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  • La nota que no cierra

    El martes a las cinco de la tarde, Elvira Kaplán tenía la lima entre los dientes y la caja de botones abierta sobre la mesa, como una radio desarmada. El taller era el fondo de un galpón de la calle Murillo, donde antes se guardaban hormas de zapato. Los días de humedad todavía olía a cuero, y ese olor no se iba con nada.

    —Es un re —dijo el pibe—. El re del cierre. Suena como si tuviera dos voces peleándose.

    Se llamaba Joaquín, tenía dieciséis años, zapatillas gastadas y el bandoneón de su abuelo en un estuche de cartón reforzado con cinta de embalar. Lo había traído en colectivo, con el estuche sobre las rodillas, y lo apoyó en la mesa como se apoya a un bebé dormido.

    —¿Para cuándo lo necesitás?

    —Mañana. En el Fulgor, la milonga de los miércoles. Los amigos de mi abuelo le hacen un homenaje y me dijeron que toque, aunque sea un tango. Uno. —Se rascó la nuca—. Pero con ese re no puedo. Se nota en todos lados.

    Elvira abrió el fuelle con las dos manos y apretó el botón. Salió la nota, y en efecto salió doble: una voz firme y otra apenas por debajo, que temblaba como un vaso en una mesa floja. Había afinado bandoneones durante cuarenta y tres años. Un instrumento así, con sus lengüetas de acero, se toca una vez cada diez años, y se toca despacio, de oído, porque el aparato electrónico te dice dónde está la nota pero no cómo tiene que sonar.

    —Dejámelo —dijo—. Volvé a la noche.

    —¿A la noche?

    —A las nueve. Traé algo de comer, que acá se trabaja con hambre pero no con mucha.

    Joaquín se fue. Elvira prendió el velador, sacó la tapa del peine y buscó la lengüeta del re de cierre. Esperaba encontrar una grieta, un resto de cera vieja, una pelusa. Encontró una lengüeta sana, limpia, sin una mancha de óxido.

    Eso era raro. Una voz sana que suena mal tiene dueño. Alguien la había tocado.

    Acercó la lupa. En la punta de la lengüeta había marcas de lima, finas, prolijas, de mano que sabía lo que hacía. Alguien le había sacado un poquito de acero a propósito, no el suficiente para arruinarla, sino el justo para dejarla caída. Cuarenta años de oficio le dijeron que eso no era un descuido ni una reparación hecha a las apuradas. Era una decisión.

    Dio vuelta la placa. En el borde de la madera, con un lápiz que ya casi no marcaba, alguien había escrito cuatro palabras: re de Lidia, no tocar.

    Elvira se quedó un rato mirando la letra. Después apagó el velador, se hizo un mate y miró por la ventana cómo se prendían las luces de Scalabrini Ortiz.

    A las nueve y diez Joaquín golpeó la persiana con una bolsa de empanadas.

    —¿Pudo?

    —Sentate. ¿Quién era Lidia?

    El pibe se quedó con la bolsa en el aire.

    —Mi abuela. Se murió hace seis años, antes que él. —Se sentó—. ¿Por?

    Elvira le mostró la lengüeta, la lupa y el lápiz. Joaquín leyó, y la cara se le fue aflojando de a poco.

    —Ella cantaba flojo —dijo al final—. Siempre. Planchaba los domingos con la radio puesta y tarareaba, y en una nota se caía. Siempre en la misma. Mi abuelo le decía que era el único re de Villa Crespo que no pedía permiso. —Se rió, y se le quebró la risa en el medio—. No puede ser.

    —Yo creo que sí. Le dejó la nota de ella adentro del instrumento. Se la puso donde la tocaba todos los días.

    Comieron las empanadas sin hablar. Elvira nunca había tenido que decirle a un cliente que lo que traía roto estaba entero. Casi siempre es al revés.

    —Puedo arreglarlo —dijo—. Es una hora de trabajo. Con eso tocás tranquilo mañana y nadie se da cuenta de nada. Le pongo la lengüeta como tiene que estar y listo.

    —¿Y si no lo arreglás?

    —Entonces suena como suena. Hay gente en el Fulgor que se va a dar cuenta. Los viejos tienen el oído entrenado, y no todos lo van a tomar bien.

    Joaquín agarró el bandoneón, lo abrió despacio y apretó el botón. La nota salió doble, temblorosa, y se quedó un momento flotando en el galpón sin hormas.

    —Dejalo así —dijo.

    Elvira asintió. Cerró la caja, ajustó los tornillos y le pasó un trapo al estuche de cartón.

    —No te cobro —dijo—. No hice nada.

    El miércoles, a las once menos cuarto, la pista del club estaba llena de parejas que no se miraban. Elvira se había quedado cerca de la barra, con un vaso de agua. Cuando el pibe empezó el tango, flaco, tieso, con los codos pegados al cuerpo, nadie levantó la vista. Pero en el segundo cierre llegó el re, y la nota salió partida en dos, con una voz que caía.

    Un hombre mayor, en la mitad de la pista, frenó. No dejó de abrazar a su compañera, pero frenó, con la cabeza levemente inclinada, como quien oye su nombre en la calle. Cerca de la barra, una mujer de pelo blanco empezó a tararear la misma línea, y se cayó exactamente donde se caía el instrumento.

    Elvira apoyó el vaso. Joaquín, con los ojos cerrados, abría y cerraba el fuelle, y el re de Lidia volvió a sonar otra vez, otra vez torcido, y entonces la sala entera lo acompañó.

  • El asiento de la ventanilla

    Nicasio Epulef llegó a la estación de Esquel a las nueve y cuarto, una hora y media antes de la salida, con el sobre de los pasajes en el bolsillo de adentro del saco, el que usaba para los casamientos.

    —Llegue una hora antes, abuelo, para el check in —le había dicho la chica de la boletería, y él había asentido como si no supiera que en esa estación se había hecho hombre.

    Treinta y ocho años en los talleres. Había limado bielas, cambiado tubos de caldera, aprendido de oído cuándo una Baldwin estaba cansada y cuándo estaba haciéndose la cansada. Había viajado en el tren cientos de veces, siempre en la cabina o debajo, o en el último vagón con una llave inglesa envuelta en un trapo. Nunca sentado en un asiento de pasajero, mirando por la ventanilla como un cristiano.

    Berta se lo pedía todos los inviernos. «Un día sacamos los dos pasajes, Nicasio, y vamos hasta Nahuelpan como la gente. Yo llevo el termo.» Él contestaba que tenía trabajo, después que tenía las rodillas, después que para qué, si conocía cada tornillo. En julio, a Berta se le cerraron los pulmones en una semana. En octubre, Nicasio fue a la boletería y compró dos.

    Recorrió el Paseo Ferroviario con las manos atrás. Las fotos en blanco y negro, los faroles, la campana. Una nena de unos diez años se paró a su lado frente a una vitrina con una llave de paso.

    —¿Eso para qué sirve?

    —Para dejar pasar el vapor justo cuando hace falta. Ni antes ni después.

    —¿Y cómo se sabe cuándo?

    —Se escucha —dijo Nicasio, y se arrepintió, porque la nena se quedó mirándolo con una seriedad que lo incomodó.

