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  • La botella de tapa roja

    La sudestada venía anunciada desde el martes, pero Reinaldo Cabral la sintió recién el jueves a las seis de la mañana, cuando la lancha, amarrada en la dársena uno del Puerto de Frutos, empezó a tironear de las cuerdas como un perro que huele la comida. Sesenta y tres años, treinta y uno de almacenero fluvial. Conocía ese tirón. El río de la Plata estaba empujando agua hacia adentro y el Delta, que no tiene adónde mandarla, se la iba a quedar.

    Cargó lo de siempre. Garrafas de diez kilos, yerba, fideos, aceite, pilas, soda en sifón, un rollo de alambre, cuatro paquetes de velas para los que se quedan sin luz cuando sube el agua. Lo hizo despacio, con las manos que ya sabían solas. Era su último recorrido. El sábado le entregaba la lancha, la Cacharpaya, a un sobrino de su cuñada que quería convertirla en paseo para turistas, con toldo, parlante y cartel.

    —Tío, si salimos a las siete llegamos a la boca del Carapachay antes de que cierre el viento —dijo el muchacho, que ya había venido a probar el timón dos veces y todavía no sabía dónde se apoyaba el pie para que el motor no tosiera.

    —Hoy el timón es mío. Vos mirás y cebás mate.

    Salieron por el Sarmiento con el cielo del color del hormigón. En cada muelle, la misma escena: un hombre o una mujer esperando con el bolsillo listo, una bolsa de nylon, una frase corta. Cuántas garrafas quedaban. Si había pan. Si él pensaba que esta vez iba a pasar de verdad. Reinaldo contestaba que sí a todo, aunque no supiera. Les daba el vuelto exacto y les ataba bien la soda al pilote.

    A las diez y media, ya en el Caraguatá, el agua había subido un palmo contra los pilotes y las isleñas sacaban los colchones al altillo. Quedaba una sola parada, la que él guardaba siempre para el final: un muelle de tablones grises al fondo de un canal angosto, con una casa de chapa verde sobre pilotes altos y un ciruelo torcido. Nunca había visto a nadie allí.

    Sobre el último tablón, colgada de un clavo, estaba la botella de plástico de dos litros con la tapa roja. Adentro iban siempre un papel doblado y billetes con una piedrita encima para que no volaran. El papel decía la lista, con letra grande y temblona, en lápiz de carpintero. Una garrafa. Un kilo de yerba. Fósforos. Reinaldo dejaba lo pedido sobre el tablón y el vuelto en la misma botella. Treinta y un años. Dos o tres veces, una cortina se había movido en la ventana. Nada más.

    —Ahí está —dijo el sobrino, y se acomodó para saltar al muelle como siempre saltaba Reinaldo.

    —Quedate.

    Sacó la botella del clavo. Esa mañana el papel tenía tres renglones y el último estaba escrito de otra manera, más apretado, con menos firmeza: Si puede, que alguien suba la garrafa y la yerba al altillo. No me da el cuerpo. Disculpe.

    Reinaldo leyó eso dos veces. Después miró el agua, que ya lamía el tercer escalón de la casa, y el cielo, que se cerraba por el este. Ese día no iba a haber otra lancha.

    —Tío, no hay tiempo —dijo el muchacho—. Dejá el pedido y vamos.

    —Treinta y un años lo dejé en el tablón. Hoy no.

    Subió al muelle con la garrafa al hombro. Los escalones de la casa estaban mojados y resbalosos, y se sostuvo del pasamanos de caño. Llegó a la puerta, que tenía una cortina de plástico a rayas del lado de adentro, y por primera vez en tres décadas hizo lo que hace cualquiera en cualquier casa. Golpeó tres veces.

    Pasó un rato largo. Se oyó un arrastrar de zapatillas.

    —Está abierto —dijo una voz finita.

    Adentro olía a leña fría, a membrillo y a trapo de piso. En una cama de hierro, sentada con una manta marrón en las rodillas, había una mujer muy chiquita, de ochenta y tantos, con las manos hinchadas de artrosis apoyadas sobre la tela como dos herramientas viejas que ya no se usan.

    —Usted es Cabral —dijo ella.

    —Reinaldo.

    —Ofelia Báez. —Lo miró de arriba abajo, con un respeto parecido a la desconfianza—. Pensé que era más alto. Por la voz, de la lancha.

    —Es la bocina. Hace parecer a todos más altos.

    Subieron juntos, él y el sobrino, que había terminado amarrando la lancha al ciruelo y siguiéndolo sin que nadie se lo pidiera. Llevaron la garrafa, la yerba, los fideos y las velas por una escalera de madera hasta el altillo, donde Ofelia ya tenía un colchón, una pava y un par de frazadas. Calcularon el agua. Si llegaba al piso de abajo, el altillo aguantaba tres días.

    Cuando terminaron, el viento ya empujaba contra las chapas y por la ventana se veía la cresta marrón del canal.

    —Ahora váyanse —dijo ella—. Antes de que se cierre el Carapachay.

    —¿Y usted?

    —Yo me quedo. Siempre me quedé. —Se rió con un silbido—. Lo que nunca pude fue subir yo sola una garrafa, y no quería pedírselo a nadie. Me daba vergüenza que se enterara.

    —Treinta y un años le dejé la garrafa en el tablón, señora.

    —Y yo se lo agradecí cada vez. —Abrió el cajón de la mesa de luz y sacó un frasco de membrillo con la tapa atada con un hilo—. Esto es para usted. Desde el noventa y tres que lo hago. Todos los años lo dejaba en la botella, ¿y sabe qué? Siempre quedaba atrás. Usted agarraba la plata y el frasco se lo olvidaba en el muelle, y yo lo recogía.

    Reinaldo lo agarró con las dos manos. Estaba tibio de haber estado cerca de la estufa.

    —No me lo olvidé —dijo—. Pensaba que era para los pájaros.

    Ella se rió de nuevo, y esta vez no se tapó la boca.

    Salieron cuando el agua empezaba a tocar el fondo de la lancha. Desde el timón, Reinaldo miró hacia atrás una sola vez. En la puerta de chapa verde, entre la cortina a rayas, Ofelia levantaba una mano hinchada, despacio, como quien despide a alguien que ya sabe que va a volver.

    El sobrino no dijo nada hasta la altura del Sarmiento.

    —Tío —dijo por fin—. Lo del toldo de la Cacharpaya. No sé si se lo voy a poner.

    Reinaldo apretó el frasco de membrillo contra el costado, con el codo, sin soltar el timón.

    —Hacé lo que quieras, pibe —dijo—. Pero dejá siempre la botella de tapa roja en el último muelle.

  • La mano antes que la máquina

    A las seis y diez de la mañana, la niebla todavía estaba pegada a los alambres, y Wenceslao Ñanco ya llevaba media hilera caminada. Las plantas de Cascade pasaban de los cinco metros. Colgaban de los hilos como cortinas verdes, pesadas de conos, y cada tanto una gota fría le caía en el cuello del abrigo.

    Bajó un cono con la mano, lo apretó entre el pulgar y el índice, lo frotó, se lo acercó a la nariz. Nada. Un olor a pasto, a verde, a cosa a medio hacer.

