinta y dos cabezas giraron hacia la ventanilla. Y el bosque, que no tiene apuro, dejó pasar el tren.

  • El último turno de Evaristo

    La última boleta del cuaderno era para las tres de la mañana, y Evaristo Gil la llevaba en el bolsillo de la camisa desde la tarde, doblada en cuatro, como si pudiera gastarse de tanto mirarla.

    Hacía cuarenta y dos años que era tomero en Maipú. Lo habían nombrado a los veintiséis, y su madre le había dicho a media cuadra: “A mi hijo me lo nombraron tomero”, con el mismo orgullo con que otras dicen que el hijo se recibió. Mañana se jubilaba. Esa noche, en cambio, todavía mandaba el agua.

    Salió a las once con la pala al hombro y la linterna que ya no andaba bien, de esas que hay que golpear contra la palma. El aire olía a tierra mojada y a humo de leña de álamo. Desde la compuerta grande, el agua bajaba por la hijuela con ese ruido bajo y parejo que él conocía mejor que la voz de su mujer.

    Recorrió el cauce despacio. Revisó el atoradero de los sauces, donde siempre se amontonaban bolsas y botellas que llegaban de la ciudad. Sacó una zapatilla de nene, la dejó sobre el borde del camino y siguió.

    A la una y media llegó a la finca de los Ferrero.

    Había sido una de las buenas. Seis hectáreas de malbec viejo, parral alto, con las cepas gruesas como muñecas. Segismundo Ferrero había muerto en marzo, y desde entonces la finca figuraba en la planilla de Irrigación como abandonada. La regla era clara: a las fincas abandonadas no se les entregaba agua. Evaristo la conocía de memoria. Hasta la había explicado, con paciencia, en más de una cocina.

    Se paró frente a la compuerta de los Ferrero. Estaba cerrada, con el candado oxidado y la tabla hinchada de humedad. Del otro lado se veía la primera hilera, las hojas ya amarillas de octubre en un año que había venido seco. Estaban pidiendo agua, y se notaba.

    La boleta de las tres era de Mónica Aguirre, la vecina de al lado. Veinte minutos por hectárea, canal de tierra, quince por cada una, según el cuadro. Pero Mónica había arrancado la viña en agosto para hacer un loteo, y el turno seguía corriendo a su nombre porque nadie se había acordado de darlo de baja. Evaristo lo sabía desde el martes. No había dicho nada.

    Se sentó en el borde del cauce y se sacó la gorra. Pensó en Segismundo, con quien había compartido miles de mates en esa misma compuerta, discutiendo si el Zonda de febrero adelantaba o atrasaba la cosecha. Nunca se pusieron de acuerdo.

    A las dos y cuarto escuchó el motor.

    Una camioneta chica, con patente de Buenos Aires, frenó sobre el carril levantando polvo. Bajó un hombre de unos cuarenta años, con campera de ciudad y zapatos que no eran para tierra. Evaristo lo reconoció por el modo de caminar, torcido hacia la izquierda, igual que su padre.

    —¿Don Evaristo?

    —Gabriel. Qué hacés acá a esta hora.

    —Salí de Buenos Aires a las cuatro de la tarde. —Se frotó la cara—. Mañana viene el escribano. Tengo que firmar la venta de la finca. Quería verla una vez, de noche, sin que me apuraran.

    Los dos miraron las cepas. Gabriel tenía las manos en los bolsillos, como si no supiera dónde ponerlas.

    —Mi viejo hablaba de usted —dijo—. Decía que era el único que sabía cuándo darle agua y cuándo hacerse el distraído.

    Evaristo sonrió despacio.

    —Eso lo decía cuando le convenía.

    Se quedaron callados. El agua seguía bajando por la hijuela, a su lado, golpeando contra la compuerta cerrada.

    —No tiene agua —dijo Gabriel—. Me avisaron. Figura abandonada.

    —Figura, sí.

    —Está bien. Es la regla.

    —Es la regla —repitió Evaristo. Se puso la gorra, sacó la boleta del bolsillo y la leyó otra vez a la luz de la linterna, que le tembló un segundo—. Dice que a las tres hay turno para Mónica Aguirre. Y Mónica ya no tiene viña. Le queda un tractor y un cartel de lotes.

    Gabriel lo miró sin entender.

    —El tomero tiene que cuidar que el agua no se pierda —siguió Evaristo, y se acercó a la compuerta con la pala—. Si no la usa quien tiene el turno, hay que mandarla por donde se pueda aprovechar. Eso también está en la ley. Más o menos.

    Metió la pala bajo el candado, hizo palanca. La madera crujió, como si hubiera estado esperando. Después corrió la tabla con las dos manos, y el agua entró en la finca por el surco principal, oscura y ancha, llevándose adelante las hojas secas.

    Caminaron detrás de ella con la linterna. Alcanzó la primera hilera, la segunda, la tercera. Donde la tierra estaba más reseca, el agua se demoraba, se hundía, se volvía a asomar. Evaristo la ayudaba con la pala, abriendo un paso, cerrando otro, como había hecho desde los veintiséis años.

    A las cinco, el cielo empezó a aclararse sobre la cordillera, que aparecía de a poco, blanca arriba. El agua llegó a la última hilera, la del fondo, la más vieja. Gabriel se agachó y metió la mano en el surco. Se quedó así, sin decir nada, con el agua fría pasándole entre los dedos.

    Evaristo cerró la compuerta a las cinco y diez. Después anotó en el cuaderno, con letra prolija: “Turno Aguirre, entregado”.

    No decía a quién.