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  • La pasajera de la casilla siete

    A las nueve y diez Elsa Cárdenas levantó la persiana de la casilla siete y el viento del oeste le entró directo a la nuca. Veintidós años abriendo esa persiana. Veintidós años con el termo de agua caliente a la derecha, la planilla de salidas a la izquierda y, enfrente, el Canal Beagle haciendo lo que quisiera.

    Vendía pasajes para la excursión de las diez y la de las tres: Isla de los Lobos, Isla de los Pájaros, el faro Les Eclaireurs. Sabía los horarios de memoria, sabía decir «tasa de puerto» en cuatro idiomas y sabía, sobre todo, cuándo un turista iba a marearse por la cara que traía en la fila. Lo que no sabía, porque nunca había ido, era cómo olía todo eso desde el agua.

    No lo contaba. Cuando alguien le preguntaba si le había gustado la excursión, ella decía «divina» y cobraba.

    Esa mañana, mientras acomodaba los folletos, vio el cartel de la mutual que le habían pegado en el vidrio: Residentes, descuento en navegaciones hasta fin de mes. Lo leyó dos veces. Después sacó la billetera, contó, y la guardó de nuevo.

    —¿Hoy sale el de las tres? —le preguntó Rubén, el marinero, desde la pasarela, con un cabo en el hombro.

    —Sale. Y yo voy a ir.

    Rubén se quedó con el cabo colgando.

    —¿Adónde?

    —Y adónde va a ser, Rubén.

    —Pero si usted…

    —Dejá, que llegás tarde a lo tuyo.

    Le pidió a Gladys, la de la casilla cinco, que le cubriera dos horas y media. Gladys le dijo que sí sin preguntar nada, que es la forma que tienen de quererse las que trabajan en el puerto.

    A las tres menos diez Elsa se puso el abrigo largo, el que usaba para ir al médico, y se formó en la fila. Adelante tenía una familia de Rosario con tres chicos y atrás, una nena de unos nueve años, sola con la madre, hablando un castellano de otro lado, con las erres arrastradas.

    —¿Usted trabaja en la boletería, no? —le dijo la nena—. La vi esta mañana.

    —Trabajo. Pero hoy vengo de paseo.

    —¿Es la primera vez?

    Elsa dudó un segundo.

    —No. Es la primera vez que me siento.

    Se sentó junto a una ventanilla, del lado del puerto. El catamarán soltó amarras con ese temblor que ella conocía por el piso de la casilla, pero que ahora le subía por las piernas. La ciudad se fue achicando: la calle Maipú, los techos de chapa, el cartel del shopping, la montaña detrás, con nieve todavía en los Cinco Hermanos y el Monte Olivia mirando de lejos, como un dueño.

    La guía empezó con su discurso. Elsa se lo sabía. Lo había escuchado cientos de veces salir por los parlantes mientras cobraba, mezclado con las gaviotas. Esta vez le llegó entero, de principio a fin, con las pausas donde van.

    —Es como la radio —murmuró—. Pero con cuerpo.

    Cuando asomó la Isla de los Lobos el barco aflojó los motores. Primero fue el olor. Una cosa espesa, tibia, de pescado y de animal mojado y de algo agrio que no tenía nombre, entrando por las rendijas de las ventanas, y la gente haciendo «uf» y riéndose y tapándose la nariz. Elsa no se la tapó. Respiró hondo, como quien por fin abre un cajón.

    Sobre las rocas, los lobos marinos tirados al sol de la tarde, enormes y desordenados. Uno de pelo oscuro, un macho grande, levantó la cabeza, bostezó y volvió a dejarla caer sobre otro como sobre una almohada.

    —Huelen feo —dijo la nena, muy contenta.

    —Huelen a vivos —dijo Elsa.

    —¿Eso lo dicen los guías?

    —No. Los guías no dicen eso. Eso lo estoy diciendo yo.

    La nena se quedó pensando.

    —Qué raro que viva acá y no haya venido nunca.

    —Es que cuando una vive al lado de algo, se acostumbra a que va a estar siempre —dijo Elsa—. Y después pasan veintidós años.

    La madre de la nena sonrió con esa sonrisa de quien no entendió del todo y entendió igual.

    Siguieron hacia el faro, rojo y blanco, parado solo sobre su islote con el agua gris golpeándole los pies. En cubierta soplaba un viento que dolía en las orejas. Elsa salió, se agarró de la baranda y se dejó mojar la cara con las gotas finas que traía el aire. Miró hacia atrás: la ciudad entera cabía en su mano abierta, con una casilla chiquita entre las otras casillas, la suya, la siete, la persiana bajada, un puntito de color.

    Desde acá no se ve que nadie la esté esperando, pensó. Y no le dio tristeza. Le dio una especie de alivio, como cuando se descubre que un lugar es más grande de lo que uno pensaba.

    A las cinco y media el catamarán volvió a arrimarse al muelle. Gladys la esperaba al pie de la pasarela, con los brazos cruzados contra el frío y el termo bajo el codo.

    —¿Y? —preguntó.

    Elsa bajó despacio, con el pelo duro de sal y los ojos llorosos del viento. Le pasó la llave de la casilla, le agarró el termo y se tomó un mate de agua tibia, ahí parada, mirando el canal.

    —Divina —dijo.

    Y por primera vez en veintidós años, lo decía en serio. Antes de entrar se olió la manga del abrigo: todavía traía el olor de los lobos. No pensaba lavarlo hasta el lunes.

  • Cornalitos para Bruno

    Eusebio Tarantino llegó a la calle Guillermo Torres a las siete y diez, con la bolsa de cornalitos todavía fría contra la panza y el viento del sudoeste empujándole la gorra. Los había comprado a las seis, en la lancha de un pibe que no le quiso cobrar el último kilo. «Para usted, don Eusebio», le dijo, y Eusebio le dejó el billete debajo de un cajón, porque algunas cosas no se regalan: se pagan.

    El museo estaba a oscuras, una casa de chapa y madera sobre pilotes, pintada de rojo, de azul, de verde y de amarillo, como las casas cajón de antes. Adelante, en el patio, la lancha vieja dormía apoyada en sus tacos. Eusebio rodeó el edificio hasta la puerta de la cocina, la golpeó dos veces con los nudillos y esperó, como si adentro todavía hubiera alguien que pudiera no abrirle.

    Abrió Graciela, con el delantal ya puesto y el pelo atado.

    —Llegaste temprano. Pasá, que el aceite recién lo estoy poniendo.

    —Vengo a freír yo —dijo Eusebio—. Si no hay problema.

    Graciela lo miró un segundo de más. En treinta años de domingos con la cocina abierta al barrio, Eusebio había pelado papas, había lavado ollas y una vez había sostenido un mantel contra el viento. Freír nunca. Pero no preguntó. Le alcanzó un delantal y le señaló el fuego.

    Él lavó los cornalitos uno por uno en una palangana, sin apuro. Eran chiquitos, plateados, con el ojo oscuro y la cola abierta como una uña. Los escurrió en un trapo y los pasó por la harina con la mano abierta, sin apretar, igual que lo había visto hacer miles de veces del otro lado de un mostrador, cuando era joven y el puerto olía a grano, a gasoil y a cantina.