    A las diez y media se abrieron las puertas del andén. La formación esperaba con su humo finito subiendo recto en el aire frío de la mañana. Los coches eran los de siempre, con el techo curvo, la madera lustrada por tantas manos, las ventanillas chicas. Nicasio subió despacio, contó los escalones por costumbre y encontró el asiento que decía su pasaje: coche tres, ventanilla, mirando hacia adelante. Se sentó. Puso el termo de Berta en el lugar de al lado, con las dos manos, como se acomoda a una persona.

    Adentro olía a madera tibia y a café recién hecho del coche cafetería. En el medio del pasillo, la salamandra ya estaba prendida, redonda y negra, con ese tic tic del metal que se calienta. Nicasio se quedó escuchándola. Él había armado salamandras como esa, había aprendido a reconocer el tic parejo de la que tira bien.

    La nena de la vitrina se sentó dos asientos más atrás, con la madre y un hermano chico. Un hombre pasó con una guitarra y se paró a afinarla en la plataforma.

    La locomotora silbó. Nicasio sintió el tirón en la espalda, antes del movimiento, y levantó la cabeza por reflejo, como si alguien lo hubiera llamado por el apellido. Algo no sonaba bien. Una vibración fina, de la tercera rueda motriz, un golpecito que no estaba en su cabeza de hacía veinte años. «Es el contrapeso», pensó. «Hay que verlo.» Estuvo a punto de pararse.

    Se quedó donde estaba. Miró el termo, miró la ventanilla.

    —Es el contrapeso, ¿no? —dijo la nena, que había aparecido en el pasillo, agarrada del respaldo—. Mi mamá dice que no es nada, pero usted puso la misma cara que cuando escuchó lo de la llave.

    —Qué oído tenés vos.

    —Soy de acá. ¿Usted lo arregla?

    —No. Hoy no. Hoy voy de pasajero.

    La nena lo pensó con mucha atención y se sentó enfrente, sin pedir permiso. Afuera pasaban las chacras, un alambrado con un caballo parado, los álamos que ya soltaban las hojas. El tren tomaba las curvas con una paciencia de otro siglo, y en una de ellas Nicasio vio, por la ventana de enfrente, la cola de la formación doblando detrás de la máquina como un renglón torcido.

    —¿Cuántas curvas tiene? —preguntó la nena.

    —Hasta Nahuelpan, cuarenta y nueve. Hasta Jacobacci, más de seiscientas.

    —¿Usted las contó?

    —Mi señora las contaba. Yo trabajaba.

    No supo por qué lo dijo. La nena no preguntó más. Sacó del bolsillo una galletita, la partió al medio y le dejó la mitad sobre la rodilla, y él la comió despacio mirando el campo.

    En Nahuelpan bajaron todos. Había una feria de artesanías con puestos bajo las lonas, mantas tejidas, cuchillos, mate de calabaza, y una mujer mapuche sirviendo tortas fritas en una chapa. Nicasio no compró nada. Se quedó mirando cómo la locomotora hacía las maniobras para dar la vuelta, el maquinista parado en el estribo, el fogonero con la mano en la palanca. Reconoció la forma de apoyar el pie. La misma que le había enseñado a otros, hacía mucho.

    A la vuelta, en el tramo largo, la gente fue yendo hacia las ventanillas del lado izquierdo, porque se acercaba la curva donde el tren dibuja casi un huevo sobre la estepa y todos quieren la foto de la formación entera. Hubo un revuelo de celulares y de risas. El hombre de la guitarra empezó a tocar algo despacio.

    Nicasio no se movió. Tenía el termo en el asiento de al lado y una ventanilla chica con vidrio un poco ondulado, de esos que deforman el paisaje y lo vuelven más suave. El golpecito de la rueda seguía, parejo, y por primera vez no le dolió oírlo. Era un ruido que alguien más iba a arreglar.

    Abrió el termo y se sirvió un poco de mate cocido en la tapa. La salamandra hacía tic, tic, tic, y el tren iba doblando de a poco hacia Esquel, con una mujer sentada a su lado que nadie más podía ver, mirando también por la ventanilla, contando las curvas.

  • El último coche de Gumersindo

    El interno 114 salió de la cabecera de Constitución a las cinco y diez de la mañana, con el vidrio del parabrisas todavía empañado por dentro. Gumersindo Paz lo limpió con la manga del buzo antes de arrancar, como hacía desde hacía treinta y un años, y se quedó un segundo mirando la ciudad que se armaba despacio: los puestos de diarios levantando las persianas, un perro durmiendo sobre una rejilla caliente, el vapor del café que alguien sacaba por la ventana de un bar.

    Era un jueves de julio de 2010. El lunes, el coche pasaba a otras manos. Su padre lo había comprado en los años sesenta, cuando la línea todavía era una sociedad de socios componentes, gallegos y asturianos casi todos, cada uno con su unidad y su apellido pintado en la chapa. Gumersindo había heredado el número, la chapa y las deudas. Esa mañana había decidido hacer el recorrido entero, de punta a punta, sin saltearse una parada, por si algún día le preguntaban cómo era.

    —Buen día, Gume —dijo la primera pasajera, una mujer con una bolsa de tela llena de panes.

    —Buen día, Lidia.

    Lidia subía todos los jueves en Avenida Rivadavia y bajaba en Avenida Cabildo, donde cuidaba a una señora ciega. Pagaba siempre con monedas contadas y se sentaba en el segundo asiento de la derecha, el de la ventanilla rota que Gumersindo nunca terminó de arreglar porque a ella le gustaba el aire.

    Avenida de Mayo, Callao, las luces de Plaza Italia girando en la calzada circular. El micro se fue llenando de olor a pan, a lluvia vieja y a perfume barato. Un chico con guardapolvo se durmió contra el vidrio. Dos empleados de un banco discutían de fútbol sin levantar la voz. Gumersindo conocía el peso exacto del coche en cada curva, el rezongo de la caja de cambios en la subida de Avenida Santa Fe, el bache de Juramento que había que tomar con la rueda derecha para que el pasaje no se desparramara.

    En Avenida Cabildo, Lidia tocó el timbre y se paró con la bolsa contra el pecho. Antes de bajar se quedó un momento junto al asiento del conductor.

    —¿Es cierto lo que dicen?

    —Es cierto.

    —Y yo que pensaba que ibas a morirte en este volante.

    Gumersindo se rió, y le salió medio torcido. Lidia le dejó sobre el tablero uno de los panes, todavía tibio, envuelto en un papel de diario. Bajó sin mirar atrás.

    Después de General Paz el paisaje se abrió. Los semáforos se espaciaron, las casas bajaron de altura, aparecieron los talleres, las veterinarias, las estaciones de servicio con sus toldos desteñidos. Ya no quedaban pasajeros de pie. En Libertador, pasando Munro, el micro iba casi vacío y Gumersindo vio por el espejo un bulto en el último asiento que no había visto subir.

    Era un hombre mayor, de sombrero, con las manos sobre un bastón. Miraba hacia adelante con una atención extraña, como quien repasa algo que sabe de memoria.

