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  • El poste de la tranquera

    La rueda crujió a las seis y diez de la tarde del siete de septiembre, cuando Fridolin Aebi daba la primera vuelta de prueba por el fondo del galpón. No fue un ruido fuerte. Fue un chasquido seco, como de nuez, y la carreta se ladeó hacia la izquierda y quedó apoyada sobre el eje.

    Fito se agachó con la mano en la rodilla. Una de las pinas, el tramo curvo de madera que forma el aro de la rueda trasera, tenía una grieta de punta a punta. La llanta de hierro había aguantado, pero adentro, la madera estaba abierta.

    Tenía setenta y un años, cuarenta y cuatro de mecánico de tractores en Esperanza, y hacía ocho meses que armaba esa carreta en el galpón de atrás de la casa, copiada de los bajorrelieves del monumento de la Plaza San Martín: las carretas de los colonos de 1856, con los rayos finos y la caja de tablas. Al otro día, a las diez, desfilaban las colectividades por la plaza y la suya, la suiza, iba a salir con carreta propia por primera vez. Arriba iba a ir su nieta Lucía, de once años, con pañuelo en la cabeza y delantal de colona.

    —¿Se arregla? —preguntó Lucía desde la puerta. Traía el termo y dos mates en una bandeja, como si fuera una enfermera.

    —Se arregla si encuentro una pina nueva —dijo Fito—. Y no me vale cualquier madera. Tiene que ser dura, seca, y a esta hora no hay aserradero abierto en toda la ciudad.

    Revolvió el galpón con la linterna del celular. Vigas de álamo, que no servían. Tablas de pino de una obra vieja, que se astillarían en la primera cuadra. Se quedó parado frente a la pared del fondo, donde desde hacía años descansaba un poste de ñandubay de metro ochenta, gris, pesado, con un corte en la punta y una muesca tallada con navaja a la altura del pecho.

    Lucía siguió la linterna.

    —Ese es el de la tranquera de tu papá.

    —Ese es.

    El ñandubay no se pudre ni con cien años de humedad. Sirve para postes y sirve para ruedas, y Fito lo sabía desde chico. Lo sabía y por eso lo había guardado: cuando alambraron de nuevo el campo de Humboldt, en el noventa y cuatro, él mismo lo desenterró de la tranquera de la chacra familiar y se lo trajo en la camioneta, con tierra todavía en la base. En la muesca estaban las iniciales de su padre y el año en que lo clavó, 1948, F.A., talladas con una navaja de cabo de asta.

    —No —dijo Fito, y apagó la linterna—. Ese no.

    Lucía no discutió. Se sentó en un banquito, sirvió un mate y se lo alcanzó. Tomaron en silencio. Afuera, en la calle, pasó una moto, y después un camión de reparto, y después nada. Olía a grasa y a aserrín viejo, y por la ventanita entraba la última luz del día, anaranjada, sobre la carreta torcida.

    —Abuelo —dijo Lucía al rato—. ¿Vos querés que la carreta vaya o querés que el poste se quede?

    —Las dos cosas.

    —Y eso no se puede.

    Fito la miró. Tenía los ojos de la madre, y la misma manera de decir lo obvio sin levantar la voz. Devolvió el mate y fue a buscar la sierra de mano.

    Trabajó hasta pasadas las doce. Cortó el poste con cuidado, lejos de la muesca, y sacó de la parte sana un tramo largo que fue cepillando hasta darle la curva con la plantilla de la pina rota. El ñandubay era rojizo por dentro, casi violeta, y desprendía un olor dulce, como a tierra mojada que se quema. Lucía le sostuvo la madera con las dos manos mientras él pasaba la gubia, y cuando se le durmieron los brazos igual no soltó.

    A las dos de la mañana encajaron la pina nueva, la clavaron con los tarugos y la ajustaron a la llanta con las cuñas. Faltaba decidir qué hacer con el trozo que tenía la muesca, que había quedado sobrando, del tamaño de un pan de molde. Fito lo dio vuelta en la mano.

    —Lo puedo poner en la pina —dijo despacio—. Hacia adentro, donde no se ve. Si lo tallo bien, entra en el empalme.

    —¿Y para qué si no se ve?

    —Para que esté.

    Lo encastró a las tres menos cuarto, con la muesca mirando al hierro. Después se sentó en el piso, con la espalda contra la rueda, y se quedó dormido sin darse cuenta.

    A las diez de la mañana del ocho, la banda de la Municipalidad ya tocaba junto al monumento y las colectividades esperaban en fila sobre la calle San Martín: los suizos con las camisas blancas, los alemanes con los bordados, los franceses, los piamonteses, los sirio-libaneses con los vestidos de fiesta. Fito enganchó el tractorcito de la década del sesenta a la carreta, subió a Lucía arriba con el pañuelo anudado, y arrancó despacio.

    La rueda nueva giraba apenas más clara que las otras, con un tono rojizo que se iba a oscurecer con los años. Hizo la vuelta a la plaza sin un solo ruido de más. La gente aplaudía desde la vereda, y alguien gritó «¡Viva Esperanza!», y Lucía saludaba con la mano abierta como una reina de la Agricultura en miniatura.

    Fito manejaba mirando al frente. No veía la pina, ni la muesca, ni nada. Pero sabía en qué momento exacto de cada vuelta las iniciales de su padre, escondidas en el hierro, tocaban el suelo de la plaza, y se sostenían ahí un instante, y volvían a subir.

  • La hilera del fondo

    A las siete y diez de la mañana, en julio, el agua de la acequia de la calle Los Álamos estaba quieta y dura como una chapa. Arnaldo Quintriqueo la cruzó pisando el borde de cemento, con la escalera de madera al hombro y la tijera colgada del cinturón en su funda de cuero. Tenía setenta y un años y la rodilla izquierda le avisaba de cada escalón antes de que lo pisara.

    La chacra ya no era suya. Se la había vendido en marzo a un muchacho de Roca, y el muchacho, Maxi, le había dejado una sola cosa en la conversación, casi como un favor: «Hasta el lunes tiene la llave del portón, don Arnaldo».

    El lunes llegaba la máquina.

    La hilera que quedaba era la última del cuadro del fondo, pegada a la cortina de álamos del lado oeste. Doce perales Williams. Los había plantado en el setenta y cuatro, con Delfina todavía viva, cuando el cuadro era puro alfalfa y la acequia se abría con una compuerta de chapa que ahora estaba oxidada y torcida. Los demás cuadros ya tenían espaldera y goteo. Esa hilera seguía como entonces: troncos gruesos, ramas con codos, la corteza en escamas grises.

    Apoyó la escalera en el primer árbol. Lo miró un rato largo desde abajo, como se mira a alguien antes de decirle algo. El peral Williams no perdona al que poda con apuro: hay que dejar las ramas jóvenes hasta que armen su estructura, sacar las que ya dieron todo lo que tenían, abrir la copa para que entre luz, cortar siempre sobre una yema que mire hacia afuera. Delfina decía que podar era decidir quién se queda y quién no, y que por eso él volvía de la chacra con cara de juez.