    La cantina de doña Pina quedaba a dos cuadras. Hoy es un terreno con un tejido y un perro. Pero en el setenta y ocho, cuando Eusebio cargaba bolsas en la bodega de los barcos y Bruno Sciarra las estibaba a su lado, el viernes se cerraba ahí, con vino de damajuana y una fuente de cornalitos que doña Pina traía humeando, tan crocantes que se oían cruzar la sala. Fue en esa mesa, un viernes de julio, donde los dos discutieron por una tarjeta de turno, por una mentira chica y por el orgullo grande. Bruno se levantó, dejó la fuente a medias y no volvió a sentarse frente a él.

    Cuarenta y seis años. Se cruzaron en velorios, en la cola del banco, en la vereda del club. Se saludaban con el mentón, cuando se saludaban.

    Hasta que el jueves la hija de Bruno, que trabajaba en el archivo del museo, le contó a Graciela, y Graciela le contó a Eusebio, que Bruno venía el domingo. Que estaba enfermo, que ya casi no salía, y que había pedido una sola cosa: comer unos cornalitos como los de doña Pina.

    —Hay que hacerlos como ella —había dicho Graciela—. Y nadie sabe cómo.

    —Yo sé —dijo Eusebio, y se sorprendió de que le saliera la voz.

    Ahora el aceite empezaba a temblar. Eusebio tiró un cornalito de prueba y lo miró bailar. No era todavía. Esperó. Doña Pina no usaba termómetro ni reloj; usaba un pedacito de pan, y cuando el pan se doraba en diez segundos contados en voz baja, soltaba el pescado. Eusebio contó. Uno, dos, tres. Al ocho el pan ya estaba dorado y él ya estaba nervioso.

    Echó la primera tanda. El chisporroteo llenó la cocina. Graciela, que cortaba limones en la mesada, levantó la cabeza.

    —Eso huele a ella.

    —No me hables —pidió Eusebio—. Si me hablás, me paso.

    Los sacó cuando el ruido bajó, los puso sobre papel de diario, los salpicó con sal gruesa y se los comió de parado, quemándose la lengua. Estaban bien. Estaban más que bien, pero faltaba algo, y le llevó un minuto entender qué: el ajo. Doña Pina freía un diente aplastado en el aceite antes de todo y lo sacaba cuando se ponía rubio, para dejar solo el perfume. Eusebio se rio solo, con la boca llena. Hacía cuarenta y seis años que se acordaba de la sal, de la harina, del pan de prueba, y se había olvidado del ajo.

    A las doce el salón se llenó. Había cazuelas de las colectividades, tortas de las vecinas, una guitarra que afinaban en un rincón y chicos corriendo entre las mesas largas. Bruno llegó último, del brazo de su hija, más flaco de lo que Eusebio lo recordaba, con un saco grande como prestado. Lo sentaron junto a la ventana. Desde la cocina, Eusebio lo vio apoyar las manos en el mantel como quien comprueba que la mesa es de verdad.

    Graciela le puso en la mano la fuente.

    —Llevásela vos.

    —No puedo.

    —Podés. Son diez metros.

    Fueron los diez metros más largos del puerto. La fuente le quemaba las palmas a través del trapo. Cuando llegó, Bruno levantó los ojos, miró primero los cornalitos y después a él, y no dijo nada. Eusebio dejó la fuente en el centro de la mesa y se quedó parado, con los brazos colgando, sin saber dónde ponerlos.

    Bruno tomó uno por la cola, lo mordió y cerró los ojos. Masticó despacio. Afuera, el viento golpeó la chapa y la casa entera hizo ese ruido de barco que hace siempre.

    —Le pusiste ajo —dijo al fin, con la voz gastada.

    —Me lo acordé tarde.

    —Ella también se lo acordaba tarde. Siempre. Después decía que era a propósito.

    Corrió la silla de al lado con el pie, apenas, lo que alcanzaba a mover.

    Eusebio se sentó. Nadie habló de la tarjeta de turno ni de la mentira chica ni del viernes de julio. Comieron de la misma fuente, con los dedos, mientras la guitarra del rincón empezaba una zamba que nadie bailó, y cuando la fuente quedó vacía, las espinas dibujaban sobre el papel un montoncito plateado que los dos se quedaron mirando como si todavía pudiera moverse.

  • La última pasada de la aplanadora

    El alquitrán todavía humeaba a las siete de la mañana, y Telmo Quiroga ya llevaba una hora sentado arriba de la aplanadora, con el termo entre las rodillas y la mirada puesta en los últimos cuarenta metros de la avenida. Más allá estaba la plaza, con sus guirnaldas de papel colgadas de poste a poste, y las mesas largas que los alemanes habían armado la noche anterior con tablones prestados. Al día siguiente, 12 de octubre, el pueblo iba a inaugurar el asfalto. Esa tarde, a más tardar, la calle tenía que estar lisa.

    Telmo era de Los Reartes y hablaba poco. Había manejado la aplanadora desde que llegó a la Villa, en agosto, y en ese tiempo había aprendido que el asfalto, como el pan, se echa a perder si uno lo apura. Tenía que pasar despacio, de ida y de vuelta, con el rodillo pesado haciendo temblar los vidrios de los negocios. Después esperar, y pasar otra vez.

    —Don Telmo —lo llamó Herr Brandt desde la vereda. Era el dueño de la panadería de la esquina, un hombre alto, con delantal blanco y las manos coloradas de lavarse con soda—. Hoy a las seis tiene que estar lista. Mi hijo toca con la banda y quiere ensayar caminando.

    —A las seis va a estar —dijo Telmo, aunque no estaba seguro.

    Brandt asintió y volvió a entrar. Del local salía olor a manteca y a canela, y Telmo se acordó de que no había desayunado más que mate cocido. Arrancó el motor. La aplanadora tosió, largó una humareda azul y empezó a avanzar sobre la tira negra. Las vibraciones le subían por los brazos hasta los dientes.

    A mitad de la cuadra, justo frente a la ferretería, lo vio.

    Eran huellas. Chiquitas, de pies descalzos, cuatro o cinco, hundidas en el asfalto todavía blando. Iban en diagonal desde la vereda hasta el medio de la calle, y ahí se frenaban, como si el que las hizo hubiera dudado, y después volvían hacia el cordón con pasos más largos, más apurados. Alguien se había metido durante la noche. Alguien que pesaba poco.

    Telmo frenó el rodillo y se bajó. Se agachó. El alquitrán conservaba hasta las rayitas de la planta del pie. Se le escapó una risa corta, de nariz, y enseguida se le pasó. Si pasaba la aplanadora, las huellas desaparecían. Si no, la calle quedaba con un defecto justo en el centro del pueblo, a menos de un día de la fiesta.

    —No las toque.

    La voz venía de atrás. Era una nena de unos ocho años, con el pelo en dos trenzas y un vestido de cuadritos con el ruedo mojado. Tenía los pies lavados, pero se notaba que los había refregado con apuro, porque le quedaban manchas negras entre los dedos.

    —Son tuyas —dijo Telmo.

    —Mías no —contestó ella, rápido.

    —Ah.

    La nena miró el suelo. Se frotó un pie contra la pantorrilla.

    —Me llamo Ilse —dijo al final—. Mi papá es el de la panadería. Dice que hoy va a pasar la máquina y que no se puede pisar. Pero yo quería saber cómo era. Es la primera calle que hay acá que no levanta polvo.