    —Disculpe, ¿hasta dónde va?

    —Hasta donde llegue —contestó el hombre, sin sacar la vista del camino.

    Gumersindo no insistió. Conocía esa voz. No la oía desde 1987, pero la conocía: una voz de Orense, rasposa, que decía las cosas con un tono de orden. Tardó dos paradas en entender que no hacía falta darse vuelta para comprobar nada. Dejó el espejo donde estaba, para que su padre pudiera ver el camino, y manejó con más cuidado que nunca.

    —Acelerás poco, hijo —dijo la voz, desde atrás, a la altura de San Isidro.

    —Es que llevo pasaje, viejo.

    —Eso es lo que está bien.

    No hablaron mucho más. En Avenida Libertador, el sol subió por encima de los techos y entró por los vidrios laterales, y el polvo que flotaba en el aire se puso dorado. Pasaron frente a las quintas, las casas de ladrillo a la vista, un club de barrio con la cancha vacía. Gumersindo bajó un poco la ventanilla y el aire trajo olor a pasto y a humo de leña. Su padre hacía el mismo gesto con la cabeza que hacía cuando estaba conforme: un cabeceo corto, apenas una inclinación.

    En la rotonda de la estación de Tigre el colectivo giró despacio. Del otro lado de los árboles se veía el río, marrón, tranquilo, con una lancha cruzándolo. Gumersindo frenó en la última parada, apagó el motor y escuchó cómo el coche se iba enfriando con su tictac de metal.

    Esperó. Después se dio vuelta.

    El último asiento estaba vacío. Sobre el vinilo gastado había quedado un hueco tibio, como el de un cuerpo que acaba de levantarse, y en el piso, una gota de agua de lluvia que no era de esa mañana.

    Gumersindo bajó, caminó alrededor del coche con la mano apoyada en la chapa, y en el costado, abajo, junto a la rueda trasera, encontró lo que buscaba: el apellido de su padre, Paz, pintado a mano en 1964, apenas visible bajo tantas capas de pintura. Pasó el pulgar por las letras.

    Después sacó el pan de Lidia del bolsillo del buzo, lo partió en dos y comió la mitad sentado en el cordón, mirando el río, hasta que llegó la hora de volver a Constitución.

  • El cinco de Dominga

    Las pavesas de la quema empezaron a caer sobre el patio a las tres de la tarde, finitas y negras, y Dominga Ledesma las fue sacando de las camisetas una por una, como quien saca pelos de un plato. Era fines de octubre, la zafra estaba terminando y el ingenio La Corona todavía largaba humo dulce sobre toda Concepción. Todo lo que se tendía al sol quedaba con olor a caramelo quemado.

    Once camisetas verdes con la franja blanca al pecho colgaban del alambre, con los números cosidos de atrás: el uno, el dos, el tres, hasta el once. Faltaba el cinco. En el cajón de abajo del ropero del club, entre las medias sueltas, había una sola camiseta doblada con el cinco en la espalda. Dominga no la había lavado ni la había tocado en cuatro años.

    Sportivo Gastona, a una cuadra del río, jugaba esa tarde a las seis la final de la Séptima contra el Cuervo, y Dominga lavaba la ropa del club desde que su marido, Ramón, dejó de poder agacharse a juntar los conos. Treinta y un años de lavar las camisetas en la pileta del fondo, con jabón blanco y cepillo de raíz, porque la máquina del club se llevaba los números.

    A las cuatro y media apareció el profe, Chacho Medina, con las zapatillas en la mano y la cara de quien viene a pedir algo.

    —Dominga, ¿tenés la del cinco?

    —Tengo once colgadas. La del cinco no es de nadie.

    —Es que el Joaquín, el flaquito que entró este año, se quedó sin camiseta. La suya se la prestó al arquero suplente, porque a ese se le rompió la de él. Y el pibe no quiere jugar sin número, dice que si no tiene número no vale el gol.

    —Que juegue con el diez.

    —El diez es del Nene Albornoz, y el Nene no se la saca ni muerto.

    Chacho miró el cajón. Dominga vio que lo miraba, y vio también que bajaba los ojos enseguida, igual que la gente baja la vista cuando pasa un velorio. Nadie en el club había dicho nunca la palabra, pero todos sabían de quién había sido ese cinco. Se llamaba Lucas, tenía diecinueve años, jugaba de central y se había ido en moto una madrugada de febrero por la Ruta 38, camino a Aguilares. Era el hijo de Dominga y de Ramón.

    —No te la pido —dijo Chacho—. Te pregunto nomás si hay otra cosa.

    —No hay otra cosa.

    El profe asintió, se calzó las zapatillas bajo el brazo y se fue. Dominga se quedó mirando el alambre con las pavesas moviéndose en el aire, hasta que la sirena del ingenio marcó el cambio de turno y el patio tembló un poquito, como siempre.

    Entró al club. El ropero olía a alcanfor y a pasto cortado. Abrió el cajón y la camiseta estaba ahí, planchada, con el cinco cosido por ella misma en el verano en que Lucas entró a la Primera: los hilos blancos un poco chuecos, porque esa vez le había temblado el pulso de pura alegría. La sacó y la sostuvo contra el pecho. Todavía tenía un olor, aunque ya no era el de él: era el del cajón, el de haber esperado.

    —Lucas —dijo en voz baja, y no supo qué más—. Hay un nene que no puede jugar sin número.

    Nadie contestó, claro. Afuera, alguien pateaba una pelota contra la pared del vestuario, tum, tum, tum, con la paciencia de los de catorce años.

    La llevó a la pileta. Abrió la canilla, frotó el jabón blanco entre las manos y la sumergió. El agua se puso un poco gris al principio, y después clara. Restregó el cuello, las mangas, la franja. Cuando llegó al número lo tocó con las yemas de los dedos, de a una puntada por vez, hasta comprobar que seguía firme. Ramón había dicho siempre que esa costura aguantaba un partido entero y dos de revancha.

    La colgó al final del alambre, al lado de la del once, y la camiseta quedó moviéndose con la brisa que subía del Gastona. Se secó en cuarenta minutos. A las cinco y veinte Dominga la descolgó tibia, le sacó dos pavesas y la dobló como se doblan las cosas que se van a entregar.

    Joaquín estaba sentado en el escalón del vestuario, flaco como un poste, atándose los cordones de la zapatilla izquierda por tercera vez. Cuando la vio levantó la cabeza.

    —Tomá —dijo Dominga—. Es el cinco. Se lava en agua fría y no se le plancha el número, ¿me escuchaste?

    —Sí, señora.

    —No me digas señora. Dominga.

    El pibe agarró la camiseta con las dos manos, despacio, como se agarra algo que está lleno. Se la puso por la cabeza. Le quedaba grande de hombros y ancha de cintura, pero le cayó bien sobre el pecho, y cuando se dio vuelta para saltar los escalones el cinco blanco le brilló en la espalda.

