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  • Por la raíz, no por la punta

    A las cuatro y diez de la tarde, Dalila Reinoso sostenía entre la pinza y el pulgar la lengüeta de un la, y el la sonaba alto. No mucho. Lo justo para que se le erizara la nuca. Sopló de nuevo contra la ranura de la cala, despacio, como le habían enseñado, y la nota salió filosa, un cuarto de punto arriba del diapasón que tenía clavado con una cinta sobre la mesa de trabajo.

    El taller era un salón largo en Cátulo Castillo, en el borde de Parque Patricios donde el barrio ya empieza a ponerse de costado hacia Pompeya. Olía a cola de carpintero, a cuero viejo y a la yerba que el maestro Orestes Vallejos dejaba secándose sobre el radiador. Orestes no estaba. Había salido a las dos con el turno del oculista, el ojo izquierdo tapado con la palma, y había dicho desde la puerta:

    —El Doble A de la señora Maidana lo tiene que llevar hoy. Tiene milonga a las diez. Vos sabés lo que falta.

    Lo que faltaba era ese la. El bandoneón había llegado un lunes, un Doble A de los de antes de la guerra, con el fuelle remendado tantas veces que ya tenía más parche que cuero, y la caja de madera oscurecida en las esquinas por los codos de tres dueños. Orestes lo había desarmado entero. Había cambiado las válvulas, había asentado las lengüetas con cera nueva, y había dejado para el final, a propósito, esa sola voz, porque se había rajado la punta de la lengüeta original y la de reemplazo venía de un instrumento desarmado que nadie reclamó.

    —Es chica la tarea —había dicho—. Pero la va a hacer una sola persona.

    Dalila llevaba dos años en el taller. Sabía limpiar, sabía pegar, sabía distinguir de oído una válvula que pierde aire de una que no cierra. Nunca había afinado una voz sola de un instrumento que fuera de alguien.

    Tomó la lima. Pasó dos veces por la punta, apenas, soplando entre pasada y pasada. La nota bajó un poco, pero se quedó corta de abajo, con un temblor ahí donde debía haber redondez. Pasó una tercera vez. Cuando volvió a soplar, el la había subido.

    Se quedó mirando la lengüeta. Afuera pasó el 188 con un rugido de fondo, y por la ventana alta se movieron las sombras de los cables. Eran las cuatro y cuarenta. Pasó una cuarta vez la lima, porque no sabía qué otra cosa hacer, y esa vez sopló sin ganas de que saliera bien. Salió peor.

    —Pará —dijo en voz alta, sola—. Pará, pará.

    Se sentó sobre el banquito con las manos en las rodillas. Le temblaban un poco. Había una forma de tener un instrumento en las manos que era abrazarlo, y otra forma que era agarrarlo del cuello, y ella sabía en cuál de las dos estaba.

    Recordó entonces algo que Orestes le había dicho un martes de lluvia, sin mirarla, mientras ajustaba un tornillo con la lupa en el ojo: «Si querés bajar, no vayas a la punta. Andá a la raíz. La punta es la que canta, la raíz es la que lo sostiene. Si le sacás peso a la punta, sube. Si se lo sacás al pie, baja. Todo el secreto es ese, y lleva veinte años aprenderlo igual».

    Había creído que era una frase para entretenerla. Ahora la dijo de memoria, moviendo los labios, y agarró la lengüeta por el costado, con la uña apoyada en el borde para no marcarla.

    Fue por el pie. Un roce, una pasada que casi no se oía contra el acero. Sopló. El la bajó un pelo. Otra pasada, más corta. Sopló. Hizo sonar el diapasón de la mesa, hizo sonar la lengüeta, y las dos notas se acercaron una a la otra, se rozaron, se abrazaron con un latido lento, un wah wah que se fue espaciando hasta que dejó de latir.

    Quedó un silencio en el taller. Después ella soltó el aire por la nariz, y casi se ríe.

    A las seis la cera estaba asentada. A las siete y media armó la caja, atornilló los botones de nácar uno por uno y probó el fuelle con la rodilla, abriendo y cerrando sin apretar ninguna tecla. Respiraba parejo, sin escapes. Lo dejó en el estuche con la tapa abierta, como si fuera a comer.

    La señora Maidana llegó a las ocho y diez, con un abrigo verde botella y un termo bajo el brazo, porque no tomaba nada que no hubiera hecho ella. Tenía las manos largas, de nudillos hinchados, y miró el estuche antes que a Dalila.

    —¿Y Orestes?

    —En el oculista. Me dejó a mí.

    —¿A vos?

    —Al la, nada más. Lo demás lo hizo él.

    La señora Maidana se sentó en el banquito, se acomodó las correas en los hombros con un movimiento que seguro hacía desde hacía sesenta años, y apoyó los dedos sobre el teclado de la derecha. Abrió el fuelle. Tocó una escala corta, de abajo hacia arriba, sin apuro, con la cabeza ladeada. Dalila contuvo el aire. La escala llegó al la y no se detuvo. Siguió, subió, bajó, volvió a pasar por ahí.

    Pasó por ahí tres veces. En la tercera la señora Maidana dejó un acorde largo y abierto, de esos que parecen casa con las ventanas abiertas, y lo sostuvo hasta que el fuelle no dio más.

    —Está bien —dijo sin mirarla.

    Después cerró la tapa, pagó en billetes chicos, dejó una factura sin firmar sobre la mesa y se fue con el bandoneón al hombro, bajando de a un escalón por vez, hacia la parada del 188.

    Dalila se quedó sola con el olor a cola y la cinta del diapasón. Levantó la lengüeta rota, la original, y la guardó en el cajón de las cosas que Orestes nunca tiraba. Apagó el radiador. A través de la ventana alta, ya de noche, escuchó, o creyó escuchar, desde algún lugar cerca de la avenida, un fuelle que se abría.

  • El filo de la última tarde

    Eladio Millaqueo afilaba a las cinco de la mañana, cuando el galpón todavía olía a frío y a lanolina vieja y el único ruido era el de la piedra girando en la afiladora. Catorce peines, catorce cuchillas. Les pasaba el pulgar de costado, sin apretar, y si el filo no le decía nada los volvía a la rueda.

    Era el último día de esquila en la estancia, a unos cuarenta kilómetros de Puerto San Julián, y el último de sus treinta y un años con la comparsa. Se lo había dicho al capataz en octubre y el capataz había dicho “ya veremos”, que en Santa Cruz es una manera de decir que sí.

    —Don Eladio —dijo una voz desde la puerta—. El Rubén pregunta si están los peines.

    Era Lautaro, el playero, dieciséis años, la campera abierta y el viento metido en el pelo. Le tocaba contar las latas de cada esquilador y barrer la playa entre oveja y oveja. Era, como siempre, el más joven de la comparsa, y también el único al que Eladio le había dejado mirar cómo se afilaba.

    —Están. Llevalos de a cuatro, no los tires en la mesa.