    Subió. El frío le mordía los dedos a través de los guantes. Cortó una rama chupona, después otra. El serrucho chirrió contra la madera vieja y soltó un olor dulce, a pera y a humedad, que él conocía mejor que el de su propia casa.

    Iba por el cuarto árbol cuando oyó la camioneta. Un motor corto, un portazo, pasos sobre la escarcha.

    —Don Arnaldo —dijo Maxi desde abajo, con las manos metidas en la campera—. Le dije que el lunes.

    —Hoy es jueves.

    —Ya sé. Pero esa hilera se arranca. No tiene sentido que la pode.

    Arnaldo siguió con la tijera. Un corte limpio, en diagonal, a un dedo de la yema.

    —Los perales viejos rinden poco —insistió Maxi—. La fruta sale chica. Lo hablamos en marzo, usted estuvo de acuerdo.

    —Estuve de acuerdo.

    —Entonces, ¿para qué?

    Arnaldo bajó dos escalones. Se sacó un guante y se frotó la rodilla. Del lado oeste, el viento entraba entre los álamos con ese ruido de papel que hacen en invierno, cuando no les queda una hoja.

    —Mirá esto —dijo, y señaló un brazo grueso, con una cicatriz en forma de boca—. Ese corte lo hice en el ochenta y dos. Se me fue la mano. Delfina me dijo que se iba a morir de eso. No se murió. Echó cuatro ramas nuevas, y de esas cuatro, tres siguen dando fruta.

    Maxi miró el árbol sin decir nada. Era flaco, de cara joven, con la nariz colorada del frío. No parecía un hombre que viniera a sacarle algo a nadie. Parecía alguien a quien le habían explicado mal una cuenta.

    —Yo no vine a apurarlo —dijo al fin—. Vine porque el tractorista me llamó. Dice que prefiere empezar por el cuadro de las manzanas, que está más cerca del galpón.

    —Y después.

    —Y después, esta hilera. Si le da el tiempo.

    —¿Y si no le da?

    Maxi se encogió de hombros, y en el gesto había algo que no era del todo una respuesta. Se agachó, juntó del suelo una rama recién cortada y la dio vuelta entre los dedos. Miró la herida blanca del corte, la yema chica y apretada.

    —¿Siempre sobre la que mira para afuera?

    —Siempre.

    —¿Por qué?

    —Porque la que mira para adentro se pelea con las otras. —Arnaldo volvió a subir, despacio, agarrándose con una mano—. Traé la otra escalera, que está en el galpón. Hacemos dos árboles a la vez y nos sacamos el frío.

    —Yo no sé podar.

    —Nadie sabe. Se aprende cortando mal en un árbol que alguien ya pensó arrancar.

    Maxi se quedó un momento ahí, con la rama en la mano. Después caminó hasta el galpón y volvió arrastrando una escalera de aluminio, que clavó torcida en la tierra helada. Arnaldo se la enderezó con el pie sin mirarlo.

    Trabajaron hasta el mediodía. Arnaldo hablaba poco: «Ahí no», «Esa sí», «Más abajo». Maxi cortó de más en el segundo árbol y de menos en el tercero, y a la altura del quinto ya miraba el árbol de abajo hacia arriba antes de acercar la tijera. A las doce sacó un termo del auto y le alcanzó un mate a Arnaldo, que lo tomó sentado en un escalón de la escalera, con la espalda contra el tronco.

    —Quedan cuatro —dijo Maxi.

    —Quedan cuatro.

    Del lado de las manzanas se escuchó, lejos, el motor de un tractor que todavía no era el de la máquina. El viento del oeste seguía pasando entre los álamos. En las ramas de los perales, a la luz baja de julio, los cortes recientes brillaban claros y húmedos, uno junto al otro, como si la hilera entera estuviera mirando algo.

  • Las iniciales en el cemento

    Teófilo Ramírez salió de su casa a las seis y media, antes de que el calor de Resistencia se pusiera pesado, con el termo bajo el brazo, la yerba bien fría y una libreta de tapas verdes donde había anotado doce direcciones. Setenta y un años. Treinta y cuatro de albañil en la Municipalidad. Y una sola cosa pendiente.

    En el 94 le tocó colar las bases de cemento de las esculturas que salían de la Bienal. Los escultores terminaban sus obras en el Parque 2 de Febrero, las levantaban con una grúa, y la cuadrilla de Teófilo las esperaba en alguna esquina con el hormigón todavía blando. Hizo cientos. En una sola, la última de aquel invierno, escribió con la punta de un clavo, bien abajo, donde nadie mira: T.R. 94. Nunca se lo contó a nadie, ni a Estela, que en paz descanse.

    Ahora la Municipalidad iba a rehacer las veredas del centro, y las bases viejas se medían, se anotaban y algunas se rompían. Un sobrino que trabajaba en Obras Públicas le había dicho, medio de pasada, que había una lista. Teófilo no quiso ver la lista. Quiso ver la base.

    Empezó por la Plaza 25 de Mayo. Dio la vuelta entera con la libreta abierta, agachándose junto a cada pedestal con una mano en la rodilla. Las bases estaban limpias, grises, algunas con el cemento ya picado por los años. Ninguna tenía clavo ni iniciales. Se sentó un rato en un banco, destapó el termo y cebó el primer tereré del día. El agua fría le bajó por la garganta y el hielo hizo ese ruido de cubitos chocando que él asociaba con las siestas de su infancia.

    —¿Se le perdió algo, don? —le preguntó un muchacho que barría la vereda de una casa de fotocopias.

    —Una firma —dijo Teófilo—. Mía.

    El muchacho se rió, pero lo dejó seguir.

    Caminó la peatonal Perón con el sol ya alto, esquivando a los que vendían rifas y a las chicas con el termo bajo el brazo, igual que él. Revisó una escultura de hierro retorcido, otra de piedra con forma de mujer sentada, una de quebracho colorado que alguien había lustrado con aceite de lino. Cada vez se agachaba, pasaba la yema del dedo por el borde de la base y se levantaba con una mueca. Para las once la camisa se le pegaba a la espalda y la libreta tenía nueve direcciones tachadas.

    La décima era una plazoleta de barrio, a seis cuadras del centro, con tres bancos, un lapacho sin flores y una escultura de bronce oscuro: un hombre cargando un fardo. Teófilo la reconoció antes de llegar. Era la de aquel invierno. Se le aflojaron las piernas.

    Pero la base no se veía. Alrededor del pedestal, a ras del piso, habían hecho un cantero con piedras blancas, y adentro crecía una planta de menta, otra de ruda, un malvón. Alguien había cuidado ese cantero con paciencia: la tierra estaba húmeda, sin yuyos. En la parte de arriba del cemento, justo donde empezaba el bronce, alguien había pintado con esmalte celeste un nombre en letras redondas. Luciana.