    —Don Wences —dijo una voz atrás—. ¿Otra vez con la nariz?

    Era Lorena Haeberli, la ingeniera que la familia había contratado en octubre. Traía una tablet envuelta en una bolsa de nylon y el termo de mate bajo el brazo. Tenía treinta y dos años, y Wenceslao, sesenta y nueve cosechas.

    —Es lo único que tengo —contestó él—. La nariz.

    —Tengo el medidor de humedad. Ayer dio setenta y seis por ciento en los conos de la hilera cuatro. Es el número. Los alemanes mandaron la máquina para eso, para que arranquemos cuando el número dice.

    —El número dice. El cono dice otra cosa.

    Ella suspiró, pero sin enojo, y le alcanzó el mate. Era el segundo año que discutían lo mismo, y en el primero Wenceslao había perdido: la cosechadora había entrado un martes, cuatro días antes de lo que él quería, y todo el mundo había festejado la velocidad. En el secadero, a la noche, el lote de la hilera siete había salido con poco aroma. Nadie lo dijo en voz alta. Wenceslao sí lo había olido.

    —Mirá el pronóstico —insistió Lorena, y le acercó la pantalla—. Lluvia a partir de las cuatro de la tarde. Si no arrancamos hoy, el lúpulo mojado no seca bien. Y lo que se cosecha un día tiene que estar seco esa misma noche, vos lo sabés mejor que yo. Si se humedece, se degrada.

    —Lo sé.

    —Entonces.

    Wenceslao se quedó mirando el cono que tenía en la mano. Le habían enseñado a distinguir el momento por la lupulina, ese polvito amarillo y pegajoso entre las brácteas. Si al apretar se pegaba a los dedos y dejaba olor a resina y a pomelo, el cono estaba. Si no, no. Se lo había enseñado un alemán de Mallín Ahogado que ya no estaba, con las mismas manos anchas que él tenía ahora y el mismo desprecio por los aparatos.

    —Dame una hora —dijo—. Una. Hago toda la hilera cuatro y la cinco, a ojo. Si en esas dos no encuentro el olor, arranquen con la máquina.

    —Y si lo encontrás en una y no en la otra.

    —Entonces arranquen por la que sí.

    Lorena miró el reloj. Detrás de ellas, en el galpón, se oía el motor de la cosechadora calentándose, un ronroneo parejo, de bicho bien alimentado. Los cosecheros de la temporada ya estaban sentados en los cajones, con las camperas puestas, esperando una orden.

    —Una hora —aceptó—. Hasta las siete y media.

    Wenceslao asintió y siguió caminando. Fue cono por cono, planta por planta, bajando los hilos con la mano izquierda para no romper nada. A los quince minutos tenía los dedos amarillos, aunque sin olor. A los treinta, la niebla empezó a levantarse y mostró, a lo lejos, el filo gris del Cerro Piltriquitrón con una raya de nieve vieja. Entre una planta y otra pasó por la que su finado hermano había atado de chico, con una cinta roja que ya era rosa. Se detuvo un segundo. No le dijo nada.

    A las siete y veinte, en la punta de la hilera cinco, le llegó. Lo primero fue la resina, después algo cítrico, y atrás, bien al fondo, la lúpulo de siempre, la que le recordaba la casa de su madre con las ventanas cerradas. Cerró los ojos. Frotó otro cono, y otro, y otro, y todos le dieron lo mismo.

    Lorena lo esperaba al final de la hilera con el medidor en la mano. Antes de que él abriera la boca, ella levantó la tablet.

    —Setenta y seis —dijo—. Igual que ayer.

    —Hoy está.

    —Ayer también daba lo mismo y vos dijiste que no.

    —Ayer no estaba. Hoy sí.

    Ella lo miró un rato largo. Después se llevó el handy a la boca y dijo, sin apuro:

    —Arranquen. Hilera cuatro primero.

    La cosechadora entró al campo con su ruido grande, y a las nueve ya se veía la primera carga subiendo hacia el secadero, verde brillante, empapada de olor. Wenceslao se quedó parado al borde de la hilera, con los dedos pegajosos. Lorena se le acercó con otro mate.

    —La próxima semana —dijo ella— quiero que me enseñes a hacerlo. A mí. Con la nariz.

    —Lleva años.

    —Tengo tiempo. Hasta que llueva.

    A las cuatro de la tarde empezó a llover, fina, de costado, contra los vidrios del galpón. Para entonces el último fardo ya estaba seco y cerrado, y adentro, entre las bolsas, el aire olía a pomelo.

  • Doce centímetros

    El Aldebarán entró a la bahía con el sol todavía bajo, ese sol de fines de octubre que en Ushuaia no calienta pero ilumina hasta el último clavo. Nelly Cárdenas llevaba el timón con una mano y con la otra se sostenía el termo contra la panza. Atrás, en la bodega, iban cuarenta y tres centollas macho y un silencio que le pesaba más que ellas.

    Hacía dos meses que Aníbal no subía a bordo. Lo había reemplazado un pibe de Río Grande, Lucio, que vomitó hasta pasar la primera boya y después aprendió a coser malla sin quejarse.

    —¿Es acá? —preguntó Lucio, mirando el muelle artesanal.

    —Es acá. Y agarrá el cabo, que no es de adorno.

    Amarró con dos vueltas y un seno. Sabía lo que mandaba la norma: carga a bordo, control antes de soltar nada, nadie toca nada hasta que el inspector firme. Lo sabía de memoria, porque Aníbal se lo repetía cada vez que volvían.

    Arriba esperaba la inspección. No era el de siempre. Era una chica joven, con campera naranja de la provincia, una tablet en una mano y un calibre digital colgado del cuello con un cordón. Se presentó: Agostina.

    —Buen día. Control de desembarco. ¿Me abre la bodega?

    Nelly abrió. Agostina bajó con cuidado, miró el hielo, las patas largas y rojizas cruzadas unas sobre otras. Empezó a medir. Una, otra, otra. Machos todas, de trece, de trece y medio, de catorce centímetros de ancho de caparazón.

    —Yo mido a ojo —dijo Nelly, para romper algo—. Y con esto.

    Sacó del bolsillo del oleado una tablita de lenga, del largo de una mano. Tenía una muesca profunda en el borde, quemada con hierro. Aníbal la había hecho en 1991, calentando un clavo en la hornalla, contra una medida que le prestaron en la Prefectura. Doce centímetros justos. Nelly la usaba todos los días desde antes de que él se enfermara, mientras él manejaba la lancha, y la seguía usando ahora.

    —Qué linda —dijo Agostina, sin burla.

    Siguió. En el cajón del fondo estaba la centolla número treinta y ocho. Nelly la había medido en cubierta y la había guardado sin dudar: la muesca de lenga cerraba contra el caparazón como una llave en su cerradura. Agostina la puso entre las mandíbulas del calibre y esperó el número.

    —Once con nueve.

    —No.

    —Once con nueve, señora.

    —Con esto me da doce. —Nelly alzó la tablita—. Mire. Justo.