    Telmo sacó el pañuelo, lo mojó con el agua del termo y se lo dio. Ilse se limpió despacio, con la seriedad de quien hace un trámite. Mientras tanto, él miró la calle de tierra que seguía más allá de la plaza, la que todavía no habían asfaltado, con sus huellas de carros y de caballos secas desde el invierno. Pensó en su madre, que había barrido el patio de tierra todos los días de su vida y nunca lo había visto limpio.

    —Mirá —dijo—. Yo tengo que pasar la máquina. Pero te propongo algo.

    Fue hasta el cajón de herramientas, sacó un balde y una espátula, y volvió. Con cuidado, cortó un cuadrado de asfalto blando alrededor de la huella más nítida, la del pie derecho, la que había quedado más profunda. Lo levantó como si fuera una torta, lo apoyó en una tabla y lo dejó en la sombra de la ferretería.

    —Se endurece solo —dijo—. Mañana a la tarde lo tenés. Y la calle queda pareja.

    —¿Y el agujero?

    —Lo relleno yo.

    Ilse lo pensó. Después asintió con la cabeza, una sola vez, y salió corriendo hacia la panadería con los pies negros dejando manchitas sobre la vereda de cemento.

    Telmo rellenó el hueco con una pala de mezcla caliente, lo alisó con el revés de la espátula y volvió a subir. Pasó el rodillo. Pasó otra vez. Cuando terminó eran las cinco y cuarto de la tarde y el sol bajaba por los cerros con un color de brasa. La avenida brillaba, entera, de punta a punta, sin una arruga.

    A las seis, Brandt salió con el hijo, que cargaba un bombardino casi tan grande como él, y detrás vinieron otros músicos con sus instrumentos. Alguien trajo una guitarra. Dos pibes de apellido criollo, los Ferreyra, se sumaron con un bombo legüero. Caminaron la calle de ida y vuelta, sin tocar en serio, apenas probando cómo sonaba todo sobre la superficie nueva, y en la cuadra de la ferretería nadie pisó el lugar del parche, aunque nadie sabía bien por qué.

    Al día siguiente, después del mediodía, entre el olor a cerveza y a strudel y el ruido de las mesas, Telmo pasó por la ferretería. En la tabla había un cuadrado negro, duro como una baldosa, con un pie de nena marcado en el medio. Alguien le había escrito abajo, con tiza, una sola línea: Ilse, 11 de octubre.

    Lo dejó donde estaba. Después cruzó la calle, entre la gente que bailaba sobre el asfalto recién inaugurado, y se pidió un jarro. Brandt, desde atrás del mostrador improvisado, se lo llenó hasta arriba y no le cobró.

  • El palo de Rosaria

    Rosaria Cuomo se ató el delantal por segunda vez, porque la primera le había quedado floja, y miró el palo desde la punta de la banquina. Lo habían clavado el viernes a la tarde, largo y pelado, sobresaliendo del borde del muelle sobre el agua verde y quieta del puerto. Esa mañana, dos muchachos con un balde le habían pasado jabón y grasa de punta a punta, en silencio, como quien unta una bandeja grande.

    Era sábado, el de la Fiesta de los Pescadores. Las lanchas amarillas estaban amarradas en fila, con las banderitas puestas, y el olor a pescado frito de los puestos se mezclaba con el del gasoil y el de la sal. Los cajones vacíos formaban unas gradas torcidas. Ya se iba sentando la gente, con las gorras, los termos, los chicos en brazos.

    Rosaria tenía sesenta y ocho años y había cocinado para esta fiesta cuarenta y uno. Las fainás, los calamares, las bandejas de pasta para los que armaban el escenario. Nunca había subido al palo. Esa era la palabra justa: nunca. Su marido, Santino, había subido once veces y se había caído once, y todas las veces salió del agua riéndose, con el pelo pegado a la frente, y se la quedó mirando a ella, que lo esperaba con la toalla en el cajón de siempre.

    —El día que llegue a la punta —decía—, te llevo la bandera a la casa de la calle Doce de Octubre y la colgamos en la cocina.

    Nunca llegó. Se murió en febrero, de un ratito, de corazón, mientras arreglaba una red. Rosaria no lloró en el velorio y tampoco en la misa. Lloró recién en agosto, delante de la olla, sin saber por qué.

    Ahora iba caminando por la banquina, entre los cajones, con las zapatillas de goma y un vestido de flores que ya había perdido la plancha. Se paró al lado de Beto Marino, el que anotaba a los que se querían probar.

    —Anotame —dijo.

    Beto levantó la vista de la planilla. Tenía las cejas pobladas y las dos manos ocupadas con una birome y un sándwich.

    —¿A quién?

    —A mí.

    —Rosaria, por favor. Es un palo. Vos tenés la cadera.

    —La cadera es mía y el palo es del barrio. Anotame.

    Detrás, alguien soltó una risita, y después otros. Su nieto Matías, de dieciséis, que estaba en el grupo de los anotados con una remera del club, abrió mucho los ojos.

    —Nonna —le dijo, bajito, tirándole de la manga—, no hagas esto acá, con todos.

    —Todos son los mismos que me comen la fainá, Matías. Andá a calentar.

    La anotaron al final. Le tocó el último turno, después de nueve chicos y dos hombres grandes, que fueron cayendo uno tras otro con ese ruido seco y feliz que hace un cuerpo contra el agua. El palo estaba cada vez más resbaloso, y la grasa brillaba al sol como si fuera de vidrio. Matías llegó hasta la mitad, se quedó colgado unos segundos, abrazado al palo como a un chancho de feria, y se soltó con un grito. Cuando salió del agua, lo primero que hizo fue mirarla a ella.

    Rosaria se sacó las zapatillas. Del bolsillo del delantal sacó un puñado de sal gruesa, de la que usaba para el pescado, y se frotó las manos, las palmas y los dedos, hasta que le ardieron. Eso no se lo había enseñado nadie. Lo había visto, cuarenta años atrás, hacer a un viejo calabrés que nunca ganó nada, pero que siempre se iba del palo con las manos secas.

    Subió al borde del muelle con la ayuda de Beto, que ya no discutía, y se agarró del palo con los brazos y las rodillas, apretando. Notó la grasa en la tela del vestido, fría, y el olor a jabón de campo. El agua se movía abajo, como un ojo.

    —¡Dale, Rosaria! —gritó alguien desde los cajones, y no sonaba a burla.

    Avanzó un brazo. Después una rodilla. El palo parecía más largo desde arriba que desde la banquina. Escuchó al barrio entero sin entender lo que decían, porque el corazón le golpeaba en los oídos. Llegó a la mitad, donde había llegado Matías. Sintió que las piernas empezaban a deslizarse.

    —¡Aspetta! —gritó una voz de mujer mayor, en dialecto—. ¡Respirá, Rosaria, respirá!

    Respiró. Hizo lo que hacía Santino al final de cada caída, cuando ya no tenía nada que perder: aflojó los hombros. Dejó de pelearse con el palo y se pegó a él, como se pega una a la espalda de alguien en un colectivo lleno. Subió un poco más, y otro poco, centímetro a centímetro, con la sal ardiéndole en las manos.

    La bandera colgaba del extremo, chiquita, de tela celeste y blanca, moviéndose apenas con el viento del mar. Rosaria estiró la mano derecha. Le faltaba un palmo. Se soltó un poco de las rodillas, soltó el aire, y el palo se sacudió.