    Teófilo se quedó parado. Después se arrodilló, despacio, y movió con cuidado la menta. Bajó hasta el borde del cemento, donde el cantero lo tocaba. Y ahí estaban, medio tapadas por una raíz, hundidas en el gris: la T, la R, el 94.

    —Eso no se toca —dijo una voz de nena.

    Tenía diez años, calculó, y una mochila con un osito de peluche colgando. Estaba parada en el cordón, con los brazos cruzados, mirándolo como se mira a un ladrón.

    —Perdoname, no quería… —empezó él.

    —La menta es de mi mamá. Pero yo la riego. Todos los días, después del colegio.

    —Está linda. Está muy bien cuidada.

    La nena aflojó un poco los brazos. Miró la base, después a él, después otra vez la base.

    —¿Usted qué buscaba?

    Teófilo dudó. Podría haber dicho que nada, que se le había caído una moneda, que ya se iba. Pero estaba cansado, le dolían las rodillas, y la nena tenía esa cara que ponen los chicos cuando de verdad quieren saber.

    —Hice esta base —dijo—. Hace treinta y dos años. Con un clavo escribí mis iniciales acá abajo, y hoy vine a ver si todavía estaban.

    La nena se agachó a su lado, sin pedir permiso, y apartó la raíz con dos dedos. Leyó despacio, moviendo los labios.

    —T.R. Noventa y cuatro. —Levantó la vista—. ¿Y por qué las escondió?

    —Porque el trabajo de un albañil no lleva firma. Se hace para que el otro se lleve el aplauso.

    —Ah —dijo ella, como si eso le pareciera una tontería enorme—. Pero está firmado igual.

    Se quedaron un rato en silencio. Una chicharra empezó a sonar en el lapacho. Teófilo sacó el termo, lo miró y, sin saber bien por qué, le ofreció la tapa llena a la nena. Ella probó, hizo una mueca por lo amargo y se lo devolvió.

    —Van a cambiar la vereda —dijo él—. Capaz rompen la base.

    —No pueden. Mi mamá fue a la Municipalidad y firmó un papel, para que el cantero se quede.

    —¿Un papel?

    —Con los vecinos. Treinta y una firmas. —La nena se ajustó la mochila—. Si quiere, puede firmar usted también. Mi mamá dice que cuantas más, mejor.

    Teófilo se rió, una risa corta y seca que le sorprendió a él mismo. Sacó la lapicera del bolsillo de la camisa, y la nena le alcanzó una hoja doblada en cuatro, ya sobada, con letras de todos los tamaños. Buscó el último renglón vacío.

    Escribió su nombre completo, con apellido y todo, bien grande, y al lado, por costumbre, puso la fecha. Después guardó el termo, se limpió las manos en el pantalón y miró otra vez las dos letras hundidas en el cemento, ahora con la menta devuelta a su lugar, cubriéndolas despacio como una mano que se apoya.

  • El vidrio de abajo

    Aurelio Dufau subió con una botella vacía de Hesperidina envuelta en un repasador, para que no sonara contra la mochila. Tenía setenta y cuatro años, una rodilla que le avisaba cuándo iba a llover y un permiso de la guardia del Parque Lítico que había conseguido a fuerza de insistir: media hora en la cima, un martes de octubre, antes de que abrieran.

    Había sido guía en el Cerro La Movediza durante treinta y un años. Se sabía los escalones de memoria, incluso los que habían puesto después, cuando hicieron el circuito de bajada y el deck de madera. Se sabía también la frase que les decía a los turistas frente a la réplica, siempre la misma, con el mismo tono de quien cuenta algo gracioso: «Antes se movía. Ahora no. Pero la vista sigue igual».

    La vista, en efecto, seguía igual. A esa hora el cerro tenía el color de un pan duro, y abajo Tandil era un tablero de techos con humo de panaderías. Aurelio apoyó la mano en la piedra de resina y fibra, fría, lisa, perfecta en el peso que no tenía.

    —¿Se le perdió algo, don?

    Era una chica con el chaleco verde del parque y un termo bajo el brazo. Veintipico de años. En la credencial decía Luciana.

    —Estoy de visita —dijo Aurelio—. Trabajé acá.

    —Ah, usted es el Dufau. Me hablaron. —Se sirvió un mate cocido y no le ofreció, porque en la cima no había dónde apoyar nada—. Dicen que sabía todas las historias.

    —Sabía las que me contó mi abuelo.

    Faustino Dufau había sido guía cuando la piedra todavía estaba entera, antes de 1912. Llevaba a los visitantes del pueblo hasta arriba en jardinera y después a pie, y para probarles que la Movediza se movía hacía lo que hacían todos los guías: metía una botella por el cuello entre la roca y el cerro, empujaba con el hombro, y la botella estallaba con un chasquido seco. Los visitantes aplaudían. Con los años, decía Faustino, debajo de la piedra se juntó una cama de vidrio de todos los colores, y a la tarde, con el sol bajo, brillaba como si el cerro tuviera los ojos abiertos.

    —Cuando era chico yo le pedía que me dejara tirar una —contó Aurelio—. Me decía que la piedra ya no estaba, que se había caído un año bisiesto, y que a los que se quedan sin la cosa no se les presta el gesto. Me crié con esa botella pendiente.

    —¿Y trajo una.

    —Una de Hesperidina, la que tenía en casa. —Sacó el bulto del repasador—. Pensé que si la ponía abajo de la réplica, aunque sea una vez, iba a escuchar el chasquido. Treinta y un años contándoles a los chicos lo que hacía mi abuelo y yo nunca lo hice.

    Luciana miró la base. La réplica estaba anclada sobre una placa, justo en el lugar donde había estado la original, con la misma forma y el mismo color. No había hueco. No había dónde meter ni un dedo.

    —No entra —dijo ella—. Lo sabe.

    —Lo sé. Lo supe en la escalera. —Aurelio se rió por la nariz, sin ganas—. Qué viejo pelotudo. Subir hasta acá para eso.

    Luciana se quedó mirando la botella, el cuello verde oscuro, la etiqueta casi borrada. Después miró hacia abajo, a la ladera donde el cerro se pone empinado y entre los pastos, lejos de la cima, quedan tirados los tres pedazos de la caída verdadera.

    —Yo entro a las diez —dijo—. Tengo veinte minutos de ventaja.

    —¿Para qué?

    —Para que me muestre dónde cayó. Siempre me preguntan y yo solamente sé lo que dice el cartel.

    Bajaron por las escaleras largas, despacio, por la rodilla de Aurelio, hablando poco. Él le fue señalando cosas sin darles importancia: dónde paraba la jardinera, dónde se sentaba su abuelo a fumar, la grieta por donde se colaba el viento del sudoeste. Cuando la ladera se acabó de ponerse áspera, se desviaron entre los pastos hasta uno de los pedazos, enorme, redondeado, gris con manchas de líquen naranja, más grande que la camioneta del parque.

    Era piedra de verdad. Aurelio la tocó con las dos manos. Estaba tibia donde le daba el sol de la mañana.

    —Mirá —dijo Luciana.