    —Puede ser. Pero la medida que vale es la que me da esto. —Agostina tocó el calibre—. Tengo que devolverla.

    Lucio había dejado de coser y miraba el piso. A Nelly le subió a la cara ese calor de cuando alguien le dice que la mano de su marido vale menos que una pantalla. Treinta y cuatro años de pesca. Dos milímetros.

    —Esta regla la hizo mi marido. Y eso lo hizo una fábrica.

    —Y la regla de su marido puede estar bien. Pero la madera se hincha con el agua y se gasta con el roce. —Agostina no levantó la voz—. ¿Me deja verla?

    Nelly se la dio, con la boca apretada. Agostina apoyó la muesca contra las puntas del calibre y lo cerró despacio. El visor marcó 12,21.

    Nelly miró el número. Lo miró un rato largo, mientras el viento del canal le tiraba el pelo contra la cara y las gaviotas se peleaban por algo en el agua.

    —Doce con veintiuno —dijo Agostina—. Hace treinta años seguro era un doce. Hoy son dos milímetros de más. Cada vez que usted midió y le cerró, midió contra una regla generosa.

    —Entonces alguna que…

    —Puede ser que alguna haya pasado justa, sí. Pero esta no. Y de cuarenta y tres, es la única. Usted mide bien, señora. La que se corrió es la regla.

    Nelly no dijo nada. Pensó en Aníbal midiendo contra la tabla, con la lengua entre los dientes, resoplando. Pensó que él nunca había dejado de devolver una chica al agua, que decía “lo que se devuelve vuelve”, y que jamás se le ocurrió que su propia vara pudiera crecer sin que nadie se diera cuenta.

    Bajó al cajón, levantó la centolla treinta y ocho con las dos manos y la sostuvo un momento a la altura de la cara. Las patas se movían lentas, sin apuro. El caparazón tenía hilitos de alga pegados y un brillo de nácar donde el hielo lo había mojado.

    —Perdoname —le dijo, y no supo a quién.

    La llevó hasta el borde del muelle, entre la defensa de goma y el casco, y la soltó. Cayó al agua verde con un golpe sordo, giró una vez y se hundió despacio, con las patas abiertas, hacia el fondo donde la luz ya no llegaba.

    Agostina firmó la planilla. Cuarenta y dos en regla. Le devolvió la tablita.

    —Si quiere se la lijo en el canto y se la dejo marcada de nuevo. Mi viejo tenía una igual.

    —No. —Nelly giró la tabla entre los dedos, sintiendo la muesca—. Así la dejo. Pero de ahora en más, antes de cada salida la mido contra el calibre.

    —Es lo que corresponde.

    —Ya sé lo que corresponde.

    Agostina sonrió apenas, bajó los ojos a la tablet y fue a esperar el próximo barco.

    A la tarde, Nelly hizo lo último que se le ocurrió. Con el cortaplumas de Aníbal le grabó a la tabla, del lado liso, una segunda marca más abajo, la medida verdadera, copiada del calibre. Dos muescas. Una vieja, que había medido treinta años de pesca honesta con dos milímetros de ventaja, y otra nueva.

    Se la mostró a Lucio, a bordo, con las manos todavía oliendo a sal.

    —Mirá. Esta es la de él, y esta es la nuestra.

    —¿Y cuál usamos?

    Nelly lo pensó mientras ataba las gazas para la próxima salida.

    —La de abajo. La otra la miramos para acordarnos.

  • La eñe trabada

    El flete llegó a las nueve y se estacionó en doble fila sobre la avenida Boedo, con las balizas puestas. Ceferino Lagos lo vio por la persiana a medio levantar y siguió enhebrando el cable del calentador en el enchufe del fondo, como si el camión fuera un vecino que pasaba a preguntar la hora.

    —Ceferino, tenemos que dejarlo libre antes del mediodía —dijo Luciana desde la puerta—. El del flete cobra por hora y los muchachos ya están con las fajas.

    —Una hora —dijo él—. Pagué cuarenta años de alquiler en este fondo. Una hora me deben.

    Luciana tenía veintiocho años, una imprenta de tipos móviles en Villa Crespo y un cheque firmado que ya estaba en el cajón de la mesa de armado. Había venido tres veces en el mes a mirar la linotipo, a pasarle la mano por el flanco de hierro verde, a preguntar cómo se llamaba cada cosa. No era mala. Era joven, que es distinto, y tenía prisa por salvar algo que a él le había tocado ver apagarse despacio.

    La máquina llevaba quince años sin fundir una línea. Ceferino había bajado dos lingotes de plomo de la pila que quedaba junto a la pared, grises, con una capa blanca de óxido que raspó con la cuchara. Los echó en el crisol. Después hubo que esperar. El plomo tarda en entregarse: primero el olor, ese olor a metal tibio y aceite viejo que le volvió entero a la nariz, y recién después el brillo, un espejo chico y quieto en el fondo.

    —¿Qué vas a componer? —preguntó Luciana, sentándose en el banquito de los aprendices.

    —Una sola línea.

    —¿Cuál?

    —La primera.

    En 1968 él tenía dieciséis años y llegó a este taller de los fondos de un pasillo de Boedo, con una carta de la parroquia y los zapatos del padre. Don Fainberg le dio una escoba durante seis meses. Un martes de lluvia le dio por fin el teclado y un papel escrito a mano: un aviso para la sección de clasificados de un diario de barrio. Se alquila pieza amueblada a señorita sola, calle Castro Barros, tratar en el lugar. Noventa teclas, una por una, y Ceferino las apretó con un dedo cada vez, sin respirar, mientras las matrices de latón bajaban del almacén como hormigas en fila.

    Se sentó ahora frente al teclado. El asiento tenía la forma de su espalda, o su espalda la del asiento; ya no se sabía quién había cedido primero. Probó. La primera matriz cayó con el clac seco que él tenía guardado en alguna parte del cuerpo. La segunda, también. A la altura de la palabra señorita se trabó.

    —La eñe —dijo, sin darse vuelta—. Siempre fue la eñe.

    Agarró el destornillador de mango de madera, el que colgaba de un clavo desde hacía medio siglo, y le dio dos golpecitos al costado del almacén. La matriz bajó con desgano. Luciana se rio sin querer y se tapó la boca.

    —Perdón.

    —Reíte. Es lo que hacía Fainberg.

    Terminó la línea. Faltaba la palanca. Ceferino apoyó la mano izquierda en el hierro, que ya estaba caliente, y esperó a que el plomo diera la señal. Desde la calle llegó un bocinazo corto y después la voz de un muchacho que preguntaba si faltaba mucho. Luciana se paró.

    —Un minuto —dijo ella, hacia afuera. Y a él, más bajo—: Tomate el tiempo que necesites.

    Tiró de la palanca. El molde avanzó, el plomo corrió por la ranura, y hubo ese ruido que ninguna otra máquina hace, un resoplido contenido, como de animal grande que se acuesta. La línea cayó en la bandeja. Ceferino la levantó con dos dedos y la sopló. Estaba tibia, con las letras al revés, de derecha a izquierda, tal como se leen en el metal. Él las leyó de corrido, igual que a los dieciséis.