    No supo si fue ella la que se resbaló o el palo el que la tiró. El agua le golpeó la espalda y el mundo se llenó de burbujas, de frío, de sal. Pero antes, justo antes, había cerrado el puño sobre algo.

    Salió a la superficie escupiendo y tosiendo. Alguien la tomó de un brazo y la subió al borde. Tenía el pelo en la cara y el vestido pegado, y en la mano derecha, apretada, la banderita mojada.

    La banquina se quedó callada un segundo largo. Después se vino abajo. Los cajones temblaron con los aplausos, y Matías corrió con la toalla, la de siempre, la de Santino, que había sacado del bolso de ella sin preguntar.

    —Nonna —dijo, con los dientes castañeteando—. Nonna, llegaste.

    —Casi —dijo Rosaria, y se secó la cara—. Se la saqué cuando me caí.

    Se sentó en el cajón de siempre, envuelta en la toalla, con las manos todavía ardiéndole de sal. Desplegó la banderita sobre la rodilla y la alisó con cuidado, como una servilleta buena. Esa noche, en la cocina de la calle Doce de Octubre, la colgó con dos chinches arriba de la mesa, y se quedó un rato mirándola, sin prender la luz.

  • El camioncito de Hugo Cabañas

    A las siete de la mañana Hugo Cabañas ya había levantado la persiana de la gomería, aunque ese día nadie iba a venir a pinchar nada. En la Ruta 141, a la altura de Vallecito, los camiones no paraban a arreglar cubiertas. Pasaban en fila, lentos, con las bocinas atadas a una sola alegría, camino al santuario. Era noviembre y era la caravana.

    Él tenía otra cosa en la cabeza. Sobre el banco de trabajo, entre el desmontador y la lata de parches, descansaba un camioncito de chapa de treinta centímetros de largo, un Mercedes con acoplado, pintado de azul con una franja blanca. Lo había hecho durante el invierno, de noche, con latas de aceite abiertas con la tijera y soldadas con estaño. Tenía puertas que se abrían, espejos de alambre y una patente chiquita que decía SJ 417.

    Le faltaba una pieza. Una sola.

    Había prometido dejarlo en la Capilla del Camionero ese mismo día. Lo había prometido hacía treinta y un años, una noche de tormenta de tierra en la que volvía de Caucete con la camioneta sin frenos, el hijo chico dormido en el asiento y la ruta borrada por el viento. Había frenado en el último metro antes del zanjón. Después, con la mano temblando, había dejado en la banquina una botella de agua y había dicho en voz alta: si salimos de esta, te llevo un camión. Al hijo, que ahora manejaba largas distancias para una empresa de Mendoza, nunca le había contado la promesa.

    Treinta y un años. Primero no había plata, después no había tiempo, después le dio vergüenza que lo vieran llegar con un juguete. Este año se le había acabado la vergüenza, o se le había acabado el resto.

    Lo que faltaba era la rueda de auxilio, la que va colgada bajo el acoplado. Había probado con una tapa de gaseosa, con un botón, con una arandela. Todo quedaba chueco. Un camión sin su rueda de auxilio es un camión que confía demasiado, y Hugo, que había visto cada rotura posible en cuarenta años de ruta, no podía ofrecer algo así.

    A las ocho y media llegó Norma, la de la proveeduría, con el termo bajo el brazo.

    —¿Qué hacés acá, Hugo? Hoy es la fiesta.

    —Estoy trabajando.

    —No hay un alma.

    —Ya sé.

    Norma miró el camioncito y no dijo nada. Sirvió dos mates y se sentó en un banquito de cubierta. A lo lejos se escuchaban los motores, un trueno parejo que venía subiendo desde San Juan, sesenta y cuatro kilómetros de camiones.

    —Te falta una rueda —dijo ella al fin.

    —Una rueda de auxilio.

    —Chiquita.

    —Chiquita y buena. Con goma de verdad.

    Norma tomó el mate despacio. Después se levantó, rebuscó en la cartera, y volvió con algo en la palma. Era un aro de bronce, más grande que una moneda, con un reborde gastado. Lo apoyó sobre el banco.

    —Es de la canilla de mi mamá —dijo—. Se rompió la canilla hace años, el aro quedó. Mirá si te sirve.

    Hugo lo tomó con dos dedos. Era casi del diámetro. Le faltaba la goma, y la goma era la parte difícil, porque la goma tenía que oler a goma, a taller, a camino. Entonces se acordó de la cubierta vieja que colgaba de un clavo, la que había sacado de un Torino en el ochenta y pico y que nunca había tirado. Cortó con el cuchillo una tira finita del flanco. La enhebró por el aro, la pegó con cemento de parches y la dejó apretada bajo una morsa mientras se acababa el mate.

    A las diez la caravana ya pasaba por la puerta. Camiones azules, rojos, de acoplado con banderas, un Scania con la imagen de la Difunta pintada en el parabrisas. Alguien tocó la bocina larga para saludarlo y Hugo levantó la mano sin darse vuelta, con la lupa puesta, soldando la rueda al soporte con una gota de estaño.

    —Listo —dijo.

    Norma se asomó. El camioncito estaba entero, con su rueda de auxilio negra, redonda, firme. Hugo lo envolvió en un repasador y salió caminando por la banquina, porque la ruta estaba tomada por los camiones y no había otra forma de llegar.

    Era un kilómetro y pico hasta el santuario. Cruzó el predio entre carpas, vendedores de estampitas, familias comiendo empanadas bajo los algarrobos, y la pasarela con sus cintas rojas, y los puestos con las botellas de agua apiladas como ladrillos. Entró a la capilla con el corazón en la boca. Adentro era un galpón lleno de camiones: de lata, de madera, de plástico, de juguete comprado y de juguete hecho, chapas patentes clavadas en las paredes, fotos de choferes con sus hijos.

    No encontró lugar libre. Dio la vuelta una vez, dos. Estaba por salir cuando vio, en un rincón bajo, junto a una patente de Santiago del Estero, un espacio del tamaño justo para un camión chico.

    Se agachó. Desenvolvió el repasador. Lo acomodó con el frente hacia la puerta, como se acomoda un camión que está por salir. Después sacó del bolsillo una botella de agua de medio litro que había llenado esa mañana en la canilla de la gomería y la dejó al lado.

    —Treinta y un años —dijo, bajito—. Perdoná la demora.

    Afuera sonó una bocina larga, y después otra, y otra más, hasta que la capilla entera vibró con los camiones que llegaban. En el rincón, la rueda de auxilio del camioncito azul tembló apenas, como si alguien hubiera pasado por la ruta.

    Hugo se persignó, se levantó con las rodillas crujiendo y salió a buscar a Norma, que seguramente ya estaba haciendo la cola del almuerzo.

  • Parte sin novedad, El Parrón

    El teléfono de la Estación 3 sonaba distinto cuando venía de arriba. Remedios Ocampo había aprendido a reconocerlo en dos años de turnos en El Parrón: de abajo, desde Chilecito, el timbre llegaba seco y puntual, como una orden. De arriba llegaba con un temblor, porque la línea trepaba por los cerros colgada de los mismos postes que el cable, y el viento del Famatina le metía el dedo.