    —¿Y por qué siempre de a cuatro?

    —Porque cuando yo empecé me los tiraban y se mellaban. Y así me enseñaron a mí.

    Lautaro se rio. Cargó los peines en la caja de lata y salió, y por un segundo entró el ruido completo del campo: el viento del oeste pegándole a la chapa, los corderos en los corrales, el cocinero golpeando una olla para avisar del desayuno.

    A las siete ya estaban los doce esquiladores en la playa, cada uno frente a su brete, y la máquina grande empezó a zumbar con ese sonido parejo que, después de tres días, uno deja de oír. Eladio lo oía igual. Era su manera de saber que todo estaba bien: si el zumbido cambiaba de tono, algún peine andaba flojo.

    Esa mañana el zumbido no cambió. Cambió a las cuatro de la tarde, cuando faltaban cuarenta y tres ovejas y el sol ya se ponía de costado sobre la meseta.

    Primero fue un tosido, después un golpe seco, y después nada. Doce esquiladores se quedaron con la máquina muerta en la mano y la oveja entre las rodillas. El grupo electrógeno, afuera, se había apagado de golpe.

    —Es el filtro —dijo alguien—. Con este viento se tapa.

    —Tres horas, mínimo —dijo el capataz, mirando el reloj—. Y mañana viene el camión por los fardos.

    Las cuarenta y tres ovejas esperaban en los bretes, con la lana larga, balando. Si pasaban la noche así, con el frío, se enfermaban. Eladio lo sabía, y el capataz también.

    Eladio dejó la piedra, fue hasta el fondo del galpón y levantó la tapa de un baúl de madera que nadie había abierto en dos temporadas. Adentro, envueltos en un trapo aceitado, había tres tijerones de esquilar: hojas largas, mango de acero, el resorte en forma de U.

    —¿Eso todavía corta? —preguntó el capataz.

    —Corta mejor que lo que tenés ahí colgado.

    Los esquiladores se miraron. Todos eran de máquina. Dos de ellos, quizás, habían usado tijerón una vez en la vida, de chicos, en el campo de algún tío. Eladio probó el filo con el pulgar, bajó los hombros y se dio cuenta de que le dolían igual que hacía veinte años.

    —Yo hago una —dijo—. Y el que quiera, que mire.

    Agarró una oveja del brete, la sentó con una rodilla en el pecho y empezó por la barriga. El tijerón hacía un ruido distinto, un chasquido corto, de metal contra metal, y la lana se abría en una sola pieza, pesada, blanca por dentro. Tardó diez minutos. Cuando soltó a la oveja, tenía la camisa pegada a la espalda y la mano derecha temblándole.

    —Ahora vos —le dijo a Lautaro.

    —Yo soy playero, don Eladio.

    —Hoy no hay playa. Hay lana.

    Lautaro tragó saliva. Tomó el tijerón con las dos manos, como quien agarra algo que no es suyo, y Eladio se arrodilló a su lado.

    —Más bajo. Apoyá la hoja en el cuero, no la levantes. Dejá que el filo trabaje. Si hacés fuerza, la lastimás.

    La primera oveja le llevó casi media hora y le dejó un par de escalones en el lomo. La segunda, veinte minutos. Los esquiladores terminaron acercándose, uno por uno. Rubén, el más veterano, se agachó junto a un brete, tomó el segundo tijerón, y no dijo nada. Después el tercero lo tomó otro.

    A las siete menos cuarto, cuando el mecánico del campo por fin volvió con el filtro limpio, quedaban seis ovejas, y nadie quiso que arrancara la máquina todavía. Las esquilaron a mano, con el galpón a oscuras salvo por dos lámparas a gas y el viento golpeando la chapa afuera.

    Cuando soltaron la última, el capataz sacó de un bolsillo las latas de la jornada, fichas de metal gastadas por años de mano en mano, y las fue dejando una por una en la lata de cada esquilador. Después hizo algo que Eladio no esperaba: dejó una más, vacía, sobre la tabla de afilar.

    —Esa es la tuya —dijo—. Nunca te la pagamos.

    Eladio no contestó. Se limpió las manos en el pantalón, juntó los tres tijerones, los envolvió en el trapo y los puso otra vez en el baúl. Pero esta vez no cerró la tapa. Lautaro se acercó, con el pelo lleno de lana y las manos hinchadas, y sin decir nada tomó la ficha de metal y la hizo sonar contra el fondo de la lata, una sola vez, como se hace con cada esquilador al terminar la oveja.

    El ruido fue corto y claro. Afuera, el viento no paró. Adentro, el galpón entero lo escuchó.

  • La hora en la pizarra

    El viento bajaba del Cordón del Plata con olor a piedra mojada y le sacudía a Aída Bustos el delantal contra las piernas. Abrió la ventana del buffet de la estación Uspallata a las tres y cuarto de la tarde, como todos los días, y puso la pava sobre la hornalla. Después se quedó mirando la pared del andén, donde faltaba algo.

    Faltaba la pizarra.

    Durante treinta y un años había colgado de dos ganchos, al lado de la puerta de la jefatura. Su padre, Dionisio, jefe de estación hasta que se jubiló, escribía ahí con tiza cada hora de paso: Mendoza, 15.40. Puente del Inca, 17.05. Los choferes de las camionetas que iban a Chile miraban esa pizarra antes que sus relojes. Hacía ocho meses que Dionisio no se levantaba de la cama, y esa mañana, mientras Aída le cebaba mate, él había dicho lo único que pidió en todo el año:

    —Que la hora de hoy quede escrita.

    Ahora los dos ganchos estaban pelados. Aída salió al andén con la pava todavía en la mano, se dio cuenta, y la dejó en el banco.

    —Don Ramírez —le gritó al peón de vía que barría los rieles—. ¿Dónde está la pizarra?

    El hombre se apoyó en la escoba. Tenía la cara cuarteada por el sol de altura y los ojos chicos.

    —Se la llevaron el lunes los de la liquidación. Con el escritorio, el telégrafo y el reloj de pared. Anotaron todo en una planilla. Dijeron que era patrimonio.

    —¿Patrimonio de quién?

    —De Ferrocarriles. Hasta el viernes.

    Era viernes. El último automotor Ganz-Mavag, el que venía de Mendoza haciendo el mismo trayecto que hacían los húngaros desde que los trajeron, pasaba por Uspallata a las cuatro menos veinte y seguía hasta Puente del Inca. Después no habría más. Aída lo sabía desde hacía semanas, igual que todo el pueblo, y había horneado ochenta empanadas de todos modos, porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos.

    Entró a la jefatura, que ya estaba casi vacía. Quedaban un perchero, una silla con una pata atada con alambre y un clavo donde antes colgaba la llave del cuarto de faroles. Revisó los cajones del escritorio que no se habían llevado, porque no había escritorio. Revisó el piso. Entre dos tablas encontró un cabo de tiza de dos centímetros, blanco y redondo de tanto uso.