    —Se alquila pieza amueblada a señorita sola —recitó, dándola vuelta bajo la luz del fondo—. Mirá el error.

    —No veo ninguno.

    —Ahora no. El de entonces. Fainberg lo vio cuando ya estaba el diario impreso. Dos mil ejemplares con un aviso que mandaba a la gente a la casa equivocada, porque yo había puesto 1140 en lugar de 1104. Y esa semana, en el 1140, un caballero muy serio abrió la puerta y se encontró con una chica de pelo corto, con una valija, diciéndole que venía por la pieza.

    Luciana esperó.

    —Esa chica era la Nené —dijo Ceferino—. Volvió al taller al otro día, a preguntar quién era el animal que había compuesto el aviso. Y el animal estaba ahí, con la escoba.

    Se quedó mirando la línea. Afuera el motor del flete volvió a ponerse en marcha y se apagó. Alguien había decidido esperar.

    —Nos casamos en el setenta y cuatro —siguió—. La invitación también la compuse yo, de noche, a escondidas del patrón. Cincuenta y dos años. Y ahora el aviso lo compuse bien.

    —¿Por qué bien?

    —Porque se lo debía a la pieza.

    Dejó la línea sobre la mesa de armado, al lado del cheque. Con el trapo se limpió los dedos, uno por uno. Después apagó el calentador y le puso la mano abierta a la máquina en el lomo, un segundo, como se hace con los caballos antes de entregarlos.

    —Llevátela —dijo—. Pero tratala bien. Es de las que se enojan.

    —Te la va a cuidar mi viejo, que fue gráfico —dijo Luciana—. Y la línea, ¿la querés?

    —La línea me la llevo yo.

    La envolvió en un papel de diario, la guardó en el bolsillo de la camisa y salió a Boedo, donde el sol de las diez pegaba en las persianas de la vereda impar. Los muchachos del flete entraron al taller con las fajas. Atrás de él, la linotipo empezó a moverse por primera vez en medio siglo, y el plomo todavía tibio le calentó el pecho a la altura del corazón, hasta la esquina.

  • El repulgue de Marta

    A las nueve menos diez, en el predio Simeón Nieva, Rubén Albornoz acomodó el cuchillo a la derecha de la tabla y después lo volvió a acomodar. Casi treinta mesones en fila, un horno de barro humeando detrás de cada uno, olor a leña de algarrobo mezclado con el de la grasa que alguien ya estaba derritiendo. Caía una llovizna finita que no mojaba pero se metía en la masa. En el mesón de al lado, una mujer de La Rioja, con un pañuelo celeste en el pelo, pasaba la mano por la harina como quien alisa una sábana.

    Rubén tenía cincuenta y ocho años, una camisa planchada de más y el cuaderno de Marta guardado en el bolsillo de atrás. No lo había abierto. Se lo sabía de memoria, o creía sabérselo: matambre hervido cuarenta minutos, cortado a cuchillo, nada de moler; cebolla blanca rehogada con pimentón y comino; verdeo al final, con el relleno ya frío; huevo duro. Marta había salido subcampeona hacía cinco años y cada septiembre decía que la próxima iba a ser la vencida. La próxima fue la que no llegó.

    —¿Es la primera vez? —le preguntó la riojana, sin mirarlo.

    —Se nota.

    —Se nota en el cuchillo. Lo agarrás como si fuera a morderte.

    Rubén aflojó la mano. Sonó el aviso del locutor y el predio entero bajó un cambio. Nueve de la mañana. Había que amasar delante del jurado, cortar delante del jurado, cocinar en horno de barro delante de diez excampeonas que ya estaban sentadas con sus planillas, serias como escribanas.

    La masa le salió bien. Eso lo sorprendió: harina, grasa de pella, agua tibia con sal, sobada hasta que dejó de pegarse a los dedos. La dejó descansar y se puso con el matambre. Dados chicos, parejos. Marta los hacía del tamaño de una uña de meñique, y él los fue calibrando contra la suya, que tenía una cicatriz de cuando se cortó con una chapa en el taller. Rehogó la cebolla despacio. El comino le subió a la nariz y de golpe estuvo en su cocina de la calle Lavalle, un domingo cualquiera, con el cuaderno abierto y Marta diciéndole que no mirara tanto el reloj, que la empanada se hace cuando está.

    Estiró los discos. Once centímetros, ni uno más, porque en esos once cabían los trece repulgues. Trece, uno por cada apóstol y uno por Jesús. Eso lo sabía cualquiera en Famaillá. Lo que no sabía cualquiera, lo que sabía él solo y por eso le sudaban las palmas, era que Marta cerraba los primeros doce de una manera y el último de otra. Los doce los había visto mil veces: pellizco, doblez, pellizco. El trece lo hacía de espaldas a él, apurada, con un movimiento del pulgar que nunca alcanzó a ver, y después ponía la empanada en la asadera y decía «listo».

    Llenó el primer disco. Cerró. Uno, dos, tres. Tenía el ritmo; las manos se acordaban solas. Hizo seis empanadas con doce repulgues perfectos y el último cerrado a la fuerza, un pliegue gordo y sin gracia, como una costura de zapatero. Las miró alineadas sobre la tabla. Cinco minutos para entregarlas.

    —Ese es el que te falta —dijo la riojana.

    Rubén no contestó. Le temblaba el pulso, por primera vez en toda la mañana.

    —Mi suegra hacía uno distinto —siguió ella, y mientras hablaba cerraba una empanada propia, sin mirarla—. Nunca me lo enseñó. Me lo dejó en las manos cuando se murió. No sé explicártelo. Un día lo hice y estaba hecho.

    —Mi mujer —dijo Rubén, y se detuvo. No hacía falta el resto.

    La mujer asintió. Después, sin sacarse el pañuelo ni dejar de amasar, agregó:

    —Hacé la séptima de nuevo. Pero no pienses en cómo. Pensá en dónde estaba ella cuando la cerraba.

    Tomó un disco nuevo. Lo llenó. Cerró los doce, rápido, y llegó al último. Se quedó con el borde entre los dedos. Pensó en Marta junto a la mesada, de espaldas, con el delantal de lunares y la radio puesta bajito, la cabeza un poco ladeada hacia la ventana como si el patio le contara algo. Era eso. No miraba la empanada. Miraba hacia afuera, con la mano trabajando sola.

    Rubén levantó los ojos hacia la llovizna. Y el pulgar hizo un movimiento corto, hacia adentro y hacia arriba, que dejó en el borde una marca chiquita, como una media luna.

    Bajó la vista. Trece. Simétrico con los otros, o casi: la media luna le daba una gracia torcida que ninguna planilla iba a saber puntuar.

    Hizo las otras cinco igual. Entregó a tiempo, con las manos en la espalda para que nadie las viera temblar. En el horno de barro, diez minutos, que a Rubén le parecieron una misa entera. Cuando las sacaron, doradas, con el jugo asomando apenas en la base, el aroma le cerró la garganta.