    Dominga no fue a la tribuna. Nunca iba: se quedaba en el patio recogiendo ropa, con la radio de la cocina prendida bajito, y le alcanzaba con el ruido para saber cómo iba el partido. A las siete menos diez escuchó un grito largo que venía de la cancha, el de un gol de los de verdad, y después el golpeteo de la gente en las chapas de la tribuna. Un rato más tarde, cuando ya casi no había luz, entró corriendo Joaquín, transpirado, con las medias caídas y la cara roja.

    —¡Ganamos, Dominga! ¡Dos a uno! El segundo lo hice yo, de cabeza, en el córner.

    —Ah, mirá vos —dijo ella, doblando una media—. Ese era el lugar de Lucas, en los córners.

    Joaquín se quedó callado un segundo, sin saber si había dicho algo mal. Después se sacó la camiseta, la miró de atrás con las dos manos extendidas, y la dejó sobre la pileta, bien estirada, con el cinco para arriba.

    —Se lava en agua fría —dijo.

    —Y sin plancha en el número —contestó Dominga.

    Esa noche, cuando el ingenio largó otra vez su sirena, Dominga colgó la camiseta del cinco en el alambre, entre las demás. Las pavesas seguían cayendo, finas y silenciosas, y ella dejó que se posaran donde quisieran.

  • Lo que sube al techo

    A las siete y diez, con la niebla todavía pegada al Luján como una sábana mojada, Norma Ibarra soltó las amarras de la lancha en la Estación Fluvial de Tigre y contó los bultos del techo, igual que cada mañana. Dos garrafas, un cajón de verduras, una bolsa de portland, una heladera chica atada con cuerdas de colores. Y al fondo, envuelta en una frazada, una bicicleta rodado doce, roja, con dos rueditas de apoyo que asomaban como orejas.

    —¿Esa es la de Joaquín? —preguntó Gabi, el marinero, que tenía diecinueve años y todavía no aprendió a hacerse el distraído.

    —Esa es. Cumple nueve mañana. Que no se entere nadie.

    —Pero si en la lancha va el almacenero de la segunda y se entera todo el Delta.

    —Entonces que se entere, pero que la bici llegue.

    Norma era patrona hacía veintiséis años. Había aprendido el río de oído: el golpe del agua contra el casco le decía cuánta profundidad quedaba, y el humo del escape de las otras lanchas, de colores distintos para que la gente las reconociera desde el muelle, le avisaba quién venía adelante. Esa mañana el río sonaba raro. Sonaba flaco.

    Entraron al Sarmiento con el motor bajo y la gente subiendo y bajando. En cada muelle alguien estiraba el brazo como para parar un colectivo, y ella gritaba el nombre de la parada para que los que dormían en los asientos de madera se enteraran de dónde estaban. Bajó la señora de las verduras. Bajó un hombre con un bidón de nafta. Gabi recibió dos monedas de propina por cada bulto y las guardó en el bolsillo del buzo sin mirarlas.

    Al llegar a la boca del arroyo Espera, Norma frenó. Ya lo sabía antes de verlo. El agua había bajado de golpe con la bajante de la semana, y en la orilla asomaban los troncos negros que nadie recordaba haber visto nunca, con barro seco en la panza.

    —Por acá no entramos —dijo.

    —¿Y la bici?

    —Eso estoy pensando.

    Los pasajeros que seguían más adelante la miraron con la paciencia de quien conoce el río. Uno de ellos, un viejo de gorra, dijo lo que decía siempre en estos casos: que el río hace lo que quiere y que a la lancha no le queda otra que acompañarlo. Norma no contestó. Tenía una regla, la única que nunca había roto: lo que sube al techo llega al muelle. Y el muelle de Joaquín quedaba doscientos metros adentro, arroyo arriba, donde el casco de la lancha se iba a clavar en el fondo como una cuchara en un flan.

    Faltaba la canoa. La canoa de aluminio que colgaba atrás, y que la empresa había puesto para emergencias. Una bicicleta de cumpleaños, según el reglamento, no era una emergencia.

    —Gabi. Bajá la canoa.

    —Norma, ¿vos sabés lo que dice el…?

    —Lo sé. Bajala.

    El pibe obedeció. Entre los dos pasaron la bicicleta del techo a la canoa, cuidando de no rayar la pintura roja contra el borde. Gabi se sentó adelante con la bici entre las piernas, como quien lleva un animal dormido, y agarró el remo corto. Norma se quedó en el puente, con el motor en punto muerto, mirando a los pasajeros.

    —Van a ser diez minutos —dijo—. Si alguien tiene apuro, que lo diga ahora.

    Nadie dijo nada. El viejo de la gorra sacó un mate del morral y lo hizo circular.

    Desde la lancha vieron cómo la canoa se metía en el arroyo, despacito, rozando el fondo con cada palada. Gabi remaba con la espalda recta y la bicicleta se le iba moviendo entre las rodillas con el balanceo del agua. A mitad de camino, la niebla se abrió un poco y se vio el muelle de madera con cuatro pilotes torcidos. Y en el muelle, parado en puntas de pie, un chico flaco con un guardapolvo a medio abrochar.

    —Seguro vino a ver si llega la lancha —murmuró una mujer—. Los chicos de acá miran la lancha como en otro lado miran la tele.

    Joaquín vio la canoa y vio lo que traía. No gritó. Se quedó quieto, con las manos pegadas a los costados, como si un movimiento de más pudiera deshacer la imagen. Gabi amarró de un pilote, subió la bicicleta al muelle y la apoyó sobre las rueditas. Después le dijo algo que desde la lancha no se escuchó. El chico asintió dos veces, muy serio, y se subió.

    Pedaleó. Al principio con miedo, con las rodillas abiertas, y después con más fuerza. Las rueditas golpeaban contra las tablas con un ruido seco y parejo, tac, tac, tac, que el agua devolvía de las dos orillas y que llegó hasta la lancha un segundo tarde, desparejo, como si el arroyo entero estuviera aplaudiendo despacio.

    Norma apagó el motor para escucharlo mejor. Ni se dio cuenta de que lo había hecho.

    —Lo que sube al techo llega al muelle —dijo en voz baja, sin dirigirse a nadie.

    —¿Qué? —preguntó el viejo, alcanzándole el mate.

    —Nada. Que hoy llegamos tarde al resto del recorrido.

    —Y qué —dijo el viejo—. El río no se corre.

    Gabi volvió remando, con la canoa liviana y las manos rojas de tanto esfuerzo. Se subió a la lancha sin decir palabra, se sacó las monedas de propina del bolsillo y las puso sobre el tablero, junto al timón, como quien paga algo.

    —Guardalas —dijo Norma.

    Arrancó el motor. En el arroyo, el chico seguía dando la vuelta al muelle, ida y vuelta, ida y vuelta, y el ruido de las rueditas sobre la madera las acompañó hasta la primera curva, cada vez más lejos, cada vez más chico, hasta que se mezcló con el agua.

  • La R del facón

    El jueves de la semana de la Tradición, a las siete de la mañana, Fermín Olivera ya había fundido la plata dos veces y las dos veces le había salido mal. La granalla se juntaba en el fondo del crisol con un brillo de agua sucia, y él, que llevaba cuarenta y dos años en el taller de Alsina y General Paz, sabía que cuando la plata no se junta el problema no está en el fuego sino en las manos que la miran.