    —Ya está la tiza —dijo en voz alta—. Falta el resto.

    Ramírez la había seguido hasta la puerta.

    —Nena, no hay dónde escribir.

    —Hay dónde. Ayudame.

    Sacaron del buffet la tapa de madera de la caja de las gaseosas, la limpiaron con un repasador y la apoyaron contra la pared, sobre el banco. No era una pizarra. Tenía grabado a fuego el nombre de una soda de San Rafael y una veta atravesada. Aída pasó la mano por encima y la madera chupó el trapo mojado como si tuviera sed.

    —Va a salir mal —dijo Ramírez.

    —Va a salir.

    Probó la tiza en una esquina. Dejó una raya gris, floja. Probó de nuevo apretando más y la tiza se partió en dos. Se quedó con la mitad en cada mano.

    A lo lejos, río abajo, sonó la bocina del automotor. Todavía no se lo veía, pero el sonido llegó por el valle con el eco de las paredes, largo y un poco desafinado. En el andén empezaba a juntarse gente: la maestra de la escuela, dos camioneros que habían parado a tomar algo, el nene del almacenero con un banderín de Ferrocarriles que ya nadie fabricaba.

    Aída se arrodilló frente a la tapa. Pensó en la letra de su padre, redonda, con los números inclinados hacia la derecha, como si corrieran para alcanzar el tren. Pensó que nunca había escrito en esa pizarra. Ni una vez. Dionisio no dejaba que nadie tocara la tiza, ni a ella, y ella siempre había creído que era por celos del oficio.

    Escribió la M. Salió temblando. Escribió Mendoza completo, y no quedó mal. Después los números: un uno, un cinco, un punto, un cuatro, un cero. Le tembló la mano en el cuatro y lo cerró de más. Lo dejó así.

    —¿Y la de salida? —preguntó la maestra, que miraba por encima de su hombro.

    Aída no contestó enseguida. Debajo de la línea del horario de llegada su padre siempre escribía el de partida. Esa tarde había uno solo que ella pudiera anotar sin mentir, y no era el de Puente del Inca.

    El automotor entró en la curva de los álamos, gris y verde, con las ventanillas encendidas aunque era de día. Frenó despacio. Los camioneros se sacaron las gorras sin ponerse de acuerdo. El maquinista asomó el brazo y saludó, y Ramírez levantó la escoba como si fuera una bandera.

    Aída apretó lo que le quedaba de tiza y escribió, debajo del horario de llegada, una sola palabra, con la letra más derecha que le salió:

    Llegó.

    Se paró, se sacudió las rodillas y fue hasta el vagón con la bandeja de empanadas. Subió los dos escalones. El guarda le recibió la bandeja, probó una, y se quedó mirando la masa en la mano.

    —Es la receta de tu viejo.

    —Es la mía. Pero se parece.

    Cuando el automotor arrancó, ella ya estaba otra vez en el andén. Miró la tapa de madera apoyada en la pared, con la hora escrita en tiza floja y esa única palabra abajo. El viento ya le había borrado un pedazo de la M.

    No la retocó. Entró al buffet, apagó la pava y volvió con dos mates. Le dio uno a Ramírez, y se quedaron los dos parados frente al cartel hasta que el sonido de las ruedas se perdió en la quebrada y quedó solamente el río, sin nada que lo interrumpiera, bajando como siempre por el lado de la vía.

  • La línea del canchero

    Noelia Paz llegó a la cancha del Oeste a las siete de la mañana con el termo, el silbato y una sospecha. El viento norte había entrado de madrugada, ese viento seco de Realicó que arrastra tierra de los lotes recién arados y la deja en los dientes. Desde el alambrado vio lo que temía: las líneas de la semana pasada estaban medio borradas y el área grande del arco sur se torcía hacia afuera como una mala letra.

    Atilio Ledesma había sido el canchero del club durante treinta y un años. Murió en agosto, un martes, y el domingo siguiente se jugó con las líneas hechas por un voluntario que las marcó a ojo. Desde entonces el club le pagaba unas monedas al sobrino, Brian, de diecinueve años, que sabía manejar la máquina de cal pero no sabía para qué servía cada cosa.

    A las ocho llegó Brian, con el pelo mojado y un mate frío.

    —¿Me venís a ayudar o a mirar? —preguntó ella.

    —Me dijo mi tío que con viento no se marca —dijo él—. Que se espera.

    —¿Y cuánto se espera?

    —No me dijo.

    Noelia se rió sin ganas. Era la única mujer que arbitraba en la Liga Pampeana y había aprendido a no discutir con quien tenía razón a medias. A las cuatro de la tarde jugaban el Oeste y un equipo de Quemú Quemú, con la tabla apretada, y cualquier línea chueca iba a terminar en una pelea de tribuna. Ella no pensaba dirigir un partido con un área que no medía lo que tenía que medir.

    Armaron la máquina entre los dos. Brian cargó la cal, un polvo blanco que picaba en la nariz, y probaron un tramo. El viento se llevó la mitad. Lo que quedó en el pasto parecía una nube que se había caído y no sabía cómo levantarse.

    —Ves —dijo Brian.

    —Veo.

    Fue al galpón a buscar una cinta métrica. El galpón olía a aceite de máquina, a pasto cortado viejo y a ese dulzor de la cal húmeda. En la pared, colgados de clavos, había cinco palos de escoba y un ovillo de hilo sisal. Debajo del ovillo, en una caja de zapatos Pampero, encontró un rollo de cuerda fina que no era hilo común. Tenía nudos. Cada cinco palmos, un nudo, y entre nudo y nudo, un trocito de cinta aisladora roja.

    Le llevó un rato entender. Los nudos no medían metros. Medían pasos de Atilio, que era petiso y tenía una cadera mal, y que había hecho esa cuerda para no depender de la cinta del club, que según él estaba estirada de tanto uso. Con un cartelito pegado en el extremo, escrito en lapicera azul: «Área chica: 5,50. Área grande: 16,50. Punto: 11. No usar los nudos negros, esos son de las cortinas».

    Noelia se quedó parada, con la caja en las manos. Después volvió a la cancha y le mostró la cuerda a Brian.

    —Esto lo hizo tu tío.

    —¿Eso? Yo pensé que era para atar la bolsa de cal.

    —Era para esto. Dame una estaca.

    Clavaron una en la esquina del área y otra a dieciséis metros cincuenta, estirando la cuerda entre las dos. Fue Brian el que dijo que había que bajarse y trabajar pegado al suelo, con el cuerpo tapando el viento, y fue Noelia la que le dijo que no pasara la máquina de golpe sino de a tramos cortos, apoyando una rodilla. Marcaron así, agachados, con la cuerda tensa sobre el pasto, avanzando de nudo en nudo. A las once el viento aflojó un poco, y a las doce, cuando pasó por la ruta el camión que baja todos los días con la hacienda, ya tenían las dos áreas del arco sur y la mitad del arco norte.