    No ganó. Ganó una cordobesa a la que nadie conocía, y él quedó lejos de la lista de los primeros. El jurado le dijo, con amabilidad, que al relleno le faltaba un poco de caldo. Rubén asintió. Dio las gracias. Después caminó hasta el fondo del predio, donde la lluvia había dejado charcos entre los gazebos, y sacó del bolsillo la séptima empanada, la que había guardado envuelta en una servilleta de papel.

    Le dio un mordisco. Estaba tibia. El jugo le bajó por la muñeca. Tenía el comino de Marta, la cebolla de Marta y una falla en el caldo que era toda suya.

    Miró el borde, la media luna del pulgar, y siguió comiendo despacio, de pie, mirando hacia afuera.

  • La lata de Gwenda

    La lata estaba en el estante de arriba de la alacena, detrás de los frascos de dulce de cereza, y Ifor Hughes la bajó con las dos manos, como si pesara más de lo que pesaba. Era una lata de galletitas con un velero pintado en la tapa. El velero ya casi no tenía mástiles. Le habían quedado sin color de tanto abrir y cerrar.

    Afuera, en Gaiman, el viento del oeste le sacudía las ramas a los álamos de la calle 9 de Julio. Era un martes de octubre, a media mañana, y el río Chubut pasaba marrón y ancho detrás de las chacras.

    Lo esperaba su nieta Carina en la mesa de la cocina, con la libreta abierta y una birome mordida en la boca. Tenía veintiséis años, un casamiento fijado para el primer sábado de febrero y la idea fija de hornear ella misma el piso de abajo de la torta, como había hecho su abuela Gwenda en 1969.

    —Ya probé cuatro veces —dijo Carina—. Me sale rica, abuelo, pero no me sale la de la abuela. Te juro que sigo la receta del cuaderno al pie de la letra.

    —El cuaderno lo escribió tu bisabuela para que no se le olvidara a ella —dijo Ifor—. No para que se lo entendiera otro.

    Puso la lata sobre la mesa y la abrió con la uña. Adentro, envuelto en papel manteca amarillo y en un repasador que ya no tenía dibujo, había un pedazo de torta negra del tamaño de una caja de fósforos grande. Olía a fruta vieja, a especias, a algo que no era del todo dulce. Olía a ropero.

    —¿Eso es de tu casamiento? —preguntó Carina.

    —Eso es lo que queda del piso de abajo. La tradición dice que se guarda en una lata, y que cada aniversario el matrimonio come un trozo. Nosotros comimos uno todos los años, el 18 de octubre, hasta que ella se murió. Después seguí yo solo, un poquito, para no cortar la costumbre. —Se quedó mirando el papel—. Hoy cumplíamos cincuenta y siete.

    Carina dejó la birome. Nadie dijo nada. En la cocina se escuchaba la heladera y el viento que le pegaba a la ventana.

    —Me queda un solo pedazo —siguió Ifor—. Lo venía guardando. No sabía para qué, y ahora sí sé.

    —No, abuelo. Ese es tuyo.

    —Es de los dos, y ella no está. Mi parte me la como en febrero, en tu casamiento, con la torta nueva al lado. Lo que te toca a vos es probar esto con la lengua y decirme qué tiene. Yo no te lo puedo decir. Nunca me dejó mirar cuando la hacía.

    Carina se acomodó el pelo detrás de la oreja. Con el cuchillo chico, del que usaban para la manteca, cortó una lasquita finísima de la punta. La masticó despacio, con los ojos al techo, igual que Gwenda cuando probaba la sal del guiso.

    —Tiene té —dijo por fin—. Las pasas están remojadas en té, eso ya lo hago. Pero esto es otra cosa. Es té frío. Té de ayer.

    —¿Cómo sabés que es de ayer?

    —Porque es un té cansado. Tiene el gusto que queda en la tetera cuando se la deja con la funda puesta toda la noche. —Se rio, sorprendida de sí misma—. Mi mamá lo tiraba siempre. Se enojaba porque a la abuela le molestaba que lo tirara.

    Ifor se tapó la boca con la mano. Se acordó de pronto de una madrugada de los años setenta, de Gwenda parada en bata frente a la tetera vestida con su abrigo de lana colorado, vaciándola despacio en un jarro de loza. «Esto no se tira, Ifor», le había dicho. «Esto es lo que lo hace durar.» Él se había dado vuelta en la cama pensando que era una manía de galesa y se había dormido otra vez.

    —¿Y cuánto té? —preguntó.

    —Eso no te lo puedo decir hasta que lo haga. —Carina anotó algo al margen de la libreta, con letra apretada—. Pero la fruta tiene que pasar la noche entera, no unas horas. Y es té de la tarde anterior, no del desayuno. Por eso el cuaderno nunca dice nada: la abuela no lo consideraba un ingrediente. Lo consideraba la sobra del día.

    —La sobra del día —repitió Ifor.

    Carina cortó otra lasca, más chica, y se la acercó sobre la hoja de cuchillo. Él la agarró con dos dedos y se la puso en la lengua. Era seca y compacta, con un fondo de clavo y de pimienta de Jamaica, y en el medio, tibio todavía de alguna manera, ese gusto que había tomado durante cincuenta y siete años sin ponerle nombre. Té de ayer. Tardes enteras de una mujer a la que le alcanzaba lo que había en la casa.

    —Es esto —dijo.

    —Es esto —dijo Carina.

    Envolvieron lo que quedaba en el papel manteca, con el repasador por arriba, y volvieron a cerrar la lata con el velero sin mástiles. Ifor la dejó en la mesa, al alcance de la mano, y no en el estante.

    Esa tarde, a las cuatro, Carina puso a calentar la pava en la cocina de su abuelo. Armó el té negro en hebras en la tetera de porcelana y la cubrió con la funda colorada que había tejido Gwenda. Se sentaron a tomarlo, con pan y manteca salada, y cuando las tazas quedaron vacías ella no vació la tetera. Le dejó el resto adentro, tapada, para mañana.

    Ifor miró cómo el vapor se iba apagando bajo la lana y pensó que, por primera vez en tres años, la casa tenía algo guardado para el día siguiente.

  • Veintiocho horas de leña

    El camión de los raídos entró al patio a las seis de la tarde, con el sol bajo y colorado sobre la tierra colorada, y Tomás Zaluski entendió que su abuelo no iba a volver a tiempo.

    Wasyl se había quebrado la cadera el martes, bajando del tractor, y desde entonces dormía en el hospital de Apóstoles con una sonda y el rosario de la vecina enroscado en la baranda de la cama. Esa mañana Tomás lo había ido a ver antes de la escuela. El viejo le agarró la muñeca con una fuerza que no parecía de cama.

    —El camión llega hoy —dijo—. Esa yerba se zapeca antes de las veinticuatro horas o se pierde. Después va al barbacuá y el fuego no se apaga. Veintiocho horas, Tomás. Ni una menos.

    —Mi mamá dice que llame a don Ferreira, el del secadero grande.

    —Don Ferreira tiene cinta transportadora y termómetro. Yo tengo esto.

    Y se tocó la nariz con dos dedos.

    Ahora el camión resoplaba en el patio y los tareferos bajaban los raídos de a dos, grandes bolsones de lienzo atados por las cuatro puntas, cada uno de cien kilos de hoja verde que todavía olía a monte mojado. El capataz le puso el papel del pesaje en la mano y se quedó mirándolo.