    A los pies de la roca, medio hundidos en la tierra, asomaban unos fragmentos de vidrio: uno verde, uno ámbar, uno turquesa gastado hasta quedar opaco. Habían rodado cuesta abajo con el derrumbe y se habían quedado ahí, más de cien años, esperando que alguien se agachara.

    Aurelio se agachó. Le crujió la rodilla y no le importó. Levantó el pedacito turquesa, lo sostuvo contra la luz, y se lo dio a Luciana.

    —Para la guía nueva. Que sepa de qué se trata.

    Ella lo guardó en el bolsillo del chaleco sin decir nada.

    Después Aurelio buscó el hueco entre el pedazo grande y el suelo, donde la tierra había cedido y quedaba una boca oscura, del ancho justo. Metió la botella de Hesperidina, con el cuello hacia afuera, apenas inclinada, y la acomodó con piedritas para que aguantara.

    —No la rompo —dijo—. Mi abuelo tenía razón. A lo que ya se cayó no se le presta el gesto.

    Se incorporaron. Arriba se oyó una camioneta, la guardia abriendo el portón. El viento del sudoeste subió por la ladera, rozó la roca, y pasó por la boca de la botella.

    Sonó una nota larga y grave, sin chasquido, como alguien que contesta desde muy abajo. Aurelio y Luciana se quedaron quietos hasta que terminó.

    —Piedra que late —dijo ella, bajito.

    Aurelio no respondió. Le temblaba apenas la mano, y la dejó apoyada sobre la roca.

  • Debajo de todas las calcomanías

    Ismael Quiroga tenía la espátula en la mano desde las nueve y todavía no había tocado el surtidor.

    Era el último martes de abril y el verano se había ido de Bajo Caracoles como siempre, de un día para otro: el viernes, un micro de holandeses; el lunes, nada, y un viento con olor a nieve. Las sillas del salón estaban patas arriba sobre las ocho mesas. Quedaban tres habitaciones abiertas hasta octubre, por si algún camionero chileno de los que bajan a Punta Arenas necesitaba dormir.

    Ismael tenía sesenta y ocho años y la cara cuarteada igual que el frente de piedra del boliche, que seguía parado desde 1920 contra todo pronóstico. Cada otoño, antes de que la nieve cerrara el camino, limpiaba los surtidores. El polvo, el barro del ripio, los bichos de la ruta. Las calcomanías no las tocaba nunca. Había de ciclistas daneses, de clubes de motoqueros de Córdoba, de una cooperativa de Valdivia, de un colegio de Bahía Blanca. Se pisaban unas a otras desde hacía treinta y siete años, y el plástico del surtidor de nafta súper ya no se veía: era un caparazón de colores, grueso como un dedo.

    Pero ese día traía una pava hirviendo y un trapo.

    —¿Qué hacés? —preguntó Yésica, que lo ayudaba en la cocina, asomada a la puerta con el mate.

    —Busco una.

    —¿Entre todas esas?

    —Es un rectángulo azul, del tamaño de una tarjeta. Dice Transportes Quiroga.

    Yésica tenía veintidós años y había llegado en diciembre para una temporada. Miró el surtidor, miró al viejo y se calló. Eso le gustaba de ella.

    La razón se la dio igual, mientras el vapor de la pava aflojaba el primer borde. En octubre llegaba el surtidor nuevo, uno blanco y liso, y el viejo se iba en la camioneta a la chatarra de Perito Moreno, a ciento veintiocho kilómetros, con todo lo que tenía pegado. Treinta y siete años de gente, a la chatarra. Y en algún lugar de ese caparazón estaba el rectángulo azul que él mismo había pegado en el invierno del ochenta y nueve.

    Pelar el plástico era lento. El vapor ablandaba el pegamento, la espátula levantaba una punta, y la calcomanía salía entera o salía en tiras. Ismael las iba poniendo una por una sobre el hule de la mesa seis, en el mismo orden en que salían, de arriba hacia abajo. Un oso polar de unos suizos. Una bandera con una luna. La de una escuela rural, con un guanaco dibujado por un chico, con cinco patas. “Pasamos en moto, volvemos en 2012”, decía otra. Nunca habían vuelto, o habían vuelto cuando el boliche estaba cerrado.

    A las tres de la tarde el hule tenía cuatro capas de mundo y a Ismael le dolían las muñecas. Yésica le trajo un tostado y una frazada para los hombros. Afuera, lejos, el Monte San Lorenzo tenía la cumbre blanca, y el viento, sin turistas a quienes despeinar, se ocupaba de la bandera de la entrada.

    —¿Quién era Quiroga? —preguntó ella al fin.

    —Mi viejo. Camionero. Mendoza–Río Gallegos durante treinta años, siempre por la 40, cuando la 40 era un camino de pozos. Yo iba de acompañante.

    —¿Y el camión?

    —Se quedó acá. —Señaló con el mentón el lugar donde estaba estacionada la camioneta—. En junio del ochenta y nueve. A mi viejo se le paró el corazón en el volante, ahí mismo. Yo tenía treinta y un años. Paré el camión, apagué el motor, y la señora que atendía entonces, doña Aurelia, me dio un té y una pieza. Esa noche saqué de la guantera unas calcomanías que mi viejo había mandado a hacer en Mendoza y que nunca había pegado en ningún lado, por vergüenza. Pegué una en el surtidor. Era lo único que tenía con su nombre para dejar en este lugar.

    —¿Y te quedaste?

    —Una semana, por la nevada. Después ya no supe cómo irme.

    Yésica no dijo “lo siento”, que era lo que Ismael temía. Agarró la otra espátula, la de la cocina, se puso del otro lado del surtidor y empezó a levantar bordes.

    Sacaron capas hasta que se hizo de noche y prendieron la luz del alero. A las ocho, debajo de un perro de dibujos animados y de la calcomanía de una cooperativa de Valdivia, apareció una punta azul. Estaba descolorida, casi gris, y el pegamento había tomado el color del té. Ismael pasó el vapor despacio, con la mano temblándole. Decía Transportes Quiroga e Hijo. Su padre lo había hecho imprimir así, en singular, por si algún día. Nunca se lo había dicho en vida, y Ismael recién lo leyó bien esa noche, con la nariz pegada al plástico.

    Salió entera. La puso sobre el hule, aparte de las demás, y se quedó mirándola.

    —En el surtidor nuevo va a quedar bien —dijo Yésica.

    —Va a quedar abajo de todo —dijo él—. Donde no se vea. Para que el primero siga siendo el primero.

    En octubre llegó el surtidor blanco, liso, con olor a fábrica. Ismael pegó el rectángulo azul en la base, en la esquina de atrás, a la altura de la rodilla, y lo aplastó con el pulgar hasta que no quedó una burbuja. Después fue pegando las demás, al revés de como las había sacado, de la más vieja a la más nueva. No entraron todas. Las que sobraron se quedaron en una caja de zapatos, esperando el verano.