    Comieron en el borde del campo, sentados sobre un cajón de gaseosas, un sándwich de milanesa cada uno. Del lado de la ruta, los caldenes se doblaban todos para el mismo lado.

    —Mi tío nunca me explicó nada —dijo Brian—. Yo me venía acá cuando era chico y él me daba la máquina para empujar, y ya.

    —Te explicó, solo que no con palabras.

    —Puede ser.

    A las tres y media la cancha estaba lista. Se juntaron algunos hinchas del Oeste en el alambrado, con las camperas puestas y el termo bajo el brazo, y ninguno dijo nada de las líneas. Era lo mejor que podía pasar: que nadie las mirara.

    Noelia se acomodó el silbato, revisó el reloj y cruzó la cancha. Brian se quedó junto al banco con la máquina vacía, sin saber dónde ponerse.

    —Quedate ahí —le dijo ella—. Y si el viento vuelve, no te muevas.

    Los equipos salieron. Noelia midió con los ojos el área sur, recta como un hilo tirado, y pitó. El primer pase fue largo y bajo, y la pelota rodó sobre la línea del área grande y levantó una nubecita blanca, apenas, que el viento se llevó para el lado del pueblo.

  • El agua del molino de Kessler

    El portón no cerraba desde el invierno del noventa y ocho, así que Adela lo empujó con la rodilla y entró primero. Lautaro la siguió con la bolsa de herramientas y una bolsa de harina en la otra mano, porque la abuela había dicho que sin harina no se subía a ningún molino.

    —¿Para qué la harina, abuela?

    —Para después. Vos cargá y no preguntés.

    La chacra estaba a siete kilómetros de Eduardo Castex, sobre un camino de tierra que el viento norte de la tarde había dejado cubierto de un polvo fino, color trigo. La casa tenía las persianas bajas. Atrás, sobre cuatro patas de hierro, el molino miraba para el sur con la cola torcida, la rueda quieta y un nido de calandrias en el hueco del timón.

    El lunes a las nueve venía el comprador, un hombre de Santa Rosa que quería el lote para sembrar y que había dicho, con buena educación, que el molino no lo necesitaba: iba a poner una perforación con bomba eléctrica. Adela había firmado todo. Lo único que le quedaba por hacer era algo que no figuraba en ningún papel.

    —Mi viejo siempre decía que el pan de Castex se hacía con trigo del Volga y agua de molino —dijo, y se sentó en el borde del brocal a sacarse las botas de goma—. Mi mamá amasaba para la fiesta con esa agua. Yo amasé con esa agua hasta que me casé. Quiero amasar una vez más.

    —Pero el molino no anda.

    —No anda hace once años. Por eso te traje.

    Lautaro tenía catorce años y las manos grandes de su abuelo, el que se había ido en el dos mil trece. Abrió la bolsa y fue sacando lo que ella le había hecho juntar: una llave francesa, un tarro de grasa, alambre, un destornillador, una tira de cuero curtido enrollada como una cinta.

    —Eso es del cinto de tu bisabuelo —dijo Adela—. Lo guardé en el cajón de los manteles. El cuerito de la bomba se secó hace mucho, y de otro no me fío.

    Subieron al atardecer, porque a esa hora el viento aflojaba y se podía trabajar sin que la rueda se lanzara. Ella le dio las instrucciones desde abajo, con la mano en visera. Que trabara primero la rueda con la palanca. Que no se pare nunca en la línea de las aspas. Que aflojara la tuerca de la varilla con calma, que estaba vieja pero no era tonta.

    La tuerca cedió con un chillido. Lautaro bajó la varilla con ayuda de la abuela, los dos tirando de a poco, hasta que salió a la luz el émbolo, negro, con el cuerito reseco y partido como una galleta. Adela lo miró un rato largo.

    —Ese cuero lo cambió mi papá en el sesenta y uno, el año que llovió tanto. Se pasó una semana en el barro. Mamá le llevaba el mate al pie de la torre.

    Cortaron el cinto con una trincheta. Lautaro dio vueltas al cuero en la grasa tibia, lo calzó alrededor del émbolo, lo ajustó con alambre fino. Le temblaban un poco los dedos y no sabía si era el frío o la cuenta de todo lo que había hecho solo, sin que nadie le dijera que estaba bien.

    —Así —dijo ella—. Parejo. No lo ahogues.

    Bajaron la varilla otra vez. Ya había oscurecido y arriba la chapa del molino se veía azul contra un cielo que todavía guardaba un borde naranja. Lautaro soltó la palanca. Durante un minuto no pasó nada. Después, desde el sur, llegó una brisa corta, y la rueda dio una vuelta lenta, con un quejido de hierro que hizo callar a los grillos.

    —Vamos —murmuró Adela—. Vamos, vieja.

    La rueda giró de nuevo, y otra vez. El timón se acomodó solo, con un golpe seco, y las aspas se pusieron de cara al viento. Del caño salió primero un ruido de aire, después un chorro marrón que manchó la piedra, después otro más espeso. Lautaro se agachó con el balde. Adela le puso la mano en el hombro.

    —Dejá que corra. Mamá decía que el primer agua es la que paga el atraso.

    Corrió un cuarto de hora. El color fue cambiando, de barro a té, de té a vidrio. Cuando por fin salió clara, Adela se arrodilló, juntó las manos y bebió. Se quedó con el agua en la boca, con los ojos cerrados, como si probara algo que se podía romper.

    —Es la misma —dijo—. Un poco más dura. Pero es la misma.

    Esa noche amasaron en la cocina de la chacra, con el horno de barro que el padre había hecho en el cuarenta y siete y que no se había caído porque era mejor que la casa. Adela midió la harina a ojo, la sal a ojo, el agua a ojo, y Lautaro aprendió a darle vuelta a la masa con el talón de la mano hasta que dejó de pegarse. Afuera, la rueda seguía girando por encima del techo, y el tanque se llenaba con un ruido de agua que no se oía desde hacía una década.

    A las cuatro de la mañana sacaron los panes. Eran siete, chatos, con la corteza clara y una grieta en el medio por donde salía el vapor. Adela partió uno y se lo dio a su nieto antes de probarlo ella.

    —¿Y? —preguntó.

    Lautaro masticó despacio. Miró por la ventana, donde ya se dibujaba la silueta del molino contra la primera luz, con la cola derecha y la rueda entera, soltando agua sobre la tierra seca.

    —Sabe a que el lunes no lo vendemos —dijo.

    Adela soltó una risa corta, y se limpió la harina de las manos en el delantal. Después sirvió el mate y se quedó mirando cómo giraba la rueda, hasta que el sol apareció del lado de Castex, justo detrás del último pan.

  • El ojo que se equivocó

    El error estaba en el cuarto ojo de la tercera fila, y Nemesia Cabrera lo vio recién cuando se le acabó la luz del día y tuvo que acercarse la lámpara al telar.