    —¿Y tu abuelo?

    —Viene más tarde —mintió Tomás.

    La mamá estaba en el hospital y el papá en Buenos Aires hasta el domingo. En el patio quedaban la perra, el galpón de chapa, el barbacuá con su techo cónico, y un chico de trece años con las manos todavía manchadas de tinta de la escuela.

    Primero el sapeco. Eso lo había visto cien veces: las hojas pasadas por las llamas treinta segundos, el crepitar que parece de granizo sobre chapa, el olor que de golpe deja de ser a hoja verde y empieza a ser a otra cosa. Lo hizo con Beto, el peón, que se fue a las nueve diciendo que su señora lo esperaba y que «el viejo lo hacía solo, pero el viejo es el viejo».

    Después la yerba sapecada subió al zarzo, esa grilla de varas por encima de la hornalla, y quedó tendida como una alfombra seca y pálida. Abajo, en el túnel de ladrillo, el fuego. Wasyl le había enseñado la regla en voz baja, de chico, sin darle importancia: leña dura y seca, eucalipto, lapacho si hay. Nunca pino. El pino llora resina, la resina huele, y la yerba se acuerda para siempre.

    A las once Tomás ya había acomodado tres veces los troncos. A medianoche comió una galleta con dulce de leche, parado, mirando el fuego. A las dos escuchó el zarzo. Tenía un ruido, un tic tic muy flaco de hoja que se seca, y se puso a contarlo para no dormirse. Contó hasta ochocientos. Después contó otra vez.

    Cuando abrió los ojos estaba sentado en el piso del galpón con la espalda contra un tronco, y la luz era distinta. No era la del fuego. Era gris, de antes del alba.

    Se levantó de un salto. Metió la cabeza en el túnel. Brasas. Unas pocas, rojas, pequeñas como ojos de bicho, y nada más. El aire que subía al zarzo estaba tibio y ya no caliente.

    Corrió al montón de leña. Lo de arriba estaba mojado por la llovizna de la madrugada. Al fondo, contra la pared, había un cajón de pino partido que el papá había juntado para el horno de barro. Seco, resinoso, listo para prender en un segundo.

    Se quedó parado con un tronco de pino en cada mano. Casi lloró. Después se acordó del dedo de su abuelo sobre la nariz.

    Los dejó en el piso. Con el cuchillo fue sacando de los troncos mojados la corteza húmeda hasta llegar a la madera clara de adentro, que todavía estaba seca. Hizo astillas finas, las apoyó sobre las brasas, y se agachó a soplar. Una vez. Dos. Diez. Se le nubló la vista y el humo le pegó en los ojos, pero a la quinta ronda una de las astillas se prendió, azul y torcida, y después otra.

    No tuvo fuego hasta las siete. No tuvo fuego como el de su abuelo hasta las nueve. Se quedó con los antebrazos negros y las cejas chamuscadas, y la perra lo miraba desde la puerta con cara de reproche.

    A las diez y media sonó el celular. Era la mamá, con la voz del abuelo detrás, cascada, cerca del tubo.

    —Dice que te pregunte a qué huele.

    Tomás cerró los ojos. Se acercó al zarzo, agarró un puñado de yerba, lo apretó entre los dedos. Crujió.

    —A pan quemado —dijo—. Un poco. Y a humo de leña. Y nada más.

    Del otro lado hubo un silencio largo, de hospital.

    —Eso es —dijo Wasyl—. Eso es, nene. Yo a veces me duermo también.

    Tomás cortó la comunicación. Se sentó junto al túnel con la hoja tostada todavía en la mano. Se la llevó a la boca, la masticó despacio y le supo a tierra colorada, a humo, a madrugada. Faltaban diecisiete horas. Fue por otro tronco.

  • La prueba del pulgar

    El portón de chapa de la conservera se trababa con la humedad, y Graciela Scarpati lo abrió de un empujón con la cadera, como todas las mañanas desde hacía cuarenta años. Adentro olía a sal vieja, a madera mojada y a algo más hondo, que los turistas de la banquina nunca llegaban a sentir desde el otro lado de la calle: el olor de la anchoíta cuando empieza a hacerse.

    Llovía fino sobre el Barrio Puerto. Las gaviotas caminaban por el techo del galpón de al lado con ese paso de empleadas aburridas, y a lo lejos se oía la grúa de alguna cooperativa bajando cajones de plástico a una lancha amarilla.

    Su sobrino ya estaba ahí. Nicolás tenía veintiocho años, un buzo de polar con el nombre de una app bordado en el pecho y un aparatito del tamaño de un encendedor que sostenía como si fuera una vela.

    —Tía, mirá. Mide la salinidad y la temperatura del barril. Te manda un aviso al celular cuando la anchoíta llega al punto. No hace falta que abras nada.

    —¿Y quién te dice el punto?

    —Los parámetros. Los saqué de un manual del INIDEP.

    —Ah, bueno. Si lo dice un manual.

    Graciela dejó el bolso sobre la mesa de acero, se ató el delantal y caminó hasta el fondo, donde estaban los barriles de madera. Eran seis. Cinco los había llenado ella en febrero. El sexto, el más viejo, con los aros de hierro oxidados y una cruz hecha con cuchillo en la tapa, lo había llenado su madre, Antonina, en el último verano en que pudo pararse sola frente a la mesa. Después vino la clínica, después el cajón de pino, y el barril quedó ahí, prensado y callado, esperando que alguien se animara a decir si estaba listo.

    —Mañana viene el de la distribuidora de Córdoba —dijo Nicolás—. Si ese lote está, hay que fraccionarlo hoy. Si no, perdemos la venta.

    —Ya sé.

    —Entonces dejame poner el sensor.

    Graciela se quedó mirando la cruz de la tapa. En su casa nadie había hablado nunca de cuánto tardaba la anchoíta. Se decía «cuando esté». Antonina salaba con las manos, sin balanza, con una pala de lata a la que le faltaba una esquina, y cuando le preguntaban cómo sabía, se encogía de hombros y contestaba en un dialecto del que Graciela solo había aprendido las malas palabras y las instrucciones.

    —Traé el banquito —dijo.

    —¿Para qué?

    —Para que veas. Después ponés tu aparato donde quieras.

    Nicolás suspiró, pero fue. Graciela soltó los aros con el martillo de goma, uno por uno, y levantó la tapa. La salmuera había largado un líquido rojizo, casi marrón. El olor subió de golpe, intenso, y a Graciela se le llenaron los ojos, no de tristeza, o no solo: es que ese olor era la cocina de la calle Vieytes, los domingos, el delantal de su madre colgado del picaporte.

    —Remangate.

    —Tía, no tengo guantes.

    —Mi mamá tampoco tenía.

    Metió la mano hasta el codo y sacó una anchoíta. La sostuvo sobre la palma, con la cabeza hacia arriba, plateada y oscura a la vez, con la piel apenas floja.

    —Primero se mira el color. Tiene que haber perdido el brillo de recién sacada. Si sigue brillando, es pescado, no es anchoíta. Segundo, se huele. No tiene que oler a mar. Tiene que oler a otra cosa.