    Apagó el soplete. Del otro lado de la puerta, la calle empezaba a llenarse de camionetas con patente de Capitán Sarmiento y de Duggan, y de paisanos de bombacha bataraza que caminaban despacio, mirando vidrieras como si no las conocieran de toda la vida.

    Sobre el banco, junto al yunque chico, estaba el encargo: un facón de hoja gastada, con más de ochenta años de afilado hasta la mitad de su ancho, y una vaina de cuero negro sin brocal ni puntera. Ismael Pereyra lo había dejado el lunes envuelto en un repasador.

    —Era de mi viejo —había dicho—. Quiero ir con él en el desfile del domingo. Pero con vaina como la gente, con la plata puesta y el nombre.

    —¿Qué nombre?

    —Las iniciales. Están en la hoja, del lado del talón. Hacelas iguales en el brocal.

    Fermín había limpiado la hoja con un trapo y aceite. Ahí estaban, apenas marcadas por un punzón de campo: una T, una P y entre las dos una letra que no era letra. Tenía un palo derecho, una panza arriba y una patita que se salía para la izquierda en vez de para la derecha, como si el que la hizo hubiera aprendido a escribir en un espejo. No era una R, no era una B. Fermín la miró con la lupa de relojero, la dibujó tres veces en un papel de estraza y la tiró tres veces al canasto.

    A las nueve volvió Ismael, que había dormido en lo de una prima y no se había afeitado.

    —¿Cómo va eso?

    —Va. ¿Tu papá cómo se llamaba?

    —Tito. Tito Pereyra. Toda la vida Tito.

    —T, P. Y en el medio, ¿qué sería?

    Ismael se rascó la nuca.

    —Yo pensé que era un adorno. Algo que le dibujó el que le hizo el facón.

    —Lo marcó él. Se ve que marcó las tres juntas, con el mismo golpe. —Fermín le alcanzó la lupa—. Mirá cómo cierra la panza. Eso no es un adorno, es una letra que alguien no sabía hacer.

    Ismael miró un rato largo. Afuera pasó un sulky con las ruedas finitas y el repiqueteo seco del caballo al trote sobre el asfalto, y los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo, como si la calle los hubiera llamado.

    —Mi viejo trabajó en el campo desde los nueve —dijo Ismael por fin—. Escuela hizo hasta segundo grado, en Villa Lía. Firmaba con una cruz hasta que lo casaron y mi mamá le enseñó la T y la P. Nada más. Después el nombre completo de memoria, pero lo escribía lento, con la lengua afuera.

    —¿Y el nombre completo cuál era?

    —Tito. Ya te dije.

    —Tito es apodo, Ismael.

    Ismael abrió la boca y la cerró. Le quedó la cara de alguien a quien le avisan que un cuarto de su casa llevaba cuarenta años cerrado con llave.

    Esa tarde, mientras Fermín pulía el brocal en el torno con la piedra suave, Ismael fue hasta el Registro Civil con la libreta de familia. Volvió a las cinco, cuando el sol bajo entraba por la puerta del taller y ponía una raya amarilla sobre el yunque. Traía la libreta abierta en la mano, como una bandeja.

    —Teodomiro —dijo—. Teodomiro Pereyra.

    —Ahí tenés.

    —Se avergonzaba. Mi mamá me contó una vez que lo cargaban en el campo y que él decía que se llamaba Tito desde que nació. —Se rió, con los ojos mojados—. Entonces la letra del medio es una D. Una D mal hecha.

    —Una D al revés —dijo Fermín—. Hecha por un hombre que sabía que existía y nunca se animó a mirarla de frente.

    Esa noche, Fermín cerró la persiana del taller con la luz prendida por dentro. Fundió la plata ochocientos, ochenta por ciento plata, veinte cobre, porque un brocal de facón que va a andar a caballo tiene que aguantar golpes, y esta vez el lingote salió limpio, parejo, de un blanco con apenas un dejo de leche. Lo laminó, lo cortó, lo soldó con bórax y un hilo de soldadura, y lo asentó sobre el cuero negro con un martillito de cabeza redonda, golpe por golpe, con el oído puesto en el sonido, que tiene que ser seco, sin eco, cuando la plata ya está abrazando el cuero.

    A las dos de la mañana tomó el buril. Dibujó la T y la P con una mano firme, como había hecho miles de veces. En el medio dudó. Pensó en grabar una D de molde, derecha, correcta, la que cualquier maestra de grado habría aprobado. Después se acordó del palo recto, de la panza cerrada demasiado arriba, de la patita que salía para el lado equivocado. Apoyó el buril, respiró y la grabó igual que la había marcado Teodomiro Pereyra con el punzón en la hoja, torcida, honesta, tal cual.

    El domingo, a las diez de la mañana, en la Plaza Ruiz de Arellano, el desfile empezó con la bandera y las tropillas de pelo overo, y después pasaron los paisanos de a uno, con el rebenque colgado de la muñeca y el sombrero en la mano al pasar frente al palco. Fermín los miró desde la vereda de enfrente, con el delantal todavía puesto debajo del saco.

    Ismael pasó en un tordillo que no era suyo, prestado por la prima. Llevaba el facón cruzado en la cintura, con la vaina nueva y el brocal que agarraba el sol de lleno. No miró a nadie. Pasó con la espalda derecha y la mano izquierda apoyada sobre las tres letras, tapándolas apenas, como se tapa con la palma el hombro de alguien que camina al lado.

    Fermín se quedó mirándolo hasta que el caballo dobló en la esquina de Lavalle. Después volvió al taller, prendió el soplete y empezó otra vez, porque tenía para el martes una hebilla de cinto y la plata, cuando se la trata bien, también se junta sola.

  • El palillo de Anselmo

    Teodora Colque dio el último punto con la luz del domingo entrando de costado por la puerta del patio, y cortó el hilo con los dientes. El pujllay quedó sobre la mesa, del largo de un antebrazo: cuerpo de trapo relleno con chala de maíz, un sombrerito de lana colorada, dos cuentas negras por ojos y una ramita de albahaca seca prendida detrás de la oreja. Hacía cuarenta y un años que lo cosía, uno por carnaval, y cada vez le salía parecido a un chico distinto.

    Esta vez tenía algo en el pecho. Antes de cerrar la costura había metido un palillo de bombo, de madera liviana, con la punta forrada en cuero gastado. Era de Anselmo, que había tocado el bombo en la comparsa desde antes de casarse y había muerto en agosto, de un día para el otro, mientras pelaba habas.

    Afuera sonó una caja, lejos todavía. Era el aviso. Ese domingo, pasadas las jornadas del carnaval, las comparsas llevaban al diablito de vuelta al mojón y lo dejaban dormir hasta el año siguiente.

    Nahuel la esperaba en el zaguán, con la camisa de la comparsa y el celular en la mano. Tenía treinta y cuatro años y llevaba dos de presidente. Se sacó el sombrero cuando la vio.

    —Tía, tengo que decirle una cosa antes de salir.

    —Decime.