    Esa tarde no sonaba. Remedios miraba el aparato con la pava en la mano, sentada en el cuartito de la estación, entre la caldera que roncaba despacio y el libro de partes con su lápiz atado a un piolín. Afuera pasaban las vagonetas, una tras otra, con ese ruido de rueda sobre cable que a los de abajo les parecía música y a ella, cansancio. Bajaban cargadas de mineral. Hacía semanas que bajaban menos.

    Había nacido una nena. Eso era todo. La partera de Famatina la había traído esa mañana, a las seis, con la ayuda de dos vecinas y un fuego de algarrobo, y la madre estaba bien, y la cuñada de Remedios lloraba y reía en la casa de adobe de la calle Joaquín V. González, mientras en el pueblo se hablaba de otra cosa: de que el cablecarril iba a parar, de que los ingleses se iban, de que no se sabía qué hacer con tanta torre.

    Teodoro no lo sabía. Teodoro, su hermano, hacía cuatro meses que estaba arriba, en La Mejicana, de balancero, a más de cuatro mil metros, donde el agua se helaba en el balde y el pan se llevaba duro desde abajo. Había bajado una sola vez, para el casamiento. Había dicho: «Cuando nazca, avisame, Reme, aunque sea con una seña». Y no había forma. El teléfono era de la empresa. El libro decía, en la primera página, en letra de imprenta: Prohibido todo mensaje que no sea de servicio.

    Levantó el auricular. Lo bajó. Lo volvió a levantar.

    —Estación 3 llamando a Estación 4 —dijo, y la voz le salió más baja de lo que quería.

    Del otro lado, en Siete Cuestas, contestó Anselmo Barrionuevo, un viejo que había puesto torres de joven y todavía les hablaba como a animales.

    —Dígame, Ocampito.

    —Don Anselmo, tengo un parte para La Mejicana. Para el balancero Teodoro Ocampo.

    —¿De servicio?

    Remedios cerró los ojos.

    —De servicio —mintió—. Dice: «Llegó repuesto. Mujer, sin novedad. Pieza nueva, funcionando bien».

    Hubo un silencio largo, de esos donde se oye el hilo trabajando. Después Anselmo carraspeó.

    —Pieza nueva —repitió—. Entendido. Lo paso. Yo en su lugar le agregaría «peso: tres kilos doscientos», que los repuestos siempre se pesan.

    —No sé el peso.

    —Yo lo averiguo. Tengo una sobrina en la partera.

    Cortó. Remedios se quedó con el auricular tibio contra la oreja, sin saber si se había salvado o si se había metido en un lío. Se tomó un mate lavado. Se asomó a la ventana: la vagoneta número cuarenta y siete pasó balanceándose, y en el balde de atrás alguien había dejado, quién sabe por qué, una pala torcida.

    Pasó una hora. Pasaron dos. El parte subía de estación en estación, de cabina en cabina, y ella lo imaginaba por el aire, colgado del cable como una vagoneta chica, más liviano que cualquiera. Cueva de Romero. El Cielito. Calderita Nueva. En cada una, un hombre solo en un cuartito, con un lápiz y un reglamento, decidiendo si levantar o no un auricular.

    A las ocho, cuando ya había encendido el farol, sonó el teléfono. Sonó con el temblor de arriba.

    —Estación 3.

    —Parte de La Mejicana para Estación 3 —dijo una voz que no era la de su hermano, una voz de telefonista, plana, de oficina—. Recibido su aviso. Acuse de recibo. Se pide… —y acá la voz perdió un poco el reglamento—. Se pide que se confirme el nombre de la pieza nueva, por razones de inventario.

    Remedios sintió que le subía el calor a la cara. Miró el libro de partes, miró el piolín, miró la caldera. Pensó que la nena no tenía nombre todavía. La cuñada había dicho que esperaba la opinión del padre. Pero el padre estaba a cuatro mil metros, y esa pregunta había hecho todo el camino hacia abajo, estación por estación, por una línea que solo servía para hablar de repuestos.

    —Un momento —dijo.

    Bajó el auricular. Salió al pasillo de la estación, donde el aire ya era frío y olía a carbón mojado, y le gritó a un peón que pasaba con un farol:

    —¡Don Lucho! ¿Me hace el favor de bajar a Chilecito y preguntar a la casa de mi cuñada cómo quedó decidido?

    —¿Cómo quedó qué?

    —¡El nombre!

    El peón se rio y se fue trotando por el sendero, con el farol dando saltos. Remedios volvió a entrar y esperó, con el auricular otra vez en la mano, sin cortar, para que la línea no se enfriara. Del otro lado nadie hablaba. Pero se oía respirar, lejos, a un hombre que había subido hasta el último poste del mundo para escuchar una sola palabra.

    Don Lucho volvió casi a las diez, sin aire.

    —Dice la señora… —jadeó— que, si el padre quiere, Remedios.

    Remedios se llevó la mano a la boca. Después acercó el auricular a los labios y habló despacio, como quien dicta una carta de verdad.

    —Parte para La Mejicana. Nombre de la pieza: Remedios Ocampo. Peso: tres kilos doscientos. Estado: perfecto.

    Del otro lado hubo un ruido que podía ser el viento, o la estática, o un hombre que se sonaba la nariz con un pañuelo de lona. Después la voz de la oficina, otra vez plana, ya sin ganas de disimular:

    —Recibido. Se acusa recibo. —Una pausa—. El balancero Ocampo dice que gracias, que no se baja hoy porque no hay vagoneta, pero que mañana baja en la primera aunque tenga que venir colgado del cable.

    —Dígale que no hace falta —dijo ella, riendo y llorando a la vez—. Que la pieza no se va a ningún lado.

    Cortó. Se sentó. Tomó el lápiz del piolín y anotó en el libro de partes, con su mejor letra, en la columna de «Novedades»: Sin novedad.

    Y arriba, entre los cerros, la última vagoneta de la noche siguió su camino por el cable, con la pala torcida en el balde de atrás y el farol de la torre cuarenta y siete encendido para nadie.

  • La última placa de la Movediza

    Gino Bertolo subió el cerro con el trípode al hombro y la caja de placas colgada del cuello, como quien lleva a un chico dormido. Eran las tres y media de un jueves de calor pegajoso, y le quedaba una sola placa de trece por dieciocho. Las otras seis se las había comido la semana: dos velada por la luz, una por un caballo que se movió, tres por la propia torpeza de sus manos.

    Abajo, en la cantera de la ladera, un martillo neumático no, todavía no: eran los picapedreros a mano, el golpe seco del cincel y de vez en cuando un estampido de barreno que hacía temblar el aire y levantaba una nube color ceniza. Gino la veía subir y abrirse sobre la sierra. Esa nube era su problema.

    La Piedra estaba donde siempre, a la vista de todo Tandil, apoyada en el filo del cerro sobre una base que parecía más chica de lo razonable. Doscientas toneladas, decían unos. Trescientas, decían otros. Nadie la había pesado, pero todos sabían que se movía: si uno la empujaba bien, a la hora justa, hacía un vaivén lento, como una respiración.

    —¿Vino a sacarle el retrato? —le preguntó un nene descalzo que vendía botellas vacías para que los turistas las pusieran debajo. La gente las dejaba en la base y al otro día las encontraba aplastadas, y volvía a su casa convencida.

    —Vine a sacarle el retrato —dijo Gino.

    —Ya se lo sacaron mil veces.

    —Pero no así.