    El primero en cargar fue un ciclista con las alforjas llenas de polvo. Pidió permiso, sacó una calcomanía del bolsillo y la pegó arriba de todo. Ismael no dijo nada. El viento probó el borde con una uña y no pudo levantarlo. Abajo, donde nadie mira, estaba el nombre de su padre. Arriba ya empezaba otro caparazón.

  • El pan de sal de Maimará

    El hacha de Nicasio Mamaní tenía el mango gastado en dos lugares, donde apoyaban las palmas, y el filo más nuevo que todo lo demás, porque lo había cambiado dos veces y el palo nunca.

    Eran las siete y la salina todavía no brillaba. A las siete la sal es gris, un piso de ceniza dura bajo un cielo de la misma altura, y el frío de Salinas Grandes se mete por las suelas. Nicasio marcó el rectángulo con la punta del hacha, como le había enseñado su padre, y empezó a cortar. Un golpe, otro, el crujido seco que sube por los brazos. A los tres mil cuatrocientos metros uno respira corto y trabaja despacio, o no trabaja.

    —Tata, ya hay pala carbonera y hay camión —dijo Rosalía, su nieta, apoyada en la camioneta con las manos en los bolsillos del buzo—. No hace falta que cortes a mano.

    —Pan de sal se corta a hacha. Lo otro es sal a granel.

    —La Cooperativa vende a granel y le va bien.

    —Y yo no digo nada. Pero este pan es para otra cosa.

    Rosalía no preguntó para qué. Había manejado desde San Miguel de Colorados a las seis de la mañana sin que le explicaran nada, solo con el pedido de su abuelo la noche anterior, mientras pelaban habas: “Mañana me llevás a la salina y después a la Quebrada. Tengo que cumplir con Eusebio”.

    Cuatro golpes más y el pan se aflojó. Nicasio metió la hoja por debajo, hizo palanca y levantó un ladrillo largo, blanco por dentro, que le pesaba en los brazos igual que a los diez años. Lo envolvió en una manta de lana de oveja y lo cargó él solo. Rosalía lo dejó.

    La Ruta 52 baja hacia Purmamarca en curvas apretadas, y en la cuesta del Lipán el aire se espesó y se volvió tibio de golpe. Nicasio iba mirando por la ventanilla los cerros que cambiaban de color: ocre, después violeta, después ese rojo cobrizo que ya no parecía de piedra. Con las tropas de burros esa bajada llevaba días. Su padre salía con treinta animales cargados, charqui, tejidos, panes de sal, y volvía a los quince días con harina de maíz, fruta, papas. Antes de salir challaban a los burros con alcohol, les ataban lana de colores. En las apachetas dejaban coca, un durazno, una piedrita.

    —¿Y quién es Eusebio? —preguntó por fin Rosalía, en una curva.

    —Mi compadre de Maimará. Cada invierno, cuarenta años, le llevé un pan. Él me daba una bolsa de harina de maíz y un frasco de membrillo de su mujer. Hace cuatro años que no voy. Se me fueron pasando los inviernos.

    Pasaron Purmamarca con su cerro de siete colores todavía vacío de turistas, y siguieron por la Quebrada hacia el norte, entre cardones y álamos pelados, con el río Grande bajo, de agua marrón y delgada. En Maimará el pueblo se acomoda en una ladera de adobe y de paredes encaladas, y la paleta de cerros de enfrente se prendió al mediodía con un color que Nicasio había estado a punto de olvidar.

    La casa de Eusebio tenía el portón azul de siempre, pero el azul se había descascarado. Nicasio bajó con el pan en brazos y golpeó las manos, como se hace.

    Abrió una mujer de unos cincuenta años, con un delantal y harina hasta los codos.

    —Buen día. Busco a don Eusebio Cruz.

    La mujer lo miró, miró el bulto de la manta, miró a Rosalía en la camioneta. Se secó las manos despacio.

    —Mi papá murió en agosto del año pasado.

    Nicasio se quedó con el pan entre los brazos. El peso, de pronto, se le fue a las rodillas.

    —No me avisaron —dijo, y enseguida se corrigió—. No, claro. Hace cuatro años que no vengo. ¿Cómo iban a avisarme?

    —Usted es el compadre de la salina —dijo ella—. Nicasio. Mi papá hablaba de usted en cada helada. Decía “si llega el pan, es que el invierno va en serio”.

    No hubo nada más que decir en el portón. Ella lo hizo pasar a una cocina baja, de paredes ahumadas, con un fuego de leña encendido y un cajón de choclos secos bajo la mesa. Rosalía entró detrás y se quedó parada junto a la puerta. Nicasio dejó el pan sobre la mesa y deshizo la manta. La sal estaba tan blanca que parecía alumbrar la cocina.

    —Tenía que traerle esto —dijo—. Eran cuarenta años. No quería faltar a uno más.

    —Pan de sal —dijo la mujer, y pasó los dedos por la superficie, con respeto, como quien toca un animal dormido—. Yo me llamo Mercedes. Le debo una bolsa de harina y el membrillo.

    —No se debe nada.

    —Así era el trato —dijo Mercedes, y fue hasta la alacena. Volvió con una bolsa de tela blanca, atada con un hilo rojo, y un frasco con tapa de lata, el dulce oscuro y espeso—. La harina la molí la semana pasada. Mi papá hubiera querido que fuera esta.

    Nicasio aceptó la bolsa con las dos manos. Pesaba lo justo, lo que siempre había pesado. Comieron los tres un plato de ulpada tibia y no hablaron de Eusebio, pero se hablaron de él en todo: en la manera en que Mercedes servía, en el pan de sal que no se movió de la mesa.

    A la vuelta, ya cerca de Purmamarca, el sol bajaba por detrás de la sierra y hacía arder el rojo de las paredes. Rosalía manejaba despacio. En la ruta, en una curva de la cuesta, Nicasio le pidió que parara. Bajó con la bolsa de harina, caminó hasta una pila de piedras al borde del camino, una apacheta que alguien mantenía, y sacó del bolsillo un puñado de harina cruda. La dejó caer despacio sobre las piedras. Después le ató alrededor de una de ellas un hilo rojo que había guardado del nudo de la bolsa.

    —Para que el viaje no se corte —dijo.

    Rosalía bajó de la camioneta y se paró a su lado. Sacó del bolsillo del buzo una moneda y, sin que nadie se lo pidiera, la puso arriba.

    El viento movió el hilo. A lo lejos, en la salina, se apagaba el último brillo, y el hacha quedó esperando en la caja de la camioneta, con el mango marcado por dos manos, para el próximo invierno.

  • La hoja de abril

    A las seis de la tarde del viernes, Eufemia Condorí se quedó sin hilo verde.

    Lo supo antes de mirar el carretel, por el peso de la mano. Había bordado once hojas de parra sobre el corpiño del vestido de la reina, en seda blanca, con puntada de realce, una por una, y para la duodécima el ovillo ya no daba ni para la nervadura. Afuera, en la calle, alguien probaba un bombo para el desfile de la mañana. Desde la ventana del taller se veía el cerro pelado, color tiza, con el último sol encima.