    Un hilo marrón había pasado por arriba donde tenía que pasar por abajo. Era una cosa de nada, del largo de un dedo, pero en el ojo de perdiz un hilo corrido cambia el dibujo entero: el punto que debía ser redondo salía con una esquina, como un ojo que se achina para mirar mejor.

    Se sentó en el banquito, sin soltar la pala. Afuera, en Londres, los perros ladraban a alguien que volvía tarde por la ruta. En la cocina todavía estaba tibio el mate cebado.

    Faltaban tres días para la Fiesta del Poncho. Hacía cinco meses que tenía urdido ese poncho, lana de oveja hilada por ella, blanco y marrón natural, sin teñir, y hacía dos que lo tejía a la noche, después de la siesta de las ovejas y del último guiso. Lo quería en su puesto del predio, colgado de la barra, con la guarda bien derecha. Para cambiar un solo hilo había que destejer hasta ahí. Eran cuarenta centímetros de trabajo.

    —Dos noches —dijo en voz alta, para oírlo.

    —¿Qué son dos noches? —preguntó Bautista desde la puerta.

    El nieto tenía nueve años y el pelo parado de la almohada. Se había levantado sin que ella lo sintiera, descalzo sobre el piso frío de tierra apisonada y cemento.

    —Nada, mi vida. Andá a la cama.

    Pero el chico ya había cruzado el cuarto. Se paró al lado del telar y miró el tejido con la cabeza ladeada, como mira un pollito.

    —Ese está torcido —dijo, señalando justo el ojo.

    Nemesia soltó el aire por la nariz, entre risa y fastidio.

    —Qué vista que tenés.

    —¿Lo vas a arreglar?

    —Hay que deshacer todo lo de abajo. Se tarda.

    —¿Y si no lo arreglás?

    Lo dijo con la inocencia de quien no sabe lo que está preguntando. Nemesia lo mandó a dormir con la excusa de que a esa hora los chicos se enfrían, y él se fue arrastrando los pies, pero antes de cruzar el pasillo se dio vuelta.

    —El poncho de la bisabuela también tiene uno torcido. Yo lo vi.

    —Ese poncho no tiene nada.

    —Tiene. En el hombro. Yo lo vi cuando lo sacaste a airear.

    Se quedó sola. Lavó la taza, apagó la lámpara del telar, la volvió a prender. A las doce se acostó mirando el techo de chapa, y el viento de la sierra le fue sacando las ganas de dormir hasta que se levantó, abrió el baúl de la pieza del fondo y sacó el poncho de su madre.

    Olía a naftalina y a leña. Era marrón oscuro, de lana de oveja, con una guarda blanca de tres dedos, y lo había tejido Eulalia Cabrera en el invierno del setenta y uno, con una mano más rápida que la suya y un ojo que nunca se cansaba. Nemesia lo había visto sobre los hombros de su madre en todas las misas, en todos los entierros, en todas las siestas de domingo. Lo tendió sobre la cama y lo recorrió con la palma, centímetro a centímetro, como quien busca una espina.

    Lo encontró en el hombro izquierdo. Un cuadro de la guarda tenía un hilo blanco de más, un pelito de nada, apenas una rayita que se metía donde no la llamaban.

    Cincuenta años mirando ese poncho y nunca lo había visto.

    Se sentó en la cama con el poncho en las rodillas. Recordó que, cuando era chica, su madre le decía que a un tejido hay que dejarle una cosa sin terminar de perfecta, para que se note que lo hizo una persona y no el viento. Nunca le había creído; le parecía una frase para consolarse después de una equivocación. Ahora, con el poncho abierto como una tierra labrada, no estaba tan segura.

    Al otro día tejió. No destejió nada: pasó la trama, apretó el peine, pasó la trama otra vez. El ojo torcido quedó donde estaba y el resto del dibujo fue subiendo pegado a él. Bautista, que volvía de la escuela, se paró a mirar sin decir nada y a las cinco le trajo el mate sin que se lo pidieran.

    Lo sacó del telar el jueves a la tarde, con el aire ya frío, y lo plegó con el ojo torcido hacia arriba. Lo llevaron en la camioneta de un vecino, entre un fardo de lana y una caja de sogas, hasta el predio ferial. El viernes, cuando abrieron los pabellones, lo colgó en la barra del puesto, entre un chal y un camino de mesa, y se sentó a esperar con el termo.

    Una mujer de Tucumán lo tocó con los dedos abiertos, midió el largo contra su propio brazo y preguntó el precio. Nemesia se lo dijo. La mujer asintió, pero antes de sacar la plata volvió a mirar la tercera fila.

    —Mire, señora, acá hay uno que salió medio…

    Nemesia abrió la boca para contestar, pero Bautista se le adelantó. Se había subido a un cajón de verduras para llegar a la barra y con el dedo índice, todo sucio de tierra, tocó el ojo torcido con mucho cuidado, como se toca la frente de alguien dormido.

    —Ese es el de mi abuela —dijo—. Es el que no se puede olvidar.

  • El asiento de adelante

    Amadeo Pellegrini llegó a Constitución a las seis menos diez de la tarde, con el saco de los domingos y una bolsita de papel de estraza en el bolsillo de adentro. Hacía veintitrés años que no subía a un 60 como pasajero. Antes había sido chofer, treinta y un años en la línea, y los choferes no pagan boleto, o más bien lo pagan con el cuerpo, con la espalda, con las rodillas que ya no doblan.

    Le habían dicho en el kiosco de la estación que el recorrido se iba a partir. Que los coches que salían de acá, de la plaza, hasta el Tigre y hasta Escobar, ya no iban a existir así, de punta a punta. Se lo dijo el kiosquero con la naturalidad de quien habla del clima, mientras cobraba unos chicles.

    Amadeo no preguntó más. Cruzó hasta la parada, se puso detrás de una señora con un changuito y esperó.

    El colectivo llegó con la puerta abierta y el motor temblando. Era uno de los nuevos, bajo, con rampa y pantallas. Amadeo subió el escalón con la mano derecha en el pasamanos, que estaba tibio, y se encontró frente a una máquina gris con una luz verde.

    —Acá apoyás la tarjeta —le dijo la conductora, sin mirarlo, mientras acomodaba el espejo.

    Era joven, de treinta o menos, con el pelo atado y una campera de la empresa dos talles grande. En el parabrisas tenía pegada una estampita de la Virgen de Luján y, al lado, una foto de un nene en un cumpleaños.

    —No tengo tarjeta —dijo Amadeo.

    —Entonces no podés viajar, señor. Es lo que hay.

    Detrás de él alguien suspiró. Amadeo metió la mano en el bolsillo del saco y sacó la bolsita de papel. Adentro había un boleto largo, angosto, de un celeste desteñido, con los números impresos en tinta violeta y un agujerito perforado en el borde.

    —Este lo corté yo. El último día que manejé, en el noventa y seis. Lo guardé porque era el único que no le di a nadie.