    —¿A qué?

    —Vos olé y decime.

    Nicolás se acercó con cara de desconfianza. Olió. Se quedó un momento callado.

    —A nuez —dijo despacio—. Como a nuez, pero salada.

    —Eso. Tercero, el pulgar.

    Graciela apoyó el pulgar sobre el lomo, justo detrás de la cabeza, y apretó hacia abajo con una presión corta y firme. La carne cedió sin romperse. Con la uña del índice bajó por la espina, y el filete se abrió de un solo lado, limpio, como un cierre que se corre. En la espina quedó el esqueleto entero, sin un trozo de carne.

    —Si se pega, le falta. Si se deshace, se pasó. Tiene que abrirse así.

    Nicolás miró el filete en la mano de su tía y después el aparatito en la suya. Lo apoyó sobre la mesa, con cuidado.

    —¿Me dejás probar?

    Metió la mano en el barril. Sacó una, torpe, y apretó demasiado fuerte: la anchoíta se le aplastó entre los dedos. Sacó otra. La tercera se abrió a medias. A la quinta, el filete se separó de la espina entero, y él se quedó mirándolo con la boca entreabierta.

    —Está —dijo Graciela—. Este barril está. Mi mamá lo dejó hecho y no se equivocó en nada.

    Afuera había dejado de llover. Por la rendija del portón entraba una raya de luz que caía justo sobre la mesa de acero, y en esa raya brillaban las escamas sueltas.

    Nicolás se limpió el pulgar en el delantal, con un movimiento rápido, hacia un costado, de arriba abajo. Graciela lo vio y tuvo que darse vuelta hacia los barriles para que él no le viera la cara. Era el mismo gesto. Exactamente el mismo.

    —Fraccionamos —dijo, y su voz salió casi normal—. Traé los frascos.

    El aparatito se quedó sobre la mesa toda la tarde, con una lucecita verde que parpadeaba para nadie.

  • Lo que no se oye

    A las cinco de la mañana, en Villa Atamisqui, Hilaria Lescano ya tenía el bombo sobre la mesa de la cocina, boca arriba, como un animal al que hay que revisarle las patas. Afuera todavía no había ni un pájaro. El ómnibus a la capital salía a las seis y media de la plaza, y el bombo tenía que estar afinado antes, porque el sábado era la Marcha de los Bombos y la Luz, su nieta, iba a desfilar con él colgado del hombro.

    Era el bombo de Ceferino. Lo había hecho su marido veinte años atrás, de un tronco de ceibo que dejó estacionar cuatro inviernos en el fondo del patio, con los aros de quebracho blanco doblados en agua hirviendo y el parche de cabra de un animal de ellos mismos, una overa mansa que se llamaba la Pepa. Después de que Ceferino murió, en marzo, el bombo se quedó en el rincón, tapado con una bolsa de harina, y nadie lo tocó hasta que la Luz, que tenía catorce años y un oído que no se lo explicaba nadie, dijo que quería marchar con ese y con ningún otro.

    Hilaria prendió el calentador, puso agua para el mate y se sentó. El parche estaba flojo. Eso lo veía. Pasó el dedo por los tientos, los cueritos de vaca que corrían entre el aro de arriba y el de abajo, y los sintió resecos pero enteros. Había que mojar el parche apenas, de a poquito, con un trapo, y después ir apretando los tientos de a un nudo por vez, en cruz, como se aprieta la rueda de un camión. Después, golpear. Y ahí empezaba el problema.

    Hilaria no oía bien. Hacía tres años que usaba audífonos, y hacía nueve días que uno se le había perdido, seguramente en el corral, entre las cabras, y el otro se había quedado sin pila y la farmacia de Atamisqui no tenía de ese tamaño. En la cocina, el mundo le llegaba como a través de una frazada mojada. Un bombo mal afinado suena a hueco o suena a lata, y ella ya no sabía distinguir cuál de las dos cosas estaba oyendo.

    Mojó el parche. Apretó los tientos. Golpeó con la maza de lapacho, la gorda, la que Ceferino había tallado con la forma de una mano cerrada. El bombo respondió con un ruido que a ella le pareció un trueno lejano y que podía ser perfectamente un cajón vacío.

    —Abuela —dijo la Luz desde la puerta, en camiseta, con el pelo parado—. ¿Estás tocando a las cinco?

    —Estoy afinando. Andá a dormir.

    —Suena sordo.

    Hilaria la miró. La nena lo había dicho sin ninguna crueldad, como quien dice que está nublado.

    —¿Sordo cómo?

    —Sordo. Como si el tiento de la derecha estuviera aflojado. —La Luz se acercó, pasó la mano por el borde y tocó con el dedo dos nudos—. Este y este.

    Hilaria apretó esos dos nudos. Golpeó otra vez. La Luz cabeceó que no, que ahora se había pasado, y Hilaria aflojó medio nudo. Así estuvieron un rato, la abuela con las manos y la nieta con el oído, hasta que el agua del mate hirvió de más y hubo que apagar el calentador.

    —Ya está —dijo la Luz—. Suena.

    —A mí me suena a cajón.

    —Es que no te estoy pidiendo que lo escuches vos, abuela. Es mi bombo.

    Eso último le cayó raro. Hilaria sirvió el mate sin decir nada y se lo alcanzó a la nena, que se lo tomó parada, mirando el patio que empezaba a clarear. Se oían ahora, para la Luz, los primeros pájaros. Para Hilaria no se oía nada, pero vio cómo la nena giraba la cabeza hacia el algarrobo, un poco, como siguiendo algo.

    A las seis menos cuarto se fueron caminando a la plaza, la Luz con el bombo colgado y los palillos metidos en el cinturón, Hilaria con el bolso, el termo y una campera de más. En la plaza ya estaba el ómnibus con el motor prendido y media docena de músicos sentados adentro, con las guitarras entre las piernas y un violín envuelto en un repasador. Cuando subieron, el chofer, que era hijo de una prima, le dijo a la Luz que el bombo iba adelante, en el asiento de al lado, y que lo cuidara como a un nene.

    Fueron por la ruta 9 con el sol en la ventanilla. Hilaria miraba el monte pasar, los algarrobos, los quebrachos, los chañares, y pensaba en que casi todo ese monte, un siglo atrás, se lo habían llevado a los ingenios de Tucumán para alimentar las calderas, y en que Ceferino siempre decía que cada bombo era un árbol que alguien había tenido que decidir cortar.

    En la capital había gente en todas las veredas. Se oían los bombos desde varias cuadras antes, y Hilaria, que no los oía, los sintió igual: en el pecho, en la mesa del café donde se sentó a esperar, en el vaso de agua que temblaba. Así la Luz la encontró después de formar con los demás, entre dos señoras que hablaban de la caravana, con las manos abiertas sobre las rodillas, como quien está calentándose.

    —Abuela, vení, vamos a salir.

    —Yo me quedo acá, te veo pasar.

    —Vení, no seas terca.