    —No hay verde en todo Cafayate, doña Eufemia —le dijo Nolasco, el hijo del almacenero, que le había traído el mandado y se quedó parado en la puerta—. Mi viejo vendió lo último el miércoles. El que queda está en Salta.

    —Salta queda a ciento ochenta kilómetros.

    —Y el colectivo ya pasó.

    Eufemia dejó la aguja clavada en el almohadón. Tenía sesenta y un años, treinta y cuatro de oficio, y nunca había entregado nada tarde. Era abril de 1955, la Fiesta de la Vendimia llegaba a su edición número quince, y la reina de la bodega, una chica de diecinueve años con las manos frías, se probaría el vestido a las siete de la mañana en la casa de la familia.

    —Tengo hilo blanco —dijo, más para sí—. Blanco me sobra.

    —¿Y para qué sirve blanco?

    —Para teñirlo.

    Nolasco se rió, pero ella ya se había levantado. Sacó de abajo del cajón una olla de hierro que no usaba desde que su madre le enseñó a teñir lana de llama con cáscara de nogal, y la puso sobre las brasas del patio. Después miró alrededor buscando una planta, y no hizo falta buscar mucho. Todo el fondo de la casa era parral.

    Las hojas de abril ya no eran verdes. Hacía semanas que la vendimia andaba por los parrales, que los racimos de torrontés se habían ido para las bodegas y que las hojas se quedaban solas, secas y quebradizas, del color de la miel vieja. Eufemia juntó dos delantales llenos y los tiró al agua. Nolasco se arremangó y empezó a revolver sin que nadie se lo pidiera.

    —Va a salir amarillo —dijo él, mirando hervir.

    —Va a salir lo que salga.

    —Pero las hojas del vestido son verdes. Ya hizo once.

    Eufemia no contestó. Metió las madejas blancas con la cuchara de palo, las hundió y las dejó. El patio se llenó de un olor a tabaco dulce, a pasto cortado y a algo más, a bodega vacía. Se sentó en el banquito a esperar y se dio cuenta de que le temblaban los dedos. Tenía miedo. Hacía treinta y cuatro años que cosía lo que le encargaban, lo que le pedía el cliente, el color que decía la señora. Nunca había decidido ella cómo se veía una cosa.

    A las nueve de la noche sacó la primera madeja. El hilo había quedado de un amarillo tostado, con un fondo verdoso que se movía según la luz del farol. Lo lavó en la acequia, lo apretó con un trapo y lo colgó de una cuerda. Nolasco se había dormido sentado contra la pared.

    Bordó toda la noche. La duodécima hoja le salió distinta de las otras once, y la decimotercera también. Ya no eran hojas de parra de enero, anchas y mojadas, sino hojas de abril, con el borde enroscado y una vena más oscura en el medio. A la una de la mañana entendió que no podía deshacer lo hecho para igualarlas, y que tampoco quería. A las tres empezó a bordar la hoja número catorce, y la puso más abajo, casi en el vuelo, como si se hubiera caído.

    A las seis y media terminó. Cortó el hilo con los dientes, como le habían prohibido hacer toda la vida, y se quedó mirando el vestido tendido sobre la mesa. Arriba, once hojas verdes, quietas y correctas. Abajo, tres amarillas, que parecían moverse.

    La reina llegó a las siete con la madre y una tía. Se lo puso en silencio, de espaldas al espejo, y cuando se dio vuelta nadie dijo nada. La madre abrió la boca para quejarse del color y la cerró de nuevo. La chica se pasó la mano por la tela, despacio, por donde estaban las hojas viejas.

    —Parece el cerro —dijo—. Parece cuando el sol se va.

    —Es el torrontés —dijo Eufemia, y se sorprendió de decirlo—. Es lo que queda cuando se llevan la uva.

    Esa mañana el desfile salió con sol, con bombos, con carros de racimos y chicos disfrazados de cosechadores. La reina iba arriba del último carro, con el vestido que se le movía con el viento. Eufemia la vio pasar desde la vereda, con Nolasco al lado, que seguía con las manos manchadas de amarillo hasta las muñecas y no pensaba lavárselas.

    Nadie sabía que la fiesta no iba a tener una edición dieciséis. Nadie en la calle lo sospechaba, ni siquiera ella, que volvió a su casa caminando despacio, pasó por debajo del parral y se detuvo junto a la cuerda donde todavía colgaba, secándose, la última madeja.

    La descolgó. Le sobraba un metro de hilo, apenas. Lo enrolló en el dedo, lo guardó en el bolsillo del delantal y se fue a hacer el mate.

  • El si bemol de la mano izquierda

    A las siete de la tarde el salón del club todavía olía a lavandina y a pizza de molde. Dora Ferreyra abrió la tapa del piano vertical, apoyó los dedos sobre el teclado y apretó la nota más grave del registro que usaba para el bajo. Sonó un golpe seco, sin cuerpo, como una puerta de placard.

    —Ya te dije que no da —dijo Maxi desde el escenario, con la guitarra colgada y los cables enrollados en el brazo—. Esa tecla está muerta, Dora. Hoy me traje el teclado de casa, lo enchufo y listo.

    —Hoy no —dijo ella, sin darse vuelta.

    Tenía setenta y un años, treinta y ocho tocando los sábados en el club de barrio San Vicente, y esa noche era la última. El comisión directiva había decidido cerrar el salón para alquilarlo a un gimnasio. Nadie lo había dicho con esas palabras. Habían dicho “reorganización”.

    Dora no quería un teclado. Quería tocar el piano de siempre, el que su madre le había hecho cargar en un Rastrojero hasta el club en 1986, y quería tocar el bajo con la mano izquierda como lo había tocado desde los quince años. Marcado, parejo, empujando. Su madre le había contado mil veces que en junio del cuarenta y tres había escuchado por LV3 a una mujer sentada al piano que no acompañaba a nadie: mandaba. “Con la izquierda, nena. Todo está en la izquierda.”

    Se arremangó y abrió el mueble por la parte de atrás. Un olor a madera vieja y a fieltro. Adentro, entre el polvo, el martillo de la nota muerta colgaba torcido de su resorte, como un diente flojo.

    —¿Tenés un destornillador? —preguntó.

    Maxi suspiró, bajó la guitarra y le alcanzó uno del estuche. Veintiocho años, camisa brillante, la voz de cantante recién estrenada en el barrio. No era mala persona. Tenía miedo, nomás, de que el último baile saliera feo.

    —Dora, faltan dos horas.

    —Dos horas es un montón.

    Trabajó con la linterna del celular en la boca. Encontró la causa a los veinte minutos: el resorte se había salido de su gancho y el martillo no volvía a la posición. Lo enganchó, lo soltó, probó. La nota sonó, pero hueca, con un zumbido adentro. Algo flojo, una cuerda aflojada. Midió con la uña, siguió la cuerda hasta la clavija y vio que estaba tres vueltas floja.

    —No tengo llave de afinar —dijo.