    La conductora lo miró por primera vez. Miró el boleto, después el saco, después las manos de Amadeo, que le temblaban un poco.

    —¿Vos eras chofer del 60?

    —Del 60. Del ramal de Pacheco, casi siempre. Salía a las cuatro y cuarto de la mañana y volvía cuando se me acababa la paciencia.

    —Mi viejo manejaba el 38 —dijo ella, y después, como si se hubiera pasado de confianza, se volvió hacia la máquina—. De todos modos, sin tarjeta no te puedo cobrar. Si no cobro, me descuentan.

    —No quiero que no me cobren. Quiero pagar.

    Se quedaron así un rato, él con el boleto en alto, ella con las dos manos en el volante. Una voz del fondo dijo que había gente que laburaba. La señora del changuito se corrió para dejar pasar a otro.

    Fue la conductora quien rompió el nudo. Sacó de su bolsillo una tarjeta de plástico con un osito de goma pegado, la apoyó en la máquina, y la luz verde hizo un pitido corto.

    —Ya está. Sentate, abuelo.

    —No es un regalo.

    —Es un viaje. Me lo devolvés con una historia.

    Amadeo guardó el boleto y fue a sentarse en el asiento de adelante, el primero, el del lado de la puerta, el que en sus tiempos reservaba para los chicos que iban solos al colegio. Desde ahí se veía todo: el tablero, las manos de la chica, la calle abriéndose adelante como una cinta.

    Salieron por Brasil, después Paseo Colón, después la autopista. Amadeo contaba los semáforos sin querer, como se cuenta de memoria una oración. A la altura de Maipú, cuando el colectivo empezó a vaciarse y el cielo se puso color ceniza, ella le preguntó cómo era antes.

    —Antes se manejaba de oído —dijo él—. Uno sabía cuánto faltaba por el ruido de las ruedas en el empedrado. Y la gente se saludaba al subir. Había un pasajero, un tal Giménez, que me traía mate en un termo todos los viernes y no me dijo nunca una palabra más que “buen día”.

    —¿Y qué le pasó?

    —No sé. Un día dejó de subir. Yo seguí parando en esa esquina un mes.

    La conductora asintió, como si eso fuera una respuesta completa. En la Panamericana se encendieron las luces. Amadeo sintió que el asiento vibraba con una frecuencia que no era la de sus tiempos, más baja, más pareja, pero sintió igual el cuerpo antiguo del trabajo, el cuerpo que todavía sabía tomar una curva.

    Llegaron a Escobar a las ocho y veinte. Quedaban tres pasajeros, que bajaron uno atrás de otro, dando las gracias a la nada. El colectivo quedó parado en la cabecera con el motor al ralentí, y por un minuto nadie dijo nada.

    —Tengo cinco minutos hasta la vuelta —dijo ella—. ¿Querés tocar la bocina?

    Amadeo se rió, un poco por vergüenza, un poco por otra cosa.

    —No sé si se acuerda mi mano.

    —Probá.

    Él se paró con trabajo, apoyó la palma contra el volante y apretó. El bocinazo salió largo, grave, y rebotó contra los galpones del otro lado de la calle. Un perro ladró. Una luz se prendió en alguna ventana.

    Cuando volvió a sentarse, sacó el boleto celeste de la bolsita y lo dejó sobre el tablero, al lado de la estampita de la Virgen.

    —Ahora sí pagué —dijo.

    La conductora lo miró, miró el papel, y no lo tocó. Puso en marcha el motor, y el boleto vibró un instante contra el plástico antes de quedarse quieto, torcido, con su agujerito mirando hacia la calle por donde empezaban a volver.

  • La grasa de Eulogio

    La lata de grasa estaba tan dura que Aurelio Nieto la golpeó con el nudillo y sonó a madera.

    —Así no sale ni con tu abuela rezando —dijo Rosalba, la encargada del museo, y se rió sola.

    Eran las siete y diez de una mañana de octubre en Chilecito. Hacía frío de cerro, ese que baja del Famatina con olor a jarilla mojada y se mete por los puños de la campera. En el patio de la Estación 1 las torres de hierro todavía no tenían sol, y los cables, que desde abajo parecían dos rayas hechas con regla, se perdían en la neblina antes de llegar a la primera loma.

    Aurelio tenía setenta y dos años, había sido mantenedor de la municipalidad durante treinta y uno y llevaba una semana de jubilado. Sobre el capot de la camioneta, envuelta en un repasador, descansaba la razón de todo: una bomba de mano de bronce, con la manija gastada en el medio, donde los dedos de alguien habían ido borrando el metal durante años. Era la que viajaba en la vagoneta de engrase, la única que llevaba a una persona sentada junto a un depósito de lubricante, y que bajaba tramo por tramo untando el cable. La había usado su padre, Eulogio, cuando él era un chico que se escondía detrás del galpón para verlo salir.

    —Una mañana —había pedido Aurelio, hacía tres semanas, con el sombrero en la mano—. Nada más que una mañana, hasta la primera torre. Después se la devuelvo limpia.

    Rosalba había consultado con la dirección de patrimonio, había llenado dos formularios y había conseguido que el equipo que hacía el mantenimiento del tramo hasta la Estación 2 le dejara probarla con el cable en marcha lenta. Sin apuro, con un casco y un arnés. Más que eso no se podía.

    —Abuelo, ¿puedo filmar? —preguntó Camila.

    La nieta tenía dieciséis años, venía de dormir mal y llevaba el celular levantado desde que bajó de la camioneta. Había aceptado acompañarlo con una condición: que le dejaran subir el video a internet. «Si no, nadie te va a creer», había dicho. Aurelio no sabía quién era ese nadie, pero dijo que sí.

    —Filmá lo que quieras. Pero no te metas en el camino del hombre del arnés.

    El problema seguía siendo la grasa. Aurelio abrió el termo, que había cargado a las cinco de la mañana, y vertió el agua caliente en una olla de aluminio. Metió la lata adentro, de pie, como quien baña a un bicho. Esperó. Camila filmó la olla.

    —¿Eso es todo? ¿Eso es lo que me trajiste a ver?

    —Mi viejo hacía esto en el invierno, con un jarro y las brasas de un fogón. Decía que la grasa es como la gente: si la apurás, se corta. —Revolvió con un palito—. Esperá.

    Esperaron. El sol agarró primero la punta de la torre más alta y fue bajando de a un travesaño, como si alguien le diera cuerda. Un perro del barrio cruzó el patio, olfateó la bomba y se fue sin opinar. Cuando el hombre del arnés, un muchacho flaco que se llamaba Joaquín, hizo señas desde la rampa, la grasa ya estaba blanda y brillante, del color de la manteca de campo.

    Cargaron el depósito. Aurelio apretó la bomba contra el pecho y notó, con una vergüenza que no le dijo a nadie, que las manos le temblaban. No de frío.