    La Luz la agarró de la manga y la llevó hasta el borde de la calle, donde la columna avanzaba lenta, con los chicos, los viejos, los grupos de las peñas, y la acomodó contra la baranda de una vidriera. Hilaria se paró ahí. Venían pasando los bombos de a decenas, y ella sentía cada golpe como un empujón suave en el esternón.

    Entonces la Luz se puso frente a ella, a dos metros, y empezó a tocar. Eran dos golpes al centro y uno al aro, con la maza de lapacho en la derecha y el palillo en la izquierda, un compás que Hilaria conocía de memoria aunque no lo hubiera oído en años. Le llegó entero. No por los oídos, por el piso, por la baranda, por las costillas. Entre todos los bombos de la calle, el de Ceferino se separaba de los demás como se separa una voz conocida en una reunión grande.

    No se sabe cuánto tiempo estuvo así. Cuando la Luz terminó el tramo, Hilaria tenía la mano apoyada contra el casco del bombo, que la nena había arrimado sin que ella se diera cuenta, y la palma sentía la madera de ceibo todavía temblando, tibia, como el lomo de una cabra recién esquilada.

    —¿Y? —dijo la Luz, sin aliento.

    Hilaria no contestó enseguida. Dejó la mano donde estaba hasta que el temblor se acabó.

    —Está afinado —dijo.

    La nena sonrió, se acomodó la correa en el hombro y se volvió a meter en la columna. Hilaria se quedó mirándola ir, hasta que el bombo de Ceferino se perdió entre los otros, y con la palma todavía abierta en el aire siguió, un rato más, sintiéndolo.

  • Treinta días de niebla

    La niebla había bajado del cerro a las cinco y para las seis ya se comía el alambrado. Mauro Quipildor sintió que le mojaba las pestañas mientras cruzaba el patio con los dos tachos de leche, uno en cada mano, tibios todavía contra las piernas.

    En la puerta de la quesería estaba su padre, con el brazo izquierdo enyesado hasta el codo y una campera de abrigo sobre los hombros, sin meter las mangas.

    —Ahí lo dejás —dijo Ramón—. Yo me quedo acá. No voy a abrir la boca.

    —Ya sé, pa.

    —Digo para que quede claro.

    Se había caído de una escalera hacía nueve días, arreglando el techo del galpón, y desde entonces el queso de los Quipildor lo hacía la tía Elvira, que ahora estaba en Tucumán con la prima que acababa de tener familia. Entre los pedidos del hotel, el local de la ruta y los tres clientes de siempre, alguien tenía que cuajar. Mauro había mirado hacer quesos desde que usaba pantalón corto. Nunca había hecho uno sin que otro le corriera la mano.

    Volcó la leche en la olla grande y encendió el fogón de abajo, bajito. La leche tenía que estar a treinta grados, la temperatura de la vaca recién ordeñada, y ese era el primer problema de la tarde: con la niebla, el aire de la quesería estaba helado y la leche se enfriaba más rápido de lo que él la calentaba. Metió el dedo. Metió el codo, como le había visto a su tía. Le pareció que estaba bien.

    Agregó el fermento, tapó con un lienzo y esperó. El fuego chasqueaba. Del lado de afuera, un perro del vecino ladró dos veces y se cansó.

    A los cuarenta minutos levantó el lienzo. La leche seguía siendo leche. Tenía un brillo flojo, de agua con harina, y cuando hundió la lira para cortar no se partió: se dejó atravesar, sin ofrecer ninguna resistencia.

    Mauro apretó los dientes. Miró de reojo la puerta. Ramón miraba el techo con una atención exagerada, como si encima de las chapas hubiera algo muy interesante.

    —Está fría —dijo Mauro, más para la olla que para nadie.

    Silencio.

    —Está fría, no cuaja. Si la caliento de golpe se me arruina.

    Silencio. Ramón se acomodó el yeso y tosió.

    Mauro entendió que estaba solo con el problema y que eso, en el fondo, era el examen. Se acordó de una cosa que decía su abuelo, que en Tafí se hacía queso con la leche, con el cuajo y con la paciencia del que sabe esperar la fogueada. Acercó la olla al fuego, pero no encima: a un palmo, sobre dos ladrillos, y la fue girando de a poco, un cuarto de vuelta cada vez que contaba hasta cien. Le dolían los antebrazos. Le olía la ropa a humo y a suero.

    Pasó media hora. Metió el codo otra vez. Ahora sí, tibia de verdad, como la panza de un animal. Volvió a tapar.

    Cuando levantó el lienzo la leche se había juntado. La cuajada flotaba compacta, blanca, un poco amarilla en los bordes, y el suero verdoso la rodeaba como un charco de lluvia. Mauro hundió la lira y esta vez sintió el corte limpio, ese crujido blando que no se parece a nada. Se le aflojó algo detrás de las costillas.

    —Ahí está —dijo Ramón, desde la puerta, sin moverse. Y enseguida—: No dije nada.

    —No dijiste nada.

    Siguió solo. Desmenuzó la cuajada con las manos hasta que quedó del tamaño de un poroto, le sacó el suero con el cucharón, le echó la sal, veinte gramos por kilo, pesados dos veces porque no se animaba a calcularlos a ojo. Forró el molde con el liencillo, llenó, apretó con las palmas y puso encima la tapa de madera. Le dio la primera vuelta de tuerca a la prensa. Del molde salió un hilo de suero que cayó en la bandeja con un ruido de canilla mal cerrada.

    Para entonces era de noche y la niebla pegaba contra el vidrio como si quisiera entrar a mirar. Ramón se había sentado en un cajón de verduras. Mauro, que lo vio por el rabillo del ojo, no dijo nada tampoco.

    Esa noche dio tres vueltas de tuerca más, a las nueve, a las doce y a las tres, con la linterna del celular y una frazada sobre los hombros. A la mañana sacó el queso del molde. Era una horma redonda, de caras planas, que pesaba un kilo y medio y todavía estaba húmeda y fría como una piedra de río.

    Ramón había abierto el cajón de la mesada, el de abajo, el que tenía llave. Sacó el sello de bronce de la familia, una Q con la pata torcida, que había hecho su propio padre en un taller de Monteros cuando no había plata para otra cosa.

    —Usalo vos —dijo.

    —¿Yo?

    —Es tu queso, ¿o no?

    Mauro tomó el sello. Pesaba más de lo que parecía. Lo apoyó sobre la cara del queso y apretó despacio, sin balancearse. Cuando lo levantó, la Q había quedado marcada, un poco más hundida de un lado que del otro, con la pata torcida como todas las que habían salido de ese bronce.

    —Quedó chueca —dijo.

    —Siempre queda chueca.

    Lo dejaron dos días sobre la mesa de madera, hasta que le salió una piel fina, y después Mauro lo subió al zarzo de caña, al fondo de la sala, entre las hormas de su tía, todas parejas, todas iguales. La suya se veía enseguida. Se quedó mirándola un rato con la linterna apagada.

    —Treinta días mínimo —dijo Ramón desde abajo, sin subir la escalera, porque ya tenía suficiente con el brazo—. No se apura.

    —Ya sé, pa.

    Afuera la niebla se estaba levantando de a pedazos, y por primera vez en toda la semana se vio el cerro.