    —Yo menos —dijo Maxi.

    Entró Teresa, la cocinera de las empanadas, con una bandeja y el delantal puesto.

    —¿Qué buscan?

    —Una llave de cuarenta años.

    Teresa se rió y salió. Volvió a los cinco minutos con una pinza de cocina y un alicate de punta que sacó del cajón de los cuchillos. Dora lo miró con desconfianza, lo probó sobre la clavija, y la clavija giró un cuarto de vuelta, después otro. Tocaba la nota, giraba, tocaba. Maxi, sin que se lo pidieran, apoyó el oído contra el costado del mueble.

    —Más —dijo—. Está baja.

    —Ya sé que está baja.

    —Ahora subió de más.

    —Callate, nene.

    A las ocho y diez apareció el bajo de verdad. Con el cuarto de vuelta final, la nota sonó entera. No perfecta, un poco ácida, como una fruta del patio, pero con cuerpo. Dora se sentó y tocó el compás que había aprendido con las manos de su madre sobre las suyas: izquierda, dos golpes firmes; derecha, la melodía suelta encima. Tunga, tunga. Tunga, tunga.

    Maxi se quedó en silencio. Después sacó el teclado de la funda, lo miró un rato, y lo volvió a guardar.

    —Tocamos con el piano —dijo.

    A las once el salón estaba lleno. Vinieron los viejos del barrio y también los pibes que nunca habían pisado el club, convocados por un video que alguien había subido esa tarde. Había una nena de ocho años en brazos de su padre y un grupo de señoras que habían bailado ahí su primera vez en los ochenta. Maxi cantó, la banda sonó, y arriba de todo, por debajo de todo, la mano izquierda de Dora marcaba el piso.

    A la una de la madrugada, entre canción y canción, Teresa se acercó a la tarima con un vaso de fernet.

    —Vení a tomar algo.

    —No puedo parar —dijo Dora—. Si paro, se acaba.

    —Se acaba igual.

    Dora la miró. Después miró el salón, los pies que seguían el pulso sin saber que lo seguían, las baldosas que temblaban un poquito con cada golpe del bajo.

    —Una más —dijo.

    Tocó una más. Después otra. Cuando por fin cerró la tapa, ya era domingo y el piano seguía sonando en el piso, en las suelas, en las paredes, como si la nota grave hubiera quedado dando vueltas, sin ganas de irse a ningún lado.

    Al día siguiente la comisión directiva se juntó a las diez. A las once y media alguien propuso, por lo bajo, revisar el contrato con el gimnasio.

  • Pan para el turno de las cuatro

    A las dos de la mañana Eusebia Mansilla ya tenía las manos metidas hasta las muñecas en la masa. Afuera el viento pegaba contra las chapas del galpón con un ruido de tambor flojo, y adentro, detrás de la cortina de arpillera que hacía de cocina, el único calor era el del fogón de hierro y el de su propio cuerpo.

    Era la última noche de esquila en La Josefina, un campo a una hora y media de Puerto San Julián. Tres mil doscientas ovejas en cuatro días, quince personas en la comparsa, y una sola cocinera que se levantaba antes que todos. Eusebia llevaba veintidós años en eso. Había aprendido con su padre, que cocinó para comparsas cuando todavía eran de treinta y cinco hombres y el pan se amasaba en cajones de kerosene cortados al medio.

    Esa noche quería hacer el pan como él lo hacía: masa tierna, sin apuro, con grasa de la buena y una sola levadura, la que guardaba en un frasco de dulce de membrillo dentro de su ropa para que no se le helara. Quería que a las cuatro, cuando sonara el silbato del primer turno, hubiera pan caliente sobre la mesa larga. Nada más. Después se iban todos, y el padre de nadie volvía a estar en esa cocina.

    El problema era la leña. La lluvia fina de la tarde había mojado la pila de afuera, y el calden que quedaba seco apenas alcanzaba para la olla del mate cocido. Eusebia sopló el fogón, tosió el humo y maldijo bajito.

    La cortina se movió. Entró un chico con la campera abierta y los ojos hinchados.

    —¿Qué hacés levantado, Nahuel?

    —No puedo dormir.

    Nahuel tenía quince años y era el playero. Le tocaba juntar los vellones del piso, tirarlos sobre la mesa y, lo más importante, contar las latas: cada vellón que entregaba un esquilador era una lata, y al final de la jornada el playero decía en voz alta cuántas llevaba cada uno. Con eso se pagaba. Era un cargo de confianza, y era de los más difíciles porque los esquiladores cobraban por cabeza y miraban cada número como si fuera un cuchillo.

    —Me equivoqué —dijo Nahuel—. Hoy a la tarde. Le puse once latas de menos a Segundino.

    Eusebia no levantó la vista de la masa.

    —¿Y él qué dijo?

    —Que no pasa nada. Pero me miró. Don Adolfo me dijo que lo arregle yo, que anote bien. Y ahora no sé si anoté bien nada de lo de ayer.

    —Venga para acá. Lávese las manos.

    El chico se las lavó en el balde, con agua que había quedado apenas tibia. Eusebia le pasó un trozo de masa del tamaño de un puño.

    —Bollo. Redondo. Lo ponés acá, en la tabla, y lo contás. Uno.

    —¿Para qué?

    —Para que veas que contar es lo más fácil del mundo, si uno no se apura.

    Nahuel armó el primero, torpe. El segundo salió mejor. A los diez, ya tenía el movimiento: palma contra la tabla, giro, pellizco abajo. Eusebia le iba diciendo los números en voz baja, a su ritmo, y cuando él se perdía, volvía a empezar desde uno, sin retar.

    A las tres menos veinte, con treinta y seis bollos en la tabla bajo un repasador, apareció el problema grande. El horno de barro, el que don Aurelio había hecho construir contra la pared sur del galpón, no levantaba temperatura. El viento se metía por la boca y apagaba las brasas.

    —Hay que tapar la entrada —dijo Nahuel.

    —Con qué.

    El chico miró alrededor. Después salió. Volvió a los diez minutos arrastrando una chapa de zinc que había quedado de un corral viejo, con la barba pegada de escarcha.

    —Hacemos un cortaviento —dijo.

    Entre los dos la apoyaron contra la boca del horno y la afirmaron con dos fardos de lana vacíos. Eusebia cargó los pocos troncos secos, los armó en cruz como le había enseñado su padre y los prendió con astillas del cajón de la grasa. El fuego agarró, parejo, con ese sonido de papel que se arruga. Nahuel se agachó a mirarlo con las manos abiertas.

    —Ahora esperamos —dijo ella.

    Esperaron. Eusebia puso el agua para el mate y le dio al chico el primero, el más fuerte, el que se lava. Hablaron poco. Él contó que su mamá vivía en Valcheta y que le había prometido pagarle el cuaderno de la escuela con esta plata. Ella contó que su padre cocinaba con una radio a pilas que sólo agarraba una emisora, y que durante la esquila de 1989 se supo de un campeonato entero por la voz de un locutor que se cortaba cada tres minutos.