    La vagoneta era más chica de lo que recordaba. Se sentó en el banquito de chapa, Joaquín le ajustó el arnés dos veces, y Camila, parada en la plataforma de abajo, levantó el celular como una ofrenda. Después sonó la sirena corta, el vapor, ya no, el motor eléctrico del mantenimiento, y el cable se movió con un quejido largo, de animal que se despereza.

    Subieron. La ciudad se fue quedando abajo, con sus techos de chapa y sus parrales, y el aire se puso más ralo y más limpio. Aurelio miró hacia adelante, hacia la primera torre, y cuando la vagoneta pasó junto a la polea apoyó la boca de la bomba en el engrase y empujó la manija.

    Nada.

    Empujó otra vez. Sintió la resistencia en el brazo, el cuero seco de la junta que no cerraba, y por un instante vio claramente la cara de su padre: la mandíbula apretada, la gorra de lana, el dedo manchado señalando algo que el chico no entendía. «Escuchá, Aurelio. No mires. Escuchá».

    Cerró los ojos. Acomodó la bomba con las dos manos, la dejó descansar un segundo y empujó despacio, con el peso entero del cuerpo, no con el brazo. Algo cedió adentro del bronce. La grasa subió con un ruido húmedo y fue a posarse sobre el cable, una cinta blanca que enseguida se oscureció y empezó a correr hacia abajo, en la misma dirección que las torres.

    —Abuelo —dijo Camila desde abajo, con una voz distinta.

    —¿Qué?

    —Se me apagó el celular. Se me quedó sin batería.

    Aurelio abrió los ojos. La chica estaba con el aparato apoyado contra la baranda, la pantalla negra, y miraba el cable, no a él. El viento se había levantado un poco. En cada torre, la polea giraba con un silbido finito, y entre una y otra se oía el zumbido grave del acero, como un bajo continuo, que él había escuchado desde chico sin saber que se podía oír.

    —Mejor —dijo—. Después no te acordás de lo que filmaste. Pero te acordás de lo que escuchaste.

    Camila no contestó. Se sentó en el piso de la plataforma con las piernas cruzadas y se quedó quieta. Aurelio siguió bombeando, torre tras torre, hasta que el pedazo de tramo que le habían dado se acabó y Joaquín frenó la marcha en una plataforma de hormigón con vista a la quebrada.

    Del otro lado, más arriba, el Famatina todavía tenía nieve en los pliegues. Aurelio se sacó el casco, se secó la frente con el dorso de la mano, que le olía a grasa tibia, y sintió que ese olor era el de la casa de su infancia.

    —Ahora sí —dijo Camila, sin mirar el celular muerto—. Contame cómo hacía el abuelo Eulogio.

    Y él empezó a contarle, mientras abajo el cable seguía andando, brillante y mojado, con una línea blanca que se estiraba hacia la mina como si alguien estuviera escribiendo, despacito, una frase muy larga.

  • A ojo de soldador

    El primer sábado de enero, a las seis y cuarto de la tarde, el galpón de la calle Estrada olía a silicona caliente, a mate lavado y a chapa recalentada. Luciano Sosa llevaba tres horas sin levantarse la careta cuando Brenda entró corriendo con el espaldar en los brazos, como quien trae a un chico con fiebre.

    —Se me quebró una varilla —dijo—. Me lo estaba probando y se oyó un tac.

    Luciano apoyó la pinza. El espaldar pesaba once kilos de hierro y plumas blancas pinchadas en el flota flota, y la tercera varilla de la izquierda colgaba torcida, con la pluma de la punta mirando al piso.

    —¿A qué hora salís?

    —Entro a la pasarela a las nueve. A las ocho tengo que estar en la fila.

    —Dame media hora.

    No sabía si era verdad. Hacía cuatro años que había dejado la metalúrgica para venir a este galpón de casi noventa metros, donde cada día era un trabajo distinto y nadie le pedía que se acostumbrara a nada. Le habían enseñado dos cosas: que una varilla de espaldar se suelda con la inclinación justa, y que esa inclinación no figura en ningún plano. Se sabe a ojo.

    Le sacó las plumas a la varilla rota, una por una, con la paciencia de quien desarma un ramo. Después enchufó la soldadora y apretó el gatillo.

    No pasó nada. Se oyó, en cambio, el silencio completo del galpón, sin compresores ni radio, y desde el fondo alguien dijo una grosería con mucha calma. Afuera, el cielo tenía el color de un moretón. La tormenta de la siesta se había llevado el transformador de la cuadra.

    —Vuelve en una hora —gritó un chico desde la puerta.

    —O en tres —contestó otro.

    Brenda se sentó en una caja de gemas de plástico y se quedó mirando el espaldar con los brazos cruzados. Tenía veintidós años y era su primera temporada en el frente de la comparsa.

    —Si no puedo salir con él, salgo sin nada —dijo—. Igual no me sale la voz para llorar, así que quedate tranquilo.

    Luciano miró la pizzería de la esquina por la puerta abierta. Tenía las luces apagadas, pero Aníbal estaba en la vereda, con el delantal puesto, mirando el cielo como si pudiera discutir con él. Aníbal arreglaba garrafas los domingos, y los domingos Luciano le había visto un soplete de plomero colgado de un clavo.

    —Traé el espaldar —dijo Luciano, y salió caminando sin esperar.

    Aníbal escuchó la historia con la cabeza inclinada. Descolgó el soplete, lo probó contra la palma de la mano, y buscó en un cajón una barrita de aporte que guardaba envuelta en un repasador.

    —Esto es de la época de mi viejo —dijo—. Suelda lo que le pongas. Pero me lo devolvés limpio.

    Trabajaron en la mesa de la pizzería, a la luz de dos linternas y de la llama azul. Aníbal sostenía la varilla con una pinza de cocina. Brenda le mojaba el hierro con un trapo para que el calor no se subiera al resto del espaldar, donde la silicona de las plumas ya empezaba a ablandarse sola.

    —Más abierta —dijo Luciano.

    —Así está igual que las otras —dijo Brenda.

    —Las otras están un poco más abiertas de lo que parece. Fijate bien. —Se agachó hasta apoyar la mejilla en la mesa y entrecerró un ojo—. Yo las hice. Cuando las hacés vos, te acordás.

    Fue la parte más larga. Luciano movió la varilla un milímetro, la miró, la volvió a mover. Pensó en su padre, que había sido albañil y que decía que el nivel de burbuja es para los que no tienen vista. Pensó que nunca se lo había creído del todo, y que ahora lo estaba creyendo con una llama en la mano.

    Soldó a las siete y diez. Esperó a que el hierro dejara de brillar, y Brenda y Aníbal le ayudaron a pinchar las plumas de nuevo, de a una, sin hablar. Cuando clavaron la última, la luz volvió de golpe y todos los ventiladores del barrio arrancaron juntos con un suspiro.

    —Qué oportuno —dijo Aníbal, y apagó el soplete.