    —El baldío de la bajada al río. Lo cerraron el jueves. Están haciendo el cordón de la vereda y pusieron tablones por todos lados. El mojón lo corrieron con una máquina. —Tragó saliva—. Dijimos de hacer el entierro en el patio del local. Hay tierra, hay una piedra grande, el diablo va a estar cómodo.

    Teodora se acomodó el rebozo. Tomó el pujllay con las dos manos y lo apoyó contra el pecho, donde la madera del palillo le hacía una línea dura.

    —El diablo duerme donde lo dejaste, no donde te queda cómodo.

    —Pero tía, es una obra.

    —Es un domingo.

    Nahuel miró hacia la calle, donde ya pasaba gente con las cajas colgadas del hombro y los más chicos con las máscaras debajo del brazo. Después miró el muñeco. Teodora vio que sabía lo que había adentro, porque ella no se lo había dicho a nadie, pero en un pueblo así las cosas se saben por el peso con que se las lleva.

    —Vamos por el baldío —dijo él—. Yo me hago cargo si dicen algo.

    Bajaron en silencio, como se baja al entierro: los músicos con los instrumentos en la mano y sin tocar, los disfrazados sin la cara puesta. Olía a humo de leña, a talco húmedo y a las humitas que alguien venía envolviendo en las casas, para después. El Río Grande iba bajo y marrón, con ese ruido de piedras que rueda todo el año.

    El baldío ya no era baldío. Una cinta amarilla lo cruzaba, y detrás se veía el encofrado de madera, los hierros atados y una hormigonera quieta, con una lona encima. El cordón nuevo corría derecho hasta casi el final del terreno. Donde antes estaba el mojón había una franja de tierra suelta, de un metro de ancho, entre dos tablones, que esperaba el cemento del lunes.

    Nadie dijo nada. Teodora pasó por debajo de la cinta, agachándose como quien entra a una casa de techo bajo. Los demás fueron detrás.

    Un muchacho trajo una pala corta. Cavaron poco, el largo de un brazo. Alguien prendió una brasa y el humo del romero subió recto, sin viento. Cada uno fue pasando frente al pozo con lo suyo: hojas de coca, un chorrito de chicha, vino tinto, serpentina vieja, un puñado de papel picado de los días de carnaval. Nahuel puso un cigarrillo sin prender. Una de las nenas puso una ramita de albahaca fresca.

    Cuando llegó el turno de Teodora, se arrodilló. Le crujieron las dos rodillas y se rió sola, bajito.

    —Ya está, viejo —dijo, y no le habló a nadie de los que estaban—. Tomá el palillo. Acá no hay quien te lo pida, así que tocá cuando quieras.

    Puso al pujllay boca arriba, con la albahaca contra la oreja, y lo tapó ella misma con las manos, apretando la tierra hasta que quedó firme. Después alguien tocó una sola vez el bombo, un golpe grave, y el golpe fue y volvió contra los tablones.

    El lunes a las siete llegó Evaristo, el albañil, con dos ayudantes. Vio la cinta levantada, vio la tierra removida en medio de la franja y las colillas de serpentina pegadas al barro. Se rascó la nuca debajo del casco. Había nacido en Humahuaca y conocía esa tierra removida.

    —¿Qué hacemos, jefe? —preguntó uno de los ayudantes.

    Evaristo miró al cerro, que a esa hora se ponía rojo de a poco. Tomó una piedra del tamaño de un pan y la dejó encima del pozo.

    —Hormigón a los costados. Ahí dejá una ventanita.

    —¿De cuánto?

    —De lo que mide un diablo.

    Un año después, para el desentierro, entre el cemento gris de la vereda y la zanja se abría un cuadradito de tierra con una piedra. Y detrás de la piedra había crecido una mata de albahaca que nadie había plantado. Teodora se agachó con la taza de té que traía en la mano y la regó, sin decirle nada a nadie.

    Esa tarde el bombo sonó desde el primer golpe, y no hizo falta que lo apuraran.

  • La lata verde

    Haydée Evans abrió la lata verde a las siete de la mañana, con la helada todavía pegada a los vidrios de la cocina, y la lata estaba vacía.

    Quedó un rato con la tapa en la mano. Afuera, los álamos del fondo estaban pelados, y más allá, en el cauce del río Chubut, el agua corría marrón y despacio. Era 28 de julio. A las dos de la tarde, en la capilla vieja de Bethel, se servía el té por el desembarco del Mimosa, y la torta negra de la mesa grande era de ella. Lo había sido durante cuarenta años, aunque la receta no era suya.

    La receta era de Megan, su hermana mayor. Megan hacía la torta, Haydée cortaba y servía. Así venía el reparto desde chicas. Pero Megan se había muerto en septiembre, y esa era la primera vez que Haydée tenía que hacerlo todo sola.

    Sobre la mesada, junto a la tetera con su funda de lana colorada, estaba la ficha. Una cartulina amarilla, doblada en cuatro, escrita con la letra inclinada de Megan. Mitad en castellano, mitad en galés. La parte en castellano decía harina, azúcar negra, pasas, nueces, una pizca de clavo, mantequilla, un chorrito de té fuerte. La parte en galés eran apenas tres palabras en el último renglón, subrayadas dos veces. Haydée nunca las había traducido. Su madre hablaba galés en la casa, pero ella lo había perdido de a poco, como se pierde un guante.

    Prendió la cocina a leña. Pesó la harina a ojo, como había visto hacer. Cuando la masa quedó oscura y densa, la metió en el horno, se sentó en la silla de mimbre y se tapó las rodillas con el poncho.

    A las nueve golpearon la puerta. Era Joaquín, el nieto de la vecina, once años, con la mochila del colegio Camwy colgada de un solo hombro y un termo en la mano.

    —Me manda mi abuela con agua caliente para la capilla —dijo—. Y dice que si necesitás ayuda.

    —Pasá, que te congelás.

    El chico entró y miró la mesada con el respeto de quien ve algo que no debería tocar.

    —¿Esa es la torta?

    —Es el intento.

    —Huele bien.

    —Huele a torta. Que es otra cosa.

    Joaquín dejó el termo, se acercó a la ficha y la leyó de pie, moviendo los labios. Después levantó la vista, sorprendido.

    —Esto está en galés.

    —Ya sé que está en galés.

    —Yo sé leer galés. Tengo clase los martes.

    Haydée tardó en contestar. Tenía las manos juntas sobre el poncho.

    —¿Qué dice el último renglón?

    El chico se inclinó sobre la cartulina. Leyó una vez en voz baja y otra más fuerte, con ese acento aplicado de los que estudian la lengua en un aula y no en una cocina.

    —Dice… a ver. Dice «Para el veintiocho, hacela en junio». —Frunció la frente—. No entiendo. ¿Hacer qué en junio?

    —La torta.

    —¿Pero el té no es en julio?

    Haydée se paró. Le crujieron las rodillas. Fue hasta la lata verde, la levantó con las dos manos y la miró por dentro, como si pudiera haberse perdido algo en el fondo.

    —Megan hacía una por año de más. La guardaba para el 28, bien tapada, para que madurara. Yo siempre pensé que la de la capilla salía de la receta. Nunca me di cuenta de que salía de la lata.

    Dejó la lata sobre la mesa.