    A las tres y cuarenta, Eusebia metió la pala. Pasó el brazo por la boca del horno, sintió el aire en la piel y supo que estaba bien. Fueron entrando las tandas, de a doce. Cuando sacó la primera, las tapas eran de un marrón oscuro y brillante, y al golpearlas con el nudillo sonaban huecas.

    —Contalas —dijo.

    —Doce —dijo Nahuel, sin dudar.

    A las cuatro menos cinco ya estaban los treinta y seis sobre la mesa larga, tapados con un lienzo. Se oyó la camioneta del capataz, después las botas, después el silbato. Los esquiladores fueron llegando de a uno, despeinados, con las espaldas todavía duras de la jornada anterior. Segundino López levantó el lienzo y dejó que el vapor le subiera a la cara. Cerró los ojos un segundo.

    —Esto es pan —dijo.

    Nadie contestó, porque ya tenían la boca llena. Nahuel se paró al fondo, con el cuaderno en la mano y el lápiz detrás de la oreja, y empezó a anotar las primeras latas del último día.

    Afuera clareaba sobre la meseta. Eusebia apagó el fogón, se limpió las manos en el delantal y se quedó mirando el horno. De la chapa caída salía todavía un hilo de humo, finito, derecho, que el viento no llegaba a cortar.

  • El turno de las tres

    Eladio Funes llegó a la compuerta a las dos y media, con la linterna en la frente y el cuadro de turnos doblado en cuatro dentro del bolsillo de la camisa. Era el último jueves de su último mes como tomero del canal, en Luján de Cuyo, y la noche olía a tierra que todavía no había tomado agua.

    Treinta y dos años de recorrer la misma hijuela en la camioneta, de repartir las boletas casa por casa, de revisar cupos y compuertas, y el papel de esa noche seguía diciendo lo mismo que decía hacía tres décadas, en la misma letra apretada de la Inspección: de tres a cinco, finca de Moyano, tres hectáreas con parral viejo y malbec de pie franco.

    Eladio no le hablaba a Moyano desde 1998. Había sido por una compuerta, claro. Moyano había dicho que Eladio se la dejaba abierta de más al vecino de arriba, y Eladio había dicho cosas que en ese momento le parecieron justas. Después pasaron los años, y el silencio se volvió una costumbre que ninguno de los dos sabía cómo cerrar.

    Se enteró el lunes, en la panadería, que Moyano estaba internado en el Español con la cadera rota. Se había caído de una escalera podando. La finca quedaba sola, y el hijo vivía en Neuquén.

    —Si no riega este turno, pierde la brotación de las cepas viejas —le dijo la panadera, mientras le daba el vuelto—. Con el calor que viene.

    —Ese turno es de él —dijo Eladio.

    —Y quién se lo va a regar.

    No contestó. Pero el jueves a las dos y media estaba ahí, con la camioneta apagada junto al canal y el agua corriendo ancha y oscura, con ese ruido bajo que no se parece a ningún otro.

    Cerró la compuerta del vecino de arriba, que había terminado a las tres menos diez. Tuvo que ponerle el hombro al volante de hierro, que tenía la rosca comida de óxido. Después fue hasta la hijuela de Moyano. El portón de alambre no tenía candado, nunca lo tuvo. Entró.

    En la oscuridad, las hileras se perdían en la linterna como un pasillo de hospital. Eladio caminó por la acequia principal y fue encontrando todo como lo habría encontrado cualquiera que supiera mirar: la tierra apelmazada, un tronco atravesado en el cupo, hojas secas amontonadas en la boca del primer surco. Moyano no limpiaba desde la primavera. Claro, pensó. Con la cadera.

    Dejó la linterna en el suelo y se arremangó.

    A las tres menos cinco ya había sacado el tronco y rastrillado las hojas con las manos. A las tres levantó la compuerta de Moyano, despacio, una vuelta de volante, otra, hasta que el agua empezó a entrar en la hijuela con un golpe sordo y se abrió camino por la tierra seca, oscureciéndola a su paso.

    Lo que Eladio no había calculado era el cansancio. A su edad, regar de noche no era lo mismo que repartir boletas de día. Siguió el agua surco por surco con la pala al hombro, tapando un boquete acá, abriendo una cabecera allá, hablándole en voz baja al agua como se le habla a un animal. A las cuatro se sentó en el borde de una acequia con la espalda mojada. Sacó el termo, se sirvió un mate cebado hacía horas, ya tibio y amargo, y lo tomó igual.

    Entonces oyó el motor.

    Una camioneta chica, con un solo faro, se detuvo en el portón. Bajó un muchacho flaco, de campera de la bodega, que miró la linterna en el suelo, la compuerta abierta, el agua.

    —¿Usted es el tomero?

    —Lo era —dijo Eladio—. Hasta el viernes.

    —Soy Nacho, el nieto del vecino de abajo. Mi abuelo vio luz acá y me mandó a ver. Dijo que a Moyano no le gusta que anden de noche en la finca.

    —Decile a tu abuelo que Moyano tiene turno de tres a cinco y que alguien se lo tiene que regar.

    El muchacho se quedó mirando el agua que avanzaba despacio entre las cepas.

    —¿Lo manda Moyano?

    Eladio pensó en mentir. Era fácil, a las cuatro de la mañana nadie verifica nada.

    —No —dijo—. Nadie me manda.

    Nacho se quedó un rato más. Después fue hasta la camioneta, volvió con una pala y se puso a cerrar un boquete que Eladio, desde la acequia, no había visto. No hablaron más. Trabajaron uno en cada punta del surco, con la linterna dejando un círculo de luz que se corría con ellos, hasta que el agua llegó al final de la última hilera y empezó a brillar bajo el cielo, que ya se ponía gris por el lado de la cordillera.

    A las cinco menos diez Eladio volvió a la compuerta. Bajó el volante. El ruido cambió, se hizo más chico, hasta que quedó solo el goteo en los cupos y el chasquido de la tierra tomando lo suyo.

    Sacó la boleta del bolsillo, la alisó sobre la rodilla y escribió con el lápiz de carpintero, al lado de la hora: Regado. Turno completo.

    Al día siguiente, el viernes, entregó las llaves de la camioneta y el manojo de boletas. Esa tarde manejó hasta el hospital con un frasco de dulce de membrillo que había comprado en la panadería. Moyano estaba sentado en la cama, con la pierna en alto, mirando el techo.

    Se miraron un rato largo.

    —Te regaron —dijo Eladio.

    —Ya sé —dijo Moyano—. Me avisó el nieto de Quiroga. —Hizo un esfuerzo con la boca—. Dejaste el cupo limpio.

    —Estaba sucio.

    —Siempre estuvo sucio —dijo Moyano, y corrió con la mano la silla de plástico para que Eladio se sentara.

    Afuera, en alguna parte de Luján, el agua de las cinco de la mañana seguía bajando por los surcos, oscureciendo la tierra de a poco, como una cosa que por fin se dice.