    A las ocho menos cinco, Brenda ya estaba en la fila de la comparsa con el espaldar puesto. Se dio vuelta una vez, con el hombro levantado, para que Luciano viera si caminaba bien. Él asintió. No dijo nada más.

    Ese año no se quedó en el galpón mirando la transmisión, como otras noches. Se paró contra las vallas, entre cientos de caras con la boca abierta, y esperó. Las carrozas pasaron una tras otra, enormes, con los reflectores pegados al telgopor y al brillo. El corsódromo, que había sido estación de tren, sonaba entero como un animal grande.

    Cuando pasó Brenda, con las plumas blancas abiertas sobre la espalda como una explosión en cámara lenta, Luciano buscó la tercera varilla de la izquierda. Estaba un poco más abierta que las otras, apenas, como una persona que sonríe un segundo antes de que termine el chiste.

    Nadie en la tribuna lo iba a notar. Él, que sí lo sabía, se tomó el último mate, ya frío, y pensó que así tenía que ser.

  • Fila doce, asiento nueve

    Eusebio Duarte llegó al Cocomarola a las cuatro de la tarde, cuando el sol todavía pegaba de lleno en el cemento de las gradas y los puestos de la avenida Sarmiento olían a aceite caliente y a chipá. Traía en el bolsillo la llave grande, la del portón de servicio, que le había quedado de treinta y nueve años de portero. Nadie le había pedido que la devolviera. Se había jubilado en diciembre y en enero no sabía qué hacer con las manos.

    Joaquín, su nieto, de doce años, lo seguía con el termo bajo el brazo y la guampa del tereré colgada de dos dedos.

    —Abuelo, no hay entradas. Están agotadas desde ayer.

    —Ya sé.

    —Entonces, ¿a qué venimos?

    —A ver el lugar.

    No era verdad, y el chico lo sabía. Era la última noche de la Fiesta del Chamamé, la décima, y Eusebio había vuelto a la misma hora de todos los años para barrer los escalones de la entrada antes de que abrieran. Barrió con la mano, agachado, hasta que un muchacho de remera naranja salió del portón.

    —Don Eusebio. Qué hacés acá.

    —Paso nomás, Cristian.

    El muchacho miró la llave que asomaba del bolsillo, miró al chico, miró la hora. Se rascó la nuca.

    —Hay dos lugares en la fila doce que no se vendieron. Una familia de Itatí avisó que no llegaba. El nueve y el diez.

    A Eusebio se le cerró la garganta. Fila doce, asiento nueve. Zulema siempre había dicho que ahí el sonido llegaba parejo, sin el eco de las chapas del techo.

    —No sé si corresponde —dijo.

    —Corresponde porque yo lo digo —contestó Cristian—. Y porque se lo debemos.

    Se sentaron a las ocho menos diez, con la gente ya llenando los bancos y el aire tan caliente que los abanicos de cartón iban y venían como alas de bichos. Joaquín destapó el termo, cargó la guampa con yuyos y agua fría y se la pasó. Eusebio tomó despacio. El gusto a menta y a cedrón le trajo la cocina de la casa de Zulema, la pava, el ventilador de techo que nunca terminaron de arreglar.

    Desde el escenario subió la primera tanda. Acordeones de botones de dos hileras, guitarras, un contrabajo apoyado contra la baranda. La música del Litoral tiene eso: empieza como una conversación entre dos que se conocen de siempre y, sin que uno se dé cuenta, ya está contando algo que duele. Las parejas bailaban en el escenario abrazadas, mejilla con mejilla, y en las gradas la gente seguía el compás con el pie.

    —Abuelo —dijo Joaquín bajito—. ¿Es acá que la abuela…?

    —Acá.

    Zulema había gritado el sapukay en esa fila durante treinta y ocho temporadas. Cada décima noche, cuando el acordeón subía en la última pieza, ella echaba la cabeza hacia atrás y soltaba ese grito largo que no es de alegría ni de pena, que es de las dos cosas apretadas en una sola. Eusebio nunca lo había hecho. En treinta y nueve años de portero había aprendido que el que cuida la puerta cuida el silencio de los otros: cuando todos gritaban, él se quedaba parado junto al portón, con las manos atrás, escuchando. Y escuchaba el de ella, que reconocía entre mil, medio grano más agudo y con una quebradura al final.

    Hacía dos años que esa quebradura no estaba. La última noche del año pasado Eusebio había venido igual, se había quedado en su puesto, y en el momento del grito todos habían gritado menos él. Había sentido que el anfiteatro entero respiraba por un agujero.

    Pasaron las horas. Pasó un cantor de voz ronca que arrancó aplausos de pie, pasó una pareja de bailarines jóvenes que giraba como si el piso fuera de agua. A las once y cuarto, el director del conjunto final hizo callar al público con la mano abierta. Alguien en la fila de atrás dejó de masticar. Se oyó la respiración del acordeonista, y después la primera nota, larga, que subió y subió.

    Eusebio sintió que Joaquín le agarraba la manga.

    —Ahora, abuelo.

    —Yo no sé hacerlo.

    —Sí que sabés. Lo hacías en la cocina cuando se le quemaba el dulce a la abuela.

    Era cierto, y nunca se lo había dicho a nadie. Había sido una broma de a dos, en una cocina sin testigos, un grito corto y ridículo para que Zulema se riera y largara la espumadera.

    El acordeón llegó arriba. En las gradas empezaron a salir los primeros gritos, sueltos, de distintos lados, como pájaros que se despiertan. Eusebio apretó la llave dentro del bolsillo. Se acordó del portón, de sus manos atrás, de treinta y nueve años de estar parado del lado de afuera de la música.

    Se paró. Echó la cabeza hacia atrás, como ella. Abrió la boca y lo que salió al principio fue un graznido, un aire roto. Después algo se aflojó en el pecho, un nudo que llevaba dos años ahí, y el grito subió largo, torcido, con un poco de miedo y un poco de alegría, y al final, sin que él lo buscara, se le quebró justo donde se quebraba el de ella.

    Una mujer de la fila once se dio vuelta con los ojos muy abiertos. Lo miró un segundo, como quien confunde una cara en una estación, y después sonrió y volvió a mirar al escenario.

    Joaquín, que seguía sentado, tiró de la manga de su abuelo y soltó el suyo, agudo y desparejo, de chico que recién estrena la garganta.

    Eusebio se sentó. Temblaba. Alguien le alcanzó un vaso de agua y él lo tomó sin ver de quién era. Sobre el escenario, el acordeón siguió un compás más y se apagó, y el anfiteatro quedó lleno de un silencio caliente, con olor a pasto cortado y a cedrón.

    Cuando salieron, a la una de la mañana, Cristian los esperaba junto al portón con las llaves de la noche. Eusebio sacó la suya del bolsillo y se la tendió.

    —Quedátela vos.

    —Don Eusebio…

    —Ya no la necesito para entrar.