    —Y este año Megan no hizo nada en junio —dijo despacio—, porque ya no estaba.

    —¿O sí? —preguntó Joaquín.

    Se miraron. Haydée fue hasta el aparador del comedor, el de las puertas de vidrio. Detrás de las tazas buenas, en el estante de abajo, donde nadie guardaba nada porque había que agacharse, encontró un paquete envuelto en repasador de cuadros, atado con hilo de cocina. Pesaba como un ladrillo.

    Desató el nudo con los dedos que le temblaban. Adentro había una torta negra, redonda, firme, del color de la tierra mojada. Tenía una etiqueta de papel prendida con un alfiler. Decía, en la letra inclinada: «Junio. Para Haydée, para cuando se acuerde».

    El chico no dijo nada, que fue lo mejor que podía haber hecho.

    Haydée apoyó la torta sobre la mesa y se quedó un momento quieta. Después sacó el cuchillo largo del cajón, el de mango de hueso, y cortó una rebanada fina. Olía a clavo, a azúcar quemada, a una cocina de hace sesenta años. Le dio la mitad a Joaquín y se comió la otra parada, mirando por la ventana. Estaba mejor que cualquiera de las que ella había servido.

    —¿Y la del horno? —preguntó el chico.

    —Esa la llevamos igual. Es mía, y no me sale tan mala.

    A las dos menos diez cruzaron el puente peatonal junto al río con las dos tortas envueltas, la de Megan en el brazo derecho y la suya en el izquierdo. En la capilla vieja ya había olor a leña, teteras alineadas y gente sacándose las bufandas. Haydée acomodó las dos tortas en la mesa grande, una al lado de la otra, y puso la ficha amarilla abierta entre ellas.

    Cuando la primera señora se acercó a pedir una porción, Haydée agarró el cuchillo de mango de hueso y no preguntó cuál quería. Cortó de la de Megan, y de la suya, y las puso juntas en el mismo plato.

  • El décimo sapucay

    La chapa de la ventanilla ya estaba caliente a las seis de la tarde, y Nilda Benítez la tocó con la punta de los dedos, como se toca una plancha, para saber cuánto faltaba. Faltaba mucho. En Corrientes, en enero, el calor no baja con el sol: se queda a vivir en las cosas. Abrió el cajón, contó los rollos de entradas por tercera vez y puso el termo de tereré en el piso, donde el aire de la sombra era un poco menos malo.

    Desde las siete la gente empezaría a llegar con las conservadoras y las sillitas plegables, los chicos con el pelo mojado de la ducha de las cinco, los mayores con el pañuelo al cuello. Ella cobraba la entrada, devolvía el vuelto y decía «que disfruten» ciento cincuenta veces por noche. Era la décima noche, el cierre. Desde el mediodía el cartel decía AGOTADO, escrito con marcador sobre un cartón, porque el cartel de verdad se había gastado.

    —Nilda.

    Su padre estaba parado del lado de afuera, bajo el alero, con la camisa blanca abotonada hasta arriba y el sombrero en la mano. Don Teodoro Benítez tenía ochenta y un años, había tocado el acordeón de botones en bailes de Mercedes y de Curuzú Cuatiá durante medio siglo, y hacía seis años que no oía ni el timbre de su propia casa. Había venido en el colectivo desde la otra punta de la ciudad, solo, y eso ya era una noticia.

    —Papá. No me avisaste.

    Él leyó los labios, que era lo que hacía ahora con todo, y se encogió de hombros. Sacó del bolsillo una libretita y escribió con la letra grande de los que ya no se escuchan escribir: «No vine a entrar. Vine a estar cerca».

    Nilda miró el cartón, miró la fila que ya se armaba en la vereda, miró el cajón donde guardaba, doblada en cuatro, la entrada que le tocaba a ella por ser del personal, la que nunca usaba porque siempre había alguien que necesitaba el cambio. La sacó. Se la mostró. Él negó con la cabeza, despacio, y escribió: «Adentro es mucho. Me mareo con el ruido que no oigo».

    Era cierto, y ella lo sabía. Los primeros meses, después de que se le apagó el oído, su padre iba a los lugares llenos y volvía enfermo, como si el cuerpo siguiera esperando un sonido que no llegaba y se lo cobrara en vértigo. Dejó de ir. Dejó de tocar. El acordeón quedó en su funda, sobre el ropero, con las hebillas de bronce cada vez más opacas.

    —¿Entonces qué querés?

    La libretita otra vez. «El grito. El de la última noche. Quiero estar cerca cuando lo den».

    El sapucay. Cada noche, a una hora que nadie anunciaba, alguien subía al escenario y soltaba ese grito largo y quebrado que no es de dolor ni de alegría, sino de las dos cosas juntas. Esa noche era el décimo. Nilda lo había escuchado nueve veces desde la ventanilla, con la música llegándole por encima de la pared y de las cabezas, y las nueve veces le había dado un escalofrío en la nuca.

    —Pasá —dijo, y levantó la tabla del mostrador.

    Don Teodoro entró a la boletería, que medía tres metros por dos y olía a tinta, a plata gastada y a repelente. Se sentó en el banquito de ella. Ella le puso el termo entre las piernas y un vaso con yuyos, y él chupó la bombilla con los ojos cerrados, agradecido, como quien por fin llega a una sombra.

    La fila avanzó. Nilda cobró, devolvió vuelto, dijo «que disfruten». Cada tanto miraba de reojo: su padre con el sombrero en la rodilla, mirando el techo de chapa como si leyera algo escrito ahí. A las ocho y diez, desde adentro, llegó el primer golpe grave. Los vidrios de la ventanilla zumbaron. Los chicos que pasaban saltaron un poco, riéndose, y se perdieron corriendo hacia la puerta.

    Su padre abrió los ojos.

    No había oído nada, pero algo le había llegado igual. Puso la mano abierta sobre el mostrador de chapa, plana, con los dedos separados, y la dejó ahí. Nilda entendió. El bombo no se oía, pero se sentía a través de la pared, del piso, del metal. Era el único idioma que le quedaba sin traducir.

    Pasó una hora. Pasaron dos. La fila se acabó y las entradas también, y Nilda bajó la persiana hasta la mitad y se sentó en el cajón de las bobinas, al lado de él, con la espalda contra la pared. La música ya no era música sino temperatura: un pulso lento que subía por el cemento y se les metía en los huesos. Él le seguía el compás con el pulgar, sobre la chapa, medio tiempo atrasado, como siempre había tocado.

    Y entonces la pared cambió. Fue un segundo antes. Nilda lo notó en los pelos del brazo: el pulso se detuvo, y adentro, a doscientos metros de ese cuartito, miles de personas dejaron de respirar juntas. Su padre levantó la cabeza. No había oído nada. Sintió el silencio, que también tiene peso, y supo.

    El grito subió desde el escenario, largo, rajado, y la chapa del mostrador tembló bajo la palma de él como una cuerda tocada. Nilda se tapó la boca. Los ojos de su padre se llenaron y él ni siquiera parpadeó. Abrió la boca. Ella pensó que iba a decir algo, y no dijo: dio un grito. Un sapucay viejo, de garganta oxidada, que no se había usado en seis años y que salió desparejo, demasiado fuerte, sin saber de qué tamaño era.

