La rueda crujió a las seis y diez de la tarde del siete de septiembre, cuando Fridolin Aebi daba la primera vuelta de prueba por el fondo del galpón. No fue un ruido fuerte. Fue un chasquido seco, como de nuez, y la carreta se ladeó hacia la izquierda y quedó apoyada sobre el eje.
Fito se agachó con la mano en la rodilla. Una de las pinas, el tramo curvo de madera que forma el aro de la rueda trasera, tenía una grieta de punta a punta. La llanta de hierro había aguantado, pero adentro, la madera estaba abierta.
Tenía setenta y un años, cuarenta y cuatro de mecánico de tractores en Esperanza, y hacía ocho meses que armaba esa carreta en el galpón de atrás de la casa, copiada de los bajorrelieves del monumento de la Plaza San Martín: las carretas de los colonos de 1856, con los rayos finos y la caja de tablas. Al otro día, a las diez, desfilaban las colectividades por la plaza y la suya, la suiza, iba a salir con carreta propia por primera vez. Arriba iba a ir su nieta Lucía, de once años, con pañuelo en la cabeza y delantal de colona.
—¿Se arregla? —preguntó Lucía desde la puerta. Traía el termo y dos mates en una bandeja, como si fuera una enfermera.
—Se arregla si encuentro una pina nueva —dijo Fito—. Y no me vale cualquier madera. Tiene que ser dura, seca, y a esta hora no hay aserradero abierto en toda la ciudad.
Revolvió el galpón con la linterna del celular. Vigas de álamo, que no servían. Tablas de pino de una obra vieja, que se astillarían en la primera cuadra. Se quedó parado frente a la pared del fondo, donde desde hacía años descansaba un poste de ñandubay de metro ochenta, gris, pesado, con un corte en la punta y una muesca tallada con navaja a la altura del pecho.
Lucía siguió la linterna.
—Ese es el de la tranquera de tu papá.
—Ese es.
El ñandubay no se pudre ni con cien años de humedad. Sirve para postes y sirve para ruedas, y Fito lo sabía desde chico. Lo sabía y por eso lo había guardado: cuando alambraron de nuevo el campo de Humboldt, en el noventa y cuatro, él mismo lo desenterró de la tranquera de la chacra familiar y se lo trajo en la camioneta, con tierra todavía en la base. En la muesca estaban las iniciales de su padre y el año en que lo clavó, 1948, F.A., talladas con una navaja de cabo de asta.
—No —dijo Fito, y apagó la linterna—. Ese no.
Lucía no discutió. Se sentó en un banquito, sirvió un mate y se lo alcanzó. Tomaron en silencio. Afuera, en la calle, pasó una moto, y después un camión de reparto, y después nada. Olía a grasa y a aserrín viejo, y por la ventanita entraba la última luz del día, anaranjada, sobre la carreta torcida.
—Abuelo —dijo Lucía al rato—. ¿Vos querés que la carreta vaya o querés que el poste se quede?
—Las dos cosas.
—Y eso no se puede.
Fito la miró. Tenía los ojos de la madre, y la misma manera de decir lo obvio sin levantar la voz. Devolvió el mate y fue a buscar la sierra de mano.
Trabajó hasta pasadas las doce. Cortó el poste con cuidado, lejos de la muesca, y sacó de la parte sana un tramo largo que fue cepillando hasta darle la curva con la plantilla de la pina rota. El ñandubay era rojizo por dentro, casi violeta, y desprendía un olor dulce, como a tierra mojada que se quema. Lucía le sostuvo la madera con las dos manos mientras él pasaba la gubia, y cuando se le durmieron los brazos igual no soltó.
A las dos de la mañana encajaron la pina nueva, la clavaron con los tarugos y la ajustaron a la llanta con las cuñas. Faltaba decidir qué hacer con el trozo que tenía la muesca, que había quedado sobrando, del tamaño de un pan de molde. Fito lo dio vuelta en la mano.
—Lo puedo poner en la pina —dijo despacio—. Hacia adentro, donde no se ve. Si lo tallo bien, entra en el empalme.
—¿Y para qué si no se ve?
—Para que esté.
Lo encastró a las tres menos cuarto, con la muesca mirando al hierro. Después se sentó en el piso, con la espalda contra la rueda, y se quedó dormido sin darse cuenta.
A las diez de la mañana del ocho, la banda de la Municipalidad ya tocaba junto al monumento y las colectividades esperaban en fila sobre la calle San Martín: los suizos con las camisas blancas, los alemanes con los bordados, los franceses, los piamonteses, los sirio-libaneses con los vestidos de fiesta. Fito enganchó el tractorcito de la década del sesenta a la carreta, subió a Lucía arriba con el pañuelo anudado, y arrancó despacio.
La rueda nueva giraba apenas más clara que las otras, con un tono rojizo que se iba a oscurecer con los años. Hizo la vuelta a la plaza sin un solo ruido de más. La gente aplaudía desde la vereda, y alguien gritó «¡Viva Esperanza!», y Lucía saludaba con la mano abierta como una reina de la Agricultura en miniatura.
Fito manejaba mirando al frente. No veía la pina, ni la muesca, ni nada. Pero sabía en qué momento exacto de cada vuelta las iniciales de su padre, escondidas en el hierro, tocaban el suelo de la plaza, y se sostenían ahí un instante, y volvían a subir.