    No era vanidad. Don Hipólito Basualdo, cantero de la cantera de abajo, le había encargado una tarjeta postal para mandarle a su hermano a Piamonte, que lo creía muerto o en la cárcel porque hacía once años que no le escribía. Don Hipólito no sabía escribir, y quería que la imagen hablara por él. Le había pedido algo preciso: la Piedra y, en el borde de la foto, el cerro con la cantera, para que el hermano viera que él trabajaba abajo, a la sombra de eso.

    —Que se vea que estoy en pie —le había dicho, y le pagó adelantado con billetes doblados en cuatro, de esos que huelen a bolsillo.

    Gino armó el trípode en un recodo, a unos cuarenta pasos. Cubrió la cabeza con el paño negro y enfocó sobre el vidrio esmerilado. La imagen aparecía invertida: la Piedra abajo, el cielo arriba, un mundo dado vuelta que se sostenía igual. Faltaba la luz. El sol del jueves caía todavía alto y chato, sin sombras, y la granito salía como una mancha lavada. Había que esperar a que bajara.

    Esperó. Comió un pedazo de pan con salame que traía en el bolsillo del saco. Le dio la mitad de la corteza al nene. Contó los estampidos de la cantera: cuatro, cinco. Cada uno levantaba el polvo y el polvo se quedaba flotando un rato largo, velando el aire.

    —Los canteristas no la quieren —dijo el nene, con la boca llena.

    —¿Quién te dijo eso?

    —Mi tío. Dice que la Piedra se va a caer cualquier día y que van a decir que fueron ellos.

    Gino no contestó. Sabía de la huelga del año anterior, del muerto de la cantera y de los anarquistas que gritaban en la plaza. Pero sabía también que Don Hipólito, que no gritaba nunca, le había dicho una cosa más, al darle la plata: «Sáquela linda. A ella no le debo nada, pero la miro todos los días».

    A las cuatro y cuarto, el sol empezó a bajar por fin. La luz se puso amarilla y le sacó relieve a la roca, le dibujó los pliegues, la barba de líquenes, la grieta oscura donde se apoyaba. Pero el polvo del último barreno seguía colgado entre el cerro y la cantera, justo en el borde del encuadre, y Gino sabía que si disparaba así, Don Hipólito iba a recibir una postal en la que su cantera parecía un incendio.

    Esperó otro cuarto de hora. Sacó el reloj: las cuatro y media. Se acordó de su madre, que decía que el que apura la fotografía se queda con el fantasma. Se acordó también de que la placa era una sola y no había plata para otra.

    A las cinco menos diez, el polvo se abrió. Fue cuestión de segundos: una ráfaga corrió la nube hacia el oeste y la cantera apareció entera, con sus bancos de piedra, los carros, un hombre chico, de pie, que podía ser cualquiera. Gino metió la placa en el chasis, retiró la tapa, destapó el lente y contó en voz baja, uno, dos, tres, hasta ocho, como le habían enseñado en Turín. Después tapó, guardó, y sintió que le temblaban las rodillas, no por la altura.

    —¿Salió? —preguntó el nene.

    —No sé. Se sabe en el cuarto oscuro.

    Desarmó el trípode sin apuro. Pasó cerca de la Piedra y le apoyó la mano un momento, como se le hace a un animal grande. Estaba tibia del sol. No se movió, no respiró, no le dijo nada. Bajó con el nene por el sendero de cabras, entre el olor a tomillo y a pólvora, y a las seis ya estaba en la pensión de la calle Rivadavia, con las cortinas cerradas y la lámpara roja prendida.

    Revelaba la placa cuando oyó los gritos en la calle. Primero pensó que era la cantera, otro accidente. Después escuchó la palabra Movediza, una vez, y otra, y otra, dicha de maneras distintas, y se quedó quieto con la bandeja en las manos, mirando cómo en el líquido iban apareciendo, de a poco, las sombras.

    La Piedra estaba ahí. Entera, oscura, apoyada en su filo, con el cielo clarísimo detrás y la cantera abajo, a la izquierda, y el hombrecito chico de pie. La luz le caía de costado, de esas que sólo hay una vez. Gino dejó la placa a secar y salió.

    Esa noche, medio Tandil subió a ver. La Movediza yacía en el fondo de la barranca, partida en pedazos, y nadie sabía a qué hora, ni cómo. Don Hipólito estaba parado con el sombrero en la mano, mirando el hueco en el cielo donde antes había una roca.

    —Yo no fui —dijo, sin que nadie le preguntara.

    —Ya sé —dijo Gino.

    Y se lo dijo ahí, en la oscuridad, con la gente alrededor llorando bajito: que tenía una placa. Que la había sacado a las cinco menos diez. Que era, calculaba, de las últimas, quizá la última en que se la veía de pie.

    Don Hipólito tardó en hablar.

    —Mande la postal igual —dijo al fin—. A mi hermano. Que vea que estuvo ahí.

    —¿Y que usted también?

    —Eso, que yo también.

    La tarjeta salió el sábado, con un sello de tres centavos. En el reverso, Don Hipólito dictó cuatro palabras que Gino escribió con su mejor letra de Turín: «Sigo acá. Hipólito Basualdo». Debajo, en lápiz, Gino anotó la fecha: 29 de febrero de 1912, cinco menos diez de la tarde.

  • El humo no se apura

    A las once de la noche el fuego del barbacuá tenía el color justo, un naranja bajo que no lamía nada y lo calentaba todo. Evaristo Benítez lo miró desde la silla de plástico, con el termo entre las rodillas, y calculó otra vez: si los tareferos no llegaban antes de las tres, la hoja verde se pasaba de las veinticuatro horas desde el corte, y una yerba que se pasa no se arregla con nada.

    Llovía finito sobre Montecarlo desde la tarde. Las chapas del galpón sonaban parejo, como arroz cayendo en una olla. Del otro lado, bajo el techo nuevo, dormía apagada la cinta transportadora que el dueño había mandado instalar en el invierno. Dos hornos, una máquina que no pedía a nadie despierto a la noche. Evaristo la había mirado un mes entero sin decir palabra.

    —Don Evaristo, ¿no se va a dormir un rato? —dijo Brian desde la puerta. Tenía veintidós años, una campera del colegio técnico y un celular que usaba de linterna—. Yo vigilo.

    —Vos mirás el termómetro. Yo miro el fuego. No es lo mismo.

    —Marca lo mismo.

    —Marca lo mismo hoy.

    Brian se rió, no por burla, y se sentó en el cajón de las herramientas. Era el sobrino del patrón y había llegado en diciembre para la zafriña de verano, con un cuaderno de anotaciones y la idea de que los secaderos viejos eran una etapa que se pasaba. Evaristo no se lo discutía. Llevaba treinta y cuatro años en ese galpón, primero cargando, después al zarzo y después al fuego, y sabía cuándo un chico anotaba para entender y cuándo para reemplazar. Este anotaba para entender, y eso era peor, porque daba ganas de enseñarle.

    A la una cortó leña. Dura, de la que dura, apilada en el costado del galpón bajo una lona que ya chorreaba. La acomodó con la horquilla sin hacer ruido, abajo las brasas gordas, arriba apenas lo necesario. El humo subió por el túnel de ladrillo hacia la cámara donde el zarzo esperaba vacío, una parrilla de caña que había que cargar de hoja zapecada y dejar un día entero a un calor que no se podía tocar ni apurar.