    Se perdió adentro del otro. Nadie en el mundo habría podido decir cuál era cuál.

    Cuando terminó, él se quedó con la boca todavía abierta, mirándose la palma sobre la chapa. Después sonrió, agarró la libretita y escribió una sola línea, con la letra de siempre: «Mañana me bajás el acordeón del ropero».

    Nilda dijo que sí. Aunque no la oyó, él lo leyó en los labios.

  • El ojo del surubí

    A las once de la noche, en el galpón de las vías viejas, el único ruido era el del alambre caliente entrando en el telgopor. Un chisporroteo finito, como grasa en una sartén chica. Walter Schönfeld movía la mano despacio, sin apurar el corte, y el olor a plástico tibio se mezclaba con el de la cola vinílica que se secaba en los tachos. Era noviembre. A dos cuadras, el Corsódromo dormía vacío, con los palcos desnudos y los pastos altos en la zona de la ex estación. Pero ahí, en los galpones, el carnaval de enero ya había empezado hacía rato.

    Tenía setenta y un años y cuarenta y dos de tallador. Había hecho dragones, soles, un Quijote de ocho metros que se le doblaba en el cuello y un ángel que nunca lo convenció. Esa noche tenía delante el pez. Un surubí de seis metros, tendido sobre caballetes de hierro, con la boca abierta y el lomo pintado a medias. Le faltaba una sola cosa: el ojo.

    —Walter, ¿todavía acá? —Facundo apareció en la puerta con el mate abajo del brazo. Era el director de la carroza y tenía treinta y cuatro años, el celular siempre en la mano y la cara de no dormir desde octubre—. Mirá que mañana viene el chico de las luces.

    —Ya sé.

    —Le pedí un ojo con LED. Un aro que gire, de esos que cambian de color. Cuando la carroza entre a la pista, el pez tiene que guiñar. El jurado se lo come con los ojos.

    Walter no contestó. Se limpió las manos en el pantalón y miró al pez. Facundo se acercó, le cebó un mate y se lo dejó en el caballete.

    —No me mirés así. Es lo que se usa ahora.

    —Yo no dije nada.

    —Por eso.

    Se quedaron un rato callados. Después Facundo se fue, y desde el pasillo se oyó la voz de su hijo, Thiago, que tenía nueve años y dormía en una bolsa de dormir arriba de unos rollos de tela, porque la madre trabajaba de noche en el hospital y no había con quién dejarlo.

    Walter volvió al pez. Tenía el ojo dibujado con tiza, un círculo del tamaño de un plato playo. Pero no lo cortaba. Lo que Walter quería tallar no era un ojo de carnaval. Era el ojo de un surubí que había visto a los diez años, en el puerto viejo, el día que su padre y su tío sacaron uno de la corriente y lo dejaron un rato sobre las tablas, todavía vivo. Un ojo negro, húmedo, sin nada adentro que pidiera algo. No suplicaba ni brillaba. Miraba al río, no a la gente. Cuarenta años después todavía se acordaba de que ese ojo lo había hecho sentir pequeño.

    Cortó. Primero la cuenca, hundida, con el borde un poco hinchado, como lo tienen los peces grandes. Después fue sacando el párpado de piel, con el alambre en ángulo y el pulso firme, aunque la mano derecha ya le temblaba por la humedad de noviembre. Pasó la lija fina. Pasó la cartapesta, capa por capa, con el papel madera rasgado a mano. Hacia las dos de la mañana tenía la cuenca lista y empezó a pintarla con un negro espeso, mezclado con un poco de azul oscuro y cola.

    A las dos y media se cortó la luz.

    No fue solo el galpón. Se apagó la cuadra entera, después el barrio, y por las ventanas altas dejó de entrar el naranja de las lámparas de la calle. Walter se quedó con el pincel en el aire. Oyó un crujido atrás, el de la bolsa de dormir, y unos pasos chiquitos.

    —Abuelo Walter, ¿qué pasó?

    —Se fue la luz, Thiago. Volvé a dormir.

    —Tengo miedo del pez.

    Walter buscó a tientas la linterna del taller, una Eveready vieja de las que se golpean contra la mano para que prendan. Prendió. El haz cayó sobre el lomo del surubí y lo hizo enorme, una sombra con escamas. El pibe se agarró de su campera, y los dos se quedaron mirando.

    —¿Por qué no tiene ojo?

    —Tiene. Todavía está fresco. Esperá.

    Walter movió la linterna sobre la cuenca y la luz rebotó en el negro húmedo. Se juntó en un punto chiquito, justo en el centro, y el ojo pareció abrirse hacia adentro. El pez, que un minuto antes era una cosa grande y torpe de telgopor, de pronto miraba. Pero no a ellos. Miraba más allá, hacia la pared del fondo, hacia la puerta, hacia donde en algún lugar pasaba el río.

    Thiago dejó de agarrarle la campera.

    —Está mirando el agua —dijo.

    Walter apagó la linterna de golpe, a propósito, y el galpón volvió a ser oscuro. Los dos oyeron el aire pasar por la chapa del techo.

    —¿Te acordás de eso cuando seas grande? —preguntó Walter, bajito.

    —No sé. Capaz.

    —Acordate.

    La luz volvió a las tres y diez con un golpe seco. Se encendieron los tubos, el heladero del fondo zumbó, y el pez quedó otra vez bajo la luz blanca del galpón, un poco ridículo, con la boca abierta y el lomo a medio pintar. Thiago ya dormía sentado contra los rollos de tela. Walter lo tapó con la bolsa, lo levantó un poco para acomodarle la cabeza, y volvió a la cuenca. Le puso la última capa de barniz, al agua, grueso, con un pincel que ya no soltaba pelo. Esperó mientras se secaba y se tomó el mate frío que le había dejado Facundo.

    A la mañana el director llegó con el chico de las luces. Se pararon frente al pez con el aro de LED en la mano. Nadie dijo nada durante un rato largo.

    —Es un ojo muy… —empezó Facundo.

    —Apagado, sí —dijo el de las luces, por decir algo.

    —Probalo —pidió Walter, sin darse vuelta—. Con el reflector grande, el del techo. Si no te gusta, yo mismo le saco el negro.

    Prendieron el reflector. La luz entró en el ojo, se juntó en el centro y el surubí miró otra vez hacia la pared del fondo, hacia donde corría el río. Facundo dejó el aro de LED sobre el caballete.

    En enero, el sábado de la primera noche, la carroza salió a la pista entre las baterías y las plumas, con la gente de pie en los palcos y los reflectores girando. El pez pasó lento, enorme, con todo brillando alrededor: las escamas con lentejuelas, las aletas con espejitos, la boca llena de luz. Lo único que no brillaba era el ojo. Era un ojo negro y quieto que no le pedía nada a nadie. Y por un momento, cuando la carroza dobló frente a los palcos, los que estaban más cerca dejaron de aplaudir y se quedaron mirando hacia donde miraba el pez.

    Walter lo vio desde la reja, con un nieto de nueve años sentado en los hombros que no le soltaba el pelo.