    —Eso —dijo Brian—. ¿Cómo sabe cuándo es suficiente?

    —Me quedo cerca y me fijo.

    —Don Evaristo.

    —Es en serio. Me fijo en el olor. Cuando el humo huele a pan y no a cocina, está bien. Cuando huele a cocina, falta. Si huele a otra cosa, ya te pasaste.

    —¿Y eso lo puede escribir alguien?

    —Escribilo vos. A ver cómo queda.

    Brian escribió. Evaristo lo vio mover los labios mientras tanto, como un chico que hace una cuenta, y le sirvió un mate sin preguntarle. Afuera, la lluvia seguía.

    A las dos y media se oyeron las gomas en el barro. Una camioneta con el balde cargado de ponchadas, esos bultos de arpillera atados por las cuatro puntas que los tareferos arrastran yerbal adentro, cien kilos de hoja y rama en cada uno. Venían empapados, con la cara llena de barro seco y dos hombres encima de la carga para que no se volara la lona. El contratista bajó, miró el cielo y dijo que habían tenido que esperar a que se secara el camino de tierra en el yerbal de arriba. Dos horas perdidas.

    —Todavía llegamos —dijo Evaristo.

    —Se va a pasar —dijo el contratista, bajito, para que no lo oyeran los peones.

    —No se pasa.

    Descargaron rápido, sin hablar. La hoja olía fuerte, vegetal y amarga, con ese verde mojado que se te metía en la ropa. Evaristo la fue pasando al sapecador, el cilindro de chapa donde las llamas le pegan treinta segundos a la hoja y la hacen estallar con un crepitar parecido al de un aplauso lejano. Siempre le había gustado ese sonido. Cada hoja que se abría era un ojo que se abría, le había dicho su abuelo, que lo sabía de los guaraníes, de donde vino el nombre.

    —Don Evaristo —gritó Brian por encima del ruido—. La cinta está lista. La podemos prender y esto sale en cuarenta minutos.

    Evaristo se quedó con la horquilla en la mano. Tenía razón el chico, y los dos lo sabían. Cuarenta minutos contra veinticuatro horas. La cinta no se quedaba dormida, no necesitaba silla de plástico ni termo ni cuatro mates. Y sin embargo la hoja ya iba camino al barbacuá, ya estaba en el zarzo, ya empezaba a tomar el humo despacio como lo tomaba desde hacía décadas.

    —Prendela vos —dijo por fin—. Con la mitad. Al barbacuá le dejo la otra.

    —¿Para qué?

    —Para que pruebes las dos cuando estén listas. Y después me decís cuál preferís.

    Brian tardó en contestar. Prendió la cinta, y la máquina arrancó con un zumbido liso, eficiente, que llenó el galpón. Evaristo la oyó y no se enojó. Era un ruido más, como el de la lluvia.

    A las cinco la lluvia aflojó y el fuego quedó firme. Evaristo se sentó otra vez, y Brian se sentó a su lado sin pedirle permiso. No hablaron. En la cámara del zarzo, la hoja crujía muy bajito, y el olor que subía no era a cocina ni a nada raro. Era a pan.

    —Ahí está —dijo Evaristo.

    Brian respiró hondo y no escribió nada. Después, con una timidez que no le conocía, estiró la mano hacia la horquilla apoyada contra la pared.

    —¿Me enseña a mover las brasas?

    Evaristo se la alcanzó por el mango. Afuera empezaba a aclarar sobre las chapas mojadas, y el humo salía por la chimenea, derecho, sin apuro, como si tuviera todo el día.

  • El bidón de Lautaro

    La sudestada llevaba tres días y el muelle de los Ferreyra ya no era un muelle sino una línea de tablones con el agua marrón pasándoles por encima. Lautaro miraba desde la puerta de la casa, que estaba sobre pilotes y todavía le sacaba un metro al río, cómo el bidón azul flotaba atado a un poste con la piola tirante.

    El bidón vacío en el muelle era la seña. Así sabía la lancha almacén que en esa casa se necesitaba algo: lo ponías al borde y, cuando la lancha pasaba, el lanchero tocaba el bocinazo largo, arrimaba y vos le decías qué. Pero hoy el bidón estaba más lejos del borde que nunca, porque el borde se había ido.

    —Ya no va a parar —dijo Lautaro.

    —Va a parar —dijo la abuela Nélida desde la cocina, sin darse vuelta. Estaba pelando mandarinas para la mermelada, porque con el agua afuera había que hacer algo adentro—. Berto no dejó de parar ni en el ochenta y tres.

    Lautaro tenía diez años y una sola misión. Esa noche la abuela cumplía ochenta, y los ochenta no se cumplían todos los días. La torta ya estaba hecha: un bizcochuelo de naranja, algo bajo porque el horno a gas andaba flojo con la humedad. Le faltaba lo único que no podían improvisar. Las velas. En el cajón de la cocina había una sola, blanca, gruesa, de las que se guardan para cuando se corta la luz, y esa era para cuando se cortara la luz.

    Había guardado ciento veinte pesos de las figuritas que no compró. Los tenía en una bolsita de nylon, atada con un doble nudo, dentro del bolsillo del buzo.

    A las cuatro y diez se escuchó el motor. Primero lejos, después en el recodo del arroyo Caraguatá, un ronroneo grave con olor a gasoil que llegó antes que la lancha. Lautaro salió al balcón con las botas puestas. Abajo, el agua chocaba contra los pilotes con un ruido de cuchara en una olla.

    La lancha de Berto Insaurralde se llamaba El Chiquito y era de todo menos chiquita: techo de chapa, estantes con fideos, yerba, jabón en polvo, garrafas atadas en la proa y una heladerita con hielo para las gaseosas. Berto venía al timón, con el piloto amarillo, y miró el muelle sumergido, el bidón flotando, la casa con el chico en el balcón. Tocó el bocinazo. Uno largo, uno corto.

    —¡Lautaro! —gritó—. ¡No puedo arrimar, que me llevo los tablones puestos!

    —¡Necesito velas!

    —¿Qué?

    —¡Velas! ¡De cumpleaños!

    Berto apagó un poco el motor para dejar de gritar y la lancha quedó derivando, con el agua empujándola despacio contra la corriente de la sudestada. Se rascó la barba. Después se agachó, abrió un cajón y revolvió algo.

    —¡De cumpleaños no me quedan! ¡Tengo de las otras!

    —¿Cuáles otras?

    —¡Las de iglesia! ¡Las finitas!

    Lautaro pensó en la torta, en ochenta años, en la vela de corte de luz que era gruesa y sola. Pensó que las finitas no iban a alcanzar para ochenta, que nadie esperaba ochenta, que alcanzaba con unas pocas bien paradas. Dijo que sí, que las que tuviera.

    Ahora faltaba cómo. Lautaro bajó la escalera de madera hasta el último escalón seco, que quedaba a un palmo del agua, y desató la piola del bidón. Metió adentro la bolsita con la plata y una tarjeta que escribió en el momento con el lápiz de la abuela, en el dorso de una boleta de luz: Para Nélida Ferreyra, 80. Muchas gracias. Cerró la tapa, aflojó la piola y dejó que la corriente se llevara el bidón hacia el medio del arroyo, sosteniendo la punta con las dos manos.

    Berto agarró el bichero. Lo hizo con una calma de hombre que había pescado mil cosas del agua que no eran peces. Enganchó el bidón al primer intento, lo subió, abrió la tapa, sacó la bolsita, contó los billetes con el pulgar, sacó otros más chicos de un bolsillo del piloto y los devolvió al bidón junto con un paquete de papel madera. Cerró, volvió a soltarlo, y Lautaro recogió la piola metro a metro, con los brazos temblando de frío y de apuro, hasta tener el bidón otra vez contra el pilote.

    —¡La tarjeta me la quedo! —gritó Berto. Levantó una mano y tocó el bocinazo de despedida, que se oyó hasta la otra orilla. El Chiquito siguió arroyo arriba, bajo la llovizna, con la proa cortando el agua del color del mate cocido.

    Adentro del paquete había doce velas finitas, blancas, de las que se prenden en la ermita del camino. Y encima, un sobrecito con el cambio y una nota con letra de lápiz grueso: Que sople fuerte. Berto.

    A las siete se cortó la luz, como se cortaba siempre. Lautaro había clavado las doce velas en el bizcochuelo, alrededor, apretadas, de modo que la torta parecía una corona. La abuela Nélida se sentó a la mesa con el chal sobre los hombros, y por el vidrio de la ventana se veía la sudestada oscureciéndose sobre el arroyo.

    —Son doce —dijo ella, contándolas con el dedo.

    —No había más.

    —Mejor. —Se inclinó hacia la torta, y el fuego le puso un color de mandarina en la cara—. A los ochenta ya no se sopla todo junto. Se va de a poco.

    Sopló seis. Después Lautaro sopló las otras seis. Y la vela gruesa, la de los cortes de luz, quedó prendida en el centro de la mesa hasta que se secó la mermelada.

  • El silbido del corral catorce

    A las seis menos diez, Cacho Ferreyra ya estaba en la Avenida de los Corrales con las botas de goma puestas y el termo bajo el brazo. Hacía frío de mayo, de ese que se mete por la nuca, y el aire olía a lo de siempre: bosta mojada, pasto húmedo, humo de las parrillas que alguien había prendido temprano para el choripán. Hacía cuarenta y cuatro años que entraba por esa puerta. Ese viernes, por primera vez, la entrada tenía una guirnalda de banderines.

    —Cacho, hoy no se trabaja, se despide —le dijo el portero, y le pasó una medalla de lata con una cinta celeste y blanca.

    —Yo vengo a trabajar —dijo Cacho, y se guardó la medalla en el bolsillo de la campera sin mirarla.

    Del otro lado de la reja, los camiones jaula esperaban en fila, con los motores en ralentí y los focos prendidos. Adentro se movían los lomos oscuros de la hacienda, y el vapor de los hocicos subía en columnitas. Se iban a rematar siete mil quinientas cabezas antes de las once. Después, el lunes, todo seguiría en Cañuelas, a setenta kilómetros, en un predio nuevo con techos de chapa y pasarelas altas. Todo el mundo lo decía con respeto y con una especie de culpa.

    Cacho caminó por la pasarela del medio hasta el corral catorce. Ahí lo esperaba su tropa de la mañana: sesenta novillos de un campo de Las Flores, flacos de viaje, nerviosos por el ruido. Moverlos hasta la manga de pesaje era su tarea, y la hacía como la aprendió de su padre, que fue peón de corrales antes que él: sin gritar, sin rebenque, con un silbido de dos notas, una larga que sube y una corta que baja. Los animales lo seguían como si los llamara por el nombre.

    Su único deseo para ese día era chico y concreto. Quería mover esa tropa con el silbido, la última de su vida, y que alguien lo escuchara terminar.

    A las siete y media sonó la campana de la rueda de ventas y empezó la puja. A las ocho y cuarto, el gerente joven, un flaco con campera de la empresa y un handy en la mano, lo agarró del codo.

    —Cacho, escuchame. A las diez y media hay discurso y música en vivo ahí, en el patio de la administración. Vienen autoridades, vienen canales. Necesitamos que los peones no hagan ruido de este lado, ¿puede ser? Que no se escuchen gritos ni silbidos.

    —Yo no grito nunca.

    —Ya sé, pero los silbidos. El micrófono capta todo.

    Cacho miró los corrales, las pasarelas, la torre vieja, las hileras de caños pintados de verde descascarado. Tomó un trago de mate del termo y dijo que bueno.

    La mañana corrió rápido y confusa. Los martilleros cantaban sin respirar, los compradores levantaban un dedo, los camiones salían uno tras otro con el acoplado pesado. Cuando le tocó a su tropa, Cacho abrió la tranquera del catorce, se paró en medio de la pasarela baja y esperó. Los novillos se amontonaban contra el fondo, mirándolo de costado. Los dos primeros se plantaron. El tercero resbaló y casi lo lleva por delante.

    Con las manos en los bolsillos, Cacho juntó los labios. No salió el silbido. Del patio venía un parlante probando un acordeón, y el gerente joven pasaba por la pasarela alta con el handy, mirando hacia abajo. Se quedó callado. Probó con la voz, con la palma contra el costillar de uno, con paciencia. Los novillos no se movían.

    Pasaron veinte minutos. El corral catorce era el último de la fila sin descargar y la rueda estaba por cerrar. Un peón más joven, el Mati, se le acercó con el palo de arreo.

    —Dejame a mí, Cacho, así los saco a los empujones.

    —No.

    Eran las diez y veinticinco. En el patio, alguien dijo «un, dos, probando» y un grupo folklórico empezó a afinar. Desde todos los rincones del mercado se oía un solo murmullo grande, de gente que se despide y no sabe dónde poner las manos. Cacho miró el reloj de pared de la administración, miró al gerente que ya no lo estaba mirando, y entendió que no iba a haber un momento mejor. Iba a haber un momento donde el ruido de todos los demás lo tapara.

    Entonces silbó.

    La primera nota larga subió despacio, y se perdió enseguida en la música que arrancaba. La nota corta bajó. Los novillos del fondo levantaron las cabezas. Cacho silbó otra vez, sin apuro, dos notas, otra vez dos notas, y el primero se dio vuelta, y el segundo lo siguió, y después los sesenta empezaron a caminar por la pasarela baja en fila, pisando el barro con el mismo ruido pesado de siempre, derechos a la manga, como si los llamara por el nombre.

    El Mati se quedó con el palo colgando. El gerente, arriba, levantó la cabeza y por un segundo pareció que iba a decir algo. Después se sacó el handy de la oreja y lo apagó.

    Cuando el último novillo entró a la manga, la rueda cerró. Alguien gritó «¡Se terminó!» y se oyeron aplausos en el patio. Subieron la música. Cacho se sentó en el travesaño del catorce con el termo entre las rodillas, y el Mati le trajo un choripán envuelto en una servilleta.

    —¿Qué era eso que silbaste?

    —Nada. Una seña de mi viejo.

    Se comió el choripán despacio. Sacó la medalla de lata del bolsillo, la miró un rato, y se la colgó del clavo donde guardaba el pañuelo de cuello, en la pared del corral. Después juntó los labios y silbó otra vez, bajito, para nadie, las dos notas. La pasarela vacía las devolvió una y otra vez, hasta que el último camión arrancó en la Avenida de los Corrales y ya no quedó nada que contestara.